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9/9/26

La ultraderecha alemana ha ganado las elecciones por primera vez en la misma región en la que los nazis lo hicieron hace casi 100 años. Entonces fue por culpa de la austeridad que aplicó el gobierno anterior, y todo apunta a que en la actualidad ha pasado lo mismo... En 1930 llega al poder Brüning, del partido de centro. Su obsesión: cuadrar las cuentas públicas en plena Gran Depresión. La receta de siempre: recortar gasto y subir impuestos. Lo de siempre... austeridad por decreto... El resultado económico fue catastrófico. El superávit público logrado con motosierra destruyó la economía: PIB real: desplome absoluto. Cayó más que EEUU, centro del crack del 29... Las consecuencias sociales fueron brutales... La mortalidad, que llevaba años bajando, empezó a subir en 1932. Y subió MÁS en las regiones donde más se recortó en sanidad. Brüning fue denominado "el canciller del hambre"... ¿Qué prometían los nazis? Exactamente lo contrario de la austeridad: Creación masiva de empleo mediante obra pública. El mensaje que nadie más ofrecía (sólo el Partido Comunista)... En enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller. Y cumplió lo prometido: expansión fiscal colosal, creación de empleo a gran escala. Crecimiento económico real, sí... pero orientado al rearme y al exterminio. Ya sabemos cómo terminó... Existe un estudio de 2021, "Austerity and the Rise of the Nazi Party" (Galofré et al. 2021), que analizó 1.000 distritos y 100 ciudades comparando regiones similares con distintos niveles de recorte. Resultado: a más recortes, más voto nazi. La correlación es clara y robusta... votaron más al partido nazi las ciudades donde más subió la mortalidad (por recortes sanitarios), las regiones con más personas dependientes de ayudas sociales; las zonas que más dependían de financiación nacional y más sufrieron los recortes... Austeridad para hoy, fascismo para mañana... seguimos cometiendo el mismo error (Eduardo Garzón)

Eduardo Garzón @edugaresp

La ultraderecha alemana ha ganado las elecciones por primera vez en la misma región en la que los nazis lo hicieron hace casi 100 años. Entonces fue por culpa de la austeridad que aplicó el gobierno anterior, y todo apunta a que en la actualidad ha pasado lo mismo. 

 En 1928, el partido nazi era marginal; era básicamente un grupo de frikis con ideas raras. No llegaba al 2% de los votos. En julio de 1932, apenas 4 años después, tenía el 38% y era la primera fuerza del Parlamento alemán. ¿Qué ocurrió en esos 4 años?

 En marzo de 1930 llega al poder el canciller Brüning, del partido de centro. Su obsesión: cuadrar las cuentas públicas en plena Gran Depresión. La receta de siempre: recortar gasto y subir impuestos. Lo de siempre. Y lo de siempre hizo el daño de siempre.

 Como no tenía mayoría parlamentaria, recurrió al artículo 48 de la Constitución de Weimar (decretos de emergencia). Básicamente: austeridad por decreto, sin debate, sin parlamento. Autoritarismo al servicio del recorte. Esto acabó dañando mucho la imagen de la democracia.

 Los números son escalofriantes: Gasto público estatal: -14%... Gasto de los Länder: -8%... Impuestos: subieron, y más en rentas medias y bajas que en rentas altas. Un gobierno "de centro" atacando principalmente a los de abajo. Ya conocemos esa historia.

 El resultado económico fue catastrófico. El superávit público logrado con motosierra destruyó la economía: Entre 1928 y 1932: Producción industrial: cayó casi a la mitad... Desempleo: pasó de 1,4 millones a 5,6 millones... PIB real: desplome absoluto. Cayó más que EEUU, centro del crack del 29.

 Las consecuencias sociales fueron brutales. La mortalidad, que llevaba años bajando, empezó a subir en 1932. Y subió MÁS en las regiones donde más se recortó en sanidad (Galofré et al. 2021). Brüning fue denominado "el canciller del hambre". No era un apodo metafórico.

 ¿Y el partido nazi qué hacía mientras tanto? Campaña intensísima denunciando los recortes. Goebbels en el parlamento no hablaba de razas. Hablaba del tendero ahogado por impuestos. Del funcionario que no podía calentar su casa. Iba a lo material, a lo que dolía.

 ¿Qué prometían los nazis? Exactamente lo contrario de la austeridad: Rebaja de impuestos... Restauración del Estado del bienestar... Creación masiva de empleo mediante obra pública. Expansión fiscal pura. El mensaje que casi nadie más ofrecía (sólo el Partido Comunista) pero con mucha vehemencia.

 Existe un estudio de 2021, "Austerity and the Rise of the Nazi Party" (Galofré et al. 2021), que analizó 1.000 distritos y 100 ciudades comparando regiones similares con distintos niveles de recorte. Resultado: a más recortes, más voto nazi. La correlación es clara y robusta.

 También encontraron que votaban más al partido nazi: Las ciudades donde más subió la mortalidad (por recortes sanitarios)... Las regiones con más personas dependientes de ayudas sociales... Las zonas que más dependían de financiación nacional y más sufrieron los recortes

 En julio de 1932, con el partido nazi al 37%, el gobierno se asustó y cambió de estrategia. Los sucesores de Brüning aprobaron programas de creación de empleo y de estímulo económico. En noviembre de 1932, el voto nazi bajó al 33,1%. Que sigue siendo altísimo, pero la correlación es evidente.

 Pero llegaron demasiado tarde. En enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller. Y cumplió lo prometido: expansión fiscal colosal, obras públicas masivas, creación de empleo a gran escala. Crecimiento económico real, sí. Pero orientado al rearme y al exterminio. Ya sabemos cómo terminó.

 La conclusión es contundente: las medidas de austeridad de 1930-1932 empobrecieron y radicalizaron al electorado alemán. No fueron el único factor explicativo. Pero sí uno de los más importantes y de los menos estudiados.

 Imponer austeridad salvaje no sólo es económicamente contraproducente. También puede desencadenar consecuencias políticas impredecibles y trágicas. Lo sabemos desde hace casi 100 años. Austeridad para hoy, fascismo para mañana. Pero lo peor de todo es que seguimos cometiendo el mismo error...

 Desarrollo todo esto en vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=miF2ETeYyLA

9:50 a. m. · 9 sept. 2026 ·1.438 Visualizaciones

22/1/21

Hay todo un conglomerado de todos los fanatismos y obsesiones posibles: franquistas, conspiranoicos, ancaps, negacionistas del cambio climático, conspiranoicos sobre una dictadura mundial... últimamente también sobre el Covid y las vacunas.. Son todos lo mismo, forman parte del mismo ecosistema político. No era difícil ya hace 15 años ver la semilla del autoritarismo y el desprecio por la democracia y la sociedad

Pedro Fresco @PedroFresco

 1/Del asalto al capitolio, lo q más me ha llamado la atención, aunque no por inesperado, es la cantidad de banderas con el "Don't tread on me" que usan los libertarian y anarcocapitalistas. Y esto me ha hecho retrotraerme unos 15 años en el tiempo,a mis inicios en blogs y RRSS..

2/Mi conocimiento de ese mundo empezó con una visita a un antiguo blog bastante conocido q se llamaba "batiburrillo liberal", de la red liberal. Llegué allí al ver un artículo sobre Indalecio Prieto escrito desde el más puro revisionismo histórico piomoista. Comenté mostrando..

3/los errores y todos los q comentaron por ahí de "liberales" no tenían nada, eran franquistas q no querían pagar impuestos, intentando prostituir el nombre de la palabra liberal. De ahí comencé a conocer todo ese mundillo: las redes liberales, el Tea Party, los libertarian, etc.

4/Y de ahí salió toda esa base social y cultural para la alt-right y la expansión de la ultra derecha en países como el nuestro. Hay todo un conglomerado de todos los fanatismos y obsesiones posibles: franquistas, conspiranoicos, ancaps, negacionistas del cambio climático..

5/conspiranoicos sobre una dictadura mundial, últimamente también sobre el Covid y las vacunas.. Son todos lo mismo, forman parte del mismo ecosistema político. No era difícil ya hace 15 años ver q la semilla del autoritarismo y el desprecio por la democracia y la sociedad q no.

6/se ajustaba a sus parámetros estaba presente. Y hoy, ya nucleados en los entornos de la extrema derecha, lo son más. Y esto es un movimiento mundial, distinto porque cada época es distinta,pero muy similar al de los años 30 en su fondo y estructuras mentales..Y ya no es Hungría

7/o unos ultraconservadores polacos, estamos hablando de su presencia en el país más poderoso de la tierra. Asaltar el capitolio para intentar evitar q el presidente electo tome el poder basados en un fraude electoral inventado y prefabricado desde incluso antes de las elecciones

8/era algo inimaginable hace poco tiempo. Y lo peor de esto es q cuantos más sean, cuanto en más países estén, más radicales y envalentonados se vuelven. Y lo peor no son ellos, lo peor son todos aquellos, como Albert Rivera antes y tantos otros,juegan a la equidistancia,se ponen

9/de perfil ante la extrema derecha, incluso pactan con ellos. Comparar esto con los q rodearon el congreso en 2016 es una vergüenza, igual q comparar a Podemos con VOX siempre ha sido una infamia cobarde. VOX es un peligro para la democracia, para las libertades políticas y..

10/personales, cosa q no son el resto de partidos. Y si no lo saben es q son ignorantes, o unos cínicos y unos miserables aprendices de brujo q se piensan q van a poder controlar a la bestia y se quieren aprovechar de ella, como hicieron tantos en los años 30. O quizá el odio..

11/combinado con alguna de las otras características, les ciega. Sea lo q sea es hora de parar,esto es una grandísima amenaza y la derecha y el centro-derecha deben entenderlo de una vez en España y en los países donde no quieren entenderlo. EEUU enfrentará posiblemente ahora una

12/época terrible de inestabilidad social q podría amenazar la democracia misma como el partido republicano no lo frene. Porque el peligro,dejadme que insista, no está en los perturbados en sí,está en los q les dan alas, pactan con ellos y se ponen de perfil y en la equidistancia

13/No se puede estar en la equidistancia con los q quieren prohibir partidos, quitar nacionalidades, instalar el oscurantismo anticientífico en todos los campos, con quienes usan la mentira sin pudor alguno y de forma constante, que viven en la conspiranoia permanente contra..

y 14/todo y todos. Es menos peligroso tener un partido de ultra-derecha con un 20% de voto pero con un cordón sanitario q tenerlo con un 10% y q los demás les rían las gracias y pacten con ellos. No sé cuántas evidencias más necesitan para envainársela y entrar en razón. 

12:33 a. m. · 7 ene. 2021·Twitter for Android
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𝔉𝔢𝔯𝔪𝔦𝔫 𝔅𝔢𝔯𝔫𝔞𝔲𝔰 @fbernaus
En respuesta a @PedroFresco

 Acertadísimo Pedro. 2016 claro que no fue lo mismo pero se tuvo que haber condenado alto y claro por parte de todos. Ahora lo sacan a relucir y quienes están instalados en la retórica que denuncias agitan la mente de ese segmento de la población zombi que hay que parar

Pedro Fresco @PedroFresco

 No tiene casi nada que ver, Fermín. 2016 fue una protesta cuyo fundamento fue una decisión parlamentaria de un partido. Lo de ayer fue el colofón a una teoría loca de fraude electoral inexistente creada, además, por el jefe del estado vigente, y llevada a cabo por negacionistas..

4/6/20

El fascismo juega con su máximo atractivo, la emocionalidad, para promover agendas que poco tienen que ver con la mejora de la vida de la gente... triunfan porque apelan a la nostalgia y a un vago sentimiento de injusticia que cualquiera que haya vivido en una sociedad de clases alguna vez ha sentido

"En septiembre de 2016, durante una campaña de recaudación de fondos para causas solidarias con el colectivo LGTB+ en Nueva York, Hillary Clinton emitió un discurso en el que consideraba que la mitad de los posibles apoyos que tenía Donald Trump podían ser tirados a un basket of deplorables (cesta de desgraciados), al ser todos ellos unos racistas, sexistas y xenófobos insalvables. 

En pocas semanas, camisetas, carteles, memes y hashtags con la expresión inundaban los medios y las manifestaciones, con un gran número de personas que se identificaban a sí mismas, orgullosamente, como los deplorables. Un año más tarde, cuando la candidata demócrata publicó sus memorias sobre lo acontecido en la campaña presidencial, reconoció públicamente que aquello fue uno de los motivos que provocó que perdiera las elecciones.

Más allá de la condescendencia que supuran las palabras de Clinton, reconocer que aquello fue lo que dio la victoria a los conservadores es, en realidad, reconocer su superioridad estratégica y aceptar que su moralidad es aceptable. ¿Por qué? Porque, más allá de que insultar a su rival fuera o no un error, lo cierto es que los conservadores hubieran actuado del mismo modo, porque la victimización era parte intrínseca de su estrategia. Y así lo ha sido siempre cuando se trata del fascismo. 

Cuando nació en el periodo de entreguerras, los grandes líderes de esta representación política buscaban su apoyo precisamente en los grandes perdedores de su época: obreros cuyas vidas se pauperizaban por los enormes costes que suponían las reparaciones de la Gran Guerra y el Crack del 29. 

Mussolini se presentaba a sí mismo como aquel que haría justicia por las exigencias coloniales frustradas para Italia al no haber sido atendidas tras los acuerdos internacionales que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial. Hitler hablaba de un modo que sus palabras, haciendo un paralelismo, venían a decir principalmente “make Germany great again”.

 Se dirigían al descontento popular de unos países en los que los problemas socioeconómicos y la creciente organización de la resistencia comunista estaban poniendo en entredicho la infalibilidad del progreso y la ciencia, abanderados por el capitalismo y el imperialismo. Las grandes empresas se vieron obligadas a apoyar a los partidos fascistas ante la amenaza roja que ponía en peligro su estatus. Ya sabemos qué fue lo que pasó. 

El fascismo juega con su máximo atractivo, la emocionalidad, para promover agendas que, en realidad, poco tienen que ver con la mejora de la vida de gran parte de la gente a la que se dirigen. Pero triunfan porque no exigen intelectualidad ni crítica, están al alcance de cualquiera al apelar a la nostalgia y a un vago sentimiento de injusticia que cualquiera que haya vivido en una sociedad de clases alguna vez ha sentido. En su momento, identificaron a la clase trabajadora como depositaria de ese mensaje, se apropiaron de símbolos, entidades y parafernalia obrera (el rojo y el negro por parte de la falange, los sindicatos verticales, etc.). 

Además, le dieron un nuevo significado a su enemigo, de los líderes capitalistas que se apropiaban de la plusvalía o las viejas estructuras de poder que se encargaban de que sus vidas estuvieran condenadas a la miseria, a los judíos o la conspiración masónica. 

El fascismo de hoy en día, en una sociedad que se niega a sí misma como “de clases”, no puede buscar en “los obreros” la esencia de su discurso. Si no se puede aceptar la desigualdad económica por nacimiento y se hace gala de que vivimos en un mundo libre, es necesario que los nuevos conservadores busquen nuevas maneras de dirigirse a sus simpatizantes si quieren ganar adeptos.

En este caso, se trata de un mundo libre en el que el esfuerzo y la competencia son los encargados de tu triunfo y el ser pobre se limita a una opción elegida por los vagos. Y lo encuentran en la identidad del hombre blanco heterosexual, la cual, desde un punto de vista está, efectivamente, bajo ataque. Sin embargo, no del mismo modo en el que lo está la clase obrera, ni mucho menos por las mismas fuerzas. 

Cuando el feminismo habla de una metafórica “destrucción del hombre”, lo hace en términos de liberación de los clichés de comportamiento a los que se les somete. En ningún caso se habla de un ataque personal a quienes entran dentro de esta categoría. El ataque al que se somete a ese hombre no es personal, sino sistémico, ya que en realidad se trata del patriarcado y de sus consecuencias: cultura de violación, masculinidad tóxica, homofobia, etc. 

Pero, no obstante, quienes no han tenido tiempo, interés o posibilidad de entender el análisis sobre las desigualdades de género y las cadenas que la educación patriarcal nos impone, sienten las críticas hacia esa identidad como críticas a sí mismos. Se sienten atacados cuando un análisis feminista de la cultura, la economía o las conductas señalan la masculinidad como origen de gran parte de las desigualdades y las violencias que se perpetúan. Nunca antes en la historia se popularizó tanto una crítica integral como la que hace el feminismo, por lo que esta novedad, como casi todo lo nuevo, provoca recelos en quienes no comprenden sus motivos. 

Se producen metonimias, se confunde el continente con el contenido, y cuando las feministas señalan que Han Solo actúa como un macho tóxico, los hombres que se identifican con una masculinidad aparentemente deseable como la suya, consideran que lo que las feministas quieren no es interpretar los orígenes y significados de nuestra socialización, si no destruir nuestros ídolos de la infancia y hacer desaparecer todo aquello en lo que los hombres se reflejan.

Para los conservadores, azuzar este falso sentimiento de verse amenazados resulta tremendamente útil. Principalmente, porque quienes sí que están bajo la amenaza que supone una política feminista son precisamente los líderes de esos partidos y, en general, todo aquel que ostente un poder basado en la desigualdad de cualquier tipo. Pero además, jugar al “que viene el monstruo del hembrismo a por ti” da jugosísimos resultados electorales. 

Hacer pasar al feminismo como una contrapartida del “machismo”, considerado abiertamente como algo malo, en general, en la cabeza de casi todos los ciudadanos occidentales, sirve para construir esta identidad de hombre bajo amenaza y sospecha, que a la postre sirve para construir programas políticos encabezados con la derogación de la Ley Contra la Violencia de Género –por discriminar al hombre frente a la ley, mientras se esconden los intereses reales de esos partidos, los cuales suelen distar bastante de cualquier beneficio real para muchos de sus votantes. Lo que buscan es enfatizar las injusticias y las diferencias económicas y simbólicas y mantener las mismas estructuras de poder.

Sin embargo, victimizarse puede llegar a ser una forma poderosa de construir una comunidad. Quejarse constantemente de la desgracia de uno mismo puede ser en sí mismo una identidad. Y no es que los hombres blancos heterosexuales, en su mayoría, no tengan motivos para hacerlo. Es más bien que las causas y causantes de esas quejas son reinterpretadas por el fascismo para dirigirlas a sus potenciales enemigos políticos. 

Para cultivar esa identidad de hombre como víctima se han venido usando “cifras objetivas” como la menor esperanza de vida en hombres que en mujeres, la superior tasa de suicidios, mendicidad y muertes laborales, o la violencia sufrida (aunque el hecho de que esa violencia sea ejercida en el 95% de los casos por otros hombres no se recalque nunca). Lo irónico es que la mayoría de estas quejas, que sí están fundamentadas con datos y son, en la mayoría de los casos, reales, no buscan el origen de las mismas. 

Y es que, a poco que se analice, podemos darnos cuenta que derivan de forma muy evidente en comportamientos típicos de la masculinidad tóxica: “Los hombres son más violentos”, “los hombres son más aptos para los trabajos duros”, “los hombres no lloran ni piden ayuda”, etc. Construir un mundo de supremacía sobre el cuerpo de las mujeres, jerarquizado y dirigido al conflicto violento. Construirlo como forma de acceder al poder, para después victimizarse por sus traumáticos daños colaterales en la vida del género dominante, es un poco como meter palos en las ruedas de tu propia bicicleta. 

Si los neomachistas entendieran que el feminismo hace mucho que ha analizado estas cuestiones y se preocupa por ellas, podrían encontrar la llave para escapar de su jaula. Se aferran a un sentimiento de desamparo frente a las instituciones, que podría ser compartido por prácticamente cualquiera que no tenga más que su cuerpo y su mente para ganarse la vida. Pero quienes quieren disfrutar de los privilegios del patriarcado no están interesados en promover cambios de mentalidad que puedan poner en peligro su posición. 

Por ello, utilizan medias verdades y falacias de todo tipo, aferrándose a la “desigualdad del hombre y la mujer ante la ley” (como si ella no hubiera existido para beneficio del hombre durante toda la historia). Hablan de custodias exclusivas para la mujer, de las ubicuas denuncias falsas, de la menor concesión de bajas por paternidad o de que existen más convictos hombres que mujeres. 

Todo esto se promueve para cultivar ese sentimiento de injusticia, ignorando historia, contexto y socialización, deformando el foco de análisis en situaciones específicas a gusto del consumidor de esa identidad. No importa que no se pueda demostrar ni la veracidad ni el origen de estas cantinelas, importa que apelen al resentimiento de aquellos que vivían en una sociedad en la que se les prometía todo desde pequeños y ahora ven que Santa Claus no existe.

 Resulta mucho más seductor focalizarlo en las mujeres, aquellas que histórica y económicamente tienen menos capacidad de crear discurso. Las atacan como causantes últimas de la frustración a la que se ven sometidos estos hombres. Funciona porque no se enfrenta con los verdaderos causantes de la desigualdad, que tienen más armas para defenderse, y porque no precisa de ningún análisis sesudo, sino únicamente exige la repetición de monsergas más o menos consabidas, disfrazadas previamente bajo una pintura de “incorrección política” o de “lo que nadie quiere oír o se atreve a decir”. 

Apelar a los hombres como “perdedores” , “segundones” o “fracasados” se hace inculpando a la “ideología de género que tiene comprados a medios y políticos” y a que “el feminismo está de moda y da dinero”. Este es el motivo por el cual las mujeres se adhieren a organizaciones de este tipo para recibir cuantiosos beneficios a costa de exprimir el trabajo de los hombres. Es un discurso mascado y escupido para agitar a los contrariados con el sistema que carecen de tiempo o ganas para pararse a analizarlo.

Por ello, los fascistas pueden permitirse caer en mentiras, desacreditaciones y contradicciones. ¿Os suena la paradoja de El emigrante de Schrödinger ? Aquel que viene en invasión para aprovecharse de un sistema de prestaciones que le permite hacer el vago (y que los ciudadanos no gozan de él porque lleva desmoronándose con recortes desde hace décadas), pero que a la vez te roba el trabajo (aunque muy rara vez emigrantes y habitantes del país de acogida compartan trabajo). 

El nuevo fascismo acusa a la izquierda de “coleccionar opresiones” y hacer gala de ellas, abanderando su superioridad moral. Pero en realidad, su estrategia de victimizar a los hombres no dista mucho de ella. Jugando en sus mismos términos, los conservadores consiguen así desactivar el análisis de la izquierda en términos simbólicos y, a ojos de la mayoría, ponerse a su mismo nivel. Por ello, utilizar la moral para justificar la lucha contra la desigualdad puede llegar a ser contraproducente. 

En un mundo en el que el 99% de la población está sometida a los intereses del 1%, enfrentar a las mayorías, haciendo que carezcan de un análisis de clase, género y raza que implique a todas en la necesidad de cambiar y mejorar el mundo, es apostar a caballo ganador. Nuevamente, la alianza entre patriarcado y capitalismo, la excusa de que somos gente libre compitiendo en el libre mercado.

Por ello, no podemos renunciar a explicar todo sistema de opresión, sea simbólico y económico, porque centrarnos en que hay gente que lo pasa mal por culpa de otros está siendo ahora mismo aprovechado por aquellos que sí que tienen conciencia de clase, aterrorizados de que sus privilegios se hayan puesto en entredicho gracias a los avances sociales que ha causado el feminismo.
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9/1/20

Se trata de reemplazar la familia o el círculo de amigos. Eso es exactamente lo que ofrecen los grupos de extrema derecha. La frustración individual se eleva a un nivel colectivo y se le ofrece una explicación. Tiene lugar un proceso de socialización al que están subordinados la radicalización y el adoctrinamiento ideológico. Dentro del grupo, se desarrolla un vocabulario y chistes propios que hacen que todo parezca menos serio. Pero finalmente se define siempre un grupo claro de enemigos y se propaga una ideología extrema. La teoría conspirativa proporciona una explicación fácil y una imagen sencilla del enemigo...

"¿Cómo operan los grupos de extrema derecha en internet y las redes sociales? ¿Qué es lo que están buscando sus miembros? ¿Cómo entender los constantes discursos de odio? En esta entrevista Julia Ebner, investigadora de extremismo en el Instituto para el Diálogo Estratégico en Londres, analiza la actividad virtual de los derechistas radicales.

Usted ha investigado de manera encubierta a varios grupos extremistas con presencia online. ¿Cómo se hace concretamente una investigación así?

En los últimos años se han realizado muchos análisis sobre el extremismo en internet. En particular, se analizó el cambio de lenguaje en grupos extremistas y se examinó el alcance de las campañas y sus grupos destinatarios. Sin embargo, me pareció que faltaba llegar a los seres humanos. Quería comprender mejor los procesos sociales dentro de los grupos extremistas. Es por eso que durante dos años desarrollé diferentes identidades en internet para pasar por distintos procesos de reclutamiento y acceder a los grupos. En algunos casos, también conocí a los miembros de estos grupos offline.


¿Cómo funcionan el reclutamiento y la construcción de grupos tan radicales? 

Los grupos de extrema derecha son los que más recurren a Discord, una aplicación común [gratuita y diseñada para comunidades de videojuegos], para reclutar gente. Muchos de estos grupos primero verifican los antecedentes en las cuentas de redes sociales que cada persona especifica en la solicitud. En algunos casos, también elaboran cuestionarios sobre postura ideológica, opiniones políticas o visión cultural. En otros grupos, la religión juega un papel importante. 

A esto, con frecuencia, le siguen chats de voz o entrevistas. De esa manera se pretende evitar que se inmiscuyan periodistas o agentes de seguridad. Los procesos de reclutamiento se han refinado enormemente tras la marcha de la extrema derecha en Charlottesville en 2017. Por ejemplo, un grupo neonazi de Estados Unidos me pidió que posteara una foto de mi muñeca, con el logotipo del grupo y la fecha, para demostrar que soy blanca. A veces también quieren ver pruebas genéticas para confirmar la ascendencia.

¿Mantuvo la identidad falsa cuando se reunió con miembros individuales?

Al principio no era mi objetivo encontrarme también offline. Por eso, por ejemplo, en mi foto de perfil era rubia. Compré una peluca rubia más tarde. También hubo reuniones offline como parte del proceso de aceptación del movimiento identitario. Tuve que encontrarme con un identitario austríaco en Viena. Después tuve una conversación por Skype con el jefe del movimiento en Escocia, que estuvo involucrado en la creación de la nueva rama británica e irlandesa. Luego fui invitada a una reunión inicial de esta unidad británico-irlandesa en Londres.

Se desarrolló entonces una dinámica propia. Cuando usted repasa esta secuencia: ¿qué ofrecen estos grupos a sus miembros? ¿Qué personas son particularmente receptivas a los contenidos de estos grupos?

Lo triste, en verdad, fue que muchos de los nuevos miembros en los grupos estaban más bien buscando amor, amistad, camaradería e identidad. Una buena parte de ellos estaba pasando por una crisis personal. Esto quedó muy claro, por ejemplo, en el “grupo misógino”, donde muchos provenían de relaciones fallidas y sentían que no eran amados. En última instancia, se trata de reemplazar la familia o el círculo de amigos. Eso es exactamente lo que ofrecen estos grupos. Es por eso que el perfil de susceptibilidad es muy diverso. Se postulan personas de diferentes grupos etarios, niveles educativos o situaciones socioeconómicas.


Estas personas tienen algo en común: todas se ven en la necesidad de luchar con una crisis de identidad. En tal estado, todos son susceptibles a la radicalización. En los grupos, la frustración individual se eleva a un nivel colectivo y se le ofrece una explicación. Tiene lugar un proceso de socialización al que están, en verdad, subordinados la radicalización y el adoctrinamiento ideológico. Dentro del grupo, se desarrolla un vocabulario propio y chistes propios que hacen que todo parezca a veces menos serio. Pero finalmente se define siempre un grupo claro de enemigos y se propaga una ideología extrema.

¿También se ha identificado como mujer en estos grupos misóginos y, por lo tanto, ha adoptado en ellos una identidad femenina?

Depende de cada caso. Me he creado una cuenta especialmente en grupos de mujeres misóginas. Eso fue muy emocionante, porque fue un tipo completamente diferente de radicalización la que encontré aquí: un grupo en el que el odio se dirige no contra un grupo ajeno sino contra sí mismo. A través de mi cuenta masculina, me sumergí también en el lado masculino de esta esfera de opinión. Pero mi interés principal han sido las mujeres misóginas, ya que nunca antes me había encontrado con algo así.

Este grupo tampoco está muy presente en los medios de comunicación. 

Exacto. Pero fue interesante, porque en ciertos grupos una es aceptada como mujer incluso con los brazos abiertos. Por ejemplo, en el Movimiento Identitario o en algunos grupos estadounidenses de extrema derecha. Pusieron mucho énfasis en tener mujeres en los primeros puestos, porque eso le da al grupo una imagen de mayor legitimidad e inocuidad. Pero en otros grupos, ser mujer fue un obstáculo que tuve que superar para que me aceptaran. Ese fue el caso del grupo neonazi de Estados Unidos, donde tuve que mostrar resultados de mi examen genético.

¿Qué papel juegan las teorías conspirativas dentro de estos grupos? Vistas desde afuera, estas teorías suenan a menudo muy abstrusas y uno se pregunta cómo alguien puede adherirse seriamente a ellas.

En algunos casos se reclutan específicamente teóricos de la conspiración, o bien personas que, según los estudios, tienen mentalidad conspirativa. Por otro lado, las teorías conspirativas también pueden transmitirse como un proceso sutilmente progresivo. Llaman a esto redpilling, en referencia a la película Matrix, donde el componente ideológico es agregado paso a paso. El mejor ejemplo de una teoría conspirativa que genera odio hacia un grupo enemigo es la dirigida contra la elite judía mundial. De esta manera, al miedo personal se le asocia una foto del culpable. 

En la mayor parte de los casos son temores relacionados con la migración, la violencia sexual, el descenso social o los ataques terroristas. La teoría conspirativa proporciona una explicación fácil y una imagen sencilla del enemigo. Si bien la teoría conspirativa del judío que controla en secreto el mundo entero es muy antigua, esa teoría es vinculada a acontecimientos políticos actuales y a nuevas dinámicas y procesos sociales.


Ahora, si bien suelen defenderse posiciones muy extremas, en última instancia son inofensivas porque el grupo no sale de la red. ¿Es realmente posible distinguir desde afuera en estas plataformas las tendencias peligrosas de las interacciones más bien inofensivas?

El problema es que muchas de estas teorías conspirativas e ideologías pertinentes propagan una especie de amenaza existencial. Las visiones a veces apocalípticas pueden llevar a determinados individuos a dejar de creer en soluciones políticas o metapolíticas. Esto puede promover en gran medida la disposición a usar la violencia. Una guerra racial, cultural o religiosa es entonces la única forma lógica de autodefensa. Esto puede inspirar rápidamente a tales terroristas, tal como lo vimos en Christchurch, Nueva Zelanda, pero también en Estados Unidos e incluso en Halle.

¿Funcionan internet y las redes sociales como catalizadores? La rápida comunicación en red y la veloz radicalización son difíciles de imaginar fuera del espacio digital.

“Catalizador” es el término correcto, porque las dinámicas que he observado online no se diferencian mucho de los procesos de radicalización usuales en las redes fuera de internet. Sin embargo, lo nuevo es la forma en que los grupos se conectan en red y se movilizan internacionalmente. Hoy en día, los grupos marginales pueden hacerse oír mucho más y reclutar miembros más allá de los grupos destinatarios tradicionales. 

Dado que hay diferentes subculturas en cada país, pueden adaptar específicamente su comunicación y su propaganda. Además, los algoritmos y la infraestructura de la mayoría de las plataformas tecnológicas juegan a su favor. Especialmente en los algoritmos de recomendación, suelen tener preeminencia los contenidos radicales, por lo que uno va a parar rápidamente a cámaras de eco extremistas sin tener necesariamente una tendencia política o ideológica previa.

¿Se pueden diferenciar ciertas dinámicas individuales entre los distintos grupos radicales? Hemos hablado principalmente de grupos de derecha, ¿qué pasa con los grupos islamistas?

En los últimos años han sido mucho más combatidos en internet los grupos islamistas, o al menos su propaganda. Existe la Coalición Global Contra Estado Islámico, una cooperación internacional que trabaja principalmente contra la propaganda del EI. O la fusión de las cuatro principales plataformas tecnológicas, Microsoft, Google, Facebook y Twitter, que trabajaron para que se eliminen vídeos propagandísticos lo más rápido posible y evitar que se vuelvan a cargar en sus páginas. 

Eso afectó aproximadamente en un 90% a la propaganda islamista y no estaba orientado al extremismo de derecha. En consecuencia, los grupos extremistas de derecha han podido trabajar mucho más tiempo sin ser observados por las autoridades y las empresas tecnológicas, y han podido construir su red. Además, los grupos de derecha actuales trabajan más con la sátira y explotan áreas grises, valiéndose del rebranding de símbolos y usando un vocabulario que difiere del de los grupos neonazis tradicionales.


Dicen que las compañías tecnológicas están tratando de detener la radicalización en sus páginas. A menudo, sin embargo, también son objeto de críticas, acusadas de eliminar contenido de odio con poco entusiasmo. ¿Qué opina usted? ¿Las empresas tecnológicas están haciendo lo suficiente?

Diría que en la mayoría de los casos les importa su reputación. Se nota por el hecho de que son más bien reactivas en sus acciones. Teóricamente, tendrían que cambiar todo su modelo de negocio. Los algoritmos también reflejan muy fuertemente la psique humana, y por desgracia nuestra atención repara precisamente en el contenido extremista. Antes nos gustaba ver peleas de gladiadores y aún hoy la violencia atrae nuestra atención. Por lo tanto, se necesitaría un enfoque más humano o un cambio completo en los algoritmos y modelos de negocio de estas empresas.

 En cualquier caso, la política puede ejercer cierta presión sobre la eliminación de contenidos violentos en la red. Esto debería hacerse no solo en las plataformas grandes, sino también en las plataformas más pequeñas, en su mayoría mucho más extremistas, a veces ultraidentitarias, que se han convertido en verdaderos focos de extremismo. Algunas de ellas están aisladas por completo y permiten que surjan cámaras de eco extremistas en las que se insta al uso de violencia. Aquí la política podría intervenir mucho más.

¿Qué tan bien preparadas están las agencias de seguridad cuando se trata de identificar y monitorear en la red a estos actores radicalizados?

Es necesario ponerse al día. Especialmente después de Christchurch, se notó que el enfoque y los recursos después del 11 de septiembre estaban demasiado puestos en el terrorismo (islamista). Las redes de derecha en internet casi no eran observadas. Se omitió entender mejor toda esta subcultura, para finalmente poder clasificarla adecuadamente. ¿Qué es potencialmente amenazante para la democracia? ¿Qué puede convertirse en violencia? ¿Qué es en realidad solo trolling? En este momento, las autoridades no tienen, ni en Alemania ni en el ámbito internacional, el panorama completo, en términos de grupos online de extrema derecha. Del lado islamista, por el contrario, estamos mucho mejor protegidos.


¿Qué pasa con los grupos de extrema izquierda?

Durante mi investigación, si bien busqué en todas las direcciones ideológicas, traté de reflejar las redes con mayor influencia y que son la mayor amenaza para la democracia y la sociedad. Noté que, precisamente en la extrema derecha, el foco estaba puesto en la disciplina y el orden. 

Los grupos de extrema derecha están más coordinados y tienen una red más grande que presenta estructuras militares y, por lo tanto, opera de manera mucho más efectiva en el espacio online. Esto se aplica al reclutamiento, la comunicación y las redes internacionales. En el lado de la izquierda, no noté esta coordinación ni tampoco noté tanto foco en la disciplina y el orden.

Por otro lado, también hay una fuerte diferencia ideológica. Tanto en los grupos islamistas como en los de extrema derecha existe un desarrollo muy fuerte del odio contra un grupo extraño, principalmente contra un grupo minoritario. Esto no se da ideológicamente en la izquierda. Allí hay más bien una movilización en respuesta al extremismo de derecha. Especialmente como reacción a Charlottesville, hubo también grupos militantes que querían vengarse. Pero fue solo reactivo y no odio contra un grupo humano enemigo. 

La excepción es el antiautoritarismo y la movilización anti-Estado de los extremistas de izquierda. Pero en el plano táctico, no son tan refinados ni militarmente organizados como los grupos de derecha. A menudo me dicen que tengo ceguera en el ojo izquierdo, pero cuando se miran objetivamente las diferentes redes, no hay nada comparable a los extremistas de derecha.


Volvamos a su propio rol. Usted ha escrito un libro basado en su investigación de grupos extremistas en línea. ¿Estaría usted en peligro si hace una aparición pública ahora? ¿Hay, por ejemplo, amenazas?

Hay mucha tranquilidad en este momento. He recibido bastantes amenazas en el pasado y me he preparado para amenazas o campañas de odio después del lanzamiento de este libro. Para mí era importante comprender qué impulsa a las personas a integrar estos círculos y cómo sacarlas de ellos nuevamente. He hecho un gran esfuerzo para no revelar la identidad de los extremistas no públicos, así que espero que, a cambio, se me trate humanamente. He visto el costado humano incluso de los radicales más extremos y siento que estos conocimientos podrían usarse como punto de partida para los programas de desradicalización en el espacio online.

Imagino que debe ser difícil lidiar con posiciones radicalizadas y campañas de odio durante muchas horas y aun así lograr tener en cuenta el costado humano.

Es una mezcla. Por supuesto, sentía rechazo ante las bromas racistas o las ideologías con teorías conspirativas que me hubiera gustado refutar de inmediato. Pero, por otro lado, una se da cuenta de que hay mucha motivación humana en este proceso de radicalización y que comienza en muchos casos con la búsqueda de amor o reconocimiento. A veces sentía una gran compasión, especialmente por los miembros jóvenes."

(Claudia Detsch , CTXT, 18/12/19. Este artículo se publicó en Nueva Sociedad, traducido del IPG Journal.)

15/11/19

La advertencia del ecologista Garrett Hardin sobre los peligros de la superpoblación alimenta el discurso de la derecha nativista

"Esta pasada primavera, la revista trimestral de la extrema derecha nativista, The Social Contract, dedicó un número al legado del difunto Garrett Hardin, el polémico ecologista y escritor conocido por su ensayo La tragedia de los [bienes] comunes, que Science publicó en 1968. 

Junto a reimpresiones de una antigua entrevista con Hardin y nuevas valoraciones de personalidades como el exgobernador de Colorado, Richard D. Lamm, figuraba el contenido habitual de la revista, con artículos titulados “La loca violencia de los extranjeros ilegales” y “’Periodista’ de Fronteras Abiertas ataca a Warren Buffett”.

The Social Contract ha ocupado un lugar marginal dentro del movimiento conservador a lo largo de toda su historia. La revista, que edita un racista que también es miembro de un grupo segregacionista sin porvenir alguno, arremete desde hace tiempo contra los “invasores”, la delincuencia de los inmigrantes y el multiculturalismo. 

Aunque publican a intelectuales influyentes con inclinaciones paleoconservadoras, también han publicado burdas invectivas en un tono amenazante advirtiendo del eclipse de la civilización occidental a manos de una creciente ola de color. 

Por eso resulta significativo lo rápido que algunas de las ideas que se articulan en The Social Contract, o que han sido desarrolladas en políticas y reciben el apoyo de grupos antiinmigración de su órbita cercana, se escuchen ahora en las más altas esferas del Gobierno de EE.UU. al amparo del Ejecutivo de Trump. Sin embargo, en este increíble logro de la derecha nativista está ausente uno de los frentes de la lucha antiinmigración que encarnaba Hardin: la conservación del medio ambiente. 
El negacionismo climático sigue estando profundamente arraigado entre la derecha estadounidense, aunque los glaciares estén empezando a retroceder
Durante décadas, Hardin fue un titán del movimiento nativista y un cercano colaborador de John Tanton, un ferviente conservacionista y fundador de una red de instituciones antiinmigrantes radicales, entre las cuales está The Social Contract, que reimprimió La tragedia de los comunes en su número inaugural. Fue en una carta a Hardin que Tanton escribió, de forma un tanto infame: “He llegado a la conclusión de que para que perdure la sociedad y la cultura europeo-estadounidenses es necesaria una mayoría europeo-estadounidense y una que sea clara en ese sentido”. Tanton y el editor de The Social Contract fueron los fundadores de The Garrett Hardin Society, un archivo online de los escritos y entrevistas de Hardin. 

Lo que Hardin aportó al movimiento nativista fue su pedigrí de ecologista famoso, que utilizó para promover una lógica neomaltusiana que defendía posturas antiinmigratorias. El fantasma del crecimiento demográfico sin control en los países desarrollados, que fomentan los ingenuos programas alimentarios de la ONU, estaba conduciendo al planeta a la ruina, sostenía Hardin. 

Y permitir que los inmigrantes pobres entraran en los países ricos creaba las condiciones para que aumentara aún más el crecimiento demográfico e hiciera que se sobrepasara la “capacidad de carga” de los países. Este argumento “verde” contra la inmigración fue tremendamente seductor entre el movimiento medioambiental dominante de la década de 1970, la era de “La explosión demográfica”, y solo se prescindió de él a finales de las décadas de 1990 y 2000, para gran amargura de los nativistas que pensaban que tenían una causa común. 

La reciente celebración de Hardin en The Social Contract llega en un momento sombrío. El 15 de marzo, un supremacista blanco de Christchurch, Nueva Zelanda, asesinó a 51 fieles en una mezquita. En un extenso manifiesto, el asesino se identificaba como “ecofascista” y su objetivo era “demostrarle a los invasores que nuestras tierras nunca serán sus tierras”. Menos de seis meses después, otro hombre que aunaba en su manifiesto rencores contra la degradación medioambiental y la población inmigrante entró con una escopeta en un supermercado Walmart en El Paso, Texas, y mató a 22 personas, muchas de las cuales eran latinas. “Los invasores”, escribió el asesino, “tienen la tasa de natalidad más alta de todas las etnias de Estados Unidos”. 

El negacionismo climático sigue estando profundamente arraigado entre la derecha estadounidense, aunque los glaciares estén empezando a retroceder. Algunas encuestas recientes muestran una creciente inquietud por la crisis climática en todo el espectro político, principalmente entre los jóvenes. 

A medida que empeora la crisis, muy probablemente el negacionismo se extinga y se abra la posibilidad de que se creen nuevas configuraciones políticas como respuesta a la pregunta de qué se puede hacer al respecto. Esto ya está sucediendo en muchos países europeos, donde los jóvenes activistas de los partidos de extrema derecha (los que tendrán que vivir con los efectos cada vez más graves del cambio climático) están haciendo campaña para frenar el monopolio de los partidos verdes sobre el asunto con la estrategia de vincularlo a sus llamamientos contra la inmigración.

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Cincuenta años después de que se escribiera, La tragedia de Hardin (la parábola de un prado compartido que se ve inexorablemente desbordado por el interés personal de cada uno de los pastores) sigue siendo citado, enseñado e incluido en antologías. Según el Open Syllabus Project, fue uno de los ensayos más utilizados en los planes de estudios universitarios en los últimos diez años. También se puede encontrar en YouTube, donde TED-Ed y Khan Academy cuentan con vídeos animados de corta duración sobre el tema para el estudiante curioso. 

La primera vez que me topé con el artículo fue durante mi último año de instituto en una institución pública alternativa que se centraba en ciencias medioambientales. Hardin, junto con los escritos de Paul Ehrlich, se utilizaron durante una unidad de invierno que estaba dedicada a comprender los efectos de la población humana en el medio ambiente. Hasta hoy, sigo sintiendo el impulso moral de no tener más de dos hijos; y cuando reflexiono sobre cómo llegué a esa conclusión, se entremezcla con recuerdos de la puerta del instituto y su cafetería. 

Sin lugar a dudas, estudiar el impacto que tiene la población humana en el medio ambiente no es intrínsecamente racista, pero sigue siendo importante responder por qué uno de los artículos más difundidos sobre el tema proviene de un pensador tan comprometido con el racismo. Además, el estatus del ensayo como sabiduría popular sugiere que la lógica medioambiental que caracteriza la obra de Hardin podría hacerse de nuevo un lugar en la política dominante con facilidad. 


Hardin abrazó creencias eugenistas desde el principio, mucho antes de que La tragedia de los comunes alcanzara su glorificado estatus. A comienzos de su carrera profesional, cuatro años después del final de la II Guerra Mundial, publicó un libro de texto universitario: Biology: Its Human Implications [La biología: sus consecuencias humanas]. En su mayor parte, se ocupaba de los fundamentos de la biología, pero en el capítulo final, titulado “El hombre: evolución en el futuro”, Hardin proporcionaba a los universitarios una completa argumentación sobre la eugenesia positiva y negativa, y argumentaba a favor de ambas para prevenir un futuro disgénico:

“En todos los casos, los estudios indican que si continúan nuestras actuales organizaciones sociales, se seguirá observando una tendencia descendente, lenta pero continua, de la inteligencia media… Se ha observado una oposición a la esterilización de los deficientes mentales por diferentes motivos. Uno de los motivos principales ha sido la sensación de que interfiere de algún modo con los “derechos” del individuo. A la hora de discutir sobre este punto, hay que hacer hincapié en primer lugar en que la esterilización altera a un individuo en un único aspecto: impide que tenga hijos”.

Este compromiso ideológico iba a durar toda una vida. Décadas después, el libro que publicó Hardin en 1993, Living Within Limits [Vivir dentro de unos límites], agradecía al fundador proeugenesia el Pioneer Fund. Asimismo, Hardin colaboró con la académica racista Virginia Abernethy, quien más tarde se describió como una separatista étnica y fue la candidata a la vicepresidencia de un oscuro partido político nacionalista blanco en 2012. Siete años antes de morir, invitaron a Hardin a una conferencia sobre eugenesia junto con varios destacados científicos racistas más, entre los que estaban J. Philippe Rushton, Arthur Jensen y Richard Lynn, y el grupo fundó una organización llamada la Sociedad para al Avance de la Educación Genética. Según informó otro orgulloso eugenista que asistió al encuentro: “La organización nació muerta porque el recientemente elegido presidente se dio cuenta al poco tiempo de que si se involucraba con la eugenesia, su obra antiinmigración se vería afectada”. Ese presidente era John Tanton.
El principio sostiene que en un entorno de recursos finitos, dos poblaciones diferentes que estén luchando por los mismos recursos no pueden coexistir de manera estable; una triunfará sobre la otra
Sin embargo, más insidioso aún que sus muchos contactos privados con el movimiento eugenésico fue el éxito que tuvo Hardin a la hora de popularizar conceptos biológicos al servicio de los argumentos eugénicos. En 1960 escribió sobre el principio de exclusión competitiva en la revista Science, un ensayo que más tarde se incluyó en su colección Stalking The Wild Taboo [Acechando el tabú salvaje]. 

El principio sostiene que en un entorno de recursos finitos, dos poblaciones diferentes que estén luchando por los mismos recursos no pueden coexistir de manera estable; una triunfará sobre la otra. Al igual que sucede en los comunes, estas ideas abstractas, pero que parecen de sentido común, se presentan como si fueran leyes inamovibles de la naturaleza. (En ese ensayo, Hardin argumenta que el principio de exclusión competitiva no estaba “sujeto a demostraciones para corroborar o desmentir su validez a través de datos, en el sentido habitual de los mismos”). 


Treinta años después, es fácil ver por qué el concepto era tan importante para él. En efecto, Harding daba a entender que el principio de exclusión competitiva aplicado a países como el Reino Unido o Estados Unidos sugería que la inmigración descontrolada podría resultar en un genocidio (supuestamente blanco): 

“Si dos culturas compiten por el mismo trozo de terreno (entorno), y una de las poblaciones aumenta más rápido que la otra, entonces año a año la población que se reproduce más rápido superará cada vez más en número a la más lenta. Si, ‘los demás factores mantenidos idénticos’, ser numeroso tiene ventajas; entonces, con el tiempo, la población que se reproduce más despacio será desplazada por la rápida. Esto es un genocidio pasivo. Puede que no se asesine nunca a nadie, pero los genes de un grupo sustituirán a los genes del otro. Eso es genocidio”.


Igualmente revelador es cómo los que comparten las creencias políticas de Hardin han expresado sus ideas. Un escritor de la publicación nacionalista blanca Occidental Observer citó a Hardin el año pasado cuando escribió que “las raíces del principio político del apartheid se encuentran en la biología y la ecología”. “La lógica del apartheid está implícita en el principio de exclusión competitiva”, prosiguió, para defender el régimen del apartheid sudafricano, que constituye uno de los más importantes casos prácticos del pensamiento supremacista blanco moderno sobre el control político blanco. 

El ensayo de 1974 de Hardin, Lifeboat Ethics [Ética salvavidas] sigue siendo influyente entre la extrema derecha. En un antología que recopiló Hardin y que tituló Managing the Commons [Gestionando los comunes], una nota a pie de página del ensayo, que se publicó con el título Living on a Lifeboat [Viviendo en un bote salvavidas], se quejaba de que el título original era simplemente Lifeboat Ethics [Ética salvavidas] y que un redactor de Psychology Today había añadido el “incendiario” subtítulo de “El argumento en contra de ayudar a los pobres”. Sin embargo, Hardin se mostró coherente en cuanto a centrarse en la amenaza que representaban los que viven en la miseria y los guardianes del legado de Hardin han subrayado la importancia de esta amenaza. Su metáfora (que el planeta finito es un salvavidas con una capacidad de carga limitada que necesita que se tomen decisiones difíciles sobre los pobres que están en el agua) ha encontrado su expresión directa en la crisis migratoria europea, que ve cómo embarcaciones de refugiados siguen cruzando el Mediterráneo en busca de asilo, y muchos se ahogan en el intento. 
Harding daba a entender que el principio de exclusión competitiva aplicado a países como el Reino Unido o Estados Unidos sugería que la inmigración descontrolada podría resultar en un genocidio
En medio de todo esto, un escritor supremacista blanco citó el ensayo en un artículo de VDare, y escribió que “Las recetas de Hardin para evitar la catástrofe maltusiana (que incluían eugenesia, finalizar con las prestaciones sociales y la ayuda exterior, y dejar que las hambrunas siguieran su curso) eran demasiado fuertes para la mayoría de las personas”. Otro artículo que recurría a Hardin para hablar de frenar la “invasión de refugiados”, y que fue escrito por un nativista canadiense, fue republicado en la página web neonazi The Daily Stormer, en la que ahora figura una cuenta atrás demográfica. En una ocasión, el ecofascista finlandés Pentti Linkola refinó el argumento de la metáfora de Hardin al escribir: “¿Qué se puede hacer cuando un barco con 100 personas vuelca de repente y solo hay un único bote salvavidas? Cuando el bote está lleno, los que odian la vida intentarán que suba más gente y se hundirán todos. Los que aman y respetan la vida cogerán el hacha del barco y cortarán las manos extra que se aferran a los lados”. 


Donde más se abraza el legado de Hardin en la actualidad, aunque la referencia no sea explícita, es en la frontera. En una carta de 1997 escrita a la ACLU para denunciar a la organización de derechos civiles por defender la definición de ciudadanía de la decimocuarta enmienda, Hardin escribió sobre “hacer frente a diario a hordas de mexicanas en avanzado estado de gestación que cruzan la frontera en el último minuto y tienen sus hijos en hospitales estadounidenses, a expensas de los estadounidenses”, y anticipó la creciente importancia del tema del “niño ancla” de los nativistas en casi una década, y la masacre de El Paso en dos. 

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A finales del año pasado, un escritor británico de la página web nacionalista blanca Counter-Currents escribió una reseña de un libro titulada “Ambientalismo y nacionalismo blanco: un destino compartido”, y sostenía que: 

“[…] los medioambientalistas y los ‘nacionalistas blancos’ […] son claros y convincentes a la hora de entender uno de los principales problemas del mundo, pero incompetentes y poco convincentes a la hora de ofrecer métodos para afrontar los retos que describen, porque cada uno es tuerto de un ojo. Los medioambientalistas son alérgicos […] a cualquier cosa que huela a diferenciación racial (“racismo”), mientras que aquellos que se preocupan por el racismo adoptan una pose por lo general poco sincera (sin sustancia o seriedad) sobre el tema del medio ambiente. […] La degradación medioambiental y la explosión demográfica constituyen las dos caras del mismo desafío y catástrofe. Ya es hora de unir los puntos”. 


Viendo a Tucker Carlson cualquier noche, o al propio presidente de EE.UU., resulta evidente lo mucho que las ideas nacionalistas se han infiltrado en la cultura popular. Por eso es fundamental que la izquierda y los medioambientalistas no se pongan demasiado cómodos con su dominio actual sobre el tema de luchar contra la crisis climática. Escritores como Betsy Hartmann han escrito con perspicacia sobre cómo la preocupación alarmista por los potenciales inmigrantes climáticos podría en última instancia hacerle el juego a los movimientos etnonacionalistas y a la seguridad nacional del Estado. Los nacionalistas blancos estadounidenses han comenzado a difundir propaganda con el eslogan “plantar árboles, salvar los mares, deportar refugiados”. 

Y el reciente tropiezo del senador Bernie Sanders en el programa Climate Town Hall de la CNN ante una pregunta sobre población y derechos abortivos (que formuló un miembro del público que denominó el tema “tóxico para los políticos, pero […] imprescindible hacerle frente”) pone de relieve que los liberales que defienden que “la ciencia es real” no son los únicos que son propensos al “sentido común” engañoso y hardinesco sobre el tema de la población. Las industrias con altos índices de emisiones de carbono, y no la población pobre, son los principales culpables de la crisis climática. Independientemente del cambio climático, todas las mujeres deberían tener acceso a servicios anticonceptivos y abortos en condiciones seguras. 
Donde más se abraza el legado de Hardin en la actualidad, aunque la referencia no sea explícita, es en la frontera
Merece la pena destacar que la única crítica que recibió Sanders por aceptar la premisa de que el planeta se enfrenta a un problema de sobrepoblación provino de la derecha antiabortista, un bloque que hace tiempo reconoció la verdadera naturaleza de la red de Hardin y Tanton. Pero al imaginar un futuro en el que la crisis climática ha transformado de manera fundamental la configuración política de siempre, es posible observar cómo los conservadores antiabortistas de línea dura podrían estar dispuestos a hacer concesiones, como ya lo han hecho con los grupos vinculados a Tanton; al fin y al cabo, incluso ahora no dan mucha guerra en general sobre la separación familiar en la frontera o la detención y deportación de las solicitantes de asilo embarazadas. Como sugirió hace poco el fanático antiabortista y diputado nacionalista blanco Steve King, está bien que la gente beba agua de la taza del wáter en los centros de detención; es decir, si son los hijos de otra persona.

Un estudio publicado este verano encuestó a los profesores de sostenibilidad para determinar cómo de popular seguía siendo La tragedia en los estudios universitarios, y cómo exactamente se estaba enseñando. Los autores descubrieron que, extrañamente, un tercio de los encuestados sigue considerando que Hardin representa el “pensamiento principal” sobre la gobernanza de los bienes comunes, a pesar de décadas de intervención académica e investigaciones empíricas. Pero un porcentaje más alto enseñaba el artículo por la misma razón que Hardin tenía cuando lo escribió: destacar la necesidad de una “intervención externa” para evitar una tragedia de los bienes comunes. 

Los gobiernos y los individuos tienen que actuar y hacerlo urgentemente para prevenir las peores previsiones de nuestra madura crisis climática. No se puede hacer sin una “intervención externa” en el sistema capitalista que nos ha traído hasta este punto límite. Hardin no estaba equivocado a la hora de insistir en los límites del crecimiento económico, aunque sus medidas preferidas son harina de otro costal: son autoritarias y son etnonacionalistas. El “tabú” que Hardin “acechaba” cuando discutía sobre población y medio ambiente está comenzando a abrirse camino de nuevo en las consideraciones de escritores y activistas. Y es con el legado de Hardin con el que tienen que lidiar. Por eso deberían ir con cuidado. 
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(Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler. Alex Amend es escritor y antiguo investigador de la derecha radical. En CTXT, 30/10/19)

8/3/19

La muerte del nieto de Lula desata los monstruos del odio

"Sabíamos que en Brasil, mayoritariamente solidario, sensible al dolor ajeno y que ama a sus pequeños, existían monstruos de odio. Confieso, sin embargo, que ignoraba que fueran tantos y con tanta carga de sadismo. Lo demuestran los comentarios sórdidos y hasta blasfemos que invocan a Dios con motivo de la muerte de Arthur, de siete años, nieto inocente de Lula, condenado y encarcelado por corrupción.

Un niño aún no tiene tiempo de conocer hasta qué abismos de ceguera puede conducir la política como ideología. Y cae sobre nuestras conciencias de adultos la infamia de convertir en bromas baratas, ironía y sarcasmo en las redes sociales, el dolor de un abuelo por la pérdida de su nieto. Lula, aún condenado y en la cárcel, no ha perdido ni su dignidad como persona, ni el pedazo de historia positiva que dejó escrita en este país.

Quienes llegan a alegrarse de la pérdida del nieto de Lula como un castigo de Dios por haber apoyado como presidente a Gobiernos como el de Venezuela —que hoy mata de hambre a sus niños, como he leído en este diario— están revelando hasta qué pozo de ceguera y de insensibilidad humana puede llegar el soberbio Homo sapiens.


Esa ausencia de empatía y de decoro ha contagiado a políticos con grandes responsabilidades como al hijo del presidente Bolsonaro, el diputado federal Eduardo, que todo lo que supo escribir en la red sobre la triste muerte del nieto de Lula es que el expresidente debía estar “en una cárcel común, como un preso común”. Lo escribió sin una sola palabra de piedad o, por lo menos, de respeto por su enemigo político.

Le respondió Fernando Lula Negrao, quien apuntó que las palabras del hijo del presidente eran propias "de la falta de misericordia, de los odios, de las angustias y de la falta de amor que es típica de los psicópatas, de los asesinos seriales y de los cobardes…” . Un juicio duro que millones de brasileños que no han perdido la capacidad de solidarizarse con el dolor ajeno aplauden.

También, Alexandre Braga, seguramente otro de los millones de brasileños sanos, no envenenados por la ideología, le respondió con sensatez: “[Eduardo Bolsonaro] perdió la oportunidad de callarse. Lula ya está acabado y preso. Respete el dolor del abuelo. Basta de ese odio malvado y vamos a pensar en Brasil”.

Intenté recordar tiempos oscuros de la historia en los que el ser humano llegó a degradarse hasta el punto de no solo no respetar la inocencia de la infancia, sino de hacer de ella carne de infamia. Solo me vinieron a la memoria aquellos campos de concentración nazi donde los niños eran quemados vivos porque “no servían para trabajar”. Fue en uno de aquellos campos donde uno de los responsables dedicaba la poca agua que había para regar las flores de su jardín dejando morir de sed a los niños.

Para alguien como yo que ha dedicado tantas columnas a contar lo positivo del alma brasileña (que tanto me ha enseñado y reconfortado en los momentos en que no es difícil perder la confianza en el ser humano), el hecho de leer comentarios sin alma, sin empatía, cargados de odio, sarcasmo e incluso regocijándose de la muerte de un inocente, solo por el odio a Lula, hace que prefiera no haber vivido este día.

Soy de los periodistas que criticaron, en su momento, el hecho de que Lula, que llegó con la esperanza de renovar la política, hubiese acabado contagiado por los halagos de los poderosos y por la política fácil de la corrupción. Hoy, sin embargo, ante esos camiones de basura que las redes sociales están vomitando contra él y hasta contra el nieto inocente que ha perdido, me atrevo a pedirle perdón en nombre de esos millones de brasileños que aún no se han vendido al odio fácil y saben aún mantener su dignidad ante la muerte de un niño.

Hubo quien escribió que, después de los campos de concentración del nazismo, no era posible seguir creyendo en Dios. ¿Y después de esos odios y sucios insultos lanzados contra Lula tras haber perdido a su nieto, es posible seguir creyendo en Brasil? El Brasil de las cloacas, que hoy han manchado gratuitamente el alma de un niño, terminará como le sucedió al nazismo.

El otro Brasil, el anónimo, el que hoy se ha horrorizado viendo desfilar a los monstruos sueltos en las redes sociales, el mayoritario, acabará (¿o será solo mi esperanza?) dominando a los monstruos que hoy nos asustan para dar paso a los ángeles de la paz."                    (Juan Arias, El País, 02/03/19)

8/11/18

¿Qué es el neofascismo europeo? Sostiene una concepción pura de la nación (biológica, cultural o histórica), un rechazo visceral al mestizaje, y manifiesta un temor patológico frente a la evolución de los usos culturales (de ahí su homofobia y antifeminismo). Su retórica consiste en establecer una relación directa entre los efectos disgregadores de la austeridad y la presencia de los extranjeros. Este doble carácter, aparentemente contradictorio: anti y pro europeo, configura la nueva identidad del fascismo en las dos Europas. Anti, pues rechaza con virulencia todo reparto de soberanía para profundizar la integración europea... pro europeo, porque sueña construir una Europa en la que la etnia, la raza, la religión, fueran criterios de discriminación entre los ciudadanos...

"El neofascista de nuevo cuño sostiene una concepción pura de la nación, rechaza visceralmente el mestizaje y señala al inmigrante como nuevo chivo expiatorio. Su auge procede de la precarización económica y social

Europa se construye desvelando, como telón de fondo, una identidad incierta. Experimenta una tensión conflictiva de cara al futuro, porque los cimientos originales del proyecto europeo, aunque asentados en la democracia de postguerra, estaban basados en intereses económicos sin consenso de pertenencia política común.

El nuevo ciclo que se ha abierto con la crisis de 2008 ha puesto en evidencia tanto el déficit democrático respecto de la gobernabilidad del conjunto europeo como la desagregación social sufrida por capas enteras de las sociedades. 

Diez años después del inicio de esta deflagración económica, comparable a la de 1929, y al amparo de una estrategia de salida de crisis “austericida”, el terreno social es más favorable que nunca al desarrollo de movimientos nacionales de ultraderecha, que se oponen al proceso de integración europeo en nombre de identidades étnicas, políticas, culturales y confesionales, apelando, como bandera, a la defensa de la nación asediada a través de la exclusión xenófoba. El crisol de expansión de un nuevo fascismo europeo resulta obvio.

En Europa occidental, el rechazo identitario —latente desde principios de los años 1980 con la creación del mercado único— se ha agudizado severamente, dando cabida a movimientos de extrema derecha en casi todos los países. Y, al fragor de la ola conservadora mundial, incluso los partidos de la derecha tradicional, con el afán de evitar neutralizar su liderazgo, se someten poco a poco a la retórica nacionalista y al uso demagógico de la figura del inmigrante, el nuevo chivo expiatorio.

En Europa del Este, el auge nacionalista es aún más virulento: junto al resentimiento contra el viejo enemigo ruso, se ha añadido, ahora, la sospecha de avasallamiento por parte de los países occidentales, considerados por la derecha extrema como nuevos opresores. Aunque los países del Este estén lejos de constituir un ente común y engloben fuerzas democráticas, liberales y sociales pro-europeas, la nota dominante la marcan las fuerzas reaccionarias.

El resurgir de los partidos de extrema derecha nos retrotrae indefectiblemente al fascismo de los años treinta, adaptado a la actualidad política y económica. Es éste un neofascismo integral, cuya estructura ideológica no ha variado en la esencia, desplazando solo la figura del enemigo: del judío y el comunista al inmigrante y desde la crisis de los refugiados en 2015, el musulmán. Es imperativo, pues, entender el contenido de esta ideología neofascista.

Sostiene una concepción pura de la nación (biológica, cultural o histórica), un rechazo visceral al mestizaje, y manifiesta un temor patológico frente a la evolución de los usos culturales (de ahí su homofobia y antifeminismo). 

En el terreno político, considera el “pueblo” una entidad orgánica, homogénea y opuesta a la división en clases sociales; deslegitima la representación política (“todos los políticos están podridos”), mientras obedece ciegamente a líderes demagógicos omnipotentes. En general, sus programas políticos hacen confluir, para atraer a las capas más pobres, vertientes del Estado social autoritario con una suerte de “corporativismo” pequeño-burgués, abanderando así su oposición frente a las “élites plutocráticas y cosmopolíticas”.

 En las últimas elecciones presidenciales de Francia, el programa de Marine Le Pen era formalmente mucho más de izquierda que el de Emanuel Macron. Proponía medidas sociales favorables (obviamente irrealizables) a las capas asalariadas, siempre que sean francesas de “origen”. Todos estos movimientos abogan ahora por reducir los derechos de seguro social, de sanidad y incluso de paro, a los inmigrantes, quienes por otra parte pagan por los mismos.

 Hay una estrecha relación entre esta visión de apartheid entre nacionales y extranjeros inmigrantes en su concepción de la nación, y la separación que quieren establecer entre las naciones europeas.

Sin perjuicio de sus diferencias culturales, nacionales y políticas, estas características se encuentran mutatis mutandis en todos los movimientos neofascistas actuales. Y cabe hacer derivar su nacimiento y apogeo de una profunda desestructuración del tejido económico, social y cultural europeo. 

Piénsese que la desagregación de las viejas estructuras económicas, en el contexto del mercado europeo unificado, ha dejado de lado y precarizado a grupos sociales que se han visto brutalmente excluidos o a los que se les ha sustraído la posibilidad de conquistar posiciones estables: experimentan no solo el bloqueo de la “movilidad social ascendente” sino la descualificación de estatuto social en la sociedad. 

Capas medias bajas, clases obreras, sectores importantes de la intelectualidad (el caso italiano es emblemático), padecen, a la vez, un proceso de desafiliación social y una crisis de confianza en el proyecto europeo. La fuerza de la retórica de extrema derecha consiste en establecer una relación directa entre los efectos disgregadores de la política de austeridad, el mismo proceso de construcción europea y la presencia de los extranjeros. 

Carga contra las élites supranacionales europeas y los inmigrantes como proletariado nuevo de reemplazo, siempre sujeto a discreción. La extrema derecha en los países del Este, que no quiere renunciar a los recursos económico-financieros europeos, pretende defender otra idea de Europa, blanca y cristiana.

Este doble carácter, aparentemente contradictorio: anti/pro-europeo, configura la nueva identidad del fascismo en las dos Europas. Anti, pues rechaza con virulencia todo reparto de soberanía para profundizar la integración inter-europea y finalmente dotar las instituciones de potencia política; pro europeo, porque sueña construir una Europa en la que la etnia, la raza, la religión, fueran criterios de discriminación entre los ciudadanos y en el resto del mundo. En el parlamento europeo, la alianza entre los movimientos neofascistas reposa sobre este último vínculo.

Ahora, la ultraderecha gobierna ya o bien influye decisivamente sobre las políticas de Hungría y Polonia. En Austria y Italia, son los mismos gobiernos quienes asumen políticas xenófobas; en otros países, los partidos neofascistas ocupan posiciones relevantes en instituciones cercanas a la ciudadanía (municipios, colectividades locales, servicios sociales públicos, etc.), idóneas para poner en práctica sus programas. 

 Por supuesto, aunque revistan la misma tonalidad de color, intentarán a cualquier precio disimular su filiación “fascista”, históricamente desacreditada. Es lo que ocurre en Francia con Marine Le Pen, o en Hungría con Viktor Orbán.

Frente a esta gravísima situación, es imprescindible que las fuerzas democráticas tomen las riendas desde la raíz. Todo el proceso europeo, tan difícilmente conseguido desde la segunda guerra mundial, puede estallar bajo los golpes rabiosos de estas fuerzas oscuras. No habrá posibilidad de vencer su retórica si la estrategia se reduce solo a minimizar el impacto de su ideología o asentir la exclusión de los extranjeros, replegándose sobre las fronteras nacionales.

 Neutralizar a la ultraderecha representa un desafío europeo y, por lo tanto, la respuesta debe ser europea. Una respuesta coordenada y política. No basta con solo recuperar los valores democráticos frente a esta nueva barbarie, sino, más aún, elaborar materialmente propuestas sociales y políticas para reinsertar a las capas excluidas o precarizadas: empleos, seguridad profesional, esperanza colectiva. Vencer este neofascismo europeo significa, más que nunca, defender una Europa social y solidaria."               (Sami Naïr, El País, 29/10/18)