"A principios de este mes, Kenneth Iwamasa, de 59 años, ayudante del
actor Matthew Perry, se declaró culpable de conspiración para
distribuir ketamina, la droga que provocó la muerte de su empleador. Muy
pocas personas conocen de primera mano la dinámica tóxica que puede
desarrollarse al asistir a un famoso o entienden el desequilibrio de
poder inherente que puede surgir. Yo sí los conozco.
En 1998 trabajé durante dos meses como asistente personal de Harvey
Weinstein. Fui testigo de las muchas formas en que su fama y su poder
distorsionaban el comportamiento de la gente que lo rodeaba y de cómo,
por ser su ayudante, se me consideraba menos que una persona. Mientras
era su empleada, intentó violarme. Durante años se me impidió hablar de
ello mediante un acuerdo de confidencialidad, hasta que pude hablar en 2019.
Por supuesto, hay una distinción fundamental entre Perry, una persona
adicta, y Weinstein, un violador. Perry no era el criminal que es
Weinstein, y su exempleado (y otros) están siendo acusados como sus
facilitadores, no siendo puestos en el centro de atención como las
víctimas de Perry.
Pero cuando leí sobre la imputación
de Iwamasa, comprendí perfectamente que del ayudante de un famoso se
puede esperar que haga todo lo que le pidan, independientemente de la
ética o la legalidad. Estas peticiones pueden ir desde decir mentiras
piadosas (por ejemplo, a una cónyuge iracunda que quiere saber dónde
está tu jefe) hasta conseguir caprichos ilícitos (como drogas). En el
enrarecido mundo de los famosos, los asistentes no suelen ser tratados
como personas. Son más bien accesorios: apenas remunerados, muy
prescindibles e intercambiables.
En la última década, he reflexionado profundamente sobre la complicidad y la culpabilidad. ¿Es cierto, como sostenía
el teólogo alemán Martin Niemöller, que quienes no se pronunciaron en
la Alemania nazi eran tan culpables como los carceleros? En mi opinión,
se trata de una falsa confusión. Como asistente, te encuentras en un
doble aprieto: casi no tienes poder, pero tienes una responsabilidad
desproporcionada. En un sentido fundamental, los asistentes no se
pertenecen a sí mismos.
Iwamasa vivía a tiempo completo con su jefe, presumiblemente para
poder estar a su servicio las veinticuatro horas del día. En mi época de
asistente, a menudo me veía como una mayordoma aterrorizada. Mi trabajo
consistía en ser invisible y estar en todas partes a la vez. Se trataba
de conjurar lo imposible y luego hacer que lo imposible pareciera que
nunca había ocurrido. Esa es la alquimia de la asistencia. Si te haces
notar, estás haciendo un mal trabajo. Solo habrás tenido éxito cuando
nadie se fije en ti ni en las cosas que has hecho realidad.
Weinstein me dijo una vez que le gustaban las chicas chinas porque son discretas, y me habló a menudo de la lealtad. Del mismo modo, los informes
sobre la presencia en las redes sociales de Iwamasa han detallado cómo
destacaba la discreción y la lealtad como atributos profesionales.
Palabras como discreto y leal suelen señalar a los clientes adinerados
que uno no solo mirará hacia otro lado cuando sea necesario, sino que
facilitará sus indiscreciones. Se esperaba de mí que guardara los
secretos de mi jefe, que protegiera su reputación y, en última
instancia, me convertí en su víctima.
En el caso de Weinstein, podemos señalar a todo un círculo de
personas que permitieron su actividad delictiva, incluidos, entre otros,
contables, miembros de la junta directiva, abogados, todos los cuales
tenían acceso al dinero y el poder que les permitía defenderse. Los
famosos pueden verse rodeados de una corriente de aduladores que les
dicen que están por encima de la ley. Pocos se atrevieron a decirle a
Weinstein que no podía hacer algo o que había ido demasiado lejos.
El sistema que permite este desequilibrio va mucho más allá del
privilegio. En lo que respecta a las indiscreciones de Weinstein hacia
las mujeres (en otras palabras, las violaciones), sus facilitadores no
se limitaron a decirle que se saldría con la suya. Lo que es más
peligroso, le hicieron creer que tenía el derecho divino de hacer lo que
quisiera, con argumentos como: eres un genio creativo y necesitas
inspirarte en algún sitio, o eres un buen hombre con debilidad por las
mujeres guapas. Weinstein pasó décadas cultivando su propia imagen de
genio torturado. Cayó en su propio mito, y lo consumió.
Los asistentes son a menudo conscientes de este comportamiento, pero
tienen poco poder y pocas opciones frente a él. He intentado describir
en vano esta sensación de entrampamiento a personas ajenas a la
industria cinematográfica. Me han preguntado por qué no conseguí otro
trabajo. Las imágenes recientes de Weinstein, encorvado y tembloroso
sobre su andador, han destruido las imágenes del magnate de los medios
de comunicación en el cenit de su poder, pero en 1998, era casi
imposible conseguir una reunión con el hombre, y mucho menos trabajar en
su oficina. Una vez allí, podía ser despedida de un momento a otro, y
era plenamente consciente de que supondría la pérdida no solo de ese
trabajo, sino de cualquier otro en la industria cinematográfica. La
lista negra era permanente.
Como su asistente, no tenía identidad propia. Borrada mi identidad y
reducidas mis necesidades, me sentía como un fantasma cuyo destino
estaba ligado a mi empleador. Esta trágica dependencia unidireccional
nunca está más clara que cuando se trata del mundo legal. Como asistente
personal, si alguna vez te piden que hagas algo éticamente dudoso, te
tranquilizan de inmediato, como me ocurrió a mí: no te preocupes, nunca
te meterás en problemas. Harvey tiene a su disposición a los mejores
abogados del mundo. Ese punto de vista me desconcertaba. Siempre me
daban ganas de replicar: “Sí, él los tiene, pero yo no”.
Si soy (y lo soy) una entidad jurídica distinta de la persona a la
que asisto, la responsabilidad de mis actos es solo mía. ¿Qué importa,
entonces, cuánto dinero tenía Weinstein o qué abogados tenía en
marcación rápida?
Existe un riesgo tácito más oscuro: si tu disputa legal es con tu
empleador, no hay salida. Como asistente, tu identidad, por no hablar de
tu medio de vida, está tan ligada a tu empleador que la sociedad te ve
como una sola entidad, pero el sistema legal no.
Esa simbiosis se deshizo en el caso de Iwamasa. La muerte de Perry
rompió su conexión para siempre. Perry (y sus abultados bolsillos) ya no
están para proteger al asistente. Sin ese patrocinio, el sistema legal
ha venido por él.
No me sorprende que Iwamasa se declarara culpable. El ayudante, que
suele ser invisible, se encuentra de repente en el centro del escenario,
el último lugar en el que está preparado para estar. Además de
invisible, el asistente también puede estar sin dinero, sin poder y ser
un objetivo vulnerable. Es demasiado fácil convertir al mayordomo en el
chivo expiatorio."
(Rowena Chiu , activista y exasistente. Revista de prensa, 24/08/24. Este artículo, publicado originalmente en The New York Times)
"Era muy joven cuando sentó las bases de su famoso escrito. Como mucho rozaba la actual mayoría de edad, no obstante, Étienne de La Boétie, el gran amigo de Michel de Montaigne, escribió uno de los textos más profundos contra la tiranía: El discurso sobre la servidumbre voluntaria. Un texto breve, absolutamente contemporáneo, profusamente
traducido y publicado desde que se difundió por primera vez años
después de su fallecimiento a causa de la peste, en 1563.
Este
poeta, filósofo y abogado del Renacimiento describió la servidumbre
voluntaria como un “monstruoso vicio”. Un vicio que lleva a un número
infinito de personas a ser tiranizadas y conducidas al servilismo por su
propia voluntad, con el cuello bajo el yugo, no obligadas bajo una
fuerza mayor, encantadas y fascinadas “por el solo nombre de uno”. Todo
ello a pesar de que es perjudicial, puesla servidumbre al tirano
implica, primero, la pérdida del sentido natural de la libertad,
después la merma del valor y, finalmente, se instala la impotencia.
El
tirano se alimenta de obediencia, servidumbre y devoción voluntaria de
las personas. Nunca alcanza la amistad, porque está hecha de una virtud
que no posee ni poseerá. No es amado ni ama. Una vez asentado en el
poder, gana en astucia. Le resulta fácil engañar y persuadir. Su esquema
de funcionamiento es piramidal. Somete a los que están en la cúpula,
próximos, mediante el reparto de propiedades y dinero, pues sabe que
nada avasalla tanto como la riqueza. A los súbditos, los que forman las
bases, los embrutece. El tirano teme la traición. A su alrededor solo
hay conspiración. Todo se corrompe.
No es de extrañar que entrado el siglo XX el escrito de La Boétie
acompañara la reflexión de no pocos pensadores en torno al totalitarismo
y el valor de la desobediencia. Simone Weil, por ejemplo, escribió una Meditación sobre la obediencia y la libertad. Lo hizo en la primavera de 1937, es decir, tras haber participado en la Guerra Civil española. Es
una reflexión provocada por el ascenso de los fascismos. Plantea el
asombro que le produce ver la sumisión de la mayoría a una minoría
criminal y trata de vislumbrar cuál debe ser la fuerza social capaz de
romper ese fatídico sometimiento colectivo. Se pregunta cómo comprender
que los hombres permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden
del tirano. Escribe: “La mayoría obedece hasta dejarse imponer el
sufrimiento y la muerte, mientras que la minoría manda”. En esta breve
meditación, Weil señala que todo lo que hay de más alto en la vida
humana, todo esfuerzo de pensamiento, todo esfuerzo de amor, es
corrosivo para el orden tiránico. Y, sin embargo, ve imposible trasladar
a la acción política la pureza de espíritu sin condenarse de antemano a
la derrota.
Frente al vicio de la servidumbre, La Boétie, al igual que
su amigo Montaigne, eligió la virtud de la libertad. Explica Montaigne
en su célebre ensayo dedicado a la amistad que, al contrario de
la servidumbre, la condición de libertad voluntaria no produce nada más
propiamente suyo que el afecto. Rememora también a Aristóteles, quien
insistiera en que los buenos legisladores cuidaron más de la amistad que
de la justicia, pues las formas de afecto son más hermosas y generosas
que aquellas edificadas sobre el placer o el beneficio.
En
su texto, La Boétie ilustra con ejemplos históricos que quienes no se
entregaron a la servidumbre lucharon con más ímpetu y mejor en defensa
de su libertad que quienes vivían subyugados. El Discurso fue
comprendido como radical, pues somete a crítica los fundamentos mismos
de la autoridad. Pero es que él confiaba en la bondad de la virtud y
ésta sólo puede darse en libertad. Este es un punto central de su
argumento. Él pensaba que la naturaleza es contraria a la ofensa y, por
tanto, si los seres humanos fuimos creados diferentes los unos de los
otros es precisamente para favorecer que entre las personas se den los
afectos y los cuidados. Naturalmente libres, escribió, todos somos
compañeros.
Montaigne describó a La Boétie como un hombre
de otra época. Quizá de un tiempo, si es que realmente existió, en el
cual la virtud prevalecía sobre el poder y el dinero. Nada que ver con
el actual. Las sociedades contemporáneas hemos llegado al siglo XXI
completamente inclinadas por el interés material. Vivimos entregados a
un embrutecimiento sin parangón. Despreocupados ante la desatendida
transmisión del conocimiento de los clásicos y de la antigüedad.
Dominados por patologías que se producen en el seno de nuestras
democracias. Fatalmente anclados en conflictos políticos del pasado.
Servilmente atados a los dispositivos celulares. Embelesados ante los
avances de una inteligencia artificial dirigida por intereses que nos
alejan de los afectos, por decirlo suavemente. No es de extrañar que al
final nos hayamos rodeado de tiranos, cada vez más peligrosos y
sofisticados. ¿Qué permanece? De momento todos somos humanos." (Berta Ares Yáñez , El País, 03/09/23)
"El ser humano es político por naturaleza y necesita líderes políticos.
El perfil de un político debería ser el de una persona que se siente
comprometida con su comunidad y que está dispuesta a ponerse al servicio
de esta para mejorar su calidad de vida. Sin embargo, muchas personas
que sufren distintos trastornos mentales, la mayoría trastornos de personalidad, han encontrado en la política el contexto ideal donde desarrollarse.
Cuando sus respectivas psicopatologías representarían una dificultad
de adaptación en la sociedad de ciudadanos de a pie, el sistema político
les brinda la posibilidad de un desarrollo personal en el que la
psicopatología se nutre del microcosmos de la clase política, sin
representar un problema para la persona que lo padece.
Así, el trastorno de personalidad narcisista se satisface con la notoriedad de ser político y la percepción subjetiva de poder sobre los demás. El trastorno de personalidad antisocial está encontrando un contexto muy confortable con el auge de la extrema derecha,
o incluso el trastorno histriónico de la personalidad encuentra en las
sedes parlamentarias el lugar ideal donde escenificar sus espectáculos.
El trastorno de personalidad obsesivo-compulsiva ha encontrado su
espacio en la politización de la justicia. Lo mismo ocurre con la
psicopatía, la sociopatía y los déficits graves de autoestima, que
encuentran en el poder el mejor antídoto.
Enfermedades mentales en el ruedo político
El psiquiatra y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid Francisco Alonso Fernández ya se preguntaba en 1978:
“¿Cuántos políticos, llevados por factores personales, han cometido
errores en sus gestiones? (…) Cuando un político no disfruta de un
estado de salud mental aceptable, su conducta rezuma peligrosidad”.
¿Hay determinadas enfermedades mentales que encuentran en el ruedo
político un ecosistema de desarrollo? ¿Son los hemiciclos parlamentarios
lo mismo que el lienzo y el pincel con el que Salvador Dalí pudo
convertir su “locura” en arte? En cualquier caso, no tiene las mismas
consecuencias una obra de arte surrealista que una toma de decisiones
sesgada por una eventual distorsión de la realidad.
También podemos verlo en sentido contrario. ¿Es la actividad política
un factor de riesgo para desarrollar la “locura”? El neurólogo David
Owen estudió durante siete años el cerebro de los líderes políticos y concluyó que:
“El poder intoxica tanto que termina afectando al juicio de los dirigentes”.
Factores de riesgo
La secuencia sería la siguiente: un ciudadano con factores de riesgo
de determinadas psicopatologías entra en política y, abruptamente,
alcanza cotas de poder inimaginables para él. Quizá al principio sienta
dudas sobre su capacidad de gestionar ese poder, pero rápidamente le
aparece el grupo de incondicionales que le reconocen su valía,
precisamente por el poder que ostenta.
A partir de aquí empieza a creer que está ahí por mérito propio y que
por lo tanto queda situado por encima de los demás mortales. En este
punto se entra en el momento megalomaníaco,
creyéndose infalible e insustituible (de ahí que tan pocos políticos
dimitan, negando sus propios errores, y aferrándose adictivamente al
poder).
El siguiente paso consiste en realizar grandes planes para los que
quizás tendrá la necesidad de perpetuarse, incluso cambiando las leyes
que limitan la permanencia en el poder. Y por fin se llega a la etapa
paranoide, en la que percibe que todo el mundo está contra él. Ya no
distingue entre diferencias ideológicas, sino que solo es capaz de
entender el “si no estás conmigo, estás contra mí”.
Esto le aleja y le aísla por completo de la sociedad que le eligió.
La única salida es dejar de escuchar, ir hacia adelante al precio que
sea, aunque implique el sacrificio de miles de vidas humanas, tomando
decisiones sin permitir recibir asesoramiento y ajeno a la pérdida de la
capacidad de autocrítica ante los propios errores. Finalmente “cae” del
poder y el baño de realidad implica un duelo imposible de elaborar, de
modo que lo más probable es que desarrolle una clínica depresiva.
Síndrome de Hubris: orgullo desmedido y arrogancia
Esta sintomatología ya se observó en la Grecia clásica y se ha definido como el síndrome de Hubris.
En griego antiguo, húbris (ὕϐρις) significa orgullo desmedido,
arrogancia y presunción. Se caracteriza por un ego exageradamente
sobredimensionado, ambición sin límite, actitud desafiante y temeraria,
insolencia y un sesgo cognitivo que hace creer a quien lo padece que
merece mucho más que el resto de los seres humanos, a quienes desprecia.
Síntomas del síndrome de Hubris:
Exceso de autoconfianza.
Conductas imprudentes.
Gran sentimiento de superioridad. Arrogancia, soberbia y chulería.
Preocupación exagerada por la autoimagen personal.
Pasión por el lujo y las excentricidades.
Convicción de que todo vale; el rival debe ser derrotado a cualquier precio.
Creencia irracional de infalibilidad. Incapacidad de autocrítica y de
asumir las responsabilidades de sus decisiones, que nunca reconocerá
como erróneas.
Desprecio por el asesoramiento profesional, que implicaría reconocer que otras personas saben más que ellos.
Distanciamiento gradual de la realidad. Carencia de empatía, humanidad y compasión.
Incapacidad absoluta para la elaboración del duelo por la pérdida del
rol de poder, que se solventa mediante las llamadas “puertas
giratorias”, o que se mitiga mediante sustanciosas pagas vitalicias.
A pesar de que el síndrome de Hubris responde más a una
caracterización sociológica, la psicología y psiquiatría siempre han
reconocido los efectos que el poder puede generar en la salud mental.
Como dice el proverbio, “aquel a quien los dioses quieren destruir,
primero lo vuelven loco”.
Un problema que se retroalimenta
Nos encontramos, pues, ante un problema circular que se
retroalimenta. Los factores de riesgo de determinadas psicopatologías
empujan al sujeto a encontrar en el ruedo político un ecosistema que
tendría la función de normalizar los síntomas de la enfermedad mental.
Una vez dentro de la clase política, la actual aristocracia, el poder
alimenta los factores de riesgo psicopatológico personales dentro de un
gueto que los normaliza, pero el coste se paga en sintomatología de
Hubris.
Sin duda, una espiral de la que resulta casi imposible salir, que
cada vez aleja más al sujeto de la realidad. Y esta es, precisamente, la
definición más simple de la psicopatología." (Contrainformación, 02/01/23)
"Los dos millones de muertes que han resultado de la
mala gestión de las élites gobernantes de la pandemia global serán
eclipsadas por lo que vendrá después. La catástrofe global que nos aguarda,
ya incrustada en el ecosistema por la incapacidad de frenar el uso de
combustibles fósiles y la agricultura animal, presagia nuevas pandemias
más mortíferas, migraciones masivas de miles de millones de personas
desesperadas, caída de los rendimientos de los cultivos, hambruna masiva
y colapso de sistemas.
La ciencia que dilucida esta muerte social es conocida por las élites gobernantes.
La ciencia que nos advirtió sobre esta pandemia, y otras que vendrán
después, es conocida por las élites gobernantes. La ciencia que muestra
que no detener las emisiones de carbono conducirá a una crisis climática
y, en última instancia, a la extinción de la especie humana y la
mayoría de las otras especies, es conocida por las élites gobernantes.
No pueden alegar ignorancia. Solo indiferencia.
Los hechos son incontrovertibles. Cada una de las
últimas cuatro décadas ha sido más calurosa que la anterior. En 2018, el
Panel Internacional de Cambio Climático de la ONU publicó un informe
especial sobre los efectos sistémicos de un aumento de 1,5 grados
Celsius (2,7 grados Fahrenheit) en las temperaturas. Es una lectura muy
lúgubre. Los aumentos vertiginosos de la temperatura (ya estamos 1,2
grados Celsius, 2,16 grados Fahrenheit por encima de los niveles
preindustriales) ya están integrados en el sistema, lo que significa que
incluso si detuviéramos todas las emisiones de carbono hoy, todavía nos
enfrentamos a una catástrofe.
Cualquier cosa por encima de un aumento
de temperatura de 1,5 grados centígrados hará que la tierra sea
inhabitable. Ahora se espera que el hielo del Ártico junto con la capa
de hielo de Groenlandia se derrita independientemente de cuánto
reduzcamos las emisiones de carbono. Un aumento de siete metros (23
pies) en el nivel del mar, que es lo que ocurrirá una vez que
desaparezca el hielo, significa que todos los pueblos y ciudades de la
costa al nivel del mar tendrán que ser evacuados.
Roger Hallam, cofundador de Extinction Rebellion, cuyos actos no
violentos de desobediencia civil masiva ofrecen la última y mejor
oportunidad para salvarnos, lo expone en este vídeo:
A medida que empeore la crisis climática, las restricciones políticas se endurecerán, lo que dificultará la resistencia pública.
No vivimos, todavía, en el brutal estado orwelliano que aparece en el
horizonte, uno donde todos los disidentes sufrirán el destino de Julian
Assange. Pero este estado orwelliano no está lejos. Esto hace imperativo
que actuemos ahora.
Las élites gobernantes, a pesar del colapso ecológico acelerado y
tangible, nos apaciguan, ya sea con gestos sin sentido o con negación.
Son los arquitectos del asesinato social.
El asesinato social, como señaló Friedrich Engels en su libro de 1845 «La condición de la clase trabajadora en Inglaterra»,
una de las obras más importantes de la historia social, está integrado
en el sistema capitalista. Las élites gobernantes, escribe Engels,
aquellas que tienen «control social y político», fueron conscientes de
que las duras condiciones de vida y de trabajo durante la revolución
industrial condenaban a los trabajadores a «una muerte prematura y
antinatural»:
“Cuando un individuo inflige daño corporal a otro de tal manera
que resulta en la muerte, lo llamamos homicidio involuntario; cuando el
asaltante sabe de antemano que la herida será fatal, llamamos asesinato a
su hecho. Pero cuando la sociedad coloca a cientos de
proletarios en una situación tal que inevitablemente se enfrentarán a
una muerte prematura y antinatural, esta muerte es de carácter violento
tanto como lo es la que se produce por espada o bala; cuando
priva a miles de lo necesario para la vida, los coloca en condiciones en
las que no pueden vivir, los obliga, mediante el fuerte brazo de la
ley, a permanecer en tales condiciones hasta que sobreviene la muerte,
que es la consecuencia inevitable, sabe que estos miles de víctimas
deben perecer y, sin embargo, permite que se mantengan estas
condiciones, su acto es un asesinato con tanta seguridad como lo es
cuando afecta a un solo individuo; asesinato disfrazado, malicioso,
asesinato del que nadie puede defenderse, que no parece lo que es,
porque nadie ve al asesino, porque la muerte de la víctima parece
natural, ya que el delito es más de omisión que de comisión. Pero el
asesinato permanece.»
La clase dominante dedica enormes recursos a enmascarar este asesinato social.
Controlan la narrativa en la prensa. Falsifican la ciencia y los datos,
como lo ha hecho la industria de los combustibles fósiles durante
décadas. Establecieron comités, comisiones y organismos internacionales,
como las cumbres climáticas de la ONU, para pretender abordar el
problema. O para negar la existencia del problema.
Los científicos han advertido durante mucho tiempo que a medida que aumentan las temperaturas globales, aumentan las precipitaciones y las olas de calor en muchas partes del mundo,
y con ello las enfermedades infecciosas propagadas por animales merman
las poblaciones durante todo el año incluidas las de las regiones del
norte. Pandemias como el VIH /SIDA, que ha matado a aproximadamente 36
millones de personas, la gripe asiática, que mató entre uno y cuatro
millones, y el COVID-19, que ya ha matado a más de 2,5 millones, se
propagarán por todo el mundo en cepas cada vez más virulentas, a menudo
mutando más allá de nuestro control.
El uso indebido de antibióticos en
la industria cárnica, que representa el 80% de todo el uso de
antibióticos, ha producido cepas de bacterias que son resistentes a los
antibióticos y fatales. Una versión moderna de la Peste Negra, que en el
siglo XIV provocó la muerte de entre 75 y 200 millones de personas,
acabando quizás con la mitad de la población europea, es, probablemente,
inevitable mientras las industrias farmacéutica y médica estén
configuradas para hacer dinero en lugar de proteger y salvar vidas.
Incluso con las vacunas, carecemos de la infraestructura
nacional para distribuirlas de manera eficiente porque las ganancias
triunfan sobre la salud. Y los del sur global están, como de
costumbre, abandonados, como si las enfermedades que los matan nunca los
alcanzaran. La decisión de Israel de distribuir vacunas COVID-19 a
hasta 19 países mientras se niega a vacunar a los 5 millones de
palestinos que viven bajo su ocupación es emblemática de la asombrosa
miopía de la élite gobernante, sin mencionar la inmoralidad.
Lo que está ocurriendo no es negligencia. No es
ineptitud. No es un incumplimiento de la política. Es un asesinato. Es
asesinato porque es premeditado. Es un asesinato porque las clases
dominantes mundiales tomaron una decisión consciente para extinguir la
vida en lugar de protegerla. Es un asesinato porque las ganancias, a
pesar de las estadísticas sólidas, las crecientes alteraciones
climáticas y los modelos científicos, se consideran más importantes que
la vida y la supervivencia humanas.
Las élites prosperan en este sistema, siempre que sirvan a los dictados de lo que Lewis Mumford llamó la «megamáquina», la convergencia de ciencia, economía,
técnica y poder político unificados en una estructura burocrática
integrada cuyo único objetivo es perpetuarse. Esta estructura, señaló
Mumford, es la antítesis de los «valores que mejoran la vida». Pero
desafiar a la megamáquina, nombrar y condenar su deseo de muerte, es ser
expulsado de su santuario interior. Hay, sin duda, algunos dentro de la
megamáquina que temen al futuro, que quizás incluso están consternados
por el asesinato social, pero no quieren perder su trabajo y su estatus
social para convertirse en parias.
Los recursos masivos asignados a las fuerzas armadas, que cuando los
costes de la Administración de Veteranos se agregan al presupuesto del
Departamento de Defensa llegan a 826.000 millones de dólares al año, son
el ejemplo más evidente de nuestra locura suicida, sintomática de todas
las civilizaciones en decadencia que desperdician recursos en
instituciones y proyectos que aceleren su declive.
El ejército estadounidense, que representa el 38% del gasto militar en todo el mundo, es incapaz de combatir la verdadera crisis.
Los aviones de combate, satélites, portaaviones, flotas de buques de
guerra, submarinos nucleares, misiles, tanques y vastos arsenales de
armamento son inútiles contra las pandemias y la crisis climática. La
máquina de guerra no hace nada para mitigar el sufrimiento humano
causado por entornos degradados que enferman y envenenan a las
poblaciones o hacen que la vida sea insostenible. La contaminación del
aire ya mata a unos 200.000 estadounidenses al año, mientras que los
niños en ciudades deterioradas como Flint, Michigan, sufren daños de por
vida debido a la contaminación por plomo del agua potable.
El enjuiciamiento de guerras interminables e inútiles, que cuestan
entre $ 5 y $ 7 billones, el mantenimiento de unas 800 bases militares
en más de 70 países, junto con el fraude endémico, el despilfarro y la
mala gestión por parte del Pentágono en un momento en que la
supervivencia de la especie está en peligro, es en sí mismo una especie
de juego autodestructivo. El Pentágono ha gastado más de 67.000 millones
solo en un sistema de defensa de misiles balísticos que pocos creen que
realmente funcionará y miles de millones más en una serie de sistemas
de armas fallidos, incluido el destructor Zumwalt de 22.000 millones. Y,
además de todo esto, el ejército de EE. UU. emitió 1.200 millones de
toneladas métricas de emisiones de carbono entre 2001 y 2017, el doble
de la producción anual de los vehículos de pasajeros del país.
Dentro de una década, veremos a la actual clase dominante mundial como la más criminal en la historia de la humanidad,
condenando deliberadamente a millones y millones de personas a morir,
incluidas las de esta pandemia, que empequeñecen los excesos asesinos de
los asesinos del pasado, incluidos los europeos que llevaron a cabo el
genocidio de los pueblos indígenas en las Américas, los nazis que
exterminaron a unos 12 millones de personas, los estalinistas o la
Revolución Cultural de Mao. Este es el mayor crimen contra la humanidad
jamás cometido. Se está cometiendo frente a nosotros. Y, con pocas
excepciones, voluntariamente nos llevan como ovejas al matadero.
No es que la mayoría de la gente tenga fe en las élites gobernantes.
Saben que están siendo traicionados. Se sienten vulnerables y asustados.
Entienden que su miseria no es reconocida y carece de importancia para
las élites globales, que han concentrado cantidades asombrosas de riqueza y poder en las manos de una pequeña camarilla de oligarcas rapaces.
La rabia que muchos sienten por el abandono se expresa a menudo en una solidaridad envenenada. Esta
solidaridad envenenada une a los marginados en torno a los crímenes de
odio, el racismo, los incipientes actos de venganza contra los chivos
expiatorios, el chovinismo religioso y étnico y la violencia nihilista. Fomenta cultos de crisis, como los construidos por los fascistas cristianos, y eleva a demagogos como Donald Trump.
Las divisiones sociales benefician a la clase dominante, que ha
construido silos de medios que alimentan el odio empaquetado a la
demografía competitiva. Cuanto mayores son los antagonismos sociales, menos tienen que temer las élites.
Si quienes se apoderan de la solidaridad envenenada se vuelven
numéricamente superiores (casi la mitad del electorado estadounidense
rechaza a la clase dominante tradicional y abraza las teorías de la
conspiración y un demagogo), las élites se adaptarán a la nueva
configuración de poder, que acelerará el asesinato social.
La administración Biden no llevará a cabo las reformas económicas, políticas, sociales o ambientales que nos salvarán.
La industria de los combustibles fósiles seguirá extrayendo petróleo.
Las guerras no terminarán. La desigualdad social aumentará. El control
gubernamental, con sus fuerzas policiales militarizadas de ocupación
interna, vigilancia total y pérdida de libertades civiles, se expandirá.
Nuevas pandemias, junto con sequías, incendios forestales, huracanes
monstruosos, olas de calor devastadoras e inundaciones, devastarán el
país, así como una población agobiada por un sistema de atención médica
con fines de lucro que no está diseñado o equipado para lidiar con una
crisis de salud nacional.
El mal que hace posible este asesinato social es colectivo. Es perpetrado por burócratas
y tecnócratas incoloros producidos en escuelas de negocios, facultades
de derecho, programas de administración y universidades de élite.
Estos administradores de sistemas llevan a cabo las tareas
incrementales que hacen que los vastos y complicados sistemas de
explotación y muerte funcionen. Recopilan, almacenan y manipulan
nuestros datos personales para los monopolios digitales y el estado de
seguridad y vigilancia. Engrasan las ruedas de ExxonMobil, BP y Goldman
Sachs. Escriben las leyes aprobadas por la clase política comprada y
pagada. Pilotan los drones aéreos que aterrorizan a los pobres en
Afganistán, Irak, Siria y Pakistán. Se benefician de las guerras
interminables. Son los anunciantes corporativos, los especialistas en
relaciones públicas y los expertos en televisión que inundan las ondas
de radio con mentiras. Manejan los bancos. Supervisan las cárceles.
Emiten los formularios. Procesan los papeles.
Niegan cupones de
alimentos y cobertura médica a unos y beneficios de desempleo a otros.
Realizan los desalojos. Hacen cumplir las leyes y los reglamentos. No
hacen preguntas. Viven en un vacío intelectual, un mundo de minucias
embrutecedoras. Son los «hombres huecos» de T.S. Eliot, «los hombres
disecados». “Forma sin forma, sombra sin color”, escribe el poeta.
«Fuerza paralizada, gesto sin movimiento».
Estos hombres de la administración hicieron posible los genocidios
del pasado, desde el exterminio de los nativos americanos hasta la
matanza turca de los armenios, el Holocausto nazi y las liquidaciones de
Stalin. Mantuvieron los trenes en funcionamiento. Completaron el
papeleo. Se apoderaron de la propiedad y confiscaron las cuentas
bancarias. Ellos hicieron el procesamiento. Racionaron la comida.
Administraron los campos de concentración y las cámaras de gas. Hicieron
cumplir la ley. Hicieron su trabajo.
Estos administradores de sistemas, sin educación en todo menos en su pequeña especialidad técnica, carecen del lenguaje y la autonomía moral para cuestionar los presupuestos o las estructuras reinantes.
Hannah Arendt en «Eichmann in Jerusalem» escribe que Adolf Eichmann
estaba motivado por «una extraordinaria diligencia en velar por su
progreso personal». Se unió al Partido Nazi porque fue un buen paso en
su carrera. Arendt continuó:
“El problema con Eichmann era precisamente que muchos eran como
él, y que muchos no eran ni pervertidos ni sádicos, eran, y siguen
siendo, terriblemente y aterradoramente normales.
Cuanto más se le escuchaba, más obvio se hacía que su incapacidad
para hablar estaba estrechamente relacionada con la incapacidad para
pensar, es decir, pensar desde el punto de vista de otra persona. No fue
posible comunicarse con él, no porque mintiera, sino porque estaba
rodeado por la más sólida salvaguarda contra las palabras y la presencia
de otros, y por lo tanto de la realidad como tal”.
El novelista ruso Vasily Grossman en su libro “Forever Flowing”
observó que “el nuevo estado no requería santos apóstoles, constructores
fanáticos e inspirados, discípulos fieles y devotos. El nuevo estado ni
siquiera requería sirvientes, solo empleados». Esta ignorancia
metafísica alimenta el asesinato social.
No podemos absorber emocionalmente la magnitud de la catástrofe que se avecina y, por lo tanto, no actuamos.
En el documental sobre el Holocausto de Claude Lanzmann, «Shoah»,
se entrevista a Filip Müller, un judío checo que sobrevivió a las
liquidaciones en Auschwitz como miembro del «detalle especial».
“Un día de 1943, cuando ya estaba en el Crematorio 5, llegó un
tren de Bialystok. Un preso en el ‘detalle especial’ vio a una mujer en
el ‘cuarto de desvestirse’ que era la esposa de un amigo suyo. Él salió
directo y le dijo: ‘Vas a ser exterminada. En tres horas, serás cenizas.
La mujer le creyó porque lo conocía. Corrió por todas partes y advirtió
a las otras mujeres. ‘Nos van a matar. Nos van a gasear. Las madres que
llevaban a sus hijos a hombros no querían oír eso. Decidieron que la
mujer estaba loca. La ahuyentaron. Entonces, fue a los hombres. En vano.
No es que no le creyeran. Habían oído rumores en el gueto de Bialystok o
en Grodno y en otros lugares. ¿Pero quién quería escuchar eso? Cuando
vio que nadie la escucharía, se rasgó toda la cara. Por desesperación.
En estado de shock. Y empezó a gritar”.
¿Cómo resistimos? ¿Por qué, si este asesinato social es inevitable,
como creo que lo es, no nos defendemos? ¿Por qué no ceder al cinismo y a
la desesperación? ¿Por qué no retirarnos y pasar nuestras vidas
intentando saciar nuestras necesidades y deseos privados? Todos somos
cómplices, paralizados por la fuerza abrumadora de la megamáquina y
atados a su energía destructiva por los espacios asignados dentro de su
enorme maquinaria».
Sin embargo, no actuar, y esto significa llevar a cabo actos masivos y
sostenidos de desobediencia civil no violenta en un intento de aplastar
la megamáquina, es muerte espiritual. Es sucumbir al cinismo, el
hedonismo y el entumecimiento que ha convertido en engranajes humanos a
los administradores de sistemas y tecnócratas que orquestan este
asesinato social. Es entregar nuestra humanidad. Es convertirse en cómplice.
Albert Camus escribe que “una de las únicas posiciones
filosóficas coherentes es la revuelta. Es un enfrentamiento constante
entre el hombre y su oscuridad. No es una aspiración, porque carece de
esperanza. Esa revuelta es la certeza de un destino aplastante, sin la
resignación que debería acompañarla”.
“Un hombre vivo puede ser esclavizado y reducido a la condición
histórica de un objeto”, advierte Camus. «Pero si muere negándose a ser
esclavizado, reafirma la existencia de otro tipo de naturaleza humana
que se niega a ser clasificada como objeto».
La capacidad de ejercer la autonomía moral, de negarse a
cooperar, de destrozar la megamáquina, nos ofrece la única posibilidad
que nos queda para la libertad personal y una vida con sentido.
La rebelión es su propia justificación. Erosiona, aunque de manera
imperceptible, las estructuras de opresión. Sostiene las brasas de la
empatía y la compasión, así como la justicia. Estas brasas no son
insignificantes. Mantienen viva la capacidad de ser humanos. Mantienen
viva la posibilidad, por débil que sea, de que se puedan detener las
fuerzas que están orquestando nuestro asesinato social. La rebelión debe
abrazarse, finalmente, no solo por lo que logrará, sino por lo que nos
permitirá llegar a ser. En ese devenir encontramos esperanza." (Artículo escrito por Chris Hedges en Scheerpost. , El Captor, 06/03/21)
"Esta entrevista tuvo lugar el sábado 1 de noviembre, entre las 4 y
las 6 de la tarde, pocas horas antes que Pasolini fuera asesinado.
Quiero precisar que el título de la entrevista es suyo, no mío. De
hecho, al término de la conversación que a menudo, como en otras
ocasiones, nos ha sorprendido con convicciones y puntos de vista
diferentes, le pregunté si quería dar un título a su entrevista.
Se lo
pensó un poco, dijo que no tenía importancia, cambió de tema, luego algo
nos devolvió al argumento de fondo que aparece continuamente en las
respuestas que siguen. «He aquí la semilla, el sentido de todo – dijo –
Tú no sabes quién está pensando en matarte ahora. Pon este título, si
quieres: “Porque estamos todos en peligro”».
Pasolini, en tus artículos y en tus escritos has dado
muchas versiones de lo que detestas. Has abierto una lucha, solo, contra
muchas cosas, instituciones, convicciones, personas, poderes.
Para que sea menos complicado el discurso yo diré «la situación», y
tú sabrás que quiero hablar de la escena en contra de la que, en
general, te bates. Ahora te hago esta objeción. La «situación», con
todos los males que tú dices, contiene todo lo que te permite ser
Pasolini. Quieto decir: tuyo es el mérito y el talento. ¿Pero los
instrumentos? Los instrumentos son de la «situación». Editorial, cine,
organización, hasta los objetos. Pongamos que el tuyo sea un pensamiento
mágico. Haces un gesto y todo desaparece. Todo eso que detestas.
¿Y tú? ¿Tú no te quedarías solo y sin medios? Quiero decir medios expresivos, quiero…
Sí, he entendido. Pero ese pensamiento mágico yo no sólo lo intento,
sino que me lo creo. No en el sentido mediático. Sino porque sé que
golpeando siempre sobre el mismo clavo puede hasta derribarse una casa.
En pequeño, un buen ejemplo nos lo dan los radicales, cuatro gatos que
consiguen remover la conciencia de un país (y tú sabes que no siempre
estoy de acuerdo con ellos, pero precisamente ahora estoy a punto de
salir para ir a su congreso). En grande, el ejemplo nos lo da la
historia. El rechazo ha sido siempre un gesto esencial. Los santos, los
ermitaños, pero también los intelectuales. Los pocos que han hecho la
historia son aquellos que han dicho no, en absoluto los cortesanos y los
ayudantes de los cardenales.
El rechazo, para funcionar, debe ser grande, no pequeño, total, no
sobre este o aquel punto, «absurdo», no de sentido común. Eichmann,
amigo mío, tenía mucho sentido común. ¿Qué le faltó? Le faltó decir no,
antes, al principio, cuando lo que hacía era sólo administración
rutinaria, burocracia. A lo mejor incluso habrá dicho a los amigos: a mí
ese Himmler no me gusta mucho. Habrá murmurado, como se murmura en los
editoriales, en los periódicos, en el amiguismo y en la televisión. O
también se habrá rebelado porque este o aquel tren se paraba una vez al
día para las necesidades y el pan y el agua de los deportados, cuando
hubieran sido más funcionales o más económicas dos paradas. Pero nunca
ha bloqueado la maquinaria. Entonces los problemas son tres. Cuál es,
como dices tú, «la situación», y por qué se debería pararla o
destruirla. Y cómo.
so es, describe “la situación”. Sabes perfectamente que
tus intervenciones y tu lenguaje tienen un poco el efecto del sol que
atraviesa el polvo. Es una imagen bella, pero se entiende poco.
Gracias por la imagen del sol, pero pretendo mucho menos. Pretendo
que mires a tu alrededor y te des cuenta de la tragedia. ¿Cuál es la
tragedia? La tragedia es que ya no somos seres humanos, somos extrañas
locomotoras que chocan unas contra otras. Y nosotros, los intelectuales,
cogemos el horario de los trenes del año pasado, o de hace diez años, y
decimos: qué extraño, esos dos trenes no pasan por ahí, ¿cómo es que se
han destrozado de esa manera? O el maquinista se ha vuelto loco o es un
criminal aislado o se trata de un complot. El complot, sobre todo, nos
hace delirar. Nos libera de todo el peso de enfrentarnos solos a la
verdad. Qué bien si mientras nosotros estamos aquí charlando alguno en
una taberna está haciendo planes para deshacerse de nosotros. Es fácil,
es sencillo, es la resistencia. Perderemos algunos camaradas y después
nos organizaremos y quitaremos de en medio a los otros, ¿no te parece?
Yo sé que cuando dan en televisión ¿Arde París? todos están ante el
televisor, con lágrimas en los ojos y unas ganas locas de que la
historia se repita, bella, limpia (un efecto del tiempo es que “lava”
las cosas, como las fachadas de las casas). Sencillo; yo aquí, tú allí.
No hagamos bromas con la sangre, el dolor, la fatiga que la gente pagó
entonces por “elegir”. Cuando estás con la cara aplastada contra aquel
momento, aquel minuto de la historia, elegir es siempre una tragedia.
Pero, admitámoslo, era más sencillo. El fascista de Salò, el nazi de las
SS, el hombre normal, con la ayuda del valor y de la conciencia,
consigue rechazarlo, incluso de su vida interior (que es donde empieza
siempre la revolución). Pero ahora no. Uno se te viene encima vestido de
amigo, es gentil, cortés, y “colabora” (pongamos que en la televisión),
por ir tirando o porque no es un delito. El otro –o los otros, los
grupos- te sale al encuentro o se te echa encima –con sus chantajes
ideológicos, con sus sermones, sus prédicas, sus anatemas, y tú sientes
que también son amenazas. Desfilan con banderas y consignas, pero ¿qué
los separa del poder?
¿Qué es el poder, según tú, dónde está, dónde se encuentra, como lo sacas de su madriguera?
El poder es un sistema de educación que nos divide en subyugados y
subyugadores. Pero cuidado. Un mismo sistema educativo que nos forma a
todos, desde las llamadas clases dirigentes hasta los pobres. Por eso
todos quieren las mismas cosas y se portan de la misma manera. Si tengo
en las manos un consejo de administración o una operación bursátil, los
utilizo. Si no, una barra de hierro. Y cuando utilizo una barra de
hierro hago uso de mi violencia para obtener lo que quiero. ¿Por qué lo
quiero? Porque me han dicho que es una virtud quererlo. Yo ejerzo mi
derecho-virtud. Soy asesino y soy bueno.
Te han acusado de no distinguir política e
ideológicamente, de haber perdido el sentido de la diferencia profunda
que tiene que haber entre fascistas y no fascistas, por ejemplo entre
los jóvenes.
Por eso te hablaba del horario ferroviario del año pasado. ¿Nunca has
visto esas marionetas que hacen reír tanto a los niños porque tienen el
cuerpo vuelto de una parte y la cabeza de la otra? Me parece que Totò
hacía un truco parecido. Así veo yo la inmensa tropa de intelectuales,
sociólogos, expertos y periodistas de las intenciones más nobles, las
cosas suceden aquí y la cabeza mira hacia allá. No digo que no exista el
fascismo. Digo: dejad de hablarme del mar mientras estamos en la
montaña. Este es un paisaje distinto. Aquí existe el deseo de matar. Y
este deseo nos ata como hermanos siniestros de un fracaso siniestro de
todo un sistema social. También a mi me gustaría que todo se resolviese
con aislar a la oveja negra. Yo también veo las ovejas negras. Veo
muchas. Las veo todas. Este es el problema, ya se lo he dicho a Moravia:
por la vida que llevo pago un precio… Es como uno que baja al infierno.
Pero cuando vuelvo – si vuelvo – he visto otras cosas, más cosas. No
digo que tengáis que creerme. Digo que tenéis que cambiar continuamente
de discurso para no enfrentaros a la verdad.
¿Y cuál es la verdad?
Siento haber utilizado esta palabra. Quería decir «evidencia». Deja
que ponga otra vez las cosas en orden. Primera tragedia: una educación
común, obligatoria y equivocada que nos empuja todos a la competición
por tenerlo todo a toda costa. A esta arena nos empuja como una extraña y
oscura armada en la que unos tienen los cañones y otros tienen las
barras de hierro. Entonces, una primera división, clásica, es «estar con
los débiles». Pero yo digo que, en un cierto sentido, todos son los
débiles, porque todos son víctimas. Y todos son los culpables, porque
todos están listos para el juego de la masacre. Con tal de tener. La
educación recibida ha sido: tener, poseer, destruir.
Entonces deja que vuelva a la pregunta inicial. Tú,
mágicamente anulas todo. Pero vives de los libros, y necesitas
inteligencias que lean. Es decir, consumidores educados del producto
intelectual. Tú haces cine y necesitas no sólo de grandes plateas
disponibles (de hecho por lo general tienes mucho éxito popular, o sea
eres «consumido» ávidamente por tu público) sino también de una gran
maquinaria técnica, organizativa, industrial, que está en medio. ¿Si
quitas todo eso, con una especie de mágico monaquismo de tipo
paleo-católico y neo-chino, qué te queda?
A mí me queda todo, o sea yo mismo, ser vivo, estar al mundo, ver,
trabajar, comprender. Hay cientos de maneras de contar las historias, de
escuchar las lenguas, de reproducir los dialectos, de hacer el teatro
de los títeres. A los otros les queda mucho más. Pueden hacerme frente,
cultos como yo o ignorantes como yo. El mundo se hace grande, todo pasa a
ser nuestro y no tenemos que utilizar ni la Bolsa, ni el consejo de
administración, ni la barra de hierro para depredarnos. Ves, en el mundo
que muchos de nosotros soñábamos (repito: leer el horario de trenes del
año anterior, pero en este caso podemos decir de muchos años antes)
había el patrón infame con el sombrero de copa y los dólares que se le
colaban de los bolsillos y la viuda demacrada que pedía justicia con sus
niños. El buen mundo de Brecht, en suma.
Es como decir que tienes nostalgia de aquel mundo.
¡No! Tengo nostalgia de la gente pobre y verdadera que peleaba para
derribar a aquel patrón sin convertirse en aquel patrón. Como estaban
excluidos de todo, nadie los había colonizado. Yo tengo miedo de estos
negros en revuelta, iguales al patrón, otros saqueadores que quieren
todo a toda costa. Esta oscura obstinación en la violencia total no deja
ver ya «de qué signo eres». A cualquiera que lleven al hospital al
final de su vida, aunque sea llevado moribundo al hospital, le interesa
más -si tiene todavía un soplo de vida – qué le dirán los médicos sobre
sus posibilidades de vivir que qué le dirán los policías sobre la
mecánica del delito. Date cuenta de que yo no hago ni un proceso de
intenciones ni me interesa ya la cadena causa efecto, primero ellos, o
primero él, o quién es el jefe-culpable.
Me parece que hemos definido lo que tú llamas la «situación». Es como
cuando en una ciudad llueve y se han atorado las alcantarillas. El agua
sube, es un agua inocente, agua de lluvia, no tiene ni la furia del mar
ni la maldad de las corrientes de un río. Mas, por la razón que sea no
baja, sino que sube. Es la misma agua de lluvia de muchos poemitas
infantiles y de las musiquillas del «cantando bajo la lluvia». Pero sube
y te ahoga. Si hemos llegado a este punto yo digo: no perdamos todo el
tiempo en poner una etiqueta aquí y otra allá. Veamos cómo se desatasca
esta maldita bañera, antes de que nos ahoguemos todos.
Y tú, por eso, quisieras que todos fuesen pastorcillos sin enseñanza obligatoria, ignorantes y felices.
Dicho así sería una estupidez. Pero la llamada enseñanza obligatoria
fabrica a la fuerza gladiadores desesperados. La masa se hace más
grande, como la desesperación, como la rabia. Admitamos que yo haya
tenido una salida de tono (aunque no lo creo). Decidme vosotros otra
cosa. Se entiende que añoro la revolución pura y directa de la gente
oprimida que tiene el único objetivo de hacerse libre y dueña de sí
misma. Se entiende que me imagino que pueda todavía llegar un momento
así en la historia italiana y en la del mundo. Lo mejor de lo que pienso
podrá hasta inspirarme uno de mis próximos poemas. Pero no lo que sé y
lo que veo.
Quieto decir con toda franqueza: yo bajo al infierno y sé cosas que
no molestan la paz de otros. Pero prestad atención. El infierno está
subiendo también entre vosotros. Es verdad que sueña con su uniforme y
su justificación (a veces). Pero es también verdad que sus ganas, su
necesidad de golpear con la barra de hierro, de agredir, de matar, es
fuerte y es general. No será por mucho tiempo la experiencia privada y
peligrosa de quien, cómo decirlo, ha tocado «la vida violenta». No os
hagáis ilusiones.
Y vosotros, con la escuela, la televisión, lo pacato de vuestros
periódicos, vosotros sois los grandes conservadores de este orden
horrendo basado en la idea de poseer y en la idea de destruir. Dichosos
vosotros que os quedáis tan felices cuando podéis poner sobre un crimen
su buena etiqueta. A mi esta me parece otra de las muchas operaciones de
la cultura de masa. Como no podemos impedir que pasen ciertas cosas,
nos tranquilizamos encasillándolas.
Pero abolir tiene que decir a la fuerza crear, si no tú
también eres un destructor. Los libros por ejemplo, ¿qué será de ellos?
No quiero hacer el papel de quien se angustia más por la cultura que por
la gente. Pero esta gente salvada, en tu visión de un mundo diferente,
ya no puede ser primitiva (esta es una acusación frecuente que te hacen)
y si no queremos utilizar la represión «más avanzada»…
Que me da escalofríos.
Si no queremos utilizar frases hechas, una indicación
tiene sin embargo que existir. Por ejemplo, en la ciencia-ficción, como
en el nazismo, se queman siempre los libros como gesto inicial de
exterminio. Cerradas las escuelas, clausurada la televisión, ¿cómo
animas tu belén?
Creo haberme ya explicado con Moravia. Cerrar, en mi lenguaje, quiere
decir cambiar. Cambiar pero de modo tan drástico y desesperado como
drástica y desesperada es la situación. Lo que impide un verdadero
debate con Moravia, pero sobre todo con Firpo, por ejemplo, es que
parecemos personas que no ven la misma escena, que no conocen la misma
gente, que no escuchan las mismas voces. Para vosotros una cosa ocurre
cuando es una crónica, hecha, maquetada, editada y titulada. ¿Pero qué
hay debajo? Aquí falta el cirujano que tiene el coraje de examinar el
tejido y de decir: señores, esto es cáncer, no una cosita benigna. ¿Qué
es el cáncer? Es una cosa que cambia todas las células, que las hace
crecer todas de forma enloquecida, fuera de cualquier lógica precedente.
¿Es un nostálgico el enfermo que sueña con la salud que tenía antes,
aunque antes fuera un estúpido y un desgraciado? Antes del cáncer, digo.
Es decir, antes de todo será necesario hacer no sólo un esfuerzo para
tener la misma imagen. Yo oigo a los políticos con sus formulismos,
todos los políticos, y me vuelvo loco. No saben de qué país están
hablando, están tan lejos como la luna. Y los literatos. Y los
sociólogos. Y los expertos de todo tipo.
¿Por qué piensas que para ti ciertas cosas están más claras?
No quisiera hablar más de mí, quizás he hablado dicho incluso
demasiado. Todos saben que yo mis experiencias las pago personalmente.
Pero están también mis libros y mis películas. Quizás soy yo quien se
equivoca. Pero sigo diciendo que estamos todos en peligro.
Pasolini, si ves la vida así – no sé si aceptarás esta pregunta- ¿cómo piensas evitar el peligro y el riesgo?
Se ha hecho tarde, Pasolini no ha encendido la luz y se
hace difícil tomar apuntes. Miramos juntos los míos. Luego me pide que
le deje las preguntas.
Hay puntos que me parecen demasiado absolutos. Deja que lo piense,
que los relea. Y dame tiempo para encontrar una conclusión. Tengo una
cosa en mente para responder a tu pregunta. Para mi es más fácil
escribir que hablar. Te dejo las notas que añada mañana por la mañana.
Al día siguiente, domingo, el cuerpo sin vida de Pier Paolo Pasolini estaba en el tanatorio de la policía de Roma."
(Texto de la entrevista de Furio Colombo a Pier Paolo Pasolini publicada en el suplemento “Tuttolibri” del periódico La Stampa del 8 de noviembre de 1975. Traducción de Andrea Perciaccante. El viejo topo, 02/11/20)
"(...) Decía que ningún poder democrático puede pretender regular lo que
ocurre bajo el casco craneal. Ahora bien, por primera vez –permítaseme
que me detenga aquí un momento– se acepta la idea de que la democracia
es compatible con la persecución del pensamiento, una tendencia
facilitada por las nuevas tecnologías, que han deshecho materialmente la
frontera entre pensar y decir.
La iglesia penetraba en los pensamientos
a través de la confesión, que al menos garantizaba la absolución; hoy
el Estado democrático penetra a través de Internet, donde todos
confesamos de manera espontánea y en medio de una creciente inseguridad
jurídica.
Se dirá que entre nuestra cabeza y un tuit hay una decisión,
pero es una decisión muy corta, casi enteramente nada, y ello
como resultado de la propia facilidad tecnológica. Nuestra cabeza es ya
la red misma; pensamos directamente en Twitter, sin pasar por nuestro
propio cerebro, sin rodeos ni mediaciones ni distancias.
Por primera vez el pensamiento de la humanidad es inmediatamente visible para el poder,
lo que obliga sin duda a revisar las leyes, pero también a extremar las
precauciones. Perseguir lo que “pensamos” en la red –con nuestra cabeza
digital– es volver a una lógica primitiva, prejurídica y eclesiástica.
La izquierda debería estar muy atenta. No debería reclamar la
intervención del Estado contra un “pensamiento” racista u homófobo o
machista mientras se escandaliza, con razón, porque meten en la cárcel
al que ha contado un chiste antifranquista o ha hecho un comentario
colérico interpretado, de manera laxa, como exaltación del terrorismo.
El peligro de no distinguir entre violencia y no violencia, entre un
asesinato y una celebración de mal gusto, entre una bomba y un chiste
constituye ya una amenaza real a la que deberíamos oponernos. El
“pecado” está contaminando de nuevo el concepto de “delito” y borrando
asimismo la distinción entre la “persona” y la “acción criminal”.
La izquierda no debería hacer la más
mínima concesión, por mucha razón que tenga, por mucha rabia que sienta,
por muy justa que sea su causa, al populismo penal y sus violaciones
fronterizas.
La izquierda imagina –y trabaja por establecer– un mundo espontáneamente justoen el que no habrá ninguna diferencia entre pensar, hablar, hacer y omitir,
porque la realidad, de arriba abajo, de dentro afuera, de la cabeza a
los pies, será transparente, homogénea y buena. Tal cosa no ocurrirá
mientras los humanos sigamos siendo chapuzas opacas –mitad carne, mitad
lenguaje– atravesadas por malos pensamientos, palabras hipócritas,
acciones reprimidas y omisiones culpables. Tal cosa no ocurrirá nunca.
Es peligroso incluso intentarlo. Dejemos a un lado las utopías
tautológicas (Todo es Todo), pues sabemos de sobra que tienden a
materializarse como distopías autoritarias o totalitarias en manos de
poderes siempre ajenos que acaban encontrando los medios para imponer
–al pensamiento, la palabra, la obra y la omisión– una misma dirección y
una misma explicación.
Eso es lo que está ocurriendo en España y en
Europa. Frente a este reblandecimiento de todas las diferencias, que no
lleva a más libertad y bondad, sino a más tiranía, sólo tenemos el
Derecho y sus trabajosas distinciones no-católicas.
"En los años 70, el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini propuso pensar el conflicto político como una disputa fundamentalmente antropológica:
entre diferentes modos de ser, sensibilidades, ideas de felicidad. Una
fuerza política no es nada (no tiene ninguna fuerza) si no arraiga en un
"mundo" que rivalice con el dominante en términos de formas de vida deseables.
Mientras
los "hombres políticos" de su tiempo (dirigentes de partido, militantes
de vanguardia, teóricos críticos) miraban hacia el poder estatal como
el lugar privilegiado para la transformación social (se toma el poder y
desde arriba se cambia la sociedad), Pasolini advertía –con sensibilidad
poética, esto es,sismográfica– que el capitalismo estaba
avanzando mediante un proceso de "homologación cultural" que arruinaba
los "mundos otros" (campesinos, proletarios, subproletarios) contagiando
los valores y modelos del consumo "horizontalmente": a través de la
moda, la publicidad, la información, la televisión, la cultura de masas,
etc.
El nuevo poder no emana, irradia o desciende desde un lugar
central, sino que se propaga "indirectamente, en la vivencia, lo
existencial, lo concreto", decía Pasolini.
En el vestir y en los
andares, en la seriedad y las sonrisas, en la gesticulación y los
comportamientos, el poeta descifraba los signos de una "mutación
antropológica" en marcha: la revolución del consumo. Frenarla desde el
poder político sería como tratar de contener una inundación con una
manguera.
No es posible imponer otros contenidos o finalidades a un mismo
marco de acumulación y crecimiento. Es más bien al revés: el modo de
producción-consumo será el que determine los márgenes del poder
político. Una civilización sólo se para con otra. Son necesarios otros
vestires y otros andares, otra seriedad y otras sonrisas, otra
gesticulación y otros comportamientos.
La disputa política (la que
no es simple juego de tronos) expresa un "desacuerdo ético" entre
diferentes ideas de la vida o, mejor, de la buena vida. No ideas
que flotan por ahí o se enuncian retóricamente, sino ideas prácticas
encarnadas, materializadas, inscritas en los gestos y los dispositivos
más cotidianos (Facebook, Uber o Airbnb son figuras del deseo, de
ahí su fuerza).
¿Qué podría decirnos una mirada antropológica sobre la
política? ¿Qué mundos colisionan hoy? ¿En qué desacuerdos éticos sobre
la vida buena podrían aflorar acciones políticas transformadoras? (...)
La socialidad del sur
Según el sociólogo (de la vida
cotidiana) Michel Maffesoli, siempre ha existido, insistido y resistido
una “socialidad del sur”. Una socialidad difusa, sumergida y oculta,
difícil de ver pero presente, capaz de rebelarse y activarse si resulta
amenazada. Una dinámica informal (formas de vínculo, de pertenencia
subjetiva, de hacer práctico) determinante en la vida diaria, como
substrato o “manto freático” de la existencia colectiva.
¿En qué
consiste esta socialidad del sur? En primer lugar, es un impulso vital,
a-racional. Una voluntad de vivir, un querer vivir. Pero no vivir de
cualquier modo, sino afirmando un tipo de vínculo, un tipo de
existencia, una cierta idea de felicidad: un estar-juntos antropológico.
Es también un conjunto de saberes y estrategias para reproducir esos
vínculos, esas formas de vida.
Ese "sur" se refiere original e
históricamente a los países mediterráneos y latinoamericanos, pero se
convierte enseguida en la obra del autor en una noción más movediza que
apunta a "valores" y "climas afectivos" más que a una localización
geográfica.
En ese sentido, hay "sur en el norte", como también hay
"norte en el sur". Colonia (vividora, alegre, habladora, proletaria)
sería el "sur" en Alemania y la financiera Frankfurt, el "Norte".
Podemos entresacar ahora cinco "valores" (lo que vale) para esta socialidad del sur:
—en primer lugar, el presente:
la vida no se proyecta "hacia adelante" (un futuro de salvación, de
perfección), sino que se afirma "ahora". Esa cierta despreocupación
hacia el mañana no excluye (¿paradójicamente?) una obstinación por
reproducirse y durar. La temporalidad de la socialidad del sur es
intensa y no extensa, pero ella se empeña en "perseverar en su ser".
—en segundo lugar, el vínculo:
La vida se da en continuidad con otros, entramada con otros, enredada
con otros. No solamente por necesidad, sino también por el placer de
compartir. El vínculo más apreciado es el vínculo cercano, próximo, al
alcance de la mano (lo táctil como valor). Este "aquí" no nos separa de
lo que está "allí" (lo lejano), sino al revés: a partir de lo que
vivimos "aquí" nos puede resonar algo "allí".
—en tercer lugar, lo trágico:
la asunción de la anarquía de lo que hay, de lo que es. No se trata de
"solucionar" o "superar" lo dado (incierto, oscuro, múltiple), sino más
bien de saber "componérselas" con ello. Otra relación pues con el mal,
el riesgo o la muerte, que no son algo a erradicar (según las lógicas
imperantes del control, la securización y la previsibilidad total), sino
un costado de la vida (y también pueden ser fuerza, palanca, si nos
sabemos componer).
—en cuarto lugar, lo dionisíaco: no la
vida encerrada en uno mismo (trabajo, éxito, progreso), sino la vida
"extática" que busca salir de sí a través del goce del cuerpo, el gusto
por la máscara y el disfraz (las apariencias), la fusión con el otro en
las celebraciones colectivas (musicales, deportivas, religiosas), etc.
Exceso, derroche, vértigo, entrega, destrucción: lo "dionisíaco" son
tanteos con la alteridad.
—por último, el doble juego: no
la pasión por lo recto, lo frontal y lo explícito, sino por el desvío,
la astucia, el apaño, el rebusque, la brega, la duplicidad, el disimulo,
el juego con la ley y la norma, las estrategias informales de
conservación y supervivencia (mía y de los míos). No la pasión por
corregir y enderezar, sino por sortear, regatear, driblar y burlar.
La crisis como ocasión
Los
economistas neoliberales hacen su propia lectura "antropológica" del
mundo y concluyen que la crisis económica de 2008 tiene que ver con la
"insuficiente movilidad geográfica", el "limitado espíritu emprendedor",
el "colchón familiar", el "trabajo informal" o la "indiferencia (o
incluso la repugnancia) hacia el enriquecimiento" aún demasiado
presentes en los países del sur (los llamados PIGS: Portugal, Italia,
Grecia, España, ninguno de ellos un país protestante, por cierto). Al
trasluz de estos análisis, vemos a la socialidad del sur en acción.
¿Podemos leer la gestión neoliberal de la crisis como la tentativa de
suprimir por fin todas esas "inadecuaciones culturales" y acelerar así
"el devenir mundo del capital" (Laval y Dardot)?
La crisis de la deuda
sería de ese modo la ocasión perfecta para desatar la "destrucción
creativa" de todo aquello que, dentro y fuera de nosotros mismos, nos
indispone para pensarnos y actuar como simples átomos sociales,
partículas egocéntricas desvinculadas, máquinas del cálculo egoísta.
Costumbres y vínculos, apegos y solidaridades.
Eliminando las
protecciones sociales, fragilizando los derechos asociados al trabajo,
favoreciendo el endeudamiento general de los estudiantes y las familias,
precarizando, reduciendo los salarios y el gasto social, se trata de
fomentar el "sálvese quien pueda" y destruir todo aquello que permita a
la gente cualquier margen de libertad con respecto al mercado.
Todo lo
que hay "entre" los seres y hace de ellos algo más que "partículas
elementales" en competencia: lazos de mil clases, derechos conquistados,
lugares vivos, recursos públicos y comunes, redes de solidaridad y
apoyo, circuitos no mercantiles de bienes y servicios, etc. La base
material de cualquier autonomía. Gobernar hoy consiste precisamente en
erosionar ese "entre", esa trama densa de lazos, afectos, apoyo mutuo...
Pero
justo cuando se quería "extirpar", la socialidad del sur se tensa y
activa. En la España de la crisis han proliferado por ejemplo los
micro-grupos informales de solidaridad y apoyo mutuo (familiares,
vecinales, amistosos) que han atemperado los efectos devastadores de la
gestión neoliberal de la crisis: miedo, soledad y desamparo. Una
proliferación que impugna en sí misma el paradigma
liberal-individualista: "cada uno tiene su vida".
Justo cuando se
nos dijo que "habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades" y
tocaba expiar y pagar, los valores del sur se toman su revancha,
afirmando y difundiendo otras ideas de riqueza y felicidad: más basadas
en el presente que en el futuro, en los vínculos que en la soledad, en
el tiempo disponible y no en la vida para el trabajo, en la empatía y no
en la competencia, en el disfrute de la gracia más que en la culpa por la deuda.
El nuevo espíritu del capitalismo
Más
difícil todavía. Según algunos autores, estaríamos atravesando hoy el
pasaje hacia la superación (¿intensificación, radicalización?) del
antiguo "espíritu" del capitalismo cuyos orígenes estudió Weber.
Por ejemplo, según Franco Berardi (Bifo),
la burguesía aún "vivía en los vínculos" (con una comunidad, unos
lugares, unos bienes físicos, una clase trabajadora que no podía
suprimir, la relación entre valor y tiempo de trabajo). Sin embargo, el
capitalismo financiero es mucho más abstracto: no se identifica con
ningún lugar, con ninguna población concreta, con ninguna clase del
trabajo, con ninguna regla, aunque sus decisiones tengan consecuencias
(devastadoras) sobre lugares, poblaciones, trabajadores, etc.
Por
otro lado, según Christian Laval y Pierre Dardot, esta lógica de
acumulación infinita del capital se ha vuelto hoy una "modalidad
subjetiva". ¿Qué quiere decir esto? Pues que al "homo economicus"
(definido por la prudencia, la ponderación, el equilibrio en los
intercambios, la felicidad sin excesos, la balanza de los esfuerzos y
los placeres) le sustituye el "empresario de sí mismo" (definido por la
competencia y la autosuperación constante: vivir en el riesgo, ir más
allá de uno mismo, asumir un desequilibrio permanente, no descansar o
pararse jamás, poner todo el goce en la autosuperación). Una expresión
resume según los autores franceses el tipo subjetivo del capitalismo
actual: "siempre más". El gozo de la ilimitación.
En esta
transformación habría que reevaluar seguramente la resistencia que
presenta la "socialidad del sur", cuando por ejemplo la cultura
capitalista hoy ya no exige la represión de lo afectivo/pasional, sino
más bien su completa instrumentalización al servicio de la lógica del
beneficio: la instrumentalización de lo íntimo.
Pero sin duda la afirmación de una "vida que se basta a sí misma" sigue
siendo absolutamente subversiva (¿más que nunca?). Una vida que no
persigue extraer y acumular "siempre más", sino que se vive en el gozo
de cuidar y compartir, lo más cercanamente posible, aquello que nos ha
sido dado, aquí y ahora.
La insurrección de la socialidad del sur consistiría en afirmar políticamente esta otra idea de felicidad, esta potencia subterránea, este mar de fondo." (Amador Fernández-Savater