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18/5/22

La Constitución no solo obliga a la solidaridad entre autonomías, también entre personas y sectores sociales... permite su reforma, con condiciones pero sin límites. Si VOX quiere acabar con las autonomías puede plantearlo. De la misma manera que puede promoverse el reconocimiento de la independencia de una parte del territorio español... Esos cambios en la medida que supondrían una ruptura del pacto constituyente tienen unos procedimientos muy tasados y exigentes. Mientras eso no se produce el pacto constituyente de 1978 obliga a todos, también a VOX aunque su constitucionalismo a tiempo parcial lo ignore

J.Coscu @jcoscu

 1/7 El pacto constituyente de 1978, que vincula a toda la ciudadanía no solo a las generaciones que lo subscribieron, se consigue a base de muchas renuncias y no pocos equilibrios. Uno de los más complicados es el del artículo 2 de CE. que contiene un triple equilibrio

Pedro Vallín @pvallin

Edmundo Bal dice que "nacionalidad" es una palabra "ambivalente". "No nos encontrarán ahí", añade. Entiendo que por "ahí" se refiere a la Constitución.

11:09 a. m. · 17 may. 2022
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Hugo Martínez Abarca @hugomabarca
En respuesta a @pvallin y @jcoscu

Algo de razón tiene. "Nacionalidad" referido a un territorio fue un invento del constituyente: todos sabían que quería decir "nación" pero con ese eufemismo superaron el veto de los franquistas. Pero lo que le valía a los franquistas en el 78 no le vale a la derecha de hoy.

12:26 p. m. · 17 may. 2022
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2/7 El primer equilibrio entre “la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles” y “el reconocimiento de la autonomía de nacionalidades y regiones”

3/7 Un segundo equilibrio expresa la voluntad de aplicar una doble velocidad e intensidad en la autonomía, al distinguir entre nacionalidades y las regiones. No se quiso usar el término nación aunque tampoco se definió que y cuáles eran las nacionalidades y cuáles las regiones

4/7 Un tercer equilibrio, que suele olvidarse, es el que se establece entre el reconocimiento de la autonomía política y la obligada solidaridad entre ellas. Ojo que la CE no solo obliga a la solidaridad entre autonomías, también entre personas y sectores sociales

5/7 El art 1 sitúa la igualdad como uno de los valores superiores del ordenamiento jurídico del Estado SOCIAL y democrático de derecho en que se CONSTITUYE España. El art 9.2 obliga a los poderes públicos a promover la igualdad real y efectiva de individuos y grupos sociales

6/7 Afortunadamente nuestra CE no es “militante” y permite su reforma, con condiciones pero sin límites. Si VOX quiere acabar con las autonomías puede plantearlo. De la misma manera que puede promoverse el reconocimiento de la independencia de una parte del territorio español

7/7 Esos cambios en la medida que supondrían una ruptura del pacto constituyente tienen unos procedimientos muy tasados y exigentes. Mientras eso no se produce el pacto constituyente de 1978 obliga a todos, también a VOX aunque su constitucionalismo a tiempo parcial lo ignore.

1:29 p. m. · 17 may. 2022
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6/7/15

Resulta inquietante que no se hayan abordado los problemas que Podemos ha sacado a la luz. Ni sobre la renta básica, ni sobre la crítica a la democracia de la casta

"(...) Se observó al valorar la renta básica, una propuesta con respetabilidad académica y que, desde luego, no queda despachada con objeciones a bote pronto —las hay atendibles— como que invita a gandulear. El debate se zanjó sin debatir (...)

La tasación de la renta básica no es sencilla. Lo debido ante las ideas nuevas es evitar tanto el de qué se habla que me apunto como el de qué se habla que me opongo, aunque solo sea por lecciones aprendidas en la historia de nuestras democracias. También el sufragio universal o el voto de las mujeres fueron recibidos con sarcasmos catetos y descalificaciones urgentes. 

Y algo parecido sucedió con sensatas propuestas de reforma del sistema financiero (como el plan Chicago en los años treinta) que, a pesar de sus avales científicos, se ignoraron y así nos va. Por supuesto, ello no nos obliga a experimentar a ciegas, pero sí a atender a esos experimentos sin sangre que son los modelos teóricos de los investigadores.

Todavía me parece peor la autocomplacencia con la que se recibe cualquier crítica a las instituciones democráticas. Las dudas acerca de la solvencia de muchas propuestas, poco elaboradas y, en muchos casos, completamente despreocupadas de los estudios serios, no pueden llevarnos a ignorar lo que conocemos acerca de su mal funcionamiento. 

Un mal funcionamiento que no se conjura con descalificaciones de la (imposible) democracia directa ni citando por enésima vez a Churchill a cuenta del menos malo de los sistemas. Cerrazón que se convierte en obscena cuando, al explicar las patologías, se acude al argumento costumbrista, tabernario y tan del gusto de todos los nacionalismos: “Los españoles somos así, un pueblo de cabreros”.

Para defender la democracia es mejor no fantasear. Su legitimidad de origen resulta complicada. Que la democracia expresa la “voluntad popular” o el autogobierno es una metáfora inexacta. Como mostró Bernard Manin en Los principios del Gobierno representativo, prácticamente todos los clásicos compartían, con Montesquieu, la convicción de que “el sufragio por sorteo está en la índole de la democracia; el sufragio por elección es el de la aristocracia… (unas cuantas personas) hacen las leyes y las hacen ejecutar”.

Las críticas radicales resultan plenamente pertinentes. Los ciudadanos no deciden las leyes que les gobiernan sino que eligen a quienes deciden las leyes. 

Si acaso, la legitimidad de las democracias sería de resultados. Si no para autogobernarnos, servirían para identificar problemas y encarar su solución o, en otras versiones, seleccionar a los mejores y penalizar a los malos.

Pero no parece. Resulta apabullante la evidencia de que ninguna de esas tareas se cumple. Se interpreten como se interpreten, populismos y Gobiernos tecnocráticos en Europa ejemplifican el desajuste entre soluciones “debidas” y resultados electorales. Hemos asumido que los problemas importantes (pensiones, políticas monetarias), si se quieren abordar correctamente, se deben excluir de la competencia electoral. 

Las burbujas financieras nos han confirmado que quien quiere ganar elecciones debe escamotear los problemas: las malas noticias no rinden. La corrupción, en todas partes, no recibe penalizaciones electorales significativas y, en la vecindad, donde se traman las redes clientelares, hasta se premia.

 Todo ello se resume en algo que ha mostrado convincentemente la economía de la información aplicada a la política: cuando unos (votantes) no pueden evaluar lo que otros (políticos) conocen, el mercado expulsa a los mejores.

Cuando los distintos partidos regeneracionistas critican a unas clases políticas (castas, amiguetes) que, a su parecer, habrían secuestrado la política, merodean un diagnóstico para estas patologías.

 Otra cosa es la calidad de algunas recomendaciones, como la que reclama “más política”, sea en la versión “mayor participación directa” de los ciudadanos, sea en la de “mayor presencia de los partidos en las instancias de decisión”.

La participación, sin más, no mejora las decisiones. Al contrario, desprovista de cauces y diseños institucionales, que, por definición, no proporciona la participación, amplifica errores y sesgos cognitivos; acalla discrepancias y veta la voz de los menos estridentes (de las mujeres, en primer lugar); alienta la simplificación y refuerza las propuestas tempranas (incluidos los optimismos irracionales); desprecia información relevante pero incómoda mientras que sobredimensiona y exagera aquella favorable a las ideas compartidas. Sobre todo ello hay investigaciones.

Por su parte, la equiparación entre democracia y competencia entre partidos, además de incorrecta históricamente, descuida qué parte de los problemas deriva de la omnipresencia de los partidos: tramas clientelares, sectarismo institucional, selección adversa de políticos, miopía ante los retos, encanallamiento de la vida civil.

 La búsqueda de rentas para los nuestros impiden la deliberación, el afán de imparcialidad institucional, la disposición para el debate, la mirada desprejuiciada y el reconocimiento de la complejidad de los desafíos.

Con frecuencia, las consideraciones anteriores preceden a una defensa “de los profesionales”, en la justicia o en la gestión política, que acaba esterilizando a la democracia y, por diversos mecanismos, entregando el poder —esta vez sí— a genuinas castas sociales. Afortunadamente, admitir los problemas no exige la resignación, al menos no sin antes explorar soluciones.

 Que existen. En un reciente libro (Getting Beyond Groupthink to Make Groups Smarter), Cass Sunstein, después de inventariar dificultades de la participación, aborda diseños institucionales para encararlos, sin excluir sistemas de incentivos. Otras reflexiones (Van Reybrouck, Contre les élections) buscan en una combinación de profesionalización, limitación de mandatos y elección por sorteo una vía para abordar patologías derivadas del monopolio partidista de la vida pública: los cargos electos legislarían, pero, a partir de ahí, la gestión y la ejecución se asignaría por sorteo entre expertos previamente evaluados, en ciclos independientes de las elecciones. (...)"               ( , El País,  31 MAR 2015)

13/2/15

Tiembla la oligarquía madrileña y española

"Hoy sabemos con certeza que las bases del llamado milagro económico español fueron la burbuja inmobiliaria, el endeudamiento y la corrupción. 

No en vano, en los últimos treinta años se ha producido una transformación radical de nuestra estructura productiva. En este tiempo el peso de la industria ha caído desde el 28% hasta el 15%, mientras que la actividad inmobiliaria y la construcción ha crecido desde el 17% hasta el 29%.

Pero el ladrillo y cemento se propulsaban gracias a la actividad financiera. El papel del sistema financiero –bancos y cajas de ahorro- ha sido fundamental para alimentar la burbuja inmobiliaria y la actividad económica derivada. Y el lugar de España dónde más peso ha tenido y tiene el capital financiero es sin duda Madrid. De hecho la comunidad madrileña es una anomalía dentro de España. 

Mientras el peso medio del sector financiero en la economía regional española era antes de la crisis del 5%, en Madrid superaba el 7%. Madrid ha sido el corazón de las finanzas españolas, muy dependientes a su vez de las relaciones establecidas con las empresas constructoras e inmobiliarias y de las relaciones políticas.

De ahí que las cajas de ahorro hayan sido el instrumento central que casaba los intereses políticos con los empresariales. Eliminada su función social originaria, las cajas han sido el nido de corrupción que engrasaba el crecimiento económico a la española. Y hablar de Madrid es también hablar de su principal caja de ahorros, CajaMadrid-Bankia.

 Y hablar de Madrid es hablar de las grandes empresas de la construcción como FCC, Acciona o OHL. Todas ellas muy bien relacionadas políticamente, hasta el punto de absurdos como el que llevó a OHL a anunciar antes que el ministerio de Fomento una ley de rescate de las autopistas madrileñas quebradas –y que obviamente beneficiaba a la propia OHL. 

Su crecimiento económico les ha permitido, además, expandir sus negocios fuera de las fronteras españolas y también fuera de sus sectores originales. Hasta el punto que podría decirse que dejaron de ser, en esencia, empresas constructoras. Y ello ha alimentado ampliamente la concentración del poder económico en toda España, quedando así en manos de una élite económica rentista que por lo general es parasitaria del poder político y de sus favores. 

Una clase empresarial del siglo XIX encubierta por la retórica posmoderna. Un puñado de millonarios que determinan el destino de la población española en reuniones celebradas en palcos vip de fútbol y en oscuras negociaciones en despachos oficiales.

Madrid, la comunidad del tamayazo, sabe mucho de eso. Es consciente de que la oligarquía madrileña, ese matrimonio clientelar entre el poder económico y el poder político, va a usar todo su inmenso poder para evitar cualquier cambio político. Hasta ahora han conseguido determinar qué rescates económicos son prioritarios, como los de la banca, la autopistas o la empresa Castor. 

Y ello mientras se recorta en Sanidad y Educación. Miles de millones públicos que de forma democrática van directos a los bolsillos de la oligarquía. Un saqueo democrático orquestado por esa oligarquía. Pero también sabe la oligarquía madrileña que tiene que cerrar el paso a cualquier alternativa, sea con el clásico transfuguismo o usando a todos los poderes del Estado. 

Ello incluye, claro está, el uso arbitrario de la –mal llamada- justicia. Una oligarquía que está más débil que nunca, pero que mantiene aún una influencia que penetra con enorme fuerza en parte de las organizaciones políticas dominantes. Sólo así se puede entender el fenómeno de las tarjetas black, que es sólo la anécdota de una gran estafa que pagamos entre todos. 

Blesa, Granados, Bárcenas, Moral Santín y el resto de ladrones y cómplices silenciosos son sólo simples piezas de un tablero de ajedrez mucho más amplio al que tenemos que dar una patada.

Hay una ventaja, una esperanza: no claudicaremos. Quienes pensamos que este país merece una oportunidad, para la decencia y para la transformación social, sabemos que es indispensable acabar con el poder de esta oligarquía.

 Que el poder ha de ser devuelto al pueblo. Las grandes empresas y sus representantes políticos vasallos temen, por encima de todo, la democratización de la economía. Temen una alternativa de izquierdas que devuelva los recursos y el poder al pueblo.

 Sabemos, por eso mismo, que enfrentamos innumerables obstáculos. Las élites no sólo han corrompido las instituciones democráticas, que necesitamos recuperar, sino que sus estrategias y tácticas son más propias de la mafia.

 Pero unidos somos más fuertes. Nos jugamos un modelo de sociedad; nos jugamos la capacidad de satisfacer nuestras necesidades más básicas; nos jugamos nuestros empleos; nos jugamos la democracia. Apartemos egos, apartemos liturgias y concentrémonos en la oportunidad histórica que tenemos por delante. (...)"                 (Alberto Garzón, Attac España, 12/02/2015)

27/3/14

La deshonestidad de un representante político es directamente proporcional a la dejadez y el cinismo de sus electores

"Según Medvic, la ‘trampa de las expectativas’ surge de tres grandes contradicciones que subyacen en nuestras expectativas respecto de los políticos:

a) Esperamos de los dirigentes políticos que lideren, que marquen orientaciones a la ciudadanía y, a la vez, que estén dispuestos a ser dirigidos por los ciudadanos.
b) Esperamos líderes políticos que se mantengan fieles a sus principios ideológicos y programáticos, y a la vez estén dispuestos a renunciar a ellos, sean pragmáticos y alcancen acuerdos en todas las grandes materias con sus oponentes.
c) Finalmente, esperamos líderes de cualidades excepcionales, de formación y  comportamiento sobresalientes, a la vez que se muestren ordinarios, cercanos al individuo común y representativos del mainstream social. 

No es muy difícil observar que, ante tales contradicciones, es muy probable que nuestras expectativas sobre los representantes políticos acaben viéndose defraudadas y alimenten la desafección contra lo político.

Hay dos elementos en la historia y en la cultura política españolas que alimentan esa ‘trampa de las expectativas’. Por un lado, la relevancia dada al valor del igualitarismo (que no significa necesariamente lo mismo que igualdad) que vino de la mano de la democratización posfranquista, y que tiende a valorar negativamente cualquier atisbo aparente o difuso de exclusividad o excelencia social o cultural.

Por otro lado, la historia de violencia política y autoritarismo que ha acompañado la tortuosa consolidación de la democracia en nuestro país ha contribuido a estigmatizar el carácter inherentemente conflictivo que acompaña a todo proceso y debate políticos. 

No soportamos el tono de contraste que suele rodear cualquier controversia política, y no hemos sido educados –en general– para sobrellevarlo de forma cordial y sosegada. ¿Hemos presenciado alguna vez a alguien que pierde los nervios porque otro le llevaba la contraria en una discusión política? ¿Sabemos admitir honestamente la relatividad de nuestras propias convicciones políticas cuando otro trata de refutárnoslas? 

En este contexto, muchos de los más convencidos se vuelven sectarios de sus ideas y pierden cualquier sospecha de duda. Pero la amplia mayoría desarrolla una cultura política ‘naíf’, desprendida y escéptica ante lo político. 

No es de extrañar que en 2002, en plena época de bonanza económica y bajo desempleo, la política suscitara a los españoles ‘desconfianza’ (28,8%), ‘indiferencia’ (27,2%) y ‘aburrimiento’ (14,8%), y que el 65,4% nunca o raramente hablara de política con otras personas.

¿Quizá esto pueda cambiar con el renovado interés por la política que ha traído la crisis económica actual, tal como nos explicaba Carol Galais?

Para Medvic, esta cultura de la desconfianza se manifiesta en una visión hipercrítica de la política y de los políticos, que se traduce en los frecuentes prejuicios con que muchos ciudadanos abordan tanto la vida pública como la vida privada de los políticos.

En cuanto a la vida pública, los ciudadanos suelen reprochar a sus representantes el populismo, el electoralismo y el partidismo de sus planteamientos. Por un lado, los políticos tienden a abusar de los mensajes populistas para atraerse el apoyo de los ciudadanos. Pero no es menos cierto que los ciudadanos parecen muy proclives a responder positivamente a las ofertas más populistas que les hacen sus representantes, siempre que estas puedan resultarles individualmente beneficiosas. 

Por otro lado, suele reprocharse que los políticos estén pensando siempre en las próximas elecciones. Ciertamente suele ser así, aunque con ello olvidamos que el horizonte electoral es el principal estímulo para que los políticos traten de mantener y reforzar el apoyo de sus electores, y, por lo tanto, les incentiva a una cierta rendición de cuentas y un seguimiento atento de las preferencias de estos. 

Finalmente, se acusa a los políticos de mostrarse siempre excesivamente partidistas en sus posiciones y demasiado críticos de entrada con las propuestas de sus adversarios. No obstante, hay que recordar la importancia que los electores dan a la claridad –a menudo simplista– en las posiciones políticas de sus representantes. Muchos electores son incluso más propensos a votar ‘en contra’ de otras posiciones o líderes políticos que a favor de su propio partido.

La valoración respecto de la vida privada de los políticos es si cabe aún más dura. Tenemos ciudadanos hipercríticos con las cualidades morales de sus representantes, a los que se les recrimina cualquier atisbo de ambición personal –a pesar de que una cierta dosis de ambición resulta inexcusable para soportar los elevados costes personales que genera la participación en política, como recuerda el Joseph A. Schlesinger en su clásico Ambition and politics (Rand McNally, 1966)– y de hipocresía –aunque esta sea en buena medida necesaria para mantener la convivencia cordial del sistema político en general y el ‘fair play’ en la disputa política en particular, como señala David Runciman en su 'Political hypocrisy' (Princeton University Press, 2010)–.

Y por encima de todo, los ciudadanos se muestran tremendamente exigentes en términos morales ante la mentira, el engaño y el uso de lo público en beneficio propio. El 60,6% de los españoles consideran que la desconfianza ante los políticos está relacionada con la corrupción que supuestamente muchos practican. 

El problema es que no sólo luego esa exigencia moral no se traduce automáticamente en castigo electoral ante los políticos, sino que los propios ciudadanos parecen sucumbir demasiadas veces a la tentación de tales defectos, o al menos se muestran socialmente más permisivos de lo que sugieren sus expectativas políticas.

11/11/13

Las élites financieras y su brazos político-mediáticos se han convertido en la nueva clase aristocrática

"La actual crisis sistémica está poniendo de manifiesto la farsa en la que han convertido algunas democracias occidentales, cuyos gobernantes actúan al dictado de las mismas élites financieras y económicas que la generaron.  

Estas élites, en última instancia, quieren recuperar sus tasas de ganancia a costa de los ciudadanos, a base de los sacrificios del resto de empresarios y trabajadores, y de espaldas a las aspiraciones de la mayoría de la población. Quieren imponer, en definitiva, un decrecimiento real de las condiciones de vida para mantener sus privilegios.  

Nuestra querida España es un ejemplo de ello, se ha convertido en una muestra de Totalitarismo Invertido, término introducido en 2003 por Sheldon Wolin, profesor emérito de filosofía política de la Universidad de Princeton.

 El totalitarismo invertido es el momento político en el que el poder corporativo se despoja finalmente de su identificación como fenómeno puramente económico y se transforma en una coparticipación globalizadora con el Estado.

 Mientras que las corporaciones se vuelven más políticas, el Estado se orienta cada vez más hacia el mercado. España, en su actual deriva, es un excelente ejemplo de ello. La antidemocracia, y el dominio de la élite son elementos básicos del totalitarismo invertido. (...)

Pero la actuación de las élites político-financieras a través de sus brazos mediáticos es mucho más sutil. La antidemocracia se ha apoderado definitivamente de nuestro país. Es una fórmula que funciona de manera indirecta. 

Se alienta a los ciudadanos a desconfiar de su gobierno y de los políticos - en realidad se trata auténticos zoquetes al servicio de estas élites-; a concentrarse en sus propios intereses; a quejarse de los impuestos; a cambiar el compromiso activo por gratificaciones simbólicas de patriotismo.

 Sobre todo, se promueve la despolitización envolviendo a la sociedad en una atmósfera de temor colectivo y de impotencia individual: miedo a la pérdida de puestos de trabajo, incertidumbre de los planes de jubilación, gastos en educación y sanidad en ascenso.

Socialmente las consecuencias son demoledoras. El totalitarismo invertido, en última instancia, explota a los pobres, reduciendo o debilitando los programas de salud y los servicios sociales, reglamentando la educación masiva para una fuerza de trabajo insegura, amenazada por la importación de trabajadores de bajos salarios.

Debemos denunciar de manera clara y rotunda como las élites financieras y su brazos político-mediáticos se han convertido en la nueva clase aristocrática.

 Hoy más que nunca es necesaria una reconstrucción del poder político soberano y democrático donde los gobiernos salidos de las urnas protejan en última instancia a la ciudadanía de las agresiones sistemáticas que estas élites ejercen sobre la sociedad mediante la acumulación y concentración de poder económico. "                (Juan Laborda, Vox Pópuli, 02/11/2013)

2/4/13

Estamos aprendiendo cómo tomar decisiones a gran escala en un contexto deliberativo... el Estado español es uno de esos pequeños lugares del mundo donde se está haciendo más trabajo en este sentido

"¿La democracia está en crisis?

Para mí estamos en un momento muy interesante, porque los indicadores que utilizamos para medir la salud de la democracia representativa están todos en descenso. Las cuatro variables principales, que son las estadísticas de voto, la afiliación a partidos políticos, la confianza en los políticos y el interés en la política, están todas en descenso en todo el mundo.

 Es un fenómeno muy general, y no son sólo las estadísticas. Mi percepción observando movimientos radicales, que es mi interés, es que el modelo de política representativa, de partidos comunistas o socialistas, está siendo realmente rechazado en todo el mundo. 

Puedes ver toda una serie de iniciativas, como los zapatistas o el Foro Social Mundial o la tecnopolíticos y recibes el mismo mensaje; quieren huir de formas representativas de política, con liderazgos y manifiestos e ideologías, hacia formas de política donde los individuos tienen un rol autónomo y pleno en cualquier tipo de iniciativa.

¿Cómo definiría la democracia?

La democracia es algo muy fácil de entender, pero que se ha hecho complicada. Una manera de entenderla que me gusta mucho es la de Abraham Lincoln en el discurso de Gettysburg, cuando dijo que significaba gobierno por el pueblo, para el pueblo y del pueblo. La democracia es el autogobernanza de una comunidad sobre sí misma. En realidad es un concepto muy simple.

¿Y tenemos esto, ahora?

El problema para mí es que en los últimos 200 años se nos ha dicho que podemos alcanzar esta autogovernança a través de la representación, que la mejor manera de organizarnos como una democracia es dejar que otras personas nos gobiernen, a las que pasaremos cuentas cada cuatro o cinco años.

 Durante 200 años un montón de gente ha creído en esto y ha estado contenta de votar y de promover esto, pero creo que, de forma generalizada, en todo el mundo la gente se está dando cuenta de que es una manera muy débil y empobrecida de entender la democracia.

 Además, permite una cosa muy peligrosa: que el poder se concentre en un pequeño número de personas, un pequeño número de intereses, a través de las personas que llamamos la élite. Las élites nos dan la impresión de que están rotando, y que tenemos gente fresca y nuevos políticos, cuando en realidad lo que tenemos es gente con el mismo bagaje, la misma riqueza, las mismas escuelas y las mismas identidades llevando la batuta. 

Ahora empezamos a ver que esto no es ni mucho menos democracia, sino poder de las élites sobre la sociedad, y que necesitamos repensar la relación entre el Estado y la sociedad, para que la sociedad pueda recuperar su control sobre la economía, la salud o la educación.  (...)

¿Y cómo puede el pueblo llevar la batuta?

Esta pregunta es lo que me ha traído a España, porque no es fácil de responder. Hay una definición fácil de democracia, pero cómo operas el poder social, el control colectivo, son cuestiones que vienen de lejos. En particular en los últimos 200 años ha habido muchísimos movimientos de anarquistas, autonomistas, marxistas, incluso los bolcheviques, que han pensado mucho en esta cuestión, pero aún así los experimentos que ha habido sólo han tenido un éxito parcial.

 No hemos visto una sociedad totalmente democrática, o una democracia totalmente operativa. Esto es un reto para nosotros ahora. ¿Las nuevas tecnologías lo harán posible? ¿Podrá la mayor educación, la mayor alfabetización de los ciudadanos hacerlo posible? Por supuesto hay un gran obstáculo al ejercicio del poder social, que es que muchas de las cosas importantes de controlar se dan más allá del Estado-nación.  (...)

¿Entonces cree que el Estado no es un marco para lograr una "democracia real"?

Creo que el Estado es uno de los marcos. Controlarlo te da bastante control. Puedes construir carreteras, financiar la educación, etcétera. Una de las cosas de las que se ha dado cuenta la gente en España en los últimos años es que la idea de que el Estado-nación es el único lado del poder es una ficción. La soberanía que atribuimos al Estado-nación está en cuestión. Tenemos la Unión Europea, tenemos las multinacionales, ... 

Pero también por debajo del Estado, tenemos regiones, ciudades, pueblos. Hay múltiples espacios de poder y soberanía. Y también tienes los individuos, que también quieren empoderarse y ejercer el poder. La vieja idea de que capturar el poder estatal te permitiría generar una sociedad más democrática, más socialista o más justa, desgraciadamente ha sido sobrepasada por el desarrollo desde finales del siglo XX, y en particular por la tecnología misma.

¿Por la tecnología?

La misma tecnología que te permite más oportunidades de interacción, permite negocios con más oportunidades para la diversificación, para tener trabajadores en el extranjero, para asegurarte la mano de obra más barata. La tecnología es un veneno y una cura. Es una herramienta de empoderamiento, pero también una importante fuente de poder para cualquier propósito. La ecuación es mucho más complicada que hace veinte años.

¿Pero cómo ve el futuro? Estamos en un momento de cambio?

Estamos en un momento de crisis porque el modelo de capitalismo que se ha estado llevando a cabo en los últimos 30 años no era sostenible. El capitalismo financiero permite una gran cantidad de especulación monetaria, de deudas y créditos que aportan enormes beneficios a los bancos. 

En 2007 este modelo saltó por los aires. Lo que ha dejado es una increíble confusión de deuda y desempoderamiento, porque se dedicó demasiado dinero y demasiados recursos a mantener los bancos y los estados, que luego deben volver a pagar a los bancos. Ahora se están recuperando como un borracho después de una gran fiesta. Todavía tenemos una terrible resaca, y no somos del todo capaces de ver bien o caminar rectos, pero lo que sí tenemos es movilización. 

La gran esperanza de todos los que están interesados en política es que la gente corriente haya visto que este modelo no funciona y que estén experimentando pensar colectivamente en nuevas formas de poder social, de iniciativas económicas, de iniciativas democráticas. Hay mucha creatividad. Nunca en mi vida adulta había visto gente tan poco dogmática como la que he visto en España.  (...)

Habla del colapso del modelo capitalista como causa de esta crisis democrática. ¿Cree que la democracia no es compatible con el capitalismo?

El problema es que la democracia ha sido muy compatible con el capitalismo hasta ahora. Creo que una democracia real consiste en el poder social, que es algo que va completamente contra el capitalismo. El capitalismo consiste en privatizar el poder, en que el poder siga al dinero: cuanto más dinero tienes, más poder ganas. Me parece una manera muy antidemocrática de pensar el poder.

 Una de las cosas que más interesantes de las que oigo hablar son los nuevos modelos económicos: bancos cooperativos, todo tipo de colectivos autónomos, la gente que busca desarrollar pequeñas iniciativas que los apartan de los grandes negocios y multinacionales. Creo que es una parte muy importante de la historia democrática.

 No tiene sentido tener un sistema que parezca mucho más democrático si la vieja estructura capitalista sigue en su sitio. Esto para mí sería una derrota, una victoria muy superficial para una idea de democracia real. Una democracia real no es eso, sino que es gente implicada en un proceso de toma de decisión colectiva sobre los aspectos más importantes de sus vidas.

 Y no hay nada más importante que la casa donde vives, el hospital que usas, la escuela a la que vas, la universidad donde estudias o tu lugar de trabajo. Si no puedes tomar parte en las decisiones en estos espacios no vives una vida muy democrática.

¿Estas decisiones no deben tomarse desde las estructuras estatales?

No. Me parece que estamos aprendiendo cómo tomar decisiones a gran escala en un contexto deliberativo, y los experimentos más importante en este momento van en este sentido. ¿Cómo puedes involucrar 1.000, 10.000 o 100.000 personas en una decisión? Me parece que el Estado español es uno de esos pequeños lugares del mundo donde se está haciendo más trabajo en este sentido.

 Y el resto de nosotros y el resto del mundo aprenderemos mucho de los españoles porque están a la vanguardia de esta nueva clase de experimentos, y el resto del mundo lo está observando con gran interés. 

Miramos aquí para que nos muestren algunas soluciones sobre cómo se puede hacer esto sin excluir gente, sin crear nuevas estructuras de poder, sin crear sistemas no-transparentes. Creo que los españoles entienden estos problemas mejor que cualquier grupo de activistas que haya conocido nunca. (...)

A pesar de ello, el gobierno no está escuchando las reivindicaciones.

Cierto. Tenemos un momento de crisis en el que el modelo está en suspenso. Hay una gran movilización social, pero de momento no afecta a las estructuras del Estado. La gran cuestión para los activistas es cómo hacer que el Estado escuche. Creo que es una de las cosas interesante que estoy escuchando aquí.

 Hay claramente un gran debate entre los activistas sobre esto: quizás haya que hacer un partido político, pero otros dicen que no, que si haces un partido político te vuelves parte del problema que hay que solucionar. 

Es un debate muy creativo, porque no es un debate fijado, entre diferentes grupos que están muy adheridos a diferentes modelos, sino que es muy estratégico, sobre el momento histórico particular en el que se encuentra España, que es de un alto nivel de movilización y politización y aún así, los partidos, el Estado o la Unión Europea no están escuchando.

 Lo que los activistas se preguntan es cómo los hacemos escuchar. ¿Quizás con una ocupación de la plaza? Me parece que la gente dice: Bueno, esto nos ha traído hasta aquí, pero ahora tenemos que probar nuevas iniciativas. Quizás hacer como Beppe Grillo y hacer un partido antipolítico de protesta, o un partido avatar, o un partido de escaños en blanco. Hay este debate en marcha, que es muy saludable, dentro de una red, buscando desbloquear la cuestión.  (...)

¿Entonces quieres decir que la mayor parte de la gente es antisistema?

El sistema ha colapsado, no puede seguir. En España hay lo que llamamos una democracia zombie, una democracia que tropieza día a día y mes a mes, pero sin ningún sentido real de legitimidad, sin afecto y sin arraigo en las necesidades y deseos de las personas corrientes. Para mí la cuestión es cuándo este sistema zombie será apartado y sustituido por alguna otra cosa. La gente se ha dado cuenta de que esto no puede seguir y que es una cuestión de tiempo hasta que lo cambiemos."          (Entrevista al profesor australiano Simon Tormey, João França, eldiario.es, Rebelión, 02/04/2013)

13/3/13

Por qué fracasa la democracia

"A estas alturas no se puede negar que estamos en una crisis de la democracia, disfrazada de recesión económica. Cinco claves explican gran parte del fracaso de la democracia: el tiempo, el espacio, el dinero, la información y la creatividad.

1- Tiempo. Cuando los acontecimientos y las noticias son tan veloces, votar cada cuatro años es insuficiente. Nadie se imagina que el consejo de dirección de una empresa se reúna solo cada cuatro años. Incluso mi comunidad de vecinos se reúne, como mínimo, una vez al año, que supera con creces el ritmo de votación del sistema electoral. Con el sufragio, de media, un ciudadano elige sus representantes dos o tres veces por década. 

De otra parte, si los mercados bursátiles funcionan y reaccionan al minuto, si la corrupción y los abusos están tan extendidos, se ve difícil que las instituciones puedan responder con eficacia a través de comisiones de trabajo e investigación que se demoran durante meses y con unos tribunales que prolongan los juicios durante años. 

Asimismo la lentitud de los parlamentos en sus dictámenes y el mutismo de los gobernantes ausentes juegan con la ambigüedad para ralentizar cualquier cambio y restar importancia a las demandas de la ciudadanía.

2- Espacio. Decisiones que se toman en sitios remotos han roto una regla de oro de la Unión Europea: el principio de subsidiariedad. Berlín o Bruselas marcan la agenda, con unos informes gestados en la lejanía, insensibles a cualquier sufrimiento o padecimiento de la población. 

Ahora mismo China es uno de los máximos compradores de deuda soberana de la eurozona, especialmente de España e Italia. Por otro lado, las tensiones territoriales pueden aumentar en cualquier momento, como queda patente en la diferente interpretación del Estatut de Catalunya entre Barcelona y Madrid. (...)

3- Dinero. Hay que reflexionar en profundidad sobre la producción del dinero y su circulación. La ingeniería financiera, la deuda, el crédito, los mercados y las sociedades de inversión son realidades que escapan a unas instituciones periclitadas. 

El clientelismo entre partidos y empresarios, los paraísos fiscales, el fraude de las agencias de calificación de riesgos, la manipulación del Libor y del Euribor, el papel de la banca y sus contratos, la función de las empresas y su tributación, la mitomanía del crecimiento del producto interior bruto, todo ello conforma un magma a descifrar críticamente.(...)

 4- Información. La división de poderes y la limitación del poder dependen de una información plural de calidad. El periodismo tiene que recapacitar seriamente sobre todos esos artículos y suplementos de economía que ha publicado en los últimos años y que no han proporcionado un diagnóstico certero de la situación. Los asesores económicos y los gurús de la gestión empresarial no han servido ni para prevenir la crisis ni para salir de ella. (...)

5- Creatividad. Al cumplir ochenta años John Dewey escribió un texto sobre la democracia creativa. La democracia es aquella forma de vida común que permite la inteligencia cooperativa y la creatividad de sus miembros, incluidas las diferencias, porque los ciudadanos tienen derecho a crear sus propias vidas. 

Dewey se opuso a la distinción entre gobernantes y gobernados, pues todos los ciudadanos son soberanos. Siendo más joven ya dejó claro lo que no es gobernar en democracia:

 “Gobierno no significa que una clase o parte de la sociedad se imponga sobre la otra. El gobierno no está hecho de aquellos que tienen un despacho o que se sientan en una legislatura. Consiste en cada miembro de la sociedad política”.

Existe un déficit más grave que el financiero: las elites políticas y económicas presentan un déficit psicológico extremo en su conformismo. Su mayor problema no es la prima de riesgo soberano, sino la prima de sesgo creativo. Su falta de imaginación y empatía es manifiesta. 

Son la auténtica generación ni-ni: ni solucionan problemas, ni dan alternativas. Creen que con una pedagogía simplista, que trata a los ciudadanos como niños tutelados, es suficiente.(...)

 Si un presidente de gobierno declara orgulloso lo siguiente: “A veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y eso es también una decisión”, entonces queda invalidado para la creatividad democrática. 

Los partidos apáticos, los dirigentes indolentes, los intelectuales amorrados, los periodistas monocordes, los jueces acartonados y los patronos insensibles del laissez-faire egoísta son los mayores involucionistas en democracia. (...)

Las iniciativas legislativas populares, las mareas reivindicativas, las redes y movimientos sociales, los foros por los procesos constituyentes, los medios alternativos y críticos, los laboratorios cooperativos del procomún y otros fenómenos surgen como formas creativas de recrear la democracia en común."        (Ignazio Aiestaran, Noticias de Navarra, Rebelión, 02/03/2013)

12/2/13

De golpe nos preguntamos qué pasa con el país en el que vivimos. Cómo puede ser que hayamos convivido todos estos años de democracia con políticos corruptos

"De golpe nos preguntamos qué pasa con el país en el que vivimos. Cómo puede ser que hayamos convivido todos estos años de democracia con políticos corruptos. ¿Los hemos elegido mal? ¿O es la política, que todo lo ensucia y que siempre reincide? Mucho se ha escrito estos días al respecto.

Lo más sensato es entender la excepcionalidad del momento en clave de obsolescencia general del sistema político construido a finales de los años 70. Un sistema político, que si bien rompió con una forma dictatorial y autoritaria de dirigir el país, permitió grandes continuidades en el estilo corporativista y patrimonial de hacer negocios y de articular relaciones entre poder y sociedad.

Paolo Farnetti, discípulo de Bobbio, distinguía entre sociedad civil (con sus instituciones clave, mercado y comunidad), Estado (con sus aparatos burocráticos, judiciales, represivos, etc.) y sociedad política (partidos, asambleas representativas...). Y sostenía que era esencial un equilibrio entre esas tres componentes para que la democracia se consolidara. 

En España, la democracia es estable, pero el equilibrio no se ha dado. A causa de la debilidad de la sociedad civil y la relativa debilidad del Estado, el espacio democrático ha sido ocupado por unos partidos que han tendido a establecer relaciones de patronazgo con los aparatos estatales, usando patrimonialmente el poder y generando relaciones clientelares con la sociedad y especialmente con aquellos más dispuestos a aprovecharse de esas estructuras de decisión.

Como afirmó hace ya tiempo el profesor Fuentes Quintana, de todos los países europeos, España es el país en el que el capitalismo corporativo (con su mezcla de favores y contubernios entre dirigentes políticos y grandes corporaciones empresariales) cuenta con raíces más viejas y poderosas. 

El intervencionismo discrecional y amiguista, en forma de economía de la recomendación, constituye la base de ese capitalismo corporativo. Disponemos de un Estado de matriz napoleónica, pero con recursos limitados. Centralista, opaco y duro con los débiles, pero sin capacidad efectiva para imponerse a los poderosos. 

No puede, por tanto, sorprendernos que la política se haya ido entendiendo como un mecanismo de conexión con los beneficios derivados del ejercicio del poder y del control de la burocracia. Los partidos que han ido turnándose en el poder se han hecho fuertes conviviendo y aprovechando las ventajas de la intermediación, buscando ser ellos los que respondieran ahora al clásico “¿cómo está lo mío?”.

 En ese escenario, la sociedad ha tendido a desresponsabilizarse. Ha esperado mucho del poder político y al mismo tiempo le ha imputado los fallos del orden social. Pero siempre desde lejos. Como si la cosa no fuera con ellos."          ( , El País, Cataluña,  9 FEB 2013 )