Mostrando entradas con la etiqueta hh. Prehistoria: sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hh. Prehistoria: sociedad. Mostrar todas las entradas

10/8/23

Las mujeres también cazaban

 "Con frecuencia se da por sentado: los hombres cazaban y las mujeres recolectaban. Según el razonamiento antropológico, los hombres eran más agresivos por naturaleza, mientras que el ritmo más lento de la recolección era ideal para las mujeres, que sobre todo se dedicaban a cuidar de los demás.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos.

“No es algo que yo cuestionara”, afirmó Sophia Chilczuk, una investigadora recién graduada en la Seattle Pacific University, donde estudió biología humana aplicada. “Y creo que la mayor parte del público tiene esa suposición”.

En ocasiones, esa idea ha resultado ser más sólida que las pruebas disponibles. En 1963, unos arqueólogos de Colorado desenterraron los restos de una mujer de casi 10.000 años de antigüedad a la que habían enterrado con una punta de proyectil. Los arqueólogos llegaron a la conclusión de que la herramienta no se había utilizado para matar animales, sino que le habían dado un uso poco convencional, como cuchillo para raspar.

No obstante, la historia centrada en el hombre ha ido cambiando poco a poco. El primer día de una clase universitaria de antropología, Chilczuk y sus compañeros escucharon un pódcast sobre el histórico descubrimiento de una mujer cazadora durante una excavación en Perú en 2018. Entre fragmentos de cráneo, dientes y huesos de las piernas, los arqueólogos encontraron un equipo de caza con más herramientas (puntas de proyectil, lascas, raspadores, picadores y piedras para pulir) de las que nunca habían visto. Este descubrimiento hizo que el equipo revisara los hallazgos de otras sepulturas de las primeras civilizaciones del Continente Americano; en 2020 llegaron a la conclusión de que la caza mayor no tenía género hace entre 8000 y 14.000 años.

Abigail Anderson, una estudiante de fisiología que también estaba en la clase, quedó impresionada. “Espera, ¿esto es verdad?”, pensó al respecto. Al leer el estudio, le llamó la atención las referencias del autor a la reticencia de los expertos a asociar a las mujeres con materiales de caza. “De inmediato, me pregunté si esto tenía algún sesgo o era preciso”, dijo.

Chilczuk y Anderson se unieron a Cara Wall-Scheffler, antropóloga biológica que daba clases a su curso, y a otras dos investigadoras para averiguarlo. Ahora, el equipo ha publicado una revisión bibliográfica en la revista científica PLoS One en la que concluye que, en la mayoría de las sociedades modernas dedicadas a la búsqueda de comida, las mujeres han desempeñado un papel dominante a la hora de regresar con el producto de la caza. Wall-Scheffler señaló que había historias de mujeres cazadoras, “pero lo que pretendíamos con este artículo era recopilar y demostrar que no se trata de una anécdota, sino de un patrón”.

Para investigar, el equipo analizó la Base de Datos de Lugares, Lenguas, Cultura y Medio Ambiente, un catálogo de etnografías sobre sociedades humanas de los siglos XIX y XX, y encontró 63 sociedades de búsqueda de alimento con informes de primera mano sobre cuándo, cómo y qué se cazaba. A continuación, el equipo buscó patrones: si las mujeres cazaban, si la actividad era premeditada u oportunista y el tamaño de la presa cazada.

Wall-Scheffler y sus estudiantes encontraron pruebas de que las mujeres cazaban en 50 de las 63 sociedades estudiadas; además, el 87 por ciento de ese comportamiento fue deliberado. En las culturas en las que la caza era el medio más importante para encontrar alimento, las mujeres desempeñaban un papel activo el cien por ciento de las veces.

Las investigadoras también descubrieron que las mujeres eran más flexibles en sus estrategias de caza a medida que envejecían. Las armas que elegían, las presas que cazaban y quién las acompañaba durante las cacerías cambiaban con la edad y la cantidad de hijos o nietos que tenían las cazadoras. “Tenían estrategias diferentes, pero seguían saliendo siempre”, aseveró Wall-Scheffler. A menudo, las mujeres de más edad eran las que más participaban (por ejemplo, en una cultura del arco y la flecha, se valoraba a una abuela por tener la mejor puntería).

Chilczuk explicó que los detalles sobre los patrones de caza femeninos no fueron fáciles de descubrir porque los informes solían darles prioridad a los debates sobre los cazadores masculinos. Pero los hallazgos, cuando aparecieron, tenían cierta lógica: si la caza era el principal medio de supervivencia, ¿por qué solo participaban los hombres? Las investigadoras se preguntaron qué otras historias habían pasado por alto los etnógrafos. “Puede ser que nos estemos perdiendo muchas cosas”, señaló Chilczuk. “Tener suposiciones es algo natural, pero es nuestra responsabilidad cuestionarlas, para entender mejor nuestro mundo”.

Tammy Buonasera, arqueóloga biomolecular de la Universidad de Alaska Fairbanks quien identificó el sexo de la mujer cazadora encontrada en 2018, celebró la conclusión del artículo publicado en la revista PLoS. “Siempre supuse que era probable que las mujeres cazaran con más frecuencia de lo que se reconocía”, dijo. Y añadió que, en general, las mujeres son vistas “solo como actores pasivos en la historia”. Señaló que el estudio de la recolección de plantas y las maneras innovadoras en que la gente las procesa (una fuente vital de alimentos) se ha descuidado porque estas actividades están tradicionalmente vinculadas a las mujeres.

Randy Haas, arqueólogo de la Universidad Estatal de Wayne, en Detroit, quien dirigió la excavación peruana, también celebró el nuevo estudio. “A la luz de lo que muestra mi estudio, sus hallazgos coinciden con la misma premisa: hemos tenido interpretaciones sesgadas”, comentó. “Y la idea de que la división sexual del trabajo es una parte inherente de la biología humana es un tema que ha influido en las inequidades estructurales de la actualidad”.

La naciente apreciación de las mujeres como cazadoras llega a medida que la antropología, como muchos otros ámbitos científicos, ha comenzado a diversificar sus rangos, lo que ha llevado a los expertos a reexaminar cómo se interpreta la evidencia. “Tu identidad determina las preguntas que te formulas”, aseveró Wall-Sheffler. “Determina las perspectivas de lo que ves”.

Wall-Sheffler agregó que, al igual que todos, los antropólogos pueden sentirse tentados por una premisa sencilla. “La complejidad se relega a una anécdota”, dijo. “Solo hay que tener la disposición de ahondar un poco más”.

En opinión de Anderson, fue como quitarse la venda de los ojos. “No sé en qué momento me infundieron esta idea en la niñez”, dijo sobre el mito del hombre cazador. “Y luego creció como una bola de nieve: ¿Qué otra cosa creo que es un hecho, pero es mentira?”.

(Katrina Miller es periodista científica en el Times. Hace poco se doctoró en física de partículas por la Universidad de Chicago. The New York Times, 08/08/23)

3/1/22

Carolyn Steel: “Elegir ser consumidor por encima de persona es la muerte en vida”... El 95% de todas las semillas que hay en el mundo están en manos de una única compañía: Monsanto... Los supermercados tienen miles de productos. Pero, en realidad, muchos son repeticiones de distintas formas realizados por la misma marca. Parece que podamos elegir, pero lo realmente distinto es mucho más caro porque cuesta más producirlo. La alimentación del planeta está en manos de apenas cinco marcas. Los colmados y las fruterías de barrio no pueden competir con eso... ¿Qué hace posible que los aguacates de otro continente sean más baratos que los que crecen cerca, en el denominado kilómetro cero? Los subsidios para combustible que reciben las compañías aéreas... A los gobiernos les aterra lidiar con la comida. ¿Por qué? Porque a la gente no le gusta que le digan lo que debe comer... comer cerezas en diciembre es libertad. Desde el punto de vista biológico, comer algo fuera de estación es un sinsentido con un alto coste de contaminación. No hay un concepto más desvirtuado... En los años setenta, Francia e Italia tenían leyes que impedían construir supermercados de más de 1.000 metros cuadrados. ¿Qué pasó? Un sistema de comida industrializado. Eso hace que la gente deje de cocinar y la fruta se empaquete en plástico. Es una herencia norte­americana donde el supermercado se convirtió en sinónimo de modernidad. El tiempo para comprar, cocinar y comer juntos se fue perdiendo. Ahora está pasando en España: la gente compra bocadillos envasados en plástico... ¿Qué ha hecho posible que paguemos un 23% menos por la comida que en 1980? Hemos externalizado su verdadero coste... ¿Quién está pagándolo? Nosotros. Pero no en el supermercado. Pagamos con impuestos: reduciendo la fiscalidad de las empresas o su coste de transporte. Estamos contribuyendo a destrozar el planeta por la forma cómoda en que hemos decidido alimentarnos

 "La arquitecta Carolyn Steel (Londres, 1965) cuestiona el modelo de prosperidad basado en la explotación de la naturaleza. Ha explicado en el libro Ciudades hambrientas (Capitán Swing) cómo la forma de las urbes depende de la manera en que nos alimentamos, y en su nuevo ensayo, Sitopia, cómo la comida puede salvar al mundo. La entrevistamos en el congreso sobre cambio climático Carta de Santiago que acogió en noviembre la capital gallega.

¿Por qué pagamos más por la plata si necesitamos más el trigo?

La gente que paga por la plata ya tiene el trigo. Hace 10 años me pregunté qué es una buena vida. Me obsesionaba averiguar qué nos hace felices y por qué nuestra economía se dirige en la dirección opuesta.

¿Qué encontró?

Nuestra idea de una buena vida es un concepto del siglo XIX. La vida de cualquier agricultor era dura. De modo que si alguien le decía: “Ya no tendrás que trabajar a la intemperie, lo harás bajo el techo de una fábrica”. ¿Cómo rechazar esa promesa de futuro?

¿Qué hemos perdido tratando de alcanzar la buena vida?

Antes la manera de resolver los problemas de la vida determinaba la existencia. Y comer es una de las grandes cuestiones porque, si no lo solucionas, mueres. Por eso los políticos hablan tanto de comida. Ernst Schumacher lo explica en Lo pequeño es hermoso: “El crecimiento económico no mejora la vida del hombre. La mejora poner la economía al servicio del hombre”. Es eso: la buena vida no puede existir mientras la de los otros está en peligro.

La historia parece empeñada en demostrar lo contrario.

Pero no hemos encontrado la buena vida.

¿Los problemas de la humanidad comenzaron cuando dejamos de compartir el bosque o cuando dejamos de cultivar lo que comemos?

Algunas sociedades de cazadores nómadas tenían una aspiración material tan baja que conseguían lo que se proponían y la gente se sentía rica.

¿Cómo lo sabe?

Leyendo a historiadores como Marshall Sahlins [autor de Economía de la Edad de Piedra] entiendes cómo les costó cambiar porque estaban felices viviendo en la naturaleza. Trabajaban para sobrevivir. Entendían la naturaleza como un lugar de abundancia, no como un medio del que protegerse. No temían las malas cosechas: cuando no había, se trasladaban. Desde que nos convertimos en sedentarios vivimos con sensación de escasez.

El sedentarismo nos hizo perder…

Comida, forma física, dientes… La vida de los recolectores era dura, pero completa: los mantenía alerta y en forma. La idea del trabajo no existía: recolectaban y cazaban para comer. Muchas sociedades fueron igualitarias y esas fueron lo más cercano a una democracia que hemos tenido jamás: compartían el trabajo, se ayudaban y se cuidaban entre ellos. Tenían una óptima alimentación porque comían de todo. Ahora redescubrimos que la diversidad alimentaria es la base de la salud.

¿La rentabilidad ha matado la diversidad?

Exacto. El 95% de todas las semillas que hay en el mundo están en manos de una única compañía: Monsanto.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Controlar el alimento es poder. Muchos problemas históricos explotaron cuando los responsables de alimentar al pueblo no conseguían hacerlo. Los políticos de hoy no quieren ese problema, dedican su energía a ser reelegidos. Y el poder de alimentar queda en manos de otros.

De cada vez menos: los supermercados están en manos de pocos grupos.

Vivimos la ilusión de la diversidad. Los supermercados tienen miles de productos. Pero, en realidad, muchos son repeticiones de distintas formas realizados por la misma marca. Parece que podamos elegir, pero lo realmente distinto es mucho más caro porque cuesta más producirlo. La alimentación del planeta está en manos de apenas cinco marcas. Los colmados y las fruterías de barrio no pueden competir con eso. Comemos lo que quieren que comamos. Amazon ha empezado a servir comida a domicilio. No tienen bastante con una parte del pastel, lo quieren todo. Y nosotros se lo permitimos a cambio de una cierta comodidad y una pequeña rebaja en el precio.

¿Qué hace posible que los aguacates de otro continente sean más baratos que los que crecen cerca, en el denominado kilómetro cero?

Los subsidios para combustible que reciben las compañías aéreas. Los políticos trabajan con la industria alimentaria, pero no asumen responsabilidades. A cambio, hacen lo que las empresas de alimentación les piden: subsidios, tipos de fiscalidad… A los gobiernos les aterra lidiar con la comida.

 ¿Por qué?

Porque a la gente no le gusta que le digan lo que debe comer. O beber. Forma parte de la idea de libertad que ha arropado el capitalismo neoliberal: hacer lo que a uno le da la gana sin pensar en las consecuencias. Desde ese punto de vista, comer cerezas en diciembre es libertad. Desde el punto de vista biológico, comer algo fuera de estación es un sinsentido con un alto coste de contaminación. No hay un concepto más desvirtuado. Si libertad es hacer lo que me da la gana, por lógica va en contra de cualquier convivencia.

¿Cómo debe organizarse la sociedad?

Necesitamos políticos que entiendan que están en el poder para servirnos, no para firmar contratos y hacer dinero, que es lo que la mayoría busca. Por eso dejan la alimentación de la población en manos de la industria alimentaria. Muchas de las cuestiones que nos han hecho tan vulnerables a la covid están relacionadas con la forma en que vivimos y qué comemos. Y es un fenómeno del siglo XX. Mercados como Les Halles, en París, o Smithfield, en Londres, nacieron para tener su propio poder. Eran un lugar de intercambio. Hoy, nada más llegar a la ciudad, la comida se mercantiliza, se convierte en dinero.

¿Cómo cambió?

La industria de la alimentación moderna se inventó en Chicago gracias al ferrocarril. Eso separó al agricultor de lo que vendía e hizo que la comida fuera anonimizada: ya no existía un compromiso entre granjero y consumidor. La comida se convirtió en mercancía.

 En los años setenta, Francia e Italia tenían leyes que impedían construir supermercados de más de 1.000 metros cuadrados. ¿Qué pasó?

Lo que sucede hoy lo hemos vivido hace tiempo en el Reino Unido porque tuvimos antes un sistema de comida industrializado. Eso hace que la gente deje de cocinar y la fruta se empaquete en plástico. Es una herencia norte­americana donde el supermercado se convirtió en sinónimo de modernidad. El tiempo para comprar, cocinar y comer juntos se fue perdiendo. Ahora está pasando en España: la gente compra bocadillos envasados en plástico.

Y manzanas peladas.

¿Qué será lo próximo? ¿Manzanas premasticadas? ¿Predigeridas? [Carcajada].

¿Hasta dónde se puede llegar?

Al final todo remite a lo mismo: ¿cuál es nuestra idea de una buena vida? Y parece que esforzarse lo mínimo lleva las de ganar: no cocinar, no limpiar y ver Netflix toda la noche. Es una podredumbre global. No lleva a una vida mejor.

¿Usted ve Netflix?

Sí. Claro que necesito relajarme en casa. Pero intento que eso no decida todo lo demás, como comer bien, ser justa o sentirme bien.

¿Qué hace para sentirse bien?

Cocino. Cultivo verduras. Escribo, investigo, denuncio… El circo romano entretenía y alimentaba a la población. Y algo parecido tenemos hoy. Estamos pagando un precio muy alto por tener comida y entretenimiento baratos. Elegir ser consumidor por encima de persona es la muerte en vida.

¿Por qué no lo vemos?

Hemos sido persuadidos. Para que el engaño triunfe debe existir tolerancia ante el autoengaño y eso lo tenemos muy desarrollado porque evita el sufrimiento. Pero en realidad lo pospone. Y lo agranda. Unos 70 millones de americanos todavía creen que Donald Trump ganó las últimas elecciones. Ese es el mundo en que vivimos. El poder de los medios actuales para perpetrar mentiras da terror.

¿Vivimos en una sociedad escapista?

“Come solo estas pastillas y adelgazarás”, o lo contrario: “Come todo el azúcar que quieras y siéntete bien reafirmando tu personalidad”. Las empresas nos venden una idea de la buena vida que es, en realidad, la mala vida. Comida barata es vida barata.

Cultivar los propios alimentos es una utopía.

Claro. Pero no lo es tratar de recuperar la conciencia de lo que es la comida: algo vivo. La limpieza de la modernidad parece separarnos de lo que está vivo: la vida ensucia.

¿Qué ha hecho posible que paguemos un 23% menos por la comida que en 1980?

Hemos externalizado su verdadero coste.

 ¿Quién está pagándola?

Nosotros. Pero no en el supermercado. Pagamos con impuestos: reduciendo la fiscalidad de las empresas o su coste de transporte. Estamos contribuyendo a destrozar el planeta por la forma cómoda en que hemos decidido alimentarnos.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

De la misma manera que la gente abandonó el campo y se trasladó a la ciudad. Sin olvidar la dureza del campo, la ciudad no fue la comodidad que prometía ser. Lo mismo ha sucedido con la tecnología. Nos prometió facilitarnos la vida y aceptamos. Lo que no sabíamos que firmábamos, aceptándola, era que el acceso a la naturaleza sería cada vez más difícil o que los trabajos dejarían de proporcionar orgullo y motivación.

Si somos lo que comemos, ¿qué somos?

El producto de un sistema de alimentación industrializado: cambio climático, degradación del suelo, reducción de la biodiversidad, hambre, obesidad, sequías y covid, claro. Esta pandemia es una consecuencia directa de la falta de biodiversidad que sufre el planeta.

 ¿La falta de biodiversidad obedece a valorar más la rentabilidad que el largo plazo?

El melón más grande, los huevos más fáciles de producir… Si todo lo apuestas a un tipo de árbol, naranja o lo que sea, cuando llegan las plagas nada se salva. Hemos construido un sistema de producción tan eficaz que termina siendo ineficaz.

¿Hemos hecho algo bien?

Como regla general, casi todo lo que promete eficacia termina por no ser eficaz. Si mecanizo el proceso productivo, ¿de dónde sacarán dinero los trabajadores para comprar lo que produzco?

¿Ser hija de enfermera y médico la llevó a prestar atención a la alimentación?

Entendimos desde niños la relación entre comida y salud. Si se nos caía algo al suelo, nos lo hacían comer: los microbios protegen construyendo resistencia.

Pero la obsesión le llegó en el hotel de sus abuelos paternos, The Miramar…

Allí me fasciné con la puerta que separaba la vida de los clientes de la del servicio. Nuestro lado era ruidoso, caótico. Y el otro silencioso, placentero…

¿Cuál prefería?

La cocina, siempre.

¿Es buena cocinera?

Sí. Con perdón.

¿Por qué quiso ser arquitecta?

Me costó 20 años expresar que para mí la arquitectura no eran los edificios, sino la manera en que se habitan. En la universidad, la manera en que los arquitectos hablaban de arquitectura me aburría. Me gusta que las cosas funcionen, pero no me emociona el detalle constructivo. La mirada de las mujeres en la arquitectura es otra. Aunque hay excepciones —Zaha Hadid se comportaba como un hombre produciendo arquitecturas poco habitables—. Mi punto de vista plural proviene de mi familia. Mi madre era finlandesa y mi padre judío polaco-escocés-holandés. Nunca me sentí británica.

¿Por qué?

Nunca formé parte del grupo de niños guais. Solo tuve dos amigos. Era una outsider.

¿Qué quiere decir?

No lo pasé bien. De pequeña trataba de encajar en la manera de vivir de los demás sin plantearme lo que yo quería o podía hacer.

¿Fue buena estudiante?

Sí. Era mi defensa: ordenada, puntual y pulida. Hasta que llegué a Cambridge y empecé a rebelarme. Me negué a proyectar una residencia de estudiantes. ¡Con los problemas que había en el mundo quería hacer algo útil! Y conseguí hacer una propuesta alternativa a la transformación que por entonces se estaba diseñando para los muelles de Londres convertidos en viviendas de lujo más para invertir que para vivir.

Dio clase en el departamento de ciudades de la London School of Economics.

Allí había sociólogos, ingenieros, especialistas en movilidad… Pero descubrí que a pesar de esa diversidad, sus saberes no se contagiaban, no se fundían en un mensaje pluridisciplinar. De modo que no logré introducir la vida real en el discurso urbanístico. Y comencé a investigar sobre la comida. Dediqué siete años a escribir Ciudades hambrientas.

En el libro habla de resistencia: ciudadanos oponiéndose a la desaparición de mercados o los vecinos de Primrose Hill a la llegada de un café Starbucks. ¿Lograron frenarlo?

Sí. La gran escala no es nunca benigna. Los comerciantes y los clientes ganan cuando se conocen. El lazo entre vendedor y consumidor se estrecha y eso mejora la vida en el barrio. Hoy se cambia a los empleados de las sucursales de los bancos para que no sientan empatía. Hay ayuntamientos que protegen los pequeños comercios frente a los arrasadores supermercados. Si dejamos que desaparezcan las calles mayores, la vida será peor en las ciudades. Nos pasó en Inglaterra porque apostamos por el modelo de vida norteamericano que consume más que cocina.

¿Quién cocina en las casas?

No defiendo recuperar al ama de casa de los años cincuenta. Defiendo que todos podamos cocinar. Para mí es un placer. Me encanta alimentar a la gente. No hay nada más importante que eso.

Cocinar es tener tiempo.

Exacto. Es hacer un pastel para alguien en lugar de mezclar el preparado que venden en el súper.

En 1921 el Gobierno británico consideró importante mantener la diversidad en la fruta. Para 1992 lo juzgó innecesario. ¿Qué pasó?

Los políticos se alejan cada vez más de la responsabilidad de alimentar a los ciudadanos. En el supermercado hay tres variedades de manzanas, aunque existen más de quinientas. Eso resume la logística de la alimentación: más eficacia y mercancía vistosa. La razón por la que se cultivan unas manzanas y no otras es para que haya todo el año la misma fruta. Tenemos esa ilusión absurda de que para la fruta no existen las estaciones. Comemos cerezas en Navidad que no saben a nada. Pero hemos vencido la organización natural. ¡Ja!

¿Somos poshumanos?

Todavía no. Nos sentimos mejor compartiendo. Recuerde: nadie se quiere comer la última aceituna. Eso es querer compartir y el altruismo es más poderoso que el egoísmo. Es mejor elección.

¿Vive sola?

Sola, ni hijos, ni mascotas ni exmaridos o exmujeres. Jamás lo hubiera imaginado, pero me encanta. La soledad es relativa. Disfruto cuidando las plantas porque es un tipo de relación con otro ser vivo. Epicuro lo escribió: acepta la necesidad y obtén placer de lo que haces. También tengo grandes amigos. Los grandes amigos son la familia elegida. Ya sabe: no discutas o te quedas fuera."               (Anatxu Zabalbeascoa , El País, 01/01/22)

9/9/21

No siempre hemos estado a la gresca con la guerra de sexos. No siempre hubo dominación. Ni siquiera es necesaria esa dominación. Hace mucho, existió otra forma de entender el mundo. Más colaborativa, más coordinada, más pacífica.... así pues: “La lucha del futuro será entre sistemas orientados a la dominación o a la asociación”

 "Riane Eisler (Viena, 1937) es esa profesora a la que recuerdas con cariño. Sonríe todo el rato, hace preguntas, dialoga. Que sea, también, una de las voces más autorizadas en el campo de la antropología y la sociología solo aumenta el disfrute de la conversación, claro...

En 1987 Riane publicó El Cáliz y la Espada, que ha sido traducido recientemente por la editorial Capitán Swing. “El libro más importante desde El origen de las especies de Darwin”, en palabras del antropólogo Ashley Montagu. Ya ven, casi nada. La tesis que Eisler sostiene allí, fundada con evidencias arqueológicas, es atractiva. ¿En resumen? Que no siempre hemos estado a la gresca con la guerra de sexos. 

Que no siempre hubo dominación. Que ni siquiera es necesaria esa dominación. Que, hace mucho, existió otra forma de entender el mundo. Más colaborativa, más coordinada, más pacífica. Ella agrupa todas esas ideas bajo un componente común: el culto a eso que denomina “la Diosa”. Deidad femenina, una y todas. Concepto que Riane desarrolla para mejor comprensión.

Pero eso es después. Como no todos los días tiene uno la posibilidad de conversar con una antropóloga de talla mundial empiezo por algo que me es cercano. La covada, nada menos, esa tradición según la cual el hombre reproducía los dolores del parto tendido junto a la mujer y más tarde era él quien se quedaba cuidando del recién nacido. Ya ven, costumbres raras que tenemos aquí, por el norte. Riane asiente y comienza la charla. Una clase erudita y divertida. Como el libro. No se lo pierdan.

No me resisto a empezar hablando de la covada...

Ah, sí la conozco. Sé vagamente de la institución, y sus orígenes. Cerca de los vascos, ¿no?

Sí, donde yo vivo, en Cantabria, tenemos constancia de ello a través de textos clásicos. 

Una zona más orientada a la asociación, y no al patriarcado o matriarcado. Tendemos a pensar que es una cosa u otra, y no necesariamente. Creo que la covada sobrevivió hasta épocas tardías, un remanente de la cultura anterior. Me encantaría saber más cosas sobre ello.

Hasta el siglo XIX se conserva en algunos sitios.

Sí, hasta los tiempos de Napoleón, creo...

Aquí tenemos una especie de matriarcado histórico del cual nos sentimos muy orgullosos. Es falso, pero aun así nos sentimos muy orgullosos...

¿En qué sentido? Me interesa mucho lo de la covada porque cuando los hombres se involucran más con los bebés está demostrado que su respuesta neuronal cambia. 

Bueno, hay pervivencias similares hasta época muy cercana, que tienen cierto aire. En el Valle de Soba, por ejemplo. La obligatoriedad de no mudarse la ropa durante la semana posterior al parto. Tiene en común ese momento trascendente...

Quizá era algo sagrado, algo que no se quería cambiar. Es una especulación. La existencia de sacerdotisas además de sacerdotes y todo eso en la zona, ¿no? 

Y, en tu opinión, ¿por qué se pierde esa matrilinealidad?

Bueno, creo que se perdió porque las culturas cercanas también cambiaron mucho. Incluso si hablas con algunas personas mayores puede que aún recuerden cómo se produjo ese cambio. Ahora estamos moviéndonos hacia un espacio más tendente a la asociación gracias al feminismo, y llevamos un montón de equipaje mental. De alguna manera los hombres (y algunas mujeres) piensan que las mujeres van a tomar el control, pero no se trata de eso, sino de ser compañeros.

Históricamente podríamos hablar mejor, en estas tierras, de matrilinealidad, y no matriarcado.

Sí, es distinto. Uso esa palabra, matriarcado, porque estoy tratando de explicarme con las categorías que nuestro lenguaje nos da. Ya sabes, sería hacer el juego al patriarcado usar las dos versiones de eliminación, de oposición. Hacer el juego a la derecha. Otras reglas, otros peligros. En cuanto a la matrilinealidad…, hablamos de una transmisión de la propiedad, pero es algo ficticio, porque el padre o marido era quien gestionaba esa propiedad. Seguía siendo parte de la familia. 

Eso que planteas sobre no usar las versiones de la eliminación es una idea potente, aún extraña para nuestra mentalidad de hoy. Normalmente vemos el mundo como un enfrentamiento, siempre a la contra. 

Claro, pero si miras el arte…, el arte no es “contra”..., el arte trata la interconexión. Animales, vegetales, hombres y mujeres. Es una visión diferente del mundo.

Pero hay autores que niegan esto... que defienden un arte, usando sus palabras, “contra”, lejos de la conectividad. Su libro es muy heterodoxo en este sentido.

Bueno, ya sabes, puedes ver por ejemplo las llamadas figuritas de Venus. Embarazadas, grandes pechos, la vulva claramente marcada. No es pornografía, no hay dominio sino una representación de algún tipo de sistema de creencias, un sistema de creencias que es distinto. Creo que para entender la interconexión lo primero que debemos hacer es comprenderla como un sistema de pensamiento, cambiar nuestra conciencia y darnos cuenta de que nuestras únicas alternativas no son dominar o ser dominado. Existe también la asociación. Es un gran salto mental. 

Precisamente sobre lo que menciona en relación a las Venus y su significado... Recientemente hubo en España una polémica con cierta exposición temporal en el Museo de El Prado que buscaba explicar algunas pinturas clásicas desde un nuevo punto de vista. O, mejor aún, recuperar la intención inicial de los artistas. Dicho de otra forma, recalcar que una “Venus” de Velázquez es una figura mitológica con significación detrás, sí, pero también una mujer desnuda, y que se pintaba así precisamente para satisfacer un gusto erótico. ¿Qué piensa sobre esto?

Bueno, hay claras diferencias entre lo erótico y lo pornográfico, claro. Y luego, una cosa es una Venus de Tiziano saliendo de las aguas, y otra las escenas que muestran violaciones, por ejemplo. Creo que estos últimos cuadros recogen imágenes claramente orientadas a la dominación. Las feministas hablan de una mirada masculina. Y sí, estamos tan acostumbradas al macho como norma que es un buen primer paso que estemos examinando de nuevo todos estos asuntos.

Siguiendo con las creencias... en su libro habla sobre la ‘Diosa’, y comenta que es una figura al mismo tiempo monoteísta y politeísta...

Sí, son figuras distintas. Hay diosas serpientes que aparecen en diferentes sitios como icono central, aunque asociadas a otras divinidades. Pero, en cierto sentido, su figura es también monoteísta, porque venera el poder de dar y nutrir la vida. Eso es lo que realmente son las figurillas de Venus. Pero la arqueología decidió, tras abandonar la idea meramente pornográfica, que eran figuritas sin mayor trascendencia. Es una negación de la realidad. Solo si tienes esta visión de dibujo animado sobre el hombre de las cavernas, con sus barbas y su cachiporra... lo interpretas de esa manera.

En el fondo, ese sincretismo monoteísta / politeísta aparece en otros sitios, ¿no? En la propia Biblia, por ejemplo, donde se puede leer sobre dioses y Dios, con minúsculas y mayúsculas...

Es plural, y la gente lo entendía así. La parte menos conocida de la Biblia es muy interesante, y he trabajado mucho sobre ella. Las dos historias de la creación de la Humanidad, por ejemplo. La de Adán y Eva es más tardía que la de los elohim. Muy interesante. Nos falta cambiar nuestra concepción mitológica ahí.

Sí, diferentes tradiciones en un libro de libros como es la Biblia…

Es que es muy sugestivo, y llama mucho la atención. Jeremías, por ejemplo. Allí lees a Jehová regañando, afeando que las mujeres horneen pasteles en honor de la Reina del Cielo. La Reina del Cielo, fíjate. Y ellas responden: ¿por qué habríamos de dejar estos sacrificios? Hay más paz y prosperidad si los hacemos. Está ahí, en la Biblia. Antes no me había percatado de ello, porque no estaba buscándolo. Pero está ahí. No lo veía porque no encajaba.

Claro, la Biblia es tan grande que siempre puedes encontrar cosas inesperadas. Es fascinante, pero...

Pero un poco peligroso, sí. Mira, otro ejemplo... el Cantar de los Cantares. Es totalmente erótico. Todo eso lo toco en El cáliz y la espada.

Vayamos a este libro, entonces. Escribe muchas veces sobre la “Vieja Europa”, tomándola como base para sus teorías. ¿Se pueden trasladar a otros lugares esas conclusiones? Si vamos a Asia, a Oceanía, ¿encontramos movimientos análogos a los descritos aquí?

Sí, claro. Mira el ejemplo del Japón... allí el emperador, para convertirse en ello, debía mantener relaciones sexuales y luego dormir con una sacerdotisa de la Diosa. Lo que no encaja con nuestra visión de la cultura japonesa, ¿no?, muy dominada por los hombres. Entonces... creo que podemos encontrar pistas aquí y allá. Me concentro principalmente en el área alrededor del Mediterráneo, porque es donde se encontraban la mayoría de excavaciones arqueológicas hasta hace poco tiempo. 

En nuestros días aún existen sociedades que se encuentran en el neolítico (estoy siendo deliberadamente simplificador, pero creo que entendemos a lo que me refiero). ¿Se han mantenido allí estas ideas sobre la Diosa?

Bueno, algunos lo hicieron. Mira los minangkabau (un grupo étnico de Indonesia). Aunque fueron conquistados por los musulmanes aún veneran las montañas, todas con nombres femeninos. Y es una cultura matrilineal. Hay más casos. Pero es muy claro que hubo un cambio en cierto momento, y eso aparece perfectamente plasmado en el Arte. Aparecen escenas violentas, con gobernantes (también dioses) que son diez veces más grandes que sus súbditos, gente situada en un espacio inferior. Ya no están todos de pie al mismo nivel y con idéntico tamaño, como ocurría cuando se representaba a la Diosa, sino que algunos tienen los brazos levantados en signo de adoración.

 Si abrimos los ojos podemos ver que el lenguaje es diferente, nos están vendiendo una forma diferente de ver el poder, una forma diferente de ver a las mujeres y a los hombres. Tenemos que ir investigando pistas como Sherlock Holmes, despojarnos de nociones preconcebidas. Volvemos a la Biblia. Las mujeres hacen una cosa maravillosa, que es dar vida. Pero este acto se considera sucio, dado que la mujer que da a luz debe ser purificada más tarde por un sacerdote masculino. Es una locura ¿no? No tiene ningún sentido. Hablamos de traer una vida al mundo. 

Es una visión un poco pesimista, parece. Es como si toda nuestra evolución cultural hubiese sido trenzada para alejarnos de la Diosa y lo que representa. 

Bueno, pero también hay tendencias actuales en otra dirección. Piensa en el movimiento Black Lives Matter, por ejemplo. De hecho, si miro la Historia Moderna mi teoría es que es en períodos de desequilibrio, como el cambio que estamos viviendo desde que se puso en marcha la Revolución Industrial hace 300 años, surgen movimientos sociales progresistas que desafían lo preestablecido, ya sea el derecho divino a reinar, o el derecho divino a que los hombres estén por encima de mujeres y niños, o el derecho divino a que exista una raza superior. Hasta podemos hablar aquí del movimiento ecologista, que desafía nuestra, antaño idealizada, conquista y dominación de la naturaleza. Que no es sostenible, por supuesto. 

Creo que si examinamos lo que está sucediendo hoy, cuando cambiamos muy rápidamente, es una oportunidad ideal para acelerar estos movimientos. El Centro de Estudios de Asociaciones (entidad con base en California, de la cual Riane es presidenta) está promoviendo una campaña para que el asociacionismo se convierta en la corriente principal de nuestros días. Sé que no es fácil porque la gente está atrapada en... En fin, Trump dijo que todo trata sobre la dominación, ¿no?, y si te dominan eres débil. Para él no hay una alternativa de asociación. Pero una de las contribuciones de este libro es mostrar que una configuración social diferente es posible. Con todo, debemos ser holísticos, mirar a mujeres y niños no solo en la llamada esfera pública. 

En mi último libro, publicado por Oxford University Press, cito estudios demostrando que hay personas criadas en la dominación. Y uno de los rasgos que compartían esas personas era un verdadero malestar y disgusto por las mujeres que son más asertivas fuera del rol convencional. Otro estudio, que no aparece en el libro porque no lo descubrí hasta más tarde, trataba sobre cómo criaban esas personas a sus propios hijos. Primaba para ellos la obediencia, el castigo, no tanto el desarrollo humano. Se ponían muy nerviosos cuando sus hijos mostraban conductas independientes.

Es un cambio de paradigma, general.

Lo es. Tenemos un sistema oculto de valores que incluye siempre el dinero como eje central. Piensa en la cárcel... La capacidad económica es un denominador punitivo. Y siempre hay dinero para investigación armamentística. Pero, de alguna manera, no existen suficientes fondos para las personas delicadas, femeninas, que cuidan de la naturaleza. Así que, para mí, la lucha del futuro no será entre derecha e izquierda, religiosa y secular, oriental y occidental, porque las categorías son realmente distracciones. La lucha será entre sistemas orientados a la dominación y a la asociación. Entonces podremos tener una esperanza, sí.

Volvamos al arte prehistórico. Muy cerca de donde estoy ahora se encuentra el Monte Castillo. Allí hay muchas manos fijadas “en negativo” sobre los muros. Manos grandes y manos más pequeñas. Tradicionalmente estas últimas eran consideradas como manos de niño, fueron muy pocos los autores que dijeran, oye, igual es una mano femenina...

Es una falta de reflexión, claro. Ahora ya no se podría dar, porque sabemos que hay diferencias entre los dedos del hombre y de la mujer. Tiende a haberlas, mejor dicho, así que se puede establecer a quién perteneció esa mano. Conocí una vez un profesor universitario que se dio cuenta de esto. “Dios mío, esto son manos de mujer”. Sucede que no escribió el artículo donde plasmaba tal descubrimiento hasta después de abandonar la Academia... Esto es interesante, porque muestra cómo el mundillo académico está aún muy atascado en ideas previas. A eso hay que añadir que tenemos normalmente un enfoque disciplinario (también yo), pero si queremos conectar los puntos debemos observar varias disciplinas. No podemos centrarnos solo en una u otra, hay que descubrir juntos...

Existe una teoría reciente que habla sobre la posibilidad, solo la posibilidad, de que las pinturas de Altamira estuvieran hechas por mujeres. Únicamente eso, la idea... y ya es suficientemente polémica. 

Sí, puede ser el comienzo de algún cambio, y esto es importante. Pero es muy, muy lento. Y a veces arrastras problemas mentales. También yo, claro, todos hemos sido adoctrinados. Pienso en David F. Noble, el historiador de la Ciencia. Escribió un libro titulado A world without women, donde señalaba que la ciencia moderna occidental, que comenzó hace 600 o 700 años, surge en un entorno clerical totalmente masculino. Ahí comienza esta cultura. Esta visión, un reconocimiento como el que hace Noble, tiene solo medio siglo, así que quienes lo sostienen son, aún, tipos marginales. 

Y, con todo, cada vez se pueden leer a más mujeres dentro del campo de los estudios prehistóricos...

Bien, veamos entonces cuántas de estas mujeres pueden liberarse de todo lo que les han enseñado. Esa es la cuestión. Junto con otra: ¿cuántos hombres pueden liberarse de eso mismo? Creo que tienes razón en que, al menos en teoría, los estudios de hoy están más motivados para encontrar pruebas que no solo marginen o ignoren a las mujeres. Pero sigue habiendo vehículos que permiten encajar todo en la vieja visión, claro...

Una última pregunta... publicó El cáliz y la espada en 1987...

Sí, lo escribí en 1986, y con motivo del treinta aniversario añadí un nuevo epílogo...

¿Cree que ha cambiado algo? Desde que apareció el libro...

Yo creo que sí. Lo que comentábamos antes sobre las manos, por ejemplo, es un símbolo de algo que ciertamente ha cambiado. Las evidencias que manejamos hoy en día sobre el hecho de que había diferentes culturas son muy, muy fuertes. En otras palabras, la arqueología muestra que nuestra relación con la guerra tiene cinco o diez mil años de antigüedad, no más, y eso es algo para reflexionar. En fin, Pinker aún no acepta esto, ya sabes, hay personas que simplemente están ancladas en su visión. Él se aferra a su idea de que somos inherentemente belicosos, somos inherentemente malos. Algunos se enganchan a sus viejas enseñanzas. Pero hay cambios..."             (Entrevista a Riane Eisler, Marcos Pereda, CTXT, 26/08/21)

2/6/21

Un cementerio de hace 13.400 años confirma la violencia generalizada del Paleolítico

 "Los humanos ya mataban a hombres, mujeres y niños de forma generalizada e indiscriminada hace 13.400 años. Es una de las conclusiones de un estudio que ha aplicado las modernas técnicas forenses a los restos de un enterramiento de finales del Paleolítico. 

La mayoría de las heridas fueron provocadas por armas arrojadizas, lo que apunta más a ataques de otros grupos que a violencia dentro de la comunidad. Los autores del estudio señalan también que los allí enterrados no murieron en un único enfrentamiento, sino en sucesivos ataques.

 Durante la construcción de la presa de Asuán para gobernar las crecidas del Nilo (Egipto), en los años sesenta del siglo XX, se descubrió un cementerio con restos de 61 personas en Jebel Sahaba, en el norte de Sudán. Conocido como cementerio 117, sus restos fueron llevados al Reino Unido antes de que el agua del embalse los ahogara. Muchos mostraban marcas de violencia. Hay pruebas de violencia colectiva contra otros grupos también en Asia, Europa y en la misma África, pero ninguna tan antigua como esta. Los arqueólogos de entonces consideraron que este enterramiento era el primer gran testigo de guerra entre humanos modernos.

Ahora, investigadores del Museo Británico (donde se conservan los restos del cementerio 117) y las universidades francesas de Burdeos y Toulouse han vuelto a revisar los cráneos y centenares de huesos buscando cualquier señal de violencia. Y han encontrado muchas más de las que se conocían antes. Los resultados de su trabajo forense, publicados en la revista científica Scientific Reports, muestran que la mayoría, el 67% de los inhumados, tenía heridas de origen violento. Eso supone doblar el número de restos con heridas detectados en los estudios de los años sesenta. Además, han encontrado un centenar de lesiones no observadas con las técnicas de entonces. En muchas, incluso, aún hay esquirlas de las puntas de piedra incrustadas en el hueso.

 La principal autora del estudio es Isabelle Crevecoeur, paleoantropóloga de la Universidad de Burdeos y el CNRS galo (equivalente al CSIC español) y confirma el elevado porcentaje de personas con lesiones: “Es el 73,7% de las mujeres y el 75% de los hombres. Lo que en esencia muestra que mujeres y hombres fueron atacados indistintamente”. Y el porcentaje podría ser aún mayor, ya que no todas las heridas mortales llegan hasta el hueso o atraviesan el cráneo.

Este refinado análisis da pistas clave de cómo era esa violencia contra unos y otras. “Cuando se compara la ubicación de las marcas de proyectiles y su frecuencia, la única diferencia tiene que ver con las fracturas. En las mujeres, la mayoría de las cicatrizadas están relacionadas con lesiones defensivas mientras que en los hombres las fracturas se dan en los huesos de la mano”, detalla Crevecoeur. Y explica las distintas heridas: “Este es el tipo de lesión que tienes en combate cuerpo a cuerpo y las diferencias pueden reflejar una reacción instintiva en esta situación, cuando los hombres serían más propensos a enfrentarse al atacante mientras que las mujeres podrían estar protegiéndose”.

También la mitad de los menores del cementerio 117 tiene la marca de la violencia en sus huesos. Aunque en algunos casos las lesiones óseas podrían deberse a golpes accidentales, en la mayoría se trata de heridas provocadas por algún arma. “Los traumatismos se presentan principalmente en niños pequeños (probablemente menos dispuestos a defenderse) y las marcas de proyectiles se registran mayoritariamente en el cráneo (donde penetrarían más fácilmente que en los de los adultos debido al grosor de los huesos craneales)”, explica la científica francesa.

 Este análisis forense del pasado muestra además que la mitad de las lesiones fueron provocadas por armas arrojadizas, como flechas y lanzas. Esto refuerza la idea de la agresión indiscriminada desde el exterior. Desde hace años, varios arqueólogos han mantenido que el ataque en Jebel Sahaba fue un único evento. Sin embargo, Crevecoeur y sus colegas de investigación sostienen que hay suficientes pruebas de que aquella comunidad de finales del Paleolítico sufría emboscadas e incursiones periódicas. Una de ellas es que muchos de los enterrados presentan lesiones ya cicatrizadas junto a otras que no. Es decir, ya habían sufrido ataques antes de la última lesión perimortem, la que acabaría con su vida.

Además de las heridas cicatrizadas, Crevecoeur da otros dos argumentos en favor de su tesis. Por un lado, varios de los enterramientos individuales fueron reabiertos para enterrar a otra persona años después. Tampoco les encaja el conjunto del cementerio 117. “Cuando tienes un enterramiento relacionado con un único evento (una masacre, una epidemia...) la parte de la población que muere no es la normal que encontrarías en cualquier otro cementerio”, dice, en referencia a las capas de la sociedad que tienden a morir más en las guerras, como los jóvenes mayores y los adultos. “Observamos el perfil demográfico del cementerio y no concuerda con el de un enterramiento de un único evento, de una crisis de mortalidad. El perfil de Jebel Sahaba es el de un camposanto normal”.

¿Por qué mataban a los miembros de esta comunidad de recolectores y cazadores del valle del Nilo? El responsable de la colección de restos de Jebel Sahaba en el Museo Británico Daniel Antoine apuesta al cambio climático que se produjo coincidiendo en parte con el paso del Pleistoceno al Holoceno, el periodo actual. En una nota del museo asegura que “la competición por los recursos debido a un cambio en el clima fue con gran probabilidad la causa de estos conflictos recurrentes”.

José Manuel Maíllo, prehistoriador de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, ha investigado otros enterramientos prehistóricos de origen violento como el de Nataruk, en Kenia. Para él, la causalidad climática de la violencia vista en el cementerio 117 no está fundamentada. “Ellos dan la explicación, un tanto manida, de que es por el clima que limita la obtención de recursos”, dice. En opinión de Maíllo, deberían explorar las claves que pudieran llevar a “un conflicto entre grupos de cazadores recolectores sedentarios o semisedentarios en un momento de inestabilidad climática”.

 La otra gran objeción que hace a un estudio que considera interesante es sobre si el cementerio es el de una guerra o se fue llenando con sucesivos ataques. “Para demostrar que es una acción dilatada en el tiempo es necesario datar una muestra significativa de los restos humanos o las tumbas. Las dataciones radiométricas realizadas hasta el momento en la necrópolis de Jebel Sahaba son insuficientes para respaldar esta hipótesis”, sostiene Maíllo. De hecho, la datación por radiocarbono no permite determinar la fecha exacta de la muerte de cada uno de los enterrados en el cementerio 117.

Como recuerda Maíllo, “la mayoría de las evidencias empíricas sobre violencia intergrupal las tenemos desde el final del Pleistoceno e inicios del Holoceno”. Jebel Sahaba o Nataruk son ejemplos de este tipo de violencia entre grupos de cazadores crecolectores. La clave podría estar en que las dos comunidades ya no eran nómadas y tenían acceso estable a recursos: “Ambos grupos [eran] de carácter semisedentario o sedentario y posiblemente con territorios más delimitados que los grupos precedentes”.

El arqueólogo de la Institución Milá y Fontanals-CSIC Juan José Ibáñez, apunta a esa vinculación con el entorno. “Jebel Sahaba es un cementerio, el lugar de inhumación de una comunidad. La existencia de cementerios en el final del Pleistoceno e inicios del Holoceno es un fenómeno conocido en Europa, Próximo Oriente o África en comunidades que aún eran cazadoras recolectoras. Ello se ha relacionado con un nuevo fenómeno de una vinculación más estrecha de los grupos humanos con el territorio”, dice. Para Ibáñez, que ha estudiado la violencia en el oeste de Asia, “quizá este sentimiento de pertenencia a un territorio pudo fomentar el conflicto intergrupal, como el que vemos en Jebel Sahaba”.

Pero el arqueólogo también mantiene que “no debió ser la única causa de la violencia detectada, pues en cementerios coetáneos de Próximo Oriente no se detecta tal agresividad”. El cambio climático o la superpoblación podrían ser otros de los factores, pero, como concluye Ibáñez, “el contraste entre los pacíficos cementerios de Próximo Oriente y el caso de Jabel Sahaba sugiere que tal grado de conflicto no era inevitable”.                 (Miguel Ángel Criado, El País, 31/05/21)

20/4/21

Una investigación bucea hasta el Neolítico para encontrar los orígenes de la desigualdad entre hombres y mujeres

 "La arqueología es una ciencia difícil: demasiadas preguntas para muy pocas evidencias. Sin embargo, el estudio de la Prehistoria puede aportar claves fundamentales para comprender graves problemas del presente. 

La investigadora de la Universidad de Sevilla Marta Cintas-Peña, con el respaldo del plan de investigación Marie Sklodowska Curie de la Comisión Europea, bucea en el origen de la desigualdad entre hombres y mujeres consciente de que, como afirma, “es un proceso social y cultural creado que ha consolidado un sistema injusto”. 

Para desandar ese camino, Cintas-Peña ha estudiado el origen de esa lacra y ha hallado un elemento que podría haber sido clave: la movilidad de la mujer al entorno del hombre (“patrilocalidad”), que empieza a evidenciarse de forma relevante en la Península a partir de la Edad del Cobre, entre 3.200 y 2.300 años antes de Cristo.

 Leonardo García Sanjuán, catedrático de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla y coautor del estudio, pendiente de publicación y que forma parte del proyecto que recoge la web Projectwomam.com, explica que “la patrilocalidad es la regla residencial por la cual las mujeres, cuando se casan, se van a vivir a la aldea o pueblo del marido, una acción típica de sociedades patriarcales”. 

“Esta práctica”, según explica, “es muy trascendente en el estudio del origen temprano del patriarcado pues, al salir de sus familias y de sus propias aldeas y marchar a las de sus maridos, las mujeres quedan descontextualizadas de su marco familiar y del apoyo de sus parientes y amigos, lo cual las hace mucho más vulnerables a la opresión por parte del marido y su familia”.

 Para confirmar esta práctica y huir de interpretaciones sesgadas por paralelismos etnográficos (atribuir roles pasados en función de comportamientos culturales actuales), Cintas-Peña ha analizado la totalidad de los datos de isótopos de estroncio disponibles a fecha de hoy para este periodo en la península Ibérica. 

Este conjunto de datos aporta información sobre 476 individuos procedentes de 26 sitios diferentes. Según explica la arqueóloga, este sistema, a través de la comparación de la marca isotópica de la región y de la marca isotópica de los restos óseos, permite determinar si un individuo fue enterrado en el mismo lugar en el que vivió, abordando así su movilidad.

Este estudio, según la investigación, “proporciona la primera visión de los patrones residenciales del Calcolítico en la Península así como un nuevo enfoque que incluye el género como elemento central entre las variables estudiadas”.

Los resultados arrojan pocas dudas sobre la movilidad. El análisis de los valores de las mujeres muestra que estos no se corresponden con sus lugares de enterramiento en más del doble de casos que los de los hombres, lo que significa que ellas procedían con mayor frecuencia de otro lugar. Una posible explicación a ello es la patrilocalidad. El estudio confirma una afirmación del antropólogo estadounidense Marvin Harris: “La abrumadora mayoría de las sociedades conocidas muestran patrones residenciales y de afiliación centrados en el hombre”.

 García Sanjuán aclara que esta práctica se intensifica cuando las sociedades empiezan a tener excedentes que generan patrimonios familiares y la herencia, según explica el arqueólogo, “empieza a convertirse en un asunto clave social y económicamente”: “Para que los hombres tengan la seguridad de que el legado va a pasar a sus propios hijos biológicos, empieza a darse una ideología de control de las mujeres”

Cintas-Peña añade que la “patrilocalidad” podría haber tenido lugar de forma paralela a la sedentarización y la acumulación de excedentes: “Se produce una jerarquización, un aumento de la complejidad social por la que determinados personajes acumulan poder y establecen linajes que parece que benefician al hombre con más frecuencia que a la mujer”.

 La patrilocalidad, junto con otros elementos en los que a partir del Neolítico se aprecian diferencias, como el análisis de traumas de los esqueletos, la mayor presencia de proyectiles en los enterramientos masculinos o la representación de la mujer en el arte levantino, más vinculada a tareas de mantenimiento, comienza a evidenciar una diferenciación que no se daba antes.

La investigadora destaca que “esa desigualdad surge por procesos que no son siempre iguales, pero que sí llegan al mismo punto”. “No hay una única causa. Son procesos con diferentes ingredientes que se van cocinando lentamente. Pero sí está claro que la desigualdad es un proceso cultural, que no existe un determinismo biológico”.

En el mismo sentido, el arqueólogo Steve Kuhn señaló que “la división del trabajo por género es más un producto de las normas sociales que de la biología o la psicología”. Y este no es un proceso tan antiguo como se ha querido ver, como demuestran hallazgos recientes de restos de mujeres que participaban en actividades como la caza hace 8.000 años.

 Las evidencias apuntan a que el origen de las desigualdades empiezan a manifestarse de forma habitual a partir del Neolítico y que hay una relación con la movilidad. Un artículo publicado en la revista Science analizó, a partir del estudio de las tumbas y los objetos que se encontraron junto a los restos humanos, la forma de vida de una comunidad que habitó el valle del Lech, cerca de Augsburgo (Alemania), hace 4.000 años.

 Los autores señalan cómo se pasó de sociedades en las que todos nacían iguales a otras en las que algunos se reivindicaban como descendientes de quienes crearon las normas que ordenaban la sociedad o incluso de los dioses. Las mujeres que yacían junto a los aristócratas y que compartían su elevado estatus no habían nacido en el valle de Lech.

 El análisis del esmalte de sus dientes contenía elementos químicos que no las vinculaban con la composición del agua local, como sucedía en el caso de los hombres. Habían crecido lejos de allí y habían llegado para casarse. Las únicas mujeres locales eran pobres, enterradas sin objetos alrededor, o niñas de familias ricas que habían muerto antes de la adolescencia."                     (Raúl Límón, El País, 13/04/21)

26/3/21

El análisis genético de una masacre de hace 6.200 años revela los secretos de la violencia prehistórica

 "Las fuertes lluvias del verano de 2007 en un pequeño pueblo del norte de Croacia erosionaron el suelo y dejaron al descubierto un pozo lleno de esqueletos humanos.

 El hallazgo del entierro masivo se dio por accidente cuando uno de los 70 habitantes de la localidad de Potočani estaba construyendo un garaje para el patio de su casa. Mario Novak, jefe del Laboratorio de Antropología Evolutiva y Bioarqueología de la Universidad de Zagreb, cuenta que en ese momento los investigadores de su equipo estaban en la zona haciendo otra excavación y alcanzaron a llegar al lugar antes de que los huesos se deterioraran. 

“Después de la excavación de rescate analizamos los restos humanos siguiendo un procedimiento estándar y registramos numerosas lesiones craneales perimortem”, dice Novak. En el lenguaje forense este tipo de lesiones son las que están relacionadas o pudieron causar la muerte del individuo. Los golpes en la cabeza de la mayoría de los 41 cadáveres encontrados demostraban que habían sido asesinados y no habían muerto por accidente o causa natural.

Cuando los arqueólogos comenzaron a excavar el entierro, explica Novak, creyeron que los restos provenían de una de las guerras más recientes en la región. “Nuestro primer pensamiento fue que eran víctimas de la Segunda Guerra Mundial o de la guerra de los 90 en Croacia”, dice el investigador. Y se lamenta: “Tenemos muchas experiencias de muerte similares en nuestro país”. Sin embargo, en el pozo, junto a los huesos, no había materiales modernos que confirmaran la precedencia reciente de los fallecidos, sino pequeños fragmentos de cerámica antigua. Al llevar los restos al laboratorio los investigadores hicieron una datación directa por radiocarbono de tres fragmentos de esqueletos humanos de diferentes capas del pozo y descubrieron que eran del 4200 a. C., es decir, de hace más de 6.200 años.

El accidental hallazgo se convirtió entonces en uno de los pocos casos de masacres prehistóricas conocidos en Europa. “Queríamos obtener la mayor información posible de estos esqueletos. Invitamos a varios especialistas de diferentes instituciones y campos de investigación de Croacia y del extranjero para estudiar los huesos con un enfoque multidisciplinario. Hasta la fecha solo hay un estudio similar publicado en revistas científicas. Esto hizo la investigación más interesante”, reconoce Novak. En ese momento se unieron al trabajo David Reich, investigador del Departamento de Genética de Harvard, y Ron Pinhasi, del Departamento de Evolución Antropológica de la Universidad de Viena. El objetivo ahora era realizar análisis de ADN antiguo de los huesos para entender quiénes eran los muertos y por qué habían sido asesinados en grupo. Los resultados del estudio han sido publicados este miércoles en la revista Plos One.

Los investigadores explican que hasta la fecha todos los análisis antropológicos y genómicos de las primeras masacres en el mundo revelaban casos en los que las víctimas fueron asesinadas en una batalla, en conflictos entre familias o en rituales de sacrificios religiosos. Por el contrario, esta masacre, en Potočani, Croacia, es la primera evidencia de un asesinato colectivo sin un motivo claro aparente. “Los resultados muestran que la matanza indiscriminada a gran escala no se limita solo a los períodos modernos, sino que también fue un proceso significativo en las sociedades prehistóricas”, se lee en las conclusiones del estudio. Los autores, sin embargo, insisten en que aún es necesario hacer otros análisis genéticos de los antiguos lugares de masacres para determinar por qué razones y con qué frecuencia ocurrieron este tipo de violencias en el pasado.

De acuerdo con los científicos, que pudieron recuperar datos genómicos de los huesos de 38 de los 41 individuos enterrados, las personas asesinadas pertenecían a la cultura Lasinja del Eneolítico Medio, en la Edad del Cobre. Aunque no hay forma de saberlo con certeza con la evidencia disponible, los autores sugieren que la razón de la masacre pudo haber sido una combinación de condiciones climáticas adversas con un aumento significativo en el tamaño de la población. Novak cuenta que con el estudio de ADN establecieron que en la fosa común había casi la misma cantidad de hombres y mujeres. Esto demuestra que los fallecidos eran víctimas de una masacre y no del conflicto armado entre dos bandos. “Si hubieran muerto en combate habría muchos más hombres que mujeres”, dice Novak, “esto hace que Potočani sea uno de los primeros casos de matanza sistemática a gran escala en Europa comprobados por datos genéticos”.

 Otra de las conclusiones del estudio es que la ascendencia genética de los fallecidos era homogénea y casi idéntica a otras poblaciones contemporáneas de la región. Esto muestra que los muertos eran locales, eliminando así la hipótesis de que la masacre estuvo asociado con la llegada de nuevas poblaciones inmigrantes. Los científicos, además, comprobaron que solo una pequeña parte de estos individuos eran familiares, mientras que la mayoría (alrededor del 70%) no tenía señales de parentesco entre sí. “Este conjunto representa solo una pequeña parte de una comunidad pastoril más grande. Desafortunadamente, no podemos decir qué pasó con el resto de la comunidad”, concluye Novak. Un hallazgo adicional revela que esta masacre no se debió a un sacrificio religioso. “Tales eventos son claramente evidentes en el registro arqueológico que está ausente en este caso”.

A pesar de las certezas de la investigación, los científicos reconocen que aún hay al menos dos grandes preguntas por responder: ¿Cuál fue la causa exacta de este acto? ¿quiénes fueron los perpetradores? “Si podemos entender cuál fue el principal motivador de las masacres prehistóricas, tal vez podamos aprender algo de esto y tratar de no repetir errores similares en el presente y en el futuro”, concluye Novak."                 (Juan Miguel Hernández Bonilla , El País, 10/03/21) 

19/1/21

La prosa policial dramatiza la caza, actividad atávica del hombre que comenzó en la prehistoria y que, por lo tanto, se encuentra inscripta en nuestro genoma. El hombre civilizado lee porque le resulta irresistible “revivir” las múltiples experiencias del cazador primigenio: los detalles, la conjetura, el seguimiento, el acorralamiento y el asalto final

 "En uno de sus últimos textos críticos, Ricardo Piglia sostiene que el detective es una de las mayores representaciones modernas de la figura del lector. Acude, para demostrarlo, al cuento que funda todo el género: Los crímenes de la calle Morgue, que comienza precisamente en una librería de Montmartre y que presenta en sociedad a Auguste Dupin, un bibliófilo incurable.

 Poe, que cultivaba a la vez el relato gótico y sobrenatural, inventa en ese texto positivista la ficción policial, y con ese simple movimiento tiende un puente simbólico y perfecto entre el fin de una era y el comienzo de otra. Se ha escrito mucho acerca de que la novela criminal era hija del conservadurismo victoriano y de la burguesía moderna, donde el asesino rompía el orden establecido y el investigador lo restituía. 

Borges no contradecía esta hipótesis, pero tenía sus propias ideas sobre el tema. En una conferencia de 1979, afirma: “Poe no quería que el género policial fuera un género realista, quería que fuera un género intelectual, un género fantástico si ustedes quieren, pero un género fantástico de la inteligencia”.

En efecto, las facultades razonadoras de esos primeros detectives eran tan portentosas, geniales y a menudo rebuscadas que resultaban sobrehumanas, increíbles, en el fondo fantásticas. Es curioso porque esta verdadera operación de superpoderes cuasi mágicos se hacía en nombre de la ciencia. Holmes la llamaba, en concreto, “la ciencia del razonamiento deductivo”, algo que en ese momento también era una completa ficción, pero que le garantizaba verosimilitud literaria y anticipaba rudimentariamente la criminología.

 Esta disciplina social contemporánea estudia las causas y circunstancias de los distintos delitos, la personalidad de los delincuentes y el tratamiento adecuado para su represión, pero poco se parece a aquella observación infalible, milagrosa y clarividente de los investigadores ficcionales del policial “blanco”, todos ellos héroes de una agudeza exagerada, claramente imposible.

La definición de Borges es muy poco citada por los críticos pero resulta crucial, puesto que explica muy bien la inminente derivación norteamericana, la llamada “novela negra”, que no es fruto entonces del género fantástico como su predecesora, sino del realismo. 

Esta diferencia radical explica en gran parte toda la genealogía de una literatura que ha mutado y ha encontrado nuevas formas híbridas, pero que no ha dejado de producir grandes escritores ni de multiplicar lectores en todas las épocas y en todas partes del mundo. Su explosiva vigencia no se explica, a mi entender, en el hecho de que el detective sea efectivamente un lector, como prefiere Piglia, sino en que representaba entonces, y sigue encarnando ahora mismo, la figura del cazador. 

La prosa policial dramatiza la caza, actividad atávica del hombre que comenzó en la prehistoria y que, por lo tanto, se encuentra inscripta en nuestro genoma. El hombre civilizado lee acerca de peripecias y persecuciones porque tiene dentro de sí ese ímpetu dormido, ese adn explorador y carnívoro, y porque le resulta irresistible “revivir” las múltiples experiencias del cazador primigenio: los detalles, la conjetura, el seguimiento, el acorralamiento y el asalto final.

 Salvador Vázquez de Parga, tal vez el máximo especialista español de toda esta novelística, lo explica a su manera: “La novela policial es el relato de una persecución —escribe—. Hasta ahora los teóricos del tema han cifrado el corazón de la novela criminal en el enigma, y realmente en ningún caso puede carecer de él, pero su situación como punto álgido de la trama puede hallarse desplazada. La novela detectivesca pura hace efectivamente del problema el centro de gravedad alrededor del cual gira toda la narración. Las distintas transformaciones del género, sin embargo, han podido desplazar el punto vital al misterio, al suspenso, a la aventura, a la acción, al criminal, a la víctima, a la sociedad, al ambiente, etc., dando lugar a los distintos subgéneros de la literatura criminal”.

Personalmente, creo que hasta el enigma racionalista a la manera de Sherlock Holmes (alguien capaz de analizar pisadas y de utilizar un perro para seguir olores y huellas) reproduce las habilidades del hombre primitivo para deducir y anticipar los movimientos de su presa, y darle caza. Es que dentro de esta clase de narraciones hasta el problema más intelectual es, en verdad, una duda, un acertijo sobre el terreno, una búsqueda, un acoso, una batida. Borges y Bioy Casares llegan a un extremo cuando con los cuentos de don Isidro Parodi colocan al cazador en el más completo aislamiento: el “detective” está preso y por meras referencias verbales inicia la cacería mental y da con el culpable sin moverse un centímetro de su celda. Significativamente, de la caza de un animal homicida termina tratándose Los crímenes de la calle Morgue: Dupin descubre que el asesino no es un humano, sino un enorme orangután de Borneo.

Si el detective es el cazador, podemos decir que el suspenso sin investigadores es la novela de la presa, inocente o culpable: William Irish, Charles Williams, David Goodis, Patricia Highsmith y tantos otros cultivaron esta otra narración apasionante, cuya empatía y punto de vista se encuentran ya no en el clásico perseguidor sino en el perseguido.

Caído el Muro de Berlín y la Guerra Fría, un particular depredador aideológico se ha puesto de moda en esta gran cacería literaria, y es el asesino serial. El noir escandinavo, que se ha vuelto famoso en todo el planeta y que incluso ha contagiado al cine universal y específicamente a la televisión anglosajona, pone el ojo en ese animal sediento de sangre, y utiliza sus siniestras andanzas para mostrar las perversiones de la vida moderna y, sobre todo, el femicidio, penoso y extendido fenómeno de época que la escritura intenta denunciar. Un antecedente de esta poderosa tendencia lo constituye el “Drácula de la era de las computadoras y de los teléfonos celulares”, como Stephen King nombró alguna vez a Hannibal Lecter, que por supuesto es el más refinado depredador de la literatura policial. La criatura de Harris es cultísima y tiene predilección por la carne humana, y constituye el punto culminante de ese juego del gato y el ratón que libran el cazador y su peligrosa presa, en un permanente intercambio de roles. Dragón Rojo y El silencio de los corderos provienen de episodios tristemente célebres de la realidad norteamericana y derivan en cientos de ficciones en las que ingeniosos asesinos múltiples buscan emular al más perfecto y aterrador de todos. Holmes y Poirot fueron los responsables de una ola infinita de imitadores de esos detectives agudos y caballerescos; Hannibal es culpable de una avalancha de psicópatas monstruosos.

El paso, a principios del siglo XX, de la novela de cuartos cerrados y salones con venenos y dagas, a la calle salvaje, sucia y trepidante, encumbró a los detectives privados de Hammett, Chandler y Ross Macdonald. Estos Quijotes melancólicos y escépticos eran cazadores cansados, pero lo novedoso que tenían esas narraciones radicaba en las sociedades que sus autores pintaban con gran talento. Allí el cazador y la presa a veces no eran más que piezas de un tablero intricado y lleno de acechanzas: la ciudad como protagonista y, fundamentalmente, como selva. O “la jungla de asfalto”, como la denominó Burnett en la célebre novela que filmó John Houston. Ese género nació en un pequeño cuento de Hemingway: “Los asesinos”. Dos sicarios, dos fieras cínicas, llegan a un bar buscando a un hombre a quien deben eliminar: la psicología, la atmósfera, los diálogos y la violencia flotan en esa obra maestra que condensa y anticipa todo el género negro.

Los secretos de la selva urbana, sus interconexiones privadas, sus arquetipos, recodos y trampas, y sus lógicas de poder son esenciales para esta pléyade de detectives realistas y descarnados, a quienes Borges desdeñaba porque practicaban una cierta truculencia y le parecían simples “malevos”, pero a quienes tuvo a bien colocar en el canon literario al darles su lugar en la legendaria colección del Séptimo Círculo. Para estos narradores, el crimen es una especie de excusa de la que se valen para descubrir la trama oculta de la sociedad, donde ricos y poderosos se codean con lúmpenes, y donde al final ya casi no importa quién mató a quién sino el viaje por la jungla que hemos experimentado siguiendo los pasos audaces del cazador. Es por eso que el género negro se convierte, con el tiempo, en la gran novela sociológica. Y por supuesto, también en la novela política que da cuenta del presente.

Hoy en día la geografía se ha transformado en algo tan central y decisivo que prácticamente cada año podemos viajar a Grecia de la mano de Márkaris, a Scilia con Camileri, a Suecia con Mankell, a París con Lamaitre, a Dublín con Benjamin Black, a Shanghai con Andy Okes. Los contextos sociales, sus culturas dominantes, sus gastronomías y sus problemáticas son tan importantes como la personalidad de los detectives y de hecho mucho más relevantes que los crucigramas del enigma, convertido apenas en un anzuelo que mordemos con gusto. El lector de policiales es hoy un turista feliz que se desplaza alrededor del globo, y esos sabuesos costumbristas son guías involuntarios en lejanas y escabrosas junglas de cemento por donde vagan y husmean en busca de pistas.

 El desarrollo de este género en la Argentina está lleno de curiosidades y conflictos. Podríamos decir que goza de considerable prestigio literario merced a estos dos defensores ardorosos: Borges y Piglia. Pero aquí el género no ha brillado mayormente en novelas, sino en cuentos breves. Aun así, prácticamente no existe escritor de primera línea que no haya incursionado o, aunque sea, se haya visto tentado alguna vez a merodear el género: desde Lugones, Groussac, Nalé Roxlo y Roberto Arlt hasta Cortázar, Castillo y Saer. ¿Podríamos decir que El túnel de Sabato es de algún modo también una novela policial y que acaso El informe sobre ciegos es un thriller paranoide? Yo creo que sí. Pero vayamos a lo seguro: Borges crea a Lönnrot en La muerte y la brújula para ejecutarlo con una vuelta de tuerca en el acto final, Bioy reescribe a James Cain en Cavar un foso, Peyrou practica la alegoría en El estruendo de las rosas, Castellani se inspira en Chesterton para las pesquisas del padre Metri, Velmiro Ayala Gauna da vida a un pintoresco comisario correntino que resuelve delitos de la vida rural, Denevi sorprende con una trama amorosa ejecutada bajo una estructura de novela de misterio en Rosaura a las 10, Walsh reinventa el enigma británico en los relatos de Variaciones en roj”, María Angélica Bosco pone en escena el homicidio de una mujer y alude a lo político y a lo psicológico en La muerte baja en ascensor, Tizziani narra la fuga de un delincuente en Noches sin lunas ni soles, Feinmann dibuja un frío asesino profesional en la borgeana Ultimos días de la víctima, Soriano homenajea a Phillip Marlowe en Triste, solitario y final, Sasturain parodia a los fanáticos de Chandler y de Hammett en Manual de perdedores, Guillermo Martínez se luce con una intriga matemática en Crímenes imperceptibles y el académico Pablo De Santis da a luz a un sinfín de deliciosos investigadores amateurs. Hay muchos otros ejemplos en nuestra prosa, que sin embargo adolece de un mito propio. La gran imposibilidad de crear un detective empático y noble y a la vez creíble, que goce de popularidad y de respeto crítico entre los lectores más pedestres y entre los más calificados, como sucede en muchos otros países, ha sido quizá explicada por el propio Borges en Leyes de la narración policial, que escribe en 1933 y que recogen sus “Textos recobrados”: en esas páginas acomete irónicamente contra el criollo, a quien siempre le parece extraño —dice— “el apetito de legalidad” de los ingleses. En un ensayo posterior afirma que los argentinos no denunciamos un crimen porque nos sentimos delatores y tendemos a sospechar del Estado y a ver a la policía como una mafia. El primer concepto habla de un rasgo social, tal vez heredado de los inmigrantes italianos y españoles, pero curiosamente el segundo dejó con el tiempo de ser un prejuicio o un malentendido y terminó resultando una verdad dramática: para el ciudadano de a pie la policía es hoy sinónimo de ilegalidad y de corrupción. En la actualidad, muchos argentinos piensan, y con razón, que algunos policías manejan el delito común y el narcotráfico. Es decir, que el cazador es a la vez el depredador, como en las viejas novelas de Jim Thompson.

Como el detectivismo privado es una superstición norteamericana que resulta una impostura en la Argentina, y los comisarios e inspectores locales no gozan de buena reputación, algunos escritores han buscado en la figura del periodista de investigación o del cronista policial un sucedáneo del sabueso clásico, hasta ahora con relativa suerte. El gran detective argentino es todavía una asignatura pendiente, la presa dorada que los cazadores de la pluma seguirán buscando en la gran selva de nuestra literatura."

( , Zenda, XL Semanal, 05/01/21)

9/12/20

Sobre los animales...

 "Un animal muerto a flechas no muere de manera certera. Seguimos su rastro por el bosque. Cuando encontramos a la bestia estaba en sus estertores. Los hombres la rodearon en círculo y observaron su muerte, en silencio. En ese momento alguien dijo algo y todos respondieron. Era una oración de agradecimiento. 

Supongo que al animal. Luego comenzó el despiece. Preciso, pero realizado con otra lógica distinta a la del carnicero. Más antigua. Me dieron el trozo más honorable. Lo comí crudo, como me indicaron. Tenía el sabor del bosque y del centro de la Tierra. Volvimos al poblado, orgullosos de llevar comida. Una comida, por otra parte, insuficiente. No habría para todos, sin embargo todos comerían de ella.

El momento religioso en torno al cadáver fue rápido y efectivo, sin sobreactuaciones. Habían quitado una vida. A otro devorador de vidas. Un hecho contradictorio, pero cotidiano e inevitable. Comemos cadáveres, en fin. Únicamente. Dejar de comer por la palabra cadáver, por el sufrimiento vertido, es no entender los sentimientos. Tal vez es el paso previo a su desaparición. 

La generalización de ello, o al menos una industria alimentaria sustentada en evitar el sufrimiento de la muerte, es algo que habla de nosotros, de nuestra época, de nuestro desastre sentimental, de un naufragio. Aquel día la oración frente al cadáver del animal fue, así la recuerdo, de una elegancia absoluta. Me recordó a las mujeres cuando era niño. Mataban a los animales pequeños. No decían ninguna oración, pero era evidente que esa oración, hacía generaciones, se habría producido. En su lugar surgía un hueco, un silencio en el preciso momento en el que el animal se adentraba sin remedio en la muerte. 

En esos momentos siempre se nos decía a los niños, que veíamos todo aquello con la boca abierta, una frase rigurosa. Era como una lección. “Mira sus ojos”. Los ojos de aquellos animales pequeños, como los de aquel animal del bosque, mutaban ante la muerte. De pronto, adquirían una calidad de inteligencia sobrecogedora. Ya no eran ojos de animales, sino de personas. Y eran trascendentes. Veían algo importante, que por fin comprendían y adquiría sentido. Curiosamente, en el momento de morir, los humanos –aún no lo sabía– articulan una mirada opuesta. Dejan de comprender. Nos vamos sin comprender. Es una suerte de sinsentido, de derrota.

Ignoro qué lección querían dar las mujeres a los niños, como los cazadores del bosque, supongo, no recordaban el por qué de sus oraciones. Supongo que no lo había. O que era la misma lección de siempre, la única que, con silencios u oraciones, pudimos transmitir mientras pudimos. Cuídate de las bestias. Es decir, cuídate de ser una. Somos la única bestia consciente del dolor infligido. Cuídate de olvidarlo. Cuídate de la gratuidad, de aplazar y no observar de cara el sufrimiento. Moriremos derrotados, pero si conseguimos no ser fieras esa será la única derrota."                   (Guillem Martínez, CTXT, 06/12/20)