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13/1/25

Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y Silicon Valley ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras (consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales)... El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización... Silicon Valley cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación... la inteligencia artificial puede reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión... Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia... La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes... Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político (Esteban Hernández)

 "Peter Thiel es uno de los empresarios tecnológicos con más prestigio y una figura fundamental en el capital riesgo de Silicon Valley. Fundó PayPal, el dinero que gestiona ha apoyado a empresas como Facebook, Tesla, Uber o Airbnb y es el CEO de Palantir. Forma parte de esa aristocracia empresarial nacida con la tecnología, pero también es uno de los nombres de referencia dentro del republicanismo trumpista.

El periodista Max Chafkin firmó una biografía de Thiel, The Contrarian, en la que quedaba definido de esta manera: "Es brillante, tiene ideas visionarias y una asombrosa habilidad para saber exactamente cómo ganar. Posee la habilidad especial de ver la vida como un juego de ajedrez: utiliza a sus amigos, sus socios comerciales y las empresas de su cartera como medios para lograr un fin".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto

Thiel, que insiste en la necesidad de que existan nuevas élites en EEUU (las contraélites están triunfando), describió a la consultora McKinsey como una "estafa total". Según Thiel, "McKinsey era algo real en 1985 en Estados Unidos. Si contratabas a un consultor, en realidad te ayudaba a mejorar tu empresa porque las empresas estaban mal administradas en ese momento. La administración Reagan-Thatcher fortaleció a McKinsey porque permitió que se adquirieran más empresas y que se produjeran más fusiones y adquisiciones. Generó una reorganización de la sociedad algo brutal pero muy poderosa. Pero ahora McKinsey es un fraude total. Todo es falso. A estas alturas, McKinsey nunca va a ser otra cosa que un engaño corrupto".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto y, en general, a esa profesión. Hay dos aspectos relevantes en la posición del inversor que delimitan con precisión cuáles son los cambios que están produciéndose, la magnitud de los mismos y lo que significa el ascenso de los empresarios del capital riesgo en el nuevo gobierno republicano.

La sustitución de élites

El primero es político-social. La llegada al poder de Trump de la mano de Musk, y de gestores del capital riesgo como Thiel y Marc Andreessen, implica algo más que una suerte de alianza con el sector tecnológico. De hecho, Silicon Valley no fue particularmente afín a Trump durante su campaña, y menos todavía el personal y muchos directivos de las big tech. Ahora, con Trump en la Casa Blanca, esas compañías se están acercando a Trump, pero siempre contra la voluntad de personas como Musk o Thiel. Hay una brecha entre el venture capital y las big tech que está por cerrarse.

El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización

En todo caso, es innegable que Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y este entorno tecnológico ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras.

Ese cúmulo de consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales que han influido sobre la política durante estos años se ha visto especialmente presionado con el triunfo de los republicanos. El orden basado en reglas, las interconexiones globales, la paz comercial y la mundialización feliz eran sus dogmas. Trump los está haciendo saltar por los aires. Es un nuevo mundo que necesita de nuevas reglas, y son sectores especialmente incapaces para comprenderlas. Eso es lo que afirman Musk y Trump.

Las grandes consultoras pertenecen a ese pasado, ya no es su tiempo. Fueron útiles en algún momento, pero no ahora. Se necesitan nuevos líderes y nuevas fuentes de influencia.

La tecnología y el conocimiento humano

Hay que entender de dónde viene Peter Thiel, cuál es su recorrido y cuál su manera de pensar para comprender el desafío que lanza. Fue el primero en Silicon Valley en apoyar a Donald Trump en 2016 y es el valedor del próximo vicepresidente, J.D. Vance. Fundó PayPal y fue uno de los primeros inversores de Facebook. Pero, sobre todo, junto con Alex Karp y Stephen Cohen, creó Palantir, una exitosa empresa especializada en software y soluciones de big data para la defensa y para las agencias de inteligencia.

Palantir es una firma con mucho prestigio en un sector en el que las máquinas y la tecnología cada vez tienen mayor importancia, al mismo tiempo que disminuye la relevancia que se le da a los humanos. Thiel, como tantos otros en el Valle, cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación.

"La IA se ha convertido en una forma de que la empresa eluda su responsabilidad: afirma que solo hace lo que dice el algoritmo"

Esa superioridad de la tecnología a la hora de ofrecer soluciones, con las grandes bases de datos y la mejora de la inteligencia artificial de fondo, es una de las creencias más asentadas de nuestra época. Esa es la tarea que Palantir ha llevado a cabo. Y si ha funcionado en un ámbito tan relevante como la seguridad, puede hacerlo con mayor eficacia aún en el terreno empresarial. Más allá de la clase de instrumentos que utilicen, los consultores no dejan de aportar conocimiento humano para la gestión, y es justo eso lo que está en discusión.

El cambio de modelo

Hay otros aspectos en los que la gran consultoría podría salir perjudicada. El escritor Ted Chiang explicó de manera nítida uno de ellos en un artículo para The New Yorker. El uso de la consultoría como justificación, que es una de las prácticas más frecuentes en la empresa, estaría deslizándose hacia la IA: "Si quieres que se haga algo, pero no quieres ensuciarte las manos, McKinsey lo hará por ti. Esa huida de la responsabilidad es uno de los servicios más valiosos que ofrecen las consultorías de gestión. Los jefes tienen ciertos objetivos, pero no quieren que se les culpe por hacer lo necesario para alcanzarlos; al contratar consultores, la dirección puede decir que solo estaban siguiendo el consejo de expertos independientes. Incluso en su forma rudimentaria actual, la IA se ha convertido en la manera en que una empresa elude la responsabilidad, al afirmar que solo hace lo que dice el algoritmo, aunque haya sido la empresa la que haya encargado ese tipo de algoritmo".

La IA es un modo de ahorrar costes más que una solución eficaz. Pero da beneficios. Y eso es lo que hacían los consultores

La tecnología, en este sentido, aportaría un plus de credibilidad. Basta con afirmar que son soluciones apoyadas en datos y que han sido diseñadas con la fría objetividad de las máquinas, para que resulten menos cuestionables que las conclusiones aportadas por los consultores.

Además, existe otra realidad, que apenas se suele mencionar, pero que conforma la aplicación práctica y concreta que la inteligencia artificial está teniendo en la vida empresarial contemporánea. Por más que se expresen grandes posibilidades futuras, lo cierto es que "la IA se reduce a analizar una tarea que realizan los seres humanos y a encontrar la manera de reemplazarlos". Es un modo de ahorro de costes mucho más que una solución eficiente. Pero dado que el propósito de las firmas es ampliar la cantidad de beneficios, se trata de un instrumento útil. Eso es justo lo que hacían los consultores. Lo que nos viene a decir Thiel es que no solo se pueden reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión. Su sector tiene los instrumentos adecuados para esa tarea.

Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia. Desde la sanidad hasta la educación, pasando por múltiples áreas de administración, existe una intención expresa de ampliar el negocio aportando nuevos sistemas de gestión basados en algoritmos. Es un sector en crecimiento y que se espera explotar en los próximos años.

La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes, o al menos de llevarse una parte significativa de su negocio. De eso ha ido la tecnología hasta ahora, que se ha apoyado en modelos de negocio que trataban de evitar toda regulación (Airbnb, Uber, las redes sociales). Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político."

(Esteban Hernández , El Confidencial, 13/01/25)

21/8/23

Occidente y China comparten el mismo destino: un tecnoestado total... En lo que se refiere a las cuestiones políticas más fundamentales, China y Estados Unidos no divergen, sino que se parecen cada vez más, y ambas superpotencias convergen en el mismo sistema de gobernanza tecnocrático-administrativa, aún no plenamente desarrollado... La joya de la corona de este enfoque pretende ser el floreciente sistema chino de crédito social... El sistema pretende asignar a cada persona, empresa u organización una única puntuación agregada de "crédito social". Es muy parecida a la puntuación de un crédito financiero: basándose en el comportamiento observado y otros "factores de riesgo", la puntuación puede ajustarse al alza o a la baja para designar a una persona o empresa como más o menos "digna de confianza" o "no digna de confianza". Los que obtienen puntuaciones más altas son recompensados con ventajas crecientes... Los que obtienen puntuaciones más bajas se enfrentan a castigos crecientes... y aparecen públicamente en Internet o en vallas publicitarias... nadie cruza la calle imprudentemente (al menos en la ciudad), porque si lo haces, tu identidad es captada por una cámara de reconocimiento facial, tu cara, tu nombre y tu número de DNI se pegan en una valla publicitaria de la vergüenza junto a la intersección, y se envía una multa a tu banco... No está muy lejos de lo que ocurre en las llamadas democracias liberales occidentales. En junio, el banco británico Coutts cerró la cuenta de Nigel Farage sin dar explicaciones. Posteriormente, otros diez bancos le negaron el servicio... se había descubierto que ya no era compatible con Coutts, dadas sus opiniones públicamente declaradas que estaban en desacuerdo con la posición del banco como organización inclusiva... JP Morgan Chase cerró las cuentas del Dr. Joseph Mercola, defensor de los antivacunas, así como las del director general y el director financiero de su empresa, sus cónyuges y todos sus hijos

 "A menudo se ofrece una narrativa simple y sencilla para explicar nuestro momento actual: una nueva Guerra Fría, se nos dice, está amaneciendo entre Estados Unidos y China, completada con una "batalla entre democracia y autocracia" ideológica global. El futuro de la gobernanza mundial vendrá determinado por el ganador, es decir, a menos que una guerra caliente zanje la cuestión antes de tiempo con una lucha a muerte cataclísmica, al igual que la democracia liberal luchó en su día contra el fascismo.

En cierto modo, esta imagen es exacta: una competición geopolítica está realmente en proceso de ebullición hacia una confrontación abierta. Pero también es fundamentalmente superficial y engañosa. En lo que se refiere a las cuestiones políticas más fundamentales, China y Estados Unidos no divergen, sino que se parecen cada vez más, y ambas superpotencias convergen en el mismo sistema de gobernanza tecnocrático-administrativa, aún no plenamente desarrollado.

 Este sistema, descrito por James Burnham y George Orwell como "gerencialismo", es el producto de una nueva clase de gerentes profesionales unidos por un interés común en la expansión de las organizaciones técnicas y de masas, la mayor proliferación de los gerentes y la atracción de la sociedad hacia el entrometido abrazo de la pericia gerencial. Su núcleo es la convicción de que todas las cosas -incluso la complejidad de la sociedad y del propio hombre- pueden comprenderse, gestionarse y controlarse como una máquina con la suficiente técnica científica.

 Fue el gerencialismo el verdadero vencedor de las batallas ideológicas del siglo XX. Como Orwell profetizó en 1945: "El capitalismo está desapareciendo, pero el socialismo no lo está sustituyendo. Lo que está surgiendo ahora es un nuevo tipo de sociedad planificada y centralizada que no será ni capitalista ni, en ningún sentido aceptado de la palabra, democrática". China está un poco más adelante en el camino hacia este mismo futuro totalitario. Occidente le sigue.

Para hacernos una idea de uno de los aspectos de esta convergencia en curso, debemos viajar a Fengqiao ("Puente de Arce"), antaño un pintoresco pueblecito de la provincia china de Zhejiang. Al líder chino Xi Jinping y a sus funcionarios les gusta evocar con nostalgia los placeres de la "experiencia Fengqiao" (枫桥经验), pero me temo que no se trata de un paquete turístico. Más bien, en los años sesenta, Fengqiao se distinguió como ciudad modelo a los ojos de Mao Zedong. Mientras que normalmente los matones del Partido Comunista tenían que ir por ahí identificando y acorralando a los "elementos reaccionarios", en Fengqiao la gente se las apañaba sola: "Ni una sola persona tuvo que ser detenida, y aun así la gran mayoría de los enemigos fueron eliminados", según un informe de la ciudad a Mao.

 Por fin había aquí un verdadero ejemplo de la "dictadura de las masas" que Mao esperaba establecer. Mao animó al partido a aprender de la experiencia de Fengqiao, y al hacerlo plantó una semilla que echaría raíces en el duro suelo de la imaginación del PCCh: el sueño de una población tan completamente condicionada por el socialismo chino que algún día prácticamente se autogestionaría.

 Hoy, Xi ha revitalizado y modernizado esta idea casándola con las nuevas herramientas disponibles: las de la revolución digital. Los métodos tradicionales de seguimiento y control social de masas al estilo Fengqiao, también conocidos como "gobernanza social", se han combinado con la movilización a través de Internet y un vasto aparato de vigilancia digital.

 La joya de la corona de este enfoque pretende ser el floreciente sistema chino de crédito social. El sistema pretende asignar a cada persona, empresa u organización una única puntuación agregada de "crédito social". Es muy parecida a la puntuación de un crédito financiero: basándose en el comportamiento observado y otros "factores de riesgo", la puntuación puede ajustarse al alza o a la baja para designar a una persona o empresa como más o menos "digna de confianza" o "no digna de confianza". Los que obtienen puntuaciones más altas son recompensados con ventajas crecientes, como acceso prioritario a viajes, préstamos, vivienda, educación superior o incluso asistencia sanitaria. Los que obtienen puntuaciones más bajas se enfrentan a castigos crecientes, como la pérdida de acceso al sistema financiero, la prohibición de comprar bienes de lujo o inmuebles, o la denegación de la admisión de sus hijos en determinadas escuelas y universidades.

 Y lo que es más importante, el sistema es deliberadamente social por naturaleza. Las personas con puntuaciones bajas aparecen públicamente en Internet o en vallas publicitarias; incluso algunas aplicaciones de citas han probado a incorporar puntuaciones de crédito social. Y lo que es más importante, dado que tener demasiadas relaciones con personas con puntuaciones bajas conlleva el riesgo de rebajar la propia clasificación, la gente evita en absoluto relacionarse con los "desacreditados", lo que acelera su progresiva despersonalización por parte de la sociedad. El objetivo de esta gamificación de la mente es crear un "Hombre Nuevo" que encaje en su máquina gerencial; éste es siempre y en todas partes el objeto inexorable de la obsesión de control del gerencialismo.

  Este tipo de ingeniería social ya ha sido eficaz. Recuerdo vívidamente, por ejemplo, cómo, cuando visité China a finales de la década de 2000 o mediados de la de 2010, todo el mundo solía cruzar la calle para cruzar. Era simplemente un hecho de la vida, una constante cultural aparentemente arraigada por quién sabe cuántos siglos de pragmatismo maravillosamente incorregible del campesinado chino. Hoy en día, nadie cruza la calle imprudentemente (al menos en la ciudad), porque si lo haces, tu identidad es captada por una cámara de reconocimiento facial, tu cara, tu nombre y tu número de DNI se pegan en una valla publicitaria de la vergüenza junto a la intersección, y se envía una multa a tu banco. Todos esos siglos de actitudes culturales evolucionadas han sido sobrescritos con éxito por sólo unos pocos años de condicionamiento por la máquina.

 No está muy lejos de lo que ocurre en las llamadas democracias liberales occidentales. En junio, el banco británico Coutts cerró la cuenta de Nigel Farage sin dar explicaciones. Posteriormente, otros diez bancos le negaron el servicio. Los documentos internos sobre "riesgos para la reputación" obtenidos por Farage poco después mostraban el razonamiento de Coutts para "sacarle" de su cuenta: se había descubierto que ya no era "compatible con Coutts, dadas sus opiniones públicamente declaradas que estaban en desacuerdo con nuestra posición como organización inclusiva". Entre los terribles pecados de Farage figuran: ser amigo de Donald Trump y del campeón de tenis no vacunado Novak Djokovic; hacer campaña a favor del Brexit; ser "anti-Net Zero"; ser "considerado xenófobo y racista"; y haber sido "fascista" cuando era escolar, según algunos rumores de segunda mano.

 En este caso, pillado in fraganti "desbancando" a un destacado y avispado político por motivos políticos, el banco se vio obligado a pedir disculpas y algunos de sus altos cargos a dimitir. Sin embargo, estas consecuencias son una excepción a la regla. En Estados Unidos, pocos días después del escándalo de Farage, JP Morgan Chase cerró las cuentas del Dr. Joseph Mercola, defensor de los antivacunas, así como las del director general y el director financiero de su empresa, sus cónyuges y todos sus hijos. Farage dice que ha empezado a reunir una "base de datos muy grande" de miles de casos similares sólo en el Reino Unido. (...)

PayPal también intentó introducir un texto en su acuerdo de usuario que le permitía confiscar 2.500 dólares a los usuarios cada vez que difundieran "desinformación" o dijeran o hicieran algo "perjudicial" u "objetable" (todo ello definido a la "entera discreción" de PayPal).

 ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué los bancos privados y otras empresas expulsan así a sus clientes? Porque les interesa hacerlo si quieren sobrevivir y prosperar, y de hecho tienen pocas opciones. Estos bancos no son realmente "actores privados", sino que forman parte de la economía de gestión de un partido-estado de gestión en ciernes muy parecido al de China, en el que una élite oligárquica trata de preservar su dominio. Desde un punto de vista crítico, no puede haber instituciones neutrales en un partido-Estado. Los enemigos del partido-estado son los enemigos de la institución, o la institución es enemiga del partido-estado (una posición nada rentable). Esto es lo que realmente significa el "riesgo reputacional": el riesgo de parecer estar en el lado equivocado de la línea del partido.

 En una sociedad tan digitalizada como la nuestra, el control de las transacciones digitales significa vigilancia y control de casi todo. Cuando a una persona se le retira un banco -y luego, inevitablemente, se le incluye en la lista negra de todos los demás bancos- se le impide participar en casi todos los aspectos de la vida moderna. No tendrán forma fácil de recibir el salario de un trabajo; no podrán comprar una propiedad y puede que ni siquiera puedan alquilarla. No podrán adquirir casi ningún servicio digital y, cada vez más, tampoco podrán comprar productos cotidianos fuera de Internet. Una vez ganada la guerra contra el dinero en efectivo, estarán jodidos. Por lo tanto, la desbancarización es un medio muy eficaz para aislar y silenciar a una persona o grupo, acabando rápidamente con cualquier presencia o influencia que pudiera haber tenido en la sociedad. De eso se trata.

Esta parece ser una lección extraída directamente del método chino de tratar a los disidentes. De hecho, la élite empresarial de Occidente parece haber llegado a la conclusión de que ahora dispone de las herramientas y el margen para empezar a implantar aquí un sistema de crédito social al estilo chino. Aunque todavía no es ni mucho menos tan completo, este sistema incipiente comparte las mismas características fundamentales: el uso de la coordinación público-privada y la "gobernanza social" para colapsar cualquier distinción entre la vida pública y privada, aumentando así enormemente los riesgos de inconformismo público y disidencia de la narrativa. Sin duda, la utopía está a la vuelta de la esquina. (...)

¿Hasta dónde puede llegar todo esto? Si bien hoy nos centramos en el poderoso ámbito de los flujos financieros, no hay razón para pensar que, en la trayectoria actual, la misma dinámica no acabará aplicándose a todos los demás sectores de nuestra economía y sociedad. No debería sorprendernos que algún día los contratos de alquiler de viviendas incluyan cláusulas de moralidad ideológica, que las aerolíneas se unan para prohibir viajar a los clientes con creencias erróneas o que la gente se vea expulsada de sus pólizas de seguros por hablar mal en Internet. Será simplemente el comportamiento de un gerencialismo endurecido que busca la estabilidad mediante el control mecanicista de todos los detalles de la vida.

Las Nuevas tecnologías como la IA y, sobre todo, las monedas digitales de bancos centrales (CBDC) seguirán facilitando este tipo de control granular. Hace unos meses, un hombre estadounidense se vio completamente excluido de su "casa inteligente" controlada digitalmente por Amazon después de que un repartidor le acusara de decir algo racista por su telefonillo. ¿Por qué se molestaría Amazon en hacer esto? Porque puede; y así, bajo un régimen de gestión, debe hacerlo. A medida que nuestros directivos descubran que cada día resulta más fácil "solucionar" a las personas problemáticas con sólo pulsar un botón, no podrán resistirse a darle a ese botón, fuerte y a menudo.

Tal es la Weltanschauung -la forma de ver y creer- de la mente directiva. A medida que la tecnología, cada vez más poderosa, se pone al alcance de la máquina de gestión, su control no hará más que estrecharse. Porque, como comprendió C.S. Lewis, "cada nuevo poder ganado por el hombre es también un poder sobre el hombre".

 Hoy, como predijo Orwell, los grandes superestados luchan por la posesión de la Tierra. Pero a pesar de todas las especulaciones pasadas de que el siglo XXI se definiría por un "choque de civilizaciones", ahora sólo hay una forma asfixiante de civilización moderna que se ha extendido por la faz del globo, con sus múltiples personalidades compitiendo por la supremacía imperial.  (...)

Esta es la verdad que explica por qué China y Occidente, a pesar de todas sus proclamadas diferencias, comparten la misma arrogancia empresarial, se ven tentados por los mismos poderes tecnológicos crecientes y albergan las mismas inseguridades y delirios de las élites. Incluso mientras se agitan y chocan, convergen en el mismo destino: la misma sumisión socialmente diseñada de todo lo humano, real y libre al nihilismo tecnocrático y a la falsa realidad de un gobierno-máquina que todo lo abarca, a un tecnoestado total."           ( , UnHerd, 09/08/23; traducción DEEPL) 

10/2/16

Salvo en el Sur más rural, la vida cotidiana de todos los norteamericanos cambió hasta hacerse irreconocible entre 1870 y 1940

"En los años 60s hubo una breve ola popular de “futurismo” de libros y artículos que trataban de prever los cambios del porvenir. Una de las obras más conocidas y, desde luego, la más detallada, fue The Year 2000 (1967), de  Herman Kahn y Anthony J. Wiener, que ofrecía, entre otras cosas, una lista sistemática de innovaciones tecnológicas que Kahn y Wiener consideraban “muy probables en el último tercio del siglo XX”.

Por desgracia, los dos autores estaban en su mayor parte equivocados. No erraron demasiado a la hora de prever transformaciones que se corresponden de modo reconocible con todos los elementos principales de la revolución de la tecnología de la información, entre ellos los “smartphones” e Internet. 

Pero la mayoría de las innovaciones predichas (“plataformas voladoras individuales”) no se habían materializado para el año 2000…y todavía están por llegar, década y media después.

La verdad es que si nos alejamos de los titulares acerca del último artilugio, se hace evidente que hemos hecho muchos menos progresos desde 1970 — y hemos experimentado una alteración mucho menor de los elementos fundamentales de la vida  — de los que casi cualquiera esperaba. ¿Por qué?

Robert J. Gordon, un distinguido macro­economista e historiador económico de la Northwestern University, lleva mucho tiempo argumentando en contra del tecno-optimismo que satura nuestra cultura, con su constante afirmación de que estamos en medio de cambios revolucionarios.

 Empezando por el auge del frenesí de las punto.com, ha apelado repetidas veces a mantener la perspectiva: las transformaciones de la tecnología de la información y la comunicación, ha insistido, no se condicen con pasados logros. 

Concretamente, ha sostenido que la revolución de la tecnología de la información es menos importante que cualquiera de las cinco Grandes Invenciones que impulsaron el crecimiento entre 1870 y 1970: la electricidad, las redes de saneamiento urbanas, los productos químicos y farmacéuticos, el motor de combustión interna y la comunicación moderna.

En The Rise and Fall of American Growth [“Ascenso y caída del crecimiento norteamericano”], Gordon hace doblete con ese tema, declarando que el tipo de rápido crecimiento económico que todavía damos por hecho y esperamos que continúe para siempre ha sido de hecho un acontecimiento de los que suceden sólo una vez. 

Primero llegaron las Grandes Invenciones, que datan casi todas de finales del siglo XIX. Luego llegó el refinamiento y la explotación de esas invenciones, proceso que llevó tiempo y que ejerció su efecto máximo sobre el crecimiento económico entre 1920 y 1970. Todo ha sido desde entonces un débil eco de esa gran ola y Gordon no espera que vayamos a ver nada semejante.

¿Está en lo cierto? Mi respuesta es un decidido tal vez. Pero acabe uno o no estando de acuerdo con la tesis de Gordon, esta tesis bien vale la pena su lectura: una combinación magistral de profunda historia tecnológica, vivos retratos de la vida cotidiana de las últimas seis generaciones y cuidados análisis económicos. 

Puede que los no economistas encuentren densos algunos de los gráficos y cuadros, pero Gordon nunca pierde de vista a la gente de verdad y a sus verdaderas vidas tras esos gráficos. Este libro pondrá en tela de juicio nuestras visiones acerca del futuro; transformará definitivamente la forma en que vemos el pasado.

Desde luego, casi la mitad del libro está dedicada a cambios que tuvieron lugar antes de la II Guerra Mundial. Otros hay que han cubierto este terreno, y muy notablemente Daniel Boorstin en The Americans: The Democratic Experience. Aun conociendo, sin embargo, esta literatura, me ha fascinado el relato que hace Gordon de los cambios forjados por las Grandes Invenciones. 

Tal como él dice, “Salvo en el Sur más rural, la vida cotidiana de todos los norteamericanos cambió hasta hacerse irreconocible entre 1870 y 1940.” La luz eléctrica substituyó a las velas y el aceite de ballena, los retretes de cisterna a las casetas con letrina, los coches y los trenes eléctricos reemplazaron a los caballos (en la década de 1880s, había partes del distrito financiero de Nueva York con más de metro y medio de estiércol).

Mientras tanto, las labores agotadoras tanto en el lugar de trabajo como en el hogar se vieron substituidas por empleos bastante menos onerosos. Se trata de un aspecto que a menudo pierden de vista los economistas, que tienden a pensar solamente en de cuanto poder adquisitivo dispone la gente, y no en lo que tienen que hacer para conseguirlo, y Gordon realiza un importante servicio al recordarnos que las condiciones en las que trabajan hombres y mujeres son tan importantes como las cantidades que les pagan.

Aparte de que se trate, sin embargo, de una historia interesante, ¿por qué tiene su importancia estudiar esta transformación? Principalmente, sugiere Gordon  — aunque estas palabras son mías, no suyas — para proporcionar un punto de referencia. 

Lo que ocurrió entre 1870 y 1940, sostiene, y yo estaría de acuerdo, es a lo que se asemeja una verdadera transformación. Cualquier declaració acerca del actual progreso se tiene que comparar con ese punto de referencia para ver hasta qué punto se condice.

Y es difícil no estar de acuerdo con él en que no ha sucedido nada desde entonces que sea ni remotamente. La vida urbana en Norteamérica en vísperas de la II Guerra Mundial ya era reconociblemente moderna; usted o yo podíamos caminar hasta un apartamento de los años 40, con su instalación de fontanería, hornillos de gas, luz eléctrica, nevera y teléfono, y lo encontraríamos básicamente funcional. Nos disgustaría la falta de television y de Internet, pero no nos sentiríamos horrorizados o indignados.

Por contraposición, los urbanitas norteamericanos de 1940 que entraran en alojamientos al modo de 1870 — cosa que podían hacer todavía en el Sur más rural— se sentían desde luego horrorizados e indignados. La vida progresó de manera fundamental entre 1870 y 1940 de un modo como no ha vuelto a suceder desde entonces.

Ahora bien, en 1940 muchos norteamericanos vivían ya en lo que era reconociblemente el mundo modern, pero muchos otros, no. Lo que sucedió en los siguientes treinta años fue que una mayor maduración de las Grandes Invenciones que llevó a ingresos rápidamente en ascenso y a la difusión de esa forma de vida moderna al conjunto del país.

 Pero luego todo se volvió más lento. Y sostiene Gordon que es probable que la ralentización sea permanente: la gran era del progreso ha quedado detrás de nosotros.  

Pero ¿es sólo que Gordon viene de la generación equivocada, incapaz de apreciar las maravillas de la ultimísima tecnología? Sospecho que cosas como las redes sociales suponen una diferencia positiva en la vida de la gente mayor de lo que él reconoce. Pero hace dos observaciones realmente magníficas que arrojan mucha agua fría sobre las afirmaciones de los tecno-optimistas.

En primer lugar, apunta que que las innovaciones auténticamente de envergadura traen normalmente grandes cambios en las prácticas comerciales, en la apariencia de los lugares de trabajo y en cómo funcionan. 

Y hubo algunos cambios de acuerdo con esas líneas entre mediados de los 90 y mediados de la primera década del 2000, pero no gran cosa desde entonces, lo que es evidencia de la afirmación de Gordon de que el principal impacto de la revolución tecnológica ya ha tenido lugar.

En segundo lugar, uno de los argumentos principales de los tecno-optimistas es que las estimaciones oficiales del crecimiento restan importancia al alcance real del progreso, porque no dan plenamente cuenta de las ventajas de bienes verdaderamente nuevos. Gordon reconoce este extremo, pero advierte que fue siempre así y que el sobreentendido que da por sabido el progreso fue  probablemente mayor durante la gran transformación de preguerra de lo que es hoy.

Así pues, ¿qué nos dice esto acerca del futuro? Gordon sugiere que el futuro va a verse caracterizado con suma probabilidad por niveles de vida estancados para la mayoría de los norteamericanos, porque los efectos de ralentizar el progreso tecnológico se verán reforzados por un conjunto de “vientos de cara”: creciente desigualdad, parón en los niveles educativos, población envejecida y más cosas.

Resulta una predicción estremecedora para una sociedad cuya imagen de sí misma, y se puede decir que su misma identidad, está ligada a la expectativa de progreso constante. Y hay que preguntarse acerca de las consecuencias sociales y políticas de otra generación de estancamiento y de declive en los ingresos de la clase trabajadora.

Por supuesto, Gordon podría estar equivocado: tal vez estemos en el umbral de un cambio transformador, digamos, de la inteligencia artificiall o de un progreso radical en la biología (lo que plantearía sus riesgos). Pero argumenta su postura de forma sólida. Quizás es que el futuro ya no es lo que solía ser."

 Robert Gordon - The Rise and Fall of American Growth - The U.S. Standard of Living Since the Civil War [ “Ascenso y caída del crecimiento norteamericano – El nivel de vida norteamericano desde la Guerra Civil” ], Princeton University Press, 2015.    (Paul Krugman , Sin Permiso, 31/01/2016)

25/2/11

La evolución tecnológica... es económica

"La tecnología es un medio para resolver problemas. Es este objetivo común el que explica su encuentro con la economía. Podríamos decir que la economía realiza la función de portero para la tecnología. Es decir, la economía selecciona en la fase de ingreso aquellas tecnologías que pueden funcionar bien para gestionar algunos "nodos".

Pero también la economía puede ser considerada como un conjunto de "instrumentos" necesarios para la sociedad. Por lo tanto, no coincide solamente con técnicas de producción sino también con las que se utilizan para la circulación del dinero, o también con la promulgación y la aplicación de las leyes, que pueden, todas ellas, ser consideradas como tecnologías, aunque especiales.

Por lo que respecta a su pregunta, la tecnología y la economía son ciertamente mundos distintos, pero podemos decir que las tecnologías dan vida a la economía, así como que esta última facilita el desarrollo tecnológico.

Usted introduce el concepto de economía generativa. ¿Podría explicar este concepto?

Hace cincuenta años la economía producía muchos productos, pero basándose en procesos de trabajo precisos y rígidos. Es decir, el desarrollo de la tecnología seguía caminos marcados y difícilmente se salía de ellos.

Cuando esto sucedía nos encontrábamos frente al proceso que he descrito anteriormente al hacer el paralelo con las tesis de Stephen Jay Gould.

Actualmente, en cambio, nos encontramos frente a procesos vertiginosos de combinaciones entre tecnologías digitales, genética, telecomunicaciones. Mientras que en el pasado la combinación tenía lugar inicialmente en los laboratorios de investigación, actualmente se realiza directamente en la esfera de la producción.

Es por ello que hablo de economía "generativa", es decir de una actividad productiva que no se limita únicamente a generar bienes, sino también a combinar tecnologías directamente para crear nuevos bienes." (Sin Permiso, 13/02/2011, citando a 'Evolución y tecnología. Entrevista', de Brian Arthur)

13/4/09

Nos cuentan historias... porque lo manda el jefe

"No se trata, por tanto, de excluir a lo ideológico de la esfera pública, sino tan sólo de sustituir las referencias relativas al combate político por la tesis del apaciguamiento político y de la eficacia económica, la llamada ideología tecnocrática, que se convierte durante 40 años en la única oferta ideológica capaz de imponerse.

Esta situación no podía escapar a la sagacidad de la sociología crítica, y así, en 1976, en el número 7 de la revista Actes de la Recherche en Sciences Sociales, vehículo del que se servía el entonces joven grupo de Pierre Bourdieu para dar a conocer sus trabajos, aparece, con el título de La producción de la ideología dominante, un largo artículo de más de 70 páginas, obra del grupo en su conjunto, pero cuyos dos principales autores fueron el mismo Bourdieu y su más próximo colaborador, Luc Boltanski. El texto y los numerosos materiales que lo componen son una carga en profundidad contra el orden establecido y una impugnación frontal y, en buena medida, provocativa contra los usos y los modos de las ciencias sociales en la Universidad y más ampliamente en la academia.

Frente a la interpretación convencional que retoma el fin de las ideologías y en la que sus contenidos desaparecen/se cancelan por cansancio o por indiferencia, lo que sucede hoy es que los marcos conceptuales que les son propios y que rigen sus conductas y acciones ya no tienen ninguna razón de ser, porque las decisiones que se toman, no dependen en modo alguno de sus estructuras ideatorias, sino de un conjunto de micromedidas, de dispositivos menores, de prácticas de detalle, que no responden a ningún imperativo global dictado desde arriba, sino a una incitación particular y difusa, movilizada sólo por las exigencias de funcionamiento cotidiano del sistema. Este hermetismo al universo de las ideas, esta inaccesibilidad al ejercicio de pensar, hacen que las concepciones del mundo sean ininteligibles, que simplemente no quepan, lo que convierte en radicalmente impracticable, además de inútil, toda ideología.

Ahora bien, los individuos y los colectivos no pueden vivir sin dotarse de motivos y de razones sobre lo que hacen y por qué y para qué lo hacen, por lo que, carentes de cualquier marco inspirado en las grandes explicaciones discursivas, tienen que recurrir a su historia privada, al patrimonio de anécdotas y de experiencias que dan sentido a su experiencia personal, a la trama de sus vidas, con sus triunfos y sus fracasos, sus tristezas y sus alegrías.

Desde esta consideración podemos entender mejor el éxito del story telling, la necesidad de los humanos, sobre todo cuando falta la racionalidad del pensamiento, de contarnos, de que nos cuenten historias. Así se explica mejor el absoluto primado de lo literario, la vigencia de lo narrativo en la sociedad actual y la dramática miseria del pensamiento. (...)

Todo ello presidido por el economicismo empresarial, enseñado en las business schools, con su invocación constante a la racionalización de los medios, a la eficacia, a la innovación, pero sobre todo a la productividad, a la excelencia, al siempre más y mejor. Frente a la doctrina de la igualdad,

Este sálvese quien pueda provoca una permanente multiplicidad de microseísmos sociales, que maximizan las diferencias y las distancias entre unos y otros y producen un unánime antagonismo de todos contra todos. Sin principios ni valores comunes, la irreparable fragmentación resultante no tiene más tratamiento colectivo que el autoritarismo coactivo ni más práctica individual que la trampa y la marrullería. Para qué pensar si mandamos y engañamos. Lo que hace de nuestra vida colectiva un paisaje amenazado y tedioso en el que el hastío de lo público es incapaz de salir de su ensimismamiento poltrón y aprovechado y la mitificación de nuestros pequeños egos nos confina en la insignificancia de nuestras mismidades." (El País, ed. Galicia, Opinión, 10/04/2009, p. 27)