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19/2/24

¿Cuál cree que es la principal ventaja de la democracia frente a la dictadura? No creo que la democracia conduzca a un mayor crecimiento, menos corrupción o menos desigualdad. No hay pruebas de ninguna de estas cosas. Para decirlo quizás con demasiada fuerza, creo que la democracia no tiene ningún efecto sobre ningún fenómeno social real, pero sí permite a la gente, a nivel puramente personal, sentirse mejor al acceder a información más diversa, y expresar cualquier opción que tenga. (Nótese que esta libertad sólo se aplica a la esfera política, no al lugar de trabajo, que en las democracias capitalistas se gobierna dictatorialmente)... La libertad de “equivocarse”: la única ventaja real de la democracia... se equipara el proyecto liberal moderno con el proyecto comunista... En ambos casos, se supone que una determinada visión del mundo se basa en la comprensión científica de cómo funciona el mundo, y todos los que no lo ven de esa manera deben ser "reeducados"... La ideología liberal expansiva crea conflictos innecesarios al insistir en que en todas las cuestiones políticas y sociales importantes la gente debe compartir la misma opinión, y al denigrar a quienes no lo hacen... No debemos temer la polarización y el desacuerdo... Entre la uniformidad de opinión que se impone a través del control de los medios de comunicación (personificada por la televisión) y la pluralidad, o incluso la multitud infinita, de puntos de vista que ofrecen las cámaras de eco de los medios sociales, hay que elegir lo segundo (Branko Milanović)

 "Se juntaron varias cosas. Un amigo me envió este post de N S Lyons. Luego, de forma independiente, se produjo una breve conversación en Twitter sobre las estadísticas que muestran que los jóvenes de hoy en día obtienen casi toda su información de los medios sociales, mientras que los mayores confían (como hacían en el pasado) en la televisión. Y, por último, y quizá para este post lo más importante, mi propia reflexión reciente sobre las siguientes cuestiones: ¿Cuál cree que es la principal ventaja de la democracia frente a la dictadura?

Permítanme empezar por la número 3. Cuando pensé en ello, mi respuesta fue: la libertad de leer y escuchar lo que quiera, y de decir lo que quiera. Y creo que esto es todo. No creo que la democracia conduzca a un mayor crecimiento, menos corrupción o menos desigualdad. No hay pruebas de ninguna de estas cosas. Para decirlo quizás con demasiada fuerza, creo que la democracia no tiene ningún efecto sobre ningún fenómeno social real, pero sí permite a la gente, a nivel puramente personal, sentirse mejor al acceder a información más diversa, y expresar cualquier opción que tenga. (Nótese que esta libertad sólo se aplica a la esfera política, no al lugar de trabajo, que en las democracias capitalistas se gobierna dictatorialmente).

 Pero esa definición de la ventaja de la democracia ha sido atacada recientemente por quienes piensan que las redes sociales conducen a las "noticias falsas", la fragmentación de la opinión pública, la polarización de la política y todo tipo de fenómenos nocivos. Y luego pintan un mundo de fantasía en el que todo el mundo está de acuerdo en todas las cuestiones y defiende los valores liberales en los que cree. Para mí, esto es precisamente el debilitamiento o la destrucción de la parte más (o la única) valiosa de la democracia.

N S Lyons cita in extenso al filósofo político polaco Ryszard Legutko, que equipara el proyecto liberal moderno con el proyecto comunista. Y, en efecto, las similitudes son grandes. En ambos casos, se supone que una determinada visión del mundo se basa en la comprensión científica de cómo funciona el mundo, y todos los que no lo ven de esa manera deben ser "reeducados" o, si se aferran obstinadamente a puntos de vista erróneos, considerados moralmente defectuosos. Así pues, el desacuerdo es con las personas que son cognitiva o éticamente deficientes.

 Escribo esto como alguien que cree en la ilustración y el crecimiento económico. Pero no creo que la gente vaya a tener nunca la misma opinión sobre cuestiones clave relacionadas con la organización de las sociedades. Siempre habrá importantes diferencias de valores y antecedentes. Cualquier intento de imponer los puntos de vista de uno que no sea a través del debate (sin pensar seriamente que se tendrá éxito, véase mi post aquí), o de considerar a los demás como "moralmente desafiados" si no están de acuerdo, no sólo está destinado al fracaso. Es un error. La segmentación del espacio para el discurso público no sólo es inevitable; es, en conjunto, algo bueno. Entre la uniformidad de opinión que se impone a través del control de los medios de comunicación (personificada por la televisión) y la pluralidad, o incluso la multitud infinita, de puntos de vista que ofrecen las cámaras de eco de los medios sociales, hay que elegir lo segundo.

No debemos temer la polarización y el desacuerdo. Son mucho mejores que la unanimidad. Ahora bien, no me estoy refiriendo aquí únicamente a la unanimidad forzada que se deriva de tener un solo periódico y un solo canal de televisión (me recuerda a un viejo chiste comunista. "Acabamos de introducir el segundo canal. ¿Qué hay en el segundo canal? Un funcionario del KGB que dice: "Y a usted, camarada, parece que no le gusta el primer canal..."), sino la uniformidad que proviene del actual proyecto liberal.

 Recuerdo que en los años noventa, una amiga holandesa me señaló a mí, el pagano, las ventajas de la democracia holandesa y la calificó de "vibrante" (por oposición a la unanimidad forzada). Pero cuando aparecieron en escena los "integralistas islámicos", y luego Geert Wilders y gente como él, ya no le pareció tan "vibrante". Lo mismo, sólo que más, ocurre en Francia: de algún modo, los islamistas, Melenchon, Le Pen y les gilets jaunes, aunque todos ellos procedentes de bandos ideológicos muy diferentes, no eran compatibles con esta "vitalidad". Resulta que "vibrante" significaba que todo el mundo estaría de acuerdo con las creencias fundamentales de mi amiga y que la disputa debería centrarse en cuestiones puramente periféricas. Ella representaba la pensée unique que siguió a la caída del comunismo, cuando la visión liberal del mundo y la economía neoliberal se consideraron "normales" y de "sentido común", no una ideología.

Esto fue rudamente desafiado por el Islam (que comprensiblemente en muchos temas tiene una visión totalmente diferente), por la crisis financiera de 2008, por el Sonderweg de China, el ascenso de las democracias iliberales, la presidencia de Trump y luego 75 millones de votos, el abrazo de Rusia al euroasianismo. Es evidente que no refleja las realidades actuales.

 La ideología liberal expansiva crea conflictos innecesarios al insistir en que en todas las cuestiones políticas y sociales importantes la gente debe compartir la misma opinión, y al denigrar a quienes no lo hacen. Muy a menudo sueñan, sobre todo si son mayores, con el regreso de un mundo de tres canales de televisión estadounidenses y dos semanarios que tuvieran siempre las mismas noticias y la misma portada. Esto supuestamente creó un consenso de gente sensata. Pero lo hizo sólo porque los demás no podían opinar. Ese mundo, creo que afortunadamente, nunca volverá porque Internet lo ha hecho imposible. Pero en lugar de pensar que esto es un mal desarrollo, deberíamos abrazar la libertad de pensar lo que queramos, y de decir lo que queramos (por extraño que pueda parecer a los demás). Porque ésta es probablemente la única ventaja real de la democracia."

 (Branko Milanović, Brave New europe, 18/02/24; traducción DEEPL)

14/12/22

Los nuevos extractores de renta ya no solo se quedan con las plusvalías de los trabajadores... Trabajadores y empresarios se están convirtiendo en los esclavos de los nuevos señores feudales, aquellos que extraen las rentas del suelo, de la vivienda, del espacio radioeléctrico, del ciberespacio, del medio ambiente, del trabajo, de todo. Y de esto va el capitalismo actual. La confrontación entre rentistas y el resto... Los buscadores de rentas han actuado a sus anchas, con el consentimiento o aquiescencia del poder político. Durante esta fase, los salarios de los trabajadores han perdido poder adquisitivo... Durante este período, los grandes evasores de impuestos se frotaban las manos observando cómo no se hacía nada contra los paraísos fiscales -Luxemburgo, Suiza, Singapur…-... el capital se estancó. Durante esos años, el principal motor de la actividad económica fueron actividades especulativas financiadas con deuda... Parafraseando a Frank Delano Roosvelt, ello requiere luchar contra los viejos enemigos de la paz: los monopolios empresariales y financieros, la especulación, la banca insensible, los antagonismos de clase, el sectarismo, y los intereses bélicos

 "Uno de los aspectos que más me sorprende en la actualidad es el carácter psicopático y las propuestas distópicas de los que se autodenominan liberales. No muestran el más mínimo atisbo de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno, y mucho menos una compasión ante los más débiles. Su individualismo extremo y la ausencia en sus postulados del bien común los han convertido en una ideología tremendamente perniciosa. 

Se refleja en su visión de los salarios, del acceso a la vivienda, de las pensiones, de lo que está sucediendo con los precios de la luz, de la energía, de los alimentos... Lo peor es que aún no se han dado cuenta de que sus propuestas y sus recomendaciones nos han traído un nuevo feudalismo, aderezado con una ineficiencia económica creciente. Su actitud haría sonrojar a los liberales del siglo XIX.

Los actuales defensores del liberalismo, aquellos que se alzan contra el papel del Estado en la economía, no solo no han manifestado especial interés hacia el bienestar de las clases trabajadoras, ni deseo de elevar sus salarios, sino que han negado toda justicia al empleo de los poderes gubernamentales con ese propósito. La doctrina liberal dominante se ha entremezclado con las teorías que arrojan sobre las leyes de la naturaleza la responsabilidad de la miseria de las clases trabajadoras, y fomentan una profunda indiferencia y culpabilidad hacia sus padecimientos. 

Por ello los liberales condenan la intervención gubernamental respecto de las horas de trabajo, del tipo de los salarios, del empleo de las mujeres, de la acción de los sindicatos, proclamando que la ley de la oferta y la demanda es el único regulador verdadero y justo. Han ignorado de manera sistemática la monstruosa injusticia de la distribución actual de la renta y la riqueza. Pero además nos han traído uno de los períodos históricos de mayor ineficiencia económica.

Los extractores de rentas, esos nuevos señores feudales

Disiento profundamente de quienes dicen que al Estado no le incumbe ocuparse del nivel de los salarios, ni del salario mínimo o máximo, ni de la jornada laboral, ni del salario de las mujeres. Todo lo contrario, el aumento de los salarios es un fin legítimo de la política económica. Elevar y mantener los salarios es el objetivo que deben buscar todos aquellos que viven de los mismos, y los trabajadores tienen el derecho de defender toda medida que conduzca a este resultado. En realidad el liberalismo que emergió con la llegada de Margaret Thatcher y Ronald Reagan al poder tenía como objetivo último debilitar al factor trabajo y reducir los salarios. En ese contexto el único elemento de mejora social fue la deuda, diseminada además por un sistema bancario que fue desregulado y abandonado a la suerte de la autorregulación, toda una infamia económica.

“El capitalismo está bajo una seria amenaza porque ha dejado de proveer para las masas. Y, cuando eso sucede, las masas se rebelan contra el capitalismo”. Esta advertencia no la realizó ningún marxista irredento. Fue un aviso en toda regla del que fuera economista del Fondo Monetario Internacional y exgobernador del Banco Central de la India, Raghuram Rajan. En el trasfondo, la falta de oportunidades, la desigualdad extrema, y cómo los mercados y los gobiernos, guiados por esa broma pesada de gobernanza económica llamada neoliberalismo, han dejado a la mayoría de la ciudadanía colgada de un hilo muy fino.

El capitalismo en su fase actual está en una fase de degeneración. La financiarización de la economía global ha propagado una clase de rentistas que nada tienen que envidiar a los del medievo. Las sociedades, incluso las aparentemente democráticas, vuelven a estar regidas por una red de relaciones señoriales, donde un estamento privilegiado, conectado e imbricado en los gobiernos de turno, se dedica a extraer las rentas y riquezas del resto de la ciudadanía. Y esa superclase controla casi todos los tentáculos del poder, incluidos los medios de desinformación masiva.

Los nuevos extractores de renta ya no solo se quedan con las plusvalías de los trabajadores. Es mucho peor de lo que incluso Marx podía intuir. Van más allá de lo inimaginable. Se están apropiando también de las rentas generadas por quienes producen. Trabajadores y empresarios se están convirtiendo en los esclavos de los nuevos señores feudales, aquellos que extraen las rentas del suelo, de la vivienda, del espacio radioeléctrico, del ciberespacio, del medio ambiente, del trabajo, de todo. Y de esto va el capitalismo actual. La confrontación entre rentistas y el resto. El problema es la actitud de complacencia de los gobiernos de turno, controlados desde la sombra por esa superclase de rentistas que rige el planeta, y cuyas actividades no están sujetas a ningún control democrático.

Los buscadores de rentas han actuado a sus anchas, con el consentimiento o aquiescencia del poder político. Durante esta fase, los salarios de los trabajadores han perdido poder adquisitivo, mientras se cerraban empresas bajo el pretexto de buscar mayores ganancias a través de la explotación de mano de obra barata en el extranjero. Durante este período, los grandes evasores de impuestos se frotaban las manos observando cómo no se hacía nada contra los paraísos fiscales -Luxemburgo, Suiza, Singapur…-. Durante ese tiempo, excluyendo la tierra y la vivienda, el capital se estancó. Durante esos años, el principal motor de la actividad económica fueron actividades especulativas financiadas con deuda.

En este contexto, si aquellos que rigen nuestro devenir quieren realmente que el sistema capitalista no acabe colapsando, como advierte Raghuram Rajan, deben empezar por plantar cara a rentistas de distinto pelaje. El sistema actual no proporciona igualdad de oportunidades. Es urgente mejorar las oportunidades de la gente, y ello pasa sin duda por una reactivación del control democrático del poder y un fortalecimiento del Estado. Parafraseando a Frank Delano Roosvelt, ello requiere luchar contra los viejos enemigos de la paz: los monopolios empresariales y financieros, la especulación, la banca insensible, los antagonismos de clase, el sectarismo, y los intereses bélicos."                   (Juan Laborda  , El Salto, 10/12/22)

15/9/22

Fukuyama se defiende y defiende el liberalismo... pero el mundo liberal real era éste: unos cuantos países y algunas clases sociales dentro de ellos haciéndose ricos, mientras las clases medias y las trabajadoras veían menguar sus recursos... "China se hizo muy rica haciendo cosas baratas. Rusia se hizo muy rica vendiendo gas barato a Europa, y Alemania se hizo muy rica vendiendo cosas caras producidas con gas barato". Estados Unidos, mientras tanto, "se hizo muy rico con el Quantitative Easing. Pero la posibilidad para el QE provino del régimen de 'baja inflación' que permitían las exportaciones baratas provenientes de Rusia y China"... la época tiene un color muy distinto, que exige nuevas perspectivas y nuevas soluciones... Ya no estamos en la era Fukuyama, y nos vendría bien tomar consciencia

 "El éxito de la ideología que ha gobernado Occidente durante las últimas décadas, y por extensión el mundo, no es responsabilidad de Francis Fukuyama, aunque lo cierto es que su contribución fue relevante: el politólogo estadounidense ideó una tesis, la del fin de la historia, sobre la que se basó el sistema que ha dominado el panorama político y económico. Ese hecho no le convierte en culpable de todo lo que se hizo con sus tesis, pero Fukuyama sí es responsable de intentar mantenerla vigente, incluso cuando las señales del presente nos muestran su irrealidad.

Esa idea de que el mundo se iba a organizar alrededor de una serie de valores sostenidos por la hegemonía estadounidense, de que los principios liberales se extenderían universalmente y que ese entramado de instituciones internacionales, relaciones comerciales y resolución jurídica de conflictos terminaría con los grandes enfrentamientos nacionales retrata escasamente nuestra realidad. Los efectos de esa idea han sido, además, particularmente perjudiciales: la confianza alemana y europea en que ese tejido institucional iba a perdurar durante mucho tiempo ha conseguido que Europa haya externalizado todo lo que le es necesario para competir en el nuevo mundo y que sea especialmente dependiente del exterior, y no solo en la energía. La debilidad europea actual proviene de esa convicción ilusa, que estuvo mucho tiempo operativa.

Fukuyama, del mismo modo que antes fue comúnmente alabado, se ha convertido ahora, en los malos momentos, en el politólogo más criticado del mundo. Ya sea para defenderse de los reproches o por convicción, acaba de publicar 'El liberalismo y sus desencantados' (Ed. Deusto) una obra con la que intenta rescatar los restos del naufragio para mantener viva su visión.

Uno de sus argumentos suena curioso, y no porque le falte razón, sino porque es aplicable prácticamente a todo. Es posible que las disfunciones que el liberalismo global ha creado no sean intrínsecas al liberalismo y que deberíamos separar la idea de su aplicación. Sin embargo, si se utiliza este razonamiento, tiene que aceptarse que se prolongue respecto de todo tipo de ideologías: el comunismo era bueno y que su puesta en práctica contuviera muchos errores no invalida la pertinencia de sus ideas; y así sucesivamente.

En segunda instancia, Fukuyama hace algo muy común entre quienes están acostumbrados a ser tenidos en cuenta. Incorpora a su discurso, ya que los entiende pertinentes, aspectos como la identidad, los valores socialdemócratas o la mayor participación del Estado en la economía; sin embargo, esos mismos elementos eran el objeto de sus críticas, aquello que combatió. Podría suponer una rectificación, el reconocimiento de un error y, si así fuera, resultaría positivo. Pero no hay nada de eso en el texto, que se despliega como si sus críticas no hubieran sido emitidas y como si las disfunciones hubieran sido causadas por fuerzas exteriores y ajenas, y no por sus propias ideas.

 Actúa de la misma manera que esa gente que alababa a Merkel y al modelo alemán y ahora los censura amargamente, como si ellos no hubieran formado parte del coro. Esa capacidad de estar siempre en el lado correcto de la historia resulta extraña, pero así parecen funcionar las cosas: quienes advirtieron de los problemas fueron excluidos, y ahí siguen, y quienes los ignoraron o fomentaron continúan en los lugares más prestigiosos. La habilidad para que tus errores no te manchen y que tus aciertos brillen es típica de los buscavidas de nuestro tiempo, y hay muchos.

El texto incurre también en algún argumento retorcido, como cuando, para alabar la vivacidad, la creatividad y la innovación que producen las sociedades liberales recurre a la Atenas de Pericles. Aquella Atenas era democrática, pero distaba mucho de ser liberal en el sentido que Fukuyama estableció en su teoría. De hecho, era sustancialmente distinta: fue producto de una presencia de las instituciones públicas incomparablemente mayor de la que el pensador estadounidense promovía; contaba con un liderazgo (resultado de la lucha contra la oligarquía) al que hoy se tilda frecuentemente de populista; y suponía un ejemplo de equilibrio económico entre los ciudadanos mucho más acentuado de lo que Fukuyama jamás propuso. La cita a Pericles no es significativa, pero sí simbólica: si tienes que atribuirte logros de otros sistemas para justificar tus posiciones, es que no son demasiado sólidas.

La idea de Fukuyama con el nuevo texto es noble: defender el liberalismo y sus instituciones en tiempos en lo que la cohesión social está rompiéndose y la polarización se desata. Es un propósito difícil de rebatir, pero sus propuestas no suenan especialmente pragmáticas. Y no lo son porque pone el acento en la derecha nacionalista populista y en la izquierda progresista obsesionada con las diferencias culturales como los grandes problemas del liberalismo. Con ese diagnóstico, la solución aparece de forma evidente: hay que combatir a los enemigos y todo aparece limpio de nuevo.

 Esto es hacerse trampas: señala como grandes obstáculos a fenómenos políticos que han crecido precisamente a causa de las fallas profundas del liberalismo que gente como él promovía; los defectos de su sistema han producido el tipo de clima social que favorece las posiciones iliberales. De manera que insistir en las mismas fórmulas que han causado los problemas y proponerlas como solución, además de añadir moderación y templanza, como propone, simplemente conseguirá que el liberalismo ahonde en su decadencia.

Si bien los propósitos de Fukuyama pueden ser ampliamente compartidos, su perspectiva es extemporánea. Ya no estamos en el momento del fin de la historia, sino en otro muy diferente. Según aseguraba a sus clientes Zoltan Pozsar, analista de Credit Suisse, "China se hizo muy rica haciendo cosas baratas. Rusia se hizo muy rica vendiendo gas barato a Europa, y Alemania se hizo muy rica vendiendo cosas caras producidas con gas barato". Estados Unidos, mientras tanto, "se hizo muy rico con el Quantitative Easing. Pero la posibilidad para el QE provino del régimen de 'baja inflación' que permitían las exportaciones baratas provenientes de Rusia y China". En esencia, este era el mundo liberal real, unos cuantos países y algunas clases sociales dentro de ellos haciéndose ricos, mientras las clases medias y las trabajadoras veían menguar sus recursos. El enredo geopolítico tiene también que ver con esto.

Ahora, como subraya Rana Foroohar en un artículo de 'Financial Times', en el que recoge el diagnóstico de Pozsar, la época tiene un color muy distinto: "Estamos en guerra, guerra significa industria y una industria en crecimiento significa inflación". Y esto, señala Foroohar, implica un modelo completamente distinto de aquel en el que hemos vivido en las últimas décadas, que exige nuevas perspectivas y nuevas soluciones. Algunas de ellas se han puesto ya en marcha, llegarán otras, pero es complicado comprender cómo se puede afrontar este nuevo momento regresando a las prácticas que dominaron las décadas anteriores. Se quiere combatir los problemas actuales con soluciones que ya no responden a las necesidades del momento político, ni al geopolítico ni a las prioridades económicas. Ya no estamos en la era Fukuyama, y nos vendría bien tomar consciencia. "         (Esteban Hernández, El Confidencial, 11/09/22)

7/12/21

Domenico Losurdo: Comunismo: ¿una palabra impronunciable? ¿Y la palabra liberalismo? No hay que olvidar que entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, justamente en el país que se estaba colocando como guía del Occidente liberal, empezaban a oírse unas consignas ominosas con referencia a los amerindios y los afroamericanos: invocaban la «solución final y completa» o la «solución final» para el problema de los indios y los negros, respectivamente. Fue el periodo en que se borró de la faz de la tierra a la mayoría de los pieles rojas, y en el ámbito del imperio británico a los aborígenes de Australia y Nueva Zelanda. ¡Pese a todo, al actual país-guía del Occidente liberal se le sigue considerando la primera democracia liberal de la historia!

 "Dejando a un lado los prejuicios ideológico-justicieros de la doctrina antitotalitaria de Estado, podemos analizar las críticas de carácter más propiamente científico que se hacen al comunismo. Pero antes de adentrarnos en este nuevo terreno conviene plantearse un problema de carácter más general. ¿Todavía merece crédito esta tradición política?

 En octubre de 2008 causó bastante sensación la declaración del secretario de un partido de tendencia comunista, Fausto Bertinotti, según el cual, debido a la historia que tenía tras de sí, comunismo era una «palabra impronunciable». De modo que echaremos un vistazo al debate político contemporáneo: ¿hay palabras más «pronunciables»?

De entrada podría parecer menos comprometedor apelar al «socialismo», término incorporado incluso por los socioliberales. Lamentablemente hay una circunstancia histórica imposible de borrar que arroja una sombra bastante siniestra sobre este término: el partido de Hitler también se llamaba a sí mismo «socialista», Partido Nacionalsocialista de los Obreros Alemanes.

 Era el «socialismo de buena sangre», teorizado sobre todo por Himmler. Gracias a él los proletarios alemanes podían ser propietarios de las tierras arrebatadas a los eslavos, diezmados, deportados o esclavizados al servicio de aquellos por cuyas venas corría la «buena sangre» (en Aly, 2005, pp. 28-29). Y no se trata solo de nazismo. En los años inmediatamente posteriores a la primera guerra mundial hacía profesión de «socialismo» (aunque fuera «socialismo prusiano») un ferviente chovinista que había asistido impasible a la carnicería recién terminada. 

El breve texto, una suerte de manifiesto del «socialismo prusiano», terminaba de un modo perentorio: «Somos socialistas y no queremos haberlo sido en vano» (Spengler, 1921, p. 99). Varios años antes, cuando faltaban pocos meses para el estallido de la guerra (en la que aún no había entrado Italia), Croce (1950, p. 22) también expresó su aprecio y simpatía por el «socialismo de estado y de nación», a imagen de la «férrea disciplina de guerra» impuesta en la Alemania de Guillermo II y de la socialdemocracia alemana. Incluso si se pasa por alto la implicación de los partidos socialistas clásicos en la primera guerra mundial y en las guerras coloniales, ¿es realmente «socialismo» una palabra menos «pronunciable» que comunismo?

Ahora centrémonos en los términos que jalonan la ideología dominante y siempre merecen un vehemente juicio de valor positivo. Hoy en día todos rinden tributo a la «democracia», pero ¿cómo se llamaba el partido que en Estados Unidos se opuso hasta el final a la abolición de la esclavitud? Se llamaba a sí mismo «demócrata» y estaba realmente convencido de serlo. ¿Y cómo se llamaba el partido que, después de la abolición formal de la institución esclavista, puso más empeño en evitar la emancipación real de los afroamericanos, a la vez que apoyaba el régimen terrorista de white supremacy? Eran frecuentes los linchamientos de negros, que empezaban con una tortura lenta, interminable, al desdichado condenado a muerte.

 Se montaban como espectáculos de masas hábilmente orquestados por el partido de gobierno, concretamente el «demócrata». Volviendo a nuestros días, ¿cuántas guerras se han desencadenado en nombre de la «democracia» y de su difusión? Si Bertinotti hubiera tenido conocimientos de historia se habría dado cuenta sin dificultad de que «comunismo» no es más «impronunciable» que «socialismo» o «democracia».

Queda por examinar un término que el poder dominante ha enaltecido más que ningún otro, a escala nacional e internacional: liberalismo. Si alguien pensaba que, por lo menos en este caso, nos hallamos ante una historia más o menos inmaculada, haría bien en reflexionar sobre un caso, en apariencia intrascendente, acaecido en Alemania a finales del siglo XIX. En 1888 Die neue Zeit, la revista dirigida por Karl Kautsky, publica un ensayo de Paul Lafargue sobre Victor Hugo y sobre la vida cultural y política francesa. 

En un pasaje del texto original aparece la palabra «liberalismo» (libéralisme) y el traductor alemán escribe «democracia burguesa» (bürgerliche Demokratie), añadiendo una nota explicativa: «El autor usa el término “libéralisme”. Pero como en Alemania el liberalismo se ha convertido en el lacayo del cesarismo, el antisemitismo y los Junker, en vez de la traducción liberal nos parece más adecuado traducir “democracia burguesa”» (nota a Lafargue, 1888, p. 263). Es sin duda un episodio menor, pero ¡tan sintomático!

Es el síntoma de una historia desconocida o borrada. Prueba de ello es que en Estados Unidos un autor como John C. Calhoun, ilustre teórico de la esclavitud como «bien positivo» (todavía a mediados del siglo XIX) se sigue citando y publicando como uno de los Liberty Classics, los clásicos de la libertad y de la tradición liberal. Un honor que también se le reserva a E. E. D. Acton, gran defensor de la causa del Sur esclavista durante la guerra de secesión. 

Si tenemos en cuenta esta historia desconocida y borrada, entre las palabras que hemos comparado aquí «liberalismo» es la más impronunciable; durante los dos siglos dorados de este movimiento político (el XVIII y el XIX) la esclavitud de los negros se desarrolló prodigiosamente justo en los países clásicos de la tradición liberal, y en Estados Unidos adquirió una dureza inusitada: la propiedad privada, incluida la de ganado humano, es decir, de esclavos, libre de ataduras políticas y morales y de cualquier interferencia de la Iglesia y el estado, pudo ejercer un poder absoluto y llevar a cabo una deshumanización y cosificación completa del esclavo, al extremo de que los miembros de su familia podían venderse por separado como cualquier otra mercancía. 

Por eso el abolicionista británico John Wesley afirmó que «la esclavitud americana» es «la más vil de todas las que ha habido en la tierra». Como complemento de la historia del liberalismo, tampoco hay que olvidar que entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, justamente en el país que se estaba colocando como guía del Occidente liberal, empezaban a oírse unas consignas ominosas con referencia a los amerindios y los afroamericanos: invocaban la «solución final y completa» o la «solución final» para el problema de los indios y los negros, respectivamente. Fue el periodo en que se borró de la faz de la tierra a la mayoría de los pieles rojas, y en el ámbito del imperio británico a los aborígenes de Australia y Nueva Zelanda.[1] ¡Pese a todo, al actual país-guía del Occidente liberal se le sigue considerando la primera democracia liberal de la historia!

Hasta los nombres de los movimientos, así como los movimientos que dicen rechazar el poder y la violencia, distan mucho de ser inmaculados cuando se someten a un análisis histórico concreto. ¿«No violencia»? El propio Gandhi declaró con orgullo que había sido «reclutador jefe» al servicio del ejército británico durante la primera guerra mundial. Contribuyó de un modo nada desdeñable a «la primera calamidad del siglo XX, la calamidad de la que se originaron todas las demás calamidades» dirigiéndose a su pueblo en estos términos: debemos «brindar nuestro respaldo total y firme al imperio», la India debe estar dispuesta a «ofrecer al imperio en sacrificio a todos sus hijos válidos en esta hora crítica», a «ofrecer a todos sus hijos idóneos como sacrificio para el imperio en este momento crítico»; «debemos dar todos los hombres de que disponemos para la defensa del imperio» (cf. Losurdo, 2010, pp. 31-35).

 A la madre de todas las calamidades también da su tributo, aunque más modesto que el del dirigente indio, un destacado representante del anarquismo, Piotr Kropotkin, que al estallar la guerra se pone del lado de la Rusia zarista. Por otro lado, vemos cómo el movimiento que enarbola la bandera de la liquidación no solo del estado sino del poder como tal, durante la guerra civil española ejerció un brutal poder de vida y muerte y protagonizó uno de los capítulos más trágicos de la historia del siglo XX (cf. infra, pp. 186-7).

Bien mirado, el espanto que le causaba a Bertinotti la palabra «comunismo» denota una actitud subordinada al balance histórico del siglo XX trazado por la ideología dominante. Para aclarar este aspecto conviene retroceder bastantes años. En la década de 1730 dos ilustres personalidades francesas visitan los Estados Unidos de América, cada una por separado: Alexis de Tocqueville y Victor Schoelcher. El primero es universalmente conocido, el segundo merecería una notoriedad mayor de la que tuvo, pues desempeñó un papel muy destacado después de la revolución de 1848 para la abolición de la esclavitud en las colonias francesas.

Las dos personalidades mencionadas analizan la misma realidad en el mismo periodo de tiempo, pero llegan a conclusiones opuestas. Con todo, ambas hacen gala de honradez intelectual; una se centra en el gobierno de la ley y la democracia en el ámbito de la comunidad blanca, y la otra en la esclavización de los negros y la eliminación de los pieles rojas. Pero Tocqueville, al limitarse al primer aspecto, ya en el título de su libro celebra La democracia en América, mientras que Schoelcher, basándose en el trato recibido por los pueblos de origen colonial, denuncia con vehemencia el feroz despotismo vigente en Estados Unidos. 

Si comparamos a los dos autores, ¿quién lleva razón? Se podría decir que ambos están equivocados. En otro lugar, al hablar de «democracia para el pueblo de los señores» a propósito de Estados Unidos en aquel periodo de tiempo, de hecho puse en cuestión dos categorías, la de democracia como tal y la de despotismo (cf. Losurdo, 2005a, pp. 216-237).

 Pero cabría añadir que el error de Tocqueville es más grave, sobre todo si se tiene en cuenta la contraposición que hace entre el amor a la libertad en la república norteamericana (a pesar de seguir manteniendo la esclavitud, que se había abolido en gran parte del continente) y el escaso apego a la libertad que le reprocha a Francia (a pesar de que con los jacobinos había abolido la esclavitud en las colonias).

Pasemos ahora al siglo XX e imaginemos que un Tocqueville y un Schoelcher redivivos visitan y analizan el mundo en su conjunto. El primero, centrándose en la metrópoli capitalista y comparándola con los países de orientación socialista o recién independizados, no habría tenido dificultad en comprobar y destacar el mejor funcionamiento del gobierno y las instituciones representativas en Estados Unidos y Europa Occidental.

 El segundo, dedicando su atención sobre todo a las colonias y excolonias, habría hecho hincapié en la persistencia de las matanzas coloniales y las feroces dictaduras militares impuestas en América o, en Asia, en un país como Indonesia. Y a Schoelcher quizá no se le habría escapado que incluso en Estados Unidos los pueblos en lucha contra la opresión y la discriminación buscaban ayuda, inspiración y aliento mirando a Moscú o a Pekín.

 Históricamente, Arendt se situaba en la estela de Tocqueville cuando a finales de 1967, al criticar a los miembros más radicales del movimiento contra la guerra de Vietnam, declaraba: «Hasta este momento no ha habido torturas, ni existen campos de concentración, ni el terror» (en Young-Bruehl, 1990, p. 468). En cambio, eran seguidores ideales de Schoelcher redivivo los militantes que trataban de hacer ver a la filósofa que las torturas, los campos de concentración y el terror estaban bien presentes en Vietnam y que era debido a la política de Washington.

La victoria de Occidente al final de la guerra fría también fue la victoria de Tocqueville redivivo. No obstante… Convertida al capitalismo liberal y alentada y apremiada por Occidente, a partir de 1989 Rusia fue asolada por una oleada de privatizaciones salvajes y a menudo de carácter criminal que se saldó con una fuerte polarización social, una caída brutal del nivel de vida y la esperanza de vida de las masas y lo que un ilustre politólogo (Maurice Duverger) llamó «genocidio de los viejos». Por el contrario, el partido comunista que gobernaba el gran país asiático se mantuvo firme en la perspectiva del «socialismo con características chinas», rechazando la conversión al capitalismo liberal, y fue así como en los años y decenios posteriores logró una hazaña única en la historia, librar de la miseria a «más de 600 millones de personas» o, según otros cálculos, a «660 millones de personas».[2]

Como vemos, no hay ningún motivo para considerar «impronunciable» la palabra comunismo. Es más, en las primeras décadas del siglo XX un gran autor liberal o liberal-conservador observó: «Los economistas ortodoxos» que, para «combatir el socialismo», a veces

han tratado de demostrar que la propiedad privada de la tierra y de los capitales no solo es indispensable o vital para la convivencia social, sino que obedece a los dictámenes absolutos de la moral y la justicia, creemos que se han expuesto a fortísimos ataques; y su tesis, que en cualquier tiempo podría considerarse difícil, por no decir casi superada, alcanza la evidencia de lo absurdo en los tiempos que corren, cuando todos sabemos cómo se amasan con frecuencia las grandes fortunas (Mosca, 1953, vol. I, pp. 417-418).

A finales del siglo XX el Financial Times resumió así el proceso de privatizaciones salvajes en la Rusia postsoviética, que permitía a un puñado de privilegiados saquear literalmente el erario público: «A la mayoría del público se le ha proporcionado un ejemplo eficaz de la máxima de Proudhon, para quien “la propiedad es un robo”» (en Boffa, 1997, p. 71).

Hoy en día, sobre todo en Estados Unidos, el movimiento de lucha contra la especulación sin escrúpulos y rapaz del capital financiero denuncia a los banksters, neologismo que funde las palabras banker y gangster; o para referirse al complejo militar-industrial y a los beneficios que obtiene con la venta de armas y las guerras en sí, el movimiento de lucha juega con los términos «Wall Street» y «War Street». Para condenar todo esto, ¿qué mejor palabra que «comunismo»?

Cuando Lenin decide cambiar el nombre del partido obrero y revolucionario ruso, que pasa de llamarse socialdemócrata a comunista, no lo hace tanto pensando en la fase final de la sociedad poscapitalista que había teorizado Marx, como, sobre todo, para guardar las distancias con el socialchovinismo, con los «socialistas» que habían legitimado la carnicería de la primera guerra mundial, no pocas veces agitando las consignas del intervencionismo democrático: así como los socialistas de los países de la Entente se proponían exportar la democracia a Alemania, los socialistas alemanes estaban decididos a exportarla a la Rusia zarista, aliada de la Entente.

 Lamentablemente, el papel esencial y a veces incluso de vanguardia de los «socialistas» (y los «laboristas») en el fomento de guerras coloniales o neocoloniales ha sido persistente. Baste pensar en Toni Blair, uno de los artífices de la segunda guerra del Golfo (basada en la acusación falsa de que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva y estaba dispuesto a utilizarlas), o en François Hollande, uno de los protagonistas más enérgicos y faltos de escrúpulos de la contraofensiva neocolonialista en Oriente Próximo y en África. De nuevo hay que decir: ¡para impulsar la lucha contra estas manipulaciones y estas infamias no hay mejor palabra que «comunismo»!"                                             ( Domenico Losurdo , El viejo topo, 05/12/21)

26/10/20

La experiencia de una localidad estadounidense que se convirtió en un laboratorio del liberalismo... las carreteras se llenaron de baches, las calles se quedaron casi sin iluminación y se cometieron los primeros asesinatos en la localidad. No solo eso: el pueblo recibió cada vez más visitas de osos...

 "Grafton es una pequeña ciudad de New Hampshire, al noreste de Estados Unidos, con poco más de 1.300 habitantes censados. A partir de 2004 fue el objeto de un experimento político que quiso convertir la ciudad en un paraíso liberal. 

Los promotores esperaban que sirviera como ejemplo para todo el país de que los impuestos son un robo, de que el intervencionismo estatal trae pobreza y de que el Gobierno no debe inmiscuirse en si fumo marihuana, en cuántas armas tengo o en si puedo o no vender libremente mis órganos. Pero la iniciativa también trajo consigo una consecuencia inesperada: ataques de osos.

Lo explica el periodista Matthew Hongoltz-Hetling en A Libertarian Walks Into a Bear, título que se puede traducir como "Un liberal se encuentra a un oso", pero que también hace un juego de palabras con los chistes que comienzan con alguien (o algo) entrando en un bar. (Una aclaración: en Estados Unidos, un libertarian es un partidario del libre mercado y del Estado mínimo y no un libertario, que en español tiene un significado más cercano al de anarquista. 

Y liberal se acercaría a lo que entendemos en España por progresista). Recién publicado, el libro explica que los promotores de esta idea tenían pensado un futuro como el de La rebelión de Atlas, de Ayn Rand, novela en la que un grupo de empresarios organiza en un valle oculto una sociedad rebelde que se rige solo por el libre mercado, y cuyo éxito contrasta con un país sumido en la burocracia, el intervencionismo y, por tanto, el caos y la pobreza.

A pesar del referente literario, mientras Estados Unidos seguía a lo suyo, en 2011 las carreteras de Grafton se habían llenado de baches, las calles se quedaron casi sin iluminación y se cometieron los primeros asesinatos registrados en la localidad. No solo eso: el pueblo recibió cada vez más visitas de osos que atacaban a gallinas, gatos y, en algún caso aislado, a personas.

Sí, osos: los habitantes liberales y anarcocapitalistas de la ciudad se negaban a respetar las normas sobre la recogida de basura o intentaban resolver los problemas por su cuenta, sin llamar para avisar de que había animales enormes en su jardín. Y eso sin mencionar a Doughnut Lady (la señora de los donuts, uno de los personajes con más presencia en el libro), que daba de comer a los osos que se acercaban a su casa y, por tanto, animaba a los animales a acercarse al pueblo con más frecuencia. Al fin y al cabo, ¿por qué no puedo hacer lo que quiera en mi jardín?

Además de todo eso, y a pesar de quedarse sin apenas servicios y de sufrir los ataques de estos animales, los vecinos de Grafton ni siquiera se ahorraron tanto dinero en impuestos: Hongoltz-Hetling compara su situación con la vecina ciudad de Canaan, donde había carreteras pavimentadas y servicios como piscinas, museos y parques. En esta ciudad, cada vecino pagaba, de media, 70 centavos más al día por esos servicios que en la liberal Grafton (unos 250 dólares al año).

Después de leer el libro, uno puede pensar que a lo mejor este experimento no es representativo. O puede que no estuviera bien planificado. O quizás no se ejecutó bien. Pero es bastante probable que esta experiencia, simplemente, padeciera muchos de los problemas comunes a las utopías.

Un problema de método

Hongoltz-Hetling habla en su libro de los liberales como personas cerebrales y lógicas que en algunos casos llegan a extremos que suenan absurdos solo por seguir esta lógica hasta el final. Si el liberalismo defiende que cualquier acuerdo libre y voluntario es válido, esto quiere decir que yo tengo derecho a vender mis órganos y que incluso se los puedo vender a alguien que los quiera para comérselos. También puedo batirme en duelo, organizar peleas entre vagabundos o llenar mi jardín de basura (haya o no osos en los alrededores), porque son decisiones tomadas libremente y, en el último caso, en mi propiedad.

En su libro La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper, filósofo cercano al liberalismo, critica precisamente esta apariencia racional de las utopías, que las hace especialmente peligrosas. Según Popper, el pensamiento utópico parte a menudo de una sociedad supuestamente ideal, que es la que hay que alcanzar. Para el filósofo, el problema no es que el objetivo parezca irrealizable (en su opinión, hoy en día disfrutamos de muchas cosas que en su momento parecían inalcanzables), sino que las utopías proponen reconstruir por completo la sociedad. Esto suele traer consigo “consecuencias prácticas difíciles de calcular, dada nuestra experiencia limitada” y a pesar del planteamiento supuestamente lógico.

Es decir, el problema de las utopías no es necesariamente el objetivo, sino el método, que implica muchos cambios a la vez con consecuencias impredecibles. Es, de hecho, lo que les ocurrió a los habitantes de Grafton: probablemente ninguno de los defensores de esta “ciudad libre” pensaba que criticar el intervencionismo y recortar impuestos traería consigo ataques de animales, pero, como escribe Hongoltz-Hetling, es más fácil resolver los problemas en Internet que en persona. 

Si el experimento sale mal, ¿lo volvemos a probar?

John Babiarz, uno de los protagonistas del libro de Hongoltz-Hetling, admite que el experimento de Grafton no salió todo lo bien que quería, pero eso no le ha hecho renunciar a sus ideales. De hecho, a lo largo del libro, sus protagonistas se quejan de que el problema no es que su proyecto tenga defectos, sino que aún no disfrutan de suficiente libertad, con personajes agraviados, por ejemplo, porque les obligan a apagar hogueras que ellos consideran seguras.

No están solos: hay liberales que defienden que el problema de las crisis económicas capitalistas es que no hay tanta libertad como debería y hay comunistas que creen que las ideas de Marx no se aplicaron correctamente. ¿Podría haber funcionado la utopía de Grafton si se les hubiera dejado aplicarla del todo (o mejor)? Al fin y al cabo, la biblioteca pública aún abría tres horas a la semana. ¿Habrían alcanzado una sociedad justa y libre cerrándola para siempre?

Parece poco probable, al menos si hacemos caso a lo que escribió hace más de 30 años el filósofo Robert Nozick, cuando comentaba el abismo entre los ideales políticos y su ejecución práctica. En su The Examined Life (La vida examinada), Nozick reflexiona sobre esta diferencia entre lo ideal y lo real. Cuando fracasa una utopía (o incluso una propuesta política que en principio parecía realista), sus partidarios se defienden diciendo que no se aplicó bien o que se aplicó “demasiado poco”. Para Nozick, eso es trampa porque omite que la diferencia entre lo que propone una teoría y cómo se acaba aplicando también es algo que hemos de tener en cuenta.

Por ejemplo, el capitalismo puede proponer un ideal de intercambio libre y voluntario, con países cooperando a través del comercio y con individuos obteniendo por su trabajo lo que los demás creen que merecen. Pero todo esto también ha venido asociado en la práctica con la explotación de trabajadores y, en muchos caso, el apoyo a regímenes dictatoriales. Nozick aprovecha incluso para apuntar una crítica a su libro más conocido, Anarquía, estado y utopía, en el que precisamente sentó las bases del liberalismo contemporáneo.

Por supuesto, esta diferencia entre lo ideal y lo real no se da solo en el capitalismo liberal: Nozick dedica unas líneas a la religión y al comunismo, cuyo ideal de cooperación sin clases ni privilegios en la práctica ha supuesto también totalitarismo y censura. “Esta no es toda la historia acerca de cómo opera en el mundo el ideal comunista, pero es parte de esa historia”.

De la utopía a la protopía

¿Todo esto significa que debemos renunciar a los planteamientos utópicos? ¿Las ideas planteadas en utopías no son inspiradoras? ¿No tiene razón el filósofo Francisco Martorell Campos cuando opina que sin la motivación del cambio social en apariencia utópico tenderíamos al conformismo?

En Soñar de otro modo, publicado en 2019, este filósofo admite que las críticas a las utopías son legítimas, ya que han dado lugar a “sociedades cerradas, estáticas, centralizadas y estandarizadas”. También recuerda que le debemos el término "distopía" a John Stuart Mill, que en 1868 ya avisó de que "muchos utópicos proponen modelos sociales tan pavorosos que merecen un calificativo específico para apodarlos".

Pero Martorell Campos también recuerda que las utopías entregaron “al progreso social cuantiosas ideas”. Apunta que a menudo se olvida “que la democracia fue en origen una utopía” y que “los avances sociales se consiguen únicamente mediante la protesta y la movilización ciudadanas, a veces tras décadas o siglos de insistencia”.

En Utopía para realistas, el historiador neerlandés Rutger Bregman propone ideas que hoy parecen casi inalcanzables como la semana laboral de 15 horas o la renta básica universal. En una línea similar a la de Martorell Campos, Bregman considera que las ideas utópicas son “horizontes alternativos que activan la imaginación”. Sin soñadores utópicos que defendieron la igualdad y la libertad, “todavía pasaríamos hambre y seríamos pobres, sucios, temerosos, ignorantes, enfermizos y feos”.

Hay un posible terreno medio entre el conformismo y la amenaza de la distopía: la protopía, término acuñado por Kevin Kelly, cofundador de la revista de tecnología Wired, y que defiende el ensayista y divulgador Michael Shermer en su libro The Moral Arc (El arco moral). Estas protopías son proyectos de cambio gradual y continuado. Podemos aspirar a la sociedad que consideremos más justa, pero no es necesario correr el riesgo de inventarla de cero.

Se trata de una idea que también recoge en su libro Popper, quien, recordemos, no estaba en contra de plantearse objetivos supuestamente inalcanzables, sino de los métodos para alcanzar estos objetivos. En lugar de intentar crear una nueva sociedad, podemos ir introduciendo avances paulatinamente. Esto nos permite ir comprobando el efecto de estas decisiones, corrigiendo si es necesario y contando con la opinión de todos los ciudadanos.

Así, tras uno o dos ataques de osos podríamos dar marcha atrás y admitir que, en fin, a lo mejor la idea no era tan buena."              (Jaime rubio Hancock, El País, 23/10/20)

13/12/19

EEUU votó por el cambio, que es lo que deseaba. Se percibe de un modo muy claro en el hecho de que personas que votaron por Obama en 2008 dieron su papeleta a Trump en 2016. ¿Qué ocurrió? ¿Se convirtieron en racistas en 2016? No, simplemente querían a alguien que cambiase el sistema, buscaban un 'outsider'... estamos experimentando la transformación de una república de ciudadanos en una república de fans

"Ivan Krastev, politólogo, presidente del Centro de Estrategias Liberales en Sofía y miembro permanente en el Instituto de Ciencias Humanas de Viena, acaba de publicar en España ‘La luz que se apaga. Cómo Occidente ganó la Guerra Fría pero perdió la paz’ (Ed. Debate), un texto coescrito con el profesor de la Universidad de Nueva York Stephen Holmes. 

Es una obra interesante que reflexiona sobre un mundo en transición, sometido a tensiones geopolíticas y sociales evidentes y en el que los consensos establecidos se están rompiendo. En ella, Krastev, un intelectual de gran prestigio, especialmente tras la publicación de ‘Europa después de Europa’, repara sobre todo en las causas y fortalezas de los populismos y en el creciente rechazo a la ideología dominante desde el fin de la Guerra Fría.

PREGUNTA. A la hora de explicar la elección de Trump, suele ahondarse en el carácter de sus votantes, en su racismo y nacionalismo, en lo enfadados que están. Pero hay factores esenciales que no suelen tenerse en cuenta respecto del propio liberalismo. Y quedaron bien representados en Hillary Clinton: era una mala candidata, desprendía arrogancia, esa que estaba presente en el 'establishment' del partido demócrata, y carecía de empatía y de visión respecto de los problemas reales de su sociedad. Eso explica también los populismos. 

RESPUESTA. Estoy de acuerdo con lo que dices, porque tan feo como el populismo es la arrogancia de las élites antipopulistas, que tratan de ahogar cualquier deseo legítimo de cambio. En aquellas elecciones EEUU votó por el cambio, que es lo que deseaba. Se percibe de un modo muy claro en el hecho de que personas que votaron por Obama en 2008 dieron su papeleta a Trump en 2016. ¿Qué ocurrió? ¿Se convirtieron en racistas en 2016? No, simplemente querían a alguien que cambiase el sistema, buscaban un 'outsider'. 

Desde este punto de vista, entiendo y conecto con ese deseo legítimo y creo que para que la democracia liberal funcione tiene que cambiar. El problema de la política de Trump es que ha jugado a generar una guerra civil cultural en lugar de aportar algo nuevo que pudiera transformar el sistema.

En cuanto a Clinton, estoy también de acuerdo. Desde la perspectiva de la clase trabajadora blanca era una candidata dinástica, y eso hacía muy difícil que resultase atractiva. Y es curioso, porque EEUU nació contra el poder monárquico, y ahora se ha encontrado con dinastías en el poder, los Bush, los Clinton y los Trump. Todo esto ocurre porque no se sabe interpretar la razón verdadera por la que surgió la república estadounidense. Se suele creer que es un país abierto que tolera las desigualdades sociales, pero esto no forma parte de la historia americana. 

En el siglo XIX era el lugar de la igualdad y si recurrimos a Tocqueville, el sinónimo de democracia es el igualitarismo. Bajo este prisma, lo peor que pueden hacer los liberales es tratar de defender el statu quo, que ya ha sido destruido. El liberalismo está pagando el precio de haber sido la ideología hegemónica tras el fin de la Guerra Fría. Esto ocurre en la economía y en la política; cuando eliminas a todos tus competidores, te conviertes en un monopolio perezoso.

P. El partido demócrata estadounidense cuenta con candidatos como Warren o Sanders que abogan por un cambio decidido y por una política más igualitaria. Sin embargo, se suele decir que no tienen opciones de ganar a Trump. ¿Les concede alguna posibilidad?

R. No. En los últimos diez años, desde la crisis financiera, se ha producido un cambio brutal en la opinión pública norteamericana. Uno de los efectos más importantes de Occupy Wall Street no solamente fue decir que había mucha desigualdad. Antes, cuando se hablaba de desigualdad, la idea era “vamos a apoyar a los pobres”, pero ahora el problema no son los pobres, sino el 1%, los ricos, que pueden transformar fácilmente el poder económico en político. 

Lo que estamos viendo en la izquierda del partido demócrata es que quieren volver a la tradición de la lucha de clases, pero lo que subyace a esta idea es que afecta fundamentalmente a clase media. El demócrata no es el partido de los trabajadores, sino que se dirige más a las clases con formación, con estudios, pero cuyos recursos son menores que su estatus. Tienen el estatus, pero no el dinero que lo acompañaba. Por eso se habla de la traición de la educación: se supone que si vas a la Universidad, conseguirás un buen sueldo y un buen nivel de vida pero eso solo funciona si ingresas en una de las diez mejores universidades.

 Hoy hay mucha gente que se gradúa y no tiene un buen sueldo. Se publicó hace poco un libro muy interesante, ’La trampa meritocrática’, de Daniel Markovits, que pone esto de manifiesto. Y es importante porque el liberalismo, en Europa y en EEUU, iba en coalición con la meritocracia, y ahora en cierto modo hay una reacción contra la meritocracia.

 En este escenario, los candidatos de la izquierda demócrata, que proceden de ese ámbito, se encuentran con un problema, porque en 1930, después de la Gran Depresión, la gente dejó de confiar en el mercado, pero sí lo hacía en el Estado; en los 70, no confiaba en el Estado, pero sí en el mercado; ahora no confía ni en uno ni en otro. Por eso la gente muestra simpatía por la posición antimonopolio de Warren o Sanders, pero cuando empiezan a hablar del gran gasto gubernamental, muchos piensan que no funcionará. Existe cierto movimiento libertario tanto en la derecha como en la izquierda. Es decir, nadie confía en nadie.

P. Cuenta en el libro cómo en Europa del Este se produjo cierta decepción, porque se creía que la incorporación al sistema occidental traería más libertad y mejores posibilidades económicas y no fue exactamente así. En Occidente hay otro tipo de decepción, y la acaba de mencionar cuando habla de las titulaciones y los salarios, porque las clases medias están fragilizándose, las populares tienen menos recursos y el ascensor social parece roto. En ese escenario, si no se cree en el mercado y tampoco en el Estado, el único modo de recuperar la fuerza política suelen ser las personas concretas, los líderes. 

R. Esa tendencia se da, pero con algunas diferencias. Si nos centramos en los resultados económicos, hay países del Este como Polonia que no han sufrido ninguna recesión, cuyo PIB se ha triplicado desde la caída del muro y donde el 70% de sus habitantes están satisfechos con su vida, mientras que en lugares como Rumanía o Bulgaria la situación es bastante diferente. No obstante, y debido al periodo comunista previo, el sentimiento anticapitalista de los países del Este es menor, porque confían mucho más en el capitalismo que la Europa Occidental. 

Al mismo tiempo, la democratización de esa parte de Europa generó mucha desigualdad social, y la división que existe entre las zonas urbanas y las rurales es dramática. Y hay otro elemento importante, la emigración, que ha sido una salida: si uno creía que el futuro de Polonia iba a ser Alemania, podía acelerar el proceso yéndose a trabajar a Alemania.

 La mezcla de todos estos factores provoca que, por más que las personas piensen que individualmente les va bien, creen que a su país en general no. Y aquí entra en juego el líder: en un momento en que no se confía en nada, sólo se puede confiar en una persona. Esto ocurre tanto en el populismo como con el antipopulismo. En Eslovaquia la presidenta es mucho más liberal que el mainstream del país, pero fue elegida porque su biografía generaba confianza y porque su propuesta partía más de la desconfianza respecto del populismo que del deseo de imitación de la Europa Occidental.  

Tenemos que entender que los líderes que tienen éxito no son los más populares, sino los que mejor saben consolidar sus apoyos. Jaroslaw Kazcynsky, por ejemplo, es muy poco popular, pero sus votantes son muy fieles, independientemente de lo que ocurra. Porque lo más interesante de la democracia es por qué los votantes siguen apoyando a un partido que han perdido, por qué no se van a otros partidos o por qué no votan a otros líderes. 

Y, en este sentido, la política que se centra en líderes carismáticos tiene algo importante, ya que son capaces de llenar un vacío al unir cosas que se pensaba que no podían combinarse. Trump, por ejemplo, es uno de los americanos más ricos y se ha convertido en la voz de los más pobres del país, dos elementos aparentemente incompatibles. Estos líderes no siguen ninguna identidad política, sino que generan una nueva. Y esto ocurrió también con Macron.

P. Orbán es otro de esos líderes, uno de los principales, y su trayectoria es significativa, porque de un convencido liberal, que llevó a cabo profundas transformaciones en Hungría, pasó a refutar la globalización y a adoptar la retórica xenófoba. Ese trayecto también se ha dado en otros países occidentales. En el Reino Unido, por ejemplo, estamos viendo ese cambio discursivo, como también ocurrió en EEUU.

R. No creo que su trayectoria sea importante, aunque los excomunistas fueron muy importantes para deslegitimar el sistema comunista, porque siempre pueden decir que fueron parte de él. Y no entiende el poder en una democracia liberal, porque en ella, cuando pierdes, no pierdes mucho, pero cuando ganas tampoco, lo cual quiere decir que excluye la idea de un cambio radical. 

Desde la comprensión del mundo de Orbán, la política es un juego de suma cero, para que uno gane alguien tiene que perder. Es frecuente encontrar en estos líderes, como Erdogan, el hecho de que su socialización no procede de la política sino del deporte: Orbán y Erdogan eran jugadores de fútbol y seguidores acérrimos. Su gran héroe no es un dirigente político, un estadista, sino Puskas. 

Digo esto porque estamos experimentando la transformación de una república de ciudadanos en una república de fans. Un ciudadano es leal a su partido, pero esto no impide que sea crítico y que pueda cambiar su voto para defender sus principios. En la república de los fans, la lealtad significa que se va a apoyar al líder incondicionalmente, especialmente si se equivoca. Uno nunca pierde de una manera justa.

 Entiendo lo que hizo Orbán durante la crisis financiera, que básicamente fue salvar a la clase media húngara ajustando el tipo de cambio con el franco suizo, pero al hacer esto, y temiendo que el FMI le persiguiera, cambió su régimen: reorientó su política hacia China y Rusia porque quería una fuente de ingresos que no procediera del FMI; decidió que tenía derecho a reprimir totalmente la oposición, y así estar seguro de que las potencias extranjeras no iban a interferir, y trató de decir que todos los problemas que tenía Hungría habían sido creados por fuerzas externas. 

Pero Orbán no puede ser el modelo para otros por la concepción étnica de Hungría, que es una sociedad increíblemente homogénea, ya que más del 95% de los húngaros son húngaros, de modo que es muy fácil atacar a los musulmanes cuando no los tiene.  

Su modelo es nacionalista en ausencia de una economía nacional, como demuestra que el 30% de la producción industrial húngara proceda de cuatro empresas alemanes. De modo que para que su régimen pueda mantenerse tiene que hacer dos cosas al mismo tiempo, recibir el dinero de Bruselas y mantener una retórica antiBruselas, y esto es muy difícil de sostener durante mucho tiempo. El modelo de Orbán no es imitable. (...)"           

(Entrevista a Iván Krastev, Esteban Hernández, El Confidencial, 01/12/19)

3/1/19

La UE está organizada de tal manera que Alemania marca la pauta y está supeditada a sus intereses. En la actual configuración del mundo y de Europa, entre las zonas geográficas a las que les va a ir mal está España. Por otro lado, también hay capas sociales a las que les va a ir bastante mal, entre ellas el 80% de la población española.

"(...) — En el libro habla de la ideología. Un aglutinante importantísimo para organizar la sociedad y las cabezas en el S.XIX y XX. ¿Qué rasgos destacaría de la ideología hoy?

— Hay una ideología dominante que tiene rasgos que no parecen ideológicos, te lleva a ser una persona conectada con los tiempos, es decir, saber situarse en los entornos laborales correctos. Por otro lado, hay una incitación a acoger elementos modernos como tener una buena apariencia física incluso teniendo muchos años, tener una actitud positiva, pensar que los tiempos pueden ser difíciles pero saldremos bien de todo. 

Hay muchos elementos de juego que se ve en los concursos televisivos populares. Todos estos elementos los hemos asumido de una forma común.

Por otro lado, en el  tema económico, elementos ultraortodoxos de la economía neoliberal han impregnado la gestión de las empresas, los estados, instituciones internacionales… Si sumamos esas dos cosas principales, podríamos obtener la ideología dominante de hoy.

— Además, en el libro habla de la importancia de la tecnología para percibir el mundo y situarnos en él. El libro se publicó antes de las elecciones andaluzas, de la irrupción de Vox en las instituciones. Vox ha apelado, de alguna manera, a un sector de población que se podría calificar de provincias, quizás alejado de la revolución tecnológica, pero por otro lado las redes sociales y Whatsapp han jugado un papel fundamental en su campaña. ¿Cómo valora esto?

— Hay una situación muy contradictoria. Una idea muy dominante en los sectores progresistas cercanos a los partidos viejos socialdemócratas e, incluso, al centro de Macron, pero también en algunos sectores de la izquierda más allá del PSOE que es que la brecha tecnológica decide la posición política. Si vives en entornos urbanos, conectados, joven, serás progresista; si vives en un entorno rural, serás conservador.

 Creo que es una idea falsa. Situar a los votantes de derechas entre los viejos no tecnológicos, gente atrasada y enfadada,mientras la gente que vota progresista es moderna, actualizada y tiene una mentalidad más abierta es parte de la ideología también de nuestra época y, además, no responde a la realidad.

En segundo lugar, la tecnología juega un papel muy importante en la difusión de noticias, falsas y no falsas. El mayor canal de difusión de noticias es Google, que se permite rentabilizar nuestras noticias, y Facebook. Después de eso, está todo lo que se difunde por Whatsapp. Todo esto pertenece a Facebook. Hay unos nuevos mediadores que tienen un papel esencial a la hora de difundir las noticias que llegan a la gente. 

No podemos olvidar eso a la hora de entender el nuevo panorama político porque, si nos fijamos desde el Brexit hasta la victoria de Trump, la gran mayoría de los medios estaban a favor de posturas progresistas, pero el resultado fue que ganaron el Brexit y Trump. Esto es así porque tenían otros canales de comunicación que, además, tendían a alejar a la gente de los canales oficiales.

Andalucía juega un papel con sus especificidades. No podemos olvidar que el PSOE llevaba 40 años en el poder, que hay unas zonas con una emergencia de población, con una derecha que lleva mucho tiempo perdiendo y puede adoptar factores más fuertes. Whatsapp no tiene la culpa de lo que los progresistas han hecho mal. La gente no es tonta y fácil de engañar, me parece una explicación fácil. (...)

— Monereo, Anguita e Illueca escribieron un famoso artículo en cuartopoder.es, ‘¿Fascismo en Italia? Decreto Dignidad’. Proponían una mayor soberanía nacional frente a la Unión Europea y sus poderes que no han sido elegidos democráticamente. ¿Cree que van por ahí los tiros?

— Me sorprendió el nivel de hostilidad de la izquierda a las tesis de Monereo, Illueca y Anguita, también a las tesis de Daniel Bernabé. Me sorprendió hasta cierto punto. Había llegado una nueva izquierda que creía que iba a tener más recorrido y opciones de gobierno y cuando se han dado cuenta de que no va a ser así, de que está más cerca de la desaparición que del gobierno, rechazan a quien pone en cuestión sus posiciones.

Sobre la postura de los tres autores, tenemos que entender dos aspectos. El primero, la configuración del mundo, tal y como está ahora, hay zonas geográficas a las que le viene bastante mal y España es una de ellas. Por otro lado, también hay capas sociales a las que le viene bastante mal, el 80% de la población española. 

La UE está organizada de tal manera que Alemania marca la pauta y está supeditada a sus intereses. La UE tiene unas deficiencias enormes de poner límites a los fondos de inversión y grandes tecnológicas que están captando recursos de las sociedades del continente. Uno no puede pensar que esta UE tenga validez.

La segunda parte. En un contexto como el actual, geopolítico, el mapa del mundo establecido tras la caída del mundo ha cambiado enormemente. Hay dos potencias, una económica, Estados Unidos, y otra emergente, China. Están en guerra comercial y en plena competición. Europa está saliendo perdiendo y va a perder más todavía. 

En ese sentido, haciendo la batalla por nuestra cuenta no es posible. Necesitamos aliados porque España no tiene nada de los esencial, ni energía, ni capital, ni armas, ni tecnología. Pensar en una opción soberana que vaya por sí misma es irreal. El problema es con qué socios o a quién nos vamos a subordinar para que vaya bien.

Mi posición es que una Europa fuerte, que ejerciera como tercera potencia mundial, sería favorable para pelear en este contexto geopolítico. Desde luego, no tendría que ser esta UE. Una coalición europea sería de las mejores condiciones para España.  (...)"               

(Entrevista a Esteban Hernández, periodista en El Confidencial, es jefe de Alma, Corazón y Vida, la sección que analiza los cambios socioeconómicos que se están produciendo,  recientemente ha publicado en Akal El tiempo pervertido, Sato Díaz, Cuarto Poder, 27/12/18)

12/9/18

Chantal Mouffe: Estamos asistiendo a un momento histórico... o el populismo de derechas usa la dinámica democrática para limitar la democracia e imponer un modelo autoritario de la sociedad, o el populismo de izquierda consigue que el impulso democrático fructífique para profundizar la democracia y reforzar la igualdad política. Irá en una dirección u otra... (por ahora, en Europa) estamos experimentando el surgimiento de una democracia no liberal, es decir, una democracia sin derechos

"(...) ¿Por qué hoy la tensión entre la democracia y el liberalismo ha vuelto a ser explosiva?

El tema de la migración juega un papel central. No es ningún secreto que la migración domina la agenda política en prácticamente todos los países europeos, pero es menos obvio por qué la migración tiene un potencial explosivo tan fundamental: exacerba la tensión entre las democracias pluralistas y crea un arrebato feroz (...)
¿Puedes hacer eso?

De acuerdo con la lógica liberal en sentido estricto, las fronteras deben ser abiertas y, en última instancia, no deben existir límites. El marco de referencia fundamental es la libertad individual otorgada a todos los ciudadanos de la Tierra y la validez de los derechos humanos para toda la humanidad.

 Sin embargo, la lógica democrática básicamente no tiene nada que ver con estas formas de universalismo cosmopolita. Más bien, por el contrario, dado que la democracia se trata de construir la igualdad política y la soberanía popular, tenderá a trazar límites y excluir a los extraños, en cualquier forma.¿Qué significa eso en términos concretos?

Bueno, lo experimentamos una y otra vez. Hay varias formas de apertura en la política de migración, el principio liberal requeriría apertura y libertad de movimiento, pero luego habrá un referéndum que establezca que la mayoría no quiere esta libertad de movimiento. Y luego, en una democracia liberal, surge la pregunta: ¿qué es realmente legítimo ahora?Pero existen principios no negociables en una democracia liberal como los derechos humanos.En principio sí. Debe haber esta base en una democracia pluralista. Pero creo que esa parte de la crítica del filósofo legal Carl Schmitt en el liberalismo político es justificada. Schmitt dice: el liberalismo es incapaz de captar lo político. 

 El liberalismo habla en términos de humanidad y, por lo tanto, se orienta a toda la humanidad. Pero la "humanidad" no es un concepto político, porque en política siempre está por trazar una línea, una frontera entre una identidad colectiva, un "nosotros" y un "otro". Ese es el núcleo de la distinción amigo-enemigo, que, según Schmitt, es la esencia de la política.¿Y dónde está Schmitt equivocado?

Schmitt dice: Debido a que la distinción amigo-enemigo determina el núcleo de la democracia política, pluralista conduce necesariamente a la guerra civil. Si hay muchas partes con programas conflictivos dentro de un estado, eventualmente lucharán entre sí sangrientamente. Eso no está bien.  

El pluralismo democrático ha prevalecido porque es posible representar simbólicamente, negociar y resolver conflictos dentro de las instituciones democráticas. Sin embargo, no es posible, y aquí estoy más cerca de Schmitt que los filósofos liberales como Habermas o Rawls, encontrar un consenso racional. El antagonismo insuperable es en realidad la esencia de lo político. 

 Por lo tanto, se necesita un proceso de negociación permanente, que, sin embargo, puede tomar la forma de una democracia pluralista. Pero los derechos humanos no se eliminan de esta tensión. Hay una lucha constante por la interpretación, hasta dónde llegan y cómo interpretarlos.

 ¿No es este uno de los problemas fundamentales del populismo de derecha aquí mismo? ¿Que cuestiona las reglas de la disociación democrática de los opuestos?

Sin un consenso básico, no se puede formar una comunidad política, seguro. Para poder liderar un debate democrático, se debe acordar una práctica ético-política que se base esencialmente en los pilares de libertad e igualdad que deben garantizarse a todos. Pero es obvio que hay formas extremadamente diferentes de interpretar la libertad y la igualdad.

 En última instancia, estos valores básicos son el campo de batalla en el que varias partes quieren aplicar una interpretación hegemónica. Las reglas de la democracia también son constantemente cuestionadas.Pero si las reglas del juego son fundamentalmente cuestionadas, será problemático.

En Francia hay una interesante debate sobre si Marine Le Pen con su Coalición nacional, como el ex Frente Nacional se llama ahora, respeta el marco constitucional o no, si ella misma es republicano, como se le llama en Francia. No creo que haya elementos en su programa que puedan decir que desafían la democracia pluralista.

 Por supuesto, muchos de su posición es limítrofe, pero no creo que puedan describirse como antidemocráticos. Es por eso que también es incorrecto llamar al racismo nacional un extremista de derecha. Es un populista de derecha, sin duda, pero no es un extremista de derecha.Pero, ¿por qué la democracia parece amenazada en tantos países hoy en día?

Entramos en una era de posdemocracia porque la concepción liberal del estado constitucional moderno ha asumido una posición completamente hegemónica. El conflicto agonístico entre los valores liberales y democráticos, que constituye la esencia de una verdadera democracia pluralista, no ha tenido lugar.  

En respuesta, ha ocurrido el cambio populista. Nos preocupamos por la democracia no liberal, no erróneamente. Lo que es menos obvio es que es una consecuencia del liberalismo antidemocrático.Esta es la tesis que Yascha Mounk ha desarrollado en La desintegración de la democracia. Concluye que estamos experimentando el surgimiento de una democracia no liberal, es decir, una democracia sin derechos, y la trivialización del liberalismo antidemocrático, es decir, los derechos sin democracia.

De hecho, comparto este hallazgo. Yo también estaba muy impresionado que Mounk lleva en su libro el populismo de derecha en serio, no se han contentado con lo puso en la esquina fascista, pero se da cuenta de que es impulsado por un auténtico impulso democrático. Sin embargo, me parece que Mounk no tiene casi nada que decir sobre cómo surgió esta crisis posdemocrática.

 A lo largo del libro, el término neoliberalismo no existe. Sin embargo, uno no puede entender la situación actual sin considerar la transformación del capitalismo global en los últimos cuarenta años. (...)Sin embargo, cuando escribiste "Sobre lo político", todavía no había crisis de refugiados en todas partes.

Me ocupé del caso de Austria y Jörg Haider en la década de 1990. El tema extranjero no jugó un papel crucial para Haider. En cambio, centró sus ataques en la eterna coalición izquierda-derecha, la asociación social, el corporativismo austriaco.  

Y no está mal que este sistema aparentemente alternativo tenga algo sofocante. Parte de la población se sentía completamente excluida. El reclamo que Haider siempre extendió retóricamente y con el que tuvo tanto éxito (...)

Blair ha reorientado fundamentalmente la base ideológica del trabajo. El valor básico de la igualdad ha sido abandonado. Fue reemplazado por el valor básico de la libertad de elección. De repente era sólo es importante que las personas pueden elegir a sí mismos: el médico, la escuela de sus hijos.

 El modelo anglosajón del capitalismo ha sido ampliamente reconocida como la única opción que queda. Hoy nos encontramos en una situación fundamentalmente diferente: La crisis financiera de 2008 ha iniciado la decadencia de la hegemonía neoliberal.  (...)

Estamos asistiendo a un momento histórico que será fundamental del populismo, el populismo ya sea de derecha usará la dinámica democrática en sí misma, para limitar la democracia e imponer un modelo autoritario de la sociedad, o el populismo de izquierda puede hacer que el impulso democrático fructífera para profundizar la democracia y reforzar la igualdad política. Irá en una dirección u otra.  

Basta con observar el estado de los partidos socialdemócratas en Europa para entender qué tan profundo es la crisis del régimen político actual.

2. Populismo

(...)  ¿Y qué sentido tiene el término (populismo) en el contexto europeo?

Permite designar un cierto tipo de la izquierda. Hoy en día, la izquierda se desintegró en gran medida en dos campos: En primer lugar, hay la izquierda social-liberal, la democracia social de la izquierda de hoy.  

En segundo lugar, hay - incluso si está muy marginado - una izquierda revolucionaria, que se ve como anticapitalista y busca romper con la democracia pluralista, anticapitaliste en Francia, por ejemplo, el Partido Nouveau. 

 El populismo de izquierda, sin embargo, no es ni lo uno ni lo otro. Él está involucrado en las instituciones democráticas - Podemos por ejemplo, o Corbyn - sino que quiere llevar a cabo cambios drásticos, cambiar las relaciones de poder en la sociedad, para hacer cumplir una nueva hegemonía. Además, el término populismo es importante para las discusiones dentro del postmarxismo.¿De qué manera?

Ernesto Laclau ha analizado esta cuestión en su libro "La razón populista" ( "La razón populista"), que publicó en 2005, muy profundamente. Él dice que hay dos formas de entender el conflicto político básico. En primer lugar, la tesis marxista de la lucha de clases, una lucha entre la burguesía y el proletariado, y por el otro la tesis populista de un conflicto entre la clase baja y la élite, entre el pueblo y la oligarquía.

 El desarrollo del capitalismo ha hecho obsoleta la tesis de la lucha de clases. Pero el contraste entre el pueblo y la oligarquía se confirma - y confirmó con mayor claridad.

¿Y qué significa eso?

Esto no significa que las relaciones de poder económico ya no juegan un papel, pero en el mundo economía posfordista, la clase media está expuesto a la cada vez mayor antagonismos por ejemplo. La idea de la competencia neoliberal impregna hoy por completo todas las áreas de la vida. Además, los movimientos emancipatorios como el feminismo o el antirracismo o el movimiento LGTB se han vuelto más importantes y no pueden rastrearse hasta el antagonismo de clase. 

 La tarea de un populismo de izquierda es concatenar estos numerosos movimientos y crear una voluntad colectiva. Esto solo puede tener éxito si el socialismo considera que su tarea es fortalecer la democracia.La noción de la cadena de equivalencia, la necesidad de crear conexiones entre diferentes movimientos emancipatorios, ha jugado un papel clave en su teoría desde los años ochenta. Tengo la impresión de que han anticipado lo que hoy se ha puesto de moda bajo el término interseccionalidad en la teoría política, especialmente en el feminismo.

No te contradiré.

 Pero, ¿no tiene el populismo de izquierda que imagina una desventaja fatal? Dicen que hay que crear alianzas que generan una identidad colectiva que incluye la capa inferior, la clase media asediado, el feminismo, las minorías discriminadas. Eso hace que el populismo de derecha sea mucho más fácil.
 Él dice: Somos una nación. Esa es nuestra identidad. Fin del anuncio

El populismo de derecha tiene otra ventaja: puede basarse en la demagogia pura. Él dice, por ejemplo: Cerramos las fronteras. Esto afirma una identidad nacional, incluso si en realidad no afecta las vidas de sus seguidores.  

Hacer una oferta política que responda a las demandas de los asalariados, las mujeres y las minorías étnicas es mucho más complejo. Pero no sé cuál podría ser el interés de un populismo de izquierda si estuviera basado en la demagogia pura. (...)

No diría que hay demasiada pasión. Por el contrario, estoy convencido de que uno de los problemas fundamentales de la izquierda es que nunca ha entendido realmente la importancia de los afectos políticos.  

La opinión predominante es que la izquierda solo puede luchar con argumentos, mientras que la apelación se deja a las emociones de la derecha. Considero que es un defecto fatal, porque en última instancia las personas siempre se movilizan por las emociones y no por los argumentos.¿Qué atribuyes a esto?

La política siempre trata sobre la construcción de identidades políticas, y éstas siempre se basan en procesos de identificación. Y la identificación, en esto sigo a Freud, tiene que ver con la ocupación libidinosa. Esa es también la razón por la cual los movimientos populistas necesitan figuras líderes fuertes, incluso si esta idea no simpatiza con muchos izquierdistas.

 Los líderes fuertes pueden ser un punto focal para los afectos comunes. El líder se convierte en el símbolo. Él o ella no necesariamente tiene que ser una figura autoritaria, pero también puede funcionar como un primus inter pares. Pero él o ella necesita poder simbólico y tiene que tocar a la gente. 

 Entonces, ¿sería posible arrastrar a la clase inferior hacia la izquierda?

Eche un vistazo a lo que la gente de La France insumisa ha hecho en las elecciones parlamentarias francesas. Han logrado conquistar varios distritos electorales que antes eran demasiado profundamente lepenistas. La sabiduría convencional de los liberales de izquierda dice que esto ya no es posible.  (...)

La France insoumise se acercó a estos grupos de votantes y les ofreció un discurso. Eso funciona¿Qué tipo de discurso?

Tomemos el ejemplo de François Ruffin, que ha conquistado un distrito electoral en el área de Amiens, que ha votado masivamente por el frente nacional. Amiens está sufriendo fuertemente por la desindustrialización, que ha sido impulsada por la deslocalización. Un papel importante en este proceso fue jugado por el multimillonario francés y gran industrial Bernard Arnault, quien compró y luego subcontrató las operaciones en la región. El secreto del éxito de Ruffin era que él estaba buscando en paro con la conversación de la región que realmente se ha acostumbrado a ellos y que les dijo: Sus enemigos no son los inmigrantes magrebíes. Tu enemigo es Bernard Arnault.¿Y tal discurso solo funciona en las emociones populistas?

Permítanme responder con una anécdota: conocía a un teórico marxista estadounidense que estaba convencido de que el problema de los Estados Unidos era que los trabajadores no estaban familiarizados con la teoría marxista del valor agregado. En su opinión, esa fue la razón por la cual no se convirtieron al marxismo. Así que pasó su vida haciendo cursos sobre la teoría del valor en todo Estados Unidos. Estaba convencido de que los trabajadores se politizarían automáticamente. Puedo contarte un secreto: eso no funcionó.No cambiar el mundo a través de cursos de capacitación no es una idea completamente nueva.

Sí, pero el racionalismo ingenuo va mucho más allá. Por ejemplo, asistí a un coloquio sobre política migratoria en Amsterdam, y un participante explicó que el problema básico era que las personas no conocían las estadísticas de migración correctas y creían que había muchos más inmigrantes de los que realmente tenían.

 ¡Qué absurdo! No es que las personas conozcan las estadísticas correctas, sino que puedan sentir empatía por los inmigrantes, que creen las condiciones que les den una relación diferente con los inmigrantes. No, no creo que haya demasiada pasión y emoción en la política. (...)¿Entonces la esencia del populismo es el juego de las emociones?

No, eso es muy simplista. Primero, hay que decir que hoy todo se llama populista, todo lo que no corresponde al consenso liberal. Toma Orban, por ejemplo. Orban es autoritario, nacionalista, conservador, antiliberal. Pero, ¿la oposición entre las personas y las élites es la que lo conduce? Ese no parece ser el caso. 

 Ser antiliberal no significa automáticamente que sea populista. O toma Trump. Trump sin dudas ha hecho una campaña extremadamente populista. Pero como él está en el poder, representa exclusivamente los intereses de la oligarquía.Entonces, ¿cómo defines el populismo?

El populismo es una estrategia definitiva para demarcar amigos y oponentes en el discurso político. Se basa en la oposición de la gente y la élite. Esto significa, antes que nada, que se basa en una concepción disociativa de la política.

¿Qué quieres decir con eso?

Existe la distinción -el filósofo Oliver Marchart lo ha resuelto- entre un concepto de política disociativo y asociativo. El concepto asociativo es el dominante: ve la política como el espacio de acción común, como el espacio de libertad mutuamente otorgada, como la negociación colectiva de consenso. Kant, Jürgen Habermas o Hannah Arendt tienen una visión asociativa de la política. 

 Y luego está el concepto disociativo: supone que la política es un espacio de conflicto y de antagonismos no resolubles. Uno lo encuentra con Maquiavelo, con Hobbes o también con Carl Schmitt. Estoy del lado de la visión disociativa. La política siempre trata sobre cómo trazar una línea entre "nosotros" y "ellos" porque, en mi opinión, la política siempre trata de construir identidades colectivas.  

Estoy convencido de que uno no puede entender el fenómeno del populismo, si uno tiene una comprensión asociativa de la política. Esto probablemente se deba a la violenta hostilidad del liberalismo contra el populismo, porque el liberalismo es una filosofía asociativa.¿Puedes hacer eso más concretamente?

Tomemos como ejemplo Emmanuel Macron. Es un liberal de centro, y toda su ambición es que las fronteras políticas ya no deberían existir. Entonces él disolvió la oposición izquierda-derecha de los partidos gobernantes. La mitad de su gobierno proviene de los socialistas, la otra mitad de la derecha.  
En mi opinión, Macron es la etapa final de la política postpolítica. También es sorprendente lo fuerte que su programa es similar al de Tony Blair en la década de 1990. La République en marche es una reedición casi literal de la tercera vía. Siempre me divierte cuando los amigos franceses dicen que Macron es algo nuevo, aunque el efecto déjà vu es abrumador. 

 La diferencia con Blair consiste solo en el hecho de que en Inglaterra se preservaron al menos un partido gobernante de izquierda y de derecha, mientras que en Francia ahora solo hay un partido que no está ocupado con la bandera del populismo.  (...)

El populismo no es entendido por los representantes del neoliberalismo que han caído a la defensiva y se han utilizado solo como una maldición de aplicación universal. Está más allá de su comprensión que en la situación actual de posdemocracia, el populismo puede ser un motor de la democratización del discurso.

¿Pero solo un cierto populismo?

Ese es el punto. Una vez más, todo lo que es crucial la cuestión de si la crisis de la hegemonía neoliberal dará lugar a una victoria del populismo de derecha y las formas autoritarias de gobierno o si una reacción populista de izquierda puede compensar estas dinámicas. Pero para dar una respuesta, uno primero debe saber de qué están hablando. Y habría que entender las razones por las que los partidos populistas de derecha están por todas partes en Europa posdemocrática y masivamente en aumento.

Dicen que la igualdad política es un valor fundamental de la democracia. ¿Qué hay de la soberanía popular?

La soberanía de las personas también es un valor central. Por supuesto, la soberanía popular es en el verdadero sentido de la palabra imposible, pero es crucial que los ciudadanos sientan que su voto cuenta y que pueden elegir entre diferentes posiciones. Por lo tanto, en la era de la posdemocracia se recupera la soberanía de las personas. La gente quiere tener una elección.Es bastante sorprendente cuando te refieres a Margaret Thatcher en tu libro como modelo de una estrategia populista exitosa.

Pero Thatcher era una populista dotada. Yo ya vivía en el Reino Unido en la década de 1970, fui testigo de su "revolución" de cerca. La situación en ese momento era comparable a la de hoy: había un consenso socialdemócrata basado en el modelo económico keynesiano que abarcaba a todos los partidos gobernantes, incluidos los democratacristianos europeos, incluidos los tories, y que parecía ser una alternativa.

 ¿Y qué pasó entonces?

La crisis del petróleo y la estanflación sacudieron este consenso y colapsaron la hegemonía socialdemócrata. Mientras que los políticos de ambos bandos en el Reino Unido intentaron negociar nuevos compromisos y cimentar el consenso, Thatcher impuso una dura política de ruptura. Ha establecido una distinción irreconciliable de amigo a enemigo y hasta cierto punto ha declarado la guerra a los sindicatos.  

Con esta polarización, ella fue extremadamente exitosa, incluso entre los trabajadores más acomodados. Ella logró enmarcar ideologías sociopolíticas ideológicamente de una manera completamente nueva. Por ejemplo, culpó al feminismo por el desempleo. Ella dijo: Ya no tienes trabajo, porque ahora todas las mujeres quieren trabajar. Eso se dibujó como el diablo, especialmente en la clase trabajadora.¿Y cómo reaccionó el Trabajo?

No entendieron cómo sucedió. Tuvieron dificultades para admitir que Thatcher fue bien recibida por muchos de sus votantes tribales, y estaban convencidos de que el fantasma no duraría mucho, porque el desempleo se disparaba debido a las políticas de Thatcher. Pero estaban equivocados: mientras los laboristas esperaban, Thatcher estableció una nueva hegemonía ideológica.

 ¿Qué conclusiones sacas de esto?

Lo que necesitamos hoy es un thatcherismo inverso. Una estrategia política que puede responder a la crisis del neoliberalismo de Thatcher, como lo hizo entonces, en respuesta a la crisis de la hegemonía socialdemócrata. La izquierda debe encontrar una estrategia para dar forma a las demandas que surgen de la oposición a la postdemocracia, lo que lleva a una mayor justicia social.  (...)"
  
 (Entrevista a Chantal Mouffe, Daniel Binswanger, Republik, 08/09/18 ; traducción google)