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14/4/14

Con el “test de la verdad” se pueden leer las respuestas cerebrales de una persona, sin posibilidad de engaño

"(...) Hace unos días los medios de comunicación informaban de que Miguel Carcaño, el asesino confeso de Marta del Castillo, iba a ser sometido a una prueba neurológica, conocida como “test de la verdad”, a través de la cual podrían leerse sus respuestas cerebrales.

 Una prueba de este tipo plantea un problema moral y legal, porque no es lícito introducirse en la intimidad de una persona, en este caso a través de su cerebro, sin su consentimiento. Y, en efecto, los medios informaban de que, según la abogada de Carcaño, este había accedido voluntariamente a someterse a la prueba. 

Esta es una de las muchas cuestiones éticas que se plantean en ámbitos como el de las neurociencias: que no es lícito introducirse en la intimidad de una persona sin su consentimiento expreso. Tampoco ante presuntos terroristas, un aspecto bien importante en la neuroseguridad.

Pero, ¿por qué entrar en el cerebro de una persona es introducirse en la intimidad? ¿Qué tiene de especial ese órgano, que la sola idea de trasplantar un cerebro nos parece inquietante, cuando ya se practican trasplantes tan complicados de otros órganos y otros miembros del cuerpo?

Según un buen número de investigadores, porque todos esos órganos son irrelevantes en comparación con el cerebro. Somos —dicen— nuestro cerebro. Él crea las percepciones, la conciencia, la voluntad, y tanto da que el cerebro se encuentre en un cuerpo como en un ordenador, porque él lo crea todo.

 Trasplantarlo no presenta más problemas que los técnicos, porque donde va el cerebro de una persona va esa persona. Así las cosas, siguen afirmando estos científicos, actuamos determinados por nuestras neuronas, de modo que no existe la libertad, sino que es una ilusión creada por el cerebro, como todo lo demás.

Sin embargo, tal vez las cosas no sean tan simples y por eso otros investigadores hablan del “mito del cerebro creador”, de que no es el cerebro el que crea nuestro mundo.

Regresando al caso de Carcaño, el médico que supervisó la prueba de la verdad aclaraba que recibe ese nombre porque la persona sometida a ella no puede mentir. Según él, las respuestas cerebrales son automáticas y, por tanto, no están condicionadas ni por la voluntad ni por la conciencia.

 De donde se sigue para cualquier lector que la voluntad y la conciencia, surjan de donde surjan, son algo distinto de las neuronas y tienen la capacidad de actuar suficiente como para modificar los mensajes automáticos del cerebro. Pueden inventar historias, tratar de ocultar los recuerdos impresos, interpretarlos de una forma u otra desde esa capacidad de fabulación que nos constituye como personas.

Parece, pues, que el enigma de la conducta humana sigue siéndolo, y que es necesario continuar las investigaciones desde el trabajo conjunto de humanistas y científicos, porque conocernos a nosotros mismos es la gran tarea que nos dejó encomendada Sócrates. Es ella misma un gran beneficio."            ( , El País, 4 ABR 2014)

27/3/13

"No creo que haya Libre Albedrío"


«No creo que haya Libre Albedrío. La conclusión me vino la primera vez en una especie de caldo primordial de conocimiento cuando tenía unos 13 años, y esa conclusión no ha hecho más que fortalecerse desde entonces. Lo que me preocupa es que a pesar del hecho de que esto es lo que creo sin dudarlo, hay veces en que es demasiado difícil sentirse como si no hubiese libre albedrío, creerlo, actuar de acuerdo a ello.

 Lo que verdaderamente me preocupa es que es demasiado difícil para prácticamente cualquiera actuar como si no hubiese libre albedrío. Y a veces esto puede tener consecuencias bastante malas. 

Si eres neurocientífico, podrías ser capaz de pensar que existe libre albedrío si dedicas tu tiempo únicamente a pensar sobre, por ejemplo, la cinética de una enzima en el cerebro, o en la estructura de un canal iónico, o en alguna molécula que es transportada a través de un axón.

 Pero si en vez de eso dedicas tu tiempo a pensar qué tienen que ver el cerebro, las hormonas, los genes, la evolución, la niñez, el entorno fetal, etc., con la conducta, como hago yo, parece simplemente imposible creer que hay libre albedrío. 

La evidencia es amplia y variada. Elevar los niveles de testosterona de alguien le hace más propenso a interpretar una cara emocionalmente ambigua como amenazante (y tal vez a actuar en consecuencia). Tener una mutación en un gen particular incrementa las probabilidades de que la mujer sea sexualmente desinhibida en la mediana edad. 

Pasar la vida fetal en un entorno prenatal particularmente estrenaste incrementa la probabilidad de comer en exceso de adultos. Desactivar temporalmente una región de la corteza prefrontal en una persona hace que actúe con más sangre fría y utilitaria cuando toma decisiones en un juego económico.

 Ser un familiar de primer grado, psiquiátricamente sano, de un esquizofrénico, aumenta las probabilidades de creer en cosas "metamágicas" como OVNIs, la percepción extrasensorial, o las interpretaciones literales de la Biblia. Tener una variante normal del gen del receptor de vasopresina hace que un tipo tenga relaciones románticas estables. 

La lista sigue y sigue (y solo por dejar claro algo que debería ser obvio a partir de este párrafo, pero que no se recalca con mucha frecuencia: la ausencia de libre albedrío no se parece ni remotamente a nada sobre el determinismo genético). 

El concepto de libre albedrío requiere que uno suscriba la idea de que a pesar de ser un remolino de asquerosidad biológica y blandas partes cerebrales rellenas con genes, hormonas y neurotransmisores hay, sin embargo, un búnker subterráneo en un rincón apartado del cerebro, un centro de control que contiene un homúnculo que elige tu conducta. 

En ese punto de vista, el homúnculo podría estar hecho de nanochips, de tubos vacíos polvorientos, de papel de pergamino arrugado y viejo, de estalactitas de la voz amonestadora de tu madre o de vetas de azufre. Y, en esta visión de la conducta, sea lo que sea de lo que esté hecho el homúnculo, no está hecho de algo biológico. Pero no hay un homúnculo y no hay libre albedrío. 

Esta es la única conclusión a la que puedo llegar. Pero aún así, es muy difícil creer eso, sentir eso. Estoy dispuesto a admitir que he actuado de forma ofensiva algunas veces a causa de esa limitación. Mi mujer y yo quedamos con un amigo para almorzar que sirve ensalada de frutas. 

Y proclamamos: guau, la piña está deliciosa. Están fuera de temporada, responde con suficiencia nuestro anfitrión, pero tuve suerte y logré encontrar un par buenas. Y en respuesta a esto, las caras de mi mujer y mía expresaban una admiración asombrada ?tú sí que sabes cómo elegir la fruta, tú eres mejor persona que nosotros?. Alabamos al anfitrión por esta muestra de libre albedrío, por la elección que hizo en la bifurcación del camino que es la Elección de las Piñas.

 Pero nos equivocamos. Los genes tienen algo que ver con los receptores olfativos que tiene nuestro anfitrión, que le ayudan a detectar la madurez. Quizá nuestro anfitrión proviene de una gente cuyos antiguos y profundos valores culturales incluyen aprender a detectar si una piña está bien.

 La pura suerte de la trayectoria socioeconómica de la vida de nuestro anfitrión ha proporcionado los recursos para merodear en un mercado orgánico con sobreprecio donde suena música folk ligera peruana. 

Es muy difícil sentirse de verdad como si no hubiese libre albedrío, no caer en esta falsedad de aceptar que hay un sustrato biológico de posibilidades y limitaciones, pero que hay una separación homuncular en lo que esa persona ha hecho con ese sustrato ?

"Bueno, no es culpa de la persona si la naturaleza le ha dado una cara que no es la más adorable, pero después de todo, ¿de quién es el cerebro que elige ponerse ese horrible pendiente en la nariz?"?

Esto trasciende a la mera charla sobre pendientes en la nariz y piñas. Como padre, estoy inmerso en la comunidad de padres neuróticos que tratan frenéticamente de poner a sus hijos en la dirección de la más perfecta adultez imaginable. 

Cuando hablamos sobre la escolarización de nuestros hijos, hay un cúmulo de maravillosa investigación de una colega mía, Carol Dweck, que siempre citamos. Resumiendo a lo bestia y simplificando, coge a un niño que acabe de hacer algo académicamente admirable, y alábalo diciendo, guau, es genial, debes de ser muy lista.

 De forma alternativa, en la misma circunstancia, alábalo diciendo, en su lugar, guau, es genial, debes de haber trabajado muy duro. Y decir que lo último es una ruta mejor para mejorar el rendimiento académico en el futuro ?no alabes los dones intelectuales innatos del niño; alaba el esfuerzo y la disciplina que eligen aplicar en la tarea. 

Bien, ¿cuál es el problema de eso? Nada si esa investigación solo produce una prescripción sin carga moral: "'Debes de haber trabajado muy duro' es un enfoque más eficaz para mejorar el rendimiento académico que 'Eres muy listo'."

 Pero es incorrecta si estás acariciando al homúnculo en la cabeza, llegando a la conclusión de que un niño que ha logrado algo mediante el esfuerzo es un mejor y más loable productor de elecciones que un niño que se valga de la pura inteligencia. Esto se debe a que el libre albedrío se queda al margen cuando se considera la autodisciplina, la función ejecutiva, la regulación emocional y la postergación de la recompensa

. Por ejemplo, los daños en la corteza frontal, la región del cerebro más estrechamente involucrada en esas funciones, hace que alguien sepa la diferencia entre el bien y el mal, y sin embargo no pueda controlar su conducta, incluso su conducta asesina. Las diferentes versiones de un subtipo de receptor de dopamina influyen en la tendencia de una persona a tomar riesgos y buscar sensaciones. 

Si alguien está infectado con el protozoo parásito Toxoplasma gondii, será propenso a ser ligeramente más impulsivo. Hay una clase de hormonas del estrés que puede atrofiar las neuronas en la corteza prefrontal; en los primeros años de escuela básica, un niño criado en condiciones de pobreza tiende a quedarse atrás en la maduración de la corteza prefrontal. 

Quizá podamos llegar al punto de entender realmente que cuando decimos: "Qué pómulos tan bonitos tienes", estamos felicitando a la persona basándonos en la creencia tácita de que ha elegido la forma de sus arcos cigomáticos. Pero no es mayor problema si no podemos lograr ese estado mental. 

Pero sí lo es si, por ejemplo, al considerar a ese niño de seis años cuyo desarrollo frontocortical ha sido machacado por un temprano estrés vital, confundimos su desgraciado control de los impulsos con una falta de virtud moral. O hacer lo mismo en cualquier otro ámbito de las debilidades y los fracasos, incluso en las monstruosidades de la conducta humana.

 Esto es sumamente importante para el sistema de la justicia criminal. Y para cualquiera que diga que es deshumanizante afirmar que la conducta criminal es el producto final de una máquina biológica averiada, la respuesta debe ser que es infinitamente mejor que condenar la conducta como producto final de un alma podrida. 

Y de igual modo, tampoco está muy bien pensar en términos de alabanza, de buen carácter, de buena elección, cuando miramos a los productos finales de biología afortunada y beneficiosa.

Pero es muy difícil creer realmente que no hay libre albedrío, cuando hay tantos hilos de causalidad que no se conocen aún, o son tan intelectualmente inaccesibles como pensar automáticamente sobre las consecuencias en la conducta de todo lo que va de las presiones selectivas de la evolución de los homínidos hasta lo que ha tomado alguien para desayunar. Esta dificultad es algo sobre lo que deberíamos preocuparnos.»    (Arcadi Espada, 22/03/2013)

4/9/09

Si somos sólo química ¿somos libres? Sí...

"P. Y Habermas está bastante de acuerdo con el papa Benedicto XVI. Han escrito un libro a medias.

R. Estoy de acuerdo en el diagnóstico de Habermas, pero no en las soluciones que propone. Su actitud es puramente defensiva: no hagamos esto, no hagamos lo otro...

No podemos decir, como Habermas, que hay un límite en la eugenesia y no debemos traspasarlo. Tenemos que reinventar la ética. Hoy es posible implantar un chip en un ratón y teledirigirlo. ¿Se da cuenta? Obviamente, será posible hacer lo mismo con un ser humano.

P. Eso es crear un Golem.

R. Se plantea una cuestión filosófica: ¿cómo experimentará ese ser humano el control remoto? ¿Tendrá consciencia de que le controla una fuerza exterior? ¿Creerá ser él mismo el emisor de las órdenes? Me inclino por la segunda hipótesis: el ser humano teledirigido no se dará cuenta de nada, se sentirá libre.

P. Jurgen Habermas propone una drástica autolimitación de la investigación científica para no destruir la esencia del ser humano.

R. ¿Y eso cómo se hace? Es imposible. Si se pueden manipular los genes, se manipularán. Los chinos están ya experimentando con el control remoto del cerebro. Eso espanta mucho a la gente religiosa. El otro día participé en Viena en una mesa redonda en la que había un par de obispos. Les pregunté por qué estaban en contra de la experimentación farmacológica en el cerebro. "Porque el hombre es una criatura divina, con un alma divina, etcétera", me respondieron.

Pero si no somos simples mecanismos biológicos, sino que tenemos un alma inmortal, nos pueden hacer lo que sea en el cerebro. Nos queda el alma, ¿no? No, los obispos son secretamente materialistas y temen que, en realidad, sólo seamos nuestro cerebro. Un obispo bastante listo comentó que el cerebro era un televisor y el alma un descodificador, necesarios el uno al otro.

Ése fue un argumento inteligente, pero falso. Si un fármaco puede hacerme más valiente, más lúcido, más generoso, ¿en qué queda la ética? Significa que somos sólo química. Entonces, ¿somos libres? Yo creo que sí. Pero si bloqueamos la experimentación científica sólo estamos manteniendo una ficción de libertad." (Slavoj Zizek: "Si un fármaco puede hacerme más valiente, más lúcido y más generoso, ¿en qué queda la ética?". El País, Babelia, 25/03/2006, p. 2/3)

9/1/08

Cerebro ético y cerebro social

“El cerebro humano parece contener distintos cerebros. Tenemos un cerebro social, "que nos permite relacionarnos con el entorno", pero también un cerebro ético, "asociado con el libre albedrío, la responsabilidad personal y el derecho". (…)

Pregunta. Primero ha investigado el cerebro social y ahora el ético. ¿Qué relación hay entre ellos?

Respuesta. Hasta hace tres o cuatro años no se había estudiado el cerebro social desde el punto de vista de la neurociencia. La psicología social ha avanzado mucho, pero no así el estudio de los mecanismos biológicos implicados en la socialización. Ahora, gracias a los avances en las tecnologías de imagen cerebral, sí se está avanzando; yo tengo interés en el cerebro social, que es diferente del cerebro individual, y comprende lo que hacemos todo el día, la toma de decisiones desde un punto de vista social: dónde estamos, qué está haciendo nuestra pareja, qué piensan los que nos rodean, qué hacen los hijos, qué estamos pensando sobre nosotros mismos... Toda esta información se puede estudiar ahora.

P. ¿Se puede decir que con el crecimiento, desarrollamos un cerebro social?

R. Nacemos con un único cerebro, y las interacciones sociales se producen precisamente por las características específicas del cerebro humano. Pero también hay mucho que aprender social y culturalmente. Sabemos que es difícil cambiar el temperamento definido por la biología básica, pero hay muchas y diferentes maneras de mitigar nuestro temperamento.

P. ¿A partir de qué momento se puede establecer que el ser humano tiene un cerebro funcional?

R. En este tema, cada una de las partes implicadas defiende su postura de forma muy agresiva. Un embrión de 14 días no tiene cerebro, ni siquiera el principio de un sistema nervioso, que empieza a desarrollarse a los 26 días. A las 26 semanas, el cerebro ya está empezando a desarrollarse y puede sentir dolor psicológico. Lo único que se puede decir con certeza es que a los 14 días no hay cerebro, y éste es un dato muy importante, porque los científicos que investigan con células madre en medicina regenerativa utilizan células embrionarias de menos de 14 días. Por otra parte, admitimos la muerte cerebral cuando no hay actividad en el cerebro. Si aceptamos la muerte cerebral para poder extraer los órganos de un cuerpo humano, ¿por qué no podemos utilizar o donar a la medicina unos organismos que no tienen cerebro? Pero en esta cuestión, caben posiciones diferentes, y algunos apelan a la potencialidad, es decir, a que ese embrión podría llegar a tener un cerebro.

P. ¿Cuándo podemos hablar de muerte cerebral?

R. Muchas personas sostienen que la muerte cerebral es la muerte, y es un error tratar de distinguir entre muerte y muerte cerebral. Porque todo lo que nos preocupa de la muerte humana está relacionado con el cerebro. Una vez que se muere, no se puede volver a otro estado. La muerte cerebral se inicia con un evento que influye en la corteza, que rápidamente afecta a todo el cerebro y que termina siendo una muerte de todo el cuerpo. Los neurólogos determinan el momento en el que el cerebro ya no funciona y es un estado irreversible. Es el final. En un estado vegetativo, en cambio, los neurólogos no saben si dicho proceso es irreversible y de hecho, se han dado casos de enfermos que despiertan. Hay quienes rechazan declarar la muerte mientras siga latiendo el corazón y pretenden revisar el concepto de muerte cerebral. Desde mi punto de vista, sería un grave error.

P. ¿Se puede de alguna forma cultivar el cerebro ético?

R. La verdad es que no tengo ni idea. Nunca he tenido muy clara la utilidad de enseñar ética, porque creo que basta con el hecho de crecer. Mi padre era italiano y mi madre inglesa, y ambos me enseñaron muy bien lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo. Para mí no hacía falta aprender ética en el colegio, me lo enseñaban en casa. Sin embargo, ahora estoy cambiado de opinión, porque hay familias disfuncionales. Hay muchas familias en las que los niños no reciben ningún tipo de formación en casa y lo aprenden casi todo de la televisión o de Internet.

P. Pero dos hijos de una misma familia pueden tener, a pesar de haber recibido la misma educación, un cerebro ético y social distinto. ¿Por qué?

R. El cerebro humano está aparentemente preparado para responder a los estímulos sociales y juicios morales. Siempre me ha fascinado el hecho de que con frecuencia nos olvidamos de que la mayoría de las personas se comportan bien. Sólo el 1% de la población se comporta mal, de manera que son muchas más las personas buenas que las malas. Pero las malas también existen.

P. ¿El sentimiento de responsabilidad y culpa es igual en todas las personas?

R. Yo tengo una postura muy dura en este punto. La responsabilidad es una regla, una norma y existe en un grupo social. Independientemente de quién seas, puedes seguir una norma. Existe una línea. La responsabilidad no está en el cerebro, sino que forma parte de las normas sociales, está en la cultura. Si una persona viviera sola, no tendría que ser responsable, pero sí tiene que serlo si vive en sociedad. Con la interacción debe haber un acuerdo social. Por eso, todos podemos seguir las normas.” (MICHAEL GAZZANIGA Director del Centro para el Estudio de la Mente de California: "A los 14 días, el embrión no tiene ni el inicio de un sistema nervioso". El País, ed. Galicia, Salud, 08/01/2008, pp. 42)