Mostrando entradas con la etiqueta s. Miedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta s. Miedo. Mostrar todas las entradas

24/2/23

El miedo es la madre de todas las batallas del odio... y su secuencia, en la que la primera escuela es la misoginia, que luego evoluciona hacia el racismo y la xenofobia

 "La gente sencilla, de a pie, la buena gente…, difusa, pero identificable en sus hechos, de la que hablas en tu novela, parece estar por encima del bien y del mal, moralmente blindada ¿Por qué?

En todo esto hay una responsabilidad personal, de la que nadie quiere ni oír hablar. En todas las sociedades existe una gran pluralidad, muchos puntos de vista. Incluso en las más autoritarias, en su interior, son plurales, aunque esta pluralidad esté acallada o reprimida. Son plurales porque los seres humanos lo somos. Pero en las sociedades también existe lo que podríamos llamar una mentalidad colectiva, una línea de pensamiento mayoritaria y que, más o menos, acaba imponiéndose; que tiende a identificarse con la gente corriente, la gente común. Es la que piensa como todo el mundo, la que no sobresale particularmente por sus actos, ni valiente ni cobarde, que se limita a sobrevivir lo más cómodamente que puede y que comulga con esa mentalidad colectiva. 

Asume como propios y reproduce los discursos preponderantes en la sociedad. Cuando vives en un mundo pacífico, democrático, de relativa libertad, esta gente contribuye vivamente a la consolidación de ese estatus. Pero, ¿Qué pasa cuando esto empieza a alterarse? ¿Cuándo aparece la frustración y la gente comienza a tener miedo? El peligro está en que esa misma gente se convierte en el baluarte principal del horror que se avecina. Con la misma naturalidad con que antes aceptaban la libertad, acaban aceptando el nazismo o cualquier otra cosa que venga de por medio. Los grandes problemas sociales no los generan los psicópatas. Pueden, eso sí, aprovecharse de las circunstancias en las cuales se va imponiendo una mentalidad siniestra. 

Hannah Arend, Jonathan Littell aluden al pacífico tendero que, al hilo de las circunstancias, acaba en carnicero sin escrúpulos en un campo de exterminio…

Arendt entra en una parte, digamos, patológica. No tanto del que mata al otro a hachazos, sino del que va firmando, registrando las órdenes para que todo eso ocurra. De todos los que están contribuyendo a que el psicópata que está al final de la cadena ejecute la monstruosidad, pero que son tan responsables como él. Quien diseña la política de exterminio judío no va personalmente matando judíos. En “Odio” juego con esa idea, porque en una de las dos historias que componen la novela, que transcurre en el Londres de 1868, el personaje. MR. Wildwood, es dueño de una tienda de bastones. Un día entra en la tienda un tal Hyde, quejándose de que su bastón se le ha roto. El comerciante acaba deduciendo que Mr. Hyde utiliza el bastón para matar, y le construye uno con cabeza de águila, puntiagudo, para que mate mejor. Pone todo su empeño de artesano al servicio de que su producto sea lo más eficaz para los fines de su cliente. En su buena mentalidad de gente de orden, está haciendo su trabajo perfectamente. Como los burócratas, que llevaban la contabilidad de cuanto gas había que comprar para las cámaras de la muerte. 

¿Dónde buscar, si es posible hacerlo, este mal? ¿En la naturaleza humana, la religión, el orden de las cosas…?

Creo que la mayor parte de la gente que comete atrocidades y, sobre todo, que apoya, aplaude, permite, contribuye…, a que se cometan, lo hace siempre desde posiciones, yo diría que de buena conciencia. Eso ocurre en todo. En las religiones, particularmente, porque juegan permanentemente, no con la buena conciencia, sino con la mejor de las conciencias, ya que hablan directamente con Dios. En la toma de Jerusalén, de la primera Cruzada, hubo una matanza brutal, que el canónigo y cronista Raimundo de Aguilers, describe diciendo que el templo de Salomón se convirtió en una laguna de sangre en la que flotaban cadáveres: “un espectáculo maravilloso, que alegra la vista” ¿Por qué? Porque estaban exterminando al enemigo. Algo que también puede ocurrir en religiones laicas como, por ejemplo, el estalinismo. En los sistemas donde hay una verdad absoluta y, en consecuencia, una demonización absoluta del adversario, sea real o inventado, el odio llega a la gente, que acaba aplaudiendo monstruosidades.

La novela establece, digamos, una secuencia del odio, en la que la primera escuela es la misoginia, que luego evoluciona hacia el racismo y la xenofobia…

En el fondo, está el odio al otro, al diferente. Es un odio por sustitución. La gente enmascara el odio hacia sí mismo porque no es capaz de conseguir las cosas. El odio contra una sociedad o unas circunstancias que te impiden lograr lo que buscas en la vida (como no tienen ni el valor ni los medios parea enfrentarse a lo que de verdad le está haciendo la vida difícil) deriva es un odio por sustitución. Hay que buscar un culpable. Porque muchas veces el culpable de tu desgracia eres tú mismo. Pero ¿Quién tiene el coraje enfrentarme a sí mismo? 

  Siempre se busca un culpable, cuanto más ajeno, más distinto, más identificable como otro, mejor. Los primeros cursos de la escuela del odio al otro se hacen en el ámbito más doméstico, y son sobre la misoginia, el odio a la muerte que, generalmente, es heredado. Los odios, lamentablemente, se heredan.

¿Resulta el patriotismo, versus nacionalismo, un caldo de cultivo especialmente propicio a la deriva social violenta?

El patriotismo, entendido como amor a la patria, no tendría por qué ser refugio de nada. Pero le pasa lo mismo que a la religión. El hecho de creer en la existencia de Dios no tendría por qué ser algo nocivo para los demás. El problema está en que hay tendencias a que eso fácilmente derive hacia actitudes agresivas. Si construyes tu identidad nacional sobre el orgullo de ser lo que eres y relacionarte de manera fraternal con el resto de la humanidad, no pasa nada. Pero si lo haces a partir de detestar fanáticamente a tu adversario, entonces resulta muy fácil que eso acabe derivando hacia formas de intolerancia. En España, por desgracia, tenemos la peor experiencia nacionalista, que es el nacionalismo español, que ahora está de revival. Ni el vasco, ni el catalán pueden compararse a él. En cualquier caso, los nacionalismos periféricos deberían fijarse bien en el nacionalismo español para no caer en los mismos errores y horrores. 

¿Y qué decir de la relación entre odio personal y el colectivo, como el que de algún modo describe Canetti en “Masa y poder”?

He vivido durante años en el País Vasco, además como periodista, y allí he visto que la violencia es un problema social, colectivo, pero también en gran medida, personal y familiar. Había odios heredados en familia. Hay odios prácticamente inevitables, y la cuestión está en como lo gestionas. Pero hay también odios preventivos. A ti no te ha pasado nada, pero odias a algo imaginario. En el País Vasco se mezclaron ambos tipos de odio. Los odios se heredan.

 Formas parte de una familia y el yo está lleno de historias, elementos que so son tuyos; la escuela donde te han educado; las convivencias… Toda esa suma de individualidades, van impregnándose del discurso general y viceversa. 

La fealdad es también protagonista en tu novela ¿Tiene que ver con el odio, y viceversa?

La novela transcurre en los paisajes del Londres victoriano y el París de los atentados yihadistas. En literatura, las descripciones no deberían ser decorativas, sino activas. Esos espacios son el espejo del alma de esos personajes. Están en lugares feos, horrendos, sucios, de costumbres depravadas… Yo nací en el franquismo y aquello lo veía muy claro de niño. Pensaba que aquello no podía ser todo. Y fue la frase de André Bretón en el Manifiesto Surrealista “La existencia está en otra parte”, la que me ayudó a salir adelante. Cuando me fui del País Vasco a París me topé con una belleza que te cura el alma. Allí fui donde me di cuenta de que la belleza ayuda a vivir.

¿Es, en, en fin, el miedo la madre de todas las batallas del odio?

En Perú, un grupo de periodistas fueron masacrados por los lugareños de una localidad que los tomaron por guerrilleros de Sendero Luminoso ¿Por qué? Por extraños, por raros, por ser de ciudad, porque venían de otro sitio, porque no son como nosotros… O sea, el enemigo. El culpable de todo lo que ha pasado, pasa y pasará. Ese mecanismo esencial del miedo y la frustración está en el origen del odio y sus manifestaciones."                     

(Entrevista a José Manuel Fajardo, Peru Erroteta, elTriangle, 01/01/23)

30/3/22

El miedo es un relato, un ideario. Si lo agitas repetidas veces, acaba percibiéndose como algo real... El miedo al otro es quizá uno de los miedos más artificiales e injustificados. Y tiene que ver con que hay una industria de la mentira y la manipulación mediática, que se lleva repitiendo desde hace años... Me llama mucho la atención que una sociedad como la española, con una de las tasas de criminalidad las más bajas del mundo, con una seguridad y una paz social muy altas, vivamos con tanto miedo... En la última década, se ha instrumentalizado el miedo, con una clara finalidad de control, sometimiento y, en definitiva, de explotación

"Reportera de la revista La Marea, se dedica fundamentalmente a cubrir historias vinculadas con derechos humanos y género. Ha escrito varios libros. Entre ellos, Nuestra guerra son las maras, en colaboración con el CEAR, sobre emigrantes procedentes de Centroamérica, que huyen de las bandas violentas. Ahora, publica “Miedo” (Editorial Debate).

Podemos tener miedo de casi todo, incluso de no tenerlo ¿A qué miedos te refieres en tu libro?

El miedo es un mecanismo fundamental de supervivencia. De algún modo, gracias a él seguimos vivos como especie. Es, en fin, muy útil y eficaz. Pero ocurre que el miedo, mal entendido o instrumentalizado, lo que consigue es paralizarnos. Desde el punto de vista político y social, también es un mecanismo muy eficaz para obtener ventajas. Nos vuelve frágiles, paranoicos… Nos empuja a la competencia por pequeñas cosas, y perdemos de vista a quienes de verdad se están beneficiando de él. Me llama mucho la atención que una sociedad como la española, con una de las tasas de criminalidad las más bajas del mundo, con una seguridad y una paz social muy altas, vivamos con tanto miedo. Prueba de lo cual es, por ejemplo, la gran publicidad que se hace de las alarmas de seguridad. En la última década, se ha instrumentalizado el miedo, con una clara finalidad de control, sometimiento y, en definitiva, de explotación. 

“Miedo” apunta especialmente al miedo en la vida pública, con especial atención a fenómenos como la emigración ¿Este miedo social, colectivo, abstracto…, no es en definitiva una traslación de nuestros particulares miedos individuales?

Totalmente. Tenemos ahora una sociedad temerosa, también por nuestro individualismo. Somos suma de muchas cosas, también positivas, de resistencia y luchas; pero también miedosos. Cosa que últimamente se explica porque llevamos desde la crisis de 2008 levantándonos cada día con la sensación de que todo va a peor. Es difícil no tener miedo si, constantemente, se sufren pérdidas de condiciones laborales, de bienestar psico-social, de ruptura de relaciones, de que la vida de nuestros hijos e hijas va a ser mucho peor… Y, por añadidura, con problemáticas globales de enorme envergadura como la crisis climática, el crecimiento de la ultraderecha, la desigualdad… Algo que no es futuro, sino presente, que nos ofrece muy poco y que es una gran amenaza para los sistemas democráticos. Porque la democracia, sin esperanza, sin horizontes de mejora, sin posibilidades de participación, se vacía. 

El cualquier caso, en esto del miedo cualquier pasado no parece haber sido mejor, sino todo lo contrario…

El miedo siempre ha sido utilizado como mecanismo de control social al que han recurrido, no solo los regímenes totalitarios, sino también las democracias liberales. El propio hecho de gobernar incluye el miedo. El problema está cuando el miedo define una era, como la nuestra. Cuando yo me lanzo a escribir este libro es porque descubro, trabajando para La Marea, las crisis que provocó la pandemia de la covid. La palabra que más repetía la gente que entrevistaba era “miedo”. Y cuando indagaba sobre ello, aunque aparentemente el miedo era a contagiarse o que se contagiaran sus seres queridos, a perder el empleo… empezaban a aflorar miedos que estaban ahí de antes, y tenían mucho que ver con las sucesivas crisis que estamos viviendo: miedo a los otros, a la pobreza, a la soledad, a la muerte… Miedos antiguos, que nos han acompañado a lo largo de la historia.

¿El miedo, más que derivado de realidades, no es en muchos casos una construcción, algo figurado?

El miedo es un relato, un ideario. Si lo agitas repetidas veces, acaba percibiéndose como algo real. Es aquí donde el periodismo está llamado a indagar si se justifica, en base a hechos, o se trata de meras configuraciones ideológicas. Por ejemplo, que adolescentes no acompañados o mujeres que viajan solas sean criminalizados hasta convertirlos en una gran amenaza, es insostenible. El miedo al otro es quizá uno de los miedos más artificiales e injustificados. Y tiene que ver con que hay una industria de la mentira y la manipulación mediática, que se lleva repitiendo desde hace años. Por el contrario, el buen periodismo tiene que contribuir a ahuyentar esos fantasmas. 

¿En la industria del miedo, está siendo la distopía la factoría más productiva y espectacular?

Mi libro, creo, es luminoso y utópico. Me parece relevante insistir en que no estamos tan mal. Que, pese a todo, hay que recordar de dónde venimos. Hemos sufrido las consecuencias del neoliberalismo de Thatcher y Reagan, pero también la gran ola feminista de 2018, la movilización juvenil de 2019 contra la crisis climática… Pese a todos los miedos que se han azuzado para enfrentarnos, también ha habido movimientos de resistencia y rebeldía. Cosa que se procura obviar, promoviendo una atmósfera derrotista, que resulta muy útil para la ultraderecha y los populismos. Pero, en definitiva, hay que tener en cuenta que, pese a todo, la democracia sigue siendo el mejor invento que nos hemos dado para construir sociedades igualitarias y con posibilidades de mejora. Reivindicar más democracia sigue siendo una utopía. 

¿Hay en la política profesionales del miedo, con nombres y apellidos?

El repliegue a nuestras parcelitas, de nostalgia por un pasado idealizado, que estamos viviendo, tiene que ver mucho con el miedo. Esa ola reaccionaria se nutre del miedo, y tiene una estrategia internacional. Cito en el libro “Cómo secuestrar un país”, de la periodista turca Ece Temelkuran, publicado por Anagrama, que explica los pasos que dan líderes populistas como Erdogan, Boris Johnson, Trump, Le Pen, Bolsonaro…, aquí Santiago Abascal… siguiendo un mismo patrón. De hecho, se reúnen como acaban de hacerlo ahora en Madrid. Saben cómo generar miedos, un ambiente de paranoia, en el que tu vecino o vecina pueden ser tus enemigos… Si queremos hacer frente a esta corriente tenemos que entender que es internacional, y que para contrarrestarla tenemos que recuperar valores fundamentales, además de los derechos humanos, como el cosmopolitismo, el internacionalismo, la solidaridad… 

Se asocian miedo y odio, pero ¿necesariamente, el primero desencadena el segundo?

El miedo es una `puerta al odio. No tienen porque estar siempre vinculados, aunque habitualmente lo están. Hay una cita al principio del libro de la poeta Isabel Bono, que hace referencia al miedo y la crueldad que, después, lo invade todo. Cuando se está borracho de miedo y se nubla la razón se pueden cometer grandes crímenes. Por eso considero importante, como trato de hacer en el libro, desbrozar los miedos, que ahora mismo están muy interrelacionados, mezclados. Hay que separarlos, conocerlos y seguir su ruta, sobre todo la del dinero ¿Quién se beneficia de los miedos? Sabiéndolo, conoceremos también quién los alienta. Me da miedo que se nos pase la vida paralizados por el miedo. 

¿Quiénes, además de las producciones literarias y audiovisuales distópicas, se llevan el gato al agua en el gran negocio del miedo?

A veces, la ficción explica mejor que el periodismo lo que nos está pasando. Pero la distopía, que parece ser ahora una gran fuente de beneficios económicos, si no se plantea bien, paraliza. Y no sé si ayuda a algo, pero en mi libro pretendo entender a los que no entiendo, a los supuestamente malos, a los victimarios…, a quienes con quien no se está en absoluto de acuerdo. Sueño con el diálogo, la pluralidad de ideas como riqueza y no como problema, la superación del sectarismo… La distopía plantea una lucha elemental, primaria, entre buenos y malos. Generalmente, jugando con miedos abstractos y, en realidad, actuando como tapaderas de los problemas reales. Como decía Zygmunt Bauman sobre la manipulación de la incertidumbre, si hay problemas muy importantes que la ciudadanía siente que no puede manejar y que la clase política no aborda, se generan algunos problemas ficticios. Y así nos distraemos, mientras proliferan los negocios del miedo, que son muchos y variados. 

¿Es quizás el conocimiento el mejor y quizás único aliado para hacer frente al miedo?

Sí, pero hay, por ejemplo, antivacunas que son personas formadas. Algo que creo tiene que ver con el déficit de participación. Porque el conocimiento no es solo cosa de libros, también se adquiere participando. Existe la sensación, quizás como reflejo de la realidad, de que las decisiones se toman en instancias cada vez más alejadas. Ahí está, por ejemplo, el Parlamento Europeo, del cual no sabemos ni qué pasa, ni cómo funciona. La presunta participación mediante las redes sociales se hace desde el rencor, insultando… Y también desde los medios de comunicación dominantes, que presentan como información material tóxico, y que solo entienden la noticia como mercancía, hasta convertir los hechos en caricatura."                          (Entrevista a Patricia Simón, Peru Erroteta, elTriangle, 27/03/22)

2/10/19

El miedo es el sufrimiento de la humanidad. Incluso hay dolores cuando no hay daño. Dolor que duele de verdad. El miedo duele... un 20% de la población mundial tiene dolor crónico sin base biológica”...

"Por la noche, en la semioscuridad, el niño dice: 

—Tengo miedo. Léeme un cuento.

La fantasía lo lleva a otro mundo, y luego al sueño. “Pero el miedo no desaparece, se agazapa. Tenemos miedo hasta el último suspiro. Está en nuestro cuerpo, en el alma, en nuestra salud. Todo lo que nos pasa tiene que ver con el miedo”.

Lo dice María Docavo Alberti, 58 años, kinesióloga. Se ocupa del miedo como factor “rabiosamente humano” de la vida. “Es un mecanismo de defensa celular que nos hace encontrar nuestros talentos. Darle la vuelta al miedo es extraer de él lo que nos está enseñando”.

Marian Labrada, 37 años. Politóloga y psicóloga, afirma: “El miedo nos afecta en todo. La célula de la que parte tiene un núcleo y una membrana, que está en el feto, en contacto con el exterior. La membrana recibe toda la información, se cierra, se destruye, se enferma. Desde el feto el miedo juega ese papel. Hasta que llegamos al mundo. El miedo causa dolor: un 20% de la población mundial tiene dolor crónico sin base biológica”.

El miedo es el sufrimiento de la humanidad. Dice Labrada: “Incluso hay dolores cuando no hay daño. Dolor que duele de verdad”. El miedo duele. Un niño puede decir que le duele la tripa y por eso no quiere ir al colegio. “No le pasa nada, pero el dolor existe. Y su base es el miedo”.

Paula Florit, 28 años, naturópata, cuenta: “De pequeña tenía dos clases seguidas. Una de flamenco, otra de ballet. En ballet siempre me dolía la tripa y nunca podía participar. En flamenco, que venía después, nunca me dolía y bailaba encantada. Con el paso de los años me he dado cuenta de que en ballet había una niña que me daba miedo porque maltrataba a todas las demás. Me quedaba en un rincón, estaba fuera de peligro: me dolía la tripa para no participar. En flamenco no estaba la niña y yo no tenía miedo”.

De niño haces las cosas bien para que te quieran, dice Docavo. “Tienes miedo de hacerlo mal, y lo haces bien para que tus padres te quieran. Has creado tu defensa desde tu miedo... El niño que tiene miedo de que no le quieran va a hacer lo que sea para que le quieran y desarrollará una capacidad de amor que va a ser su talento”.

¿Cuál ha sido tu miedo? “No valer”, dice Marian Labrada. “No sé si me he curado. Cuando fallo en algo me pongo mala o me entra rabia”. ¿Y el suyo, Paula? “La inseguridad. Pensar que si no hay alguien que me apoye yo no voy a poder, cuando en realidad llevo toda la vida haciéndolo todo sola”. ¿Cómo se soluciona el miedo? “Con la consciencia”, dice María. “Por eso es tan importante una educación del miedo, en escuelas, en colegios, en empresas. Hay que hablar siempre de ello a los niños”.

El miedo puede venir cuando tu madre o tu padre no te miraron, o tú no los viste mirarte. Florit: “Jugábamos al dominó de niños, con mi padre, después de comer. Un día me dijo: ‘Ya eres mayor. Ya no jugamos después de comer’. Yo tendría siete u ocho años y lo recuerdo como un dolor”. Igual que el dolor que se siente si, en la semioscuridad, el niño pide que le leas un cuento y tú ya te has dormido."                            (Juan Cruz, El País, 28/09/19)

18/4/18

Ansiedad en la élite... la angustia de buscar el éxito

"Para muchas personas, los futbolistas que están en la élite no tienen motivos para quejarse de su vida. Hacen lo que les gusta y viven muy bien gracias a ello. Trabajan diariamente menos horas que el resto, ganan mucho dinero, tienen buenos coches, casas y son idolatrados por los aficionados. Pero esa imagen no siempre se ajusta a la realidad. 

Ese trabajo tan envidiado también es foco de preocupaciones. Y puede llegar a convertirse en un enemigo peligroso. André Gomes, jugador del FC Barcelona, ha querido mostrar la otra cara. Esa en la que las inseguridades, la presión o la ansiedad pueden convertir esa idílica vida en “un infierno”.

El centrocampista portugués, que llegó al club azulgrana en 2016 tras destacar en el Valencia, ha reconocido en la revista Panenka que “los primeros seis meses en Barcelona fueron bastante bien, pero luego las cosas cambiaron. Quizá la palabra no sea la más correcta pero se volvió un poco infierno, porque empecé a tener más presión.

Ahora la sensación que tengo en los partidos es mala, no me siento bien en el campo, no estoy disfrutando de lo que puedo hacer”. Pese a no ser titular, sÍ ha jugado bastantes minutos en la temporada pero al no tener buenas actuaciones, ha recibido duras críticas en los medios y protestas desde la grada, una circunstancia que se ha vuelto contra él. 

“Me ha pasado en más de una ocasión eso de no querer salir de casa porque la gente te pueda mirar. He tenido miedo de salir a la calle por vergüenza…  Por eso me encierro. No me permito sacar la frustración que tengo. Entonces, lo que hago es no hablar con nadie, no molestar a nadie. Es como si me sintiera avergonzado”.

La confesión de André Gomes ha llamado la atención porque no es muy habitual que un futbolista reconozca esos sentimientos. Pero que no sea algo común no significa que no haya más casos. El alemán Mertesacker ha revelado que “siempre vomito o tengo diarrea antes de los partidos. 

Es como si mi cuerpo dijera simbólicamente esto es vomitivo… Ahora mismo prefiero estar en el banquillo o incluso en la grada. Tengo la sospecha de que algunas de las lesiones que he tenido tienen un trasfondo psicológico, que el cuerpo intenta dar paz a la cabeza”. El exatlético Kiko declaraba hace unos días en la SER que tuvo una época en la que “llegué a exagerar alguna que otra molestia para no jugar partidos. 

Tenía desconfianza, miedo a salir y no estar a la altura”, mientras que el ex madridista Álvaro Benito admitía que “algún compañero que estaba siendo silbado en el Bernabéu nos pedía que no le pasáramos el balón, y otro que no jugaba habitualmente, si veía que llegaba un partido en el que le podían alinear siempre decía tener algún problema físico”.

De hecho es un problema más extendido de lo que podríamos pensar si nos atenemos al estudio que hizo el sindicato mundial de los futbolistas, FIFPro, en 11 países. De los 826 jugadores que participaron, un 38% de los jugadores en activo y un 35% de los que ya se había retirado confesaron haber sufrido episodios de depresión y ansiedad en el desarrollo de su profesión. Unos síntomas que no sólo los padecen los futbolistas.

Rafa Nadal también ha pasado a lo largo de su carrera por momentos en los que la tensión le ha bloqueado. Y baloncestistas de la NBA como Kevin Love, una de las estrellas de los Cavaliers, finalista de la Liga los tres últimos años, reconoció hace unas semanas en The Players Tribune que el pasado 5 de noviembre, durante un encuentro con los Atlanta Hawks, tuvo un ataque de pánico. 

“Vino de la nada. Nunca antes había tenido uno. Ni siquiera sabía si eran reales. Pero era real, tan real como una mano rota o un tobillo torcido. Desde ese día, casi todo sobre la forma en que pienso sobre mi salud mental ha cambiado”.

Viendo estos casos y muchos otros que no son públicos, no es de extrañar que la figura del psicólogo deportivo esté cada vez más valorada entre los clubes y los profesionales. Una de las más influyentes es Patricia Ramírez, que ha trabajado con varios equipos de fútbol y es autora de numerosos libros sobre autoestima, liderazgo y hábitos, como Si salieras a vivir, que acaba de publicar. 

Confiesa a CTXT que a ella no le sorprende que un deportista sufra estos problemas “porque la ansiedad es una emoción que nos puede afectar a todo el mundo. No podemos tener la imagen de que un deportista de alto rendimiento es un superhéroe incapaz de sentir. Es una persona como otra cualquiera y la respuesta a la ansiedad la llevamos todos en el código genético y nos ayuda a ponernos a salvo en una situación que interpretamos como amenazante”.

Otra de las referencias en el campo de la psicología deportiva es Pablo del Río, que trabaja en el Consejo Superior de Deportes con deportistas de 15 disciplinas. Del Río explica a CTXT que “la ansiedad no es mala, es necesaria.

 El deportista necesita tener unos niveles de ansiedad que sean óptimos para cada uno, porque prepara al organismo para competir. El problema llega cuando esos niveles de ansiedad se disparan y el deportista no los puede controlar, porque se manifiestan de una forma que son percibidos por el sujeto como una amenaza. Entonces entra en un círculo vicioso que desemboca en crisis de ansiedad”.

 Hay quién cree que hacer público este problema no es beneficioso porque muestras tus debilidades y te hace vulnerable. Los profesionales de la psicología son de otra opinión. Ramírez es contundente en este punto. “El que juzga a una persona porque hable de sus emociones e interpreta que es débil por eso es un ignorante emocional.

 Cuando hablas de tus emociones de alguna forma te liberas. La debilidad está en no saber expresarlas porque hace que tú las gestiones mal. Liberarte de todo eso es un paso para reconocer que hay un problema y poder ponerle solución. Nadie genera un cambio cuando no hay un proceso de aceptación”. 

Del Río asegura que “no hace falta ir poniendo anuncios diciendo ‘me ocurre esto’, pero contarlo te libera. Le pasó a Nadal. Cuando admitió que tenía unos problemas de ansiedad las cosas le empezaron a ir mejor. No hay porque ocultarlo porque es algo que sucede habitualmente en la sociedad, no es exclusivo del deportista”.

Una vez que se ha dado el paso de reconocer las dificultades, hay que ponerles solución. Lo primero que hace Del Río cuando se encuentra con un deportista que presenta esta situación “es enseñarle a que tenga una identidad clara de quién es y qué representa él en el mundo deportivo. A partir de ahí se deben establecer unos objetivos que sean difíciles pero alcanzables. Y trabajar mucho el nivel de confianza y autoestima. Hay que enseñarles a controlar la ansiedad”.

Podría pensarse que la constante y creciente exposición mediática en la que se ven inmersos los deportistas de alto nivel es un factor que haya hecho aumentar este tipo de casos en los últimos años. Ramírez no cree que haya crecido el número, “sino que ahora se conocen más. Esto es algo propio de toda la vida de la personalidad humana.

 Yo tengo chavales de 12, 14 y 15 años con la misma presión y no están expuestos a nada”. Del Río sí alerta sobre un excesivo uso de las redes sociales, porque puede convertirse en un elemento negativo. “Yo les recomiendo que sepan limitar el tiempo que le dedican y que seleccionen bien con quien se relacionan. 

Al deportista le llega mucha información por mil canales, que si Twitter, Instagram, Facebook, Whatsapp… y, como no sepa manejarla y seleccionarla, supone una carga adicional porque todo te lo comes. Es otra circunstancia que pasa factura”.

A la hora de valorar quién es más propenso a sufrir estas patologías, Ramírez lo tiene claro. “En psicología hay un concepto que es ‘parálisis por análisis’ que trata la sintomatología de las personas que se bloquean por dar demasiadas vueltas a todo. Pensar de más bloquea. 

No se trata que pensemos menos, sino que pensemos de forma útil para que el pensamiento sea productivo, no para que nos reste”. Por su parte, Del Río considera que “el más propenso a sufrir estas situaciones es el que tiene problemas de autoconfianza, autoestima y que se ha planteado unos objetivos que no son realistas o no cree en ellos”.

El psicólogo del CSD explica la importancia que tiene la perspectiva mental a la hora de afrontar una competición importante. “Hay gente que se prepara mucho para una cita y ese trabajo lo termina convirtiendo en algo negativo porque se dice ‘con lo que me he esforzado, ahora no puedo perder’. 

Ese simple mensaje te complica la vida y te crea situación de ansiedad. Si el deportista se dice ‘no puedo hacerlo mal’ es un enfoque negativo. Si por el contrario dice ‘voy a hacerlo bien’ es un buen enfoque. El propio diálogo interno es el que determina esos niveles de ansiedad en los deportistas”.

Del Río resalta la importancia de que los clubes cuenten con un experto de la materia entre sus empleados. “Igual que se preocupan de tener buenos médicos y fisioterapeutas, también deberían hacerlo en tener unos buenos profesionales de la psicología, porque entre otras cosas les ayudaría a optimizar sus recursos y a apostar sobre seguro. 

 Cuando por un chico de 21 o 22 años se pagan cientos de millones le genera una responsabilidad que no está preparado para afrontarla. O al deportista se le enseña a manejar esto o le puede afectar en su rendimiento”.

Por cada uno de los casos que se han conocido en los últimos tiempos, cabe pensar cuántos deportistas habrá que estén pasando por lo mismo y no se hayan atrevido a contarlo. Ejemplos como el de André Gomes, Mertesacker o Kevin Love pueden servir de acicate para que otros pidan ayuda. Así lo cree Patricia Ramírez. 

“Sí, creo que puede ayudar a normalizar. Hay muchas veces que la gente no entiende su propio pensamiento ni sus emociones. Si se sienten identificados con otra persona que está en la misma situación puede servir para que se vea como algo más normal y se decidan a expresarlo”.

Del Río explica cómo ha cambiado con el paso de los años la visión que se tenía en la sociedad sobre su trabajo. “Cuando empecé a trabajar en el CAR en 1990 los deportistas no decían que venían a verme a mí. Decían que iban al fisio. Les daba vergüenza reconocer que iban al psicólogo. Pero de eso hace 28 años. 

Hoy en día la figura del psicólogo deportivo está perfectamente reconocida e instaurada. Ahora en mi despacho tengo maillots, flechas, una raqueta de bádminton, un balón de rugby, un casco de taekwondo, mil fotografías…”.         (Ricardo Uribarri, CTXT, 11/04/18)

5/1/18

Estamos instalados en la sociedad del miedo. La cuarta revolución industrial está provocando la generalización del miedo a no conseguir trabajo o a perderlo

"Estamos instalados en la sociedad del miedo. En lo que Tony Judt llamó en 2010, poco antes de morir, “una nueva era del temor”. Antes, en los años treinta del pasado siglo, se vivió una etapa similar que llegó a las puertas del abismo y en la que brilló sin rivales la alternativa socialdemócrata.

 Tanto que, cuando hoy se balbucean posibles respuestas, todas llevan esta marca. Pero también sabemos que aquellas recetas no sirven hoy, que nuevos idiomas exigen nuevas sintaxis. Que las ideas zombi son eso, ideas muertas.

Nada es estable. Vivimos en un mundo convertido en una “fábrica de temores”, en una “sociedad del miedo” como la califica en un libro reciente el sociólogo alemán Heinz Bude, que con razón apunta que la pista a seguir es el miedo porque “nos enseña qué es lo que nos está sucediendo”.  

Si no nos dejamos confundir con ensoñaciones, sabemos que los empleos son cada vez menos estables, que los sistemas públicos al servicio de la igualdad de oportunidades, como la sanidad o la educación, están en situación de riesgo, que los revolucionarios cambios tecnológicos de lo que algunos llaman la “cuarta revolución industrial” navegan sin control social.


Frente al miedo que estalló en los años 30, Franklin D. Roosevelt respondió con su “lo único de lo que debemos tener miedo es del propio miedo”, y con medidas nuevas propias de un Estado socialdemócrata, como seguros ante el desempleo o la jubilación, y medidas para una sanidad pública.

 Después de la Segunda Guerra Mundial, en parte de Europa se creó un Estado de bienestar, democrático y constitucionalmente fuerte, con una fiscalidad alta y con resultados indiscutibles. Como dice Judt, “seríamos unos insensatos si renunciáramos alegremente a este legado”.

¿Tiene futuro la socialdemocracia actual? Si no responde a los temores que intimidan hoy a la gente, ningún futuro. Los viejos partidos socialdemócratas europeos llevan años de conversaciones agotadas o, peor, de desesperadas imitaciones de sus adversarios. No existe hoy una respuesta socialdemócrata a esta nueva “era del temor”. Cuando Felipe González regresó de su viaje como presidente del gobierno a China, exhibió su emoción por lo que vio con su célebre “gato blanco, gato negro, lo que importa es que cace ratones”. 

 Hace pues mucho tiempo que a los líderes socialistas europeos se les olvidó qué importante es para la gente el color del gato. Olvidaron que para la socialdemocracia, más que las leyes de la economía, lo prioritario son las consecuencias de la economía, que, como nos enseñó Karl Polanyi, no se trata de poner la sociedad al servicio del mercado, sino al revés. 

Luego vimos cómo esos líderes socialdemócratas transitaban sin complejo de los sillones del gobierno a los de los Consejos de Administración de las grandes empresas y entendimos qué quería decir Judt con eso de “a estos tipos les gusta el dinero”.

Sí, alta traición. Corrompieron el fin para el que nació la socialdemocracia, el de enfrentarse a los temores de la gente.  Hoy, cuando crecen nuevos miedos, y más incontrolables que nunca, conviene resaltar que el dilema no es entre capitalismo y comunismo, sino entre la política de la cohesión social y la erosión de la sociedad mediante la utilización de la política del miedo, entre una nueva alternativa socialdemócrata y la opción de los fundamentalistas del mercado. 

Urge un giro discursivo en la “izquierda de gobierno” ante la velocidad a la que se multiplican las nuevas fuentes del temor en las sociedades de las nuevas revoluciones tecnológicas.

 Hasta la gente del Foro Económico Mundial, como su fundador Klaus Schwab en La cuarta revolución industrial, se alarma ante las tendencias destructoras del empleo y señalan que, para detener esa deriva, habría que “reescribir nuestros manuales de economía”.

 Frente a la demagogia de los “neoliberales con boina”, los que voluntariosamente dicen que, como siempre, los cambios tecnológicos dejarán un balance de empleos positivo, los poco sospechosos líderes de Davos apuntan que hasta ahora, en contraste con revoluciones tecnológicas anteriores, las evidencias demuestran lo contrario. El resultado: en los países más desarrollados está aumentando la riqueza a la vez que aumenta sin parar la pobreza.

El ecosistema laboral tal y como lo hemos conocido se está desmoronando. Por eso puede crecer el PIB y el número de ocupados, como exhiben cada día los partidarios de Mariana Rajoy, al tiempo que se reducen las condiciones de bienestar de la mayoría de la población. La cuarta revolución industrial está provocando la generalización del miedo a no conseguir trabajo o a perderlo. 

 Se trata de una revolución con la que “los algoritmos están en mejores condiciones de reemplazar a los seres humanos” en todos los campos. Como para no “regular”.
Los resultados de un sondeo del Foro Económico Mundial a ochocientos ejecutivos de las grandes compañías tecnológicas ponen los pelos de punta.

 Con millones de sensores conectados en el “internet de las cosas” se destruirán multitud de empleos poco cualificados. El fenómeno de Uber palidece al lado de las consecuencias para el empleo de los vehículos sin conductor, que espera a la vuelta de la esquina. Los encuestados creen que en 2025 un 10 por ciento de todos los vehículos en las carreteras de los EEUU serán de este tipo. 

Inteligencia artificial, robótica, impresión 3D, tienen repercusiones similares sobre los puestos de trabajo. Un ejemplo: el estudio prevé que a mediados de los años veinte el 90 por ciento de las noticias “podrían ser generadas por un algoritmo, la mayor parte de ellas sin ningún tipo de intervención humana”. ¡Algoritmos asesinos!

En síntesis, caminamos a velocidad de crucero hacia un mundo en el que cada vez más gente compite por cada vez menos puestos por los que se pagan precios cada vez más elevados. “El ganador se lo lleva todo”. Ya no es solo cosa de los Messi y Ronaldo en el fútbol, el modelo se extiende a los mercados de abogados, médicos (“Los cincuenta mejores”), profesores (“el mejor profesor de España”), periodistas y etcétera.

 Un mundo en el que la llamada economía colaborativa, bajo demanda (un conductor de Uber, un comprador de Instacart, un anfitrión de Airbnb, un Taskrabbit), modifica la naturaleza del trabajo y crea no-empleados y futuros no-pensionistas. Es decir: fragmentación laboral, aislamiento, exclusión, deslocalización invisible.

De manera inapelable, como si no hubiera nada que hacer, asistimos a la destrucción de las bases de la vieja socialdemocracia, la que creó una amplia clase media que se convirtió en la muralla de protección del Estado de bienestar. Parece que esa clase media está en proceso de disolución y, al menos en España, quienes deberían estar dedicados a crear una nueva respuesta socialdemócrata contra los nuevos temores parecen incapaces de abandonar la “política del cuplé”.

 Inoperantes ante la urgencia de inventar un nuevo Estado regulador frente a los nuevos miedos. Tony Judt, que veía esa inoperancia, dejó escrito: “Tenemos que comenzar en otro sitio”. No veo aún dónde, pero soy optimista: la epifanía llegará."             (Jesús Cuadrado, Cuarto Poder, 18/12/17)

26/5/17

La opinión pública occidental ha perdido su carácter revolucionario para convertirse en una fuerza reaccionaria. Sucede cuando el individuo cree que la integridad del orden moral está en peligro y el “nosotros” ideal se está desintegrando

"(...) Hace tan sólo unos años, muchos en Occidente creían que un mundo sin fronteras podía suponer el final de todos nuestros problemas. Lo que estamos viendo en la actualidad, por el contrario, es un levantamiento generalizado contra ese orden liberal-progresista surgido en 1989 sobre el fundamento de la libre circulación de personas, capitales, mercancías e ideas, que se presenta a sí mismo como una suerte de revuelta democrática contra los sistemas de libertades.

 El avance de la democracia en los países no occidentales ha tenido un efecto paradójico y es que —como muestra un estudio reciente— los ciudadanos “de algunas democracias supuestamente consolidadas en Norteamérica y Europa Occidental no sólo son cada vez más críticos con sus líderes, sino que además se han vuelto más pesimistas con respecto al valor de la democracia como sistema político, confían menos en poder intervenir sobre las políticas públicas con su participación y están más dispuestos a decantarse por alternativas políticas autoritarias” [3].

 Este estudio muestra también que las “generaciones más jóvenes se sienten poco comprometidas con la democracia” y “tienden a involucrarse cada vez menos en política” [4]. (...)

Lo que hoy estamos experimentando en el mundo occidental no es un contratiempo pasajero dentro de una senda imparable de progreso, no es ni tan siquiera una pausa, sino un completo cambio de rumbo. Es la destrucción del mundo que nació en 1989, y el aspecto más preocupante de esta transformación no es que pueda favorecer el ascenso de algunos regímenes autoritarios, sino que está alterando la naturaleza misma de los sistemas democráticos en muchas naciones occidentales.

 Con el avance de la democracia en las décadas inmediatamente posteriores al año 1989, una gran variedad de grupos (étnicos, religiosos, sexuales) fueron incorporados a la vida pública. Hoy, sin embargo, las elecciones sirven para reforzar el poder de los grupos mayoritarios. Estas mayorías amenazadas han irrumpido en la vida política europea con una fuerza imparable.

 Quienes forman parte de ellas piensan que los extranjeros se han apropiado de sus respectivos países, poniendo así en riesgo sus modos de vida, y están convencidos de que tal cosa ha sido posible gracias al pacto secreto que las élites globales han sellado con unos inmigrantes culturalmente atrasados. 

El populismo de estas mayorías no es, como tal vez lo fuera hace alrededor de un siglo, el producto de un nacionalismo de inspiración romántica. Se trata, en cambio, de una reacción alentada por una serie de proyecciones demográficas que apuntan, por un lado, a una progresiva pérdida del peso internacional de Estados Unidos y Europa y, por otro, a la llegada de olas migratorias masivas a estas zonas, así como también por los cambios que ha traído consigo la revolución tecnológica.

 Estas proyecciones han hecho que muchos europeos empiecen a imaginar un mundo en el que su cultura habrá desaparecido, mientras que las transformaciones tecnológicas les ofrecen la desoladora perspectiva de un futuro en el que sus trabajos actuales ya no existirán. 

El hecho de que la opinión pública occidental haya perdido su carácter revolucionario para convertirse en una fuerza reaccionaria es lo que explica tanto la aparición de los partidos populistas de extrema derecha en Europa como la victoria de Donald Trump en Estados Unidos.

 ¿El fin de...?

Hace poco más de un cuarto de siglo, justo en ese 1989 que hoy nos parece tan lejano —aquel annus mirabilis gracias al cual pudimos ver a los alemanes bailan- do sobre las ruinas del Muro de Berlín— Francis Fukuyama fue capaz de resumir el espíritu de toda una época.

 En un ya célebre ensayo, sostenía que con el final de la guerra fría se habían superado los grandes conflictos ideológicos [5]. La contienda había terminado y la historia había declarado un vencedor: los sistemas demoliberales del mundo occidental. 

Tomando prestadas algunas ideas de Hegel, Fukuyama veía esta victoria de Occidente en la guerra fría como una sentencia favorable emitida por la propia historia, a la que se concebía como una suerte de Alto Tribunal de Justicia Internacional. Puede que, a corto plazo, algunos países no fueran capaces de adaptarse a este modelo ejemplar. Pero estaban obligados a intentarlo. El modelo occidental era el único ideal disponible y, al mismo tiempo, el único pacto viable.

En semejante contexto, las cuestiones más urgentes que debían resolverse eran las siguientes: ¿cómo podía Occidente contribuir a la transformación del resto del mundo y cómo podía el resto del mundo reproducir aceptablemente el modelo occidental? ¿Qué instituciones y políticas debían implantarse y emularse?

Ésta es precisamente la concepción del mundo posterior a la guerra fría que se está desmoronando ante nuestros ojos. El derrumbe del orden liberal ha obligado a que nos interroguemos sobre el tipo de cambios que se han producido en Occidente durante los últimos treinta años y también sobre por qué el mundo que surgió después de 1989 ha provocado la indignación precisamente de aquellos que, para muchos, fueron sus principales beneficiarios: los norteamericanos y los europeos.  (...)

Al mismo tiempo que Fukuyama proclamaba el fin de la historia, un politólogo norteamericano llamado Ken Jowitt nos ofrecía una interpretación bien distinta de lo que significaba el final de la guerra fría: ya no se trataba tanto de un tiempo de triunfo como del punto de partida de una crisis traumática, el momento en el que se sentaron las bases de eso que el propio Jowitt denominaba “el nuevo desorden mundial” [6].

En su opinión, el fin del comunismo “podía compararse a una erupción volcánica catastrófica que, en sus fases iniciales, sólo afectaría al “ecosistema” político más inmediato (esto es, al resto de los regímenes leninistas), pero cuyos efectos tendrían con toda seguridad un impacto global sobre las fronteras e identidades alrededor de las cuales se ha ordenado y definido política, económica y militarmente nuestro mundo” [7]. 

Fukuyama creía que las fronteras nacionales conservarían su trazado durante el periodo de la posguerra fría, si bien perderían buena parte de su relevancia. Jowitt, por el contrario, imaginó un futuro en el que esas fronteras sufrirían alteraciones, las identidades serían reformuladas, los conflictos aumentarían y la incertidumbre no produciría más que parálisis.

 No veía el periodo post comunista como una época de ajustes desprovista de situaciones dramáticas, sino más bien como una etapa compleja y peligrosa habitada por una serie de regímenes que sólo podían ser adecuadamente descritos como mutantes políticos. 

Jowitt coincidía con Fukuyama en que no volvería a aparecer ningún sistema ideológico totalizador como alternativa a las democracias occidentales pero, además predijo un retorno de las viejas identidades étnicas, religiosas y tribales. Sin duda, una de las paradojas de la globalización consiste en que, aunque la libre circulación de personas, capitales, mercancías e ideas permite una mayor cercanía entre la gente, también reduce la capacidad de las naciones-Estado para integrar a los extranjeros. 

Como señaló Arjun Appadurai hace una década, “la nación-Estado ha sido progresivamente reducida a la fantasía de que su identidad étnica es el único recurso cultural sobre el que puede ejercer un control absoluto”. [8] La consecuencia imprevista de todas esas políticas macroeconómicas basadas en el mantra de que “no hay alternativa” es que las políticas identitarias han pasado a ocupar el centro de la vida política europea. 

El mercado e internet se han revelado como dos herramientas poderosísimas para aumentar la capacidad de elección de los individuos pero, al mismo tiempo, han erosionado la cohesión interna de las sociedades occidentales, ya que tanto el uno como el otro sirven para reforzar las inclinaciones naturales del individuo, entre las cuales se encuentra la de rodearse de gente similar y evitar a quienes son diferentes. 

Vivimos en un mundo muy bien conectado pero escasamente integrado. La globalización conecta pero a la vez separa. Jowitt nos advirtió de que en este mundo simultáneamente conectado y separado debíamos estar preparados para que de las cenizas de esas naciones-Estado debilitadas brotarán ciertas manifestaciones de odio y emergieran movimientos de indignación.  (...)

Estamos pasando de la democracia entendida como un sistema que promueve la emancipación de las minorías a la democracia entendida como un sistema político que garantiza el poder de las mayorías. 

La actual crisis de los refugiados en Europa es una perfecta muestra de cómo está cambiando el atractivo que ejerce la democracia y cómo aumentan las contradicciones entre los principios de la democracia mayoritaria y los del constitucionalismo liberal, tanto para los ciudadanos como para sus clases dirigentes.

 El primer ministro húngaro Viktor Orbán hablaba en nombre de muchas personas cuando afirmó que “una democracia no tiene por qué ser necesariamente liberal. Una cosa no deja de ser democrática sólo porque no se ajuste a los principios del liberalismo”. [10] 

Es más, insistía, se puede decir —es casi un deber— que aquellas sociedades cuyos Estados se han organizado de acuerdo con los principios del liberalismo tendrán más dificultades para ser competitivas a nivel global en los próximos años, y lo más probable es que sufran algún retroceso a menos que se reformen de manera sustancial.

Según todos los análisis, Singapur, China, la India, Turquía y Rusia son los nuevos protagonistas del orden internacional. Creo que nuestras instituciones políticas previeron adecuadamente esta amenaza. Y si repasamos lo que hemos hecho a lo largo de estos cuatro años y lo que haremos en los próximos cuatro, veremos que es posible interpretarlo desde esta perspectiva. 

Estamos buscando (mientras hacemos también todo lo posible para encontrar una manera de romper con los dogmas de la Europa Occidental y vivir al margen de ellos) la forma de construir una sociedad que nos permita ser competitivos en esta gigantesca lucha global. [11]

La crisis migratoria no tiene que ver, a pesar de lo que digan los funcionarios de Bruselas, con una “falta de solidaridad”. Se trata, más bien, de un choque de solidaridades, de una fricción entre nuestras solidaridades nacionales, étnicas y religiosas y nuestras obligaciones como seres humanos. 

No debemos verla tan sólo como un movimiento migratorio desde fuera de Europa hacia el Viejo Continente, o desde los países miembro más pobres hacia los más ricos, sino también como un movimiento que aleja a los votantes del centro y como un desplazamiento de la frontera entre la izquierda y la derecha hacia otra que separa a los internacionalistas de los nacionalistas.

 La crisis de los refugiados también ha provocado un cambio en las líneas de argumentación. En los años setenta, los intelectuales de izquierdas tendían a defender apasionadamente el derecho de los pueblos indígenas en la India y América Latina a conservar sus modos de vida. Pero ¿qué ocurre con la clase media en los países occidentales de hoy?

 ¿Debe ser despojada de ese mismo derecho? ¿Y qué explicación podemos dar al hecho de que sea precisamente el electorado tradicional de la izquierda el que se esté desplazando hacia la extrema derecha? En Austria, más del 85 % de los trabajadores no cualificados votó al candidato de la extrema derecha nacionalista en la primera vuelta de las elecciones presidenciales celebrada en mayo de 2016. 

En las elecciones de Mecklenburgo- Pomerania Occidental, un estado del norte de Alemania, más del 30 % de ese mismo grupo dio su apoyo a Alternativa por Alemania. En las elecciones regionales francesas que se celebraron en diciembre de 2015, el Frente Nacional se hizo con el 50 % del voto de la clase trabajadora. (...)

Parece claro que la clase trabajadora postmarxista, que ni se ve a sí misma ya como una vanguardia ni cree en la revolución anticapitalista global, carece de motivos para ser internacionalista.

 El de las mayorías amenazadas es un tipo de populismo para el que la historia no nos ha preparado adecuadamente. (...)

El estudio de la “personalidad autoritaria” ha sufrido importantes cambios desde la década de los cincuenta y las hipótesis iniciales han sido sustancialmente reformuladas, pero en un libro de reciente publicación titulado The Autoritarian Dynamic, Karen Stenner, [12] cuyo trabajo se ha desarrollado dentro de esta tradición, ha revelado algunas claves que pueden sernos de utilidad a la hora de comprender el ascenso de las mayorías amenazadas y el cambio en la naturaleza de las democracias occidentales. 

En esta obra, Stenner demuestra que la voluntad de someterse a un gobierno autoritario no es una cualidad psicológica permanente, sino que se trata de una predisposición de los individuos a volverse intolerantes cuando perciben que los niveles de amenaza están aumentando.

En palabras de Jonathan Haidt, es como si “algunas personas tuvieran en sus cabezas un botón que, cuando es pulsado, desencadena una conducta centrada prioritariamente en la defensa de su grupo de pertenencia, la expulsión de los extranjeros y los disidentes y el aplastamiento de cualquier forma de rebelión interna”. [13]

  Lo que lleva a que este botón sea accionado no es cualquier tipo de amenaza, sino una muy concreta a la que Stenner denomina “amenaza normativa”, que se presenta cuando el individuo cree que la integridad del orden moral está en peligro y el “nosotros” ideal se está desintegrando. El cambio de actitud hacia los extranjeros, en realidad hacia cualquiera que sea percibido como una amenaza, es provocado más por el miedo a que el orden moral se derrumbe que a la situación real en la que éste se encuentra.

 El concepto de “amenaza normativa” acuñado por Stenner nos permite entender mejor cómo se ha transformado la vida política europea con la crisis de los refugiados de 2015, así como también por qué han sido precisamente los ciudadanos centroeuropeos quienes han reaccionado con mayor hostilidad hacia los refugiados, a pesar del escaso número de ellos que hay en sus respectivos países. 

En el caso europeo, el tipo de “amenaza normativa” que se ha declarado con la crisis de los refugiados tiene su origen en la cuestión demográfica. De manera sorprendente, el pánico demográfico es un factor que, a pesar de ser determinante en la formación de las actitudes que los europeos tienen hacia los inmigrantes, apenas ha sido estudiado. Su importancia, sin embargo, es capital, especialmente en el caso de la Europa Central y del Este. 

La historia reciente de esta región nos ofrece numerosos ejemplos de países y Estados que han entrado en decadencia. A lo largo del último cuarto de siglo, casi uno de cada diez búlgaros se ha marchado al extranjero a vivir y a trabajar. Y la mayoría de quienes se han ido (y de quienes aún lo están haciendo) son, como cabía esperar, jóvenes. (...)

Cuando los investigadores de la Universidad de Michigan realizaron en 1981 la primera Encuesta Mundial de Valores se quedaron sorprendidos al descubrir que los niveles de felicidad no estaban determinados por el bienestar material. Por aquel entonces, los nigerianos se declaraba tan felices como los ciudadanos de Alemania Occidental. 

Ahora, sin embargo, treinta y cinco años después, la situación ha cambiado. Según las últimas encuestas, son muchos los lugares en los que la gente se declara tan feliz como cabría esperar por su PIB [15]. Lo que ha ocurrido en este tiempo ha sido que los nigerianos han podido comprarse televisores y que, gracias al avance de internet, los jóvenes de ese país han visto cómo viven los europeos y cómo son sus escuelas y hospitales. 

La globalización ha hecho del mundo una aldea, pero se trata de una aldea que vive bajo el dominio de una dictadura: la dictadura de las comparaciones globales. La gente ya no compara sus vidas con las de sus vecinos; ahora se comparan con los ciudadanos más ricos del planeta.  (...)

Así que no debería sorprendernos que para muchos parias de la Tierra cruzar las fronteras de la UE resulte mucho más atractivo que cualquier utopía. Son cada vez más las personas para las que la idea del cambio consiste más en un cambio de país que en un cambio de gobierno.

El problema de esta revolución de migrantes consiste en su preocupante capacidad para alentar un movimiento contrarrevolucionario en Europa. El rasgo definitorio de los partidos europeos de derecha populista es que son reaccionarios, no nacional-conservadores. 

En el trabajo que dedicó a reflexionar sobre el ascenso de la política reaccionaria en los países occidentales, Mark Lilla afirmaba que “la inagotable vitalidad del espíritu reaccionario, incluso sin un programa político revolucionario”, se debe a la sensación de que “nuestra forma de vida actual en cualquier lugar del planeta, con sus constantes cambios sociales y tecnológicos, es el equivalente psicológico de una revolución permanente”. [16]

  Y para los reaccionarios, “la única respuesta sensata a la llegada del apocalipsis consiste en provocar otro, con la esperanza de poder así empezar de cero”. [17]  (...)

Este “giro populista” es diferente en cada país, pero se pueden distinguir algunos rasgos comunes. El aumento de las actitudes populistas significa el regreso a cierto grado de polarización y a un estilo más agresivo de hacer política (lo cual no tiene por qué ser necesariamente negativo).

 Da la vuelta a ese proceso de fragmentación del espacio político que se caracteriza por la rápida proliferación de pequeños partidos y movimientos nicho, y hace que los votantes se concentren en sus propios miedos personales antes que en los colectivos. El ascenso del populismo es el regreso a un tipo de política más personalista en la que los líderes desempeñan un papel fundamental y las instituciones son casi siempre vistas con suspicacia (...)

En el mundo que nació después de 1989 se creía que el avance de la democracia también significaría a largo plazo el avance de las libertades. Ésta es la creencia que el auge de los regímenes mayoritarios en todos los rincones del planeta está cuestionando. 

Lo paradójico de las democracias liberales europeas de la posguerra fría era que el aumento de las libertades individuales y los derechos humanos iba siempre acompañado por una disminución de la capacidad que los ciudadanos tenían para cambiar con sus votos no sólo los gobiernos, sino también las políticas. 

Ahora, la política vuelve a ser prioritaria y los gobiernos están recuperando su poder, pero —como puede verse en nuestros días— a costa de las libertades individuales."                (Ivan Krastev, CTXT, 24/05/17)

28/4/17

“El miedo es la herramienta principal de los poderópatas”

"-Dícese del individuo que padece una neurosis obsesivo-compulsiva por el poder en cualquiera de sus manifestaciones (económica, religiosa, empresarial, política, familiar, militar y/o el poder en sí mismo. Su fin justifica los medios, y se muestra indiferente a los límites de la ética. 
 
-Javier de Federico: La sociedad conoce sobre todo al psicópata. Pero se trata de un concepto muy distorsionado, sobre todo por las numerosas películas de asesinos en serie realizadas por el Cine y la Televisión; pero lo cierto es que hay psicópatas que no llegan a matar nunca. 

Algún autor ha distinguido los psicópatas violentos y asesinos de los otros, de “cuello blanco”. Así, el término “poderópata” designa a la persona con un ansia de poder desmesurada. Nunca tiene suficiente. En estos casos hay, además, un mecanismo de defensa frente a unos traumas o deficiencias que en general provienen de la infancia. 

-Jaime Paulino: El concepto de “poderopatía” y de “poderópata” que plantea Javier está directamente relacionado con formas no democráticas de relación social y política. Así, cuando alguien quiere amasar más poder y capacidad de control, está en disposición de no respetar la pluralidad y el encuentro. 

¿Y qué es la oligarquía financiera sino el encuentro de individuos que aspiran a concentrar una gran cantidad de poder en muy pocas manos? 
 
-Hay ejemplos de “poderópatas” entre los antiguos: Gengis Kan, Lucio Cornelio Sila, Calígula, Torquemada, Leopoldo II de Bélgica, Hitler, Mussolini, Franco, Somoza… Y entre los contemporáneos: Blush, Aznar, Blair, Merkel, Thatcher y Sharon. 

-JF: Actualmente Donald Trump ha roto cualquier molde. Se trata, por todas las características de su personalidad, de un “poderópata” inconmensurable. Actualmente el mundo se halla en sus manos, ése es el problema. 

Pero también lo son los demás. Gente como Ignacio González O Rodrigo Rato, que en muchos casos son millonarios de familia y pese a ello continúan con las tropelías. Uno de los rasgos del “poderópata” es que nunca tiene suficiente, se trata de una patología. 

-JP: El poder como problema es un elemento socialmente transversal. Tenemos ejemplos de ello por doquier. Pero no creo que tenga tanto que ver con la situación particular de alguien o una predisposición a amasar con todo, sino más bien con una estructura social de tipo capitalista; y con una forma de generar subjetividades que presupone una ambición extrema y loca por controlarlo todo. Sin embargo, por en medio queda la solidaridad y la cooperación con el otro. 

-La cuestión del poder se ha abordado generalmente desde la Sociología, las Ciencias Políticas o la Historia. ¿Qué puede aportar el enfoque psicológico? Entre las diferentes corrientes teóricas –conductistas, psicoanalíticas, cognitivas, gestálticas, humanistas…- afirmas en el libro “Poderópatas” que prefieres a los “clásicos”, a los viejos profesores de la Escuela de Viena. Destacas además a autores como Adler, Piaget o Reich. 
 
-JF: Es el intento de demostrar con argumentos consistentes algo que ha ocurrido a lo largo de la historia y nos ha pasado inadvertido. ¿Por qué esta gente actúa así? Existe toda una línea de planteamientos conductistas, basados en la estadística y en factores genéticos.

 Pero en el libro no sólo se mencionan las causas genéticas, que también reconozco, sino también el factor educacional. Algunos autores se han referido al “ambioma” que conforma el carácter; habría asimismo otra parte, de origen hereditario. 

-JP: No tengo conocimientos en materia de Psicología como para referirme a ello. Además la Psicología tiene un punto en el que se diferencia de la Filosofía, y es su carácter experimental. Yo me desenvuelvo mucho mejor dentro del ámbito especulativo puro. Y ahí, sí que diría que las relaciones sociales siempre lo son de poder. Hay relaciones de poder que son productivas, y están vinculadas a la construcción y la potencia, pero otras son destructivas y represoras. 

-En el libro citas a Freud y a Nietzsche. ¿Hay algún elemento que les una? 

-JF: Que yo sepa Nietzsche no destrozó la vida de nadie, mientras que varios de los alumnos y seguidores que llevaron la contraria a Freud pasaron por grandes crisis (Herbert Silberer, Wilhelm Reich, Alfred Adler o Carl L. Jung). 

Freud era un gran “poderópata”. Porque la “poderopatía” no es sólo política o económica: en las familias el padre también puede utilizar el poder para demostrar quién manda a sus hijos; además existe la “poderopatía” en las relaciones personales y la de carácter espiritual: la ejercida por sectas y religiones. 

Así, el hecho de situarse a la derecha de Dios Padre otorga mucho poder, y sobre todo si se sabe especular con el concepto. En resumen, más que Freud y Nietzsche me interesan psicoterapeutas como Alfred Adler, quien afirmaba: “El egoísmo del neurótico, su envidia, avaricia y tendencia a despreciar personas o cosas tiene su base en un sentimiento de inseguridad”. 

Donde dice “neurótico” podría mencionar al “poderópata”. También decía que el sentimiento infantil de inferioridad excita el afán de poder. Y en aquellos momentos no conocía a Aznar, Berlusconi o Bush… Creen que Adler está superado, pero no se lo ha leído nadie. Ocurre lo mismo que con Marx. 

-JP: Nietzsche sostiene que hay relaciones basadas en la represión, vinculadas directamente con el resentimiento; que a su vez está relacionado con el miedo al otro; o con mi voluntad de poder y dominio respecto al otro. Sin embargo, Nietzsche consideraba que lo importante es aprender a jugar, a no tener miedo a equivocarse y mezclarse con los demás. 

En definitiva, a que uno sea capaz de afirmarse. Se trata del “amor al destino”, que es algo magnífico frente a la resignación. Y, por otro lado, de ser capaz de afirmar la diversidad y la vida en toda su potencia, sin que ello se mida en términos de éxito o fracaso (un conflicto de jerarquías que distribuyen quienes se hallan en disposición de poder). Antes Javier hablaba del poder religioso.

 Y podríamos además hacerlo de la relación con la confesión y el confesor, de cómo esta se seculariza en el psicoanálisis; de cómo se ejerce el poder sobre un paciente sometido a un trauma emocional o moral. 

-¿Qué importancia tiene el miedo para la manipulación de las masas? El ensayo cita el ejemplo de una película de Michael Moore, “Bowling for Columbine”, que en principio aborda la cultura de las armas en Estados Unidos, pero que finalmente remite al miedo como emoción primaria. 

-JF: El miedo es la energía esencial para el desarrollo de la “poderopatía”. El miedo que te infunde la sociedad, a no ser nadie, a la muerte, a que te castren. Además el miedo paraliza. Pero asimismo es un instinto de conservación con una función específica, por lo que sentirlo en determinadas circunstancias es normal. La patología reside en un miedo exagerado y abusivo. Lo contrario es sentirse seguro… Con alguna forma de poder, sea económico, político, eclesiástico o intelectual. 

-JP: Estoy de acuerdo. Me remito a Hobbes, el primer autor moderno que empieza a pensar la Política, el Estado y el Contrato Social. Afirmaba que el fundamento de la sociedad civil es el miedo. Más aún, el estado absolutista se justifica únicamente por el miedo. 

Pero la pregunta es: ¿Hay otros presupuestos teóricos para construir relaciones sociales que no sean ese miedo que nos conduce indefectiblemente al poder absoluto ejercido de manera despótica? A lo mejor sí, ésta es la fórmula que hay que explorar. 

-Por último, una de las metáforas empleadas para señalar al capitalismo neoliberal es la de un cáncer: “Ambos sólo quieren reproducirse y multiplicarse, y terminarán devorando sus propias entrañas con nosotros dentro de ellas”. En la portada del ensayo figura una imagen de Saturno devorando a sus hijos… Pero hay quien ha querido ver un capitalismo regulado, con intervención estatal y de “rostro humano”. 

-JF: Creo que del capitalismo se habla con un poco de ligereza. Desde la época en la que lo estudiábamos –con Hegel, Marx, Engels y otros- el capitalismo ha evolucionado, pero no ha ocurrido esto mismo con la izquierda. Hemos pasado del capitalismo paternalista a un neoliberalismo salvaje, que es el perfecto “caldo de cultivo” para la “poderopatía”. 

Wilheim Reich trabajó con la idea de “peste emocional”, con la que podemos designar a determinadas ideas que, al igual que las epidemias con los virus y las bacterias, se contagian. 

El ejemplo más evidente es el del nazismo. Hoy el capitalismo se ha convertido en un sistema totalmente anónimo, en el que la única norma son los beneficios. Hasta el punto de que están devorando a los consumidores que ellos producen para hacer sus negocios. Y si no circula el dinero, llega el colapso. Además, el neoliberalismo reduce el Estado a la mínima expresión, con lo que las mafias económicas asumen la forma de plutocracias. 

-JP: El neoliberalismo no deja de ser una versión muy concreta del capitalismo, que se desarrolla en el momento en que la socialdemocracia está en crisis. Hoy nos encontramos ante la “alternativa” de una sociedad gobernada por el miedo y el horror. Resulta fascinante, si se analiza desde el punto de vista del enemigo, la capacidad de hacer coincidir conceptos antagónicos. 

Me refiero a cómo se ha conseguido, en un mundo globalizado, provocar el miedo al extranjero (por ejemplo, con la idea de que pueda ser un terrorista peligroso). Esto es algo propio de las sociedades cerradas. Pero esto ocurre al tiempo que se ha instalado una subjetivación basada en la precariedad absoluta. 

Es decir, el miedo convive con la incertidumbre total, lo que implica quedarse con todo lo malo y nada de lo bueno –cooperación, protección, comunidad- de las sociedades cerradas. La “alternativa” es “socialismo o barbarie”. 

 Se caracteriza por el narcisismo, la corrupción, el abuso de poder, la ocultación de la verdad, la manipulación comunicativa o la conspiración a favor de otros poderosos. En el libro “Poderópatas” el activista de 72 años Javier de Federico describe con estos síntomas a los personajes movidos por una ambición de poder sin límites.

 Entre ellos “juegan a ver quién es el rey de la montaña”, afirma este miembro de los Yayoflautas y Podemos en Valencia. El ensayo de 112 páginas, cuya segunda edición ha visto la luz en 2017, tiene una larga historia. El activista buscaba un trabajo con el que cotizar lo requerido para alcanzar “el mínimo de la pensión”. Lo encontró de conserje nocturno, y en ese momento el libro empezó a adquirir forma. 

El secretario general de Podemos en Valencia y filósofo, Jaime Paulino, ha presentado el texto en “La Morada”, sede del partido en Valencia. En su tesis doctoral Paulino también investiga el poder, desde la perspectiva de filósofos como Foucault, Antonio Negri o Roberto Esposito. Javier de Federico reivindica la Psicología como “patrimonio de la humanidad”. Parte de esta disciplina para explicar los mecanismos con los que se despliega el poder."                 (Enric Llopis , Rebelión, 21/04/17)

21/2/17

Perdido el miedo a la URSS y a la amenaza de la revolución, la minoría del 1 por 1.000 de los más ricos pudo dormir tranquila. ¿Para qué hacer concesiones innecesarias?

"El siglo XXI ha traído el desconcierto, la incertidumbre, la falta de confianza en el progreso colectivo y en la democracia. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Josep Fontana reconstruyó en el 2011 el camino recorrido en un libro de 1.200 páginas, Por el imperio, que llegaba hasta la primavera árabe y el movimiento de los indignados. 

En El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914 añade y revisa su copiosa documentación, actualizada hasta hoy mismo. Los datos que proporciona en el capítulo “La era de la desigualdad” son escalofriantes y, si la tendencia no se corrige, muchos de los lectores de hoy serán los futuros pobres. (...)

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Por muchos factores. Uno de ellos es el miedo. El miedo es determinante en las actitudes políticas. El miedo exagerado a la revolución rusa fue determinante en el fracaso de la II República española o del reformismo de la República de Weimar. Por otra parte este mismo miedo y la fuerza de los sindicatos favorecieron la negociación y las políticas reformistas para contentar a la población.

¿No sucede ahora que hemos olvidado el estupor ante la barbarie de las dos guerras mundiales, cuando se optó por un juego de alternancias, un partido de derechas creador de riqueza y una socialdemócrata para repartirla?

La socialdemocracia tuvo un papel muy importante en la consecución de beneficios como los del estado de bienestar, que se concedían como antídotos a la revolución. En 1968 se pudo ver que la amenaza de nuevos movimientos revolucionarios había pasado, cuando el partido comunista francés se negó a apoyar las protestas estudiantiles, mientras en Praga se frustraban las opciones de un socialismo de rostro humano. 

Perdido el miedo a la URSS y a la amenaza de la revolución, la minoría del 1 por 1.000 de los más ricos pudo dormir tranquila. ¿Para qué hacer concesiones innecesarias?

¿Qué fecha pone?

El progreso social, entendido como la suma de una distribución más equitativa de los beneficios del crecimiento económico y de una mejora de las condiciones de vida, terminó hacia 1975.

¿Qué sucedió?

Tomando como excusa la crisis de petróleo se emprendió la lucha contra los sindicatos y se favoreció la deslocalización de empresas, lo que debilitó la capacidad de los obreros para mejorar sus condiciones de trabajo y sus salarios. Todo ello contribuyó a una reestructuración económica mundial como base de un nuevo orden corporativo global, sin los obstáculos que oponía el estado-nación.

¿Y ahora?

La crisis que empezó en el 2007 y 2008 empeoró la situación. Lo más grave es que, superada la crisis, la desigualdad se ha desbocado y sigue creciendo día a día. Las consecuencias pueden ser muy serias. (...)"            (Entrevista a Josep Fontana, La Vanguardia, 13/02/17)