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27/9/19

«En Al-Andalus hubo una cultura laica»... sorprende por su enorme dinamismo social, por su riqueza cultural y por la gran creatividad que se despliega. Podíamos compararlo con la Roma clásica: hay tal explosión de creatividad, de elementos novedosos que se reciclan...

"Después de analizar a fondo la época andalusí en Conquistadores, emires y califas. Los Omeyas y la formación de al-Andalus, entre otras obras, Eduardo Manzano Moreno, historiador y profesor de investigación en el Instituto de Historia del CSIC, dedica su último libro a un hallazgo extraordinario: los anales de un funcionario y cronista de la corte de Al Hakam II, donde se recoge de forma pormenorizada la vida en el califato de Córdoba entre 971 y 975.

La corte del Califa (Crítica) supone así una aproximación privilegiada a la figura de Al Hakam, conocido por poseer una de las mayores bibliotecas de su época y por ser el morador de la suntuosa Medina Azahara, y de quienes le rodeaban en aquel momento de esplendor cultural y económico. Manzano, que parece tan cómodo ante la prensa como ante sus alumnos, se muestra interesado sobre todo en desterrar tópicos desde el principio de la entrevista. Afuera, el sol de Sevilla se antoja el mismo que alumbraba a los almohades.

Al Andalus, ¿es un periodo demasiado idealizado, o nos quedamos cortos a la hora de admirarlo?

No es ni una cosa ni la otra. No se puede hacer una idealización poética, como si se tratara de un periodo, digamos, paradisíaco, donde se concentran muchos mitos. Pero tampoco se puede ignorar que es un periodo que, cuanto más lo investigas, más sorprende por su enorme dinamismo social, por su riqueza cultural y por la gran creatividad que se despliega. Podíamos compararlo con la Roma clásica: hay tal explosión de creatividad, de elementos novedosos que se reciclan… 

Y a los que lo hemos investigado muy bien nos da rabia que haya una especie de barrera cultural, de rechazo a algo que parece que no corresponde a nuestra identidad. Y esa barrera, la gente no siempre está dispuesta a traspasarla.

Volveremos sobre eso, pero lo que parece cierto es que Al Andalus logró conciliar eso que ahora parece tan difícil, como es el desarrollo económico y el esplendor cultural. ¿Cómo lo hicieron?

Es completamente cierto. En el siglo X, que es la época que trato en el libro, hay una prosperidad económica generalizada. Es una época de expansión agraria y comercial, hay una artesanía muy potente también. El Califato centraliza muchos recursos, a través de un sistema fiscal muy desarrollado, y los redistribuye. En ese sentido, funciona como una especie de motor de crecimiento, un centro de demanda que espolea mucha oferta. 

Así, los recursos se redistribuyen, y crea un efecto fuente que llega cada vez a más a capas más bajas… Con los impuestos paga al ejército, a los cortesanos, a los poetas, y estos a su vez los gastan en sirvientes, en adquirir caballos, cerámicas… Así alcanza a todas las capas de la sociedad.

De lo que no estaban libres, ni siquiera en aquella época, era del azote de la corrupción, aunque no fuera comparable a lo de nuestros días…

Cuando tienes cinco millones de dinares, como les entraban todos los años, controlar toda la maquinaria que controlaba esos recursos era muy difícil. Y el califa estaba desesperado por lograrlo. Ve que hay oficiales, recaudadores, que si se decreta una bajada de impuestos, no se lo dicen a la gente y se embolsan la diferencia. Y está quien detrae moneda de la fábrica, y se quedan con una parte.

Hace poco oímos a Vox lanzar mensajes xenófobos, pero solo en nombre de la defensa de una identidad cultural europea. ¿Se puede entender dicha identidad sin el elemento árabe?

Es curioso lo que está pasando: algunos están tratando de secuestrar la identidad europea como algo propio, entroncando con una genealogía harto discutible, porque muchas partes de esa identidad no han surgido precisamente gracias a los elementos más reaccionarios de nuestra sociedad. Lo mejor de la identidad cultural europea se caracteriza por su interés, por su conocimiento del otro, y su deseo de explicar al otro, y hacerlo de manera honesta, rigurosa y equilibradas. Por eso estas visiones sectarias lo que niegan en última instancia es esa tradición cultural, y nos quieren llevar a otra muy limitada, muy alicorta.

En eso juega un papel importante la vieja idea de los mundos irreconciliables, Oriente y Occidente, y del español matamoros que rescata al territorio de los malvados invasores. ¿Qué hay de verdad y de mito ahí?

Es un intento de tratar de reforzar una identidad muy específica a través de la Historia, desde un punto de vista excluyente, parcial y sesgado. Creo que si algo puede permitirnos el desarrollo en el siglo XXI es generar identidades críticas. Mirar al pasado con una visión crítica de nosotros mismos, que nos haga replantearnos. El conocimiento del otro es lo que nos permite no quedarnos anclados en una visión del pasado que hoy no tiene sentido, no ayudan a nadie.

Es usted muy crítico con las tesis de Olagüe. Pero, sin comulgar con sus ideas, ¿es todavía sostenible la idea de invasión pura y dura?

Olagüe era un fascista, para empezar. Un falangista desocupado que tuvo una ocurrencia, que era una barbaridad. Tratar de mantener esas tesis hoy en día, incluso desde posturas muy antagónicas, es tratar de adaptar a nuestro discurso elementos de la Historia que no nos gustan, como una especie de fake news, aunque sea con calzador. Ya sea para venderte a ti mismo y que te inviten a dar conferencias. Si falseas eso, ¿por qué no vas a negar el holocausto, por ejemplo? ¿Dónde queda el conocimiento?

¿No cree, entonces, en la idea de una islamización progresiva? ¿Fue todo campaña militar por parte de señores de tez morena?

Bueno, es evidente que hubo conquistas, nos guste o no. Y como toda conquista, tuvo sus elementos violentos, también pactos, y puso en marcha procesos que se desarrollaron a lo largo del tiempo. No es una invasión, en eso estoy de acuerdo contigo, es una conquista militar por parte del Califato omeya de Damasco, un imperio muy centralizado. 

Si se pudiera comparar con algo, sería con la conquista romana, que a veces se impone por la fuerza, a veces con pactos, y que pone en marcha la romanización. Aquí lo mismo. No se puede minusvalorar la conquista, que debió de ser violenta, y nos consta que hay gente que la rechaza, aunque también quien decide colaborar. Una vez dicho eso, es verdad que la idea de nómadas camelleros que vienen aquí, ya nadie la sostiene.

¿Quiénes eran, entonces?

Los contingentes no fueron cientos de miles, serían decenas de miles… Y hay que acabar con la idea de una conquista realizada por unos salvajes, tribus enloquecidas. Todo lo que sabemos es que son conquistas muy bien organizadas, que ponen en marcha rápidamente una organización potente, como se ve en los papiros de primera época que se han encontrado en Egipto. 

Pero tampoco hay duda de que la conquista divide rápidamente a la sociedad entre conquistadores y conquistados. ¿Qué ocurre? Lo comparo todo con el big bang: hay muchos elementos que se van conjuntando para crear una realidad muy distinta al origen. Claro que de ahí a, como pretenden algunos, que tengan que pedirnos perdón…

Fue Aznar quien dijo eso. ¿Cómo lo califica un experto?

Aznar es el típico exponente del pensamiento conservador español, convencido de que la nación española surge con la Reconquista, y que este país está en lucha con el islam desde el siglo VIII hasta nuestros días. Y mucha otra gente aboga por eso, publicistas, periodistas, profesores universitarios… Un mensaje político que refuerza esa identidad del nosotros contra ellos. Una identidad muy sectaria, como decía antes, que no sirve para planificar bien el futuro.

También hay un andalucismo que sublima esta época en sentido contrario. Y desde el mundo musulmán, se ha llegado incluso a pedir la devolución del territorio. ¿De qué beben esas otras mitologías?

Es una cosa muy potente. Las identidades conforman el pasado, y no al revés. Lo condicionan. Adaptamos el pasado para que sea un nosotros contra ellos. Frente a eso, tenemos que tratar de buscar el pasado como fuente de conocimiento y elemento crítico que nos haga dudar de nuestras identidades. No nos vendría mal en esta época de exacerbación dudar un poco de nuestras certezas. 

La Historia es un proceso de cambio continuo. Frente a los que tratan de decir que hay una esencia inmutable en el tiempo, la Historia nunca se detiene. No hay nada estático. Por eso soy contrario a los mitos y a los tópicos, que no te dejan comprender nada. Solo se refuerza en lo que ya piensa. El conocimiento histórico solo tiene razón de ser cuando nos cuestiona. Solo cuando lo entiendes, todo tiene sentido.

Una de las revelaciones de su libro es que se han hallado dinares andalusíes hasta en el condado de Barcelona. ¿Por qué no llegaron más lejos, hasta el norte de Europa, como otras monedas árabes de la época?

Curiosamente no fueron más allá, no les dio tiempo. Al norte de Europa llegan las monedas de los abasíes, que hacen todo un camino a través de Rusia, hasta Escandinavia. Allí se están encontrando cientos de miles de monedas, en Suecia, en Noruega, en Dinamarca… Al Andalus no duró tanto, y esas monedas estaban relacionas seguramente con el tráfico de esclavos.

¿Hablamos, en todo caso, de la primera vía comercial entre el Norte de África y Europa?

Ese es un tema que me interesa mucho. En el siglo VII y VIII, el comercio se interrumpe. Dicen que fue por las conquistas árabes, pero parece que no fue por eso. Y durante bastante tiempo no hay contactos comerciales. Se reanuda en el siglo X, y parece que la primera mercancía que empieza a recomponer esas redes son los esclavos. Es otra cosa que no nos gusta, pero yo no me puedo inventar que en Medina Azahara no había esclavos ni eunucos. Pero a partir de ahí comienzan a intensificarse lo que serían las grandes rutas comerciales medievales, que se enriquecerían con otros productos.

¿Qué lugar real ocupaba la religión en la estructura social de la época?

Eso también es muy interesante, Estamos muy distorsionados por las fuentes que tenemos, escritas por una clase ilustrada, para la cual la religión sería importante. Pero cuando tenemos atisbos, vemos que la religión no lo era todo en esta sociedad, y que hay una cultura laica, mucho más permeable. No siempre lo vemos bien, tenemos la religión muy omnipresente, pero no era sí…

Como la tenemos también hoy con el mundo árabe actual, ¿no?

Es una manera de definir al otro diciendo: “Claro, estos son unos fanáticos, le gente está rezando desde que se levanta hasta que se acuesta…” Y no es verdad, claro. Tenemos fogonazos, por ejemplo algunas sentencias que condenan el hecho de que los musulmanes vayan a celebrar la Navidad con los cristianos. Si lo condenan, es porque la gente lo hacía, cenaban juntos, se intercambiaban regalos. Pero los ulemas de Córdoba les decían que no se mezclaran. La religión levanta estas barreras, pero vemos también un cierto golferío [risas], donde se ve que la gente se está… frotando [risas].

Estamos acostumbrados a una Historia en masculino. ¿Dónde está la mujer aquí?

En las sociedades medievales, la mujer está excluida del espacio público. Pertenece al privado, donde sí parece que jugó un papel importante, pero no lo podemos ver. En la crónica que yo trabajo en mi libro, prácticamente no hay ninguna mujer. ¿Eso quiere decir que las mujeres no existían? Claro que existían, pero no las vemos, no podemos documentarlo. Cuando salen datos, no suelen ser siempre positivos.
¿En qué sentido?

La mujer del Califa concentra gran parte de la maledicencia. Pero hubo mujeres importantes como fundadoras de mezquitas, instituciones benéficas… Sabemos que manejaban sus propios patrimonios, pero la andalusí es una sociedad patriarcal, donde el mantenimiento del honor está vinculado al mantenimiento de la reclusión de las mujeres,

¿Aunque el erotismo asome en la literatura y el arte?

Claro, el erotismo aparece siempre, aunque en época andalusí el erotismo es con esclavas, curiosamente. Hay una tesis bonita, según la cual las mujeres esclavas, paradójicamente, tenían más libertad en lo que a costumbres se refiere, que las libres."                       (Entrevista a Eduardo Manzano Moreno, Alejandro Luqe, m'sur, 15/09/19)

14/12/17

Lo realmente determinante ahora es la enorme dependencia que algunas autoestimas europeas tienen de la denigración del demonio español. Rechazan la diversidad. Lo contrario de lo que España significa, el mestizaje...

"(...) El desgraciado procés catalán ha sido la tormenta que ha desenterrado los cadáveres nada exquisitos de una hispanofobia demasiado buena para que vayan a dejarla pasar ahora quienes tanto provecho le sacaron históricamente. 

El camino había sido allanado en buena parte por unos diputados nacionalistas vascos y catalanes que habían trabajado con insistencia cultivando esta leyenda negra. 

 Propagaron el mito de que la cultura democrática de los catalanes o de los vascos era muy superior a la española y tuvo buena acogida, una falsedad que ha sabido aprovechar los complejos generados por una leyenda negra tristemente asumida y que funciona. Pero el mito del talante democrático vasco o catalán enfrentado al supuesto caciquismo católico castellano no tiene más base que el voluntarismo de los propios nacionalistas y de quienes han decidido creerles.

ERC cuenta en su haber con dos golpes de Estado, ambos ejecutados en democracia (1934 y 2017), y ha trabajado últimamente junto con Convergencia para que su versión se conociera en las instituciones europeas. Que el independentismo catalán jugase sus cartas en Bruselas y finalizara con el inventado exilio del fugado Puigdemont es un acierto estratégico. 

Oficialmente insistieron en que la elección de la jurisdicción belga vino dada por su garantismo. Pero hubo sólo una estelada esos días en el Parlamento: en la bancada de la extrema derecha flamenca.

Hay dos partidos nacionalistas flamencos: N-VA y Vlams Belaang, uno moderado y otro radical. Sólo este último expresó abiertamente su apoyo a Puigdemont, aunque dos miembros de N-VA (Francken y Jambon) manifestaron más o menos lo mismo y provocaron una crisis en el Gobierno belga. 

Jambon cuestionó el comportamiento del Gobierno español y dijo que España podría haber colocado las leyes nacionales por delante de la convención de los Derechos Humanos y otras leyes “que están por encima” de la española en su gestión del proceso separatista. El caso más reciente de las solicitudes de información sobre las prisiones españolas ha caído, incluso, en el esperpento.

Pero lo cierto es que no había mejor lugar para buscar apoyo que en uno de los corazones de la hispanofobia tradicional. El otro es Reino Unido, país cuya derecha más extrema también ha sido particularmente hostil durante estas semanas de campaña de desprestigio contra España. 

Ha sido así sin disimulo en el Parlamento, con intervenciones furibundas como la del diputado James Carver, y lo ha sido en los medios de comunicación. No es de extrañar que las alegaciones de Puigdemont fueran apoyadas con un dossier de prensa con recortes de Le Soir belga y el británico The Guardian.

La pervivencia de los estereotipos antiespañoles depende mucho más de ellos que de nosotros. Podemos haber asumido acríticamente los tópicos hispanófobos, creados en la lucha secular contra la hegemonía española, pero lo realmente determinante ahora es la enorme dependencia que algunas autoestimas europeas tienen de la denigración del demonio español, notablemente la comunidad flamenca. 

Alguien tendrá que decirles que muchos de los famosos Tercios de Flandes estaban formados mayormente por flamencos y que españoles había más bien pocos. Alguien debería contarles que lo que ellos estudian de forma contumaz en las escuelas como una lucha épica por la libertad contra el español, fue una guerra civil que convirtió a los perdedores en ciudadanos de segunda por siglos. Sólo tienen que mirar a su alrededor para verlos. 

Bélgica es hoy una democracia difícil, en la que a duras penas cohabitan en régimen de mutuo apartheid dos comunidades que se odian entre sí. No han acertado a hacer de sus diferencias algo beneficioso. Exclusión, odio, incapacidad para relacionarse y hasta para procrear con el otro. Familias rotas.

 Exactamente lo mismo que ha producido el secesionismo catalán, como hizo el vasco de forma tan cruenta. La lucha contra la lengua del otro, la búsqueda consciente de su aniquilación. El rechazo a la diversidad. Es aproximadamente lo contrario de lo que España significa, siempre orgullosa de su diversidad, de sus lenguas, de sus razas, de su mestizaje. Lo que quiere significar Europa, precisamente.

Esto es lo que tenemos enfrente nos guste o no. No lo hemos elegido, pero está ahí. Si permitimos que los prejuicios que existen sobre nosotros nos afecten, se debilitarán nuestras convicciones democráticas y nuestra defensa de la legalidad. 

Así, la caja de truenos que ha estallado en Cataluña en forma de nacionalismo excluyente se extenderá no sólo al resto de España, sino también al resto de Europa, donde en cada casa hay al menos un fantasma tribal. 

Lo que hay que defender aquí afecta a España y a Europa entera, a saber, que la democracia es el imperio de la ley y que la nuestra —la española y las otras— es lo suficientemente fuerte como para resistir los envites de los populismos nacionalistas. Y tenemos que hacerlo, por nosotros y por todos los europeos, tanto si nos ayudan como si no.

Hace cinco siglos España propuso a Europa el proyecto erasmista de la Universitas Christiana. Ahora, pararle los pies al nacionalismo es la mejor ofrenda que podemos hacer los españoles al proyecto europeo más importante de los últimos 100 años."               

(Ma, eurodiputada integrada en el grupo de la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa, , autora de ‘Imperiofobia’ (Siruela). El País, 05/12/17)

17/10/17

Les gusta tanto el pintoresquismo de nuestro atraso que se ofenden si les explicamos que no vamos a misa, que las mujeres tienen una presencia social activa, que el matrimonio homosexual fue aceptado con una naturalidad asombrosas, que hemos integrado, sin erupciones xenófobas, a varios millones de emigrantes...

"Me pasó la última noche de septiembre en Heidelberg, pero me ha pasado igual con cierta frecuencia en otras ciudades de Europa y de América, incluso aquí, dentro de España, en conversaciones con periodistas extranjeros.

 Muchas veces, en épocas diversas, con una monotonía en la que solo cambia el idioma y el motivo inmediato, me ha tocado explicar con paciencia, con la máxima claridad que me era posible, con voluntad pedagógica, que mi país es una democracia, sin duda llena de imperfecciones, pero no muchas más ni más graves que las de otros países semejantes.

 Me he esforzado en dar fechas, mencionar leyes, cambios, establecer comparaciones que puedan ser útiles. En Nueva York he debido recordarle a personas llenas de ideales democráticos y condescendencia que mi país, a diferencia del suyo, no admite la pena de muerte, ni la cadena perpetua, ni el envío a prisión de por vida de menores de edad, ni la tortura en cárceles clandestinas.

Fuera de España uno a veces tiene que dar explicaciones de historia, y hasta de geografía. Hasta no hace mucho tiempo, un ciudadano español tenía que explicar, aun sabiendo que había grandes posibilidades de que no se le hiciera ningún caso, que el País Vasco no se parece al Kurdistán, ni a Palestina, ni a las selvas de Nicaragua en las que los sandinistas resistían al dictador Somoza. 

Uno explicaba que el País Vasco es uno de los territorios más desarrollados y con más alto nivel de vida de Europa; y además que dispone de un grado de autogobierno y hasta soberanía fiscal muy superior a la de cualquier Estado o región federada del mundo. Lo más que se conseguía era una sonrisa cortés, aunque también incrédula.

Una parte grande de la opinión cultivada, en Europa y América, y más aún de las élites universitarias y periodísticas, prefiere mantener una visión sombría de España, un apego perezoso a los peores estereotipos, en especial el de la herencia de la dictadura, o el de la propensión taurina a la guerra civil y al derramamiento de sangre. 

El estereotipo es tan seductor que lo sostienen sin ningún reparo personas que están convencidas de sentir un gran amor por nuestro país. Nos quieren toreros, milicianos heroicos, inquisidores, víctimas. Nos aman tanto que no les gusta que pongamos en duda la ceguera voluntaria en la que sostienen su amor.

Aman tanto la idea de una España rebelde en lucha contra el fascismo que no están dispuestos a aceptar que el fascismo terminó hace muchos años. Les gusta tanto el pintoresquismo de nuestro atraso que se ofenden si les explicamos todo lo que hemos cambiado en los últimos 40 años: que no vamos a misa, que las mujeres tienen una presencia activa en todos los ámbitos sociales, que el matrimonio homosexual fue aceptado con una rapidez y una naturalidad asombrosas, que hemos integrado, sin erupciones xenófobas y en muy pocos años, a varios millones de emigrantes.


La otra noche, en Heidelberg, la víspera del ya célebre 1 de octubre, en medio de una cena muy grata con profesores y traductores, tuve que repetir mi explicación, con una vehemencia que me hizo sobreponerme al desánimo. Una profesora alemana me dijo que, según le acababa de contar alguien de Cataluña, España era todavía “Francoland”. 

Le pregunté, tan educadamente como pude, qué sentiría ella si alguien decía en su presencia que Alemania es todavía Hitlerland. Se ofendió enseguida. Tan calmadamente, tan pedagógicamente como pude, le aclaré lo que no tiene que aclarar nunca ningún ciudadano de ningún otro país avanzado de Europa: que España es una democracia, tan digna y tan imperfecta como Alemania, por ejemplo, y tan ajena como ella al totalitarismo; incluso más, si atendemos a los últimos resultados electorales de la extrema derecha. 

Si, según su informante catalana, seguíamos en la tierra de Franco, ¿cómo era posible que Cataluña dispusiera de un sistema educativo propio, un Parlamento, una fuerza de policía, una radio y una televisión públicas, un instituto internacional para la difusión de la lengua y la cultura catalanas? El reconocimiento de la singularidad de Cataluña era tan prioritario para la naciente democracia española, le dije, que la Generalitat se restableció incluso antes de que se aprobara la Constitución. 

Extraño país franquista el nuestro, tan opresor de la lengua y de la cultura catalana, que elige una película hablada en catalán para representar a España en los Oscar.

Quien ha vivido o vive fuera de nuestro país conoce lo precario de nuestra presencia internacional, la asfixia presupuestaria y el mangoneo político que han malogrado tantas veces la relevancia del Instituto Cervantes, la falta de una política exterior ambiciosa a largo plazo, de un acuerdo de Estado que no cambie desastrosamente de un Gobierno a otro.

 La democracia española no ha sido capaz de disipar los estereotipos de siglos. Los terroristas vascos y sus propagandistas supieron aprovecharse muy bien de ellos durante muchos años, precisamente aquellos en los que éramos más vulnerables, cuando a los pistoleros más sanguinarios se les seguía concediendo en Francia el estatuto de refugiados políticos.

De modo que a los independentistas catalanes no les ha costado un gran esfuerzo, ni un gran despliegue de sofisticación mediática, volver a su favor en la opinión internacional eso que ahora todo el mundo se ha puesto de acuerdo en llamar “el relato”. 

Lo habían logrado incluso sin la colaboración voluntariosa del Ministerio del Interior, que envió a policías nacionales y guardias civiles a actuar de extras en el espectáculo amargo de nuestro desprestigio. Pocas cosas pueden dar más felicidad a un corresponsal extranjero en España que la oportunidad de confirmar con casi cualquier pretexto nuestro exotismo y nuestra barbarie. 

Hasta el reputado Jon Lee Anderson, que vive o ha vivido entre nosotros, miente a conciencia, sin ningún escrúpulo, sabiendo que miente, con perfecta deliberación, sabiendo cuál será el efecto de su mentira, cuando escribe en The New Yorker que la Guardia Civil es un cuerpo “paramilitar”.

Como ciudadano español, con todo mi fervor europeísta y viajero, me siento condenado sin remedio a la melancolía, por muy variadas razones. Una de ellas es el descrédito que sufre el sistema democrático en mi país por culpa de la incompetencia, la corrupción y la deslealtad política.

 Otra es que el mundo europeo y cosmopolita en el que personas como yo nos miramos y al que hemos hecho tanto por parecernos prefiere siempre mirarnos a nosotros por encima del hombro: por muy cuidadosamente que queramos explicarnos, por mucha aplicación que pongamos en aprender idiomas, a fin de que se entiendan bien nuestras explicaciones inútiles."               ( , El País, 13/10/17) 

6/8/15

La Francia liberal e igualitaria se asemeja mucho a Andalucía y Castilla la Nueva, donde está el corazón liberal y un poco anarquista de España

"(...) R. Mire, estoy muy contento de poder hablar con la prensa italiana y española para poder desvelar a nuestros socios del Sur el misterio de la Francia de hoy [se ríe]: por qué Francia apoya a Alemania para que tenga a Europa bajo su bota. Porque Alemania nunca hubiera podido imponer su política de austeridad sin el acuerdo francés. Lo que dice mi libro es que hay dos Francias. 

Una es la Francia liberal e igualitaria (dos tercios del país). Está en el corazón de la cuenca de París, con estructura familiar liberal e igualitaria y que (ya sé que es sorprendente) se asemeja mucho a Andalucía y la nueva Castilla, donde está el corazón liberal y un poco anarquista de España. Tolerante y descristianizada. Y esa es la Francia de la Revolución y el laicismo. 

 Pero hay otra Francia, la periférica (al oeste de los Pirineos, el sur y el este de la región central, el Ródano, Lorena, Alsacia…). Ahí la estructura familiar es troncal, al igual que todo el arco del norte de España entre Cataluña y Galicia. En esta otra Francia, católica hasta hace 50 años, antirrevolucionaria, monárquica, antisemita y vichista. Ahora domina esta última germanófila, autoritaria y amante del euro y la austeridad. Lo que yo pretendo es denunciar esa estafa.

P. Me parece que en el Sur estamos más inquietos a ese respecto con el Frente Nacional que no con la izquierda francesa.

R. El FN no es una amenaza para ustedes. Es horrible, sí. Pero la cuestión es que la inversión es completa. Nuestra situación es como si el FN dominara Andalucía o que el PSOE fuera fuerte en Castilla y León, base histórica del franquismo.

P. ¿Es la laicidad la nueva religión de Europa?

R. Creo que tanta reivindicación de la laicidad demuestra que atravesamos una crisis metafísica, religiosa. La reacción a los atentados de enero fue inmensa, lo que sobrerrepresentó el fenómeno terrorista. Pero el problema no es el islam, sino la crisis terminal del catolicismo. 

Francia vive en la ilusión de que es racional y moderna, que progresa en libertad y valores positivos (emancipación de la mujer, matrimonio homosexual…), pero detrás de toda esa satisfacción hay una angustia subterránea porque por primera vez la humanidad vive sin ninguna creencia metafísica.

P. ¿Acaso la religión es una necesidad intrínseca del ser humano?

R. La gente no puede vivir sin una creencia colectiva. El individuo es otra cosa. El neoliberalismo es para mí una concepción religiosa sobre el mercado absoluto. El fracaso económico, el fracaso del mercado y del euro ha producido una crisis metafísica. Hemos elegido el islam como objetivo de todos nuestros males. Eso nos permite comprender esa movilización increíble, de fe colectiva…

P. En su libro critica duramente el “laicismo radical”.

R. El laicismo radical no es laicidad. Cuando yo era niño, en la escuela laica había capellanes católicos y los viernes se comía pescado aunque nadie supiera por qué. Era una escuela relajada respecto al hecho religioso. Porque la laicidad no es una creencia negativa. Es más bien indiferencia. La situación es hoy muy distinta y acusamos constantemente a los militantes del islam.

P. ¿Cuál es el corazón de Europa?

R. Es Alemania. No hace falta ser antropólogo para saberlo. Alemania en su estructura fundamental familiar es troncal y un tercio es católico, así que un tercio es católica zombi [recientemente descristianizado]. Esa parte es la que instintivamente defiende la austeridad, la autoridad y la disciplina. Yo diría que el catolicismo zombi es el fundamento ideológico de la eurozona.

P. Su idea de Europa es bien distinta al ideal eu­ropeo tradicional.

R. En toda sociedad occidental hay un Charlie durmiente que puede despertar en cualquier momento. La eurozona está paralizada. Vive una mezcla de crisis económica y religiosa porque el euro es el nuevo dios. En el vacío de creencias hay que inscribir también los movimientos secesionistas de Escocia y Cataluña. Es el intento de reconstruir la identidad en esa nación periférica. 

Hubo un sueño europeo, pero en 2015 tenemos ya la certeza absoluta de que el euro es un fracaso monstruoso, aunque sigue siendo, todavía, una religión. Continuamos haciendo sacrificios. Es una crisis religiosa en la crisis religiosa, y es en ese contexto en el que todas las clases medias francesas, cuatro millones, se movilizan [las manifestaciones en Francia reunieron a cuatro millones de personas el 11 de enero contra los atentados]. Es la angustia.

 Y lo peligroso es que esa gente hipermovilizada no está preparada todavía para abandonar el euro. Hay una gran obstinación en mantener esa religión monetaria y hay una gran islamofobia en esas clases medias movilizadas.

P. Tanto el islam como el judaísmo son religiones minoritarias con escaso poder en nuestras sociedades. ¿Dónde está la razón profunda de la islamofobia y el antisemitismo?

R. La posguerra europea, como la transición española, nos hicieron perder la noción de la historia. Estamos viviendo la continuidad. Mire, a mí me trastornó especialmente la matanza en el supermercado judío, el Hyper Cacher. Resistí la tentación tras las matanzas antisemitas anteriores. 

Esta es la primera vez que escribo un libro en tanto que judío. Porque es verdad que hay antisemitismo en los barrios y, sobre todo, en los medios islamistas, pero soy historiador y sé que el único continente que ha masacrado a los judíos es Europa. Jamás ha habido algo parecido en el mundo árabe.

 En mi libro trato de demostrar esa interacción perversa entre la islamofobia y el antisemitismo. Más islamofobia traerá más antisemitismo. Es una trampa de la neo-República, en la que los débiles luchan unos contra otros. El catolicismo zombi en el poder desciende de los antisemitas. (...)"      (Entrevista a Emmanuel Todd, Sociología crítica, 06/07/2015)

8/4/15

Por qué Corea creció y por qué España se desindustrializó

"Esta semana el economista Alejandro Hidalgo publicó en este medio un muy interesante blog, Mi querida España. 

A partir de distintos datos aportados por el autor se concluía que la productividad total de los factores creció en nuestra querida España desde los años 50 hasta la segunda mitad de los 80. Desde esa fecha se observa una caída continuada que se acelera a partir de 1996, inicio de la burbuja inmobiliaria. (...)

Siguiendo el análisis del economista Ha-Joon Chang, España desde mediados de los 80, justo con la entrada en vigor del Tratado de Adhesión a la Comunidad Europea, es un ejemplo de por qué el libre mercado y la globalización, tal como se ha diseñado no funciona. 

Se exigió a España una reconversión industrial y una liberalización y apertura de sus mercados de bienes y servicios, que unidos a la libre movilidad de capitales, acabó siendo absolutamente nefasta para nuestro devenir futuro. El papel que nos “asignaron” implicaba una desindustrialización masiva, una tercerización de la economía y una bancarización excesiva. 

Las propuestas de Chang no son anti-capitalistas, sino críticas con un tipo particular de capitalismo, el de libre mercado. Su flanco principal de ataque son las políticas ortodoxas promovidas por las instituciones financieras internacionales -FMI, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio-. 

Contrario a la ortodoxia económica Chang propone que los países en desarrollo, tal como era España a principios de los ochenta, se debían integrar en la economía mundial con políticas industriales selectivas, protegiendo industrias nacientes y regulando las finanzas nacionales e internacionales. 

Justamente lo contrario a lo que finalmente acabó haciéndose y que terminó con un intenso proceso de desindustrialización de nuestro país, salvo esa isla llamada País Vasco. Y de aquellos barros estos lodos.  (...)

En Kicking away the ladder (2003) Chang sostiene que los países desarrollados que hoy claman por la apertura de los mercados y la desregulación – Reino Unido, Estados Unidos, y el G7- históricamente utilizaron políticas proteccionistas para desarrollar sus industrias y aprovechar sus ventajas comerciales. 

 Sin embargo, una vez que lograron posiciones de privilegio, se “olvidaron” de cómo ellos alcanzaron la riqueza, evitando que otros países en desarrollo sigan el mismo camino. La protección de industria locales, la regulación del comercio y la inversión extranjera, fueron las prácticas que estos países aplicaron durante años, y que sólo desde la segunda mitad del siglo XX cambiaron de posición.   (...)

En Bad Samaritans. The myth of free trade and the secret history of capitalism (2007), Chang destroza una de las hipótesis centrales de la economía clásica: la creencia que la libertad de comercio, los mercados privados y la inversión internacional mejoran los niveles de vida. 

Aquí su crítica es brutal, irónica. Tal como señala, es totalmente ingenua y simplista la manera en que las instituciones financieras internacionales establecen recetas homogéneas para el desarrollo económico en todo el mundo. Chang cuestiona la comprensión ideológica del libre mercado dominante, lo que unido a la poca atención que prestan a la historia la mayoría de los economistas, les lleva a imponer políticas erróneas. 

La propuesta uniforme de reducción del tamaño del gobierno, privatización de empresas públicas, inflación baja, y disciplina fiscal que promueve el FMI, hacen un flaco favor a países en desarrollo, y un tremendo favor a los  “malos samaritanos”. Sólo Asia, muy especialmente países como China, Corea o Singapur, lo entendieron. De ahí su desarrollo actual. (...)

Chang analiza el caso de su país de origen, y concluye que, a diferencia de España, Corea en las últimas décadas hizo crecer diversas industrias nacientes gracias a aranceles, subsidios y otras formas de apoyo hasta que fuesen lo suficientemente fuertes para soportar la competencia internacional. 

Todos los bancos estaban en poder del gobierno, por lo que podía dirigir el crédito a los distintos sectores productivos. Algunos grandes proyectos fueron ejecutados directamente por las empresas estatales, aunque el país tenía un enfoque pragmático, más que ideológico, en lo que respecta a la propiedad estatal de los medios de producción. 

Si las empresas privadas trabajaban bien, perfecto. Pero si no invertían en sectores importantes, el gobierno no tenía ningún reparo en crear empresas estatales. Y si las empresas estaban mal dirigidas, el gobierno las adquiría, las reestructuraba, y por lo general luego las vendía.

El gobierno coreano también tenía el control absoluto sobre el comercio exterior. También controlaba fuertemente la inversión extranjera, acogiendo con los brazos abiertos las inversiones en algunas áreas y cerrando completamente sus puertas a otras, de acuerdo con los imperativos del plan nacional de desarrollo. 

Como señala Chang, "el milagro coreano fue el resultado de una mezcla, inteligente, pragmática, entre el aguijón del mercado y el dirigismo económico.  

El gobierno coreano no mató al mercado como lo hicieron los estados comunistas. Pero tampoco tenía una fe ciega en el mercado. Aún tomando el mercado en serio, la estrategia coreana le aplicaba correctivos gracias a la acción pública.” Todas estas lecciones básicas fueron olvidadas por nuestros dirigentes y así nos ha ido."               (Juan Laborda, Vox Populi, 25/03/2015)

14/5/14

En España, Rusia y Portugal se ha creado un tipo superior de civilización, desconocido en otras partes del mundo: el sufrir por el mundo.

"(...) el porvenir de Rusia está en Europa y el de Europa en Rusia. Esto quiere decir que, a corto plazo, hablando en términos históricos, el único camino de futuro que se presenta a la encrucijada rusa y a la ruina de la mayor parte de países europeos para mayor gloria de Alemania está en la integración en una magna empresa político-económica europea, que abarque desde Lisboa a Vladivostok.(...)

A propósito de esta idea tan tranquilizadora para el espíritu colectivo como tan necesaria para la paz mundial, es sumamente sugestivo recordar el sueño que tuvo el gran Fyodor Dostoyevsky cuando, medio adormilado ante un hermoso cuadro de Claude Lorraine en el museo de Dresde que refleja “una puesta de sol imposible de expresar en palabras”, concibió la grandiosa misión eslava de Rusia, salvando a Europa de su decadencia.

“El francés no era más que francés, el alemán, alemán; jamás el francés ha hecho tanto daño a Francia, ni el alemán a Alemania, sólo yo en tanto que ruso era entonces, en Europa, el único europeo. No hablo de mí, hablo de todo el pensamiento ruso. 

Se ha creado entre nosotros, en el curso de los siglos, un tipo superior de civilización desconocido en otras partes que no se encuentra en todo el universo: el sufrir por el mundo. 

Ese es el tipo ruso de la parte más cultivada del pueblo ruso, pero que contiene en sí mismo el porvenir de Rusia. Tal vez no seamos más de un millar de individuos, tal vez más o tal vez menos. Poco para tantos millones, pero según yo no es poco”. ¿Puede acaso alguien presumir hoy de ser tan europeo como Dostoyevsky o de esas élites rusas que describe?

El sueño de Dostoyevsky no sólo significó un llamamiento a las élites rusas, que hasta ahora ha sido desoído, sino sobre todo una admonición a las minorías culturales europeas que se permitían aires de superioridad sobre el alma eslava. Sin embargo, aquella angustiosa apelación a las elites rusas ha tenido eco especial en España. Si eran pocos los individuos rusos conscientes de este maravilloso destino de su país, menos aún había en los países europeos. Siendo así que los dos pueblos europeos más alejados espacialmente de Rusia, como son España y Portugal, estaban mejor preparados que todo el resto de Europa para comprender el insólito mensaje de Dostoyevsky. (...)

No hace falta tener grandes conocimientos de economía para darse cuenta de lo que es obvio: una unión económica, que no monetaria –porque el euro es un auténtico desastre para todos sus miembros excepto para Alemania–, entre la UE y Rusia daría lugar a la mayor potencia mundial, incluso sin el Reino Unido. No porque la suma de los PIB, algo irrelevante, diera lugar al mayor del planeta, sino porque la complementariedad y las gigantescas sinergias entre la Federación Rusa y la Unión Europea harían crecer como la espuma a sus países, al contrario que la situación actual, donde el expolio inmisericorde alemán de los países periféricos está empobreciéndolos hasta límites absolutamente inaceptables, algo que jamás ocurriría si existiera una federación con Rusia.
Este es un tema crucial para nuestro futuro como nación, para nuestra pobreza o para nuestra riqueza, y sobre el que el ignorante egoísmo que nos gobierna ni siquiera se ha percatado.  (...)"             (Roberto Centeno, El Confidencial, 07/04/2014)

3/9/12

Si la Unión Europea no sirve, ¿Por qué no una Unión Latina?

"Un club mediterráneo.

Si Italia, España, Portugal, Irlanda y Grecia, o simplemente las tres primeras, fundasen, o más bien relanzasen, un club del Mediterráneo que tuviese sus propias reglas e instituciones comunes, las cuales mantendrían la presencia de aquellas en la Unión Europea y en la zona euro no como Estados sueltos sino como club, el contragolpe sería fuerte, muy fuerte incluso. 

Prosigo con mi ejemplo: ¿y si los países del club estableciesen relaciones de amistad económico-política, de consulta mutua, con otros países mediterráneos --Argelia, Marruecos, Libia, Egipto, Israel, Turquia--, relaciones que existen ya, pero que entonces no se encarnarían más en los países que formasen el club, sino en el club mismo en cuanto interlocutor único?

¿Y si se pudiese llegar a acuerdos parecidos con toda la zona de habla latina de América central y Sudamérica, principalmente Argentina, Brasil, Uruguay, México? Argentina y Brasil ya han manifestado su disponibilidad a estudiar y establecer relaciones de ese tipo. 

Un club mediterráneo, ¿no podría tomar la iniciativa en este sentido? Si bien los intereses y la imaginación sugieren nuevos horizontes, no hay que excluir que la Europa federal se ponga en marcha de nuevo. Quizá haga falta saber soñar para afrontar las realidades más duras."     (Presseurop, 31 agosto 2012, La Repubblica Roma)

29/6/12

Preguntémonos si es deseable pertenecer al euro y a la UE, ahora que Europa central con Alemania a la cabeza insiste en reactivar los mismos milenarios estereotipos racistas sobre los pueblos del sur

"Dentro y fuera, opresora y oprimida, España ha sido siempre un istmo, a caballos entre Europa y África, Oriente y Occidente, el Islam y la cristiandad, el Mediterráneo y el Atlántico, la Europa Blanca y el Magreb. La idea de “la reconquista” nos deformo para siempre la mirada y nos “enseñó”, como ha mostrado Juan Goytisolo desde La reivindicación del Conde Don Julián en adelante, a reprimir todas esas Españas que como en un palimpsesto informan quiénes fuimos y, por lo tanto, quiénes somos todavía y, sobre todo, quiénes podemos ser.

 La entrada en la Unión Europea no ha hecho más que exacerbar esa mirada impuesta por la Europa blanca y cristiana, la misma que preconizaban los de la unidad de destino en lo universal y el hispanismo castizo, la misma que “inventa” el racismo y, a la vez, se pretende inmune a él dentro de sus fronteras.

 Entrar en la Unión Europea ha supuesto para España una lobotomía cultural según la cuál nuestra misión en la división Europea del trabajo es vigilar las fronteras de esa “fortaleza cultural europea”, asegurarnos de que sigan llegando migrantes de África sin papeles para poder ser explotados cuando hacen falta y deportarlos cuando no son necesarios como ahora. Lampedusa en Italia, Ceuta y Melilla en España son las torres vigías de esa política neocolonial de la fortaleza capitalista europea. 

Por eso, preguntemos ahora no sólo si permanecer en el euro y en la Unión Europea es viable y deseable, sino también si queremos pertenecer y en qué condiciones a esa estructura cultural de la Europa del capital neocolonial. No esperemos, preguntemos ahora que Europa central con Alemania a la cabeza insiste en reactivar los mismos milenarios estereotipos racistas sobre los pueblos del sur. 

Desde el mismo acrónimo (PIIGS, "cerdos" en inglés) pasando por los manidos lugares comunes de la siesta española, la pereza griega, la sensualidad improductiva de los pueblos del Mediterráneo o su carácter despilfarrador la cultura nunca es inocente, la usura de los bancos alemanes no se justifica sola, necesita de estas narrativas para naturalizar la imposición del ajuste neoliberal y finiquitar las pocas, pero cruciales, conquistas sociales que hemos heredado del largo y sangriento siglo XX: el derecho a la educación y a la salud. 

¿Queremos pertenecer a esa Europa? ¿Por qué añorar la pertenencia a una Europa que o nos abandonó a nuestra propia suerte con la pantomima de la no intervención o intervino militarmente en apoyo al fascismo durante la guerra civil? ¿Queremos vincularnos con la misma Francia que puso en campos de concentración a los refugiados republicanos españoles en Argelés-sur-mer? ¿Por qué no honrar la memoria del México de Cárdenas que apoyó con armas a la República y dió techo y comida a miles de españoles cuando no teníamos dónde caernos muertos? ¿Queremos pertenecer a la misma Alemania que importó miles de trabajadores españoles en los años sesenta y los puso a vivir, como se relata en el extraordinario documental El tren de la memoria, separados por sexos en los abandonados barracones de los campos de concentración nazis? 

Me dirán que Europa también es la Revolución francesa, Rosa de Luxemburgo, Bertolt Brecht, pero resulta que la Europa que nos tiene de rodillas ante los mercados financieros, la Europa que nos ha obligado a renunciar a nuestra soberanía para pagar a los acreedores de la deuda no es precisamente la de sus tradiciones revolucionarias ni la de sus culturas de resistencia.

 En cualquier caso, creo que junto con la salida ordenada del euro y la convocatoria de un proceso político constituyente que nos libere de la dominación del capital financiero, es necesario empezar a discutir, en lugar de asumir automáticamente, cuáles son nuestras coordenadas culturales."                (Rebelión, 27/06/2012, 'Argumentos culturales contra la integración monetaria',Luis Martín Cabrera)