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27/11/23

Cuando el «sentido común» lo dejamos en manos de la derecha (los que históricamente han cancelado y censurado)... Cómo estará de extendida la percepción de la cancelación en nombre de lo políticamente correcto, la censura y la falta de tolerancia frente a la pluralidad de opiniones, que el primer ministro del Reino Unido ha nombrado a Esther McVey «ministra del sentido común» para la lucha contra lo ‘woke’... la estrategia woke ha acabado siendo utilizada como arma arrojadiza por unas minorías para hacerse con el poder –ideológico, cultural y social– sobre las mayorías. Lo que debía ser un instrumento de alerta ante las injusticias que nos igualara a todos, ha acabado siendo una herramienta para darle el poder a unos pocos en base a un pensamiento único, escudados en las llamadas guerra culturales... O sea, ha acabado siendo una herramienta para limitar la libertad de expresión

 "Hay noticias que nos pondrían poner sobre aviso de lo que se nos avecina, mucho más en tiempos de cambios de carteras ministeriales.

Me explico.

En una época parecida a la nuestra se encuentra el Reino Unido, de cambios de carteras me refiero. Rishi Sunak, el primer ministro, ha sufrido recientemente un terremoto en su gobierno y, para tratar de encarar lo mejor posible el año antes de las elecciones, no solo ha llamado a Cameron para que participe de nuevo en el gabinete –cosas más raras se han visto en política que recuperar al político que los metió en uno de los mayores desaguisados internacionales de los últimos tiempos–, sino que ha tenido que ampliar ministerios.

En concreto uno, el que me interesa, es el que a partir de ahora ocupará Esther McVey, superviviente de los gobiernos de Cameron, May y Johnson. Pero ¿quién es Esther McVey y qué puesto asumirá? Si recurres a la Wikipedia en español, no hay actualización profesional suya a partir de 2019; sin embargo, si te acercas a mirar la versión inglesa, añaden varias cosas, entre otras, que en la reorganización de noviembre de 2023, Rishi Sunak la ha nombrado ministra sin cartera con la tarea de liderar la agenda antiwoke del gobierno.

Y sí, tal cual lo digo, parece que esta diputada del ala dura de los tories ha sido designada por el primer ministro para velar contra la denominada cultura woke, y su «brazo armado», la cultura de la cancelación en el Reino Unido.

Y ahí es donde yo no puedo evitar una media sonrisa al enterarme de que han nombrado a una «ministra del sentido común» centrada en la lucha contra lo woke. Las palabras no son mías, proceden de la prensa británica. Cómo estarán las cosas para que un gobierno llegue a la conclusión de que la mera denominación y apelación del sentido común pueda serle rentable políticamente.

Es decir, cómo estará de extendida en gran parte de la población la percepción de que la locura, la falta de sensatez, la cancelación en nombre de lo políticamente correcto, la censura, el terraplanismo y falta de tolerancia frente a la pluralidad de opiniones, entre otras cosas, es bueno que sea objeto de control por parte de un gobierno… de derechas.

La definición de woke cambia según a quién le preguntes. El término deriva del inglés afroamericano y se empezó utilizando de forma razonable, en un intento de proteger –como no podía ser de otro modo– a las minorías, y, sobre todo, insistiendo en una crítica al racismo y al machismo imperante, en definitiva contra la desigualdad estructural. A partir del 2014 y con el movimiento Black Lives Matter se utilizó para «despertar» a la gente frente a la brutalidad policial en EE.UU. contra la comunidad negra.

 El problema es que, desde entonces, el término se ha utilizado para denunciar todo aquello que no gusta, en realidad, todo aquello que no sigue… lo que los wokes creen que hay que defender y de no ser así aplican su, temida, cultura de la cancelación, para acabar «asesinando» públicamente a aquel personaje que no repita el discurso que ellos defienden. Dicho de otro modo, la estrategia woke ha acabado siendo utilizada como arma arrojadiza por esas mismas minorías para hacerse con el poder –ideológico, cultural y social– sobre las mayorías. Sí, lo que debía ser un instrumento de alerta ante las injusticias que nos igualara a todos, ha acabado siendo una herramienta para darle el poder a unos pocos en base a un pensamiento único, escudados en las llamadas guerra culturales.

Hasta aquí, casi os diría que no pasa nada. El drama, sí, permitidme que me ponga un poco trágica, es que lo que podría quedarse en discusión familiar, o debate en un grupo de amigos, ha salido y ha llegado incluso a órganos más o menos con poder, consiguiendo, incluso, silenciar a personas y, claro está, a sus opiniones. O sea, ha acabado siendo una herramienta para limitar la libertad de expresión desde algunas minorías.

 Llegados a este punto, está claro que lo de menos es quién sea McVey, que dicho sea de paso tiene bastantes detractores en su país, lo verdaderamente interesante es que, finalmente, alguien se haya dado cuenta –hasta tal punto de crear un ministerio–, que no se puede normalizar la cancelación desde el punto de vista de una democracia. Y que, además, tenga que venir desde la derecha (los que históricamente han cancelado y censurado) y con la bandera del «sentido común».

Quizá, normalizando la sensatez, aunque sea de forma gubernamental; quizá, dejando que exista libertad de opinión y no censura; quizá, respetando los estudios científicos, podemos empezar a centrarnos en los temas verdaderamente importantes, como la escasez de viviendas asequibles, el aumento de las facturas de energía, las escaseces sanitarias o educativas, o los terribles niveles de pobreza que existen en algunas zonas. Lo triste es que ese campo discursivo se lo estamos dejando a la derecha, véase la nueva ministra británica.

Cómo de estúpidos han de ser los que tiene enfrente la derecha británica, cómo de evidente debe ser, que baste con apelar al sentido común, para ganarse el apoyo de la ciudadanía, aunque recurriendo a un ministerio sin cartera. Veremos si acabamos siguiendo el ejemplo.

Ya dijo alguien en España, viendo los derroteros de la guerra cultural que se está teniendo desde la izquierda, que ésta está perdiendo el sentido común, y que será la ultraderecha la que apele al sentido común, y, desgraciadamente, de seguir así, la gente terminará pensando que la ultraderecha es la que tiene sentido común."                   (Carmen Domingo, ethic, 27/11/23)

19/10/23

Contra la cultura de la cancelación, crítica de la cosmovisión woke... “una actitud cada vez más frecuente que consiste en retirar el apoyo, ya sea moral, económico, digital o social, a aquellas personas u organizaciones que, independientemente de la veracidad [validez] de sus argumentos, no cumplen con las expectativas de un sector de la sociedad que, en ese momento, ostenta cierto poder y lo ejerce limitando, con su intento de silencio al otro, la libertad de expresión. O sea cancelándolo”

 "Para abrir el apetito lector y como paradigma de las consideraciones críticas de Carmen Domingo: “Quizás la cancelación que ha sido más virulenta en los últimos tiempos ha sido la que ha sufrido el feminismo de la mano de la izquierda posmoderna y su teoría del género, o teoría queer […] lo que no podemos perder de vista es el efecto colateral más evidente del predominio del género frente al sexo y a que eso determine, en realidad, lo que eres: el borrado de las mujeres”.

Componen el nuevo (y muy recomendable) libro de la autora de Con voz y voto. Mujer y política en España entre 1913 y 1945 la introducción -“El comienzo de una idea”-, cuatro capítulos – “El nuevo macartismo: La cultura de la cancelación”, “Quema de brujas en el siglo XXI”, “Soy una víctima, luego existo”, “A por el fin de la Cultura de la Cancelación”-, un sucinto e informativo apéndice (“Diccionario de la Cancelación”), la bibliografía (¡afortunadamente incluye las Imposturas intelectuales de Sokal y Bricmont!) y las notas. Falta, sin ser esencial en este caso, un índice de nombres. Abren el libro dos citas -Ray Bradbury, Bertrand Russell- y una ilustración de María Torre Sarmiento.

 Estamos ante un libro en el que la autora habla del impacto de la Cultura de la Cancelación en Occidente, una cultura que está haciendo mella en la que llama izquierda posmoderna de nuestro país, “una actitud cada vez más frecuente que consiste en retirar el apoyo, ya sea moral, económico, digital o social, a aquellas personas u organizaciones que, independientemente de la veracidad [validez] de sus argumentos, no cumplen con las expectativas de un sector de la sociedad que, en ese momento, ostenta cierto poder y lo ejerce limitando, con su intento de silencio al otro, la libertad de expresión. O sea cancelándolo”.

Domingo construye su crítica con fuerza argumentativa y con excelente prosa, una prosa que atrapa al lector o a la lectora desde la primera página, al tiempo que ilustra sus agudas e informadas críticas con sorprendentes ejemplos, sobre los que nos advierte: “Solo puedo añadir que todos y cada uno de los ejemplos que doy son ciertos por más que, por momentos, puedan parecer invenciones. La bibliografía y la hemeroteca confirman que la realidad, una vez más, supera con mucho a la ficción”. Uno de los más citados: el de J. K. Rowling y las presiones a las que se vio sometida por declarar su apoyo a Maya Forstater, una investigadora inglesa que fue despedida por haber tuiteado que, en términos biológicos, una mujer sigue siendo una mujer aunque se sienta y declare hombre.

Algunas de las tesis o posiciones centrales de Domingo:

1. La Cultura de la Cancelación no es, desde luego, algo asociado a la modernidad. “El hecho de ‘cancelar’ a alguien por lo que piensa existe tiempos inmemoriales”.

2. Pero la llamada Cancel Culture – “denunciar a personas, obras e instituciones de tener un comportamiento, a juicio de quien lo critica, inadecuado”- es consecuencia de un fenómeno reciente: “nace en Estados Unidos hace unos cuarenta años y ha ido creciendo y cogiendo fuerzas con su popularización en redes sociales y con la posibilidad de ejercer el anonimato en las mismas, dando un poder a los usuarios que no se había visto antes”. Y de las redes ha soltado a todas las áreas sociales e incluso a la Universidad, que, en opinión de Domingo, ha pasado en menos de cincuenta años de “ser centro del saber y la discusión a ser centro del pensamiento único desde el que, justamente, se aplica la reprobación”. De hecho, a día de hoy, los ejemplos más llamativos provienen de los EEUU y de muchas de sus universidades (Domingo hace referencia a la buena reacción que representa la declaración de las Universidades de Stanford y Chicago de 2022 con el título Restoring Academic Freedom) y, por lo general, añade, “de las universidades que se encuentran en los estados más demócratas”, es decir, con mayor poder institucional del Partido Demócrata USA.

3. Los canceladores, observa Domingo, “presumen de abanderar la lucha en defensa de necesitados y oprimidos y ejercen presión en nombre de LA justicia, o, en puridad, de SU justicia”. Surge de este modo una paradoja: “la paradoja de que el cancelado -hablamos de minorías- se convierte en el opresor y, lo que sorprende más, que las minorías no quieren ser integrados en la mayoría, sino, por asombroso que parezca, mandar sobre ella y acabar cancelándola”.

4. Estaríamos ante una policía del pensamiento que no emana de un estado sino de la propia sociedad, “de sus sectores más jóvenes y progresistas [personas nacidas a partir de los noventa] que a su vez forman parte de otro movimiento, el woke, entendiendo con ello que, como dice el verbo inglés, al estar despiertos, son más sensibles a la aplicación de la justicia”. En realidad, apunta críticamente Domingo, a su idea de la justicia, “por cuya bandera acaban actuando como inquisidores, o sea, de forma injusta”.

5. ¿Quiénes son? Se trataría de jóvenes, de generaciones hiperconectadas a través de las redes sociales que presumen de alta conciencia social. Jóvenes que “se creen comprometidos con esa izquierda identitaria y de minorías, por lo general relacionados con movimientos antirracistas, LGTBIQ+… e incluso infiltrados en el feminismo posmoderno, pero que han olvidado por completo, o desconocen, los valores de la izquierda”. Jóvenes, de tipología múltiple y variada, entre los que existe como nexo de unión una línea ideológica canceladora que se asocia a una izquierda posmoderna que “ha pasado de preocuparse por la igualdad y las necesidades sociales -trabajo, sanidad, educación-, a centrarse en las minorías”.

6. La praxis de estos colectivos de jóvenes, con redes de influencias cada vez mayores, consiguen que sus “conspiraciones tengan cada vez más fuerza en no pocos casos hasta lograr afectar a la vida intelectual y artística de la sociedad en su conjunto”.

Por qué ideas disparatadas, y en muchos casos crueles, se pregunta Domingo, encuentran tanto en eco en ciertos grupos sociales. Su hipótesis: “la eliminación de las Humanidades, entre las que se encuentran la Filosofía y la Historia en los programas de enseñanza, asignaturas que fomentan el pensamiento crítico, facilita la deglución sin análisis de las causas que apelan a la emoción y destierran la razón”.

Uno de sus llamativos ejemplos de cancelación: “recientemente, en algunas librerías parisinas se ha intentado cancelar a la reciente Premio Nobel, Annie Ernaux, porque, decían, era antisemita, por su posición frente al problema palestino”.

Ni que decir tiene que las críticas a lo woke provienen también de la derecha, incluso de la derecha extrema. No es esa la posición de Domingo: “También han criticado la penetración woke el presidente del Partido Conservador británico Oliver Dowden y Boris Johnson. Lo curioso es que la crítica a lo woke, y lo que significa empaña las necesidades reales de la izquierda y por lo que esta debería pelearse. Y así, de nuevo, el postureo woke maquila en primer lugar, para pasar a olvidarse de las necesidades reales, del trabajo, la educación, la sanidad y las obligaciones del estado para con sus ciudadanos”.

No hay, por supuesto, en las venas y arterias de la escritura de Domingo ni una sola gota de transfobia. Con sus palabras: “Nada tenía, ni tiene, que ver la falta de libertad de expresión con la posibilidad de que las minorías irrumpan en el debate público y alcen su voz”. En no pocas ocasiones, recuerda, “sus reivindicaciones se han traducido en una mejora de la convivencia y del respeto a distintas opciones vitales, como el matrimonio homosexual o la igualdad de derechos laborales entre hombres y mujeres con independencia de su origen y condición, entre otras muchas”. Pero, para Domingo, “formar parte de una minoría no te da la razón, ni ejercer el activismo desde una supuesta izquierda garantiza, per se, que se actúe y se piense correctamente”. Para la autora hemos de plantearnos “qué ha pasado para que desde la izquierda, que antes trataba de integrar a todos los colectivos y de garantizar que no hubiese diferencias entre ellos, hoy baste con ser o sentirse un colectivo minoritario para conseguir una visibilidad y un poder muy por encima de la representación real e, incluso, la autoridad moral para excluir al resto. ¿Es esa la izquierda que queremos?”. La pregunta, desde luego, es retórica."                 (Salvador López Arnal , Rebelión, 23/09/2023)

6/9/23

Los errores de la izquierda en su batalla cultural... la izquierda se dedicó a explotar las cuestiones identitarias, que además quedaban muy vistosas en mítines e imágenes televisivas, para poder captar votos: movimiento LGTB, racializados, discapacitados, multiculturalidad… al final, ni siquiera esos sectores identitarios les han apoyado, porque se ha demostrado que para muchos de ellos su identidad sexual, su raza o su religión no era tan prioritario como creían en la izquierda... en el barrio madrileño de Chueca, icono del colectivo LGTB, ganó el PP, como está sucediendo en todas las elecciones... Es decir, mientras la izquierda, en su intento de presentarse como moderna, multicultural y tolerante, llenaba sus escenarios y presentaba como valor electoral de sus candidatos su raza o religión foránea o su orientación sexual no tradicional, que se desplazan en bicicleta y llevan dieta vegana; la derecha se quedaba con el regalo de reivindicar la identidad tradicional, agredida, humillada y ridiculizada, según su discurso, por ser heterosexual, blanca, comer carne y viajar en un coche diesel... la izquierda ha abrazado muchas batallas culturales, netamente de urbanitas acomodados, que no podían ser comprendidas por amplios sectores sociales, y que le han dejado un campo abierto a la derecha y ultraderecha. Una operación de defensa del mascotismo defendiendo que no se pueden dejar los perros atados esperando frente al supermercado o solos en el balcón, que los cazadores no pueden cruzar a sus animales de caza o que había que hacer un curso para tener una mascota, resultaba ridículo para una gran parte de la sociedad, en fechas en los que los alimentos subían un 15% (Pascual Serrano)

 "La izquierda se ha estrellado en las recientes elecciones. Muchas pueden haber sido las razones, y muchos los análisis e interpretaciones que se han hecho y se seguirán haciendo. Nosotros vamos a centrarnos en los errores de los marcos de debate impuestos por la izquierda y de la batalla cultural. Igualmente intentaremos mostrar cómo se ha regalado a la derecha y la ultraderecha muchos elementos que le han permitido cabalgar electoralmente.

 El resultado electoral de las pasadas elecciones municipales y autonómicas depende, como es lógico, de muchos factores. Nosotros nos vamos a detener solo en uno, en qué medida los temas de la agenda mediática logran condicionar a los electores. Es decir, qué asuntos terminan siendo importantes fruto de los medios de comunicación y cuáles son los promovidos por los líderes de la izquierda como centrales de su agenda informativa.

La agenda setting

Es de sobra conocido, que si imponer desde los medios una ideología no es fácil, sí que es más viable imponer la denominada agenda setting, es decir, los asuntos que las audiencias van a considerar más o menos importantes.

Veamos un ejemplo. Cuando las encuestas preguntan qué asuntos del país preocupan más a los ciudadanos, la respuesta es diferente a cuando, a continuación, les preguntan, qué temas les preocupa a ellos personalmente. En el primer caso se dejan llevar por los problemas impuestos por la agenda setting (terrorismo, inseguridad ciudadana…) y en el segundo por los reales que les acechan todos los días (desempleo, sanidad…).

De modo que, cuando se acerca una cita electoral, todos los poderes en liza intentan imponer sus agendas: los mediáticos por un lado, y cada partido político por otro. Pueden conseguirlo o no, pero también, en el caso de los partidos, puede que se hayan equivocado a la hora de apostar por los temas de agenda estrella. Especialmente los denominados guerra cultural.

Explotar las cuestiones identitarias

Por ejemplo, en esta campaña hemos comprobado cómo la izquierda se dedicó a explotar las cuestiones identitarias, que además quedaban muy vistosas en mítines e imágenes televisivas, para poder captar votos: movimiento LGTB, racializados, discapacitados, multiculturalidad…

 El momento más surrealista fue cuando, en el mitin de Valencia, la ministra Irene Montero dice que la candidata de Podemos a la alcaldía de la tercera ciudad del país es la más adecuada porque es bollera, sorda y feminista. Sin tener nada en contra de esas características, no parece un argumento de validez política.

Mientras, en Chueca, triunfaban en redes las performances de personas trans contorneándose en el escenario al tiempo que los candidatos de Más Madrid o de Unidas Podemos aplaudían el ritmo de la música. Todas las candidaturas de izquierda exponían candidatos de raza negra o mujeres con hiyab como muestra de multirracialidad y multiculturalidad.

Heterosexuales aburridos

No se trata de que nos parezca mal que todos los elementos anteriores se incorporen a la propuesta política, el problema es cuando los conviertes en tu principal patrimonio de guerra cultural y en tu agenda mediática electoral, o el único mérito para aspirar a recibir un voto.

Incluso si en tu desorientada defensa de esas minorías no se te ocurre otra cosa que decirle a una periodista “No hay nada más aburrido que una reunión de tíos heterosexuales”. Es lo que dijo Yolanda Díaz en una conversación/entrevista con Jorge Javier Vázquez.

¿Existía alguna forma más clara de dejarle a la derecha el regalo de la defensa de los heterosexuales que llamarles gratuitamente aburridos? ¿De verdad hacía falta eso para defender los derechos de los colectivos homosexuales?

Ayuso y la libertad

Mientras tanto, la derecha, como bien demostró Ayuso, apostó por la apropiación del término “libertad” que, como todos sabemos, en el capitalismo, solo consiste en hacer lo que te permita tu dinero. Ponía en la agenda las okupaciones de vivienda. Que serían mentira, pero tampoco se entiende que desde la izquierda combatieran las propuestas demagógicas de la derecha si, de verdad, no había, tanta okupación.

La derecha denunciaba una subida del precio de los alimentos, que era verdad, apelaban a elementos culturales mucho más eficaces, como la identidad e integridad de España, los valores tradicionales que, en lugar de ir superándolos por la izquierda, están siendo simplemente ridiculizados y humillados.

La gran paradoja es que al final, ni siquiera esos sectores identitarios que centraron el discurso de la izquierda les han apoyado, porque se ha demostrado que para muchos de ellos su identidad sexual, su raza o su religión no era tan prioritario como creían en la izquierda. Yolanda Díaz dijo:

“No entiendo que un gay vote a la derecha”. Y Alberto Olmos le respondió con lucidez. “A diario veo camareros, conductores de autobús, camareras, conductoras de autobús, un panadero. Las cajeras del Día. Las cajeras del Ahorra Más. Y veo clientes en esos supermercados, por cientos en ocasiones. Pero ninguno hace la compra como gay».

Esto es así porque la orientación sexual hacia personas del mismo género no ocupa el cien por cien del tiempo de las personas cuya orientación sexual se dirige hacia personas de su mismo género. No llevan un cartel, un discurso, una banderita siempre.

La frase de Yolanda es verdaderamente triste. Si eres gay, no votas a la derecha: a la derecha la votas si eres de derechas, y miren por dónde hay gays de derechas.

En Chueca ganó la derecha

Y tanto que los hay, en el barrio madrileño de Chueca, icono del colectivo LGTB, ganó el PP, como está sucediendo en todas las elecciones.

 Como señaló Jorge Alemán en la revista argentina Página 12, “en los tiempos actuales de fragilidad y desamparo de los sujetos, e insisto con esto, más allá de lo económico, las derechas saben que incluso los sectores más vulnerables exigen identificaciones fuertes, que se encarguen de ocultar tanto la división en antagonismos que constituye a lo social como la propia fractura inaugural del sujeto en los seres hablantes. Para esta operación la Ultraderecha es la agenda de promoción de un «yo fuerte». Un imaginario que por arcaico que sea, por anacrónico que parezca, prometa una identidad sin fisuras”.

La derecha se apropia de la identidad tradicional

Es decir, mientras la izquierda, en su intento de presentarse como moderna, multicultural y tolerante, llenaba sus escenarios y presentaba como valor electoral de sus candidatos su raza o religión foránea o su orientación sexual no tradicional, que se desplazan en bicicleta y llevan dieta vegana; la derecha se quedaba con el regalo de reivindicar la identidad tradicional, agredida, humillada y ridiculizada, según su discurso, por ser heterosexual, blanca, comer carne y viajar en un coche diesel.

Lo peligroso es que tampoco parece que se haya aprendido tras ver los resultados. El comunicado de Izquierda Unida habla de la necesidad de «desplegar sentimientos movilizadores». Como ha señalado Elisa Beni, “¿Más sentimiento, más emociones y menos gestión es lo que proponen? ¿No ven que precisamente ha sido su transformación en izquierdas identitarias, alejadas de la tradicional postura materialista que las impregnaba, lo que les ha arrastrado a la derrota?”

 Logros sociales del gobierno

Es verdad que el gobierno de coalición ha logrado objetivos sociales y económicos impensables en un gobierno de derecha: aumento de las pensiones, subida del SMI, ERTES para garantizar ingresos a muchos sectores durante la pandemia, mejoras en la contratación laboral.

Pero no nos engañemos, muchas de esas medidas sociales no han sido tan exitosas como intentaron vender. Y eso los electores lo han comprobado. El Ingreso Mínimo Vital no ha funcionado, ha llegado a muchas menos personas de las que lo necesitan, se calcula que solo llega a la quinta parte de la población que vive bajo el umbral de la pobreza. No deberían existir las colas para conseguir comida si esas personas tuvieran asegurado un ingreso de 565 euros al mes. 

 Los ERTES tampoco ayudaron a muchos empleados de la hostelería que estaban contratados por pocas horas de jornada aunque trabajaran la jornada completa, de modo que se encontraron en la pandemia con unos ingresos menores de los que le correspondían porque no habían cotizado por jornada completa.

Regulación del precio del alquiler

La regulación del precio del alquiler no convence a nadie, entre otras cosas porque se encuentra en una ley de rango nacional que establece que esa regulación se debe aplicar en unas zonas que deben ser previamente calificadas por las administraciones autonómicas. Es decir, no es aplicable por el gobierno que la ha aprobado.

Otras medidas sociales que se aireaban no han sido capaces de aplicarlas ni la sociedad veía cómo hacerlo. Es el caso de la limitación del precio de los alimentos básicos que nunca se hizo. No bastaba con denunciar que el dueño de Mercadona se está haciendo rico, había que mostrar la viabilidad de una medida de limitación de precios.

Y todos recordamos que los dos casos de topes de precios que se han aplicado, a las mascarillas y a los test de covid, se les estableció un precio limitado que terminó siendo superior al que las empresas terminaron vendiéndolo. En Portugal los supermercados vendían los test más baratos que en España sin que hubiera ninguna limitación de precio gubernamental.

Con la derecha hubiera sido peor

Por supuesto que si hubiera gobernando la derecha todo lo anterior hubiera sido peor. Pero eso no basta para conseguir que los ciudadanos te apoyen como mal menor. Hace mucho que en España no se vota a favor de alguien, sino en contra de alguien. Se vota a la contra, se vota para castigar. Recuerdo el eslogan electoral que adoptó Herri Batasuna en unas elecciones europeas y que le resultó muy exitoso: “Donde más les duele. Vota HB”. Por eso muchos electores han votado encabronados contra el gobierno sin pararse a pensar que la alternativa va a ser peor.

Contra el oligopolio de los medios de comunicación

Otro de los errores de la cosmovisión mediática de la izquierda ha sido embarcarse en una cruzada de denuncia de los medios de comunicación responsabilizándoles de todos los males que azotan a esa izquierda.

La existencia de un oligopolio mediático controlado por las grandes empresas es una realidad incontestable, el sesgo informativo generalizado a favor de los poderes establecidos es indiscutible, pero centrar en ello una campaña electoral, desplazando propuestas sociales o denuncias de otras injusticias, es dejarle un gran campo de discurso a la derecha.

 Si se quiere combatir el oligopolio se deberían haber hecho propuestas de reforma durante la legislatura, no bastaba con llorar durante la campaña electoral por la desigualdad de acceso a los medios y su sesgo informativo. Eso no sirve para convencer del voto pocos días antes de las elecciones, sirve para justificar tu derrota.

Mascotismo y culpabilización ecológica

Por último, la izquierda ha abrazado muchas batallas culturales, netamente de urbanitas acomodados, que no podían ser comprendidas por amplios sectores sociales, y que le han dejado un campo abierto a la derecha y ultraderecha.

Una operación de defensa del mascotismo defendiendo que no se pueden dejar los perros atados esperando frente al supermercado o solos en el balcón, que los cazadores no pueden cruzar a sus animales de caza o que había que hacer un curso para tener una mascota, resultaba ridículo para una gran parte de la sociedad, en fechas en los que los alimentos subían un 15%, . Y, lo que es peor, suponía un caramelo para la derecha que avanzaba en el mundo rural.

O un discurso medioambiental centrado en culpabilizar a los que comen carne, tienen un coche diesel o no reciclan usando cuatro contenedores en sus cocinas de cuatro metros cuadrados.

Otro caramelo para la derecha, que hace bandera de comer carne o comprende a los habitantes rurales de clase humilde que solo disponen de su coche de diez años para desplazarse a la ciudad.

En conclusión, la izquierda ha perdido la batalla cultural y mediática. Es verdad que el panorama de los medios es adverso, siempre lo fue. El problema es que los marcos en los que la propia izquierda ha situado los debates han sido erróneos, han supuesto regalos culturales para la derecha y un sentimiento de orfandad para grandes sectores sociales de la izquierda, que no se reconocían en esa agenda."                 (

4/8/23

En defensa de Najat... Espero que nuestro reciente alcalde no ceda al chantaje de los posmobeatos con los que nos toca convivir en Barcelona y que la mantenga como pregonera... desprecio tanto a los fachas que censuran a Virginia Woolf, como a los fanáticos que en nombre del colectivo LGBT o de la religión quieren silenciar a Najat (Carmen Domingo)

 "¿Ahora queréis vetar a Najat El Hachmi para que no pueda hacer el pregón de la Mercè?” se preguntaba el otro día Quim Monzó en Twitter y añadía: “Los islamistas institucionales, del brazo de los que no toleran ninguna crítica al discurso oficial trans sobre el cambio de sexo en menores cada vez dais más risa”. No ha habido muchos tuits de personajes de la cultura en defensa de la Premi Ramon Llull, Premi Nadal y Premi Ciutat de Barcelona, en cambio sí unos cuantos en su contra. La primera queja llegó desde el Observatorio contra la Homofobia y, a partir de ahí, se sumaron diputadas de ERC, la CUP y colectivos de JxCat pidiendo que se sustituyera a la pregonera (sería más correcto decir cancelara). Pongámonos en antecedentes. Hace unos días Najat el Hachmi fue elegida por el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni (PSC), como pregonera en las próximas fiestas de la Mercè.

 La elección de la escritora está más que justificada, pero por si fuera poco aglutina una serie de características que justificarían su elección a los ojos de los mismos posmos que se quejan: es racializada, emigrante (procede de Marruecos) y mujer. Sin embargo, Najat tiene un “pequeño problema” y es que no está dispuesta a comulgar con ruedas de molino y es feminista. Lo que implica, claro está, que considera el uso del hiyab un símbolo de opresión y no solo eso, también tiene una visión crítica sobre la religión en general y el Islam en particular, además de que está en contra de la ley trans. Todo eso, claro, “ha desatado la bestia” y ha servido para que sea catalogada de “tránsfoba e islamófoba” y pidan su cancelación.

Najat, fiel a su talante de no entrar en polémicas (fijaros si se aleja de ellas que ni tiene redes), ha escrito un artículo en El País en el que deja claro su punto de partida: “Me trajeron a este país por su prosperidad, pero yo encontré en él la libertad. Me inmigraron para que pudiera vivir y no solo sobrevivir, pero yo aquí descubrí un bien mucho más preciado, el que me ha permitido desarrollar un pensamiento propio, expresar mi visión de las cosas, no tener que callar porque sí y poder hablar partiendo de la base de que todas las voces cuentan y todos podemos emitir aquello que nos parezca oportuno”. Lo que sorprende es que así como hace unos días un grupo de intelectuales, cabreados (como es lógico) por los intentos de cancelación de obras de teatro y autores desde municipios gobernados por la ultraderecha, expresaron su disconformidad en un manifiesto, no hayan dicho ni mu en este caso.

Yo, por mi parte, ni que decir tiene que desprecio tanto a los fachas que censuran a Virginia Woolf, como a los fanáticos que en nombre del colectivo LGBT o de la religión quieren silenciar a Najat. Y me pregunto qué hubiera pasado si la hubiera intentado cancelar Vox. Espero que nuestro reciente alcalde no ceda al chantaje de los posmobeatos con los que nos toca convivir en Barcelona y que la mantenga como pregonera, que se lo merece como la que más. Y mientras, desde la izquierda, levantemos la voz contra censuras y cancelaciones, que no deben aceptarse vengan de donde vengan. Nos va en ello la libertad de expresión y la credibilidad."               

(Carmen Domingo es escritora. Su último libro es #cancelados. El nuevo macartismo; El País, 02/08/23)

27/4/23

Zizek: Chúpame la lengua, aplástame las pelotas... Sobre el Dalai Lama, el multiculturalismo y el sicoanálisis... La interpretación altamente sexualizada de sus payasadas por parte de los observadores occidentales refleja una brecha insalvable en la comprensión cultural.

 " La polémica en torno a un reciente vídeo del Dalai Lama saludando a un niño de siete años no fue simplemente un caso clásico de "lost in translation". También habla del profundo e inerradicable abismo que puede separar a las culturas, e invita a reflexionar sobre la confusión en torno a intenciones y deseos que puede darse dentro de las culturas.

LJUBLJANA - En un reciente vídeo viral, se puede ver al Dalai Lama pidiendo a un niño de siete años, en una ceremonia pública muy concurrida, que le dé un abrazo y luego: "Chúpame la lengua". La reacción inmediata de muchos en Occidente fue condenar al Dalai Lama por comportarse de forma inapropiada, y muchos especularon con que está senil, es pedófilo o ambas cosas. Otros, más caritativos, señalaron que sacar la lengua es una práctica tradicional en la cultura tibetana, un signo de benevolencia (demuestra que la lengua no es oscura, lo que indica maldad). Sin embargo, pedir a alguien que se la chupe no tiene cabida en la tradición.

De hecho, la frase tibetana correcta es "Che le sa", que se traduce aproximadamente como "Cómete mi lengua". Los abuelos suelen utilizarla cariñosamente para burlarse de un nieto, como diciendo: "Te lo he dado todo, así que lo único que te queda es comerte mi lengua". Ni que decir tiene que el significado se perdió en la traducción. (Aunque el inglés es la segunda lengua del Dalai Lama, no posee un dominio de nivel nativo). Sin duda, el hecho de que algo forme parte de una tradición no lo excluye necesariamente del escrutinio o la crítica. Por poner un ejemplo extremo, la clitoridectomía también forma parte de una tradición, y el antiguo Tíbet también estaba lleno de lo que hoy consideramos prácticas humillantes destinadas a imponer una jerarquía estricta. 

E incluso sacar la lengua ha experimentado una extraña evolución en el último medio siglo. Como escriben Wang Lixiong y Tsering Shakya en La lucha por el Tíbet: "Durante la Revolución Cultural, si un viejo terrateniente se encontraba por el camino con siervos emancipados, se ponía a un lado, a cierta distancia, se echaba una manga por encima del hombro, se inclinaba y sacaba la lengua -una cortesía de los de estatus inferior hacia sus superiores- y sólo se atrevía a reanudar el camino cuando los antiguos siervos habían pasado de largo. 

Ahora [tras las reformas de Deng Xiaoping] las cosas han vuelto a cambiar: los antiguos siervos se colocan a un lado del camino, se inclinan y sacan la lengua, dejando paso a sus antiguos señores. Ha sido un proceso sutil, completamente voluntario, ni impuesto por nadie ni explicado". Aquí, sacar la lengua es señal de autohumillación, no de cariño. Tras las "reformas" de Deng, los ex siervos comprendieron que volvían a estar en lo más bajo de la escala social.

Aún más interesante es el hecho de que el mismo ritual sobreviviera a transformaciones sociales tan tremendas. Volviendo al Dalai Lama, es probable -y ciertamente plausible- que las autoridades chinas orquestaran o facilitaran la amplia difusión de un clip que pudiera mancillar a la figura que más encarna la resistencia tibetana a la dominación china.

En cualquier caso, todos hemos vislumbrado ahora al Dalai Lama como nuestro "prójimo" en el sentido lacaniano del término: un Otro que no puede reducirse a alguien como nosotros, cuya alteridad representa un abismo impenetrable. La interpretación altamente sexualizada de sus payasadas por parte de los observadores occidentales refleja una brecha insalvable en la comprensión cultural.

 Pero es fácil encontrar casos similares de alteridad impenetrable dentro de la cultura occidental. Hace años, cuando leí sobre cómo torturaban los nazis a los prisioneros, me traumatizó bastante saber que incluso recurrían a trituradoras industriales de testículos para causar un dolor insoportable. Sin embargo, hace poco encontré el mismo producto en un anuncio en Internet: "Escoge tu veneno para el placer... Aplastador de bolas de acero inoxidable, Dispositivo de tortura con pinzas para bolas de acero inoxidable, Juguete de tortura brutal, Torturador de bolas de acero inoxidable de alta dureza... Así que si estás tumbado en la cama con tu pareja, melancólico y cansado de la vida, ha llegado el momento. ¡Los huevos de tu esclavo están maduros para ser aplastados! Es el momento que estabas esperando: ¡encontrar la herramienta adecuada para brutalizar sus pelotas!". 

Ahora, supongamos que paso por una habitación donde dos hombres están disfrutando de este dispositivo. Al oír a uno de ellos gemir y llorar de dolor, probablemente interpretaría mal lo que estaba pasando. ¿Debería llamar a la puerta y preguntar educadamente, a riesgo de quedar como un idiota, "esto es realmente consentido"? Después de todo, si siguiera caminando, estaría ignorando la posibilidad de que realmente fuera un acto de tortura. O imaginemos un escenario en el que un hombre hace algo parecido a una mujer: torturarla de forma consentida. En esta época de corrección política, muchas personas supondrían automáticamente que ha habido coacción, o concluirían que la mujer ha interiorizado la represión masculina y ha empezado a identificarse con el enemigo.

 Es imposible representar esta situación sin ambigüedad, incertidumbre o confusión, porque realmente hay algunos hombres y mujeres que disfrutan genuinamente con cierto grado de tortura, especialmente si se representa como si no fuera consentida. En estos rituales sadomasoquistas, el acto de castigo señala la presencia de algún deseo subyacente que lo justifica. Por ejemplo, en una cultura en la que la violación se castiga con la flagelación, un hombre puede pedir a su vecino que le azote brutalmente, no como una especie de expiación, sino porque alberga un deseo profundamente arraigado de violar a las mujeres. En cierto sentido, el paso de las trituradoras de bolas nazis al tipo erótico utilizado en los juegos sadomasoquistas puede considerarse un signo de progreso histórico. 

Pero es paralelo al "progreso" que lleva a algunas personas a purgar las obras de arte clásicas de cualquier contenido que pueda herir u ofender a alguien. Nos encontramos con una cultura en la que es aceptable la incomodidad consentida en el ámbito de los placeres corporales, pero no en el de las palabras y las ideas. La ironía, por supuesto, es que los esfuerzos por prohibir o suprimir ciertas palabras e ideas no harán sino hacerlas más atractivas y poderosas como deseos secretos y profanos. El hecho de que algún superego las haya impuesto les proporciona un placer -y buscadores de placer- que de otro modo no habrían tenido.

 ¿Por qué el aumento de la permisividad parece conllevar un aumento de la impotencia y la fragilidad? ¿Y por qué, en determinadas condiciones, el placer sólo puede disfrutarse a través del dolor? Contrariamente a lo que han afirmado durante mucho tiempo los críticos de Freud, el momento del psicoanálisis acaba de llegar, porque es el único marco que puede hacer visible el gran embrollo incoherente que llamamos "sexualidad"."

  ( Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator

26/4/23

Boaventura de Sousa Santos: Diario de una difamación

 "Las acusaciones de acoso sexual en contra de Boaventura de Sousa Santos, vuelven a abrir un tema complejo. Es obvio y evidente que hay que estigmatizar y condenar todo abuso de poder en el mundo académico, y su derivación en el campo del acoso sexual. Sobre esto, Othernews ha siempre inducido una campana continua, dando eco a Mee Too y toda expresión de defensa de la dignidad de la mujer.

Por otro lado, es posible crear situaciones donde acusaciones lleven a destruir la imagen profesional y humana del supuesto agresor. Es una situación compleja, ya que se trata de episodios que nunca tienen testigos.

Othernews quiere abrir su espacio a sus lectores dando la palabra a los que quieran intervenir, para que sea el lector que decida su posición  en esta materia , que se  abre tras décadas de silencio.

Empezamos para dar la palabra al Prof. Boaventura de Sousa Santos, acusado de abuso de poder y acoso sexual.

Estimados/as colegas y estudiantes (antiguos/as y actuales),

Les escribo desde Santiago de Chile donde voy a participar en la feria del libro.

El Centro de Estudios Sociales (CES), algunos de nuestros investigadores y yo, acabamos de ser víctimas de una difamación anónima, vergonzosa y vil por parte de tres autoras. Una de ellas era becaria Marie Curie en el CES (Lieselotte Viaene), las otras dos eran estudiantes de doctorado (Miye Tom y Catarina Laranjeiro). En primer lugar, me gustaría decir que todos los casos de mala conducta mencionados en el texto por cualquier persona, si se confirman, deben ser juzgados rápidamente tanto en el CES como en los órganos judiciales y, como en el momento era director del CES, asumo la responsabilidad institucional por cualquier negligencia que pueda haber ocurrido.

Aunque el artículo está centrado en mí, nunca he tenido reuniones con dos de las autoras (Miye Tom y Catarina Laranjeiro) y con la tercera, la autora principal (Lieselotte Viaene), tuve dos reuniones, una como su supervisor dentro de la beca Marie Curie cuando llegó al CES y otra como director estratégico del CES, a petición del director ejecutivo, para intentar resolver los problemas de comportamiento incorrecto e indisciplinado desde el punto de vista institucional de esta investigadora. Su comportamiento fue tan insolente e incorrecto que el CES finalmente abrió un procedimiento disciplinario contra ella y no aceptó que designara al CES como institución anfitriona en un proyecto del Consejo Europeo de Investigación (ERC). 

Esta negativa se basó en su conducta anterior en el CES. En resumen, esta investigadora fue expulsada del CES. Aquí está la declaración de culpabilidad con fecha del 6 de junio de 2018: 

«Asunto: Proceso disciplinario – Despido. Lieselotte Viaene: Tras haber sido objeto de un procedimiento disciplinario por parte del Centro de Estudios Sociales (CES), se le notifica el procedimiento de despido que se le ha levantado (anexo). Una vez establecidos los hechos indicados en la nota de acusación, el CES tiene la intención de despedirla con justa causa. De conformidad con el artículo 335 del Código de Trabajo, puede rechazar el acta escrita de la acusación, indicando los elementos que considere pertinentes para el esclarecimiento de los hechos y su conducta. Puede adjuntar documentos de respaldo que considere pertinentes para el esclarecimiento de la verdad. Los documentos que se relacionan con este caso están en la Secretaría del CES con Célia Viseu»

En mi opinión, que obviamente no compromete a la Dirección del CES, del que ahora solo soy Director Emérito, este artículo, en lo que respecta a su autora principal, Lieselotte Viaene, es un miserable acto de venganza institucional y personal. Como pueden leer en el texto publicado, toda la información difamatoria que se refiere a mi es anónima y se basa en rumores, es decir, en «hechos» para los que no se ofrece ningunaprueba o forma de llegar a ella.

Ante esto, la primera cuestión que me surge es la perplejidad de cómo una editorial respetable (que ha publicado algunos de mis libros) puede publicar un texto tan engañoso, tan poco veraz en lo que directamente me concierne y tan desconcertante, como el que estoy comentando. Es un texto que tiene una mezcla entre un sólido marco teórico, tomado de la literatura que se ha producido a raíz del movimiento Me Too, al que se superpone una información empírica basada en referencias anónimas, rumores e incidentes no identificados ni probados de forma que puedan ser rebatidos. 

Me pregunto, ¿Quiénes fueron los revisores inter pares (peer reviewers) que analizaron este texto? ¿Qué clase de ciencia es ésa que permite que se mancille y enturbie una institución de prestigio y, en concreto, al investigador que fue su director durante tantos años? En el texto se hace referencia a mí como «profesor estrella» (Star professor), una denominación acuñada en Estados Unidos para caracterizar a los profesores que, por su trabajo o su fama, percibían salarios inmensamente superiores a los de sus colegas. Ese nunca fue mi caso. Lo que fui y con gran placer digo es un caput scholae, un director de escuela que fundó hace cuarenta y cuatro años una institución con la colaboración de un pequeño grupo dedicado y entusiasta de jóvenes investigadores orientados a producir conocimiento crítico, libre, plural e independiente sobre la sociedad portuguesa, sobre Europa y sus relaciones con el mundo, especialmente lo relacionado al colonialismo portugués. 

Fue esta institución la que creció y floreció durante décadas y lo que motivó a las autoras a elegirla como institución para continuar sus estudios. De hecho, las dos autoras en su momento estudiantes de doctorado concluyeron sus doctorados con la máxima calificación. También lo hizo la autora principal.

Reconozco que debido al hecho de compartir mi tiempo entre Portugal y los Estados Unidos habré decepcionado a la autora principal en cuanto a la orientación de su beca. Pero también es cierto que los becarios Marie Curie son generalmente muy autónomos y no requieren una supervisión estricta. Sea lo que sea, nada de lo dicho justifica esta diatriba contra una institución y, además, tan personalizada, contra alguien que a lo sumo estuvo ausente en su orientación. ¿Cómo se justifica arrastrar al barro a toda una institución que en el momento en que las autoras asistieron a ella ya tenía más de un centenar de investigadores e investigadores, con perspectivas e intereses que nada tenían que ver con el «profesor estrella»?

He podido comprobar que se trataba de una forma habitual de comportamiento. Entre septiembre del año pasado y este mes de abril, recibí peticiones de ayuda de estudiantes indígenas de doctorado de la Universidad española en la que ahora se ubica el proyecto que el CES había decidido no acoger. Conocedores de los problemas que la autora principal había causado en el CES, se comunicarán conmigo. 

He aquí elcontenido algunos de los correos electrónicos que recibí eliminando detalles que pudieran violar el anonimato: “Hemos conversado con los compañeros de otros países y la mayoría de nosotros hemos sido víctimas de la misma persona. Es una larga y triste historia este Proyecto en mi vida y la de los compañeros, por eso nos gustaría conversar con usted. Le escribo hoy, justo porque mi indignación a su histeria envidiosa me conmueve…. Es por demás mi indignación. Hemos vivido muchas situaciones de violencia. Nadie de los compañeros llevó a cabo ninguna situación judicial porque no tenían los recursos económicos y los costes emocionales que requería un proceso judicial. Principalmente porque todos los afectados somos de otros países… Estamos viendo acciones para denunciar el extractivismo epistémico que Lieselotte a través del proyecto RIVERS comete contra los pueblos indigenas. 

Pero parece que ella es solo impune, esto es frustrante, al mismo tiempo que buscamos caminitos de esperanza para lograr justicia.” (Mantengo el anonimato de la autora del correo electrónico, pero su nombre está depositado en la dirección del CES y puede ser revelado si mi corresponsal lo autoriza).

Tengo claro que el texto difamatorio al cual me he referido aquí configura una intención de difamación que responde a un patrón de conducta bien documentado en la literatura y que en este caso se centró en mi para proceder a una venganza institucional.

Respecto a las insinuaciones vertidas contra mí, quiero manifestar que responderé a cualquier presunta víctima con serenidad y sentido de la responsabilidad.

Tengo la conciencia tranquila. Me repugnan especialmente dos aspectos de este indigno texto.

El primero es la indigna forma de referirse a mis asistentes de investigación que, según la autora principal, habría explotado o abusado de ellos/as. Obviamente me apoyaron en la investigación porque para eso fueron contratados. Pero mis libros los he escrito yo. Facilito al CES los nombres de todos mis asistentes de investigación, portugueses, norteamericanos, brasileños, mozambiqueños, angoleños y colombianos que han trabajado conmigo en los últimos cincuenta años, por si alguien deseapreguntarles. Estoy muy orgulloso de haber trabajado con todos ellos. 

He escrito muchos libros porque trabajo incesantemente y nunca he tenido vacaciones, porque amo mi trabajo y porque tengo una secretaria y una ayudante de corrección, dos personas maravillosas y excelentes profesionales que me acompañan desde hace varias décadas.

El segundo aspecto que me ofende y me disgusta particularmente se refiere a las tertulias que durante muchos años tuvieron lugar después de mis clases en el restaurante Casarão. Cito: «En esta institución, este tipo de relaciones de poder desequilibradas a menudo ocurrieron en forma de eventos sociales como parte de la cultura institucional, como cenas en restaurantes y casas privadas, donde se fomentaron relaciones personales más íntimas entre investigadores de diferentes posiciones jerárquicas. 

La regla no escrita es que después de las Clases Magistrales del Profesor Estrella todos los investigadores se reúnen en cierto restaurante. De hecho, en una reunión con la exestudiante postdoctoral, el Profesor Estrella le aconsejó ir a estas cenas para integrarse mejor en la institución. A la ex Doctoranda Nacional lo mismo le aconsejaron ambos coordinadores del programa de doctorado». 

Como nunca he promovido fiestas en mi casa, solo puedo referirme a las reuniones en el restaurante Casarão. Sólo mentes perversas pueden transformar la más sana convivencia entre alumnos y profesores en maquinaciones maquiavélicas de pastores de pobres rebaños de estudiantes. Invito a todos a ir al restaurante para ver los marcos de azulejos con los nombres de los estudiantes de doctorado que a lo largo de los años han compartido buenos momentos de conversación, leyendo poesía y música allí. 

El dueño del restaurante me dice que incluso hoy los estudiantes de Brasil muestran a sus hijos las fotos donde están sus nombres cuando eran estudiantes. ¡Qué perversidad puede transformar una convivencia en el más puro espíritu académico en manipulaciones de conciencia y rituales de lealtad!

Se mencionan otros casos de mala conducta relacionados con otros investigadores. En relación con ellos, estoy seguro de que los investigadores involucrados y las víctimas/supervivientes, si las hay, encontrarán en el CES y en las instituciones judiciales diversos foros para discutir juzgar y determinar sus consecuencias. A todos se les debe dar espacio para explicarse. El CES tiene una estructura de gobernanza muy descentralizada, distribuida entre varios de sus órganos.

Si hubiera omisiones de los titulares de estos órganos, deben ser analizadas, evaluadas y corregidas. Independientemente de los procedimientos internos y judiciales que adopte el CES, quiero informarles que voy a presentar una denuncia penal por difamación contra las autoras. Me declaro disponible para dar toda la información y proporcionar todas las aclaraciones que se me soliciten, tanto en el contexto del proceso judicial como en el contexto de los procedimientos internos, que el CES sin duda pondrá en marcha.

Un abrazo solidario con todos, un abrazo indignado, pero un abrazo, un largo abrazo, de creer en la lucha por la verdad y la justicia. El CES es una gran institución, se ha ganado merecidamente prestigio tanto a nivel nacional como internacional. Sus investigadores seguirán luchando por merecer este prestigio, corrigiendo errores, siendo rigurosos y transparentes ante todos los actos de violación de la ética profesional y denunciando a quienes, yendo más allá de los límites de la verdad y la justa denuncia, pretenden distraernos de nuestra mayor misión, la de contribuir a la ciencia ciudadana que es una marca de nuestra presencia en el ámbito académico nacional e internacional.

Esta es mi primera información con respecto a este procedimiento de difamación y ciertamente daré otras informaciones según corresponda. Este texto corresponde a laersión en español del original publicado en portugués y del cual también saldrá una versión en inglés.

Boaventura de Sousa Santos

Santiago de Chile, 11 de Abril de 2023

*Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial"            (OtherNews, 18/04/23)

15/3/23

Estados Unidos está prohibiendo libros a un ritmo frenético... Las prohibiciones actuales de libros son impulsadas principalmente por políticos populistas de derecha y grupos de padres que afirman proteger a las comunidades cristianas sanas y orientadas a la familia de la decadencia del Estados Unidos urbano... aunque, ciertamente, la ofensiva de derecha contra la libertad académica es más peligrosa que las alergias literarias de la izquierda... Los progresistas que quieren impedir que se enseñe Huckleberry Finn en las escuelas o exigen que se eliminen palabras como «gordo» de los libros para niños de Roald Dahl siguen la misma lógica, tampoco quieren que los niños se sientan ofendidos, quieren que los niños se sientan bien consigo mismos, no que aprendan a absorber información y pensar por sí mismos... o sea, cierta retórica progresista le está otorgando ventajas a la derecha populista

 "Estados Unidos está prohibiendo libros a un ritmo frenético. Según PEN America, se prohibieron 1648 en las escuelas públicas del país entre julio de 2021 y junio de 2022. Se prevé que la cantidad aumentará este año a medida que las organizaciones y los políticos conservadores intensifiquen sus esfuerzos para censurar obras que se ocupan de la identidad sexual y racial.

Los estados controlados por los republicanos, como Florida y Utah, implementaron medidas enérgicas contra las bibliotecas escolares en los últimos meses, y prohibieron obras que tratan cuestiones raciales, de género y sexuales, como Cómo ser antirracista, de Ibram X. Kendi, y Género Queer: una autobiografía, de Maia Kobabe. En algunas zonas de Florida se indicó a las escuelas que limiten el acceso a los libros sobre raza y diversidad, y se les advirtió que los maestros que compartan «materiales obscenos y pornográficos» con los alumnos podrían ser sentenciados a cinco años de prisión. En Carolina del Sur, el gobernador Henry McMaster señaló al libro de Kobabe —que en 2020 ganó el Premio Alex de Literatura para Jóvenes Adultos de la Asociación de Bibliotecas Estadounidenses— como un ejemplo de «materiales obscenos y pornográficos».

Las prohibiciones actuales de libros son impulsadas principalmente por políticos populistas de derecha y grupos de padres que afirman proteger a las comunidades cristianas sanas y orientadas a la familia de la decadencia del Estados Unidos urbano. Por definición, los libros para niños con personajes LGBTQ+ entran en su definición de pornografía.

Tal vez Ron DeSantis, gobernador de Florida y probable candidato a presidente, sea el principal defensor de la censura estatal y la prohibición de libros modernos. El mes pasado DeSantis y sus aliados de la Cámara de Representantes del Estado presentaron un nuevo proyecto de ley que prohibiría a las universidades e institutos de educación superior apoyar actividades en los campus que «propugnen la retórica de la diversidad, equidad e inclusión, o de la teoría crítica de la raza». La propuesta también busca eliminar a la teoría crítica de la raza, los estudios de género y la discriminación interseccional, así como a toda «derivación, grande o pequeña, de esos sistemas de creencias» del plan académico.

Pero aunque los progresistas de izquierda hacen menos pedidos para prohibir libros, también pueden mostrarse intolerantes frente a la literatura que los ofende: clásicos como Matar a un ruiseñor y las aventuras de Huckleberry Finn fueron quitados de algunas listas de lectura escolares por sus comentarios racistas y porque pueden «marginar» a ciertos lectores.

Ciertamente, la ofensiva de derecha contra la libertad académica es más peligrosa que las alergias literarias de la izquierda. Lo interesante, sin embargo, es cuánto tienen en común la intolerancia de izquierda y la de derecha. Los populistas de derecha como DeSantis tienden a imitar la retórica progresista sobre la «inclusión» y la «sensibilidad» en el aula. Se debe proteger a los alumnos blancos, afirman, del aprendizaje sobre la esclavitud o el papel de la supremacía blanca en la historia estadounidense porque podría disgustarlos y hacerlos sentir culpables.

Los progresistas que quieren impedir que se enseñe Huckleberry Finn en las escuelas o exigen que se eliminen palabras como «gordo» de los libros para niños de Roald Dahl siguen la misma lógica. Ellos tampoco quieren que los niños se sientan ofendidos o «que están de más». Su idea de la educación es similar a la terapia: el objetivo es que los niños se sientan bien consigo mismos, no que aprendan a absorber información y pensar por sí mismos.

La imitación de derecha de la jerga de izquierda se puede entender como una forma de revancha de mala fe. Después de todo, la fuerza que impulsa al puritanismo conservador en EE. UU. siempre fue el fundamentalismo, no la inclusión. Pero el dogmatismo religioso está íntimamente ligado al miedo a ser ofendidos. La controversia posterior a la publicación de Los versos satánicos de Salman Rushdie en 1988 es un claro ejemplo. Además de la fetua del ayatolá Ruhollah Jomeiní pidiendo la muerte del autor, los conservadores cristianos condenaron a Rushdie por burlarse de la religión. Algunos miembros de la izquierda, aun sin pertenecer a religión alguna, criticaron a Rushdie por ofender a millones de musulmanes.

Los puritanos cristianos no se oponen a los libros sobre temas gay solo porque la Biblia prohíbe la homosexualidad, sino también (y tal vez principalmente) porque violan lo que ellos consideran el orden natural. Esto no difiere tanto del sentimiento de los miles de personas que hace poco firmaron una carta de protesta contra la cobertura de cuestiones transgénero en el New York Times. Los firmantes estaban molestos porque algunos artículos suponían que la cuestión del género no se puede resolver de manera científica. Uno de ellos, escrito por la columnista Pamela Paul en defensa de J.K. Rowling, resulta especialmente ofensivo. Rowling no odia a quienes cambiaron de sexo, pero no cree que ser mujer u hombre sea simplemente algo que se elige.

Los progresistas que piden la prohibición de los libros de Harry Potter escritos por Rowling (que también fueron denunciados por los fanáticos de derecha por promover la brujería) no lo hacen completamente por motivos religiosos. Nuevamente, hablan de lugares de trabajo inhóspitos, marginación, insensibilidad, etc., pero a menudo son tan dogmáticos como los creyentes religiosos. Están convencidos de que alguien que nació con genitales masculinos es mujer si él/ella lo afirma. Dudar de esta convicción, como lo hace Rowling, viola su visión de la naturaleza.

Con esto no quiero sugerir que las amenazas de la izquierda al acceso de los estudiantes a los libros sean tan graves como las que provienen de extrema derecha. A diferencia de los partidos de extrema derecha, incluido el partido republicano hoy día, los políticos a la izquierda del centro no suelen pedir que el estado implemente prohibiciones legales. De todas formas, cierta retórica progresista le está otorgando ventajas a la derecha populista.

Desprovisto de una plataforma económica coherente, el Partido Republicano se volcó de lleno a la guerra cultural estadounidense, pero dado que el llamado de los conservadores religiosos y sociales suele captar mucho más el favor de los votantes que las posturas dogmáticas sobre identidades sexuales raciales, esta no parece una guerra que la izquierda vaya a ganar. Los demócratas y otros partidos progresistas del mundo occidental harían bien en centrarse menos en las sensibilidades heridas y más en los intereses económicos y políticos de los votantes."                              (

6/3/23

La risa, como una de las más bellas expresiones de nuestra libertad de pensamiento, siempre es doblemente sospechosa y censurable... Si nos quieren deshumanizar deben castrar nuestra capacidad de reír al lado del prójimo. ¿Será una casualidad que entre las palabras ‘humor’ y ‘amor’ haya solo dos letras de diferencia y mil similitudes? Es imposible odiar a alguien quien ríe contigo de los mismos chistes. Nuestro porfiado sentido del humor puede ser visto como un arma para defendernos como especie… ¿No será esta la razón por la que el poder globalizado teme tanto nuestras risas?

 "Según las teorías conspiranoicas de la Unión Soviética, en los años 80 los chistes políticos se los inventaba un departamento especial de la CIA con el fin de socavar nuestro socialismo. Al menos esto nos lo decían informalmente algunos dirigentes del partido, un poco antes de voltearse las chaquetas y convertirse masivamente a la fe capitalista, de aquellos que siempre son más papistas que el papa. Yo me quede con la duda, tratando de imaginar una supersecreta oficina norteamericana donde los humoristas de la CIA, con la ayuda del intelecto artificial, escriben chistes sobre Leonid Brézhnev o el glorioso comandante de la Caballería Roja Vasili Chapáyev.

En la tranquila vida soviética, con sus logros, sus fracasos y sus absurdos, teníamos muchos chistes. Algunos, con buena memoria y mejores talentos artísticos, podíamos contar chistes durante horas. Pienso que no tenían un objetivo político anticomunista específico, sino que era la sana catarsis colectiva, de una sociedad con un fuerte tejido social, una vida de bastante alta calidad y seguridad social y, con todo esto, mucha burocracia, ridículos formalismos y excesivas restricciones de la censura. Y nosotros, que todavía éramos un solo pueblo, entre los vecinos y amigos de confianza nos reíamos mucho de todo, también de nosotros mismos. Sin tabúes ni moralismos, aunque arriesgándose a algún que otro problema administrativo o de carrera, pero pasándola muy bien.

Los dos viajes de mi madre

También cuentan que en la época de Stalin, por un chiste nacionalista, es decir, reírse de cualquier etnia, se podía terminar preso. En aquellos tranquilos años 80, nos parecía terrible. Después de los horrores que pasaron y siguen pasando los pueblos de la ex URSS bajo la propaganda de todo tipo de nacionalismos, ahora no me parece tan malo.

Recuerdo un típico chiste soviético de aquella época: «En el país se prohibieron contar chistes sobre los judíos, amenazando a los infractores con una fuerte sanción. Van dos tipos. Uno pregunta al otro: – ¿quieres que te cuente un chiste?  El otro medio asustado reacciona: – ¿No es de los judíos? – No. ¿Seguro? – Seguro, seguro. – Entonces, cuéntalo. – Bueno… Van dos negros… uno se llama Abraham y la otra se llama Sara…»

Imagínense este chiste ahora en la sociedad occidental contemporánea. Sería declarado antisemita, racista y sexista (por no incluir el lenguaje inclusivo). La idea central y el humor, que nada tiene que ver con ninguno de estos ismos, se borra por completo. De entrada, nos desvían hacia una discusión estéril, grave y dirigida hacia lo secundario. Tal vez, lo de ‘antisemita’ sería lo más gracioso. Los que más y mejor contaban chistes sobre judíos eran los judíos soviéticos, un pueblo con un gran sentido del humor e imaginación, (cuidado, sin despreciar a ningún otro pueblo, antes de que me tilden de ‘sionista’).

Para la gente carente de educación y llena de complejos cualquier juego de palabras y significados siempre es sospechoso, al igual que todo lo que no se entiende se declara un peligro.

Lo que no cabe en los pequeños mundos de los dueños de cualquier discurso oficial suele ser convertido en etiquetas, advertencias y ‘líneas rojas’. Por eso, la risa, como una de las más bellas expresiones de nuestra libertad de pensamiento, siempre es doblemente sospechosa y censurable.

Tampoco nos reímos de las mismas cosas. A algunos les parecen chistosas las desgracias de otros. Alguien se tropieza, se resbala, cae, recibe un tortazo en la cara y escuchamos las carcajadas de la sala. Los absurdos filosóficos de nuestra existencia son una materia bastante más fina. Para reírse de algunas cosas hay que entenderlas y tener algo de imaginación. Creo que no soy el único que observa el frecuente cambio en el sentido de humor de nuestros compatriotas exsoviéticos y latinoamericanos que emigraron a los EE.UU. Una vez más, mis disculpas por este lenguaje tan ‘no inclusivo’, les juro que no quise ofender o provocar al pueblo norteamericano, donde tengo varios y muy queridos amigos.

Con el proceso de la perestroika en la Unión Soviética, hubo varias transformaciones culturales. Y el humor no fue una excepción. En la época de ‘la terrible censura comunista’ en el país salían varias y muy populares revistas de humor y cada año en la ‘capital soviética del humor’, el puerto de Odesa, se hacía una especie de festival de chistes, donde se reunían los mejores humoristas y parodistas del país, llenando los teatros y los estadios. El humor, como todo, tenía sus límites. Obviamente, se permitían las críticas de los defectos, sin cuestionar el modelo político, por lo menos directamente.

Con el avance de la perestroika, el tipo de humor cambió. Uno de los principales humoristas soviéticos, Alexánder Ivanov, hizo llamados directos para restaurar en el país el capitalismo y reivindicó la figura de Pinochet, repitiendo los conocidos argumentos de la derecha latinoamericana. Las bromas que predominaban en los medios de la URSS, giraban en torno a la degradación de todo lo soviético, versus lo superior, o sea, todo lo occidental, lo extranjero, lo civilizado. Disculpen, pero éste es un ejemplo clásico de un chiste de la época: «Salen del culo dos parásitos. El parásito hijo y el parásito padre. El hijo dice:- Papi, ¡qué bello es este mundo! pero, ¿por qué toda nuestra vida tenemos que pasarla entre mierda?. – Porque es nuestra patria, hijito, contestó el parásito padre».

Luego, con la terapia de ‘shock’ aplicada en Rusia por el Gobierno de Yeltsin, la situación se volvió poco chistosa para la mayoría de la población. Los humoristas y satíricos de antes, de otros tiempos, que en la época soviética fácilmente llenaban cualquier sala de conciertos, prácticamente desaparecieron. Se supone que ya se podía hablar de todo libremente.

Pero, en vez de un auge cultural, después de casi un siglo de censura que se suponía lo frenaba, recibimos un enorme apagón de las artes junto con el crecimiento con todo tipo de sucedáneos comerciales, copias baratas del occidente, que celebraba su gran triunfo de la civilización sobre nuestra barbarie. El humor desaparecía de nuestras casas. Las sabrosas comedias francesas e italianas que antes íbamos a ver en los cines fueron reemplazadas en la televisión por las insípidas bufonadas norteamericanas, que nos obligaban a reírnos de las desgracias de otros.

Pasaron solo un par de décadas y en ‘el mundo civilizado’ que alguna vez pretendimos imitar, y su picante y contagioso humor campesino, cayó víctima de la inquisición progresista, que prohíbe la burla de todo lo que pueda ser visto objeto de discriminación, o sea, prácticamente todo. La humanidad liberada tenía que ponerse grave y políticamente correcta. Si alguien se atreve a recordar los tiempos del chiste de ‘los dos negros: Abraham y Sara’, de inmediato será acusado de fascista.

Tengo algún prejuicio, o miedo quizás, que me impide dedicarme a estudiar las diferentes teorías del humor, hay algo frágil, mágico o delirante que no quiero rozar con la lógica de la racionalidad. Pero creo que el sentido del humor es, tal vez, lo más humano que nos caracteriza y diferencia de otras especies.

Si nos quieren deshumanizar deben castrar nuestra capacidad de reír al lado del prójimo. ¿Será una casualidad que entre las palabras ‘humor’ y ‘amor’ haya solo dos letras de diferencia y mil similitudes? Es imposible odiar a alguien quien ríe contigo de los mismos chistes. Nuestro porfiado sentido del humor puede ser visto como un arma para defendernos como especie… ¿No será esta la razón por la que el poder globalizado teme tanto nuestras risas?"                      

(OLEG YASINSKY, periodista ucraniano residente en Chile, Observatorio de la crisis, 04/03/23)

15/2/23

Declaración en pro de la libertad académica, muy a contracorriente, promovida por profesores de las universidadades de Stanford y de la Chicago... casi 600 académicos la apoyan, en su mayoría estadounidenses

"Libertad restaurada.

Una declaración en pro de la libertad académica, bendita muy a contracorriente, promovida por algunos profesores de la Universidad de Stanford y de la Universidad de Chicago.

De momento casi 600 académicos la apoyan, en su mayoría estadounidenses.

(Y dos valientes profesores españoles de la Complutense: Sergio Escorial Martín y Rubén Tamboleo). Aquí en V.O.

Y aquí una traducción exprés:

"Restaurar la libertad académica.

La misión de la universidad es la búsqueda de la verdad y del progreso y la difusión del conocimiento. Una vigorosa cultura de libertad de expresión y libertad académica es esencial para dicha misión: el progreso intelectual a menudo amenaza el statu quo y se topa con resistencias. Las malas ideas sólo se eliminan mediante un análisis crítico sin cortapisas.

Por desgracia, la libertad académica y la libertad de expresión están desapareciendo rápidamente en las instituciones académicas, entre ellas las universidades, las asociaciones profesionales, las revistas y los organismos de financiación. Los investigadores cuyos hallazgos cuestionan los discursos dominantes tienen cada vez mayores dificultades para poder publicar y ser financiados, contratados y promocionados. Ellos, y los profesores que ponen en tela de juicio las ortodoxias actuales, se ven acosados en persona y en el ciberespacio, condenados al ostracismo, sometidos a opacos procedimientos disciplinarios universitarios, o bien despedidos o cancelados por otros procedimientos. La contratación, la promoción y la financiación están cada vez más sujetas a una aprobación política, implícita o explícita; incluida la aprobación por parte de burócratas que buscan imponer una agenda social, como aquella de promueve puntos de vista específicos sobre la justicia social o los principios de DEI [Diversidad, Equidad, Inclusión]. El activismo está sustituyendo a la investigación y el debate. Un número creciente de meros hechos e ideas no pueden siquiera mencionarse sin riesgo de represalias.

Las víctimas públicas con alta visibilidad constituyen apenas la punta del iceberg. Una atmósfera de miedo y autocensura impregna el mundo académico. Muchos profesores y estudiantes creen que no pueden expresar sus opiniones, desafiar los dogmas, investigar ciertos temas o cuestionar la pérdida de la libertad académica sin arriesgarse al ostracismo y a un perjuicio para sus carreras. Así, el conocimiento se va perdiendo, y muchos académicos con talento abandonan el mundo universitario.

Las universidades y las asociaciones profesionales no están resistiendo hoy a esas fuerzas antiliberales —que han surgido muchas veces a lo largo de la Historia, y en todos los lados del espectro político— ni defendiendo la libertad académica y la libertad de expresión.

Muchas universidades y organizaciones profesionales modulan ahora su apoyo a la libertad: libertad de expresión, dicen, siempre que el discurso no ofenda o excluya; libertad de expresión, siempre que no cuestione los discursos y las concepciones de la justicia social institucionalmente aprobados; libertad de expresión, pero sólo dentro de unos estrechos márgenes debidamente acreditados. Estas restricciones son contraproducentes, incluso para su propio objetivo de promover una determinada ideología. La gente deduce de ello que, detrás de estas censuras, se halla un deseo de proteger unas mentiras, para que éstas no se vean desmentidas. Históricamente, la censura ha apoyado regímenes monstruosos y a sus ideologías. Las malas ideas sólo se vencen con argumentos y persuasión, no con una política de la supresión. La verdadera justicia y la libertad no pueden existir la una sin la otra.

La pérdida de la libertad académica se debe en parte a una crisis de liderazgo. Aunque muchos dirigentes universitarios hacen declaraciones en las que apoyan el debate abierto, sin embargo supervisan y fomentan burocracias politizadas que acosan, intimidan y castigan a quienes expresan opiniones consideradas incorrectas, e imponen la conformidad ideológica en materia de contratación y ascensos. De poco sirve una defensa genérica de la libertad de expresión si, al mismo tiempo, los administradores de las universidades llevan a cabo investigaciones en secreto, sin respetar el principio de contradicción, y basándose en denuncias anónimas, y condenan al ostracismo a la víctima con las consecuencia que supone para todos sus potenciales futuros empleadores. Los consejos de administración, las organizaciones de ex alumnos, los donantes, los organismos gubernamentales de concesión de subvenciones y otros actores institucionales tampoco defienden los principios de libertad académica.

En vez de ello, las universidades y las organizaciones profesionales se lanzan abiertamente al activismo político e ideológico institucional. Los departamentos y otras secciones universitarias hacen declaraciones públicas de sus opiniones políticas, tachando así de herejes —e incluso de fanáticos— a los miembros que puedan poner en entredicho sus causas. Cada vez más, los centros y "aceleradores" se dedican a la promoción política y de ciertas políticas, a la defensa de las ideologías que apoyan, y a la supresión de las ideas contrarias. Las organizaciones y revistas profesionales anuncian, con demasiada frecuencia, que ciertos tipos de investigación, por muy válidos que sean desde el punto de vista metodológico, no pueden publicarse, y se vuelcan en la defensa de sus propias causas. Las burocracias universitarias exigen que se incluyan ciertos autores y se excluyan a otros de las listas de lecturas y de los debates en las aulas.

¿Qué se puede hacer?

Hacemos un llamamiento a todas las universidades, asociaciones académicas, revistas y academias nacionales para que adopten la "Tríada de Chicago" consistente en: los conocidos como "Principios de Chicago [2014] sobre la libertad de expresión", la condición que planteaba el Informe Kalven [1967] sobre la neutralidad institucional en asuntos políticos y sociales y el informe Shils [1970], que hace de la contribución académica la única base para la contratación y la promoción académicas.

El informe Kalven subraya que "Para cumplir su misión en la sociedad, una Universidad debe crear un entorno extraordinario de libertad de investigación y mantener una independencia respecto a las modas, pasiones y presiones políticas". La Universidad y sus unidades administrativas deben abstenerse de tomar posición en las cuestiones políticas del momento: "Si bien la Universidad es el hogar y el patrocinador de la crítica, no es en sí misma la crítica y, por lo tanto, no puede ejercer una acción colectiva sobre las cuestiones del momento sin poner en peligro las condiciones de su existencia y eficacia".

"La neutralidad de la universidad como institución no surge [...] por falta de valor ni por indiferencia e insensibilidad. Surge del respeto a la libre investigación y de la obligación de valorar la diversidad de los puntos de vista".

También pedimos que el profesorado cree (o se afilie a las ya existentes) asociaciones no partidistas, destinadas a defender estos valores en los campus universitarios; a nivel nacional, como FIRE [Foundation for Individual Rights and Expression], la Academic Freedom Alliance, Heterodox Academy], FAIR [ Fairness & Accuracy In Reporting] y ACTA [American Council of Trustees and Alumni]. Las organizaciones profesionales deben priorizar la defensa de la libertad académica y la libertad de expresión de sus miembros.

Muchas universidades han adoptado oficialmente los Principios de Chicago. Deben desarrollarse estructuras sólidas para defender estos principios. El profesorado que sea objeto de críticas por parte de grupos de estudiantes, otros profesores, decanos y administradores o personal de la universidad debe poder hacer valer eficazmente su libertad de expresión e investigación amparándose en estas declaraciones.

Las universidades deben crear salvaguardias que garanticen que los administradores trabajen para defender estos principios y no para socavarlos. Los procedimientos disciplinarios de las universidades deben ser transparentes y atenerse a las ya centenarias protecciones básicas de los acusados, como el derecho a conocer e impugnar las pruebas en su contra, a tener careos con los testigos de la acusación, el derecho a la representación letrada y a la presunción de inocencia hasta que se demuestre la culpabilidad.

Los dirigentes universitarios también deben promover e institucionalizar la libertad de expresión y la libertad académica mediante acciones concretas. La libertad es una cultura, no un mero conjunto de normas, y como tal hay que alimentarla. La libertad de expresión, la libertad de investigación, la tolerancia hacia las opiniones contrarias, la obligación de enfrentarse a las opiniones con argumentos, con la lógica y los hechos, el abstenerse de ataques ad hominem, el luchar contra la difamación, el no aceptar el doxing [publicar o filtrar información personal de alguien] y otros comportamientos poco éticos es algo que debe destacarse en los materiales de orientación destinados a todos los nuevos estudiantes y contratados.

La libertad viene acompañada de una cultura de la responsabilidad, pero las responsabilidades se cumplen mejor con las normas sociales que con extensos articulados normativos aplicados por burócratas no académicos. Si hay miembros de la comunidad universitaria o grupos de ésta que solicitan a los dirigentes de las facultades que se sancione o se castigue a un miembro del profesorado o a un estudiante por expresar su punto de vista, estos dirigentes de la Universidad deberían responder pública y claramente con una declaración en la que se afirme que la Universidad es un lugar para discutir y debatir todos los enfoques, y que el intento de castigar a otros por tener puntos de vista "incorrectos" es incompatible con las normas comunitarias de la institución. La Universidad también debería comprometerse con todos los estudiantes, profesores y empleados a no castigar ni sancionar la libertad de expresión."                             (DATEUTADEU, blog, 02/11/22)

4/10/22

Un rojipardo suele defender la integridad nacional española (y, más importante, la soberanía). Luego recuperar el nivel de vida de las clases populares, y mejorarlo, con legislaciones específicas para trabajo y vivienda. Cuando hablo de soberanía me refiero al sentido más amplio del término: política, territorial, digital, militar, cultural… Los dos libros que escribieron Manuel Monereo y Héctor Illueca para El Viejo Topo me parecen buenos puntos de partida (‘Por nuevo proyecto de país’ y ‘España: un proyecto de liberación’)... Tanto Podemos como Más País han fracasado porque no se puede ser un populista despreciando a las clases populares españolas, por las que no sienten ninguna simpatía y con las que no tienen ningún contacto cultural cotidiano. Por eso unos hablan de peronismo -están más cómodos con el pueblo argentino- y otros de Ken Loach, el zapatismo o las revueltas de Seattle. El problema es que no conocen Castilla, ni Extremadura, ni Murcia... la izquierda del PSOE encuentra sospechosos muchos sentimientos de la gente normal, trabajadores de barrio o de pueblo. Les incomoda que defiendas vínculos tan sencillos y naturales como querer a tu familia, a tu selección de fútbol o a tu país, por no hablar de sentir afinidad al catolicismo, que es la religión nacional y promueve valores de fraternidad que no deberían ser nunca ajenos a la izquierda

 "Víctor Lenore (Soria, 1972) es crítico cultural en Vozpópuli y cuenta con una larga trayectoria de periodista musical en diversos medios de comunicación. Autor de los ensayos Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (2014) y Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80 (2018). Actualmente dirige el podcast ‘Truco o Trato’ en Subterfuge Radio.

En los últimos meses, sobre todo, espoleados por el discurso de Ana Iris Simón en La Moncloa, se ha perpetrado toda una ofensiva contra cierta nebulosa ideológica que está a caballo entre el movimiento político y el despertar cultural de una corriente al interno de la izquierda llamada ‘rojipardismo’.

La irrupción de Ana Iris y ‘Feria’ ha cambiado el debate público, sobre todo porque es una voz que habla con el corazón, mientras el resto de los discursos (casi todos) están basados en el cálculo. Ya nos advirtió Marx contra “las aguas heladas del cálculo egoísta”, que es lo que ofrece el Podemos actual, entre la decadencia, la picaresca y el esperpento. Sobre el rojipardismo, quien mejor lo ha definido es Juan Manuel de Prada en el programa de Julia Otero, donde dijo que se trata de personas normales y corrientes que nos negamos a aceptar la normalización de los sueldos de 1.200 euros y pisos de 40 metros cuadrados que nos impiden formar familias y desarrollar proyectos vitales que estaban al alcance de casi cualquiera en la España de los años setenta y ochenta (en el fondo, son reclamaciones parecidas a las del 15-M). El PSOE desguazó a fondo la seguridad de nuestro mercado laboral, deteriorando las condiciones de vida de las clases medias y populares. Quien necesite datos, que busque en Google el Informe Petras, que pagó el propio PSOE y luego escondió en un cajón.

En primer lugar, ¿cómo sintetizarías los puntos clave de esta corriente? ¿Acaso existe o se trata de un hombre de paja? Y aún más importante, ¿Por qué incomoda? ¿Por qué medios como Público, Eldiario.es, CTXT, El Salto Diario, Rebelión.org, Nueva Revolución, pero también El País o La Vanguardia cierran filas contra el peligrosísimo rojipardismo?

Un rojipardo suele defender la integridad nacional española (y, más importante, la soberanía). Luego recuperar el nivel de vida de las clases populares, y mejorarlo, con legislaciones específicas para trabajo y vivienda. Cuando hablo de soberanía me refiero al sentido más amplio del término: política, territorial, digital, militar, cultural… Los dos libros que escribieron Manuel Monereo y Héctor Illueca para El Viejo Topo me parecen buenos puntos de partida. Me refiero a ‘Por nuevo proyecto de país’ (2015) y ‘España: un proyecto de liberación’ (2017). Tanto Podemos como Más País han fracasado porque no se puede ser un populista despreciando a las clases populares españolas, por las que no sienten ninguna simpatía y con las que no tienen ningún contacto cultural cotidiano. Por eso unos hablan de peronismo -están más cómodos con el pueblo argentino- y otros de Ken Loach, el zapatismo o las revueltas de Seattle. El problema es que no conocen Castilla, ni Extremadura, ni Murcia, ni tienen el menor interés, por eso se estrellan en cada nuevos comicios fuera de Madrid. Tampoco es que conozcan mucho más el Madrid de más allá de la M-30.

Está claro que los medios progresistas han recibido con creciente hostilidad el rojipardismo (sea esto lo que sea). No diría que es un hombre de paja, sino un cajón de sastre donde meten a cualquiera que no comulgue con la izquierda ‘progre’, que yo prefiero llamar ‘izquierda caniche’ (siguiendo, una vez más, a Juan Manuel de Prada, que hace análisis muy crudos y certeros de la política nacional). El posmodernismo es una lógica cultural donde todos estamos insertos, pero ante eso podemos escoger enfrentarnos a ella o bajar el morro, que es lo que hace la izquierda caniche o domesticada. Está cristalizando un nuevo macartismo que no permite desviaciones de los dogmas progresistas, por eso muchos estamos en listas negras de las redes sociales, pero también empieza a cuajar un discurso muy potente que los ‘progres’ estigmatizan como rojipardo y que yo prefiero llamar nacional-popular. Podemos y Más Madrid son la izquierda más pija, esnob y desconectada de la calle que ha padecido este país (lo cual es una putada porque en esos movimientos hay muchos cuadros y militantes valiosos, que intentan mejorar el país de buena fe). Por eso llega una voz como Ana Iris Simón, que comparte preocupaciones con la gente común, y enseguida recibe una enorme atención y respeto (cien por cien merecida, en mi opinión). Y se ponen a rabiar y atacarla con mucha más bilis que a un neoliberal como Pedro Sánchez. Eso les retrata y no salen especialmente guapos.

También quiero decir que hay firmas de El País que ven muy exagerada la histeria contra los rojipardos y lo han expresado en sus textos: recuerdo una pieza muy bonita de Joaquín Estefanía y algunos chistes de Daniel Gascón en su último libro de la saga “Un hipster en la España vacía”. Uno de los personajes comentaba esto: “No quiero parecer un rojipardo o un neofalangista, pero la verdad es que quiero a mis padres”. En este chascarrillo hay mucha verdad: la izquierda del PSOE encuentra sospechosos muchos sentimientos de la gente normal, trabajadores de barrio o de pueblo. Les incomoda que defiendas vínculos tan sencillos y naturales como querer a tu familia, a tu selección de fútbol o a tu país, por no hablar de sentir afinidad al catolicismo, que es la religión nacional y promueve valores de fraternidad que no deberían ser nunca ajenos a la izquierda.

Esta proliferación emotivista visceral cuenta también con publicaciones monográficas bajo títulos como: ‘Los nuevos odres del nacionalismo español’, ‘Extrema derecha 2.0’, ‘Neorrancios: sobre los peligros de la nostalgia’ o ‘De los neocón a los neonazis’ que tratan de desenmascarar (siempre con lenguaje marxistizante, claro) la verdadera relación entre la extrema derecha y dicha corriente. El último dislate es el titular que definía el libro colectivo ‘Neorrancios’ como un “manual para desactivar a una izquierda que se da la mano con la extrema derecha”. ¿Crees que lograrán cancelar y perseguir lo suficiente a sus disidentes como para desactivar a dicha izquierda?

No tengo ningún problema con incluir las emociones en el debate político, de hecho, es imposible excluirlas, pero las críticas que mencionas al rojipardismo suelen ser muy flojas. Que una periodista de tendencias de la revista S Moda arremeta contra Feria, Pedro Insúa o contra mí solo puede beneficiarnos. La columnista progresista Elizabeth Duval dijo en el programa de debate Gen Playz que el libro “Neorrancios” solo había servido para promocionar esta nueva corriente nacional-popular. Tiene toda la razón.  A una escala muy pequeña, es como cuando todas las estrellas de Hollywood se unen contra Donald Trump y eso activa a sus votantes. O como cuando Rosalía comparte en Instagram una imagen con la frase “Fuck Vox” desde su avión privado y toda la cúpula del partido verde lo retuitea porque saben que les beneficia la imagen de una estrella pop sin mucho conocimiento político, y cien por cien alejada de sus problemas, diciendo a los votantes “no metas esta papeleta en la urna”.

También te digo que darse la mano con la derecha radical no me parece rechazable por sistema: si hubiese un sector de Vox favorable a subir el SMI o comprometido con que España recupere soberanía no sé qué problema hay en sentarse con ellos y avanzar en ese sentido (de hecho, yo sospecho que ese sector existe y que crecerá). La matraca del cordón sanitario se lleva aplicando en Francia desde los años noventa y el resultado ha sido un crecimiento continuado de Reagrupación Nacional, que por primera vez puede estar en el Elíseo. Me encantaría que España tuviese una derecha enraizada en los valores católicos contra la exclusión y la pobreza, partidos que se tomasen en serio lemas como “Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan”. Y, sobre todo, que se enfrentase a la UE, Silicon Valley y las franquicias transnacionales para defender a los empresarios españoles, pequeños, medianos y grandes. El distributismo cristiano es un enfoque económico que podría cuajar perfectamente en España si se articula una derecha social.

¿No te da la sensación de que se ha escrito un mismo artículo en 20 medios de comunicación diferentes? De algún modo se crea un marco de sospecha sobre quienes defienden el patriotismo, la familia, el derecho a la vivienda, los derechos laborales y la estabilidad de pareja…

Machacan tres lemas de manera constante, aunque es justo admitir que nosotros hacemos lo mismo. Esto es una batalla cultural y hay que ser siempre tan pesado como el enemigo. Últimamente lo que más me jode es la hipocresía de esa izquierda que arremete contra la familia tradicional, pero vienen justamente de familias tradicionales, donde impera el apoyo mutuo. Viven de sus padres casi hasta que llega la herencia, sin apenas manchar su hoja de vida laboral con un paso por ninguna empresa privada. Un antiguo amigo marxista tiene una forma muy graciosa de explicar este fenómeno: la izquierda madrileña pasa los veinte y treinta de fiesta en Lavapiés, compartiendo juergas con precarios y migrantes, pero a la hora de emparejarse remontan como salmones la carretera de La Coruña para criar junto a otro blanco rico de los municipios con renta más alta de la comunidad (Pozuelo, Las Rozas, Las Matas, Galapagar, Collado Villalba…). Se pasan la vida diciendo que la propiedad es un robo y que hay que abolir las herencias, pero no he escuchado que ninguno renuncie a la suya para dársela al Patio Maravillas ni a Traficantes de Sueños. Lo que proponen, básicamente, es la disolución de los lazos para la gente pobre mientras ellos cultivan los suyos a la manera tradicional de la clase alta. No hay nada más parecido a un elitista de derecha que un elitista de izquierda.

Uno de los redundantes artículos que han ido apareciendo definía a los seguidores de esta corriente como los “guardianes del templo”. Resulta gracioso dado que quienes convirtieron su relato en ideología dominante es la pseudoizquierda institucional (con presupuestos antropológicos libertarios y nihilistas). ¿No son, en realidad, los Antonio Maestre, Steven Forti, Pablo Batalla, Elizabeth Duval de turno, los verdaderos guardianes del templo? Ellos son quienes desde los medios mainstream reaccionan a la reacción. Ellos prescriben valores desde su púlpito. Diego Fusaro suele citar la mítica entrevista de 1975 a Pier Paolo Pasolini en la que profetizaba una nueva inquisición que “utilizará vuestras palabras progresistas” y “sus clérigos serán clérigos de izquierda”. ¿Qué opinión te merece esta profecía? ¿Acertada o errática?

En la lista de nombres que citas creo que hay casos muy diferentes. Siento incluso admiración por Elizabeth Duval, que ha roto algunas dinámicas políticas demenciales. Me gusta que se ponga una rojigualda en su perfil de Twitter, demostrando que para la mayoría de la gente joven de izquierda esta es hace tiempo la bandera de todos. También estoy de acuerdo con ella en que la izquierda del PSOE no va a ningún sitio si se limita a vender el miedo a Vox. Y creo que es inteligente negarse a ser encasillada como activista trans. Pablo Batalla tiene algunas intuiciones interesantes, aunque en Twitter me parece muy adolescente, y le lastran tesis loquísimas como que el gol de Iniesta en Sudáfrica es un precedente de la represión policial de Cataluña el uno de octubre de 2017. 

Steven Forti carece de cualquier talento que no sea el de comisario político, pero esto tampoco lo hace tan bien porque no ha logrado cancelar nunca a nadie. Sobre Maestre, la verdad es que sospecho que sale en tantas tertulias televisivas porque a los dueños de las cadenas les conviene mostrar que la izquierda es un señor friki hiperventilado que te regaña cuando no coincides con su visión moral. Creo que alguien tan íntegro, moderno y hedonista como Pasolini se pondría muy triste con el nivel de sumisión al sistema de la izquierda española en 2022. Y, sobre todo, se enfadaría con el asco de la izquierda del PSOE hacia el pueblo llano, con el que la mayoría se sienten tan incómodos (solo hay que ver cómo han acabado todos los obreros y campesinos que pasaron por Podemos, desde Diego Cañamero a Óscar Guardingo, pasando por Alberto Rodríguez). 

¿Podrías definir sucintamente los ejes principales de la ideología woke-progre?  ¿Qué papel juegan firmas como la tuya, Diego Garrocho, Juan Soto Ivars, Hasel Paris, Esteban Hernández o Daniel Bernabé contra esto? Si Nietzsche estuviera vivo quizá no cargaría tintas contra la moral cristiana, sino contra este ethos neoliberal-posmoderno: una verdadera moral de esclavos.

El wokismo es una versión pijo-académica del puritanismo protestante anglosajón de toda la vida. En el fondo, parecen señoras burguesas preocupadas por el buen tono y las buenas costumbres. Hace poco tomaba un café con un conocido director de cine y me contaba que viaja mucho por festivales internacionales y le toca cenar en la misma mesa que directores y guionistas ‘woke’, que son los que suelen ganar los premios. Me soltó esto: “¿De qué crees que hablan entre plato y plato? Lo típico es que la directora de clase alta libanesa, que ha hecho un drama desgarrador sobre un niño mutilado por una mina antipersonas, hable sobre irse a esquiar a los Alpes o sobre lo mal que está el servicio en su dúplex de Central Park. Son las típicas burguesas de los tés de caridad de toda la vida”, lamentaba. 

La lista que mencionas me parece llena de periodistas y pensadores valiosos, algunos son amigos y a otros simplemente les admiro. De Garrocho destacaría que no solo aspira a escribir -siempre con profundidad-, sino que sé que trabaja para articular cierto asociacionismo colectivo que nos permita ser más eficaces (eso va a ser crucial). Soto Ivars, tantas veces acusado de equidistante, suele tener  posiciones muy valientes y bien argumentadas, además de su talento -que envidio- para conectar con amplias capas de la población sin rebajar el rigor de su discurso. De Hasel Paris, que es muy joven, diría que es alguien que siempre me hace pensar, esté o de acuerdo con sus textos, que algunas veces encuentro demasiado tajantes. Me parece admirable su energía para enfrentarse a los dogmas del discurso dominante (algo que nos hace muchísima falta). Esteban Hernández para mí es un maestro del sentido común, sobre todo en el análisis de las relaciones de poder social, además de quien mejor ha explicado la trágica debacle de la clase media en España (y el error de la izquierda al defender que la clase media es un espanto del que hay que deshacerse). Por último, Bernabé es un izquierdista de los de antes, con quien muchas veces no coincido y que culturalmente veo algo elitista y anglófilo, pero que ha tenido el enorme mérito de poner en el centro del debate la tesis de Hobsbawm y Mark Lilla contra las políticas de la identidad, haciendo además aportaciones propias.  Y admiro su aguante para sobrevivir a sucesivos linchamientos de la izquierda ‘cool’. 

Las pasadas elecciones de Castilla y León y el papelón de la izquierda caniche son la enésima crónica de una muerte anunciada: la de aquel bonito proyecto que pese a nacer en las calles y rebelarse contra la precariedad neoliberal se ha convertido en el primo tonto de un PSOE que se cree invencible. ¿Cuál es tu balance? ¿En qué anda despistada la izquierda oficial?

Cada vez me siento más castellano viejo (castellano pollavieja, dirán los ‘wokes’). Mi padre viene de un pequeño pueblo de Burgos, Cilleruelo de Abajo, mientras mi madre es de San Esteban de Gormaz en Soria. Pasé muchos meses allí en 2021 durante la pandemia y me fascinó lo desconectada que está la izquierda del PSOE de los problemas de esos entornos. Podemos y Más Madrid solo entienden el campo como lugar de turismo rural. En vez de incorporar al partido organizadores comunitarios que vivan en esos entornos (jóvenes agricultores, trabajadores sociales, dinamizadores culturales…) se dedicaron a mandar paracaidistas con el discurso pijiprogre de la calle Argumosa, que es donde se reúnen en Lavapiés (Madrid). Los resultados se venían venir: confieso que incluso me sorprendió que consiguieran un diputado. En vez de leer tantos pensadores anglosajones pop de moda como Mark Fisher (que tiene textos muy interesantes, pero vivió sobre todo en su burbuja ‘trendy’), ya podrían ponerse alguna vez con las novelas de Miguel Delibes, aunque les duela el retrato que hacen de urbanistas empanados como ellos (y como yo, que no me excluyo de estas categorías en absoluto).

En otro orden de cosas, alguna vez has apuntado que “la derecha tiene derecho a formarse”. Muy en contra del mantra izquierdista absurdo de que el fascismo se cura leyendo o aquel en que el intelectual sólo puede ser de izquierdas, ¿Cómo valoras la emergencia de foros de pensamiento como el Instituto Superior de Sociología Economía y Política (ISSEP) que ha sido catalogado como “la escuela de la intolerancia”?

Entre las muchas disfunciones de nuestra izquierda progre destaca el clamar por una derecha civilizada, culta y moderna a la vez que se ponen histéricos cuando un proyecto de derecha da pasos en esa dirección. ¿Cómo no va a ser buena noticia que la derecha madrileña forme a sus cuadros jóvenes entre libros de Juan Manuel de Prada, clases de la filósofa católica Mariona Gumpert y análisis tan sólidos del capitalismo moralista como los de Miguel Ángel Quintana Paz? Es muchísimo mejor que lo que había antes, que en muchos casos era una derecha que se limitaba a copiar los discursos anglosajones de “bajemos los impuestos a los ricos y la economía se reactivará sola”. Es alucinante que Manuel Borja-Villel, que presume de marxista, reciba fondos constantes para El Reina Sofía por parte de Ana Botín mientras que Quintana Paz (que podría considerarse próximo a Vox) articula algunas de las críticas más sólidas a la banquera.

Llamar a ISSEP “escuela de intolerancia” demuestra muy poca cintura porque la intolerancia es un valor que debemos cultivar, ya que muchas inercias del sistema moderno son intolerables (desde los oligopolios digitales de San Francisco a los vientres de alquiler, pasando por los desahucios de familias arrasadas por las crisis especulativas) . El propio Slavoj Zizek, un filósofo posmarxista, tiene un ensayo breve muy potente titulado ‘En defensa de la intolerancia’. Me parece triste que gran parte de la izquierda española viva apegada a un discurso endeble y oenegero (ONGs) que no sirve para relacionarse con la realidad política y social actual.

¿Qué se pierde cuando el rival no se forma intelectualmente? ¿Qué opinas de la cantidad de pensadores jóvenes que está emergiendo en las filas de una derecha cristiana iliberal? ¿Enriquece el debate público? ¿Qué papel en tu opinión debe jugar una hipotética alianza entre socialistas-comunistas-cristianos y populistas iliberales?

Me parece evidente que la energía antagonista ha cambiado de bando en los últimos años desde la izquierda hacia la derecha. Yo siempre voy a atender más a un pensador cristiano, aunque sea de derecha, que a un posmo prosistema con chapita de la Agenda 2030 como los que abundan en la izquierda madrileña (aunque por desgracia también hay cristianos con la chapita). Para mí los grandes espacios para encontrarnos son el soberanismo nacional, el antielitismo y los valores católicos. También la defensa de los servicios públicos como las bibliotecas, la atención primaria y el sistema de pensiones. Defensores de estas cosas hay en la izquierda, la derecha y en el centro reformista. También hay apolíticos de buen corazón, por supuesto. Igual incluso son mayoría.

Como editor de la sección de cultura de Vozpópuli, en qué punto crees que se encuentra la cultura española. ¿Existe un legado cultural propio que merezca ser defendido de los productos culturales anglosajonizantes o, por el contrario, debemos seguir la consigna orteguiana y mirar hacia la Europa continental? ¿Qué reivindicas tú?

Para mí es hora de mirar a América Latina y a África como países hermanos. De allí han salido formas asombrosas de autoorganización del ocio musical, por ejemplo, los soundsystems que dieron lugar al dub, el hip-hop, las raves, los sonideros mexicanos y los picós de Colombia. También debemos mirar a nuestras propias costumbres: los merenderos de las bodegas de Castilla, el poteo vasco y el botellón juvenil son también formas de autoorganizar el ocio y la relación social de manera no individualista. Nuestra música popular más potente, el flamenco, es un ejemplo de siglos de cómo los excluidos y perseguidos pueden crear sus propias formas de arte, estéticamente superiores a las burguesas. Es trágico que esté desapareciendo nuestra red de librerías, bibliotecas, cines, teatros y asociaciones culturales por culpa del arrase de cuatro corporaciones de Silicon Valley. 

En el ámbito del periodismo, ¿qué impacto tanto positivo como negativo ha comportado la incorporación masiva de las nuevas tecnologías y las lógicas de mercadotecnia? ¿Qué deriva crees que seguirán los medios de comunicación en la era de la sobreinformación digital? ¿Añoras lo analógico?

No envidio especialmente lo analógico, pero sí las condiciones del gremio en los años noventa, que es cuando yo comencé a trabajar. La llegada de Internet arruinó el periodismo escrito, destruyendo la red de quioscos y quedándose Google la inmensa mayoría del pastel publicitario. La sobreinformación es una forma de censura, mucho más sofisticada que la clásica de impedirte publicar un contenido. Es más eficaz saturar que denegar. Los medios no sé qué deriva tomarán, pero la situación de precariedad es extrema y creciente, además de depender en exceso de la publicidad corporativa e institucional, aunque sean ya migajas.

Hace poco oí decir al filósofo Ernesto Castro que (al contrario de lo que se suele pensar), el auge de las redes sociales pueden ser un caldo de cultivo propicio a la apertura de espacios para el diálogo filosófico, para la emergencia de un clima cultural renovado. De hecho, describía a las nuevas generaciones de youtubers y streamers como personas dotadas del “buen decir”, de la retórica (en el mejor de los sentidos). ¿Coincides o discrepas?

Discrepo completamente. Por supuesto, en redes sociales podemos encontrar a gente muy articulada y despierta, el propio Ernesto Castro entre ellos. El problema es un sistema social donde cada vez se achican más los espacios físicos y por eso nos vemos todos empujados a relacionarnos casi siempre en redes. Bajas al barrio y son todo franquicias, tiendas cerradas y espacios privatizados. Lo importante es recuperar esos lugares comunes, tal y como ha explicado el filósofo Fernando Broncano, en vez de centrar nuestras energías en elevar el nivel de Internet, donde al final los beneficios se los llevan siempre cuatro magnates gringos.

Por otro lado, precisamente es en estos foros donde está pujante un perfil de influencer muy cercano a posturas anarcocapitalistas. Pienso en canales como Wall Street Wolverine, UHBH, Libertad Y Lo Que Surja, LIBERTAD TV, Orden Espontáneo TV, y figuras destacadas como Miguel Anxo Bastos, Juan Ramón Rallo o el recién fallecido Antonio Escohotado. Esto me recuerda a aquello de Machado: “Haced política, porque si no la hacéis, alguien la hará por vosotros y probablemente contra vosotros”. ¿Qué daños puede provocar en la juventud un contenido que está patrocinado por casas de apuestas y agencias de inversión en bolsa? ¿Qué hay de figuras como Elxokas que han cambiado repentinamente de discurso en torno al marcharse o no a Andorra para tributar menos? ¿Crees que ese es un espacio de disputa ideológica que la izquierda antiliberal debe ocupar? ¿Sabes de algún fenómeno comunicativo -más allá de Ibai- que trabaje en esa línea? Parece que Santiago Armesilla, Guillermo del Valle, Jon Illescas y otros se han animado…

Respeto mucho que Ibai defienda pagar sus impuestos en España, pero en el fondo su figura es la de un ‘influencer’ que introduce en nuestro país las novedades de los oligopolios tecnológicos. Lo que él ofrece es una promoción constante del fútbol de élite, los videojuegos y la comida basura (que tanto anuncia). Como horizonte político, me parece poco interesante. Por supuesto hay un espacio de disputa donde se encuadran todos los nombres que citas, por los que tengo máximo respeto. Más que escoger a un Youtuber u otro como mi favorito, me parece más interesante denunciar la política de sumisión tecnológica del PP y el PSOE hacia Silicon Valley. Todo esto tiene que ver con una visión errónea de la modernidad: desde los años ochenta, en España que confunde demasiadas veces ser moderno con estar a la última de las  novedades del mercado (y poder comprarlas, claro). 

En el mundo digital todo se convierte en un enorme supermercado. En especial me interesa tu opinión respecto al supermercado del amor en la era de las Apps de citas. Zygmunt Bauman desarrollaba el concepto de “amor líquido” sugiriendo que “En una vida de continua emergencia, las relaciones virtuales superan fácilmente lo real. Es la capacidad electrónica de multiplicar los encuentros interpersonales, lo que les confiere un carácter fugaz, desechable y superficial. Las relaciones virtuales están provistas de las teclas suprimir y spam que protegen de las pesadas consecuencias (sobre todo, la pérdida de tiempo) de la interacción en profundidad”. ¿Cómo se puede revertir esta situación? Conociéndote imagino que en tu opinión el poder congregador de la música puede jugar un papel interesante…

A mi juicio, Michel Houellebecq ha hecho la crítica más clara y completa de este fenómeno, desde su novela ‘Ampliación del campo de batalla’ hasta ‘Plataforma’ y ‘Serotonina’. Las relaciones sexuales, que antes de Mayo del 68 estaban en un alto grado  ajenas al mercado, ahora son otros sector del consumo y del consumismo, con perdedores y ganadores radicales.  También es muy interesante lo que explica  JG Ballard en su libro ‘Noches de cocaína’, curiosamente situado en el Levante español. Lo que viene a decir es que vivimos narcotizados por el confort o pseudoconfort y que incluso la violencia y la enfermedad mental son preferibles a esta empanada existencial que llevamos encima. Por supuesto, una salida a esto es potenciar espacios de relación comunitaria donde la música popular puede jugar un papel importante. Te lo digo solo medio en broma: Juan Gabriel y Rocío Jurado pueden darnos una educación política antielitista tan potente como la que ofrecen Terry Eagleton y Slavoj Zizek

¿Qué tipo de relaciones se está fomentando entre los preadolescentes que tienen móvil desde hace ya tiempo? Hay, por ejemplo, una crítica feminista sugerente acerca del nocivo impacto del porno en la psique de nuestros jóvenes…

Por supuesto, la pornografía es una mierda enorme, no solo un sucedáneo de las relaciones sino un sustituto en muchos casos. Tener la fuerza de voluntad para no usarla es uno de los caminos al placer y la cordura. No rechazo la pornografía por su contenido explícito, sino porque muchas veces es un obstáculo psicológico para disfrutar del sexo real.  Las autoras feministas han hecho buenas críticas a este fenómeno, sin duda. Recuerdo el libro “Lo que esconde el agujero”, de Analía Iglesias y Marta Zein, que explica de manera muy rotunda que el porno hace peores nuestras vidas sexuales y nuestras vidas en general.

Por último, ¿con cuál de los insultos que has recibido como sinónimo de rojipardo te quedas? ¿Cuál te parece más original? ¿Cabe espacio a la reapropiación de etiquetas como “nazbol”, “tricornio”, “neorrancio”, “neofalangista” o “rojipardo”?

Una vez preguntaron a Javier Tebas, presidente de La Liga de Fútbol Española, si seguía profesando la ideología falangista. Su respuesta fue algo así como “si me preguntas si aún creo que todos los españoles deben tener una casa, educación y un trabajo pues sí, sigo pensando lo mismo que hace años”.  Si “tricornio” es no tragar los delirios de los indepes que quieren desmembrar mi país pues soy muy tricornio. “Neorrancio” también seré porque prefiero el cante plebeyo de José Menese antes que el posmoderno Niño de Elche (aunque encuentro su voz muy bonita). También prefiero a De Prada, Delibes y Ana Iris Simón antes que a la mayoría de los ensayos que arrasan en las librerías cool de Malasaña y el Raval. “Nazbol” lo acepto también porque me cae bien Limónov, aunque prefiero nacional-popular, digamos Miguel Hernández, Pasolini y Camela. Mi insulto favorito sin duda es “pollavieja”, algo complicado de rebatir porque mi aparato genital va a cumplir pronto medio siglo. Creo que debemos desconfiar de los movimientos políticos que estigmatizan a los mayores, desde la Revolución Cultural de Mao hasta Mayo del 68 o el propio partido nazi. Con todos los problemas que hay en el mundo, preocuparse por la edad avanzada de nuestros penes me parece estar muy perdido (y es triste menospreciar cualquier fuente de alegría)."                 

(Entrevista a Víctor Lenore, El Viejo Topo, Nº 412 (Mayo)