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17/12/15

El problema es que con la Renta Básica, en el umbral de la pobreza, no se consigue el objetivo proclamado de la libertad para vivir sin empleo

"(...) Desde el punto de vista histórico, estamos en una etapa de cambios y transición del pacto social de la sociedad keynesiana -del pleno empleo con Estado de bienestar y participación democrática, con una nueva redistribución de la propiedad, la riqueza y las rentas, así como de la fiscalidad y del gasto social. En el plano cultural, hay una crisis, más profunda, de la cultura obrera y de la ética del trabajo. 

Las bases de la ciudadanía, de las instituciones básicas y de los acuerdos colectivos se están modificando a gran escala. El debate sobre el papel del trabajo y de la protección social o de la renta básica –RB-, sobre la correspondencia entre derechos y deberes, hay que situarlo en ese contexto.

Inicialmente, hay dos opciones extremas. Una, la tradición keynesiana y moderna, con la pretensión de que el trabajo -como fuente de rentas y estatus- y el deber cívico, continúen siendo las principales bases de la sociedad, exigiendo en esa medida los correspondientes derechos para facilitar la ‘cohesión social’. La universalidad de los derechos sociales correspondía a una sociedad de pleno empleo, cotizaciones sociales e integración sociopolítica y nacional. 

La segunda opción, parte del papel poco relevante del empleo, abandonando la ‘centralidad’ del empleo y el marco global de la corresponsabilidad social. En su forma extrema, señalan el ‘fin del trabajo’ y se desconsidera la problemática del trabajo y la reproducción social con una nueva centralidad, una nueva ‘base’ en la distribución –RB- o el consumo.

Ambas, además de economicistas, son unilaterales, por su pretensión de universalidad, en unas sociedades segmentadas y diversas; a mi parecer, hay que elaborar un tercer enfoque, más multilateral. 

Existen profundas transformaciones de la sociedad y del empleo y hay que definir mejor el papel y sentido del trabajo y de los derechos sociales. Eso conlleva revisar las bases constitutivas de la modernidad y de la desigualdad socioeconómica y replantear el contrato social, con una nueva combinación de derechos y deberes.

VAN PARIJS, inspirador de este modelo, propone, como alternativa al trabajo, una RB como base de la libertad y la ciudadanía, independientemente del resto de rentas y bienes y dejando en el ámbito individual, la elección y el comportamiento en el resto de la problemática económica y social. 

El modelo de RB –individual, universal e incondicional- de la Red Europea de la Renta Básica –BIEN- y sus defensores en España, se presenta como opuesto al derecho al trabajo y a los criterios de reciprocidad. Pone el énfasis en una incondicionalidad total, en la defensa de unos derechos al margen de deberes, planteando que, en los planos distributivos y éticos, esa filosofía y esa cultura es superior a cualquier otra. 

Considera que la oposición principal se da entre las rentas salariales y la renta básica, es decir, entre la población trabajadora y las personas desempleadas –o inactivas-; de ahí su carácter más antagónico con los salarios –directos o indirectos- por sus intereses contrapuestos en la distribución de la riqueza, y en la culturas que conllevan ambas, la cultura del trabajo o la ‘distributiva’. Se ha modificado la clásica oposición capital-trabajo, o la de minorías pudientes-mayorías desposeídas.

El problema es que con la RB, en el umbral de la pobreza, no se consigue el objetivo proclamado de la libertad para vivir sin empleo, y que una mayoría seguiría viéndose forzada a emplearse. Pero, ese modelo no aborda el problema de las formas y características del acceso de la población al conjunto de las rentas, a su producción y distribución equitativa, y deja en manos de cada individuo, la elección de su preferencia, en materia de empleo y del resto de rentas, al margen de las constricciones, necesidades y compromisos colectivos.

Por otra parte, es preciso establecer el alcance de esa oposición y en qué plano se establece. El propio VAN PARIJS admite que la reciprocidad debe funcionar después del reconocimiento y distribución de la RB. Otros autores también reconocen la complementariedad del empleo, pero a posteriori. Según ellos, es fundamental la incondicionalidad de la RB, la ausencia total de reciprocidad, y una vez aplicada es cuando se desarrollaría mejor la reciprocidad y la generación de empleo. 

 Primero, presentan a esa RB como una ‘base’ distributiva, ética y constitutiva de la sociedad, en oposición radical a la reciprocidad y al trabajo. Segundo, sólo a partir de esa distribución inicial, de esa función básica, justifican el mantenimiento y la complementariedad de esos mecanismos institucionales basados en los demás contratos –laborales, mercantiles, de propiedad-.

La oposición se plantea en términos radicales en cuanto a ser la ‘base’ inicial, el punto de partida, en el plano material –rentas- y ético. Pero, en el segundo paso, aparece la incorporación complementaria y subordinada a esa base inicial, tanto del papel del empleo como de la cultura de la reciprocidad. 

Con lo primero destacan el carácter alternativo y superior de sus principios, con lo segundo, su ambigüedad práctica. Para garantizar el primer paso –la RB- se utiliza el Estado como garantía distributiva pero, a pesar de la complejidad y las mediaciones sociales, para el resto de problemas económicos y distributivos, no hay instituciones ni acuerdos sociales ni normas morales para regular la acción y las responsabilidades colectivas, sino elección racional de los individuos.

Por mi parte, considero que esa oposición entre trabajo y RB (incondicional y universal) está mal planteada y expresada en forma sesgada. Hay elementos contradictorios entre derecho y reparto del trabajo y renta básica -derechos sociales-; pero, ambos pueden ser complementarios, no alternativos. 

La oposición total se establece entre aquellos que consideran que sólo hay un elemento -el trabajo o la RB- exclusivo y central, en la sociedad o el individuo, tanto en la vertiente material como ética. Ambas posiciones suelen estar condicionadas por un pensamiento ilustrado fundamentalista, de buscar una única base o razón explicativa de la sociedad. Igualmente, en el plano de la cultura, de la filosofía social y de la educación cívica se debe superar esa dicotomía, de sólo deber –de trabajar- o sólo derecho –a disfrutar sin trabajar-.

La alternativa no está en situar al empleo o a los deberes por encima de los derechos universales, ni tampoco en la defensa unilateral de los derechos; está en la negociación y el establecimiento colectivo de unos nuevos acuerdos y reequilibrios entre derechos y deberes, con unos criterios igualitarios y solidarios.

 Así, se puede recoger la tradición universalista de los derechos individuales y colectivos, enmarcarla en una perspectiva social y contractualista, reconocer la vinculación social y englobar esa forma distributiva en el marco de un conflicto, más global, de la creación y reparto de la riqueza.

En el plano colectivo, no se puede obligar que toda la población trabaje, durante toda su vida, ni tampoco garantizar que nadie lo tenga que hacer. En la esfera económica, la decisión del nivel de la población activa ocupada y de las diferentes formas de contribución económica y participación social, junto a la garantía de unos derechos sociales universales y una compensación ajustada, debe ser fruto de debate y acuerdo público, no de imposición unilateral de los poderes económicos y políticos. 

Pero es un problema que desborda la referencia exclusiva a la elección individual. Una elaboración y gestión participativa y democrática de los recursos productivos y laborales que la sociedad necesita, proporcionaría una mayor legitimidad a la hora de distribuir, de forma equitativa, las tareas de producción y reproducción social, y supondría una mayor educación solidaria y más capacidad de exigencia moral y jurídica para exigir esas responsabilidades.

Esta cuestión tampoco se puede resolver de forma individualista, a la libre opción de cada cual, sino de forma colectiva. La voluntariedad y la posibilidad de elegir una opción vital, deben contemplar el proceso de participación pública en la conformación de las diversas oportunidades. En el plano material, quién y cómo se producen y se distribuyen los bienes y las rentas, cómo se participa en la ciudadanía y en la vida colectiva. 

Para negociar colectivamente una redistribución más igualitaria de una renta pública, se debe tener en cuenta el conjunto de bienes y rentas de la población, conocer sus condiciones materiales de existencia y establecer sus necesidades para vivir dignamente.

Ambos aspectos -trabajo y renta pública- son relativos, no esenciales ni universales, para todas las personas. La participación en el empleo y en el trabajo, de una parte importante de la población, es imprescindible para la sociedad. La garantía de unos medios suficientes para sobrevivir también. Aunque no sean absolutos, tienen un reflejo muy amplio en la realidad –socialización, cultura, acceso a rentas- y hay que ver su adecuación, su parcial oposición y su complementariedad.

En definitiva, hay que superar la dicotomía y la oposición esencialista de ambos elementos; superar la unilateralidad de la fundamentación en el ‘deber de trabajar’, sin apenas derechos, o en el derecho a una RB, universal e incondicional, al margen de los deberes negociados individual y colectivamente. 

La solución no está ni en una ni en otra y su confrontación, bajo esos esquemas, no aporta una buena solución para la renovación del pensamiento progresista. Se trata de defender el derecho al trabajo “y” a una renta social –a la protección social plena-, y conseguir un nuevo equilibrio de derechos y deberes, adecuado a las nuevas condiciones y necesidades sociales.

 Y dada la importancia de la individualización se requiere una nueva acción cultural para conformar una conciencia social más solidaria y facilitar la participación y la voluntariedad. En un plano más general, garantizar la libertad y la igualdad, reformular las bases y acuerdos e instituciones constitutivos de la sociedad y, en un plano teórico, renovar un pensamiento más crítico con respecto a las diferentes tradiciones."               (Antonio Antón – Nueva Tribuna , en Attac España, 23/10/2015)

16/4/12

Hace unas semanas, la ministra de trabajo italiana Elsa Fornero afirmó que, de existir una renta básica en Italia, “la gente se pondría cómoda y se dedicaría a comer pasta al pomodoro”... La renta básica universal nos permitiría acceder al trabajo remunerado, desarrollar actividades fuera del trabajo y gozar de un mayor nivel de consumo

"Hace unas semanas, la ministra de trabajo italiana Elsa Fornero afirmó que, de existir una renta básica en Italia, “la gente se pondría cómoda y se dedicaría a  comer pasta al pomodoro”. Como respuesta a dicha afirmación, Giuliano Battiston realizó esta entrevista realizada a Philippe Van Parijs, fundador de la Basic Income Earth Network (BIEN) y miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. 

La idea de que el derecho a un ingreso deba estar ligado al trabajo o a la disposición a trabajar; la asociación, en definitiva, entre trabajo e ingreso, derivada de consideraciones éticas, antes que económicas, no se limita a los países del llamado modelo ‘bismarckiano’. También está presente en el mundo anglosajón, y yo diría que en todas las sociedades del mundo. 

A este respecto, es interesante destacar una singular analogía con la relación ética que durante mucho tiempo diversas sociedades han instituido entre sexo, gratificación sexual y reproducción. 

En todas aquellas sociedades en las cuales, en razón de la elevada mortalidad infantil, era esencial alcanzar un elevado nivel de procreación, era común la existencia de un vínculo ético entre gratificación sexual y “riesgo”, al menos, de procrear, es decir, de contribuir eventualmente a la supervivencia de la comunidad.

 Por razones análogas, yo diría que desde hace mucho tiempo ha arraigado la idea de que sólo se puede acceder a la gratificación del consumo, y por tanto, del ingreso, a condición de estar dispuesto a contribuir a la producción (el equivalente de la reproducción, en el ejemplo de la gratificación sexual).

 Lo que ocurre es que hoy vivimos en condiciones tecnológicas y económicas muy distintas, gracias a las cuales ya no es necesario ni que todas las actividades sexuales estén ligadas a la posibilidad de procrear, ni que el acceso al ingreso esté condicionado a la contribución a la productividad, y por consiguiente, al trabajo.

 Lo que pretendo señalar es sencillamente que es posible concebir una organización social que no esté basada en este tipo de ética del trabajo. Soy consciente, en todo caso, de que este discurso solo muestra la posibilidad de una organización alternativa, pero no que esta sea justa o deseable. 

 Esto último exige mucho trabajo pedagógico y la superación de numerosos obstáculos culturales, tanto a la derecha como a la izquierda. Me parece curioso, de todos modos, que en todos estos años la objeción ética a la renta básica haya primado sobre las objeciones técnicas, es decir, aquellas vinculadas a las posibilidades de su financiación y a su viabilidad política. (...)
 
 Lo primero que hay que plantearse es: ¿quiénes son los pobres? Si se adopta una definición muy simplista de la pobreza en términos de diferencias, alguien es pobre cuando su ingreso es inferior a un cierto umbral, arbitrario, de pobreza, definido como nivel de ingreso real. 

¿Y cuál es el modo más eficaz para eliminar esta pobreza monetaria? Aumentar un poquito la carga fiscal de los ricos, sin volverlos pobres, sin que los ricos acaben por debajo de dicho umbral de pobreza, y utilizar el dinero recaudado para distribuirlo entre la gente pobre, de manera que todos estén en condiciones de sobrepasar dicho umbral.

 En el vocabulario de los especialistas en política social este método se denomina target efficiency, y alude a un uso de los recursos capaz de abolir la poverty gap, la diferencia existente entre ingreso y umbral de la pobreza. 

Se trata, empero, de una aproximación algo miope, ya que la target efficiency máxima crea necesariamente una imposición fiscal marginal sobre los ricos, al tiempo que incide en un 100 por ciento sobre los pobres. 

De hecho, cuando una persona pobre trata de salir de su situación de pobreza o de desocupación a través de un trabajo declarado que le da algo de dinero, se la castiga por su esfuerzo con la supresión de un porcentaje proporcional de los subsidios que recibe.

 Esto significa que para los ricos la imposición marginal es del 50 por ciento como máximo – o del 40 por ciento en ciertos países- mientras que para los pobres es del 100 por ciento, ya que pierden todo lo que ganan.

 El único modo de evitar este mecanismo perverso es asegurar incluso a aquellos que disponen de un ingreso primario que no equivale a cero una transferencia de dinero que les permita aumentar su ingreso por encima del umbral de la pobreza.

 De este modo, es verdad, la target efficiency no será perfecta, pero su imperfección, es decir, la focalización en los pobres, es la condición necesaria de una política inteligente de lucha contra la pobreza que sea, al mismo tiempo, una estrategia contra la exclusión del mercado de trabajo. 

La fórmula más simple y sistemática para llevar adelante una política de este tipo, si bien no es la única, pasa por el subsidio universal, por la transferencia bruta de una misma cantidad tanto a los que trabajan como a los que no trabajan.

 De ese modo, quien siendo pobre decidiera trabajar, obtendría un ingreso más alto en relación a los periodos en los que decidiera no hacerlo.  (...)
 
Los sistemas actuales que diferencian el nivel de las prestaciones sociales a partir de la composición del núcleo familiar tienden a conceder más ingresos y beneficios a dos individuos que vivan separados que a los que lo hagan juntos. 

La individualización vinculada a mi interpretación de la renta básica, en cambio, se traduciría de entrada en un estímulo a la unión, ya que si estos dos individuos quisieran permanecer juntos, o unirse a otros, no serían penalizados. 

Desde este punto de visto, el subsidio universal constituiría un incentivo a la vida comunitaria y familiar, sobre todo si se compara con sistemas de seguridad social alternativos. 

Por otra parte, y frente a quienes argumentan que es irrazonable conceder un ingreso sin contrapartida alguna, o sin la garantía de la disposición a trabajar, lo cierto es que la renta básica podría funcionar también como apoyo sistemático a las actividades no asalariadas.

Comprendo la preocupación “comunitarista” por una vida colectiva activa y participativa, pero creo que incluso desde esta perspectiva la renta básica universal es una alternativa mejor a las tradicionales políticas “trabajistas”. 

Hay, en todo caso, otra objeción comunitarista, que apela al ligamen indisoluble existente entre derechos y deberes, que es el que hace posible que una comunidad pueda funcionar de manera eficaz y que me parece importante. 

También yo, debo decir, creo que los ciudadanos tienen que tener obligaciones, y que en algunos casos estas obligaciones deben tener una adecuada traducción legal. Es más, creo que incluso allí donde estos deberes no estén consagrados jurídicamente, los ciudadanos tendrían la obligación de participar en la vida pública.

 Lo que ocurre es que, en mi opinión, la renta básica facilitaría el cumplimiento de este deber, de manera que su existencia es perfectamente coherente y compatible con dicho vínculo entre derechos y deberes. (...)

La justicia no es solo una cuestión de ingreso sino también de poder. Esto comprende la posibilidad de escoger qué hacer con la propia vida, tanto si se trata de dedicar menos horas al trabajo retribuido como de disponer de un acceso más sencillo al trabajo remunerado. 

Es lo que, en otros términos, he definido como la libertad real de actuar, en el trabajo y fuera de él. Incluso cuando hablamos de un ingreso, esto es, de un recurso monetarizable, las ventajas no se limitan al bienestar material de las personas sino también al uso que podamos hacer de nuestro tiempo. 

La renta básica universal nos permitiría acceder al trabajo remunerado, desarrollar actividades fuera del trabajo y gozar de un mayor nivel de consumo.  

 Al ser incondicionada, en efecto, contribuiría a combatir la exclusión del trabajo y a escoger entre trabajos diversos y entre diferentes actividades no estrictamente laborales. 

Son todos estos elementos los que harían posible un matrimonio con la justicia. Para comprender, por otro lado, su relación con la eficiencia, deberíamos en cambio reconocer que en muchos países la cuestión central reside en la gestión y creación inteligente de capital humano, y que el ingreso es el instrumento que mejor facilita la circulación y la movilidad entre las esferas del trabajo, de la formación y de la familia. 

Cuando se dispone de un ingreso individual, universal e incondicionado, es más fácil decidir en un momento dado disminuir o interrumpir el ritmo laboral para dedicarse mejor a los hijos, esto es, a la creación de capital humano para las generaciones futuras. 

O para profundizar la propia formación y adptarse mejor a las estructuras siempre cambiantes del mercado de trabajo. De este modo, se podría trabajar más y, al haber recibido una formación complementaria más avanzada, cambiar más fácilmente de profesión. 

Se trata, obviamente, de una medida que exige numerosas reformas complementarias en el sistema educativo.

 Pero creo que la introducción de un ingreso mínimo universal podría constituir la base, el núcleo duro de una política capaz de facilitar una mejor circulación entre las esferas antes aludidas y de afrontar los cambios económicos estructurales y la crisis coyuntural por la que atravesamos.      (...)

 Defiendo esta concepción minimalista de la justicia para dar sentido al concepto de justicia global, pero eso no significa negar la necesidad de alguna forma de funcionamiento democrático global. 

Se trata, en realidad, de una objeción a las posiciones de quienes, como Thomas Nagel o Ronald Dworkin, entienden que el concepto de justicia igualitaria solo tiene sentido si existe una comunidad democrática.

 Ciertamente, un marco democrático de este tipo aumentaría las probabilidades de avanzar hacia la realización de esta concepción. Pero la ausencia de una democracia global no nos impide pensar la justicia en términos globales. 

Por lo que respecta al futuro inmediato y al más lejano, creo que las instituciones más adecuadas para conseguir democracia y justicia en diferentes escalas deberían ser del tipo “cappuccino”: en la escala central va la base fuerte de café, la que da “solidez” a la estructura institucional en su complejidad, ya que sin café no habría cappuccino.

 Pero como tampoco este existiría sin leche y sin cacao, estos ingredientes se distribuyen de modo descentralizado, en el nivel nacional, en el caso de una estructura de tipo europeo, o en el regional, a partir de los municipios, de las asociaciones, y así sucesivamente.

 El hecho de que las exigencias de estabilidad de la arquitectura institucional y la necesidad de evitar la competencia en el plano fiscal y social demanden una fuerte centralidad incluso en los países federales, con competencias diferentes en ámbitos más descentralizados, no debería impedirnos imaginarnos formas de articulación más ambiciosas, más originales y experimentales. 

Estas formas de articulación deberían estar moldeadas a partir de circunstancias y ámbitos concretos. El campo de la sanidad, por ejemplo, podría operar de manera mucho más descentralizada.

 En todo caso, la estabilidad del conjunto solo se reforzará si quienes contribuyen a la redistribución se sienten implicados y comprometidos con una comunidad que lleva adelante un proyecto original.

 Y si, junto a esa base fuerte y amplia de redistribución para todos, existen instrumentos suplementarios y más circunscritos de solidaridad, que promuevan, justamente, un patriotismo solidarista.

 En otros términos, pienso que es posible estar convencido de la importancia de tener instituciones de distribución a nivel europeo, e incluso mundial, que representen una base para todos, y al mismo tiempo adherir a proyectos de cohesión social más ambiciosos en un ámbito más circunscrito.

 Todo esto, en cualquier caso, será posible cuando, en lugar de realizar aproximaciones oportunistas, podamos madurar la adhesión orgullosa a una comunidad política en la que vida sea mejor gracias a la participación común en un proyecto social.  "                (Sin Permiso, 02/04/2012, 'Espaguetis y surf: razones para una renta básica universal en la crisis actual del capitalismo. Entrevista Philippe van Parijs)

27/1/10

fundamentos éticos de la Renta Básica de Ciudadanía

"La Renta Básica. Una medida viable de lucha contra la pobreza

Las grandes desigualdades sociales son un auténtico impedimento para la libertad de muchos millones de personas

Una de las grandes fuerzas morales que puede llegar a suponer la defensa de la Renta Básica es que no solamente apunta a la evidencia de la terrible desigualdad del mundo contemporáneo, sino que apunta también a las menguas de libertad que trae consigo la gran desproporción de las rentas y de las riquezas.
La Renta Básica tiene unos rasgos formales de laicidad, incondicionalidad y universalidad exactamente idénticos a los del sufragio universal democrático. Igual que ocurre con el voto, se tendría derecho a la Renta Básica por el sólo hecho de existir como ciudadano –o residente acreditado—, independientemente del sexo o de la etnia de pertenencia, del nivel de ingresos de que se disponga, de la propia opción sexual o de la confesión religiosa profesada.

Los grandes combates por el sufragio universal y la democracia llevados a cabo en el siglo XIX y primer tercio del XX por las poblaciones trabajadoras –excluidas del mismo por el sufragio censitario defendido de consuno por conservadores y liberales en el siglo XIX— tuvieron ciertamente una buena dosis de instrumentalidad, ya que se deseaba la democracia para poder acceder, se creía, a otros objetivos (el socialismo, la justicia redistributiva, etc.). Pero la lucha por el sufragio universal fue mucho más que una lucha instrumental, porque a la universalidad y a la incondicionalidad del sufragio se les acabó asignando valor por sí mismas, fueran cualesquiera las consecuencias que los muy antidemocráticos liberales y conservadores decimonónicos manifestaban lastimeramente que traía consigo.

Yo creo que la lucha por una Renta Básica de ciudadanía podría llegar a desempeñar en lo venidero un papel parecido. Tiene, desde luego, un lado instrumental, ya que se defiende para acabar con la pobreza y para poner freno y bridas a las políticas neoliberales, es decir, para evitar que el grueso de la población mundial tenga que vivir en la pobreza, quedando a merced de la arbitrariedad de muy pocos ricos. Mas la Renta Básica puede convertirse en algo no instrumental, y su exigencia puede cristalizar en los movimientos sociales y en la opinión pública democrática como un punto irrenunciable de justicia y dignidad, con valor por sí mismo, fueren cualesquiera las consecuencias que los muy antidemocráticos neoliberales y neoconservadores del siglo XXI vociferen que trae consigo.

Una de las grandes fuerzas morales que puede llegar a suponer la defensa de la Renta Básica es que no solamente apunta a la evidencia de la terrible desigualdad del mundo contemporáneo, sino que apunta también a las menguas de libertad que trae consigo la gran desproporción de las rentas y de las riquezas. Igualdad y libertad no son dos objetivos a elegir independientemente uno del otro.

Las grandes desigualdades sociales son un auténtico impedimento para la libertad de muchos millones de personas; y al revés, la falta de libertad de muchas personas, la necesidad cada vez más perentoria en que se hallan las poblaciones trabajadoras de pedir diariamente permiso a los ricos y a los muy ricos para poder subsistir en las condiciones dictadas por éstos, dispara a su vez el ulterior incremento de la desigualdad. Porque la pobreza, en efecto, no es sólo privación y carencia material, diferencia de rentas; es también dependencia del arbitrio o la codicia de otros, quiebra de la autoestima, aislamiento y compartimentación social de quien la padece.

Quien cada vez tiene menos garantizada su existencia material, ve crecientemente menguada su libertad (en forma de “contratos de primer empleo”, precarización, temporalidad, “flexibilidad”, o puro desempleo sin cobertura alguna); y la creciente mengua de su libertad, redunda en el crecimiento de la desigualdad material (en forma de salarios reales descendentes, pensiones de jubilación inciertas, infraestructuras y servicios públicos o privatizados o pauperizados y... ¡beneficios financieros y granempresariales por las nubes!).

Esta desigualdad material está llegando en el país más poderoso del planeta a extremos que son difíciles de justificar incluso para los más conformes con el status quo. Quizás hace falta recordar, como lo hacía el veterano profesor de la Universidad de Maryland, Gar Alperovitz, que en los Estados Unidos actualmente los 2,5 millones más ricos de la población tiene más del doble de ingresos que los 100 millones de estadounidenses con menos ingresos. Que es lo mismo que decir que ¡el 1% de la población más rica dobla los ingresos del 34% del estrato inferior! Una desigualdad tan acusada afecta a la libertad de la mayoría.

Con Philippe Van Parijs he tenido ocasión de conversar sobre lo que fue resumido perfectamente por él mismo en un texto de 1999: “La filosofía política nunca ha sido para mi un juego frívolo que solamente busca hacer distinciones sutiles que permitan lucirse, sino que se trata de una parte esencial de la urgente tarea de reflexionar sobre lo que debe hacerse para conseguir que nuestras sociedades y nuestro mundo sean menos injustos que ahora o simplemente eviten el desastre.”

Este libro que escribieron originalmente en francés Yannick Vanderborght y Philippe Van Parijs y que ahora Paidós ofrece traducido al castellano será sin duda, al menos para quien se niegue a entender la filosofía política como “un juego frívolo que solamente busca hacer distinciones sutiles”, una utilísima herramienta para reflexionar, comprender y aquilatar la Renta Básica como programa de cambio social y político. Una propuesta desde luego destinada a contribuir a que este mundo “sea menos injusto”. Pocos libros ofrecen tanto en tan pocas páginas. (Fragmento del prólogo escrito por Daniel Raventós)

La renta básica. Una medida viable de lucha contra la pobreza.
Paidós, Barcelona, 2006.
Yannick Vanderborght y Philippe Van Parijs

Daniel Raventós"

Enlace: http://www.attacmadrid.org/d/7/060620093836.php