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8/3/22

La única califa de la historia manda en Senegal... La ciudad de Thiés acoge un caso excepcional de dinastía califal femenina. Sus prácticas religiosas fusionan el islam moderado y las creencias ancestrales

 "Sokhna Saibata recibe tumbada de costado, con sencilla dignidad, apoyando la cabeza en su nudosa mano de dedos larguísimos. Viste un pulcro traje blanco nuclear que acompaña con accesorios chic: enormes gafas de sol hexagonales, reloj de piel, robustos anillos dorados. Su trono se alza apenas unos centimetros sobre el resto de la estancia, el porche de su vivienda en Keur Iyakhine (Thiés, Senegal). Un puñado de calles con urbanismo irregular. Polvoriento y colorista. Donde niños y animales circulan a su antojo. Similar a tantos barrios populares del país.

La visita se interrumpe por la llegada repentina de dos jóvenes forasteros. “Estamos de paso y nos han dicho que aquí vive una mujer que resuelve cualquier problema”, cuenta uno de ellos. Al otro ya le atiende Saibata con su heterodoxo arsenal curativo. Rezos y plegarias. Un tasbih, equivalente al rosario cristiano. Tejidos con supuestas propiedades espirituales. Versículos del Corán plastificados. Un portátil que reproduce vídeos del Gran Magal, la peregrinación a la ciudad santa de Touba, hito anual del muridismo, la cofradía sufí a la que pertenece Saibata.

El ritual sanador concluye con la ingesta de un brebaje marrón y grumoso. El enfermo bebe de un trago dos vasos, convulsiona levemente y vomita sobre una túnica fucsia eléctrico. Por exceso de fruición o como parte del proceso purificador. Mor Ba, secretario personal de Saibata, muestra reserva ante la duda y se limita a explicar que su jefa tiene soluciones para cualquier “dolencia de cuerpo y alma”. ¿Ingredientes del mejunje? “Receta mística de composición secreta”, responde Ba con sonrisa pícara.

Desde 2003, Saibata es la califa de Keur Iyakhine. Sucedió a su hermana, Sokhna Magat, fallecida ese año y que ostentó el cargo a partir de 1943, cuando murió el padre de ambas (aunque nacieron de madres diferentes, en una compleja genealogía poligámica). Antes de su muerte, Abdoulaye Yakhine, fundador del humilde califato, había predicho que ninguno de sus 14 hijos varones le sobreviviría. La visión, iluminada desde las alturas, se cumplió a rajatabla, asegura Ba. Saibata tiene dos hermanas menores que, en su momento, habrán de sucederla. Cuando estas fallezcan, nadie sabe con certeza quién tomará las riendas de esta peculiar dinastía califal femenina.

 Todo apunta a que Saibata es –amén de su hermana– la única califa que ha conocido el mundo musulmán. Cinco profesores de estudios islámicos consultados para este reportaje aseguran no conocer casos similares, presentes o pasados. Aunque ofrecen otros ejemplos de mujeres que lograron quebrar el monopolio de poder masculino en el islam. Son historias medievales que conjugan azar, conflictos sucesorios, carisma y bravura.

Desde la Universidad McGill (Montreal, Canadá), Rula J. Abisaab resalta la figura de Sayyida Hurra, reina de Yemen en el siglo XII. Abdel Haleem, director del Centro de Estudios Islámicos en la Universidad de Londres, pone en valor a Shajar al-Durr, sultana de Egipto durante tres meses cruciales en 1250, tiempo suficiente para expulsar del país a las tropas francesas en la Séptima Cruzada del rey Luis IX. También en el siglo XII, otra sultana, Razia o Radiyya, gobernó en Delhi (India) por un período de cuatro años, apunta desde la Universidad de Alicante el profesor Hany El Erian. Y Nadia Hindi, de la Universidad de Granada, recuerda que en la Edad Media abundaban las alimat (femenino de ulema). Eruditas que, señala Hindi, “recibían discípulos de todo el mundo islámico, tanto hombres como mujeres”.

A Isabel Romero, presidenta de la Junta Islámica en España, no le sorprende que el único califato femenino se haya dado en Senegal, donde “las cofradías funcionan con un alto grado de libertad y el islam, de por sí poco jerárquico, se ha fundido con las tradiciones autóctonas”, de fuerte raigambre matriarcal. “Hemos tropicalizado el Corán”, dice, tomando un café antes de la visita, Oumar Seye, un periodista local que ha colaborado estrechamente con Saibata y su entorno. “Me tiene especial aprecio: nada más conocerme, hace siete años, me nombró cheikh”. En Senegal, esta palabra designa simplemente a un sabio, aunque en otros países musulmanes se traduce por jeque.

 Romero añade que el propio término califa adquiere distintos significados según el contexto. Una definición genérica sería, según ella, “líder social y espiritual” de un territorio. Otra acepción se refiere a los sucesores del profeta Mahoma. Antiguamente, explica el profesor Haleem, los grandes califatos (Omeya, Abbasí, Otomano) aspiraban a dominar hasta el último confín musulmán. Hoy, el Estado Islámico –autoproclamado califato– reinterpreta el vocablo con ambición expansiva y muerte al infiel. En Keur Iyakhine, se decantan por la modestia geográfica y una retórica de paz.

Prueba de universalidad

El secretario Ba garantiza que el caso es absolutamente único. Vaticina incluso que el futuro confirmará la total exclusividad del califato que encabeza su maestra: “No habrá nunca, en ningún lugar del mundo, otras mujeres califa”. ¿Y si se repite, en Senegal u otros países, la ausencia de descendencia masculina? Ba duda unos instantes antes de aceptar tal posibilidad. “Lo especial de Keur Iyakhine no es tanto que el califa muriera sin hijos varones, sino su premonición de que serían sus hijas quienes continuarían el legado”, zanja.

La comunicación directa con Saibata topa con algunos obstáculos. Idiomáticos, ya que la anciana solo habla wolof (lengua mayoritaria en Senegal) y es Ba quien traduce al francés sus lacónicas respuestas. Con frecuencia, explayándose en detalles que no parecen haber salido de boca de la califa. Pero sobre todo porque, a sus 83 años, Saibata sigue con dificultad el hilo de la conversación. A veces cierra los ojos y se recuesta unos instantes sobre su lecho policromático. Otras se sumerge en ensoñaciones divinas y, en mitad de la charla, lanza al aire —con su voz quebrada de tono bajo— cánticos religiosos.

 Rodea a Saibata un grupo variopinto de talibés, discípulos que veneran y obedecen sin rechistar a un/a marabout/e (líder o lideresa) en las regiones con presencia musulmana del África occidental. Hay mujeres de sonrisa eterna que lucen llamativos estampados en sus boubous, vestido típico de Senegal. Hombres con raídas camisetas de equipos de fútbol europeos, en traje de chaqueta o peinados al estilo baye fall, rama del muridismo con estética parecida a los rastafaris. Algún chaval pulula con ojos curiosos. La califa da órdenes escuetas. Con un simple gesto, pide que la abaniquen o que alguien traiga unos refrescos para aliviar el seco calor saheliano. “Nadie en la familia murid osa poner en duda su estatus, la aceptación es plena”, continúa Ba.

Camino al santuario donde reposan los restos del padre y la hermana de Saibata, Saliou Mbayé, hombre fornido de unos 60 años, resume su historia laboral: gracias a la califa, afirma, nunca le ha faltado trabajo. “Muchos aquí pueden dar fe de milagros y proezas”, señala Ba. A las puertas del mausoleo (austero por fuera, pleno de arabescos y filigranas en su interior), Samba Niang, otro talibé, apunta el motivo por el que el recinto se halla justo en medio de la avenida principal del barrio, lo que obliga a desviar lígeramente el tráfico. “Abdoulaye Yakhine supo que descansaría, como prueba de su universalidad, en la confluencia de dos caminos, uno que viene del este y otro del oeste”. Ba pinta algunos trazos del califa original: “Nació en 1880 en Arabia Saudí y vino a Senegal tras escuchar el mandato de Alá; no era blanco ni negro, se metamorfoseaba”.

Hace diez años, el actual presidente de Senegal, Macky Sall, visitó a Saibata durante su gira electoral por el país. Ba recuerda cómo la califa supo en seguida que, de 14 candidatos, él saldría elegido. El presidente no olvida la premonición, que fue acompañada por algunas oraciones de refuerzo. “Se refiere a ella como mi madre, mi maraboute”, dice con evidente orgullo el secretario personal.

Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, Saibata aparece en los medios senegaleses como “modelo y ejemplo”, continúa Ba, quien parece debatirse en un tenso tira y afloja al reconocer la relevancia de la califa en la lucha feminista. Asegura que su figura ha contribuido “muy positivamente a la imagen de la mujer” en el país. Aunque al poco declara solemne que, en el Corán, no hay duda de que el “hombre es el maestro, con la mujer relegada a un segundo plano”. Y que así será –con la notable salvedad de la señora recostada a su vera– “hasta el fin de los tiempos”.

Guerra de sucesión

Autora de Revendications silencieuses (L´Harmattan) e investigadora del contexto sociorreligioso senegalés desde una perspectiva de género, Maimouna Eliane Thior confirma el respeto que inspira Saibata entre la comunidad murid. Admite que su plena aceptación se inscribe en un islam “tolerante y moderado”. Pero no piensa que la califa sirva como referente feminista, ya que su posición de poder llegó por herencia: “Simplemente estaba ahí”.

Quizá siguiendo la estela de Saibata y su hermana, otra mujer, Sokhna Aida Diallo, reclama desde hace dos años la sucesión del califato de los thiantacounes, dirigido por su marido, Béthio Thioune, hasta su muerte en 2019. La viuda –más joven que Saibata, muy mediática, siempre deslumbrante en sus apariciones públicas– insiste en un argumento de peso: su difunto esposo le reveló que ella sería su sucesora.

 El rechazo murid ha sido total, con repudio explícito del califa general de Touba (Serigne Mountakha Bassirou Mbacké), declaración de persona non grata en la ciudad santa e incluso asaltos violentos a su vivienda. En 2020, Aida Diallo visitó a Saibata en Thiés. Para Seye, que cubrió el acto, fue un claro ejemplo de “solidaridad entre mujeres”.

La cúpula de la cofradía recuerda que Aida Diallo no es descendiente directa del anterior califa, así que el cargo corresponde al primogénito, Serigne Saliou Thioune, cuya madre no es Aida Diallo, quinta esposa del anterior califa. Trama telenovelesca con herencia millonaria de por medio y la pugna por un califato mucho más poderoso que el de Keur Iyakhine. Seye opina que ser “joven y guapa” no ayuda a Aida Diallo. Y Eliane Thior coincide en que su imagen “no corresponde a una cierta idea de religiosidad”, por lo que las altas esferas del muridismo prefieren “invisibilizarla”.

Durante la despedida, Saibata regala otro momento de sincretismo religioso. Una breve ceremonia en la que se difuminan las fronteras entre islam y prácticas ancentrales. A su alrededor, en cuclillas, con actitud de ofrenda, las palmas de las manos formando un cuenco, nos reunimos Ba, Seye, una talibé y este periodista. La califa de Keur Iyakhine dispensa bendiciones y tararea melodías. Para terminar, escupe sucesivamente sobre nuestras manos, que a continuación nos restregamos por el rostro. Luego sonríe, agradece la visita y se reclina de nuevo, sosteniendo la cabeza en sus dedos infinitos."                          (Rodrigo Santodomingo, El País, 07/03/22)

 

 

9/9/21

No siempre hemos estado a la gresca con la guerra de sexos. No siempre hubo dominación. Ni siquiera es necesaria esa dominación. Hace mucho, existió otra forma de entender el mundo. Más colaborativa, más coordinada, más pacífica.... así pues: “La lucha del futuro será entre sistemas orientados a la dominación o a la asociación”

 "Riane Eisler (Viena, 1937) es esa profesora a la que recuerdas con cariño. Sonríe todo el rato, hace preguntas, dialoga. Que sea, también, una de las voces más autorizadas en el campo de la antropología y la sociología solo aumenta el disfrute de la conversación, claro...

En 1987 Riane publicó El Cáliz y la Espada, que ha sido traducido recientemente por la editorial Capitán Swing. “El libro más importante desde El origen de las especies de Darwin”, en palabras del antropólogo Ashley Montagu. Ya ven, casi nada. La tesis que Eisler sostiene allí, fundada con evidencias arqueológicas, es atractiva. ¿En resumen? Que no siempre hemos estado a la gresca con la guerra de sexos. 

Que no siempre hubo dominación. Que ni siquiera es necesaria esa dominación. Que, hace mucho, existió otra forma de entender el mundo. Más colaborativa, más coordinada, más pacífica. Ella agrupa todas esas ideas bajo un componente común: el culto a eso que denomina “la Diosa”. Deidad femenina, una y todas. Concepto que Riane desarrolla para mejor comprensión.

Pero eso es después. Como no todos los días tiene uno la posibilidad de conversar con una antropóloga de talla mundial empiezo por algo que me es cercano. La covada, nada menos, esa tradición según la cual el hombre reproducía los dolores del parto tendido junto a la mujer y más tarde era él quien se quedaba cuidando del recién nacido. Ya ven, costumbres raras que tenemos aquí, por el norte. Riane asiente y comienza la charla. Una clase erudita y divertida. Como el libro. No se lo pierdan.

No me resisto a empezar hablando de la covada...

Ah, sí la conozco. Sé vagamente de la institución, y sus orígenes. Cerca de los vascos, ¿no?

Sí, donde yo vivo, en Cantabria, tenemos constancia de ello a través de textos clásicos. 

Una zona más orientada a la asociación, y no al patriarcado o matriarcado. Tendemos a pensar que es una cosa u otra, y no necesariamente. Creo que la covada sobrevivió hasta épocas tardías, un remanente de la cultura anterior. Me encantaría saber más cosas sobre ello.

Hasta el siglo XIX se conserva en algunos sitios.

Sí, hasta los tiempos de Napoleón, creo...

Aquí tenemos una especie de matriarcado histórico del cual nos sentimos muy orgullosos. Es falso, pero aun así nos sentimos muy orgullosos...

¿En qué sentido? Me interesa mucho lo de la covada porque cuando los hombres se involucran más con los bebés está demostrado que su respuesta neuronal cambia. 

Bueno, hay pervivencias similares hasta época muy cercana, que tienen cierto aire. En el Valle de Soba, por ejemplo. La obligatoriedad de no mudarse la ropa durante la semana posterior al parto. Tiene en común ese momento trascendente...

Quizá era algo sagrado, algo que no se quería cambiar. Es una especulación. La existencia de sacerdotisas además de sacerdotes y todo eso en la zona, ¿no? 

Y, en tu opinión, ¿por qué se pierde esa matrilinealidad?

Bueno, creo que se perdió porque las culturas cercanas también cambiaron mucho. Incluso si hablas con algunas personas mayores puede que aún recuerden cómo se produjo ese cambio. Ahora estamos moviéndonos hacia un espacio más tendente a la asociación gracias al feminismo, y llevamos un montón de equipaje mental. De alguna manera los hombres (y algunas mujeres) piensan que las mujeres van a tomar el control, pero no se trata de eso, sino de ser compañeros.

Históricamente podríamos hablar mejor, en estas tierras, de matrilinealidad, y no matriarcado.

Sí, es distinto. Uso esa palabra, matriarcado, porque estoy tratando de explicarme con las categorías que nuestro lenguaje nos da. Ya sabes, sería hacer el juego al patriarcado usar las dos versiones de eliminación, de oposición. Hacer el juego a la derecha. Otras reglas, otros peligros. En cuanto a la matrilinealidad…, hablamos de una transmisión de la propiedad, pero es algo ficticio, porque el padre o marido era quien gestionaba esa propiedad. Seguía siendo parte de la familia. 

Eso que planteas sobre no usar las versiones de la eliminación es una idea potente, aún extraña para nuestra mentalidad de hoy. Normalmente vemos el mundo como un enfrentamiento, siempre a la contra. 

Claro, pero si miras el arte…, el arte no es “contra”..., el arte trata la interconexión. Animales, vegetales, hombres y mujeres. Es una visión diferente del mundo.

Pero hay autores que niegan esto... que defienden un arte, usando sus palabras, “contra”, lejos de la conectividad. Su libro es muy heterodoxo en este sentido.

Bueno, ya sabes, puedes ver por ejemplo las llamadas figuritas de Venus. Embarazadas, grandes pechos, la vulva claramente marcada. No es pornografía, no hay dominio sino una representación de algún tipo de sistema de creencias, un sistema de creencias que es distinto. Creo que para entender la interconexión lo primero que debemos hacer es comprenderla como un sistema de pensamiento, cambiar nuestra conciencia y darnos cuenta de que nuestras únicas alternativas no son dominar o ser dominado. Existe también la asociación. Es un gran salto mental. 

Precisamente sobre lo que menciona en relación a las Venus y su significado... Recientemente hubo en España una polémica con cierta exposición temporal en el Museo de El Prado que buscaba explicar algunas pinturas clásicas desde un nuevo punto de vista. O, mejor aún, recuperar la intención inicial de los artistas. Dicho de otra forma, recalcar que una “Venus” de Velázquez es una figura mitológica con significación detrás, sí, pero también una mujer desnuda, y que se pintaba así precisamente para satisfacer un gusto erótico. ¿Qué piensa sobre esto?

Bueno, hay claras diferencias entre lo erótico y lo pornográfico, claro. Y luego, una cosa es una Venus de Tiziano saliendo de las aguas, y otra las escenas que muestran violaciones, por ejemplo. Creo que estos últimos cuadros recogen imágenes claramente orientadas a la dominación. Las feministas hablan de una mirada masculina. Y sí, estamos tan acostumbradas al macho como norma que es un buen primer paso que estemos examinando de nuevo todos estos asuntos.

Siguiendo con las creencias... en su libro habla sobre la ‘Diosa’, y comenta que es una figura al mismo tiempo monoteísta y politeísta...

Sí, son figuras distintas. Hay diosas serpientes que aparecen en diferentes sitios como icono central, aunque asociadas a otras divinidades. Pero, en cierto sentido, su figura es también monoteísta, porque venera el poder de dar y nutrir la vida. Eso es lo que realmente son las figurillas de Venus. Pero la arqueología decidió, tras abandonar la idea meramente pornográfica, que eran figuritas sin mayor trascendencia. Es una negación de la realidad. Solo si tienes esta visión de dibujo animado sobre el hombre de las cavernas, con sus barbas y su cachiporra... lo interpretas de esa manera.

En el fondo, ese sincretismo monoteísta / politeísta aparece en otros sitios, ¿no? En la propia Biblia, por ejemplo, donde se puede leer sobre dioses y Dios, con minúsculas y mayúsculas...

Es plural, y la gente lo entendía así. La parte menos conocida de la Biblia es muy interesante, y he trabajado mucho sobre ella. Las dos historias de la creación de la Humanidad, por ejemplo. La de Adán y Eva es más tardía que la de los elohim. Muy interesante. Nos falta cambiar nuestra concepción mitológica ahí.

Sí, diferentes tradiciones en un libro de libros como es la Biblia…

Es que es muy sugestivo, y llama mucho la atención. Jeremías, por ejemplo. Allí lees a Jehová regañando, afeando que las mujeres horneen pasteles en honor de la Reina del Cielo. La Reina del Cielo, fíjate. Y ellas responden: ¿por qué habríamos de dejar estos sacrificios? Hay más paz y prosperidad si los hacemos. Está ahí, en la Biblia. Antes no me había percatado de ello, porque no estaba buscándolo. Pero está ahí. No lo veía porque no encajaba.

Claro, la Biblia es tan grande que siempre puedes encontrar cosas inesperadas. Es fascinante, pero...

Pero un poco peligroso, sí. Mira, otro ejemplo... el Cantar de los Cantares. Es totalmente erótico. Todo eso lo toco en El cáliz y la espada.

Vayamos a este libro, entonces. Escribe muchas veces sobre la “Vieja Europa”, tomándola como base para sus teorías. ¿Se pueden trasladar a otros lugares esas conclusiones? Si vamos a Asia, a Oceanía, ¿encontramos movimientos análogos a los descritos aquí?

Sí, claro. Mira el ejemplo del Japón... allí el emperador, para convertirse en ello, debía mantener relaciones sexuales y luego dormir con una sacerdotisa de la Diosa. Lo que no encaja con nuestra visión de la cultura japonesa, ¿no?, muy dominada por los hombres. Entonces... creo que podemos encontrar pistas aquí y allá. Me concentro principalmente en el área alrededor del Mediterráneo, porque es donde se encontraban la mayoría de excavaciones arqueológicas hasta hace poco tiempo. 

En nuestros días aún existen sociedades que se encuentran en el neolítico (estoy siendo deliberadamente simplificador, pero creo que entendemos a lo que me refiero). ¿Se han mantenido allí estas ideas sobre la Diosa?

Bueno, algunos lo hicieron. Mira los minangkabau (un grupo étnico de Indonesia). Aunque fueron conquistados por los musulmanes aún veneran las montañas, todas con nombres femeninos. Y es una cultura matrilineal. Hay más casos. Pero es muy claro que hubo un cambio en cierto momento, y eso aparece perfectamente plasmado en el Arte. Aparecen escenas violentas, con gobernantes (también dioses) que son diez veces más grandes que sus súbditos, gente situada en un espacio inferior. Ya no están todos de pie al mismo nivel y con idéntico tamaño, como ocurría cuando se representaba a la Diosa, sino que algunos tienen los brazos levantados en signo de adoración.

 Si abrimos los ojos podemos ver que el lenguaje es diferente, nos están vendiendo una forma diferente de ver el poder, una forma diferente de ver a las mujeres y a los hombres. Tenemos que ir investigando pistas como Sherlock Holmes, despojarnos de nociones preconcebidas. Volvemos a la Biblia. Las mujeres hacen una cosa maravillosa, que es dar vida. Pero este acto se considera sucio, dado que la mujer que da a luz debe ser purificada más tarde por un sacerdote masculino. Es una locura ¿no? No tiene ningún sentido. Hablamos de traer una vida al mundo. 

Es una visión un poco pesimista, parece. Es como si toda nuestra evolución cultural hubiese sido trenzada para alejarnos de la Diosa y lo que representa. 

Bueno, pero también hay tendencias actuales en otra dirección. Piensa en el movimiento Black Lives Matter, por ejemplo. De hecho, si miro la Historia Moderna mi teoría es que es en períodos de desequilibrio, como el cambio que estamos viviendo desde que se puso en marcha la Revolución Industrial hace 300 años, surgen movimientos sociales progresistas que desafían lo preestablecido, ya sea el derecho divino a reinar, o el derecho divino a que los hombres estén por encima de mujeres y niños, o el derecho divino a que exista una raza superior. Hasta podemos hablar aquí del movimiento ecologista, que desafía nuestra, antaño idealizada, conquista y dominación de la naturaleza. Que no es sostenible, por supuesto. 

Creo que si examinamos lo que está sucediendo hoy, cuando cambiamos muy rápidamente, es una oportunidad ideal para acelerar estos movimientos. El Centro de Estudios de Asociaciones (entidad con base en California, de la cual Riane es presidenta) está promoviendo una campaña para que el asociacionismo se convierta en la corriente principal de nuestros días. Sé que no es fácil porque la gente está atrapada en... En fin, Trump dijo que todo trata sobre la dominación, ¿no?, y si te dominan eres débil. Para él no hay una alternativa de asociación. Pero una de las contribuciones de este libro es mostrar que una configuración social diferente es posible. Con todo, debemos ser holísticos, mirar a mujeres y niños no solo en la llamada esfera pública. 

En mi último libro, publicado por Oxford University Press, cito estudios demostrando que hay personas criadas en la dominación. Y uno de los rasgos que compartían esas personas era un verdadero malestar y disgusto por las mujeres que son más asertivas fuera del rol convencional. Otro estudio, que no aparece en el libro porque no lo descubrí hasta más tarde, trataba sobre cómo criaban esas personas a sus propios hijos. Primaba para ellos la obediencia, el castigo, no tanto el desarrollo humano. Se ponían muy nerviosos cuando sus hijos mostraban conductas independientes.

Es un cambio de paradigma, general.

Lo es. Tenemos un sistema oculto de valores que incluye siempre el dinero como eje central. Piensa en la cárcel... La capacidad económica es un denominador punitivo. Y siempre hay dinero para investigación armamentística. Pero, de alguna manera, no existen suficientes fondos para las personas delicadas, femeninas, que cuidan de la naturaleza. Así que, para mí, la lucha del futuro no será entre derecha e izquierda, religiosa y secular, oriental y occidental, porque las categorías son realmente distracciones. La lucha será entre sistemas orientados a la dominación y a la asociación. Entonces podremos tener una esperanza, sí.

Volvamos al arte prehistórico. Muy cerca de donde estoy ahora se encuentra el Monte Castillo. Allí hay muchas manos fijadas “en negativo” sobre los muros. Manos grandes y manos más pequeñas. Tradicionalmente estas últimas eran consideradas como manos de niño, fueron muy pocos los autores que dijeran, oye, igual es una mano femenina...

Es una falta de reflexión, claro. Ahora ya no se podría dar, porque sabemos que hay diferencias entre los dedos del hombre y de la mujer. Tiende a haberlas, mejor dicho, así que se puede establecer a quién perteneció esa mano. Conocí una vez un profesor universitario que se dio cuenta de esto. “Dios mío, esto son manos de mujer”. Sucede que no escribió el artículo donde plasmaba tal descubrimiento hasta después de abandonar la Academia... Esto es interesante, porque muestra cómo el mundillo académico está aún muy atascado en ideas previas. A eso hay que añadir que tenemos normalmente un enfoque disciplinario (también yo), pero si queremos conectar los puntos debemos observar varias disciplinas. No podemos centrarnos solo en una u otra, hay que descubrir juntos...

Existe una teoría reciente que habla sobre la posibilidad, solo la posibilidad, de que las pinturas de Altamira estuvieran hechas por mujeres. Únicamente eso, la idea... y ya es suficientemente polémica. 

Sí, puede ser el comienzo de algún cambio, y esto es importante. Pero es muy, muy lento. Y a veces arrastras problemas mentales. También yo, claro, todos hemos sido adoctrinados. Pienso en David F. Noble, el historiador de la Ciencia. Escribió un libro titulado A world without women, donde señalaba que la ciencia moderna occidental, que comenzó hace 600 o 700 años, surge en un entorno clerical totalmente masculino. Ahí comienza esta cultura. Esta visión, un reconocimiento como el que hace Noble, tiene solo medio siglo, así que quienes lo sostienen son, aún, tipos marginales. 

Y, con todo, cada vez se pueden leer a más mujeres dentro del campo de los estudios prehistóricos...

Bien, veamos entonces cuántas de estas mujeres pueden liberarse de todo lo que les han enseñado. Esa es la cuestión. Junto con otra: ¿cuántos hombres pueden liberarse de eso mismo? Creo que tienes razón en que, al menos en teoría, los estudios de hoy están más motivados para encontrar pruebas que no solo marginen o ignoren a las mujeres. Pero sigue habiendo vehículos que permiten encajar todo en la vieja visión, claro...

Una última pregunta... publicó El cáliz y la espada en 1987...

Sí, lo escribí en 1986, y con motivo del treinta aniversario añadí un nuevo epílogo...

¿Cree que ha cambiado algo? Desde que apareció el libro...

Yo creo que sí. Lo que comentábamos antes sobre las manos, por ejemplo, es un símbolo de algo que ciertamente ha cambiado. Las evidencias que manejamos hoy en día sobre el hecho de que había diferentes culturas son muy, muy fuertes. En otras palabras, la arqueología muestra que nuestra relación con la guerra tiene cinco o diez mil años de antigüedad, no más, y eso es algo para reflexionar. En fin, Pinker aún no acepta esto, ya sabes, hay personas que simplemente están ancladas en su visión. Él se aferra a su idea de que somos inherentemente belicosos, somos inherentemente malos. Algunos se enganchan a sus viejas enseñanzas. Pero hay cambios..."             (Entrevista a Riane Eisler, Marcos Pereda, CTXT, 26/08/21)

19/5/15

Cuando las mujeres comienzan a distinguir entre las costumbres sociales y las realidades espirituales, algo revolucionario está ocurriendo

"El pasado 19 de marzo, cuando los titulares de prensa se hicieron eco de la muerte de una joven afgana, el mundo se dividió entre los escandalizados por las connotaciones heréticas de su supuesto delito y los horrorizados por la brutalidad del castigo que había recibido. 

Pero varias semanas después cambió la situación: la fisura se situaba entre los que se escandalizaban al enterarse de que las acusaciones de blasfemia eran falsas y los horrorizados al saber que, para empezar, se pudiera linchar a alguien por ese motivo.

¿Qué es peor, blasfemar contra el Corán o patear, golpear, quemar y asesinar a alguien dando por hecha esa blasfemia? ¿Dónde está verdaderamente el delito, en vender supersticiones en nombre de la religión o en vulnerar las convenciones culturales discutiendo con un clérigo por embaucar a los crédulos? 

¿Acaso la fe musulmana descansa principalmente en los textos fundamentales del profeta o en los comentarios de los hombres que los interpretan? ¿Tiene una mujer derecho a señalar la diferencia entre unos y otros? Desde el trágico final de Farkhunda la opinión pública ha oscilado de un lado a otro, poniendo de manifiesto que, en el mundo islámico, se ahonda cada vez más la brecha entre las mujeres y la jerarquía religiosa.

No es la primera vez que una mujer ha sido acusada de blasfemia por la ortodoxia, ni será la última. Y, a lo largo de la historia, tampoco ha sido la religión islámica la única en la que las mujeres se han llevado la peor parte de las violentas represalias del clero masculino. 

Consciente o inconscientemente, lo que líderes religiosos de toda laya han hecho realmente durante los últimos seis mil años al sancionar el sometimiento de la mujer es, más que difundir las enseñanzas espirituales del hinduismo, el judaísmo, el budismo, el cristianismo y el islam, fomentar arraigadas costumbres patriarcales. 

Pero la discusión registrada en Kabul el pasado marzo supone un auténtico movimiento sísmico en la ancestral historia de la desigualdad de género. Está directamente relacionada con la crisis de la modernidad que, iniciada a mediados del siglo XIX en Oriente Medio, ahora se está extendiendo por todos los países del mundo.

Lo que casi nadie sabe es que el crimen que tuvo lugar en Kabul, a plena luz del día y bajo la mirada de las cámaras de vídeo, estuvo precedido, hace más de ciento sesenta años, por otro registrado en medio de un sofocante secreto en Teherán. 

Una tórrida noche de agosto de 1852, una joven de talento, erudita y conocida por sus polémicas ideas, fue estrangulada en los alrededores de la capital persa y enterrada bajo un cúmulo de piedras. Creía que había que distinguir entre las verdades espirituales y las tradiciones supersticiosas. Su delito fue utilizar esas ideas para criticar al orden religioso de su tiempo. Se llamaba Tahirih Qurratu'l-Ayn.

En las escuelas teológicas de Kerbala y Nayaf, Tahirih era muy admirada por su elocuencia y conocimientos jurídicos, pero también había levantado ampollas dentro de la comunidad eclesiástica. En contra de las normas, había adoptado el papel de profesora, no de acólita, vulnerando además las costumbres al indicar a los alumnos que recalcaran su independencia espiritual luciendo indumentaria colorista durante el mes de Muharram. 

Lo peor de todo es que dio la vuelta al rol femenino al divorciarse de su marido y presentarse en público sin velo. Ante el horror y la indignación de la ortodoxia chií y suní, insistió en que había llegado el momento de anular la sharía.

Está claro que los más amenazados por esas ideas eran los clérigos. Al igual que el ulema de Kabul cuya reacción ante Farkhunda incitó a una frenética turba juvenil a cometer un horrendo crimen, el orden religioso de Irán se vio zarandeado por los argumentos de Tahirih, sintiendo que esa mujer cuestionaba peligrosamente su posición. 

Mientras ella fuera fuerte, ellos se sentirían débiles; mientras su popularidad aumentara entre las mujeres, ellos verían minada su influencia. Así que la vilipendiaron y difamaron, haciendo todo lo posible por cercenar su influencia y silenciarla. A la vista de ello, poco puede sorprender que acabara siendo estrangulada por difundir las heréticas enseñanzas del Bab.

Las fisuras que surgen entre las creencias personales y la tradición cultural siempre han sido un semillero de disyuntivas morales. Tahirih y Farkhunda podrían haber acatado las costumbres seculares y cerrar la boca; podrían haber aceptado el antiguo modelo femenino, evitando la confrontación con las autoridades religiosas. 

Pero insistieron en distinguir entre superstición e investigación racional, entre la letra y el espíritu del Corán. Y su coraje planteó cuestiones esenciales sobre la autoridad sacerdotal. Al principio, cuando se acusó a Farkhunda de quemar un Corán, se dijo que el hombre con el que había estado discutiendo era un “ulema”. 

Después, cuando quedó claro que de lo que había discutido con él era de la venta de talismanes y tawiz a los incautos, se le describió simplemente como un “ayudante” de la mezquita. Al final, cuando se determinó que la muchacha asesinada no había cometido ni apostasía ni blasfemia, los reporteros le convirtieron en un “buhonero”.

Y la mengua de categoría externa que fue experimentando este hombre anónimo no fue nada en comparación con su humillación interior. Fuera quien fuera, una muchacha le había superado con su argumentación; esa interlocutora conocía mejor que él el Corán y cuando la multitud se fue congregando a su alrededor atraída por la discusión, ese hombre debió de enfrentarse a un terrible dilema. 

Podía perder su reputación, su forma de ganarse el sustento y probablemente la vida, o darle la vuelta a la situación y acusar a esa mocosa que le superaba en conocimientos sagrados de cometer la blasfemia en la que él estaba incurriendo. Optó por lo segundo.

Independientemente de que vivamos en Kabul o en Nueva York, la relevancia de la disyuntiva moral salta a la vista, porque atraviesa el cuerpo de la mujer actual, dejando patente la violación de sus derechos. 

Cuando las mujeres comienzan a distinguir entre las costumbres sociales y las realidades espirituales, algo revolucionario está ocurriendo. Cuando cuestionan la autoridad de los líderes religiosos para inmiscuirse en su vida personal, en sus relaciones íntimas, en su derecho a trabajar, a viajar, en los derechos legales sobre sus hijos, está teniendo lugar una redefinición de la fe que va más allá de cualquier manifestación externa de liberación.

Es la misma revolución que tuvo lugar en Turquía este mismo año, cuando, contraviniendo de manera flagrante las costumbres, las mujeres de la provincia meridional de Mersin, con el rostro embadurnado de pintura roja, se negaron a que los hombres tocaran el ataúd de Özgecan Aslan, la estudiante de psicología de veinte años que, después de ser violada por un grupo de hombres en un autobús, fue asesinada a puñaladas y quemada. 

Esta revolución la plasmaron de nuevo las afganas que, cubriéndose con la máscara ensangrentada que representaba el rostro de Farkhunda, rompieron con la tradición al rechazar la presidencia del ulema en Kabul e insistir en ser las únicas portadoras del féretro durante el entierro de la asesinada. 

Esas mujeres seguían el ejemplo de Tahirih. Su capacidad para distinguir entre las creencias y las convenciones culturales, entre la fe y la costumbre, es un símbolo de nuestro tiempo. Ellas se encuentran en la encrucijada de un cambio con inmensas repercusiones para todos."               

(  , El país,   9 MAY 2015 , Bahiyyih Nakhjavani es escritora. Autora de los libros La fábula de la alforja robada y La mujer que leía demasiado. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo)

23/3/10

"La religión ha de respetar lo que sabe la ciencia"

"Hay obviedades ("cualquier creencia religiosa tiene que estar en armonía esencial con la razón y con el conocimiento científico") que tardan siglos en abrirse paso. Y ésa, que la religión ha de respetar lo que sabe la ciencia, aún no ha alcanzado carta de naturaleza en el mundo.

Eso lo dice Arash Arjomandi, iraní, 39 años, un hombre de fe, mientras espera que le sirvan un arroz a banda (un poco descolorido, ésta es la verdad) y juega con el vaso en el que le espera su cerveza sin alcohol. Un hombre de fe. De la fe baha'i. A los ocho años, esa fe lo obligó a dejar Irán con sus padres: en su patria los religiosos de Jomeini pusieron al millón largo de miembros de esa fe en la lista de los indeseables y de los ajusticiables. Su apellido está maldito, y con ese estigma viven muchos más por el mundo.

La fe baha'i, por ejemplo, defiende el principio (¡revolucionario!) de que "a las mujeres se les debe dar las mismas, o incluso mayores, oportunidades que a los hombres para su completo desarrollo personal y público".No es una religión: "Se llama fe porque es un nuevo concepto de religión: un conjunto de creencias fundamentadas racionalmente y con pautas prácticas para la felicidad personal". Él no se priva de nada, excepto del alcohol...

Los de su fe, dice, creen que el mundo puede ir mejor. Un "plan global de pacificación mundial a través de un federalismo democrático internacional" forma parte del ideario baha'i que Arjomandi desmenuza como si hablara de lo que los demás llamarían utopía con la convicción con la que subraya el proyecto: "La propuesta baha'i para construir un mundo mejor incluye crear instituciones públicas globales de naturaleza plenamente democrática; sugiere crear instituciones políticas confederales a escala global".

Quieren la paz. ¿Y por qué los persiguen con tanta saña? Ocurrió desde el principio, en la Persia del siglo XIX: "Más de 20.000 seguidores de la fe baha'i fueron ejecutados de forma cruel y sangrienta en las calles del Irán decimonónico". ¿Y ahora? Ahora hay evidencia cruel de que el clero islámico no soporta, "por heréticos", una serie de principios en los que se sustentan las propuestas de los baha'i. Entre ellas, lo que dicen de la igualdad de las mujeres y lo que afirman acerca de la religión supeditada a la ciencia. " (ARASH ARJOMANDI: "La religión ha de respetar lo que sabe la ciencia". El País, ed. Galicia, última, 20/03/2010)