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6/4/21

Con su persistente visión dogmática, e intolerante, la Iglesia católica corre el riesgo de quedarse convertida en una triste caricatura... cuando el mensaje místico de la covid es el de una nueva conciencia global, que formamos parte de un todo, que estamos íntimamente interrelacionados, que dependemos unos de otros y del medio. los pilares para una nueva espiritualidad, para un nuevo paradigma en Occidente

 "Se hable de lo que se hable, hoy solo es posible hacerlo desde el horizonte de la covid, que nos ha traído, sustancialmente, dos mensajes: uno de carácter ético y otro místico.

El mensaje ético de la covid nos dice más o menos esto: no podéis seguir viviendo como hasta ahora, produciendo y consumiendo sin freno, viajando como locos, queriendo vivirlo todo… La vuestra es una carrera sin meta: hacéis sufrir al planeta, se lo ponéis muy difícil a las generaciones venideras, aumenta la tasa de depresiones y suicidios… Nos guste o no, este virus nos ha obligado a quedarnos en casa, a estar más en familia, a ralentizar el ritmo... No podéis vivir permanentemente hacia afuera, nos advierte. Recogeos y mirad a vuestro interior.

El mensaje místico de la covid, por otra parte, es el de una nueva conciencia global. Ahora todos sabemos con absoluta claridad que formamos parte de un todo, que estamos íntimamente interrelacionados, que dependemos unos de otros y del medio. Es evidente que todo esto ya lo sabíamos antes, pero la covid ha profundizado y acelerado esta consciencia. Por esta razón, creo que puede afirmarse que nunca como hoy nos habíamos sentido tan unidos: unidos por una amenaza, por supuesto; pero unidos también en una imprescindible solidaridad.

 Estos dos mensajes de la covid, el ético y el místico, son los pilares para una nueva espiritualidad, para un nuevo paradigma en Occidente. Los occidentales necesitamos trabajar en la unificación personal y en la social y, desde ellas, en la custodia de la naturaleza. Algo así —es evidente— solo es posible echando un freno a nuestro estilo de vida, tan frenético. De modo que la covid no solo nos trae la mala noticia de la amenaza y la incertidumbre, de la muerte y la enfermedad, sino también algo positivo: el posible nacimiento de una nueva humanidad.

Este nacimiento de un orden nuevo no se va a producir, ciertamente, sin poner en cuestión los referentes del orden anterior. Porque el paradigma espiritual que ha regido en Occidente durante estos últimos siglos está acabado, esos son los hechos. No me refiero solo a la incuestionable decadencia del cristianismo en Europa, sino también al declive del arte contemporáneo y del llamado pensamiento posmoderno. En efecto, nadie puede hoy discutir que tanto el arte como la filosofía han tomado en la actualidad, al menos en buena medida, una vía autodestructiva: casi todos los artistas en activo han abandonado la belleza y se han reducido a la expresividad; los pensadores, por su parte, han desatendido en su mayoría la pretensión de verdad y se han conformado con el método, el lenguaje y la hermenéutica. Únicamente la fe cristiana ha continuado hablando en estos tiempos del sentido y del bien. Pero no lo ha hecho desde un lugar adecuado, es preciso reconocerlo. Los cristianos de hoy no nos hemos sabido situar en el presente.

Con su persistente visión dogmática, tan excluyente como intolerante, la Iglesia católica corre en mi opinión el riesgo de quedarse convertida en una triste caricatura no solo de lo que fue, sino de lo que podría ser. No soy, desde luego, el único que cree que la Iglesia no está respondiendo como debería a esta nueva situación global. No digo —es obvio— que no se estén haciendo muchísimas cosas meritorias y hermosas, por supuesto; tampoco digo que el papa Francisco no sea un hombre extraordinario, una auténtica bendición; ni que no haya por parte de casi todos una evidente buena voluntad… Digo solo, y lo digo desde dentro, como hombre de Iglesia que soy, que todo eso, aunque nos pese, no basta. Los cristianos —este es el punto— seguimos sin estar en esta época a la altura de las circunstancias. El peso del pasado y la fuerza del miedo son tan poderosos que la fe corre el serio riesgo de convertirse —si es que no se ha convertido ya— en una cosmovisión trasnochada y en una práctica residual, abrazada solo por individuos y grupos más o menos extravagantes y marginales. Así será sin ningún género de dudas si no se toman pronto y decididamente algunas medidas.

Sé positivamente que son muchos los que buscan una recuperación de lo religioso desde claves que, por mucho que les pese, no responden a nuestro lenguaje y sensibilidad. Su nostalgia tiene un fundamento, puesto que lo que —como Iglesia— estamos dejando atrás fue hermoso, lo es todavía. Pero también anacrónico. La cuestión es que la espiritualidad ha sido en Occidente, hasta hoy, patrimonio prácticamente exclusivo del cristianismo. Pues bien, esa exclusividad se ha terminado, esto es lo que hay que entender. Se ha terminado en Europa —y probablemente en el mundo entero— la hegemonía de los cristianos; y este final es una buena noticia. Esta es mi declaración: los cristianos no somos los mejores, ni mucho menos los únicos. Pero podemos caminar con otros. Podemos colaborar significativamente en la configuración de un mundo mejor, más espiritual, más acorde con lo que en la jerga cristiana se llama voluntad de Dios.

No pretendo hacer aquí un detallado análisis socioteológico de la situación actual, sino tan solo hacer notar que el único cristianismo con futuro es aquel que no sea dogmático, ni intolerante, ni excluyente, ni hegemónico. Como cristiano (y estoy seguro de que hay legión que lo piensa como yo) no presumo de tener la verdad, sino de buscarla junto a todo el que quiera hacer esta aventura a mi lado y en la máxima humildad. Como cristiano quiero colaborar, con tanta modestia como valentía, a reformular la fe, a recrearla desde el nuevo paradigma de la consciencia. Se trata de un desafío enorme y huelga decir que no sabemos adónde nos conducirá. Es previsible que nos acechen dificultades de toda índole. Hoy no hacen falta nuevos movimientos eclesiales —ya hay muchos—, sino personas y grupos, redes, que quieran formar parte de la nueva corriente espiritual que se está fraguando en la humanidad.

Escribo esta página para decir que los cristianos estamos dispuestos a cambiar, que queremos sumarnos a la búsqueda espiritual de nuestro tiempo, que sentimos esa llamada. No somos probablemente la mayoría de quienes conformamos las filas de la Iglesia; pero no somos pocos, y el tiempo y la gracia —estoy seguro— nos darán la mayoría. Esta actitud de humilde colaboración con otros buscadores no cristianos, con otras religiones, con otros planteamientos, no la asumimos para no perder cuotas de poder —una batalla perdida y antievangélica—, sino por fidelidad al legado universal de Cristo, por escucha amorosa a nuestros semejantes y por imperativo de nuestra conciencia. La asumimos porque de hecho nos sentimos unidos a todos con independencia de su confesión o de su agnosticismo. De modo que no se trata de una moda pasajera o de una aspiración indefinida, sino de un sentir profundo, de una necesidad estructural, de una propuesta fundamentada y articulada, aunque todavía incipiente.

Por mi parte, estoy convencido de que para lograr este gran cambio planetario lo principal es el silencio, la contemplación. La meditación —lo que los cristianos llamamos la oración contemplativa— es la profecía aquí y ahora, la verdadera fuente de esta nueva espiritualidad, emergente y universal. La hora del cambio espiritual ha sonado, y la Iglesia católica no debe ser una fuerza de oposición, sino más bien de colaboración en la construcción de un mundo mejor."                           (Pablo d’Ors es sacerdote y escritor, El País, 02/04/21)

5/5/20

“La hondura política y el compromiso social de Simon Weill son tan radicales como su misticismo”

"El filósofo de inspiración comunista Francisco Fernández Buey resultó, junto al periodista y escritor José Jiménez Lozano, uno de los lectores más atentos y estimulantes de la obra de la francesa Simon Weill, siendo el suyo un pensamiento entregado a los desarrapados del mundo. 

Ajena a lo profano (en su sentido etimológico, estar fuera de lo sagrado), Weill se sentía tan incómoda delante de la curia como frente a las altas instancias intelectuales del partido. De familia pudiente, abandonó sus clases para trabajar en una fábrica, acudió a la Guerra Civil Española (siendo antimilitarista, no pacifista) y tuvo su epifanía en la localidad francesa de Solesmes. Su pensamiento es uno de los más radicales del pasado siglo.

Salvador López Arnal y Jordi Mir García han realizado una compilación del análisis de Fernández Buey en Sobre Simone Weill. El compromiso con los desdichados (El Viejo Topo).


¿Tenía más de anarquista, de obrera o de religiosa, Weil?

Nos parece que al leer a Simone Weil y conocer su vida no podemos hacer una distinción entre estas características de su ser. No prima una sobre las demás. Van juntas. Hay textos o momentos vitales que se pueden asociar de claramente a una de ellas, pero eso no significa que las demás no estén presentes también. 

En cualquier caso, más que obrera, Simone Weil fue una pensadora que tuvo un interés permanente, y no sólo intelectual, por el mundo obrero, por el mundo de los más desfavorecidos, una filósofa que, en determinados momentos, abandonando el instituto donde impartía clases, trabajó como obrera, una decisión muy inusual en el mundo intelectual. Entonces y ahora. El profesor Fernández Buey destaca este punto en varios pasajes del libro que comentamos.

¿Cómo era la ética del sacrificio que propugnaba –y encarnaba- Weil?

Fernández Buey presenta la ética vivida por Simone Weil, y también la de Antonio Gramsci, como una ética del sacrificio. Ambos renuncian a situaciones que podrían suponer un privilegio para, de acuerdo con sus ideas, valores y principios, enfrentarse con aquello que consideran inaceptable, intolerable, contrario a la vida propia y a la del conjunto de la sociedad. 

Actuar de esta manera, tomar estas decisiones, les conlleva vivir con mayor sufrimiento que si hubieran renunciado a la coherencia con su manera de pensar y a la responsabilidad con la desdicha y opresión existente. 

El que fuera profesor en la Facultad de Humanidades de la UPF señala, por ejemplo, que Gramsci, en la cárcel, a pesar de la enfermedad, del aislamiento y de la soledad, se negó reiteradamente a firmar una petición de gracia al régimen mussoliniano. Su argumento: no quería disfrutar de una situación privilegiada en comparación con otros trabajadores encarcelados por el fascismo por los mismos motivos que él. No quiso convertirse, son palabras de Gramsci, en un pingo almidonado. De la misma forma, Simone Weil quiso vivir como entonces vivían los trabajadores de fábrica. Quiso compartir sus vivencias y sus sufrimientos. Iban en serio.

Más allá de que ambos consideraban peligroso el cientificismo y el espíritu tecnocrático, ¿qué une el pensamiento de Gramsci y Weil?

En uno de los textos del libro. Francisco Fernández Buey empieza diciendo que está por hacer un estudio comparativo de los escritos ético-políticos de Antonio Gramsci y de Simone Weil… Hay cosas ya hechas. Tal vez Fernández Buey hubiera vuelto sobre dos de las personas que más le interesaron de la historia política e intelectual del siglo XX. 

Fernández Buey destaca diferentes elementos comunes a ambos que también pueden verse en él: preocupación por la opresión, la libertad y la emancipación, por las condiciones laborales y el nuevo mundo industrial, el altísimo concepto de la ética, altruismo, saber que el hacer es la mejor manera de decir. No eran personas que se dedicaran a la política “profesional”, hacían política desde formas alternativas, estaban en contra de la mentira y piensan que decir la verdad es revolucionario, y viven la tragedia personal que implica una gran responsabilidad sociopolítica unida a su convicción ética. 

Por lo demás, ni Simone Weil ni Gramsci fueron pensadores anticientíficos. Simone Weil, su hermano André fue uno de los grandes matemáticos del siglo XX, tenía una sólida formación científica. 

Gramsci, en el Cuaderno undécimo por ejemplo, demuestra una fina sensibilidad filosófica para asuntos epistemológicos. Encarcelado, quiso estar informado de un célebre Congreso de Historia de la Ciencia celebrado en Londres a principios de los años 30 del siglo pasado. Piero Sraffa, un gran amigo y un gran científico, fue una de sus principales fuentes de información en estas temáticas.

Que Jiménez Lozano la calificase como una “mística de viernes santo especulativo”, ¿supone que esa aureola de misticismo que la rodea puede despistarnos de la hondura política de sus escritos y del compromiso humano que mantuvo la francesa?

Existe el riesgo de que nos quedemos con alguna de las facetas de Simone Weil sin atender a la relación que estas tienen con las demás. Ha ocurrido y seguramente seguirá ocurriendo… aunque sería un grave error. Fernández Buey demuestra en todos los artículos, comentarios y anotaciones que hemos recogido en su libro la hondura política y el fuerte y consistente compromiso social de la autora de Diario de España. Nadie debería confundirse en este punto por mucho que esté interesado, o quiera destacar, la indudable vertiente mística de la filósofa francesa.

Pese a que es una gran conocedora de la obra de Marx, salvo su método materialista, no parece entusiasmarla mucho, ¿no es así?

Desde la distancia temporal y a veces conceptual, dialoga con algunas de las ideas de Marx. Comparte con él la preocupación por la opresión existente y por la búsqueda de la emancipación. Nos parece que son especialmente interesantes las páginas que le dedica en Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social. 

Weil conocía bien la obra de Marx editada en los años en que ella vivió (no pudo leer los Manuscritos de 1844, por ejemplo, que probablemente le hubieran interesado mucho). Algunos de los conceptos marxianos son también centrales para ella. Lucha de clases, por ejemplo. Es su conocimiento de la obra de Marx el que, como comenta Fernández Buey, le permite realizar una de las críticas más agudas que nunca se han hecho a la concepción marxiana.

¿Cómo conjuga Weil las primeras del verbo, el yo con el nosotros?

Tal vez podríamos decir que es un yo que siempre tiene presente el nosotros, se preocupa por el nosotros, e incluso lo llega a anteponer al yo. Basta pensar en su biografía y en su trágico final. También Fernández Buey pone énfasis en este punto.

Su relación con los dirigentes católicos fue tan difícil y complicada como la que mantuvo con sindicalistas y marxistas. ¿Realmente era tan heterodoxa?

Como destaca Fernández Buey no es una política “profesional”. Como otras personas de quien podríamos decir lo mismo, Gramsci, o el mismo Fernández Buey, no dejan de hacer política “profesional” o “institucional” o “dirigente” por no querer hacer este tipo de política. El problema es qué política se hace desde estos lugares por parte de quien está en ellos. Una política que no pone como prioridad decir la verdad, atender a la coherencia entre el hacer y el decir, la explotación y la desdicha existente…

Para Weil, ¿dónde radica la infelicidad humana?

Sobre este punto, en nuestra opinión interesan especialmente sus textos y reflexiones sobre las necesidades humanas. El ser humano necesita que sean satisfechas. Son de diferentes características. Incluyen las condiciones materiales de vida pero también la verdad, que considera la más sagrada de todas, la libertad de expresión, la igualdad, la propiedad personal y colectiva, la obediencia consentida… Toda necesidad humana, nos dice Weil, genera la obligación de ser satisfecha. Son sagradas, no pueden ser desatendidas. Existe mucha infelicidad por las necesidades humanas y la falta de compromiso para satisfacerlas.

“La condición de los trabajadores es aquella en la cual el hambre de finalidad, que constituye el ser mismo de todo hombre, no puede ser satisfecha sino por Dios”. Para Weil, los obreros ¿eran los auténticos receptores del mensaje de Cristo?

En este fragmento Weil hacer referencia a una característica de la clase trabajadora que la hace más próxima, a su entender, a Dios, pero no necesariamente son los “auténticos receptores”. Tal vez deberíamos hablar de los desdichados del mundo.

¿Sólo la atención permite penetrar en la verdad?

Weil da mucha importancia a la atención. Habla de ella, especialmente, en sus textos más orientados a la religión, como los que se pueden leer en A la espera de Dios. Pero la atención es una preocupación que va mucho más allá de lo religioso. Nos dirá: “La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto, manteniendo próximo al pensamiento, pero en un nivel inferior y sin contacto con él, los diversos conocimientos adquiridos que deban ser utilizados. (…) 

Y sobre todo la mente debe estar vacía, a la espera, sin buscar nada, pero dispuesta a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en ella.” 

El propósito de Weil de que los representantes del pueblo no piensen por él sino que sean parte de él parece haberse convertido en una utopía… ¿Había más confianza en el órgano judicial que el ejecutivo?

Weil puede ser considerada una pensadora utópica por lo alejado que están sus propuestas de la realidad hoy existente, pero como bien planteó Francisco Fernández Buey en su gran obra Utopía e ilusiones naturales: “Llamar «utópicos» por sistema a todos los perdedores de la historia es negar media historia. 

Y es precisamente esa media historia la que el amigo del pueblo tiene que recuperar para que el pueblo mismo llegue a saber que los derechos que hoy tiene, un día considerados utópicos por los que mandaban entonces, se los debe principalmente a estos perdedores (momentáneos) de la historia.”

Fernández distingue un sentido peyorativo en la definición de utopía que se utiliza para desprestigiar, ridiculizar… Weil pensó mucho en cómo sería otra sociedad. Puede ser utópica en un sentido positivo, pero nunca negativo. Weil desconfía mucho de los partidos políticos, tiene grandes y profundas reflexiones en textos muy breves escritos durante la II Guerra Mundial, en Londres, tras salir de la Francia ocupada, pensando en el mundo posterior a ello. Hoy pueden ayudarnos a pensar el mundo después de la crisis del Covid-19. Por lo demás, como señala Fernández Buey, Weil considera indeseable que la soberanía recaiga en la nación. La nación, propiamente, no existe. Por tanto, no podría ser soberana.

Por otra parte, la nación delega en el Parlamento o la Asamblea… lo que hace que la soberanía acabe constituyéndose en un atributo de la profesión del parlamentario. La soberanía, para Weil, debe recaer en la justicia. Cuando se acepta la delegación de la soberanía en el Parlamento no hay propiamente separación de poderes, señala Fernández Buey, todo el poder pertenece de hecho a la Asamblea. 

De este modo, tampoco hay poder judicial: los magistrados quedan entonces reducidos a la función de meros aparatos registradores. Para que lo haya, señala el que fuera nuestro amigo y maestro, “para que pueda hablarse en serio de un aparato judicial, los magistrados tendrían que recibir una educación espiritual y habría que admitir, además, que el juicio equitativo, inspirado en la declaración fundamental, es la forma normal del juicio”. 

Weil es partidaria de la tradición libertaria de unir trabajo manual e intelectual y se opone a un concepto meramente instrumental de la educación, práctica común en las organizaciones marxistas de la época. ¿Es suficiente ambas pautas para la liberación de la clase obrera? 

No parece suficiente. Weil no lo consideró así, tampoco Gramsci o Fernández Buey. No es suficiente, pero puede formar parte de los proyectos para el proceso de emancipación y lucha por la libertad. Por lo demás, la superación de la división clasista del trabajo manual e intelectual no es característica singular de la tradición libertaria sino de casi todas las corrientes emancipatorias, y también en aquellos años hay corrientes marxistas que no apuestan por una concepción instrumental, en términos políticas, de la educación obrera y popular. Recordemos, por ejemplo, la admiración que sintió Weil por la obra -y la vida- de Rosa Luxemburg.

La noción de luchas de clases, la afirmación de la centralidad del trabajo y la idea de que la emancipación de los trabajadores correrá de su cuenta, pertenece tanto a la tradición libertaria como a la comunista marxista. ¿Estaba igual de cómoda Weil en ambas corrientes?

Fernández Buey se podía encontrar igual de cómodo en ambas tradiciones, la libertaria y la marxista, aunque, sin duda, fue centralmente un filósofo de inspiración marxista. Escribió sobre eso y sobre la necesidad de encuentro de ambas. También se podía encontrar igual de incómodo ante malas prácticas de ambas tradiciones. 

Me parece que lo mismo le ocurría a Weil, y su experiencia en la guerra de España en el frente de Aragón le hizo distanciarse críticamente de algunas prácticas de una tradición, la libertaria española que representaba la CNT, a la que estuvo muy vinculada.

En cualquier caso, como señala y destaca Fernández Buey, la gran mayoría de los escritos de Weil sobre cuestiones políticas y socio-históricas se mueven en el marco de la tradición libertaria y anarquista, tal como esta tradición fue practicada por una parte del sindicalismo revolucionario francés de los años treinta del pasado siglo. 

El pensamiento de la filósofa francesa se puede caracterizar como libertario justamente en la medida “en que ha puesto en primer plano la crítica del poder, de todo poder”. Para Weil, cualquier poder, independientemente del partido, colectivo o institución que lo ejerza, es siempre y sustancialmente conservador y, por tanto, desde su punto de vista, se opone y se opondrá a las reivindicaciones del pueblo.

Fernández Buey, nos recuerda que esta es una idea que Weil ha ido repitiendo desde 1927 en numerosas ocasiones, que se encuentra reiterada no sólo en los escritos reunidos en un libro titulado Escritos históricos y políticos sino también en lo que escribió tiempo después, ya en los años de la segunda guerra mundial y señaladamente en los escritos de Londres. Se puede afirmar, por tanto, que la orientación libertaria, críticamente pensada y vivida, ha sido una constante en ella y en su obra.

¿Qué aportó para su pensamiento luchar desde dentro del sistema –abandonar sus clases para entrar en una fábrica?

Su breve vida está llena de coherencias entre el decir y el hacer. Llena de momentos en los que encarna sus ideas en acciones vitales para conocer y transformar. La proletarización es uno de ellos, también su participación en la Guerra de España, su voluntad de participar en la II Guerra Mundial… Seguramente, su pensamiento se enriqueció mucho de esas experiencias. Es una pensadora que vive desde el pensamiento y piensa desde la vida. No habla ni vive de oídas. Va en serio, como diría Manuel Sacristán.

Sacristán, maestro y amigo de Fernández Buey, también fue lector y divulgador de Simone Weil. Reseñó cinco de sus obras que publicó en Laye (Gabriel Ferrater también comentó para la revista barcelonesa uno de sus libros, La condición obrera) y escribió un artículo sobre la filósofa francesa para una Enciclopedia que no llegó a editarse, dirigida por su amigo de juventud, Esteban Pinilla de las Heras.

¿Hay alguna figura actual que pudiese compararse a Weil?

Son muchas las singularidades de Weil. Fernández Buey ya ha apuntado la comparación con Gramsci los dos pensadores del siglo XX que probablemente más le conmovieron. Hay otras figuras con elementos comparables y que fueron de mucho interés para él. Podemos pensar, por ejemplo, en su maestro y amigo Manuel Sacristán, lector y divulgador también de Weil, como decíamos, en Pier Paolo Pasolini, Rosa Luxemburg, Rainer Werner Fassbinder… ¿Figuras actuales? Pensemos en la excepcionalidad de su vida, de entrada, por vivir la I Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la Guerra de España… Todo esto con solo 34 años de vida. No es fácil identificar figuras semejantes por ahora. En nuestra opinión, desde otra perspectiva, algunos nudos de la vida y compromiso de Ernesto Guevara, también editado y estudiado por Fernández Buey, pueden recordarnos a Simone Weil. 

¿Qué tiene la teología de la liberación del pensamiento de Weil?

Es posible que pese a la cercanía entre la teología de la liberación y el pensamiento y la acción de Weil se hayan relacionado poco. El teólogo Juan José Tamayo, vinculado a la teología de la liberación, recomendaba una mayor atención a la vida y obra de la pensadora francesa, paradigma, a su juicio, de “intelectual compasiva”, que, perteneciendo a una familia acomodada, “se encarnó” entre los excluidos para experimentar en su propia carne la opresión de la clase trabajadora.

 Por lo demás, más allá de las referencias directas a la obra de Weil, muchas de las acciones, del compromiso, del estar-en-el-mundo de teólogos, de sacerdotes de base, miembros y partidarios de esa corriente político-teológica, recuerdan el Ser con otros, la mirada sobre y la proximidad con los desfavorecidos de la Tierra de esta gran pensadora."                 

(Entrevista a Salvador López Arnal y Jordi Mir, Esther Peñas, Solidaridad Digital, 30/04/20)

24/9/18

He experimentado la bondad extrema. Una persona que no me conocía de nada me dio un riñón. A la gente le cuesta hasta imaginárselo, que haya alguien que no es de tu familia y te quiera ayudar...

"(...) Usted recibió un riñón de un donante anónimo que lo hizo solo por caridad. Luego contó la experiencia en un libro.
Es muy difícil conseguir ese libro, a nadie le interesa. Cuando lees lo que pasó, el lector se pregunta si él haría algo así y… las respuestas no suelen estar muy claras.

¿Por qué donaban órganos estas personas?

No hay una causa común. Nadie puede generalizar, decir que lo hacían por un mismo motivo. De estos fenómenos se ha escrito mucho. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial se ha investigado por qué hubo gente que arriesgó su vida escondiendo a judíos. No había una sola respuesta, no había patrones. 

La gente que lo hacía no era del mismo origen, no tenía la misma educación, ni compartían los mismos valores. Fue algo individual. En mi libro entrevisté a un cura católico que me dijo que Jesucristo aprobaría ese tipo de gestos, pero también di con una budista que opinaba que era un gesto humano.

Creo que tenemos una imagen muy negativa de la naturaleza humana. Quizá se deba a que los medios de comunicación, mayormente, solo sacan historias de las maldades que hace la gente, mientras que de lo bueno se escribe muy poco. 

También pasan cosas buenas. En mi vida, por circunstancias, he conocido la faceta peor del ser humano y también la mejor. La mala, por supuesto, es la guerra, que, aunque no afecte directamente a tu familia o a tu casa, a tu entorno, te perturba en lo más profundo. Esto es común en todas las guerras. 

Y, por otra parte, he experimentado la bondad extrema. Una persona que no me conocía de nada me dio un riñón. A la gente le cuesta hasta imaginárselo, que haya alguien que no es de tu familia y te quiera ayudar.

Después de la operación me interesé en conocer a la donante. Preguntarle por qué lo había hecho. Ella no me lo regaló por ser yo quien era, me lo dio porque un ordenador dijo que éramos compatibles. Investigué a la gente que donaba sus órganos, algunos aparecieron en el libro con su verdadero nombre y otros no. 

Hablé con gente muy distinta y no había un patrón. Lo hacían desde abogados hasta monjas, desde desempleados a millonarios. El New Yorker escribió mucho de uno de ellos, un millonario que regaló todo su dinero y luego quiso donar un riñón, pero fue un asunto problemático porque quería elegir a quién dárselo y eso es imposible por motivos médicos.

Mi donante era un poco mayor que mi hija. Es enfermera. Cuando le pregunté por qué lo hizo, lo que me pareció interesante fue que, sencillamente, contestó: «Porque alguien tenía que hacerlo». Le dije: «Acepto tu respuesta, pero, dime, tienes dos hijos, ¿qué harías ahora si uno de ellos necesita un riñón?». Y contestó una cosa que es absolutamente fantástica: «Espero que alguien les ayude a ellos como yo te he ayudado a ti». Eso es creer en el bien.

Mientras escribía No matarían ni una mosca, sobre los criminales de guerra de los Balcanes, descubrí que la naturaleza humana depende de las circunstancias. Las circunstancias definen las situaciones, porque la gente no piensa mucho en lo que hace, no suele tener mucha posibilidad de elegir, no se entretienen con estas cosas. 

Sencillamente, si un día se encuentra en una situación concreta, es la situación la que te define en ese momento. En el caso de esta mujer es un acto de extrema bondad.

Pero, volviendo a la acogida del libro, es el que menos se tradujo y el que menos vendió. Ahora tú dirás: «¿Cómo es posible eso, si son historias fantásticas?». Me di cuenta de lo que pasaba cuando lo leyeron mis amigas más cercanas. Cuando la gente lo lee, se acompleja. Piensan: «¿Cómo es posible que no se me ocurriera hacerlo a mí?». No están seguros de que ellos pudieran hacer algo así por alguien a quien no conocen de nada.

Mi primer pensamiento fue que serían personas religiosas que hicieron algo mal en la vida y se querían resarcir.

La mayoría de la gente cree que fue por dinero. No cobraron nada. En cuanto a la religión, solo hubo dos personas de todas las que entrevisté que lo hacían por motivos religiosos. Con ese libro te haces preguntas sobre ti mismo que a nadie le gusta hacerse. Es una lectura que examina tus valores, tu bondad. Sin embargo, el de No matarían ni una mosca, sobre asesinos, vendió y se tradujo en muchísimos países, España incluida. (...)"                   (Slavenka Drakulić , El País, Jot Down )

9/7/13

“Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de los otros, no nos toca, no nos interesa”

"El Papa decidió hacer el primer viaje de su pontificado a un lugar no de placer, ni siquiera de tradicional evangelización, sino a una isla que se ha transformado en el símbolo del Holocausto de los inmigrantes en el Mediterráneo y donde Francisco, hijo él mismo de inmigrantes italianos, creyó que era necesario pedir perdón por la indiferencia de los hombres. 

Desde esa isla, Lampedusa, criticó poderosamente la “globalización de la indiferencia”, que ha llevado a los hombres del mundo de hoy a no sentirse responsables, entre otras cosas, de la muerte de los inmigrantes en el mar. El Papa centró su mensaje al mundo, apuntando al corazón de las relaciones humanas de hoy en la sociedad capitalista.

 “La cultura del bienestar nos lleva a pensar sólo en nosotros, nos hace insensibles a los gritos de los otros. Nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo superficial, de lo provisorio que lleva la indiferencia hacia los otros, a la globalización de la indiferencia (...). 

Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de los otros, no nos toca, no nos interesa”, dijo, en lo que muchos han catalogado como uno de los más fuertes y claros mensajes de Francisco desde que fue elegido Pontífice el pasado mes de marzo.   (...)

En los últimos quince años, se calcula que unos 20 mil inmigrantes murieron en el Mediterráneo, varios de ellos en los últimos meses. Por eso el Papa, apenas aterrizó en la isla, se embarcó en una pequeña nave de la Guardia Costera italiana –que ayer mismo había salvado a unos 160 inmigrantes a la deriva– para tirar al mar una corona de crisantemos blancos y amarillos en memoria de esos muertos olvidados y rezar una oración. 

Más tarde, con el arzobispo de la región, Franco Montenegro, concelebró una misa en un campo deportivo a la que asistieron unos 10 mil lugareños e inmigrantes. Ahí dijo: “Muchos de nosotros, y yo me incluyo, estamos desorientados (...). Y cuando esa desorientación asume una dimensión mundial, se llega a una tragedia como ésta a la que hemos asistido (...). 

Te pedimos perdón, Señor, por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas”. “Que esto no se repita más, por favor”, agregó el papa Francisco.

Los inmigrantes son abandonados en el mar, a veces agarrados a pedazos de madera, o a las redes para la cría del atún, o amontonados en lanchas pesqueras que los traficantes de seres humanos abandonan en medio del mar, o nadando cuando pueden, si los empujan de las barcazas.

 Para poder ser embarcados en esas condiciones, pero con la promesa de llegar a Europa, se han dejado superexplotar durante meses en países del norte de Africa. Así pagan varios miles de euros a los traficantes, que los tratan sin piedad, para poder llegar a la “tierra prometida” de la que Italia, ellos piensan, es sólo el primer escalón. La mayoría de los que escapan son jóvenes. 

Pero no sólo hombres, también hay mujeres –a veces, hasta embarazadas– y niños. Por eso el Papa ayer, en el Muelle Favaloro de Lampedusa, donde fue recibido con una gran cartel que decía “Bienvenido entre los últimos” –usando la misma palabra que Francisco usa en sus homilías– saludó a unos 150 de ellos dándoles la mano.

 Y dirigiéndose a los musulmanes, que ayer empezaban su mes de ayuno religioso llamado Ramadán, el Papa les dijo: “A los queridos inmigrantes musulmanes que hoy empiezan el Ramadán, les deseo abundantes frutos espirituales. La Iglesia se siente cercana en la búsqueda de una vida más digna para ustedes y sus familias”.

“Hemos escapado de nuestro país por dos motivos: político y económico. Para llegar a este lugar tranquilo hemos superado muchos obstáculos, hemos sufrido muchísimo”, dijo un inmigrante que tuvo que interrumpir varias veces su mensaje por la emoción al hablar en el Muelle Favaloro. También pidió ayuda para los inmigrantes a los países europeos y le entregó una carta a Francisco. 

Alojados generalmente en los llamados Centros de Recibimiento luego de ser rescatados en el mar, los africanos sufren horrores porque esos centros no siempre funcionan como debieran y por eso han recibido durísimas críticas de parte de organismos de derechos humanos internacionales.

Del Muelle Favaloro, en un jeep descapotado y saludando a medio mundo y besando a cuanto niño le acercaban, como suele hacer en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, el Papa se dirigió al campo deportivo Arena, en la localidad de Salina, para concelebrar la misa con el arzobispo Montenegro. 

Porque el Papa, según la prensa italiana, evitó expresamente que los cardenales lo acompañaran, lo mismo que exponentes del mundo político, para también evitar, es de imaginar, que sacaran algún rédito político a costa suya. “Cuando hace algunas semanas recibí la noticia (N. de la R.: de los inmigrantes muertos en el mar), el tema me volvía repetidamente a la cabeza, como una espina en el corazón que hace sufrir. 

Por eso he sentido el deber de venir hoy y rezar; y cumplir un gesto de acercamiento, también para despertar nuestras conciencias, para que lo ocurrido no se repita”, dijo el Papa en la homilía. “¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? –preguntó además Francisco–. ¡Nadie! Todos nosotros respondemos así: ‘No soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros (...)’. 

Hoy nadie se siente responsable, hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna”, enfatizó el Papa. Y a los habitantes de Lampedusa les dijo: “Ustedes son una comunidad pequeña, pero son un ejemplo de solidaridad. Gracias. Que Lampedusa sea un faro para todo el mundo, porque tiene el coraje de recibir a los que buscan una vida mejor”. En la misa, Francisco había utilizado un bastón pastoral y un cáliz realizado con madera de una barca de inmigrantes, labrados por un artesano de la isla."           (Elena Llorente, Página 12, Rebelión, 09/07/2013)

3/12/09

"¿Se acaba la religión?

El siglo XX y el inicio del XXI considerados como los de la ciencia y de sus aplicaciones prácticas, se clausuraron con una mirada a la astrología, la magia, el esoterismo, las religiones orientales y a toda una serie de manifestaciones de la necesidad de nuevas solidaridades. Asistimos a una reevaluación de sentido de misterio, de lo religioso y de lo sagrado. La sociedad actual tiene hambre de lo sagrado. La constatación de este fenómeno puede apreciarse en la proliferación de movimientos y grupos de diferentes tipos y tendencias, de sectas, la multiplicación de publicaciones, películas y libros, programas con temáticas sobre lo mágico, lo maravilloso, lo milagroso, lo misterioso.

Los tiempos modernos, refractarios en tantos sentidos a lo sobrenatural, lo han sustituido con harta frecuencia por la trascendencia societaria en vez de por una trascendencia de lo divino que está fuera de toda cosa humana. La religión en nuestros días es vida subjetiva, fruto de la fuerte individuación a que llegó nuestra sociedad. La mayor parte de las veces se trata de un fenómeno social, fruto de una magia personal, que halla significado en la moralidad y en el subjetivismo emocional.

El sagrado actual es una construcción de diversos imaginarios sociales y un intento de dotar nuevamente de sentido a las cosas porque las cosas no son lo que son sino lo que significan. Todos tratan de reconstruir un mundo de símbolos y de magia que sirve para que las personas imaginen que influyen sobre fenómenos en los que a penas pueden intervenir. Se trata, pues, de una energía difusa, de proveniencia social según la cual el contacto entre lo sagrado y lo profano modifica a los dos.

La participación en el rito permite al individuo inscribir la realidad en un sistema de sentido, le da una imagen total del mundo que sustituye la troceada y analítica que da la ciencia, y le ofrece la oportunidad de reencontrarse emocionalmente, de expresarse con libertad y, al mismo tiempo, estar dentro de un orden." (f