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5/10/22

Biden pondrá en marcha la denominada Junta de Gobierno de la Desinformación... la Unión Europea está preparando una Ley de Servicios Digitales destinada a “regular la desinformación y el comportamiento de las grandes plataformas tecnológicas”... supondrá dar licencia a redes sociales y gobiernos para censurar contenidos si los consideran dañinos, aunque esos contenidos no sean ilegales... Otra herramienta de la UE es la denominada Media Intelligence Unite, una plataforma que monitoriza hasta 6.000 medios de comunicación para analizar cómo hablan de la UE... se trata de destinar los recursos públicos de la UE a hablar en positivo de la UE... estas dos iniciativas de Estados Unidos y de la Unión Europea tiene como objetivo intentar enfrentar relatos críticos de ciudadanos europeos organizados, de países extranjeros o de gobiernos europeos díscolos... Eso solo tiene un nombre: censura

 "Algo se mueve a los dos lados del Atlántico en asuntos de medidas gubernamentales sobre la información.

El jefe del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Alejandro Mayorkas, reveló durante una audiencia en el Congreso, el 27 de abril, que el gobierno de Joe Biden pondrá en marcha la denominada Junta de Gobierno de la Desinformación. Ante la pregunta de un congresista afirmó: “Acabamos de establecer una junta de gobierno de desinformación en el Departamento de Seguridad Nacional para combatir de manera más efectiva esta amenaza, no solo para la seguridad electoral sino también para nuestra seguridad nacional”, respondió Mayorkas, y señaló que la nueva junta también se centrará en detener la propagación de desinformación en las comunidades minoritarias.

“La difusión de desinformación puede afectar a la seguridad fronteriza, la seguridad de los estadounidenses durante los desastres y la confianza pública en nuestras instituciones democráticas”, dijo el departamento en un comunicado, sin aceptar la petición de entrevista de The Associated Press.
Según AP, la nueva junta -y aquí está la clave de su creación- “también monitoreará y se preparará para las amenazas de desinformación rusas a medida que se acercan las elecciones intermedias de este año y el Kremlin continúa con una agresiva campaña de desinformación en torno a la guerra en Ucrania. Rusia ha lanzado repetidamente campañas de desinformación dirigidas a las audiencias de EE.UU.”. “Más recientemente -añade AP-, los medios de comunicación estatales rusos, las cuentas de las redes sociales y los funcionarios han utilizado Internet para llamar falsos a fotografías, informes y vídeos de cadáveres y edificios bombardeados en Ucrania”.

Basta observar quién será la directora de la Junta de Gobernanza de Desinformación. Se llama Nina Jankowicz y, aunque es estadounidense, viene de ser asesora del Ministerio de Relaciones Exteriores de Ucrania sobre comunicaciones estratégicas bajo los auspicios de una beca de política pública Fulbright-Clinton, creada por el Departamento de Estado. Anteriormente fue becaria en el Centro Wilson y supervisó los programas de Rusia y Bielorrusia en el Instituto Nacional Demócrata.

Para ser la nueva responsable de la lucha contra la desinformación, Jankowicz ya sembró un bulo apoyando la idea de que la controvertida historia de la computadora portátil del hijo de Joe Bien, -donde aparecía información y vídeos con drogas, negocios turbios y prostitutas-, formaba parte de una campaña de desinformación llevada a cabo por Rusia. Finalmente, los propios medios que acusaban a Rusia, algunos de ellos de tendencia demócrata, terminaron reconociendo la veracidad del contenido del ordenador.

ENTRE LA DESINFORMACIÓN Y LA CENSURA ATACAN A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Mientras se cuece esto en Estados Unidos, en la Unión Europea se está preparando una Ley de Servicios Digitales destinada a “regular la desinformación y el comportamiento de las grandes plataformas tecnológicas”, que entrará en vigor en 2024.

Quizá lo más polémico es que la nueva legislación también quiere poder solicitar a las redes sociales eliminar directamente el contenido que consideren desinformante, y obligar a estas redes a permitir que sean también los usuarios los que marquen un contenido como ilegal, dañino o desinformante. Es decir, que ese señalamiento sea vinculante, de modo que las plataformas estén obligadas a eliminar este contenido. Pero, como señalaron algunos expertos a Efe, esto supondrá dar licencia a redes sociales y gobiernos para censurar contenidos si los consideran dañinos, aunque esos contenidos no sean ilegales, y han advertido de que es un ataque a la línea de flotación de la libertad de expresión en Europa.

Lo mismo sucede con la posibilidad que contempla la ley de adoptar «medidas especiales» en tiempos de crisis (como una amenaza para la salud o para la seguridad). Eso solo tiene un nombre: censura.

Como no conocemos todavía ningún borrador de esa iniciativa legal, podemos intentar vislumbrar su intención en base a la experiencia de la actividad institucional de la UE en cuanto al manejo de la información. Por ejemplo, hasta ahora el Parlamento Europeo busca contrarrestar las narrativas contrarias a sus instituciones lanzando información positiva sobre ellas y apoyando a periodistas y ‘fact-checkers’ para que verifiquen y desmientan los bulos lanzados por sus rivales. En un entorno en el que la realidad es cada vez más cuestionada, los esfuerzos de Bruselas se centran en promocionar sus valores y revertir el interés de potencias extranjeras en consolidarse como sistema predominante. Así lo reconoce Jesús Carmona, director de medios del Parlamento Europeo. Pero eso no es ninguna garantía de veracidad ni de pluralidad, es simplemente movilizarse para intentar que tu relato se imponga.

CONTROLAR EL RELATO DESDE LAS INSTITUCIONES

Otra herramienta de la UE es la denominada Media Intelligence Unite, una plataforma que monitoriza hasta 6.000 medios de comunicación para analizar cómo hablan de la UE. Los informes que realizan son de consumo interno y sirven para asesorar a la Comisión Europea (CE), detectar la proliferación de narrativas contrarias y actuar. “Ese rastreo de noticias nos permite hacer correcciones y hablar de la UE en positivo”, explica Paula Fernández Hervás, jefa de la unidad. “Si no estamos dejando vía libre a quienes solo mencionan lo negativo”. Bien claro lo está diciendo, no se trata de tener un ciudadano europeo mejor informado, con más pluralidad y más capacidad crítica, sino de destinar los recursos públicos de la UE a hablar en positivo de la UE.

En conclusión, todo parece indicar que estas dos últimas iniciativas de Estados Unidos y de la Unión Europea no están preocupadas por un ciudadano más y mejor informado, ni tampoco por crear mecanismos de vigilancia de la veracidad de la información. Su único objetivo es intentar enfrentar relatos críticos de ciudadanos europeos organizados, de países extranjeros o de gobiernos europeos díscolos. Pero la mentira y la desinformación puede estar en todas las posiciones políticas, en las que apoyan el relato oficial de la UE y en las que lo critican, en los países líderes de las políticas europeas, en las declaraciones de un portavoz de la Comisión Europea o del Departamento de Estado o en las de un representante de las potencias competidoras de la UE y EEUU por mercados o recursos. Y, por supuesto, pueden estar en las redes sociales y en un medio de comunicación extranjero, pero también en un medio mayoritario y “prestigioso” occidental, y hasta en el gabinete de prensa de un gobernante europeo o estadounidense.

Si las medidas legales que se están gestando y los departamentos que se crean solo piensan en la mentira foránea y del crítico es que solo traman censura y propaganda."                 (Pascual Serrano, Mundo Obrero, 17/07/22)

9/7/21

El algoritmo de YouTube amplifica los vídeos violentos y la desinformación

 "Según un informe de la Fundación Mozilla publicado el 7 de julio, el algoritmo de YouTube amplifica los vídeos violentos y la desinformación, a pesar de las normas de la empresa destinadas a limitar su difusión.

La fundación -una organización sin ánimo de lucro que aboga por cuestiones de privacidad- descubrió que el 71% de todos los vídeos que los voluntarios denunciaron como perturbadores fueron recomendados por el algoritmo de la plataforma de intercambio de vídeos. Entre ellos figuraban conspiraciones sobre el 11-S y la pandemia de coronavirus, así como la promoción de la supremacía blanca.

Los investigadores también descubrieron que los habitantes de países de habla no inglesa tenían más probabilidades de encontrar vídeos que consideraban perturbadores, lo que indica que los esfuerzos de YouTube por vigilar mejor sus plataformas han sido desiguales.

"El algoritmo de YouTube está trabajando en la amplificación de algunos contenidos realmente dañinos y está poniendo a la gente en caminos perturbadores", dijo Brandi Geurkink, gerente senior de defensa de la fundación. "Realmente muestra que su algoritmo de recomendación ni siquiera está funcionando para apoyar las políticas de su propia plataforma, en realidad se está descarrilando".

Un portavoz de YouTube dijo: "El objetivo de nuestro sistema de recomendación es conectar a los espectadores con el contenido que les gusta y, en un día cualquiera, se recomiendan más de 200 millones de vídeos sólo en la página de inicio".

El portavoz dijo que YouTube trabaja "constantemente" para mejorar la experiencia de los usuarios y que en el último año ha puesto en marcha 30 cambios diferentes para reducir las recomendaciones de contenidos perjudiciales.

YouTube, propiedad de Google, y otras plataformas similares se han resistido durante mucho tiempo a compartir información sobre sus algoritmos, alegando que viola los secretos comerciales y la privacidad de los usuarios.

Pero cada vez hay más pruebas que implican a los algoritmos de recomendación de las redes sociales en la difusión de información errónea y contenidos violentos. Los investigadores han acuñado el concepto de "radicalización algorítmica" para describir cómo los algoritmos de recomendación conducen a los usuarios hacia contenidos más extremos. Los estudios han convencido a los legisladores para que elaboren nuevas normas que abran los opacos algoritmos de las plataformas tecnológicas, conocidos como "cajas negras". Los gobiernos también están impulsando nuevas leyes para obligar a las redes sociales a vigilar mejor sus plataformas, y no limitarse a confiar en sus propias políticas de contenidos.

YouTube es el sitio web más visitado del mundo después de Google, con usuarios que ven alrededor de mil millones de horas de vídeos en su plataforma cada día.

La investigación de Mozilla se basa en una extensión del navegador, que permitió a más de 37.000 usuarios de 91 países denunciar "recomendaciones lamentables", y les permitió donar datos sobre cómo pasaron su tiempo en YouTube durante 10 meses. Mozilla la describió como la mayor investigación de crowdsourced sobre el algoritmo de YouTube."          
         (Clothilde Goujard , POLITICO, 07/07/21)

1/2/21

Las personas negacionistas, antivacunas o seguidoras de las conspiraciones no son personas que estén chaladas... hay por lo menos tres clases de personas. Unas son quienes están moviendo esto, otros quienes los apoyan y otros quienes se aprovechan. Y no tienen que ser las mismas personas

 "Desde el comienzo de la pandemia hemos visto cómo las teorías negacionistas o la desinformación se asomaban cada vez más en diferentes espacios de Internet. Y en la calle, con convocatorias físicas de mayor o menor éxito. 

Además, la presencia de la extrema derecha en muchos de estos mensajes ha hecho saltar todas las alertas de varios expertos que se dedican al seguimiento de este tipo de grupos. 

Uno de los más activos es Marcelino Madrigal, un veterano de internet y experto en tecnologías que cuenta con  un blog y una cuenta en Twitter desde donde intenta hacer pedagogía sobre las consecuencias de lo que se cuece en la red. Hablamos con él en cuartopoder de todos estos temas.

-Has trabajado desde hace muchos con nuevas tecnologías. ¿Cómo empiezas a interesarte por luchar desde diferentes ámbitos contra la manipulación, desinformación o abusos en Internet?

-Históricamente he estado con ese tema. He intentado siempre ayudar en ese sentido porque lo único que tengo son conocimientos sobre tecnología, redes y demás. He intentado compartirlos con la gente, que es el antiguo espíritu de la red. La red la entendíamos así, al menos la gente que llevamos muchos años en esto. Lo que ocurrió fue que cuando empezamos con la pandemia, la mejor manera que tenía de arrimar el hombro era poner esos conocimientos al servicio de la ciudadanía. 

En el sentido de que ante el tsunami de desinformación y manipulación que tenemos desde el comienzo de todo este drama, darle a la gente herramientas y contarles cómo pueden contrastar información, que supieran quién les hablaba. Todo de una forma simple para que fuera accesible a todo el mundo. Esto ha derivado también en poner ejemplos concretos. 

He intentado hacer un seguimiento de cómo han ido evolucionando los temas de negacionismo, conspiraciones, etc. En definitiva, yo no me puedo ir a una UCI a tratar a nadie, ni puedo hacer otras cosas, pero lo que tenía a mano podía valer. Parece que por lo menos a algunas les ha servido, con lo que me congratulo. 

-Has defendido siempre que las personas negacionistas, antivacunas o seguidoras de las conspiraciones no son personas que estén chaladas.

-No creo en eso. Siempre he dicho que estos temas hay que tratarlos con toda la seriedad del mundo. Considerar que son personas chaladas es un error mayúsculo. En todo este mundo siempre digo que hay por lo menos tres clases de personas. Unas son quienes están moviendo esto, otros quienes los apoyan y otros quienes se aprovechan. Y no tienen que ser las mismas personas. Habrá gente que crea que el 5G es malo pero no tienen que ser frikis.

 Probablemente les han confundido o están mal informados. Hay una serie de mecanismos dentro de las conspiraciones que llevan a este tipo de explicaciones. Por muy absurdo y pintoresco que nos parezca, es un error juzgarlo de esa manera. Cuantitativamente habría que medirlo, si realmente es mucha gente o solo hacen mucho ruido, pero yo creo que las cosas hay que tomárselas en serio. Porque si obvias este tipo de problemas, te puedes encontrar con un problema más grande. No quiero decir que nos ocurra lo que ha pasado en EEUU con las conspiraciones, pero sí puede conducir a algo grave.

-¿Qué consecuencias pueden tener estos mensajes que se difunden por las redes sociales? Recuerdo que cuando estuviste en el programa Salvados preguntabas si una persona puede hacer daño mediante redes sociales a otra persona, a una empresa y a un país.

-En mi opinión es obvio, pero quizás la gente no reflexiona sobre eso. Hay gente que no ve las consecuencias de esto. Nosotros lo estamos sufriendo ya como país. Porque no genera nada bueno tener a la gente desinformada o con unos intereses peligrosos. El riesgo está ahí. No ha llegado la sangre al río todavía pero estamos viendo una serie de acciones que pueden desembocar en cosas mucho más graves. 

Por ejemplo, si tienes todo el día a gente calentando con el negacionismo y diciendo que a los abuelos los han asesinado en una residencia poniéndoles las vacunas de la gripe y una antena de 5G al lado, imagina las consecuencias que puede tener en alguien que esté trastornado, si se presenta en algún sitio y hace alguna locura.

-Siempre habéis defendido muchos expertos que hay una amalgama de gente muy diferente inmersa en este tipo de teorías y por ejemplo que la extrema derecha está aprovechando. En este sentido hace unos días alertabas por Twitter que se estaban empezando a difundir mensajes de grupos nazis llamando prácticamente a la lucha armada. 

-Llamando prácticamente no, llamando. No es nuevo, lo llevo avisando meses. Cuantitativamente habría que ver cuánta gente es, porque el otro día en Madrid hubo una manifestación de 1.000 personas. Y había nazis allí. Lógicamente en los medios hemos visto a la gente más o menos pintoresca. Pero yo sí tengo constancia, porque conozco los grupos, de que había gente allí nazi. Hace unos meses ya había grupos nazis llamando a montar grupos de autodefensa. Porque en este tipo de teorías se mezclan mensajes de todo tipo, no es un negacionismo puro que se queda ahí sino que los mensajes que se meten en los canales son de todo tipo.

Esos grupos de autodefensa también azuzan con la inmigración. Hemos visto cómo se aprovecha lo que pasa en Canarias y solo falta que pase algo grave para que nos echemos las manos a la cabeza. Y aquí en Madrid lo hemos tenido también, ha habido determinados barrios donde se ha acusado a menores tutelados de todo tipo de actividades. Y todo va in crescendo. Ojo, yo siempre digo que hablo de la extrema derecha y la pandemia porque vivimos este momento así. Si hubiera gente de la CUP, de los CDR o de Podemos haciendo esto, lo diría igual. Porque en definitiva, quien sufre o paga el pato de todo esto somos los ciudadanos.

-Has dicho que una de las principales “cocinas” de este tipo de mensajes es Telegram. 

-Sí, es una de ellas. Lo que postulo es que igual que hay decisiones que se toman en despachos, la desinformación no nace espontáneamente. Estos se organizan en sitios donde tienen que tener privacidad, empiezan en sitios muy pequeños y luego se va distribuyendo. Donde sí hay un cambio que a mí me parece significativo es en el hecho de que la desinformación ahora mismo está pasando de las redes sociales a la mensajería instantánea. Por una sencilla razón, que es más difícil trazar los orígenes. 

En las redes ahora nos enteramos de cosas de pasada, porque todo se hace más a través de Whatsapp y similares. Hablo de la difusión, no de lo que yo llamo la cocina. La cocina donde se genera todo este tipo de desinformación es en despachos cerrados. Son operaciones de manipulación muy claras.

 -Te preocupa también, según has dicho, que en manifestaciones y protestas legítimas como la de los hosteleros se están incrustando también personas negacionistas.

-En noviembre estuvimos viendo las manifestaciones que surgieron. Qué curioso que un montón de manifestaciones se presenten como espontáneas en los mismos días y de la misma que aparecen, desparecen. Tengo constancia de que algunas acciones, como cuando los hosteleros tiraron sangre  en Barcelona, se las han atribuido grupos de extrema derecha. Estos grupos se están aprovechando del dolor de muchos colectivos para meterse ahí. Hay grupos como Hogar Social que aprovechan algunas cosas, con los mismos esquemas de Amanecer Dorado y están por ahí incrustándose.

-¿Qué influencia tiene en España la teoría Qanon, surgida en EE.UU?

-Existe un paralelismo muy evidente de esquemas y mensajes de un sitio y otro. Para mí está claro que están conectados. Existen conexiones entre estos grupos. Pero difiero un poco de algunas lecturas. Porque en el tema de Qanon prefiero referirme a ellos no como una teoría de la conspiración sino como una forma de comunicación, que es lo realmente grave. El problema ha llegado para quedarse. 

Los más creyentes de Qanon están esperando un poco porque todavía tienen fe en que algo vaya a pasar en EEUU con la Presidencia. Esta forma de comunicación hay que combatirla y hemos visto algunas cosas que están presentes ahí, como lo del virus chino, hasta aparecer en el Congreso de los Diputados.

-¿Cómo se combaten estas formas de comunicación o cómo deben combatirlas las administraciones?

 -Al menos ocuparse de ello, que no lo hacen. Hay mucho miedo sobre todo al tema de la red. Yo no digo que el Estado tenga que intervenir la red, siempre he pensado en la autorregulación de las personas que formamos la red como los que deberíamos parar esto como afectados. Pero tiene muy mal arreglo porque se ha delegado mucho poder en algunas empresas, especialmente en EEUU. Hay una serie de ingredientes que se deberían aplicar, y no solo para las redes sociales sino para mejorar la sociedad. Por ejemplo, algo como la transparencia.

Todo este tipo de información no es espontánea y está financiada. Alguien está pagando para que haya determinados contenidos. Probablemente se parte de fundaciones o asociaciones que tienen más o menos vínculos con determinados partidos dentro del propio Congreso y fuera. Y con lobbys y grupos de interés. 

Pero eso no lo conocemos porque falta transparencia. Yo apostaría a que mucha de esta desinformación la estamos pagando con dinero público. Si aplicamos la receta de la transparencia y vemos cómo se financian los partidos y sus fundaciones, igual encontramos algunas sorpresas y podemos empezar a limpiar esto un poco. Creo que soy bastante explícito.

-Cambiando de tema, me gustaría también comentar el tema de los abusos sexuales a la infancia en la red. Has trabajado mucho en este y colaborado en investigaciones para desmontar unas actividades delictivas que en la red están al alcance de mucha gente.

-A un clic de distancia, sí. Encontrar abusos de menores en una red social o en buscador de internet tardas un segundo y medio. Es un problema endémico que lleva tiempo así. Yo estuve en 2013 en el Congreso, en una subcomisión de Interior referente a los problemas de los menores en las redes sociales. He llamado a todos los sitios y alertando de lo que pasaba. Con reivindicaciones muy básicas que la gente lo notifique a la Policía o Guardia Civil.

 A mí me dieron hostias por un tubo durante años pero los últimos datos que hay, públicos, hablan de que en las redes sociales en 2019 hubo 16.900.000 casos de este tipo. Y digo más, con origen en España hubo 48.000 casos. Cuando empecé con esto, hubo una explosión de casos y se tomaron medidas. Pero se tomaron medidas para proteger los derechos de autor, para perseguir a tuiteros con chistes. Se aprobó la Ley Mordaza. En 2019, Twitter ha reportado 1 millón de casos. Cuando yo lo denuncié hace tiempo me llamaron de todo. Incluso me dijeron que yo era un pedófilo que me dedicaba a buscar eso.

El procedimiento no funciona. La base de datos de EEUU tiene 280 millones de imágenes de abusos. De esos tenían identificados 15.000 víctimas, y parece que no importa."                   

(Entrevista a Marcelinao Madrigal, Miguel Muñoz, Cuarto poder, 31/01/21)

19/8/20

“Uno tiene una reputación que mantener. Y a Twitter vinimos a odiar». La endogamia que han institucionalizado los algoritmos de Google y las redes sociales han venido a reforzar la tendencia humana a la atención y memoria selectivas, que nos hacen atender y retener aquellos argumentos que reafirman nuestras preconcepciones y rechazar cada vez más los contrarios

"El auge de los discursos neofascistas, la proliferación de los canales de difusión de las fake news, el mal uso de las redes sociales y la irresponsabilidad del periodismo juegan un papel fundamental en la polarización de la sociedad. 

Ismael Serrano odia a Jorge Drexler. Y a Pedro Guerra. Y a Rozalén. Y a Silvia Pérez Cruz. Dice que hacen cosas maravillosas. Pero dice, además, que puede que también los ame, las ame. «Pero que no salga de aquí”, avisa en una red social. “Uno tiene una reputación que mantener –prosigue–. Y a Twitter vinimos a odiar». El auge de los discursos fascistas y neofascistas, la expansión de los rumores y las fake news, y el modelo de confrontación que han normalizado determinadas tertulias televisivas se han instalado en nuestras vidas. O es blanco o es negro. O estás conmigo o contra mí. 

No hay apenas margen para los matices. La endogamia que han institucionalizado los algoritmos de Google y las redes sociales han venido a reforzar la tendencia humana a la atención y memoria selectivas, que nos hacen atender y retener aquellos argumentos que reafirman nuestras preconcepciones y rechazar cada vez más los contrarios. 

Lo hemos visto con el conflicto en Cataluña, lo estamos viendo con los feminismos y lo vemos también con los desencuentros feroces entre la propia izquierda –sin contar, por supuesto, la polarización entre posiciones de derecha y de izquierda–. Son solo algunos ejemplos. ¿Recuerdan los insultos a Serrat, a Ada Colau? ¿Les suenan los ataques a propósito de las propuestas de abolición o regulación de la prostitución? ¿Acaso alguien no ha oído hablar aún de La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé?

Hace tres años, la Universidad Politécnica de Madrid desarrolló un modelo para detectar el grado en que una conversación en Twitter está polarizada. En concreto, medía el efecto que una minoría de individuos influyentes, o «usuarios de élite» –en la política, en el periodismo…–, tuvo en la opinión de cualquier usuario o usuaria de la red. El caso elegido para el estudio fue la muerte en 2013 del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. 

 Durante los días más críticos –entre la muerte y el funeral–, la polarización cayó a sus niveles más bajos, debido al hecho de que la población usuaria extranjera se unió a la conversación. Seis días después, cuando comenzó la campaña política electoral, volvió la estructura polarizada de la red social, que se correspondía con los registros de votación y las afiliaciones políticas de cada municipio.

Un estudio reciente, publicado el pasado noviembre en la revista científica PNAS, analiza, con el caso de Cataluña de fondo, cómo los bots se dirigen principalmente a personas influyentes, pero generan contenido semántico dependiendo de la postura polarizada de sus objetivos. «Durante el referéndum catalán de 2017, utilizado como un estudio de caso, los robots sociales generaron y promovieron contenido violento dirigido a los independentistas, lo que finalmente exacerbó el conflicto social online«, dice el estudio, que recoge cuatro millones de publicaciones en Twitter el 1-O generadas por casi un  millón de personas usuarias. 

Aunque estos sistemas pueden ser beneficiosos, por ejemplo, para mejorar el rendimiento colectivo, expresa la investigación, su uso incorrecto puede tener efectos dramáticos: «Nuestros hallazgos respaldan la hipótesis de que los bots pueden influir en la difusión de información en los sistemas de redes sociales, específicamente al acentuar la exposición a contenidos negativos, inspiradores de odio e inflamatorios, lo que exacerba los conflictos sociales online. Esta tendencia relativa, junto con la capacidad emergente de controlar redes que varían en el tiempo, como los sistemas sociales online, motiva aún más la necesidad crucial del desarrollo de técnicas cuantitativas como la que aquí se propone para desenmascarar la manipulación social promulgada por los robots».

Tras 20 años  trabajando para los principales medios estadounidenses, Amanda Ripley, abrumada por la creciente crispación en su país, decidió dedicar tres meses a investigar cómo podía contrarrestarse esta peligrosa deriva desde el periodismo. Entre sus conclusiones, publicadas en The whole story, explica que de las personas que participaron en laboratorios de debate sobre cuestiones en las que tenían opiniones polarizadas, “las que habían leído artículos basados en planteamientos simplistas antes de su intervención tendían a permanecer en actitudes negativas durante la conversación. 

Mientras que aquellas que habían leído informaciones más complejas hacían más preguntas, proponían ideas de mayor calidad, finalizaban su participación en los grupos más satisfechas con sus conversaciones” y con mayor predisposición a continuar con la conversación.

La creciente precarización del periodismo –con el despido de más de 12.000 profesionales de los medios de comunicación en esta década de crisis en España– ha conllevado la proliferación de freelances y falsos autónomos/as. Y esta radical transformación del ecosistema del oficio ha convertido la profesión periodística no solo en productora de información, sino también en representación y divulgación de la misma a través de las redes sociales. 

 La ecuación, por tanto, parece de cajón: a mayor visibilidad, mayor difusión del trabajo. Es decir, donde antes había un simple o una simple periodista, una firma sin más –o acreditada por una trayectoria rigurosa–, ahora existe una marca. Crearse una marca, como enseñan en algunas facultades de periodismo. “Es un disparate. 

Es verdad que los medios tradicionales han perdido la credibilidad y quienes la conservan son los nombres, da igual que trabaje para la BBC o para La Voz del barrio. Y es natural que 20 o 40 años de buen trabajo te generen una firma, pero el objetivo no puede ser empezar por crearte un envoltorio de ‘qué guay soy’ y que dentro no haya nada”, afirma el veterano y reputado periodista Javier Espinosa. Una marca crece gracias a la satisfacción de sus clientes, una firma se construye a través de los años con la calidad de su trabajo.

Y aquí llega otro factor que influye en la polarización. Ganar seguidores o depender económicamente de tu comunidad, en el caso de los medios de comunicación, no está exento de riesgos para la independencia. Porque el peaje en forma de campañas de descrédito, unfollows e, incluso, destierro de determinados espacios o eventos, puede también desembocar en la tentación de abstenerse de informar sobre temas incómodos o enrevesados. Y aquí llega otra cuestión importante: otra forma de autocensura, tan vilipendiada cuando nacía de la dependencia de los medios a los intereses económicos y políticos de sus financiadores, pero tan difícil de admitir cuando se trata de nuestros propios lectores y lectoras. Es decir, en algunos casos, se ha pasado de la autocensura por la publicidad a la autocensura por las audiencias.

Retroalimentación

Ressetting the table es una organización estadounidense dedicada a fomentar el diálogo entre comunidades divididas por sus opiniones. En su documentación explican que “según pasa el tiempo, las personas crecen alimentando su certeza en lo obvio que resulta la veracidad de sus creencias y el rechazo a lo que les parece irracional, maléfico, extremista o loco de los posicionamientos o acciones de los otros”. Esta tendencia natural a la reafirmación conduce a la búsqueda de aquellas informaciones que refrendan nuestras preconcepciones, que resuenan como nuestro eco y, consecuentemente, penaliza aquellas que la contradicen total o parcialmente.

Este proceso de retroalimentación conduce a la polarización de las sociedades en aquellos asuntos más controvertidos, como estamos viendo en los temas anteriormente mencionados, el auge de los discursos fascistas, el conflicto sirio o la reciente crisis nicaragüense. Cubrir estos procesos en los que hay sectores con posiciones muy alejadas y hacerlo atendiendo a su complejidad, zonas grises, matices e, incluso, incoherencias, es a menudo penalizado en un contexto en el que la búsqueda de la tribu se construye desde el relato del ‘nosotrxs versus ellxs’, y en el que apenas hay espacios de encuentro o desde los que empezar a construir consensos.

Así fue cómo el triunfo del presidente de EEUU, Donald Trump, pilló por sorpresa a muchos de los grandes medios de comunicación estadounidenses y a parte de su sociedad. Haber querido entender y explicar las complejas razones de una parte importante del electorado para votar al candidato republicano no era tarea fácil, y la simplificación, mucho más consumida y demandada por su fácil digestión, no se lleva bien con la realidad.

 Más cercano nos pilla el ejemplo de la guerra siria: periodistas con reconocidas trayectorias han sufrido insultos y campañas de descrédito por incluir en sus informaciones datos sobre los crímenes de lesa humanidad del régimen de Assad documentados in situ. 

Algo muy parecido a lo que está ocurriendo ahora con quienes están contándonos los asesinatos, violaciones y desapariciones que están sucediendo en Nicaragua desde que parte de la ciudadanía nicaragüense saliese a las calles a protestar contra la corrupción y la censura del gobierno de Daniel Ortega. En ambos casos, hay una parte minoritaria de la izquierda que se ampara en la crítica al imperialismo de EEUU para ocultar los crímenes de quien considera sus hijos de puta, una expresión muy usada por los secretarios de Estado norteamericanos desde los tiempos de Roosevelt.

En el debate sobre la prostitución, los y las autoras de artículos que no partan claramente de una de las dos posiciones dicotómicas –el abolicionismo o el regulacionismo– son habitualmente tildadas de aliadas de los proxenetas y las redes de trata o, desde la posición contraria, negadoras de los derechos laborales de las ‘trabajadoras sexuales’. Cécile Barbeito, investigadora de la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona, una reputada institución dedicada a la investigación y la práctica de la mediación y la resolución de conflictos, sostiene que para que una confrontación o disensión se resuelva, es necesario incorporar al diagnóstico todas las visiones sobre un asunto, sin demonizar ninguna de las partes y, desde luego, jamás reducirla a dos facciones en liza.

 “El prestigioso negociador de conflictos John Paul Lederach nos dijo una vez que había que pasar de las conjunciones disyuntivas a las copulativas, es decir, el trabajo de alcanzar la paz consiste en conseguir una cosa y la otra, hacer compatibles ideas que de entrada parece que no lo son a través de los puntos en común”.

Intensidad emocional

Este tipo de análisis, tradicionalmente observado como propio de los posconflictos, resulta cada vez más pertinente para promover la sana convivencia y para los medios de comunicación que configuran “actitudes sociales en relación con los conflictos y su transformación” y que, en algunos casos, tienden a fomentar “los estereotipos, las imágenes del enemigo y las demonizaciones”, como lo resume en sus escritos Vicenç Fisas, director de la Escola y experto mediador internacional.

La investigadora del Centro Suizo de Ciencias Afectivas Cristina Soriano analizó en una de sus investigaciones los tipos de metáforas que usamos para hablar de las negociaciones y cómo afecta su uso en la resolución de conflictos. Según explicó en un workshop del Instituto Cultura y Sociedad, recogido por la Universidad de Navarra, el primer tipo de metáforas tiene que ver con la lucha: «Consiste en plantear la negociación como una guerra, con un ganador y un vencedor, sin confiar en el otro, y llama al no entendimiento”. 

La segunda fórmula consiste en entender los conflictos como una construcción. Y en tercer lugar, habla de las metáforas neutras. “Estas ni ayudan ni perjudican, son metáforas en las que la negociación se entiende como un proceso abierto que no sabemos dónde va a llegar». Tras realizar un experimento en el que varias personas tenían que negociar, se llegaba a la conclusión de que si todas colaboraban ganaban dinero, si ninguna cooperaba todas perdían mucho dinero. Y si una decidía cooperar pero la otra persona no, la que no cooperaba se lo llevaba todo y la que cooperaba lo perdía todo.

Lo estamos viendo, insiste Barbeito, en el caso del procés, que lo pone como ejemplo para hablar sobre cómo algunos medios contribuyen al enrocamiento de la controversia: “En contextos muy polarizados, los medios empiezan a fijarse cada vez más en los polos extremos porque son los más llamativos, convirtiendo a las personas con posiciones más equilibradas en chivos expiatorios. Pasó con Serrat cuando fue a visitar a los presos: fue acusado de todo porque era socialista y estos son antiindependentistas y, por el lado contrario, porque se acercase a los presos. Hay que mostrar que hay posiciones intermedias pero haciéndole preguntas distintas”. 

Barbeito subraya la necesidad de proponerles hablar de cuestiones transversales al conflicto y que alumbren así nuevos espacios de encuentro, en lugar de plantearles las mismas cuestiones que a los polos más distanciados, lo que les obligaría a rebatir los argumentos de ambas y exponerse así a sus agravios. “Lo que quiero es comprender”, respondió la filósofa Hannah Arendt cuando parte de la sociedad judía estadounidense la rechazó y boicoteó por contar en The New Yorker, por primera vez, el papel que tuvieron los representantes de la comunidad judía en el Holocausto. La acusaron de responsabilizar a las víctimas, cuando lo que buscaba era que comprendiésemos los mecanismos del mal.

En el XIII Seminario Internacional de Lengua y Periodismo celebrado el pasado mayo en San Millán de la Cogolla, la ponencia de la investigadora Soriano –leída por el investigador en el Complexity Science Hub de Viena David García– incidía en la importancia del lenguaje y las emociones para frenar esta polarización: «Construimos una representación de la realidad simplemente por lo que los demás sienten y nos hacen sentir. […] Una mayor competencia lingüística contribuye a una mayor inteligencia emocional», resumió.

«¿Por qué creemos lo que creemos? Necesariamente tenemos que cuestionarnos aquello que creemos», intervino durante las jornadas la filósofa Ana Carrasco. De no hacerlo, advirtió, existe un riesgo de contribuir no ya a la posverdad, sino a lo que llamó «posrealidad»: «No es la realidad, pero la ha deformado. Las falsas noticias han tenido éxito», dijo. El proyecto Maldito bulo, inmerso estos días en un crowdfunding para recaudar fondos que le permitan seguir trabajando, se encarga precisamente de chequear las noticias. “Hace poco fui a trabajar con un grupo temas de inmigración y refugio. Ante los rumores que reproducía el alumnado –”se llevan todas las ayudas”, “vienen a quitarnos el trabajo”…– les exponía los datos de la ONU, del Ministerio de Trabajo. No se los creían. 

Fueron siete jornadas y era evidente que me rechazaban. La orientadora me explicó por qué: «Les hacía pensar y eso les disgustaba porque conlleva una deconstrucción, lo que no es fácil para nadie”, cuenta Ana Soriano, técnica de Educación para el Desarrollo de la ONG CEAR Madrid. Para cambiar la atmósfera que se había creado, Soriano echó mano de su herramienta más eficaz: “Escucharles, porque cuando las personas se sienten escuchadas, sienten que son tomadas en consideración, y entonces hablan”.

Esa es una de las sugerencias que ofrece en sus manuales, disponibles online, la plataforma Stop Rumores, de Andalucía Acoge. Entre sus recomendaciones sobre cómo desmontar prejuicios racistas, subrayan la importancia de elegir momentos de baja intensidad emocional y ofrecer información al interlocutor o interlocutora de manera amable para que sean ellos quienes lleguen a sus propias conclusiones. Una práctica de esos buenos tratos –conciliación, desapasionamiento, escucha activa– que, el periodismo de paz, una metodología con casi medio siglo de existencia basada en el análisis del funcionamiento de los conflictos, propone que convirtamos en noticia, dándole así el valor social que merecen.

Puesto que el respeto por la pluralidad de ideas –siempre que respeten los derechos fundamentales– y la convivencia las construye la ciudadanía a través de los hechos, pero también de la comunicación, el periodismo de paz nos ofrece una serie de técnicas aplicables al ejercicio informativo y a las relaciones personales. En su investigación sobre esta práctica periodística, Eva Espinar Ruiz y Maribel Hernández Sánchez reivindican la necesidad de desarrollar el sentido del escepticismo teniendo en cuenta que “la información es una representación” construida a través del sesgo que nos atraviesa a cada uno de nosotros y nosotras. Pero, sobre todo, mirar la realidad con una perspectiva periférica y buscar narraciones periodísticas que no teman problematizar la realidad, describirla desde su complejidad.

“La complejidad es contagiosa, funciona, lo que resulta una maravillosa noticia para la humanidad”, concluye Ripley en The whole story. Y esa asunción de la complejidad es el primer paso para deshacernos de los pensamientos únicos, aprender a debatir sobre ideas sin que se viva –o se convierta– en un cruce de ataques personales. Se trata, al fin y al cabo, de respetar, que no es sino una forma de cuidar y de cuidarnos."                    (Patricia Simón, La Marea, 01/01/19)

9/3/20

Los árbitros culturales de la actualidad se dedican a menudo a seguir la corriente. Al hacerlo, corren el riesgo de derrotar el propósito de su trabajo, que es distinguir entre el buen y el mal arte y saber qué es propaganda y qué no lo es.

"Hace poco, una noche de domingo me metí en un cine diminuto de un barrio residencial de Brooklyn para ver un documental. El local olía un poco a humedad y el radiador escupía demasiado calor, pero había algo deliciosamente anticuado en el ambiente, incluido el ocasional fallo en la proyección. 

Si no lo hubiera sabido, podría haber pensado que estaba en la universidad otra vez, viendo películas como Alphaville de Godard y Nosferatu de Murnau en proyecciones de 16 milímetros que no paraban de romperse o desenfocarse.


El motivo de la ubicación era que en octubre otro local de Brooklyn –con unas pocas horas de aviso– había suspendido la segunda de las dos proyecciones del mismo documental. 

Esto puede parecer raro si tenemos en cuenta que la primera había registrado un lleno completo, pero el tema de la película era Jordan Peterson, el controvertido psicólogo canadiense convertido en gurú y filósofo. Aunque no había habido señal de angustia del público, parte del personal del cine dijo que se había sentido incómodo al ver la película. Así que su jefe canceló la proyección.


The rise of Jordan Peterson, el debut de la directora residente en Toronto Patricia Marcoccia, se estrenó oficialmente en septiembre. Pero su exhibición ha ocurrido a trompicones, en buena medida porque la naturaleza profundamente polarizadora de su protagonista ha hecho que los cines sean reacios a exhibir el filme. Peterson tuvo una larga carrera como académico relativamente desconocido hasta hace unos años, cuando se volvió extremadamente popular por razones a veces perturbadoras. 

En 2016 subió un vídeo a Facebook donde expresaba su rechazo a una proposición de ley que, según él, podía penalizar a gente que se negara a emplear pronombres de género neutro como ze, zir o el they con sentido singular. El vídeo se hizo viral y convirtió a Peterson en un héroe de la lucha contra la corrección política.  (...)

El cine de Brooklyn no fue el único que suspendió pases de la película. En septiembre, el Carlton Theater de Toronto cortó lo que debía ser una semana de proyecciones. Otro cine de Toronto se echó atrás. Y en Portland, Oregón, un pastor recibió amenazas de muerte tras organizar una proyección en su iglesia. Contrató seguridad extra y puso el documental de todas formas.

En sí, el relato de la cancelación (literal) tiene una importancia relativa. Marcoccia y Ghaderi han dicho que están cansados de hablar del asunto y querrían que la prensa abordara la película artísticamente (por ejemplo, escribiendo de ella) en vez de limitarse a informar sobre la polémica. También está el hecho de que el filme, de forma poco sorprendente, está funcionando bastante bien en servicios de streaming.  (...)

Si en el pasado confiamos nuestras instituciones artísticas a especialistas muy formados cuya autoridad residía en su conocimiento y gusto, los árbitros culturales de la actualidad se dedican a menudo a seguir la corriente. Al hacerlo, corren el riesgo de derrotar el propósito de su trabajo, que es distinguir entre el buen y el mal arte y saber qué es propaganda y qué no lo es.

The rise of Jordan Peterson no es una película de propaganda. Es una película sobre la propaganda. Trata de la forma en que los hechos se han vuelto impotentes frente a representaciones que los distorsionan. Además, trata de cómo Peterson, de forma consciente o no, se ha vuelto cómplice de sus propias distorsiones. “Creo que no ve que cuando está combatiendo en esta batalla [frente a quienes lo caracterizan de forma errónea] cae en los mismos errores de los que les acusa”, dice en un momento el amigo y colega de Peterson Wil Cunningham, profesor de psicología de la Universidad de Toronto.


Ese tipo de observación aparece las veces suficientes en la película como para que cualquiera dedicado a la tarea de programar películas en un cine, al margen de sus preconcepciones sobre el tema, esté en condiciones de ver que trata de algo mucho más ambicioso que la promoción de una figura concreta. Además, cualquiera que se dedique a esa tarea debería poder decir a sus subordinados incapaces de establecer esa distinción que presten un poco más de atención y quizá aprendan un par de cosas sobre el cine, ya que trabajan en uno.


Pero en muchos aspectos esa es la versión de la vieja escuela de la prescripción cultural, una reliquia de cuando esperábamos encontrar conocimiento en los prescriptores culturales. Hoy, buena parte de la prescripción implica cómo y cuándo debes escurrir el bulto. En otoño de 2018, el director del New Yorker David Remnick lo aprendió por las malas. Cuando se anunció que Remnick había invitado al antiguo asesor de Trump Steve Bannon al New Yorker Festival con la intención de entrevistarlo en público (y posiblemente con la intención de utilizar técnicas cultivadas de interrogación para desvelar lo horrible que es Bannon como nunca se había visto antes) la reacción de muchos redactores de la revista y participantes del festival fue tan rápida y vociferante que Remnick dio marcha atrás y retiró la invitación.


La capitulación condujo a una nueva ronda de críticas (por mi parte, lamenté no tener la oportunidad de ver a Bannon despellejado en público), pero, dadas las reglas actuales del arbitrio cultural, es probable que Remnick hiciera lo correcto. Después de todo, pensemos en lo que había pasado en el Whitney Museum. Con la polémica derivada de los intereses empresariales de un miembro del patronato en la fabricación de gas lacrimógeno, las cosas se calentaron tanto que cuando se celebró la Whitney Biennial el verano pasado se prestó más atención a los artistas que se marchaban que a las obras de arte en sí. (Esto no debe confundirse con el lío de la Whitney Biennial en 2017, donde la polémica sobre unos cuadros de temática racial dominó el debate en torno a toda la exposición.) 

Se han producido discusiones similares sobre las numerosas instituciones artísticas financiadas por la familia Sackler, cuya filantropía es posible en buena medida gracias a inversiones en compañías farmacéuticas que muchos culpan de la crisis de los opiáceos. Como los artistas del Whitney, los participantes famosos del New Yorker Festival prometían no asistir si Bannon estaba en el programa.


Como el paisaje digital ha hecho que las instituciones culturales tradicionales se encuentren en un estado más precario que nunca, se podría argumentar que ceder ante la presión para preservar el tipo de fuentes de ingresos que generan los grandes festivales termina ayudando más que dañando al arte. Eso significaría que Remnick tomó una decisión fiscalmente responsable que pretendía proteger a la revista. De acuerdo.


Pero una cosa es que los camareros de las artes respondan a las presiones de los consumidores y otra utilizar la política como excusa para no mostrar materiales que no encajan bien en un campo ideológico.


“Los programadores nos dijeron que no había espacio para películas con matices”, me dijo Gadheri cuando lo vi con Marcoccia en un restaurante cerca de la Universidad de Columbia antes de que mostrasen su documental a un grupo de alumnos del campus. Me dijo que un cine se planteó pasar la película con una mesa redonda después donde estuvieran representadas las dos partes. Pero el comité decidió que tener a ambas partes creaba un ambiente poco seguro.


“Por cierto, la decisión se tomó sin ver la película”, dijo Gadheri.


Marcoccia señaló que una influencia importante para el filme había sido Capturing the Friedmans, un aclamado documental de 2003 sobre una familia de Long Island investigada por abusos sexuales a menores dentro y fuera de la familia. La película se estructura como una cinta de Moebius de incertidumbre y ambigüedad moral. Verla es cambiar de opinión de un momento a otro. En 2003, eso se consideraba una virtud artística. Los críticos elogiaron abrumadoramente el documental –“es una película sobre el avispero de misterio que hay en cada alma humana”, dijo el Washington Post– y ganó el premio del jurado del Festival de Cine de Sundance ese mismo año.


“¿Se podría hacer ahora una película como Capturing the Friedmans?”, preguntó Marcoccia.


Ghaderi mencionó otro documental, The fog of war de Errol Morris. También de 2003, es básicamente una larga entrevista con Robert S. McNamara, el secretario de Defensa bajo John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, y por tanto el máximo responsable de la carnicería de la guerra de Vietnam. Como ocurre en casi toda la obra de Morris, el filme no le dice al público lo que debe pensar y deja que el protagonista hable por sí mismo. Ganó el Óscar a la mejor película documental del año.


“¿Esa película se considera aceptable según los estándares actuales?”, preguntó Gadheri.

Hay un experimento bastante bueno para esa pregunta. En el otoño de 2018, más o menos cuando Remnick retiraba su invitación a Bannon para el New Yorker Festival, Morris estrenó un nuevo documental en el Festival de Venecia. Titulado American dharma, su protagonista era –atención– Steve Bannon. Y por primera vez en casi cincuenta años de carrera, Morris no fue saludado como un artista que mostraba actos monstruosos dejando que el supuesto monstruo hablara por sí mismo. En vez de eso, se decidió que dar a un monstruo cualquier tribuna era equivalente a apoyarlo, e incluso a ser tú mismo un monstruo. 

Algunos cines se negaron a proyectar el filme. Muchos críticos parecieron adoptar la posición de que la película era peligrosa porque no se podía confiar en que el público pudiera pensar por sí mismo, posiblemente porque no tenían la capacidad de atención requerida. En The Atlantic, David Sims escribió que la película estaba “demasiado dominada por el monólogo de Bannon”. En el Daily Beast, Cassie DeCosta atribuyó el estilo no agresivo de Morris (también llamado “dales cuerda y que se ahorquen solos”) a la “ofuscación” antes de declarar que “este no es un documental que necesite nadie”.


Técnicamente, nadie necesita ningún documental. Nadie necesita arte o cultura. Pero, mientras existan, necesitamos a gente que esté dispuesta a medirlos con un criterio exigente. Necesitaremos gente que comprenda la diferencia entre estudiar un personaje y apoyarlo. De lo contrario, nos vamos a perder un montón de cosas buenas.


Tras enseñar la película a unos cuarenta alumnos (y un puñado de adultos) en una sala de conferencias del departamento de física de Columbia, Marcoccia y Ghaderi tuvieron una conversación con el público. Fue animada pero respetuosa. Si alguien se sintió incómodo, nadie lo mostró. La gente quería saber todo tipo de cosas, pero me di cuenta de que hubo varias preguntas sobre cómo puedes manejar un personaje sobre el que cambias de opinión. Ver la película es estar intrigado por Peterson un minuto y sentirte horrorizado al siguiente (al menos mi experiencia fue esa). ¿No les preocupaba a los cineastas, preguntaban los alumnos, mandar un mensaje poco claro? ¿Y si la única gente que ve la película eran seguidores de Jordan Peterson que ya se habían decidido al respecto?


“No es lo mismo hacer una película sobre alguien que darle una tribuna”, dijo Marcoccia. “En la película damos mucho espacio a gente que se opone a Peterson, sobre todo a activistas trans que se sintieron heridos por su campaña de los pronombres. Aunque solo vieran la película fans de Jordan Peterson, tendrían que ver las partes que muestran aspectos que no quieren ver.”


Las preguntas continuaban. Parecía que la sesión podía durar toda la noche. De nuevo, recordé las películas que veía en los proyectores de 16 mm en la universidad y las ocasiones en que teníamos la suerte de que los cineastas vinieran a hablar de ellas. (No vino F. W. Murnau para hablar de Nosferatu, por desgracia.) También pensé que no debería hacer falta ir a una universidad de la Ivy League o colarte en una proyección clandestina para beneficiarse de conversaciones de esa clase.


Pero eso es lo que pasa cuando los prescriptores solo se dedican a escurrir el bulto. Rápidamente empezamos a construir trincheras, lo que implica que solo los instrumentos más toscos –las interpretaciones más ruidosas y literales– pueden funcionar. En mi opinión, es un ambiente poco seguro. Y profundamente falto de interés."                     (Meghan Daum, Letras Libres, 01/01/20)

27/9/19

La tecnología de control social basada en la inteligencia artificial ya está presente en 75 países. Cerca de la mitad de los países del mundo ya la utilizan.

"La utilización de la inteligencia artificial (IA) para la vigilancia y el control social se está convirtiendo en un fenómeno global. Así lo certifica The Carnegie Endowment for International Peace (Fondo Carnegie para la Paz Internacional) en un reciente estudio.

Según este informe, al menos 75 países ya están utilizando herramientas de inteligencia artificial para monitorizar, seguir y vigilar a sus ciudadanos.

Con el ejemplo de China, país líder en el sector, la incipiente tecnología de reconocimiento facial basada en la inteligencia artificial está expandiéndose por todo el mundo a gran velocidad a medida que las grandes empresas se aprovechan de las posibilidades que aporta la IA para mejorar el procesamiento y análisis de datos. Con estas armas, un número cada vez mayor de países están utilizando esta tecnología con fines policiales, “algunos legales, otros que violan los derechos humanos”, señala el informe.

 La primera conclusión del informe es que la tecnología de vigilancia basada en la IA está creciendo mucho más rápido de lo que se esperaba y ya está disponible en 75 países de 176 analizados.

En los últimos años, China se ha convertido en el mayor exportador de tecnología de vigilancia IA en todo el mundo. Las compañías chinas, en especial Huawei, Hikvision, Dahua y ZTE, proporcionan servicios de este tipo a 63 países. En muchos casos, denuncia el informe, la compra de esta tecnología china se hace a través de préstamos blandos para alentar a los gobiernos de países empobrecidos, como Kenya, Laos, Mongolia o Uganda, a comprar herramientas chinas de control basadas en la IA. 

“Esto plantea preguntas preocupantes sobre si el Gobierno chino está subsidiando la compra de tecnología represiva avanzada”, denuncia The Carnegie Endowment for International Peace.
Pero China no es el único país que distribuye estas herramientas. Las compañías estadounidenses son también muy activas en este sector y están presentes en 32 países. La multinacional IBM lidera el ránking, con presencia en 11 países. Le siguen Palantir y Cisco. Otras naciones de renta alta, como Francia, Alemania, Israel o Japón, “también juegan un importante rol en la proliferación de esta tecnología”.

Entre los países que usan estas herramientas, las denominadas “democracias liberales” representan el 51%, mientras que los países dominados por Gobiernos autocráticos cerrados son el 37%.

Según detalla el informe, algunos “gobiernos autocráticos”, como China, Rusia y Arabia Saudí, están utilizando la tecnología IA de vigilancia para un control masivo de la población. “Otros gobiernos que violan los derechos humanos están explotando la vigilancia IA de forma más limitada para reforzar la represión. 

Sin embargo, todos los contextos políticos corren el riesgo de explotar ilegalmente la tecnología IA de vigilancia para obtener ciertos objetivos políticos”, señala el estudio.
Pero la utilización de la inteligencia artificial para el control social también se da en las llamadas “democracias liberales”. Es el caso de EE UU. 

 En la frontera entre EE UU y México, el contratista de defensa israelí Elbit Systems ha construido “docenas de torres en Arizona para detectar personas a una distancia de hasta 12 km”, escribía Olivia Solon en The Guardian. 

Su tecnología se perfeccionó por primera vez en Israel a partir de un contrato para construir un “muro inteligente” para separar Jerusalén de Cisjordania. Otra empresa, Anduril Industries, “ha desarrollado torres que cuentan con una cámara mejorada con láser, un radar y un sistema de comunicaciones” que escanea un radio de 3,2 km para detectar movimiento.

 Las imágenes capturadas, continúa el informe, “se analizan usando inteligencia artificial para identificar a los humanos entre otros elementos de vida silvestre y otros objetos en movimiento”.               (El Salto, 19/09/19)

25/9/19

Razones por las que deberías leer el libro 'Vigilancia permanente' de Edward Snowden... sobre el 'capitalismo de vigilancia'. La maquinaria del ciberespionaje global

"En junio de 2013 el mundo perdió una gran parte de su inocencia: salían a la luz pruebas más que sólidas de que EEUU, a través de sus agencias de inteligencia y seguridad, vigilaba indiscriminadamente toda nuestra actividad en la Red. Todo gracias a Edward Snowden, un consultor informático que estuvo en las tripas del sistema de ciberespionaje más poderoso del mundo y que decidió entonces destaparlo.

Ahora, seis años más tarde y "exiliado" en Rusia, publica su autobiografía. En ella, Snowden explica en primera persona el viaje que le llevó a ser uno de los denunciantes más destacados, admirados y controvertidos. Pero también en un fugitivo en Rusia, tras un intenso periplo en el que casi dio la vuelta al mundo para evitar ser detenido por sus propio país.

Snowden narra cómo los atentados del 11S le convirtieron en un patriota cegado por servir a su país; desgrana su experiencia como miembro de la CIA y la NSA; y cuenta cómo cuando descubrió el esquema de ciberespionaje masivo estadounidense decidió no quedarse indiferente sin dejar de amar a su país.

¿Cuál es el valor de este libro? ¿Por qué hay que leerlo? ¿No estaba todo contado?
Para nada.

Hablamos con cuatro expertas en cibersociedad para desgranar por qué deberías leer este libro.

1. Desvela información inédita

La obra dedica uno de sus capítulos finales a narrar la experiencia de su pareja, Lindsay Mills, que no conocía los planes de su novio y sufrió una persecución agobiante por parte de las autoridades de EEUU simplemente por ser la pareja de la fuente de la filtración. Y lo hace ella en primera persona, al trascribir parte de sus diarios.

En el libro, Snowden también cuenta sus orígenes, cómo llego a convertirse en un apreciado analista tecnológico de las agencias estadounidenses y, de modo destacable, cómo empezó a darse cuenta de que su propio Gobierno estaba haciendo trampas: mientras preparaba una presentación sobre el espionaje chino vio que su propio país hacía lo mismo que el régimen de Pekín con las mismas herramientas y a sus propios ciudadanos, pero en secreto.

Ese hecho, que toca directamente a su conciencia (por mucho que quisiera engañarse a sí mismo, tal y como confiesa), parece ser el punto de partida de su peripecia como delator.

2. La defensa del propio Snowden

"Lo que más me gusta del libro, aparte de que cuenta cosas que no habíamos visto, es que constituye la defensa argumental, el alegato, que a Snowden no le están permitiendo hacer", comenta a Público la periodista e investigadora Marta Peirano, autora del reciente libro 'El enemigo conoce el sistema' (2019), prologado por el mismo Snowden. Peirano es la única periodista española que lo ha entrevistado recientemente.

"Él explica que tuvo que tomar la decision de destapar todo esto no porque quisiera, sino porque el Gobierno de EEUU estaba vulnerano la constitución", afirma Peirano, que considera que "todo el libro es básicamente su alegato para justificar y explicar por qué toma una decisión que estaba en contra de todo lo que él creía, de su linaje familiar, de su propia experiencia persona... porque él es muy patriota".

3. El duro proceso de ser denunciante

Para Yolanda Quintana, secretaria de la Plataforma para la Defensa de la Libertad de Información (PDLI) y autora del libro 'Ciberguerra' (2016), el libro expone muy bien "las motivaciones para desvelar los documentos" y por qué se lo filtra a periodistas y no lo hace en bruto en Wikileaks, dado que "ahí hay información sensible y no quiere perjudicar al Estado". Todo ello, recordemos, tuvo como consecuencia su exilio en Rusia: de momento no puede salir de allí.

"Para el periodista de The Guardian que contactó en primer lugar con Snowden, Glenn Greenwald, era muy importante saber la motivación de esa filtración de documentos, su patriotismo y vocación de servicio público, su conocimiento de la filosofía del Derecho", recuerda Quintana, "y la importancia que le daba la defensa de las libertades y la desobeciencia civil". 

Para esta experta, el libro explica "por qué él, a los 29 años, decide abandonar una vida maravillosa —pareja, buen trabajo con buen sueldo y una buena casa en Hawái— para ponerse en peligro". "Nos cuenta su vida para explicarnos por qué ha dado ese paso", añade Quintana, "y espero que su tono un poco naïf no engañe a los lectores, porque tiene un fondo muy importante".

4. La maquinaria del ciberespionaje global

No es algo nuevo, pero el relato que realiza Snowden de la impresionante maquinaria de ciberespionaje a escala global, 'desde dentro' y en primera persona, da una idea a cualquier lector de la magnitud de ese hecho.

Quintaba remarca que el libro muestra cómo la NSA, en un momento dado, deja de "buscar agujas en el pajar" para pasar a "almacenar el pajar entero", un cambio de concepto por el que los agentes tienen acceso a cualquier información de cualquier persona con un identificador.

Y ello lo cambió todo. "Gracias a lo que filtra Snowden en cuanto a la recogida masiva de datos y su análisis en tiempo real, tenemos un cambio radical en la política y las resoluciones judiciales europeas en materia de protección de datos", recuerda la abogada Paloma Llaneza, autora de 'Datanomics' (2019), quien sostiene que, por ejemplo, la sentencia del caso Costeja sobre el derecho al olvido hubiese sido diferente, contraria a los intereses de los ciudadanos.

Para Llaneza, de todas las filtraciones de Snowden la más relevante para nosotros fue el hecho de que los servicios secretos estadounidense llegaba tan lejos como espiar el mismísimo teléfono móvil de la canciller alemana Angela Merkel.

"Esto supuso un cambio de paradigma, hay un antes y un después", subraya esta abogada especializada, "como la primera sentencia judicial europea a favor del derecho al olvido, que fue inesperada; otra sentencia determinó que EEUU dejaba de considerarse 'puerto seguro' para el tráfico de datos; y finalmente se desbloqueó el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD)".
"Lo que más tenemos que agradecer a Snowden es, sobre todo, que pusiera encima de la mesa cómo EEUU espiaba indiscriminadamente en las redes no sólo para la opinión pública sino para los dirigentes políticos europeos", apunta.

5. La alarmante privatización de lo público

Llaneza también cree que hay que agradecer a Snowden algo que suele pasar desapercibido, y que es el problema de la "trasferencia de datos de empresas y administraciones públicas a la nube". "Pensamos, por ejemplo, que el crédito social sólo pasa en China porque es una dictadura, y funciona porque hay una serie de empresas que se llevan muy bien con ese gobierno y le trasfieren datos", comenta, y bromea: "No sé si es algo que está pasando en España y en Europa".

"En EEUU, la diferencia entre público y privado está muy difuminada desde el 11S, hasta el punto de que las grandes empresas tecnológicas permiten a la NSA 'chupar' datos en su poder, que está en esa nube", añade esta abogada, que cree que "corremos el riesgo de que los estados se aprovechen de ese acceso y se conviertan en estados orwellianos y vigilantes".

Todo ello tiene que ver con el llamado 'capitalismo de la vigilancia', que menciona el propio Snowden en su libro. Para la abogada Elena Gil, miembro del Grupo Secuoya y especializada en privacidad, "consiste en difuminar la línea entre lo público y lo privado". Esto genera una serie de problemas, algunos de ellos tan importantes como la deriva hacia un estado vigilante.

"La vigilancia debería estar sustentada siempre en el interés público", recuerda Gil, "y una democracia se basa, entre otras características, en que el ejercicio del poder [en este caso, la vigilancia] sea lo más transparente posible". "Eso no sucede cuando el ejercicio se trasfiere a una empresa privada, para empezar porque empiezan los conflictos de intereses, de dinero", alerta la abogada.

"Algo que dice Snowden en el libro", añade, "es que los gobiernos saben que pueden beneficiarse de ciertas empresas que aseguran opacidad, y las empresas se aseguran tener una línea directa con los gobiernos en el momento en el que se debate un cambio normativo que les puede afectar". "Esos intereses opacos que surgen nada tienen que ver con el interés público, ni con mantener la libertad o la democracia, eso es muy peligroso".

6. No son tus datos, sino los de todos

Elena Gil quiere poner el foco en algo que le resulta fundamental en este libro: "Ya no se trata de lo que hagan las agencias con nuestros datos a nivel personal, sino que explica que esa actividad se realiza desde una perspectiva más social".

Es decir, lo que se puede hacer con tal cantidad de datos no es lo que el usuario individual puede tener en mente, como que nos personalicen la información o que Google nos muestre un anuncio de lo que he buscado.

"Eso es prácticamente inocuo", opina Gil, "porque los problemas llegan cuando ellos tienen todos los datos de todo el mundo [también los metadatos] que permitan montar sistemas de videovigilancia masiva, de perfilados, de detección de datos biométricos...".

"Ahí es donde está el peligro", alerta esta experta, "ya que el reto ahora no es proteger a un individuo, sino que el riesgo está en las masas, influir en la opinión pública y polarizarla, ocultar operaciones masivas que nos están influyendo a nivel social".

Bola extra: ajuste de cuentas

A Yolanda Quintana le ha gustado especialmente que Snowden salde una serie de cuentas pendientes con determinados personajes ineficaces y de un dudoso patriotismo.

"Se ve cuando cuenta que durante los atentados del 11S de 2001 sale corriendo todo el personal de la NSA porque tenían que el objetivo del tercer ataque poodía ser su cuartel general", apunta, y remarca que en el libro se puede ver en varias ocasiones situaciones que contrastan con el profundo patriotismo que muestra el propio Snowden.

"Y es un ajuste de cuentas que me parece legítimo", concluye Quintana, "porque mientras filtró los documentos que mostraban cómo EEUU espiaba masivamente al mundo, la NSA hizo todo lo posible para desacreditarle a él"."                           ( Pablo Romero, Público, 24/019/19) 

14/3/19

La transformación digital de los bares españoles

"En España hay 260.000 bares, más que en todo Estados Unidos. Somos el país del mundo con mayor número de bares por habitante, concretamente 175 habitantes por bar, y el pasado año, por primera vez en una década, se han vuelto a abrir más locales de los que cerraron. Hemos vuelto al bar, donde lo que más consumimos es cerveza y café y donde trabajan 1,6 millones de personas.

 La importancia del sector es evidente. Su modernización no. Normalmente cuando hablamos de Transformación Digital nos imaginamos grandes compañías, complejos procesos, tecnología sofisticada y modelos de negocio innovadores. Sin embargo, vamos a ver como esa digitalización es un camino a recorrer por todos, incluidos tu bar de la esquina.

Sabemos que se genera una cantidad estratosférica de datos y de manera continua. La mayoría de estos datos se desperdician no obstante. Normalmente por no entender la importancia que tienen o, peor aún, por no saber como utilizarlos. Menos del 1% de todos esos datos se llega a utilizar realmente. De la misma manera que los cineastas pueden grabar horas de película por cada minuto que vemos en la pantalla, se recogen una gran cantidad de datos que nunca se analizan, y mucho menos se monetizan.

 Estos datos son un recurso sin explotar en la mayoría de los casos pues en realidad ofrece enormes oportunidades para cualquier tipo de negocio por pequeño o tradicional que éste sea. Ayer en el resumen semanal a las noticias económicas y tecnológicas que hago en el programa Arustitys de La Sexta lo comentamos rápidamente.

Haciendo referencia a un artículo publicado en El Mundo del domingo pasado, es interesante destacar que hay software y modelos de lectura de datos que pueden ser utilizados por cualquier tipo de negocio. En este caso, el protagonista sería un bar. El titular del artículo igual no era el más sencillo para entender de lo que habla, pero la descripción de lo que supone el uso del ‘data’, sí que lo es. 

Resulta que en los bares españoles sólo se toma la comanda de manera digitalizada en uno de cada cuatro establecimientos. Pocos cuentan con tablets para anotar los pedidos y un software que registre todo lo que pasa a partir de ese momento. Lo grave es que el uso de este tipo de sistemas permitiría mejorar el negocio y aumentar las ventas de forma notable.

No estamos hablando de sofisticados modelos de gestión que precisen de una formación profunda, ni tan sólo de un gasto presupuestario alto. Poner al servicio de un bar todo este campo de análisis es relativamente sencillo y económico. De hecho, medir cada factura digitalmente ayuda a cruzar datos para saber qué se consume más, a qué horas y combinado con qué. Esta información es de extraordinario valor para el dueño o el encargado del local, pero también para los propios proveedores del bar.

Sólo con datos no hemos nada, con su transformación en información sí. Ahí es dónde entra la tecnología. Lo que llamamos transformación digital. A veces nos da la sensación que eso es algo reservado a grandes empresas con procesos complejos, plataformas web o modelos de negocio digitalizables. La verdad es que no. Transformarse digitalmente es algo que se hace en la medida y dimensión exacta para cada negocio. 

Por seguir con el ejemplo del bar ’en la hostelería se han cambiado los horarios y este tipo de sistemas de inteligencia de negocios para un establecimiento tan concreto como un bar o una granja, permite fraccionar las ventas en horarios con consumos dispares. Es la misma franja de consumo, pero los clientes son distintos y piden cosas diferentes. Medir qué te piden más los clientes en esa franja, si son copas o cafés, permite al hostelero diseñar mejor su carta, adecuarla a las necesidades de su consumidor, porque lo conoce mejor’.

De los 260.000 bares que hay en España, un 25% utilizan tabletas o dispositivos móviles para realizar los pedidos. Algo que en gran medida no sólo depende de los propietarios sino de la voluntad de modernizar una economía que tenga un gobierno. Hay países en los que la normativa de apertura pide unos mínimos tecnológicos. En Portugal, por ejemplo, ‘la ley exige a la hostelería usar la tecnología digital para la gestión del negocio. La principal barrera para la digitalización no es económica, suele ser cultural’. 

Pero permíteme que resalte algo. Digitalizarse ya no es suficiente. De hecho no es lo mismo digitalizarse que transformarse digitalmente. Lo primero es factible de hacerse con inversión, incorporando tecnología y es relativamente fácil. Transformarse es otra cosa. Es el hecho de que a partir de esa tecnología aportada modifiquemos sustancialmente cosas. Mejoremos, hagamos eficiente nuestra empresa.

 Transformarse digitalmente debe surgir de una nueva cultura empresarial que comprenda la transparencia, la colaboración, las bondades del uso de esa tecnología, debe además ser capaz de colocar al cliente en el centro de la cadena de valor de nuestra oferta y no que el producto sea el motivo. Además los procesos deben aportarnos datos, modelos capaces de modificarse en base al estudio de esos datos masivos que emitimos y, finalmente, la transformación digital genera nuevos modelos de negocio. Si en nuestra estructura productiva hay algo digitalizable, al final será digital. Si tu empresa no da estos pasos, por pequeña que sea, y no lo hace relativamente rápido, puede estancarse e incluso desaparecer. Sí. Le ha pasado a grandes empresas que no entendieron o no vieron la que se avecinaba.

 Cuando nos quejamos de que grandes corporaciones están concentrando todo y estrechando el espacio a los pequeños comercios, deberíamos pensar si estamos haciendo todo lo que, tecnológicamente y culturalmente hablando, podemos hacer. Además, recuerda que lo humano tiene un valor diferencial y añadido, esa es la clave." (Marc Vidal, blog, 19/02/19)