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19/6/23

El infierno en la tierra: el crimen organizado en México

 "El panorama del crimen organizado en México ha experimentado una profunda transformación desde que en 2006 el presidente Felipe Calderón le declarara formalmente la guerra a un conjunto de organizaciones caracterizadas por el uso de una violencia extrema, un poder de fuego que rivaliza en potencia con el de determinados ejércitos profesionales y una capacidad de cooptación que los había convertido en los verdaderos dueños y señores de ciertas regiones del país.

Obviamente, el mercado controlado por estas organizaciones era en su momento, indefectiblemente, el tráfico de drogas. Este mercado ilícito de estupefacientes no era sin embargo para nada novedoso. Con carácter previo a la década de los setenta ya existían en México redes criminales dedicadas al cultivo de marihuana y amapola –traída ésta originariamente por las sucesivas oleadas de inmigrantes chino-asiáticos que comenzaron a llegar al país azteca a partir de la segunda mitad del siglo XIX–. Estos productos –cannabis, morfina y los derivados de ésta– eran manufacturados fundamentalmente a través de mano de obra campesina que explotaba grandes plantaciones clandestinas en regiones como Guerrero o el Triángulo Dorado –un área que agrupa territorios de los Estados de Durango, Sinaloa y Chihuahua–.

Para oír hablar de otros tipos de drogas más modernas se tendría que esperar aún varias décadas. Como Luís Astorga señala en su obra La Cocaína en México, esta droga fue muy raramente mencionada en la prensa mexicana entre los años cuarenta y setenta. Si obviamos incidentes aislados ha de concluirse que la cocaína no formaba parte de la demanda de consumidores o importadores mexicanos hasta entrada la década de los ochenta.

El rápido crecimiento de las organizaciones criminales mexicanas autóctonas ha de ser entendido a raíz de su cada vez mayor protagonismo en el tráfico de cocaína fundamentalmente a partir de los noventa. Durante la década anterior el ingreso de cocaína a Estados Unidos –sin duda el mayor mercado de este tipo de droga en el mundo– se producía a través de la ruta del mar Caribe respecto de la cual México jugaba un nimio papel.

Las cosas comenzaron a cambiar durante la década de los noventa al lograr Estados Unidos, inmersos en su eterna guerra contra los grupos colombianos, controlar el flujo de estupefacientes que cruzaban el Caribe por mar y aire. Ante este repentino cambio México cobró una gran importancia como país trampolín a través del cual ingresar las drogas procedentes de América del Sur en Estados Unidos produciéndose pues los contactos entre organizaciones criminales colombianas y mexicanas. Así, si en 1998 el 58% de la cocaína ingresaba a Estados Unidos a través de la ruta centroamericana, para 2010 el volumen había aumentado hasta alcanzar el 90%.

Las relaciones entre organizaciones criminales evolucionaron igualmente a lo largo de estos años. De esta forma, lo que en principio era un simple arrendamiento de servicios –los grupos colombianos utilizaban a los mexicanos como transportistas pagándoles una determinada comisión por cada flete– evolucionó hacia una renegociación de condiciones en las cuales los mexicanos demandaban pagos cada vez más altos por sus servicios, sobre todo una vez clausurada la ruta del Caribe. 

Llegado cierto punto las organizaciones colombianas comenzaron a pagar a las mexicanas directamente en cocaína y finalmente éstas acabaron por comprar el producto directamente a los grupos productores para posteriormente distribuirlo directamente en el mercado estadounidense. De simples correos los grupos mexicanos terminaron por transformarse en compradores-distribuidores con suficiente poder y credibilidad como para negociar condiciones de venta directamente en territorio sudamericano.

Jeremy McDermott, co-fundador del think-tank InSight Crime ha señalado recientemente en una entrevista con Americas Quarterly que: “Cualquier estructura criminal que se involucre en la cocaína pasa con éxito de 0 a 100 kilómetros por hora, muy rápido”. Y así sucedió en México. El papel tan relevante que jugaron las organizaciones criminales mexicanas en el tráfico de cocaína fue fundamental en su rápido crecimiento en materia de cuotas de poder.

Evolución del crimen organizado en México: de la hegemonía a la fragmentación

Pese a que negar la evidencia de que en 2006, fecha oficial del inicio de la guerra contra el narcotráfico en México, las organizaciones criminales suponían un auténtico reto para las autoridades federales a la vez que una fuente de inseguridad permanente supondría faltar a la verdad, no puede negarse que en comparación con el estado actual del país el México de 2006 era un lugar mucho más seguro y pacífico.

En aquella época operaban a nivel nacional siete grandes organizaciones criminales –el cártel de Sinaloa, el de los Beltrán Leyva, la Familia Michoacana, los cárteles fronterizos de Tijuana y Juárez, el cártel del Golfo y su organización de seguridad Los Zetas, que se independizarían de forma violenta a partir de 2010–. Entre todos ellos controlaban fundamentalmente un mercado criminal homogéneo, el de los narcóticos, que se caracterizaba por el uso de México como país “trampolín” cuyas infraestructuras urbanas de comunicación y transporte se utilizaban para recibir, almacenar y cruzar drogas –fundamentalmente marihuana, heroína, metanfetamina y cocaína– a través de los casi 3.200 kilómetros que separan al país azteca del mayor consumidor mundial de drogas legales e ilegales.

Los últimos diecisiete años de “guerra contra el narcotráfico” han supuesto sin embargo un horrendo baño de realidad caracterizado por un incremento no solo de las tasas de violencia, sino por la fragmentación del panorama criminal y por la extensión de unos mercados ilícitos que han adquirido actualmente un alcance eminentemente transnacional, y que las nuevas y cada vez más violentas organizaciones criminales pugnan por monopolizar.

Así, si en 2006 eran únicamente siete los grandes grupos o “cárteles” los que llevaban las riendas de un negocio billonario limitado al tráfico de drogas, a día de hoy la presencia del crimen organizado en México se ha incrementado en un 95%. Ya en 2020 un estudio coordinado por el Programa de Política de Drogas (PPD) del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) estimaba la existencia de un total de 150 organizaciones criminales a nivel nacional. International Crisis Group, utilizando herramientas de filtrado electrónico, ha llegado a identificar la existencia de 543 organizaciones que han operado en algún punto entre 2009 y 2020. No obstante, si tenemos en cuenta los extraordinarios sucesos que han tenido lugar en los últimos tres años y que han supuesto el detonante de auténticas guerras de baja intensidad en Estados como San Luís Potosí, Guanajuato, Sonora o Zacatecas, es muy posible que el número total de organizaciones criminales operando en México se acerque a las doscientas.

A día de hoy en el epicentro del submundo del crimen organizado en México nos encontramos con dos organizaciones paradigmáticas y rivales, el cártel de Sinaloa (CDS) y el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), este último procedente de una escisión del primero. 

El cártel de Sinaloa, descendiente directo de la generación de narcotraficantes que durante las décadas de los ochenta y noventa canalizaron drogas para organizaciones latinoamericanas –fundamentalmente colombianas–, presenta un liderazgo horizontal y fragmentado en diversos grupos o clanes familiares que intercambian recursos en información y que controlan buena parte del tráfico de narcóticos a gran escala en la costa del Pacífico. Contrariamente a la creencia generalizada, la facción de los Guzmán –liderada por el Chapo y actualmente a cargo de sus hijos, Los Chapitos– nunca ha monopolizado el control del grupo, que comparte con otros clanes como el del Mayo Zambada, los Salazar o los Cabrera.

En el caso del Cártel de Jalisco Nueva Generación, se trata de la organización criminal más poderosa del país y probablemente de América Latina. Innegablemente vertical en cuanto a su estructura, se encuentra liderado por Nemesio Oseguera Cervantes “El Mencho”, antiguo jefe de seguridad de un líder de segunda categoría afiliado a la facción michoacana del Cártel de Sinaloa. 

El CJNG aparece en escena entre 2010 y 2011 como célula de sicariato del CDS enviada a los Estados del Golfo de México para disputarle las plazas a Los Zetas, que durante aquellos años eran identificados como la organización criminal más poderosa del país. A partir de entonces, el CJNG ha replicado exitosamente el modelo de franquicias utilizado por Los Zetas para controlar los mercados criminales locales. Así, al llegar a un determinado lugar, la avanzadilla criminal identifica los grupos criminales locales y les ofrece trabajar bajo su propia “marca” a cambio de un porcentaje de los beneficios y con la condición de vender las drogas –fundamentalmente metanfetamina– que el grupo matriz envía a los territorios bajo su control. Los que se avienen al trato pasan a operar una franquicia del CJNG y los que no son eliminados sin contemplaciones.

De este modo, en poco más de una década el CJNG ha consolidado su presencia en 31 de los 32 Estados mexicanos. Con un liderazgo agrupado en torno a la enorme familia del “Mencho” y de la familia de los González Valencia –Los Cuinis, el brazo financiero de la organización–, el CJNG se ha transformado en un ente paramilitar que utiliza técnicas insurgentes para combatir tanto a organizaciones rivales como al gobierno federal y que cuenta entre sus filas con antiguos miembros de organizaciones guerrilleras colombianas, así como a ex miembros de fuerzas especiales centroamericanas.

Otras organizaciones criminales que antaño suscitaron grandes titulares se han transformado en reliquias del pasado. Así, el otrora todopoderoso Cártel del Golfo –que controlaba el trasiego de drogas, armas y personas en el Estado de Tamaulipas y la frontera texana– se ha subdividido en alrededor de catorce escisiones centradas en la explotación de mercados criminales del centro y noreste. Los Zetas, por su parte, ya no existen formalmente. En su lugar operan doce grupos destacando entre todos ellos el Cártel del Noreste –que opera desde Nuevo Laredo y es liderado por miembros del clan de los Treviño Morales– y Sangre Nueva Zeta –que opera en el centro-noreste y se centra tanto en la extorsión sistemática como en el robo de hidrocarburos–.

En cuanto a la Familia Michoacana, que llegó a controlar amplias porciones de Michoacán, Guerrero, el Estado de México y Colima, tras su transformación en 2010 en Los Caballeros Templarios –centrados en la extorsión a la industria aguacatera y limonera de la Tierra Caliente, en la producción de drogas sintéticas y en la exportación de mineral de hierro robado a las multinacionales que gestionan las minas de la región– actualmente operan a través de una pluralidad de grupos entre los que se encuentran La Nueva Familia Michoacana de los Hurtado Olascoaga –a cargo de la extorsión en el Estado de México y norte de Guerrero–, Los Rojos, Los Ardillos, Los Tequileros, Guerreros Unidos/La Bandera, Los Viagras o Cárteles Unidos.

La evolución de los mercados ilícitos

No obstante, centrarse tan solo en el incremento exponencial de entes criminales sería un error en tanto no permitiría explicar las razones que se encuentran detrás de los actuales niveles de violencia que han provocado en los últimos diecisiete años la muerte de alrededor de 400.000 personas y la desaparición de más de 100.000, unos datos que superan con creces los de determinados conflictos armados cuya existencia se reconoce oficialmente. Así, la multiplicación de grupos criminales ha ido en paralelo con la expansión de unos mercados criminales cada vez más normalizados y que han pasado en determinados casos a formar parte integrante de la sociedad civil, transformando al crimen organizado en México en un ente que cada vez con mayor facilidad incide en cuestiones tales como los ingresos públicos, la creación de puestos de trabajo, la obtención de materias primas, la distribución de productos de primera necesidad en incluso en determinadas zonas fenómenos inflacionarios.

De este modo existe por ejemplo amplia evidencia de que la extorsión sistemática se ha convertido en una de las mayores fuentes de ingresos para un crimen organizado cada vez más local. Contrariamente a la creencia popular, la mayoría de las organizaciones criminales mexicanas no tiene acceso a las rutas transnacionales de tráfico de drogas y en consecuencia no son capaces de importar por sí mismas altas cantidades de narcóticos, sino que se limitan a adquirirlas a organizaciones más grandes y con capacidad logística.

Por ello, el cobro de cuotas extorsivas o “derecho de piso” a todo tipo de actividad económica –legal e ilegal– que desarrolla en sus zonas de influencia se presenta como una fuente de ingresos altamente redituable en tanto implica grandes beneficios con una relación coste-oportunidad muy atractiva. La simple extorsión, contrariamente al tráfico de drogas transnacional, no requiere de grandes medios humanos ni de una elevada inversión, tan solo de una reputación sanguinaria que genere miedo en las víctimas.

De aquí el tipo de violencia ritualizada desarrollada por el crimen organizado mexicano, con cuerpos despedazados, torturas que recuerdan a la antigua brutalidad de los aztecas y una continua serie de amenazas desplegadas a través de “narcomantas” colgadas de puentes o “narcocomunicados” difundidos a través de redes sociales.

Los niveles de extorsión han llegado en determinadas regiones a alcanzar no solo a comercios de tipo callejero o a empresas de tipo PYME, sino que en muchos casos alcanzan a empresas internacionales. Así, en Michoacán, el Estado del que procede el alrededor del 85% de la producción de aguacate nacional, la industria se encuentra sujeta a las constantes demandas del crimen organizado que comprende los réditos que puede otorgar un mercado, el mexicano, que concentra el 30% de la producción mundial y que para 2016 suponía alrededor de 2.000 millones de dólares. De hecho, el expolio de este mercado ha llegado a profesionalizarse de tal modo que los grupos criminales de la región han llegado a infiltrar el catastro de la región a fin de obtener una relación exhaustiva del número de hectáreas controladas por cada propietario para poder aplicar un pago de X pesos por cantidad de superficie.

 La minería se ha convertido igualmente en un objetivo prioritario de las organizaciones criminales. En Estados como Guerrero –que concentra la producción de oro– o Michoacán –con grandes reservas de mineral de hierro– el acoso constante de organizaciones como la Nueva Familia Michoacana, los remanentes de los Caballeros Templarios, Cárteles Unidos o Guerreros Unidos/La Bandera ha transformado un mercado prometedor y rentable en un auténtico quebradero de cabeza para las empresas mineras concesionarias –fundamentalmente canadienses– que han terminado por colaborar de buena gana con el crimen organizado, al cual alquilan maquinaria pesada, mano de obra e incluso tareas de seguridad. A cambio las mineras pagan cuotas mensuales e incluso permiten que determinados grupos exploten sus propias minas y roben toneladas de mineral, que en muchos casos son vendidas a empresas chinas en instalaciones portuarias en Colima o Michoacán a cambio de precursores químicos para elaborar metanfetamina u opioides sintéticos como el fentanilo. 

Ya en 2013 se reportó que una organización criminal tan importante como el Cártel de Jalisco Nueva Generación estaba depredando los complejos mineros operados por la corporación Ternium –una de las mayores multinacionales mineras del mundo–. Así, de la mina del Encino se obtenían diariamente 5.600 toneladas de mineral de hierro en tanto que el CJNG robaba a diario alrededor de 2.500. Igualmente en la mina de Peña Colorada –concesionada igualmente a Ternium– la producción diaria legal rondaba las 12.000 toneladas, mientras que 3.200 iban a parar a los silos controlados por el CJNG en el puerto de Manzanillo.

No obstante, a pesar de los nocivos efectos que la extorsión tiene para la industria nacional, para el mexicano medio las consecuencias de este mercado criminal pueden tener incluso un impacto directo en su vida diaria. Esto es lo que ha sucedido en el Estado de México, una entidad cuya zona septentrional se encuentra bajo el yugo de la Nueva Familia Michoacana, organización que practica la extorsión sistemática de todo negocio lícito. A las compañías de construcción, por ejemplo, se les obliga a comprar materiales tales como cemento, vigas, arena o grava a determinados proveedores controlados o asociados con la organización. A los vendedores de tianguis –mercados callejeros– y empresarios de la restauración las cuotas han llegado a suponerles tal sangría que, lógicamente, han debido aumentar los precios para poder seguir obteniendo beneficios, algo que según la revista Proceso se ha traducido en una inflación regional de entre el 20 y el 40%.

No en vano ciertos analistas han señalado que la evolución del crimen organizado mexicano cada vez se aleja más del clásico modelo delincuencial asociado al tráfico de drogas para asemejarse a mercados de tipo “mafioso” como el existente en la Campania napolitana o Calabria, zonas en las que las organizaciones criminales controlan todo aspecto de la vida económica a través de prácticas extorsivas y predatorias. Esta transformación del panorama criminal azteca ha sido definida incluso como una “sicilianización” del crimen organizado.

El tráfico de personas se ha convertido igualmente en un auténtico filón para el crimen organizado. A partir de la segunda mitad de la década del 2000 se pudo ver una serie de cambios paulatinos en las redes de “coyotes” o traficantes de personas que actuaban a lo largo y ancho del país –sobre todo en los Estados fronterizos de Baja California, Chihuahua, Sonora, Coahuila y Tamaulipas– que fueron absorbidos por distintas estructuras criminales vinculados fundamentalmente al Cartel del Golfo y a Los Zetas.

 No es pues de extrañar que sean organizaciones criminales transnacionales las que hayan acabado por monopolizar el tráfico de personas, a quienes se exige auténticas fortunas a cambio de ayudarles a cruzar hacia Estados Unidos. A día de hoy son este tipo de grupos los que controlan el arribo de personas provenientes de Haití y Cuba desde la costa del Caribe o de inmigrantes centro y sudamericanos –sobre todo guatemaltecos, hondureños, salvadoreños y venezolanos– que ingresan al país por el sur, a través del selvático estado de Chiapas. Una vez en México a los migrantes se les redirige a través de distintos medios hacia las zonas fronterizas en donde son entregados a otros grupos que se encargan de cruzarlos por la frontera.

No todos los inmigrantes llegan sin embargo a su destino. Por el camino muchos de ellos son secuestrados con la finalidad de extorsionar a sus parientes en los países de origen a través de llamadas telefónicas. Otros muchos, sobre todo mujeres y niños, son utilizados para el ejercicio forzoso de la prostitución –negocio que también ha quedado en manos de grupos criminales que responden ante organizaciones más grandes y poderosas–. 

El tráfico de órganos procedentes de migrantes a quienes nadie echa en falta es igualmente un negocio rentable que últimamente ha conocido en México nuevas cotas de éxito. Las redes de tráfico de niños dedicadas a falsear adopciones y extraer y comerciar con sus órganos vitales –mercado que llegó a estar monopolizado por redes guatemaltecas– parece haberse desplazado a día de hoy a México. No en vano Santiago Nieto –ex-director de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público– ya advertía hace unos años de las redes criminales mexicanas dedicadas al comercio de córneas humanas.

El robo de hidrocarburos se ha convertido tras el tráfico de drogas y personas en el más rentable negocio criminal en el que ha terminado por incursionar el crimen organizado mexicano. Contrariamente a la creencia popular –que sitúa a Venezuela como el mayor productor latinoamericano de petróleo e hidrocarburos sin tener en cuenta la debacle que la administración del chavismo ha supuesto para su mercado energético–, México ha sido el mayor productor de combustibles del continente solo por detrás de Estados Unidos. En 2019, si bien se encontraba en franco retroceso, México cerró el ejercicio anual con una producción media diaria de 1.198.000 barriles diarios.

Las inmensas reservas petroleras –estimadas en 5.800 millones de barriles– y gasíferas del subsuelo mexicano fueron otrora objeto de un ardiente debate político y no de pocas tensiones con las sucesivas administraciones estadounidenses y finalizaron con la nacionalización del sector por el gobierno de Lázaro Cárdenas en 1938. A partir de entonces fue siempre el gobierno federal quien, a través de la empresa estatal Petróleo Mexicanos (PEMEX), explotó los alrededor de 3.000 pozos de extracción, refinó las materias primas y comercializó los combustibles distribuyéndolos internamente a través de franquicias estatales que fueron privatizadas a través de licencias en el marco de las reformas neoliberales de la década de los noventa.

Durante todos estos años de gestión estatal se generó en el seno de PEMEX y en las organizaciones afines a la empresa paraestatal –fundamentalmente sindicatos que agrupaban a trabajadores ligados a la élite política regional y federal– una auténtica mafia dedicada a la extracción u “ordeña” de combustible refinado –mayoritariamente gasolina premium, magna y diésel– que era posteriormente distribuido a la población de forma clandestina y a un precio mucho más bajo que el oficial. A este producto –que no deja de ser combustible robado– se le vino a denominar “huachicol”, palabra originariamente utilizada para designar a un tipo de bebida alcohólica refinada artesanalmente.

Con el tiempo esta mafia ligada a PEMEX acabó por crear auténticas economías regionales dependientes por entero de la extracción y comercialización ilícita del combustible en Estados como Veracruz, Tamaulipas y Puebla. Obviamente. La incursión de las organizaciones criminales en los mercados ilegales a partir de mediados de los 2000 supuso que el mercado pasó a ser controlado no ya por funcionarios corruptos, sino por estructuras criminales que empleaban la violencia y no la simple corrupción como estrategia de negocio.

En muy poco tiempo las organizaciones criminales del norte del país –fundamentalmente el Cártel del Golfo y tras la escisión de 2010 su antiguo brazo armado, Los Zetas– se hicieron con el control absoluto del huachicoleo en todo el país y extendieron sus actividades en este sector a otros Estados. De este modo entidades como Hidalgo o Guanajuato –ambas con refinerías y una alta concentración de oleoductos e infraestructura de suministro– Jalisco, Sinaloa, Tabasco y Durango se sumaron a las regiones permeadas por el mercado del huachicol.

En el caso de Guanajuato –un Estado que presentaba unas cotas de violencia relativamente bajas incluso después de que en 2006 se desatara la tragedia– la maldición del huachicol ha supuesto su transformación en una verdadera úlcera transformando al otrora boyante estado –conocido por sus plantaciones de fresa, por la industria del calzado y sus resorts vacacionales– en un auténtico matadero. 

Así, las estructuras locales que hasta el 2012 se encontraban vinculadas a Los Zetas acabaron por independizarse para formar federaciones delictivas autónomas dedicadas al ordeño de oleoductos así como al saqueo sistemático de la refinería de Salamanca. Cuando en el 2017 el Cártel Jalisco Nueva Generación trató de parlamentar con estos grupos de huachicoleros –o “alinearlos” como se conoce la técnica en el argot criminal– éstos asesinaron al mensajero de los jaliscienses y se agruparon en torno al Cártel Santa Rosa de Lima detonando una guerra por el control del robo de combustible que ha supuesto en menos de seis años la muerte de alrededor de 19.000 personas. En 2015 fueron asesinadas en Guanajuato 989 personas, en 2017 el número se elevó a 2.241 y en 2022 alcanzó los 5.083 fallecidos.

La economía “huachicolera” ha supuesto una verdadera sangría en términos económicos para el erario mexicano. Las cada vez más profesionales técnicas de extracción –que involucran la construcción de auténticas redes de galerías subterráneas de cientos de metros de longitud, con luz eléctrica, ventilación y revestimiento de hormigón y madera– así como la popularidad que ha alcanzado la venta de combustible robado –que se ofrece abiertamente en las redes sociales a un precio peso/litro francamente atrayente– han dado la puntilla a un sector petrolero en retroceso desde hace más de una década. 

No se trata tan sólo de las pérdidas en concepto de materia prima robada, sino los costes de reparación que supone restaurar las constantes fugas y tomas clandestinas que día a día drenan los 17.696 kilómetros de oleoductos que cruzan el país. En 2006, al comienzo de la guerra contra el narcotráfico no había en México más de 2.000 tomas ilegales mientras que para 2018 se reportaron 12.581 a través de las cuales se distraía una producción anual equivalente a más de 21.000.000 millones de barriles. En 2017 el Secretario de Hacienda cifró las pérdidas provocadas por el huachicol en alrededor de 20.000 millones de pesos –unos 1.000 millones de dólares–. Para 2018 el coste había ascendido en palabras del entonces director de PEMEX a 30.000 millones de pesos –1.500 millones de dólares– si bien estas cifras han de ser analizadas con cierta suspicacia puesto que a través de los datos generados en los informes internos de la paraestatal se pueden presumir unas pérdidas de alrededor de 62.000 millones de pesos.

A las pérdidas económicas generadas por el huachicol ha de sumársele el coste en términos humanos. No se trata ya de las personas asesinadas por las organizaciones criminales que buscan monopolizar el mercado, sino de las personas que siendo instrumentalizadas por los grupos criminales para recoger el combustible ilegalmente extraído mueren en el empeño de conseguir reunir unos míseros litros de gasolina.

Por la dinámica de ciertas organizaciones –que en vez de drenar los oleoductos de forma profesional revientan las tuberías con retroexcavadoras y movilizan poblaciones enteras que acuden a los torrentes con garrafas para acumular el combustible y transferirlo a la organización con posterioridad– se han producido auténticas matanzas. El 18 de enero de 2019 en Tlahuelilpan, Estado de Hidalgo, una muchedumbre que trataba de recoger en bidones de plástico el torrente de gasolina que manaba de un oleoducto perforado por una organización criminal originariamente vinculada a Los Zetas fue masacrada por la explosión que se produjo cuando alguien generó una chispa que actuó como detonador. 138 personas, hombres, mujeres y niños, murieron quemados vivos.

 El análisis de los nuevos mercados criminales mexicanos es inabarcable en tanto ha llegado a tocar todos los aspectos de la economía –legal e ilegal–. El suministro de bebidas alcohólicas, el sector de la construcción, el de la restauración y turismo hotelero, el blanqueo de capitales a través del control de entidades financieras y medios de comunicación, el tráfico internacional de armas, la falsificación de productos de marca, el mercado de intercambio de divisas o el sector del juego. Todas son áreas fuertemente penetradas por el crimen organizado mexicano ya sea en el marco de su lógica operacional –que los concibe como lógicas fuentes de ingresos– o como técnica de legitimación de sus ganancias.

Esta diversificación y evolución de los mercados criminales también ha cambiado la geografía de la violencia en México. Tradicionalmente la violencia se ha localizado en aquellos lugares en los que pueden obtenerse beneficios económicos. Es por ello que a principios de la década del 2010, cuando el tráfico de cocaína estuvo en su punto álgido, la violencia se disparó en estados fronterizos al rivalizar numerosas organizaciones por el control de plazas como Tijuana, Ciudad Juárez, Reynosa, Nuevo Laredo o Matamoros.

A día de hoy, con muchos más flujos de ingresos no relacionados con el tráfico de drogas, la violencia no está relegada a las luchas por el control de puntos de tránsito o de plantaciones, sino que se ha disparado en lo que alguna vez fueron estados y regiones relativamente pacíficos.

Tácticas insurgentes y drogas sintéticas

La evolución del crimen organizado mexicano no se ha limitado tan sólo a estructuras y mercados criminales, sino que también ha alcanzado a las tácticas operativas y al tipo de productos ofrecidos por los distintos grupos.

Con relación al plano operativo se ha producido una considerable profesionalización de las técnicas de combate empleadas. Lo que a principios del siglo XXI no dejaban de ser un conjunto de redes que daban empleo bien a matones a sueldo bien a miembros de las corporaciones policiales y militares corruptos, ha dado lugar a unidades de tipo paramilitar que se abastecen de armas y equipo táctico en las armerías estadounidenses –muchas veces adquiriendo productos legalmente a través de plataformas de compraventa virtuales– y que utilizan el reclutamiento forzado –llegando a engañar a víctimas a través de falsas ofertas de trabajo en redes sociales– y de menores.

Organizaciones como el Cártel de Jalisco Nueva Generación o el Cártel de Sinaloa se movilizan en columnas móviles de cientos de miembros que se desplazan entre las fronteras de los Estados del centro-oeste utilizando columnas de vehículos e incluso recuas de mulas. Penetran en las zonas en conflicto con la finalidad de ocupar territorios rivales, establecen bases operativas y perímetros de operación que fortifican con trincheras y búnkeres. Desde estos emplazamientos lanzan ataques coordinados utilizando vehículos blindados artesanalmente –conocidos en el argot como “monstruos”–, morteros y cañones caseros e incluso drones adquiridos en internet dotados de artefactos explosivos improvisados. Tras unos meses sobre el terreno las columnas se repliegan a sus estados de origen y son relevadas por otras unidades que continúan con la ofensiva.

Esta profesionalización de la violencia ha arreciado en los últimos tiempos merced al uso de instructores profesionales y de desertores o veteranos pertenecientes a cuerpos especiales o a fuerzas armadas de países centroamericanos –hondureños y guatemaltecos– e incluso antiguos miembros de guerrillas colombianas.

Por otro lado, la evolución del mercado de drogas estadounidense –que ha sufrido cambios considerables en la última década– ha supuesto que las organizaciones criminales mexicanas se hayan aplicado a la hora de desarrollar nuevos productos para satisfacer el apetito de una sociedad que necesita de constantes alternativas para evadirse de la realidad. La legalización de la marihuana en numerosos Estados –California incluida– ha provocado además la debacle de un mercado criminal tan importante como lo era el de la “mota” o marihuana, que daba empleo a decenas de miles de personas en Guerrero, Baja California y el Triángulo Dorado.

A consecuencia de ello se ha popularizado la producción de drogas de tipo sintético como el cristal de metanfetamina, a lo que se le ha de sumar la aparición del primer opioide sintético producido por las organizaciones criminales mexicanas a gran escala: el fentanilo.

En el caso de la metanfetamina, a principios de la década del 2000 el mercado estadounidense se encontraba en manos de productores locales. Sin embargo, las políticas legislativas del momento, centradas en prevenir el suministro a los simples consumidores de productos que pudieran ser utilizados como precursores –pseudoefedrina fundamentalmente–, hicieron que la producción se desplazara al sur de la frontera. Fue en el Estado de Michoacán donde facciones ligadas al Cártel de Sinaloa se apropiaron del mercado de la metanfetamina estableciendo duraderas y fructíferas relaciones de negocio con grupos criminales chinos, que han sido desde un principio quienes han suministrado los precursores químicos necesarios para elaborar el cristal. Recordemos que en China operan –legal o ilegalmente– alrededor de 160.000 empresas ligadas al mercado químico.

En el caso del fentanilo, este opioide sintético utilizado en principio con usos puramente médicos aparece por primera vez en el mercado a gran escala en 2013. Desde las plantas de producción del sudeste asiático las organizaciones mexicanas importan los precursores necesarios introduciéndolos a través de los puertos de Manzanillo, Lázaro Cárdenas y Veracruz. Una vez en tierra firme los ingredientes son trasladados a laboratorios localizados en zonas boscosas en los que se procede a fabricar pastillas que posteriormente son contrabandeadas a Estados Unidos de las más diversas formas. El interés en esta droga se explica por lo barato de su elaboración y lo rentable de su comercialización. Comprar un kilo ha llegado a costar 32.000 dólares pudiéndose elaborar con éste alrededor de un millón de pastillas con un valor de venta en calle de 20 millones de dólares.

Una vez en Estados Unidos, el fentanilo se vende a bandas locales que lo utilizan para cortar otras drogas –cocaína, heroína, etcétera– dado que su finalidad es potenciar el efecto del producto en tanto que genera una adicción 50 veces más poderosa que la morfina. Sin embargo, el hecho de que una dosis de 2 miligramos de fentanilo sea mortal de necesidad ha supuesto, lógicamente, un incremento de las sobredosis en el mercado estadounidense.

 No es ningún secreto que ésta lesividad inherente al fentanilo así como el escandaloso proceder de las farmacéuticas estadounidenses, que hasta hace no demasiado tiempo fomentaron el consumo de opioides sin ningún tipo de control, han producido un escandaloso aumento de las muertes ligadas al consumo de drogas en Estados Unidos. En 2012 –cuando el fentanilo ni siquiera era popular– esta droga causó la muerte a tan solo 1.615 personas. En 2021 se estimó que alrededor de 71.000 ciudadanos norteamericanos murieron por sobredosis causadas tan solo por opioides sintéticos. 

Hacia un deterioro de la relación Estados Unidos-México

Una de las consecuencias más importantes derivadas del actual panorama criminal mexicano ha sido el notable deterioro de las relaciones entre Washington y el ejecutivo mexicano liderado por Andrés Manuel López Obrador o AMLO, como se le conoce popularmente. La debacle del sistema de partidos mexicanos, que evolucionó desde la hegemonía del PRI hasta el régimen bipartidista PRI-PAN entre 2000 y 2018, ha supuesto la aparición en escena de un nuevo movimiento político: el Movimiento de Regeneración Nacional o Morena. Al frente de Morena, AMLO ha sido capaz de configurar una corriente política que capitaliza el carácter nacionalista e históricamente revolucionario propio del México post-revolucionario. Es esto lo que lo distingue de sus predecesores en el cargo –presidentes como Vicente Fox, Felipe Calderón o Enrique Peña Nieto– más interesados en complacer en el ámbito de las relaciones internacionales a su vecino del norte que en abordar los problemas sistémicos que sufre México: pobreza y violencia.

Sin embargo, la mayor parte de las metas políticas de AMLO, que llegó a la presidencia en 2018 con un programa aparentemente revolucionario bautizado como la Cuarta Transformación o 4-T, han quedado en agua de borrajas. Su ejecutivo ha sido incapaz de lidiar con la corrupción endémica y con la violencia. De hecho los conflictos armados se han recrudecido bajo su mandato en varios puntos del país. 

En este ámbito se han producido igualmente enfrentamientos cada vez más comunes entre los gobiernos estadounidense y mexicano. La detención por parte de la DEA tanto del General Salvador Cienfuegos –comandante en jefe de las fuerzas armadas entre 2012 y 2018 y acusado de prestar cobertura a una escisión del cártel de los Beltrán Leyva– como de Genaro García Luna –el arquitecto de la “guerra contra el crimen” declarada en 2006 acusado de embolsarse 21 millones de dólares en sobornos del cártel de Sinaloa– han sido vistos por el ejecutivo de AMLO como auténticas afrentas. Como venganza por el primer “insulto” el gobierno mexicano ordenó la publicación íntegra del dosier recopilado por la DEA en relación con el caso Cienfuegos, documentación que se presumía altamente secreta. La consecuencia de ello fue la práctica cesación del intercambio de información y colaboración entre la DEA y las agencias de investigación mexicanas.

Determinados hechos en los que se han vuelto ciudadanos norteamericanos también han supuesto continuos roces entre ambos gobiernos. El 4 de noviembre de 2019 una célula de sicarios de La Línea –antiguo brazo armado del cártel de Juárez– emboscó, asesinó y quemó a tres mujeres y seis niños de entre 8 meses y 12 años de edad en el Estado de Chihuahua. Los asesinados eran todos ciudadanos mexicano-estadounidenses pertenecientes a una comunidad mormona local. Este hecho dio lugar a una airada reacción por parte del entonces presidente Donald Trump que declaró públicamente su intención de declarar a los “cárteles” mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras –Foreign Terrorist Organizations o FTOs– lo cual permitiría el uso público de la fuerza militar en territorio mexicano a efectos de neutralizar objetivos prioritarios.

 Si bien las afirmaciones de Donald Trump cayeron en saco roto y perdieron muy pronto toda credibilidad un nuevo hecho similar ha encendido recientemente todas las alarmas. El 3 de marzo de 2023 cuatro ciudadanos estadounidenses que habían viajado a la ciudad fronteriza de Matamoros para que una de ellos se sometiera a una operación de cirugía estética fueron secuestrados por un grupo de sicarios pertenecientes a Los Escorpiones, una facción del Cártel del Golfo que opera en el área noreste de Tamaulipas. Dos de ellos murieron instantáneamente al ser ametrallado el coche en que viajaban y los otros dos fueron hallados unos días después malheridos y ensangrentados en una casa de seguridad.

Aunque la facción del Cártel del Golfo responsable de los hechos se excusó públicamente entregando a los sicarios responsables maniatados, lo cierto es que numerosos líderes políticos estadounidenses –fundamentalmente republicanos– avivaron el fuego exigiendo una declaración formal del presidente Joe Biden condenando la ineficacia del gobierno mexicano en atajar una violencia que se ha demostrado que puede llegar a golpear también a ciudadanos estadounidenses. La designación de las organizaciones criminales mexicanas como organizaciones terroristas extranjeras ha vuelto a la palestra y varios legisladores han elaborado propuestas legislativas que sugieren el uso de fuerzas especiales sobre territorio mexicano. La reacción de AMLO no se hizo esperar y durante las últimas semanas se han producido constantes manifestaciones y declaraciones por su parte reclamando respeto para un México cuya soberanía, dice, se ha visto vulnerada.

El futuro de las relaciones entre Estados Unidos y México no pasa por su mejor momento. Si a los problemas derivados de la seguridad transfronteriza le sumamos el rol de regulador de flujos migratorios que ha venido desarrollando el gobierno de AMLO y que es visto con recelo por un público estadounidense cada vez más conservador y xenófobo podemos concluir que no se requiere demasiado para encender una hoguera –la de la intervención– que aunque simbólica podría dar al traste con una relación que para las élites de cada país es irrenunciable."                      (

1/7/22

El fenómeno de la "narcoinsurgencia", que se destapa a partir del 2006 con Calderón, es un fenómeno que se gesta en la descomposición del sistema mexicano en varios órdenes durante los últimos treinta años... yo no conozco a ninguno de estos narcotraficantes que no haya hecho beneficios sociales. No hay un solo narco que no lo hiciera... en una época de neoliberalismo, particularmente extremo en el Noreste del país, surgen estos capos que reemplazan al Estado de bienestar... se configuró un tipo de Estado criminal dentro del Estado y gracias a los recursos del Estado mexicano... los jefes son los capos, son los gobernadores, son los banqueros y los empresarios... todos están moviendo los hilos del negocio... se conjunta un grupo de intereses que operan clandestinamente los beneficios del narco... Ese conjunto de intereses que se mueven en torno al narco, forman lo que yo le llamaría un ‘Consejo Directivo Informal’, (donde puede estar un general de la Secretaría de la Defensa Nacional) que es coordinado por el narco a través de un lavador de dinero, un funcionario público y, si en algún momento cae el capo, eso no se destruye y sigue funcionando... tenemos un problema para el futuro: cómo va la sociedad a resolver esto ¡sabrá Dios! Tenemos una herida que va tardar en cerrar, tenemos una situación donde no podemos tener verdad ni justicia... ¿La legalización de las drogas podría ser la soluciór? Sí, podría ser. Creo que hay factores que están llegando a un punto que nos permitiría comenzar a ver luz... ojalá que el Estado ahora entienda que esto no es un asunto policíaco y así realmente lo pueda enfrentar

"Una entrevista al periodista de investigación y corresponsal del semanario Proceso en Nuevo León, Juan Alberto Cedillo, a propósito de su libro Las guerras ocultas del narco (Grijalbo, 2018). La entrevista gira en torno de la “guerra del narco” en el noreste mexicano, durante los años 2004-2018, a partir de los hallazgos en los expedientes desclasificados de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) y de las confesiones de los capos de la droga en las Cortes norteamericanas, lo cual brinda una nueva perspectiva al origen, consolidación y declive, de uno de los cárteles más sanguinarios en los años recientes: el de los Zetas. 

No obstante, a la par se reconstruye una trama paralela: el agudizamiento de las facultades para hacer periodismo en un territorio convulsionado por la violencia, la elaboración de protocolos para el cuidado colectivo, el compromiso con la verdad ante la censura impuesta por los cárteles, la generación de secuelas relacionadas con el oficio. Es decir, nos acerca a las condiciones en las que se escribe la ‘historia del tiempo presente’. Por ello, aquí se da cuenta del futuro que nace comprometido con la violencia del pasado, generando una sociedad malherida, una vida dañada; desde donde, sin embargo, se busca verdad, justicia y dignidad. He aquí una expectativa de futuro, de la historia que viene.

Se desplazaban en las carreteras y los caminos de terracería de Tamaulipas, patrullando el territorio fronterizo del cártel de los Zetas o custodiando la cocaína para que no pudiera ser hurtada por los cárteles rivales, sea el del Golfo, el de Sinaloa o la Familia Michoacana. Vehículos pesados, blindados con acero y artillados con armas de grueso calibre, eran tanques de guerra ensamblados en talleres clandestinos, que peleaban dentro del territorio nacional y se constituyeron en una división acorazada de combate al servicio del cártel de los Zetas, sus inventores. Con la nueva tecnología de guerra, estos últimos construyeron un ejército imbatible con el que eliminaron a sus rivales y se enseñorearon del Noroeste de México, a poco más de cien kilómetros de la frontera con los Estados Unidos. En la Octava Sede Militar de Reynosa, Tamaulipas, el ejército federal almacena alrededor de 150 de estos narco-blindados, a los que también se les llama “monstruos”. Con esa espectacular nota periodística, publicada en la revista Proceso en el año de 2012, conocí el trabajo del reportero Juan Alberto Cedillo

(...) Escrito sobre el terreno y con testimonios inexplorados, Las guerras ocultas del narco analiza el flujo migratorio a los Estados Unidos y el trasiego de la droga, en una sociedad profundamente injusta y desigual, así como las grandes batallas de una guerra: Nuevo Laredo, Coahuila, Nuevo León. Las masacres: San Fernando, Allende y Cinco Manantiales. La política militar y el metabolismo del narco: alianzas y enfrentamientos entre cárteles, emergencia de poderes criminales, narcoinsurgencia en movimiento. Así, su experiencia como reportero se ha compaginado con su formación de historiador, cuya mirada sobre el pasado de México le ha permitido comprender mejor su presente: el suyo, el de un testigo de una época particularmente cruenta. Porque nuestra época es tan difícil de vivir como de contar: en nuestro país, silenciar el mensaje es matar al mensajero. Los periodistas han caído por docenas, aunque no haya, como en Siria, una guerra abierta. De ahí que el reportaje sobre lo que ha acontecido en el Noreste de México sea algo más que una historia de los Zetas: es una tragedia colectiva sobre nuestro proyecto social, un laboratorio donde se incinera el futuro.

Aquí se da cuenta de Las guerras ocultas del narco, pero también del oficio de escribir la historia en el momento en que ésta acontece, así como de los problemas psicosociales que han hipotecado el futuro y parecen irresolubles aún ante las promesas del nuevo gobierno. La entrevista fue celebrada un día domingo del 11 agosto de 2019 en la Ciudad de México, devino en una conversación entre dos historiadores oriundos de la frontera Noreste y Sur de México, que nos identificamos, así como lo hacen esos forasteros que arriban a la capital: con la perspectiva que da la distancia, con la invitación a la plática que produce el café, y que tanto recuerda a las fincas de Chiapas, tierra donde se siembran sueños y germinan investigaciones. [1]

Carlos Alberto Ríos Gordillo (CARG): Tú eres periodista con formación de historiador y además vives en Monterrey, así que me gustaría comenzar con las características del tipo de investigación periodística que haces: ¿qué significa escribir la historia del narcotráfico en el Noreste de México, en esta época obscura de la historia de nuestro país?

Juan Alberto Cedillo (JAC): Como bien dices, es una etapa obscura. Y por desgracia, al principio la dimensión de la violencia que comenzó a generar el narco no se comprendió más que en la zona donde estábamos. Recuerda que en países como México las cosas más relevantes son las que ocurren en la capital y lo que ocurre en el centro se confunde con lo que ocurre en todo el país. La visión de México que se tiene en el extranjero es lo que se produce, lo que acontece y lo que se publica en el centro del país. A mí me sucede una cosa muy relevante que comencé a estudiar: empiezo a ver que viene una violencia del crimen organizado que va in crescendo, como se diría en la música; pues comienzan a acontecer sucesos que no pasaban en México, como de pronto ver a una persona colgada de un puente.

A propósito, había una foto que le dio la vuelta al mundo. Es de una jovencita muy guapa: La pelirroja [Gabriela Muñiz Támez; véase serie 1], quien era novia del capo de un cartel y estaba presa en el penal de Topo Chico. El grupo contrario que controlaba el penal va por ella, la sacan de ahí para, supuestamente, llevarla a la enfermería. Se la llevan el 31 de diciembre de 2010, y ese mismo día, en la madrugada, la cuelgan. Le quitan la blusa y en la espalda le escriben el nombre de su novio. Al darse cuenta de que la van a colgar, ahí mismo se orina en los pantalones y así la cuelgan. Es una mujer muy guapa, jovencita, con buen cuerpo. La foto de ella, colgada con el torso desnudo, se convierte en una foto que le da la vuelta al mundo. Eso nunca había ocurrido en México y ya estaba sucediendo. Así que a mí me daba la impresión de que había que llevar el registro de todo eso, con la salvedad de que no se podía publicar mucho de lo que ocurría. No se podía publicar, porque había muchos riesgos y lo que se publicaba de provincia en la capital eran cosas muy relativas. Y todo eso que venía ocurriendo, una balacera entre un grupo de sicarios contra otro en medio de las calles importantes de la ciudad, con "daños colaterales" (como entonces le decían), ya no era algo natural de México y lo estábamos viviendo. De ahí comenzó a crecer y a crecer una violencia que de pronto invadió todo el Noreste. Vienen acontecimientos como una masacre [la de Allende y Cinco Manantiales] donde matan a 300 personas, que estuvo oculta durante casi dos años; como el incendio de un casino [el Casino Royale] donde mueren 52 personas; como una riña en el penal entre grupos del crimen organizado, donde se matan entre ellos; como balaceras en el mero centro de la ciudad y cosas por el estilo. Y es cuando dices: esto se incendia. Mientras que en la capital no se están dando cuenta de las dimensiones de este asunto; pero ya no era solamente en Monterrey, también era en Tamaulipas y Coahuila. Y pues a mí me pone en entredicho todo esto y había que reportearlo; y si no hay que reportearlo de inmediato, porque las condiciones no te dejan, entonces hay que dejarlo para el futuro. Así que me dediqué a escribir dos tipos de notas: las que tenía que mandar a la prensa, y el registro de lo que acontecía, lo que no podía contar. Armé los archivos, elaboré las entrevistas, conocí las versiones de los miembros del crimen organizado quienes me contaban sus historias para, posteriormente, plasmarlas en el libro. Este era un fenómeno que estaba cambiando el rostro del país. Si alguien nos hubiera dicho, en los noventa, de que México iba a estar incendiado, nadie lo hubiera creído. Y como lo he planteado en otros momentos, a este período se le va a conocer como el segundo más importante después de la Revolución mexicana.

CARG: En este estado de excepción que tú registras, ¿cuáles son los riesgos a los que se enfrenta un reportero que, además, es avecindado en la zona? y ¿cuáles serían las secuelas del hecho de observar una realidad tan cruenta?

JAC: Lo más relevante para el periodismo es cómo planteas todo esto. Primero, porque el periodismo de investigación se proscribió. Recuerda que para los periodistas un buen reportaje debe tener varias fuentes: documentar, confirmar o verificar todo lo que se va a plasmar en una investigación rigurosa, casi de corte académico. Desafortunadamente, en México el periodismo es extremadamente laxo y como estaba proscrito, cómo podías confirmar un acontecimiento entre narcotraficantes, con qué fuentes. El narco no te va a dar un boletín ni te va a decir que algo fue así o no fue así (risas). Entonces, mucho de lo que tenías que escribir para la investigación no se podía contar. Y los que lo hacían escribían leyendas urbanas, aderezadas con hechos que ocurrieron, pero en general eran versiones muy pobres para documentar por qué ocurrieron las cosas, cómo ocurrieron y cuáles fueron las consecuencias. ¿Cómo podías hacerlo? Simplemente no podías, porque, además, estábamos en una zona donde los Zetas impusieron una censura a lo que se publicaba. Tamaulipas, en un momento dado, se convirtió en una zona del silencio. En esos años, durante el gobierno de Yarrington [1999-2005] no ocurría nada. Teóricamente no ocurría nada porque no se publicaba, no se difundía. Donde podíamos difundir más era en Monterrey, porque a pesar de que teníamos la censura del crimen organizado era una gran metrópoli. Para las notas y lo poco que podíamos escribir teníamos ya un código. Te tenías que suscribir a los hechos, a los datos y quitar toda especulación, todo tipo de investigación y sólo decir: "mataron a cinco", "fue así", "llegó la policía y abrió una carpeta de investigación". Y se acabó: no podías contar nada más. Era una cosa muy limitada lo que podías publicar; e incluso, a veces no querían que publicaras eso, pues como corresponsales, cuando enviabas las notas a la prensa nacional, calentabas la plaza; entonces la clase política se veía obligada a intervenir porque estaban pasando muchas cosas. En un momento dado, el crimen organizado llamó a los reporteros ―gracias a que tenían reporteros infiltrados― para decir qué sí podían publicar y qué no. Te ofrecían diez mil pesos por mes para no publicarlo o cuarenta mil para publicarlo. Había un enlace que te decía qué sí, o qué no, podías publicar. Y además estaban las amenazas. Así que teníamos una situación muy difícil para hacer periodismo.

¿Qué pasaba cuando tú estabas viendo hechos horribles? Por ejemplo, a mí me tocó cubrir la masacre de Allende y pude saber todo lo que sucedió. ¿Qué pasaba con las extorsiones, los secuestros, las matanzas, las víctimas, los desaparecidos, las familias de los desaparecidos?, ¿Cómo te afectaba? Como periodista yo estaba en otros proyectos de investigación y sentía que no me afectaba. Para contrarrestar las experiencias del día me tomaba un vino tinto, escuchaba a Mozart y leía. Me gustaba leer literatura como para liberarme del asunto. Así que yo me sentía inmune, pero no sabía que tenía un nivel de locura que hasta ahora, más recientemente, admití. Y ese nivel de locura me afectaba precisamente porque yo estaba en la provincia, sintiendo lo que aquí ocurría, mientras que en el centro todo esto no se percibía. Tú mismo, como chiapaneco, entiendes que el centro tiene una capacidad brutal para ver y entender lo que ocurre en la provincia, pero a veces simplemente no entiende y en términos de la violencia es peor. Aquí no se estaban dando cuenta del asunto y yo les mandaba reportes internos, en ese entonces al periódico El Universal, que en Monterrey no podía publicar. Y yo les decía: "Te estoy mandando una nota que es muy delicada y no le metas tijera porque si le cambias algo, me pones en riesgo". Para entonces, la mayoría de los medios locales ya había quitado de las notas los nombres de los reporteros: todo era "Redacción" o "Staff". Eso comenzó en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Así que mientras eso sucedía allá, aquí un editor que se está comiendo una torta de tamal, decía: "ah, pues éste no puso esto", y le ponía o le cambiaba lo que quería. No entendían y yo tenía una polémica acendrada porque decía: "estos chilangos no me entienden", "mira cómo está el asunto acá". Y esa era mi locura, cómo todo esto me estaba afectando realmente.

CARG: En ese sentido, el Noreste de México se convierte en un laboratorio donde se experimenta el periodismo de guerra, que se adelanta varios años respecto del centro en dos tipos de circunstancias: la censura de los carteles y el silenciamiento impuesto voluntariamente para mantener la cordura y la vida. ¿Consideras que el tipo de periodismo practicado en esa zona es un experimento que se adelanta al resto del país? ¿qué técnicas o protocolos siguieron ustedes?

JAC: En Nuevo Laredo se impone el modelo para cubrir las noticias. La ciudad se incendia en el 2004 y hay un periódico emblemático de la región, El mañana, al que le disparan en la fachada, le avientan granadas, le queman la redacción, amenazan al equipo de reporteros y matan a un director. En un momento dado, El mañana compra chalecos antibalas a sus reporteros, impone autocensura y firma las notas como "Redacción", para que no se identifique quién es el reportero que la escribió. Este fue un primer paso, hasta que vieron que sus medidas fueron inútiles. Tomaron la decisión, en una editorial, de no publicar nada de esto, porque consideraron que era una guerra que no era suya y estaba provocando muchas muertes. Este fue el primer diario del país que decidió no publicar nada del narco.

Los reporteros tenían protocolos intuitivos que después adoptamos en Monterrey, porque ahí está la zona de resonancia que permite transmitir lo que estaba ocurriendo en Tamaulipas, y que allá no se podían publicar; o transmitir lo que pasaba en Coahuila, mientras los Zetas se adueñaban del territorio, conseguían el respaldo del gobierno y comenzaban a controlar todo. Así que nosotros teníamos la oportunidad de trasmitir al centro del país y por eso mismo adoptamos los protocolos, porque todos los medios quieren tener exclusivas, primicias y la nota antes que nadie, y el periódico El Norte, que es más poderoso que muchos diarios de la capital del país y que en algún momento llegó a tirar más de cien mil ejemplares, tenía una independencia financiera gracias a la publicidad empresarial y es el emporio periodístico de Monterrey: tienen a los mejores contactos en la policía, en el gobierno y entre los empresarios; sus periodistas se enteran antes que nadie, les filtran mucha información. Este emporio era el dueño de un periodiquillo, de los vespertinos especializados en la nota roja, El Sol. Sus reporteros siempre tenían conocimiento de todo lo que ocurría en la ciudad, casi al momento. Así que viene esta oleada de colgados, asesinatos múltiples, ejecuciones, cabezas regadas por ahí; entonces, en un primer momento, ellos están teniendo esas primicias y se dan cuenta de que llegar de inmediato a la zona del crimen comienza a tener un riesgo.

Sin decirle a la empresa, empiezan a compartir la primera cobertura con los demás colegas. Son los primeros que se dieron cuenta de que el crimen organizado tenía halcones [espías e informantes], de que a veces los sicarios regresaban a recoger los cuerpos y de que los policías estaban comprados. Tú llegabas a cubrir la nota y un policía municipal te filmaba, te tomaba fotos y te preguntaba: "¿De qué medio eres? Es para el reporte oficial"; cuando en realidad era para el narco. Así que se dieron cuenta del riesgo en la cobertura del muerto y se organizaron para llegar todos juntos. Porque, en una ocasión llegaron dos y todavía estaban ahí los criminales: los golpearon, les quitaron las cámaras. Fue así como la cobertura se volvió colectiva, para reducir el riesgo; y eso comenzó a ser un protocolo para moverse en zonas rurales y cómo practicar la autocensura, porque los criminales querían que se publicaran muchas notas donde ellos dejaban narcomensajes. ¡En una ocasión nos avisaron de un muerto que todavía no mataban! Llegamos al lugar y el muerto llegó 5 minutos después. Para entonces, ya nos habían dado la ficha con el nombre y la dirección del difunto, pero el cuerpo todavía no llegaba. Al rato llegaron en una camioneta y lo tiraron: "acá está el muerto". Y dejaron el narcomensaje: "Señor procurador deje de involucrar a gente del cartel de Sinaloa, si no van a seguir los muertos".

Así que trabajar con todo esto se vuelve intuitivo. Ante el peligro y las amenazas hay una desbandada de reporteros; la mayoría pide cambio de fuente: "Yo me voy para deportes", "a mí métanme a la redacción"... Y durante el mayor auge de la violencia, de los 40 reporteros que cubríamos todo eso ya éramos entre 8 y 11. Todos temerosos. 2 o 3 usaban chalecos antibalas y el resto nos colocábamos atrás de ellos. A mí me tocaron, por lo menos, 5 o 7 balaceras en proceso. Llegabas y quedabas en medio; te tenías que tirar al suelo o tenías que retirarte porque todavía se estaban dando de balazos. Todo esto cambió la manera de hacer periodismo y los protocolos fueron intuitivos. Creamos una red para compartir estos protocolos que hicimos: la cobertura colectiva, la seguridad digital, entender cómo funcionan los halcones, cómo te están vigilando siempre, etcétera.

CARG: ¡Qué impresionante! Esta experiencia está plasmada en Las guerras ocultas del narco; no la cuentas y sin embargo está ahí y me parece que le confiere al libro ese grado de originalidad y radicalidad que no tienen otras publicaciones de su tipo. Eso tiene que ver con el tratamiento que tú le das a los testimonios y cómo lees las fuentes, porque tienes la experiencia directa. Sin embargo, también te asumes como narrador de hechos terribles y para ello exploras diversos tipos de testimonios, por un lado, los archivos de la Secretaria de la Defensa sobre los Zetas, y por el otro, los juicios de los narcotraficantes aprehendidos en Estados Unidos. ¿Cómo lees estás fuentes?, ¿cómo las críticas?, ¿cómo contribuyen a visibilizar lo que ha sucedido?

JAC: Lo más relevante para mí y para este libro fue escucharlos, porque estás hablando de testimonios de primera mano. Lo único que te da la versión oficial es: "cayeron tres muertos", "utilizaron tales armas", "recogimos tales casquillos", que es una pequeña radiografía del hecho, pero finalmente el problema es responder por qué, quiénes, cómo. Y eso no te lo responde la versión oficial. La ventaja de muchos de los reporteros de provincia es que estuvimos en el lugar de los hechos. ¿Qué ventaja te da? Pues que escuchas cosas de más, ves lo que ocurrió, ves detalles que no se publican (porque la nota finalmente es una síntesis de un acontecimiento); entonces oyes cosas de más, escuchas los rumores: por qué pasó, quiénes eran, pero como no se confirman no se pueden publicar. Esa ventaja de estar en la zona de guerra, sin duda es una parte relevante para poder escribir, pero no entiendes el por qué, el cómo, quiénes. Así que cuando escuchas a los testigos de primera mano, a los mismos capos contar sus testimonios, todo cambia. Allá en Estados Unidos solamente se les podía juzgar por dos delitos: por lavado de dinero y por el narcotráfico. Las leyes y los delitos están resumidos en esto. Para la justicia norteamericana lo que hicieron en México es irrelevante.

CARG: De ahí que cuenten alegremente todo lo que hicieron...

JAC: ¡Porque además son tipos que tienen mucho que contar! Ellos hicieron historia, le cambiaron el rostro a México. Ni López Obrador le va a cambiar el rostro a México como los narcos lo hicieron. Ellos son capos de un nivel, como Heriberto Lazcano, inusitado para México. Innovaron, crearon situaciones de guerra. Si los ves como un personaje histórico de la maldad, podrían ser un hitlercito. Hicieron cosas sin precedentes para la historia de México. Así que oír su testimonio, ver cómo lo narraban, cómo contaban sus aventuras, fue impresionante. Yo digo en el libro que, en un momento dado, los tenían que callar porque el juicio se basa en responder las preguntas y los tipos se soltaban y contaban todo, mientras yo intentaba apuntar todo en friega (risas). Tenías que aprender taquigrafía. La ventaja es que como tenían que hablar en español, y después los traducían al inglés, te daba la ventaja de escribir. Gracias a mis amigos, después tuve la ventaja de leer las transcripciones, pero para entonces ya lo había escuchado. Y esa fue la ventaja fundamental, para mí, de este libro.

CARG: Claro, por un lado, eres un testigo directo de lo que ocurrió, pero por el otro, escuchas a los capos y, finalmente, pones a prueba tanto lo que has visto como lo que has escuchado. ¿En qué medida tu propia experiencia como reportero te sirve de filtro, de crítica?

JAC: Mira, estar dentro te daba conocimiento y acceso a fuentes cercanas; por ejemplo, nosotros estábamos cerca de la inteligencia militar y ellos nos daban una versión. En ocasiones, hacían operaciones especiales que la SEDENA [Secretaría de la Defensa Nacional] les prohibía contar, porque ésta quería que la gente denunciara y todos los golpes contra el narco se los atribuía a una denuncia anónima, cuando ya los oficiales de inteligencia militar habían hecho su trabajo, pero no podían decirlo porque la versión oficial era: "gracias a una denuncia anónima..", así que ellos se quedaban sin el crédito, pero a nosotros sí nos contaban todos los detalles de la operación. El gran problema que tuvo Calderón [2006-2012] y que tiene el Estado mexicano para combatir el narco y esta violencia, es que sigue con la estrategia de los grandes capos; y cuando capturan a uno de los grandes hay diez que están listos para reemplazarlo. Así que cuando nos contaban los detalles, nos dábamos cuenta de cómo operaba la red, las conexiones con la policía local, la complicidad que iba subiendo por los jefes policiacos, los procuradores. Y entonces, comenzabas a entender.

Yo tuve la suerte de que con otros dos compañeros periodistas visitábamos un antro de mala muerte, que después se convirtió en un antro de mala muerte propiedad del crimen organizado, pero gracias a que teníamos años yendo éramos parte de la clientela que no generaba sospecha. Al estar ahí, las meseras nos contaban de todo: eran la mejor fuente de información porque eran novias de los capos. Todos esos datitos que se fueron juntando se convirtieron en el principal filtro para descifrar el marasmo: qué es lo que es necesario ocultar, cuál es la verdad, cuál es la mentira; y hay cosas que, definitivamente, tienes que dejar a un lado. Yo no quise meterme del lado de las víctimas, pero tengo muchas narraciones de tragedias y tristezas; por ejemplo, los marinos de las fuerzas especiales que llegan de la Ciudad de México a Monterrey ya tienen la dirección de un capo, saben dónde vive y van a ir por él; buscan la dirección, tocan la puerta, les abre el supuesto capo y ellos no lo esperaban, así que le disparan. Después buscan las armas, las drogas y no encuentran nada. ¡Resulta que se habían equivocado de número! Se equivocaron de casa y mataron a un pobre ciudadano que ni la debía ni la temía, pero ya habían cometido el error, así que entonces le siembran la droga, le siembran las armas, le ponen pólvora en las manos y lo presentan como un gran capo. ¡Había miles de esas historias! pero entonces, ¿cómo las cuentas?

CARG: Mira, a mí me parece que el plan de la obra surge de todo esto. La perspectiva de análisis que has adoptado no es la historia nacional del narcotráfico, sino una escala macro macrorregional: el Noreste. De ahí que haya una configuración espacial propia y una cronología anterior a la de la "guerra del narco", que genera una narrativa a contracorriente de los procesos nacionales y de la cronología oficial.

JAC: La narrativa de la "guerra del narco" se impone desde el centro del país, con las desventajas de no tener todos los elementos que se podían encontrar en las regiones. Así que, en ocasiones, lo que publican los periodistas de la capital es que el gobierno federal es responsable; y en esta historia, al narco se le ha quitado el papel individual. Para la narrativa oficial, el narco no es más que un peón del Estado que responde a ciertos intereses, a cierta dinámica. Claro que el Estado tiene complicidad, pero al narco le quitan el papel de emprendedor, de formador de la historia, que hace las cosas por su propia dinámica y no, como siempre se le ha querido ver desde la capital del país: al Estado como titiritero de los narcos. Por eso el libro parece que fuera dos maneras de ver una sola realidad: la que se ha contado y la realidad tal y como se ve desde aquí.

CARG: Tú has hecho referencia al diseño de una política militar transnacional entre los Estados Unidos y México, que es anterior al sexenio de Felipe Calderón. ¿Cómo se creó esta política militar de contención a partir del Plan Mérida y cómo se adaptó por el gobierno mexicano?

JAC: Quien ha escrito muy claramente la historia de cómo el narcotráfico en México ha evolucionado de la mariguana a los gomeros, etcétera, es Luis Astorga. Él cuenta que en las famosas campañas antiamapola en la zona de Sinaloa, el gobierno de los Estados Unidos financia al gobierno mexicano para que destruya la producción de amapola y para que la heroína no llegue a los Estados Unidos. Y le pide que sea el Ejército el que vaya a las lomas de los narcos gomeros y destruya las cosechas de amapola. De hecho, el proyecto de la génesis de la violencia en México yo lo sitúo cuando a los militares los mandan de civiles a combatir al narco, que son los Zetas. Se tenía el concepto de que las policías civiles eran demasiado corruptas y el ejército era lo más disciplinado, lo más decente y lo menos corruptible; así que quisieron que éste fuera el encargado. Para entonces, ya estaba bien corrompido; el narco ya lo había infiltrado: había comprado a generales regionales y varios mandos. Pero, cuando Calderón dice, y esa es la gran decepción: "vamos a implementar la presencia del ejército para contener toda esta violencia", los generales ya están con el bando contrario. Todo eso está en los documentos WikiLeaks, otra de las grandes fuentes del libro. Ahí, incluso se le propone a Calderón una policía para la zona sur, una policía migratoria.

CARG: Por un lado, está un factor que es la política militar en el Noreste, pero, por el otro, hay condiciones sociales que sirven de caldo de cultivo para la fermentación de una violencia que se va recrudeciendo poco a poco. Tú has señalado al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que para el 2004 lleva ya diez años de operación. Son diez años de una política económica basada en la maquila, el congelamiento de los salarios, la mano de obra barata, la pauperización social, el hacinamiento del proletariado en las ciudades. ¿Cómo afecta esta situación social?

JAC: Acuérdate que el TLCAN es el beneficio que obtendrán los Estados Unidos para competir con China. Las grandes empresas estadounidenses cada vez tienen menos capacidad competitiva y deciden que los salarios bajos son la manera de reducir costos a sus productos y así competir con Europa y con China. En un primer momento sí les funciona: toda la franja fronteriza, de Matamoros hasta Tijuana, se llena de grandes maquiladoras y ensambladoras que contienen la migración centroamericana porque el empleo está en auge, pues las empresas vienen a buscar la mano de obra barata y la evasión de leyes rigurosas sobre el medio ambiente. Así que vienen para evadir restricciones legales muy rigurosas allá y muy laxas en México. Pero eso funciona en un período de tiempo muy corto, pues ni siquiera esa logística que abarata sus productos les compensa ante los bajos salarios chinos. Y cuando esta gran maquila que se estableció en México regresa rápidamente ¿qué sucede en las grandes zonas fronterizas donde hay una gran población flotante? Se queda ahí, huérfana de oportunidades.

Por eso no es casual que donde empieza la violencia en México es en las zonas maquiladoras. Los primeros brotes de la gran violencia en México suceden en Nuevo Laredo, Tijuana, Chihuahua, Reynosa, Matamoros. Es ahí donde nace esta gestación; y cuando, por diversas circunstancias (el cierre de la frontera, cambios en el consumo) la droga ya no se vende en los Estados Unidos, es en estas mismas zonas donde se empieza a quedar la droga, y entonces esta población flotante comienza a consumir droga barata.

CARG ¿Cuáles son las características de esta población flotante, en cuanto a sexo, edad, origen?

JAC: Básicamente, son jóvenes migrantes que se quedaron ahí. Los feminicidios en Chihuahua, que tanto nos asustan, son solamente la punta del iceberg de lo que venía sucediendo, porque como el feminicidio se vuelve políticamente más importante se pierde de vista que por cada mujer que estaban matando, también estaban matando a seis hombres. Entonces, hay un nivel de violencia que refleja el fenómeno que está ocurriendo: en Ciudad Juárez se está quedando la droga y el narcotráfico cambia su sistema de operación. Durante decenas de años operó para pasar la droga a los Estados Unidos, no para operar en México, porque las ganancias estaban allá. La cocaína no se consumía en México. Y cuando tienes una plaza local para vender la droga, necesitas la protección de la policía local, necesitas narcotienditas y narcoconsumidores. La cocaína era para el consumo de las élites, pero estos tipos la comienzan a hacer masiva gracias a los antros, los table dance y a que las mujeres entran ahí; entonces tenemos que, gracias a una encuesta de la ONU [Organización de las Naciones Unidas], de que las mujeres comienzan a ser las principales consumidoras de cocaína en México, en esta franja fronteriza, y a partir de 1996.

CARG. Me parece que todos los elementos que ahora planteas, y que se encuentran en el comienzo del libro, son problemas sociológicos muy amplios. Tú señalas la emergencia de la "narcoinsurgencia", la "narcoguerra", la "guerra de baja intensidad", lo cual implica que la violencia organizada disputa al Estado el territorio, la soberanía, la justicia, el trabajo, los impuestos y la recaudación fiscal. ¿Qué implica pensar estas guerras del narco, en el Noreste, desde la perspectiva de la "narcoinsurgencia"?

 JAC: Durante la investigación conversé con funcionarios colombianos que hicieron el combate al narcotráfico: a Pablo Escobar, los hermanos Orihuela, al cartel de Medellín, al de Cali, y ellos me plantearon algo fundamental que para mí fue como una revelación. Y es que, según sus investigaciones, la violencia en realidad se venía gestando durante los últimos treinta años; que este fenómeno no es sino la gestación de muchas cosas que vinieron evolucionando desde hace treinta años. Entonces, entendí que el fenómeno que se estaba expresando era una descomposición del país en muchos aspectos.

En realidad, el fenómeno que se destapa a partir del 2006, con Calderón, es un fenómeno que se gesta en la descomposición del sistema mexicano en varios órdenes durante los últimos treinta años. Lo que sí queda claro es que el Estado abandona sus responsabilidades sociales, que las familias se descomponen, que hay un cambio de paradigmas culturales; son factores que llevan a esta situación. La investigación de los académicos permitiría dar una configuración a todo esto, porque este momento histórico se tiene que interpretar y entender en el futuro.

CARG: Una vez que has hecho la narración de los hechos trágicos, donde la tragedia que viene siempre supera a la anterior, y hay una acumulación de desdicha, infelicidad y destrucción social. ¿Cuáles son, hacia el futuro, las posibles vías de solución?

JAC: ¡Uf! yo creo que eso se lo tendrías que preguntar a Dios (risas) Porque es el único que te lo puede decir...

CARG: Pero, en lo que nos atiende… ¿crees que la legalización de las drogas podría servir?

JAC: Sí, podría ser. Creo que hay factores que están llegando a un punto que nos permitiría comenzar a ver luz. Yo no me atrevería a decir cuándo esto se va a terminar, obviamente se tiene que terminar, pero todavía hay indicios de que, si esto se expresó en el Noreste y luego se convirtió en un modelo y en un fenómeno que se fue extendiendo, como ahora en alcaldías como Iztapalapa o Gustavo A. Madero, en la Ciudad de México, ojalá que el Estado ahora entienda que esto no es un asunto policíaco y así realmente lo pueda enfrentar. Yo creo que el problema es bien complejo.

CARG: En ese sentido, ¿tú crees que la Cuarta Transformación puede ayudar a solucionar el problema, o es una continuidad más que ruptura?

JAC: Hasta ahorita es una continuidad, a pesar de que López Obrador se reúna todos los días a las 6 de la mañana con el staff de seguridad, la Secretaría de la Defensa, la Policía Federal, pero sólo para recibir un reporte: "Señor Presidente: ayer en Cancún mataron a 5", "En Nuevo Laredo mataron a tantos…", "La Guardia Nacional está desplegada en…" En provincia entendemos bien que la policía no es efectiva mientras traiga el uniforme.

CARG: ¿Entonces la Guardia Nacional va reproducir el mismo patrón?

JAC: Va a reproducirlo; va a reproducirlo por la propia acumulación de policías. Voy a ponerte un ejemplo: cuando la violencia en Monterrey estaba en su máxima expresión, en 2011, Calderón despliega a 7 mil efectivos de las fuerzas federales, que se suman a las que ya existían. Llega un momento en que marinos, soldados, policías federales ya mero chocan. En ese momento, cuando Monterrey tiene la mayor concentración de fuerzas, se mueve un comando de sicarios de los Zetas y queman el Casino Royale, a las 2 de la tarde, en medio del despliegue de las fuerzas aéreas que están vigilando la ciudad. Los tipos llegaron a comer cabrito a un restaurante lujoso, planearon todo, se fueron en convoy, quemaron el Casino y se retiraron como si nada. O sea que la vigilancia militar, como tal, sin inteligencia, ya demostró que no resuelve nada. Lo que está haciendo López Obrador, ya se hizo.

CARG: Es interesante observar esto que tú señalas: la grandilocuencia de los acontecimientos en el centro y la caja de resonancia que éste representa, a diferencia de lo que ocurre en la provincia. ¿Cuáles son las características de lo excepcional que, en el Noreste, se ha convertido en normal?, ¿es posible hacer una periodización del fenómeno de la violencia?

JAC: Pues es muy difícil de resolver. Mira, en Monterrey, antes de 2007, había menos de 300 homicidios violentos; registraba 2 robos bancarios por año y 1 secuestro, ¡1 secuestro por año! y ya era una cifra récord. En abril de 2009, en un mes, son 100 muertos; ahí tienes el cambio del paradigma. Y en un momento, la cifra record son 1000 muertos en un año. ¡Los muertos que había en un año se convierten en los muertos por mes! Así va evolucionando todo y se ve en las masacres. Tenemos 4 acontecimientos que van marcando etapas.

En ningún momento en la historia de este país había llegado un comando del crimen organizado a un bar para matar a 22 clientes y empleados; es el caso del bar "Sabino Gordo", en Monterrey [IX/2011] Y es algo excepcional, porque, por ejemplo, lo que acabamos de ver en el Walmart de San Antonio, Texas [VIII/2019] es que un tipo loco empieza a matar gente, mientras que aquí son sicarios que mataban gente; pero aquí no se ve como un problema social, sino como una pelea entre narcos. Entonces, la narrativa del Estado es: "es una bronca entre ellos", "que se maten entre ellos". Así la sociedad se quita el peso de compararlo con lo que ocurre en Estados Unidos. Aquí todo es distinto. Después de "Sabino Gordo", en una carretera de Cadereyta tiraron 49 torsos [V/2014] a cuyos cuerpos les cortaron las manos, la cabeza, los pies e, incluso (lo que no salió en las noticias), les borraron los tatuajes para que no pudieran ser identificados. O tienes el Casino Royale [VIII/2011] y la masacre (que tuvieron casi dos años escondida) de Allende [III/2011]: 300 personas están desaparecidas. Toda esa evolución se desconoce en el centro.

CARG: Aunque la guerra no empieza en Nuevo León, sino en Tamaulipas.

JAC: Todo empieza en Tamaulipas, pero se expande. La primera guerra es para desplazar al Cartel de Sinaloa y a las mafias locales que tienen el control. Quien hace todo este despliegue son los Zetas. Como exmilitares que quieren controlar todo y forman parte del Cartel del Golfo (que durante mucho tiempo había sido conocido como el Cartel de Matamoros, porque ahí estaba su plaza) cuando este se comienza a expandir, así que empieza esta batalla por las plazas nacionales. Lo que intentó Calderón fue controlar el despliegue de esas fuerzas en movimiento y cometió el error de meter al ejército; una estrategia totalmente equivocada. Pero la violencia del narco, por la disputa de las plazas entre el Cártel de Sinaloa, la Familia Michoacana, los Zetas y el Cartel del Golfo, empieza a imponer esta dinámica. Llegó el momento en que los Zetas tenían en Monterrey un ejército de 500 personas. ¿Qué pasa cuando tienes tanto poder? ¡Quieres ejercerlo! Y por eso se lo disputan al Estado; controlan parte del Estado: ciudades o municipios y se sienten dueños de las plazas. Por ejemplo, cuando capturan al Tiburón, jefe de la plaza de Monterrey, éste tenía controladas a todas las policías municipales, pero no al ejército y las fuerzas especiales. Lo capturan en una operación de soldados vestidos de civiles, y no como militares, que eran transportados en camionetas de iglesias evangélicas. Lo aprehenden y se lo llevan, pero los halcones se dan cuenta y, mientras el capo es conducido a la zona militar que está fuera de la ciudad, los narcos tratan de evitar que esas camionetas (que van sin escolta y la parafernalia de un gran operativo) lleguen a la zona militar. ¿Con quiénes arman el operativo para cerrar las calles y rescatar a los que llevan presos? Con las policías municipales de la zona metropolitana: Apodaca, García, Guadalupe; cierran las calles y las avenidas que van a tener acceso a la zona militar.

Para colmo de males, los jefes policíacos estaban en una reunión de seguridad ―como las que López Obrador tiene a las 6 de la mañana―, y de pronto ¡hay narcobloqueos por las policías municipales! Y los jefes diciendo: "¿Qué están haciendo ahí? ¡Muévanse!". No les hacen caso porque obedecen a su jefe, el capo. Entonces, mandan a la Policía Federal a quitar a las policías municipales, pero no quieren moverse. Yo tengo las fotos donde se encaran policías federales contra policías municipales, apuntándose unos contra otros. (Véase, serie 2) Tú dices ¿qué locura es ésta?, ¿cómo lo concibes? ¿cómo lo narras?

CARG: ¿Así que se configuró un tipo de Estado criminal dentro del Estado? ¿y gracias a los recursos del Estado mexicano?

JAC: Absolutamente. En un momento dado, Heriberto Lazcano escapa de los operativos del ejército, gracias a que tiene comprados a los hermanos Moreira [gobernadores de Coahuila entre 2005-2011 y 2011-2017], en una nave del estado de Coahuila.

CARG: ¿Quiénes son los jefes en realidad? ¿son los capos, son los gobernadores, son los banqueros y los empresarios? ¿quiénes están moviendo los hilos del negocio?

JAC: Todos, todos los que dijiste. En un momento se conforma socialmente una complicidad que no tiene necesariamente que ser orquestada, sino que hay gente que se beneficia del lavado de dinero. Ese conjunto de intereses que se mueven en torno al narco, forman lo que yo le llamaría un ‘Consejo Directivo Informal’, (donde puede estar un general de la Secretaría de la Defensa Nacional) que es coordinado por el narco a través de un lavador de dinero, un funcionario público y, si en algún momento cae el capo, eso no se destruye y sigue funcionando. Se conjunta un grupo de intereses que operan clandestinamente los beneficios del narco.

CARG: Por eso este libro es la historia de uno de los grupos criminales más importantes que ha habido en América Latina durante este siglo,

JAC: Sí, es la historia de los Zetas; ellos rompieron paradigmas. Imagínate: controlan Monterrey. Matan a unos estudiantes del Tecnológico de Monterrey, la ciudad está tomada por el crimen organizado, se paraliza y se acaba la vida nocturna. No es lo mismo tomar Allende, en Coahuila, que tomar la segunda ciudad industrial del país. Así que estás hablando de un poder inmenso que hace contrapeso al Estado mexicano. En un libro que publica el CIESAS [Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social] se menciona el concepto del "Estado supeditado": el Estado tomado por el crimen organizado.

CARG: Y sin embargo caen los Zetas, pero esta política criminal, esta economía criminal, este Estado criminal que disputa territorios, soberanía o el fisco, se reproduce más allá de los Zetas; se ramifica como una hidra a la que le cortas una cabeza y del tronco surgen dos cabezas más. Es decir, se acaba la figura visible: cae el capo más importante, se desmorona el cartel más representativo, pero como persiste la misma política militar y persisten las mismas condiciones sociales que son el caldo de cultivo para la violencia, entonces todo esto se reproduce ad nauseam. En este escenario, ¿cómo se está reconfigurando el narco?

JAC: Ya que lo planteas así, creo que el narco adquirió en México una estructura que no tenía, sobre todo, su manera de operar, basada en la paramilitarización. ¿Qué heredan ellos? Cómo someter a funcionarios de alto nivel, cómo controlar sectores económicos que antes no controlaban para abrir negocios nuevos. Esta estructura que no había en México, existe, sin embargo, en otras naciones. Sin tanta violencia la puede tener la Triada china, la Yakuza japonesa o la Cosa nostra italiana. En México teníamos un crimen organizado que se movía del Sur al Norte (la droga para el Norte; el dinero y las armas para el Sur) pero ahora se configuran en México mafias nacionales que antes no existían. Porque había mafias locales que controlaban antros y algunos negocios, pero no tenías una estructura de mafia nacional tipo Yakuza, así que, aunque baje la violencia, una de las herencias son las mafias de este tipo. Quizá ya no tengan ese nivel de violencia, pero sí el control de los negocios. Claro, métete con ellas y vas a amanecer descuartizado; pero estas mafias son nacionales y distintas de las que operan en Tepito, las que controlan los prostíbulos, a los narcomenudistas en las calles. No teníamos esas estructuras criminales

CARG: Encontramos aquí nuevas formas del poder político y económico. Tú has señalado que después de la caída de los Zetas, sus lecciones fueron aprendidas y asimiladas por todo tipo de facciones, incluso entre los grupos rivales: la paramilitarización de las fuerzas, que son verdaderos ejércitos profesionales de sicarios; con medidas de financiamiento que sustituyen a los grandes envíos de cocaína y que hacen del secuestro, del secuestro exprés y del cobro de piso, fuentes alternativas de financiamiento. Estamos viendo que surgen nuevas formas de poder y entonces estos grandes capos que transformaron la historia de México, por ser ellos los protagonistas de esta historia, ahora pueden ser otros, cualquiera: todos pueden ser el Chapo, todos pueden ser el Lazca. Tú decías que Hitler habitaba en ellos, así que ¿cualquiera puede serlo?, o ¿cualquiera puede aspirar a serlo?

JAC: Pues sí, pero yo creo que tienen sus cualidades. Los criminales de estos niveles tienen una sagacidad intuitiva que, sin haber leído El arte de la guerra, la aplican. Sí, finalmente todos podemos, pero estos tipos que han sido líderes, y que a veces, por ser criminales, les quitamos el reconocimiento de sus cualidades, no son cualquiera. Lazcano era un estratega, un estratega militar; tenía ambición. Estos tipos crearon los monstruos [vehículos blindados utilizados para el patrullaje y el trasiego de droga; véase serie 3] los tanques del crimen organizado. ¡Eso no es cualquier cosa! (risas) Sí, cualquiera puede aspirar a serlo, pero si estos tipos fueron tan brillantes es porque tenían ciertas cualidades: una formación militar. Por ejemplo, los grandes capos son excomandantes policíacos que conocen el funcionamiento del negocio; tienen una maldad y una sangre fría tremendas, porque además se mueven en una corte (porque su organización es una corte) donde todo el mundo les quiere cortar la cabeza para subir. Estás hablando de una tragedia shakespeariana donde hay un Duncan, hay un Macbeth, que los quiere tumbar. De ahí que los narcos nunca duermen en la misma casa dos noches seguidas; siempre se están moviendo y no se están cuidando de la policía, sino de sus propios colegas (risas). Entonces, yo creo que sí cualquiera, pero debe tener ciertas cualidades. Y son estos líderes intuitivos, los que tienen una sagacidad tremenda.

CARG: Hablamos de un perfil colectivo que comparten estos protagonistas…

JAC: Sí, desgraciadamente al destacar estas cualidades podría sonar como una apología. Y de eso yo sí me cuidé mucho, porque ante el hecho de verlos, de escucharlos, uno dice: “no, este güey no es cualquier cabrón”. El Mamito [Jesús Enrique Rejón Aguilar, tercero al mando de los Zetas] era un tipo orgulloso, arrogante, lúcido porque sabía quién era. Entonces al ver estas cualidades uno se explica por qué hicieron lo que hicieron. ¡Parezco un apologista del narco! (risas) Desgraciadamente, esta versión que cuentan muchos, donde el Estado los controla, donde son parte de una conspiración para generar violencia y apropiarse de las minas y las tierras de los desplazados, sirve para quitarles la iniciativa, para someterlos en la historia, para convertirlos en un títere.

CARG: Por el contrario, en la cultura popular son ídolos, modernos Robin Hood. Las series de televisión, las películas, los narcocorridos, han hecho de ellos un modelo a seguir.

JAC: Pero recuerda algo: yo no conozco a ninguno de estos tipos que no haya hecho beneficios sociales. No hay un solo narco, de ese nivel, que no lo hiciera. Por ejemplo, el June [Gilberto García Mena] pagaba operaciones, medicinas, escuelas a la gente de su poblado; Osiel [Cárdenas Guillén] todos los años mandaba cientos de regalos a los niños en navidad; el Ingeniero, en Coahuila, ayudaba a toda la gente donde él vivía.

CARG: Lo más curioso es que en una época de neoliberalismo, particularmente extremo en el Noreste del país, surgen estos capos que reemplazan al Estado de bienestar.

JAC: En algunas cosas. Por ejemplo, en una de mis notas más leídas en Proceso, cuando hay una inundación por un huracán [Íngrid, IX/2013]; mientras el Estado se está organizando para empezar a apoyar, los narcos llegan con camionetas a apoyar a todos los damnificados (risas). 5 días antes de que el Estado pueda intervenir, están los narcos repartiendo despensas. Se convirtió en la nota más leída porque era el Cártel del Golfo apoyando a los damnificados, cuando el Estado ni siquiera sabía dónde estaban.[2]

CARG: Volteando la mirada hacia las víctimas, en un sentido amplio, porque también el núcleo de reproducción social ha sido dañado, estos protagonistas de los que tú hablabas, y que han modificado radicalmente el perfil de nuestro país hacia el futuro, han dejado una sociedad malherida, una sociedad dañada. ¿Cómo se recupera un enfermo así?

JAC: Yo no tengo una respuesta. Por ejemplo, la tragedia más difícil de todas las que ha tenido este país, es la de los desaparecidos. A mí me tocó ver que los desaparecidos no eran víctimas inocentes. Eso es mal visto, pero desafortunadamente los desaparecidos no eran la sociedad inocente que todos quisiéramos; eran las mismas víctimas del narco: el que asesinó, el que delató. Pero sí hay miles de víctimas inocentes. Es la tragedia más difícil de entender. Aunque la cifra negra de los desaparecidos no es tan grande (en Tamaulipas la gente se sobrepuso al miedo inicial y terminó denunciando) este país cuenta con más de 40 mil desaparecidos y sus familias no saben dónde están.

CARG: A propósito, tú has señalado el problema de la prueba. En un momento, la prueba eran los cuerpos de las víctimas; éstos son la evidencia de que se cometió un delito, y que, por lo tanto, hay un delincuente. Pero hay un punto en el cual las pruebas desaparecen, porque los cuerpos están siendo calcinados o están siendo disueltos en ácido. No solamente desaparece el cuerpo, el testimonio material de la tragedia, sino también el perpetrador del crimen. En ese sentido, ante la ausencia de los testimonios ¿cómo se puede identificar a las víctimas?

JAC: Ése es el gran reto que tiene la autoridad. Un comunista como Alejandro Encinas (cuyo papá fue amigo de Revueltas) tiene la voluntad de resolver esto, pero no sabe en la bronca que se metió. Yo lo he hablado con él tres veces cuando ha ido a visitar las zonas, y creo que realmente no puede; quizá por eso se va a concentrar en Ayotzinapa y en castigar al Estado. A lo único que puede aspirar es a que los capos confiesen. Y gracias a una nota que yo escribí sobre la narco-cocina más grande de México (¡son 500 cuerpos que quemaron en una zona!), solamente gracias a la confesión del capo se sabe que quemaron 500: ¿quiénes eran esas personas?, ¿de dónde salieron? Hay autobuses completos que desaparecieron. No uno, dos o tres, sino varios autobuses que desaparecieron cuyos cuerpos terminaron incinerados ahí.[3] ¿Cómo resuelves esa tragedia?

CARG: Me parece que apunta hacia el problema de la Verdad y de la Justicia. Para que exista verdad debe haber una prueba material de que algo ocurrió. Al desaparecer la prueba, el hecho o el dato positivo también desaparece, por lo que quizá no puede haber verdad y quizá menos aún justicia. Cómo una sociedad, como la nuestra, que quiere verdad y justicia, puede superar el problema de la ausencia, la destrucción de los restos.

JAC: Ese es el problema que tenemos. Las familias que tienen desaparecido a un ser querido no descansan como una familia que sabe que ya está enterrado. A pesar de que pasen 5 años no descansan, no cierran la herida. La peor tragedia es que no saben dónde quedó, no hay evidencia de que esté muerto.

CARG: A mí me preocupa el escenario prospectivo, partiendo incluso de la propia nomenclatura: las narcomadres, las narcoviudas, los narcohuérfanos. Son tres generaciones y el futuro del país se ha hipotecado para los próximos 25 o 30 años. Y en este sentido, al no redimirse la tragedia y el dolor, tenemos una serie de sentimientos que, ante la falta de justicia, evolucionan de manera peligrosa. Entonces, tenemos una sociedad malherida, pero también tenemos una vida dañada. Hacia el futuro, una sociedad de este tipo puede profundizar todavía más la tragedia del país como proyecto social. ¿Cómo ves este escenario?

JAC: Yo lo veo exactamente como tú lo ves, y eso fue parte de mi locura. Yo veía tanto dolor y tragedia mientras que una parte de la sociedad no lo veía. Yo no lo había pensado así, pero en realidad tenemos un problema para el futuro: cómo va la sociedad a resolver esto ¡sabrá Dios! Tenemos una herida que va tardar en cerrar, tenemos una situación donde no podemos tener verdad ni justicia. Esa era parte de mi locura: "¿por qué no están viendo esto?", "¿por qué no se está actuando para enfrentar esto?". Yo lo estaba viendo como testigo privilegiado debido a la confluencia de todas estas circunstancias, pero todavía hay mucha gente que lo tiene que ver. Tú lo estás planteando de una manera tal que te preguntas: ¿cuál es el futuro? Yo no sé. 

CARG: En la introducción de tu libro, escribiste que no había espacio para asustarse y era necesario sobreponerse. Tú te sobrepones como periodista y también como testigo de una tragedia, pero, ¿en qué medida, pensando en Primo Levi, eres un hundido o eres más bien un salvado?

JAC: Las dos cosas: ¡No me limites! (risas) Escribí para dejar testimonio de lo que yo estaba viendo, y creo que nadie lo estaba viendo como yo lo podía ver, porque era un privilegiado que estaba como en un faro. La otra era para exorcizarme, para liberarme, hacer catarsis. A mí me tocó vivir todo esto.

De hecho, estaré aquí para asistir a las sesiones especiales, con psicólogos expertos, para los periodistas afectados por la violencia. Tendré que contar que yo tenía conflictos serios por la violencia, entre ellos, estar aislado. De hecho, algo que no te he contado y que es fundamental para escribir el libro, es que mi divorcio me aleja de mi familia en términos físicos (convivo con mis hijos como un padre que está separado, pero que no se ha olvidado de ellos) Si hubiera convivido con mis hijos y no hubiera estado divorciado no hubiera escrito todo esto. Incluso, a veces los riesgos eran calculados: "A ver, tengo familia, ¿puedo decir esto? No. No quieras contar de más". Yo sabía nombres de los funcionarios que estaban coludidos; podía decir los de Tamaulipas, podía decir los de Coahuila, pero no los de Monterrey.

CARG: En ese sentido, también hay un perfil colectivo del periodista que cubre la guerra del narco. También están dentro de los hundidos, dentro de las víctimas.

JAC: Sí, por eso también hay tantos periodistas muertos. La mayoría porque no supieron manejar la relación con el narco. A la mayoría de los periodistas de Veracruz no los mataron por andar denunciando, desgraciadamente. No supieron diferenciar que los policías con los que habían tratado desde hacía años (un comandante que les informaba o les contaba) de repente ya no eran policías, eran voceros del crimen organizado.

CARG: Entiendo que esta experiencia es una carga moral e intelectual y que por eso tienes otros proyectos, como los nazis en México. ¿Cuáles son tus proyectos a futuro?

JAC: Eso mismo. Estaba investigando lo que me interesaba, lo que me apasionaba, pero estaba viviendo la realidad de mi país y veo un fenómeno que sabía que no era cualquier cosa. Por eso quiero jubilarme de esto para dedicarme a investigar si los criminales de guerra nazis huyeron a México. No es una investigación fácil, pero un libro de esta naturaleza sería de alcance internacional y tendría un tiraje de decenas de miles de ejemplares; y eso es a lo que yo aspiraría, porque así puedo vivir de investigar. Este libro salió de mi salario y las regalías son pocas.

CARG: O sea que escribir a propósito de lo que se ha denominado la "guerra del narco", no ha sido una noticia que puede ser vendida.

JAC: Solamente aquéllos que aprovecharon el boom sí les fue bien. Mi libro llega mucho tiempo después, cuando ya no está el boom, pero yo no quería escribir sobre lo escandaloso, sobre lo morboso. Yo tenía claro que se puede escribir para la historia, o se puede escribir para el reconocimiento inmediato; y yo quería escribir para la historia.

CARG: Y tú vives para contarla y cuentas para seguir viviendo….

JAC: ¡Esa es otra ventaja!"                       (Juan Alberto Cedillo , Sin Permiso, 23/06/2022)