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22/3/23

“El control que ejercía el franquismo era mucho más minucioso de lo que mucha gente imagina”... El control no era solo político, para neutralizar a la disidencia y mantener la tan loada paz social. Era también un control religioso, moral, pedagógico, familiar, estético, sexual

 "A finales de 2022 llegaba a las librerías 1969 (Navona; L’Altra, en catalán), novela a la que el escritor Eduard Márquez (Barcelona, 1960) ha dedicado los últimos ocho años. En el transcurso de este largo período se ha documentado de forma más que exhaustiva: ha acumulado cientos de libros y revistas, miles de documentos de archivo y horas y horas de entrevistas. El resultado es una novela documental, construida como un collage, a partir de pequeños fragmentos escogidos entre el material acumulado. En sus más de 500 páginas, el autor pone el foco en el año que marca el inicio del fin de la dictadura, y en una ciudad especialmente bulliciosa, Barcelona. Pero 1969 no nos habla únicamente de aquellos doce meses, sino también del inicio de toda una época, los años 70, caracterizada tanto por las aspiraciones de cambio radical como por las desilusiones con las que, muchas veces, culminaron estas expectativas.

El final del franquismo y la transición están muy presentes en el debate público. Es un período del que se habla mucho, pero sobre el que siempre suelen repetirse los mismos lugares comunes. ¿Cómo ha cambiado tu mirada sobre aquella época la elaboración del libro?
Cuando empecé a trabajar en la novela, la idea de la transición modélica, gracias a la cual unas cuantas mentes preclaras y generosas nos regalaron la democracia, ya estaba muy desacreditada. De manera que me encontré con una visión menos modélica y más colectiva. Es decir, una visión que reconoce la enorme violencia del proceso y que asume la presión que se ejerció desde multitud de organizaciones para forzarlo y canalizarlo. En este sentido, es sorprendente la gran cantidad de material académico sobre organizaciones de todo tipo —políticas, laborales, sociales, culturales…— que jugaron un papel en el cambio. Ahora bien, a pesar de esto, creo que hay que abrir aún más el foco y recuperar la fuerza de la calle y de la gente anónima que, sin estar encuadrada o estando encuadrada en organizaciones pequeñas o marginales, también puso su grano de arena para mejorar la vida de su barrio, o la escuela de sus hijos, o las condiciones laborales de su lugar de trabajo, o los derechos de determinados colectivos… Una labor de desgaste más diversa de lo que se cree y que hay que reivindicar. En la línea, un poco, de la intrahistoria de Unamuno.

Me pareció muy pertinente el titular de uno de los artículos que se han publicado sobre 1969: “Cosas del franquismo que había que contar”. ¿Hasta qué punto hemos fallado como sociedad a la hora de transmitir lo que pasó durante la dictadura?
A pesar de que pueda parecer mentira, sí queda mucho por contar. Porque hay mucho material en los archivos que aún no ha salido a la luz y, sobre todo, porque hay mucha gente que aún no ha tenido la oportunidad de explicar su historia. Curiosamente, además, a raíz de la publicación de la novela he podido conversar con lectores jóvenes y me atrevería a afirmar que muchos de ellos desconocen lo que ocurrió o que, si lo conocen, tienen una visión muy parcial o sesgada. En este sentido, sí creo que hemos fallado como sociedad porque, en muchos casos, les hemos escatimado la información necesaria para conocer y comprender la historia de sus propias familias y para entender muchas de las derivadas de todo aquello que aún influyen en la realidad actual.

Precisamente el material de archivo ha sido una de las bases para construir el libro. Aunque algunas de tus anteriores novelas, como El silencio de los árboles o La decisión de Brandes, ya tenían un trasfondo histórico y estaban sustentadas en una amplia documentación, con 1969 has dado un paso más allá.
La documentación ha sido siempre una de mis obsesiones. En este sentido, me gusta mucho una afirmación de Haruki Murakami: “Cuando tu trabajo consiste en mentir, lo que debes conocer mejor que nadie es la verdad”. Es decir, para que la ficción funcione, para que la ficción huela a realidad y el lector no se sienta engañado, hay que conocer a fondo esa realidad. Si esto es evidente en cualquier novela, aún lo es más en una novela como 1969, que pretende narrar el principio del final de la dictadura en Barcelona. Para poder escribirla, necesitaba zambullirme en la “verdad” del franquismo, y esa “verdad” está en los archivos, donde he podido entrar en contacto directo con muchas de las caras del régimen: la represiva, la judicial, la política, la social, la moral, la religiosa…

Además de la enorme utilidad histórica de la información recogida, la convivencia cotidiana con ese material ha sido determinante a la hora de encontrar la estrategia narrativa final, basada en la combinación de documentos de todo tipo —informes, sentencias, decretos, discursos, cartas, manuales, sermones, permisos, manifiestos, octavillas…— y de las voces de quienes, generosamente, han aceptado explicarme sus historias o, incluso, me han facilitado material personal de la época como cartas o diarios.

Efectivamente, a parte de los documentos, la otra gran materia prima con la que has compuesto la novela son las entrevistas, al modo de Svetlana Aleksiévich. Algunas de ellas son auténticamente conmovedoras. Hay gente que te ha confiado episodios de su vida que apenas habían contado. ¿Cómo conseguiste la complicidad de estas personas? ¿Qué te ha aportado su testimonio más allá del material que has utilizado para el libro?
Justamente, parafraseando a Svetlana Aleksiévich, he tenido la suerte y el privilegio de convertirme en un “hombre-oreja”. En alguien que escucha y que transmite lo que se le cuenta. De ahí que, para recoger el máximo de información posible de quienes vivieron la transición en directo, haya hecho decenas de entrevistas. Durante meses. Durante años. Centenares de horas de grabaciones. Para conseguirlo, solo hace falta saber escuchar y, sobre todo, no prejuzgar. Esta es la mejor manera de ganarse la confianza de la gente. Callando y escuchando. De manera honesta y sincera. Para revivir con ellos. Para emocionarse con ellos. Y, en el fondo, para aprender de ellos. Y esto último ha sido y continúa siendo muy importante para mí. Porque son personas que, en muchos casos, por lo que les ha tocado vivir, nos llevan mucha ventaja en sus reflexiones sobre la vida, la lucha, el compromiso, el inconformismo, la violencia, la culpa, el perdón, el arrepentimiento, la derrota, la resignación… Para mí, sin ninguna duda, ha habido un antes y un después. Porque me han ayudado a entender mejor lo que pasó entonces y, por si fuera poco, han enriquecido mi mirada sobre la realidad actual.

Muchos de estos protagonistas guardan un sabor agridulce sobre la época. Se consiguieron muchas cosas —entre ellas, que cayera el franquismo—, pero otras tantas expectativas quedaron frustradas. ¿Les debemos algo, como sociedad?
Sí, más allá de los reconocimientos institucionales, justos y necesarios, debemos darles la oportunidad de contarnos sus vidas. Desafortunadamente, no hemos podido salvar del olvido, de manera extensiva, a la generación que vivió la guerra civil. Creo que no podemos cometer el mismo error con la generación que vivió la transición. Es cierto que están en marcha numerosos proyectos de historia oral, por parte de organizaciones políticas, sindicales, laborales o sociales, pero es necesario ir más allá y generar depósitos de memoria oral que recojan el mayor número posible de testimonios. Una labor complicada, sí, pero ineludible y urgente. Porque el tiempo juega en nuestra contra. Sin ir más lejos, en los últimos meses, he perdido a tres de mis “protagonistas”.

Una de las cosas que me deslumbró de la novela fue su fuerza torrencial: desde el primer fragmento del collage que la compone, sus páginas te arrastran como un río desbordado: huelgas, manifestaciones, choques con la policía, panfletos, pintadas… Esto transmite muy bien lo que sucedía en la época: un bullicio constante en las calles.
Sí, me ha fascinado la sensación de hormigueo constante. De baja intensidad, a menudo con poca gente implicada, sí, pero constante. A lo largo de un día, se puede encontrar constancia de manifestaciones de obreros, de estudiantes, de vecinos, de huelgas, de asambleas en las empresas, en las universidades y en los institutos, de reuniones en las parroquias, de boicots, de sabotajes, de ataques a entidades bancarias o a determinadas empresas, de expropiaciones… Un hormigueo que, en algunos momentos, no solo me ha fascinado, sino que me ha generado un poco de envidia.

¿Envidia porque hoy vivimos aletargados?
Más o menos. Por suerte, hay muchos frentes de acción abiertos. Y con una gran incidencia sobre la vida cotidiana de la gente. Alquileres, energía, bancos de alimentos, violencia de género, ayuda a los mayores, acogida de migrantes… Con mucha gente comprometida. Pero echo en falta ese hormigueo, ese runrún constante de la transición, cuando, por ejemplo en el año 76, todo se juega en las calles. Los poderes políticos y económicos tendrían que notar constantemente el aliento de la gente en el cogote. Tendríamos que ser capaces de ejercer una presión incesante sobre ellos. Para recordarles que estamos ahí y que no pueden pasar de nosotros. Y me temo que, por ahora, esto no es así. Tenemos demasiadas tragaderas.

Utilizas una abundante documentación policial. Una de las cosas que seguramente sorprenderá a mucha gente es el nivel de detalle con el que la policía monitorizaba las actividades de la oposición. Hay un documento hilarante, en el que se describe el mensaje, color y medidas de todas las pintadas que una patrulla se va encontrando en su camino durante una sola noche. ¿Qué nos dice esta obsesión sobre el carácter del franquismo?
Que el control social era mucho más minucioso de lo que a menudo se explica y de lo que mucha gente se imagina. Informes policiales diarios sobre lo que sucedía en las fábricas, en las universidades, en las parroquias, en los actos públicos… Más los informes de los confidentes, de los infiltrados, de los ciudadanos anónimos… Además, hay que tener en cuenta que se tenía que pedir permiso para todo: para reuniones de escalera de vecinos o de accionistas de una empresa, para fiestas de cumpleaños y para bodas, para presentaciones de libros o de discos, para inauguraciones de locales comerciales, para desfiles de moda, para concursos de cocina, para proyecciones de películas, para fiestas escolares, para conciertos, para bailes y verbenas… Con los pertinentes informes posteriores, en los que se deja constancia del horario, del número de asistentes y de los posibles incidentes antirreglamentarios. Por ejemplo, que en algún concierto se haya cantado una canción subversiva que no estaba en la lista presentada a la hora de pedir el permiso. Con la sanción consiguiente para que el cantante se abstenga en el futuro de interpretar canciones fuera del programa.

Cuando se habla de represión, solemos tener en mente únicamente su vertiente política: la practicada contra los militantes del antifranquismo. Pero la represión iba mucho más allá. Me refiero, por ejemplo, al caso de la chica que, tras irse a vivir por su cuenta, es denunciada por sus propios padres y termina en un correccional de las adoratrices dependiente del Patronato de Protección de la Mujer. Lo que te cuenta pone los pelos de punta.
Porque el control no era solo político, para neutralizar a la disidencia y mantener la tan loada paz social. Era también un control religioso, moral, pedagógico, familiar, estético, sexual… Que abarcaba las costumbres, las relaciones personales, la ropa, la música, las lecturas… Una uniformidad que dejaba muy poco margen para el enfrentamiento colectivo e individual. Porque topaba con la policía o con los padres, con los curas o con los profesores, con los serenos o con los vecinos, con los compañeros de clase o de trabajo… Pero también es verdad que mucha gente, a menudo a título individual, supo aprovechar ese poco margen para plantar cara en su entorno más cercano, con consecuencias, en algunos casos, como las que mencionas: padres denunciando a sus propios hijos por su comportamiento, por su manera de vestir, por sus amigos…

A menudo, en los actos de promoción del libro, se te ve con una camiseta con una ilustración de una publicación clandestina del MIL-GAC, en el que militó Puig Antich. ¿Puedes contarme por qué?
Para mi “uniforme promocional”, opté por hacerme una camiseta con una viñeta de la revista CIA (Conspiración Internacional Anarquista) en que se ve a Olivia con las siglas GAC añadidas con letraset en el pecho. ¿El motivo? Porque me gusta pensar que yo también soy un Grupo Autónomo de Combate. Me habría gustado añadirle una L para generar la sigla de Grupo Autónomo de Combate Literario, pero no había suficiente espacio.

Empezaste este proyecto queriendo hacer una novela que fuera de 1969 a 1980. De momento, y no es poco, nos has ofrecido el pistoletazo de salida. A partir de ahora, ¿qué?
Ahora toca esperar y ver. Si encuentro los medios para establecer unas condiciones menos costosas para mi bolsillo, seguiré adelante e intentaré llegar al año 1980. En caso contrario, tendré que dejarlo aquí. Y, por lo que han representado para mi vida personal y literaria, por todo lo aprendido y por todas las emociones vividas, los últimos ocho años de trabajo ya habrán valido la pena. Sin duda."              (Pau Casanellas, El Salto, 22/03/23)

19/4/22

El franquista Patronato de Protección a la Mujer, en la práctica una cárcel para jóvenes díscolas de 15 a 25 años, fué oficialmente disuelto en 1985. Esta institución repartía a las muchachas “caídas” o “en peligro de caer” por congregaciones de monjas de todas las provincias (unos 900 centros, de adoratrices, oblatas, mercedarias, capuchinas, trinitarias, etcétera), e internó posiblemente a cientos de miles de “descarriadas”... era el “infierno” de las mujeres... Al ser internadas, las familias perdían la tutela... Trabajaban de forma “esclava”, bordando, limpiando, cocinando para las niñas “preservadas”, estudiantes de los mismos colegios de monjas, con las que no podían mezclarse. En concreto, “cosían y rellenaban peluches para el Corte Inglés”... Para librarse de esa prisión, en la que permanecían un promedio de ocho años, a bastantes de ellas no les quedó más remedio que casarse (incluso “forzadas”, con hombres que iban a elegirlas a los centros) o “hacerse monjas”... había “espacio reservado para las patronatas” en manicomios que, “como el de Ciempozuelos, internaba a las lesbianas”

 "Las mujeres sanas carecen de deseo sexual”, proclamaba Antonio Vallejo-Nájera, director de los servicios psiquiátricos del ejército sublevado.

 “La mujer sensual tiene los ojos hundidos, las mejillas descoloridas, transparentes las orejas, apuntada la barbilla, seca la boca, sudorosas las manos, quebrado el talle, inseguro el paso y triste todo su ser”, describía más prolijo el padre García Figar en la revista Medina, máximo exponente de las publicaciones llamadas a moldear a las españolas de posguerra según el ideal sumiso y servidor de la Falange. 

En la mujer “sensual”, el entendimiento “se oscurece”, “solo la imaginación permanece activa, con la representación de imágenes lascivas que la llenan totalmente”. Y si esta imaginación endemoniada la empujaba al adulterio, la hembra debía saber que una ley de 1942 había devuelto el delito suprimido por la República al Código Penal y que esta nueva norma defendía que “la gravedad del daño” era “mayor en la infidelidad de la esposa” que en el caso del marido. “No te quejes si llega tarde, si va a divertirse sin ti o si no llega en toda la noche. Trata de entender su mundo de compromisos”, instruía a las señoras la líder falangista Pilar Primo de Rivera.

Así, tal y como describieron varias investigadoras en una jornada en Pontevedra sobre la represión sexual femenina en la dictadura, es como se fue construyendo en el Franquismo una sociedad no conflictiva para el Estado. En ella el hombre, según se enseñaba en las aulas, era “el jefe de la familia” y tenía dentro de casa su particular corral en el que ejercer su sed de dominio (sin tener que saciarla fuera rebelándose a las autoridades). 

El sometimiento de la mujer se afianzaba mientras tanto en los cimientos pseudocientíficos de médicos del régimen, libros de texto para señoritas, panfletos, revistas y homilías dominicales. Pero sobre todo gracias al trabajo continuo, durante más de cuatro décadas, de la Sección Femenina y el Patronato de Protección a la Mujer, en la práctica una cárcel para jóvenes díscolas de 15 a 25 años, a veces más, oficialmente disuelto en 1985. Esta institución, que repartía a las muchachas “caídas” o “en peligro de caer” por congregaciones de monjas de todas las provincias (unos 900 centros, de adoratrices, oblatas, mercedarias, capuchinas, trinitarias, etcétera), internó posiblemente a cientos de miles de “descarriadas”, según calcula Llum Quiñonero, investigadora y presidenta de Acción Ciudadana contra la Impunidad del Franquismo.

 Bajo el título de Individuas de dudosa moral, la Diputación de Pontevedra dedicó un día a repasar, con varias historiadoras españolas, lo que describieron como engranajes del régimen para aniquilar la sexualidad y en general cualquier iniciativa de la mujer más allá de sus labores domésticas. Así lo defendía, por ejemplo, en 1942 Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio, desde la cúspide de la Sección Femenina: “Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles”. O su estrecha colaboradora Carmen Werner: “Nada complace tanto a la psicología masculina como la sumisión de la mujer y nada complace tanto a la psicología femenina como la entrega sumisa".

La Sección Femenina o la “negación de la sexualidad”

La supeditación complaciente a los apetitos masculinos era la consigna general de la Sección Femenina (“Procura ser la rueda del carro, deja a otro el gobierno. Ánimo mujer, a cumplir ignoradamente y en silencio tu nueva y gloriosa misión”). Daba igual que la redactase Pilar Primo de Rivera (“La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o disimular- no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse”) o que lo hiciera alguno de los medios pregoneros. “La maternidad no será instinto, sino deber, y al mismo tiempo expiación”, inculcaba el libro La mujer cristiana como fórmula de limpieza tras el acto carnal.

 “A los hombres les siguen gustando muchísimo, para casarse, mirlos blancos que hayan vivido con ellos su primer amor”, aconsejaba el consultorio sentimental de Medina. En estas páginas, a veces se hablaba claro: “Si eres superior a él mentalmente, no le hagas sentir esta superioridad”. Y en otras ocasiones se recurría a inflamadas metáforas: “Pensad que el mal está siempre cerca, insinuando al oído el pecado, engañando con promesas de mares lejanos, vana ilusión de vacía caracola [...] los inútiles desbordamientos terminan en el triste espectáculo de las charcas”.

Según María Victoria Martins, historiadora de la represión con perspectiva de género, la “negación de la sexualidad de las mujeres” fue uno de los resultados de la fusión del conservadurismo católico con el fascismo. No hubo un atisbo de luz entre los más reputados médicos españoles hasta que Ramón Serrano Vicens logró publicar en los 70 el resultado de una investigación que comenzó en 1933, con la recogida de los testimonios de sus propias pacientes. 

A lo largo de 1.500 entrevistas a mujeres, recuerda Martins, constataba que “la masturbación era una práctica habitual” y que muchas españolas reconocían relaciones prematrimoniales, adulterios, abortos y experiencias lésbicas mientras la “sociedad patriarcal” mandaba en el lecho conyugal. Un año antes de fallecer, en una entrevista con El País (1977), el doctor hacía afirmaciones que dinamitaban el castillo de naipes de la mujer ideal del régimen: “El clítoris está destinado exclusivamente al placer sexual”, “su nervio sensitivo es tres veces más grueso que el del pene.

 El resultado de la educación segregada por sexos y el apagón generalizado de los apetitos de las mujeres tuvo también su contrapunto dentro de la propia Sección Femenina, garante de la moralidad. Según Martins, en su seno se dieron de forma inevitable “enamoramientos entre mujeres”. No obstante, defiende Nanina Santos, cofundadora de la Asociación Galega da Muller, la estrategia de la dictadura fue la “invisibilización” de la homosexualidad femenina: “Mientras miles de hombres eran sancionados con prisión y escarnio, las lesbianas teníamos la dudosa suerte de no existir porque éramos lo más disfuncional frente al modelo de mujer ama de casa del régimen”, describe esta profesora de historia jubilada. Las vidas de muchas transcurrieron “autoculpándose, cerrándose en armarios de doble fondo” e incluso, a instancias de sus familias, siendo “tratadas por psiquiatras con electrochoque”.

El Patronato o la “cárcel de descarriadas”

A la valenciana Llum Quiñonero le “llamó la atención” que en 1977 quedasen en las cárceles españolas 9.000 presos sociales sin amnistía y que en 40 años, sin embargo, “apenas” hubiera habido mujeres. Empezó a “investigar” y fue así cómo se las encontró a todas “internadas en el Patronato”, un organismo considerado benefactor que funcionó entre 1941 y 1985 para “redimir a las descarriadas, caídas o en riesgo de caer”. Aquella institución era el “infierno” de las mujeres, describe la ginecóloga y docente de la Universidad de Granada Enriqueta Barranco. El Patronato se organizaba en juntas provinciales y contaba con un centro nacional de clasificación que, tras el examen vaginal, las catalogaba en “completas” y “no completas”.

 Los tentáculos que llegaban a todas partes eran los policías, las autoridades locales, miembros de Acción Católica y las “visitadoras”, mujeres “formadas en el catecismo” que acudían a “bailes, cines, barrios, playas” para destapar supuestas conductas incorrectas en las chicas. Según la historiadora murciana Carmen Guillén, solo en 1965 la cifra total ascendió a 41.335 internadas en un solo año, con Madrid (10.070), Barcelona (2.746) y Córdoba (1.890) a la cabeza.

 Los papeles hablan de una casuística muy variada, desde jóvenes viudas de guerra que ejercen la prostitución para mantener a sus niños hasta menores sorprendidas de madrugada en un bar o teniendo su primera relación con su novio. La documentación de estos centros corre hoy diversa suerte según la comunidad. Mientras en Galicia están disponibles varios archivos, en Andalucía, según Barranco “siguen secuestrados en sedes conventuales”.

Al ser internadas, las familias perdían la tutela, las embarazadas acababan recluidas en “casas de gestantes y maternidades como Nuestra Señora de la Almudena, en Peñagrande, Madrid”. Otras muchas chicas eran desubicadas, enviadas a centros de provincias diametralmente opuestas en el mapa, denuncia Barranco. Trabajaban, según esta investigadora, de forma “esclava”, bordando, limpiando, cocinando para las niñas “preservadas”, estudiantes de los mismos colegios de monjas, con las que no podían mezclarse. En concreto, apunta la ginecóloga, las internas de Peñagrande “cosían y rellenaban peluches para el Corte Inglés”, y por sus tareas “no recibían ninguna percepción”.

 En muchos de estos reformatorios “las rapaban” y en centros como Nuestra Señora de los Ojos Grandes de Lugo, donde existía “una celda de aislamiento y castigo”, “no había espejos” para que las adolescentes “no pudiesen mirarse”. “Había suicidios, escapadas, persecuciones de la policía”, relata Quiñonero. Para librarse de esa prisión, en la que permanecían un promedio de ocho años, a bastantes de ellas no les quedó más remedio que casarse (incluso “forzadas”, con hombres que iban a elegirlas a los centros) o “hacerse monjas”. “Muchas acabaron con trastornos psicológicos” y había “espacio reservado para las patronatas” en manicomios que, “como el de Ciempozuelos, internaba a las lesbianas”.

En los archivos del Patronato en Pontevedra han aparecido casos de niñas que eran castigadas con la reclusión después de haberse quedado embarazadas por violaciones de sus propios padres. Las víctimas de esta maquinaria fueron “estigmatizadas” y según Quiñonero “nunca se han organizado para reivindicar su historia”, que se diluyó ”en la neblina” de la Transición. Por estos “crímenes”, además, “jamás se le pidieron cuentas a la Iglesia”.

 "Todas perdieron la guerra"

El momento más emotivo de la jornada dedicada en Pontevedra a las “individuas de dudosa moral”, el viernes pasado, fue la conexión por videoconferencia con Marga Rodríguez, hermana mayor de un supuesto bebé robado, Josiño, que nació el 3 de marzo de 1966 en el hospital Almirante Vierna de Vigo, un moderno centro sanitario inaugurado una década antes por Franco. Paradójicamente, hoy este hospital sobre el que pesan diferentes relatos de madres despojadas está siendo transformado por la Xunta en “Ciudad de la Justicia”. “Era un hijo deseado. A mi hermana y a mí, nuestros padres nos habían enseñado a quererlo antes de nacer. Mi padre ya había comprado puros para celebrar el nacimiento con los compañeros de la empresa”, recuerda la mujer que entonces tenía 12 años.

El día 5, la madre y el resto de la familia recibieron la noticia de que Josiño, que había nacido sin complicaciones, había muerto. En el departamento de obstetricia, cuyos médicos de entonces “tienen placas conmemorativas” en Vigo, les dijeron que ya se encargaban ellos del entierro, pero la familia insistió y acabaron entregándoles una “cajita de zapatos, demasiado pequeña” para contener un bebé de nueve meses de gestación, con un envoltorio de telas dentro, supuestamente la mortaja del recién nacido. Enterraron esa caja a los pies de la difunta abuela de Marga, pero en la desesperada (e infructuosa) búsqueda que emprendió ella después de fallecer su madre, regresó al cementerio. En los libros de registro figuraba el sepelio de la abuela, pero el del bebé no existía.

España sigue todavía pendiente de la aprobación de una ley de bebés robados, estancada en la tramitación de enmiendas, y que sería el primer paso dado por el Estado en toda la democracia a favor de las víctimas, pese a los informes internacionales que han calificado esta práctica de delito de lesa humanidad. “En España, sin embargo, se consideran delitos comunes”, lamenta Soledad Luque, presidenta de la asociación Todos los niños robados son también mis niños, y esto impide su “imprescriptibilidad”. Entre 2011 y 2019 se incoaron más de 2.000 diligencias de investigación en España, de las que 526 fueron judicializadas. “Por el informe del año pasado de Amnistía Internacional pensamos que se han archivado casi todas”, comenta Luque, y la conclusión, dice, es que en España “no todas murieron en una trinchera, pero sí todas perdieron la guerra”.

“En todas las dictaduras se cometen crímenes, pero esta fue tan larga que la cantidad es muy importante”, señala Mayte Parejo, abogada penalista y de derechos humanos. El robo de niños, reivindica, se enmarcó “en el plan de represión que se extendió toda la dictadura”, empezando, los primeros años, por la retirada de los hijos a las presas. Una orden ministerial de la postguerra estipulaba que los niños podían permanecer en las cárceles con sus madres hasta los tres años y luego tenían que salir con familias adoptantes. Más tarde “se regularizó que estas pudieran inscribirlos en el registro” sin hacer mención de sus legítimos progenitores. Con los años, el robo se trasladó a los hospitales y las clínicas, “a las madres les decían que su hijo había muerto y lo entregaban a familias de otra región, lo que hoy dificulta el rastreo”, lamentan las expertas. Para Luque, “la forma en que se asume un pasado tan doloroso denota la 'calidad' de un sistema democrático”."                 (Silvia R. Pontevedra , El País,  14/04/22)

27/8/21

La situación de la mujer en España durante la talibanada franquista: eran obligadas por ordenanzas laborales a una excedencia forzosa cuando contraían matrimonio... hasta 1961 requería de autorización del padre o marido para suscribir contratos laborales... las solteras mayores de edad no podían dejar la casa familiar sin consentimiento paterno, salvo para casarse o hacerse monjas... las casadas necesitaban autorización del marido para obtener carnet de conducir, abrir un negocio, disponer de cuenta corriente o tramitar el pasaporte... y hasta el año 1954 perdían la nacionalidad española si se casaban con un extranjero... durante una parte del franquismo, el marido podía dar los hijos en adopción sin consentimiento de la madre

J.Coscu @jcoscu

 1/8 Ante alguna impugnación a mis afirmaciones sobre la situación de la mujer en España durante el franquismo, aporto algunos datos. Las mujeres eran obligadas por ordenanzas laborales a una excedencia forzosa cuando contraían matrimonio, que era “compensada por una “dote” (hilo)

2/8 Entre otros sectores eso pasaba en Prensa, Cine, Banca Privada o Telefónica (las chicas del cable). Un Decreto de 1957 ratificó la prohibición a las mujeres del desempeño de algunos trabajos (“que el varón prefiere galantemente asumir”) Todo bajo la coartada de su protección.

3/8 Hasta 1961 la mujer requería de autorización del padre o marido para suscribir contratos laborales. Los argumentos de las normas por las que se acaba parcialmente con prohibiciones o limitaciones recuerdan el fundamentalismo teocrático y patriarcal del régimen franquista

4/8 Un Decreto de 1970, que se presentó como igualitario, mantuvo la exigencia de autorización del marido para firmar contratos laborales. Todo para garantizar “el cumplimiento por parte de la mujer de sus obligaciones familiares en tanto que esposa y madre”.

5/8 En el orden civil la condición de las mujeres era una especie de minoría de edad prolongada más allá de la mayoría de edad legal. Las solteras mayores de edad no podían dejar la casa familiar sin consentimiento paterno, salvo para casarse o hacerse monjas.

6/8 Las mujeres casadas necesitaban autorización del marido para obtener carnet de conducir, abrir un negocio, disponer de cuenta corriente o tramitar el pasaporte. Y hasta el año 1954 perdían la nacionalidad española si se casaban con un extranjero.

7/8 Hasta 1972 la mayoría de edad era distinta para hombres (21 años) que para mujeres ((25). Y no recuerdo exactamente hasta cuando y en qué condiciones pero durante una parte del franquismo, el marido podía dar los hijos en adopción sin consentimiento de la madre.

8/8 No pretendo otra cosa (no sacarle punta) que recordar de donde venimos y que la transición supuso la ruptura con un régimen teocrático y patriarcal. Y reconocer una vez más las luchas de las “viejas” feministas. Sugiero la lectura del libro de @gemmalienas “Derechos frágiles” 

6:55 p. m. · 19 ago. 2021
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Maden Castillo @madencastillo
En respuesta a @jcoscu

 Si una mujer se separaba y tenía un hij@ con otro hombre, en la partida de nacimiento del bebè figuraba "de madre desconocida" por no poder reconocer hijos fuera del matrimonio (hasta 1980)

Judit @LaDuda15
En respuesta a @jcoscu

 Para conseguir el pasaporte para emigrar a Francia además del permiso paterno (siendo mayor de edad, soltera) mi madre tuvo que hacer el servicio social femenino, currar meses de enfermera, gratis claro. Las ricas se podían librar pagando una cesta con productos para bebés.