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16/11/21

Hay muchos más preocupados por reescribir lo que pasó hace más de cinco siglos que por poner el foco en el desangre actual que las grandes empresas europeas y españolas llevan décadas practicando en Latinoamérica... Yo no tengo el menor interés en revisar ni la historia de la conquista y colonización, ni de rehabilitar ninguna figura histórica. Excepto en un caso, en el de la Malinche... Malitzin era una princesa heredera de su tribu que tuvo la mala suerte de que su padre muriera y su madre se volverá a casar, teniendo un hijo varón que ocuparía su puesto en la línea sucesoria. Para asegurarse de esto, su propia familia la vendió como esclava en un mercado y dijeron que había muerto a quién preguntó por ella. Pasó de mano en mano, siendo violada por sus diferentes amos, hasta que la compró un cacique en Tabasco, que la regaló, junto con otras mujeres, a los españoles como muestra del buen rollito local. Fue allí donde la conoció Cortés y él se dio cuenta de que esa mujer era, literalmente, el puente que necesitaba para comunicarse con todas las gentes de esas tierras. Así fue, y Malitzin, entonces Doña Marina, sobrevivió y se hizo poderosa. Y eso, a las mujeres, no se les perdona

 "(...) los posmodernos, mucho más preocupados por reescribir lo que pasó hace más de cinco siglos que por poner el foco en el desangre actual que las grandes empresas europeas y españolas llevan décadas practicando en Latinoamérica.

Pretenden hacerlo además y como no podría ser de otra manera, desde la más completa ignorancia hacia todo lo que tiene que ver con Latinoamérica, la del S.XV y la del s.XXI. Nos proponen el revisionismo histórico gentes que, en su mayoría, no han puesto un pie al otro lado del charco, y si lo han hecho, en un 90% no han traspasado las puertas de los resorts de pulserita y “todo incluido” de República Dominicana o Cancún.  Alguno que se debe creer Indiana Jones, a lo mejor ha llegado a ir a Perú y ha hecho un tour dirigido por Cuzco, o tirando largo, ha subido al Machu Pichu a por su foto para el Instagram.

Estas nuevas gentes de la secta de “lo correcto”, deberían mostrar mayor interés en que se hiciera cumplir a las empresas extractivistas una mínima legislación que no tuviera a sus trabajadores y trabajadoras latinoamericanos en régimen de cuasi esclavitud. Podrían entretenerse en pensar si las mejoras en las condiciones de contratación que les ofrecen aquí, por ejemplo, el BBVA, no se deben a que más de la mitad del beneficio de la compañía lo sacan, precisamente de México, y precisamente, a base de pagarle a los y las empleadas, miseria y compañía.

Y así con Naturgy, Telefónica, Banco Santander, ACS, y un montón de empresas españolas, que son la mayoría del IBEX 35, y que aumentan sus beneficios y dan “estabilidad a la economía” gracias a seguir exprimiendo a Latinoamérica.

Pero ni media palabra he escuchado al respecto de esta cuestión a los nuevos “justicieros de la historia”. En serio que se me hace complicado encontrar alguna cuestión más pendeja que querer que se pida perdón por lo que hizo Hernán Cortés, mientras tienes contratado Movistar en tu tele, por un ínfimo precio que sería diez veces mayor, si Telefónica no sacara su beneficio de América Latina.

Ni cuestión más pendeja que ésta, ni personajes más pendejos que quienes lo proponen. Y me permitan ustedes la expresión debido al contenido de esta columna y a las fechas en las que estamos. Hasta que alguno de estos imbéciles pretenda también revisar la lengua y sus expresiones. Ya pasó con una canción del grupo Molotov, “Puto”, que algunos catetos dejaron de poner porque otros más catetos se sentían ofendidos, sin molestarse en saber si quiera, que significa tal cosa al otro lado del Atlántico.

Yo no tengo el menor interés en revisar ni la historia de la conquista y colonización, ni de rehabilitar ninguna figura histórica. Excepto en un caso, en el de la Malinche.

Malintzin, bautizada cristianamente como “Marina” al ser regalada como esclava a los españoles por su gente, llegó a ser Doña Marina, pero para la Historia se quedó en Malinche, para pasar del nombre al insulto de malinchista.

Una de esas grandes figuras femeninas a la que el patriarcado no nos permite sacar del encasillamiento de la mujer malvada y pecadora. En el caso de Malitzin, una traidora, culpable de miles de muertos y de la caída del impero azteca. Sin duda hasta hoy, la mujer más odiada de México. Y para los historiadores españoles, una olvidada, porque según ellos, gran parte de la “conquista de América”, es mérito exclusivo del gran volumen de los testículos de Hernán Cortés.

Por poner un ejemplo, no les importa un pimiento (un chile picante) ni a los historiadores, ni a sus inquisidores revisionistas que en realidad, la caída de Tenochtitlán fuera dada porque todas las etnias diferentes a los aztecas, (unos 80.000 Tlaxcaltecas y huexotzincas, entre otros), se unieron a Cortés para quitarse de encima a los aztecas dominantes, que los tenían fritos a tributos, incluidos seres humanos para su consumo.  

Para los mexicanos la culpa fue de La Malinche y para los españoles el mérito fue de “los conquistadores” y de Cortés que “enamoró” a la traductora que veló por sus intereses.

Malitzin era una princesa heredera de su tribu, que tuvo la mala suerte de que su padre muriera y su madre se volverá a casar, teniendo un hijo varón que ocuparía su puesto en la línea sucesoria. Para asegurarse de esto, su propia familia la vendió como esclava en un mercado y dijeron que había muerto a quién preguntó por ella. Pasó de mano en mano, siendo violada por sus diferentes amos, hasta que la compró un cacique en Tabasco, que la regaló, junto con otras mujeres, a los españoles como muestra del buen rollito local. Fue allí donde la conoció Cortés y él se dio cuenta de que esa mujer era, literalmente, el puente que necesitaba para comunicarse con todas las gentes de esas tierras.

Así fue, y Malitzin, entonces Doña Marina, sobrevivió y se hizo poderosa. Y eso, a las mujeres, no se les perdona.  Así que, si hay que revisar algo y alguien tiene que arrepentirse, que sean todos los sabios que han demonizado a la Malinche, y con ella a todas las mujeres. Que la Malinche se quede en todas nosotras."                    (Nuria gonzález, elTaquígrafo, 11/10/21)

3/11/21

A vueltas con la Hispanidad... comparando el colonialismo español con el francés del s. XIX... el imperio español mantiene un elemento legal que hasta entonces era el habitual, todos, conquistadores y conquistados, súbditos de misma corona, estaban sujetos a la misma jurisdicción...no sería muy frecuente, pero una empleada doméstica india podía perfectamente llevar a los tribunales a su señora terrateniente española en el México o Perú del siglo XVI y ganar el juicio... La Argelia francesa establece dos sistemas jurídicos diferentes: uno francés, para los colonos, y otro para los “musulmanes”... la República francesa permitió la poligamia y el casamiento de las hijas menores a los argelinos de fe musulmana... La división se vendió entonces como respeto al pueblo sometido, aunque en realidad era precisamente lo contrario: se consideraba a la hija de un musulmán argelino indigna del respeto que merecía una francesa

 "Doce de octubre, día de la Hispanidad. Como todos los años se suceden las dos ceremonias, ambas obligadas, inevitables: la oficial, aplaudida y repetida sobre todo por partidos de la derecha y tertulianos que se inscriben en la tradición de considerar España el Faro de Occidente, llamado a cristianizar el mundo —¿cómo va a ser simplemente un país como los demás?— y la otra, a fuerza de costumbre hoy día casi igual de oficial, la que insiste en que España es una nación genocida, exterminadora de pueblos y destructora de continentes; ¿cómo va a ser simplemente un país como los demás?

Siempre me ha parecido hasta cierto punto absurdo que una sociedad se enorgullezca de algo que hicieron sus lejanos antepasados: cómo si alguien de quienes hoy hablan de hispanidad hubiera aguantado viento y oleaje en la Niña de los Hermanos Pinzón. No menos absurdo es, desde luego, flagelar al conjunto de los ciudadanos españoles por algo que cometieron los que no son antepasados de estos ciudadanos sino de quienes ahora blanden la fusta.

Era aún adolescente cuando vi en la televisión española, creo que era la pública, una tertulia en la que se recriminaba con duras palabras a España que hubiese descubierto América, conllevando una conquista que exterminaba a aztecas y mayas. Lo que me sorprendió, en aquel momento, era que quien hablaba no era Rigoberta Menchú sino un señor rubio, creo que alto cargo del Gobierno mexicano, que se apellidaba Alemán.

Luego me fui acostumbrando a esa ceremonia de flagelamiento, aunque reconozco que aún tuvo capacidad de sorprenderme un reciente tuit de una joven española de Canarias que se declaró, aparentemente con toda seriedad, descendiente de unos antepasados guanches “exterminados a sangre y fuego por los castellanos” y denunciaba carecer de lengua propia.  Llevaba así a su última consecuencia este hábito de castellanoparlantes americanos de declararse víctimas de la colonización española.

Porque hoy día, para ser un ciudadano hecho y derecho, lo primero es ser víctima de alguna colonización; es un vocabulario que ha prendido hasta en Cataluña. Y que están copiando incluso amigas mías que el mismo día de la Hispanidad denuncian la falta de interés por la “colonización árabe e islámica” del Magreb que ha arrasado con la cultura original bereber. Y no en un sentido figurado, plenamente justificado, para denunciar la expansión de la ideologia panarabista a mediados del siglo XX y la subsiguiente difusión de la ideología panislamista, hermana melliza y heredera de aquella, sino en referencia al proceso histórico iniciado en el siglo VIII. Y eso es preocupante.

Es preocupante porque por una parte, hablar de una colonización árabe toma en serio y repite la ficción sobre la que se ha creado, precisamente, la ideología panarabista con todas sus nefastas consecuencias: la de un traslado de grandes poblaciones desde Arabia hasta el Magreb, antepasados de la mayor parte de la población local actual, que debe por lo tanto considerarse “árabe”. Eso es simplemente falso, tan falso como considerar a los españoles descendientes de una invasión italiana de la Península Ibérica. Precisamente, para liberarse de la ideología panarabista que ha reprimido los idiomas y culturas locales del Magreb, y lo sigue haciendo, es preciso entender primero que estas culturas son fruto de un proceso de asimilación de un idioma, el árabe, y una religión, el islam, por parte de la población local, y no resultado del traslado de una población ajena que colonizara la región.

Debería ser algo obvio para todo marroquí, porque es sencillamente imposible diferenciar dos “pueblos”, uno árabe y uno bereber, en el Magreb. Algunas familias de Fes pueden creer en su descendencia de Arabia, o del profeta, si prefieren, pero eso no quita que la totalidad del pueblo marroquí es tan autóctona de la región (y tan mestiza) como lo es el pueblo español de la Península Ibérica, al margen del idioma que utilice cada familia… o cada generación dentro de la misma familia, porque este proceso de asimilación del árabe (mejor dicho, de un idioma local magrebí derivado del árabe) se ha intensificó notablemente en el siglo XX.

Pero además es preocupante, porque denunciar el “colonialismo” en todas partes, aparte de permitir rodearse con el glamour que confiere el estatus de víctima, muestra una ignorancia de conceptos históricos. Ni la expansión árabe e islámica hace un milenio comparte características con la conquista española del Nuevo Mundo, ni esta conquista se asemeja a la dominación europea de África y Asia a partir del siglo XIX conocida como época colonial. España colonizó las Américas, sí, pero en un proceso que se distingue tanto del posterior colonialismo francés, británico, belga, español o alemán en África, Asia y Norteamérica que es difícil utilizar el mismo término para ambos fenómenos.

La colonización española de América a partir de los primeros viajes de Colón aún mantenía en gran parte la lógica de expansión de los grandes imperios de siglos y milenios anteriores, ya fuese el romano, el persa, el bizantino o el otomano. Se conquistaban tierras con el fin esencial de cobrarles tributo, en oro, plata o especie, a sus habitantes. Para ello se mandaban militares y administradores, que a menudo se quedaban a vivir en el territorio, formando una élite que se iba mezclando con la población local. Lo facilitaba la escasa diferencia de desarrollo civilizatorio técnico entre los pueblos: todos usaban metal, espada, rueda, montura y habitualmente también escritura. La superioridad militar de un imperio residía en poco más que los detalles de un carro de combate o la disciplina de sus guerreros.

Muy distinta fue la conquista del Nuevo Mundo. La diferencia de desarrollo tecnológico entre la población americana y la mediterránea es enorme, incluso en el caso de los dos imperios más organizados, el azteca y el inca. A la ausencia de la rueda y los animales de montura y un uso muy limitado de metalurgia y escritura se añade la reciente invención de las armas de fuego en el Viejo Mundo. En el plano civil, la tecnología mediterránea permitía una explotación mucho más eficaz de minería y agricultura que la habitual entre los indígenas. Razón para favorecer el traslado importantes contingentes de población desde España a las tierras conquistadas, no solo para recaudar las riquezas, como era habitual en los imperios, sino para producirlas primero.

No bastaba con someter y controlar, había que hispanizar (en términos antropológicos, mediterraneizar) la región, y a tal efecto se legitimaba y se fomentaba desde la primera década el mestizaje, en la práctica por supuesto casi siempre entre hombres españoles y mujeres indias. Pero también hubo matrimonios entre españolas e indios, y lo pedía expresamente una cédula real de 1503: “que asimismo procure que algunos cristianos se casen con algunas mujeres indias, y las mujeres cristianas con indios, porque los unos y los otros se comuniquen y enseñen, para ser doctrinados en las casas de nuestra Santa Fe Católica, y asimismo como labren sus heredades y entiendan en sus haciendas y se hagan los dichos indios e indias, hombres y mujeres de razón”.

Presentar estas consignas políticas de asimilación de la población local como una armónica convivencia entre el pueblo colonizador y el colonizado sería una burla. No obstante, es innegable que la conquista e incorporación de las Américas al imperio español mantiene un elemento legal que hasta entonces era el habitual: si bien se exigía servidumbre a los pueblos sometidos y se les vetaban determinados oficios o el acceso a las armas, todos, conquistadores y conquistados, súbditos de misma corona, estaban sujetos a la misma jurisdicción. Tal vez no fuese muy frecuente, pero una empleada doméstica india podía perfectamente llevar a los tribunales a su señora terrateniente española en el México o Perú del siglo XVI y ganar el juicio.

Esto cambia radicalmente con el advenimiento del colonialismo en el sentido moderno en el siglo XIX, respaldado por obras pretendidamente científicas que cimentaban una visión de razas superiores e inferiores. La Argelia francesa establece dos sistemas jurídicos diferentes: uno francés, para los colonos, y otro para los “musulmanes”, es decir, argelinos nacidos de familia musulmana, sin que importase su fe individual. Así lo precisó el Tribunal de Apelaciones de Argel en 1903: “sin que se deba distinguir si pertenecen o no al culto mahometano”. A los indígenas se les aplicaban leyes diferentes, si es que había un tribunal civil cerca. Si no, simplemente se les sometía a un consejo de guerra, donde los militares hacían las veces de juez.

Esta división de la población en ciudadanos propios e indígenas sometidos —sin derecho a viajar a la metrópoli— caracteriza el colonialismo como sistema legal y como ideología política. Para resumirlo: el Imperio español prohibió la poligamia a los indios y el casamiento de las hijas menores, porque esa era la ley en España; la República francesa permitió ambas cosas a los argelinos de fe musulmana, aunque la ley lo prohibía en Francia.

La división se vendió entonces como respeto al pueblo sometido, aunque en realidad era precisamente lo contrario: se le consideraba a la hija de un musulmán argelino indigna del respeto que merecía una francesa y que la ley le confería. Y es ese misma ideario colonialista que hoy se refleja en el concepto de la “multiculturalidad”, bajo cuya bandera se pide “respeto” a cualquier norma que la ideología islamista-patriarcal intenta imponer a quienes hayan nacido musulmanes, así se hallen en Europa desde hace dos generaciones (y “sin que se deba distinguir si pertenecen o no al culto mahometano”).

Esto sí es, en sentido figurado, una colonización, aunque ya no se haga mediante traslado de población sino via satélite e internet. Y de los políticos españoles, franceses o británicos que la respaldan, llenándose la boca con la palabra respeto, solo cabe decir una cosa: que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón tenían más respeto por las indias que ellos por las musulmanas."                   (Ilya U. Topper , Estambul, MSur, 10/21)

15/10/21

Ana Iris Simón: La Hispanidad es una familia extensa, humilde y rural... la Hispanidad es hoy periferia del mundo... millones de hispanos entretejidos por una lengua, una cosmovisión y unos valores... cuando me anunciaron que iban a traducir el libro al alemán pensé en cómo creo que ellos lo mirarán con ojos de exotismo y no de vivencia aunque compartamos moneda y pasaporte

 "Siempre digo que aprendí a leer dos veces: la primera, con seis años, me enseñó mi profesora Rosa en el colegio. La segunda, ya en el instituto y con 16, fue Julio Cortázar. En su Rayuela descubrí, como tantos adolescentes, una nueva forma de mirar al mundo y de estar en él, pero sobre todo una nueva manera de narrarlo.

Mis años de la ESO suenan al llanto de Rocamadour, a fiesta en Macondo y al silencio de la Biblioteca de Babel, porque después de Cortázar vinieron García Márquez y Borges, Carlos Fuentes y Vargas Llosa. Leyendo a los del lado de allá descubrí la belleza de una lengua que partió del lado de acá hace más de medio milenio.

Después de leerlos mucho, el año pasado, publiqué mi primer libro y lo hice con pena porque mi yo niña nunca tendría la gracia de los críos de Formas de volver a casa de Zambra. Y han sido muchas las sorpresas que me he llevado desde entonces, porque la generosidad de los lectores es infinita, pero uno de los mensajes que más ilusión me ha hecho en todo este tiempo llegó hace unos días y desde muy lejos. Lo firmaba una muchacha llamada Génesis que desde Masaya, en Nicaragua, me contaba que, “aunque nos separaba un océano” se había sentido “muy hermanada conmigo” al leer mi relato.

A mí me emocionó leerla a ella y en mi soberbia me sentí muy orgullosa por haber conseguido hacer universalizable un relato repleto de mancheguismos y que habla de una infancia entre paredes encaladas en blanco y añil. Pero, releyendo su mensaje, me daba cuenta de que el tanto no lo había marcado mi pericia relatora sino la realidad. De que nos separa, en efecto, un océano, pero nos unen una cultura y unos valores, nuestra querencia por los vínculos fuertes y nuestra manía de anteponer —aún y menos mal— lo afectivo a lo productivo.

Génesis no había empleado el término “hermanada” en vano, pensaba, y pensaba también en la sorpresa que me llevé cuando me anunciaron que iban a traducir el libro al alemán y en cómo creo que ellos lo mirarán con ojos de exotismo y no de vivencia aunque compartamos moneda y pasaporte. Como los Simones de mi libro, la Hispanidad es una familia extensa, humilde y rural que entiende poco de la realidad tecnificada y acelerada que quieren imponerle los que no son capaces de ver ya lo sagrado del mundo. Como La Mancha de mi relato, la Hispanidad es hoy periferia del mundo.

En el encabezado de su mensaje Génesis me preguntaba que dónde estaba enterrado el tío de mi madre, porque en el libro hablo de él. Era escolapio y murió muy joven durante una misión en Nicaragua en los ochenta. Y ella quería llevarle flores décadas después. Pueda finalmente hacerlo o no, su gesto encierra, además de un tremendo amor, la evidencia de que la Hispanidad no es solo un capítulo en nuestros libros de texto y la razón por la cual discutimos cada 12 de octubre. 

Que no se escribe solo en pasado, sino que cose en presente a millones de hispanos entretejidos por una lengua, una cosmovisión y unos valores. Que es la culpable de enseñarle a tantos adolescentes a lo largo y ancho del globo su propia lengua de ida y vuelta a través de la mejor literatura. Y de que, a miles de kilómetros de su familia de sangre, alguien le lleve un ramito de flores a la tumba del misionero que se dejó la vida en el lado de allá."              (Ana Iris Simón , El País, 09/10/21)

13/10/21

La celebración de la fiesta nacional es una práctica común en todos los países del mundo que sirve para afirmar la pertenencia a una comunidad a través de un hecho histórico mayor. No cabe ninguna duda de que el descubrimiento de América lo fue, no solo para España, sino para la humanidad entera... La elección del 12 de octubre como fiesta nacional, que no es una herencia del franquismo, sino que fue decisión del Gobierno de Felipe González en 1987, no pretende exaltar ninguna conquista violenta, sino que se justifica porque simboliza un momento histórico fundacional a finales del siglo XV... Hay que huir siempre de los excesos patrióticos, pero tampoco podemos caer en el extremo contrario ni olvidar el sentido de la continuidad histórica, lo cual nos obliga a ser críticos con nuestro pasado, pero sin asumir culpas por hechos que caducaron hace siglos y de los que ya no nos podemos sentir responsables

 "Puesto que mañana es 12 de octubre, que no solo es el día del Pilar, sino también Fiesta Nacional de España y de la Hispanidad, vale la pena hacer alguna reflexión con el ánimo de contribuir a quitarnos de encima algunos absurdos complejos, los mismos que, por ejemplo, ahora mismo nos impiden mostrarnos orgullosos de que nuestro país figure entre los primeros del mundo en la campaña de vacunación contra la Covid. Es un éxito del sistema público salud y sus profesionales, pero también de la sociedad española en su conjunto, en la que no ha habido un rechazo significativo hacia las vacunas.

 En cambio, solo que hubiéramos estado por debajo de la media europea, nos lo estaríamos reprochando cada día. Sin duda en España hay muchos problemas de los que avergonzarnos, pero si nos mostráramos un poquito más orgullosos de lo que somos y de nuestras fortalezas, nos iría todo mucho mejor.

 La celebración de la fiesta nacional es una práctica común en todos los países del mundo que sirve para afirmar la pertenencia a una comunidad a través de un hecho histórico mayor. No cabe ninguna duda de que el descubrimiento de América lo fue, no solo para España, sino para la humanidad entera.

 Solo hay que pensar en el importantísimo intercambio de alimentos entre ambos continentes. En Europa, la dieta mejoró extraordinariamente gracias a la patata, el tomate, el maíz, el pimiento, la calabaza o el pavo, por no hablar del chocolate o la vainilla. La comida que llegó de América evitó no pocas hambrunas.

 La elección del 12 de octubre como fiesta nacional, que no es una herencia del franquismo, sino que fue decisión del Gobierno de Felipe González en 1987, no pretende exaltar ninguna conquista violenta, sino que se justifica porque simboliza un momento histórico fundacional a finales del siglo XV.

 Por un lado, la aventura americana no se entiende sin la construcción del Estado moderno en España a partir de nuestra pluralidad y de la integración de los diversos reinos en una misma monarquía. Sin la unión entre las coronas de Castilla y Aragón, no cabe duda de que América se hubiera descubierto igualmente por parte de los europeos, pero todo hubiera sucedido de otra manera. Y, por otro, es una efeméride con la que nuestro país inicia su proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos, cuya relevancia llega hasta hoy.

Hay que huir siempre de los excesos patrióticos, pero tampoco podemos caer en el extremo contrario ni olvidar el sentido de la continuidad histórica, lo cual nos obliga a ser críticos con nuestro pasado, pero sin asumir culpas por hechos que caducaron hace siglos y de los que ya no nos podemos sentir responsables. En realidad, hoy la hispanidad nos habla más de España que de América."             (Joaquim Coll, 20Minutos, 11/10/21)

11/10/21

El 12-O, entre la demagogia y la banalización... el colonialismo es una de las grandes vergüenzas de la historia... La expansión colonial en América y África fue probablemente también, una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo... Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente... anque los ejemplos más claros de genocidio se dieron más claramente después de la independencia de las repúblicas americanas... Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el «Go to West» en los Estados Unidos, o en Argentina... y desde luego, durante el siglo XX ha habido bastantes, como el nazi o el armenio...

 "Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi. ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. Ahora bien, no […]

Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi. ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. Ahora bien, no lo es mucho más que los argumentos esgrimidos por sectores soberanistas, y afines, incluyendo la primera edil de Barcelona Ada Colau, en vísperas del 12-O de 2015, al identificarlo con el inicio del supuesto genocidio de los pueblos indígenas americanos. Supongo que este año vamos a tener más de lo mismo, a tenor de la propuesta de la CUP de demoler el monumento a Colón del puerto de Barcelona. Buen comienzo.

Claro que con la iglesia han topado. Los de «Nova Història» han puesto el grito en el cielo, ya que es cosa sabida que «Cristòfor Colom fou català», como reza un panfleto que circula desde hace ya bastantes años. También peligra la estatura de Antonio López que, como su cuñado Güell, mecenas de Gaudí, hizo fortuna al parecer con el tráfico de esclavos. Pero con Güell no se meten; quizá porque no se llamaba López. Y puestos a hacer, queda pendiente otro monumento de un racista, el del Dr. Robert. Claro que como él lo que intentaba demostrar era que los catalanes eran de una raza superior a la de los españoles, no se le tiene en cuenta.

Veamos. Empecemos por el sustantivo «descubrimiento». Estoy bastante de acuerdo en que calificar el 12-O así, es en gran medida impropio. De manera más o menos fortuita, debió haber bastantes europeos que cruzaron el Atlántico antes que Colón. O quizá asiáticos por el Pacífico. También es impropio en la medida en que el almirante estaba convencido de haber alcanzado las costas de Cipango (Japón). El verdadero «descubrimiento» fue la evidencia de que la circunferencia terrestre era mucho mayor de lo que se había asumido, ya que la existencia de América alejaba necesariamente Europa de Asia.

Sea cual fuere el tipo de descubrimiento, el resultado fue la colonización de todo un continente por diferentes monarquías europeas, no solo la Hispánica. Y no creo que haya desacuerdo en considerar globalmente el colonialismo como una de las grandes vergüenzas de la historia.

Ahora bien, colonialismo no implica irrevocablemente genocidio sino, en cierta manera, algo totalmente contrario. En principio, al colonialista lo que interesa es sacar el máximo provecho de los recursos naturales, mediante la consiguiente explotación de la mano de obra nativa, sin interés especial en exterminarla. Y cuando esa mano de obra resulta insuficiente, por una u otra causa, se busca otra. Caso típico, el tráfico de esclavos de África a América. Las enfermedades introducidas por los europeos habían mermado considerablemente la población amerindia. Pero no tengo noticias de que en el siglo XVI haya habido Mengeles que les inocularan a los indios la viruela, por ejemplo, para exterminarlos. Las jornadas extenuantes a que estaban sometidos los mineros del Potosí boliviano, por ejemplo, se pueden calificar de crueles y despiadadas, pero no son propiamente un genocidio, en el sentido de cómo se estableció el concepto (voluntad de exterminio), como veremos enseguida.

Otro ejemplo, el «Estado Libre del Congo» de Leopoldo II. El rey de los belgas no estaba interesado en matar negros, sino en sacar el máximo provecho de su trabajo esclavo, para pagarse las francachelas. Asimilar explotación, colonial o no, a genocidio, nos llevaría a calificar también como tal el capitalismo llamado manchesteriano. ¿O es que vamos a ser más laxos al juzgar lo descrito por Engels que lo que denunciaba Bartolomé de las Casas? Que por cierto según «Nova Història» era también catalán y se llamaba Casaus. Sobre Engels, todavía no se han pronunciado.

El error se prolonga cuando se asocia exclusivamente la idea de colonialismo y sus víctimas a pueblos no europeos. Como ha demostrado más de un historiador, los primeros en experimentar las consecuencias de la aventura colonial fueron los europeos, digamos, periféricos.

Veamos el caso inglés. Roma somete a la población celta. Cuando el Imperio retira sus legiones, los anglosajones arrinconan a los celtas en los confines occidentales, Gales y Cornualles. Luego, después de Hastings, son los normandos los que feudalizan el país, desposeyendo a los sajones de sus derechos y propiedades. El sojuzgamiento del espacio celta prosigue en Irlanda.

En el este europeo, son los Caballeros Teutónicos los que colonizan, a costa de los pueblos bálticos y eslavos.

Podemos encontrar situaciones no muy diferentes en nuestro entorno inmediato. Por ejemplo, la expansión mediterránea de la Corona de Aragón, con las «gestas» almogávares en Grecia o la conquista de Cerdeña (¿por qué fue necesario repoblar L’Alguer?). También la Reconquista, en sentido global, tema válido para todas las coronas ibéricas. Un ejemplo.

El 9 de octubre de 1238, Jaime I entraba en Valencia. En realidad la ciudad se había rendido el último día de setiembre. El retraso se debió a la necesidad de expulsar la población musulmana, a fin de distribuir sus hogares entre los conquistadores. ¿Fue mejor o peor la suerte de los musulmanes de las Baleares, muchos de ellos vendidos como esclavos? ¿No se asemeja más esto a lo que hoy llamamos genocidio, que hechos aludidos anteriormente? Será casualidad pero, hasta el momento, nunca he visto que en los círculos nacionalistas cunda el mismo nerviosismo cuando se acerca el citado 9 de octubre, o el 31 de diciembre (conquista de Mallorca), como ocurre en las vísperas del 12-O.

No creo que ningún historiador digno del calificativo acepte simplificar el fenómeno del colonialismo calificándolo de genocidio. Cuestión aparte son determinados hechos puntuales que pueden llegar a calificarse como tal, por características muy específicas. Es el caso de las situaciones de colonización unidas a la introducción de una población ajena, que exige «vaciar» previamente el espacio. Curiosamente, y volviendo al caso americano, los ejemplos más claros de dicho proceder se dieron más claramente después de que se hubiera obtenido la independencia. Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el «Go to West» en los Estados Unidos. Pero hay otros que nos son culturalmente más cercanos. Por ejemplo, Argentina.

La ocupación de las tierras aborígenes del sur, con los consiguientes perjuicios para sus habitantes, comienza no mucho después de la independencia, de la mano de Juan Manuel de Rosas. Culmina con la llamada «campaña del desierto» de Julio A. Roca. En ambos casos el proceso se lleva a cabo en beneficio de las familias criollas, las llamadas «patricias», ya que les permite pasar a poseer enormes latifundios. Me gustaría saber si interpreta de igual manera la cuestión cierto «lobby» argentino establecido en Barcelona con, sospecho, unas más que probables raíces en el peronismo de izquierdas, dado que todo el justicialismo siempre ha sido ardientemente rosista.

Tampoco fue genocidio el idealizado sistema patriarcal de las reducciones jesuíticas, pero sí el exterminio de la etnia tupí-guaraní, especialmente en Brasil, cuando aquellas desaparecieron, cosa que tuvo lugar ya después de la independencia. En prácticamente todas las repúblicas sudamericanas se ha producido el mismo fenómeno: la «leyenda negra» de la colonización (ya de por si suficientemente negra) ha sido una construcción de un sector de la oligarquía criolla, los mismos que en muchos casos llevaron a cabo la política de expansión territorial para el asentamiento de los inmigrantes europeos y que, durante 200 años de independencia, han mantenido segregada a lo que quedaba de la población amerindia.

Se cuenta que Vicente Blasco Ibáñez, en una visita a un país sudamericano, tuvo que aguantar de un criollo una larga retahíla sobre las barbaridades que los conquistadores habían llevado a cabo. Su respuesta fue, más o menos, la siguiente: «Eso lo debieron hacer sus antepasados, porque los míos se quedaron en España».

La expansión colonial en América, y luego África, fue sin lugar a dudas una vergüenza, como ya he dicho antes, pero probablemente también una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo y el atraso tecnológico de los pueblos nativos, en ambos continentes. Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente

Recordemos además que la idea de genocidio es relativamente nueva. Fue establecido por el jurista Raphael Lemkin, judío polaco emigrado a Estados Unidos, en 1944, con la siguiente definición: » La puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento» . La consecuencia es que se aplica el calificativo de forma retroactiva, a situaciones en un pasado más o menos lejano.

Durante el siglo XX ha habido bastantes casos que, desgraciadamente, se pueden calificar sin titubear como genocidio. La más evidente, por supuesto, es el exterminio nazi contra judíos y romaníes, o incluso homosexuales, aunque en este caso el apelativo de «grupo nacional» no sería aplicable, de tal manera que quizá la definición original resulte insuficiente. El otro gran genocidio en la misma centuria es el de los armenios y cristianos asirios, emprendido hace un siglo por los Jóvenes Turcos, eficazmente ayudados por la población kurda, muy idealizada por cierta izquierda. Y también tuvo visos genocidas la acción del ejército japonés en China en la década de 1930. Recuérdese la toma de Nankín.

Hace ya más de 50 años Hanna Arendt teorizó sobre la banalidad del mal. En el tema que se aborda, asistimos a una banalización terminológica muy peligrosa, ya que vacía de contenido los conceptos correspondientes. Cuando a un mero reaccionario se le califica de «fascista», se le está lavando la cara al fascismo, y lo mismo se hace con la Shoa, cuando se califica como genocidio algo que no lo es. Un análisis de los acontecimientos históricos implica documentarse en aras del máximo rigor conceptual, no ir por la vida de fetichista de fechas o hechos. Y en el caso concreto que aquí se trata, supone distinguir explotación, en sus diversos grados de crueldad y brutalidad, del puro fanatismo asesino.

No creo en la casualidad cuando veo que año tras año, cuando se acerca el 12-O, sea en Cataluña donde aparecen los elementos más radicales de ese sesgo demagógico con el que se juzga la colonización americana. Desengañémonos, en diversos ámbitos del nacionalismo catalán, el hecho de que la supuesta «lengua opresora» tenga la importancia que tiene, molesta en grado sumo. Cuando lo normal sería felicitarse de que los hablantes de una lengua minoritaria tengamos acceso, en nuestra condición de bilingües, a todas las ventajas que supone una de los pocos idiomas de carácter mundial. El terreno ha estado abonado por supuesto durante años por la historiografía nacionalista, reflejada convenientemente en el día a día. Sería interesante, por ejemplo, estudiar el fenómeno en la enseñanza, especialmente en el ámbito de las ciencias sociales.

En realidad, es pura hipocresía. Cuando oigo determinadas voces que reclaman una escuela con solo catalán e inglés, me pregunto cuántos de nuestros industriales, incluidos los del «Cercle Català de Negocis», la patronal independentista, estarían dispuestos a renunciar a las ventajas que supone hablar castellano, para penetrar en el jugoso mercado latinoamericano. Quizá los que están fuera del juego. Al fin y al cabo, la inmersión no funciona en las escuelas de élite."                   (Rebelión, 08/10/21)

17/12/20

¿Libertadores de qué? A propósito de "Malditos libertadores" de Augusto Zamora... las independencias lideradas por oligarcas criollos vendieron a bajo coste sus países al imperialismo inglés y después estadounidense –«del bombín británico al sombrero tejano»–, con la intención de mantener sus privilegios de castas parasitarias frente a la reforma liberal que comenzaba en España

 "Reseña de Zamora, Augusto. Malditos libertadores. Madrid: Siglo XXI, 2020, 320 pp.

A comienzos de 2020 vio la luz el nuevo libro del experto en geopolítica Augusto Zamora, cuya segunda edición ha aparecido este verano. El autor reconoce que se ha peleado con esta obra durante tres décadas, lo cual es totalmente comprensible por el tema que trata. Malditos libertadores no es un libro que simplemente pretenda señalar cierta sucesión de acontecimientos pasados de la historia de Latinoamérica. 

Se trata de un alegato político contra un fenómeno histórico, las independencias, y su legado, los estados subdesarrollados actuales.

No obstante, este libro llega en momento oportuno. Con exigencias a España de petición de perdón a los pueblos precolombinos; con extraños sentimientos de culpabilidad por un lado e intentos de blanqueamiento de la leyenda negra española en clave chauvinista imperialista, por otro; con modas antiilustradas y destrucción de estatuas históricas; por no hablar de la apropiación de la izquierda del siglo XXI de las figuras de los «libertadores», conviene aclarar una parte de la historia de América Latina que ha sido distorsionada de manera interesada.

Malditos libertadores, debe advertirse, no es una defensa del imperialismo español y las colonias americanas. Su tesis central consiste en que las independencias lideradas por oligarcas criollos vendieron a bajo coste sus países al imperialismo inglés y después estadounidense –«del bombín británico al sombrero tejano»–, con la intención de mantener sus privilegios de castas parasitarias frente a la reforma liberal que se comenzaba a dar en la metrópoli.

 Esos «iluminados aventureros», aprovechando la inestabilidad que sufría España tras la invasión napoleónica, se enzarzaron en guerras civiles, primero contra realistas –con ayuda financiera y militar anglosajona– y después entre distintos grupos dominantes locales por la rapiña de los restos del imperio colonial español.

Quedaron, pues, estados débiles y étnico-socialmente segregados, en manos de una elite acomplejada, sumisa a los poderes extranjeros, profundamente racista con negros esclavizados e indígenas –víctimas éstos dos últimos de una cruel política expoliadora y de limpieza étnica– y con una política económica extractiva pasiva, sin ningún interés por el progreso industrial y la autosuficiencia económica, sin contar la pérdida de territorios frente a Brasil o Estados Unidos.

Los distintos grupos étnico-sociales que se sumaron a los ejércitos libertadores no encontraron con su triunfo ninguna libertad; se mantuvieron sometidos a la tiranía de las castas terratenientes, teniendo que vender su fuerza de trabajo mediante una esclavitud encubierta. Estados y dirigentes, en definitiva, que se doblegaban ante una empresa hortofrutícola gringa.

Dos excepciones cabría señalar, según el autor: Cuba y Puerto Rico. Debido a su permanencia bajo control español, disfrutaron más tiempo de estabilidad y cierto progreso, antes de la invasión de EE UU. Augusto Zamora recalca importantes diferencias entre el gobierno español y los gobiernos de las nuevas repúblicas. El interés por la ciencia, la formación y el progreso industrial que cada vez estaban más presentes en las colonias españolas desaparecieron en los nuevos estados. A ojos del autor, los más perjudicados por las independencias no fueron los peninsulares sino los propios pueblos americanos fragmentados. 

La América española está marcada por enormes azotes de muerte –la mayoría por enfermedades y no por asesinatos, como muchas veces se piensa– e injusticias sociales y económicas de mano de los conquistadores. No es necesario recordar las infames acciones de otros imperios contemporáneos y posteriores o las mismas repúblicas latinoamericanas; del repudio moral pocos se escapan, y los que suelen atacar historiográficamente al imperio español no pertenecen a familias políticas más respetables.

 Sin embargo, el periodo colonial español dio también la Escuela de Salamanca, creadora del derecho internacional moderno, precisamente en un contexto de debate sobre el trato a los indígenas y el papel de España en América. Significativo es que frente a los expolios de la oligarquía contrarrevolucionaria tras las independencias, los pueblos indígenas desenterraran las leyes reales coloniales para reivindicar el control y uso de sus tierras tradicionales.

Además de la revisión histórica, para la cual el autor aporta suficientes datos que sustentan su versión, el libro tiene un fuerte componente propositivo. El retrato de la abyecta oligarquía latinoamericana terrateniente y su cobarde proyecto político debería servir para diseñar y acometer un cambio de rumbo drástico. 

Los países latinoamericanos necesitan coordinación a nivel continental para llevar a cabo una remodelación del sistema económico-social: transitar de la exportación de materias primas a la elaboración de productos con valor añadido, impulso de la investigación científico-técnica (evitando así también la fuga de cerebros), acondicionamiento con buenas infraestructuras de transporte (la ausencia de ferrocarril fue determinante para el subdesarrollo) y una revolución agraria que reparta la tierra y modernice su trabajo. Esta es una tarea que a ojos del autor solo puede emprender una izquierda del siglo XXI consciente de su pasado y apoyándose en estados robustos.

Es aquí donde afloran algunas fallas en su comprensión del capitalismo y, por tanto, de las posibles estrategias políticas. Zamora parece entender por momentos el capitalismo como democracia más espíritu emprendedor. Gracias a la revolución industrial, cuya aparición parece deberse solo a un cambio de mentalidad repentino, se cambia el foco de la producción, de la agricultura a la manufactura, y, voilà, capitalismo.

En realidad, la revolución industrial es más consecuencia que causa del capitalismo, el cual empieza a ver la luz a raíz de cambios y conflictos sociopolíticos antes de aquélla. Y es precisamente este el error. El autor reprocha a unas débiles castas latifundistas el no convertirse en capitalistas. Más bien, el no convertir a sus repúblicas en países capitalistas y mantenerlas –insiste a lo largo del texto– precapitalistas. Como si el capitalismo no fuera otra cosa que progreso tecnológico, que emigración del campo a la ciudad, que producción industrial.

El mérito de esta obra, su denuncia de la falsificación histórica de los procesos de independencia, queda tocado por la asunción de una historiografía liberal –la misma, por cierto, que sostiene la «mitología» denunciada en el libro que se comenta– que ve la revolución francesa como una revolución liberal y el capitalismo como un «espíritu» emprendedor aparejado a la democracia. No es así. El capitalismo se ha llevado siempre muy mal con la democracia, para empezar. De hecho, solo convergen en algunos países y ya habiéndose consolidado el capitalismo como modo de producción global.

 Por otro lado, el capitalismo persiste a pesar de la democracia moderna, artefacto elaborado por el movimiento obrero. La fricción entre ambos no cesa, tal y como refleja el contexto de crisis política actual. El capitalismo, en realidad, parte –en pocas palabras– de la apropiación de unos pocos, y consecuentemente la privación de la mayoría, de los medios de subsistencia, haciendo del trabajo asalariado una obligación física. La producción, bajo estas condiciones, se guía por la competencia en la acumulación de capital, y esto se lleva por delante la dignidad humana y el medioambiente. Conviene que aparezca esta matraca marxista para poder entender mejor cómo se puede salir del subdesarrollo.

El libro sigue una visión demasiado geopolítica y hace falta que entre la cuestión de clase para aclarar algo más la cuestión. Los oligarcas no vendieron sus países a Inglaterra; vendieron sus países a la clase dominante inglesa, al capital inglés. Es importante tenerlo en cuenta para que a la hora de pensar la estrategia política no caigamos en confusiones. 

Por mucho proteccionismo comercial, apoyo estatal inmenso, financiación científico-técnica, etc., que desarrollen los estados latinoamericanos, no podrán erguirse como las potencias europeas hicieron durante los últimos siglos. Para que haya capitalismo se requiere de la explotación y sometimiento de grandes conjuntos de tierras y población humana. Si los estados latinoamericanos quieren convertirse en potencias capitalistas, deberán hacerlo en otro planeta. Además, quienes exprimen Latinoamérica no van a renunciar a ese pedazo de tierra y manos, pues su riqueza depende de ella. Para que haya un norte global o un centro rico y hegemónico ha de existir un sur global o una periferia subalterna, (por utilizar una terminología de autores que, por cierto, también extravían la cuestión de la clase en sus análisis).

Es cierto que el autor no pretende una vuelta al capitalismo europeo decimonónico para América Latina. Más bien aconseja seguir la estela de las economías emergentes asiáticas, en sintonía con la fascinación actual por la inminente hegemonía mundial china. Demasiado geopolítico. Pero no es posible tampoco. El desarrollo de países como China responde a una coyuntura mundial específica, y su papel en la economía mundial ha sido funcional –salvífico– a la dinámica de acumulación capitalista. 

Esto no quita que la autosuficiencia alimentaria y la modernización tecnológica sean indispensables para el progreso del subcontinente americano. Sin embargo, fuera de un camino socialista global, es iluso pensar en progreso latinoamericano. Ni África, ni Latinoamérica, ni la gran parte de Asia llegarán nunca a algo parecido a lo que ha llegado Europa. Simplemente, bajo condiciones capitalistas, no hay pastel para todos.

Malditos libertadores no solo nos recuerda los genocidios de indígenas perpetrados por los criollos tras las independencias y sus guerras, el deliberado atraso científico-tecnológico (total, las clases dominantes latinoamericanas siempre estudiarán en el extranjero), la sumisión política y económica a los imperios inglés y yankee, la emigración o la corrupción endémica, todo ello bien documentado con datos, discursos, etc. Sobre todo advierte de que la estructura económico-social de América Latina, diseñada y nacida en las independencias, lleva a perpetuar ad infinitum el subdesarrollo. Debemos enterrar a nuestros libertadores."                   (Roberto Álava  , Sin Permiso, 21/11/2020)

7/10/19

La leyenda negra, la persistencia de los tópicos

"En un programa televisivo dedicado al fútbol hay un pequeño espacio titulado 90 minutos en 90 segundos, es decir, un resumen de minuto y medio de todo un partido. 

Aquí nos encontramos en una situación aún más dramática: 100 líneas para explicar 1.000 páginas que dan cuenta de 500 años de la historia de España e incluso de muchos más si incluimos las amplias referencias no solo a los visigodos, a los musulmanes y a los cristianos de la Edad Media, sino también a la “España celtibérica” o a la Hispania romana. Y además cuando se trata de un texto extremadamente rico, lleno de contenidos sugerentes y discutidos arropados por centenares de referencias bibliográficas.

Para aliviar la dificultad de la tarea, nos encontramos por fortuna con un ensayo histórico (y no con una convulsa construcción ideológica) muy bien documentado a base de una copiosa aportación de datos y opiniones que se usan de modo económico para evitar un desbordamiento de la letra impresa. 

También podemos identificar un tema central: la demostración de la pervivencia de una serie de estereotipos sobre la historia de España (no sobre su “esencia” porque, como muy acertadamente se afirma, la “verdadera España” no existe) mucho más allá de que algunos de los elementos que constituyen estos tópicos pudieran haber tenido que ver con la realidad en tiempos pasados. Finalmente, por un proceso de reducción para hacer inteligible el desarrollo del argumento, estos estereotipos se pueden resumir en dos: el español militante (y apasionado) y el español indolente (y decadente).

Sin embargo, lo más importante es que los estereotipos no se crean de la nada (el hecho, como es lógico, precede al prejuicio, a la construcción), sino que hunden sus raíces en la realidad y, por tanto, tienen una vida: nacimiento, desarrollo y supervivencia más allá del desvanecimiento o incluso la muerte de la causa que le dio origen. Es decir, los estereotipos hay que tratarlos como hechos históricos, que nacen en un momento dado y cambian de aspecto y desaparecen (o no) a lo largo del tiempo.

En este sentido, nada más oportuno que leer la primera de las cuatro partes en que se divide el libro, el momento de la aparición y consolidación de la imagen del español militante, en el siglo XVI o, si se quiere, durante el Siglo de Oro. Es un momento de excepcional expansión y creatividad que todo el mundo conoce y que se impone a tirios y troyanos: el crecimiento económico, el dinamismo social, el progreso de la organización política, la expansión fuera de las fronteras (favorecida por la herencia de Carlos V), las grandes hazañas ultramarinas (del descubrimiento del Nuevo Mundo a la primera circunnavegación, de la ocupación de América a la exploración del Pacífico) y, sobre todo, la eclosión de la cultura en todos los terrenos, desde el pensamiento económico hasta la floración de las letras, de las artes plásticas, de la música. Una cultura que se expande por toda Europa y concita la admiración de todas las naciones europeas, como resumió el malogrado Carlos Gómez-Centurión: “La hegemonía cultural española era aceptada de hecho por la mayoría: su lengua era conocida por las élites cultas de cada nación, su literatura se consumía ávidamente, y las modas y hábitos culturales que emanaban de la corte de Madrid imponían un seguidismo devoto”.

Ahora bien, este éxito tenía su precio, que no es otro sino la imagen negativa que fueron creando sus enemigos, como bien sintetiza Ricardo García Cárcel: “La leyenda negra no fue más que la expresión de una oposición a un poder que todo el mundo temía”. Y en su espléndido trabajo sobre los Siglos de Oro de España, los grandes hispanistas franceses Bartolomé Bennassar (recientemente desaparecido) y Bernard Vincent pueden concluir: “La leyenda negra insistió mucho en los procesos de la Inquisición y en la suerte reservada a los indios de América. Esta visión era a todas luces injusta si tenemos en cuenta que España fue el único país que debatió y cuestionó el proceso de colonización durante el siglo XVI. Pero era el precio que había que pagar por un dominio implacable”.

Tras hacer suyos implícita o explícitamente estos argumentos, José Varela prosigue su relato por los siglos XVII y XVIII, sin apartarse de su propósito de rastrear los orígenes de los estereotipos, ahora del tópico del español indolente (y decadente), de señalar los supuestos de los que parten y de identificar a los más conspicuos representantes de la propaganda antiespañola, cuando “África empezaba en los Pirineos” o cuando los españoles saltaban ante la requisitoria de Nicolas Masson de Morvilliers en la Encyclopédie méthodique (“¿Qué ha hecho España por Europa?”), o cuando se pronunciaban vehementemente contra el abate Guillaume-Thomas Raynal y su difundida Histoire philosophique et politique des établissements dans les deux Indes, justamente en el momento en que la monarquía hispánica y lo mejor de la intelectualidad española estaban abrazando los postulados de la Ilustración.

 La tercera parte del libro, igualmente elocuente y bien fundamentada, se lee posiblemente de un modo más distendido, porque en ella se abordan los tópicos más conocidos de la imagen romántica de España, cuando todo el país tendía a confundirse a los ojos de los extranjeros con Andalucía y cuando se fantaseaba con los guerrilleros, los “toreadores” y los bandoleros, por un lado, o cuando el modelo de la mujer española pasaba a ser la universalmente conocida Carmen, en la visión de Prosper Mérimée retocada por los libretistas de Georges Bizet.

 Para terminar, hay que decir que José Varela nos ha regalado un sobresaliente ensayo histórico, que culmina con la afirmación de que la transición desde la siniestra dictadura franquista a la democracia ha tenido como uno de sus benéficos efectos, con un cierto retraso (porque los estereotipos son resistentes: como ya dijera Fernand Braudel, “las mentalidades son prisiones de larga duración”), el de permitir que la imagen tópica de España pierda definitivamente terreno ante la realidad de un país que se integra perfectamente en una Europa a la resolución de cuyos problemas actuales puede y debe contribuir como uno de sus socios preferentes."                            (Carlos Martínez Shaw, El País, 05/10/19)

14/5/19

La leyenda negra española que ha difundido Hollywood

"Al llegar a lo alto de la colina, Theodore Roosevelt -Medalla de Honor del Congreso de Estados Unidos y futuro presidente norteamericano- “disparó a los españoles que se retiraban, viendo caer a uno, y aunque no estaba seguro de que lo había matado, se jactó: ‘Yo maté con mi propia mano a un español como a una liebre".

 Atrás quedaba el hecho que 700 españoles habían resistido el ataque norteamericano de unos 15.000 hombres en la colina de San Juan (Cuba) durante 11 horas y que carecían de las temibles ametralladoras Maxim. Roosevelt llegó, además, cuando los Buffalo Soldiers -militares afroamericanos- habían ganado el altozano y no quedaban sino cuerpos ametrallados. 

Sin embargo, en producciones de Hollywood como Rough Riders (1997) o Noche en el museo (2006), Roosevelt es descrito como un héroe que libera a pueblos oprimidos y que se merece una distinción. Estas y otras historias sobre la leyenda negra se relatan en La imagen de la presencia de España en América (1492-1898) en el cine británico y estadounidense, ahora premiada por el Ministerio de Defensa que encabeza Margarita Robles.

El capitán e historiador Esteban Vicente Boisseau relata en su obra cómo la leyenda negra ha sido traspuesta al cine anglo y por motivos geopolíticos, incorpora estereotipos contra España. “Sin duda, la población afroamericana consideraría inadmisible que en los parques Disney hubiese una atracción, ambientada al son de una alegre música, que mostrase africanos capturados por piratas”.


“El mensaje transmitido en Piratas del Caribe es que robar, torturar y matar españoles, vender, comprar y abusar de mujeres hispanas y saquear no solo está justificado, sino que es un acontecimiento alegre, una auténtica diversión”, dice Boisseau.

En la película 1492: la conquista del Paraíso (1992) se muestra una Castilla sombría que no cesa de ejecutar herejes. Dado que la Inquisición española mató a unas 3.000 personas en tres siglos, sería de esperar que, puesto que Enrique VIII asesinó a más de 50.000 católicos, en las películas sobre su reinado se mostrasen continuas ejecuciones. Pero no.

Años después, Felipe II decidió invadir Inglaterra por el continuo ataque de los corsarios, la ejecución de María Estuardo y las persecuciones contra los católicos ingleses. Organizó una gran armada que en 1588, tras un encuentro con la flota inglesa, acabó zozobrando por una tormenta. La profesora María José Rodríguez Salgado desveló, además, que "no se perdió ningún barco español como consecuencia del combate".

En la película británica Elizabeth: la Edad de Oro, se muestra a Walter Raleigh dirigiendo un barco inglés en llamas contra la flota española, provocando la gigantesca explosión de numerosas naos españolas, aunque la realidad es que la armada se hundió varios días después por el temporal.

Las películas de Hollywood potencian la imagen de la colonización anglosajona de Norte América sin reflejar su pasado español. Se muestra el paso de los españoles como un recuerdo que no dejó huella. En Bailando con lobos (1990), el protagonista, un teniente de la Unión, hace amistad con una tribu de sioux en la que un anciano enseña el casco de un conquistador diciendo que los que lo trajeron llegaron en la época del abuelo de su abuelo, y que con el tiempo los echaron, dando la impresión de que no hubiese habido durante dos siglos una presencia continuada española en California, Florida, Nuevo México o Texas.

La gesta de Francisco Pizarro conquistando con menos de 170 hombres el Imperio inca es desvirtuada destacado que fue un traidor por matar a Atahualpa, como en el filme británico La caza real del sol. Por el contrario, los ingleses y angloamericanos no profundizan sobre cómo traicionaron, entre 1787 y 1871, 389 tratados firmados con los indios, practicando métodos de limpieza étnica.

Los filmes no hacen justicia nunca al papel protector de los gobernantes españoles, que introdujeron mejoras en América y pusieron fin a los sacrificios humanos y al canibalismo. Los monarcas Isabel I, Carlos I y Felipe II desarrollaron una red de hospitales y universidades que beneficiaron a todos, fueran españoles o nativos. El Gobierno de los Estados Unidos no reconoció la ciudadanía a todos los indios hasta 1924, cuatro siglos después.

Al poco tiempo de su llegada a Virginia en 1607, los colonos ingleses cometieron crímenes contra los indígenas. Si bien el capitán John Smith destacó por su crueldad, aparece como un personaje amable y bondadoso en Pocahontas (1995). El profesor estadounidense Theodore Jojola, de origen indio, comentó que "el gobernador inglés Ratcliffe es transformado [por Hollywood] en un conquistador español ávido de oro".

Estas imágenes han sido utilizadas con una "finalidad política" para justificar la lucha contra España por la hegemonía en el continente americano. Una vez que empezaron las hostilidades en Cuba, surgieron películas justificando su invasión.

 El poder de la tergiversación, con el filme Rough Riders (1997), ha tenido el peso suficiente para que, más de un siglo después de esa guerra, "le fuese concedida al torpe coronel de voluntarios y luego presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt una Medalla de Honor del Congreso que los propios mandos militares estadounidenses de la época consideraron que no se merecía", explica Vicente Boisseau. Mató por la espalda a un soldado que huía y cuyo destacamento tenía 20 veces menos hombres que el atacante.

Dos amigos, los estadounidenses J. Stuart Blackton y Albert E. Smith, rodaron la que está considera la primera película bélica de la historia en 1897. Se llamaba Tearing Down the Spanish Flag (Rasgando la bandera española) y mostraba el arriado de la insignia nacional mientras se izaba la de EE UU sobre el castillo del Morro del puerto de La Habana.

Obtuvo un gran éxito, así como su secuela de 1899, Raising Old Glory Over Morro Castle (Levantando la vieja gloria sobre el castillo del Morro). La revista The Phonoscope hizo la crítica: “La bandera española baja, y hacia arriba flota la de barras y las estrellas.

Se derrumba el símbolo de la tiranía y la opresión que ha gobernado en el nuevo mundo durante cuatrocientos años, y se alza la bandera de la libertad. En la distancia están las torres y almenas del Morro, la última fortaleza de España en América”.                 (Vicente G. Olaya, El País, 07/05/19)

26/4/19

No quedaban hombres para la defensa. Las mujeres se encaramaron entonces a los muros y lanzaron piedras que reventaban los cráneos de los soldados. La lucha era a muerte. María Pita agarró el arma de un soldado muerto y se lanzó desesperada contra el único alférez inglés que había conseguido sobrepasar los muros de A Coruña. Lo atravesó y despeñó su cuerpo junto a la escala por la que había ascendido... Si Drake hubiese ganado, hoy no se hablaría español en América... un desastre naval mayor que el de la Gran Armada española...

"Apenas quedaban hombres con vida en aquella localidad costera de 4.000 habitantes. Así que María Mayor Fernández de la Cámara y Pita agarró el arma de un soldado muerto en combate y se lanzó desesperada contra el único alférez inglés que había conseguido sobrepasar los muros de A Coruña. Lo atravesó y despeñó su cuerpo junto a la escala por la que había ascendido.

Era el 14 de mayo de 1589 y la escena que protagonizó María Pita forma parte de una historia prácticamente desconocida en España y en el Reino Unido: el desastre de la gigantesca armada (mayor que la Invencible) que la reina Isabel de Inglaterra envió a España tras el fracaso de Felipe II de invadir Inglaterra. Hasta ahora se creía que Pita había defendido su ciudad solo de los piratas. Un pacto "patriótico" entre el corsario Francis Drake y el comandante de la reina inglesa, John Norris, mantuvo oculta esta historia 450 años.

 “De los 27.667 hombres que formaban la flota inglesa de 180 naves, solo volvieron a reclamar su paga 3.722”, explica el historiador Luis Gorrochategui, autor del libro Contra Armada y ponente del I Congreso Internacional La Armada Española de 1588 y la Contra Armada Inglesa de 1589, que se celebra desde el martes en Cartagena (Murcia) y ha sido organizado por el Ministerio de Cultura y Deporte.

Juan Luis Sobrino Pérez-Crespo, almirante de Acción Marítima en Cartagena, cree que los españoles han terminado aceptando la leyenda negra, pero sostiene que ya es tiempo de “sacar a luz la verdad”, que empezó poco tiempo después de que Felipe II diese por fallida su empresa de invasión. El grueso de los barcos españoles sobrevivió al desastre y se refugiaron en Santander para ser reparados.


Este momento de debilidad lo aprovechó la reina inglesa para enviar su flota, la Contra Armada. Al frente de la fuerza naval colocó a Drake y comandando el ejército, al reputado militar John Norris.

El plan, a grandes rasgos, consistía en atacar los galeones españoles fondeados para su reparación en Santander, saquear la ciudad, dirigirse a continuación hacia Lisboa, provocar la sublevación contra España, tomar una isla de las Azores para esperar la llegada de naves cargadas de oro de América y, posteriormente, invadir Brasil. Pero si algo podía salir mal desde el principio, esta vez ocurrió.

El 28 de abril de 1589, 180 barcos y 27.667 hombres —la Gran Armada española estaba compuesta por 137 barcos y 25.696 hombres— zarparon de Plymouth hacia Santander. Pero los ingleses sabían que el puerto castellano no era tan débil y Drake tomó una decisión intermedia: atacaría la desguarnecida A Coruña, con muralla medieval, un castillo en el islote de San Antón y con apenas 500 soldados.


Los ingleses fondearon frente a la ciudad. El 5 de mayo, 1.500 soldados tomaron la playa de La Marina, atacando por la espalda a los defensores. Los asediados se replegaron tras los viejos muros de la parte alta y los invasores comenzaron a excavar un túnel con la intención de volar la muralla.

El gobernador militar, el marqués de Cerralbo, ordenó entonces a las mujeres que reforzaran el tramo minado. Se produjo una tremenda explosión, pero los gases no encontraron salida y buscaron escapatoria por la boca de entrada, donde se hallaban las tropas inglesas. La masacre fue absoluta, más de 300 muertos.

Pero no quedaban hombres para la defensa. Las mujeres se encaramaron entonces a los muros y lanzaron piedras que reventaban los cráneos de los soldados. La lucha era a muerte. La flota inglesa decidió retirarse, pero volver a embarcar podría ser mortal.

En el puente de O Burgo, a unos tres kilómetros de A Coruña, los españoles abatían a los ingleses que intentaban cruzarlo, hasta que lo mejor del ejército de la reina Isabel hizo huir a los defensores españoles a los montes y aldeas. Los ingleses habían perdido más de 1.500 hombres y contaban miles de heridos.

Vueltos a sus barcos, pusieron rumbo a Lisboa, donde unos 5.000 soldados españoles profesionales los esperaban. El 31 de mayo realizaron una gran encamisada —una acción de comando nocturna que ocasionó centenares de bajas inglesas— y, el 3 de junio, el virrey de Portugal aplastó el regimiento del coronel Brett, que murió en batalla. Al día siguiente, Norris intentó huir, pero fue descubierto y perdió dos banderas.

Posteriormente, el adelantado de Castilla, Martín Padilla, con galeras y brulotes —barcos incendiarios— remató a la flota de Drake en cabo Espichel, donde hundió entre cinco y siete barcos. Norris, a su vuelta, estuvo a punto de llegar a las manos con Drake y lanzó un llamamiento al patriotismo: la misión sería ocultada para siempre.

Se decidió escribir panfletos exculpatorios que, junto a la leyenda de la Armada Invencible, que distribuyó William Cecil (1520-1598), barón de Burghley, mano derecha de Isabel I, y se ocultará la derrota. “Felipe II, en cambio, apenas hizo nada. Para él era una acción más, olvidando el desastre de los otros y aceptando una falsa leyenda.

Las banderas que Norris perdió en combate han sido restauradas y lucen en la catedral de Sigüenza. Si Drake hubiese ganado, hoy no se hablaría español en América”, concluye Gorrochategui, que deja entrever una sonrisa en mitad del congreso ante la seriedad de los historiadores británicos que no dicen nada.

Miguel San Claudio, arqueólogo de las universidades de Lisboa y Texas, calcula que el número de naves históricas que guardan las costas gallegas se acerca a las 1.700. Las condiciones meteorológicas de esta parte del litoral —con fuertes vientos del noreste— hacían muy difícil la navegación a vela cuando se intentaba poner rumbo norte y muchos barcos se hundían.

Las consecuencias de la meteorología permanecen en el fondo marino, pero suponen un verdadero tesoro científico para los expertos. A pocas millas de las costas, e incluso muy próximos a ella, descansan los pecios de cientos de galeones, urcas, galeras, fragatas... Como el de un galeón inglés de Drake, aún no identificado en las islas Cíes, en un saliente llamado Punta de Cañón. Los descubrimientos se repiten en Bares, Cariño, A Coruña –donde se hundió el galeón Regazona —cuyos cañones recuperados sirvieron para defender la ciudad de la Contra Armada-, Vigo, Camariñas…

“Es nuestra historia”, cuenta, al tiempo que se queja de la falta de especialistas y de una política decidida para extraer los yacimientos subacuáticos. “Le dices a los políticos que has encontrado los restos de una expedición y te responden que si llevan allí 500 años, no pasa nada porque sigan un poco más, que ahora no hay dinero”, y tuerce el gesto al recordarlo."                 (Vicente G. Olaya, El País, 24/04/19)

27/3/19

Y AMLO se mete con Hernán Cortés... mal le debe ir con Trump. ¿Es genocida el trato dado por Europa a los inmigrantes pobres en la 'tumba' del Mediterráneo? No, sólo es una matanza... ¿Es genocida el trato dado por México a los migrantes centroamericanos en camino hacia Estados Unidos? No, es sólo una vergüenza... ¿Es genocida el trato dado a los congoleños de las minas de coltán, el Potosí actual? Si, claramente, pero no vamos a prescindir de los móviles... por tanto, todos contra Cortés

 "(...) El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador,envió recientemente una carta al Rey de España, Felipe VI, en la que le insta a reconocer los atropellos que las autoridades mexicanas consideran que se cometieron durante la conquista y a pedir disculpas por ellos.(...)"     (Javier Lafuente, Lucía Abellán, El País, 26/03/19)

"(...) “Es una tontería que va a seguir, pero de ahí a que el Gobierno de España le vaya a pedir perdón a México es una sandez”, ha opinado Diego Fernández de Cevallos, candidato a la presidencia de México en 1994, en Milenio Televisión. “Es como si nosotros le pidiéramos al presidente de México que le pida a Trump que se disculpe porque nos robaron medio territorio”, ha comparado Fernández. (...)"         (El País, 26/03/19)


  hace 15 horas

  1. Si existía la corona española Stuart.

  2. En respuesta a

    Ni a las altas ni a las bajas. Cuando se disculpen los romanos, se disculpan los españoles. Ah no, tampoco. Tonterias las justas.         (twitter)

"(...) López Obrador incurre en una variedad extraña del historicismo. 

Por un lado, cree en la vieja teoría de Carlyle, para quien “los grandes hombres” son los protagonistas decisivos y casi únicos de la historia. Por otro lado, cree que la historia tiene un libreto ineluctable. Y finalmente cree en la convergencia de ambas teorías en su propia persona, el líder providencial destinado a redimir al pueblo mexicano. (...)

Su proyecto evidente es fundar una nueva historia oficial, que recoja todos los extremos de las anteriores y los potencie con su visión redentora. Por eso ha reclamado al rey de España que se disculpe con los pueblos originarios de México.

Se ha esgrimido el caso de Alemania con el pueblo judío o el de Francia con el argelino para sustanciar la disculpa. La cercanía histórica de esos y otros horrores cometidos por Estados nacionales contemporáneos contra poblaciones actuales da sentido a esos reclamos, pero proyectarlos al plano de la historia universal implicaría una cadena de perdones que nos llevaría, literalmente, hasta las calendas griegas.

Por otra parte, si de disculpas se trata, ¿no había que comenzar por exigirlas al Gobierno de Estados Unidos, no solo por el despojo de la mitad del territorio mexicano, sino por los vejámenes que inflige ahora mismo a millones de mexicanos?

El Gobierno español ha hecho bien en responder con claridad y firmeza al reclamo de López Obrador, pero los españoles deben saber que, sin negar el saldo mortal de la conquista, la mejor forma de calibrar su sentido es compararla con experiencias paralelas.

Como ha demostrado el eminente historiador John H. Elliott en Imperios del mundo atlántico, el saldo moral del Imperio español es sustancialmente superior al inglés. Como todo imperio conquistador (incluido, por cierto, el azteca), ambos cometieron atrocidades, pero al menos los españoles tuvieron figuras de autoridad espiritual que pusieron en tela de juicio los derechos de conquista, defendieron la igualdad cristiana y la libertad natural de los indios, y propiciaron la creación de leyes e instituciones protectoras. En cambio, Inglaterra no tiene un Francisco de Vitoria o un Bartolomé de las Casas en su historia.

Ese legado marca a sus antiguos reinos o colonias. Como consecuencia del exterminio sistemático de la población nativa y la esclavitud que hasta 1865 impusieron a la población de origen africano, Estados Unidos es un país irremediablemente nativista donde gobierna un presidente que propone descaradamente la doctrina nazi del Lebensraum.

En México gobierna un presidente mestizo, nieto de un inmigrante español al que este país, generoso y libre, le abrió los brazos. Ojalá ese presidente, Andrés Manuel López Obrador, que por haber nacido cerca de la selva ama genuinamente los árboles, descubra la importancia de cultivar, entre los individuos como entre las naciones, el árbol de la concordia."    (Enrique Krauze, El País, 03/04/19)


"(...) Con su solicitud de perdón, AMLO cae en tres errores de conocimiento histórico:

1) No es posible explicar la nación mexicana actual sin el mestizaje previo entre españoles (castellanos) y sociedades autóctonas como, por ejemplo, los aztecas (también llamados mexicas). El intento de vinculación del nacionalismo mexicano de forma exclusiva con pueblos originarios o, aún más restrictivo, con los mexicas, significa caer en contradicciones históricas e identitarias. ¿No es el hijo de Malintzin (antigua esclava mexica) y Hernán Cortés, llamado Martín el Mestizo, el primer descendiente de lo que hoy se conoce como mexicano? ¿No es Malintzin un símbolo del mestizaje?

2) La conquista de los territorios, que en otro tiempo conformaron el Virreinato de la Nueva España, fue realizada por españoles con una colaboración (numéricamente superior a estos) de pueblos que estaban sometidos por el Imperio Mexica, tales como Totonacas, Tlaxcaltecas, Texcocanos o Huejotzincas, entre otros. Pronunciarse contra acontecimientos históricos que enfrentaron a españoles y otros pueblos indígenas contra los mexicas significa disociar la identidad del pueblo mexicano para enfrentarlo consigo mismo.

3) Ya existía un documento que daba por zanjados los enfrentamientos entre México y España por su pasado. En el Tratado Definitivo de Paz y Amistad entre la República Mexicana y la Reina Isabel II, de 29 de diciembre de 1836, se dispuso olvidar para siempre los conflictos por los que estuvieron enfrentados durante años estos dos pueblos. (...)

La perversión del pasado y el uso instrumentalizado de la historia demuestra más interés por cuestiones de palacio que respeto por su propia identidad. ¿Deberían pedir perdón los musulmanes a los españoles por la invasión de la península ibérica? ¿Debería pedir perdón Italia por los acontecimientos sucedidos en tiempos del Imperio Romano? ¿Deberían pedir perdón los mexicanos a las mujeres actuales por regalar (los mexicas) a sus mujeres como botín de guerra? (...)

Como investigador de procesos de justicia transicional, me veo en la necesidad de establecer unos límites, aquellos que marcan el sentido común y la perspectiva de la ciencia histórica, para que en el presente no sean automáticamente descalificadas las demandas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición para víctimas de violaciones de derechos humanos.

Estas víctimas sí están inmersas en contextos que permiten analizar y explicar conflictos contemporáneos, y que competen directamente a nuestras sociedades.

Actuar para que puedan ser resarcidas de la manera más íntegra posible debería ser la prioridad en las agendas políticas. Sin embargo, la historia vuelve a ser instrumentalizada exacerbando sentimientos de nacionalismo interesado (en este caso nacionalismo indigenista) con el objetivo de construir un relato que se acomode a la agenda del mandatario."         

(HÉCTOR CENTENO MARTÍN, Investigador en el programa de doctorado “Estado de Derecho y Gobernanza Global” de la Universidad de Salamanca. Estudios de Política Exterior, 28/03/19)


"(...) "López Obrador se educó cuando los libros de texto de la escuela decían que todos los mexicanos descendemos de los mexicas; que la conquista de una ciudad fue la conquista de todo México", explica el historiador Alfredo Ávila, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

 "Son ideas difíciles de quitar".

"Me parece muy lógico y coherente viniendo de López Obrador", opina el académico Martín Ríos, experto en historia colonial. "Al final refleja lo que él aprendió en la educación pública. Pero es una distorsión de los procesos", dice. 

"La forma en que lo expresó el presidente es reflejo de una educación muy tradicional, empujada por el Estado después de la revolución, que tiene un marcado peso indigenista. Es una deformación de la realidad histórica, una manipulación y un uso político de la historia". (...)

La cercana efeméride de la conquista ha despertado una controversia dormida en México. Hace un par de semanas, la senadora Jesusa Rodríguez, del partido gobernante Morena, instaba a sus seguidores a no comer tacos de cerdo. Hacerlo, decía, suponía celebrar la caída de Tenochtitlán, la gran capital azteca. Al fin y al cabo, el cerdo llegó a México con los españoles. 

Un día después, el historiador Alfredo Ávila recordaba en Twitter que "con la conquista llegó la religión católica, impuesta a sangre y fuego por fanáticos y asesinos. Es verdad", añadía, "pero la mayoría de esos fanáticos asesinos eran indígenas".

Ávila se refiere a la alianza de Cortés y sus hombres, unos pocos cientos, con los pueblos tlaxcalteca, otomí o xochimilca, sometidos por los mexicas. "También deberían pedirles a ellos que pidan perdón, porque también cometieron muchos excesos", dice.

Martín Ríos zanja: "El proceso de conquista fue guiado por Cortés, pero los verdaderos actores fueron los grupos indígenas aliados de Cortés. Esos grupos incluso reivindican su papel en la conquista para obtener privilegios por parte de la Corona". (...)

Carmen Sanz Ayán, integrante de la Academia, premio Nacional y catedrática de Historia Moderna de la Universidad Complutense de Madrid (...)   Sobre la "reconciliación plena" de la que habla López Obrador, le sorprende que "él decida que España y México están peleados".        ( , , El País, 26/03/19)  


"¿El Rey? Que le pidan perdón en Washington, presidente.

(...) La cuestión es sencilla: el presidente de México, como advertía Krauze, politiza la historia y lo hace en beneficio de su fortalecimiento como presidente de ese gran país cuyos graves problemas nada tienen que ver con España sino con su vecino del norte, con los Estados Unidos de Donald Trump. 

 Uno de sus grandes proyectos consiste en levantar un muro en la frontera entre ambos Estados para evitar la inmigración ilegal. El presidente norteamericano ha insultado y vejado especialmente a los mexicanos que huyen de la pobreza y la inseguridad de su país. No se ha oído que López Obrador haya reclamado fulminantemente un relato de los agravios de la Casa Blanca contra sus compatriotas. (...)

La ocurrencia del ‘perdón’ que reclama del Rey de España es un recurso dialéctico mucho más de política interna que una reivindicación social vigente, aunque pueda ser recurrente en el debate social y académico. Él no es precisamente de estirpe indígena u originaria. Es ‘blanquito’ con ancestros españoles. Y un hombre con grandes conocimientos históricos, habilidad discursiva y un experto en el manejo de los resortes del poder. 

El Gobierno —el Estado español— no se debe sentir concernido por la salida de tono de López Obrador, al que hay que remitir a la contemporaneidad de sus problemas, que tienen un nombre y un apellido: Donald Trump. (...) El memorial de agravios, a Washington."            (José Antonio Zarzalejos, El Confidencial, 28/03/19)


" No consigo salir de mi asombro. ¿Le parece de verdad a López Obrador que todos los españoles, sin distinción de clase, de los siglos XVI en adelante se beneficiaron de la conquista?

 ¿Acaso cree López Obrador que el oro y otros recursos que los conquistadores se llevaban a España era repartido con arreglo al ideario socialista entre la gente de España? ¿Sabe López Obrador que, de ser verdad que todos los españoles se beneficiaron de la conquista por siglos, difícilmente él mismo existiría porque su abuelo cántabro no hubiese tenido que irse a México a intentar ganarse la vida?

¿Tiene conocimiento López Obrador de que la inmensa mayoría dela gente que habitaba lo que a día de hoy conocemos como España en los siglos de la conquista y la colonia vivía bajo el yugo, político y económico, de una monarquía absoluta, al igual que les ocurrió, por mucho tiempo y exactamente bajo el mismo signo, a los que terminaron sometidos en América Latina tras la conquista? ¿Cómo es posible que un llamado presidente de izquierdas ni siquiera considere la posibilidad de que la categoría de clase social tenga igual o mayor poder explicativo que la categoría de nación?

No, no todos los españoles, ni siquiera una mayoría de ellos, se benefició de la conquista. Mi abuela española era analfabeta, vivía en la miseria más absoluta y nunca jamás salió de España. Es muy probable que su abuela, y la abuela de su abuela, padecieran vidas iguales o peores. Y como ellas, hay millones de personas a lo largo de la historia de España que pasaron por este mundo sin ni siquiera oler los beneficios derivados de la conquista o de la colonización.

 ¿Por qué debería el jefe de Estado de España a día de hoy, o cualquier otro representante político español, pedir disculpas en nombre de gente como mi abuela o la abuela de su abuela? ¿De qué serían responsables ellas en relación con México?

El presidente López Obrador se apoya en la sinécdoque y en una táctica clásica de la derecha reaccionaria que consiste en apelar a las identidades nacionales invocando los mitos – casi siempre agravios – mediante los cuales se construye la nación y, así, ahogar un hecho que debería llamar la atención de cualquier persona de izquierdas, a saber, que los pobres de México y los pobres de España en realidad estuvieron y siempre estarán en el mismo bando. (...)"             (Pau Luque sánchez, El País, 27/03/19)

" El vasto imperio español en América tuvo su origen en la época de los grandes descubrimientos geográficos de finales del siglo XV y llegó a extenderse desde la Alta California, por el norte, hasta el cabo de Hornos, en el sur. 
Comenzó a fraguarse con el primer viaje financiado por la Corona de Castilla con Cristóbal Colón al frente de tres carabelas y menos de 100 hombres, que arribaron el 12 de octubre de 1492 a tierra firme desconocida en la isla de San Salvador (actual Bahamas). Fue obra de conquista y ocupación, primero, devenida muy pronto en labor de colonización y aculturación (religiosa e idiomática).
 Se repetía así un proceso histórico similar al de otras expansiones imperiales en el viejo mundo (desde la formación del mundo helenístico hasta la constitución del Imperio Romano) y muy pronto seguido por otras potencias europeas en América y el resto del planeta (Portugal, Francia, Inglaterra, Holanda). (...)

En ese complejo proceso de implantación española en el continente americano, “uno de los encuentros más misteriosos de la historia humana” (Enrique Krauze), sin duda, tuvo un papel determinante la expansión militar, con sus gestas y atrocidades verídicas o exageradas. Es una faceta siempre subrayada por las visiones catastrofistas y la leyenda negra antiespañola de origen protestante, como si las restantes experiencias imperiales hubieran sido diferentes por pacíficas (idea falsa por completo).

Pero también es cierto que esa conquista tuvo un éxito fulgurante porque se inscribió en “una guerra de indios contra indios” (Bernat Hernández). Y en ella los españoles (como luego los portugueses, franceses, ingleses…) aprovecharon las fisuras internas de los pueblos indígenas enfrentados, articularon alianzas con sus facciones y consiguieron así someter imperios mediante una combinación de fuerza, diplomacia, astucia y golpes de fortuna.

Solo así se entiende que en 1521 el poderoso imperio azteca de México y su propia capital (Tenochtitlán, con más de 200.000 habitantes) estuvieran ya bajo el poder de Hernán Cortés y sus 500 soldados y 100 marineros (más unos 30 caballos y 10 cañones), que habían partido desde Cuba en 1519 (y tras haber sumado contingentes indígenas opuestos al brutal dominio azteca, como el millar de guerreros totonacas o los 3.000 guerreros tlaxcaltecas).
Y lo mismo sucede con el imperio inca en la cordillera andina, que contaba con 14 millones de súbditos, pero estaba al borde de la guerra civil y afrontaba la hostilidad de grupos étnicos sometidos (como los cañaris, los limas o los charcas). (...)

El resultado asombroso de esas operaciones fue la rápida expansión española por el continente con un número muy reducido de hombres que contaban con evidente superioridad tecnológica militar. Pero que también contaron con la ayuda de la sorpresa ante su audacia, del temor ante las epidemias generadas por los recién llegados y de las alianzas de los conquistadores con los grupos étnicos sometidos cruelmente a los imperios precolombinos.

La fase conquistadora en pocos decenios había dado paso a oportunidades históricas de creación de nuevas sociedades y culturas, sobre la base del mestizaje de blancos, indios, negros y mestizos, jerarquizados pero también entrecruzados. De hecho, desde mediados del siglo XVI, la marginación del caudillo de guerra por el mundo criollo, la Corona y la Iglesia preocupada por los “justos títulos de conquista”, se constató en el surgimiento del arquetipo de la anticonquista, como modelo sobre el que construir el futuro híbrido de un Nuevo Mundo.

No en vano, como han puesto de relieve los últimos estudios, la labor de conquista, evangelización e hispanización fue obra en su mayoría de personas cultivadas que llevaron a América las formas de vida de la Europa renacentista.

En ese proceso de conformación de la nueva América hispánica, las orillas del Atlántico se convirtieron en límites especulares de un espacio de conectividades, un laboratorio de experimentación sociocultural, una vía de circulación de personas y bienes, pero también de ideas y lenguas. Al compás de esos fenómenos, el Mediterráneo cedió el testigo al Atlántico como eje geográfico de la reordenación del mundo conocido.

A la par, Europa pasaba a compartir culturas y primacías con las Américas mediante la conformación del mundo occidental de la Edad Moderna: el Occidente heredero y legatario del viejo mundo grecolatino y de su derivación cristiana medieval.

No parece posible concebir América, en su pluralidad, sin esa identidad occidental y es quimera anacrónica pensar en deshacer su historia bajo la ilusión de impartir justicia retrospectiva y selectiva 500 años más tarde."                     (Enrique Moradiellos, historiador, El País, 27/03/19)