Mostrando entradas con la etiqueta hh. España: elecciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hh. España: elecciones. Mostrar todas las entradas

16/6/22

Si la política hiciera más por los pobres, votarían... El círculo vicioso de la abstención: así se adueñan los barrios ricos de la democracia... los pobres votan menos que los ricos... esa abstención está vinculada a la incapacidad de la política y el Estado para dar respuestas satisfactorias, sobre todo en las zonas más pobres... además la abstención se contagia

 "Lo habrán oído durante la precampaña, sobre todo desde la izquierda: hay que movilizar a los “barrios obreros”. A las capas populares. A los trabajadores. A la gente humilde. A los municipios del sur de la Comunidad de Madrid. Hay una base cierta en el llamamiento: en los barrios pobres se vota menos que en los ricos. Y cuanto más pobre el barrio, por regla general, menos se vota. Ahora bien, observada en detalle la cuestión, quizás habría que invertir el enfoque y pasar del si los pobres votaran, la política podría hacer más por ellos al si la política hiciera más por los pobres, votarían.

“La participación electoral, aunque a algunos no se lo parezca, es costosa”, explica Pedro Riera, director de la Escuela de Posgrado en Economía y Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid, que acredita una “sobrerrepresentación del abstencionista en barrios trabajadores”. Es un fenómeno que, por supuesto, no se ciñe sólo a Madrid. Y que obedece a unas causas observables. El trabajo de más de una década de los investigadores en Ciencia Política y Sociología Manuel Trujillo y Braulio Gómez ha servido no sólo para dar soporte empírico a lo que la mayoría intuye, es decir, que los pobres votan menos que los ricos, sino también para evidenciar que esa abstención está vinculada a la incapacidad de la política y el Estado para dar respuestas satisfactorias, sobre todo en las zonas más pobres. 

 El conjunto es un círculo vicioso. Por un lado, “los ciudadanos con más recursos económicos –mayores ingresos, mayor estatus socioeconómico, con trabajo– y con más nivel educativo son más propensos a votar, ya que disponen de una mayor disponibilidad de tiempo, dinero y capital cognitivo para implicarse”, como ha explicado en un informe de la Fundación Alternativas el doctor en Ciencia Política por el Instituto Universitario Europeo en Florencia Guillem Vidal. Por otro lado, añade, “si los ricos votan sistemáticamente más que los pobres, las políticas redistributivas podrían resultar menos ambiciosas o más regresivas”.

Mientras tanto, en los barrios de menor renta la abstención no es sólo mayor que en los más aventajados. Es que, además, se contagia. Y se hereda. Lo que provoca el problema es precisamente su mala situación material. La pandemia genera ahora las condiciones óptimas para perpetuar la brecha. Toni Rondón, politólogo especializado en comportamiento electoral y profesor en la Universitat Pompeu Fabra, recalca que existe una amplia literatura académica que avala la relación entre sociedades igualitarias y alta participación, poniendo como ejemplo el trabajo de Aina Gallego, de la Universitat de Barcelona, Desigualdad política y participación en EuropaDesigualdad política y participación en Europa: “La desigualdades socioeconómicas en la participación” son “inequívocamente visibles” en la mayoría de los países europeos, anota Gallego.

¿Queremos más participación en los barrios con más necesidades? Todo apunta a necesitamos más igualdad.

Los 'agujeros negros'

Ya se ha dicho: los pobres votan menos que los ricos. La frase, aunque exige trazo fino para explicarla en detalle, es cierta de la primera a la última letra, como acredita el trabajo de Manuel Trujillo, coordinador de la Unidad Estadística del Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA-CSIC), y Braulio Gómez, profesor en la Universidad de Deusto y director del Deustobarometro [aquí se pueden consultar publicaciones de 2011, 2015, 2016, 2019 y 2020]. Su informe de 2011 localizó por primera vez más de cien “puntos negros”, en los que la mayoría de sus habitantes sistemáticamente eluden las urnas. “Los agujeros negros de la democracia” coinciden “casi milimétricamente” con los “barrios marginales de las grandes ciudades”, concluyen los autores. El ranking de abstención lo copan diez barrios en “exclusión extrema”, destacando Cañada Real, en Madrid (con un 80% de abstención), Polígono Sur, en Sevilla (78%), y el Barrio Gótico, en Barcelona (76%). Dentro de los excluidos, los gitanos, cuya población se estima en cerca de un millón, son los que menos votan, según han acreditado Trujillo y Gómez. “Sin embargo, los poderes públicos han obviado el desarrollo de políticas directas orientadas a la inclusión política de los más débiles”, han denunciado los autores.

 Los resultados fueron similares al establecer la clasificación tras las autonómicas de 2015 en Andalucía, una comunidad que ofrece un óptimo campo de pruebas, dado que contiene 12 de los 15 más pobres de España. Otra vez acaparan la cabeza del listado los barrios que entran dentro de los parámetros de “exclusión extrema”: Polígono Sur de Sevilla, el Puche de Almería, los Asperones y Palma-Palmilla de Málaga o Almanjáyar de Granada, por citar sólo a los primeros. Un dato salido de las municipales de 2015: de las 100 secciones electorales donde hay una mayor diferencia entre la abstención propia y la media de abstención en dicho municipio, “todas se caracterizan por estar situadas en barrios que padecen algún grado de exclusión social”.

Más pobreza, menos voto

La mayor abstención no se da sólo en barrios marginales. Allí es más elevada, pero la diferencia es observable en todo el espectro de renta. El informe de Trujillo y Gómez La segregación electoral interurbana en EspañaLa segregación electoral interurbana en España, publicado por la Fundación Foessa en 2019, acredita una “altísima correlación” entre la renta y la participación. Ambos autores subrayan que la tendencia es además “ascendente” en todas las ciudades entre 2011 y 2016, con las excepciones de Barcelona y Sevilla. Los investigadores se detienen en el caso de la ciudad de Madrid: “Los barrios donde la renta media no alcanza los 15.000 euros, localizados en el Sur y el este de Madrid, en distritos como Usera, Puente de Vallecas, San Blas o Villaverde, concentran la abstención más elevada”.

Prácticamente nadie ubicado en el “espacio de integración”, es decir, los que no sufren ningún tipo de carencia fundamental, afirman no votar nunca. En cambio, entre los que están en “espacios de exclusión” hasta un 22% reconoce no acudir jamás a las urnas, señalan los autores. Además, las personas con mayor nivel de estudios participan “siempre” hasta 20 puntos más que las que tienen estudios de primaria o menos, según la investigación publicada en 2020. “Las urnas se llenan de votos procedentes de las zonas integradas de las ciudades. Un 74,1% de ellos votan siempre. Apenas la mitad de los ciudadanos que padecen algún tipo de exclusión declara que siempre se acerca a las urnas cuando llegan las elecciones. La brecha es demoledora”, apuntan.

A conclusiones similares ha llegado Guillem Vidal en el último Informe sobre la Democracia en España, de la Fundación Alternativas, de 2019. A más pobreza, menos voto. Y vale comparando barrios y ciudades. Los datos del INE le permitieron cruzar la relación entre la renta media por persona del municipio con la abstención. La relación es clara. Los municipios pobres tienen una probabilidad más alta de abstención que los ricos.

'Efecto contagio'

Los barrios más pobres, en torno a un 5% de la población, ofrecen la mejor muestra para observar el círculo vicioso de la abstención, que adquiere allí un carácter “estructural”, explica Braulio Gómez a infoLibre. ¿Por qué? Hay múltiples motivos, entre ellos el efecto contagio.

“No es sólo ese 5% de la población en el que la abstención es especialmente elevada. Es que además en esos barrios abundan las personas fuera del censo, por ejemplo inmigrantes, o gitanos que no están empadronados. Esto refuerza la abstención, que es un fenómeno contagioso”, explica. La práctica de no votar se reproduce a sí misma. El abstencionismo llama al abstencionismo. Lo explica la conocida como “teoría de la movilización”: el elector participa en mayor medida si alguien le aconseja que lo haga. Todos los factores se conjugan para hacer casi irrompible la dinámica. “La abstención elevada es un fenómeno de fuerte arraigo, vinculado al abandono institucional, pero que además se hereda, al igual que la pobreza. Hablamos de zonas que aparecen en las mismas posiciones [en los listados] desde hace 30 años”, explica Gómez.

Cuatro factores aparecen una y otra vez en los análisis: trabajo, vivienda, educación y relaciones-contactos. Son realidades materiales que se incrustan en el elector, llegando donde difícilmente es capaz de llegar una campaña electoral. La impronta de la clase social y su influencia en el comportamiento electoral se heredan. Así lo expone por escrito Guillem Vidal, doctor en Ciencia Política por el Instituto Universitario Europeo en Florencia: además de que las clases sociales más aventajadas –profesionales superiores, directivos, grandes empleadores, técnicos superiores– tienen menos probabilidad de abstenerse que parados y trabajadores con menos cualificación y de sectores más precarios, hay inidicios de que dicho estatus acaba por “influir en las actitudes políticas de los hijos”. “El estatus ocupacional de los padres [...] nos permite comprobar esta hipótesis. Incluso controlando por el nivel educativo del individuo y otras variables socioeconómicas, la clase social de los padres afecta a la probabilidad de abstención de los hijos”, escribe.

¿En campaña? Demasiado tarde

La evidencia que vincula renta y posición social con abstención es firme. Es más difícil sostener empíricamente a quién beneficia más la abstención. Es un asunto controvertido en ciencia política y social. No obstante, hay elementos que indican que, con carácter general, la abstención perjudica más a la izquierda. “Los ciudadanos que tienen condiciones de vida más precaria, cuando votan, lo hacen por partidos más de izquierdas que de derechas”, apuntan con carácter general Trujillo y Gómez, que en el caso de los barrios más deprimidos detectan un voto mayoritario al PSOE. Pero, claro, eso es cuando votan. Hay que suponer que los del mismo barrio que no votan, si lo hicieran, harían lo mismo. Es razonable suponerlo. Pero hay que tener en cuenta otras factores, como la abstención diferencial –que gana peso en los barrios de clase media-baja– y la polarización política. La ecuación “más voto igual a más izquierda” tiene riesgos.

Pedro Riera, director de la Escuela de Postgrado en Economía y Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid, y Sebastián Lavezzolo, investigador en la misma universidad, concluyeron en un informe de 2008, tras el análisis de 50 circunscripciones, que “a medida que aumenta la cantidad de gente que vota, aumenta la proporción de ciudadanos que lo hace por partidos de izquierda”. Existe en España, añaden, un “sesgo ideológico” de la abstención “en perjuicio de los partidos progresistas”. Como ha publicado eldiario.es, la derecha domina electoralmente la Comunidad de Madrid a pesar de que sólo es mayoritaria entre el 30% más rico del electorado. 

 Tiene su lógica, ciertamente, que la izquierda anhele una participación masiva de eso que se da en llamar “barrios populares”, “barrios obreros” o “barrios trabajadores”. Y tiene su lógica que así lo reclame antes de una cita electoral. Ahora bien, ¿puede deshacerse ese sesgo con una campaña electoral? Los análisis recabados lo ponen en seria duda.

Manuel Trujillo recuerda que la abstención en las zonas de baja renta viene determinada por factores profundos, de fuerte capacidad de arrastre, que no dependen del acierto de un eslogan de campaña. Numerosos electores, afirma, se atribuyen incluso a sí mismos una “falta de competencia”, es decir, interiorizan la idea de que las elecciones no van con ellos, ni tienen capacidad para decidir sobre las mismas. “Y también está la idea de que lo que se hace con el voto no sirve, una idea que se basa en la percepción de falta de avance. Es un comentario muy frecuente en los barrios obreros: 'El político sólo viene en campaña”, señala Trujillo, que afirma además que la política está por lo general “centrada en una agenda de clase media”. Lo releva en en análisis Braulio Gómez: “Una campaña electoral es el peor espacio para generar confianza entre los abstencionistas, sobre todo los estructurales. Esa idea continua de la 'atención a los más pobres', lanzada de forma cortoplacista durante la campaña, sencillamente no llega a quien en apariencia va dirigida”.

Subdesarrollo del gasto social y pandemia

Es elocuente cuál es el listado de medidas que Trujillo y Gómez, dos autores que han destacado en el estudio de la segregación electoral, han propuesto para mitigar el abstencionismo. ¿Llamamientos apasionados al voto? No, no va por ahí. Planes contra la pobreza con objetivos medibles, concesión del derecho a voto a la población inmigrante, esfuerzo político-administrativo para incorporación de la minoría gitana más excluida al censo... Se trata de un trabajo de largo aliento, de índole social, que choca con la práctica política en España, un país que queda por debajo del conjunto de la UE-27 en gasto en todas las áreas clave del Estado del bienestar: vivienda, inclusión social, sanidad, discapacidad, tercera edad, familia e infancia. El Estado español dedica a todas las áreas englobadas dentro de la "protección social" 3,6 puntos menos de PIB que la UE. Así lo revelan los datos de Eurostat, cuyo último ejercicio cerrado para todos los países es 2018.

 El barrio más rico supera ocho veces en renta al más pobre de España, según los datos del proyecto Urban Audit de Eurostat. Antes de la crisis del covid-19, en España ya había más de un 25% de la población (cerca de 11,9 millones de personas) en riesgo de pobreza o exclusión social. Ahora el coronavirus agrava la situación. La pandemia ha dejado después a 750.000 personas más en zona de "riesgo de pobreza o exclusión”, según un estudio de Caixabank. La crisis del covid-19 también ensancha una brecha educativa que ya era grave y tiene un impacto electoral. Lo dicen los datos. En el periodo 2004-2019, un individuo sin estudios tenía más de un 20% de probabilidad de contestar que se abstendría en unas elecciones generales, mientras que la de un universitario es del 12%, según el trabajo realizado por Guillem Vidal, que concluye: “La desigualdad política relacionada con el nivel educativo es un fenómeno que está cobrando importancia en España, sobre todo a raíz de la crisis económica de 2008”. La pandemia ha acelerado esas divisiones, cebándose con el el 9,2% de los hogares con menores que en España carecen de acceso a internet y con el 20% de las familias con menos renta que no disponen ni siquiera de un ordenador.

Ahí sigue la abstención, en su círculo vicioso."                   (Ángel Munárriz , InfoLibre, 11 de abril de 2021)

14/10/19

¿Quién vota a la derecha? En todas las elecciones la clase trabajadora y las profesiones socioculturales votan significativamente más a la izquierda, mientras que directivos y cuadros, profesionales tradicionales, profesionales de gestión, otras profesiones, pequeños propietarios y autónomos y agricultores votan más a la derecha...


"(...) nuestro interés reside en contrastar empíricamente dos hipótesis. En primer lugar, queremos conocer si el comportamiento electoral de la población española en 2015, 2016 y 2019 sufrió algún tipo de desclasamiento. En segundo lugar, queremos averiguar si la clase trabajadora se encuentra detrás del ascenso de Vox o, al menos, de las derechas españolas. En ambos casos usaremos algunos resultados de la investigación, más amplia, que se publicará en ¿Quién vota a la derecha? en la editorial Península en otoño de este año.

El voto de clase en España

En lo que se refiere a España, la investigación del sociólogo Miguel Caínzos concluyó que «la presencia del voto de clase ha sido una característica relevante y persistente del comportamiento de los electores españoles durante el período estudiado»[4], es decir, entre 1986 y 2000. A la misma conclusión llegó el también sociólogo Modesto Gayo en su investigación para un período que se extendía hasta 2008[5]. Ambos trabajos han demostrado que la clase social importa a la hora de votar, al menos hasta la primera década de siglo.

En concreto, los estudios de Caínzos y Gayo revelaron que las clases trabajadoras tienen una mayor probabilidad de votar a la izquierda (especialmente PSOE, pero también IU) mientras que las clases medias tienen una probabilidad mayor de votar a la derecha (PP).
Sin embargo, existe una excepción notable entre las clases medias, y se encuentra en un segmento radicalizado que tiene una mayor probabilidad de votar a IU que al resto. Se trata de las llamadas profesiones socioculturales, y que engloba a profesores de universidad, científicos, músicos y profesionales del espectáculo, escritores y periodistas, especialistas y científicos sociales, entre otros –ver nota explicativa al final del artículo–. Se trata de un conjunto particular de ocupaciones que se diferencia del resto de las clases medias.

Lógicamente, toda investigación empírica se realiza dentro de un marco teórico que nos permite disponer de herramientas con las que proceder a la contrastación. En la tradición del análisis de clase hay múltiples corrientes, desde las inspiradas por Karl Marx hasta las inspiradas por Pierre Bourdieu, pasando por las que se derivan del trabajo de Max Weber.
En otro lugar[6] hemos descrito y discutido estas corrientes, pero aquí nos vale recordar que los esquemas de clase neomarxistas, como los de Erik Olin Wright, se han aproximado mucho en la práctica a los esquemas de clase neoweberianos. De ahí que nosotros hayamos utilizado, para nuestra investigación, el esquema neoweberiano de Erikson-Goldthorpe-Portocarero (EGP) con algunas modificaciones.

Utilizando el citado esquema EGP, y descomponiendo las clases medias en diferentes segmentos para observar mejor en su interior, en ¿Quién vota a la derecha? hemos demostrado que las conclusiones de Caínzos y Gayo pueden extenderse, básicamente, hasta 2019. Es decir, España sigue manteniendo un voto de clase muy marcado en el que las clases trabajadoras tienen mayor probabilidad de votar a la izquierda y las clases medias mayor probabilidad de votar a las derechas. También, como veremos luego, se mantiene la excepción de algunos segmentos radicalizados de la clase media.

Debemos recordar que los estudios empíricos sobre clases sociales han demostrado que la clase media no es un conjunto homogéneo y que, como hemos visto, está compuesta de segmentos que difieren notablemente en su comportamiento electoral. De ahí que tenga más sentido hablar de clases medias en plural. Por eso conviene abandonar tanto la versión dicotómica de la estructura social, que señala a capitalistas y trabajadores, pero también la más convencional versión tridente conformada por clase alta, clase media y clase baja. (...)

En todas las elecciones la clase trabajadora (formada por trabajadores cualificados, trabajadores no cualificados y jornaleros) y las profesiones socioculturales votan significativamente más a la izquierda, mientras que directivos y cuadros, profesionales tradicionales, profesionales de gestión, otras profesiones, pequeños propietarios y autónomos y agricultores votan más a la derecha. Además, la tendencia entre elecciones es de estabilidad. (...)
La clase trabajadora

La clase trabajadora rara vez es definida con precisión en los discursos políticos, pero muchas veces tampoco en los escritos académicos. El pensador que encarnó la ortodoxia del catecismo marxista de la II Internacional, Karl Kautsky, ni siquiera logró esquivar la confusión entre sus referencias al proletariado industrial, es decir, al obrero fabril de mono azul, y el más amplio conjunto de asalariados.

Lo mismo le había pasado a Karl Marx, y tuvo que llegar Nicos Poulantzas para reconocer que a lo largo de la historia del pensamiento socialista habían existido múltiples definiciones de lo que era la clase trabajadora. De hecho, Poulantzas optó por una definición mínima que incorporaba bajo ese rótulo únicamente a los trabajadores manuales, siguiendo la tradición obrerista que otorga a dicho grupo social la misión histórica de cambiar el mundo de base.

El problema es que ese grupo social no ha sido nunca mayoritario, frente a lo que predijo el Manifiesto Comunista, y por lo tanto cualquier organización política de trabajadores tendrá que verse abocada a pactar con algún segmento de las clases medias si no quiere verse como un mero reducto de marginalidad.

Esta fue, precisamente, la conclusión lógica a la que llegó Poulantzas en su defensa de las tesis eurocomunistas. Al menos era rigurosa, dado que aún hoy es común oír hablar de clase trabajadora sin haber pasado una mínima prueba socrática, esto es, sin saber muy bien a qué nos estamos refiriendo.

Dado que la clase trabajadora es un concepto central no sólo en la teoría marxista, sino también en la práctica política –puesto que la interpelación también construye clase– conviene definir correctamente el concepto y seguirlo históricamente con acierto. No podemos dejar de observar que la noción de clase trabajadora ha estado simbólicamente vinculada con la mayoría de los proyectos de emancipación y que, por tanto, su declive numérico ha sido causa de innumerables discusiones académicas y políticas.

En efecto, las desindustrializaciones que han tenido lugar en las últimas décadas han mermado numéricamente el conjunto de ocupaciones que caían dentro del proletariado industrial o clase fabril, la más icónica y que, no en vano, es germen de la mayor parte de la simbología socialista. La estructura de clases de las sociedades postindustriales ha sido, no en vano, el punto de inicio de todo debate sobre el final de las clases.

Y es que, por ejemplo, en España el empleo industrial ha pasado de representar el 25% durante la Transición a representar actualmente el 13%. La trayectoria histórica, que puede seguirse en el siguiente gráfico, revela un período de auge durante todo el siglo XX, interrumpido durante la Guerra Civil y los años inmediatamente posteriores, pero que llega a su fin con la recuperación de la democracia.

Puede decirse, entonces, que la clase trabajadora, en términos de empleo industrial, ha mermado no como efecto de ninguna conspiración política sino como efecto de los cambios y transformaciones económicas, sociales y tecnológicas de las últimas décadas. Desde nuestro punto de vista es imposible interpretar la evolución del Partido Comunista de España y de los sindicatos de clase, por ejemplo, sin atender a estas transformaciones estructurales. (...)

Con todo, la clase trabajadora, en una definición neoweberiana, sigue siendo el grupo social más numeroso de toda la estructura de clases española. Según nuestros cálculos, la clase trabajadora es aproximadamente el 50% de la población (lo que incluye un 30% de trabajadores no cualificados, un 15% de trabajadores cualificados y un 5% de jornaleros), mientras que la clase de servicio sería del 22% y las ocupaciones intermedias (trabajadores no manuales, supervisores y pequeños propietarios y autónomos) el 28% restante.

Pero ello implica comprender que la clase trabajadora ya no refiere únicamente al obrero de mono azul, sino que incluye a muchos otros tipos de ocupaciones que tienen en común lo que los weberianos llaman situación de mercado y situación de trabajo, es decir, la cantidad y calidad de ingresos y seguridad económica y el tipo de autonomía y control que se tiene sobre el proceso de trabajo.

Como hemos dicho, algunas tesis que han proliferado en los últimos tiempos sugieren que la clase trabajadora es el sostén principal de los nuevos proyectos políticos de extrema derecha. Pero ¿ocurre eso en nuestro país para el caso de Vox y de otras derechas? Hasta la fecha, algunos análisis sobre el voto de Vox, como el de José Fernández-Albertos[9], han mostrado que no hay indicios de que este partido esté siendo capaz de llegar a los grupos sociales más desfavorecidos. Sin embargo, la mayoría de estos análisis refieren a categorías socioeconómicas diferentes de las de clase, así que con ayuda de nuestra metodología debemos explorar este campo.

Ya hemos visto que, en general, para España no es cierto que la clase trabajadora vote más a la derecha. De hecho, sucede exactamente lo contrario. El problema es que los bloques que hemos construido pueden ser heterogéneos y se puede estar perdiendo información. (...)

En general, y teniendo en cuenta otros análisis complementarios cuyos resultados no podemos incorporar aquí pero que pueden analizarse en el libro ¿Quién vota a la derecha?, estamos en condiciones de confirmar algunas ideas:

En primer lugar, no es cierto que la clase trabajadora esté detrás del ascenso de la extrema derecha en España y tampoco de la derecha tradicional. De las tres derechas, el partido con mayor fortaleza entre la clase trabajadora era hasta 2016 el Partido Popular, aunque con claro sesgo de edad y nivel de estudios. Desde las últimas elecciones generales, el que más se aproxima es Vox entre los trabajadores no cualificados, PP entre los jornaleros y Ciudadanos entre los trabajadores cualificados. Esta conclusión no es estadísticamente significativa y debe tomarse con cautela porque carecemos de datos suficientes como sí tenemos para 2015 y 2016. En todo caso, la mayor fortaleza entre la clase trabajadora la tiene destacadamente el PSOE.

En segundo lugar, es llamativa la ausencia de fortaleza relativa de Unidas Podemos entre la clase trabajadora, pero es algo que también le ocurría a Podemos (2015) y a IU (1986-2015) por separado. Como nuestra investigación ha subrayado, la composición de clase de IU y de Podemos en las elecciones de 2015 fue prácticamente idéntica y sólo en el caso de los jornaleros, más inclinados hacia IU, pudo constatarse una diferencia significativa. En general es válido decir que en términos de composición de clase Podemos vino a ocupar prácticamente el espacio que ocupaba IU. 

Y este espacio, lejos de lo que se puede deducir por los discursos políticos, no es el de la clase trabajadora. La fortaleza de Unidas Podemos está en las profesiones socioculturales, que no por casualidad es el grupo más izquierdista de todos. Como han demostrado Medina y Caínzos[10], durante los años ochenta el grupo más izquierdista fue el de la clase trabajadora, pero este grupo social ha ido derechizándose con el paso de los años al tiempo que el segmento de la clase media que comprende las profesiones socioculturales ha ido en dirección opuesta. 

En definitiva, el voto de clase está profundamente ideologizado y la clase trabajadora es más moderada que los partidos que más la interpelan en sus discursos. Una paradoja que, sin embargo, no es tampoco específicamente española. (...) el grupo social más izquierdista –en una escala del 1 al 10– es claramente el de las profesiones socioculturales, seguido de las profesiones técnicas. Sólo después llegan los otros grupos sociales de las clases trabajadoras, a saber, los jornaleros, trabajadores cualificados y trabajadores no cualificados. Todos estos grupos se encuentran más a la izquierda que la media de la población española. A la derecha se encuentran el resto, y como se esperaba destacan aquellos en los que los partidos de derechas tienen mayor fortaleza. (...)

En tercer lugar, la aparición de Vox ha difuminado las diferencias, en términos de clase, dentro del bloque de la derecha. Así, en comparación con las elecciones de 2015, donde existían algunas diferencias notables entre Ciudadanos y PP, los datos de 2019 revelan un bloque mucho más homogéneo. En todo caso, todos ellos tienen una mayor inclinación a ser más votados entre las clases medias y menos entre las clases trabajadoras que el bloque de izquierdas. Llamativamente, y con los datos de las últimas elecciones generales, el votante de Vox se parece más al de Ciudadanos que al del PP.

Finalmente, debe recordarse de nuevo que estamos trabajando con datos doblemente relativos y que expresan las fortalezas relativas de cada partido, pero no sus apoyos absolutos dentro de cada grupo social. Nuestra investigación es más completa, pero de momento creemos que con estos elementos pueden rechazarse las dos hipótesis que se habían planteado al comienzo de este artículo para la revista LaU. Por un lado, Podemos y Ciudadanos no han desclasado el voto en España, que sigue manteniendo pautas estándar donde la clase trabajadora vota más a la izquierda y las clases medias lo hace más a las derechas. Por otro lado, la fortaleza de la extrema derecha y del resto de las derechas se encuentran en las clases medias y, en particular, en los directivos y cuadros y profesionales tradicionales."

(Alberto Garzón (@agarzon) es director de la revista LaU, economista y autor de ¿Quién vota a la derecha?, libro que se publicará en otoño en la editorial Península. Economía crítica y crítica de la economía, 09/08/19)

19/1/18

Campaña electoral, Inteligencia Artificial y Big Data ¿Influye la tecnología en el voto?




"Hoy es el primer día de campaña electoral en Catalunya. Análisis en clave política hay muchos y mejores del que pueda hacer yo. Sin embargo, hay un punto de vista tecnológico que me interesa especialmente ¿Cómo, las nuevas tecnologías, están afectando de manera importante en el desarrollo de cualquier comicio electoral?

Digamos que hay dos aspectos en el que la disrupción tecnológica está afectando a todo lo que tiene que ver con las elecciones. Por un lado afecta a las propias campañas electorales y por otro en el hecho de votar. En el primer caso estamos ante tecnologías que permiten influir en los resultados y por otro lado, el cómo la tecnología disponible ya nos permitiría votar de otra manera con un ahorro importante de dinero y unas garantías absolutas.

En campaña electoral sobresale, desde hace tiempo, el papel relevante de los automatismos de opinión. Son los denominados ‘bots’ o robots políticos en la red. Un software que tiene como función participar en debates en las redes sociales en una sola dirección. Hay de dos tipos, los que sólo replican masivamente y otros, más sofisticados, que mantienen una especie de conversación. Aunque estos últimos sean sistemas expertos capaces de buscar respuestas en base al contenido de tu aportación.

 Por regla general si ves un perfil de origen ruso o de un país remoto retuiteado un tuit en catalán, sospecha. Estos son fácilmente detectables. Suelen ser cuentas con un timeline lleno de retuits y ya está. Los otros, vinculados a un modelo de aprendizaje sintético, son los que utilizan los partidos políticos con más medios. Suelen entrar en debate en una sola dirección. No razonan, no cambian de opinión. No están programados para eso.

Si has estado debatiendo en la red recientemente, si lo piensas hacer durante la campaña, debes saber que es muy probable que cuando aparece un perfil desconocido, con el que no has hablado nunca e inicia un debate contigo, existe un 50% de probabilidades de que no sea humano. Se calcula que el 50% del tráfico que hay en las redes sociales actualmente es sintético, no humano. 

Un torrente de opinión artificial que busca crear tendencias. La red funciona como una especie de río que de vez en cuando se queda estancado ante un embalse. Los jefes de campaña buscan abrir las puertas de esa presa de información para que fluya en la dirección que interesa. Cuanto más caudal lleve esa riada, más difícil es cambiar la tendencia.

 Hace 10 años los miembros de una campaña electoral eran expertos en comunicación y ciencia política, después empezaron a llenarse las ‘war room’ de estrategas en redes sociales y, ahora, la mayoría que componen los equipos de las candidaturas más exitosas suelen ser matemáticos e ingenieros.

Así ganó Trump. Por esto y por otros aspectos. Los motivos por los que ganó las elecciones son múltiples, de carácter social, coyuntural, respecto a la otra candidata, etc. Pero hubo un hecho que fue crucial. Al menos en la efectividad. Lograron con ello que las acciones de campaña fuesen encaminadas a las personas susceptibles de cambiar de opinión o de desactivar el voto contrario.

Sin entrar en detalle, se necesita un tratado al respecto y hay quien lo ha explicado muy bien ya, el modelo de gestión fue el siguiente: una vez Trump finalizaba un discurso o intervención en campaña, se activaba un sofisticado método de 'scrapping', rastreo en redes sociales de quien decía o hacía algo a favor de él y se extraían todos los elementos posibles de su perfil. Una vez detectados a miles de seguidores favorables, desestimados los conocidos previamente, se iniciaba un análisis en detalle de sus vinculaciones, grupos, aficiones, gustos, etc.

Con todo ello consiguieron crear una campaña predictiva y personalizada. Acciones que actuaban sobre lo que convenía a cada persona y en cada momento antes de que el potencial votante lo supiera incluso. Por cierto, ¿sabes cuál era la serie de televisión que marcó el inicio de este rastreo? Pues fue ‘The Walking Dead’. Tiene su cosa eso de que a partir de una serie de éxito que representa un mundo lleno de zombies, los ingenieros de Trump pudieran ir deshilachando la cadena de relaciones distribuidas digitalmente para hacer una campaña más efectiva y eficiente.

Pero no toda la tecnología electoral es negativa. Recordemos que la tecnología es el 'cómo' y las personas que la utilizamos somos el 'porqué'. La tecnología está moldeando la política actual. De hecho hay interesantes avances en como vamos a votar, elegir, analizar y sensibilizarnos en temas electorales.

 Hay algunas tecnologías muy relevantes como el voto biométrico, el registro de candidatos por CRS, el sistema de identificación electrónico o  el sistema de transmisión electoral RTS, sin embargo, de momento, los aspectos que podríamos encuadrar como tecnologías que afectan a los procesos electorales serían:


Inteligencia Artificial y Sistemas Expertos.

Aunque no son inteligencia artificial propiamente dicha, los chatbots actúan en los casos más complejos en una franja cercana. Son sistemas expertos algo más sofisticados que un respondedor automático. No obstante los más utilizados en campaña son algo más simples. Los chatbots han tomado al mundo por sorpresa debido a su capacidad para imitar los flujos naturales de conversación y brindar ayuda a los consumidores durante todo el día. Las plataformas ahora permiten crear chatbots en cuestión de minutos y no requieren conocimientos de programación. Varios partidos políticos han desplegado numerosos chatbots para ayudarlos a cautivar a sus audiencias, a contar historias convincentes, a estar disponible durante todo el día, a registrar votante y a lanzar una campaña específica en tiempo récord. Una de las cosas más interesantes sobre los chatbots es que logran 'hablar' con las personas implicadas a través de sus dispositivos y aplicaciones habituales.  

Información totalmente disponible.

Los partidos políticos y los candidatos han dependido tradicionalmente de los discursos, la radio, los medios impresos y la televisión para transmitir su mensaje. Sin embargo, con el aumento de los teléfonos inteligentes y otros dispositivos móviles, la información está más disponible que antes. Esto obliga a poner información relevante sobre sus campañas y objetivos donde sus votantes lo verán de manera constante. Hay un buen número de empresas y startups que están avanzando mucho en este y otros aspectos derivados. 

Big data y gestión predictiva electoral.

 Tradicionalmente, una de las partes más difíciles de la política electoral es la de dirigirse a la audiencia correcta. La tecnología permite que los partidos políticos se dirijan a audiencias específicas para que se vean influenciadas por su campaña. Los seguidores pueden recibir información personalizada sobre temas que les interesan, mientras que los votantes indecisos pueden recibir contenido diseñado para convertirlos en seguidores. La tecnología Big Data se ha convertido en algo esencial en una campaña electoral porque, de esa manera, los partidos políticos conocen mejor al electorado. De esto modo predicen el comportamiento electoral, potencian la comunicación y la interactuación digital porque hay una mejora en la escucha y participación del ciudadano. De este modo personalizan el mensaje y lo hacen tremendamente eficiente.

Influencia social e interacción directa aparentemente.

Uno de los principales factores en el éxito de una campaña política es la influencia social y la forma en que los políticos interactúan con las masas. La tecnología permite a los políticos comunicarse directamente con las audiencias, respondiendo a sus preguntas y expresando sus puntos de vista sobre temas específicos.

La política es uno de los aspectos más importantes de la sociedad moderna, y la tecnología ya está teniendo un gran impacto en la forma en que vemos los asuntos políticos. He asesorado a partidos y candidatos en estos temas alguna vez. Siempre he pensado que, mucho de lo que precisan y requieren durante sus campañas electorales, luego les cuesta enlazarlo con la gestión pública.

No comprendo como pueden estar profundamente impactados por como la automatización de todo el circo electoral les engulle de manera radical y luego les cuesta tanto poner en marcha políticas activas para liderar un mundo robótico y tecnológico. Una campaña electoral es un escaparate que utiliza todos los mecanismos tecnológicos para que sea brillante y efectivo. Luego, lo que te venden no suele coincidir mucho con lo que te entregan. "           (Marc Vidal, 05/12/17)

30/5/14

La izquierda volátil es la explicación del indiscutible éxito de PODEMOS

"El concepto de izquierda volátil lo acuñó el sociólogo César Molinas en [El País] 2007 como parte de un estudio sobre más de una década de comportamiento electoral en España. Una de las conclusiones que podemos obtener de su análisis era la siguiente, resumimos:
En España existe un núcleo de votantes de izquierda que no encuentra acomodo en las organizaciones de la izquierda institucional (PSOE e IU) y que oscila entre su apoyo puntual a estos y la abstención; cuando esos partidos hacen políticas de izquierda les votan, cuando no, les retiran el apoyo; los partidos de la izquierda saben esto pero no les importa —según algunos interpretamos—, porque las políticas demandadas por ese electorado son políticas que implican oposición sincera al sistema de poder dominante desde la Transición y tanto PSOE como IU son fuerzas sintéticas. En relación a esta dinámica observada, añadimos, el voto de izquierda se ve obligado en ocasiones a apoyar a quienes no satisfacen sus expectativas para impedir que triunfe la derecha. Si no se recuerda además que el sistema bipartidista era cosa de más de dos y que en ese juego IU ocupaba —y ocupa— un lugar destacado, no se puede comprender nada.
Las palabras de César Molinas son estas exactamente: «La izquierda volátil es un conjunto heterogéneo con pocos denominadores comunes, todos ellos negativos. Es común su rechazo frontal al PP y a todo lo que representa la derecha. Es común también su desdén hacia el PSOE, al que votan tapándose la nariz cuando le votan. Por lo razonado hasta aquí, el objetivo principal de una campaña electoral, de cualquier campaña electoral en España debe ser para el PP que no vayan a votar los que le detestan y para el PSOE que acudan a las urnas los que le desprecian. ¿Son consistentes sus estrategias electorales con estos principios?»  Ver artículo: La izquierda volátil.
El estudio de César Molinas causó inquietud en ciertos entornos y recibió una respuesta «técnica» por parte de otros colegas especialistas en sociología electoral, muy ligados a las empresas de opinión pública que forman parte del aparato de poder en España. Lo cierto es que el silencio de las direcciones políticas de los partidos de izquierda a este debate que fue público, era un clamor que le daba la razón a Molina.

 Que hubiera electorado de izquierda a la izquierda era algo inaceptable políticamente para la estabilidad de una monarquía y un régimen, que cuentan con una oposición a medida gracias a los pactos de impunidad en los que se basó la Transición y que todavía duran.

En 1990-91, una importante fuerza de izquierda en Madrid encargó un estudio cualitativo sobre tendencias de voto: el informe final no fue hecho público. El estudio dejaba muy claro que para muchos votantes de izquierda, la posición del PSOE y de IU era considerada como muy tíbia y poco combativa, al extremo de causar frustración y desánimo en su base de apoyos en un tanto por cierto muy alto de personas optándose en esos casos por la abstención. 

Esta tendencia observada fue considerada «no conveniente» por la dirección de esa organización. El trabajo era casi 17 años anterior al de Cesar Molinas, la conclusión muy parecida.

La izquierda volátil es la que le proporcionó a IU en Madrid casi un 19% como pico máximo de voto en unas autonómicas y en las generales de 1996, un 11% del total de votos al Julio Anguita del programa, programa, programa —el mayor éxito de IU—. 

También es la derrota del tándem Almunia-Frutos en unas generales o el hundimiento de IU (en 2004 un 4% del voto en generales) que les acabaría llevando a un sólo diputado poco después y, desde luego, la espectacular derrota de Rodríguez Zapatero con el PSOE. 

¿Por qué esas derrotas? Por el abandono del votante de izquierda a los partidos que les defraudan; un juego peligroso, pero que no podía evitarse si la oferta de IU y PSOE insistía en derechizarse. 

En el trasfondo ideológico estratégico de este duelo entre direcciones de partido y sentimiento de los votantes está el mantenimiento del status quo de la Transición, que aseguraba al PSOE la condición de partido de gobierno y a IU la de bisagra local con algún caladero de ocasión con el que mantener a su nomenclatura a cambio de no cuestionar en serio en su práctica política el equilibrio del Régimen bipartidista.

 Según esta lógica una IU con un 11% pero instalada en la ortodoxia del programa, programa, programa anguitista, les era menos funcional que un 4% pero más razonable y dispuesto a colaborar en «contener a la derecha», pues una posición de principios que se negase a entrar a someterse a los límites impuestos por el PSOE, no podría proporcionar el oxígeno que precisa el aparato de IU para sobrevivir; esto explica la tranquilidad con la que IU ha visto la salida de miles de militantes por su izquierda, el cierre de asambleas y expulsiones de militantes, la decadencia de su vida interna y el desprecio infinito con el que tratan desde su dirección las posiciones críticas basadas en valores republicanos y marxistas. (...)

La tesis de la izquierda volátil dice que cuando en España un partido de izquierda sigue un discurso de izquierda y una práctica de izquierda, recibe más votos, no menos: es decir, los suyos les votan. (...)

En las elecciones europeas de 2014, pese la atroz política del gobierno del PP, el PSOE ha seguido una línea de sometimiento a las políticas de derecha —en Europa, en Madrid, en todas partes—, según la hipótesis de la izquierda volátil debería haber perdido votos y lo ha hecho en una proporción enorme, superando la pérdida de voto de las generales últimas.

 ¿Por ser de izquierda? Más bien por todo lo contrario; el PSOE es percibido por los votantes de izquierda como un problema irresoluble, es su identidad de izquierda la que está desaparecida. No hay espacio de poder para social-liberales, lo hubo para socialistas más o menos vergonzantes, pero no para esta mutación. (...)

La izquierda volátil es la explicación del indiscutible éxito de PODEMOS. La hipotética bolsa de votantes de izquierda que no se sienten a gusto ni con el PSOE ni con IU y que oscilaban entre ellos y la abstención fueron fijados en esta nueva «marca» política. 

El discurso de Iglesias, muy enérgico y en el que mostraba una inequívoca voluntad de victoria  —algo inexistente en IU por completo— ha sabido cómo llegar a la izquierda harta de Izquierda Unida y a los jóvenes. y primeros votantes Es el mismo tono de los catalanes de ERC, de los vascos de Bildu, de la CUP catalana, de AGE en Galicia, es un tono de victoria y confianza, que destaca sobremanera con el papel de payaso sistémico autoasumido que caracteriza a Izquierda Unida.

 En la lógica y discurso de PODEMOS está la idea de que deben llegar a la gente más allá de izquierda o derecha y han teorizado sobre esta necesidad para poder lograr, según ellos, una mayoría capaz de darle la vuelta a la situación política.

 Esta teoría esconde numerosos peligros, el primero es olvidar que es la izquierda social —volátil o no— su base de apoyos, y que el discurso postmoderno basado en la idea de que la fractura izquierda/derecha debe ser superada es fascista; (pre, post o neo, que da igual) de seguir esa línea nos podemos encontrar con escenarios imprevisibles. 

La hipótesis que manejamos sobre la naturaleza del apoyo electoral y social al PODEMOS del éxito en las Europeas es que su identidad políticamente de izquierda y muy crítica con el sistema, aunque con una procedencia de clase media y una confusión ideológica fruto de la época y la situación social que les sitúa en una posición vulnerable a la manipulación.

Ha sido un voto de respuesta, ofensivo, reactivo y con un sentido de rechazo profundo a las políticas de derecha que están devastando España y Europa. PODEMOS tendrá ahora que demostrar en la práctica si es una ratonera para esa fracción de voto resistente deseoso de cambios o una palanca de cambio social y político. (...)

Factor clave del éxito electoral de PODEMOS ha sido su visualización pública a través de los medios alternativos, las Tv y youtube, y las redes sociales. El descontento era real, IU estaba demasiado encantada de conocerse y deslumbrada con las expectativas de crecimiento a costa de un PSOE en descomposición y fue incapaz de percibir, no ya de que existían alternativas a su proyecto más ilusionantes, sino que alguna de ellas —PODEMOS— había logrado romper la barrera de la visibilidad mediática en los medios que alimentan las redes sociales —virtuales y de las otras— en las que la izquierda social se alimenta.

 Resultado, la izquierda volátil ha hecho una apuesta de ilusión, han tenido por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de votar algo distinto y lo han hecho. Y ha funcionado.

Es preciso hacer un análisis más detallado viendo los resultados en detalle y entrando en las consecuencias y posible evolución.

La línea tanto de IU como de SYRIZA, desde el punto de vista de la izquierda de base son vistas como reformistas o timoratas, aunque comparadas con PSOE y PP parecen radicales. 

La derrota del PP y el PSOE es de tal magnitud, su descrédito tan grande, que en medio del panorama de devastación social en el que estamos que el PSOE se haya hundido y a su izquierda haya dos fuerzas en alza como PODEMOS e IU es un terremoto. En España el terremoto es de naturaleza distinta que en Francia. (...)"             (Análisis Europeas 2014: La izquierda volátil da un vuelco a las elecciones en España (1) / Pedro A. García Bilbao, Sociología Crítica, 26/05/2014)

12/12/11

¿Cómo se ha producido un fenómeno tan extraordinario? ¿Cómo puede ser que le esté sucediendo al PSOE lo que ya le sucedió a la UCD?

"El abandono de los votantes puede tener muchos motivos. También deben de haber optado por varias alternativas, muchas de ellas respetables. En todo caso yo sé cuál ha sido la mía y la razón principal para abandonar el partido al que he dado mi voto desde la muerte de Franco.

Ha de ser un caso frecuente, así que (excúseme la inmodestia) escribo en nombre de varios centenares de miles de ciudadanos que han rechazado la imposible candidatura del PSOE. Y la causa es fácil de resumir: creo que han caído en el más absoluto desconcierto. (...)

Los socialistas periféricos descubrieron el nacionalismo y fueron aplaudidos por la ejecutiva, pero pasarán a ser irrelevantes porque esa opción, a mi entender inequívocamente derechista, está muy bien representada por los grupos oligárquicos urbanos y los ruralistas, una unidad que ha funcionado perfectamente desde el siglo XIX.

No es menos confuso el sur, en donde el nacionalismo aún no ha cuajado (todo llegará), pero cuyos dirigentes se dedican a la compra de voluntades de un modo tan evidente que algunos acabarán en el banquillo.

Así que mientras los socialistas catalanes apoyan las muy reaccionarias tesis de que Andalucía les roba el dinero, los socialistas andaluces se dedican a repartir subvenciones para ganar votantes. (...)

Descontadas las tres regiones hasta aquí mencionadas, el partido socialista simplemente ha desaparecido del restante mapa español. Algo se habrá hecho mal, deduce cualquier persona con un gramo de seso, pero luego observa las secuelas de la debacle y advierte que todo sigue igual, incluido el indescriptible presidente Zapatero y su corte de aduladores, o el curtido candidato que ha conseguido hundir las encuestas más pesimistas. (...)

¿Cómo se ha producido un fenómeno tan extraordinario? ¿Cómo puede ser que le esté sucediendo al PSOE lo que ya le sucedió a la UCD? (...)


La confusión se adueñó de los socialistas a partir del Gobierno tripartito de Cataluña que significó un giro radical en el ideario histórico: del internacionalismo se pasó a un nacionalismo derechista.

De rebote y por mantener una imposible coherencia, los socialistas vascos del ramo Eguiguren comenzaron a coquetear con los de Batasuna y los socialistas gallegos se compraron una gaita.

Por milagro aún no han reivindicado los socialistas andaluces su, a todas luces, poderosa identidad nacional. A nadie del partido se le ocurrió que en Italia, país similar a España, pero con contrastes de identidad mucho mayores, solo la ultraderecha plantea diferencias "nacionales".

Si a la deriva derechista se añade la política de imagen (y solo de imagen) que consistió en montar una especie de ONG universal para sumarse a cualquier manifestación de agravio (o de agravia), en lugar de analizar con seriedad los problemas de las minorías (por ejemplo, los castellanohablantes de Cataluña) y considerar su componente de clase (baja) como elemento de conflicto, el resultado es la convicción de que ese partido derechizado tiene tan mala conciencia que solo es capaz de políticas pánfilas, pero hipócritas. (...)

Me parece a mí que estos dirigentes no entienden que las corruptelas y los desórdenes éticos se dan por descontados en la derecha y no afectan a su votación, como ha dejado bien claro el caso de Berlusconi, pero la izquierda debería tener como principios inalterables la honestidad, la cultura, la educación y la justicia. Algo de eso van a tener que proponer en su refundación aunque tengan muy pocos candidatos ejemplares."      (El País, 10/12/2011, p.  31)