"Víctor Lenore (Soria, 1972) es crítico cultural en Vozpópuli y cuenta con una larga trayectoria de periodista musical en diversos medios de comunicación. Autor de los ensayos Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (2014) y Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80 (2018). Actualmente dirige el podcast ‘Truco o Trato’ en Subterfuge Radio.
En los últimos meses, sobre todo, espoleados por el discurso de Ana Iris Simón en La Moncloa,
se ha perpetrado toda una ofensiva contra cierta nebulosa ideológica
que está a caballo entre el movimiento político y el despertar cultural
de una corriente al interno de la izquierda llamada ‘rojipardismo’.
La irrupción de Ana Iris y ‘Feria’ ha
cambiado el debate público, sobre todo porque es una voz que habla con
el corazón, mientras el resto de los discursos (casi todos) están
basados en el cálculo. Ya nos advirtió Marx contra “las aguas heladas
del cálculo egoísta”, que es lo que ofrece el Podemos actual, entre la
decadencia, la picaresca y el esperpento. Sobre el rojipardismo, quien
mejor lo ha definido es Juan Manuel de Prada en el programa de Julia
Otero, donde dijo que se trata de personas normales y corrientes que nos
negamos a aceptar la normalización de los sueldos de 1.200 euros y
pisos de 40 metros cuadrados que nos impiden formar familias y
desarrollar proyectos vitales que estaban al alcance de casi cualquiera
en la España de los años setenta y ochenta (en el fondo, son
reclamaciones parecidas a las del 15-M). El PSOE desguazó a fondo la
seguridad de nuestro mercado laboral, deteriorando las condiciones de
vida de las clases medias y populares. Quien necesite datos, que busque
en Google el Informe Petras, que pagó el propio PSOE y luego escondió en
un cajón.
En primer lugar, ¿cómo
sintetizarías los puntos clave de esta corriente? ¿Acaso existe o se
trata de un hombre de paja? Y aún más importante, ¿Por qué incomoda?
¿Por qué medios como Público, Eldiario.es, CTXT, El Salto Diario,
Rebelión.org, Nueva Revolución, pero también El País o La Vanguardia
cierran filas contra el peligrosísimo rojipardismo?
Un rojipardo suele defender la integridad
nacional española (y, más importante, la soberanía). Luego recuperar el
nivel de vida de las clases populares, y mejorarlo, con legislaciones
específicas para trabajo y vivienda. Cuando hablo de soberanía me
refiero al sentido más amplio del término: política, territorial,
digital, militar, cultural… Los dos libros que escribieron Manuel
Monereo y Héctor Illueca para El Viejo Topo me parecen buenos puntos de
partida. Me refiero a ‘Por nuevo proyecto de país’ (2015) y ‘España: un
proyecto de liberación’ (2017). Tanto Podemos como Más País han
fracasado porque no se puede ser un populista despreciando a las clases
populares españolas, por las que no sienten ninguna simpatía y con las
que no tienen ningún contacto cultural cotidiano. Por eso unos hablan de
peronismo -están más cómodos con el pueblo argentino- y otros de Ken
Loach, el zapatismo o las revueltas de Seattle. El problema es que no
conocen Castilla, ni Extremadura, ni Murcia, ni tienen el menor interés,
por eso se estrellan en cada nuevos comicios fuera de Madrid. Tampoco
es que conozcan mucho más el Madrid de más allá de la M-30.
Está claro que los medios progresistas
han recibido con creciente hostilidad el rojipardismo (sea esto lo que
sea). No diría que es un hombre de paja, sino un cajón de sastre donde
meten a cualquiera que no comulgue con la izquierda ‘progre’, que yo
prefiero llamar ‘izquierda caniche’ (siguiendo, una vez más, a Juan
Manuel de Prada, que hace análisis muy crudos y certeros de la política
nacional). El posmodernismo es una lógica cultural donde todos estamos
insertos, pero ante eso podemos escoger enfrentarnos a ella o bajar el
morro, que es lo que hace la izquierda caniche o domesticada. Está
cristalizando un nuevo macartismo que no permite desviaciones de los
dogmas progresistas, por eso muchos estamos en listas negras de las
redes sociales, pero también empieza a cuajar un discurso muy potente
que los ‘progres’ estigmatizan como rojipardo y que yo prefiero llamar
nacional-popular. Podemos y Más Madrid son la izquierda más pija, esnob y
desconectada de la calle que ha padecido este país (lo cual es una
putada porque en esos movimientos hay muchos cuadros y militantes
valiosos, que intentan mejorar el país de buena fe). Por eso llega una
voz como Ana Iris Simón, que comparte preocupaciones con la gente común,
y enseguida recibe una enorme atención y respeto (cien por cien
merecida, en mi opinión). Y se ponen a rabiar y atacarla con mucha más
bilis que a un neoliberal como Pedro Sánchez. Eso les retrata y no salen
especialmente guapos.
También quiero decir que hay firmas de El
País que ven muy exagerada la histeria contra los rojipardos y lo han
expresado en sus textos: recuerdo una pieza muy bonita de Joaquín
Estefanía y algunos chistes de Daniel Gascón en su último libro de la
saga “Un hipster en la España vacía”. Uno de los personajes comentaba
esto: “No quiero parecer un rojipardo o un neofalangista, pero la verdad
es que quiero a mis padres”. En este chascarrillo hay mucha verdad: la
izquierda del PSOE encuentra sospechosos muchos sentimientos de la gente
normal, trabajadores de barrio o de pueblo. Les incomoda que defiendas
vínculos tan sencillos y naturales como querer a tu familia, a tu
selección de fútbol o a tu país, por no hablar de sentir afinidad al
catolicismo, que es la religión nacional y promueve valores de
fraternidad que no deberían ser nunca ajenos a la izquierda.
Esta proliferación emotivista
visceral cuenta también con publicaciones monográficas bajo títulos
como: ‘Los nuevos odres del nacionalismo español’, ‘Extrema derecha
2.0’, ‘Neorrancios: sobre los peligros de la nostalgia’ o ‘De los neocón
a los neonazis’ que tratan de desenmascarar (siempre con
lenguaje marxistizante, claro) la verdadera relación entre la extrema
derecha y dicha corriente. El último dislate es el titular que definía
el libro colectivo ‘Neorrancios’ como un “manual para desactivar a una
izquierda que se da la mano con la extrema derecha”. ¿Crees que lograrán
cancelar y perseguir lo suficiente a sus disidentes como para
desactivar a dicha izquierda?
No tengo ningún problema con incluir las
emociones en el debate político, de hecho, es imposible excluirlas, pero
las críticas que mencionas al rojipardismo suelen ser muy flojas. Que
una periodista de tendencias de la revista S Moda arremeta contra Feria,
Pedro Insúa o contra mí solo puede beneficiarnos. La columnista
progresista Elizabeth Duval dijo en el programa de debate Gen Playz que
el libro “Neorrancios” solo había servido para promocionar esta nueva
corriente nacional-popular. Tiene toda la razón. A una escala muy
pequeña, es como cuando todas las estrellas de Hollywood se unen contra
Donald Trump y eso activa a sus votantes. O como cuando Rosalía comparte
en Instagram una imagen con la frase “Fuck Vox” desde su avión privado y
toda la cúpula del partido verde lo retuitea porque saben que les
beneficia la imagen de una estrella pop sin mucho conocimiento político,
y cien por cien alejada de sus problemas, diciendo a los votantes “no
metas esta papeleta en la urna”.
También te digo que darse la mano con la
derecha radical no me parece rechazable por sistema: si hubiese un
sector de Vox favorable a subir el SMI o comprometido con que España
recupere soberanía no sé qué problema hay en sentarse con ellos y
avanzar en ese sentido (de hecho, yo sospecho que ese sector existe y
que crecerá). La matraca del cordón sanitario se lleva aplicando en
Francia desde los años noventa y el resultado ha sido un crecimiento
continuado de Reagrupación Nacional, que por primera vez puede estar en
el Elíseo. Me encantaría que España tuviese una derecha enraizada en los
valores católicos contra la exclusión y la pobreza, partidos que se
tomasen en serio lemas como “Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin
pan”. Y, sobre todo, que se enfrentase a la UE, Silicon Valley y las
franquicias transnacionales para defender a los empresarios españoles,
pequeños, medianos y grandes. El distributismo cristiano es un enfoque
económico que podría cuajar perfectamente en España si se articula una
derecha social.
¿No te da la sensación de que se
ha escrito un mismo artículo en 20 medios de comunicación diferentes? De
algún modo se crea un marco de sospecha sobre quienes defienden el
patriotismo, la familia, el derecho a la vivienda, los derechos
laborales y la estabilidad de pareja…
Machacan tres lemas de manera constante,
aunque es justo admitir que nosotros hacemos lo mismo. Esto es una
batalla cultural y hay que ser siempre tan pesado como el enemigo.
Últimamente lo que más me jode es la hipocresía de esa izquierda que
arremete contra la familia tradicional, pero vienen justamente de
familias tradicionales, donde impera el apoyo mutuo. Viven de sus padres
casi hasta que llega la herencia, sin apenas manchar su hoja de vida
laboral con un paso por ninguna empresa privada. Un antiguo amigo
marxista tiene una forma muy graciosa de explicar este fenómeno: la
izquierda madrileña pasa los veinte y treinta de fiesta en Lavapiés,
compartiendo juergas con precarios y migrantes, pero a la hora de
emparejarse remontan como salmones la carretera de La Coruña para criar
junto a otro blanco rico de los municipios con renta más alta de la
comunidad (Pozuelo, Las Rozas, Las Matas, Galapagar, Collado Villalba…).
Se pasan la vida diciendo que la propiedad es un robo y que hay que
abolir las herencias, pero no he escuchado que ninguno renuncie a la
suya para dársela al Patio Maravillas ni a Traficantes de Sueños. Lo que
proponen, básicamente, es la disolución de los lazos para la gente
pobre mientras ellos cultivan los suyos a la manera tradicional de la
clase alta. No hay nada más parecido a un elitista de derecha que un
elitista de izquierda.
Uno de los redundantes artículos
que han ido apareciendo definía a los seguidores de esta corriente como
los “guardianes del templo”. Resulta gracioso dado que quienes
convirtieron su relato en ideología dominante es la pseudoizquierda
institucional (con presupuestos antropológicos libertarios y
nihilistas). ¿No son, en realidad, los Antonio Maestre, Steven Forti,
Pablo Batalla, Elizabeth Duval de turno, los verdaderos guardianes del
templo? Ellos son quienes desde los medios mainstream
reaccionan a la reacción. Ellos prescriben valores desde su púlpito.
Diego Fusaro suele citar la mítica entrevista de 1975 a Pier Paolo
Pasolini en la que profetizaba una nueva inquisición que “utilizará
vuestras palabras progresistas” y “sus clérigos serán clérigos de
izquierda”. ¿Qué opinión te merece esta profecía? ¿Acertada o errática?
En la lista de nombres que citas creo que
hay casos muy diferentes. Siento incluso admiración por Elizabeth
Duval, que ha roto algunas dinámicas políticas demenciales. Me gusta que
se ponga una rojigualda en su perfil de Twitter, demostrando que para
la mayoría de la gente joven de izquierda esta es hace tiempo la bandera
de todos. También estoy de acuerdo con ella en que la izquierda del
PSOE no va a ningún sitio si se limita a vender el miedo a Vox. Y creo
que es inteligente negarse a ser encasillada como activista trans. Pablo
Batalla tiene algunas intuiciones interesantes, aunque en Twitter me
parece muy adolescente, y le lastran tesis loquísimas como que el gol de
Iniesta en Sudáfrica es un precedente de la represión policial de
Cataluña el uno de octubre de 2017.
Steven Forti carece de cualquier talento
que no sea el de comisario político, pero esto tampoco lo hace tan bien
porque no ha logrado cancelar nunca a nadie. Sobre Maestre, la verdad es
que sospecho que sale en tantas tertulias televisivas porque a los
dueños de las cadenas les conviene mostrar que la izquierda es un señor
friki hiperventilado que te regaña cuando no coincides con su visión
moral. Creo que alguien tan íntegro, moderno y hedonista como Pasolini
se pondría muy triste con el nivel de sumisión al sistema de la
izquierda española en 2022. Y, sobre todo, se enfadaría con el asco de
la izquierda del PSOE hacia el pueblo llano, con el que la mayoría se
sienten tan incómodos (solo hay que ver cómo han acabado todos los
obreros y campesinos que pasaron por Podemos, desde Diego Cañamero a
Óscar Guardingo, pasando por Alberto Rodríguez).
¿Podrías definir sucintamente los
ejes principales de la ideología woke-progre? ¿Qué papel juegan firmas
como la tuya, Diego Garrocho, Juan Soto Ivars, Hasel Paris, Esteban
Hernández o Daniel Bernabé contra esto? Si Nietzsche estuviera vivo
quizá no cargaría tintas contra la moral cristiana, sino contra este ethos neoliberal-posmoderno: una verdadera moral de esclavos.
El wokismo es una versión pijo-académica
del puritanismo protestante anglosajón de toda la vida. En el fondo,
parecen señoras burguesas preocupadas por el buen tono y las buenas
costumbres. Hace poco tomaba un café con un conocido director de cine y
me contaba que viaja mucho por festivales internacionales y le toca
cenar en la misma mesa que directores y guionistas ‘woke’, que son los
que suelen ganar los premios. Me soltó esto: “¿De qué crees que hablan
entre plato y plato? Lo típico es que la directora de clase alta
libanesa, que ha hecho un drama desgarrador sobre un niño mutilado por
una mina antipersonas, hable sobre irse a esquiar a los Alpes o sobre lo
mal que está el servicio en su dúplex de Central Park. Son las típicas
burguesas de los tés de caridad de toda la vida”, lamentaba.
La lista que mencionas me parece llena de
periodistas y pensadores valiosos, algunos son amigos y a otros
simplemente les admiro. De Garrocho destacaría que no solo aspira a
escribir -siempre con profundidad-, sino que sé que trabaja para
articular cierto asociacionismo colectivo que nos permita ser más
eficaces (eso va a ser crucial). Soto Ivars, tantas veces acusado de
equidistante, suele tener posiciones muy valientes y bien argumentadas,
además de su talento -que envidio- para conectar con amplias capas de
la población sin rebajar el rigor de su discurso. De Hasel Paris, que es
muy joven, diría que es alguien que siempre me hace pensar, esté o de
acuerdo con sus textos, que algunas veces encuentro demasiado tajantes.
Me parece admirable su energía para enfrentarse a los dogmas del
discurso dominante (algo que nos hace muchísima falta). Esteban
Hernández para mí es un maestro del sentido común, sobre todo en el
análisis de las relaciones de poder social, además de quien mejor ha
explicado la trágica debacle de la clase media en España (y el error de
la izquierda al defender que la clase media es un espanto del que hay
que deshacerse). Por último, Bernabé es un izquierdista de los de antes,
con quien muchas veces no coincido y que culturalmente veo algo
elitista y anglófilo, pero que ha tenido el enorme mérito de poner en el
centro del debate la tesis de Hobsbawm y Mark Lilla contra las
políticas de la identidad, haciendo además aportaciones propias. Y
admiro su aguante para sobrevivir a sucesivos linchamientos de la
izquierda ‘cool’.
Las pasadas elecciones de
Castilla y León y el papelón de la izquierda caniche son la enésima
crónica de una muerte anunciada: la de aquel bonito proyecto que pese a
nacer en las calles y rebelarse contra la precariedad neoliberal se ha
convertido en el primo tonto de un PSOE que se cree invencible. ¿Cuál es
tu balance? ¿En qué anda despistada la izquierda oficial?
Cada vez me siento más castellano viejo
(castellano pollavieja, dirán los ‘wokes’). Mi padre viene de un pequeño
pueblo de Burgos, Cilleruelo de Abajo, mientras mi madre es de San
Esteban de Gormaz en Soria. Pasé muchos meses allí en 2021 durante la
pandemia y me fascinó lo desconectada que está la izquierda del PSOE de
los problemas de esos entornos. Podemos y Más Madrid solo entienden el
campo como lugar de turismo rural. En vez de incorporar al partido
organizadores comunitarios que vivan en esos entornos (jóvenes
agricultores, trabajadores sociales, dinamizadores culturales…) se
dedicaron a mandar paracaidistas con el discurso pijiprogre de la calle
Argumosa, que es donde se reúnen en Lavapiés (Madrid). Los resultados se
venían venir: confieso que incluso me sorprendió que consiguieran un
diputado. En vez de leer tantos pensadores anglosajones pop de moda como
Mark Fisher (que tiene textos muy interesantes, pero vivió sobre todo
en su burbuja ‘trendy’), ya podrían ponerse alguna vez con las novelas
de Miguel Delibes, aunque les duela el retrato que hacen de urbanistas
empanados como ellos (y como yo, que no me excluyo de estas categorías
en absoluto).
En otro orden de cosas, alguna
vez has apuntado que “la derecha tiene derecho a formarse”. Muy en
contra del mantra izquierdista absurdo de que el fascismo se cura
leyendo o aquel en que el intelectual sólo puede ser de izquierdas,
¿Cómo valoras la emergencia de foros de pensamiento como el Instituto
Superior de Sociología Economía y Política (ISSEP) que ha sido
catalogado como “la escuela de la intolerancia”?
Entre las muchas disfunciones de nuestra
izquierda progre destaca el clamar por una derecha civilizada, culta y
moderna a la vez que se ponen histéricos cuando un proyecto de derecha
da pasos en esa dirección. ¿Cómo no va a ser buena noticia que la
derecha madrileña forme a sus cuadros jóvenes entre libros de Juan
Manuel de Prada, clases de la filósofa católica Mariona Gumpert y
análisis tan sólidos del capitalismo moralista como los de Miguel Ángel
Quintana Paz? Es muchísimo mejor que lo que había antes, que en muchos
casos era una derecha que se limitaba a copiar los discursos
anglosajones de “bajemos los impuestos a los ricos y la economía se
reactivará sola”. Es alucinante que Manuel Borja-Villel, que presume de
marxista, reciba fondos constantes para El Reina Sofía por parte de Ana
Botín mientras que Quintana Paz (que podría considerarse próximo a Vox)
articula algunas de las críticas más sólidas a la banquera.
Llamar a ISSEP “escuela de intolerancia”
demuestra muy poca cintura porque la intolerancia es un valor que
debemos cultivar, ya que muchas inercias del sistema moderno son
intolerables (desde los oligopolios digitales de San Francisco a los
vientres de alquiler, pasando por los desahucios de familias arrasadas
por las crisis especulativas) . El propio Slavoj Zizek, un filósofo
posmarxista, tiene un ensayo breve muy potente titulado ‘En defensa de
la intolerancia’. Me parece triste que gran parte de la izquierda
española viva apegada a un discurso endeble y oenegero (ONGs) que no
sirve para relacionarse con la realidad política y social actual.
¿Qué se pierde cuando el rival no
se forma intelectualmente? ¿Qué opinas de la cantidad de pensadores
jóvenes que está emergiendo en las filas de una derecha cristiana
iliberal? ¿Enriquece el debate público? ¿Qué papel en tu opinión debe
jugar una hipotética alianza entre socialistas-comunistas-cristianos y
populistas iliberales?
Me parece evidente que la energía
antagonista ha cambiado de bando en los últimos años desde la izquierda
hacia la derecha. Yo siempre voy a atender más a un pensador cristiano,
aunque sea de derecha, que a un posmo prosistema con chapita de la
Agenda 2030 como los que abundan en la izquierda madrileña (aunque por
desgracia también hay cristianos con la chapita). Para mí los grandes
espacios para encontrarnos son el soberanismo nacional, el antielitismo y
los valores católicos. También la defensa de los servicios públicos
como las bibliotecas, la atención primaria y el sistema de pensiones.
Defensores de estas cosas hay en la izquierda, la derecha y en el centro
reformista. También hay apolíticos de buen corazón, por supuesto. Igual
incluso son mayoría.
Como editor de la sección de
cultura de Vozpópuli, en qué punto crees que se encuentra la cultura
española. ¿Existe un legado cultural propio que merezca ser defendido de
los productos culturales anglosajonizantes o, por el contrario, debemos
seguir la consigna orteguiana y mirar hacia la Europa continental? ¿Qué
reivindicas tú?
Para mí es hora de mirar a América Latina
y a África como países hermanos. De allí han salido formas asombrosas
de autoorganización del ocio musical, por ejemplo, los soundsystems
que dieron lugar al dub, el hip-hop, las raves, los sonideros mexicanos
y los picós de Colombia. También debemos mirar a nuestras propias
costumbres: los merenderos de las bodegas de Castilla, el poteo vasco y
el botellón juvenil son también formas de autoorganizar el ocio y la
relación social de manera no individualista. Nuestra música popular más
potente, el flamenco, es un ejemplo de siglos de cómo los excluidos y
perseguidos pueden crear sus propias formas de arte, estéticamente
superiores a las burguesas. Es trágico que esté desapareciendo nuestra
red de librerías, bibliotecas, cines, teatros y asociaciones culturales
por culpa del arrase de cuatro corporaciones de Silicon Valley.
En el ámbito del periodismo, ¿qué
impacto tanto positivo como negativo ha comportado la incorporación
masiva de las nuevas tecnologías y las lógicas de mercadotecnia? ¿Qué
deriva crees que seguirán los medios de comunicación en la era de la
sobreinformación digital? ¿Añoras lo analógico?
No envidio especialmente lo analógico,
pero sí las condiciones del gremio en los años noventa, que es cuando yo
comencé a trabajar. La llegada de Internet arruinó el periodismo
escrito, destruyendo la red de quioscos y quedándose Google la inmensa
mayoría del pastel publicitario. La sobreinformación es una forma de
censura, mucho más sofisticada que la clásica de impedirte publicar un
contenido. Es más eficaz saturar que denegar. Los medios no sé qué
deriva tomarán, pero la situación de precariedad es extrema y creciente,
además de depender en exceso de la publicidad corporativa e
institucional, aunque sean ya migajas.
Hace poco oí decir al filósofo
Ernesto Castro que (al contrario de lo que se suele pensar), el auge de
las redes sociales pueden ser un caldo de cultivo propicio a la apertura
de espacios para el diálogo filosófico, para la emergencia de un clima
cultural renovado. De hecho, describía a las nuevas generaciones de
youtubers y streamers como personas dotadas del “buen decir”, de la retórica (en el mejor de los sentidos). ¿Coincides o discrepas?
Discrepo completamente. Por supuesto, en
redes sociales podemos encontrar a gente muy articulada y despierta, el
propio Ernesto Castro entre ellos. El problema es un sistema social
donde cada vez se achican más los espacios físicos y por eso nos vemos
todos empujados a relacionarnos casi siempre en redes. Bajas al barrio y
son todo franquicias, tiendas cerradas y espacios privatizados. Lo
importante es recuperar esos lugares comunes, tal y como ha explicado el
filósofo Fernando Broncano, en vez de centrar nuestras energías en
elevar el nivel de Internet, donde al final los beneficios se los llevan
siempre cuatro magnates gringos.
Por otro lado, precisamente es en estos foros donde está pujante un perfil de influencer
muy cercano a posturas anarcocapitalistas. Pienso en canales como Wall
Street Wolverine, UHBH, Libertad Y Lo Que Surja, LIBERTAD TV, Orden
Espontáneo TV, y figuras destacadas como Miguel Anxo Bastos, Juan Ramón
Rallo o el recién fallecido Antonio Escohotado. Esto me recuerda a
aquello de Machado: “Haced política, porque si no la hacéis, alguien la
hará por vosotros y probablemente contra vosotros”. ¿Qué daños puede
provocar en la juventud un contenido que está patrocinado por casas de
apuestas y agencias de inversión en bolsa? ¿Qué hay de figuras como
Elxokas que han cambiado repentinamente de discurso en torno al
marcharse o no a Andorra para tributar menos? ¿Crees que ese es un
espacio de disputa ideológica que la izquierda antiliberal debe ocupar?
¿Sabes de algún fenómeno comunicativo -más allá de Ibai- que trabaje en
esa línea? Parece que Santiago Armesilla, Guillermo del Valle, Jon
Illescas y otros se han animado…
Respeto mucho que Ibai defienda pagar sus
impuestos en España, pero en el fondo su figura es la de un
‘influencer’ que introduce en nuestro país las novedades de los
oligopolios tecnológicos. Lo que él ofrece es una promoción constante
del fútbol de élite, los videojuegos y la comida basura (que tanto
anuncia). Como horizonte político, me parece poco interesante. Por
supuesto hay un espacio de disputa donde se encuadran todos los nombres
que citas, por los que tengo máximo respeto. Más que escoger a un
Youtuber u otro como mi favorito, me parece más interesante denunciar la
política de sumisión tecnológica del PP y el PSOE hacia Silicon Valley.
Todo esto tiene que ver con una visión errónea de la modernidad: desde
los años ochenta, en España que confunde demasiadas veces ser moderno
con estar a la última de las novedades del mercado (y poder comprarlas,
claro).
En el mundo digital todo se
convierte en un enorme supermercado. En especial me interesa tu opinión
respecto al supermercado del amor en la era de las Apps de citas.
Zygmunt Bauman desarrollaba el concepto de “amor líquido” sugiriendo que
“En una vida de continua emergencia, las relaciones virtuales superan
fácilmente lo real. Es la capacidad electrónica de multiplicar los
encuentros interpersonales, lo que les confiere un carácter fugaz,
desechable y superficial. Las relaciones virtuales están provistas de
las teclas suprimir y spam que protegen de las pesadas consecuencias
(sobre todo, la pérdida de tiempo) de la interacción en profundidad”.
¿Cómo se puede revertir esta situación? Conociéndote imagino que en tu
opinión el poder congregador de la música puede jugar un papel
interesante…
A mi juicio, Michel Houellebecq ha hecho
la crítica más clara y completa de este fenómeno, desde su novela
‘Ampliación del campo de batalla’ hasta ‘Plataforma’ y ‘Serotonina’. Las
relaciones sexuales, que antes de Mayo del 68 estaban en un alto grado
ajenas al mercado, ahora son otros sector del consumo y del consumismo,
con perdedores y ganadores radicales. También es muy interesante lo
que explica JG Ballard en su libro ‘Noches de cocaína’, curiosamente
situado en el Levante español. Lo que viene a decir es que vivimos
narcotizados por el confort o pseudoconfort y que incluso la violencia y
la enfermedad mental son preferibles a esta empanada existencial que
llevamos encima. Por supuesto, una salida a esto es potenciar espacios
de relación comunitaria donde la música popular puede jugar un papel
importante. Te lo digo solo medio en broma: Juan Gabriel y Rocío Jurado
pueden darnos una educación política antielitista tan potente como la
que ofrecen Terry Eagleton y Slavoj Zizek
¿Qué tipo de relaciones se está
fomentando entre los preadolescentes que tienen móvil desde hace ya
tiempo? Hay, por ejemplo, una crítica feminista sugerente acerca del
nocivo impacto del porno en la psique de nuestros jóvenes…
Por supuesto, la pornografía es una
mierda enorme, no solo un sucedáneo de las relaciones sino un sustituto
en muchos casos. Tener la fuerza de voluntad para no usarla es uno de
los caminos al placer y la cordura. No rechazo la pornografía por su
contenido explícito, sino porque muchas veces es un obstáculo
psicológico para disfrutar del sexo real. Las autoras feministas han
hecho buenas críticas a este fenómeno, sin duda. Recuerdo el libro “Lo
que esconde el agujero”, de Analía Iglesias y Marta Zein, que explica de
manera muy rotunda que el porno hace peores nuestras vidas sexuales y
nuestras vidas en general.
Por último, ¿con cuál de los
insultos que has recibido como sinónimo de rojipardo te quedas? ¿Cuál te
parece más original? ¿Cabe espacio a la reapropiación de etiquetas como “nazbol”, “tricornio”, “neorrancio”, “neofalangista” o “rojipardo”?
Una vez preguntaron a Javier Tebas,
presidente de La Liga de Fútbol Española, si seguía profesando la
ideología falangista. Su respuesta fue algo así como “si me preguntas si
aún creo que todos los españoles deben tener una casa, educación y un
trabajo pues sí, sigo pensando lo mismo que hace años”. Si “tricornio”
es no tragar los delirios de los indepes que quieren desmembrar mi país
pues soy muy tricornio. “Neorrancio” también seré porque prefiero el
cante plebeyo de José Menese antes que el posmoderno Niño de Elche
(aunque encuentro su voz muy bonita). También prefiero a De Prada,
Delibes y Ana Iris Simón antes que a la mayoría de los ensayos que
arrasan en las librerías cool de Malasaña y el Raval. “Nazbol” lo acepto
también porque me cae bien Limónov, aunque prefiero nacional-popular,
digamos Miguel Hernández, Pasolini y Camela. Mi insulto favorito sin
duda es “pollavieja”, algo complicado de rebatir porque mi aparato
genital va a cumplir pronto medio siglo. Creo que debemos desconfiar de
los movimientos políticos que estigmatizan a los mayores, desde la
Revolución Cultural de Mao hasta Mayo del 68 o el propio partido nazi.
Con todos los problemas que hay en el mundo, preocuparse por la edad
avanzada de nuestros penes me parece estar muy perdido (y es triste
menospreciar cualquier fuente de alegría)."
(Entrevista a Víctor Lenore, Yesurun Moreno , Anomía y Cultura, 05/06/22; fuente: El Viejo Topo, Nº 412 (Mayo)