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10/3/21

Cómo los “intelectuales” franceses arruinaron Occidente: la explicación del posmodernismo y sus consecuencias... sus postulados "socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y ‘premoderna’."

 "A pesar del auge del posmodernismo en la izquierda, sus valores e ideas rara vez se comprenden bien. Este texto busca abonar a la comprensión de esos postulados, que, afirma la autora, "socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y ‘premoderna’." 

 El posmodernismo representa una amenaza no solo para la democracia liberal, sino para la modernidad misma. La frase puede parecer osada o incluso hiperbólica, pero la realidad es que el cúmulo de ideas y valores al interior del posmodernismo ha saltado los límites de la academia y adquirido gran importancia cultural en la sociedad occidental. Los “síntomas” irracionales e identitarios del posmodernismo son fáciles de distinguir y han sido ampliamente criticados, sin embargo, el ethos que subyace a ellos no se comprende bien. 

Así sucede en parte porque los posmodernos rara vez explican sus argumentos con claridad, y en parte como consecuencia de las contradicciones e inconsistencias inherentes a un pensamiento que niega la existencia de una realidad estable o de un conocimiento confiable. Sin embargo, al interior del posmodernismo hay ideas consistentes y comprenderlas es crucial si vamos a buscar contrarrestarlas. Son la base de los problemas que vemos hoy con el activismo por la justicia social, socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y “premoderna”.

El posmodernismo, en su acepción más sencilla, es un movimiento artístico y filosófico que comenzó en Francia en los años sesenta y produjo obras de arte desconcertantes y una “teoría” aún más desconcertante. Echó mano del arte avant-garde y del surrealismo y de ideas filosóficas de décadas anteriores, en particular de Nietzsche y Heidegger, de quienes tomó su anti-realismo y su rechazo al concepto del individuo unificado y coherente. Se opuso al humanismo liberal de los movimientos modernistas en el arte y las ideas, el cual, según los proponentes del posmodernismo, ingenuamente universalizaba una experiencia occidental, clasemediera y de hombres blancos.

Bajo la misma acusación rechazó la filosofía que valora la ética, la razón y la claridad. El estructuralismo, un movimiento que (a menudo con exceso de confianza) intentó analizar la cultura humana y la psicología según una serie de relaciones estructurales consistentes, fue blanco de ataques. El marxismo, con su comprensión de la sociedad a través de estructuras de clase y económicas, fue considerado igualmente rígido y simplista. Por sobre todas las cosas, los posmodernos atacaron a la ciencia y su objetivo de alcanzar el conocimiento objetivo de una realidad que existe independiente de las percepciones humanas, las cuales consideraban simplemente otra ideología construida y dominada por los presupuestos occidentales y burgueses. Decididamente de izquierda, el posmodernismo tuvo un ethos tanto nihilista como revolucionario que resonó con el zeitgeist de posguerra y post-imperio en Occidente. Conforme el posmodernismo se desarrolló y diversificó, su fase deconstructiva, inicialmente más intensa, se volvió algo secundario (pero aún fundamental) para su fase revolucionaria de “políticas identitarias”.

Un punto de discusión ha sido si el posmodernismo surge en reacción contra la modernidad. La era moderna es un periodo de la historia que vio el auge del humanismo renacentista, la ilustración, la revolución científica y el desarrollo de los valores liberales y los derechos humanos; un periodo en el que las sociedades occidentales poco a poco comenzaron a considerar a la razón y la ciencia como superiores a la fe y la superstición en tanto vías de acceso al conocimiento, y desarrollaron un concepto de la persona como miembro de la raza humana merecedor de derechos y libertades, y no como integrante de una serie de colectivos, sometida a rígidos roles sociales jerárquicos.

La Encyclopaedia Britannica dice que el posmodernismo “es en su mayoría, una reacción en contra de los presupuestos y valores de la época moderna en la historia occidental (en específico la europea)”, mientras que la Stanford Encyclopaedia of Philosophy niega esto y dice: “Más bien, sus diferencias se hallan al interior de la modernidad en sí, y el posmodernismo es una continuación del pensamiento moderno en un modo distinto”. Yo sugeriría que la diferencia está en si consideramos a la modernidad en términos de lo producido o de lo destruido. Si entendemos la esencia de la modernidad como el desarrollo de la ciencia y la razón, así como del humanismo y el liberalismo universal, entonces los posmodernos se plantean en oposición a esto. Si pensamos que la modernidad derriba las estructuras de poder, incluido el feudalismo, la iglesia, el patriarcado y el imperio, los posmodernos intentan continuar con este proyecto, pero sus objetivos ahora son la ciencia, la razón, el humanismo y el liberalismo. En consecuencia, las raíces del posmodernismo son inherentemente políticas y revolucionarias, aunque en un sentido destructivo, o como ellos lo dirían, en un sentido deconstructivo.

El término “posmodernismo” fue propuesto por Jean-François Lyotard en su libro La condición posmoderna, la cual definió como una “incredulidad respecto de los metarrelatos”. Un metarrelato es una explicación amplia y coherente para los grandes fenómenos. Las religiones y otras ideologías totalizantes son metarrelatos que intentan explicar el sentido de la vida o todos los males de la sociedad. Lyotard proponía reemplazarlos con “minirrelatos” para dirigirse a verdades de dimensiones más pequeñas y personales. Se dirigía así al cristianismo y al marxismo, pero también a la ciencia.

 Según él, “Hay un hermanamiento entre el tipo de lenguaje que se llama ciencia y ese otro que se llama ética y política”. Al vincular a la ciencia y al conocimiento que produce con el gobierno y el poder, lo que hace es rechazar su postulado de objetividad. Lyotard describe esta condición posmoderna descreída como algo generalizado, y dice que desde el final del siglo XIX comenzó una “erosión interna del principio de legitimidad del saber” que provocó un cambio en el estatus del conocimiento. Para la década de los sesenta, la “duda” y la “desmoralización” de los científicos “interfiere con el problema esencial, que es el de la legitimación.” No importa cuántos científicos digan que no están desmoralizados ni tienen más dudas de las que corresponde a un grupo de personas que trabajan con un método cuyos resultados siempre son provisionales y cuyas hipótesis nunca quedan “probadas”; nada lo disuadió.

En Lyotard vemos dos cosas: un relativismo epistémico explícito (una creencia en verdades o hechos personales o culturalmente específicos), y el privilegio de la “experiencia vivida” por encima de la evidencia empírica. Vemos también la promoción de una versión del pluralismo que privilegia las opiniones de grupos minoritarios por encima del consenso general de científicos o de la ética liberal democrática, a quienes se caracteriza como autoritarios y dogmáticos. Todo esto es consistente con el pensamiento posmoderno.

La obra de Michel Foucault se centra en el lenguaje y el relativismo, aunque aplicado a la historia y la cultura. Bautizó su aproximación como “arqueología” porque consideraba que estaba “descubriendo” aspectos de la cultura histórica por medio de los discursos registrados (un habla que promueve o asume una perspectiva particular). Para Foucault, los discursos controlan lo que puede “conocerse”; en distintos periodos y lugares, distintos sistemas de poder institucional controlan los discursos. Por eso, el conocimiento es un producto directo del poder. “En una cultura y en un momento dados, solo hay siempre una episteme, que define las condiciones de posibilidad de todo saber, sea que se manifieste en una teoría o que quede silenciosamente investida en una práctica”.1

 Yendo más allá, las personas en sí mismas están construidas culturalmente. “El individuo, con sus características, su identidad, en su hilvanado consigo mismo, es el producto de una relación de poder que se ejerce sobre los cuerpos, las multiplicidades, los movimientos, los deseos, las fuerzas”.2

 Casi no deja espacio a la agencia individual o a la autonomía. Como ha dicho Christopher Butler, Foucault “depende de la creencia en la maldad inherente a la posición de clase o la posición profesional del individuo, entendida como ‘discurso’, sin importar la moralidad de su conducta individual”. 3

 Presenta al feudalismo medieval y a la democracia liberal moderna como sistemas igualmente opresivos, y es partidario de atacar y criticar a las instituciones para desenmascarar la “violencia política que se ha ejercido a través de éstas de manera oculta”. 4

En Foucault vemos la expresión más extrema del relativismo cultural leído a través de las estructuras de poder, en las que la humanidad y la individualidad compartida están casi completamente ausentes. Al contrario, las personas se construyen por medio de su posición en relación con ideas culturales dominantes, ya sea como opresores o como oprimidos. Judith Butler echó mano de Foucault para elaborar su postura fundamental en la teoría queer que se enfoca en la construcción cultural del género, Edward Said para sus postulados sobre el poscolonialismo y el “orientalismo”, y Kimberlé Crenshaw en su desarrollo de la “interseccionalidad” y las políticas de la identidad. Lo vemos también en la equiparación del lenguaje con la violencia y la coerción, y la equiparación de la razón y el liberalismo universal con la opresión.

Fue Jacques Derrida quien propuso el concepto de “deconstrucción”, y también se sumó a la discusión sobre el constructivismo cultural y el relativismo cultural y personal. Se enfocó aún más explícitamente en el lenguaje. Su pronunciamiento más famoso, “no hay nada fuera del texto” tiene que ver con su rechazo a la idea de que las palabras se refieren a algo directamente. Más bien, “solo hay contextos sin un centro de anclaje absoluto”.

Por eso, el autor de un texto no es la autoridad sobre su significado. El lector o escucha produce su propio significado igualmente válido y cada texto “engendra infinitos nuevos contextos en un sentido absolutamente no saturable”. Derrida propuso el término différance, derivado del verbo “differer”, que significa tanto “posponer” como “diferir”. Esto quería indicar que no solo el significado nunca es definitivo sino que está construido por medio de diferencias, en especial por oposiciones. La palabra “joven”, solo tiene sentido en relación con la palabra “viejo”, y decía Derrida, siguiendo a Saussure, que el significado se construye por medio del conflicto entre estas oposiciones elementales que, para él, siempre son un positivo y un negativo. “Hombre” es positivo y “mujer” negativo. “Occidente” es positivo y “Oriente” negativo. Insistía en que “No estamos ante una coexistencia pacífica de un vis-a-vis, sino ante una jerarquía violenta. Uno de los dos términos se impone al otro (axiológica, lógicamente, etc.), se encumbra. Deconstruir la oposición, significa, en un momento dado, invertir la jerarquía”.

 La deconstrucción, entonces, implica invertir estas jerarquías percibidas; hacer que “mujer” y “Oriente” sean positivas, y “hombre” y “Occidente” sean negativas. Esto se debe hacer irónicamente para revelar la naturaleza arbitraria y culturalmente construida de estas oposiciones percibidas en un conflicto desigual.

En Derrida hay mucho más relativismo, tanto cultural como epistémico, y más justificaciones para las políticas de la identidad. Hay una negativa explícita a considerar que las diferencias pueden ser algo más que oposicionales, y por lo mismo un rechazo a los valores del liberalismo derivado de la Ilustración que busca sobreponerse a las diferencias y enfocarse en los derechos humanos universales y la libertad y el empoderamiento individual. Estamos ante la base de una “misandria irónica”, del mantra “el racismo inverso no es real” y la idea de que la identidad dicta lo que puede ser entendido. Vemos también un rechazo a la necesidad de que haya claridad en el habla y en los argumentos; a entender el punto de vista del otro y evitar malas interpretaciones. La intención del hablante es irrelevante. Lo que importa es el impacto del habla. Esto, junto con las ideas de Foucault, son la base de las creencias actuales en la naturaleza profundamente peligrosa de las “microagresiones” y el mal uso de la terminología relacionada con el género, la raza y la sexualidad.

 Lyotard, Foucault y Derrida son tres de los “padres fundadores” del posmodernismo, pero sus ideas comparten temas con otros “teóricos” influyentes y fueron suscritas por posmodernos posteriores que las aplicaron a una gran variedad de disciplinas dentro de las ciencias sociales y las humanidades. Hemos visto que estas ideas incluyen una alta sensibilidad al lenguaje a nivel de la palabra y la sensación de que lo que el hablante quiere decir es menos importante que cómo es interpretado, sin importar lo radical que sea esa interpretación. La humanidad compartida y la individualidad son en esencia ilusiones y las personas son propagadoras o víctimas de discursos dependiendo de su posición social, una posición que depende de su identidad más que de su involucramiento individual con la sociedad. La moral es culturalmente relativa, la realidad también. La evidencia empírica es vista con sospecha y lo mismo pasa con ideas culturalmente dominantes como la ciencia, la razón y el liberalismo universal. Se trata de valores de la Ilustración que son ingenuos, totalizadores y opresivos, y destruirlos es una necesidad moral. Importan mucho más la experiencia vivida, los relatos y las creencias de los grupos “marginalizados”, todas igualmente “verdaderas” y preferidas por encima de los valores de la Ilustración para así revertir la construcción social opresiva, injusta y totalmente arbitraria de la realidad, la moral y el conocimiento.

El deseo de “destruir” el status quo, de desafiar los valores ampliamente difundidos y defender a los marginados es en esencia algo absolutamente liberal. Estar en oposición a esto es decididamente conservador. Esa es la realidad histórica, pero estamos en un punto único en la historia en la que el status quo es en general bastante liberal, con un liberalismo que defiende los valores de la libertad, los derechos igualitarios y las oportunidades para todos sin importar la raza, el género o el sexo. El resultado es una confusión en la que los liberales de toda la vida que quieren conservar este tipo de status quo liberal son considerados conservadores, y aquellos que quieren evitar el conservadurismo a toda costa terminan defendiendo el irracionalismo y el iliberalismo. Mientras que los primeros posmodernos desafiaron al discurso con discurso, los activistas motivados por sus ideas se han vuelto cada vez más autoritarios y llevan aquellas ideas a su conclusión lógica. La libertad de expresión está bajo ataque porque el habla es ahora considerada peligrosa. Tan peligrosa que las personas que se consideraban liberales pueden justificar el responder al habla con violencia. Argumentar un punto de manera persuasiva por medio de argumentos razonados ha sido remplazado cada vez más con referencias a la identidad y con pura ira.

A pesar de la evidencia que indica que el racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia y la xenofobia están en sus niveles históricos más bajos en las sociedades occidentales, los académicos de izquierda y los activistas en favor de la justicia social manifiestan un pesimismo fatalista, habilitado por las prácticas de “lectura” interpretativa posmoderna que dan valor al sesgo de confirmación. El poder autoritario de los académicos y activistas posmodernos parece ser invisible para ellos, aunque es evidente para todos los demás. Como escribe Andrew Sullivan sobre la interseccionalidad:

Propone una ortodoxia clásica por medio de la cual se explica toda la experiencia humana –y por medio de la cual toda habla debe ser filtrada… Como sucedió con los puritanos de la antigua Nueva Inglaterra, la interseccionalidad controla el lenguaje y los términos del discurso.

El posmodernismo se ha convertido en un metarrelato lyotardiano, un sistema foucaultiano de poder discursivo y una jerarquía opresiva derridiana.

 Con frecuencia los filósofos le han señalado a los posmodernos el problema lógico de la autoreferencialidad. Sin embargo, estos no lo han resuelto de manera convincente. Como señala Christopher Butler, “la plausibilidad del argumento de Lyotard sobre el declive de los metarrelatos a final del siglo XX depende de recurrir a la condición cultural de una minoría intelectual”. En otras palabras, el argumento de Lyotard surge de los discursos que lo rodean en su burbuja académica burguesa y, de hecho, se trata de un metarrelato del que él no tiene la menor duda. Así mismo, el argumento de Foucault sobre el conocimiento como algo contingente a la historia debe ser contingente a la historia también y uno se pregunta por qué Derrida se ocupó de explicar la maleabalidad infinita de los textos con ese nivel de detalle si yo puedo leer su obra y decir que se trata de un cuento sobre conejitos con el mismo grado de autoridad que él.

Obviamente esta no es la única crítica que se le hace al posmodernismo. El problema más evidente del relativismo cultural epistémico ya ha sido abordado por filósofos y científicos. El filósofo David Detmer en Challenging Postmodernism, dice:

Consideremos este ejemplo, planteado por Erazim Kohak, “Cuando intento, sin éxito, meter una pelota de tenis dentro de una botella de vino, no necesito probar con distintas botellas de vino ni con distintas pelotas de tenis, aplicando los cánones de inducción planteados por Mill, para llegar a la hipótesis de que las pelotas de tenis no caben en las botellas de vino”… Ahora estamos en la posición de invertir la cancha ante [los argumentos de relativismo cultural del posmodernismo] y plantear la pregunta, “¿Si yo considero que las pelotas de tenis no caben en las botellas de vino, ¿puede demostrar con precisión cómo es que mi género, ubicación histórica y espacial, clase social, grupo étnico, etc., mina la objetividad de mi juicio?”

Sin embargo, ningún posmoderno le ha explicado su razonamiento, y más bien describe una conversación desconcertante que tuvo con la filósofa posmoderna Laurie Calhoun:

Cuando tuve la oportunidad de preguntarle si era o no era verdad que las jirafas son más altas que las hormigas, me dijo que no era un hecho sino un artículo de fe religiosa en nuestra cultura.

Los físicos Alan Sokal y Jean Bricmont hablaron de este mismo problema desde la perspectiva de la ciencia en su libro: Fashionable nonsense: Postmodern intellectuals’ abuse of science:

¿Quién puede negar en serio el “gran relato” de la evolución, salvo alguien que esté atenazado por un relato mayor y mucho menos plausible como el creacionismo? ¿Y quién querría negar la verdad de cierta física elemental? La respuesta es “algunos posmodernos”.

y

Hay algo muy extraño en la creencia de que al buscar leyes causales o una teoría unificada, o al preguntar si los átomos obedecen las leyes de la mecánica cuántica, las actividades de los científicos son inherentemente “burguesas” o “eurocéntricas” o “masculinistas” o incluso “militaristas”.

¿Cuánto amenaza el posmodernismo a la ciencia? Sin duda existen algunos ataques externos. En una protesta reciente en contra de una charla dada por Charles Murray en Middlebury, la gente que protestaba gritaba al unísono:

La ciencia siempre se ha usado para legitimar el racismo, el sexismo, el clasismo, la transfobia, la discriminación contra las personas con discapacidad y la homofobia, todo planteado como racional y como un hecho, y apoyado por el gobierno y el estado. En el mundo de ahora hay muy poco que sea un ‘hecho verdadero.

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Cuando los organizadores de la Marcha por la Ciencia tuitearon: “la colonización, el racismo, la migración, los derechos nativos, el sexismo, la discriminación por discapacidad, la queer-, trans-, intersexfobia y la justicia económica son temas científicos”

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, de inmediato muchos científicos criticaron que se politizara la ciencia y se perdiera de vista el énfasis en mantener a la ciencia lejos de las manos de la ideología interseccional. En Sudáfrica, el movimiento de estudiantes progresistas #ScienceMustFall y #DecolonizeScience anunció que la ciencia era solo un modo de conocimiento que a la gente se le había enseñado a aceptar. Sugirieron que la brujería era una alternativa.

A pesar de esto, la ciencia como metodología no se irá a ningún lado. No puede “adaptarse” para incluir al relativismo epistémico y los “conocimientos alternativos”. Puede, sin embargo, perder la confianza del público y por lo mismo, el financiamiento público, y esta es una amenaza que no puede desestimarse. Además, en un momento en el que los líderes del mundo dudan del cambio climático, los padres creen en la falsedad de que las vacunas causan autismo y las personas buscan homeópatas y naturistas para resolver problemas médicos serios, seguir minando la confianza de las personas en las ciencias empíricas es tan peligroso que representa una amenaza existencial.

Las ciencias sociales y las humanidades, sin embargo, están en riesgo de cambiar hasta quedar irreconocibles. Algunas disciplinas dentro de las ciencias sociales ya han cambiado. La antropología cultural, la sociología, los estudios de género, por ejemplo, han sucumbido casi completamente al relativismo moral y al relativismo epistémico. En mi experiencia, las letras inglesas también están enseñando una ortodoxia enteramente posmoderna. La filosofía, como hemos visto, está dividida. Lo mismo la historia.

Los posmodernos con frecuencia critican a los historiadores empíricos por asegurar que saben lo que sucedió en el pasado. Christopher Butler recuerda la acusación de Diane Purkiss en cuanto a que, cuando mostró evidencia de que las acusadas de brujería eran por lo general mujeres mendicantes y sin poder, Keith Thomas habilitaba un mito que funda la identidad histórica de los hombres en la “impotencia y el silencio de las mujeres”. Es de suponerse que debió haber dicho, contra la evidencia, que se trataba de mujeres ricas, o mejor aún, de hombres. Dice Butler:

Pareciera que los argumentos empíricos de Thomas simplemente contradicen el principio organizador del relato histórico de Purkiss: que debe ser utilizado para apoyar las nociones contemporáneas de empoderamiento femenino.

Yo me topé con el mismo problema cuando intenté escribir sobre raza y género en el siglo XVII. Había postulado que al público de Shakespeare no le habría costado entender la atracción de Otelo, un soldado cristiano de raza negra, hacia Desdémona, una mujer blanca, porque el prejuicio contra el color de la piel no se hizo prevalente hasta más adelante en el siglo, cuando el comercio de esclavos en el Atlántico adquirió más fuerza, y que las diferencias religiosas y nacionales eran mucho más profundas antes.

 Un eminente profesor me informó que la mía era una postura problemática y me preguntó cómo se sentirían las comunidades afroamericanas en Estados Unidos ahora por mi aseveración. Si las personas afroamericanas se sentían incómodas, era la implicación, entonces mi postulado tuvo que haber sido falso en el siglo XVII o sería moralmente equivocado mencionarlo ahora. En palabras de Christopher Butler:

El pensamiento posmoderno percibe que la cultura contiene una serie de historias que están en perpetua competencia cuya efectividad depende no tanto de recurrir a un estándar independiente de evaluación, y sí de recurrir a las comunidades en las que circulan.

Temo por el futuro de las humanidades.

Pero los peligros del posmodernismo no se limitan a ciertos núcleos de la sociedad aglutinados en torno de la academia y la justicia social. Las ideas relativistas, la sensibilidad al lenguaje y el enfoque en la identidad por encima de la humanidad o la individualidad se han vuelto más dominantes en la sociedad en general. Es mucho más sencillo decir lo que uno siente que examinar rigurosamente la evidencia. La libertad de “interpretar” la realidad según los valores de cada quien se alimenta de la tendencia muy humana de recurrir al sesgo de confirmación y al razonamiento motivado.

 Se ha vuelto un lugar común señalar que la extrema derecha ahora utiliza la política de identidad y el relativismo epistémico de una manera muy similar a la izquierda posmoderna. Claro, ciertos elementos de la extrema derecha siempre han sido divisivos en términos de raza, género y sexualidad, y dados a hacer propias perspectivas irracionales y anticientíficas. Sin embargo el posmodernismo ha producido una cultura mucho más receptiva a esto. Kenan Malik ha descrito este cambio así:

Cuando propuse que la idea de “hechos alternativos” se basa en “una serie de conceptos que en décadas recientes han sido utilizados por radicales”, no me refería a que Kellyanne Conway ni Steve Bannon, mucho menos Donald Trump, hubieran estado leyendo a Foucault y a Baudrillard… Más bien son sectores de la academia y de la izquierda quienes en décadas recientes han ayudado a crear una cultura en la que el relativismo de los hechos y el conocimiento no resulta algo problemático, y por lo mismo es más sencillo para la derecha reaccionaria no solo reapropiarse de ella, sino promover estas ideas reaccionarias.

Esta “serie de conceptos” amenazan con regresarnos a una época previa a la Ilustración, cuando la “razón” se consideraba no solo inferior a la fe, sino que también era considerada un pecado. James K. A. Smith, un teólogo reformista y profesor de filosofía, ha visto lo provechoso que esto resulta para el cristianismo y considera al posmodernismo como “un viento fresco del Espíritu, enviado para revitalizar los huesos secos de la iglesia”. En Who’s afraid of postmodernism?: Taking Derrida, Lyotard, and Foucault to Church, dice:

Estar comprometidos con el posmodernismo nos invita a mirar hacia atrás. Veremos que mucho de lo que sucede bajo el auspicio de la filosofía posmoderna tiene un ojo en las fuentes antiguas y medievales, y constituye una importante recuperación de modos de conocimiento, de ser y de hacer premodernos.

y

El posmodernismo puede ser un catalizador para que la iglesia recupere la fe, no como un sistema de verdad dictado por una razón neutral, sino como una historia que requiere “ojos que vean y oídos que escuchen”.

Quienes estamos en la izquierda debemos temerle a lo que “nuestro lado” ha producido. Claro, no todos los problemas de la sociedad son producto del pensamiento posmoderno, y no sirve de nada sugerir que así es. El alza del populismo y el nacionalismo en Estados Unidos y en Europa también tiene su origen en una extrema derecha fortalecida y en el miedo al islamismo provocado por la crisis de refugiados. Estar rígidamente en contra de los “guerreros de la justicia social” y echarle la culpa de todo a este elemento de la izquierda adolece a su vez de razonamiento motivado y sesgo de confirmación. La izquierda no es responsable de la extrema derecha ni de la derecha religiosa ni del nacionalismo secular, pero sí es responsable por no hacerle frente de manera razonable a preocupaciones razonables, y por lo mismo provocar que sea más difícil que las personas razonables la apoyen. Es responsable de su propia fragmentación, de sus exigencias de pureza y de las divisiones que provoca y que hacen que la extrema derecha parezca coherente y unida en comparación.

 Para recuperar la credibilidad, la izquierda debe recuperar el liberalismo fuerte, coherente y razonable. Para hacer esto, necesitamos vencer por la vía del discurso a la izquierda posmoderna. Necesitamos hacerle frente a sus oposiciones, divisiones y jerarquías con principios universales de libertad, igualdad y justicia. Debe haber una consistencia entre los principios liberales en oposición a todos los intentos por evaluar o limitar a las personas por raza, género o sexualidad. Debemos atender las preocupaciones sobre migración, globalización y políticas de identidad autoritarias que dan poder a la extrema derecha en lugar de tildar a las personas que las expresan de “racistas”, “sexistas” u “homofóbicas”, y acusarlas de violencia verbal. Podemos hacer esto y al mismo tiempo oponernos a las facciones autoritarias de la derecha que son realmente racistas, sexistas y homofóbicas, pero que ahora se esconden tras la fachada de ser una oposición razonable a la izquierda posmoderna.

Nuestra crisis actual no es una que enfrente a la izquierda contra la derecha, sino una en la que la consistencia, la razón y el liberalismo universal están enfrentadas a la inconsistencia, el irracionalismo, las certidumbres fanáticas y el autoritarismo sectario. El futuro de la libertad, la igualdad y la justicia se ve igual de desolador si la izquierda posmoderna o la extrema derecha ganan la guerra actual. Aquellos que valoramos la democracia liberal y los frutos de la Ilustración, la revolución científica y la modernidad misma, debemos ofrecer una mejor opción."

(Helen Pluckrose   Este artículo fue publicado originalmente en Areo y se reproduce con autorización. )

8/1/14

La tercera cultura. Por la unión de la cultura científica con la humanística

" (...) Sabemos que a mayor poder causal de un agente moral, mayor responsabilidad; y que la ciencia y la tecnología, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, han construido un tipo de poder causal sin parangón en épocas anteriores de la historia humana. Pero la asunción de responsabilidades por parte de científicos y tecnólogos deja bastante que desear. 

Continúa prevaleciendo la idea simplista de que “la ciencia es neutral”, y se traspasan los dilemas político-morales a “la sociedad”, quien se supone habrá de ser la que establezca límites. Lo cual podría ser un movimiento justificado si viviésemos en sociedades realmente democráticas compuestas por ciudadanas y ciudadanos cultos y participativos, y no en democracias demediadas como la nuestra. 

La falta de contacto entre ciencias experimentales, ciencias sociales y humanidades, la ruptura de los puentes entre conocimientos, y la compartimentación de la Universidad que proponen los nuevos “expertos”, nos abocan a una sociedad organizada en departamentos estancos, de hombres y mujeres incompletos, fragmentados.

La publicación póstuma de este libro inacabado de Paco Fernández Buey supone una excelente ocasión para revisar su tarea intelectual en torno a la filosofía de la ciencia y la c onstrucción del concepto de “tercera cultura”, con lo que implica de diálogo necesario, obligatorio, entre las ciencias experimentales, las ciencias sociales y las humanidades. 

Quizá se trate de la peor conocida entre las aportaciones del pensador palentino recriado en Barcelona, aunque sea una temática imprescindible para entender el siglo XXI. Porque no se puede imaginar la sociedad industrial sin entender cómo se crea la ciencia, sin comprender y evaluar el impacto de la tecnología en nuestra vida diaria, sin valorar las promesas y los peligros de la ciencia y la tecnología, eso que los sociólogos llaman “tecnociencia”. 

No parece conveniente ser socióloga y no tener noción sobre cómo funciona una tableta o un móvil. Como no es de recibo que las investigadoras, los científicos y los tecnólogos sean incapaces de mirar más allá del microscopio, aferrados a la falsa idea de la neutralidad de la ciencia. 

 Como apuntaba Hans Jonas, a más capacidad de incidir sobre la naturaleza y la sociedad y de transformarlas, mayor es la responsabilidad de quienes generan conocimiento y lo convierten en tecnología. De ahí la necesidad imperiosa del diálogo entre ciencias experimentales, ciencias sociales y humanidades como distintas perspectivas de los saberes humanos y el conocimiento universal. 

Entremos en materia y empecemos con un ejemplo. Para muchas personas ignorar que Picasso pintó el Gernika es imperdonable: una prueba lamentable de ignorancia. Pero creer, afirmar o escribir que debemos a Galileo la demostración de la redondez de la Tierra, o desconocer quiénes eran Copérnico, Kepler o Pasteur no serían errores esenciales sino mero descuido, tontería disculpable. 

A Paco Fernández Buey esto no le parecía ni justo ni razonable. A la misma altura que la poesía de Brecht, el Fausto de Goethe, el cine de Theo Angelopoulos o el análisis político-económico de El Capital ponía Paco conquistas culturales como el descentramiento de la Tierra como punto nodal del Universo, el establecimiento de la edad de nuestro planeta a partir de la radioactividad, o la teoría de la evolución. 

Todas estas aportaciones constituyen etapas decisivas en la historia de la cultura de los seres humanos, conozcamos o no sus mecanismos fundamentales; de la misma forma que podemos comentar y disfrutar de La flauta mágica de Mozart sin nunca haber estudiado solfeo. 

Paco apuntaba a que las dos culturas, la humanística y la experimental, debían confluir no en una tercera cultura, sino en la cultura, es decir, en una cultura sólida, y no sólo teórica, basada en el pensamiento crítico, que era la única que nos podía permitir “ser auténticos responsables de nuestra evolución para convertirnos en ciudadanos competentes en sociedades cohesionadas y más justas”. (...)

Una de nosotras (Alicia Durán) estudió magisterio antes de decidirse definitivamente por la física, y recuerda su periodo de prácticas enseñando matemáticas. Tenía que introducir el concepto de división, enseñar a dividir, a niños de 8 o 9 años. Su (maravillosa) profesora de didáctica de la matemática le sugirió que presentara un problema y dejara que los chicos lo resolvieran. 

A la objeción “pero no saben dividir” ella contestó: “sí saben, aunque no lo saben todavía”. Y así se hizo: Alicia les puso un problema que implicaba dos divisiones y los dejó pensar. A la media hora dieron sus respuestas. Habían resuelto el problema de cinco maneras diferentes, todas correctas.

 A partir de ahí fue fácil explicar la forma más sencilla de hacerlo, la más funcional -pero no la más correcta, ya que todas eran correctas. Una evidencia empírica de la búsqueda vana, de la ilusión del método, una demostración de los múltiples caminos, rectos o torcidos, que conducen al conocimiento. (...)

Y en esa tarea de atar los dos cabos sueltos –el interés por la función social de la ciencia y el miedo por las implicaciones de la tecnociencia-, y sin caer en ninguna apología ingenua del filosofar espontáneo del científico, Paco Fernández Buey siempre eligió el filosofar del científico acerca de sus prácticas por encima de la filosofía licenciada e institucionalizada de la ciencia.   (...)

 Cita Paco al gran humanista George Steiner: 

Hasta que los estudiantes de humanidades no aprendan seriamente un poco de ciencia, hasta que la gente que estudia lenguas clásicas o literatura española no estudie también matemáticas, no estaremos preparando la mente humana para el mundo en que vivimos. 

Si no entendemos algo mejor el lenguaje de las ciencias no podremos entrar en los grandes debates que se avecinan. A los científicos les gustaría hablar con nosotros, pero nosotros no sabemos cómo escucharles. Este es el problema. 

Steiner apunta a un problema crucial de nuestro tiempo. Si se quiere hacer algo en serio a favor de la resolución racional y razonada de algunos de los grandes asuntos socioculturales y ético-políticos controvertidos, no cabe duda de que los humanistas van “a necesitar cultura científica para superar actitudes sólo reactivas, basadas exclusivamente en tradiciones literarias”. 

Como tampoco cabe duda de que “los científicos y los tecnólogos necesitarán formación humanística (o sea, histórico-filosófica, metodológica, ética, deontológica) para superar el viejo cientificismo positivista que todavía tiende a considerar el progreso humano como una mera derivación del progreso científico-técnico”. 

Vivimos tiempos en que se venden teléfonos “inteligentes” y “libres” a gente a la que se quiere idiotizada y sumisa… ¡Más tecnología, mucha más tecnología! Que así obtendremos más justicia, más libertad real, más bienestar social, más igualdad y un mejor vivir.

 ¡Menudo cuento falsario, que diría León Felipe! Pero a pesar de la montaña de ejemplos que desmienten esta clase de propaganda, parecemos condenados a seguir repitiendo este alienante mantra. Paco solía recordar un comentario del periodista científico Vladimir de Semir: 

Hemos de luchar activamente para evitar que consiga cuajar la tercera cultura que se nos quiere imponer, la acultura basada en lo superficial y en la mediocre uniformidad de la circulación circular de las ideas enraizada en el pensamiento único y dirigido . 

Alfred Wegener, el geólogo y meteorólogo que teoriza la deriva de los continentes y la física de las placas tectónicas, va más allá, convocando a conjugar los resultados de las diversas ciencias para desvela r los estados anteriores de nuestro planeta: 

[…] todas las ciencias que se ocupan de los problemas de la tierra tienen que hacer su contribución, y solo con la reunión de todos los indicios proporcionados por ellas puede obtenerse la verdad; pero esta ide a no parece estar suficientemente extendida entre todos los investigadores…

Todas las pruebas que podemos proporcionar, remataba Wegener, presentaban el carácter engañoso de las presunciones. 

Solo reuniendo los datos de todas las ciencias relacionadas con el estudio del globo terrestre podemos esperar obtener la ‘verdad’, es decir, la imagen que sistematiza de la mejor manera la totalidad de los hechos conocidos y que puede, por consiguiente, pretender ser la más probable. E incluso en este caso, hemos de esperar que sea modificada en cualquier momento por nuevos conocimientos, sea cual sea la ciencia que la haya hecho posible. 

Aparece de nuevo en estas palabras del geofísico alemán, la idea de la ciencia y el conocimiento como construcciones colectiv as; quehacer compartido que ha de reconocer su carácter global, interconectado y sistémico. Al conocer e interpretar la naturaleza debemos ser capaces de valorar el todo y cada una de sus partes, para ser capaces de modificarla sin herir de muerte su estructura, ni a ninguna de sus criaturas. Ciencia como conocimiento vivo, dispuesto a validarse y reinventarse cada día.(...)

 “Desconocer que la cultura científica es parte esencial de lo que llamamos cultura (en cualquier acepción seria de la palabra) y despr eciar la base naturalista y evolutiva de las ciencias contemporáneas equivale en última instancia, y en las condiciones actuales, a renunciar al sentido noble (griego, aristotélico) de la política, definida como participación activa de la ciudadanía en los asuntos de la polis socialmente organizada.” Paco Fernández Buey defendía la necesidad de incorporar la cultura científica a la discusión ética, jurídica y política. 

Y subrayaba que sin cultura científica, sin la máxima cultura científica de la seamos capaces, no había posibilidad de intervención razonable en el debate público sobre la mayoría de las cuestiones que importan a las comunidades. Pues la ciencia, en sentido amplio, es ya parte sustancial de nuestras vidas. 

La mayoría de las discusiones públicas relevantes, ético-políticas o ético-jurídicas, requieren el máximo conocimiento posible del estado de la cuestión de las ciencias naturales: biología, genética, neurología, ecología, física nuclear, termodinámica. Y concretaba Paco con ejemplos significativos. 

Para orientarse en los debates sobre la actual crisis ecológica, la posibilidad de un desarrollo sostenible, el uso de los recursos fósiles o las energías renovables, necesitamos comprender los principios de la termodinámica, la idea de entropía y la flecha del tiempo, como ya mostraron Barry Commoner, José Manuel Naredo y Manuel Sacristán. Y para entender la necesidad de una ética medioambiental no antropocéntrica ayuda conocer la teoría de la evolución, como demuestra el paleontólogo Stephen J. Gould. 

Para empezar a combatir con argumentos racionales el racismo y la xenofobia ayuda, y mucho, el conocimiento de la genética de poblaciones. Para repensar lo que habitualmente se llama “alma” y “conciencia”, base de la sensibilidad moral de los seres humanos y objeto durante mucho tiempo de la atención exclusiva de la religión y de la filosofía (aquello que Ramón y Cajal había llamado “las misteriosas mariposas del alma”), ayudan las reflexiones de Francis Crick sobre la estructura neuronal del cerebro. 

En todo ello, Paco Fernández Buey aboga por un enfoque naturalista dentro de un contexto evolucionista y sistémico, pero conservando al mismo tiempo la autonomía de un filosofar que se quiere filosofía mundana o pública, lejos de las viejas tentaciones de construcción de sistemas metafísicos omnicomprensivos.

Pero para transitar este camino de doble vía, resulta también evidente que los científicos necesitan formación humanística. Porque la ciencia sin más no genera conciencia ético-política; del co nocimiento científico no se deriva directamente una conciencia ciudadana crítica. 

Como clásicamente sentenció Einstein, no se puede demostrar científicamente que no haya que exterminar a la humanidad. Las ciencias de la naturaleza y de la vida dicen poco sobre las razones que mueven al ser humano a pasar de la teoría a la decisión de actuar en favor la eliminación de las armas de destrucción masiva, la conservación del medio ambiente, la sustentabilidad del modo de producir y de vivir, el respeto a la diversidad o la protección de los animales no humanos. 

Paco Fernández Buey cita una declaración autocrítica del genetista francés Albert Jacquard: 

Gracias a la biología, yo, el genetista, creía ayudar a la gente a que viese las cosas más claramente, diciéndoles: vosotros habláis de raza, pero ¿qué es eso en realidad? Y acto seguido les demostraba que el concepto de raza no se puede definir sin caer en arbitrariedades y ambigüedades [...] 

En otras palabras: que el concepto de raza carece de fundamento y, consiguientemente, el racismo debe desaparecer. Hace unos años yo habría aceptado de buen grado que, una vez hecha esta afirmación, mi trabajo como científico y como ciudadano había concluido. Hoy no pienso así, pues aunque no haya razas la existencia del racismo es indudable. 

Decía Paco Fernández Buey que el humanista de nuestra época no tenía por qué ser un científico en sentido estricto (ni seguramente podía serlo), pero tampoco tenía por qué ser la contrafigura del científico natural o “el Jeremías, siempr e quejoso ante las potenciales implicaciones negativas de tal o cual descubrimiento científico o de tal o cual innovación tecno-científica”. 

 Si se limitaba a ser esa contrafigura, el humanista tenía todas las de perder. Según Paco, el humanista de nuestra época podría ser también un amigo de la ciencia, como lo eran, a veces, “los críticos literarios o artísticos, equilibrados y razonables, de los narradores, de los pintores y de los músicos”. 

Pero eso exige reciprocidad. La manera de entender la reciprocidad entre la cultura humanista y la cultura científica, y la asunción compartida del ignoramos e ignoraremos (tal como fue formulada en 1872 por el fisiólogo alemán Emil du Bois-Reymond), eran dos factores esenciales para perfilar el tipo de tercera cultura que se necesitaba al empezar el siglo XXI. 

Si hemos de aspirar en el siglo XXI a una tercera cultura, a otra cultura, y a una ciencia con conciencia, el éxito de esta aspiración depende tanto de la capacidad de propiciar el diálogo entre filósofos y cien tíficos como de la habilidad y precisión de la comunicación científica a la hora de encontrar las metáforas adecuadas para hacer saber al público en general lo que la ciencia ha llegado a saber sobre el universo, la evolución, los genes, la mente humana o las relaciones sociales. (...)

Este prólogo, escrito a ocho manos de una física reconvertida a la química, dos m atemáticos amantes de la filosofía y un humanista militante, es un intento de demostrar la anchura y altura del pensamiento de Paco; y es también un compromiso de contribuir a ese necesario diálogo entre culturas que se expresa en este libro que hoy ve la luz. Si no somos capaces de cumplirlo, que Paco y la historia nos lo demanden.
Madrid, Barcelona, primavera fría y lluviosa de 2013"                  (Alicia Durán, Jorge Riechmann, Jordi Mir y Salvador López Arnal, Rebelión, 29/10/2013)