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1/9/26

La política es la acción en la sociedad (polis) con vistas a un objetivo que concierne a toda la sociedad... hacer política significa proponer una forma de acción colectiva, que puede ir desde una revuelta hasta un partido o un Estado... La política tiene que ver con la persuasión. Si no hay política, solo existen relaciones de poder... es indispensable para que pueda existir la política que exista una sociedad, una polis o un pueblo. Y es en este punto donde la «revolución neoliberal» ha causado daños antropológicos irreparables... se ha alimentado una fragmentación horizontal de la sociedad, cultivada de forma consciente y sistemática. Se ha hecho creer a los jóvenes que debían enfadarse con los mayores, a quienes se había privilegiado, y a los mayores que los jóvenes eran unos holgazanes... Se ha alimentado un discurso de odio continuo y, a continuación, se ha advertido contra la horrible propagación de los discursos de odio... las mujeres contra los hombres, los homosexuales contra los heterosexuales, etc., todo ello en un crescendo fomentado a diario por los medios de comunicación durante décadas... Incluso la «lucha de clases» ha sufrido una grave metamorfosis... se entendía como una denuncia estructural de los mecanismos del poder económico. Sin embargo, se ha transformado en una envidia social genérica: «Nadie sabe lo duro que es mi trabajo; para él o ella, en cambio, todo es fácil»... este proceso se ha convertido en «autoafirmación individualista»... Si el mundo no acepta mis fantasías momentáneas sobre mí mismo, es el mundo el que está equivocado. Cualquier película estadounidense le explica que «puede ser lo que quiera ser» (lo cual, técnicamente, es una patología psiquiátrica). Un rechazo subjetivista del «principio de realidad» en favor de un «principio de placer» que debe materializarse en actos de compraventa en el mercado... yo mismo debería ser algo muy distinto, debería ser lo que sueño con ser; mientras que el mundo cínico y tramposo me lo impide... Obviamente, en un contexto así, cualquier acción auténticamente colectiva, cualquier política en el sentido auténtico, es como intentar remontar una cascada a nado... Nos han jodido bien jodidos (Andrea Zhok)

"Hay muchas cosas a las que se puede llamar «problema de la política», pero hay una que es más radical y originaria que todas las demás.

La política es, en su sentido etimológico y más auténtico, la acción en la sociedad (polis) con vistas a un objetivo que concierne a toda la sociedad.

Hacer política, en cualquier sentido auténtico, significa proponer una forma de acción colectiva, que puede ir desde las formas levemente coordinadas de una revuelta hasta las altamente coordinadas de un partido o de un Estado.

La política tiene que ver con la persuasión.

Si no hay política, solo existen relaciones de poder.

Pero el requisito indispensable para que pueda existir la política es que exista una sociedad, una polis o un pueblo. Y es en este punto donde la «revolución neoliberal», iniciada a finales de la década de los 70 del siglo XX, ha causado daños antropológicos irreparables.

Este proceso consta de dos fases: una destructiva y otra constructiva.

En el plano destructivo, se ha alimentado una fragmentación horizontal de la sociedad, cultivada de forma consciente y sistemática. Se ha hecho creer a los jóvenes que debían enfadarse con los mayores, a quienes se había privilegiado, y a los mayores que los jóvenes eran unos holgazanes. Se ha hecho creer que los trabajadores del sector público eran unos vagos y que los autónomos eran evasores fiscales. Se ha alimentado un discurso de odio continuo y, a continuación, se ha advertido contra la horrible propagación de los discursos de odio: racismo y autoracismo, desde los ataques a los «hombres blancos mayores» hasta los «incels», las mujeres contra los hombres, los homosexuales contra los heterosexuales, etc., todo ello en un crescendo fomentado a diario por los medios de comunicación durante décadas.

Incluso la «lucha de clases» ha sufrido una grave metamorfosis. Quienes la mencionaron por primera vez la entendían como una denuncia estructural de los mecanismos del poder económico. Sin embargo, se ha transformado en una envidia social genérica, en su mayor parte horizontal e individual: «Nadie sabe lo duro que es mi trabajo; para él o ella, en cambio, todo es fácil».

En el plano afirmativo, este proceso se ha convertido en «autoafirmación individualista», en la que la forma en que cada uno se siente y se percibe debía considerarse como el único fundamento de lo que cada uno es. Esta especie de delirio idealista en el que «tal y como me imagino, así soy» se ha convertido en sentido común. Si el mundo no acepta mis fantasías momentáneas sobre mí mismo, es el mundo el que está equivocado. Cualquier película estadounidense le explica que «puede ser lo que quiera ser» (lo cual, técnicamente, es una patología psiquiátrica). Un rechazo subjetivista del «principio de realidad» en favor de un «principio de placer» que debe materializarse en actos de compraventa en el mercado.

El resultado de todo ello es hoy evidente. Se percibe de forma especialmente aguda en las redes sociales, donde reina sin oposición precisamente la mezquindad, la frustración enconada, lo que los alemanes denominan «Schadenfreude»: el placer secreto (aunque no tanto) por las desgracias ajenas, el impulso de decir «se lo tiene merecido», «así aprenderá».

Ninguna época ha hablado tanto de «empatía» como para poder acusar a todos los demás de carecer de ella.

Cualquier otra persona tiene la grave culpa de no ser yo. Pero yo mismo debería ser algo muy distinto, debería ser lo que sueño con ser; mientras que el mundo cínico y tramposo me lo impide.

Obviamente, en un contexto así, cualquier acción auténticamente colectiva, cualquier política en el sentido auténtico, es como intentar remontar una cascada a nado.

Nos han jodido bien jodidos." 

(Andrea Zhok, blog, 31/08/26,  traducción Salvador L. Arnal) 

13/1/25

El patrimonio neto de Elon Musk es de 416.000 millones y el coste actual estimado de los incendios forestales de Los Ángeles según un cálculo de Accuweather es de 135.000-150.000 millones... La empatía que nuestras estructuras de poder quieren que sintamos no es del tipo que se extiende hacia abajo; la narrativa es que sólo debemos sentir preocupación por los ya poderosos cuando se enfrentan a la desgracia... Un ejemplo de ello sería la reciente magnificación de la pérdida de la vivienda de individuos como el actor James Woods, llorando y lamentándose por la pérdida de su mansión... Yo les pregunto: ¿alguno de ustedes ha visto alguna vez una entrevista en esos medios a los sin techo a los que les han quitado todas y cada una de sus posesiones, no por un incendio forestal, sino por las redadas policiales, redadas que a menudo se llevan a cabo para eliminar el aspecto antiestético de la pobreza antes de los grandes acontecimientos deportivos, conciertos y demás?¿Quién tiene más posibilidades de recuperar sus posesiones? Supongo que James Woods no está durmiendo debajo de un paso elevado sin saco de dormir o tienda de campaña en este momento... ¿Cómo es posible que las cosas no estén completamente arruinadas en un escenario así? Sin embargo, Musk se pasa tanto tiempo demonizando a los que no tienen nada a su nombre diciendo cosas como «en la mayoría de los casos, la palabra “sin techo” es mentira, suele ser una palabra propagandística para referirse a drogadictos violentos con enfermedades mentales graves»... ¿Esa cita quizá la usaría para James Woods ahora que se ha quedado sin mansión? ¿Te imaginas tener toda esa riqueza y poder y utilizarlo ...... para denigrar a la gente con tan mala suerte que ni siquiera tienen un techo sobre sus cabezas o una manera de conseguir uno?(Kathleen Wallace)

 "Hay algo así como un contrato social informal y laxo inherente a una sociedad humana próspera, y es la condición de la empatía recíproca. Cuando uno sufre una desgracia, los demás en una sociedad sana se preocupan y ayudan, a pesar de no existir ninguna obligación contractual. Otros se preocupan cuando la catástrofe cae sobre sus vecinos. Es empatía básica, no una interacción complicada. Sin embargo, hemos estado inmersos en una sociedad que simplemente quiere que sintamos empatía en una dirección y es hacia aquellos que tienen amplios recursos y poder, pero que por la razón que sea se han topado con un bache en su camino pavimentado de oro. La empatía que nuestras estructuras de poder quieren que sintamos no es del tipo que se extiende hacia abajo; la narrativa es que sólo debemos sentir preocupación por los ya poderosos cuando se enfrentan a la desgracia.

Un ejemplo de ello sería la reciente magnificación de la pérdida de la vivienda de individuos como el actor James Woods (bueno, digo «actor», pero ¿quién iba a saber que se interpretaba a sí mismo en Casino?) Ha aparecido en todos los principales canales de «noticias» (de nuevo, las comillas) llorando y lamentándose por la pérdida de su mansión. Yo les pregunto: ¿alguno de ustedes ha visto alguna vez una entrevista en esos medios a los sin techo a los que les han quitado todas y cada una de sus posesiones, no por un incendio forestal, sino por las redadas policiales, redadas que a menudo se llevan a cabo para eliminar el aspecto antiestético de la pobreza antes de los grandes acontecimientos deportivos, conciertos y demás? Supongo que no. Ni siquiera querrían a los sin techo en su estudio. Pero de estos grupos, ¿quién tiene más posibilidades de recuperar sus posesiones? Supongo que James Woods no está durmiendo debajo de un paso elevado sin saco de dormir o tienda de campaña en este momento.

La falta de empatía es, por supuesto, lo que lleva a la gente a esta situación desesperada en primer lugar. Como digo a menudo, es una característica, no un defecto, del capitalismo actual que, en lugar de la zanahoria que colgaba como en los años 50 (una casa, un barco, dinero para enviar a los niños a la universidad), estamos firmemente en el territorio del palo. Si no participas con éxito en esta economía parasitaria, puedes acabar sin ninguna red de seguridad en tu vida. No importa que tengamos recursos de sobra para hacer frente a todos y cada uno de estos problemas (por ejemplo, el patrimonio neto de Elon Musk es de 416.000 millones y el coste actual estimado de los incendios forestales de Los Ángeles según un cálculo de Accuweather es de 135.000-150.000 millones). ¿Puedes hacerte a la idea? Un hombre, un hombre raro, tiene suficiente dinero para ocuparse de este problema y todavía le queda la mayor parte de su riqueza. ¿Cómo es posible que las cosas no estén completamente arruinadas en un escenario así? Sin embargo, ese hombre se pasa tanto tiempo demonizando a los que no tienen nada a su nombre diciendo cosas como «en la mayoría de los casos, la palabra “sin techo” es mentira, suele ser una palabra propagandística para referirse a drogadictos violentos con enfermedades mentales graves».


 Ahora bien, esa cita quizá la usaría para James Woods ahora que se ha quedado sin mansión, pero todas esas otras almas de ahí fuera a las que se refería Musk, no tanto. Una vez más, ¿te imaginas tener toda esa riqueza y poder y utilizarlo ...... para denigrar a la gente con tan mala suerte que ni siquiera tienen un techo sobre sus cabezas o una manera de conseguir uno? Es un gran indicio de que Musk tiene algún tipo de podredumbre interna que necesita sanar.

Parece desear tanto el amor, hasta el punto de que es doloroso presenciarlo, pero evita todas las formas obvias en que podría llegarle de verdad (principalmente extendiendo la amabilidad y la empatía, no formando parte del problema general que hace que el índice de miseria mundial se dispare). Por supuesto, no es ideal depender de la generosidad de un multimillonario, pero él podría tener más amor del que sabría qué hacer con él y podría intentar llenar ese vacío interno si intentara ser amable. Es tan sencillo como eso.

Fíjese en MacKenzie Scott: un gran número de personas la aprecian de verdad. No es normal acumular tanta riqueza, pero la verdadera prueba de decencia es lo que haces con esa riqueza si te encuentra. Musk opta por tuitear sobre los sin techo; Scott reparte subvenciones sin condiciones para mejorar el mundo. Esto se refiere al comportamiento individual, por supuesto. La respuesta es no tener una sociedad que permita tal disparidad, pero el comportamiento de ella es un intento de decencia, el de él no tanto.

En este entorno se ha vuelto completamente aceptable que la preocupación sea por los opresores del mundo, pero casi nunca por los oprimidos. La situación en Palestina es un ejemplo de ello. Hay gente que lucha por seguir con vida y conservar su tierra y se le tacha de terrorismo. No reciben ninguna simpatía, pero los que colonizan y se apoderan de ella, bueno, reciben toda la simpatía en caso de que tengan ese contragolpe. Los estadounidenses con la comodidad del tiempo parecen entender Little Big Horn, pero en la era actual no pueden ver las similitudes donde existen, principalmente debido a las narrativas alimentadas con cuchara de los medios de comunicación, incluso en el escenario de la documentación en tiempo real. Arriba se convierte en abajo, de lado en derecho, muchas palabras pierden su significado. La respuesta desproporcionada (me refiero al genocidio) se considera normal, pero el acto de luchar contra los poderes fácticos no. Nunca se considera la posibilidad de analizar las causas profundas y rectificar las condiciones de vida inhumanas, simplemente se acepta que los impotentes deben morir y los poderosos deben seguir enriqueciéndose.

Es como si a los sin techo les quitaran sus pertenencias junto con sus refugios improvisados...... En lugar de buscar respuestas humanas, criminalizamos a los sin techo. Nos aseguramos de que los mercados de la vivienda sean inasequibles al permitir que entidades como Blackrock compren cantidades masivas de bienes inmuebles. Limitamos las posibilidades de salir de situaciones terribles y luego nos lamentamos de que esas personas sean incapaces de participar en lo que consideramos una sociedad normal.

Sin embargo, con todo esto en marcha, permitimos que James Woods y Mel Gibson lloriqueen en televisión. Engendros como Laura Ingraham, cuyo propio hermano reniega de su falta de empatía, amplifican sus historias. La empatía debe fluir hacia arriba, nunca hacia abajo, muy al contrario del tipo Jesús con el que a todos ellos parece encantarles alinearse.

A menos que el capitalismo industrializado tardío tenga fábricas que produzcan agujas con paso posible del tamaño de un camello, están jodidos si algo de ese dogma es cierto.

Pero no estoy aquí para avergonzar a los cristianos, creo que sabemos (e incluso ellos saben) que utilizan la etiqueta como escudo. Además, no creo en lo sobrenatural de ello--ese libro de ellos está en desacuerdo consigo mismo. Pero sí creo que no estamos aquí para seguir machacando y usar nuestra empatía con los que menos la necesitan, los que definitivamente no muestran reciprocidad. No voy a estar avergonzando a aquellos que harían bromas si les hace sentir mejor decir «bueno James Woods, quizás sí necesitabas un alto el fuego» -- haz lo que te cure; él va a estar bien.

Me acuerdo de algo que oí una vez de (vale, seguid conmigo, no me estoy volviendo completamente woo, pero me gusta escuchar los relatos de los que han tenido experiencias cercanas a la muerte; me fascina). En cualquier caso, uno de esos relatos provenía de un hombre que regresó y dijo que le habían dicho «no es un tribunal, es un aula» en relación con sus preguntas sobre seguir el dogma religioso. Toda su visión del mundo cambió y se abrió tras la «muerte» a niveles de amor y comprensión más allá de las directrices estándar de las religiones individuales. Veamos, pues, esa afirmación que, por alguna razón, me resuena como ninguna otra. En esa sola frase ofrece más que el materialismo ateo o las religiones del mundo basadas en reglas. Si esto es un aula, ¿qué estamos aprendiendo, cómo intentamos hacerlo mejor? Fíjese en un MacKenzie Scott y en un Elon Musk para ver dos caminos diferentes que tomar.

Hay una cosa de la que estoy seguro y es del hecho de que necesitamos normalizar la empatía de la que somos capaces y las acciones que pueden derivarse de preocuparse realmente por los demás. Llevamos demasiado tiempo normalizando la insípida autoinfatuación, y ponemos a individuos como Musk como ejemplo de éxito, no como un cuento con moraleja. Los ricos tienen que bajar y unirse al resto de nosotros en una sociedad humana decente. No pueden seguir utilizando su alma dañada como trampolín para las filosofías que deciden abrazar. Es como si algunos la utilizaran como punto de partida. Caramba, soy rico, sano y guapo (o al menos con dinero he podido hacerme guapo) ......¿dónde puedo buscar y encontrar algo que me permita seguir sintiéndome genial por ello sin ninguna responsabilidad hacia los demás? Lo sé, tal vez Ayn Rand o basura similar. Este no es el camino. Esto no es aprender en el aula de la vida, esto es ser el matón, el gilipollas sin ningún atisbo de autoconciencia. Y estoy bastante seguro de que no es por eso que estamos aquí."

(Kathleen Wallace , blog, 12/01/25. Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com)

7/7/20

Aporofobia, el miedo al pobre que anula la empatía

"Para que algo exista en la conciencia colectiva hay que poder nombrarlo. Poner nombre a lo que ocurre y no se ve o no se quiere ver es lo que ha hecho la filósofa Adela Cortina con una realidad que está ahí pero preferimos ignorar: el miedo, la aversión y el rechazo a los pobres.

 Lo ha denominado aporofobia, un fenómeno que está en el origen de las corrientes de xenofobia y racismo que se extienden por el acomodado mundo occidental. Adela Cortina acuñó este concepto a partir de los términos grietos griego áporos (sin recursos) y fobos (temor, pánico) y lo ha utilizado en trabajos académicos y artículos, hasta imponerlo, pese a las reticencias de los editores a las palabras extrañas, como título de su último libro: Aporofobia, el rechazo al pobre(Paidós, 2017).

El esfuerzo ha tenido recompensa. Hace unas semanas el neologismo fue incorporado al Diccionario de la lengua española y la Fundación del Español Urgente lo ha declarado la palabra del año de 2017, como en años anteriores fueron populismo, refugiado, selfi y escrache. En la palabra aporofobia Fundéu ha encontrado no solo un término muy significativo, sino una rara avis lingüística: “una voz con autor conocido y fecha de nacimiento”.

La aporofobia, como señala Adela Cortina, es lo que alimenta el rechazo a inmigrantes y refugiados. No se les rechaza por extranjeros, sino por pobres. Nadie pone reparos a que un jeque árabe se instale en un país europeo, ni a facilitar la residencia a un futbolista famoso. Los yates atracan sin problemas en la costa rica del Mediterráneo mientras las pateras se hunden tratando de alcanzarlas. A Trump no se le ha ocurrido poner un muro en el norte, en la frontera con Canadá, sino en el sur, en la frontera con México.

El odio al pobre se expresa también con los excluidos del propio país. Según el Observatorio Hatento, una iniciativa de las entidades sociales para denunciar agresiones a las personas sin techo, el 47% de quienes viven en la calle han sido víctimas de delitos de odio. Por su situación de exclusión, son también los más indefensos. La recesión económica ha exacerbado el miedo a la pobreza porque nos ha hecho ver que todos somos vulnerables. Que el mejor empleado de la empresa más segura puede quedarse de repente en la calle sin medios de subsistencia.

Pero para que el miedo se convierta en rechazo es preciso un proceso mental que anule la compasión y la empatía. Ese proceso lo proporciona la ideología y se activa cuando señala a los pobres como culpables de su pobreza. Cuando afirma que la pobreza no es fruto de unas condiciones estructurales que dejan a muchos en la cuneta, sino el resultado de una indolencia, un error individual o una culpa personal. 

En esa ideología, los pobres son percibidos como una amenaza. Culpabilizarlos anula la empatía y permite que se le ignore y hasta se les persiga. Y todo eso ocurre en un momento de fuerte aumento de las desigualdades."                  (Milagros Pérez Oliva, El País, 04/01/18)

10/2/20

Nuestra capacidad para cooperar es lo que nos separa de otros animales. Algo que nos permite confiar en el valor de un dinero impreso en papel a miles de kilómetros o compartir valores... pero nuestra capacidad de cooperar evolucionó dentro del grupo. Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera. Esto es parte de nuestra herencia evolutiva, pero podemos reunir a gente de distintas culturas en entornos colaborativos... si trabajamos juntos tenemos la tendencia a repartir con justicia

"Desde que existimos, los humanos nos hemos sentido especiales. Durante milenios mantuvimos la ilusión de que éramos el centro de la creación, de que la Tierra se encontraba en el centro del universo, de que nuestra naturaleza no tenía nada que ver con el resto de los animales. 

Casi siempre, nos separamos incluso del resto de los de nuestra especie, llegando a inventar dioses omnipotentes que habían elegido nuestro pueblo entre todos los de la Tierra. Los científicos, sin embargo, aguaron la fiesta. Los astrónomos nos colocaron en los suburbios de una galaxia entre millones y los biólogos nos enseñaron lo mucho que nos parecemos a los otros animales.

El hecho es que, pese a la cura de humildad de los últimos tiempos, los humanos somos unos animales diferentes, capaces de colonizar en pocos milenios todos los rincones del planeta y con un talento inédito en bichos de nuestro tamaño para crecer y multiplicarnos. Esta semana, en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, se reunieron los principales investigadores del mundo sobre cognición y cultura en el contexto evolutivo. Puesto de una manera más simple, científicos que indagan sobre qué nos hace humanos.

Michael Tomasello (1950, Bartow, Florida, EE UU) es uno de estos investigadores. Codirector del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania, ha trabajando con chimpancés, nuestros parientes animales vivos más cercanos, y bebés, en busca de algunos rasgos que hacen especiales a los sapiens y ha llegado a la conclusión de que es nuestra capacidad para cooperar y conectar nuestras mentes lo que nos separa de otros animales. Algo que, en último término, nos permite confiar en el valor de un dinero impreso en papel a miles de kilómetros de nuestra casa o compartir valores.

Pregunta. Dice que una de las particularidades que nos hace humanos es nuestra capacidad para cooperar poniendo juntas nuestras cabezas. ¿Cuándo sucedió y por qué?

Respuesta. Nuestra hipótesis es que, hace alrededor de medio millón de años, hubo una gran explosión de poblaciones de monos que les estaban robando la comida a los humanos. En esa situación, tuvieron que encontrar otras formas de conseguir comida y acabaron colaborando para conseguir alimentos, como los antílopes, fuera del alcance de los monos. En esa situación, si no podías colaborar, no podías sobrevivir, así que había presión para colaborar.

Ese es el paso uno. Después se acaban formando grupos en los que todos los individuos dependen del resto. Así aparece la división del trabajo: tú haces una actividad y yo hago otra, y ahora dependemos mutuamente, especialmente cuando hay competición con otros grupos o guerras. A partir de ahí necesario que unamos nuestras cabezas para sobrevivir. Este proceso comienza hace medio millón de años y avanza hasta la aparición de la cultura hace 150.000 años.

P. ¿Somo altruistas o egoístas por naturaleza?

R. A veces somos generosos y a veces egoístas, dependiendo de la situación. Pero hemos visto que cuando se colabora, la gente tiende a repartir con justicia lo que se obtiene. Cuanto más podamos construir situaciones en las que la gente colabore, y hagan cosas juntos de forma interdependiente, se facilitará un tratamiento más justo para todo el mundo. 

Incluso si es gente a la que no conoces, si trabajas con ellos sientes que lo adecuado es compartir con igualdad. Esto se puede ver en las relaciones europeas después de la Segunda Guerra Mundial. Algunas herramientas como el euro han hecho interdependientes a diferentes naciones y eso lleva a que se traten entre ellas con mayor justicia.

P. Muchas de las personas con más éxito de la sociedad son muy buenas organizando a los demás para que cooperen en su propio beneficio, pero no se preocupan demasiado por tratarlos con justicia

R. Eso puede suceder, sí, pero creo que otra forma de pensar sobre ello es fijarte en como tratan a sus amigos y su familia. Incluso gente que es muy competitiva en otros contextos, como en los negocios o donde sea, son muy generosos en su entorno de amigos y familia. Lo que pasa es que estas personas juzgan de manera distinta qué condiciones aplican a las personas que pertenecen a su grupo y a las que no.

P. ¿Por qué hay gente encantadora con su familia o incluso con la gente de su país, pero despiadada con los que están fuera de ese círculo?

R. Puedes considerarlo un hecho desafortunado, pero nuestra capacidad de cooperar, evolucionó dentro del grupo. Hace 100.000 años éramos interdependientes con nuestro grupo cultural, pero luchábamos con otros grupos, y no confiábamos en otros grupos, no podíamos entender su idioma... Es uno de los hallazgos más sólidos de la psicología, las diferencias de trato a los miembros del grupo y a los que no lo son. Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera.

 Esto es parte de nuestra herencia evolutiva, puede que no nos guste, pero lo es, y no tienes que ir muy lejos para encontrar pruebas de que es así. Si es algo que quieres cambiar, es posible que no puedas cambiar la biología, pero podemos crear instituciones sociales que reúnan a gente de distintas culturas en entornos colaborativos.

Las normas sociales pueden cambiar muy rápido. Yo crecí en el sur de EE UU, en lo que básicamente era una situación de apartheid, donde los afroamericanos tenían peores casas o peores escuelas. Todo el mundo vivía con ello, pero de repente, los negros empezaron a protestar y a decir que no iban a aceptar más esa situación. Los blancos que no habían sido racistas, pero sí complacientes, aceptando la situación como si fuese normal, vieron que no estaba bien. 

Y las normas sociales cambiaron muy rápido. Por supuesto aún hay vestigios de racismo, pero no puedes utilizar determinadas palabras en público, no puedes discriminar a la hora de ofrecer oportunidades de alojamiento o trabajos... Creo que incluso en casos en los que tenemos un sesgo evolutivo, trabajando en otra dirección se pueden cambiar las normas sociales relativamente rápido.

P. ¿Ha cambiado la forma de relacionarse con los otros desde la aparición de la agricultura y de la civilización?

R. Sí. Lo que sucede es que antes de la agricultura solo existían grupos de cazadores recolectores. Eran bastante igualitarios, no había muchas posesiones privadas, se compartía todo. Con la agricultura, y Marx fue el gran analista de esta situación, se produce una acumulación de recursos que no existía antes. 

En un grupo de cazadores recolectores, una de las razones por las que todo el mundo comparte es porque no puedes guardar, no hay frigoríficos. Cuando hay un animal muerto te lo tienes que comer en 48 horas o se echará a perder. Cuando llega la agricultura, puedes acumular grano y lo tienes que proteger con armas. 

En el análisis de Marx se dice que si tengo mucho grano, ese grano va a estar ahí durante un largo periodo de tiempo, y tú que no tienes grano, lo único que tienes es tu trabajo, así que digo, bueno, abrillanta mis zapatos y te daré algo de grano. Se construyen estas relaciones de poder sobre el hecho de que algunas personas controlan los recursos que aparecen con la agricultura y se complica la situación.

P. ¿Cómo podemos mejorar la cooperación después de esos cambios?

R. Nuestras capacidades de cooperación evolucionaron para una vida en pequeños grupos. Con la agricultura, mucha gente llegó a por comida a las ciudades y se crearon entornos multiculturales. Adaptarse a la nueva situación es duro. Podría decir que todos los conflictos serios en el mundo se dan entre gente que dice: nosotros frente a ellos. Muchos de los grandes problemas en el mundo hoy son fruto del colonialismo, en el que los europeos dibujaron círculos en los que introdujeron a gente dentro de un mismo país que tenían un gran historial de odio mutuo.

P. ¿Les preguntan los políticos sobre cómo resolver este tipo de conflictos?

R. No hacemos eso en mi instituto, pero si hemos averiguado cosas que pueden ayudar. Sabemos que si trabajamos juntos para producir los recursos, tenemos la tendencia a repartirlos con justicia. Esto es algo que incluso los niños de tres años lo tienen muy integrado.

Que biológicamente seamos de una forma no significa que no podamos cambiar, solo que tenemos que trabajar duro para cambiarlo y que es necesario cambiar normas sociales y percepciones. Si vas a construir una sociedad mejor, tienes que tener en cuenta que hay mucha gente que no confía en los extranjeros o los de fuera del grupo, y no puedes descartar sin más ese hecho. Es un fenómeno real y lo tienes que tener en cuenta, poniendo un esfuerzo extra para que la gente se conozca mejor, que trabajen juntos...

Yo crecí en los sesenta en EE UU, y había muchas comunas de jipis y era una gran idea. Yo no participé en ellas durante mucho tiempo, pero las conocí de cerca. La mayor parte de ellas fracasaron, y esto se puede aplicar al comunismo en general, porque tenían una visión demasiado optimista de la naturaleza humana, sobre la posibilidad de que todos trabajemos duro y compartamos nuestros recursos. Cuando el tipo de al lado no hace nada y tiene lo mismo que nosotros, nos molesta. Es un hecho sobre la naturaleza humana que muchas comunas no tuvieron en cuenta: que hay que hacer algo sobre los aprovechados. 

Ellos tienen que sufrir alguna desventaja o la gente no seguirá trabajando. Hay diferencias individuales, también tenemos santos y los santos no piensan así, pero la gente normal sí, y lo vemos desde un momento muy temprano de la infancia, así que cualquier planificación social que hagamos tiene que tomar eso en cuenta. Mejorar la sociedad implica no obviar los aspectos negativos de nuestra biología."                  


6/9/17

Lo que el ISIS quiere alcanzar es la eliminación de los «musulmanes occidentales moderados», y radicalizarlos, creando así las condiciones de una guerra civil abierta

"(...) También plantean una cuestión mucho más poderosa: la incompatibilidad de la idea de Prójimo con la misma dimensión de universalidad. La resistencia a la universalidad procede de la dimensión inhumana del Prójimo.

La universalidad humanista que está condenada al fracaso es la universalidad de semejantes que se reconocen a sí mismos en los demás, es decir, que «saben» que independientemente de nuestras preferencias políticas y religiosas somos todos iguales y compartimos los mismos miedos y pasiones.

La misma estrategia de la «humanización» ideológica (en la dirección del dicho proverbial «Errar es humano») es un componente clave de la (auto) presentación ideológica de las Fuerzas de Defensa de Israel: a los medios de comunicación israelíes les encanta hacer hincapié en las imperfecciones y traumas psíquicos de los soldados israelíes, a los que no presentan como perfectas máquinas militares ni como héroes sobrehumanos, sino como gente corriente que, atrapada en los traumas de la Historia y la guerra, cometen errores y se extravían, como cualquier persona normal.

Por ejemplo, cuando en enero de 2003 las Fuerzas de Defensa de Israel demolieron la casa de la familia de un sospechoso de «terrorismo», lo hicieron con una acentuada amabilidad, e incluso ayudaron a la familia a sacar los muebles antes de destruir la casa con un bulldozer.

Un poco antes la prensa israelí ya había relatado un incidente parecido: mientras un soldado israelí registraba una casa palestina en busca de sospechosos, la madre de la familia llamó a la hija por su nombre a fin de calmarla, y el sorprendido soldado descubrió que la muchacha asustada se llamaba igual que su propia hija; en un arrebato sentimental, sacó la cartera y le mostró la foto de la niña a la madre palestina.

Es fácil descubrir la falsedad de ese gesto de empatía: la idea de que, a pesar de las diferencias políticas, todos somos seres humanos con los mismos anhelos y preocupaciones neutraliza el impacto de lo que está haciendo en realidad el soldado en ese momento.

Por tanto, lo que debería haber contestado la madre palestina era: «Si de verdad eres un ser humano como yo, ¿por qué estás haciendo esto?» El soldado sólo habría podido refugiarse en un deber cosificado («No me gusta, pero es mi deber»), evitando así la asunción subjetiva de su deber.

El mensaje de dicha humanización consiste en recalcar la brecha existente entre la realidad compleja de la persona y el papel que tiene que desempeñar en contra de su auténtica naturaleza: «En mi familia, no llevamos el Ejército en la sangre», como afirma uno de los soldados entrevistados en la película de Claude Lanzmann TSahal, que se sorprende al verse convertido en un oficial de carrera.

¿Significa esto que nos vemos limitados al relativismo cultural, que no existe una dimensión humana universal? No, pero esta dimensión universal hay que buscarla más allá de la simpatía y la comprensión, más allá del nivel de «todos somos humanos»: a otro nivel, uno que debería designarse precisamente como el del Prójimo inhumano.

Ilustremos este punto clave con un ejemplo (quizá) inesperado. (...)

¿Quiénes son los «odiosos ocho» en la película del mismo título de Quentin Tarantino?Todos los miembros del grupo-racistas blancos y el soldado negro de la Unión, hombres y mujeres, agentes de la ley y delincuentes— son igualmente malvados, brutales y vengativos.

El momento más incómodo de la película ocurre cuando el agente de la ley negro (interpretado por el fabuloso Samuel L. Jackson) le narra en detalle y con evidente placer a un viejo general confederado, responsable de la muerte de muchos negros, cómo mató a su hijo: tras obligarlo a avanzar desnudo bajo una temperatura glacial, Jackson le promete al hombre, aterido de frío, que le conseguirá una manta con que cubrirse si le hace una felación; cuando el otro termina, Jackson reniega de su promesa y lo deja morir.

Así pues, en la lucha contra el racismo no hay nadie que sea bueno; todos participan en ella con la mayor brutalidad. ¿Y acaso la lección que hay que extraer de los recientes ataques sexuales de Colonia no es increíblemente parecida a la lección de la película?

Aun cuando (la mayoría de) los refugiados son de hecho víctimas que huyen de sus países en la ruina, ello no impide que algunos actúen de manera despreciable.

Solemos olvidar que el sufrimiento no ofrece ninguna redención: ser una víctima en lo más bajo de la escala social no te otorga ninguna voz privilegiada de moralidad y justicia, como hemos visto antes en el ejemplo de Ruth Klüger.

Pero esta visión general no es suficiente: hay que observar de cerca la situación que dio lugar al incidente de Colonia. En su análisis del panorama global después de los atentados de París, o Alain Badiou distingue tres tipos predominantes de subjetividad en el capitalismo global de hoy en día: el sujeto liberal-democrático de clase media «civilizado» occidental; los que, fuera de Occidente, están poseídos por el «deseo de Occidente / le désir d'Occident», y pretenden desesperadamente imitar el estilo de vida «civilizado» de las clases medias occidentales; y los nihilistas fascistas, cuya envidia de Occidente se convierte en un odio mortal y autodestructivo.

Badiou deja claro que lo que los medios de comunicación denominan la «radicalización» de los musulmanes es una fascistización pura y simple: este fascismo es el anverso del frustrado deseo de Occidente, y se organiza de manera más o menos militar siguiendo el modelo flexible de un grupo mafioso y con variables matices ideológicos, en los que el lugar ocupado por la religión es puramente formal (47).

En su (por lo demás sobresaliente) análisis de la lógica que sostiene los ataques terroristas del ISIS, JeanClaude Milner rechaza que se les tache de fascistas: «La palabra “fascismo” siempre se menciona en relación con la masacre del 9 de enero. Nada parece más fuera de lugar. La religión no juega ningún papel decisivo en el fascismo.»

En este caso concreto, sin embargo, Badiou acierta al aplicar el término tanto al terror fundamentalista cristiano como al musulmán. Su argumento es que la religión no es un factor decisivo en el caso del ISIS; sólo sirve como medio para la expresión pervertida de una envidia y un odio de clase no reconocidos: el fascismo se alimenta precisamente de esa frustración.

La ideología de la clase media occidental posee dos rasgos opuestos: muestra una arrogante creencia en la superioridad de sus valores (los derechos humanos y las libertades universales), y al mismo tiempo está obsesionada con el miedo a que sus limitados dominios se vean invadidos por los miles de millones de personas que están fuera y que no cuentan en el capitalismo global, puesto que ni producen mercancías ni las consumen.

El miedo de los miembros de esta clase media es el de acabar formando parte de las filas de los excluidos. La expresión más clara de este «deseo de Occidente» la representan los refugiados inmigrantes: Su deseo no es revolucionario, y consiste tan sólo en abandonar su arrasado hábitat e integrarse en la tierra prometida del Occidente desarrollado.

(Los que se quedan en su país intentan crear tristes copias de la prosperidad occidental, como son las partes «modernizadas» de cualquier metrópolis del Tercer Mundo, ya sea en Luanda, Lagos, etc., donde encontramos cafés al estilo italiano, Centros comerciales, etc.)

Pero ya que la gran mayoría de los aspirantes no pueden satisfacer este deseo, una de las opciones que les queda es la inversión nihilista: la frustración y la envidia se radicalizan hasta convertirse en un odio cruel y autodestructivo hacia Occidente, y la gente se entrega a una venganza violenta. 

Badiou afirma que esta violencia es una pura expresión de la pulsión de muerte, una violencia que sólo puede culminar en actos de (auto) destrucción orgiástica, sin ninguna concepción seria de una sociedad alternativa.

Badiou tiene razón al recalcar que no existe ningún potencial emancipador en la violencia fundamentalista, por muy anticapitalista que afirme ser: se trata de un fenómeno estrictamente inherente al universo global capitalista, su «fantasma oculto» (43).

El hecho básico del fascismo fundamentalista es la envidia. El fundamentalismo permanece arraigado en el deseo de Occidente gracias al mismísimo odio que siente hacia Occidente. Aquí nos enfrentamos a la inversión habitual del deseo frustrado que se convierte en agresividad, descrita por el psicoanálisis; el islam simplemente proporciona la forma para fundamentar este odio (auto) destructivo.

El potencial destructor de la envidia es la base de la distinción de Rousseau, muy conocida pero sin embargo no explotada del todo, entre egotismo, amour-de-soi (el amor natural a uno mismo) y el amourpropre, cuando no nos centramos en alcanzar una meta, sino en destruir el obstáculo que nos impide lograrla, y de manera perversa nos preferimos a nosotros que a los demás:

Las pasiones primitivas -que buscan directamente nuestra felicidad, nos hacen relacionarnos sólo con objetos que tienen que ver con ellas, y cuyo principio es tan sólo el amour-de-soi-son en esencia agradables y benévolas; sin embargo, cuando algún obstáculo las desvía de su objeto, se ocupan más de intentar deshacer se de ese obstáculo que el objeto que intentan alcanzar, cambian su naturaleza y se convierten en irascibles y odiosas.

Así es como el amour-de-soi, que es un sentimiento noble y absoluto, se convierte en amourpropre, es decir, un sentimiento relativo mediante el cual uno se compara consigo mismo, un sentimiento que exige preferencias, cuyo goce es puramente negativo y que no se esfuerza en encontrar satisfacción en nuestro propio bienestar; sino en la desdicha de los deημιά.

Así pues, una persona malvada no es un egotista, «que piensa sólo en su propio interés». Un auténtico egotista está demasiado ocupado procurando su propio bien para tener tiempo de causar mal a los demás.

El vicio primordial de una mala persona es precisamente que le preocupan más los demás que él mismo, Rousseau está describiendo un mecanismo libidinal preciso: la permuta que genera el desplazamiento de la inversión libidinal del objeto al obstáculo mismo.

Esto se podría aplicar a la violencia fundamentalista, ya sean los atentados de Oklahoma o el 11-S. En ambos casos, nos enfrentamos a un odio puro y simple: la destrucción del obstáculo -el Edificio Federal de Oklahoma, las Torres Gemelas- era lo que importaba realmente, no alcanzar la noble meta de una sociedad de veras cristiana o musulmana.”

Esa fascistización puede ejercer cierto atractivo sobre la juventud inmigrante frustrada, que no encuentra su lugar en las Sociedades occidentales ni un futuro con el que identificarse. La fascistización les ofrece una manera fácil de dar salida a sus frustra ciones: una vida de riesgo y aventura disfrazada de dedicación religiosa sacrificial, además de placeres materiales (sexo, coches, armas).

No deberíamos olvidar que el Estado Islámico es también una gran empresa comercial mafiosa que vende petróleo, estatuas antiguas, algodón, armas y mujeres esclavizadas, «una mezcla de propuestas enormemente heroicas y de corrupción occidental a través del consumo» .

No hace falta decir que no todo terrorista fundamentalista entra dentro de la categoría del nihilismo autodestructivo. Por ejemplo, hay documentos recién descubiertos del ISIS que indican algunas de las razones que impulsaron los atentados de París: lo que podría parecernos un motivo en contra-los atentados sin duda causarían problemas a los millones de musulmanes que viven en Francia- podría ser una razón a favor.

Es decir: lo que el ISIS quiere alcanzar es la eliminación, en la medida de lo posible, de los «musulmanes occidentales moderados», y radicalizarlos, creando así las condiciones de una guerra civil abierta. Y también deberíamos observar que este objetivo se solapa en gran medida con el objetivo de los racistas antiinmigración: ambos quieren un absoluto e inequívoco «choque de civilizaciones».

Sin embargo, ese mismo producto final se alcanza de manera indirecta: mediante la autodestrucción nihilista.”

También se da el caso de que esta violencia fundamentalista-fascista no es más que una de las muchas variantes de la violencia propia del capitalismo global: desde las catastróficas consecuencias de la economía globalizada a la larga historia de la intervención militar occidental. (...)"

(Slavoj Zizek: La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror. Ed. Anagrama, Barna, 2016, págs. 88-89, 96-101)

23/9/16

La vergüenza ajena, un término español para una emoción universal

"La vergüenza ajena es un término español que da nombre a una emoción universal. Lo recoge la historiadora cultural Tiffany Watt Smith en su The Book of Human Emotions, citándolo en castellano y calificando este sentimiento de “tortura exquisita”.

Según recoge Smith, la vergüenza ajena es una “humillación indirecta, normalmente hacia extraños”. Por ejemplo, ocurre cuando un político pronuncia mal un nombre, pero aun así insiste en que lo está diciendo bien; o cuando un humorista suelta un chiste a costa de un miembro del público y la gracieta se recibe con silencio.

“La vergüenza ajena más intensa se reserva para la gente a la que le resbala todo y se cree muy importante. Parecen no sentir la vergüenza que deberían, así que nos quedamos con una buena ración en su nombre”, escribe la autora. El escarnio es doble: tanto por cometer un error como por no reconocerlo.

Eso sí, no siempre hay escarnio ni se dirige a personas que nos resultan antipáticas: donde yo más la siento es en los karaokes. Mis amigos suben al escenario y se ponen a destrozar una canción o, peor aún, a cantarla bien, con mucho sentimiento y una actitud profesional, y yo noto toda la vergüenza que ellos ni sienten ni entienden por qué deberían sentir.

Sé que hacen bien, claro, están pasando un rato divertido, y sé que es absurdo que yo cargue con todo el peso de lo que a mí me parece su ridículo espantoso. Pero no hay nada que pueda hacer para evitarlo.

Una vergüenza empática

Smith añade que la vergüenza ajena es un sentimiento es paradójico. Por un lado, tiene una parte de burla y exclusión. Pero por otro lado, también tiene una parte de empatía, ya que nos estamos poniendo en la piel del otro. “Estos impulsos aparentemente contradictorios apuntan a la importancia del grupo por encima del individuo, motivo que según algunos lingüistas ha llevado a los hispanoparlantes a darle nombre a esta emoción”, escribe la autora.

En este sentido, el neurocientífico alemán Frieder Michel Paulus publicó un estudio en 2013 sobre la relación de la vergüenza ajena con la empatía. Su experimento mostraba que cuando otras personas contravenían normas sociales, en el cerebro del espectador se activaban las mismas regiones que en momentos empáticos.

 “Cuando tienes vergüenza ajena sientes empatía por alguien que pone en peligro su integridad al violar las normas sociales, se trata de una vergüenza empática”, explicaba Paulus en declaraciones recogidas por Sinc. Es decir, nos estamos poniendo en su lugar o, mejor dicho, en el lugar en el que consideramos que deberían estar, porque lo cierto es que ni siquiera pasan cerca.

Smith también añade que en España, “el miedo a perder la dignidad o el orgullo -ambos términos en español en el original- se consideran muy pronunciados”. E incluso recuerda que la última pieza de comida en una ración compartida es “la de la vergüenza”. Al mismo tiempo, “también es una cultura en la que los lazos de simpatía son muy intensos”.

Traducir palabras intraducibles

Smith recuerda que todo el mundo siente vergüenza ajena, aunque no sepa ponerle nombre. Y también que el término existe en otros idiomas: en alemán es Fremdscham, en finlandés es myötähäpeä (vergüenza compartida) y en holandés es plaatsvervangende schaamte (vergüenza que intercambia su lugar). Fremdschämen, por cierto, se incluyó en el diccionario alemán Duden en 2009, lo cual no quiere decir que los alemanes no sintieran esa emoción hasta ese año o que los españoles la sintiéramos más que los alemanes, pero solo hasta 2009.

El hecho de que un idioma no tenga una palabra para describir una experiencia se llama “hipocognición”, un término acuñado por el antropólogo Robert Levy. Según contaba Levy, en Tahití no había una palabra para expresar el concepto de “pena”. Por supuesto, la sentían, pero la describían como un estado de extrañeza o de malestar. Según Levy, esto llevaba a la ausencia de rituales para aliviar esta pena, lo que era la principal causa del alto índice de suicidios en la isla.

El efecto del lenguaje en nuestro pensamiento se considera hoy en día bastante más moderado y circunscrito a experiencias muy concretas. Por ejemplo, en ruso, el celeste se considera un color diferente al azul más oscuro, tal y como nosotros diferenciamos entre el rosa y el rojo. Esto lleva a que los hablantes de ruso sean más rápidos al categorizar los diferentes tonos de azul. 

El hecho de que tengamos palabras para sentimientos, experiencias o colores concretos, también ayuda a nuestra memoria, según recoge Scientific American. Pero poco más, como apunta Steven Pinker en The Language Instinct, donde subraya que el pensamiento no es lo mismo que el lenguaje.

Además de eso, también hay que recordar que todas las palabras se pueden traducir, aunque siempre se pierdan matices y connotaciones. En inglés vergüenza ajena se suele traducir por “vicarious embarrassment”, que a su vez significaría “vergüenza indirecta”. Eso sí, aunque se entiende perfectamente, no se trata de una expresión fija y de uso común.

En español nos pasa, por ejemplo, cuando traducimos la palabra francesa dépaysement por “desorientación que sentimos en sitios extranjeros”. Sí, entendemos la idea perfectamente aunque no tengamos una palabra específica. Quizás, como apuntan en Scientific American, las palabras ‘intraducibles’ sirvan para alertarnosde algo que en nuestra cultura no habíamos identificado o no habíamos analizado en detalle. Descubrir estas palabras nos ayuda a hacerlo.

(En una primera versión del artículo se hablaba de Fremdschämen, cuando la palabra alemana correcta es Fremdscham, y se traducía por "vergüenza exterior")."          (

11/4/16

Reseña del libro " El anzuelo del diablo. Sobre la empatía y el dolor de los otros" de Leslie Jamison

"Este es un libro totalmente inclasificable. Bordea el ensayo, entre periodístico y filosófico, y la autobiografía. La autora, Leslie Jamison, es una joven escritora norteamericana nacida en 1983.

 La obra consta de un conjunto de escritos que tienen en común hablar del dolor. Del dolor de los otros, pero también del propio. Quizás al hablar del propio lo hace con la misma distancia con la que habla del dolor de los otros. Distancia extraña, porque es una distancia empática. Pero no es esta identificación con lo que le padece el otro que llamamos compasión. 

El filósofo italiano Giorgio Colli decía que Schopenhauer y Nietzsche eran los dos últimos grandes filósofos y que lo que tenían en común era la centralidad que daban al problema del dolor. El dolor como elemento básico dela existencia humana. Pero algo contra lo que nos defendemos, que no aceptamos, de lo que no queremos hablar, de lo que nos escapamos. 

O que quizás solo hablamos en términos religiosos, y aquí es el mismo Nietzsche el que dice que el éxito del cristianismo se debe, sobre todo, a que es capaz de dar sentido al sufrimiento. Nietzsche quería mostrarnos el dolor como algo que sin tener sentido había que asumir como parte de la propia vida, de su intensidad. 

Negar el dolor, para él, era anestesiarse. Así como aceptar la compasión era sacrificarse absurdamente por otro y no ser capaz de asumir el placer de vivir. Aunque seguramente Nietzsche se defendía de sus propias tendencias compasivas. Mientras que Schopenhauer, apologético de la compasión, era en su vida personal , según dicen sus biógrafos, muy poco compasivo. 

Leslie jaminson habla de muchos dolores. Habla del dolor fingido por los actores y actrices. Ella era una de la que los fingían para las prácticas de medicina. Habla de su dolor cuando le rompieron la nariz en Nicaragua para robarle la cámara fotográfica. Habla de otros dolores, propios y ajenos. 

Habla del dolor producido por una extraña enfermedad (el síndrome de Morgellons) en el escrito llamado precisamente “El anzuelo del diablo”. Habla de su gran teoría unificada del dolor femenino en lo que es la parte más ensayista del libro. Pero hablando siempre de un estilo ensayístico absolutamente original. Habla también de unas cuantos “visitas guiadas hacia diferentes formas de dolor. 

Hay también dos crónicas tan sorprendentes como terribles. La de un hombre que lleva ya bastante tiempo en prisión por una condena increíble basada en una estafa a Hacienda. Crónica de su estancia en prisión, de su capacidad de soportar el encierro inventándose los más singulares “ejercicios espirituales”. 

O el que explica unos documentales sobre el juicio a tres adolescentes por la muerte de tres niños. Tres adolescentes que resultaron ser inocentes después de pasar dieciocho años en la cárcel. Una crónica terrible, sin concesiones pero escrito con una gran humanidad. Tampoco quiero olvidar su breve retrato, desde el dolor, de Frida Kahlo. 

En uno de sus escritos trata sobre los participantes en una durísima maratón en pleno bosque. Se llama “El horizonte inmortal”. Y de lo que trata Leslie Jamison, seguramente sin saberlo de manera explícita, es d elo que Jacques lacan llamaba el goce. 

 Viene a ser lo que Freud llamó anteriormente “el más allá del principio del placer”. Es decir que si entendemos el placer como un estado agradable entonces hay un placer límite, el de una máxima excitación ligada al dolor que sería este goce.
 
Leslie Jamison no elige la perspectiva del drama para hablar de tantos dolores. Ni tan solo la trágica, aunque esté más cercana de esta que de la anterior. Más bien me recuerda la frase que dirigía un fotógrafo francés cuando saludaba a los africanos: “¿Cómo vais con vuestro dolor ?”. En todo caso un libro excepcional que merece ser leído desde la experiencia, sobre todo la del propio dolor."               (Luis Roca Jusmet , Rebelión, 25/01/16)

15/10/15

¿Puede la fotografía también alcanzar dimensión ética a través de la compasión, y así motivar una conducta sin egoísmo?


"(...) Martha C. Nussbaum, la filósofa norteamericana galardonada con el premio Príncipe de Asturias hace un par de años, le dedica páginas muy brillantes al mencionado sentimiento en su libro Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones, un grueso volumen en el que su autora trata de convencernos de que la emoción es una función de las facultades cognitivas, del pensamiento, tesis que, en principio y a falta de un más fino examen, parece verosímil a la luz de las conclusiones extraídas por el neurocientífico Antonio Damasio a partir de las evidencias encontradas en el transcurso de sus prolijas investigaciones neurológicas (muy recomendable a este respecto la lectura de sus libros, especialmente El error de Descartes y En busca de Spinoza). 

Afirma la señora Nussbaum en la publicación mencionada: “El reconocimiento de la afinidad en la vulnerabilidad es, entonces, un requisito epistémico muy frecuente y casi indispensable para que los seres humanos se compadezcan… la mayoría de las veces extendemos nuestra simpatía basándonos en la existencia de una vulnerabilidad compartida ante el dolor. 

Pensamos qué horrible sería sufrir un dolor así y sin esperanza alguna de cambiarlo”. Más adelante dirá que ese pensamiento “promueve la selección de principios que elevan los niveles mínimos de la sociedad”. Aquí pone la autora de esta frase un punto y aparte, quedando implícito que está referida a los niveles mínimos de exigencia ética. 

Desde luego que la filósofa norteamericana no es la primera en fijarse en el valor ético de la compasión. Ya lo hizo el cascarrabias de Arthur Shopenhauer, el cual asigna a la compasión nada menos que el fundamento de la moral, ya que ella es la única que excluye el egoísmo como motivación de la conducta. 

La compasión, en efecto, según el antagonista de Hegel, se ejerce en la experiencia de sufrimiento y carencia del otro; en convertir el sufrimiento del otro en mi sufrimiento. Para él era “el gran misterio de la ética”. (...)

¿Puede la fotografía también alcanzar dimensión ética a través de la compasión, y así motivar una conducta sin egoísmo, como apuntaba el viejo Schopenhauer?
La prueba la tenemos en esa fotografía de un niño en una playa de Turquía publicada hace un par de semanas que ha conmovido la conciencia moral de muchos ciudadanos europeos, y que ha provocado un cambio de actitud notable de parte de algunos importantes líderes de la Unión. 

Ella ha hecho pensar sobre ese movimiento de refugiados, que se percibía más bien como un problema molesto, en el sentido en el que Nussbaum habla de pensamiento como conjunto de capacidades cognitivas que incluyen las emociones, particularmente la compasión.

 En efecto, nos dice la filósofa: “La compasión tiene, pues, tres elementos cognitivos: el juicio de la magnitud (a alguien le ha ocurrido algo malo y grave); el juicio del inmerecimiento (esa persona no ha provocado su propio sufrimiento); y un juicio eudaimonista (esa persona o esa criatura es un elemento valioso en mi esquema de objetivos y planes, y un fin en sí mismo cuyo bien debe ser promovido)”. 

Todos ellos se activaron evidentemente ante la contemplación de la lacerante imagen citada. Ahora bien, siendo innegables la magnitud de la desgracia así como irrefutable el inmerecimiento del dolor causado es el juicio eudaimonista el que está equivocado la mayor parte de las veces –“y casi siempre de forma dramática”, nos advierte la autora–.

 Y, en efecto, así parece en el caso que hemos mencionado. Diríase que la imaginación empática se quiebra ante la controversia ideológica sobre hasta qué punto otros seres humanos deben ser incluidos dentro del círculo de aquellos que merecen nuestro interés respecto de lo que les pase. 

Así, hay concepciones éticas, ya sean religiosas o seculares, que animan a las personas a ampliar sus esferas de interés más allá de los límites que abarca la moral cálida de la proximidad; a trascender las fronteras de raza, clase, religión o, incluso, de nacionalidad. 

Por contra, también nos encontramos con el fomento de actitudes en sentido contrario que conducen a una restricción de los intereses de los ciudadanos, y de preferencia por los miembros de su propia religión o de su grupo y, a menudo, a despreciar y rechazar a ciertos otros grupos. 

Si no, ¿cómo entender el proceder de países europeos que tienen memoria histórica de lo que es encontrarse en la terrible situación en la que se hallan los que ahora buscan refugio y que, sin embargo, no parecen compadecerse de ellos a juzgar por su conducta insolidaria?

Para no estar al albur de las inspiraciones ideológicas en un sentido moral u otro, o de la percepción de estímulos –como la mencionada fotografía– que nos hagan pensar de forma compasiva parece preciso fijar ese pensamiento en la praxis política, plasmándolo en un cuerpo de leyes que asuman los tres elementos cognitivos enunciados más arriba. 

Porque podemos plantar cara a ese relativismo que parece imposibilitar un juicio sobre la legitimidad moral de un determinado proceder político ateniéndonos al universalismo ético que propugna Mario Bunge en su libro, tan completo como incisivo, titulado Filosofía Política, y que conlleva una ética humanista, es decir, antropocéntrica, no teocéntrica, constituida por normas universales. 

Lo que es incompatible con el localismo ético; el cual es parte integrante tanto del relativismo ético como de las ideologías tribales, que –como no puede ser de otro modo– anulan el juicio eudaimonista definido por Nussbaum y, por ende, desactiva la compasión como motivación, pues se piensa que quien sufre ese grave daño de modo inmerecido, no obstante, no es un elemento valioso en mi esquema de objetivos y planes, ni consecuentemente un fin en sí mismo cuyo bien debe ser promovido, ya que no es miembro de mi tribu, nación, credo, raza…

Casi al final de Blade Runner hay una secuencia estremecedora en la que el replicante líder, el único superviviente de los suyos, consciente de que ya no puede eludir su muerte inminente, salva la vida del humano que trataba de ejecutarlo. 

Próximo a su propio fin se compadece de su verdugo porque, en ese preciso instante agónico, conoce el fundamento de la esencial fraternidad que hace de la humanidad una realidad que trasciende cualquier ficción tribal, y que no es otra que la preciosa fragilidad de la misma vida, nuestra mortalidad (consciente).

 Es la plasmación del supremo principio moral humanista –al que el maestro Bunge denomina “agatonismo”–, que no es vivir y dejar vivir, sino vivir y ayudar a vivir."                (José María Agüera Lorente , Rebelión, 29/09/2015)

10/6/15

¿Cómo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?

"(...) ¿Qué es el hambre en lo que tú en el ensayo nombras como el “OtroMundo” y el hambre en nuestras sociedades occidentales?

Aquí nos parece que conocemos el hambre. Tenemos hambre dos o tres veces por día, y lo decimos: “Ay, qué hambre tengo”. Eso no tiene nada que ver con la sensación de no saber si vas a poder conseguir comida mañana, que es lo que le pasa a novecientos millones de personas en el mundo, ni con la situación de pobreza y marginación donde esto se produce.

Hablas de muchos condicionantes de la pobreza: la falta de higiene, la violencia… pero, ¿hay algo que la defina más que el hambre?

No. Es la forma más extrema de la pobreza. Es la más extrema porque es la más insoportable: muchas otras son intolerables en términos éticos pero puedes vivir sufriéndolas. En cambio, el hambre se te hace muy difícil seguir viviendo con él. 

En España, hace cinco o seis años nadie hubiese dicho que había personas pasando hambre. Haz una prueba: pon en Google “España hambre” y la mayor cantidad de resultados son páginas en las que puedes donar dinero para paliar el hambre en Nigeria o la India.

 El Estado español sigue hoy con la misma actitud para con la desnutrición de sus ciudadanos. Si te fijas, no hay estadísticas. Se hace muy difícil encontrar cifras sobre la desnutrición en este país: el Gobierno sigue haciéndose el tonto, pero por lo menos hay más consenso que hace cinco o seis años de que en España hay gente que tiene problemas para comer todos los días.
El lexico perverso sobre el hambre: “subdesarrollados” en lugar de miserables, “villas” en lugar de barrios de chabolas… ¿Crees que este lenguaje está estratégicamente diseñado o lo vamos creando de forma inconsciente para que, de alguna forma, el hambre no esté presente en nuestras vidas?

Hay de todo. Por un lado hay miles de funcionarios, de políticos… que intentan crear lenguajes que no digan lo que deberían decir. “Inseguridad alimentaria” para llamar al hambre es un ejemplo clarísimo. Pero al mismo tiempo, si ese lenguaje prospera, es porque hay muchas personas que prefieren no escuchar. Entonces se produce una alianza perfecta entre quienes no quieren decir y quienes no quieren escuchar.  (...)

En los escenarios del hambre a los que has ido (India, África, Argentina, USA) siempre preguntas “¿Y Dios qué tiene que ver en esto?”.

Digo bastante que no me he encontrado hambrientos ateos porque da la sensación de que, cuando uno está muy jodido, necesita creer que hay algún orden que produce esa desolación, esa miseria. Para que tenga algún sentido, para que uno no tenga del todo la culpa, porque es lo que le han dicho… 

Las religiones siempre han servido para justificar ese tipo de situaciones y aplacar a los hambrientos. Hay una cita en “El Hambre” de la Madre Teresa que habla de la belleza de ver a los pobres sufrir su suerte. Me parece, como dicen los abogados en las series americanas, “I rest my case”.   (...)

Eso sí, al menos en el cristianismo si eres pobre tienes un sitio en el Reino de los Cielos, en cambio en el hinduismo, como cuentas, la idea del karma es terrible, a pesar de que ha sido trasladada a Occidente con este rollo “new age” y buenrrollista.

Lo del hinduismo es increíble. Te dice que si estás pasándolas canutas es porque anteriormente hiciste algo muy malvado y, ahora, catorce encarnaciones más adelante, lo estás pagando. Esto es de una perversidad… si te mueres de hambre es porque te lo has buscado.

Un dilema del libro: la caridad. La caridad como idea puede ser criticada pero en el día a día práctico, sí da de comer a mucha gente.

No tengo respuesta a eso. Como medida de intervención yo la condenaría en la medida en que lo que hace es ayudar a que se sostenga un sistema injusto. Yo preferiría una forma de organización en la que nadie necesitase la caridad y entonces estuviese destinada a desaparecer. Al mismo tiempo, mientras esto no ocurra, es mejor que la haya a que no la haya porque eso hace la diferencia entre la vida y la muerte para muchas personas.

Frase de café que te puede decir cualquier cuñado neoliberal: “El capitalismo será malo pero nunca ningún otro sistema ha dado de comer a tanta gente”. Esto choca con algo que dices en el libro, “estoy a favor de lo impensable”, ¿existe algún otro sistema?

La frase del inicio de pregunta se podría decir, a lo largo de la Historia, de cada uno de los sucesivos sistemas. Lo curioso es que cuando uno estudia la Historia, lo primero que ve es que ha habido desde hace tres o cuatro mil años una sucesión de sistemas de organización social, económica y política que, cada uno de los cuales, estaba convencido de que no podría haber otro. Si en el siglo XVI hubieses salido a la calle y dicho “¿Reyes? ¿Para qué necesitamos reyes? Tenemos que votar”, pensarían que estabas loco.  (...)

“Que tantos consigan comer todos los días es un milagro, que tantos no lo consigan es una canallada”, escribes. Ya sé que tú no la tienes pero, ¿hay alguna solución?

Sí, hay soluciones y son claramente políticas. Insisto en que el hambre contemporánea es el más canalla porque, por primera vez en la Historia, hay comida para todos. Ya no vale la coartada de que no alcanza: algunos concentran tanto que otros no tienen lo que necesitan. Eso solo puede solucionarse a través de decisiones políticas que hagan que se establezca lo que yo llamo en el libro “una forma moral de la economía”, en la que todos tengan suficiente y

ninguno tenga demasiado. El problema es que no sabemos cuál es la forma política que podría llevarlo a cabo.

Te plagio la última pregunta de una que te repites en tu libro, “¿Cómo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”.

Lo conseguimos de muchas maneras: la más habitual y eficaz consiste en mirar hacia otro lado. Hay muchos lugares donde mirar que nos permiten olvidar que pasan estas cosas, sobre todo en la medida que estas cosas les pasan a otros. El hambre es el menos igualitario de los problemas que sufrimos. 

Así como se supone que las amenazas ecológicas son igualitarias porque a todos se nos van a joder los pulmones si el aire está poluido, en cambio, sabemos que la miseria y el hambre la van a pasar otros. 

No seremos ni nosotros, ni nuestros parientes, ni nuestros amigos. Eso facilita mucho seguir viviendo. También hay otros mecanismos: la religión, las ideologías, la creencia en el mercado… que hacen que nos digamos que, finalmente, esto es lo mejor que podemos conseguir. 

Si esto es lo mejor que podemos conseguir, estamos como Aisha, la mujer africana que abre el libro, que, cuando el mago le ofrecía cualquier cosa, a ella lo más osado que se le ocurría pedir eran dos vacas. Nosotros deberíamos poder pedir algo más que dos vacas, por lo menos, que todos podamos comer bien."                (Entevista a Martín Caparrós sobre su libro "El hambre", Edu Galán , El diario.es, en Rebelión, 09/06/2015)

20/1/14

Quienes menos confían en la buena voluntad de sus conciudadanos son, sobre todo, los grupos más pobres

"(...) Los efectos de la crisis sobre la distancia entre ricos y pobres son tan palmarios en las estadísticas como lo son en la realidad de cualquier ciudadano que pise la calle. El empobrecimiento es la primera y más directa consecuencia de la desigual distribución de las cargas impuestas por las políticas de austeridad. Pero, ¿qué consecuencias se derivan de la desigualdad, más allá de la pobreza? (...)

Sin embargo, junto con los posibles estallidos de una ciudadanía impotente, quizás el riesgo más profundo y corrosivo de la desigualdad se encuentra en la ruptura de la cohesión en la que se sustenta la convivencia social. 

Una sociedad con amplias desigualdades está altamente incapacitada para alcanzar un acuerdo básico sobre derechos y deberes.La empatía o capacidad para comprender o simpatizar con la posición del otro es un pilar fundamental de la convivencia social. (...)

La misma lógica empática —la de pensarse en otra posición social— es el ejercicio que subyace en conocidas teorías sobre la justicia. Si desconociésemos en qué lugar de la sociedad nos va a tocar vivir y pudiéramos imaginarnos más o menos ricos, mejor o peor dotados de inteligencia o más o menos beneficiados de un entorno favorable, entonces estaríamos en mejores condiciones para elegir los principios de justicia que deben regir una sociedad. Interiorizar la incertidumbre sobre nuestro destino social nos llevaría a escoger un conjunto de obligaciones y derechos más justo y aceptable por todos.

La desigualdad, por tanto, erosiona la empatía que alimenta la convivencia social. Cuanto más distintos somos, más difícil será pensarnos en la condición de los otros y encontrar intereses comunes. Y, más importante, menos predispuestos estaremos a someternos a las decisiones de quienes creemos que nada tienen que ver con nosotros.

¿Por dónde puede comenzar a abrirse esa brecha? Es posible que la desconfianza se intensifique primero entre los grupos de ciudadanos que menos tienen, que son los que muestran habitualmente niveles más altos de desafección, para acabar extendiéndose entre los más ricos.

 El principal sustento de la confianza social quedaría relegado a una cada vez más exigua clase media. Según la última Encuesta Social Europea, esa es la radiografía social en algunos países donde se combinan niveles muy bajos de confianza social y desigualdad. En Portugal, Chipre, Rusia, Eslovaquia o Bulgaria la relación entre ingresos y confianza social tiene forma de U invertida. 

Quienes menos confían en la buena voluntad de sus conciudadanos son, sobre todo, los grupos más pobres. Sin embargo, a diferencia de otros países, esa valoración no mejora linealmente con los ingresos, pues la confianza tiende a caer ligeramente entre los grupos con ingresos más altos.

 Cuanto más distinta es una sociedad, menos abundantes son las valoraciones positivas del prójimo, especialmente entre quienes menos se parecen entre sí: los polos extremos de la distribución de ingresos.

Lo contrario ocurre en las sociedades más igualitarias. Los ciudadanos de los países nórdicos son los que muestran valoraciones más positivas sobre cuánta justicia, buena fe o ayuda puede esperarse de los demás. 

En estos países la distancia entre los que tienen mucho y los que tienen poco es menor, lo que fomenta la percepción del otro como un igual. Seguramente ello explica que las opiniones sobre el prójimo sean muy similares entre los distintos grupos sociales, lo que a su vez indica un alto nivel de cohesión social.

 En definitiva, es bien cierto que la desigualdad corroe el proyecto europeo. Pero eso solo nos muestra una parte del lastre al que Europa está condenándose. A los países en el furgón de cola se les imponen, además, dos castigos adicionales: el más inmediato y visible, el empobrecimiento de la mayoría de la población. 

Y el más corrosivo, lento y de largo plazo: el de su creciente incapacitación para llegar a amplios acuerdos sobre el conjunto de normas que debe regular la convivencia social."            ('La desigualdad más allá de la pobreza', de Sandra León en El País, en Caffe Reggio, 17/01/2014)

29/12/13

Cincuenta años de altruismo… evolutivo

"(...) se cumplen 50 años de la aparición del artículo “The evolution of altruistic behavior“, de William D. Hamilton [American Naturalist 97, 354-356 (1963)], tres breves páginas que adelantaban un trabajo fundamental de la biología teórica: “The genetical evolution of social behavior“, publicado a principios de 1964 y escrito en realidad antes de la nota de 1963 a la que me refiero. 

Bill Hamilton tenía entonces 27 años y acababa de consagrarse, con el trabajo de su tesis doctoral, como el teórico de la evolución más importante de la segunda mitad del siglo XX. Pero ¿de qué va esto del comportamiento altruista, y por qué es un problema? 

Como ya he dicho otras veces, Darwin fue una de las mentes más brillantes de la historia de la humanidad y, con todo y eso, no fue capaz de resolver un grave problema de su teoría de la evolución: la existencia de comportamientos altruistas. 

Así describía sus dificultades al respecto en su libro “The Descent of Man“, de 1871 (la traducción es mía): “Aquél que está dispuesto a sacrificar su vida (…), en vez de traicionar a sus camaradas, a menudo no dejará descendencia que herede su noble naturaleza. Por tanto, parece prácticamente imposible (…) que el número de hombres dotados de tales virtudes (…) se incremente por selección natural, es decir, por la supervivencia de los más dotados.” 

Por decirlo mal y pronto: los buenos y generosos se extinguen debido a esas mismas características. ¿Por qué, entonces, hay una mayoría de gente que se comporta bien con los demás, incluso con los que no conoce y no volverá a ver? ¿Por qué ocurre esto en muchas especies, en particular entre los insectos, en las que hay castas enteras de individuos estériles que se limitan a defender a otros? ¿Cómo se puede explicar evolutivamente el altruismo?
 
El trabajo de Hamilton es una primera explicación de la viabilidad del comportamiento altruista, restringida al caso en que los beneficiados comparten genes con su benefactor. Pero ojo con el calificativo ‘restringido’, porque el avance que suponen las ideas de Hamilton es descomunal.

 Después de todo, ¡en cien años no se había registrado avance alguno! Ese gran salto, la gran idea de Hamilton, fue generalizar el concepto que se venía manejando en evolución, el de fitness (no tengo traducción para esto, ni la usaría aunque la tuviera; Wikipedia propone aptitud). La fitness de un organismo viene a ser, básicamente, el éxito reproductivo de cada ser vivo: cuántos más descendientes deja, más fitness.

 Así definida, está claro que realizar actos altruistas reduce la fitness, y con ello la probabilidad de que si hay un gen responsable de esos comportamientos, se pueda propagar a la siguiente generación.  Lo que Hamilton hizo fue mostrar que, si se redefine la fitness para incluir a la descendencia de los parientes, es decir, de los individuos relacionados genéticamente con uno, el problema simplemente desaparece.

Es interesante, para entender estas ideas, fijarse en un problema concreto, de los que molestaban sobremanera a Darwin: la existencia de insectos estériles que ayudaban a otros de la colonia. ¿Qué sentido tienen estos individuos de fitness cero? La respuesta a esta pregunta la da la extraña estructura genética de muchos insectos del género Hymenoptera, llamada “haplodiploidía“.

 Las hembras nacen de huevos fecundados, y (como nosotros) son diploides, tienen un juego de cromosomas de la madre y otro del padre. Los machos, en cambio, son haploides: nacen de huevos no fecundados y sólo tienen un juego de cromosomas, el de la madre. 

Por tanto, las hembras comparten un 50% de los genes de la madre, pero el 100% de los del padre (el único cromosoma de éste pasa entero a la descendencia), por lo que entre ellas, entre las hermanas, comparten el 75% de sus genes, más que una hembra con su propia descendencia, que como ya hemos dicho es el 50%.

 Por tanto, y simplificando un tanto, no reproduciéndose y ayudando a sus hermanas a sobrevivir “ayudan” a más copias de sus genes. Así pues, el planteamiento del problema en términos de genes revela que el supuesto altruismo de las obreras estériles no es tal, sino que está orientado a propagar sus propios genes.

Pero Hamilton no se detuvo ahí, sino que desarrolló toda una teoría matemática en la que detallaba sus ideas sobre su nuevo concepto. En su cálculo entraba el descenso de fitness que supone a cada individuo un acto altruista y el incremento de fitness que tal acto proporciona al receptor.

 El resultado es que si el beneficio (B), ponderado por la relación genética entre altruista y receptor (r), es mayor que el coste del acto (C), los genes responsables de ese comportamiento pueden aumentar en las siguientes generaciones: la famosa regla de Hamilton de la selección de parentesco, rB>C. Otros grandes habían intuido la importancia de esa visión genética, como Haldane cuando dijo en 1930 “Daría mi vida por dos hermanos u ocho primos”, pero nadie había sido capaz de formalizarlo y entenderlo como Hamilton. (...)"             (Por Anxo Sánchez , Nada es gratis, el 29/11/2013)

22/10/13

La alta literatura es gimnasia para el cerebro

"El trabajo que Science publica este jueves hace diana en el epicentro de la más profunda cuestión en la estética literaria. ¿Por qué El código Da Vinci de Dan Brown puntúa menos que El americano impasible de Graham Greene en ese concurso para ascender al parnaso? ¿En qué sentido es Arturo Pérez Reverte menos literario que Javier Marías? ¿Por qué discutieron Carlos Ruiz Zafón y Antonio Muñoz Molina? Pues bien, he aquí una respuesta: mirad al cerebro.

 Leer ficción literaria recluta las áreas cerebrales implicadas en la emoción social: las que distinguen una sonrisa sincera de una falsa, detectan si alguien se siente incómodo o evalúan las necesidades emocionales de familiares y amigos. La ficción popular (como las novelas de espías o de amor y lujo) no lo hace, y la estantería de no ficción tampoco lo consigue.

Las lecturas literarias también son únicas en que estimulan la teoría de la mente, la facultad de ponerse en la piel del otro. La razón, según publican en Science los científicos de la Nueva Escuela de Investigación Social en Nueva York, es que la alta literatura nos obliga a expandir nuestro conocimiento de las vidas de otros, y a percibir el mundo desde varios puntos de vista simultáneos.

Los resultados de los científicos de Nueva York ofrecen, seguramente por primera vez en la historia de la crítica literaria, un criterio objetivo para cuantificar “el valor de las artes y la literatura”, como dice su institución. La Nueva Escuela de Investigación Social se fundó en 1919 con el espíritu de promover la libertad académica, la tolerancia y la experimentación. 

Publicar una investigación en Science es seguramente una culminación de ese programa. Su trabajo muestra que “leer ficción literaria estimula un conjunto de capacidades y procesos de pensamiento fundamentales para las relaciones sociales complejas, y para las sociedades funcionales”.

El psicólogo Emanuele Castano y su estudiante de doctorado David Comer Kidd han consultado a críticos e historiadores de la literatura para dividir el espectro continuo y diverso de la expresión literaria en solo tres categorías: ficción literaria, ficción popular y no-ficción.

Los voluntarios —siempre los hay en las investigaciones de psicología experimental, y suelen ser estudiantes de psicología sedientos de créditos— leyeron textos de esos tres géneros y se sometieron a todo tipo de mediciones perpetradas por Kidd y Castano.

Los psicólogos estaban interesados sobre todo en su teoría de la mente, la habilidad de adivinar los pensamientos de otros, sus intenciones y emociones más ocultas. Este ejercicio de adivinación es algo que todos practicamos continuamente, de un modo más o menos consciente, pero unas personas lo hacen mejor que otras. (...)

En los cinco tipos de experimento, los psicólogos de Nueva York han comprobado que los voluntarios que fueron asignados (al azar) a leer los textos más literarios puntuaron más alto en las medidas de la teoría de la mente que los que leyeron ficción popular o ensayo. Estos dos últimos géneros, por cierto, puntuaron igual de mal en esas pruebas.

“A diferencia de la ficción popular”, concluyen los autores, “la ficción literaria requiere una implicación intelectual y un pensamiento creativo de sus lectores”. Así que ya lo saben: lean bien, queridos lectores."                    (El País, 03/10/2013)