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21/4/23

Recuerdos de Charles Simic... Lo que impulsaba a escribir al autor estadounidense de origen serbio, fallecido el día 9, era la confluencia de la banalidad y el espanto, tal vez la lección principal que había aprendido de todos los avatares de su vida

 "Alguna utilidad práctica tiene la literatura: Charles Simic ha muerto, en estado de demencia, en un asilo de ancianos, pero el fulgor y la negrura de sus recuerdos se preservan intactos en los poemas que escribió, en sus cuadernos de apuntes, en sus libros de memorias, en los que no hay ni rastro de languidez o de complacencia en el pasado, sino una voluntad testimonial concentrada en la observación de los detalles que revelan las tragedias del mundo, algunas de las cuales él presenció con sus ojos de niño. Hombre irónico y amante de los placeres de la vida, Simic detestaba todas las generalizaciones y las grandes palabras, todas las teorías, todas las utopías, todas las obsesiones de pureza. 

La risa, la comida, la pasión erótica, eran para él afirmaciones de la vida tan sustanciales como la poesía, e inseparables de ella. En uno de sus poemas más conocidos, Dos perros, Simic rememora la entrada de los soldados alemanes en Belgrado, en 1944, cuando él tenía seis años. Jordi Doce, que ha hecho más que nadie por difundir la obra de Simic en español, traduce así: “El modo en que todos nos quedamos en la acera / mirándolos con el rabillo del ojo, / el temblor de la tierra, / el paso de la muerte…”. Entonces un perrillo blanco aturdido se enreda entre las botas negras que desfilan: “Una patada lo hizo volar como si hubiera / tenido alas. Eso es lo que ahora veo”.

Lo que Simic había visto en los años de la guerra y en los del destierro que vinieron después parecía que siguiera viéndolo cuando lo rememoraba en voz alta, sonriendo, sin drama, incluso al contar hechos atroces, en un almuerzo que compartí con él y con una querida amiga editora, Drenka Willem, en Nueva York, hace más de diez años. Drenka era de origen serbio, como él, y venía de una historia personal todavía más trágica. Simic pasó la guerra en Belgrado, bajo el terror doble de los ocupantes alemanes y de los bombardeos de los presuntos liberadores aliados. 

Drenka, que vivía en Croacia, vio cómo los fascistas croatas apoyados por los alemanes perseguían a las personas de la minoría serbia con la que hasta entonces habían convivido. En aquel restaurante, festivo y ruidoso en el mediodía de Manhattan, las voces de Charles Simic y de Drenka Willem revivían para mí hechos espantosos que por mucho tiempo que hubiera transcurrido no se desdibujaban piadosamente en el pasado. Una noche, recordaba Drenka, a la hora de la cena, llamaron con urgencia a la puerta de su casa. Sentados a la mesa junto a ella estaban sus padres y su hermano mayor. Quienes llamaban eran unos vecinos croatas a los que conocían de toda la vida, y con los que habían tenido siempre un trato cordial. Ahora venían con uniformes, y armados. Se llevaron al padre y al hermano y Drenka no volvió a verlos vivos.

Quienes han sido víctimas de verdad no incurren nunca en el victimismo. Drenka y Simic, los dos con aire joven y con el pelo blanco, los dos con un acento balcánico que embellecía su inglés con un matiz de extranjería incurable, compartían la añoranza de una Yugoslavia que quizás habría sido posible, y hacia la que profesaban una especie de distante lealtad, hecha sobre todo del asco hacia los nacionalismos que habían vuelto a despedazar el país en los primeros años noventa y a sembrarlo de nuevo de verdugos y víctimas. Haberse hecho vidas plenamente americanas nos los privaba a ninguno de los dos de un desapego irónico hacia Estados Unidos, lo cual no interfería con una franca gratitud hacia el país que los había acogido cuando los dos formaban parte de la inmensidad de los desterrados que pululaban por Europa al final de la guerra. Simic, que no hablaba inglés cuando llegó a Chicago con 14 años, había sido Poeta Laureado y ganado el Pulitzer.  

Drenka era la gran editora de la literatura europea en Estados Unidos. Compartían el amor por la literatura y por la buena vida, el júbilo tranquilo de sus almuerzos de viejos amigos, el aprecio a conciencia de un buen poema o una buena página de prosa y el de un vaso de vino tinto y una comida sabrosa: también la burla balcánica de lo demasiado serio, y esa distancia íntima hacia la vida americana que va creciendo misteriosamente y no atenuándose con el paso de los años para el europeo emigrado.

Drenka estaba orgullosa de haber hecho sitio en una buena editorial para los poemas de Simic. Fue a través de ella como yo pude conocerlo, aunque había asistido a algunas de sus lecturas, y observado de cerca su manera de decir los poemas, acentuando la simplicidad de la superficie, su aliento de misterio, sus quiebros de burla, su ir y volver permanente entre la belleza y la sordidez, entre la amnesia publicitaria y comercial del presente en América y aquella oscuridad de una historia trágica vivida en primera persona. 

La mirada de Simic es la del emigrante que hace suyo lo más irreductible y lo más peculiar del nuevo país y que por más que lo conoce nunca deja de apreciar su rareza: los neones averiados de los hoteles de última categoría, las cucarachas en la cocina, los locos callejeros y los predicadores del Juicio Final, los barrios de casas bajas y jardines en los que no se ve a nadie de noche, los titulares en letras grandes de los tabloides de supermercado que anuncian el nacimiento de un niño con dos cabezas o el aterrizaje de una nave extraterrestre, los escaparates encortinados y con luces malva de las consultas de videntes. Su simpatía está siempre con los inútiles y los enajenados, los expulsados, los que no encajan, los que sobran.

La prosa memorial o reflexiva de Charles Simic es tan afilada y tan certera como su poesía. Habiendo sobrevivido a la marea totalitaria de Europa, las nuevas formas aguadas pero eficaces de dogmatismo y censura y tiranía identitaria que empezaban a emanar de las universidades americanas, como escapes de sustancias nocivas de una planta química, desataban su instinto de rebeldía personal, de defensa irreductible de la libertad de espíritu y de la supremacía de la imaginación. Toda forma de sumisión del individuo a una comunidad abstracta merecía su desprecio: “Vinimos a este país huyendo de nuestras identidades colectivas y los multiculturalistas quieren volver a encerrarnos en ellas”. En la New York Review of Books escribía de literatura y de política con la misma vehemencia.

 La invasión de Afganistán y luego la de Irak, las torturas en Guantánamo y en Abu Ghraib, lo escandalizaban todavía más porque le hacían revivir los terrores de su infancia, la crueldad virtuosa de los que destruyen países y arrasan ciudades con la coartada de ideales nobles, con el auxilio desvergonzado de la mentira y el crimen. Además del absurdo y la belleza de lo inesperado, y lo irreductible de la alegría, lo que impulsaba a escribir a Charles Simic era la confluencia de la banalidad y el espanto, tal vez la lección principal que había aprendido de todos los avatares de su vida. Lo dice en un fragmento del que sin duda es uno de sus mejores libros, The Monster Loves His Labyrinth: “Torturadores con caras de felicidad, hacéis que un prisionero esté desnudo y de pie y atado con cables eléctricos como un árbol de Navidad mientras nosotros nos bebemos una cerveza, con un ojo en el televisor, el otro en el camarero que nos sirve otra ronda”.                  (Antonio Muñoz Molina , El País,  14/01/23)

24/2/23

El miedo es la madre de todas las batallas del odio... y su secuencia, en la que la primera escuela es la misoginia, que luego evoluciona hacia el racismo y la xenofobia

 "La gente sencilla, de a pie, la buena gente…, difusa, pero identificable en sus hechos, de la que hablas en tu novela, parece estar por encima del bien y del mal, moralmente blindada ¿Por qué?

En todo esto hay una responsabilidad personal, de la que nadie quiere ni oír hablar. En todas las sociedades existe una gran pluralidad, muchos puntos de vista. Incluso en las más autoritarias, en su interior, son plurales, aunque esta pluralidad esté acallada o reprimida. Son plurales porque los seres humanos lo somos. Pero en las sociedades también existe lo que podríamos llamar una mentalidad colectiva, una línea de pensamiento mayoritaria y que, más o menos, acaba imponiéndose; que tiende a identificarse con la gente corriente, la gente común. Es la que piensa como todo el mundo, la que no sobresale particularmente por sus actos, ni valiente ni cobarde, que se limita a sobrevivir lo más cómodamente que puede y que comulga con esa mentalidad colectiva. 

Asume como propios y reproduce los discursos preponderantes en la sociedad. Cuando vives en un mundo pacífico, democrático, de relativa libertad, esta gente contribuye vivamente a la consolidación de ese estatus. Pero, ¿Qué pasa cuando esto empieza a alterarse? ¿Cuándo aparece la frustración y la gente comienza a tener miedo? El peligro está en que esa misma gente se convierte en el baluarte principal del horror que se avecina. Con la misma naturalidad con que antes aceptaban la libertad, acaban aceptando el nazismo o cualquier otra cosa que venga de por medio. Los grandes problemas sociales no los generan los psicópatas. Pueden, eso sí, aprovecharse de las circunstancias en las cuales se va imponiendo una mentalidad siniestra. 

Hannah Arend, Jonathan Littell aluden al pacífico tendero que, al hilo de las circunstancias, acaba en carnicero sin escrúpulos en un campo de exterminio…

Arendt entra en una parte, digamos, patológica. No tanto del que mata al otro a hachazos, sino del que va firmando, registrando las órdenes para que todo eso ocurra. De todos los que están contribuyendo a que el psicópata que está al final de la cadena ejecute la monstruosidad, pero que son tan responsables como él. Quien diseña la política de exterminio judío no va personalmente matando judíos. En “Odio” juego con esa idea, porque en una de las dos historias que componen la novela, que transcurre en el Londres de 1868, el personaje. MR. Wildwood, es dueño de una tienda de bastones. Un día entra en la tienda un tal Hyde, quejándose de que su bastón se le ha roto. El comerciante acaba deduciendo que Mr. Hyde utiliza el bastón para matar, y le construye uno con cabeza de águila, puntiagudo, para que mate mejor. Pone todo su empeño de artesano al servicio de que su producto sea lo más eficaz para los fines de su cliente. En su buena mentalidad de gente de orden, está haciendo su trabajo perfectamente. Como los burócratas, que llevaban la contabilidad de cuanto gas había que comprar para las cámaras de la muerte. 

¿Dónde buscar, si es posible hacerlo, este mal? ¿En la naturaleza humana, la religión, el orden de las cosas…?

Creo que la mayor parte de la gente que comete atrocidades y, sobre todo, que apoya, aplaude, permite, contribuye…, a que se cometan, lo hace siempre desde posiciones, yo diría que de buena conciencia. Eso ocurre en todo. En las religiones, particularmente, porque juegan permanentemente, no con la buena conciencia, sino con la mejor de las conciencias, ya que hablan directamente con Dios. En la toma de Jerusalén, de la primera Cruzada, hubo una matanza brutal, que el canónigo y cronista Raimundo de Aguilers, describe diciendo que el templo de Salomón se convirtió en una laguna de sangre en la que flotaban cadáveres: “un espectáculo maravilloso, que alegra la vista” ¿Por qué? Porque estaban exterminando al enemigo. Algo que también puede ocurrir en religiones laicas como, por ejemplo, el estalinismo. En los sistemas donde hay una verdad absoluta y, en consecuencia, una demonización absoluta del adversario, sea real o inventado, el odio llega a la gente, que acaba aplaudiendo monstruosidades.

La novela establece, digamos, una secuencia del odio, en la que la primera escuela es la misoginia, que luego evoluciona hacia el racismo y la xenofobia…

En el fondo, está el odio al otro, al diferente. Es un odio por sustitución. La gente enmascara el odio hacia sí mismo porque no es capaz de conseguir las cosas. El odio contra una sociedad o unas circunstancias que te impiden lograr lo que buscas en la vida (como no tienen ni el valor ni los medios parea enfrentarse a lo que de verdad le está haciendo la vida difícil) deriva es un odio por sustitución. Hay que buscar un culpable. Porque muchas veces el culpable de tu desgracia eres tú mismo. Pero ¿Quién tiene el coraje enfrentarme a sí mismo? 

  Siempre se busca un culpable, cuanto más ajeno, más distinto, más identificable como otro, mejor. Los primeros cursos de la escuela del odio al otro se hacen en el ámbito más doméstico, y son sobre la misoginia, el odio a la muerte que, generalmente, es heredado. Los odios, lamentablemente, se heredan.

¿Resulta el patriotismo, versus nacionalismo, un caldo de cultivo especialmente propicio a la deriva social violenta?

El patriotismo, entendido como amor a la patria, no tendría por qué ser refugio de nada. Pero le pasa lo mismo que a la religión. El hecho de creer en la existencia de Dios no tendría por qué ser algo nocivo para los demás. El problema está en que hay tendencias a que eso fácilmente derive hacia actitudes agresivas. Si construyes tu identidad nacional sobre el orgullo de ser lo que eres y relacionarte de manera fraternal con el resto de la humanidad, no pasa nada. Pero si lo haces a partir de detestar fanáticamente a tu adversario, entonces resulta muy fácil que eso acabe derivando hacia formas de intolerancia. En España, por desgracia, tenemos la peor experiencia nacionalista, que es el nacionalismo español, que ahora está de revival. Ni el vasco, ni el catalán pueden compararse a él. En cualquier caso, los nacionalismos periféricos deberían fijarse bien en el nacionalismo español para no caer en los mismos errores y horrores. 

¿Y qué decir de la relación entre odio personal y el colectivo, como el que de algún modo describe Canetti en “Masa y poder”?

He vivido durante años en el País Vasco, además como periodista, y allí he visto que la violencia es un problema social, colectivo, pero también en gran medida, personal y familiar. Había odios heredados en familia. Hay odios prácticamente inevitables, y la cuestión está en como lo gestionas. Pero hay también odios preventivos. A ti no te ha pasado nada, pero odias a algo imaginario. En el País Vasco se mezclaron ambos tipos de odio. Los odios se heredan.

 Formas parte de una familia y el yo está lleno de historias, elementos que so son tuyos; la escuela donde te han educado; las convivencias… Toda esa suma de individualidades, van impregnándose del discurso general y viceversa. 

La fealdad es también protagonista en tu novela ¿Tiene que ver con el odio, y viceversa?

La novela transcurre en los paisajes del Londres victoriano y el París de los atentados yihadistas. En literatura, las descripciones no deberían ser decorativas, sino activas. Esos espacios son el espejo del alma de esos personajes. Están en lugares feos, horrendos, sucios, de costumbres depravadas… Yo nací en el franquismo y aquello lo veía muy claro de niño. Pensaba que aquello no podía ser todo. Y fue la frase de André Bretón en el Manifiesto Surrealista “La existencia está en otra parte”, la que me ayudó a salir adelante. Cuando me fui del País Vasco a París me topé con una belleza que te cura el alma. Allí fui donde me di cuenta de que la belleza ayuda a vivir.

¿Es, en, en fin, el miedo la madre de todas las batallas del odio?

En Perú, un grupo de periodistas fueron masacrados por los lugareños de una localidad que los tomaron por guerrilleros de Sendero Luminoso ¿Por qué? Por extraños, por raros, por ser de ciudad, porque venían de otro sitio, porque no son como nosotros… O sea, el enemigo. El culpable de todo lo que ha pasado, pasa y pasará. Ese mecanismo esencial del miedo y la frustración está en el origen del odio y sus manifestaciones."                     

(Entrevista a José Manuel Fajardo, Peru Erroteta, elTriangle, 01/01/23)

22/2/23

El refugio emocional más común es el bar después de un mal día en el trabajo, así ha sido desde hace siglos: bares, cafés, donde se puede ser honesto, real, tener un pequeño refugio donde arrojar las emociones verdaderas, beber, bailar. Ahora puede ser Internet. En Twitter puedes decir lo que quieras, las conversaciones que se tienen ahí ahora son como los nuevos bares, el nuevo refugio emocional. Sí. Internet lo es

 "Richard Firth-Godbehere tiene un apellido tan largo y curioso que nos entretenemos un rato en la explicación: sus antepasados eran sacerdotes vikingos de la parte de Escocia. Pero no es eso lo que le trae hasta esta página y al festival Hay de Segovia, sino el libro Homo emoticus (Salamandra), en el que recorre la historia de la humanidad a través de las emociones. Este autor nacido en Sheffield en 1976 es uno de los mayores especialistas en el asunto.

Pregunta. ¿Ha contado las emociones? ¿Cuántas hay?

Respuesta. Yo no, pero otros lo han hecho. Y la lista más común es de seis: alegría, tristeza, disgusto, miedo, ira y sorpresa. Hay otras listas de 12, de 14, de 30 y no es universal. Cada cultura tiene su propia versión.

P. Creía que eran cientos.

R. Hay tantas emociones como personas y lo que su lenguaje permita. Hay lenguas que describen emociones que en otras lenguas no existen o no se traducen igual. El miedo sí es parecido en todos los idiomas, pero otras cosas no. Por ejemplo: en galés hay una palabra que se refiere a un sueño del pasado que sigue presente, una mezcla de nostalgia, tristeza y alegría a la vez que no hay en inglés. Cada lengua tiene su conjunto de emociones.

P. ¿Las emociones están jugando un papel excesivo en la política?

R. Sí, tienen un papel muy grande en la sociedad en general en este momento. Hace 20 o 30 años, cuando ocurría algo, la pregunta era: ¿Qué ha pasado? Hoy la primera pregunta es: ¿Cómo te sientes? Las emociones han tomado un gran peso y los políticos lo han entendido, saben que soltar algo fragmentario que te haga sentir una emoción conseguirá mucho más que intentar explicarte las cosas. Lo vimos en Reino Unido con el Brexit, cuando los partidarios exaltaron lo que significaba ser británico mientras los proeuropeos usaban datos y la mayoría dijo: nos dan igual los datos, sentimos esto. Y perdimos por las emociones.

P. ¿Deberíamos reprimir las emociones para tomar decisiones?

R. Creo que sí. Lo hacemos bien cuando nos atenemos a lo que llamamos nuestro “régimen emocional”, que es como se supone que debemos comportarnos en nuestra sociedad. Una azafata, por ejemplo, sabe que debe ser amable aunque un viajero sea un grosero. Su régimen emocional le impone ser amable y reprimir la grosería. Eso ocurre a todos los niveles, en particular en la política. Y para ser buen político tienes que canalizar tus emociones, contenerlas. Salvo que seas Donald Trump, claro (ríe)

 P. Usted sostiene que la emoción es un concepto moderno. Una caja que contiene nuestros sentimientos.

R. Es una caja, un marco, y hay mucho debate sobre qué es exactamente una emoción. La pregunta clásica es: ¿Por qué el hambre no es una emoción y el asco sí, por ejemplo? Simplemente, lo hemos decidido así desde un momento en que hemos separado los pensamientos de los sentimientos. Ese fue el gran objetivo de los filósofos, de gente como Kant.

P. ¿Y qué es el hambre, entonces?

R. Es un sentimiento, no una emoción.

P. ¿Y el sentimiento no es una emoción?

R. No necesariamente, es más físico que la emoción, al menos en inglés. El hambre, el frío, el calor son sentimientos corporales, sensaciones físicas, no emociones. ¿Por qué? Porque lo hemos decidido así.

 P. ¿Cómo cambian las emociones en la era de Tik Tok?

R. Estamos desarrollando formas muy rápidas de crear emociones con medios como Tik Tok, con vídeos de 10 segundos que te harán reír y querer imitarlo para hacer también reír a los demás. Es todo un arte, un nuevo arte para involucrar emociones mediante simples y rápidas repeticiones que haces propias. Las redes sociales están cambiando cosas: el anonimato da a la gente más libertad para decir lo que siente y a la vez cada vez hay más gente defendiendo una contención.

P. ¿Cómo estudia las emociones?

R. Hay muchas formas. Los neurocientíficos te ponen en una máquina y analizan las reacciones de tu cerebro en tiempo real, lo que no es perfecto porque estás en un entorno artificial, en un tubo con un montón de ruido. Los psicólogos lo hacen al viejo estilo. Pueden crear dos grupos y someterles a pruebas con una persona agradable y otra que no lo es y comprobar el resultado emocional distinto que genera el contexto diferente, aunque las sensaciones físicas hayan sido las mismas. Los historiadores de la emoción como yo miramos textos del pasado, de científicos y filósofos. Por ejemplo, Platón habla mucho de emociones. Y hoy tenemos análisis de datos y ordenadores que pueden analizar millones de palabras de redes sociales o de textos antiguos y crear tablas. Encuentras cosas como que la palabra “abominación” era muy común antiguamente y estaba ligada a conceptos religiosos. Era una emoción religiosa. Hay muchas vías para estudiar las emociones.

P. ¿Y por qué le dio por estudiarlas?

R. Empecé por mi mujer. Tiene emetofobia, una fobia a vomitar que es grave. En ese momento estaba estudiando Historia e intenté entender el asco, la aversión y el miedo a elementos de esa fobia muy vinculados a la historia de la brujería. Aquel ensayo fue bien y me dije: Aquí hay algo. Y empecé a interesarme seriamente por las emociones.

 P. Usted ha estudiado las emociones para los griegos, africanos, otomanos o nosotros, por ejemplo. ¿Cuáles son las mayores diferencias?

R. Siempre hay una emoción principal en cada sociedad. Ahora mismo, probablemente en Occidente es la vergüenza, quien transgrede las normas morales se avergüenza e intentamos evitarla en todo momento. Para los griegos era la virtud, se trataba de controlar el deseo y hacer lo correcto sirviendo a tu familia y a tu país virtuosamente. La felicidad y la alegría estaban basadas en esa virtud. En la cristiandad influyó la idea de evitar el pecado y ser perdonado, intentar ser mejor persona. Para los otomanos se trataba de una combinación de miedo a Alá, una especie de no defraudar a un padre, ese tipo de miedo. En la cultura africana de la que hablo en mi libro, en un episodio concreto, era la ira ante lo que les estaban quitando.

P. ¿Estudia también los desórdenes emocionales? ¿Existen?

R. Hay varios, sí. La depresión y la ansiedad, que ya han dejado de ser tabú. Antes era melancolía, que se interpretaba como una fragilidad, te podías romper como un cristal. También se consideró una sensación de estar desvinculado de algo de lo que no quieres desvincularte. Muy común en monjes cuando se sentían desvinculados de Dios. Hay muchos desórdenes emocionales a lo largo de la historia y la depresión también cambiará otra vez, se volverá otra cosa.

 P. ¿Y la psicopatía?

R. La psicopatía es interesante porque se trata de la incapacidad de sentir empatía por las emociones de los demás. Los psicópatas distinguen y sienten las suyas, pero no las de los demás. La mayoría de los psicópatas llevan una vida feliz y saludable y no hacen daño a nadie, tienden a trabajar en bancos de inversión, en el gobierno o de abogados, parece gracioso pero es verdad. Y entienden al menos que pueden aprender a comportarse de determinada manera, lo que les ayuda a vivir una vida feliz y productiva sin acabar en la cárcel. Hay muchos psicópatas por ahí, pero la mayoría no hacen daño. Al revés. Pueden ser muy útiles si es de su interés.

P. ¿Cómo entiende la falta de empatía de los colonizadores, por ejemplo, al conquistar otros pueblos?

R. Ocurre si deshumanizas a un grupo, lo conviertes en algo inferior, repulsivo, necesitado de limpieza. Cada vez que ha habido invasiones o genocidios ha sido así. Los nazis lo hicieron con judíos o gitanos, considerarles como ratas para deshumanizarles. Lo encuentras también en textos de las colonias británicas que muestran a los africanos como poco más que monos, por lo que podían tratarle como objeto, no como humano.

 P. Defiende que necesitamos refugios emocionales, por ejemplo esa azafata que mencionaba al principio. ¿Los tenemos?

R. El más común es el bar después de un mal día en el trabajo, así ha sido desde hace siglos: bares, cafés, donde se puede ser honesto, real, tener un pequeño refugio donde arrojar las emociones verdaderas, beber, bailar. Ahora puede ser Internet. En Twitter puedes decir lo que quieras, las conversaciones que se tienen ahí ahora son como los nuevos bares, el nuevo refugio emocional. Sí. Internet lo es.

P. ¿Y no cree que internet alimenta la soledad?

R. En cierto punto, sí. Obviamente, necesitamos la comunicación interpersonal, tocarnos, darnos la mano, abrazos, es importante la pertenencia para nosotros como especie. Y no siempre tenemos la oportunidad.

P. ¿De dónde viene su apellido?

R. Según un amigo que es experto en vikingos, es un viejo nombre vikingo para denominar a los sacerdotes de los vikingos escoceses y su cerveza. Aparentemente, mis antepasados eran sacerdotes del dios de la cerveza, que creo que es genial. Suena apropiado."                        (Berna González Harbour , El País,  16/09/22)

12/1/23

¿Quiénes son esos esclavos unidos a los que hace alusión? Los esclavos unidos son la clase trabajadora estadounidense, una enorme masa social que lucha a diario por sobrevivir al neoliberalismo salvaje... sus expectativas se han reducido a intentar cubrir sus necesidades básicas sin tener margen para un traspiés... «Estados Unidos es una corporatocracia, es decir, el poder del estado ha sido transferido a las corporaciones.»... el sadismo define casi todas las experiencias culturales, sociales y políticas de los Estados Unidos... «a medida que las cosas se desmoronan, se abraza el sadismo como una forma de afrontar la hostilidad de un universo indiferente. Una vez roto el vínculo con un objetivo común, una sociedad fracturada se refugia en el culto al yo». Estados Unidos funciona (y a la vez se condena) en pro de un individualismo atroz, en el que no existe un bien común y social, donde prima el lucro y el mantenimiento de un sistema que sólo se sostiene a base de competencia cruel e imperialismo

 "Licenciada en Periodismo por la UAB, master en Televisión por la Universidad Rey Juan Carlos I, Helena Villar trabajó inicialmente en El País y en la Agencia EFE de Barcelona.

Tras cursar el Master, entró a formar parte de Televisión Española –Canal 24 horas, informativos, TVE Catalunya, España directo– hasta noviembre de 2014. Fue entonces cuando pasó a formar parte de la plantilla de RT en español como corresponsal de la cadena en España, hasta que en en junio de 2017 fue nombrada corresponsal en Washington DC, con movilidad por todo Estados Unidos.

Em 2021 publicó en Akal: Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream, prologado por Chris Hedges. En él centramos nuestra conversación.

 ¿Quiénes son esos esclavos unidos a los que hace alusión el libro que publicó en Akal en 2021? ¿Por qué habla de la otra cara del American Dream?

Los esclavos unidos son la clase trabajadora estadounidense, una enorme masa social que lucha a diario por sobrevivir al neoliberalismo salvaje. Cautivos de un sistema que lleva apretándoles las tuercas desde el reaganismo, sus expectativas se han reducido a intentar cubrir sus necesidades básicas sin tener margen para un traspiés, debido a que el colchón social en Estados Unidos es prácticamente inexistente. Esto en un contexto en el que afrontan un futuro incierto de un imperio en decadencia. Conscientes de ello, la élite dominante se empeña una y otra vez en reinventar un sistema que lleva numerosas crisis presentando claras muestras de agotamiento, a costa del aumento de las desigualdades y el autoritarismo que lo sustenta.

Una de las preguntas que Pascual Serrano, director de la colección, me hizo en pleno proceso de edición es por qué había escrito «la otra cara» y no «la cara oculta». Mi respuesta fue clara: lo que yo presento en la obra no es un fenómeno que esté escondido, sino una realidad que cualquiera puede comprobar por sí mismo y que además está sustentada por datos, análisis y estudios. Otra cuestión es que la imagen edulcorada que Estados Unidos proyecta al mundo y que consumimos en España a través de los medios de comunicación y de su poderosa maquinaria de ficción sea completamente diferente a la realidad de la gran mayoría de los ciudadanos de este país.

 Chris Hedges abre el prólogo que ha escrito para su libro con estas palabras: «Como deja claro Helena Villar en este libro, el sadismo define casi todas las experiencias culturales, sociales y políticas de los Estados Unidos» (Tampoco usted se queda atrás en el epílogo: «Estados Unidos es la nación de la libertad que solo da el tener dinero, de la prosperidad de unos pocos y, más bien, de la pesadilla para la minorías y clase trabajadora en general»). ¿Sadismo no es palabra exagerada? Si fuera ajustada, ¿cómo consiguen tanto apoyo ciudadano las instituciones de una sociedad con esa característica?

 Como Chris Hedges ha tenido completa libertad a la hora de escribir el prólogo y es él quien utiliza esa palabra, supongo que esta sería más bien una pregunta para él. Sin embargo, creo que es un ángulo de apreciación muy acertado. Tal y como él explica parafraseando a Johan Huizinga, «a medida que las cosas se desmoronan, se abraza el sadismo como una forma de afrontar la hostilidad de un universo indiferente. Una vez roto el vínculo con un objetivo común, una sociedad fracturada se refugia en el culto al yo». Estados Unidos funciona (y a la vez se condena) en pro de un individualismo atroz, en el que no existe un bien común y social, donde prima el lucro y el mantenimiento de un sistema que sólo se sostiene a base de competencia cruel e imperialismo. En este sentido, ser capo o colaboracionista de la corporatocracia dominante se convierte en la mayor aspiración de dicha masa social para salir de cualquier sector de la población condenado por el sistema.

Respecto al apoyo institucional, la realidad es que la democracia estadounidense y las instituciones que la sustentan se enfrentan a una crisis de credibilidad. Desgranar las condiciones de cada una de ellas me tomaría bastante tiempo y líneas, pero sirvan algunos datos como ejemplo: 7 de cada 10 estadounidenses abogan por el fin del bipartidismo, la confianza en la Corte Suprema está en mínimos históricos, son más los ciudadanos que desconfían de los medios de comunicación tradicionales que los que no, y los índices de apoyo presidenciales raramente superan el 50%.

Muy, pero que muy significativos, y no muy conocidos.

A la vez, es cierto que la idea abstracta de Estados Unidos como el mejor país posible es una afirmación compartida a nivel interno incluso por los más pobres y castigados. Existen numerosos factores que lo explican y desgrano en el libro, como los altos índices de religiosidad en lo que consideran «la nación de Dios», el mantra de que es «la tierra de la abundancia» y la creencia de la libertad salvaguardada por el ejército. Todos estos mitos, que sustentan a esta nación y han sido impuestos a fuego, sangre e ignorancia, pueden ser fácilmente desenmascarados. Creo que uno de los mecanismos que mejor explican su mantenimiento es, volviendo al inicio de esta respuesta, el ultra individualismo. Frente a la venta continua de una nación perfecta, donde todo se reduce al yo y ese yo, siendo cualquiera, puede triunfar; cuando el sujeto fracasa jamás culpa al estado o al sistema. Esto se traduce, por ejemplo, en unos índices de suicidio, drogadicción y alcoholismo masivos. De nuevo, datos y realidad frente a percepciones y propaganda.

En la misma línea: ¿cómo es posible que un régimen político y social de estas características tenga tanta aceptación internacional? Para muchos ciudadanos del mundo USA sigue siendo algo así como el Paraíso terrenal (o metáfora afín)

 La mayoría de los ciudadanos desconocen los mecanismos necesarios que mantienen el sistema capitalista en el que viven, muchos ni siquiera han oído hablar de imperialismo en su vida y todos están expuestos permanentemente a la propaganda que valida dicho sistema. Dicha propaganda se centra en reforzar mitos y folclore y destacar logros, minimizando los problemas sistémicos y generales. Fuera de este país, todos conocemos a pies juntillas cómo son las cafeterías y moteles de carretera, los espectaculares fuegos artificiales del 4 de julio, los apartamentos compartidos por veinteañeros en Nueva York o las juergas de Las Vegas; pero estoy segura de que, si hiciéramos una encuesta, muchos desconocen que en Estados Unidos no hay bajas por enfermedad o maternales garantizadas por ley o que un elevado porcentaje de estadounidenses no saben ni lo que son las vacaciones.

Coincido con su apreciación, yo mismo desconocía algunas de esas situaciones. (...)

 Esclavos Unidos no es un libro antiamericano, como tampoco lo son mis directos, reportajes o especiales de la corresponsalía. De hecho, Esclavos Unidos es un canto y un reconocimiento a la clase trabajadora estadounidense. A sus derrotas, pero también a su resistencia. También es una obra de aviso al resto de trabajadores que viven en países cuyas principales fuerzas políticas básicamente se centran en replicar el modelo estadounidense. Es una advertencia sobre lo que está por llegar o ya están adoptando, que dista bastante de lo que consumen en Netflix.

Desde su punto de vista, ¿Estados Unidos es un país plenamente democrático? ¿Qué tipo de democracia es la democracia usamericana?

Estados Unidos es una democracia con grandes fallas sistémicas que no sólo no trata de enmendarlas, sino que trabaja por reforzarlas y eliminar cualquier atisbo de progreso en ese sentido. Estados Unidos es una democracia que durante el pasado medio siglo ha trabajado para restringir el derecho al voto, con la aprobación de leyes de supresión de votantes, manipulación y redistribución de distritos electorales o ampliación de dificultades para ejercer dicho derecho. Esto, en un contexto cuyo principal enemigo de dicha democracia es el propio sistema electoral, de carácter indirecto. En el libro explico largo y tendido en qué consiste pero, básicamente y a modo de resumen, se trata de una democracia en la que puede llegar a la presidencia quien ni siquiera ha obtenido el mayor número de votos por parte de la ciudadanía.

Efectivamente, lo hemos visto en varias elecciones presidenciales.

Por si fuera poco, la representación en el Senado, cámara legislativa por excelencia, es extremadamente injusta y dispone de mecanismos tan viciados, antidemocráticos y reaccionarios como el llamado filibusterismo. Todo esto, en un contexto en el que el bipartidismo está completamente blindado y el acceso a la carrera política, salvo contadas excepciones, es imposible sin una enorme estructura financiera detrás, que sólo se obtiene o bien mediante la fortuna individual (élites jugando a la política) o con las corporaciones/lobbies apostando por ti como caballo ganador (y posteriormente cobrándose la apuesta en forma de políticas afines a sus intereses).

El título de su prefacio: «La tormenta perfecta. Cómo la COVID-19 desnudó la crueldad del sistema». ¿Sigue desnudo el sistema a día de hoy?

Inicié la escritura del libro antes del estallido de la pandemia. Cuando llegó, entendí que debía tratarla mínimamente, pero intentando explicar que la COVID simplemente supuso acelerar o poner de manifiesto los problemas sistémicos que este país ya padecía y que sigue padeciendo. De este modo, escogí una de las semanas fatídicas en cuanto a los efectos de la misma en Estados Unidos para elaborar una especie de introducción y dar algunas pinceladas de los temas que posteriormente iba a tratar en el libro. En esa introducción se habla del catastrófico sistema de salud de este país, del uso de los fondos públicos como instrumento de apoyo a las corporaciones y la élite en lugar de redistribución de la riqueza para combatir la desigualdad, de la masa de esclavos abocada a trabajar en condiciones precarias que pueden llevarles a la muerte, de las crueles condiciones de la enorme masa social encarcelada o de la superficialidad y fragilidad de cualquier mínima esperanza de cambio progresista (ni siquiera de izquierdas), entre otros temas.

Usted que ha vivido en tierras americanas en ambas presidencias, ¿observa diferencias sustantivas entre el EEUU trumpista y el EEUU bidenista?

Empecé a escribir el libro con la idea de que se publicara de cara a las elecciones presidenciales pero, debido a la pandemia y la maternidad, me fue imposible. Sin embargo, en seguida me alegré de que no hubiera sido así porque uno de los mitos que pretendo derribar es el de achacar todos los males de este país a Donald Trump. Siguiendo con el símil médico, la realidad es que Trump tan sólo supuso un síntoma llamativo de la verdadera enfermedad: el neoliberalismo capitalista. Fue utilizado como muñeco de feria para expiar males que son sistémicos y producto del sistema, tal y como desgrano en el libro. A su vez, también sirvió para canalizar una respuesta populista, en este caso de derechas, a la frustración y descontento crecientes en amplias masas de la sociedad estadounidense.

Demócratas y republicanos son dos caras de la misma moneda. Los primeros son más de guardar formas, apostar por discursos elocuentes que luego no llegan a nada o cooptar pulsiones progresistas para posteriormente neutralizarlas en el aparato del partido. Es imposible un cambio de izquierdas en un sistema político alimentado y sostenido por corporaciones y blindado en pro y para la élite. Para hacernos una idea, ante la debacle social y económica derivada de la pandemia, y con un legislativo y un ejecutivo demócratas, Joe Biden no ha sido siquiera capaz de aprobar su gran promesa de campaña (es decir, mecanismo de contención de explosión social) y principal punto en su agenda: la ley social Build Back Better. Un proyecto de ley fallido que ya llegó a votación con grandes recortes a la par que concesiones. La segunda mayor partida del mismo era una bajada de impuestos a clases pudientes y ni aún así, es decir, ni sobornando a los ricos, ha sido capaz de avanzar una mínima agenda social.

Tomo una idea de Erich Fried: ¿quién manda realmente en Estados Unidos en su opinión? ¿El Gran Hermano Amazon, Elon Musk, Google, Apple, Bill Gates,..? ¿El complejo militar-industrial? ¿El Pentágono? ¿Todos ellos?

Estados Unidos es una corporatocracia, es decir, el poder del estado ha sido transferido a las corporaciones. A esto se le añade que, en las últimas décadas y con el de aumento de la desigualdad, el país se ha convertido básicamente en una suerte de plutocracia. Es decir, una forma de oligarquía en la que el gobierno está en manos de la clase acaudalada y dominante, aquellos que controlan dichas corporaciones. La barrera entre el estado y lo privado prácticamente se ha esfumado.

 Sirva como ejemplo el Pentágono. Defensa es la mayor partida presupuestaria del país, representando más de la mitad del total del desembolso. Básicamente, se trata de transferir la mayor parte de los impuestos recaudados a la ciudadanía al engorde de un enorme sistema de empresas contratistas militares y, a su vez, la que quizá sea una de las mayores burocracias del planeta: el Pentágono, que a su vez actúa como intermediario para estas empresas. Uno de los puntos que mejor ilustra el hecho de que la corporatocracia apuntala y trasciende al bipartidismo de este país, es que tanto el actual secretario de defensa de la Administración Biden como el anterior, de la Administración Trump, salen del mismo sitio: de una de estas empresas, concretamente de Raytheon.

Otro de los grandes mitos de defensa de la democracia estadounidense es la separación de poderes y su mecanismo de ‘checks and balances’, que podríamos traducir como frenos y contrapesos. Sin embargo, más allá de las disputas que puedan surgir entre ejecutivo, legislativo y judicial, la realidad es que todo el sistema se asienta sobre el capital, por lo que a la larga y en caso de conflicto, siempre se resolverá en favor de éste, aunque normalmente sea contrario al interés general. Incluso cuando un individuo o grupo social logra ganar en tribunales a corporaciones o industrias, en la mayoría de los casos el litigio siempre se resuelve con el pago de multas que suelen ser inferiores a los beneficios recogidos durante la perpetuación del daño. En el libro pongo como ejemplo a los fabricantes de opiáceos.

El movimiento social que está detrás de Bernie Sanders, ¿representa en su opinión una alternativa de izquierdas y con futuro?

El movimiento social detrás de Bernie Sanders tuvo una importancia enorme en las dos anteriores elecciones presidenciales a la hora de demostrar la dimensión del descontento entre las masas populares estadounidenses y dar forma a ciertas reivindicaciones que estaban diluidas en diferentes organizaciones civiles. Sin embargo, tras lo sucedido, creo que lo más importante del fenómeno Sanders fue poner en claro las limitaciones del sistema político estadounidense. Sirvió para revelar que está diseñado para garantizar que ninguna salida populista triunfe por la izquierda, tal y como explico en el libro. Para ello, ni siquiera hay que desplegar una gran ofensiva desde la derecha; la reacción más peligrosa y efectiva surge desde el propio aparato político y mediático del establishment demócrata. Me gustaría decir que la clase dirigente sintió la presión, tomó nota y se consiguieron concesiones. Desgraciadamente no ha sido así. No obstante, sí me gustaría reconocer que el fenómeno sirvió para generar conciencia en determinados asuntos, como la importancia de la sindicación y, en respuesta a la parálisis política, se están dando una serie de intentos por impulsarla entre los trabajadores en determinadas industrias y empleos tradicionalmente muy precarios.

En cuanto a Sanders…

Creo oportuno aclarar que Bernie Sanders puede ser considerado de izquierdas desde una perspectiva estadounidense pero, fuera de los marcos de este país, Sanders no deja de ser un socialdemócrata progresista que a nivel discursivo en política exterior nunca ha supuesto una verdadera ruptura con el imperialismo y compra el concepto del enemigo exterior ruso/chino.

Le cito de nuevo: «La macabra paradoja es la siguiente: no hay nación en el planeta que gaste más dinero en atención médica. El gasto en salud por persona en Estados Unidos fue de 10.224 $ en 2017, un 28% más alto que Suiza, el siguiente de la lista, una diferencia que se ha agrandado a lo largo de las últimas cuatro décadas». ¿A qué vienen entonces las críticas que suelen hacerse, y que usted también hace, al sistema médico usamericano? A mayo gasto médico, mayor calidad y más protección ciudadana. ¿No es eso?

Esa última frase es falaz. Sería lógica si no fuera porque, tal y como explico en el libro, el sistema de salud estadounidense, donde no existe el acceso gratuito ni universal, es un enorme fraude en el que las burbujas de precios, los abusos a los clientes y los sobrecostes con la connivencia estatal son el pan de cada día. El resultado no es sólo la imposibilidad de contabilizar el número de muertes por falta de atención médica, sino la ausencia de voluntad política para hacerlo. Sin embargo, sí sabemos, por ejemplo, que Estados Unidos registra el número más alto de muertes evitables por servicios médicos entre países homologables por PIB, o que medio millón de familias se declaran en bancarrota anualmente por no poder hacer frente a las facturas médicas. En Estados Unidos, 4 de cada 5 diabéticos han contraído una deuda media de nueve mil dólares poder hacer frente al pago de la insulina que necesitan para vivir. ¿Cómo se explica? Básicamente porque el lobby farmacéutico tiene comprado el Congreso, siendo la mayor puerta giratoria entre los representantes públicos estadounidenses.

 Habla usted del caballo de Troya de las escuelas chárteres. ¿Qué escuelas son esas? ¿Por qué son un caballo de Troya?

Las escuelas chárteres son similares a las escuelas concertadas en España, pero con importantes diferencias. Reciben fondos gubernamentales pese a operar de manera independiente respecto al sistema escolar del estado de turno y, en el caso de Estados Unidos, están exentas de muchas regulaciones a las que se somete a la pública, desde los planes de estudio hasta las condiciones laborales de los profesores (aquí hay que recordar el muy desregulado marco laboral estadounidense).

Tal y como relato en Esclavos Unidos, en la práctica supone alertar un sistema educativo con disparidad de contenido y método (es decir, establecer diferencias educativas entre alumnos del mismo nivel en función de la escuela a la que acuden) o que las directivas marquen las condiciones del trabajo ante la práctica ausencia de un control efectivo sobre el uso de dichos fondos públicos. Esto se da, a la vez, en un contexto de recortes brutales y falta de atención a las escuelas públicas que dura ya décadas. Por lo tanto, cada vez que una de estas escuelas abre al lado de una pública, ésta pierde alumnos y como consecuencia directa, dinero. Diversos análisis muestran que el drenaje de dichos fondos deja a la pública en la estacada, porque tiene que seguir manteniendo diversos costes fijos mientras pierde en pro de las chárteres, que al final no son más que financiación pública de un instrumento para desregular y reventar poco a poco el maltrecho sistema público. (...)"              (Entrevista a Helena Villar, Salvador López Arnal, Espai Marx, 18/12/22)

4/11/22

El ponente Yes-Men se presentó el día indicado con un traje y una conferencia aburridos... Hasta que, sin abandonar el tedio, empezó a hablar de la necesidad, para el intercambio de flujos de riqueza, de exterminios masivos de población pobre. Nadie interrumpió la conferencia, sino que, al parecer, hubo aplausos y, en el turno de preguntas, interés notorio hacia la innovación liberal propuesta. Los Yes Men demostraban así que, si bien la Modernidad, ese calentón, había inventado el exterminio, la Postmodernidad, esa frialdad, inventaba algo tal vez peor, por incalculable y reproducible: la ausencia de reparos ante el exterminio, su normalización, su posible cotidianización, cuando se anuncia sin gritos y con gráficos y con corbata. Como sucedió en 2020 en Madrid, Catalunya, USA… en el mundo

 "(...) Otros virtuosos en señalar la brutalidad de la época, pero dos décadas posteriores, son The Yes Men, nunca lo suficientemente recordados. 

3-Recordémosles.

4- The Yes Men es un grupo que empezó a emitir arte en los USA de los 90. Lo hacía bajo el mismo criterio que Fidias en el 450 a.C. Belleza, esto es, gamberrismo. En España hubo grupos parecidos, como La Fiambrera Obrera, que empezó en València, yendo a las inauguraciones de exposiciones sociatas, con fiambreras, a mangar el catering de las croquetas, ese alimento que, snif, tanto hizo por el arte en España. La Capilla Sixtina de los Yes Men fue la construcción de una página web clon de la de la Organización Mundial de Comercio, repleta de barbaridades. 

Pese a ello –o tal vez por ello– en esa web se recibió un mail de otra organización internacional, solicitando un ponente de la OMC para una conferencia. Lo enviaron. El ponente Yes-Men se presentó el día indicado en el continente correcto, y con un traje y una conferencia aburridos. Hasta que, sin abandonar el tedio, empezó a hablar de la necesidad, para el intercambio de flujos de riqueza, de exterminios masivos de población pobre. Nadie interrumpió la conferencia, sino que, al parecer, hubo aplausos y, en el turno de preguntas, interés notorio hacia la innovación liberal propuesta. Los Yes Men demostraban así que, si bien la Modernidad, ese calentón, había inventado el exterminio, la Postmodernidad, esa frialdad, inventaba algo tal vez peor, por incalculable y reproducible: la ausencia de reparos ante el exterminio, su normalización, su posible cotidianización, cuando se anuncia sin gritos y con gráficos y con corbata. Como sucedió en 2020 en Madrid, Catalunya, USA… el mundo. 

5- Los Yes Men dibujaron la época a partir de una novedad importante nunca jamás vista en democracia: la absoluta y formal ausencia de empatía y responsabilidad social por parte de cada vez más políticos e instituciones. Un jalón histórico absoluto, en tanto la ausencia de empatía va contra la especie humana. Gracias, en todo caso, a The Yes Men, Luis de Guindos, consejero del BCE, exconsejero de Lehman Brothers, y exministro de Economía con Rajoy cuando la coventrización de Grecia y de algunos barrios PIGS, es, así, una persona que me hace sentir seguro. Seguro del punto de vista de The Yes Men. ¿Cómo se llegó a esa total ausencia de empatía ante los seres humanos en lo público? (...)

6- La empatía llega a las constituciones europeas en 1945, donde se establece el fin de la Revolución, como siempre, pero con la novedad de que se fija también el fin de la contrarrevolución. Derechas e izquierdas transigían. Aquí nadie va a volver a exterminar a nadie, porque no se va a amenazar la propiedad de nadie. En contrapartida a ambas renuncias, se fija un nuevo tipo de Estado, que garantiza derechos y propiedad. Podría denominarse Empático. Pero se le llamó del Bienestar. Dura razonablemente bien hasta 1973. (...)"                  (Guillem Martínez  , CTXT, 30/10/2022)

6/5/20

Paul Celan, el poeta que respondió con versos al horror del Holocausto


Paul y Gisèle Celan, en 1956 (colección Eric Celan)

"La publicación de una decena de libros conmemora en Alemania los 100 años del nacimiento de Paul Celan y los 50 de su muerte, cuando el 20 de abril de 1970 se arrojó del puente Mirabeau al Sena “en vuelo de heridas”, como el mismo poeta predijo. 

Su cuerpo —“flor de agua”, le llamó el artista Henri Michaux— navegó 10 kilómetros hasta que fue encontrado. Si el Guernica de Picasso simboliza el horror de las guerras, Todesfuge (“Fuga de muerte"), de Celan, inspirado en el asesinato de su madre de un tiro en la nuca en el campo de Janowska, es el poema de la deshumanización del Holocausto.

Los aniversarios ponen de nuevo a Alemania ante el espejo: Celan es un caso “personalmente dramático, históricamente sombrío y políticamente explosivo”, escribe Elke Schmitter en Der Spiegel. Una encuesta del Congreso Judío Mundial concluye que el 27% de los alemanes es antisemita, un 48 % que los judíos hablan demasiado del Holocausto y que un 65% cree que regresan conceptos del nazismo. 

Mientras, la prensa alemana alterna el aniversario de otro suicida, Hitler, con reseñas de libros de microhistoria sobre resistentes antinazis, como el que Norman Ohler dedica al glamouroso matrimonio Harro y Libertas, líderes de la red berlinesa de la Orquesta Roja, la mitad de ella mujeres..

La tendencia ahora es sostener que la sacralización de Celan como el poeta del Holocausto ha hecho olvidar el resto de su poesía, cercana a la vida, clara como el cristal, negra como la sombra, anclada en el tiempo histórico. Notas de diario, recortes de prensa, borradores de cartas y cartas enviadas ofrecen referencias concretas: sus destellos de amor, la muerte de Stalin, Mayo del 68, la revuelta de Praga, el Sputnik…

Una de las novedades la firma Thomas Sparr, que ha escrito una suerte de biografía del poema más famoso de Celan. Y desmiente algunos clichés (existió en Janowska la orquesta de judíos que tocaba el Tango de la muerte mientras los presos cavaban sus tumbas). Wolfgang Emmerich reconstruye la excentricidad de Celan respecto a los escritores alemanes. Hans-Peter Kunish regresa al encuentro entre el gran filósofo (filonazi) Heidegger y el gran poeta (judío) Celan. Y Helmut Böttiger sostiene que a Celan le dolió no haber obtenido el reconocimiento de su “maestro pensador” que supo, como él, “decir la oscuridad” y que no pidiera excusas por el Holocausto..

Biografía epistolar

Barbara Wiedemann ha publicado “etwas ganz und gar Persönliches”. Paul Celan Briefe 1934-1970 (“Algo absolutamente personal. Paul Celan. Cartas 1934-1970”), una correspondencia seleccionada a manera de biografía epistolar. Consta de 691 cartas, de las que 330 son inéditas. La primera es de cuando tenía 13 años y le cuenta a su tía Minna, residente en la entonces Palestina británica, que “del antisemitismo en la escuela podría escribir un libro de trescientas páginas”. 

Aún vivía con sus padres en un extremo del Imperio austrohúngaro, en Chernivtsi (entonces Rumania, hoy Ucrania). En otra carta, ya como estudiante de Medicina en Tours, explica a su primo la extrema soledad de su vida francesa.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, regresó a su ciudad para matricularse en Románicas. Un año después, en 1940, los soviéticos ocuparon la Bucovina y al año siguiente, entraron los alemanes. Sus padres fueron deportados a un campo de concentración, donde murieron en 1942, mientras Celan llevó la estrella amarilla en dos campos de trabajo del ejército rumano.

Al acabar la guerra, de nuevo ocupada la ciudad por los rusos, marcha a Bucarest, donde rumaniza el nombre, anagrama de su apellido Antschel y, después, días antes del cierre de fronteras, huye a pie a la Viena de los escenarios del filme El tercer hombre. Allí conoce a la poeta Ingeborg Bachmann y empapa su poesía de surrealismo. A partir de 1948 se instala definitivamente en París.

Los libros publicados con motivo del centenario inciden en las tormentosas relaciones de Celan con los autores alemanes, quienes, aun reconociendo su valor, nunca le consideraron uno de los suyos. No todo derivaba de la paranoia de Celan. En 1952, cuando lee su Todesfuge en Niedford ante el renovador Grupo 47, Karl Heinrich Richter se ríe de él porque “lee con la voz de Goebbels” o “parece un canto de sinagoga”. Tras los juicios de Núremberg, Celan opinaba que aún latía el antisemitismo entre los que llamaba “nibelungos de izquierda”.

“Nunca he separado al autor de la persona”, escribió en 1962 a la poeta Nani Cassian. Por eso, Celan veía cualquier crítica como un ataque a su identidad judía. Cuando la viuda de Yvan Goll, falsificando textos y fechas, acusó a Celan de plagiar a su marido, el poeta exigió a sus amigos una defensa incondicional que no todos le brindaron.

 Se alejó de Günter Grass por sus críticas a Discurso de la montaña (“Tuve que mostrarle a él y a su esposa la puerta”), de Alfred Andersch (“Un villano”) o de Heinrich Böll por no darle información sobre actos antisemitas (“No me esperaba su infamia”), aunque reanudaran después la amistad. 

Y, sin embargo, Böttinger destaca la larga amistad con Rolf Schroers, del Grupo 47, ex teniente coronel de la Abwehr, el servicio de inteligencia nazi. Él cree que Celan se sentía más cercano a la literatura de la alta tradición alemana que a los escritores realistas de izquierda. 

En las cartas aparecen, entre otras, Erica Lillegg (esposa del surrealista vienés Edgar Jené), Brigitta Eisenrich, Inga Waer, a quien propuso ir a vivir a Berlín en 1964… o la misteriosa Hannele, cuya identidad revela Wiedemann: Hanne Scholz, a quien frecuentó mientras intentaba reanudar su amor imposible con Bachmann poco antes de casarse con la pintora y aristócrata Gisèle Lestrange.El libro incluye las dos cartas íntimas a Ingeborg Bachmann en la que le confiesa su intención de abandonar a Gisèle, y que no fue publicada en Alemania hasta el 2016.

En las misivas se palpa el progresivo deterioro mental de Celan (intentó acuchillar a su mujer a raíz de un engaño). O la última carta, tras regresar de Israel, a su amante Ilana Shmueli, desesperada por su hundimiento en la oscuridad. ocho días antes de su suicidio: “déjame decírtelo con palabras de Kafka: ‘el mundo es puro e inmutable”.

Aún se suele citar la frase de Adorno —“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”—, sin tener en cuenta que en 1973 se retractó tras leer Todesfuge. Los versos de Celan aclaraban que tras Auschwitz no se puede escribir poesía en el mismo alemán de Hölderlin."                 (Josep Massot, El País, 05/05/20)

17/10/19

Debemos ser morales porque… no tenemos más remedio que serlo. Estamos diseñados para ello. Somos morales porque tenemos un sexto sentido... el sentido moral. Si vemos cómo se golpea a un niño, sentimos algo parecido al vértigo. Eso es el “sentido moral”... los sentimientos benévolos son parte inalienable de la condición natural humana. Están ahí... ¿Y qué pasa con la crueldad? Pues que resultaría ser un aprendizaje...

"Cuando la Modernidad alboreó, allá por los finales del siglo barroco, hubo que volver a hacerse las viejas preguntas y las respuestas cambiaron. Por ejemplo, esta: “¿Por qué debemos ser morales?”. 

La respuesta admitida había estado clara más de un milenio: porque así lo quiere Dios Nuestro Señor y serlo evita las penas del infierno. Dios ha dado su ley, de una vez para siempre. Se debe cumplir y no hay más que contar. Si alguien duda de las llamas infernales, tenemos previstas llamas terrenales para que pierda cuidado.

Pero ahora es distinto. Vamos a sacar del matraz a Dios, dada su enorme masa, y dejemos fuera también el temor a los fuegos infernales y quizás a los de aquí. Vamos a buscar otras respuestas. ¿Por qué debemos ser morales? Bueno… porque… ¿para evitar líos? ¿Porque somos seres racionales y la razón nos exige que lo seamos? Quizá somos morales para no contravenir a nuestra racionalidad. Descartes, el primer y mayor de los racionalistas, no lo apoyó. 

Fue más bien partidario de no buscarse problemas. Esto tardó su tiempo. Sin ir más lejos, un tipo tan evidentemente genial como Hume, un escocés, se permitió bromear de esta manera: del hecho de que yo prefiera que estalle el mundo siempre que a mí no se me estropee un dedo, no se sigue ninguna falta de lógica. Va a ser que el universalismo moral no depende de la calidad de nuestra razón.


Las mejores respuestas a una pregunta tan compleja vinieron de Inglaterra y de Escocia. Se macizaron así: debemos ser morales porque… no tenemos más remedio que serlo. 

Estamos diseñados para ello. Somos morales porque tenemos un sexto sentido. Cuando vemos una acción directamente contraria a lo que es bueno, se nos levanta un asco, un horror, se nos despierta algo en el fondo de nuestro cuerpo que nos dice que aquello no está bien. Es nuestro sexto sentido, el sentido moral. Si vemos cómo se golpea a un niño, a un animal indefenso, se viola, se calumnia con gusto…, sentimos algo parecido al vértigo. 

Eso es el “sentido moral”. Con tan buena guía es difícil equivocarse. Es tal que la vista o los oídos. Y, como ellos, puede muy bien suceder que alguien lo tenga flojo o carezca por completo de él. Pero eso no lo invalida. La mayoría lo poseemos en su modo corriente. A quien lo tenga deficiente difícilmente se lo podemos mejorar. Lo mejor es precaverse de ese tipo de gente… o gentuza.


Estas cosas, en filosofía, nunca se afirman sin que se desate una polémica, pero dejémosla ahora callada. Hutcheson lo bordó: los sentimientos benévolos son parte inalienable de la condición natural humana. Están ahí. Antes de hablar ya sonreímos. No somos buenos por naturaleza, pero somos morales por destino. Para hacer desaparecer a ese nuestro sexto sentido hay que trabajar bastante. Porque es más fuerte que la voz de la conciencia. Es terror y vómito a un tiempo.

¿Y qué pasa con la crueldad? Pues que resultaría ser un aprendizaje. Poco a poco, mediante sucesivas y al principio pequeñas crueldades, aprenderíamos a orillar y evitar ese sentimiento innato. Iríamos subiendo la dosis. Ensayaríamos a distanciarnos con los objetos, los animales, los débiles, subiendo y alargando la distancia hasta ensordecer a nuestra naturaleza. Practicaríamos la crueldad en gustos y espectáculos. Distancia, risa, chacota del dolor ajeno. Gusto por la crueldad o incluso el ensañamiento. 

Lo llevaríamos a término con ciertas excepciones… con cualquiera que no pudiera devolvérnosla. Porque esa precaución siempre, quien no fuera definitivamente idiota, la guardaría. Así que desde el siglo ilustrado la humanidad supo que tenía un sentido que añadir a los cinco corrientes. Cierto problema había en que nunca antes hubiéramos sabido nada de él. Pero no seamos gente puntillosa. Reconocemos lo que se nos quiere decir.


Ahora le solemos llamar “inteligencia emocional”, esto es, la capacidad de ponerse en el lugar de otro o de casi poder sentir lo que siente si a ello nos afanamos. Goleman, cuyos libros fueron tan visitados a principios de milenio, es lo que cuenta. Que hay gente más o menos lista en ver y captar la emoción base de los demás. Percibimos que en esas intuiciones brilla una chispa de verdad. Por lo mismo sabemos cómo se educa en la falta de compasión. Sabemos que muchas culturas definitivamente han hecho de esa senda cruel su fundamento de existencia. Nos basta con ver su pedagogía de presentación. Las reconocemos. Todavía las usamos."                     (Amelia Valcárcel, El País, 12/10/19)