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10/3/22

El lawfare combina estrategias jurídicas ilegítimas con estrategias mediáticas para destruir, a ojos de la opinión pública, al rival político... el caso más conocido es el de de Lula da Silva, ejemplo paradigmático del lawfare. El caso de Brasil destaca por la injerencia jurídica y política del Departamento de Justicia de Estados Unidos en la Operación Lava Jato, la saña con que actuó el juez Moro, pupilo de los cursos de formación de EE.UU. y posterior ministro de Justicia de Bolsonaro, la voluntad explícita de EE.UU. de participar en el negocio de las reservas petroleras del Pré-Sal debilitando la posición de la estatal Petrobras o de neutralizar la política exterior soberana y multipolar de Brasil. Para lograr estos objetivos, se armaron un gran número de causas contra Lula... La multiplicación de causas escasamente fundadas, la creación ad hoc de pruebas y testimonios premiados, la vulneración de la presunción de inocencia por la acción de los medios, el doble rasero en la aplicación de la ley o el retorcimiento de esta, con sus variantes locales, son elementos presentes también en la persecución a Rafael Correa, en Ecuador, o a Cristina Fernández, en Argentina. Esto permite hablar de una pauta de actuación similar

 "Arantxa Tirado Sánchez (Barcelona, 1978) es una de las politólogas heterodoxas más relevantes de nuestro país. Colaboradora del programa de radio Julia en la Onda, es doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona. Hizo su segundo doctorado en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se especializó en política latinoamericana. 

Hablamos con ella de su último libro, editado por Akal, El Lawfare. Golpes de Estado en nombre de la ley en el que caracteriza y explica el fenómeno del lawfare como un nuevo golpismo blando promovido por los EE.UU. contra los gobiernos de izquierdas en América Latina. En esta entrevista le proponemos cruzar el Atlántico y preguntarnos si las dinámicas golpistas propias del lawfare se pueden estar dando también en España.  

Lawfare no es un término novedoso, pero sí lo es la centralidad que está adquiriendo para describir una forma de hacer política por medios no democráticos. ¿Cómo lo definirías en unas pocas frases? 

Desde mi perspectiva, el lawfare, o la guerra jurídica, es el uso de una combinación de mecanismos legales, mediáticos y económicos para neutralizar, o incluso aniquilar, a un enemigo político. Es un término que surge en el ámbito militar y, por tanto, se puede considerar una táctica bélica que, por vía de la judicialización de la política, la aplicación de una legislación extraterritorial unilateral, o la injerencia en los sistemas legales y judiciales a través de mecanismos de cooperación asimétrica, logra justificar los objetivos de reconfiguración geopolítica de Estados Unidos en América Latina bajo discursos de lucha contra la corrupción y de defensa del Estado de derecho.  

En tu libro la genealogía del lawfare nos lleva a EE.UU. y a su política exterior, en especial su política exterior hacia América Latina ¿Se trata de una forma menos cruenta que los golpes clásicos para tratar de tutelar a la región?

Se podría afirmar que el lawfare es una manera más sutil de injerencia política que deja menos rastro por su diseño más quirúrgico pero que cumple el mismo objetivo de cambio de régimen. Durante la Guerra Fría, EE.UU. percibía la insurgencia de los pueblos del continente, o la llegada de la izquierda al gobierno, como un mal a extirpar de cuajo, con métodos brutales. 

La contrainsurgencia militar arrasaba poblaciones enteras en una política de tierra quemada como en Guatemala o desaparecía a decenas de miles de militantes políticos, como en Argentina o Chile, para evitar lo que percibían como una extensión del comunismo. Hoy la realidad geopolítica ha cambiado, pero EE.UU. sigue viendo todavía a la izquierda latinoamericana como un enemigo a neutralizar. La influencia de la opinión pública mundial tiene más peso en la agenda política y Estados Unidos debe mantener al menos las apariencias democráticas y tratar de presentar las acciones imperialistas bajo un discurso justificativo sobre sus buenas intenciones. 

Esto no es nuevo pero, tras la guerra de Irak, EE.UU. trata de minimizar el impacto de los “daños colaterales”, incluso en las periferias. Por ejemplo, con intervenciones bélicas más focalizadas, con uso de drones para asesinatos selectivos, bajo la idea de la “guerra limpia”, y también con golpes de Estado parapetados en supuestas irregularidades electorales, como fue el caso de Bolivia en 2019. El lawfare entra dentro de esa lógica de usar otros instrumentos armamentísticos para hacer la guerra: la ley, los medios de comunicación, las nuevas tecnologías, etc.

 Y no es sólo un tema de tutelar a la región sino de disciplinar a esas fuerzas de la izquierda que llegaron al gobierno tras los años de hegemonía neoliberal pretendiendo desviarse de la influencia estadounidense, aunque fuera mínimamente, con políticas soberanas sobre los recursos naturales de sus respectivos países. Una izquierda que dificultó la penetración de los intereses de las empresas estadounidenses en un territorio que EE.UU. concibe como su área natural de expansión y que, bajo el impulso venezolano, puso en marcha mecanismos de concertación e integración política alternativos al diseño geopolítico estadounidense. Neutralizar estas iniciativas es también el verdadero tema de fondo en el marco de la disputa geopolítica más amplia entre Estados Unidos y China por el control de recursos y mercados en América Latina, y a escala mundial, además de la lucha por conservar la hegemonía política de Estados Unidos a escala regional y planetaria.

El lawfare combina estrategias jurídicas ilegítimas con estrategias mediáticas para destruir, a ojos de la opinión pública, al rival político ¿Podrías ponerme algunos ejemplos? 

El más conocido es el de Lula da Silva, ejemplo paradigmático del lawfare. El caso de Brasil destaca por la injerencia jurídica y política del Departamento de Justicia de Estados Unidos en la Operación Lava Jato, la saña con que actuó el juez Moro, pupilo de los cursos de formación de EE.UU. y posterior ministro de Justicia de Bolsonaro, la voluntad explícita de EE.UU. de participar en el negocio de las reservas petroleras del Pré-Sal debilitando la posición de la estatal Petrobras o de neutralizar la política exterior soberana y multipolar de Brasil. 

Para lograr estos objetivos, se armaron un gran número de causas contra Lula, acusándolo de corrupción por trato de favor en contratos o de haber recibido un apartamento que no llegó a pisar nunca. Querían evitar que se pudiera presentar a las elecciones de 2018, donde las encuestas le daban una holgada victoria. La maquinaria mediática se activó para posicionar esta imagen corrupta de Lula (y también de Dilma Rousseff, que había pasado por un muy cuestionable proceso de impeachment previo) usando a los principales medios de comunicación. Estos se dedicaron durante meses a bombardear sobre los casos de manera sensacionalista, estableciendo una suerte de juicio paralelo, en una operación que bien se pudiera tildar de manipulación de masas. 

Una práctica enfocada a condicionar a la opinión pública brasileña, a la que se sumó un poder judicial y un ministerio fiscal que, coordinados, iban filtrando parte de la información a la prensa para obtener mayor impacto, vulnerando la supuesta imparcialidad del poder judicial, la presunción de inocencia o el debido proceso. Además de las irregularidades procesales, en el lawfare contra Lula se aplicaron herramientas jurídicas que han abierto un debate entre los penalistas más críticos. Finalmente Lula ha acabado siendo absuelto en varias de las causas, otras han sido archivadas, mientras que el juez Moro está siendo investigado por parcialidad.

 La multiplicación de causas escasamente fundadas, la creación ad hoc de pruebas y testimonios premiados, la vulneración de la presunción de inocencia por la acción de los medios, el doble rasero en la aplicación de la ley o el retorcimiento de esta, con sus variantes locales, son elementos presentes también en la persecución a Rafael Correa, en Ecuador, o a Cristina Fernández, en Argentina. Esto permite hablar de una pauta de actuación similar. 

En el caso de Cristina Fernández destaca, además, la intervención en contra de la presidenta por personajes vinculados a los servicios de inteligencia extranjeros y un encarnizamiento mediático, tildado como “periodismo de guerra” por el mismo Grupo Clarín, seguramente agravado por su condición de mujer, pues para destruir su imagen pública se llegó a cuestionar su salud mental, en una lógica de actuación que hace recordar a aquellos que tildaban a las mujeres de histéricas y desequilibradas. Pero el “desequilibrio” de Cristina Fernández era el mismo que tenía Rafael Correa: tratar de democratizar el espectro mediático de sus respectivos países, algo que estos medios hegemónicos y los grupos de poder vinculados a ellos, no les perdonaron.

 Las técnicas de guerra cultural de la nueva ultraderecha reaccionaria se inscriben claramente en una nueva época donde las viejas normas de la democracia liberal son despreciadas sistemáticamente ¿Qué opciones tiene la izquierda para enfrentarse a una derecha que miente y provoca sin complejos? 

Esta es una pregunta clave pero me temo que su respuesta teórica, siendo compleja, es mucho más fácil que el intento de llevarla a la práctica. La ultraderecha siempre juega con ventaja. La primera es que no tiene límites ni escrúpulos. Además, puede permitirse cuestionar las reglas del juego sin que eso tenga repercusiones negativas pues, en el fondo, bajo un discurso aparentemente rupturista lo que hace es defender el funcionamiento del sistema capitalista. Esto el poder lo sabe, de ahí su connivencia o incluso relación orgánica con estas opciones políticas, como muestra el caso de Vox en España. La experiencia histórica ha demostrado que el poder económico, que es el que realmente manda, ha prescindido de la forma política de la democracia liberal cuando lo ha considerado preciso, a la Alemania nazi o al Chile de Pinochet me remito. 

La izquierda, por el contrario, no se siente cómoda en el juego sucio de la ultraderecha. Su tradición política es otra y está vinculada a la defensa de la verdad, como vía para la emancipación. Además, debe mantener las formas, incluso no se le permite expresar abiertamente sus propuestas de un ordenamiento político, económico y social alternativo, cuando las tiene, so pena de una marginación institucional o linchamiento mediático. 

Además, hay otros aspectos de debilidad de la izquierda que dificultan desarmar la estrategia de la ultraderecha. La izquierda está yendo a contrapelo de esas guerras culturales. La ultraderecha logra marcar la agenda del debate político en redes, desviando la atención hacia discusiones estériles y logrando que la izquierda tenga que perder tiempo defendiendo derechos ya adquiridos que no deberían ser siquiera cuestionados. Eso en el mejor de los casos. En otros, hay una izquierda dividida y peleada entre sí.

 Pienso, por ejemplo, en cómo se ha abordado en las redes la Ley Trans en España, avalando por parte de cierto feminismo y cierta izquierda los argumentos y la estrategia de la ultraderecha de usar casos anecdóticos como amenazas generalizadas que justifiquen políticas discriminatorias a determinados colectivos. Hace falta mucha claridad ideológica en estos tiempos y eso pasa por la formación política y por la pedagogía, además de por fomentar el pensar en colectivo frente al individualismo actual. Este, producto de años de hegemonía neoliberal, permite que cale la insensibilidad sobre la que se construye ese “otro” que la ultraderecha presenta como el enemigo.

En definitiva, se necesita una izquierda que no mire tanto a qué hace la ultraderecha, sino que logre marcar los temas de la agenda política, con un discurso propio, que recupere la tradición de los valores colectivos de la izquierda, sin ningún tipo de flirteo con las ideas de la ultraderecha, desmontando sus mentiras y contradicciones con argumentos, eligiendo bien cuándo y dónde confrontarla, para tratar de llevarla a un terreno donde su modus operandi sea menos efectivo. Sin olvidar que lo más efectivo siempre es demostrar con hechos a la clase trabajadora que la izquierda es la opción política que realmente sirve para defender sus intereses. 

¿Hasta qué punto las redes sociales son un terreno de combate relevante en la nueva guerra cultural? 

Son esenciales porque las guerras culturales contemporáneas no pueden entenderse, de hecho, sin el papel de las redes sociales. En la actualidad esta ultraderecha puede posicionar sus mentiras y provocaciones de manera más extendida y efectiva, por el propio formato de redes como Twitter, no diseñadas para el intercambio de ideas sino para las consignas, la simplificación de argumentos y la polémica, donde se pueden posicionar y replicar fake news a golpe de talonario. Pero que lo hace también gracias al crecimiento de Instagram, donde la imagen importa más que los argumentos, o usando influencers en canales de YouTube que ven miles de personas. Y aquí hay que reconocer que la izquierda está siendo reactiva y va también a remolque. 

No creo que sólo debamos enfocarnos a la guerra cultural y a las redes sociales, pero me parece fundamental la disputa en ese terreno pues tiene un peso grande a la hora de conformar el imaginario político de buena parte de la sociedad actual, sobre todo de los jóvenes. Aunque, por supuesto, hay, y debe haber, vida política fuera del mundo virtual, es innegable el impacto que las redes sociales tienen en tanto los medios tradicionales replican sus contenidos y la política se ha desplazado en parte a ellas porque los líderes las usan como ágora principal, para bien o para mal. 

En tu libro pones muchos ejemplos latinoamericanos de lawfare contra la izquierda pero, si me permites una crítica, eres más prudente a la hora de hablar de lawfare en España contra Podemos y los independentistas, no tanto porque no te parezca grave lo que ha sucedido, como por el hecho de que no aparece EE.UU. como operador. ¿Crees que está pendiente el libro sobre el lawfare en España? Quizá deberíamos ponernos a ello. 

Sí, es cierto que mi libro se enfoca en los casos de América Latina y pasa de puntillas en la introducción sobre el lawfare en España, aunque retomo esta conexión en la parte final para lanzar algunas advertencias. Esto es así, primero de todo, porque el libro se hizo con la voluntad de denunciar las nuevas modalidades de injerencia de EE.UU. en América Latina desde una caracterización del lawfare como arma bélica para la reconfiguración geopolítica, tratando de diferenciarla de la mera judicialización de la política. Ese elemento geopolítico con EE.UU. como actor principal en la sombra no se percibe, al menos no de manera directa, en el caso español y catalán, donde operan otras variables y donde el marco geopolítico tiene otras coordenadas por la pertenencia de España a la Unión Europea. Digamos que aquí la UE ya ejerce de camisa de fuerza para la contención política, es decir, para garantizar que cualquier fuerza de la izquierda que llegue al gobierno tenga unos márgenes de actuación bastante limitados, por decir lo menos, como demuestra dramáticamente el caso de Syriza en Grecia.

Sin embargo, creo que se puede hablar de lawfare para el caso español porque la persecución judicial y mediática a varios cargos de Unidas Podemos, al propio partido de Podemos inventando financiaciones bolivarianas con difusión de pruebas falsas de manera coordinada en programas de máxima audiencia, o la arremetida judicial, política y mediática contra las posiciones del independentismo catalán, negando su legitimidad, exceden la mera judicialización de la política. 

Nos encontramos ahora mismo en España en un terreno peligroso: una justicia politizada, con un sesgo ideológico conservador y de clase muy marcado, está usando la ley como herramienta de disciplinamiento político, de la mano de unos medios parcializados, sean privados o incluso públicos, lo cual es todavía más grave, que establecen cuál es la agenda política y dónde están los límites posibles de la acción política legítima. Esta se encuentra siempre circunscrita en un espectro que va del centro-izquierda hacia una derecha que, por el contrario, no tiene límites para expandirse hacia su derecha, ni cuestionamientos contundentes en estos mismos medios sobre su ultraderechización. 

De hecho, estos medios marginan a ideas de izquierda más rupturistas mientras están dando cabida de manera desproporcionada a voces mediáticas que permiten normalizar el marco de análisis de la ultraderecha. El resultado es que legitiman unas ideas excluyentes volviéndolas parte de un sentido común que no se corresponde con la sensibilidad mayoritaria de los ciudadanos españoles pero que, por el eco mediático que reciben, refuerzan las posiciones neofascistas, al menos en el debate público, con cierta traslación en lo electoral también. 

Creo que esta ofensiva mediático-judicial es muy grave, en efecto, y pone en evidencia las trampas de los pilares discursivos en que se sostienen las democracias liberales, mostrando algunas de sus limitaciones. Por ejemplo, en cuanto al respeto que debiera existir ante la voluntad soberana de quienes optan por opciones de transformación económica y ampliación democrática en regímenes que no aceptan, en el fondo, el cuestionamiento de sus fundamentos económicos y políticos.

 No es un problema exclusivo de España pero hace falta explicar cómo opera aquí. Creo que ese libro que propones no tardará porque el lawfare forma parte inevitable del debate político actual. Me consta que en la academia ya hay gente trabajando en el lawfare español y hace meses se publicó un libro sobre el lawfare catalán. Es muy importante que se incorporen más perspectivas al análisis, también desde el ámbito jurídico y no sólo periodístico, sea denunciando el lawfare como ataque a los propios pilares de la democracia liberal, sea analizándolo como parte de un tradicional uso de la ley como expresión de un poder de clase inherente a las democracias liberales. 

Facilita que la sociedad tome conciencia de cómo opera el poder a la hora de evitar cualquier cambio sustantivo y ayuda a tomar conciencia colectiva sobre la necesidad de construir alternativas, sin olvidar que el lawfare es una más de las estrategias del poder, pero no la única.  

Te lanzo ahora un cuestionario rápido. Yo lanzo una voz para un posible diccionario sobre el lawfare y tú haces la descripción de la voz. 

Lula: Un caso paradigmático de cómo se ha usado la persecución judicial para la reconfiguración geopolítica. Su absolución en varias de las causas y el archivo de otras demuestran el carácter totalmente instrumental de las acusaciones en su contra. 

Jeanine Áñez: una golpista que se presenta como víctima de un lawfare inexistente. El colmo del cinismo. 

Rafael Correa: un presidente condenado al exilio por culpa del lawfare que ha tenido en su sucesor a uno de sus principales verdugos. Su mayor delito parece haber sido señalar la falta de democracia mediática y el monopolio existente en los medios de comunicación. 

Juan Guaidó: el títere del fracaso más estrepitoso del golpismo estadounidense en América Latina. 

Kast: el pinochetismo del siglo XXI, muestra viva de las conexiones entre el fascismo histórico y la ultraderecha actual, heredera de la tradición golpista latinoamericana.

Fernández Díaz: el cerebro del Informe Pisa contra Podemos, entre otros, símbolo de esas familias “bien” que siguen creyendo que el Estado es suyo y que pueden operar a su antojo usando las instituciones para la perpetuación de su poder económico y político.

Ana Rosa Quintana: la operadora mediática al servicio de los poderes fácticos españoles, necesaria para la difusión masiva del argumentario de la ultraderecha entre amas de casa y jubilados en horario matutino.

Inda: la pantalla pseudo periodística de las cloacas del Estado español en su versión humana más infame. Ariete principal en la estrategia de neutralización y aniquilamiento de Podemos vía fake news. 

Villarejo: la cabeza visible de la policía política, el fontanero de las cloacas del Estado que dejó de ser útil para ser incómodo. Ejemplo de las continuidades entre la dictadura franquista y el régimen del 78 y de la labor de inteligencia presente en el lawfare."                    

(Entrevista a ARANTXA TIRADO / Autora de ‘El Lawfare. Golpes de Estado en nombre de la ley’, Pablo Iglesias, CTXT, 02/01/22)

24/11/20

“No hubo debate en España sobre la reconversión industrial”... la revuelta obrera en Cartagena del año 1992, que se saldó con la quema del parlamento regional. El mismo año de, ¿lo recuerdan?, la Expo y los Juegos Olímpicos…

 "Nacido en el año 1981, en Murcia, Luis López Carrasco es miembro de Los Hijos y uno de los mejores y más arriesgados realizadores del país. Cercano a los experimentos entre la ficción y la no-ficción de Joaquim Jordà o Isaki Lacuesta, sus filmes El Futuro o Aliens buscan traer de vuelta cierto pasado oculto de España. Arqueólogo de heterodoxias, Carrasco trae ahora del olvido la revuelta obrera en Cartagena del año 1992, que se saldó con la quema del parlamento regional. El mismo año de, ¿lo recuerdan?, la Expo y los Juegos Olímpicos… 

¿Cuándo te contaron por primera vez las luchas sindicales de Cartagena?

No, de estas luchas no me habían contado nada. Solo recordaba ver el parlamento ardiendo en televisión cuando tenía once años y no entender absolutamente nada (risas). Y esto lo recordaba porque en el año 87 u 88 nos habían traído una lámina para colorear de ese edificio, que tenía un estilo ecléctico de imitación de Gaudí… Yo lo había coloreado y se me había quedado grabada la imagen de la fachada.

¿Había alguien cercano al suceso en tu familia o en tu círculo social?

De las luchas sindicales no conocía apenas nada, aunque yo iba a Cartagena de niño (mis abuelos vivían allí). Mi abuelo trabajaba en un banco, era subdirector y mis padres son médicos, psiquiatras, en Murcia. En mi colegio había más clases sociales, entre ellas gente de la construcción, pero gracias a la milenaria rivalidad entre Murcia y Cartagena (risas), según la cual en un lugar se ignora a otro, y que apenas había gente de mi familia de esa extracción, no me enteré. En un viaje a un certamen flamenco, con unos amigos de mi hermano, me encuentro con alguien cuyo padre es extrabajador de Navantia y le cuento que quiero profundizar en el tema. Es Raúl Liarte, que luego sería coguionista de la película. Había estudiado audiovisuales y es él quien tiene el vínculo. 

Era un “hecho monstruo” para todos los que vivieron esa revuelta, según los testimonios que grabas, pero estos no aparecen apenas en la prensa del tiempo. ¿Existió un silencio deliberado en la prensa, especialmente la socialdemócrata, con estas revueltas?

La sensación que yo tengo, después de ver dosieres de prensa y la televisión de aquel tiempo, es un poco parecida a la actual: son “eventos isla”. Cuando hay algún gran disturbio, puede abrir un informativo, pero no hay un seguimiento. Recuerda a lo actual cuando hay movilizaciones laborales o desahucios. Si que es cierto que en El País solo citan que se ha quemado un parlamento y…

“Estas no son maneras”, dice un jubilado como título respecto a la quema del parlamento de Murcia en una noticia de El País…

Mientras que en ABC sí se habla de heridos, de disturbios, más que de la quema del parlamento.

Esos finales de los 80 e inicios de los 90 son la edad de oro de PRISA como escudo del PSOE, apenas hay disidencia.

No, no la hay. Hay un buen reportaje en Antena 3, de diez minutos…

Pero más que como solidaridad obrera, como método de desgastar al felipismo…

Sí, absolutamente. Si mal no recuerdo, uno de los diputados del Partido Popular aparecía en Tele Cartagena con un discurso todavía de defensa de los derechos de los trabajadores.

Todavía parte del PP era estatalista, poco liberal…

Claro. Tengo que decir que la televisión local de Cartagena hizo una cobertura envidiable, ¿eh? Ahora solo da cobertura ADSL, pero nos pasó los materiales y eran estupendos.

¿Eran viables las empresas cartageneras en el sistema mundo? Especialmente aquellas destinadas a los fertilizantes, que comentas en tu pieza que se habían modernizado...

Sobre la viabilidad de estas empresas, claro, es evidente que en el filme tiene cierta preponderancia la visión sindical, puede estar escorado.

Cito la empresa de fertilizantes, porque si bien era difícil que la industria pesada pudiera competir con los tigres asiáticos, me sorprende que se vendiera a especuladores una empresa tan especializada y parece que sin pérdidas…

Hay una cuestión, que se quedó fuera del montaje, y es que Paco Segura, de CC.OO., cuenta que luego de la privatización, de la mala venta de esas empresas, España acabaría importando fertilizantes a Francia por el doble de lo que le costaba producirlos. Esa especie de geoestrategia intraeuropea de la cual no se pueden conseguir datos de cómo se pactó…

Parecen pactos económicos secretos, al estilo de Yalta, donde se decide la vida de decenas de trabajadores…

Exacto. Lo que es significativo es que luego de años de negociación y varios planes de inversión y empleo, Carlos Solchaga decide saltárselos a la torera y malvender a un grupo especulador. Lo que se pretende es vender ese centro de las ciudades: la desindustrialización va unida muchas veces a fenómenos de especulación inmobiliaria con el ladrillo. Hay un libro sobre la reconversión en Gijón, coordinado por Carlos Prieto, donde el proceso es el mismo: hay unos gobernadores y propietarios de empresa pública que se funden toda la pasta en congresos o viajes. El caso de los fertilizantes es ejemplar en el sentido que además era un sector estratégico. 

¿Cómo es posible que el PSOE vendiera empresas que daban beneficios a un “mangante”, definición de alguien tan poco comunista como Jiménez Losantos, como Javier de La Rosa? ¿Quién fue el responsable de esa poca visión estructural?

Según la película, Carlos Solchaga, aunque no soy un especialista. Se rumorea que en estas ventas siempre estaba de intermediario nuestro querido rey emérito.

Es vox populi que el gran momento de corrupción en España es a finales de los 80. Pero ¿no es una gran paradoja que en ese mismo año 1992 “de las luces” dos extremos del Mediterráneo, Yugoslavia y Cartagena, estuvieran en llamas?

Es interesante esto, ya que conecta con la idea de la cobertura mediática. No puedes decir que la noticia de la revuelta en Cartagena se tapó: abrió un telediario, pero fueron enmarcados de manera distinta. La comparación entre Yugoslavia y Cartagena no sabría decirte, pero nunca se debate en profundidad si la reconversión se está llevando de manera adecuada. Es decir, no se percibe como un problema nacional: está totalmente atomizado. Esto genera unos procesos de insolidaridad que no se habían dado en el antifranquismo, en los años 70. En el marco mediático, con respecto a él, el monopolio de la violencia pertenece a ETA y todo aquello que sea violento en las calles se puede llamar “terrorista”. Ahí aparece en la prensa la idea de “los incontrolados” o los “antisistema”.

La quema del parlamento se iguala a esto y le echan el muerto a dos delincuentes comunes. Los trabajadores, y esto no sale en la película, se auto inculpan todos, en un proceso de solidaridad interesante. A lo que quiero llegar es que no se debate sobre la reconversión: el marco de debate es el pasado versus el futuro. Es decir, los trabajadores que se están negando a la reconversión son personas en contra del progreso. Es una cuestión metafísica y si te niegas al futuro te pueden entroncar con el franquismo….

La parte en la que echan abajo la puerta del alcalde casi remite a las luchas obreras de inicios del siglo XX.

Nadie quiere estar en la calle manifestándose debajo de la lluvia. Eran personas que les habían obligado a gastar todo su paro: se quedaban en la calle.

De hecho, el franquismo sociológico, que era antiliberal, no quería que se privatizaran las empresas porque las consideraba “riqueza del país”.

Claro. El INI, el instituto para industrializar España, tiene un protagonismo en la película. No había elementos de debate y paralelamente la opinión pública estaba pendiente de los macroeventos deportivos y culturales del momento. Tampoco quiero infravalorar 1992 como “un espejismo”, es una de las pocas veces que la sociedad española estuvo unida en algo.

¿Cómo es posible que se dejara a 100.000 personas por la reconversión en la calle mientras Campsa, petrolera estatal, pagaba una millonada absurda a Camilo José Cela para realizar anuncios a su gusto?

(Risas.) Sí, claro: casos como esos hay cientos. Despilfarros cósmicos mientras se están negando los días de indemnización por despido. Existe una demonización del sindicalismo, como si este disfrutara manifestándose constantemente. Lo que me quedó claro en el caso de Cartagena es que las negociaciones colectivas estaban destruidas, reinaba la desesperación…

Mientras dejaban a miles en la calle, hablaban de la España triunfadora del 92.

(Risas.) Yo creo que todos los gobiernos emiten propaganda. En el caso español las instituciones intentaban legitimar un sistema extractivo para las elites reinantes. En aquel momento se estaba legislando para la mayor concentración oligopolista. Hay un momento en la película en la que se ve el holding olímpico internacional y son todas esas marcas: Dragados, Acevesa, Huarte, etc. Florentino por un tubo (risas). Los llamo los créditos “oficiosos” del documental.

La mayoría de empresas eran del ladrillo, apenas tecnología: no diversifican.

El modelo de crecimiento diseñado es el mismo que el del desarrollismo franquista, pero sin la industrialización. Atracción de capitales internacionales para absorber grandes bolsas de empleo no cualificado, como cuentan Emmanuel Rodríguez e Isidro López en su libro Fin de ciclo.

Ese modelo de ladrillo ya fracasó a mediados del XIX con la especulación del Marqués de Salamanca en la Castellana: acabó arruinado, ya que no hubo demanda para sus casas.

Qué interesante. Por cierto, se me ha olvidado decir que el alcalde del PSOE de Cartagena, José Antonio Alonso, acabó imputado por la trama Púnica.

¿Por qué no lo entrevistaste para el documental?

Intenté eludir las portavocías, las personas que hablaban mucho en los documentales de aquel tiempo.

En tu documental hay varios nostálgicos de lo que se llamó franquismo sociológico y su mercado controlado que permitía sobrevivir a estas empresas ¿No es tenebroso pensar que los intereses industriales españoles estaban mejor defendidos durante la dictadura?

Claro. Es tenebroso y peligroso: hay que tener cuidado con nostalgias industrializadoras que quizá son un pelín anacrónicas. Sobre todo, en un marco europeo y con la globalización de por medio. 

Está empezando a existir en Europa una convergencia de modelos antiliberales entre la derecha identitaria y la izquierda alter mundialista.

Yo no sé si eso que se ha dado en llamar rojipardismo es una realidad…

¿No hay una responsabilidad de los intelectuales de izquierdas al no protestar apenas por estos hechos?

Lo que se percibe en los años 80 es el control absoluto que se tenía de Televisión Española: la salida de José María Calviño. Existe un cambio a mediados de los 80 potente: desaparecen los espacios más libres como La Bola de Cristal, La Clave un poco antes, etc. Realmente había poco espacio para el debate. Hay una cuestión interesante y es cómo la prensa da cuenta de todo. No se puede hablar de “silenciamiento”. Estoy pensando en cómo aparecía el GAL en El País Semanal o cómo lo hacía con los debates sobre la Constitución europea. Suele existir una supuesta “neutralidad” con pensamientos a favor y en contra, pero que son debates pantomima. Si bien creo que no he podido profundizar. Ahora, ¿consideramos que Tele 5 y Antena 3 trajeron pluralidad informativa?

Al final es un juicio de valor…

¿Después del 15M se ha abierto la pluralidad informativa en España? Podríamos considerar que sí. ¿Esto hace que estemos más aislados en nuestras burbujas informativas? En El País estaban Vázquez Montalbán o Sánchez Ferlosio que sorprenden por estar en contra de la posición del gobierno, es difícil generalizar o certificar...

Volviendo a la parte fílmica, es imposible no pensar en los documentales de Joaquim Jordà sobre la empresa Numax y la sensación de desencanto en la izquierda obrera con el gobierno del PSOE ¿Los tuviste en cuenta a la hora de realizar este trabajo?

Para mí hay un descubrimiento y es la película Después de... de Cecilia Bartolomé y José Juan Bartolomé. No se menciona tanto como las obra de Jordà o Portabella porque tiene un aspecto más de reportaje y quizá para la cinefilia hay ciertas cuestiones de prestigio estético que si no están integradas en la obra no se tienen suficientemente en cuenta. Mientras yo preparaba El Futuro, lo he mencionado ya, vi al mismo tiempo Pepi, Luci y Bom y Después de…. Son casi del mismo tiempo, más o menos, y parecen hablar de dos países totalmente distintos. Después de… acaba de rodarse en enero de 1981, es decir Cecilia y José Juan han insistido mucho en que la gente no se expresara con esa vehemencia y libertad luego del 23-F.

Coincide con tu trabajo en que está poco editada, es muy natural…

Sí. Hemos querido mantener la continuidad de plano, sin ningún Jump-cut, para que se fuera desarrollando la opinión de los protagonistas y el pensamiento discursivo. Quería volver a Después de… porque al ver la película me pregunté el “¿qué fue de ellos?” respecto a todos esos grupos sociales. Toda esa gente desaparece del imaginario. ¿Dónde están? Siguen en sus lugares, pero el cine español ya no los atiende. La sensación es que todos se convirtieron en clase media de la noche a la mañana, lo cual es un espejismo.

Esa película tiene una pluralidad de testimonios que para mí fue muy influyente. También está la estela De Nens de Jordá y también Numax Presenta, pero se nos cayó la parte ficcional que tiene el último. Incluso el trabajo del Colectivo Videodrome; ante la ausencia de imágenes que no fueran prototípicas de los 80 acabé viendo imágenes de videoclips de Obús. Quería ver imágenes documentales de Vallecas. O el proyecto Nueva Ilustración Española de José Luis García Sánchez y Basilio Martín Patino, donde intentaron hacer una revista en vídeo. Se vendía en quioscos y en cada cinta entrevistan a Ricardo Bofill y luego a un heroinómano en la calle. Hay todo un discurso de las televisiones locales como “memoria comunitaria” que nos ayudaría a componer la realidad social.

La legislación era muy restrictiva: cuenta Jimmy Giménez-Arnau en sus memorias que montó una televisión pirata en Ibiza, en plan reality, con entrevistas extremas. Y creo que llegaron a entrevistar a un mudo…

Enrique Bustamante, de hecho, insistía mucho cuando daba clase en la Complutense en que las legislaciones del audiovisual han arrinconado a las teles locales.

¿Es deliberada la calidad vídeo VCR de las piezas rodadas en el presente? ¿Buscabas combinar estas con las piezas de televisión del tiempo? Parece una realidad caleidoscópica, entre la ficción y la realidad y el bar fuera el eterno retorno de todos....

Bueno, la idea de “eterno retorno”, la idea de “limbo” o “tiempo circular”, está en la génesis del proyecto. Incluido lo de encerrarlos en el bar: es la idea de conectar dos tiempos, de encerrarlos a la vez…

Recuerda estéticamente mucho a No de Pablo Larraín, que también combinaba formatos con mucha habilidad.

Fíjate que No me gusta mucho, pero creo que allí el U-matic es un pequeño pretexto. Aquí también lo es, pero creo que hemos intentado usar este formato de la época de una manera más concienzuda que el propio Larraín.

Larraín es más estético, al ser una ficción…

Es más estético, claro. Pero en nuestra película había una intención de que hubiera continuidad entre el material de archivo y el actual, que se desdibujaran temporalmente en la primera parte del filme. Esto me permitía realizar esas comparativas o asociaciones entre generaciones de una misma clase social. Luego creo que el Hi8 es un formato doméstico, de microhistoria, de cotidianidad. De alguna manera, como codificación cultural, dentro de 150 años esas asociaciones quizá no existirán…Esos naranjas, azules, del Hi8 me llevan a esa Cartagena perennemente contaminada. José Ibarra, asesor y uno de los protagonistas de la película, me citó a las seis de la mañana en el chiringuito de Navantia y luego me llevó al valle de Escombreras. Allí me dijo: “Huele… esto es anhídrido sulfuroso: a esto tiene que oler la película” (risas).

¿Fue deliberado enfrentar a los distintos testimonios, algunos opuestos, en el documental?

Sí. También el policía. Éramos muy conscientes de que por nuestras afinidades con la izquierda la película podía acabar teniendo un sesgo panfletario. No queríamos hacer una hoja parroquial de CC.OO. Luego había muchas diferencias entre los líderes obreros: no es lo mismo lo que opinan los líderes sindicales antiguos, que odian a los líderes actuales. Por eso pusimos a Ibarra en el último segmento razonara sus motivaciones: estas pueden ser convincentes o no. Intentamos en todo momento que los interlocutores que no estuvieran de acuerdo fueran convincentes y pudieras empatizar con ellos. Me preocupa muchísimo que convirtamos en “parodia” al votante conservador o de ultraderecha. Este votante tiene sus motivos…

Es la cita de Welles sobre su ambigüedad: “Todo villano debe tener sus motivos” …

Claro. En este caso lo intentamos bastante. Me gustaría que en la película hubiera aparecido un militar en activo, además de más policías. Al militar no le permitieron aparecer. Hay otros huecos de representación sin cubrir en la película: trabajadores magrebíes y más mujeres, que participaron en las movilizaciones del 92. Intentamos encontrar a la mujer que dice “…estoy aquí en la puerta del parlamento y…” pero se fue a vivir a Sevilla, y no fue posible. 

¿Siempre te planteaste este documental a dos pantallas?

Originariamente nos pareció que recreaba muy bien la experiencia de habitar el espacio del bar. Multiplicaba el espacio: recreaba la experiencia de estar en la barra del bar, escuchando y mirando lo que dicen otros. Era un montaje fluido y orgánico. La película pretende conectar lo individual en lo colectivo, especialmente en el aperitivo. En el epílogo, cuando mostramos todos los rostros contrapuestos que ya has visto, adquiere un significado nuevo. Casi los títulos de una sitcom, donde ves a los personajes otra vez… 

Reivindicas también la oralidad, el dialecto murciano, en los testimonios y ofreces una pequeña ventana a su cultura popular ¿Ha sido estigmatizada el habla en el resto del país?

Sí…

¿Están guionizados?

En ningún momento. Yo desconozco cuánta producción murciana y de su idiosincrasia ha existido en los últimos años, pero hay una apuesta nuestra por mostrar esa cultura. Hay una serie de estereotipos muy fuertes respecto al sur de España. Ya sabrás esa anécdota de la Complutense: el profesor de radio decía a principio de curso aquello de “todos los murcianos están suspendidos”. A mí ha habido trabajos donde me han dicho que no hable con acento, porque no podían tomarme en serio. Por eso quería hacer una película con tanto acento murciano y que cuando parezca alguien, que es de Burgos, te salte la alarma: “¿qué raro?”. Es importante no reforzar estereotipos.

Murcia se ha convertido ahora en la mofa nacional, es el nuevo Lepe, y yo quería entender de otra manera ese colectivo. Porque eso genera al fin y al cabo baja autoestima en el colectivo y detrás de ello, creo, siempre está la ultraderecha…

¿De dónde viene la durísima tradición sindicalista de Cartagena? (Cantón de Cartagena, Guerra Civil, etc.) ¿Crees que compite con Asturias, Euskadi o Barcelona como región "más conflictiva socialmente" del país?

Yo creo que procede totalmente de su tradición industrial, de su tradición obrera. Un historiador me comentaba que en la Segunda República se decía que Cartagena era Moscú y Murcia, Roma. Los astilleros de Bazán, los astilleros reales, los monta Felipe V en castigo a Cataluña por el apoyo al candidato de los Austrias. Era un foco industrial y las primeras CC.OO. se crean en Bazán.

El Partido Popular lleva presidiendo Murcia desde el año 95 y dominando la ciudad de Cartagena ¿Fueron estas revueltas sociales el inicio del fin de la izquierda allí?

Para mí la cuestión fundamental es: ¿cómo debían de ser de fuertes las presiones internacionales para que se acometiera la reconversión industrial? Quiero decir, es una política suicida: están legislando contra sus votantes. Yo conozco casos de votantes de izquierda que prefirieron morirse votando al Partido Popular, castigar al PSOE, que votar a otras opciones de izquierda precisamente por la rabia o el sentimiento de traición.

¿Cuándo vas a adentrarte en el cine de ficción de nuevo? El futuro es una excelente pieza de retro futurismo...

La verdad es que no lo sé. Me gustaría que el próximo proyecto fuera de Antonio García Quesada, que al final no salió en el documental. Fue el primer insumiso al servicio militar con condena civil y era de Cartagena. Tengo una entrevista con él de 50 minutos, en la cual hace repaso del movimiento antimilitarista. Con respecto a la ficción, soy incapaz al acabar un proyecto de pensar en otro porque acabo totalmente quemado. Más en este, que han sido tres películas en una.

Por otra parte, siempre he querido adaptar las escenas corales de las novelas de Max Aub: hay una escena fascinante en Campo de Sangre que es absolutamente increíble, también en La calle de Valverde, a la que sería interesante aproximarse por ser en un bar, de rollo tabernario. No tengo ni la más remota idea, vaya.

¿Serías capaz de hacer cine comercial utilizando los parámetros fuera del documental? ¿O es un sacrificio moral para tu manera de realizar estas obras?

Tengo la inmensa suerte de trabajar con Luis Ferrón, que me da libertad absoluta.

Pero, ¿podrías hacer cine convencional sin estética documental?

Sí, sin problema. No sé si me parecería, eso sí, estar en un proyecto donde no tuviera control total.

¿Cómo valoras el éxito de la pieza? ¿Lo esperabas? ¿O quizá preveías algo más local?

Lo esperaba.

Es un poco narcisista esto… (risas.)

(Risas.) A ver, desarrollo un poco. Tenía dudas de si iban a poder seleccionar los festivales una película de tres horas y veinte. Siempre tienes dudas de si una película tan local va a funcionar. Ha sido premiada en lugares como París, Tesalónica, Bogotá, Toulouse, México DF, Curitiba Brasil, Jeonju Corea y en Sevilla, y a la salida del filme me encuentro a público japonés, coreano o chino diciendo “a nosotros nos pasa lo mismo”, quizá porque hablaba de un fenómeno global laboral. Ahora, te confieso, con mi narcisismo, sabía que la película iba a funcionar. No sabía si en dos, diez, veinte años o ahora, pero confiaba en ello.

El documental empieza y acaba con dos sueños; alucinaciones, en parte de impotencia. ¿Es esta frustración la que lleva a muchos obreros a votar opciones nacionalistas estatales o locales en el país?

Yo sería muy cuidadoso en dar por sentado que a la ultraderecha la vota la gente trabajadora. Hemos visto en las primeras elecciones andaluzas, según el catastro de El Ejido, que votan a Vox los barrios de urbanizaciones. Vota la clase media empobrecida con la crisis, que no soporta que “las vacas gordas” no vayan a volver. En Murcia, votan extrema derecha los empresarios agrícolas, regantes, cuya mano de obra es la inmigración no regularizada. En cambio, en Mazarrón o en Águilas, más obreros, sigue ganando el Partido Socialista. Es importante no asociar clase trabajadora y ascenso de la ultraderecha, de ahí que la última frase de la película sea: “La próxima vez que me cruce con los nazis, se van a acordar de mí…”.              (Julio Tovar, CTXT, 18/11/20)

20/10/20

En materia de regulación ambiental, finanzas, seguridad del consumidor, antimonopolio o política comercial, los funcionarios gubernamentales han cedido el control a las corporaciones porque son las corporaciones las que determinan cómo se produce y se difunde el conocimiento. La única solución real es hacer que las empresas sean más democráticas. Eso significa dar a los empleados y las comunidades locales una voz directa en la forma en que se gobiernan las empresas.

 " Se ha promovido el "capitalismo financiero" para equilibrar el mercado y la sociedad, pero en última instancia, la única solución es hacer que las empresas sean más democráticas.

Hace cincuenta años, Milton Friedman publicó un artículo en el New York Times que articulaba lo que ha llegado a conocerse como la doctrina Friedman: `` la responsabilidad social de las empresas es aumentar sus ganancias ''. Era un tema que había desarrollado en su 1962 libro Capitalismo y libertad, donde argumentó que la "única" responsabilidad que las empresas deben a la sociedad es la búsqueda de ganancias dentro de las reglas legales del juego.

La doctrina Friedman puso su sello en nuestra era. Legitimó el capitalismo despreocupado que produjo inseguridad económica, alimentó la creciente desigualdad, profundizó las divisiones regionales e intensificó el cambio climático y otros problemas ambientales. En última instancia, también provocó una reacción social y política. Muchas grandes empresas han respondido adoptando, o hablando de labios para afuera, la noción de responsabilidad social corporativa.
Bien social

Esa noción se refleja en otro aniversario este año. El Pacto Mundial de las Naciones Unidas, lanzado hace 20 años, apunta directamente a la doctrina Friedman al tratar de persuadir a las empresas para que se conviertan en agentes del bien social más amplio. Más de 11.000 empresas que operan en 156 países se han adherido, asumiendo compromisos en las áreas de derechos humanos, estándares laborales y ambientales y anticorrupción.

 John Ruggie, el académico que jugó un papel clave en el desarrollo y la gestión del Pacto Mundial, describe ésta y otras iniciativas similares como esfuerzos transnacionales que ayudan a las empresas a desarrollar identidades sociales.

 Al promover normas de comportamiento, estas iniciativas permiten a las empresas autorregularse. Como tales, sostiene Ruggie, llenan el vacío creado por el declive de las formas tradicionales de regulación por parte de los gobiernos nacionales y las organizaciones públicas internacionales, convirtiéndolos en una herramienta importante para el reequilibrio del mercado y la sociedad que necesitamos.

Profesores de negocios líderes, como Rebecca Henderson de Harvard y Zeynep Ton del Instituto de Tecnología de Massachusetts, han estado argumentando que es de interés a largo plazo para los líderes corporativos cuidar el medio ambiente o sus trabajadores. Hace un año, la US Business Roundtable se unió al tren con una declaración revisada del propósito corporativo, comprometiéndose a entregar valor no solo a los accionistas, sino a "todas las partes interesadas", incluidos empleados, clientes, proveedores y comunidades. La declaración fue firmada por directores ejecutivos de casi 200 empresas importantes con una capitalización de mercado combinada superior a 13 billones de dólares.
Efectividad poco clara

Y, sin embargo, a pesar de la oleada de apoyo del sector privado a la responsabilidad social empresarial, la eficacia de confiar en el interés propio ilustrado de las empresas sigue sin estar clara. Un análisis reciente de Lucian Bebchuk y Roberto Tallarita de la Facultad de Derecho de Harvard proporciona un contrapunto aleccionador.

 Bebchuk y Tallarita concluyen que iniciativas como la de Business Roundtable son `` en gran medida un movimiento retórico de relaciones públicas '': no ​​se reflejan en las prácticas reales de gobierno corporativo y no se comprometen con las difíciles compensaciones que se requerirían si los intereses de las partes interesadas fueran tenido en cuenta. 

Además, estas iniciativas podrían resultar contraproducentes al "generar esperanzas ilusorias en torno a los efectos positivos para las partes interesadas". Por tanto, las políticas gubernamentales que regulan la forma en que las empresas tratan a sus trabajadores, las comunidades locales y el medio ambiente siguen siendo de fundamental importancia.

Los defensores del capitalismo de los accionistas no necesariamente minimizan el papel de los gobiernos. Algunos, como Henderson, argumentarían que las empresas socialmente responsables facilitan que los gobiernos hagan su trabajo adecuado. En otras palabras, la regulación gubernamental y el accionista empresarial son complementos, no sustitutos, como creen Bebchuck y Tallarita.

 Subversión corporativa

Pero, ¿qué pasa si las corporaciones son tan poderosas que diseñan las regulaciones ellas mismas? El columnista del Financial Times, Martin Wolf, escribió recientemente: “Solía pensar que Milton Friedman tenía razón. Pero he cambiado de opinión ". La falla de la doctrina Friedman, explicó Wolf, es que las reglas del juego según las cuales las corporaciones perseguirían sus ganancias no están formadas democráticamente, sino por la influencia dominante" del dinero. Las reglas están corrompidas por la subversión del proceso político por parte de las corporaciones a través de contribuciones financieras.

 Pero sacar dinero de la política, como recomienda Wolf, no resolvería el problema por completo. La razón es que la llamada captura epistémica es tan importante como la captura financiera. La regulación y la formulación de políticas requieren un conocimiento detallado de las circunstancias que enfrentan las empresas, las posibilidades disponibles y cómo es probable que evolucionen estas posibilidades.

 En materia de regulación ambiental, finanzas, seguridad del consumidor, antimonopolio o política comercial, los funcionarios gubernamentales han cedido el control a las corporaciones porque son las corporaciones las que determinan cómo se produce y se difunde el conocimiento. Esto les da el poder de determinar cómo se definen los problemas, qué soluciones se consideran y cómo se ve la tecnología.

 En tales circunstancias, es difícil para los gobiernos establecer reglas básicas socialmente deseables sin un aporte significativo y, por lo tanto, una influencia de las empresas. Esto requiere un modo diferente de gobernanza regulatoria, según el cual las autoridades públicas establecen amplios objetivos económicos, sociales y ambientales, pero refinados (y ocasionalmente revisados) en un proceso continuo de colaboración iterativa con las empresas. Si bien es difícil lograr el equilibrio entre el sector público y el privado, existen ejemplos exitosos de dicha colaboración en la promoción de la tecnología, la seguridad alimentaria y la regulación de la calidad del agua.

Sin embargo, en última instancia, la única solución real al enigma es hacer que las empresas sean más democráticas. Eso significa dar a los empleados y las comunidades locales una voz directa en la forma en que se gobiernan las empresas. Las empresas pueden convertirse en un socio confiable para el bien social solo cuando hablan con las voces de aquellos cuyas vidas moldean."                (Dani Rodrik, Social Europe, 13/10

4/10/17

A la clase dominante el robo del erario público, evadir impuestos, la comisión de delitos financieros o enviar sus botines a paraísos fiscales no le repugna tanto como el robo de carteras en el metro por un raterillo

"(...) A la clase dominante el robo del erario público, evadir impuestos, la comisión de delitos financieros o enviar sus botines a paraísos fiscales no le repugna tanto como el robo de carteras en el metro por un raterillo. 

Cuando esa moral se hace mayoritaria en el pueblo, se explica que haya trato de favor a muchos de los corruptos imputados o que delincuentes fiscales y financieros como Trump o Rodrigo Rato hayan llegado a la cima del poder. Tanto por parte de los gobiernos, de la fiscalía como de la judicatura, o de algunos medios de comunicación y de los voceros de los partidos que juegan el papel de abogados de los delincuentes se considera que el ladrón de guante blanco es un gentleman que cometió un error: le pillaron. 

Eso es también lo que explica que el FMI, el santa sanctorum capitalista, haya tenido al frente en los últimos años como directores a insignes sinvergüenzas: además del citado patriota Rodrigo Rato le han sucedido Dominique Strauss-Khan y Christine Lagarde. Son de los suyos. Son muestras de la doble moral burguesa. 

(...) en una sociedad regida por el afán de lucro y la riqueza, en la que el discurso político se reduce al presupuestario, en la que la gestión, incluida la pública, tiene como criterio fundamental el coste/beneficio, la atracción que ejerce el dinero es determinante. 

El poder social del dinero, la ocupación de las mentes por el dinero es enorme y, por tanto, con esa metástasis de la mercancía dinero viaja su huésped la corrupción. Dinero y corrupción se constituyen en una fuerza clave en el entramado de la sociedad burguesa.

Como telón de fondo ideológico de la doble moral burguesa, está la ideología económica liberal que parte de dos premisas, ambas indemostradas. Por un lado, la superioridad de la gestión privada frente a la pública, o sea del mercado respecto al plan para asignar recursos, y, por otro, la existencia de una separación drástica entre la esfera pública y la privada, que coexisten, pero no se “contaminan”.

 Por eso los gobernantes y sus corifeos no ven problema alguno en las “puertas giratorias”, que los señores diputados procedan de ciertas empresas, formen parte de ciertos despachos de abogados o ingenierías, o que acaben formando parte de consejos de administración en “sectores-premio”; ni atisban corrupción en la aprobación de las innecesarias y ruinosas autopistas de peaje radiales en Madrid que se han realizado para más INRI con aval financiero público. 

Tampoco ven problema a declarar de “interés nacional” el grueso de las obras públicas sean infraestructuras viarias del AVE o autopistas o las derivadas de la política hidráulica, cuando realmente esas decisiones quien realmente las tomó fueron las empresas que se dedican a la obra pública. Para conseguirlo las grandes compañías cuentan con importantes bazas: amigos en partidos, presiones y el lubricante monetario.

Mandel (1994) desarrolla la idea que es el poder económico y su concentración en pocas manos el factor decisivo en la corrupción porque “el poder corrompe. Mucho poder engendra mucha corrupción. Pero en la época del capitalismo, no puede haber poder [político] absoluto, pues en última instancia la riqueza y el dinero dominan. 

La gran riqueza corrompe tanto como el poder, si no es que más” 5/. Idea que también esbozó años antes Gramsci, al afirmar en las Notas sobre Maquiavelo que la acumulación de poder económico genera corrupción 6/. Ambos autores corroboran algo evidente: en el capitalismo, las sacas de billetes, acciones y obligaciones otorgan un gran poder a quien las poseen y corrompen lo que tocan en su entorno social.

Situar la posición respecto al dilema que encabeza el apartado es básico. El riesgo que comporta la corrupción sistémica no es que acabe con las instituciones. De hecho, algunas de ellas están precisamente diseñadas para poder saquear las arcas, bienes y servicios públicos. Puede perpetuarse la corrupción y seguir funcionando la institucionalidad.

Lo incompatible con la corrupción es el interés de la mayoría social y el ejercicio real de la democracia en condiciones de igualdad y libertad porque la corrupción mina las bases mismas de la sociedad e impide que se fundamente en la persecución del bien común. Lo incompatible con la corrupción por tanto es el interés público.

Por ello es errónea la idea que subyace en la afirmación del filósofo Gustavo Bueno (2010) cuando afirma que “la democracia no muere por la corrupción, solamente hiede” 7/. Las que pueden sobrevivir a la corrupción son las instituciones del Estado, bajo forma y apariencia más, menos o nada democrática, pero la democracia, entendida como el gobierno del pueblo por el pueblo sufre un importante deterioro y quebranto con la corrupción porque ésta va contra el interés público y merma el espacio material de lo público. El catedrático de Derecho Administrativo Alejandro Nieto afirma que “La corrupción no ataca al Estado en general… pero sí al democrático” 8/.

Dados los debates en curso, conviene recalcar que institucionalidad y democracia no son sinónimos; como tampoco lo son democracia y capitalismo. Y también que el Estado no es un artefacto neutral en el conflicto entre las clases con capacidad para acabar con la corrupción. 

 Depende del momento, el Estado, puede jugar diferentes papeles dependiendo de los intereses generales de la burguesía con el objetivo de perpetuar su dominación. Por ello en las sociedades burguesas con libertades políticas el “sensor” primordial del Estado para actuar frente a los casos de corrupción es el del grado legitimidad social del poder en esa situación.

El conocimiento público de la proliferación de casos de corrupción con grados muy altos de latrocinio puede producir tal alarma social que ponga en riesgo la legitimidad de los gobiernos e incluso del sistema que amparan. 

En el caso de que haya un descenso de esa legitimidad, Adam Smith, fundador del pensamiento económico capitalista en los albores del mismo, para defender lo esencial del sistema (el negocio), advertía que “El comercio y las manufacturas, en pocas palabras, no pueden florecer fácilmente en un Estado en el que no haya un cierto grado de confianza en la justicia del gobierno” 9/.  (...)

Llegado un punto crítico de ebullición y para enfriar la caldera social una de las opciones en manos de la burguesía es sacrificar peones para defender los intereses del conjunto del sistema e incluso realizar reformas para regenerar el sistema si afectar a su naturaleza. Incluso en situaciones extremadamente graves como la que vive Brasil en estos momentos, sectores de la burguesía representada por el ex presidente Cardoso o la cadena Globo estén pidiendo la dimisión del todavía presidente Michel Temer. 

Por ello Mandel (1994), advierte que “el remplazo de las camarillas más corruptas por otras fuerzas políticas no significa que se altere la dinámica fundamental si sigue imperando el criterio del enriquecimiento” 12/. Cosa que se pudo constatar en los años posteriores a ese escrito con los gobiernos italianos de Silvio Berlusconi.

Por ello nuestra apuesta en el para instituciones / democracia antes planteado, debe superar los marcos formales y situar sus respuestas en torno a los elementos que sustancian la democracia, la justicia y la igualdad que son los que efectiva y materialmente son incompatibles con la corrupción.

Tres consideraciones sobre los instrumentos

Para conjurar el mal del latrocinio de arcas y bienes públicos y sus consecuencias, y también el peligro de aparición de cavalieri populistas, debemos ser conscientes de tres cuestiones:

El laissez faire liberal es un suicidio social

Dejar “pasar” la corrupción genera indignación, pero también impotencia cuando no cinismo social que puede ser caldo de cultivo de la derechización de sectores de masas que buscan en líderes demagogos parafascistas las soluciones mágicas. Hay que hacerle frente desde el primer momento con todos los medios y decisión.

Papel y límites de la ética

Desde la ética y el cambio de valores y parámetros culturales se puede denunciar e impugnar la corrupción, pero no erradicarla o al menos minimizarla dada su textura y las causas que la originan. El cambio de las mentes y los valores es condición sine qua non para luchar contra la corrupción, pero ni la corrupción es un asunto de meras desviaciones morales individuales, ni se erradica a (simple) golpe de una nueva ideología regeneracionista; es preciso modificar las condiciones materiales y el marco institucional concreto que en cada caso le sirven de base.

Papel y límites de las medidas jurídico institucionales

Las medidas jurídicas y administrativas para su detección, control y castigo son necesarias e imprescindibles, pero no suficientes, precisamente porque la corrupción sistémica tiene relación directa con el modelo productivo vigente y con el mismo modo de producción. Sin la acción política no se puede erradicar o minimizar la corrupción, pero la esfera de la política es una parte, un ingrediente, que sin el concurso de los cambios materiales tiene muy limitada su capacidad de cambio.

Hannah Arendt, en sus interesantes consideraciones sobre la naturaleza corruptora de la mafia italiana, afirma que para acabar con la injusticia social que genera esta gangrena es necesaria la política como materialización de la libertad de elección, cosa que es cierto, pero, a la vez, critica innecesaria e incomprensiblemente a Marx porque, según la autora, éste subordina la política a la producción -afirmación que jamás hizo el alemán- 13/.

Para luchar contra fenómenos como la corrupción que atraviesan la esfera cultural, moral, institucional y material, se necesita la acción política desde ya, inmediatamente, sean cuales sean las condiciones y las correlaciones de fuerza, pero a medio y largo plazo o se modifican las relaciones de producción o no se logrará combatir efectivamente la lacra social ni habrá democracia real.

hitos de una hoja de ruta anticorrupción

Si acertamos en las tareas en las instituciones y en la organización, movilización y expresión política de la indignación popular, es posible que conozcamos la crisis de la Tangentópolis “a la española” pero sin el desgraciado resultado de la aparición de los Berlusconi. 

Vamos a estar atentos a los posibles efectos que a medio plazo tengan las muy oportunas mociones de censura en la Asamblea de Madrid y en el Parlamento español presentadas por Podemos. Mociones que tienen como primer objetivo exigir públicamente responsabilidades políticas para dar paso, si es posible, en el futuro, a cambios de gobierno y responsabilidades penales. Y ¿por qué no?, empujar en el sentido de la ruptura democrática que posibilite la apertura de procesos constituyentes.

Si logramos hacer patente ante la mayoría de la sociedad que la corrupción anida en el régimen y se alimenta del sistema habremos dado un paso positivo en la senda de ahondar las grietas del régimen político y de aumentar la desconfianza y rechazo de las masas respecto al capitalismo.

En este caso como en tantos de la vida social y económica la clave sigue siendo tanto en la sociedad actual como en una sociedad pos capitalista lo que el marxista alemán Stefan Heym perseguido por el nazismo y represaliado por el estalinismo denominaba “control social desde abajo.” 

Esta es la base de una democracia real, basada en la iniciativa y participación popular, en el control de las decisiones de los representantes y en la permanente deliberación del conjunto de la sociedad sobre los asuntos que les atañe creando mecanismos para poder decidir en última instancia de forma colectiva y soberana.

En el plano de la actividad política

La batalla exige ejemplaridad y contención en el ingreso de los cargos públicos como han ejercitado Podemos, las confluencias y las candidaturas municipalistas del cambio. Y tal como se plantea en sendos trabajos de Pastor en viento sur, entender la actividad política como compromiso voluntario con la transformación social y no como un oficio o profesión en la que escalar, terminar con la profesionalización mediante la limitación de mandatos, la aplicación de incompatibilidad con otras actividades remuneradas y rendir cuentas al electorado, asegurar la regulación de mecanismos como las primarias y la rotación y revocación de cargos 14/ y asimismoacabar con “la presión derivada del incremento de las necesidades de financiación de los partidos políticos y de las campañas electorales estimulada cada vez más por el nuevo estilo de hacer política ´a la americana´” 15/ cosa que solo se puede hacer limitando el gasto de las actividades en campañas y fuera de campañas, y la total transparencia en las cuentas de los partidos e instituciones en tiempo real.

Se trata de convertir instituciones, partidos, sindicatos y cualquier asociación que se nutra de fondos públicos en auténticas casas de cristal, dónde prime el derecho de la información ciudadana sobre cualquiera otro, información ergonómica para las personas o sea accesible y ordenada. Lo que exige una nueva legislación que regule el estatuto de los cargos electos, el funcionamiento y la financiación de los partidos políticos y el sistema electoral.

Sigue el dinero y encontrarás el corrupto

La batalla exige una legislación que condene al ostracismo total a los paraísos fiscales y a las empresas e individuos que esconden sus patrimonios en los mismos. Asimismo, es preciso modificar la legislación de contratación pública para erradicar absolutamente cualquier grado de discrecionalidad y legislar ex novo sobre los bienes estratégicos como el suelo, el agua, la energía y el dinero para impedir la especulación que suele llevar aparejada la corrupción.

Los cambios en la administración pública implicarán minimizar los cargos de libre designación en beneficio del desempeño de los profesionales de la función pública que deberán estar sometidos al escrutinio ciudadano permanente mediante modos claramente establecidos. La batalla exige que se pongan en pie los mecanismos de alerta y control, los protocolos de actuación, los procedimientos de seguimiento y denuncia en manos de una ciudadanía moralmente rearmada.

Más democracia asegura menos corrupción

Más allá, si establecemos el horizonte civilizatorio al que queremos encaminarnos, si pensamos en términos de proyecto de sociedad, podemos concluir que se pueden eliminar las consecuencias negativas del poder absoluto o casi absoluto que tienen los gobernantes y las élites económicas sobre su ciudadanía si, y solo si, se combate y elimina a la vez el Estado fuerte y la gran riqueza del dinero. A eso se le llama transición post capitalista en ruta hacia la sociedad de iguales y libres, pero exige luchar contra el capital y sus desmanes, y la ruptura con el sistema político que lo ampara para poner en pie una nueva arquitectura económica y política, social y cultural. 

Ello va más allá de la “estatalización” de la economía, se trata de socializar las fuentes de riqueza y la gestión de los bienes comunes, de impulsar la autogestión y, por supuesto, el propio poder para evitar que una nueva oligarquía acabe adoptando las decisiones fundamentales en los temas que afectan a la dignidad de las personas y el equilibrio de la biosfera."                         (Manuel Garí, economista y miembro del Consejo editorial de viento sur)

3/3/16

Manda el IBEX... ¿Pero quién manda en el IBEX?... una historia de la oligarquía española


" Hoy se acercan viejos fantasmas restauradores, maquilladores de la élite dirigente en diferentes periodos de la historia de España, aún activos gracias a los partidos emergentes y su necesidad de acercarse a su par ideológico. 

El empate técnico que dibujó el 20D y la consiguiente necesidad de generar alianzas ha hecho que todos participen en un juego de limpieza semántica del otro, de redefinición de los límites amigo-enemigo, reemplazando la crítica estructural del adversario (como expresión de unos intereses, como partido de clase, definido por una trayectoria histórica), por categorías líquidas político-partidarias (los partidos son sus líderes y sus votantes y, por tanto, susceptibles de cambios). 

Esto refleja el predominio de una forma cinematográfica y épica de leer las negociaciones y sus aristas (Pablo el villano, Pedro el inocente, Rajoy el inconsciente), propia de series como Juego de tronos o House of cards. Como consecuencia, el conflicto político queda circunscrito a una pugna parlamentaria entre líderes, evitando ver su origen más allá de esta.

Como herramienta pedagógica, quizá sería bueno rescatar la serie televisiva producida por Martin Scorsese, Boardwalk Empire, para interpretar la situación actual. En ella se retrata la vida del tesorero de la próspera Atlantic City (Steve Buscemi) a inicios del siglo XX, un cargo público (menor) dedicado a gestionar las arcas de la ciudad. No obstante, detrás de su pretendida función, se manifiesta su rol como articulador de los negocios de la urbe.

Como tal, recibe una renta de los negocios del lugar, promociona a aquellos que le han apoyado durante la campaña electoral, y hunde a aquellos que osan enfrentarse a él. Su posición viene facilitada por un hecho: él construyó aquel lugar y fue quien puso a cada uno de los que ocupan un puesto de importancia. Sin embargo, su poder se tuerce con la aprobación de la ley seca y la entrada de nuevos competidores.

Es la política vista desde el conflicto entre clases pudientes, y las transformaciones sociales que originaron dicho conflicto.

Siguiendo esta lectura, la política en España parece rodar hoy por similares derroteros. La corrupción estructural y las tres crisis sistémicas (del régimen político, del modelo financiero/económico, y del bloque mediático y propagandístico) que la acompañan así lo indican: en los últimos 25 años, la política (desde la monarquía hasta las pequeñas instituciones locales) ha servido para mediar y medrar entre empresarios necesitados de contratos, facilitando adjudicaciones, licencias, recalificaciones, favores, fusiones, tanto dentro como fuera del país.

Si apuntamos a la acumulación primigenia que ha resultado en esta capacidad intermediaria, veremos cómo los diferentes gobiernos de turno han facilitado durante décadas que gigantescos recursos (financieros, materiales, humanos) fueran desviados desde el Estado a determinadas manos.

Un ejemplo del peso de este capital transferido a manos privadas es que la capitalización de las seis empresas públicas que cotizaban en el Ibex35 en los años 90 (Fecsa, Repsol, Telefónica, Sevillana, Tabacalera y Endesa) suponía entonces casi el 40% de la capitalización del índice bursátil (38,14%); es decir, una sexta parte de las empresas concentraba más de un tercio de la capitalización del índice. 

Hoy, estas empresas siguen siendo fundamentales en el reparto de poder del Ibex. Pero la crisis ha movido las fichas y el poder se ha troceado entre distintas facciones.

Oligarquía política

Este capitalismo español concentrado ha ayudado a que los partidos y sus líderes se sitúen en una posición privilegiada dentro del poder económico, cual oligarquía perestroikiana, hasta ser un reflejo del mismo, ocupando así sus más altas posiciones. Los gobiernos de nuestra historia democrática y predemocrática se abrazan en el Ibex35, en un imparable juego de puertas giratorias. 

En el Grupo Santander están UCD, el PSOE y el PP: el actual vicepresidente, Matías Rodríguez Inciarte, fue ministro de la Presidencia con UCD; el consejero Guillermo de la Dehesa fue secretario de Estado de Economía y arquitecto de las privatizaciones en los 80 con el PSOE; Isabel Tocino, ministra de Medio Ambiente con el PP, también es consejera.

En Gas Natural, nuestro presidente más longevo (14 años), Felipe González, fue consejero hasta el año pasado; retrocediendo al Ibex de los años 90, encontramos a otro expresidente, Leopoldo Calvo Sotelo, como consejero de Ferrovial; y en otra gran constructora, OHL, se unen pasado y presente: su actual presidente y propietario, Juan Miguel Villar Mir, remite a la Transición --fue vicepresidente y ministro de Economía del primer Gobierno del Rey (1975)--; su actual CEO, peso pesado en los dos Gabinetes de Aznar, es Josep Piqué, ex ministro de Exteriores, Industria,  Ciencia y ex portavoz del gobierno.

Los políticos que acaban en el Ibex no son sujetos aislados, sino que tienen una singularidad y una unidad específica como grupo, lo que les constituye como un bloque de poder ‘económico’: se extienden por 29 de las 35 empresas del Ibex35 actual.

 Forman así parte de un grupo de presión muy relevante, pues el simple estornudo de estas empresas asusta a toda la economía: su cotización es una muestra de salud interna y muchas de ellas entran, por su riesgo sistémico, en la lista de las ‘entidades susceptibles de rescate’, las denominadas “too big to fail”.

Ese grupo de políticos/empresarios forma, junto a los empresarios puros, una clase pacíficamente desunida dentro del Ibex35, en el que hoy se cruzan alianzas y enfrentamientos y se desarrolla la pugna por conseguir la posición dominante en la economía. Hay mucho en juego. 

En un país vigilado muy de cerca por la Troika y más endeudado que nunca (casi el 100% del PIB), la capitalización de las 35 empresas del principal índice bursátil equivale a la mitad del Producto Interior Bruto español: 547.785 millones, aportando 18.173 millones (en 2014) a las arcas del Estado por impuestos de sociedades (un 40,5% de los 44.823 millones que se recaudaban al inicio de la crisis, en 2007, según un informe de CC.OO).

Durante dos largas décadas todo fue bien para las grandes empresas del Ibex y su imperio: la unidad del bloque estaba garantizada por el Estado y por las cajas de ahorro, es decir, por consejeros políticos y el riego de capital de las cajas y el Estado. 

Durante este tiempo, se repartieron el poder PP y PSOE, apoyándose en cajas de ahorros y en el control de la SEPI (el grupo industrial estatal, antes conocido como INI y INH) según el gobierno de turno. Pero la larga recesión y las medidas impuestas por Europa torcieron este equilibrio.

Reparto PSOE-PP

El reparto vigente en 2010 daba a los tecnócratas del PSOE influencia en un área del Ibex35 que incluía a las antiguas empresas públicas (Telefónica, Repsol, Endesa), las participadas por el Estado (Red Eléctrica o Enagás) y el Banco Santander, al cual benefició en los años 90 (concurso mediante) con la adjudicación de un Banesto expropiado, convirtiendo así el banco de la familia Botín en la mayor entidad financiera del país.

Los mandarines del PP, por el contrario, se habían ido extendiendo por múltiples sectores, constituyendo un holding de eléctricas, seguros, tecnológicas y alimentación, a partir de su control de Caja Madrid y Bancaja. Ambas cajas, controladas por el exvicepresidente del Gobierno y ministro de Economía, Rodrigo Rato y por José Luis Olivas (expresidente de la Generalitat Valenciana con el PP), y finalmente fusionadas en Bankia, disfrutaban en 2010, ya bien entrada la crisis económica, de una posición oligopólica en el Ibex35, con la participación en un total de ocho sociedades del índice (Indra, Iberia, Mapfre, Iberdrola, Ebro Foods, Enagás y BME), siendo dominantes en las tres primeras, e indirectamente, controlando un área mucho más amplia, a través de las participaciones de sus participadas. Sólo había un accionista con un poder similar en el Ibex35 en 2010: La Caixa (con seis participadas).

Ni siquiera el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero fue un problema para el poderío del PP/Ibex. El presidente socialista dio el visto bueno, aunque no fuera de su agrado, a la fusión de Bancaja y Caja Madrid en diciembre de 2010, las dos cajas madres del gran proyecto económico del PP y sus empresarios afines: Valencia y Madrid.

En Valencia, Bancaja siempre fue un fiel aliado para financiar el imperio del PP: fútbol, construcción, arte y espectáculos. 

 Un ejemplo: la caja compró suelo –sin valor según el juez Andreu-- por valor de 86 millones a Enrique Ortiz, amigo de la alcaldesa alicantina Sonia Castelló y de Aurelio Izquierdo, director general de Bancaja, con el que compartía juergas en prostíbulos y yates. La caja se sumaba así al apoyo de la CAM, que había llegado a financiar con 150 millones al constructor. 

También insufló oxígeno a proyectos faraónicos, como Terra Mítica (200 millones junto a la CAM) o la Ciudad de la Luz (que costó una cifra similar y que estos días sale, por segunda vez, a subasta pública). La incursión de Bancaja en el fútbol no fue menor: colaboró como si no hubiera un mañana en la financiación del Valencia C.F., con el cual tenía en 2008 una deuda de 308 millones.

En el imperio levantino no se ponía el sol: la caja hizo inversiones hasta en el Caribe, en la sociedad Grand Coral, que operaba en México, con préstamos y compra de acciones por valor de 100 millones. A partir de maniobras fraudulentas de ampliación de capital, los socios alicantinos Juan Ferrí y José Baldó (dueños del 35% de Grand Coral) se embolsaron 47,4 millones de la caja, según un informe de Bankia.

 El presidente de Bancaja y posterior vicepresidente de Bankia, José Luis Olivas, está hoy imputado por estafa y malversación. Como medida de gracia, el juez Juan Pablo González le ha concedido el desbloqueo de 3.500 euros al mes.

Blesa, Aznar y compañía

En Madrid, la caja controlada por Miguel Blesa, el viejo amigo de José María Aznar, tuvo una actuación similar, aunque, dado su tamaño, el brazo financiero de la casa ayudaba a círculos empresariales más exclusivos. Ahí quedan los créditos a múltiples empresarios, algunos de ellos encarcelados hoy. 

Por ejemplo, a Díaz Ferrán, consejero en Bankia (131 millones, de los que el 15% ha quedado impagado); al exvicepresidente de la CEOE y también consejero en Bankia, Arturo Fernández (2 millones), o a los todopoderosos Florentino Pérez (620 millones, aún sin cuantificar los que proceden de Bankia), Esther Koplowitz (1.000 millones en créditos junto al BBVA, cuyo pago ha sido pospuesto a 2018), Villar Mir (344 millones al 0% de interés, concedidos mientras López Madrid, su yerno, era consejero) o al dueño de la quebrada Martinsa Fadesa, Fernando Martín (1.000 millones para la compra de Fadesa a Manuel Jové, autorizados por el responsable de créditos a empresas Carlos Vela, quien después pasó a ser CEO del grupo constructor).


Pero Caja Madrid no es sólo la gran acreedora de las fortunas del ladrillazo español. Su política como brazo financiero de proyectos de envergadura le llevó a igualar a su amiga valenciana, financiando un parque temático para Madrid, el Parque Warner, al cual concedió un crédito de 211 millones. O el fichaje de Cristiano Ronaldo (76,5 millones). O dando crédito a mansalva a medios de comunicación. 

Su radio de acción no sólo abarcaba la tierra patria. Su política de compras le llevó muy cerca de Bancaja, a Florida, donde se hizo con el City National Bank of Florida, por 1.134 millones, que finalmente fue vendido en 2013 por 683 millones, casi la mitad de lo que costó. Esta fue una operación investigada por el juez Elpidio Silva, que le supuso ser apartado de la carrera judicial.

El destino quiso que la unión en 2010 del imperio del PP en Valencia (Bancaja) y Madrid (Caja Madrid) se hiciera con la bendición del PSOE. No sólo dio su visto bueno en esta ocasión, sino que posteriormente, Elena Salgado (ministra de Economía, hoy en Enel) permitió su salida a Bolsa en mayo de 2011, en un proceso para el cual las cuentas fueron “maquilladas”, en palabras de los peritos del Banco de España al servicio de la Audiencia Nacional y del juez Andreu.

 Veredicto que no comparten el FROB y la CNMV, esta última investigada por la Audiencia Nacional por una presunta trama de cobros por la cual se pudo beneficiar a, entre otras, Bankia, en su salida a Bolsa. Están siendo investigados los responsables del presunto regulador desde la etapa de Zapatero: Manuel Conthe (hoy en Acerinox y participante en muchos de los actos de Ciudadanos), Julio Segura Sánchez (en el cargo durante la salida a Bolsa), y Elvira Rodríguez (actualmente en funciones).

El verdadero problema llegó con el rescate a Bankia. La casa Aznar había depositado ahí todas sus esperanzas de control y poder: ahí estaban todos los proyectos apadrinados durante tres lustros por el Partido Popular, y todos sus compañeros de viaje, empresarios, conseguidores y capitalistas, unos renombrados y otros menos conocidos. 

Ahí estaban los créditos concedidos a dedo, pero también las participaciones en empresas que permitían al Partido Popular mantener un gran poder intermediario dentro del Ibex35. Todos los indicios apuntan hoy a que Caja Madrid sirvió de tabla de salvación para el poder económico cuando llegó la crisis.

Pero dos años después, años de Púnica y Taula, todo se torció. Las pérdidas reales que anunció Bankia en diciembre de 2012, próximas a los 20.000 millones, quedaban fuera del alcance del FROB, así que el Gobierno Rajoy tuvo que acudir a un crédito concedido por el MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad). 

La aprobación del préstamo, que incluye tres tramos hasta llegar a los 100.000 millones (el 10% de la deuda pública actual), la realizó Mariano Rajoy en el momento de mayor especulación sobre la prima de riesgo, que había llegado a los 610 puntos en agosto de 2012.

Llegan los americanos

Ya en diciembre, con el rescate debajo del brazo, el Gobierno firma las condiciones incluidas en el memorando de entendimiento. Su aplicación implicaba limitar el control de las cajas de ahorros sobre las empresas en las que participaban (se reduce a cuatro), transformarlas todas en bancos (y a las fundaciones en tenedoras de acciones), y evitar la participación de políticos en ellas.

 Era el programa perfecto para limitar el poder de las cajas y facilitar la entrada de un nuevo competidor en el quebrantado pastel económico: los fondos y los bancos custodio estadounidenses.

Este hecho supuso un duro golpe para Aznar. Al aplicar esas condiciones a Bankia, Rajoy, su sucesor designado, le había robado el muñeco con el que había dominado el Ibex35. Rajoy defenestró a la cúpula de Bankia, retiró a Rato e impuso un consejo de administración dominado por un ex del BBVA, Ignacio Goirigolzarri. Indirectamente, con esa acción puso toda clase de información no solo en manos de la Troika sino también en manos de los competidores, los fondos de inversión que controlan el BBVA. 

Los mismos que hoy han logrado poner en su órbita de control a Bankia. Presionado por Alemania, Draghi y el FMI, el Gobierno de Rajoy se desprenderá unos meses después del holding Bankia: el 12% de IAG (junio de 2013), el 20,14% de Indra (agosto de 2013), el 4,94% de Iberdrola (abril de 2014), el 19,07% de Metrovacesa (diciembre del 2014), y la joya de la corona, el 15% de Mapfre (septiembre de 2014).

Sin mover una ceja, y quizá sin proponérselo, Rajoy había ganado la partida a su expatrón y a su gran enemiga, Esperanza Aguirre.

Aznar y la presidenta del PP madrileño se quedaron de repente sin su inmenso poder de intermediación, si bien es cierto que el cerebro de la operación todavía podía recurrir a sus delfines, Francisco González (BBVA), Pablo Isla (Inditex) y César Alierta (Telefónica), a los cuales colocó en puestos clave durante su mandato. Pero nada era lo mismo, pues sin dominar el aparato de créditos, favores y participaciones, ya no tenía poder económico sobre ellos.

Aznar respondió a la situación creando el Instituto Atlántico de Gobierno, en el cual reunió a sus otrora beneficiados y benefactores. En el consejo directivo del instituto que preside figuran numerosas autoridades “amigas” de empresas del Ibex35: Alierta (Telefónica), Borja Prado (Endesa), Josep Piqué (OHL), Javier Monzón (Indra), Javier Benjumea (Abengoa), Antonio Brufau (Repsol), María Dolores Dancausa (Bankinter) o Antonio Huertas (Mapfre).

Como consecuencia de la intervención de Bankia, la influencia del PP sobre el Ibex quedó en manos de Rajoy, quien a través de la SEPI controla (en funciones) Ebro Foods, Enagás, Indra y Red Eléctrica; y, a través del FROB, también Bankia y otras entidades financieras rescatadas, como Banco Mare Nostrum o Banco CEISS.

La consecuencia más inmediata de este cambio de cromos es que, si el PP no lograra acceder al Gobierno en las sesiones de investidura o elecciones venideras, quedará sin ninguna capacidad de control sobre un buen número de sociedades del Ibex35.

Y no sólo eso, sino que quien controle la galaxia Bankia controlará un sinfín de créditos que sostienen todavía a muchas de las grandes fortunas y empresas que van en dirección a la quiebra y cuya subsistencia depende del gran respirador artificial.

En el nuevo Ibex35 post Bankia, la partida ha pasado de ser un juego de dos (La Caixa y Caja Madrid como accionistas de múltiples empresas) a una que incluye a tres actores: un PP que se aferra a la SEPI y el FROB para no perder el control de lo que fue su imperio; un sector mayoritario, vinculado a las antiguas empresas públicas o concertadas (Telefónica, Repsol, Iberia, Endesa), hoy en la órbita del Santander, BBVA y los fondos de inversión (Chase Nominees, Bank of New York Mellon, State Street Bank), y en particular de Blackrock; y por último, un tercer sector de empresas, el único articulado por una entidad de capital nacional: La Caixa.

Blackrock, el actor emergente

El nuevo actor emergente, Blackrock, ha ganado terreno con la crisis y tiene hoy repartidos 12.000 millones por empresas del Ibex35. Su ascenso ha sido meteórico. En 2010 solo tenía participaciones en dos empresas (Telefónica y Gamesa); en 2013 tenía participación en doce sociedades del Ibex35, y en 2016 han pasado a ser 19. 

Sus principales referentes en España son el BBVA y el Santander, los cuales han tenido tradicionalmente bancos custodio como accionistas de referencia (State Street Bank y New York Mellon, y Chase Nominees, entre otros). Los bancos fueron los precursores de la invasión fondista, con Telefónica, la primera empresa del Ibex35 que introdujo a Blackrock como accionista.

El candidato Pedro Sánchez ha tenido varias ocasiones para conocerles. En junio de 2015, fue invitado a una reunión del Club Bilderberg (junto a Ana Patricia Botín y Juan Luis Cebrián) en la que estaba el vicepresidente de Blacrock, Philipp Hildebrand, aunque finalmente el líder socialista no acudió. No obstante, según la agenda del PSOE, dos meses después, el secretario de economía del PSOE, Manuel de la Rocha, se reunió con Jim Barry, responsable de Infraestructura de Blackrock, en Ferraz. 

Su presidente, Larry Fink, un asiduo al foro de Davos, es autor de varias frases memorables. Una afirma: “Hay que educar a la población [en Europa] para que vote al líder correcto que tome las medidas correctas”. En otra aconsejaba esperar el momento oportuno, cuando suceden fuertes caídas y hay pánico en las bolsas, para comprar acciones: “Antes de comprar hay que ver sangre en las calles”.

En una entrevista concedida a El País durante una visita a España en junio del año pasado, Fink advertía: “Quien gobierne en España (…) debe de ser responsable de los compromisos adquiridos, que son compromisos de Estado y no de un gobierno concreto”.

Blackrock es la mayor gestora de fondos del mundo: maneja una cartera de 4,2 billones de euros, cuatro veces el PIB español.

Galaxia Fainé

Otro de los actores poderosos del actual Ibex35 es Caixabank (La Caixa), el holding catalán comandado por el pío y opusdeísta Isidro Fainé. Es la única gran caja que no tiene participación del FROB, al igual que otras cajas menores reconvertidas, como Ibercaja, Kutxabank, Liberbank y Unicaja, cuyo accionista de referencia es la fundación.

 Fainé suele ser discreto con sus preferencias, y le cuesta entrar en el juego de apariencias y amistades madrileño, pero no ha podido ocultar su preferencia por un gobierno estable: “Si se hace un gobierno estable habrá inversiones”, dijo en la presentación de resultados de La Caixa en enero de este año.

Cabe recordar que Fainé conoce bien las virtudes y las debilidades de Albert Rivera porque fue su jefe (supremo) en La Caixa, y que fue el único patrón del Ibex (junto a Josep Oliú, del Sabadell, o Salvador Alemany, de Abertis) que no acudió en octubre, dos meses antes de las elecciones, a la reunión organizada por el lobby del Ibex35, Puente Aéreo, con el candidato de Ciudadanos. Fainé sabe lo importante que es 2016, con una agenda de fusiones recomendadas por la Unión Europea, que acercan a La Caixa al Banco Popular o Ibercaja.

Todos en el Ibex se juegan mucho con el próximo Gobierno, pues de él dependerá inclinar hacia un lado u otro la balanza de poder entre las tres galaxias dominantes (SEPI, Caixa, Blackrock). 

Se podría hacer una hipotética lectura de los bandos del Ibex35 y de sus preferencias políticas, aunque evidentemente nunca sería una correlación perfecta. Pero lo que se puede afirmar es que el núcleo de las grandes empresas españolas se ha dividido en tres zonas de influencia que coinciden con los tres partidos que hoy se postulan (entre trucos, silencios y teatro) para formar la gran coalición.

 También, que hay en curso un clima social y un choque de trenes entre las clases pudientes que amenaza con llevarse todo lo que fue --y también lo que puede llegar a ser-- el PP, y que de ello depende que este siga controlando los resortes del Estado y su gran caja fuerte, todavía en manos de Bankia-FROB.

Por otro lado, sorprende el mutismo en las negociaciones sobre el futuro de Bankia y otras entidades intervenidas por el FROB, ante la anunciada nueva fase de concentración del sector bancario.

Y por último, parece evidente que los grandes capitales del Ibex35 y sus gestores, ante la situación de parálisis política, no pueden dejar que sus padrinos se enfrenten --o peor, que opten por peligrosos derroteros--. De ahí su esfuerzo por mediar en su reconciliación, y su mal disimulado interés en apartar como sea a Podemos de un hipotético Gobierno de coalición.

Cada cual puede sacar sus propias conclusiones. Pero que nadie se equivoque: las negociaciones por la investidura de 2016 tienen detrás una agenda que no vemos. Y en la portada de esa agenda pone IBEX. Aunque el mundo cambia muy deprisa y, como sugería Aleixandre, cabe la posibilidad de que esas cuatro letras y dos números sean solo las marionetas (las plumas alisadas) de unos titiriteros más grandes, cuyo rostro y nombre apenas distinguimos... "                    (Rubén Juste de Ancos, Contexto, 01/03/16)