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25/1/24

Ayer, hoy y la sombra del fascismo... ¿Por qué ha regresado la extrema derecha, después del Holocausto y la guerra? El caos pone nerviosos a los vulnerables y endulza las promesas vacías del fascismo... Zweig vio el ascenso del fascismo como el resultado de un proceso dinámico de perturbación social y económica, un proceso que hundió las vidas de millones de personas en el caos, socavó su autoimagen y despertó un profundo deseo de abrazar e incluso difundir mentiras... en el descontento de la pequeña burguesía, más temerosa de deslizarse hacia el proletariado que envidiosa de los ricos. Zweig vio aquí las semillas de movimientos extremistas posteriores... "Nada amargó al pueblo alemán (y esto siempre debe tenerse en cuenta); nada lo hizo más maduro para Hitler que la inflación"... Hoy en día, una dinámica social similar parece estar regresando hasta cierto punto... las sociedades occidentales internalizaron los valores neoliberales de competencia, materialismo e individualismo... Con el colapso de esta visión neoliberal del mundo (con la crisis de 2008, el retroceso de la globalización, el aumento de la desigualdad, la pandemia y el llamado cada vez más urgente a la acción climática: muchos ciudadanos se encuentran en una crisis de identidad. La vieja narrativa de que el trabajo duro y la superación personal eventualmente conducirían al bienestar y la prosperidad ha perdido su poder en una economía estancada... Muchos anhelan un significado, pero ya no pueden obtenerlo mirando el mundo únicamente a través del lente del mercado. Esta ruptura en la visión del mundo, dice Mason, abre la puerta a movimientos de extrema derecha, a veces francamente fascistas

 "En algún momento después de la crisis financiera de 2008, surgieron aquí y allá populistas de extrema derecha. Donald Trump, Viktor Orbán, Narendra Modi, Jair Bolsonaro... inicialmente fueron vistos simplemente como ondas en las, por lo demás, turbulentas aguas de la política internacional. Pero desde entonces, su ideología se ha extendido cada vez más. Al menos en Europa, ahora parecen indispensables. Hungría e Italia ya están bajo un gobierno de extrema derecha, al igual que Polonia hasta las recientes elecciones. En Finlandia y Suecia, son fundamentales para las coaliciones de derecha. En Bélgica, Francia y, tras las elecciones allí también, en los Países Bajos, estas mismas fuerzas están ganando influencia. fascistas modernos Es cierto que existen diferencias significativas entre populistas, radicales y conservadores. Pero hay un inconfundible aumento de ideologías de extrema derecha, incluso fascistas, en muchas naciones occidentales.

 Paul Mason, columnista, escritor y periodista de Europa Social, advierte en Cómo detener el fascismo que muchos de estos movimientos suscriben la “teoría del gran reemplazo”, haciéndose eco de ideologías extremistas del pasado, cuando las poblaciones indígenas eran representadas como víctimas de la inmigración. Buscan revertir los avances logrados por el feminismo, de la misma manera que lo hicieron hace nueve décadas, cuando las mujeres fueron elevadas de manera imaginaria como “criadoras de raza y nación”. Y desdeñan la democracia y la esfera pública, mostrando escepticismo hacia los intelectuales y los medios de comunicación: la acusación de “noticias falsas” de Trump recuerda la de los nazis contra die Lügenpresse (“la prensa mentirosa”).

 Hasta ahora, la mayoría de los gobiernos liberales occidentales han descartado a la extrema derecha como una anomalía pasajera, explicando a menudo su ascenso en términos económicos. El filósofo político de Oxford, Anton Jager, argumentó recientemente en el New York Times que los políticos europeos se habían centrado demasiado en los intereses comerciales a partir del tratado de Maastricht de 1992, lo que provocó desigualdad y deterioró los servicios públicos; De este modo, la extrema derecha podría presentarse como el único rival creíble del status quo.

 Esta perspectiva económica es importante pero no es toda la historia. La recuperación pospandemia que la Unión Europea ha tratado de promover no resolvería por sí sola el problema más profundo de una población que se inclina hacia ideas autoritarias y fascistas. Es como intentar rescatar a alguien enredado en las salvajes corrientes de turbulencia ideológica con un salvavidas roto.  

Abrazando mentiras  

La autobiografía de Stefan Zweig (1881-1942), El mundo de ayer, arroja una luz admirable sobre el atractivo del fascismo y ofrece una comprensión más profunda. Zweig vio el ascenso del fascismo como el resultado de un proceso dinámico de perturbación social y económica, un proceso que hundió las vidas de millones de personas en el caos, socavó su autoimagen y despertó un profundo deseo de abrazar e incluso difundir mentiras.

 El judío austríaco Zweig, uno de los autores más elogiados de las décadas de 1920 y 1930, era un ferviente humanista. El mundo de ayer es una oda a la vibrante Viena de principios del siglo XX. La dinastía de los Habsburgo había gobernado durante siglos una sociedad vienesa estable; Zweig incluso llamó al siglo XIX la «edad de oro de la certeza». Pero finalmente Viena se vio arrastrada por el caos de la guerra mundial.

 Sin embargo, ya había comenzado el ascenso de la extrema derecha, liderada por figuras como Karl Lueger, más tarde alcalde de la ciudad. Utilizaron una retórica antisemita, cuidadosamente envuelta en palabras respetables, para canalizar el descontento de la pequeña burguesía, más temerosa de deslizarse hacia el proletariado que envidiosa de los ricos. Zweig vio aquí las semillas de movimientos extremistas posteriores.

 La dinámica económica ascendente de principios del siglo XX condujo a un nacionalismo febril y evocó emociones poderosas. Sin embargo, este entusiasmo fue fugaz y requirió un estímulo constante. Intelectuales, escritores y especialmente periodistas desempeñaron un papel en esto: en palabras de Zweig, “tocar el tambor del odio”, lo que finalmente contribuyó a la guerra. 

 Vorágine frenética

 En la Austria de Zweig, la epidemia de posguerra (gripe española), la escasez de viviendas y especialmente la inflación llevaron a una sociedad caótica y que cambiaba rápidamente. De repente, el dinero perdió su valor, las pequeñas monedas desaparecieron y las ciudades comenzaron a imprimir su propio “dinero de emergencia”. Los precios se dispararon sin ninguna lógica y la gente compró todo lo que pudo conseguir. La sociedad se convirtió en una vorágine frenética en la que ahorradores y deudores cambiaban de lugar, los especuladores astutos se beneficiaban y la gente honesta pasaba hambre.

 Lo que ocurrió en Austria se desarrolló en Alemania con mayor fuerza aún. El marco bailaba, giraba y chocaba en paroxismos de locura. Lo que ayer parecía firmemente establecido, hoy se derrite como nieve ante el sol. El periódico de la mañana costaba 50.000 marcos, mientras que el de la tarde pedía el doble y ya nadie encontraba esto extraño. Los tipos de cambio se dispararon, dieron saltos vertiginosos y colapsaron con la misma rapidez, como un castillo de naipes.

 Los valores se invirtieron y lo que antes era un vicio, de repente también aquí se volvió normal. En los rincones oscuros de los bocetos de Berlin Zweig, los caballeros ricos buscaban la compañía de estudiantes de secundaria de familias acomodadas (que buscaban ganar algo de dinero extra). La vida nocturna de la ciudad superó el libertinaje de la antigua Roma bajo el despiadado "Suetonio".

 Con la llegada del nuevo marco alemán, el frenesí terminó abruptamente. El “hombrecito” había sido derrotado; el grande triunfó. Un período de experimentación libre, durante el cual Zweig comentó que los excesos le dejaban una sensación de “artificialidad”, cambió radicalmente hacia lo contrario.

 Debido a la devastadora inflación, el público alemán albergaba un profundo odio hacia la democrática y liberal república de Weimar. La desconfianza hacia el gobierno era generalizada. Incluso la guerra, a pesar de sus horrores, había traído momentos de triunfo y alegría. Pero la inflación sólo había engañado y humillado. Una generación nunca borraría la memoria ni perdonaría a la república: la autoimagen alemana quedó mellada. En 1924 la locura parecía haber terminado, pero el anhelo de orden, estabilidad y autoridad era más fuerte que nunca.

 Poco a poco, esto hizo que Alemania volviera a añorar a sus antiguos “carniceros” que tenían la Primera Guerra Mundial en su conciencia. El mito nazi de la “puñalada por la espalda”, que culpaba erróneamente a judíos y comunistas por la derrota de Alemania, cayó así en terreno fértil. Zweig comentó: "Nada amargó al pueblo alemán (y esto siempre debe tenerse en cuenta); nada lo hizo más maduro para Hitler que la inflación". 

 Crisis de identidad

 Hoy en día, una dinámica social similar parece estar regresando hasta cierto punto. Según Mason, las sociedades occidentales internalizaron los valores neoliberales de competencia, materialismo e individualismo en las últimas décadas, sin ofrecer una narrativa alternativa atractiva. Con el colapso de esta visión neoliberal del mundo (con la crisis de 2008, el retroceso de la globalización, el aumento de la desigualdad, la pandemia y el llamado cada vez más urgente a la acción climática: muchos ciudadanos se encuentran en una crisis de identidad. La vieja narrativa de que el trabajo duro y la superación personal eventualmente conducirían al bienestar y la prosperidad ha perdido su poder en una economía estancada, injustamente compartida y contaminante.

 Muchos anhelan un significado, pero ya no pueden obtenerlo mirando el mundo únicamente a través del lente del mercado. Esta ruptura en la visión del mundo, dice Mason, abre la puerta a movimientos de extrema derecha, a veces francamente fascistas.

 Estas fuerzas políticas esbozan una narrativa utópica alternativa: el líder, en el papel de figura paterna, afirma ser capaz de brindar certidumbre en tiempos de incertidumbre ejerciendo un control total (mediante la opresión, en otras palabras), sin rehuir el racismo, la misoginia y la violencia. Esto provoca una inversión de los valores modernos y restringe la libertad de ser uno mismo. Sin embargo, proporciona a quienes lo suscriben una ilusión de dominio, seguridad y propósito.

 La autobiografía de Zweig ilustra cómo, especialmente en tiempos de crisis, el fascismo surge como una conversión ideológica entre quienes rechazan la libertad. Por tanto, es demasiado sencillo confiar en correcciones económicas superficiales. Lo que se necesita es un liderazgo alternativo caracterizado por un servicio desinteresado, que pueda proporcionar una luz que guíe en la oscuridad. Sin embargo, los gobiernos occidentales parecen poco dispuestos a demostrar ese liderazgo, y nuestras democracias son vulnerables.

 Zweig fue un espectador involuntario del más horrendo colapso de la razón y del triunfo más brutal de la barbarie. Escribió: "Nunca antes (no lo escribo con orgullo, sino con vergüenza) una generación ha caído de una altura espiritual, de un poder moral tan grande como el nuestro". En 1942, presa de la desesperación, se suicidó. junto con su esposa, un día después de haber enviado el manuscrito de El mundo de ayer a su editor."

(Werner de Gruijter, profesor de ciencias sociales y pedagogía en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Ámsterdam)

 

9/11/23

El populismo es lo suficientemente flexible como para asociarse con otras ideologías o adoptar formas de izquierda o de derecha... La insatisfacción con la política y el descreimiento de las instituciones —incluyendo a la democracia— fueron puestas de relieve en encuestas de carácter internacional que muestran un descontento global y generalizado. De esta forma, la crisis de las instituciones y reglas democráticas propició el desarrollo de condiciones políticas y sociales favorables para el surgimiento de discursos de ultraderecha fagocitados por personalismos que supieron elaborar estrategias de recepción entre la ciudadanía, canalizando su desencanto frente a la política en clave reaccionaria... Las representaciones altamente moralistas de los discursos populistas implican una cosmovisión maniquea en torno a esa dicotomía pueblo-élite... Las democracias corren el riesgo de desmoronarse cuando grandes segmentos de la población pierden la fe en las instituciones y desconfían de las autoridades electas y los servidores públicos... por eso, la retórica populista propone una conexión directa con el líder

"Las intentonas golpistas en Brasilia y Washington luego de que Bolsonaro y Trump perdieran las elecciones son ejemplos del auge de la ideología denominada «derecha radical populista». Para hacerle frente no alcanza con las recetas del pasado: es necesario conocerla mejor, y aquí ofrecemos algunas claves para su análisis.

ras la finalización del mandato de Jair Bolsonaro (2019-2022) como presidente de la República Federativa de Brasil, la asunción de Luiz Inácio Lula da Silva se vio condicionada por acontecimientos que rememoraron lo sucedido en Washington durante el 6 de enero de 2021, con la invasión del Capitolio por parte de los partidarios del expresidente norteamericano Donald Trump. La irrupción de simpatizantes bolsonaristas a los palacios del Congreso, la Justicia y la Presidencia fue percibida por estos como una oportunidad para desencadenar un golpe de Estado y evitar el «comunismo», en esa lucha ideológica contra lo que denominan «marxismo cultural».

El saldo de dichos acontecimientos fue una destrucción patrimonial escandalosa y un golpe frustrado. La reacción de Lula, los jefes de los tres poderes, el Tribunal Supremo y los 27 gobernadores no se hizo esperar, cerrando filas a favor de la democracia. Los radicales fueron detenidos, enfrentan penas de cárcel, y el episodio le dio al actual presidente la oportunidad de depurar responsabilidades y hacer «rodar las cabezas» de algunos políticos y comandantes fieles a Bolsonaro, indudable responsable político de la intentona golpista.

Los eventos sucedidos en Brasilia y Washington, que intentaron poner en jaque la democracia de los respectivos países, son ejemplos del auge de la ideología denominada derecha radical populista (Cas Mudde, 2019). En este artículo, analizaremos dos de los elementos ideológicos que componen dicho fenómeno: el nativismo y el populismo. Posteriormente, indagaremos sobre el modo en que han incidido en el bolsonarismo a la hora de explicar el accionar de ciertos sectores radicalizados en la toma de los tres poderes del Estado Federal.
Nativismo y populismo
La derecha radical populista es el reflejo de un síntoma de la crisis por la que atraviesa la propia globalización neoliberal impulsada por Occidente en las últimas décadas. Algunos autores plantean que el orden liberal internacional posee una serie de aspectos que han comenzado a transitar una situación de crisis a partir de la segunda década del siglo XXI. Así, las tres premisas cuestionadas del orden son el liberalismo[1], universalismo[2] y la preservación del propio orden[3]. Estas son puestas en tensión por un conjunto de tendencias globales, entre las que sobresalen el ascenso de China, la emergencia y extensión de liderazgos políticos iliberales y cierto grado de retroceso del libre comercio en favor de políticas menos multilaterales y más proteccionistas. En particular, la extensión de liderazgos políticos iliberales es un proceso que puede encasillarse en la figura de Bolsonaro que, al igual que los liderazgos de Trump, Putin, Erdogan, etc., ponen en jaque los pilares centrales del orden liberal internacional.

América Latina tampoco es inmune a este virus ideológico. Las fuerzas nacionalistas instrumentalizan un discurso populista cargado de fuertes connotaciones ideológicas, mediante el cual interpretan y politizan el descontento social en contra de la globalización y sus efectos. Los líderes que surgen en medio de tales coyunturas proyectan un discurso ideológico radical, se presentan como hombres fuertes, de mano dura, predican una política del miedo y demandan el rechazo de las sociedades abiertas que promueven la diversidad cultural.

¿Cómo comprender desde un punto de vista teórico esta ideología? Según Mudde (2019), se puede establecer una diferenciación entre dos subgrupos de la «ultraderecha»: la derecha radical y la derecha extrema. La primera «acepta la esencia de la democracia, pero se opone a elementos fundamentales de la democracia liberal, y de manera muy especial, a los derechos de las minorías, al Estado de derecho y a la separación de poderes». Mientras que la extrema derecha es revolucionaria, la derecha radical tiende a ser más reformista. En esencia, la derecha radical confía en el poder del pueblo y la extrema derecha no.

En ese sentido, Mudde define como derecha radical a aquellas «ideologías para las que las desigualdades entre las personas son naturales y positivas, y para las que la democracia es aceptable en su forma más esencial, pero no lo son ciertos elementos fundamentales de la democracia liberal». De esta forma, ambos subgrupos se oponen al consenso liberal de posguerra, aunque en sentidos fundamentalmente diferentes. Para Mudde, uno de los elementos ideológicos que conforman a la derecha radical populista es el nativismo:
(…) una combinación de nacionalismo y xenofobia. Se trata de una ideología que defiende que en cada Estado deberían vivir únicamente miembros del colectivo nativo —la nación—, y que los elementos no nativos —o «foráneos»—, ya sean estos personas o ideas, constituyen una amenaza para la pervivencia del Estado nación homogéneo.

El autor explica que estos discursos buscan instaurar una etnocracia, es decir, una democracia en la que la ciudadanía se base en la etnia. Sus exponentes se proponen recrear una especie de Estado monocultural y homogéneo «cerrando las fronteras a los inmigrantes y dando a los “extranjeros” residentes la opción de asimilarse o ser repatriados». Los procesos de asimilación a los que son sometidos los ciudadanos son planteados como indispensables para su permanencia en el país, pese a que el grado de asimilación exigido difiere entre cada caso. Algunos consideran que solo los grupos étnicos relacionados con el nativo pueden asimilarse, mientras que otros, producto de diferencias de carácter cultural, no pueden hacerlo en las sociedades occidentales.

Siguiendo a Moffitt (2022), la utilidad del término nativismo radica en el hecho de que es más específico que hablar únicamente de nacionalismo y, a su vez, más amplio que hablar únicamente de líderes o partidos políticos racistas o antinmigrantes. Por su parte, Pereyra Doval (2022) argumenta como el nativismo en tanto elemento ideológico presente en Bolsonaro busca establecer un «nosotros necesario» que privilegia los derechos de los nativos sobre la población no nativa, entendida como una amenaza para la cohesión nacional.

En América Latina no todas las derechas de este tipo presentan componentes xenófobos fuertemente marcados, lo cual no olvida la existencia de actitudes negativas o discursos securitarios frente a ciertos temas de agenda. Sin embargo, en el discurso de las derechas radicales en América Latina, el «otro» es muchas veces asociado con lo foráneo, o en ocasiones, con lo plurinacional y el reconocimiento de la diversidad sociocultural, frente a lo que contrapone una concepción más homogeneizadora de la identidad nacional. Entonces, más que una combinación de nacionalismo y xenofobia, parece ser más ajustado pensar en una combinación de nacionalismo y soberanismo, en cuanto rechazo a lo considerado foráneo o lo diverso.

Ese rechazo puede incluir no solamente personas, sino ideas consideradas ajenas a la propia comunidad nativa; en ese sentido se circunscribe la noción de marxismo cultural o comunismo, presente en el discurso del bolsonarismo como un sistema de ideas ajeno a dicha comunidad nacional y a la propia identidad del pueblo brasileño.

El segundo elemento ideológico de la derecha radical, el populismo, ha sido objeto de distintos análisis y enfoques. Según Benjamin Moffitt (2022), se pueden destacar tres enfoques o aproximaciones al estudio del populismo: el populismo como estrategia política, la dimensión performativa y la dimensión ideacional. Cada una de ellas se relaciona entre sí, y no puede explicarse en ausencia de las otras.

En el primer caso, se puede optar por concebir al populismo como una estrategia política, es decir, como una práctica, y analizar cómo dicha estrategia incide en el diseño de las políticas de los países de América Latina (Moffitt, 2022). No se trata al populismo como una característica inherente a un actor político, sino como algo que se hace. En palabras de Jansen (2011), el populismo no es una cosa o un objeto que estudiar, sino un modo de práctica política. Esto implica enfocarse en cómo los populismos procuran alcanzar el poder y conservarlo, como así también entender los modos y medios fundamentales por los cuales un actor político accede al poder, toma y hace cumplir decisiones de autoridad. En este enfoque, el rol del líder es central, ya que el populismo se funda sobre un líder personalista. También se le da importancia vital a la idea de que los líderes populistas operan a través de apelaciones no mediadas, cuasi directas, evitando intermediarios normales como los partidos políticos y las redes clientelistas.

En el segundo caso, el enfoque discursivo-performativo, sigue siendo el más usual entre los teóricos políticos, no así entre los investigadores empíricos. Las raíces de este enfoque se encuentran en la obra de Ernesto Laclau (1985). Suele considerarse el fenómeno como un discurso que enfrenta al pueblo con la élite. En ese sentido, la Escuela de Essex influenciada por Laclau y Mouffe combina las teorías posestructuralistas y gramscianas de la hegemonía, y concibe el discurso como intentos de fijar significados e identidades en el contexto de la lucha por el poder (Moffitt, 2022). Se toma al populismo como un tipo particular de lenguaje que tiene efectos significativos en la manera en que se estructura y obra la política.

Aquí, el populismo debe entenderse como un estilo político que consiste en una apelación del pueblo contra la élite, en donde —a diferencia del enfoque ideacional planteado por autores como Cas Mudde, que ven al populismo como un atributo de los actores políticos— el populismo es visto como una práctica discursiva en la que las palabras y el discurso no solo describen el mundo sino que operan sobre él, constituyen sujetos políticos, como «pueblo» y «élite». Este enfoque se interesa en cómo se construye ese pueblo, lo cual refleja una ontología socioconstructivista en la que las identidades políticas no están dadas de antemano, sino que deben ser construidas por los actores políticos.

En tercer término, el populismo también se presenta en los estudios de Ciencia Política como un elemento ideacional, es decir, como un atributo. Se lo concibe como una ideología, un conjunto de ideas o una cosmovisión. La obra de Mudde y Kaltwasser (2017) es central en este tipo de enfoque, entendido como una ideología delgada. Es decir se trata de una ideología, pero una ideología que —a diferencia de las ideologías densas desarrolladas en el siglo XX como el liberalismo, fascismo o comunismo— no llega a constituir una visión del mundo completa y autónoma, sino que se limita a tres características generales: un discurso antiélite, de tipo moral, y que enfatiza la necesidad de respetar la voluntad general (Casullo, 2020).

Definir el populismo como una ideología delgada es útil para comprender la supuesta maleabilidad del concepto en cuestión. A diferencia de las ideologías densas, las delgadas como los populismos tienen una morfología restringida, que necesariamente aparece adherida —y en ocasiones incluso asimilada— a otras ideologías. De hecho, el populismo casi siempre aparece unido a otros elementos ideológicos, cruciales para la promoción de proyectos políticos que atraigan a un público más amplio. En consecuencia, el populismo por sí solo no puede ofrecer respuestas complejas ni integrales a las preguntas políticas que generan las sociedades modernas. Esto significa que el populismo puede tomar formas muy diferentes, que dependen de las formas en que los conceptos centrales del populismo parecen estar relacionados con otros conceptos, formando marcos interpretativos que pueden ser más o menos atractivos para diferentes sociedades.

Visto de esta manera, el populismo puede entenderse como una especie de mapa conceptual a través del cual los individuos analizan y comprenden la realidad política. No es tanto una tradición ideológica coherente como un conjunto de ideas que, en el mundo real, aparecen en combinación con ideologías bastante diferentes y, a veces, hasta contradictorias.

La misma delgadez de la ideología populista es una de las razones por las que algunos académicos han sugerido que el populismo debe concebirse como un fenómeno transitorio: fracasa o, si tiene éxito, se trasciende a sí mismo en algo más grande. La principal fluidez radica en el hecho de que el populismo inevitablemente emplea conceptos de otras ideologías, que no solo son más complejos y estables, sino que también permiten la formación de subtipos de populismo. En otras palabras, aunque el populismo como tal puede ser relevante en momentos específicos, una serie de conceptos estrechamente alineados con la morfología de la ideología populista son, a la larga, al menos tan importantes como la primera para la resistencia de los actores populistas. Por lo tanto, el populismo no existe en forma pura. Más bien, aparece en combinación y logra sobrevivir gracias a otros conceptos.

La adhesión a la política de derecha o de izquierda es algo que define al populismo desde este enfoque. Dependiendo del contexto socioeconómico y sociopolítico en el que surja, el populismo puede adoptar diferentes formas organizativas y apoyar diversos proyectos políticos. Esto significa que la naturaleza delgada del populismo en tanto ideología le permite ser lo suficientemente maleable para adoptar formas distintivas en diferentes momentos y lugares[4].

El atractivo de este enfoque radica en que permite comprender la capacidad del populismo para convivir con otras ideologías más abarcadoras, como también entender la manera en que el mismo aparece casi siempre asociado a otros elementos ideológicos. En otras palabras, la delgadez del populismo le permite ser lo suficientemente flexible como para asociarse con otras ideologías o adoptar formas de izquierda o de derecha, combinándose con ideologías densas como el socialismo o el conservadurismo. Así, resulta difícil imaginar cómo sería un populismo «puro», ya que este necesita convivir con otras ideologías para tener sentido. La forma en que el líder articula discursivamente la división pueblo-élite solo puede llenarse con el contenido de otras ideologías; de otro modo, carecería de significado.

Vittori reconceptualiza el término populismo como una ideología delgada cuyo núcleo está representado por un posicionamiento antielitista[5] y una crítica de la política representativa. Con respecto a este último punto, el populismo es entendido como parasitario de la democracia representativa, ya que no es ajeno a ella y compite con ella en el sentido y uso de la representación o en la forma de detectar, afirmar y gestionar la voluntad del pueblo. La crítica de la representación política tal como se concibe en las poliarquías es un elemento característico del fenómeno populista. Para dicho autor, el carácter iliberal del populismo es central en su fundamentación. Por el contrario, según Moffitt (2022) el populismo no solo amenaza con minar al liberalismo, sino también a la propia democracia, cuyas dos principales amenazas son la caracterización del pueblo y el tratamiento dispensado a la oposición por parte del populismo. En sus palabras, «(…) el problema fundamental del populismo en lo relativo a la democracia radica en su concepción homogénea del pueblo». Así, el populismo pasa a cumplir una función sinecdótica; es decir, el pueblo, una parte del sistema de gobierno, pasa a representar todas las identidades y visiones legítimas dentro de la totalidad del sistema.

¿De qué manera han incidido el nativismo y el populismo en tanto constitutivos de la derecha radical populista, en el accionar de los grupos bolsonaristas tras los eventos del 8 de enero de 2023?
Nativismo, comunismo y marxismo cultural
Ana Priscila Azevedo, una de las militantes con papel protagónico en la organización del asalto brasileño, posteó una convocatoria tres días antes a la toma de los Tres Poderes: «Vamos a colapsar el sistema, vamos a sitiar Brasilia y vamos a tomar el poder por asalto; ese poder nos pertenece». El llamado tenía destinatarios específicos: los hombres y mujeres del campamento montado desde noviembre de 2022 frente al cuartel general del Ejército brasileño, en una localización próxima a la Plaza de los Tres Poderes. Otros videos revelaron el llamamiento previo a «un encuentro en masa» en el lugar, y allí, los jefes de la organización mencionaban: «es la última chance de que Brasil no se torne comunista».

Durante todo el mandato de Jair Bolsonaro, los principales referentes del bolsonarismo y del denominado sector olavista advirtieron sobre el peligro del denominado «marxismo cultural», una alianza, según sus —cuando menos original— tesis del «narcotráfico y las ideas de Antonio Gramsci». La discursividad nativista, expresada en forma de soberanismo, suele instrumentalizarse tanto contra personas como contra ideas ajenas a la supuesta comunidad soberana, circunscribiendo así la idea de marxismo cultural como ideología o sistema de creencias ajeno a la comunidad nativa.

Pablo Stefanoni (2021) lo define como blanco de una teoría conspirativa de derecha, bajo la idea de que la Escuela de Frankfurt inició un amplio movimiento, que va desde el ámbito político al estético, tendiente a debilitar e incluso destruir a la cultura occidental. El término es utilizado en ámbitos de extrema derecha, incluidas sus variantes libertarias y cristianas, y acaba siendo un paraguas que incluye cualquier expresión de progresismo, como la defensa del feminismo, el multiculturalismo o la justicia social, y totaliza de manera paranoica. Así, dice Stefanoni, el marxismo cultural agitado por estos sectores reaccionarios «(…) devino casi en un vector para mantener vivo un discurso anticomunista que había perdido su poder de fuego tras la caída del Muro de Berlín hace ya tres décadas».

También el bolsonarismo suele utilizar como sinónimo de este concepto a la idea o noción de comunismo o globalismo. La finalidad de instrumentalizar dicha ideología es la misma, más allá de si se habla de marxismo cultural, globalismo o comunismo: una reivindicación ideológica de la soberanía o nativismo de la comunidad brasileña y de los valores conservadores, en contraposición a dichas ideas «de izquierda» (Frenkel y Azzi, 2021). Son los sectores olavistas dentro de la alianza de gobierno[6] los que parten de una agenda en donde el peso de dicha cosmovisión está presente[7]. Si bien colocan al marxismo en el centro de la denuncia, los sectores olavistas ven como enemigas incluso a las ideas previas al nacimiento de Karl Marx (Goulart da Silva, 2020).

Jorge Boaventura esclarece el origen del enemigo que combate Bolsonaro, cuando señala que «el Occidente cristiano está siendo descristianizado y materializado, frente a falsas élites paralizadas por los errores con los que se han dejado comprometer durante mucho tiempo». El autor afirma que Occidente se estaría descristianizando «a causa de un liberalismo impregnado de naturalismo, de egoísmo y de una terrible miopía histórica». El bolsonarismo, al luchar contra el «marxismo cultural», está luchando contra una versión distorsionada del marxismo que, después de todo, es una versión de la democracia burguesa misma. En ese sentido, no estaría mal decir que Bolsonaro y los sectores ideológicamente afines dentro de su gobierno son completamente contrarios incluso a los logros de la democracia liberal nacida de las revoluciones burguesas.

Por su parte, Pereyra Doval (2022) plantea que la «guerra cultural contra el marxismo» se convirtió en el punto de partida y primera piedra angular del discurso de Bolsonaro. Esta guerra cultural se «combatió» también haciendo referencia constante a Trump. El círculo íntimo del expresidente afirmaba que el exmandatario estadounidense había emprendido la misión de salvar a la civilización occidental contra un enemigo interno bajo la influencia del marxismo cultural global. Pero la finalidad de dicha postura, ante esta serie de ideas consideradas foráneas, es más simbólica que material.

Al «combatir el marxismo cultural», Bolsonaro mantiene movilizado a su electorado conservador, anticomunista y anti-PT, además de reforzar su alineamiento ideológico-cultural con Washington y el trumpismo, considerando que el electorado bolsonarista percibe a Estados Unidos como una nación ejemplar e indiscutible a la que hay que seguir. Bolsonaro se basó en esta antipatía hacia el PT luego de Lava Jato para fomentar la noción de una amenaza comunista y presentarse como el salvador de la identidad nacional, representada en los valores religiosos y tradicionales brasileños. Partió así de una estrategia discursiva en la que tomaba al comunismo y al marxismo cultural como medio para movilizar a sus seguidores y crear un clima de polarización política y división social.
Pueblo vs. élite
La acción de los sectores radicalizados del bolsonarismo en la intentona golpista es un reflejo de la incapacidad de los Estados Latinoamericanos de lograr dar una respuesta a las demandas y expectativas de la ciudadanía tras la crisis de 2008 y el fin del súper ciclo de los commodities. La insatisfacción con la política y el descreimiento de las instituciones —incluyendo a la democracia— fueron puestas de relieve en encuestas de carácter internacional que muestran un descontento global y generalizado. De esta forma, la crisis de las instituciones y reglas democráticas propició el desarrollo de condiciones políticas y sociales favorables para el surgimiento de discursos de ultraderecha fagocitados por personalismos que supieron elaborar estrategias de recepción entre la ciudadanía, canalizando su desencanto frente a la política en clave reaccionaria.

Combinando narrativas anti-establishment y con alegatos de cuño nacionalista, estos nuevos líderes y fuerzas políticas se arrogaron la representación de las personas comunes, del «verdadero pueblo», que estaría siendo traicionado por élites corruptas y subordinadas a los intereses foráneos. Estos discursos adoptan una estética y retórica de rebeldía reivindicando lo «políticamente incorrecto».

Los populistas de derecha suelen definir al pueblo como un grupo nacional: cuando los líderes populistas aseguran hablar en nombre del pueblo, solo se refieren a quienes consideran miembros de la nación (Moffitt, 2022). Lo que se trasluce con esta articulación restringida entre nacionalismo y populismo es que los grupos pertenecientes a minorías étnicas o culturales, y otros nacionales, quedan excluidos del pueblo y no comparten esa caracterización. Ello también refleja ese carácter nativista de la derecha radical populista a la hora de determinar ese «nosotros y ellos» que establece la idea de pueblo. La derecha radical populista combina su propia clase de nacionalismo/nativismo con populismo y juega con la ambigüedad del significante de pueblo, enfrentándolo con las élites políticas.

Así, el pueblo que aparece en la retórica de los «neopatriotas», o de los líderes de derecha radical populista, es en definición homogéneo, pero también difuso en tanto actor. Asume por momentos la imagen arquetípica del hombre común, asentándose en una visión tradicional del orden social eminentemente patriarcal, contraponiéndose a una élite, nacional y trasnacional, supuestamente corrupta que defiende el nuevo orden mundial, cuestiona la soberanía nacional y trata de imponer valores contrarios a los tradicionales.

Ahora bien, a diferencia de la categoría de pueblo, pocos autores han teorizado sobre los significados de la élite en el populismo. Un aspecto crucial es la moralidad, ya que la distinción es entre el pueblo «puro» y la élite corrupta, pese a que esto no especifica quiénes forman parte de la elite. Esta se define sobre la base del poder, es decir, incluye a las personas que ocupan puestos de liderazgo en la política, la economía, los medios de comunicación y las artes, aunque excluye a los propios populistas y sus simpatizantes. Los populistas también suelen argumentar que la élite no solo ignora los intereses del pueblo, sino que incluso está trabajando en contra de los intereses del país.

El populismo puede fusionarse completamente con el nacionalismo cuando la distinción entre el pueblo y la élite es tanto moral como étnica. Aquí, la élite no solo se ve como agente de un poder extraño, sino que ellos mismos son considerados «extraños». Si bien la distinción clave en el populismo es moral, los populistas utilizan una variedad de criterios secundarios para distinguir entre el pueblo y la élite. Esto les proporciona una flexibilidad que es particularmente importante cuando adquieren poder político.

Aunque tendría sentido que la definición de la élite se base en los mismos criterios que la del pueblo, no siempre es así. En muchos casos, los populistas combinarán diferentes interpretaciones de la élite y el pueblo, es decir, clase, etnicidad y moralidad. Así pues, en lo que respecta estrictamente a la derecha radical populista, Mudde plantea que ésta se focaliza en la élite propiamente política, «(…) que engloban bajo la etiqueta genérica de la izquierda y a la que se acusa de corromper la nación con sus ideas posmodernas y marxistas culturales». A su vez, «diversos políticos ultraderechistas de todo el planeta han acusado a académicos, artistas y periodistas de ser, no solo elitistas o izquierdosos, sino también antinacionales, es decir, traidores a la nación, que es el peor insulto que un nacionalista puede proferir».

Las representaciones altamente moralistas de los discursos populistas implican una cosmovisión maniquea en torno a esa dicotomía pueblo-élite. Dependiendo de la ideología densa que propugnen los populistas, pero también del contexto político y las oportunidades relacionadas, lo que cuenta como élite puede variar significativamente. Aún así, una de las principales amenazas que representa el populismo —y que se vio reflejada en los acontecimientos golpistas de enero de 2023 en Brasilia— es la tensión que presenta con la democracia liberal. La propia concepción o caracterización del pueblo en la noción del populismo es en sí misma una de las principales amenazas para la democracia liberal (Moffitt, 2022).

El problema fundamental del populismo radica en su concepción homogénea del pueblo. Al desconfiar de cualquier institución no elegida que limite el poder del demos, el populismo puede convertirse en una forma de extremismo democrático o, mejor dicho, de democracia iliberal (Mudde y Rovira Kaltwasser, 2017). El populismo tiende a favorecer la participación política, ya que contribuye a la movilización de grupos sociales que sienten que sus preocupaciones no son consideradas por las élites políticas. Como su creencia central es que el pueblo es soberano, todo el pueblo —y solo él— debe determinar la política.

En ese sentido, el objetivo del bolsonarismo siempre fue socavar los cimientos de la democracia liberal (Muggah, 2023). Durante los cuatro años de Bolsonaro en la presidencia, él y sus aliados desafiaron la integridad del proceso electoral y difundieron afirmaciones falsas de elecciones fraudulentas y máquinas de votación electrónicas que «funcionaban mal». Luego, Bolsonaro encendió la mecha del ataque y huyó de la escena del crimen. En lugar de participar en la toma de posesión de Lula, de acuerdo con la tradición democrática del país, se mudó a una casa alquilada en Orlando, Florida, desde donde ha negado cualquier participación y responsabilidad en el comportamiento de sus seguidores. Al igual que Trump en 2020, se negó a reconocer los resultados de las elecciones presidenciales. En cambio, él y sus hijos impugnaron enérgicamente la validez del proceso, intentaron anular los resultados en los tribunales, desafiaron la legitimidad del presidente entrante e instaron a sus partidarios a salir a las calles.

La democracia nunca puede darse por sentada. Los mismos edificios que albergan los Tres Poderes y que fueron saqueados el 8 de enero constituyeron el escenario de un jubiloso evento de inauguración solo unos días antes. Las democracias corren el riesgo de desmoronarse cuando grandes segmentos de la población pierden la fe en las instituciones y desconfían de las autoridades electas y los servidores públicos. De esta forma, la derecha radical populista lleva a impugnar valores, normas e instituciones que aseguran las libertades democráticas.

La retórica populista propone una conexión directa con el líder. Al posicionarse de esta manera en el espacio político se estimula una confrontación polarizadora que muchas veces utiliza la confrontación «pueblo» versus «élites». La crítica a la representación política del populismo parte de poner en cuestionamiento el eje vertical de la división política, que divide al pueblo de la élite. En ese sentido, retomando la definición de Mudde de derecha radical populista, vemos que dicha ideología acepta la democracia en su forma más esencial, pero pone en cuestionamiento el componente liberal de la misma: «(…) cuando la derecha radical populista llega al poder en una democracia liberal, trata de reconducir el país por una senda iliberal: ataca la independencia de los jueces y los medios, desprecia los derechos de las minorías y socava la división de poderes».

Vemos así como la conjunción entre populismo y democracia liberal termina siendo un anacronismo. El populismo como elemento ideacional termina por erosionar el componente liberal de la democracia representativa. A su vez, el carácter homogéneo del pueblo hace que el populismo sea una amenaza a la misma, concibiendo al otro como enemigo. En este sentido, los acontecimientos ocurridos el 8 de enero de 2023 en Brasilia fueron un fiel reflejo de la incidencia de la ideología populista en la acción política de dichos sectores radicalizados.

La irrupción al edificio del Congreso, la Corte Suprema y el palacio presidencial fue considerado el peor ataque contra las instituciones del país desde la misma restauración democrática a fines de la década de los ochenta, hace ya cuatro décadas. Si bien el expresidente Jair Bolsonaro condenó los hechos en un mensaje a través de redes sociales desde el exterior del país, los mismos reflejaron un desprecio por parte de sus simpatizantes y los principales dirigentes bolsonaristas hacia la esencia misma de la institucionalidad democrática, en un intento de erosionarla mediante una intentona golpista. 
 
Aun así, el accionar antidemocrático no cumplió su cometido, y millones de personas salieron a las calles en ciudades de todo Brasil en defensa de la democracia, encontrando dichos sectores imbuidos por esta ideología radical una resistencia de gran parte de los movimientos sociales y amplios sectores de la sociedad brasileña a su agenda extremista. En adelante, el actual presidente Lula tendrá que afrontar los retos de división y polarización para unificar al país, proceso en el cual el respeto por las instituciones democráticas exhibido durante su mandato anterior será un antecedente importante en su intento de contención a los sectores destituyentes y antidemocráticos."                ( , JACOBINLAT, 15/06/23)

31/1/23

«Podemos es un experimento fallido»

 "Filósofo. Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de la UCM. Autor de varios libros. Entre ellos, “La mirada republicana” (Editorial Catarata) y “Visconti y la decadencia” (El Viejo Topo). Ahora, también en el Viejo Topo, publica, junto a Francisco Herreros, “Podemos, izquierda y ‘nueva política”, desde una perspectiva republicana y democrática.

¿Cuáles son los ingredientes de la receta Podemos?

Se puede decir, resumiendo mucho, que Podemos es un experimento fallido. Para explicar su génesis, hay un elemento fundamental, que es el 15M, como excusa, como oportunidad. Sin él, Podemos no hubiera existido. Otro ingrediente del guiso es la línea que desarrolla, a través, sobre todo, de su relación con Latinoamérica, con esta concepción neo-peronista y neo-populista. Sin pertenecer al 15M, Podemos sobreimpone un modelo de acción política, de comunicación política, completamente ajeno a él.

¿La manifiesta incapacidad de Podemos para organizarse puede ser también consecuencia de su contaminación con el asamblearismo del 15M?

El 15M es un movimiento espontáneo, horizontalista, igualitarista… Una concepción de la política de abajo a arriba. Podemos trata de llevar algo de eso a su organización política, y no lo consigue. Pero creo que sus dificultades para organizarse son, sobre todo, consecuencia de que carece de una base territorial. Podemos tiene una visión de la política más bien de arriba abajo. En un artículo, titulado “Comprender Podemos”, en New Left Review, de 2015, Pablo Iglesias explicaba claramente cómo hay que entender los platós de televisión como los nuevos parlamentos, y la nación como una “Acción TV”. Esto marca una particularidad en su intervención política y comunicativa, completamente contraria al 15M. Cosa que quiere decir que lo que vamos a hacer, desde los platós de TV, es fabricar slots, anuncios publicitarios, y enviarlos desde arriba a una ciudadanía, que pasa así a ser un sujeto pasivo. 

¿Los vínculos de algunos de los promotores más significados de Podemos con América Latina eran más bien de carácter ideológico (Laclau, Chantal Mouffe…) o, digamos, operativos, activistas…?

Como es de conocimiento público, algunos de los dirigentes de Podemos fueron asesores, bien pagados, a través de organismos como la 

fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS). Intervienen, sobre todo, en Venezuela, pero también se relacionan con otros agentes, como el kirchnerismo. Ahí adquieren mucha experiencia política. Su vinculación a América Latina no fue, en fin, tanto intelectual como de práctica política. Durante un tiempo, Monedero es un personaje importante en Venezuela. Luego importan su experiencia a Europa, contribuyendo también a legitimar a los regímenes con los que trabajaron que, finalmente, también han sido un cierto fracaso. En su caso, como Podemos, empieza despertando muchas expectativas, ilusiones, y acaba en decepción.

En la presentación de vuestro libro, advertís al lector al descubrir la profunda raíz schmittiana del modo de entender la política de Podemos…

Si, nos referimos a Karl Schmitt, el que fue un gran jurista, que acabó abrazando el nazismo. De él aplicamos lo que sostenía en su época pre-nazi, como gran crítico de la democracia liberal. Es una raíz, que exploramos en profundidad, que no solo tiene Podemos sino parte de la izquierda, llamada “neoschmittiana”. Su concepción de la democracia es peligrosa, porque se pueden ver las debilidades de la democracia liberal, pero la alternativa schmittiana tiene un desarrollo que no se sabe cuál es y que, al final, termina socavando la infraestructura de contrapoder, las libertades que, mal que bien, las democracias liberales mantienen. Su concepción de la política es más bien la de un pueblo homogéneo, que se identifica simbólicamente con un líder carismático, que acaba con el pluralismo. 

¿Construyendo al enemigo, del modo que lo explica Umberto Eco?

Otra de las digamos filiaciones schmittianas es la incorporación de la oposición entre amigo y enemigo. Podemos ha dicho abiertamente que considera la política como política de poder, por un lado, y como antagonismo por otro. Cosa que genera una identidad: “Somos porque nos confrontamos”. Empezaron con la casta, con la banca, empresarios particulares, medios de comunicación, con todo aquello que les criticaba, como fue el caso de Vallecas en las últimas elecciones autonómicas de Madrid, donde acabaron insultando a los propios votantes. Así acaba confrontándose a sí mismo. Del “amor y los besos” se pasó a tirarse a degüello. Todo este planteamiento más tribal de la política permitió un ascenso de Podemos, pero ha acabado pasando factura a su líder, que ha resultado bastante antipático.

Desde la derecha no faltan quienes perciben o califican a Podemos de comunista. ¿Hasta qué punto es esto cierto?

Desde el punto de vista del discurso ideológico, Podemos es una especie de amalgama de ideas. Tiene algunos elementos socialdemócratas, pero muy convencional; otros posmodernos… Es verdad que la derecha los ha visto como marxistas-leninistas. Dedicamos un epígrafe del libro a preguntarnos hasta qué punto incluir a Podemos en la tradición marxista. La conclusión es bastante negativa. Pensamos que no forman parte de ella. Podemos es más bien neo-peronista, neo-popiulista, que poco tiene que ver con el marxismo. Por ejemplo, la noción de clase es fundamental en el marxismo, y no tanto en Podemos. Al principio, cundo el tándem Errejón-Iglesias referenció la cuestión de clase a ese populismo negativo, un denominador común, que, al final, era políticamente inerme. Luego, en el acuerdo electoral con Izquierda Unida tampoco lo recuperan. Su alianza estratégica con el independentismo… en el que cualquier marxista habría visto su componente burgués o pequeño-burgués. Al final, también han acabado renunciando a un proyecto federal.

¿Dónde empieza y dónde acaba la posmodernidad de Podemos?

Podemos tiene una concepción un poco constructivista de lo social y de la propia individualidad. Por ejemplo, el nuevo feminismo radical, que ellos abrazan y que ha supuesto una quiebra para el feminismo de izquierdas (más allá de la biología), como si la biología no contara. Un feminismo totalmente constructivista, en el sentido de que un individuo puede construirse sin ningún límite, de manera completamente fluida. Esta es una raíz posmoderna muy clara. También su concepción de los significantes pasivos y de la importancia del lenguaje como algo que construye realidad y, de la mano de esta idea, su relativismo. Si vienes de la tradición más bien marxista tienes la idea clara de que el ser social determina la conciencia. En Podemos, muchas veces, parece todo lo contrario. Entiende que si cambias los nombres cambias la realidad. Esto no es así. Es un giro lingüístico de la política, con una raíz posmoderna muy clara. Podemos ha tenido urnas para ser utilizadas plebiscitariamente. Los círculos fue algo de cara a la galería. “Todo el poder a los círculos”, se llegó a decir, emulando a los bolcheviques. Muchas veces, se han olvidado de los problemas reales. Empezaron con una crítica feroz al gran capital, a la gran banca, al IBEX 35, las deudas soberanas… 

Inicialmente, pareció que Podemos irrumpía en la política con, digamos, aire fresco académico. ¿Fue esto así o más bien era otro espejismo?

Es verdad que entre los creadores de Podemos había profesores: Monedero, Bescansa, Pablo Iglesias… Tenían su discurso. Intentamos hacer con el libro una interpretación más bien global de Podemos, aprovechando la dimisión de Pablo Iglesias. Esto nos permitió, de alguna manera, cerrar el ciclo político, porque una de las dificultades que teníamos es que Podemos no dejaba de cambiar. La metáfora que utilizamos para explicar esto es que era como intentar cazar una lagartija. En cualquier caso, los académicos fundadores de Podemos son muy anti-académicos. Se presentan como disidentes, considerando la Academia parte del establishment, cuando en realidad están muy integrados en él. La cosa es ponerse un pañuelo palestino al cuello, disfrazarse de revolucionarios.

¿Se pasea el fantasma de Maquiavelo por los corredores de Podemos?

En el libro referenciamos “El Príncipe” de Maquiavelo sobre la figura de Pablo Iglesias, para intentar entender al personaje. Como el partido terminó convirtiéndose en algo plebiscitario, donde el líder carismático tenía el control absoluto, tenía sentido interpretar a Pablo Iglesias, teniendo en cuenta que él se dice discípulo de Maquiavelo. Y no hay que olvidar que tiene un libro que se titula “Maquiavelo ante la gran pantalla”. Se queda con la gramática parda, el instrumentalismo maquiavélico, pero se olvida del Maquiavelo más republicano."                    (Entrevista a Francisco Herreros,

28/9/22

Temelkuran: Un manual para que no nos roben la democracia... El neoliberalismo y sus instituciones financieras han vaciado de sentido y justicia social a las democracias representativas, dejándolas reducidas a una sucesión de ceremonias institucionales... El vacío ético del neoliberalismo, su negación del hecho de que la naturaleza humana necesita sentido y busca desesperadamente razones para vivir, crea un terreno abonado para la invención de causas... El neofascismo le ha dado esa causa que le faltaba al neoliberalismo... Para ello, han sido necesarias cuatro décadas de desmoronamiento de los estándares morales, en los que “la gigantesca cuestión filosófica de cómo ser una buena persona se vio arrastrada por la fuerza a los ámbitos de la religión y la conciencia individual”... Mucha gente cree que lo que está ocurriendo en Turquía es porque es un país musulmán. El populismo ha utilizado el islam no por cuestiones religiosas, sino para crear obediencia en la sociedad”. Como lo está haciendo Trump o Bolsonaro con los evangelistas u Orban con el catolicismo... ¿Queda esperanza? Sí, queda la determinación, la determinación de crear belleza, belleza política”. Y añade: “la encontrarán entre las mujeres jóvenes”... “la risa rebelde de las masas”, como en las Primaveras Árabes, en el 15M, en Occupy Wall Street

 "Hay libros que llegan tarde, aunque nunca sea tarde si lo que nos jugamos es la propia vida, o lo que habíamos entendido por vida hasta entonces. Pero, como en la serie El cuento de la criada, cuesta creer que hayamos tardado tanto en identificar las señales que anunciaban la normalización del “fenómeno global del neofascismo y de los populismos de derecha”, como lo define la periodista y escritora turca Ece Temelkuran. 

Testigo y damnificada directa del proceso por el que Erdogan ha convertido a Turquía en un régimen totalitario desde que se alzó como primer ministro en 2003 hasta la actualidad, ha escrito Cómo perder un país. Los siete pasos de la democracia a la dictadura (Anagrama, 2019). Un libro en el que sistematiza las estrategias empleadas en todo el mundo por los populistas de extrema derecha que cada vez son menos anécdota y más definitorios de nuestro tiempo: Trump, Bolsonaro, Johnson, Le Pen, Orban, Salvini, Abascal… 

Su objetivo: que los que aún vivimos en países donde los populistas neofascistas no han implantado regímenes autoritarios, dejemos de frustrarnos con estériles esfuerzos intentando empatizar con sus partidarios desde la lógica, el debate racional “o con técnicas propias de la terapia de pareja como la empatía”. Y que dediquemos esas energías a organizarnos entre los que aún seguimos defendiendo la democracia “para formar un movimiento de solidaridad internacional contra esos fanáticos, que ya han tejido su propia red”. 

Las columnas de Ece Temelkuran (46 años) se pueden leer en los periódicos más importantes del mundo, y como una larga columna ensayística ha escrito su último libro: tanta precisión y lucidez dejan sin aliento. Escribe como vive, por eso no hay en ella rastro de derrota que visibilice el hecho de haber tenido que exiliarse de un país en el que, tras el supuesto golpe de Estado de julio de 2016, 150.000 funcionarios han sido despedidos acusados de tener vínculos con el fallido levantamiento o con grupos terroristas, más de 70.000 personas –muchas de ellas, académicas, periodistas y defensoras de derechos humanos– han sido encarceladas preventivamente por los mismos cargos y unos 130 medios de comunicación han sido censurados por el gobierno, según datos de 2018 de Human Rights Watch.

Porque, como escribe Temelkuran “el auténtico dolor te hace desear realmente convertirte en un don nadie y mantenerte alejado del cenagal de admiración al que le encantan las historias de mujeres exiliadas”.

Cenagal de admiración. Zas. En este libro hay para todos, especialmente para los los intelectuales y ciudadanos que ven en la irrupción de estos movimientos populistas una oportunidad para sacudir el sistema corrupto que después, esperan, será reconstruido. Cuando ya no haya vuelta atrás, lamentarán desde el exilio no haber visto venir al monstruo. 

Pero, sobre todo, Temelkuran sostiene que el verdadero peligro no son los líderes, sino “todos esos ciudadanos y ciudadanas normales que aceptan que la hipocresía y la incoherencia son técnicas del líder empleadas por el bien de su gente”. Y entonces, en un tiempo veloz, llegará un día en el que nos preguntemos “¿En qué momento se volvieron tan crueles?”, “¿Son los seres humanos malos por naturaleza. Esta pregunta representa la derrota final de la mente humana”, escribe. 

Porque son esas personas las que terminan agrediendo en la calle a aquellas mujeres que no se atienen a los nuevos códigos de conducta dominantes: ”La misoginia es es el compinche inseparable del populismo de derechas”, las que justificarán el desmantelamiento del sistema político y judicial de “un Estado de Derecho que los líderes presentan como un obstáculo” y que acabará considerando terrorista a cualquiera que no respete sus designios porque el líder se convierte en el Estado mismo; y las causas judiciales terminarán siendo tan numerosas e irregulares, que dejarán de resultar escandalosas. (Pensemos en España: ¿Cuántas personas han sido castigadas por la Ley Mordaza? Los primeros casos atrajeron la atención mediática por escandalosos. Hoy hemos perdido la cuenta).

Personas con las que, “cuanto antes se admita, menos tiempo se habrá perdido, no es posible el diálogo porque no creen en la lógica del debate político, y termina resultando agotador emocional e intelectualmente”, explica Temelkuran con un deje en su voz de agotamiento, el que le dejó intentarlo durante años en tertulias, artículos y conversaciones con vecinos y conocidos. 

El movimiento del neofascismo global, basado en “un provincianismo rencoroso”, sostiene, ha conseguido “convertir la ignorancia en un valor político”, ante quienes sus militantes suelen pedir respeto a los “sospechosos por ser cosmopolitas y cultos” y por tanto, “parte de esa élite y ese sistema al que estos movimientos han venido a sanear”. Pero, en realidad, “no es respeto lo que están pidiendo, aunque sea la palabra que más repiten los partidarios de Trump, del Brexit o de Erdogan: es silencio y obediencia absoluta”, sostiene. 

Y por ello, recomienda a los medios que, en lugar de reproducir sus discursos acríticamente en un “irresponsable ejercicio de negar que son un actor político y un pilar de la democracia y que, como tal, han de defenderla”, se dediquen a contar lo que estos autócratas hacen, en lugar de lo que dicen. Temelkuran apunta al error de numerosos analistas de reducir el problema a los líderes, como si el hecho de que estos desaparecieran resolviese el problema. “Estos discursos son absolutamente inútiles porque omiten el motor del incremento de injusticia en el mundo generado por un sistema insostenible: el neoliberalismo, que es el origen de estos movimientos populistas de extrema derecha y neofascistas.

 El neoliberalismo y sus instituciones financieras han vaciado de sentido y justicia social a las democracias representativas, dejándolas reducidas a una sucesión de ceremonias institucionales”. Y sigue: “El vacío ético del neoliberalismo, su negación del hecho de que la naturaleza humana necesita sentido y busca desesperadamente razones para vivir, crea un terreno abonado para la invención de causas”. Y zanja, con una perspectiva filosófica muy presente en su ensayo: “El neofascismo le ha dado esa causa que le faltaba al neoliberalismo”.

Para ello, han sido necesarias cuatro décadas de desmoronamiento de los estándares morales, en los que “la gigantesca cuestión filosófica de cómo ser una buena persona se vio arrastrada por la fuerza a los ámbitos de la religión y la conciencia individual”. El neoliberalismo redujo a la familia “el lugar en el que se podía satisfacer la necesidad de fraternidad y solidaridad”. 

Por ello, “el laicismo está bajo ataque de estos movimientos”, explica, porque la cuestión de ser buena persona en lo público es una cuestión de “moralidad laica”. Pero advierte que estos movimientos también vampirizan “las versiones más conservadoras de la religión. Mucha gente cree que lo que está ocurriendo en Turquía es porque es un país musulmán. El populismo ha utilizado el islam no por cuestiones religiosas, sino para crear obediencia en la sociedad”. Como lo está haciendo Trump o Bolsonaro con los evangelistas u Orban con el catolicismo. 

Como cuenta la autora, sus numerosas conferencias alrededor del mundo sobre esta cuestión suelen terminar en un derrotado silencio que siempre termina rompiendo alguien con la pregunta de si no queda esperanza. Ella, a sabiendas de que surgirá esta natural necesidad, tiene su respuesta preparada: “Esperanza es una palabra frágil. Prefiero creer en la determinación, la determinación de crear belleza, belleza política”. Y añade: “la encontrarán entre las mujeres jóvenes”. 

Esas mujeres jóvenes con las que Temelkuran compartió en 2013 noches y días durante las protestas de Taksim Gezi, y a las que vuelve en su memoria cuando necesita recordar el sabor de “la risa rebelde de las masas”, esa “resistencia carnavalesca” en la que el valor dominante y casi olvidado era “la confianza absoluta los unos en los otros”. La misma que se vivió en las Primaveras Árabes, en el 15M, en Occupy Wall Street… y en cuya experiencia, imborrable para los que los vivieron, Temelkuran sitúa la semilla de la que puede surgir “ese movimiento internacional de solidaridad frente a los neofascistas”. Por y para el que ha escrito este imprescindible libro."                  (Patricia Simón, La Marea, 17/12/19)

26/9/22

¿La izquierda puede construir aún una experiencia común sin violencia y sin esperanza irracional? Sí, gracias a esos millones de personas que son aún capaces de organizar su experiencia, pese a las dificultades, en torno al razonamiento y la vida... o será el fascismo, porque las dos experiencias elementales, por encima de la vida y por debajo del razonamiento, son el odio y la autoestima... el 77% de los votantes del PP y el 93% de los de Vox no cree en la política... Si no hay política, hay odio y miedo... Las ideologías han vuelto pero ahora sin política; y un mundo de ideología sin política es un mundo tentado por la autodestrucción, no hay nada más "propositivo", que la violencia en todas sus variantes

 "Hace unos días, el perspicaz periodista argentino Pablo Stefanoni llamaba la atención sobre la obsesión de los terroristas supremacistas blancos por los manifiestos: "Necesitan matar", señala Stefanoni, "para ser leídos". Naturalmente no desdeñan formatos tecnológicos de última hora, graban sus crímenes en streaming y declaran haberse "formado" en internet, pero por eso mismo intriga aún más el hecho de que gente tan joven recurra a un medio que, al mismo tiempo, saben completamente inútil. Saben, sí, que nadie los va a leer; saben que para que alguien los lea tienen que matar.

Es quizás más complicado. Gendron, el asesino de Buffalo, dejó un largo manifiesto que, en realidad, era un plagio, cuando no un copia-y-pega, del de Tarrant, autor de los atentados de Christchurch (Nueva Zelanda) en 2019. Releyendo el elaborado panfleto de este último, uno se estremece reconociendo ahí el barullo ideológico de muchos de nuestros contemporáneos que nunca llegarán a matar: Tarrant se identifica como de derechas y de izquierdas, como fascista y ecologista, como anticapitalista y tradicionalista, como socialista y nacionalista.

 Justifica su horrible crimen a la manera de Anders Breivik, el fascista noruego condenado a 21 años de cárcel en 2011 por la matanza de Utoya; lo hace invocando como él el "estado de necesidad"; es decir, el imperativo moral de recurrir a la violencia para evitar un mal mayor, en este caso la extinción de la raza blanca, "reemplazada" por razas y culturas extranjeras. Por eso, dicho sea de paso, Tarmant defiende la necesidad de matar también a los niños musulmanes, pues crecerán y se convertirán en "enemigos" e "invasores": ¿no es nuestra obligación ahorrar esta tarea a nuestros propios niños, que de otra manera tendrán que matarlos cuando sean mayores?

De todo esto se ha hablado a menudo. Menos se ha citado la reflexión de Tarrant sobre -digamos- el vínculo entre la violencia y el propio manifiesto. Tarrant invita a "dejar a un lado los datos" y "buscar expresiones y experiencias emocionales". Los datos, en efecto, no sirven para nada: "la repetición de hechos y estadísticas", dice, "aburren a las masas y alejan a las personas de los rancios oradores que las propagan". No es ésa la forma de difundir el mensaje. Hay que recurrir a la poesía, la música, los grafitti, el baile, los memes: "Un solo meme", concluye, "ha hecho más por el movimiento etnonacionalista que cualquier manifiesto".

 Así que, en efecto, hay que dar la razón a Stefanoni y decir que los terroristas supremacistas matan para ser leídos, a condición de añadir enseguida que la violencia forma parte, precisamente, de esos medios "expresivos", "populares", "emocionales", gracias a los cuales el contenido del manifiesto se vuelve legible y además creíble.

 Cualquier meme vale más que un manifiesto, es verdad; pero yo quiero que lean mi manifiesto; lo convierto, en consecuencia, en el mejor meme posible a través de un gesto espectacularmente violento. El atentado mismo, pues, es un meme contagioso que, al tiempo que da credibilidad a mis convicciones, las difunde junto al medio mismo de su difusión: el asesinato de inocentes. 

El "paso al acto" se produce así dentro del orden simbólico o, si se quiere, del orden emocional del populismo fascista. Cada una de las "acciones" es un meme que conduce por un lado al manifiesto y por otro a una nueva acción, en una cadena potencialmente exponencial y sin límites. La matanza que nos libera del ámbito inútil de las estadísticas es, por eso mismo, tan "viral" como un twitt o un chiste.

Tarrant y Gendron conocen muy bien el mundo en el que viven y matan. Todos lo sufrimos en carne propia: un mundo, es decir, en el que los datos no convencen a nadie. Es difícil saber qué estadísticas darían la razón a sus delirios supremacistas, pero eso importa poco. Lo que importa es la conciencia -esta sí común- de que los humanos contemporáneos no nos orientamos ya ni por el conocimiento ni por el razonamiento. 

¿Por qué entonces? Podría decirse que nos guiamos por la "experiencia" siempre y cuando definamos bien este concepto. Se ha impuesto una tendencia "rebelde" y "antisistema" -pensemos en los antivacunas o en los terraplanistas- a reivindicar la experiencia directa como único posible criterio de verdad. Erosionada la esfera pública junto a sus medios de comunicación, desprestigiadas la ciencia y la política, tantas veces ancilares del capitalismo, la desconfianza se traduce en este nuevo prestigio de una falsa transparencia instalada en el propio cuerpo: solo creo en lo que ven mis ojos. Lo malo es que, como nos advirtió hace dos siglos Hegel, la experiencia es la más borrosa y, se se quiere, la menos inmediata de las facultades.

La experiencia es siempre percepción y la percepción el resultado de múltiples factores volcados en la vista, en el tacto y en el oído. La experiencia siempre discurre -digamos- unos metros por encima de la vida y a veces a contrapelo; no es lo vivido sino lo percibido. Un ejemplo que pongo a menudo -y que viene muy al caso- es el de la islamofobia, alimentada por la percepción espontánea de que por nuestras calles pasea un número de musulmanes mucho mayor del que realmente hay: los franceses "ven" más de veinte millones de musulmanes en Francia cuando solo hay cinco millones; los españoles "vemos" más de seis millones cuando apenas alcanzan el millón. 

"Verlos", por lo demás, supone ya reconocerlos, clasificarlos y juzgarlos. Otro ejemplo muy citado por los sociólogos es el de la autopercepción de la clase media, de la que se declaran parte -porque así se experimentan- miles de personas que las estadísticas sitúan más bien en la clase trabajadora o incluso entre los sectores más desfavorecidos.

Así que no hay nada más material y nada más engañoso que la experiencia misma, de la que, sin embargo, se nutren nuestras decisiones éticas y políticas. Podríamos decir que hay cuatro instancias de intervención en el mundo: el razonamiento, la información, la experiencia y la vida. El razonamiento ha quedado completamente invalidado y la vida completamente ideologizada. En cuanto a los datos, todos aceptamos ya que son irrelevantes; ningún dato va a orientar o cambiar, por ejemplo, el sentido de nuestro voto. Los datos, que son lo más parecido a la verdad en relación con el ámbito público, se han disuelto de algún modo también en el recinto de la experiencia privada. 

Parafraseando un famoso título de Trotsky ("su moral y la nuestra"), ahora cada partido elabora "sus" propios datos o se los inventa, de tal manera que no constituyen un espacio de discusión común: es lo que llamamos la postverdad o los "hechos alternativos": el hecho, es decir, de que ha desaparecido cualquier horizonte de percepción compartida. Los datos siguen existiendo, claro, y es necesario buscarlos, retenerlos y difundirlos, pero no serán los que desactiven a Vox o impidan el próximo atentado supremacista.

 Ningún español "experimenta" los datos del paro, ni siquiera el que ha encontrado trabajo gracias a las políticas de Yolanda Díaz; ningún español "experimenta" tampoco la desigualdad, porque la desigualdad no es un "hecho" y la experiencia solo reconoce los hechos.

Nos queda, pues, la experiencia, refugio empirista de todos los delirios y todos los sentidos: también del "sentido común". Cuando hablamos de "batalla cultural", a veces con desprecio, nos olvidamos de que estamos hablando en realidad de la disputa de la experiencia, donde se forjan nuestros gustos, nuestras lealtades, nuestras solidaridades, nuestros rechazos. No se puede cambiar, por ejemplo, la percepción del número de musulmanes mediante estadísticas y cifras; hay que cambiar la percepción que tenemos de los musulmanes mismos; y esa batalla -sirva de botón de muestra- tampoco puede depender de los llamados "discursos buenistas". Hay que transformar -o refundar- el espacio compartido.

Las dos experiencias elementales, por encima de la vida y por debajo del razonamiento, son el odio y la autoestima; reducidos al chasis del empirismo ideológico por la crisis global, demandamos hoy experiencias de solidaridad negativa y de esperanza irracional que solo la derecha puede dar. Leo que el 77%  de los votantes del PP y el 93% de los de Vox no cree en la política; a los que habrá que añadir un puñado no pequeño de otros partidos. Si no hay política, hay odio y miedo; y ahí solo pueden vencer los memes del destropopulismo, incluido el del "paso al acto" como último refugio de la credibilidad. Las ideologías han vuelto pero ahora sin política; y un  mundo de ideología sin política es un mundo tentado por la autodestrucción. En el orden de la negación, no hay nada más "positivo", "propositivo", que la violencia en todas sus variantes.

La izquierda en España intentó en un momento favorable modular la experiencia hacia el razonamiento y hacia la vida, pero perdió la batalla. Podemos dedicar el próximo millón de años a discutir por qué se desperdició la oportunidad, pero hay qué pensar más bien en qué podemos hacer allí donde el estado objetivo del mundo -pandemias, guerras, colapso climático- no parece dejar más opciones a la experiencia que el derrotismo o la "libertad". ¿Será esa la disyuntiva? Y si es así, ¿cómo vamos a ganar jamás las elecciones?

De manera que la pregunta es: ¿se puede construir aún una experiencia común sin violencia y sin esperanza irracional? Como no me gustaría que me regañase Elizabeth Duval -o que dejase con razón de leerme- acabaré con "un poquito de fe": esa experiencia se está construyendo ya, en la "penumbra", cada vez que se hace de nuevo de día; es decir, cada vez que "agarramos" en el mundo, como agarra la retama de Leopardi en la ladera estéril del Vesubio. Tengo un amigo sacerdote al que aprecio mucho, teólogo brillante y sensible, al que sostiene la fe en medio de la desesperanza y que me decía el otro día en un intercambio de mails: "Mi deber es consolar". 

Y añadía de un modo tajante: "Consolar es la verdad". No me siento a la altura de ese deber, que me parece hoy, sin embargo, muy de izquierdas, pero me gusta mucho ese concepto de verdad, inversión y desmentido del meme terrible del terrorista asesino. El "consolado" se levanta de la cama, hace el desayuno a los niños, trabaja, se reúne con unos amigos, va a intentar parar un desahucio, echa un polvo, se ríe; ya no es dueño de sí mismo y, aún más, genera por eso mismo una situación en la que la contingencia colectiva es por primera vez concebible. 

En una ocasión escribí un artículo en el que me preguntaba: ¿qué es lo contrario de una bomba? Respondía que, tenga el nombre que tenga, lo contrario de una bomba introduce en el mundo efectos que, al revés que las heridas y las balas, no se pueden medir y no se pueden contar -aunque sí narrar. ¿Qué es lo contrario de Tarrant y Gendron? Esos millones de personas que son aún capaces de organizar su experiencia, pese a las dificultades, en torno al razonamiento y la vida. La tarea es imposible, pero realizable. Habrá que pedir a los partidos de izquierda que colaboren un poco con la gente."                (Santiago Alba Rico, Público, 06/06/22)

13/7/22

Baltasar Garzón: “Vox está en el punto de inflexión del populismo al fascismo”... Una de las características de ese fascismo disfrazado es la confrontación que hacen frente a los derechos humanos. Es decir, fascismo y derechos humanos son incompatibles

 "Alejado todavía de los despachos de la Audiencia Nacional, a los que dice querer volver tras el dictamen a su favor del comité de Derechos Humanos de la ONU, Baltasar Garzón (Torres, Jaén, 1955) ha dedicado los últimos meses a escribir un libro sobre el fascismo al que se enfrentó en varias ocasiones desde los tribunales, con el proceso contra el dictador chileno Augusto Pinochet y su histórica detención o los juicios contra represores de la última dictadura militar en Argentina. 

En 'Los disfraces del fascismo' (Planeta), Garzón rehúsa definir el término pero aporta algunas claves y advierte del peligro de su avance en España, a través de Vox. “El Partido Popular no es consciente o no quiere ser consciente del riesgo que comporta gobernar con la extrema derecha”, censura durante una extensa conversación en la que también aborda las rémoras franquistas que aún quedan latentes en la Justicia y en la que vuelve a pedir al Gobierno que acate el dictamen de Naciones Unidas. 

No hay una palabra unánime para describir este periodo de regresión democrática global. Ultraderecha, supremacismo, populismo. Usted habla de fascismo, ¿por qué?

A partir de la derrota oficial del fascismo y del nazismo en 1945, la palabra prácticamente desaparece. En algunos países incluso es perseguida y comienza a disfrazarse. Es decir, el fascismo no desaparece de la noche a la mañana. Hoy no estamos en presencia del fascismo histórico de esas dos décadas, evidentemente. Pero una de las características de los fascismos es precisamente aparecer en cada momento histórico en función de las necesidades que tiene, con cualquier vestimenta o ropaje que lo disfrace en función del estatus y de la situación. Ese disfraz se lo va quitando. Esa máscara desaparece o porque quienes lo desarrollan se la quitan a sí mismos o porque se les descubre.

Lo que yo digo es que hay que llamar a las cosas por su nombre, hay que ir a la esencia y ver qué conductas están desarrollándose. Por eso yo renuncio a definir el fascismo en mi libro. Yo lo que hago es enumerar las características que definen una conducta, una ideología o una actitud como fascista: es este supremacismo de la idea grupal, del enemigo externo o el uso de la violencia, aunque esto tiene matices. 

¿Qué matices?

Por ejemplo, en la actualidad, los grupos de extrema derecha o de ultraderecha que ya participan en algunos elementos del fascismo se han dado cuenta de que la violencia no suma en una sociedad como la actual. Entonces, vas a encontrar a los movimientos de extrema derecha, de ideología fascista que rechazan la violencia pero que cuando llega el momento de la condena, no hay una condena clara, hay una comprensión. Es decir, es muy sutil y no es menor el desarrollo que hacen precisamente para generar ese disfraz o que mantenga esa apariencia democrática de grupos, personas, ideologías que no son democráticas y cuya finalidad es implosionar el sistema.

No estamos en este momento. Si a mí me preguntas: ¿usted cree que en este momento está pasando esto? Yo diría que no. ¿Qué es lo que está pasando entonces? Vamos a analizar los hechos. Vamos a analizar cuáles son los discursos, cuáles son los ataques a derechos consolidados, cuáles son los mecanismos a los que acude, cuál es la vaciedad, banalidad o contundencia de los discursos. Y entonces hagamos el análisis comparativo y nos vamos a encontrar con que hay una expansión muy preocupante en muchos países.

En el libro dedica un capítulo a hablar de los errores que favorecen el fascismo. ¿Cuáles?

Por ejemplo, no prestarle atención. Estamos en una campaña electoral en Andalucía. Ayer mismo (por el miércoles) hubo un debate en televisión donde se percibe uno de los mecanismos que yo creo que es idóneo para combatir el fascismo. El fascismo se nutre del discurso hueco, es pura referencia a valores pero vacíos. Cuando hablan de patria, no hablan de la patria real que yo puedo defender, que es un país diverso como España, que hay que defenderlo, que hay que establecer mecanismos de igualdad, aproximación, justicia social, etc. No, eso no es. Cuando hablan de la inmigración, no hablan de cuál es el problema real; dicen que son delincuentes, que nos quitan el trabajo. Esto está vacío, se comprende a poco que profundices que está hueco. 

Bueno, pues ayer se vio, pero ha habido mucho tiempo en que la izquierda, los partidos progresistas, no lo han combatido. Por supuesto, la derecha, a otro nivel, se ha aprovechado de esa ultraderecha fascista. Primero fue: no hay problema con esto, no alimentemos a la bestia. Claro, pero la bestia come, la bestia sigue avanzando. En 2016, Vox tenía 70.000 votos. En 2018, pegó una subida impresionante en Andalucía y después en las generales, por defectos de la izquierda o de los progresistas de ponerse de acuerdo, de 24 escaños subió a 52 [entre el 28A y la repetición electoral del 10 de noviembre]. En cuatro meses y sin nada que justificara ese aumento.

Antes de que llegara la extrema derecha a España, muchos pensaban que este país era una excepción, porque en no pocos países de Europa ya era casi una normalidad. 

Ese es el error. Pensar que sigue siendo válido eso de que en España somos así, que hay algo diferente. Pero sí es verdad que creíamos que estábamos vacunados porque habíamos vivido 40 años de dictadura y luego una Transición donde aparentemente, no es mi opinión, se había derrotado al franquismo. Yo creo que sigue latente en muchos ámbitos, aunque haya un discurso de que la Transición sanó todo. No, no todo se salvó y dejamos que creciera. Pensábamos que España era diferente y que estaba realmente curada, pero hay un momento en que, desde 2012 o 2013, empieza un discurso cada vez más radical, porque cuando aparecen más partidos políticos es cuando esto se demuestra. 

Mientras había una especie de bipartidismo de hecho, aunque hubiera otros grupos políticos regionales o nacionales más pequeños, el Partido Popular aglutinaba todo. Nadie necesitó salir del Partido Popular. Cuando el partido entra en crisis por múltiples razones, ya sea la corrupción o el liderazgo que se sustituye, se produce una escisión dentro del Partido Popular, que probablemente tendría que haber sido el propio PP el que percibiera que esto iba a ocurrir. Y los partidos de la izquierda venían a decir: bueno, es una cuestión del PP. Se dejó un espacio ahí que dio cabida al discurso facilón, tramposo, de una serie de sujetos que aprovecharon esa especie de calma chicha durante unos años y encontraron el terreno abonado. Si no, ¿qué sentido tiene que Vox surja como de la noche a la mañana en Andalucía? En un territorio, una comunidad que es la mía, donde si ha habido algo son políticas sociales, desarrollo político mayoritariamente, hasta hace cinco minutos, de la izquierda, desde que comenzó la autonomía. 

Por tanto, ¿a quién se le puede echar la culpa del surgimiento de la extrema derecha en Andalucía? Evidentemente a los dos partidos dominantes que no han hecho nada, uno en el Gobierno, otro en la oposición y ahora en el propio Gobierno, para que esto se detenga. ¿Entonces, en este momento, de quién es la responsabilidad de que la extrema derecha no solamente resurja sino que aumente? Está gobernando el Partido Popular y además con apoyos, ¿no? Algo de responsabilidad tendrá.

Vox ha entrado por primera vez en un Gobierno en Castilla y León, ahora puede pasar en Andalucía. ¿Es un punto de inflexión?

Aquí el problema es que, desde mi punto de vista, el Partido Popular no es consciente o no quiere ser consciente del riesgo que comporta gobernar con la extrema derecha. El Partido Popular Europeo es clarísimo. Incluso cuando entró la extrema derecha en Castilla y León manifestó su oposición absoluta a que eso ocurriera. Hay un cordón sanitario, es decir, no se niega el desarrollo de una opción política en ese sentido, pero cuando se trata de entrar a formar Gobierno, al menos en parte de Europa se levantan todas las alarmas. Y sobre todo cuando esos postulados claramente atacan, por ejemplo, a la propia base de la Unión Europea y a derechos consolidados. 

El Partido Popular en España ha roto esa línea de contención y ha optado por el poder, no por la defensa de los ciudadanos. Ese es el discurso. Pero es un discurso falso, desde mi punto de vista. Es el poder. Ha querido tener el poder a cualquier coste y ha aceptado lo que decían que no iban a aceptar, que es la entrada de la extrema derecha. Y la extrema derecha lo ha demostrado con el propio vicepresidente de la Junta de Castilla y León [Juan García-Gallardo], que ya ha hecho varias manifestaciones en un sentido claramente contrario a esos valores que nos dan sentido como pueblo y como democracia, y a luchas que ya se han librado en pro de la defensa de los derechos de la mujer, de una sociedad más integrada, más plural, más diversa. Es todo lo contrario. 

¿Qué busca esto? La implosión. ¿Cómo? Llegando ya descaradamente al Gobierno. Lo está diciendo en la campaña electoral de Andalucía: no vamos a permitir que esto sea gratis. Hay una expansión de la extrema derecha, están en ese paso que hay del populismo al fascismo cada vez más evidente. El populismo y el fascismo caminan juntos hasta que llega un momento, que yo lo refiero en el libro, en que el populismo se queda quieto y se mueve dentro de los contornos democráticos. Con el culto al líder, buscando un cambio de sociedad contra el capitalismo como tal; y otros siguen avanzando y entran de lleno en el puro fascismo cuando atacan esos valores fundamentales. Una de las características de ese fascismo disfrazado es la confrontación que hacen frente a los derechos humanos. Es decir, fascismo y derechos humanos son incompatibles. Pues yo creo que hay bastantes discursos que demuestran que esa confrontación se está produciendo.

O sea, ¿no pone reparos en considerar que Vox es fascista?

Está en un punto de inflexión. Estamos en un momento clave. Yo lo que defiendo aquí es que no es todavía un partido completamente fascista, es un partido de extrema derecha, de ultraderecha, que tiene componentes clarísimos de fascismo y que está en el tránsito, en el punto de inflexión del tránsito que antes he mencionado de ese populismo ya al fascismo. Esto está exactamente en el núcleo del problema y es muy evidente, no solo en España. La acción que Vox está desarrollando en Latinoamérica también, a través del fenómeno de la estructura de la Iberosfera, o en Europa. 

Hay unos mecanismos claros. Yo me quedé impactado con la final de fútbol del Real Madrid contra el Liverpool, cuando, tras los problemas de seguridad que hubo, el europarlamentario [Jorge] Buxadé hizo unas declaraciones tremendas desde mi punto de vista, que yo no sé si la gente supo calibrar: hasta decir que Saint-Denis, el barrio donde está el estadio, es donde están los inmigrantes, donde está el lumpen, según él, y esto demuestra que la delincuencia se relaciona con esto, con lo otro, con la inmigración, con todas las desgracias que le ocurren al pueblo francés. Bueno, ¿cómo definimos esto? Para mí tiene un nombre, es puro fascismo.  (...)"                 (Alberto Ortiz  , eldiario.es, 10 de junio de 2022)