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23/2/23

El flamenco son muchas almas reunidas, hay que ir al origen, no del cante, sino por qué se cantaba. Los gitanos eran condenados a galeras, como tantos otros, y los barcos no tocaban tierra en mucho tiempo. Cuando los galeotes se acercaban a la costa, cantaban para que las madres supieran que estaban vivos y los identificaran. No era artístico, eran necesidades reales, formas de comunicarse...

 "Una estirpe de gitanos bailaores y cantaores tensa el nervio de María Juncal de los pies a la punta de los dedos cuando zapatea. Ahora lo hace a menudo en el tablao que ha fundado en Ciudad de México, el único en la capital, donde han actuado figuras como Antonio Rey, Iván Vargas o Paula Rodríguez y este mes sube al cartel Karime Amaya. María Juncal (Las Palmas de Gran Canaria, 41 años) ha recorrido aun más mundo que sus antepasados, que actuaron para los zares de Rusia, montaron un tablao en Larache, aprendieron a bailar en el café cantante Villa Rosa y fueron musas de Julio Romero de Torres. No es fácil hoy en día trasladar a los artistas, dice, porque en España los tablaos están a tope. Por fortuna, México, como tantas partes del mundo, está formando buenos profesionales. Artistas de ida y vuelta, como las antiguas canciones.

Pregunta. Bailar con esa ferocidad a 2.300 metros de altitud no debe ser fácil.

Respuesta. Es una heroicidad bailar flamenco en México. Hemos tenido invitados que se bajan del tablao porque no pueden, se tiran al suelo y los camareros los abanican con las bandejas; he visto al maestro Güito con dos bombonas de oxígeno en el teatro Bellas Artes. Y Paula Rodríguez le decía al público que la altura de México la estaba dejando sin corazón.

P. Los tablaos, dice, están en buena forma.

R. Casi no logro traer a artistas españoles. Cerraron algunos con la pandemia, pero ahora están en auge. Lo que pasa es que cada vez es más complejo viajar al extranjero con una compañía, a menos que tengas recursos institucionales. Las producciones son muy complicadas. Así que los artistas, como forma de supervivencia, se quedan en los tablaos, que han subido mucho su nivel artístico, tienen mucho nombre y para los flamencos siguen siendo un foro de nivel. Ya no son, en su mayoría, para entretener a los extranjeros, hay grandes artistas bailando. Pero todo es cíclico, yo creo que las compañías volverán a salir. Recuerdo Casa Patas, que sí cerró, si pisabas ese tablao ya podías ir al Festival de Jerez.

P. Pero echa de menos los teatros. ¿Cuál es la diferencia?

R. En el teatro, la luz deja una caja escénica separada del público. No ves enfrente, estás en tu mundo, es sublime y hermoso. A veces ves al público por unos momentos, o le oyes desde las butacas y eso también te tira para arriba. El tablao es un espacio más natural, qué voy a decir yo, que acabo de abrir uno, pero la dramaturgia que se puede desarrollar en un teatro es completamente distinta. El tablao es el flamenco natural, por soleá, alegrías, cantiñas, un espacio cercano que conecta con la gente. Para los flamencos es igual de válido, se pueden bajar del Bellas Artes y actuar en un tablao. ¿Qué artistas harían eso? No veo a Al Pacino, por ejemplo, volviendo a hacer monólogos.

P. ¿Qué le aporta el flamenco al mundo?

R. Diría emoción, pero eso está muy trillado. El flamenco son muchas almas reunidas, hay que ir al origen, no del cante, sino por qué se cantaba. Los gitanos eran condenados a galeras, como tantos otros, y los barcos no tocaban tierra en mucho tiempo. Cuando los galeotes se acercaban a la costa, cantaban para que las madres supieran que estaban vivos y los identificaran. No era artístico, eran necesidades reales, formas de comunicarse. El origen no es casual, ni porque alguien se bebía unos alcoholes, es que aquel pueblo tuvo necesidades. El flamenco no se puede meter en el caldero de lo folclórico, hace mucho que dejó de ser folclore. Ha trascendido y se reinventa en cada persona.

P. ¿Y entonces qué es?

R. Es un arte universal que llega a todas las culturas. En Finlandia hay peña flamenca. El flamenco ya viajaba en barco de vapor, y en el siglo XV había adinerados que contrataban a flamencos. De ahí sus raíces tan profundas y todas las almas que trae en el saco, millones. Por eso sigue siendo tradición, lo hizo la gente, no se ha construido en un ordenador.

P. ¿Qué males conjura cuando baila? ¿A quién patea cuando zapatea?

R. Los artistas subimos al escenario con la vida puesta. Desamores, situaciones familiares… Cuando subí después de la muerte de mi padre [el año pasado], que era algo que me cambió el alma, pues toda la expresión en el flamenco hablaba de eso, el gesto convulso del cuerpo también. Es una forma de exorcismo de las situaciones de la vida. Ahí estaba todo lo que se me anudó en la garganta y me dolía el pecho de hombro a hombro. Ahí está, en la convulsión de los pies, en las manos. Puede ser una pareja de se rompió para siempre, el amor que se fue, mi madre si se pone mala a miles de kilómetros de mí.

P. ¿En qué país tiene mejor acogida el flamenco?

R. Te sorprende en cada lugar. En México se recibe muy bien, he tenido momentos únicos de mi carrera en los teatros de aquí. Y en Japón, que aprenden el castellano para entenderlo, es un fenómeno social, lloran, sienten. En China, también. Egipto, Beirut, Sudáfrica. El flamenco, definitivamente, tiene una llave. Pero yo amo México, por eso mi tablao está aquí.

P. Academias hay muchas por varios países, pero no todas son buenas.

R. Hay algunas escuelas que apenas enseñan a agitar la falda, a aflamencar. Se puede perder algún talento, pero se crea público. No creo que se haga, en todo caso, desde la mala fe. Una japonesa me dijo un día que ella quería bailar por Salvaora, convirtió a la artista en un palo flamenco. Es lo que le enseñaron.

P. Dice que está escribiendo una novela. Eso sí es otro palo.

R. Sí, ya la estoy dando forma, me gusta escribir desde chica, y leer, mis padres siempre leían mucho. Se trata de dos mujeres que se encuentran en una casa antigua que una de ellas veía siempre al tomar café. Quiere saber de aquella casa y de quienes la habitaron. Alguien abre un día la puerta y empieza una amistad cargada de historias. Está ambientada en México.

P. ¿Cómo ve el México actual? Hay situaciones muy duras.

R. El mundo entero es un desequilibrio social. He visto cosas espeluznantes en muchas partes. Las sociedades se posicionan cada vez más en los extremos, y hay muchos factores que hacen que el concepto de sociedad se deshumanice; no las personas, yo sigo teniendo mucha fe en las personas. Hay violencia, sí, pero a mí me enfurece más la impunidad, no solamente la de quienes pueden ejercer justicia, sino la impunidad social: nos hemos acostumbrado a ver cosas... a vivir sabiendo que tenemos mucho y otro nos tienen nada. A volver cotidianas situaciones que no son normales, ni aceptables. Hacemos luchas pequeñas, un grano de arena, para quedarnos más cómodos. Hacemos dos cositas y seguimos p’alante, tranquilos al acostarnos."                    (carmen Moran, El País, 19/11/22)

2/3/22

Flamenco: Sentir la verdad absoluta y la capacidad de rasgarte el corazón en dos segundos del flamenco. Vivir ese flechazo para todo: la alegría, la pena, el dolor, el amor...

 " (...) ¿Es usted cantaor o cantante?

Está mal que lo diga, pero las dos cosas. Me siento flamenco hasta la médula, pero en mi comportamiento, e igual en mi estética de escenario, he sido más del estilo de un cantante americano.

Defina “sentirse flamenco”.

Sentir la verdad absoluta y la capacidad de rasgarte el corazón en dos segundos del flamenco. Vivir ese flechazo para todo: la alegría, la pena, el dolor, el amor.

En escena va siempre cual pincel. ¿Cuántas chaquetas de fantasía tiene en el ropero?

Jajaja. Muchas. La ropa de escenario es mi gran vicio. (...)

O sea, que está como nunca, como decía Lola Flores.

Bueno, espero no tocar techo nunca. A nivel de facultades es evidente que se van perdiendo con los años, en flamenco, a veces, una voz castigada también duele mucho. La voz rota que tenía Camarón, o Agujeta, esas voces vividas tienen mucha emoción. Yo la tengo más castigada que a los 20, y cuando la tenga más castigada aún, cantaré mejor, espero.

 ¿Cómo se castiga uno la voz?

Te la castiga la vida. Igual que te salen arrugas, canas, barriguita, tu voz va cambiando. Lo que vives te deja poso. No me voy a tirar a la calle a fumármelo y bebérmelo todo, pero ya se encargará la vida de castigármela. (...)"

(Entrevista a Miguel Poveda, Luz Sánchez-Mellado, El País, 09/01/22)

2/3/16

El flamenco es un estado de ánimo, que no hay quien lo entienda... es una música totalmente mestiza, consiste en transmitir y emocionar... es una gran celebración de la vida, el duende no sale a bajo cero

"(...) ¿Y si la que canta es Carmen Linares?

¡Ah! Eso es otra cosa. Me quedo vacía. Pero hace tiempo que me lo tomo de otra forma: intento relajarme, porque sé que si yo no lo paso bien, el público tampoco. El flamenco es muy difícil. Si no estás fuerte y bien, o tienes problemas personales, si no estás confiada con el sonido y con el público, o si tu voz no responde a tu cabeza (que a veces también pasa), es muy difícil transmitir al público. Pero cuando todo está bien, ah, es la gloria.

¿Será que el flamenco es un estado de ánimo?

Sí, un estado de ánimo que no hay quien lo entienda.

¿Y cómo recibe el público de fuera de España el flamenco?

Con un gran respeto. Como dice Zubin Mehta, el flamenco es la esencia de la cultura. Y eso mismo lo sabían ya las vanguardias del siglo XX, los poetas de la Generación del 27, músicos como Stravinski, Albéniz, Falla, Debussy, Rimsky Korsakov, Miles Davis... 

Por algo los extranjeros inteligentes siempre que vienen a España quieren oír flamenco. El flamenco es un tesoro, una música de una calidad excepcional, un arte popular hecho por profesionales.

¿Cuál es el sitio más exótico en el que ha cantado?

En Nueva Zelanda, quizá. Y en Sydney hice un recital yo sola con una guitarra. La gente enloquecía. ¡Y eso que no entienden las letras!

El flamenco salió del gueto, de las cuevas, de las hogueras, y hoy se come el mundo.

Sí, gracias a los artistas salió y ahora, afortunadamente, hay otra forma de escuchar, cada vez actuamos más en los teatros, que es lo suyo, y la gente va a escuchar el cante, no a comer jamón. Eso hay que agradecérselo a artistas como Carmen Amaya, Pilar López, las compañías de baile antiguas, la de Antonio, la de Gades… Ellos abrieron el camino.

Y así se olvidó el trauma del franquismo, que convirtió el flamenco en una exhibición de tipismo malo.

Sí, había mucha confusión, lo convirtieron en una españolada, le metieron todos los tópicos, la maceta, la copa de fino, la reja… El flamenco es otra cosa, más profundo y mucho más vital.

Un arte difícil de aprender en las academias.

A cantar se aprende escuchando, con mucha afición, yendo a ver a los compañeros, en el trabajo diario de los tablaos, teniendo las orejas bien abiertas, escuchando muchos discos, los cantes de los artistas antiguos, Tomás Pavón, Manuel Torre, Antonio Chacón… Lo esencial es que te guste la vida y la cultura flamenca.  (...)

Mi madre escribía cartas para el sorteo y un día, una vecina de Ávila, de la calle Batalla de Belchite, oyó por la radio que nos había tocado el premio y subió gritando para decírnoslo. Fue una alegría muy grande, porque en casa no teníamos dinero para comprar uno, y ese tocadiscos me dio la vida. Mi padre fue a recogerlo y no tuvo más remedio que comprar algunos discos, y recuerdo que compró de Porrina, de Mairena, de Marifé y de Fosforito. ¡Eso fue un mundo para mí!

Descubriendo el tesoro…

Fue un descubrimiento, sí, pero lo malo es que yo no tenía físico de cantaora, era muy flacucha, y me tentaron mucho para hacer copla, pero a mí lo que me gustaba era la siguiriya, la soleá, los cantes más serios. La antología de Mairena me la había embebido entera, y la de Caracol me la llevé a Estados Unidos en una casete, y oía esas casetes como loca. Aquello no era estudiar, era gozar. Los de la gira me llamaban “La Niña del Tape”, todo el día oyendo flamenco, en el autobús, en los camerinos… Así me fui metiendo en manteca.

¿Y le gustaban más las cantaoras o los cantaores?

Igual. Me gustaba mucho La Niña de los Peines, La Perla, La Paquera, La Fernanda por soleá… Pero empecé cantando por Fosforito y aprendí mucho de Mairena, de Matrona, de Caracol, de El Gallina, de Varea…

¿Recuerda aquel ambiente flamenco como machista? ¿La recibieron bien siendo mujer?

Iba siempre con mi padre, que era muy simpático y muy buen aficionado, y me respetaban mucho. “La niña, la niña…” Y la niña siempre estaba metida en los saraos. Y ellos me enseñaban muchas cosas. Matrona me dijo: “Tú, con esa voz, tienes que meterle mano a la malagueña, a la taranta, a la granaína…”. Y todavía recuerdo que vino a oírme cantar una noche, con 80 años y su bastón, el hombre tenía una afición…

Y mucho ingenio, según dicen los que le conocieron…

La gracia que había en esa época ya no la hay ahora. Había muchos que tenían mucho ingenio, eran gente muy flamenca… Después del trabajo en Chinitas nos íbamos todos juntos de fiesta, y nos daban las cinco o las seis. Había mucha comunicación.

Era más una forma de vida que un trabajo.

Los flamencos vivían para el flamenco, el flamenco era su religión. Adoraban su arte y el de los demás. Iban a escucharse unos a otros, había una admiración y una unión preciosa. Eso se perdió. Ha cambiado la vida, y hemos perdido en unas cosas y hemos ganado en otras.

Antes había más tiempo…

Sí, comenzaron las prisas, muchos artistas volvieron a Andalucía, las tertulias se fueron acabando, y cambió la manera de ser artista. Recuerdo las noches flamencas del Café Silverio, nos pagaban tres mil pesetas que inmediatamente nos las gastábamos allí mismo en copas invitando a los amigos. También tengo en la memoria el primer festival flamenco que se hizo en el Palacio de los Deportes de Madrid, se llenó hasta la bandera. Y cómo no recordar la Cumbre Flamenca del Teatro Alcalá Palace (en 1984) que organizaron Juan Verdú, Paco Sánchez y Miguel Espín. Esos espectáculos crearon muchísima afición en Madrid... (...)

En esa época estaban haciendo la revolución flamenca Paco de Lucía y Camarón, consiguiendo que los discos vendieran por fin cifras más razonables, más acordes con la calidad de esa música.

Sí, Paco y Camarón fueron importantísimos, pero yo creo que el más revolucionario de todos ha sido Enrique Morente.

Que por ejemplo hacía recitales de cante en la universidad franquista casi a hurtadillas.

Sí, con otros cantaores como Menese y Gerena; no se los llevaron presos de milagro. Aquella época fue muy dura, pero esperanzadora.

Y poco a poco el flamenco dejó de ser una sociedad casi secreta.

Sí, ya grababas, hacías recitales en teatros como solista, ibas de gira, salías en televisión, te juntabas con otros músicos… Así pude cantar El amor brujo en la Bienal, y luego grabar las Canciones populares de Lorca, que me abrieron muchas puertas…

Pero fue crucial en su carrera la antología del cante de mujer, que enseñó por un lado la gran riqueza histórica del flamenco femenino y por otro su gran diversidad de registros.

No lo hice con una intención feminista, pero sí, sirvió para ver la importancia que la mujer había tenido en el cante, y para mí fue importantísimo también, era la primera vez que se hacía una antología así. No lo he vuelto a escuchar; es curioso, pero nunca escucho lo que grabo. Lo oigo tantas veces en el estudio que luego no lo quiero oír más. Aunque lo podía haber hecho mejor, y no lo digo por decir, sigo contentísima de ese trabajo.

¿Quizá ése fue el disco en el que encontró su voz propia?

Camarón nos influyó mucho a todos. Él fue el filtro de todo el cante antiguo. Pero no se le puede imitar, porque era único: tenía una personalidad enorme, todo lo hacía suyo. Lo que hizo fue enseñarnos el camino: oír muchas cosas, asimilarlas y luego hacerlas tuyas. Que la carrera es larga y no hace falta correr, y que, cuando llega el momento, todo lo que haces suena a ti. Y entonces puedes jugar y divertirte. Y cantar cada vez mejor.

Con su personalidad…

Claro, en eso consiste la evolución del flamenco, lo interesante es aportar tu forma y siempre me ha interesado mucho andar caminos nuevos. Si no hubiera cogido ese tren no hubiera sido yo misma, habría sido como un gramófono. ¿Cómo vas a ser auténtica si no transmites lo que te gusta? La pureza del flamenco, si tiene alguna, porque es una música totalmente mestiza, consiste en transmitir y emocionar. Si calcas o imitas, ¿dónde está el sentimiento?

¿Y dónde la libertad del artista? Como dijo Barishnikov, el flamenco es una gran celebración de la vida.

¡Eso es precioso! Por eso hay que elegir siempre el camino de la libertad. No hay que tener miedo al flamenco. Hay que arriesgar. Simplemente hay que cantar como uno siente. Adaptar los cantes a tu sensibilidad. Respetando tus condiciones de voz, todo es posible.

O también la de otros músicos, como en el disco Locura de brisa y trino, de Manolo Sanlúcar.

Sí, ahí cambié mucho mis registros, me adapté a su música. En cambio en Un ramito de locura soy más yo, o más bien fue un disco hecho a medias con Gerardo Núñez. Seguramente, ése es el disco que yo más he trabajado con la guitarra.

Un instrumento que ha crecido increíblemente en los últimos tiempos.

Uff, ahora hacen diabluras, armonías diferentes, tienen mucha más preparación. Por otro lado, hoy es todo más difícil y subirte al escenario te asusta más: hay que ofrecer mucho más que antes a la gente, dar algo que tenga interés, que sea mejor que lo otro. Hay mucho público que exige cosas distintas, nuevas: una soleá fresca, un rescate, un poema de Valente o de Borges…

De manera que el flamenco es un arte que suena milenario pero que en realidad es como un niño que está aprendiendo a andar.

¡Es un arte muy joven! Dicen que está ya todo hecho, pero yo creo que hay mucho por hacer. Hay un futuro enorme, aunque ahora todo se ha aflamencao y se venden cosas que no son flamenco como si lo fueran. Por eso hay que cuidar mucho este arte, ser muy respetuoso con él, y eso es una tarea de los artistas pero también de las instituciones, que lo tienen que apoyar y defender. Si a la ópera le dedican muchos millones los gobiernos, ¿por qué no al flamenco? Porque sin darle nada, llena siempre.

El verdadero arte povera: una voz, una silla y una guitarra.

Sí, pero el duende sin un buen sonido no viene. Hay que poner las condiciones para que salga. Si estás calentito en el teatro, cantas mejor. El duende no sale a bajo cero. Y aunque Lorca no sé qué diría de esto, algo de dinero no le viene mal al duende. 

Buenas luces, buen sonido, una Bienal bien organizada que ayude y financie a los jóvenes con ideas, un circuito que gire con las producciones de la Bienal… Con un poco de imaginación, dinero, voluntad política, es más fácil que todo el mundo sepa que el flamenco es un arte de una calidad inmensa. "                   (Miguel Mora, entrevista a Carmen Linares, Fragmento del libro La voz de los flamencos, editado por Siruela en 2008, CTXT, 14/10/2015)

16/6/15

"El flamenco alcanza su máxima entidad cuando nos emociona"... el flamenco es una experiencia

"(...) ¿Cómo definiría el arte flamenco?


No tengo capacidad para definir el arte flamenco. Nunca lo he intentado. Siempre he dicho que no es una ciencia; si acaso, una experiencia. Creo que el flamenco alcanza su auténtica entidad cuando nos emociona, cuando nos sugiere otra dimensión de las cosas, cuando nos conmueve y nos abre el corazón a mundos desconocidos. 

En definitiva, cuando su poder de transmisión adquiere todo su vigor y nos descubre algo que nos hace crecer espiritualmente.
El cante flamenco surge como un quejío de las clases populares, y a la vez como una expresión que ayuda a superar ciertas condiciones de vida. Como dijera el recientemente fallecido Manuel Molina, en Triana se cantaba flamenco porque el mejor remedio para combatir la tristeza es la alegría. 
¿Qué ha supuesto para el flamenco pasar de ser casi un gueto a ser declarado por la UNESCO Patrimonio Inmaterial de la Humanidad?
(...)  El flamenco es patrimonio mundial porque desde el siglo XIX hasta ahora los grandes artistas flamencos han triunfado en los más renombrados escenarios del mundo y es un arte que desde siempre ha tenido un inmenso prestigio internacional, alabado y valorado desde hace más de doscientos años por grandes músicos, escritores, pintores, directores y actores de cine, pensadores y hombres y mujeres de la cultura de todos los países.
También ha pasado de estar localizado casi en exclusiva en Andalucía a hacerse mucho más universal, habiendo experimentado una expansión asombrosa. Incluso han venido personas japonesas a estudiar y a interesarse por el fenómeno del flamenco.

Un solo dato: Todos los años en el Festival de Jerez, que es el más influyente acontecimiento de danza flamenca del mundo, se inscriben 1000 alumnos de 50 países distintos para asistir a los cursos de baile, que, por cierto, imparten conocidos bailaores y bailaoras.

Usted ha conocido a los artistas de antes y conoce a los de ahora, ¿cómo ha evolucionado el arte flamenco?

El arte flamenco es un elemento vivo y cambiante. Es una vieja tradición en continuo proceso evolutivo. Cada artista flamenco es un mundo, particular y diferente, que interpreta el flamenco según su actitud, su sensibilidad, sus necesidades expresivas, sus conocimientos, sus experiencias y capacidades. Pero la grandeza es que una seguiriya en boca de Terremoto es muy distinta a la de, por ejemplo, Chocolate, Morente, Vicente Soto, Poveda o Marina Heredia. 

Es una característica del flamenco: su particularidad, que es donde reside su riqueza musical y expresiva. Hoy en día existe un mayor desarrollo en las técnicas guitarrísticas y dancísticas y una mayor información en cuanto a los cantes y los estilos.

Entre los artístas flamencos hay familias enteras, sagas en las que se trasmite, ¿destacaría alguna?

Tradicionalmente, el flamenco ha bebido de las casas cantaoras. Esas casas constituyen la fuente y las referencias vivas donde se apoya el flamenco para su desarrollo. Hoy tenemos, por ejemplo, los Sordera, los Zambo, los Morao, todos ellos de Jerez; los Peña, de Lebrija y Utrera; los Fernández, de Triana; los Heredia, de Granada; los Piñana, de Murcia…

La trasmisión de padres a hijos, por familias o en barrios, era oral, porque no había discos, pero ahora es distinto, se aprende escuchando discos, ¿qué ha supuesto ese cambio?

Han mejorado los sistemas de información. Hay más facilidad para adquirir unos conocimientos que antes había que buscarlos por otros medios. (...)"         (Entrevista a José María Velázquez-Gaztelu, Diagonal, 03/06/2015)

24/3/11

"Creo que el cante es recrear, poner tu personalidad, tu expresión..."

"Quizá toca que hablemos un poco de flamenco, sugiero, mientras apura el café. Apenas ha probado la fruta. De quienes aplauden o detestan su forma de entender una hipotética renovación del flamenco.

"Creo que el cante es recrear, poner tu personalidad, tu expresión. Me gusta la recreación de lo ya hecho, hacerlo de otra manera. Poner el sonido más antiguo y que no se te olvide la afición y el enamoramiento hacia los grandes".

Entonces, ¿qué es innovar en el flamenco? "Es bueno tener espíritu creativo, lo difícil es dar con el punto. Muchas veces es quedarte quieto, no hacer nada".

La conversación fluye con una actitud cómplice, sin atisbos de divismo. Es un tipo normal, que habla claro. No puedo evitar la pregunta: ¿De qué va Morente?

"Morente va de obrero. Vengo del mundo del curro, del trabajo. No me considero un artista, me considero un trabajador".

Un trabajador, cuya aportación resume en una palabra: libertad. "Represento la libertad en el mundo del flamenco". (ENRIQUE MORENTE: "Lorca me llevó a la poesía cuando era semianalfabeto". El País, 24/09/2010, última)

28/9/10

El baile lleva la libertad



"El "nos" incluye al director de escena, Carlos Marquerie, que le acompaña en este viaje de la bailaora a la libertad. "Yo siempre parto de mi persona, y de la necesidad que tengo de decir algo que me está pasando", explica. "En este espectáculo yo necesitaba volar, me sentía enjaulada por todo: mi trabajo, por todo lo que ha acelerado mi vida, aunque haya sido una elección personal. Yo he vivido mi libertad en una jaula y en este espectáculo quería contar eso", aclara. "Hicimos un estudio sobre pájaros enjaulados, búhos, en este caso, y realmente yo vuelo, aunque no hay ningún arnés que viene a por mí y me sube, era una necesidad de liberación de movimientos".

Una liberación que implica bailar casi desnuda, en culottes, algo nunca visto en el flamenco. "Yo siempre tiendo a limpiar en el vestuario, porque hay movimientos que no se ven si no es con un pantalón, o con una falda lisa, sin que haya un volante o un tejido que te haga un brillo especial que dé sombra". La bailaora limpió tanto que casi se queda sin ropa. "No me siento cómoda, pero Carlos quería que la gente viese no solo cómo trabaja el músculo, sino cómo se mueve la carne". (Rocío Molina:'Yo sólo me dejo llevar'. El País, Babelia, 18/09/2010, p. 19)

12/5/10

El duende "sientes que todo fluye..."

"P. ¿Se ha planteado alguna vez dejar de tocar?

R. Muchas veces.

P. ¿Y por qué vuelve?

R. Porque de repente, aunque estés cabreado con la guitarra, te subes a un escenario y no sabes qué sucede. Lo llaman inspiración o duende. De pronto empiezas a tocar, sientes que todo fluye, algo empieza a flotar en el aire y no hay estímulo más fuerte que ese. No hay droga o sensación que se le parezca y cuando sientes eso no hay manera de dejarlo." (PACO DE LUCÍA: "Me encantaría poder vivir sin la música... con ella sufro mucho". El País, ed. Galicia, cultura, 08/05/2010, p. 49)

8/3/10

El 'duende' flamenco... y el 'pellizco', y el 'olé'... según Morente

"La Pelota se sienta junto a Morente y comienza una discusión sobre lo que puede ser la mala follá granaína. "Cádiz y Granada son como las dos caras de una moneda, y claro que tenemos mala follá, pero es una forma de ser blanca y limpia, es un humor comparable a lo que podríamos llamar ser flamencos", asegura Enrique Morente. No todo son risas, el maestro también responde a las curiosidades de sus interlocutores. Sobre todo, respecto a lo que más sabe: el secreto del duende. "El tiempo ahora es otro.

Las manecillas del reloj tienen más mala idea que antes. El flamenco está más estandarizado que antes. Hay más peligro de que todo se parezca. Pero eso lo arreglan los artistas. Lo arregla la gente que tiene arte. Y ¿dónde está el arte? La luna llena, por ejemplo, tiene que ver con el estado anímico, y el estado anímico del que escucha tiene que ver con el arte. Te das cuenta, por ejemplo, de que cada vez que sales de copas es porque está la luna llena ahí arriba. Cada vez que sale la luna, el día siguiente es malo, porque ando por ahí, trasnocho. La luna que antes me encantaba, ahora veo que tiene mala follá, la mala luna". (...)

Volvamos a los buenos cantaores, al flamenco de raza. ¿Qué hace falta? "El pellizco es un concepto muy ambiguo, pero hay que tenerlo. Muchas veces te dan ganas de coger unos alicates para explicar lo que es el pellizco. Canta bien, pero no tiene pellizco; o tiene pellizco, pero no canta tan bien… Pero, ya sabes, los flamencos somos muy exagerados. El pellizco lo tiene aquel que tiene la impronta de quejarse con personalidad y de transmitir. Todo está en la transmisión. El secreto está en transmitir. En una ráfaga hacer un detalle que transmita; y de ahí viene el olé… Pero un olé a destiempo es como un chiste sin gracia, que los hay.

Y también los hay compraos; que nos puede costar un dineral un olé. Pero cuando es de corazón, se nota mucho. Y al público no le puedes pagar un olé. Y luego está el olé por efectismo, no por efectividad. No me gusta el olé gratis; no hay arte cuando lo sabes, y yo he dejado de hacer cantes porque sabía que tenía el olé gratis. Los más flamencólogos y flamencólicos creen que cuanto más analfabeto se sea, más pellizco se tiene. Pero a mí me parece que el conocimiento no quita la pasión. Yo me he convertido en más pluralista y tolerante por juntarme con muchos poetas y escritores". ('Los Morente se hacen más grandes', El País Semanal, 29/11/2009, p. 76 y ss.)