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16/7/19

Oia, viaje al pueblo que quiere ser feliz...

"A 45 kilómetros de Vigo, 141 de Santiago, 618 de Madrid, 5.908 de Míchigan y 8.288 de São Paulo, tal y como rezan las señales puestas para los peregrinos que llegan al pueblo, trepa montaña arriba desde el rompeolas el lugar más feliz del mundo. 

Un hombre de mediana edad juega al sol lanzando una pelota a su perro rubio; otro coloca una sábana fresca sobre el asiento del coche para que su madre no pase calor; pandillas de adolescentes bajan a bañarse en la playa y un sinfín de turistas se hacen fotos ante el ruinoso monasterio que en 2004 compró una empresa consignataria de buques, con un millonario proyecto de urbanización que sigue parado.

 Esto es Oia (3.018 habitantes), el municipio del sur de la provincia de Pontevedra que ha creado tras las elecciones la primera Concejalía de la Felicidad en España, con precedentes en Ceregnano (Italia, 4.000 vecinos), que instauró el mismo departamento en 2012, y en el reino de Bután, donde lo que se fundó fue un ministerio.

Hoy es un día grande para un buen puñado de vecinos de Oia. Después de seis años sin noticias de San Benito y San Bernardo, que habían marchado a restaurarse a Pontevedra, el nuevo cura del pueblo, Daniel Goberna, ha recobrado las imágenes del siglo XVIII y a la tarde se celebra la fiesta de bienvenida. El párroco, prefecto de música en la catedral de Tui y famoso en la comarca por sus dotes de canto, corre calle arriba y calle abajo. "¿Está aquí ya San Benito?", le grita Jesusa Crespo. "Está durmiendo la siesta", le responde bromista el hombre joven con alzacuellos. 

Como todos los días cuando no llueve, Jesusa, de 82 años, baja con sus dos bastones después de comer a la plaza Centinela, al borde del Atlántico. Allí, además de un crucero antiguo "donado por un panadero", hay un banco corrido de piedra, de unos 10 metros de largo, donde se dan cita más de 20 vecinas y vecinos de la misma quinta. Se conocen desde tiempos de la escuela, y más de 70 años después siguen reuniéndose cada tarde "sin riñas ni roces" para charlar y jugar a la rana.

Los primeros en juntarse con Jesusa en la sobremesa son María Puertas, de 80 años, Josefa Pérez, de 81, y Jesús Cividanes, de 82. En breve llegará Matilde Álvarez, la más veterana (92) y más convencida de su felicidad presente, sobre todo si recuerda episodios del horror de la guerra, como cuando el convento benedictino se convirtió en campo de concentración. 

 Estos días las señoras prueban una especie de alfombrillas para el trasero, de momento solo un par de prototipos de cojín ultrarresistente, que les ha proporcionado la alcaldesa, Cristina Correa (PP), porque el granito del banco es frío y duro para pasar la tarde entera. Jesusa telefonea al móvil de la regidora ("la Cristina") para recordarle que hay que limpiar la mancha de aceite que dejó el otro día una furgoneta en el pavimento. "Afea la plaza", reprocha.

La alcaldesa tiene claro que la felicidad "no es un estado permanente", sino "momentos" ensartados en un collar donde abundan también piedras menos preciosas y muchos malos ratos. Para encontrar esas satisfacciones emocionales, está organizando un "consejo de sabios" con "gente que destaca por su vocación de ayudar". "Cada día se me ocurre algún nombre" pero "casi todas son mujeres", reconoce. Así que será un consejo de sabias.

La abogada de 38 años llegó a su cargo en noviembre de 2015 tras una moción de censura que descabalgó al PSOE, y desde hace más de un año maduraba la idea que al fin ha puesto en práctica ahora que repite de regidora, por mayoría absoluta. "Quería llamarla simplemente Concejalía de la Felicidad, pero tuve miedo a que me llovieran las críticas", admite. 

Por eso le añadió los apellidos de "Vecindad, Cultura y Servicios Sociales". Eligió para el cargo a la edil Carmen Estévez, que se sienta en un despacho unido por una puerta abierta con la alcaldía. Por el empeño que en esta aventura está poniendo Correa, es evidente que el peso de la cartera lo van a llevar a medias.

El consistorio ha encargado un buzón decorado donde las personas de todas las edades podrán dejar sugerencias, ideas que les harían felices. Una mujer encamada ha pedido que le vayan a leer un libro por capítulos, porque ella no sabe y no se siente ya capaz de aprender. Un hombre ha propuesto que al caer la tarde se cierre al tráfico el centro histórico, el barrio de O Arrabal, y que la gente se vista guapa para pasear. 

En la zona de Pedornes, uno de los seis núcleos de población desperdigados a lo largo de 83 kilómetros cuadrados, las mujeres reclaman que el centro cultural pase de abrir solo los domingos a "todos los días" para echar la partida de cartas. En cualquier caso, la felicidad de los mayores pasa por tener alguien al lado. Por eso Mercedes, que al quedar viuda se fue a vivir a la casa color rosa de su hija, pegada al muelle, otea desde el piso alto con los prismáticos, ansiosa por ver llegar por el horizonte a su nieto y su yerno, que trabajan en el mar.




S. R. P.

El mismo día que regresa el San Benito al pueblo, llega al Ayuntamiento el logotipo de la nueva concejalía. A modo de emoticono, dentro de un círculo las letras OIA hacen de ojos y nariz sobre una línea curva que traza una sonrisa. "Estamos contentas porque crear esta concejalía ha servido al menos para abrir una reflexión", dicen la alcaldesa y su edil. "Además, Oia sale al fin en la prensa por algo positivo, después de tantas noticias malas".

 No hay que rastrear apenas la hemeroteca para recopilar un montón de titulares: en este municipio prosperó la secta de los Miguelianos, cuyo líder fue condenado en diciembre a nueve años por abusos sexuales. El municipio también fue escenario este año de la tortura y muerte de caballos salvajes a manos de desalmados, probablemente de la zona, todavía sin rostro para la Guardia Civil.

Pero en el pueblo, lo que está abierto ahora es un debate que abarca lo metafísico y lo más carnal. "Para mí la felicidad es tener salud", apunta sin dudarlo María Puertas, que camina con andador. "Yo aún lloré esta mañana", confiesa Jesusa; y los demás se ríen cuando cuenta que es que no pudo comer pollo y se tuvo que conformar con "verdura y dos patatas". La tristeza no estaba en el menú frugal, sino en la impotencia que sintió al no ser capaz de encontrar en su casa la tabla para trocearlo.

"Paz en la familia"

"Es una agonía no estar ya en condiciones", lamenta la vecina. "Y una pena que la gente no se dé cuenta de esto cuando es joven para disfrutar la vida", dice mientras sigue con la mirada a los chavales del pueblo bajar por el camino de la playa. "Cuando nosotras éramos jóvenes a la que íbamos era a la playa negra a trabajar", rememora, en alusión a los labradíos cercados de muros de piedra que mueren al borde de las rocas donde rompen las olas. Viuda desde los 30 años, Jesusa iba a cosechar el maíz con el bebé de un año "metido en un cesto" y los mayores, de cuatro y siete, pegados a su falda.

El párroco, mientras tanto, aprovecha el tema de moda en el ayuntamiento para ejercer estos días su labor pastoral: "Alexander Ross, del Instituto de Ciencias Psicológicas de Arlington (Virginia), hizo un estudio que revela que el 43% de las mujeres que van a misa se declaran muy felices frente al 29% de las que no van", lee consultando una noticia en su smartphone. "En los hombres, la diferencia es aún mayor". "Y no vale igual ver la misa por la tele", defiende más tarde ante sus feligresas, "igual que no te quita la sed ver un anuncio de cerveza".

"Hasta el más millonario tiene una hora para llorar al día", sentencia resignada María. "Los ricos sueñan con dinero", asegura Mercedes, "pero lo más importante, para mí, es que haya paz en la familia".                 (Silvia R. Pontevedra, El País, 14/07/19)

19/2/19

“Para ser feliz hay que conocerse, estar atento al presente y ser útil a los demás”. Dos de esas premisas no las cumple casi nadie: conocerse a sí mismo y darse a los demás… y la galería de placeres, el tararear y el silbar…

"Ni triste ni alegre, pero sí intenso se ve al antropólogo Marc Augé (Poitiers, 1935), atributo con el que él mismo define la chanson, cuyo tarareo reivindica como uno de los gestos cotidianos (como levantarse de la cama de un hospital y poder ya ir al bar de abajo y, en unos días, a casa; tomar un café o un plato de pasta con los amigos, el retorno a una novela o a una película para recuperar el impacto que nos provocó…) que nos proporcionan “alegrías pese a todo”. 

Y ese todo son muchos males que atenazan a una sociedad en la que en 1992 él cartografió la existencia de Los no lugares (aeropuertos, hipermercados en extrarradios, outlets gigantescos…), donde las relaciones interpersonales, cruciales para nuestra identidad individual y colectiva, son nulas. 

Consciente quien fuera director de l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de París (1985-1995) y de diversas investigaciones en el Centre National de Recherche Scientifique (CNRS) de Paris de que “la gran felicidad es difícil de alcanzar”, por eso propone Las pequeñas alegrías (Ático de los Libros).

Pregunta. “Para ser feliz hay que conocerse, estar atento al presente y ser útil a los demás”, asegura. Pero en estos tiempos egocéntricos, dos de esas premisas no las cumple casi nadie: conocerse a sí mismo y darse a los demás…

Respuesta. Por eso mi propuesta es modesta; ir ni que sea al bar de debajo de casa es una oportunidad de estar con los otros, puede parecer superficial, pero en cualquier caso es real; todas las propuestas de mi libro están vinculadas al movimiento, al ir hacia otras personas; en esos pequeños momentos nos sentimos existir, con los cinco sentidos; pero hay que saber darse cuenta.

P. Toda su obra, y en este libro también, destaca la importancia de las relaciones sociales, de que nos hacemos y cobramos sentido cuando nos relacionamos con los otros, pero encuestas en EEUU detectan ya que los jóvenes prefieren interactuar en la redes sociales que quedar físicamente. ¿Tenemos miedo a tratarnos cara a cara?

R. Es el gran mal de la redes, que están trastocando la naturaleza misma de la relación humana, alteran espacio y tiempo: puedes contactar con alguien en cualquier lugar y circunstancia, cuando relacionarse con el otro necesita dedicar un tiempo y un espacio concretos; es paradójico: las redes sociales están destruyendo las relaciones sociales; la gente debería detectar que no es suficiente lo que nos dan las redes.

Y pasa también que provocan que los efectos de reconocimiento sean sustituidos por los efectos de conocimiento: vemos a un presentador de televisión como si lo conociéramos, pero sólo lo reconocemos; y eso pasa con todo y con todos.

P. Las nuevas tecnologías se introducen en la enseñanza, en un contexto de que hay que ser flexible y dominarlas, pero muchas veces es en detrimento de la nemotécnia, los exámenes…

R. Las redes deben ser utilizadas para difundir conocimiento y esto que digo se está convirtiendo ya en una utopía educativa porque cada vez estamos más lejos de eso; utilizamos más las redes sociales para tratarnos que para conocernos y para conocer, es un error grandioso… Estoy de acuerdo en que cierta pedagogía es hoy demasiado blanda porque estos instrumentos, en sí mismos, no transmiten nada.

 Nada puede sustituir el aprendizaje de la palabra ni la relación, física, profesor-alumno y esto es urgente entenderlo ya. Cuanto más se uniformiza la sociedad más se ahonda en las desigualdades; una paradoja, ¿verdad? Pero es así: cada vez hay un número más reducido de personas que están en la vanguardia del saber real y demasiada gente que no sabe…, pero que cree saber”.

P. Pide en Las pequeñas alegrías recuperar la ilusión de las primeras veces, recuperar películas y libros, lo llama “tener el espíritu de Don Juan”, siempre con la ilusión seducora del primer día… Pero condiciones laborales precarias, ritmos de trabajo y producción cultural masiva no invitan al sosiego de la revisitación…

R. Por eso hablo de “pequeñas felicidades a pesar de todo”; el más alienado puede experimentar esos momentos de existir intensamente que propongo; pero sobre todo debe ser consciente de estarlos viviendo: no son momentos que nos vendrán por azar sino que hemos de saber que se están dando en ese momento, reconocerlos para que puedan permanecer con nosotros; si uno es consciente de ellos también son una promesa de futuro.

P. Incluye en la galería de placeres, el tararear y el silbar…

R. Hoy ya no se silba ni se canta; cuando era pequeño, lo oía constantemente en las calles, en las casas; era memoria histórica y nexo generacional, vinculabas el estribillo a algo de tu pasado…En cambio, en cafeterías, centros o instalaciones hoy no paran de sonar radios o hilos musicales; hoy no soportamos el silencio. ¿Miedo de estar con nosotros mismo? No, más bien es el sistema que quiere que estemos inmersos en el ruido, quizá para tenernos más en tensión; no sé; en cambio, el ruido, el volumen hace más difícil la creación; al cantar, tenemos la sensación de crear y de recrear.

P. También sorprende que reivindica la jubilación, generalmente leída como que el sistema ha decidido que ya no le sirves y te aparca…

R. Todo depende de qué hacemos con ella; quizá sea el gran momento de la verdad, de si tomas realmente las riendas del tiempo; hay pocos momentos en la vida que podemos empezar algo y lo hemos elegido nosotros; hacer lo que siempre quisiste: crear, viajar, mudarte, plasmar un sueño…

P. En 1992, al detectar los no lugares, los ubicó en extrarradios, aeropuertos… ¿No tiene la sensación de que se han trasladado ya al centro de las ciudades, todas iguales con las mismas megatiendas, un shopping donde sólo habla la tarjeta de crédito?

R. Yo iría más lejos: hoy se puede decir que el no lugar es el contexto de todo lugar posible. Estamos en el mundo con referencias que son totalmente artificiales, incluso en nuestra casa, el espacio más personal posible: sentados ante la tele, mirando a la vez el móvil, la tableta, con los auriculares… Estamos en un no lugar permanente; esos aparatos nos están colocando permanentemente en un no lugar. Llevamos el no lugar encima, con nosotros...

P. Estamos en un mundo que necesita que se consuma, pero el trabajo se precariza y los salarios no dan para consumir. ¿Colapsará el sistema o se defenderá creando inframundos distópicos?

R. El propio sistema capitalista está creando esta dicotomía de mundos antagónicos, es evidente. Pero no sé si se prolongará en el tiempo, o si el sistema explotará o se acabará reformando… Y no lo sé porque no ha ocurrido nunca nada parecido en la historia de la humanidad: es la primera vez que todo es, literalmente, global. Y multifactorial. Incluso cuestiona el futuro físico del planeta… No me cuesta imaginar una clase privilegiada que abandone la Tierra… No sé si la Tierra ya es toda ella un no lugar.

P. ¿Cómo antropólogo, cómo ve el movimiento Mee Too?

R. Todos los sistemas culturales han justificado la dominación masculina en todas las formas de cultura; el feminismo me parece muy importante porque permite pensar en el ser humano como hombre genérico, no como sexo. Otra cosa son algunas de sus tácticas, discutibles, como la obligación de la cuota paritaria o la exigencia de que sean mujeres o miembros del colectivo LGTB quienes sólo puedan hacer o dirigir determinadas cosas; eso es casi contradictorio… Pero todo se resolverá el día que la igualdad sea real.

P. ¿El auge del nacionalismo y del proselitismo religioso es fruto directo de la globalización?

R. Las consecuencias de la globalización revelan el espíritu de ciertas religiones o sentimientos patrios; está claro que abren campos a las zonas oscuras de esos ámbitos.

P. ¿Tiene valores propios Europa? ¿Ante el fenómeno de la inmigración masiva, los está perdiendo?

R. Es curioso porque es cuando no estamos en Europa cuando pensamos que Europa existe y tiene unos valores; Europa no puede existir sin los valores de la Ilustración del XVIII; su supervivencia es vital para ella. Es un suicidio para Europa fortificarse, crear muros contra los demás.

P. La ONU tiene un Observatorio de la Felicidad…

R. Es absurdo. Por no saber, no se sabe bien ni qué observa. Así estamos; por eso lo de mis pequeñas alegrías."                   (Entrevista a Marc Augé, Carles Geli, El País, 31/01/19)

8/6/15

2.300 millones de personas, un tercio de la población del mundo, realiza por lo menos una acción altruista por mes

"¿Los seres humanos pueden estar realmente motivados por el altruismo? Mi nuevo libro, The Most Good You Can Do, analiza el nuevo movimiento emergente llamado altruismo efectivo y, al hacer entrevistas sobre el libro, me sorprende la frecuencia con que se formula esa pregunta.

¿Por qué deberíamos dudar de que algunas personas se comportan de manera altruista, por lo menos parte del tiempo? En términos evolutivos, podemos entender fácilmente el altruismo para con los parientes y otros que pueden corresponder nuestra ayuda. 

Parece verosímil que, una vez que nuestra capacidad para razonar y reflexionar se ha desarrollado lo suficiente como para permitirnos entender que los extraños pueden sufrir y gozar de la vida igual que nosotros, al menos algunos de nosotros actuaríamos de manera altruista también con los extraños.

La encuestadora Gallup les preguntó a personas en 135 países si, en el último mes, habían donado dinero a una entidad de beneficencia, hecho voluntariado en una organización o ayudado a un extraño.

 Los resultados de Gallup, que constituyen la base del Índice Mundial de Generosidad 2014, indican que aproximadamente 2.300 millones de personas, un tercio de la población del mundo, realiza por lo menos una acción altruista por mes.

Una evidencia más objetiva del altruismo apuntala estos hallazgos. En muchos países, el suministro de sangre para fines médicos depende de donaciones voluntarias y anónimas. A nivel mundial, más de 11 millones de personas han puesto su nombre en registros de donantes de médula ósea, lo que implica su voluntad de donar su médula a un extraño. 

Una cantidad pequeña pero en aumento de gente ha ido incluso más allá y llegó a donarle un riñón a un extraño. Hubo 177 donaciones altruistas por parte de donantes vivos en Estados Unidos en 2013 y 118 en el Reino Unido en los doce meses previos a abril de 2014.

Luego están quienes donan a una entidad de beneficencia. Sólo en Estados Unidos, 240.000 millones de dólares fueron donados por individuos a entidades de beneficencia en 2013. Las fundaciones y corporaciones llevaron esta cifra a un total de 335.000 millones de dólares, o aproximadamente el 2% del ingreso nacional bruto.

Suele decirse que Estados Unidos es más caritativo que otros países; pero, en términos de la proporción de la población que dona dinero, Myanmar, Malta, Irlanda, el Reino Unido, Canadá, Holanda e Islandia lo son aún más. En Myanmar, el 91% de la gente encuestada había donado dinero en el último mes (la cifra correspondiente para Estados Unidos es 68%), lo que revela el fuerte apego de la tradición budista Theravada de donar para respaldar a monjes y monjas. Myanmar también registró el porcentaje más alto de gente que dedica tiempo al voluntariado (51%).

Estados Unidos, sin embargo, tiene el ranking más alto de “ayudar a un extraño”. Eso, junto con un índice elevado de tiempo de voluntariado, lo llevó a empatarle el puesto a Myanmar como el país más generoso del mundo.

Cierto es que no toda esta generosidad es altruista. El Lincoln Center de Nueva York anunció el mes pasado que el multimillonario magnate de la industria del entretenimiento David Geffen ha donado 100 millones de dólares para la renovación de su sala de conciertos, Avery Fisher Hall, con la condición de que se la renombre David Geffen Hall.

Esa donación parece más motivada por un deseo de fama que por un deseo de hacer el bien. Después de todo, como supuestamente Geffen sabía, la familia de Avery Fisher tenía que ser compensada con un pago de 15 millones de dólares en caso de aceptar el cambio de nombre. 

En cualquier caso, en un mundo donde hay mil millones de personas que viven en condiciones de extrema pobreza, no sería difícil que un altruista entendiera que existen muchas maneras de hacer el bien que renovando una sala de conciertos para los amantes de la música pudientes.

En el extremo opuesto del espectro de generosidad, psicólogos que estudian el comportamiento generoso sugirieron que las personas que donan pequeñas sumas de dinero a una gran cantidad de entidades de beneficencia tal vez no estén tan motivadas por el deseo de ayudar a los demás sino por la sensación de bienestar que experimentan al hacer una donación. 

Por el contrario, otros donantes dan sumas más grandes, normalmente a un puñado de entidades de beneficencia elegidas sobre la base de algún conocimiento de lo que esa entidad está haciendo. Quieren tener un impacto positivo en el mundo. Sus donaciones también pueden hacer su vida mejor, pero esto no es lo que los motiva.

El movimiento de altruismo efectivo está conformado por personas que donan según este segundo criterio, combinando la cabeza y el corazón. Su objetivo es hacer la mayor cantidad de bien posible con los recursos que están dispuestos a asignar para ese fin.

Esos recursos pueden incluir una décima parte, una cuarta parte o hasta la mitad de sus ingresos. Su altruismo puede incluir su tiempo y su talento, e influir en la elección de una carrera. Para alcanzar sus objetivos, utilizan la razón y la evidencia para garantizar que cualquier recurso que dediquen a hacer el bien sea lo más efectivo posible.

Varios estudios demuestran que la gente que es generosa por lo general es más feliz y está más satisfecha con su vida que la gente que no dona. Y otros estudios demuestran que donar lleva a que se activen los centros de recompensa del cerebro (las áreas del cerebro que también están estimuladas por la comida sabrosa y el sexo).

Pero esto no significa que estos donantes no sean altruistas. Su motivación directa es ayudar a los demás, y su generosidad los hace más felices sólo como una consecuencia del hecho de que sí ayuda a los demás. Si hubiera más personas como éstas, tendríamos más generosidad, y eso es lo que queremos.

 Definir “altruismo” de manera tan estrecha que el término sólo se pueda aplicar cuando la generosidad es contraria al interés general de una persona dejaría de lado el hecho de que la mejor situación que se puede generar es aquella en que promover los intereses de otros está en sintonía con promover los intereses propios."             

(Project Syndicate, Peter Singer is Professor of Bioethics at Princeton University and Laureate Professor at the University of Melbourne, en Revista de prensa, 22/04/2015)

4/11/13

La historia cultural de Europa está determinada por la metamorfosis de la ira

 "En el principio fue la ira. “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles”, reza el verso inicial de La Ilíada, que para el filósofo Peter Sloterdijk (Kalrsruhe, 1947) equivale a la “primera palabra de Europa”. La ira y la indignación han sido una piedra angular del continente, y con él, de todo el mundo occidental.

El recorrido histórico por las consecuencias políticas de esa energía humana dieron origen a un libro —Ira y tiempo, editado en España por Siruela— del más controvertido y seguramente más influyente, tras Jürgen Habermas, de los pensadores alemanes contemporáneos. Sloterdijk ha estado dos días en Santiago para recibir un singular premio por esa obra. (...)

En el principio fue la ira. “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles”, reza el verso inicial de La Ilíada, que para el filósofo Peter Sloterdijk (Kalrsruhe, 1947) equivale a la “primera palabra de Europa”.

La ira y la indignación han sido una piedra angular del continente, y con él, de todo el mundo occidental. El recorrido histórico por las consecuencias políticas de esa energía humana dieron origen a un libro —Ira y tiempo, editado en España por Siruela— del más controvertido y seguramente más influyente, tras Jürgen Habermas, de los pensadores alemanes contemporáneos

. Sloterdijk ha estado dos días en Santiago para recibir un singular premio por esa obra. (...)

La izquierda, según Sloterdijk, ha funcionado históricamente como un mecanismo de “organización política de la ira” o, para ser más precisos, como “un banco de ira”. “La gente depositaba allí sus frustraciones y, como en un banco, otros gestionaban ese capital para devolverle los intereses en forma de autoestima para ellos y desprecio para sus enemigos”, explica Sloterdijk desde su imponente estatura, mirando siempre por encima de unas pequeñas gafas y con un cabello alborotado que corrobora esa imagen de enfant terrible, aún a sus 66 años,

 Él acabó de escribir su libro en 2006 y, desde entonces, la “atmósfera ha cambiado mucho en el mundo”, advierte. “La ira, la cólera, la indignación, han cobrado más fuerza. Lo que pasa es que ahora no hay un banco mundial de la ira. Ese papel lo jugó la izquierda desde el siglo XIX, pero hoy ya no es capaz de desempeñarlo.

 El islamismo es únicamente un banco local de ira, sin alcance mundial. Ahora la gente puede quedarse en casa con su cólera y meterla debajo de la almohada o del colchón, porque ya no hay nadie que pueda sacar rendimiento político de eso ni devolverle intereses”.

 Su durísimo diagnóstico sobre las consecuencias de organizar políticamente la ira, desde el primer anarquismo de Bakunin hasta el estalinismo o el maoísmo, no implica que Sloterdijk desdeñe el papel que ha desempeñado la indignación en la historia de Occidente. Y lo subraya cuando comenta el fenómeno del 15-M en España: “Esto no es nada nuevo, aunque sí la forma cómo se manifiesta.

La República es hija de la indignación. De ella nace el primer movimiento democrático en la antigua Roma, donde la monarquía da paso a la República por la indignación popular contra la violación de Lucrecia por el hijo del rey. Lo mismo vale para la Revolución Francesa. En ese sentido, los jóvenes españoles demuestran que viven la auténtica tradición democrática”.

Pero esa energía no puede ser canalizada por fuerzas como “la izquierda francesa, que parece una empresa del Estado, solo pendiente de los funcionarios”. “Se necesita algo completamente diferente, un instinto más emprendedor. Y pensar que no se puede forzar la economía. No vale con masacrar a dos millonarios y repartir su fortuna dando 20 euros a cada persona en paro. No creo que eso sea una solución política”. (...)"    ( El País, 31/10/2013)

 
"La ira, entendida como la parte de la naturaleza humana donde anidan las pasiones relacionadas con el orgullo, la dignidad y el valor de si mismo, tiene un enorme peso en la sociedad europea desde la antigüedad. 

 Esta idea la defiende el filósofo y catedrático alemán Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) en Ira y tiempo, obra que le ha valido el premio de ensayo Bento Spinoza en su tercera edición. (...)

-¿Por qué ha convertido la ira en tema central de su pensamiento en esta obra premiada? 

-La historia cultural de Europa está determinada por la metamorfosis de la ira, esa es la idea principal del libro. Aparece ya en la introducción de la Ilíada, obra considerada como el inicio de la tradición europea, y se ha manifestado en el cristianismo y otros movimientos que constituyen los principales bancos de ira de la historia.

-¿Cómo define un banco de ira? 

-Es otra idea del libro, al hacer una equivalencia de ira con dinero: la ira se puede llevar a un banco, donde debería dar intereses, como autoestima. En el siglo XIX los partidos de izquierda funcionaban así, pero el banco de ira de la izquierda ahora no puede pagar intereses.
-¿Destacaría en la actualidad algún banco de ira? 

-Actualmente no hay un banco mundial de la ira. Aunque podemos hablar de grupos que se ven ofendidos y desarrollan un resentimiento colectivo e intentan que se conviertan en una venganza viva colectiva. Pero el islamismo, por ejemplo, no tiene un banco mundial de ira, se queda en un banco regional.

-¿Cómo puede el ser humano actual dar salida a su ira de forma inteligente, y cómo hace usted? 

-La ira o cólera no es un sentimiento primario, sino reactivo. Se puede comparar ese tipo de sentimientos con una escalera de sonidos. 

En el escalón más elevado de esa escalera estaría la jovialidad, que supone estar completamente a gusto con uno mismo, generosidad. La mayoría de la gente no puede ser jovial. 

El segundo sonido sería el orgullo que uno puede sentir; el tercero es la ira, que aparece cuando el orgullo de uno mismo está herido; el cuarto es el deseo de vengarse; cuando no se le puede hacer frente aparece el resentimiento, que con el tiempo se convierte en odio estructural, y puede denigrar y descender a sonidos inferiores. Como personas con cultura tenemos que intentar llegar a una posición lo más superior posible en esa escala.

-¿Y qué queda si se está en posiciones inferiores? 

-Cuando en una persona se establece el resentimiento habitual, eso favorece una dinámica autodestructiva. Por eso hay que reconvertir ese resentimiento estructural en una venganza viva, es importante que sea viva, para de ahí volver al subconsciente sano.(...)"             (Entrevista a Peter Sloterdijk, La Voz de Galicia, 31/10/2013)

15/1/10

La codicia no se detiene...

"Cuanto más progreso económico realiza una sociedad, más infelices son sus integrantes. Estados Unidos encabeza la lista de países más ricos, pero psicológicamente es de los más enfermos.

Igual le sucede al resto de economías industrializadas, cuyas sociedades están adoptando creencias y valores promovidos por el estilo de vida americano. (...)

Pregunta. ¿Cómo definiría la codicia?

Respuesta. La codicia es el afán por desear más de lo que se tiene; la obsesión por querer más de lo que se ha logrado. Y, al igual que la ambición y el poder, nunca se detiene. Es un círculo vicioso que te lleva a perder de vista lo que de verdad necesitas.

P. ¿Por qué somos codiciosos?

R. Porque sentimos que nuestra vida no tiene sentido, padeciendo un profundo vacío existencial. Tenemos de todo, pero ¿nos tenemos a nosotros? Así, la codicia nace de una carencia interior no saciada, y de la creencia de que podremos llenar ese vacío con poder, dinero, reconocimiento y, en definitiva, con un estilo de vida materialista, basado en el consumo y el entretenimiento. Pero la codicia no es la causa ni el problema. Es sólo un síntoma.

P. ¿Un síntoma de qué?

R. Del funcionamiento corrupto y perverso del sistema monetario sobre el que se asienta la sociedad occidental y, poco a poco, el resto de países y economías. Hemos nacido en un entorno que nos ha condicionado para ser competitivos y productivos, para ganar dinero y comprar todo tipo de bienes y servicios que en realidad no necesitamos.

Hoy día, las leyes que rigen la economía fuerzan a los individuos a engañarse y estafarse unos a otros en la interacción que se realiza diariamente en el libre mercado. Estudios científicos demuestran que este entorno promueve la corrupción en detrimento de la honradez y la decencia.

P. ¿Qué les pasa a quienes sucumben a la codicia?

R. Quienes cruzan la línea una vez, tenderán a cruzarla una y otra vez. La persona codiciosa se engaña; siempre halla excusas para justificar sus actos. El hecho de que los demás lo hagan ya es suficiente para hacerlo. Sin embargo, la sombra de su conciencia moral les persigue de por vida. Al corromper su alma y traicionar sus valores intrínsecamente humanos, por más que tengan y consigan, se sentirán vacíos e infelices.

P. ¿Qué medidas se pueden tomar para frenarla?

R. Mientras tu toma de decisiones como profesional tenga relación directa con tu beneficio económico personal, tenderás a corromperte. Sin embargo, no hay nadie más rico que quien sabe saciar sus verdaderas necesidades.

Ponerse un tope en el salario, acorde con estas necesidades, es un principio de integridad, que permite aflorar una cualidad innata, latente en el corazón de cada ser humano: la generosidad. La verdadera riqueza y felicidad se genera al dar, no al recibir." (GEORGE F. LOEWENSTEIN:"La codicia no se detiene". El País, Negocios, 10/01/2010, p. 27)

18/6/09

La felicidad bien entendida

"Y, unos minutos después, ahí está el Mágico González -sentado al abrigo de un árbol enorme que recuerda a los dragos milenarios de Cádiz-, como si no hubiera pasado el tiempo. Con su media melena, sus pantalones de chándal, sus gafas de sol en medio de la noche.

Dice la leyenda que sus entrenadores lo tenían que ir a buscar a las discotecas, que se quedaba frito en los vestuarios, que se iba a dormir siempre tarde y nunca solo, que pudo haber sido lo que no llegó a ser, pero que aún así fue mucho... Y si no se acuerdan o no tienen edad para acordarse, dense una vueltecita por You Tube, escriban Mágico González y lo entenderán todo. O casi todo.

Porque lo que no enseñan los vídeos es el carácter de Jorge González. "Mi obsesión siempre fue pasarlo bien. Quise ser feliz sin pisotear a nadie". Y tal vez por eso no haya en ningún otro lugar un héroe tan querido. Mágico tiene dos extrañas virtudes. Una es que habla bien de todo el mundo. La otra es que le echa agua a sus méritos.

Cuando se le recuerda que fue un artista, contesta: "Eso decían en Cádiz". Cuando alguien pone sobre la mesa que el duende no se aprende, matiza: "Pero la falta de arte se puede suplir con el trabajo...". Al final de la cena, Jorge González choca sus puños con los camareros y sale al aparcamiento. Se despereza, mira la luna y sonríe: "Qué bien lo pasé yo jugando en el Cádiz. ¿Nos tomamos una copita?". El área y la madrugada. Los amados territorios del Mágico." (Mágico González: "Mi obsesión fue ser feliz sin pisar a nadie". El País, ed. Galicia, Última, 17/06/2009)

3/1/09

La ciencia descubre las claves de la felicidad

"Resulta que la búsqueda de la felicidad, del bienestar subjetivo, del sentimiento de satisfacción personal, ya no es cosa de gurús que dan consejos, sino que ha entrado de lleno en el ámbito de las ciencias si no exactas, sí experimentales. (...)

Y algunos de sus hallazgos son sorprendentes. Muestran, por ejemplo, que hay más felicidad en el altruismo que en el hedonismo, y en dormir más cada día que en comprarse un coche nuevo. También se sabe que cada uno de nosotros tiene una felicidad basal dependiente de los propios genes pero no por ello marcada a fuego: es posible manipularla... siempre que se descubran los mandos correctos. (...)

El estado de máxima felicidad tiene un nombre: flow, flujo, un concepto acuñado hace dos décadas por el psicólogo de origen húngaro afincado en EE UU Mihaly Csikszentmihalyi, y que hace referencia a la absorción total que experimenta desde quien se entrega por completo a una tarea intelectual hasta quien se sumerge en un videojuego. (...)

Los resultados de estas encuestas pintan grosso modo el siguiente panorama. En los países ricos se es más feliz que en los pobres. Bien. Pero superado un nivel mínimo de riqueza, dinero y felicidad se desacoplan: aunque la capacidad adquisitiva se multiplique, el sentimiento de bienestar apenas varía. La paradoja ya la señaló en los años setenta el economista Richard Easterlin, y se corrobora a lo largo de los años. Fernández Abascal lo ha expresado así: "Mis hijos tienen todas las videoconsolas y no son más felices de lo que era mi padre, que jugaba con una cuerda y una caja de cartón en la calle: tenían menos medios, pero los niveles de felicidad eran parecidos".

Las encuestas del WVS también muestran que el nivel de felicidad se mantiene más o menos estable a lo largo de los años, así como las diferencias entre países. En los países nórdicos y en América Latina se declaran más felices que en Asia (Dinamarca, Colombia, Nigeria y Puerto Rico están habitualmente en cabeza). Sin embargo, tras los últimos datos, del pasado julio, Ron Inglehart, el responsable del WVS, llamó la atención sobre el hecho de que desde 1981 la felicidad parece haber aumentado en 45 de los 52 países estudiados. Inglehart y otros autores lo atribuyen a la mejor calidad de vida en países que empiezan a salir de la pobreza y a la extensión de la democracia, supuestamente asociada a más libertad personal.

Pero, en cualquier caso, la foto que proporcionan las grandes encuestas es para muchos demasiado borrosa, así que tratan de afinar con investigaciones más precisas, a menor escala. Algunas dan resultados sobre edad y sexo. En general, hay coincidencia en que son más felices los jóvenes y los jubilados. Un reciente estudio del Instituto Nacional de Estadística francés (INSEE) con encuestas realizadas después de 1975 revela que, tras un bache en torno a los cuarenta años, la felicidad "remonta y alcanza su apogeo durante la sesentena", independientemente del estado civil o el nivel de renta. Y el pasado julio investigadores estadounidenses -Easterlin entre ellos- analizaron décadas de datos antes de concluir que de jóvenes las mujeres se declaran más felices, pero hacia los 48 años las tornas cambian y son ellos quienes se sienten más satisfechos con sus vidas.

En general, hay acuerdo en que estos trabajos muestran que la felicidad se correlaciona con "beneficios tangibles en muchos ámbitos de la vida", ha escrito Sonja Lyubomirsky, de la Universidad de Stanford. Entre ellos: más probabilidades de estar casado y menos de divorciarse; más amigos y mayor soporte social; más creatividad y productividad en un trabajo de más calidad y bien pagado; más actividad y energía vital; mejor salud mental y física; capacidad de autocontrol; e incluso más longevidad. Además, "la gente feliz no es egoísta; la literatura sugiere que tienden a ser relativamente más cooperativos; caritativos y centrados en los demás", dice Lyubomirsky en Review of General Psychology. (...)

Con este método realizó y publicó en Science en 2004 un trabajo con casi un millar de mujeres que declaraban cómo de satisfactorias eran sus actividades: el sexo, salir con amigos y relajarse ante la tele figuraban muy alto en la lista, mientras que dormir poco y una agenda laboral muy apretada eran de lo más desagradable. De nuevo, familia y amigos se revelan importantes, pero no el dinero (cubierto lo básico).

Y este no es el único resultado anti-intuitivo sobre la felicidad. Hay más, como que pacientes operados de cáncer puedan sentirse más felices que personas sanas; que víctimas de accidentes muy graves declaren niveles altos de felicidad; o que -por el contrario- personas que han ganado la lotería no sean, poco después del susto, más felices que el común de los mortales. La explicación podría estar en los genes. Varios estudios con gemelos indican que hay una especie de nivel permanente y personal de felicidad, al que pasado un tiempo todo el mundo tiende a volver pase lo que pase, o casi. Ya en 1996 un trabajo con 4.000 parejas de gemelos sugirió que el sentimiento de bienestar con la propia vida es genético en al menos un 50%. Y este mismo año, investigadores británicos y australianos han vuelto a obtener un resultado similar.

Otro resultado anti-intuitivo: genera más felicidad gastar dinero en los demás que en uno mismo. Lo ha demostrado un trabajo de Elizabeth W. Dunn (Universidad British Columbia, Vancouver, Canadá) en Science el pasado marzo, en el que se daba dinero a voluntarios, se les instruía sobre cómo gastarlo y se medía después su grado de satisfacción personal. Este resultado coincide con otros donde la mayor felicidad se correlaciona con acciones de ayuda a los demás y de promoción de la virtud. El altruismo, concluyen los investigadores, pone sobre la pista de la felicidad mucho más que la búsqueda del placer. "Dado que la gente parece pasar por alto los beneficios, las políticas que lo promuevan podrían ser una buena manera de traducir más riqueza nacional en más felicidad nacional", escribe Dunn.

Pero entonces, si el dinero no da la felicidad y el placer personal tampoco, ¿por qué la sociedad actual parece concentrarse en esos factores? ¿Hay un desenfoque generalizado? La causa podría ser un fenómeno ilusorio que Kahneman describió, en Science y otras publicaciones, en 2006. "Cuando la gente considera el impacto de un único factor en su bienestar -como los ingresos, pero no únicamente-, es propensa a exagerar su importancia; llamamos a esta tendencia ilusión de foco (...). Esta ilusión puede ser fuente de errores en la toma de decisiones importantes", ha escrito este experto.

Este fenómeno tampoco ayuda a estimar la felicidad de los demás. "A todo el mundo le sorprende lo felices que pueden ser los parapléjicos", ha dicho Kahneman. "La razón es que no son parapléjicos todo el tiempo. Disfrutan de sus comidas, de sus amigos. Leen las noticias. Tiene que ver con dónde se pone la atención". (El País, ed. Galicia, 28/12/2008, p. 26/7)