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25/10/23

El capitalismo, el campesinado, los mercaderes...

 "El libro de Jairus Banaji A Brief History of Commercial Capitalism, publicado por primera vez en 2020, se propone desvelar las profundas raíces históricas del desarrollo capitalista. El libro aborda importantes debates teóricos, especialmente dentro de la tradición marxista, sobre los orígenes del capitalismo.

La obra de Banaji pone en tela de juicio varios relatos arraigados sobre la historia económica mundial, incluida la visión de una Edad Media económicamente regresiva y la idea de una transición lineal a la modernidad. Las imágenes que Banaji esboza a través de un impresionante conjunto de casos ilustrativos de todo el planeta, que abarcan casi un milenio, plantean muchas cuestiones fundamentales para cualquiera que quiera entender cómo se formó el sistema económico mundial y cómo podría seguir desarrollándose en el futuro.

A Brief History of Commercial Capitalism ha tenido ya una gran repercusión en el mundo académico y ha suscitado numerosas reacciones entre los colegas historiadores de Banaji. Pero también debería ser de gran interés para los lectores no especializados.

Capitalismo mercantil

Jairus Banaji nació en Poona en 1947, el año en que la India obtuvo su independencia, y fue escolarizado en Inglaterra antes de regresar a su país natal como activista político. En su labor académica, Banaji es un historiador de la Antigüedad tardía y la Edad Media con foco en el Mediterráneo y Oriente Próximo, aunque sus intereses se centran también en la larga historia del capitalismo. Su obra aborda diversos temas, como el destino de los campesinos en el contexto de una economía en rápida globalización y la historia de la economía mercantil a lo largo del último milenio.

El principal objetivo de Banaji en A Brief History es volver a centrar el concepto de capitalismo mercantil como categoría clave para investigar la formación de la economía global moderna. En su obra, este término se utiliza para describir un sistema económico impulsado por el beneficio en el que los mercaderes emplean su capital no solo para hacer circular mercancías, sino también para obtener el control directo de la producción y subordinarla así a sus intereses.

El énfasis de Banaji en el control mercantil sobre la producción es un ataque frontal a la dicotomía marxista tradicional entre el mundo del comercio (la «esfera de la circulación») y el de la producción, una dicotomía que llevó a economistas e historiadores marxistas como Maurice Dobb a descartar la idea misma del capitalismo mercantil como una contradicción en los términos.

Como señala Banaji, fueron en gran medida los historiadores que trabajaban fuera de la tradición marxista, o que se relacionaban más libremente con ella, los que adoptaron la categoría. El caso más notable es el de Fernand Braudel, que definió el capitalismo comercial como el término más útil para describir la naturaleza de la producción y el intercambio mercantil en Europa y el Mediterráneo entre los siglos XV y XVIII.

A Brief History es el último de una serie de volúmenes que abordan estas cuestiones, tras Agrarian Change in Late Antiquity (2001), Theory as History (2010) y Exploring the Economy of Late Antiquity (2016). Aunque Banaji escribe desde la tradición académica marxista, sus puntos de referencia clave en la galaxia marxista difieren de los de la mayoría de los historiadores marxistas occidentales. En particular, Banaji se basa en la obra de tres eruditos rusos de principios del siglo XX: el historiador Mikhail N. Pokrovsky (1868-1932), el economista Yevgeni A. Preobrazhensky (1886-1937) y el economista agrario Alexander V. Chayanov (1888-1939).

Pokrovski, Preobrazhenski, Chayanov

Mijaíl N. Pokrovski fue uno de los intelectuales más influyentes de la sociedad soviética en la década de 1920. Gozó de un enorme prestigio, de hecho inigualable, entre los historiadores soviéticos de su época. Apartándose radicalmente de lo que se consagraría como el relato marxista ortodoxo bajo Joseph Stalin, la interpretación de Pokrovsky de la historia rusa hacía hincapié en la centralidad del capital comercial como agente del cambio socioeconómico entre los siglos XVII y XIX. Sin embargo, afirmaba explícitamente que la existencia y el funcionamiento del capital comercial no significaban que hubiera surgido una economía capitalista.

Yevgeni A. Preobrazhensky fue un pionero en el estudio de las consecuencias de la «penetración lateral» del capital industrial en el campo. Al igual que Pokrovsky antes que él, Preobrazhensky consideraba que la pequeña producción de mercancías era típica del capitalismo mercantil y, al mismo tiempo, uno de los principales obstáculos para su expansión. En línea con marxistas agrarios como Lev N. Kritsman, Preobrazhensky veía el capitalismo como una fuerza que desarraigaba al campesinado y acababa provocando su desaparición.

En su opinión, esto ocurrió como resultado de dos procesos. Por un lado, el desarrollo interno de las relaciones capitalistas en las filas del propio campesinado, con la formación de una clase de campesinos ricos que controlaban la agricultura a gran escala. Por otro lado, de forma más generalizada y catastrófica, se produjo la subordinación externa de las zonas rurales a la gran industria, con la creación de una clase de campesinos sin tierra que trabajaban en cultivos comerciales.

Alexander V. Chayanov fue uno de los principales economistas agrarios de su época. En su obra The Theory of Peasant Economy, Chayanov destacaba la resistencia de los hogares campesinos y su capacidad de adaptación para resistir los embates del capitalismo, en contraste directo con los marxistas agrarios y Preobrazhensky. Sostenía que el desarrollo de las tendencias capitalistas y la concentración productiva en la agricultura no tenían por qué desembocar en la desposesión de los campesinos y el auge de las grandes explotaciones capitalistas.

Para Chayanov, el capital comercial y financiero también podía ejercer su control más sutilmente estableciendo una hegemonía económica sobre sectores considerables de la agricultura. Mientras tanto, esos sectores podrían seguir siendo muy parecidos a los de antes en lo que se refiere a la producción, es decir, compuestos por pequeñas empresas campesinas basadas en la mano de obra familiar.

El trabajo de Banaji demuestra que podemos conciliar estos modelos aparentemente incompatibles. Cada uno describe una posible trayectoria diferente de la penetración del capital en el campo. Pero también reflejan distintas fases de la trayectoria intelectual del propio Banaji.

En sus primeros escritos, Banaji adoptó la idea de Preobrazhensky de la penetración lateral del capital para mostrar el efecto destructivo de la industrialización en el campesinado de la Rusia de finales del siglo XIX y principios del XX. En ese contexto, el modelo de Preobrazhensky fue útil como punto de comparación para el análisis de Banaji de los campesinos de todo el mundo. En estudios posteriores, sin embargo, Banaji llegó a considerar la reconstrucción de Preobrazhensky solo como una de las posibles vías de penetración del capital industrial en el campo.

En este giro le influyó un renovado interés por la obra de Chayanov, en particular por los trabajos que más tarde desarrolló y amplió Henry Bernstein. La conceptualización de Chayanov de la relación entre el campesinado y el capital ocupa, por tanto, un lugar central como fuente primaria de inspiración de Breve historia de Banaji.

Esta reevaluación de la obra de Chayanov lleva a Banaji a incluir en su modelo las circunstancias históricas en las que los hogares campesinos resistieron la penetración del capitalismo. Tenemos que entender dicha «resistencia» en el sentido de que los hogares campesinos no fueron desarraigados sino «incorporados», un acto que a su vez permitió el conflicto y la resistencia por su parte. Aunque estos hogares siguieron existiendo en gran número, su ciclo de reproducción social estaba ahora en gran medida y de forma crucial determinado por el capital.

Mercaderes y manufactura

En A Brief History, a diferencia de sus obras anteriores, Banaji no se preocupa tanto por establecer una distinción teórica entre lo que Karl Marx llamó «el modo de producción capitalista» y los modos no capitalistas. En su lugar, aborda el capitalismo en términos menos normativos, sosteniendo en particular que una especie de «capitalismo mercantil» existió mucho antes de la industrialización en ciertas regiones del mundo, en un período que va desde el siglo XII (o incluso antes) hasta el XVIII.

Aunque Banaji no ofrece una definición formal del capitalismo comercial, podemos captar su significado combinando el análisis del libro con sus escritos teóricos anteriores. Fernand Braudel veía el capitalismo como una red global de banqueros y grandes comerciantes que presidían la economía de la vida cotidiana desde sus centros financieros urbanos, al tiempo que carecían de cualquier control directo sobre los productores primarios. Banaji, por su parte, identifica la larga historia del capitalismo en términos de sus relaciones sociales características.

El capitalismo es un sistema en el que los poseedores de capital tienen un control limitado de los medios de producción y reducen el trabajo a un factor dentro del proceso de producción, una simple mercancía que se puede comprar y vender. La confrontación entre un capitalista y un campesino o un artesano —una persona que sobrevive vendiendo su trabajo— ocupa el centro mismo del análisis de Banaji.

Partiendo de esta distinción, argumenta contra la extendida opinión marxista de que la riqueza mercantil no constituye capital en el sentido marxiano, porque permanece externa al proceso de producción. Puesto que la riqueza mercantil está, según Marx, separada de lo que él llamó la subsunción real del trabajo al capital, se limita a extraer los productos de los productores primarios, y los mercaderes obtienen beneficios vendiéndolos.

Por su parte, Banaji sostiene que la riqueza mercantil consiste efectivamente en capital y que, desde el siglo XII hasta el XVIII, los mercaderes utilizaron sistemáticamente este capital para controlar y explotar el trabajo de una parte significativa de la población en todo el mundo afro-euroasiático. Identifica dos ámbitos de producción en los que la penetración del capital comercial fue especialmente significativa.

El primero fue en el sector de la agricultura de cultivos comerciales, donde los «capitalistas mercantiles» se apropiaron de grandes cantidades de trabajo familiar no remunerado mediante diversos expedientes, imponiendo así relaciones de deuda a los campesinos. Los capitalistas mercantiles eran terratenientes que se convirtieron en comerciantes; a veces también eran comerciantes (incluidos prestamistas) que se interesaron por controlar las fincas de cultivos comerciales. Formaban una categoría flotante históricamente muy difícil de precisar.

A pesar de sus diferencias, la base productiva de la mayoría de los comercios de productos era una mano de obra mixta. Este es un punto que Banaji ha demostrado en su examen de los pequeños campesinos de Deccan a finales del siglo XIX, y recibe más apoyo del trabajo de Lorenzo Bondioli sobre el campesinado egipcio del siglo XI.

El segundo sector es el de la producción artesanal, o «fabricación mercantil», como la denomina Banaji. En este sector, los mercaderes obligaban a los pobres rurales y urbanos a procesar la seda, la lana y el algodón para el mercado. Esto significaba que no se limitaban a vender sus excedentes, sino que trabajaban para los mercaderes a «destajo».

Trayectorias de acumulación

En A Brief History, Banaji examina las «trayectorias de acumulación» que conducen del capitalismo mercantil al industrial. Mientras que los capitalistas mercantiles premian la apertura de la agricultura —junto con la minería, la explotación de los recursos marinos, etc.— a la explotación capitalista, los capitalistas industriales llevan ese proceso a un nivel completamente distinto. La mera escala de subordinación, la naturaleza de su impacto y el grado de subsunción distinguen la subyugación del campo a la acumulación industrial de ciclos anteriores de «capitalismo».

Banaji no solo nota una rápida intensificación de los mecanismos de explotación bajo el capitalismo industrial. También observa un cambio radical en el reparto de los beneficios entre comerciantes e industriales en beneficio de estos últimos. A finales del siglo XIX, los agentes económicos que controlaban directamente la producción consiguieron así marginar a los comerciantes, logrando la subordinación del capital comercial al capital industrial descrita por Marx.

Esta parece ser la clave de una separación duradera, en opinión de Banaji, entre la era del capitalismo comercial y la del capitalismo industrial, una era plenamente merecedora de la etiqueta de modo de producción capitalista. Sin embargo, estas trayectorias del capitalismo comercial al industrial fueron multilineales en el tiempo y en el espacio. No siguieron una secuencia rígida de etapas ni fueron irreversibles, como demuestran las tendencias contemporáneas.

Hoy en día, los minoristas globales que operan en el mercado mundial controlan la fabricación a través de los flujos de capital comercial sin poseer los medios de producción. Como observó Nelson Lichtenstein,

"La hegemonía del comercio minorista en el siglo XXI se hace eco e incluso reproduce características del régimen mercantil presidido antaño por los grandes comerciantes y casas bancarias de Ámsterdam, Hamburgo y la City londinense de los siglos XVII y XVIII."

En resumen, una especie de empresario braudeliano ha «regresado para apuntalar el sistema global contemporáneo».

La exposición de Banaji del «capitalismo mercantil» puede, por tanto, acomodar varios niveles y diversos grados de integración entre la producción y la circulación, señalando la fuerza motriz del capital como un denominador común que atraviesa diferentes configuraciones. El modelo de capitalismo comercial resultante es el de un desarrollo desigual y combinado. Este modelo rechaza la noción de una sucesión lineal entre los distintos modos de producción —antiguo, feudal y capitalista— y rescata las historias del capitalismo tanto del eurocentrismo como del orientalismo.

Perspectivas críticas

Desde su publicación en 2020, A Brief History ha atraído la atención de una amplia y diversa comunidad de especialistas en el campo de la historia del capitalismo, lo que ha dado lugar a múltiples reseñas de la obra de Banaji. Aunque cada autor expresó diferentes preocupaciones sobre diversos aspectos de su visión del capitalismo, podemos identificar tres grandes temas: (1) la definición de capitalismo comercial, (2) la relación entre el auge del capitalismo comercial y el Estado y (3) el impacto del capitalismo comercial y el colonialismo en la vida social.

La primera crítica surge de la laxa definición que hace Banaji del capitalismo mercantil. Lorenzo Bondioli señala que las infraestructuras del capitalismo comercial que Banaji ha identificado como las primeras en aparecer en el siglo IX de nuestra era tienen raíces más profundas de lo que sugiere el libro. Sus cimientos se establecieron en la Antigüedad Tardía (en ocasiones con raíces que se remontan a la Antigüedad propiamente dicha), y siguieron funcionando sin discontinuidades dramáticas hasta la Edad Media.

Partiendo de esta observación, Bondioli aísla tres posibles definiciones de capitalismo e intenta esbozar una relación no teleológica entre ellas. En primer lugar, está el capitalismo de los mercaderes capitalistas que desplegaron la riqueza monetaria como capital extrayendo plusvalía de productores subordinados de diversas maneras; en segundo lugar, está el capitalismo de los Estados mercantiles coloniales que pusieron la violencia organizada al servicio de la acumulación por parte de los mercaderes capitalistas; en tercer lugar, está el capitalismo de la sociedad capitalista industrial moderna (en otras palabras, de un modo de producción capitalista de pleno derecho).

La intervención del Estado en la economía mundial es el segundo criterio que Banaji despliega en su análisis del capitalismo comercial. Banaji ve en la «colusión entre el comercio y el Estado» —es decir, en el auge de los Estados mercantilistas en la Europa medieval tardía y moderna temprana— un cambio significativo en el proceso de acumulación de capital y subordinación del trabajo. Sin embargo, podemos observar la «colusión» per se, y en particular la participación de los comerciantes en las finanzas estatales, en muchos contextos históricos.

Esto sugiere que, como Martha Howell demuestra claramente, no fue la mera presencia de un Estado en connivencia con los mercaderes lo que determinó una aceleración de la escala de acumulación de capital. Tampoco fue cualquier tipo de Estado —como los Estados tributarios musulmanes o las dinastías chinas examinadas por Andrew Liu— el que determinó un cambio en la escala de acumulación de capital y subordinación del trabajo.

Más bien, fue solo el Estado que actuaba como exportador de agresión y violencia el que controló dicho cambio. Esta idea también vuelve a centrar el vínculo clave entre el capitalismo comercial y el colonialismo, subrayando que fue la violencia colonial la que provocó un cambio en la calidad y el funcionamiento del capital comercial.

Con este punto, pasamos al tercer elemento de controversia que se desprende del relato de Banaji: la relación entre capitalismo comercial y colonialismo. Como observan perspicazmente Priya Satya y Sheetal Chhabria, Banaji no separa la raza de la clase ni la casta de la clase. Sin embargo, estas distinciones son importantes, ya que nos permiten diagnosticar el punto en el que el capitalismo comercial se cruzó con el colonialismo y empezó a depender de la racialización o de la identidad de casta.

Esta laguna también apunta en la dirección de una crítica más amplia. En su análisis de las relaciones de producción, Banaji no siempre deja claro cómo el capitalismo comercial impactó y rehizo violentamente la vida social de las personas subordinadas a él. En otras palabras, nos queda preguntarnos hasta qué punto el capitalismo comercial, tal y como lo describe Banaji, transformó fundamentalmente (o no) los modos de vida social en diferentes lugares y en diferentes épocas.

Esta pregunta podría abrir una serie de prometedoras vías de investigación que parecen apuntar todas en una misma dirección. No podemos escribir la historia del capitalismo sin considerar la intersección de diferentes mecanismos de opresión como la raza, el género, la etnia y el origen nacional, además de la clase social. Estos ofrecen una imagen más rica del modo en que los «distintos niveles de opresión» cambiaron la vida de la gente corriente bajo el capitalismo."                (Paolo Tedesco, JACOBINLAT, 24/08/23)

12/4/22

Marx llegó a creer que la evolución que él y Engels esbozaron en 1848 (que va del comunismo primitivo a las sociedades esclavistas, al feudalismo, al capitalismo y, en el futuro, al socialismo y al comunismo; o sea, la "vía occidental del desarrollo") era válida sólo para Europa Occidental. No podía transplantarse a otros lugares ni utilizarse para explicar el resto del mundo

 "El objetivo de este libro, muy bien documentado y escrito, es mostrar la evolución del pensamiento de Marx que se aleja de la visión unilineal de la evolución histórica, que va del comunismo primitivo a las sociedades esclavistas, al feudalismo, al capitalismo y, en el futuro, al socialismo y al comunismo. Este esquema unilineal de la historia que en El Capitalismo, Solo llamé la "vía occidental del desarrollo" (DMO) es el "pan de cada día" del marxismo clásico. 

Sin embargo, se basó, como muchos han argumentado, y Kevin Anderson muestra de forma muy persuasiva, en una generalización de la historia de Europa Occidental. No podía transplantarse a otros lugares ni utilizarse para explicar el resto del mundo.

Marx era consciente de ello e introdujo su famoso "modo de producción asiático" caracterizado por la propiedad de la tierra en común (ya sea por comunidades consanguíneas o no) y por una autoridad jerárquica superior. Era un prototipo de lo que más tarde definió el erudito marxista Karl Wittfogel como las sociedades orientales o "hidráulicas". El modo de producción asiático siempre fue bastante incómodo en el marco marxista porque no se podía decir mucho sobre su evolución: si esas sociedades tendían por sí solas a convertirse en capitalistas, incluso creando la propiedad privada de la tierra, o no. Menos aún se podía decir sobre sus perspectivas socialistas: pero si así fuera, ¿cómo podría el "socialismo científico" argumentar su validez global?

Anderson muestra que Marx en su período inicial, que podemos fechar a finales de la década de 1850, era eurocéntrico y, en algunos pasajes en los que discutía el modo de producción asiático, asumía que era ahistórico e inmutable.

Las cosas empezaron a cambiar en la década de 1860, bajo la influencia de los acontecimientos políticos fuera de Europa. Éstos llevaron a Marx a empezar a estudiar mucho más seriamente las sociedades no europeas (occidentales): el origen, la historia y la estructura de clases de las sociedades agrícolas sin propiedad privada de la tierra, sus similitudes y diferencias con dichas sociedades europeas tempranas (de tipo germánico y posteriormente eslavo). Los acontecimientos políticos de finales de la década de 1850 y principios de 1860 que atrajeron la atención de Marx y sobre los que escribió prolíficamente (sobre todo como corresponsal en Europa del New York Daily Tribune y también para Die Presse en Viena) fueron el levantamiento de los Taiping en China (1850-64), la rebelión de los Sepoy en la India (1857), el fin de la servidumbre en Rusia (1861) y la Guerra Civil estadounidense (1861-65).

Anderson dedica un capítulo entero a los escritos y la correspondencia mutua de Marx y Engels en relación con la Guerra Civil estadounidense. Como es sabido, ambos eran firmes partidarios de la Unión y admiradores de Lincoln -aunque Marx tendía a criticarlo por su timidez-, pero quedaron gratamente sorprendidos e impresionados cuando Lincoln despidió al general George McClellan y emitió la Proclamación de Emancipación. Engels, que tenía una considerable formación militar, era menos optimista sobre las posibilidades de una victoria militar absoluta del Norte. Marx, que prestaba más atención a las fuerzas sociales y a la posición de las distintas clases y grupos tanto en el Sur como en el Norte, nunca dudó de la victoria del Norte, ni siquiera en los momentos en que Gran Bretaña estuvo a punto de intervenir del lado del Sur.

La discusión de la Guerra Civil estadounidense es importante porque nos permite ver cómo Marx abordó y combinó las cuestiones raciales y de clase. Quizás esta cita de una carta de 1866 a François Lafargue (que luego se repite textualmente en El Capital), "el trabajo en la piel blanca no puede emanciparse cuando en la piel negra está marcado" resume mejor su opinión. Pero nos desvía del punto principal del libro, a saber, la transición de las naciones no europeas al capitalismo. Aquí, la India y, especialmente, Rusia desempeñaron un papel clave en la evolución del pensamiento de Marx.

En el período anterior a la publicación de El Capital (volumen I), Marx consideraba a Rusia, al igual que los liberales europeos de la época, como una extraordinaria potencia reaccionaria, dictatorial en lo interno y partidaria de las fuerzas antirrevolucionarias en lo externo: "Es en la terrible y abyecta escuela de la esclavitud mongola donde se crió y creció Moscovia... Incluso cuando se emancipó, Moscovia ha seguido desempeñando su tradicional papel de esclavo como amo" (p. 48; escrito en 1856). La intervención rusa en favor de Austria en 1848-49, la creación de la Santa Alianza, la guerra de Crimea y la sangrienta represión de varios levantamientos polacos encajaban en esa imagen.

El cambio en las opiniones de Marx, y el mayor interés por Rusia, comenzó tras la publicación de El Capital, cuando la traducción al ruso (que fue la primera traducción de El Capital, en 1872) atrajo no sólo un inesperado interés entre los intelectuales y revolucionarios de Moscú y San Petersburgo, sino también comentarios muy astutos y pertinentes, citados por Marx in extenso en varias páginas de su introducción a la segunda edición alemana de El Capital.

El nuevo interés de Marx por las cosas rusas, que le llevó a aprender el idioma y a leer varios libros rusos en el original, tuvo otra consecuencia importante. Los marxistas rusos se plantearon la siguiente cuestión: ¿podría el socialismo en Rusia eludir el desarrollo capitalista y utilizar la tierra en común (el mir ruso) como base para la futura socialización de los medios de producción? La cuestión era si la evolución "natural" era siempre la de pasar de la propiedad comunal de la tierra a la pequeña propiedad privada y, finalmente, al socialismo, o si se podía obviar la pequeña propiedad privada.

En el período anterior a la publicación de El Capital (volumen I), Marx consideraba a Rusia, al igual que los liberales europeos de la época, como una extraordinaria potencia reaccionaria, dictatorial en lo interno y partidaria de las fuerzas antirrevolucionarias en lo externo: "Es en la terrible y abyecta escuela de la esclavitud mongola donde se crió y creció Moscovia... Incluso cuando se emancipó, Moscovia ha seguido desempeñando su tradicional papel de esclavo como amo" (p. 48; escrito en 1856). La intervención rusa en favor de Austria en 1848-49, la creación de la Santa Alianza, la guerra de Crimea y la sangrienta represión de varios levantamientos polacos encajaban en esa imagen.

El cambio en las opiniones de Marx, y el mayor interés por Rusia, comenzó tras la publicación de El Capital, cuando la traducción al ruso (que fue la primera traducción de El Capital, en 1872) atrajo no sólo un inesperado interés entre los intelectuales y revolucionarios de Moscú y San Petersburgo, sino también comentarios muy astutos y pertinentes, citados por Marx in extenso en varias páginas de su introducción a la segunda edición alemana de El Capital.

El nuevo interés de Marx por las cosas rusas, que le llevó a aprender el idioma y a leer varios libros rusos en el original, tuvo otra consecuencia importante. Los marxistas rusos se plantearon la siguiente cuestión: ¿podría el socialismo en Rusia eludir el desarrollo capitalista y utilizar la tierra en común (el mir ruso) como base para la futura socialización de los medios de producción? La cuestión era si la evolución "natural" era siempre la de pasar de la propiedad comunal de la tierra a la pequeña propiedad privada y, finalmente, al socialismo, o si se podía obviar la pequeña propiedad privada.

El mismo problema se planteó en otros lugares: en la India y en Argelia. En ambos casos, a los que Marx dirigió su atención, las autoridades coloniales fomentaron la privatización de la tierra. Esa era la forma en que los colonos esperaban hacerse con la tierra. Si cada parcela de tierra es mantenida en común por un clan o una familia extendida y no puede ser alienada, ¿cómo van a conseguir los colonos franceses y británicos algo de ella? Pero si se divide en parcelas privadas, estos lotes individuales pueden ser expropiados más fácilmente o comprados a los nuevos propietarios.

 Por eso los franceses se empeñaron en acabar con la propiedad de los clanes en Argelia, y los británicos ayudaron a los zamindars a convertirse en propietarios formales de la tierra (los zamindars eran originalmente agricultores fiscales que recaudaban los impuestos del campesinado y se quedaban con una parte para ellos, pero no eran propietarios de la tierra).

Por lo tanto, en todas partes, incluso en el caso ruso (las privatizaciones de la tierra tras el fin de la servidumbre), el movimiento parecía ir hacia la ruptura de la propiedad comunal y la introducción del "capitalismo de la tierra". Sin embargo, cuanto más estudiaba Marx las sociedades no europeas, más consciente era, según Anderson, de que el DPM no se aplicaba necesariamente a ellas: no había un equivalente al feudalismo de Europa Occidental, y el futuro de las comunas rurales no estaba predestinado. Es en ese contexto que se escribió la famosa carta de Marx de 1881 a Vera Zasulich, la revolucionaria rusa. 

La importancia de la carta de Marx no puede ser sobrestimada. Lo demuestra el hecho de que Marx, un escritor compulsivo y rápido, hizo no menos de cinco borradores de la carta, cada uno más detallado que la breve carta que finalmente envió. Circunscribió explícitamente la validez de su análisis: "La 'inevitabilidad histórica' de este curso [es decir, su análisis en El Capital] se limita, por tanto, expresamente a los países de Europa Occidental"; y permitía la posibilidad de saltarse la etapa capitalista: 

"El análisis de El Capital no ofrece, por tanto, ninguna razón ni a favor ni en contra de la vitalidad de la comuna rusa. Pero el estudio especial que he realizado sobre ella, incluyendo la búsqueda de fuentes originales, me ha convencido de que la comuna es el punto de apoyo para la regeneración social en Rusia. Pero para que pueda funcionar como tal, primero hay que eliminar las influencias nocivas que la asaltan por todos lados [refiriéndose muy probablemente a la privatización de la tierra], y luego hay que asegurarle las condiciones normales para un desarrollo espontáneo."

Hacia el final de su vida, a través de una evolución impulsada en gran medida por los acontecimientos políticos fuera de Europa y las extensas lecturas de Marx, éste llegó a creer que la evolución que él y Engels esbozaron en 1848 era válida sólo para Europa Occidental y tal vez se limitaba a ella. Sólo dentro de este contexto podemos entender la aparentemente estéril última década de la vida de Marx, cuando, en lugar de completar los volúmenes restantes de El Capital, pasó una cantidad desmesurada de tiempo estudiando las minucias de la propiedad de la tierra rusa e india, la geología, las sociedades prehistóricas y similares.

David Riazanov, el primer editor de las obras completas de Marx y Engels, criticó a Marx por esta aparente pérdida de tiempo: "¿Por qué perdió tanto tiempo en este resumen sistemático y fundamental [de varios libros] o gastó tanto trabajo en un libro básico sobre geología, resumiéndolo capítulo por capítulo. En el año 63 de su vida, esto es una pedantería inexcusable" (p. 249). Sin embargo, según Anderson, el "despilfarro" puede entenderse si nos damos cuenta de que Marx, insatisfecho con el DPM y su "modo de producción asiático" no histórico, estaba, aunque sin éxito, tratando de generalizar las vías de transición al capitalismo mirando al mundo en su conjunto, ya no sólo a Europa." 

(Branko Milanović, Brave New Europe, 06/04/22; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

5/10/21

Memorias de la Revolución de Saur. Hace más de cuarenta años, los comunistas tomaron el poder en Afganistán para crear una sociedad más igualitaria y acabar con el feudalismo. A todos los aparceros, trabajadores y pastores se les pagaba lo justo para comprar tres panes naan por cada dos adultos y dos por cada dos niños. Es decir, 2.000 calorías por adulto y 1.300 por niño. No podían comprar más comida

 "El 28 de abril de 1978, hace más de cuarenta años, los comunistas lograron hacer una revolución en Afganistán. Mi amigo Tahir Alemi fue uno de esos comunistas. Era un buen tipo, generoso y amable, y quería cambiar el mundo.

Tahir era profesor de literatura pastún en la Universidad de Kabul. Su estirpe era antigua. Su padre era un pequeño campesino que vivía en el poblado de Nangarhar, cerca de la frontera con Pakistán. La familia trabajaba su propia tierra y hasta tenía un aparcero, signo de que le iba mejor que a la mayoría. – Tahir amaba a su padre, a sus hermanos y a su madre, pero en un momento tuvo que enfrentarse a los valores que pregonaban.

En los años 1970, Afganistán era un país feudal. El poder no estaba del lado de los empresarios urbanos, sino de los grandes terratenientes que vivían en las fortalezas de las zonas rurales. A veces había dos señores en un poblado, a veces uno solo. En ciertas áreas, muchas aldeas estaban bajo el dominio de un solo hombre. Había muchos campesinos como el padre de Tahir, que con suerte tenían un peón, pero trabajaban su propia tierra.

Debajo de ellos estaban los aparceros, que eran probablemente la mitad de la población y a los que se les permitía quedarse con un tercio de la cosecha. En el poblado de Tahir, los aparceros representaban solo un quinto de la población porque la tierra era bastante buena. A todos los aparceros, trabajadores y pastores se les pagaba lo justo para comprar tres panes naan por cada dos adultos y dos por cada dos niños. Es decir, 2.000 calorías por adulto y 1.300 por niño. No podían comprar más comida.

A comienzos de los años 1970, viajé a Afganistán como antropólogo. Las personas con las que me encontré habían sido nómadas con rebaños de ovejas, pero su situación había empeorado con el tiempo. Su nivel de vida era equivalente al de cualquier afgano pobre. Las mujeres usaban dos vestidos en toda su vida, uno cuando llegaban a la pubertad y otro cuando se casaban. Una familia común solo poseía una pequeña taza de té. Comían carne con emoción una vez al año, durante la fiesta del profeta. Para saborear mejor el pan, cocinaban una sopa con tréboles y otras verduras de hoja que recolectaban. Dos de las tres familias más ricas de aquel pequeño poblado de treintaitrés hogares competían entre sí dándonos muestras de hospitalidad a mi esposa y a mí. En una ocasión especial, una familia fritó un huevo para convidarnos. La otra nos invitó un guiso con una pequeña papa. Nadie más lograba acceder a esos ingredientes.

 Por supuesto, sostener una explotación de esa magnitud –de dos tercios a cuatro quintos de la cosecha quedaban en manos de los propietarios de la tierra– implicaba prácticas crueles y violentas. Las ejercían los señores locales junto a sus guardaespaldas y matones, siempre con apoyo del gobierno. Mohammed Zahir Shah –rey de Kabul– y su familia, habían consolidado su poder privilegiando en cada distrito a un señor que actuaba como su lugarteniente. “Antes era directamente una tiranía”, me contó Tahir una vez. “Los tipos venían y mataban a toda tu familia. Ahora, en cambio, es una democracia. Ya no se meten con la familia: se la agarran con uno solo y como mucho llegan a arrancarle los ojos”. Era un chiste. Nos reímos.

 Afganistán era un país pobre, conformado en gran medida por zonas áridas, desiertos y montañas. El gobierno no tenía suficiente poder como para cobrarles impuestos a los grandes terratenientes ni a los pequeños campesinos. En cambio, debía contentarse con los aranceles aduaneros. Desde 1842, los gobiernos afganos se habían apoyado en distintas formas de subsidios extranjeros, que provenían sobre todo de Gran Bretaña. Desde los años 1950 en adelante, Afganistán empezó a “desarrollarse”. Durante la Guerra Fría, Rusia y Estados Unidos se hicieron cargo, en concepto de asistencia, del 80% del presupuesto civil y de la mayor parte del presupuesto militar del país. Los rusos cubrían casi dos tercios de los gastos y los estadounidenses el tercio restante. La industria y el desarrollo económico eran marginales. El dinero que llegaba terminaba sobre todo en el ejército, en la escuelas y en la burocracia estatal. Bastó para que miles de estudiantes empezaran a asistir a la Universidad de Kabul y cientos de miles a las escuelas. La vieja clase dominante de terratenientes era muy pequeña y no podía cubrir todos los cargos docentes y estatales necesarios. Las personas que se habían beneficiado de la nueva educación eran hombres como Tahir, hijos de campesinos pertenecientes a cierto estrato medio. Sus padres y abuelos siempre habían odiado silenciosamente a los grandes terratenientes y al gobierno, y sus hijos educados continuaron la tradición.

 Estos jóvenes docentes soñaban con un Afganistán moderno y desarrollado. Una vez, en la provincia de Helmand, Tahir y yo presenciamos, junto a una muchedumbre de curiosos sin voz, una manifestación de estudiantes de la escuela secundaria. Subían por turnos a una pequeña tarima desde la que gritaban sus consignas: “Muerte a los kanes”. Kan era la palabra con que designaba a los grandes terratenientes. La reivindicación de los jóvenes no era abstracta. Su programa político era matar a esos hombres en su distrito.

“¿Esto existe en Estados Unidos?”, me preguntó Tahir.

Le dije que sí, que yo había formado parte de protestas parecidas. Me contó la historia del “tres de aqrab”: en 1965, un grupo de estudiantes de Kabul se había manifestado fuera del parlamento y tres habían muerto a causa de los disparos. Él había estado ahí.

Los jóvenes hombres y mujeres de esta nueva clase urbana, compuesta sobre todo por docentes como Tahir, empezaron a ensanchar las filas de los partidos islamistas y comunistas. La Hermandad era una organización islamista. Jóvenes con títulos universitarios, pertenecían a la misma clase que Tahir y terminaron dirigiendo la resistencia contra los rusos. Los comunistas estaban divididos en dos. Una tendencia era Parcham (la Bandera). Sus miembros estaban bien formados, pertenecían a estratos urbanos y sostenían una política más moderada. La otra era Jalq (el Pueblo). Sus militantes en general no habían accedido a la educación, provenían de familias rurales y en general eran pastunes. Tahir se unió a Parcham. En 1973 las organizaciones comunistas crecían más rápido que la Hermandad.

 Una vez acompañé a Tahir a la casa de su padre y caminamos y recorrimos los poblados que rodeaban Nangarhar. Tahir había sido seleccionado por la universidad para ser mi “guía” durante las primeras etapas de mi trabajo de campo. A cambio, cobraba tres veces su salario mensual, es decir, tres veces lo que ganaba un trabajador corriente. Yo todavía estaba aprendiendo la lengua, así que Tahir oficiaba de traductor. También redactaba informes regulares sobre mí, que entregaba a la policía secreta. Ambos lo sabíamos, pero no decíamos nada.

El matrimonio de Tahir estaba arreglado. Su esposa nunca había ido a la escuela. Había muchas cosas de las que no podía hablar con ella. Se había casado para complacer a su familia, que había elegido una chica del pueblo con la esperanza de mantenerlo cerca. Durante los primeros años del matrimonio ella vivía con sus padres y él la visitaba cuando podía. Tahir intentó desarrollar una relación real. Otras mujeres de las ciudades y del campo iban a la escuela y a la universidad. De hecho, en Parcham y Jalq había muchas compañeras mujeres. La liberación de las mujeres era una parte central del sueño por un mundo mejor. Tahir ansiaba mudarse con su mujer a Kabul. Cuando eso sucediera, me prometió, yo la conocería, porque él jamás la obligaría a recluirse.

En 1972 hubo una sequía, efecto incipiente del cambio climático. Una parte del norte sufrió la hambruna. Estados Unidos enviaba alimentos. El gobierno apilaba las bolsas de granos en las plazas de las grandes ciudades. Los soldados custodiaban la proveeduría y los funcionarios la vendían a un precio diez veces mayor del normal. Para comprar algunos granos, los pequeños campesinos terminaban vendiéndoles sus tierras a los kanes feudales por casi nada. Los que no tenían tierras se sentaban a esperar la muerte. Un periodista francés me preguntó por qué no saqueaban las bolsas apiladas. “El rey tiene aviones”, decían, “y los usará para bombardearnos”.

 Pero el rey y su gobierno habían perdido prácticamente todo el apoyo de la población. Mohammed Daoud, primo del rey, había sido un primer ministro despiadado y cruel hasta 1963. Se había inclinado más hacia los soviéticos, mientras que el rey prefería a los estadounidenses. En ese momento, Estados Unidos estaba poniéndole fin a la asistencia a causa de Vietnam y la mayor parte del dinero llegaba de Rusia. Entonces, Daoud montó un golpe de Estado con apoyo soviético. No encontró ninguna oposición. Después de la hambruna, nadie estaba dispuesto a morir por el rey.

La organización del golpe estuvo a cargo de los jóvenes oficiales comunistas, especialmente los de la tendencia Jalq. Como los docentes, los oficiales provenían de las capas medias del campesinado y pertenecían a la primera generación de sus familias que accedía a la educación. En general habían sido entrenados por la Unión Soviética.

 El golpe no cambió nada importante. Aunque la retórica de Daoud era de izquierda, el poder permaneció en manos de los grandes terratenientes. Pero la universidad y las escuelas primarias y secundarias se convirtieron en lugares de gran efervescencia política, especialmente en los pueblos más grandes y en las ciudades. Algunos docentes hacían proselitismo por la Hermandad, otros por Jalq y otros por Parcham. Los estudiantes debatían. Parcham sostenía que había que colaborar con la dictadura de Daoud. Jalq apostaba a una revolución completa.

Los comunistas eran cada vez más. En abril de 1978, Daoud ordenó el asesinato de Mir Akbar Kyber, dirigente comunista. Ambas tendencias de partido confluyeron en una gran protesta durante el funeral en Kabul. Daoud detuvo a todos los dirigentes de ambas organizaciones y ellos sabían que sus vidas pendían de un hilo. Entonces, un dirigente llamado Amin logró iniciar un golpe de Estado bien organizado. Los mismos oficiales del ejército y de la fuerza aérea que lo habían llevado al poder, mataron a Daoud y a toda su familia. Como sucedió con el rey, nadie estaba dispuesto a luchar por Daoud y los comunistas triunfaron.

 Los comunistas anunciaron la revolución, a la que bautizaron como la “gran revolución de abril”, siguiendo el modelo de la Revolución de Octubre. Aprobaron dos leyes con el objetivo de convertir el golpe en una revolución. La primera fue la reforma agraria: repartirían la tierra de los grandes propietarios entre los aparceros. Había muchas zonas en las que el gobierno no tenía ningún medio de garantizar la reforma agraria, pero en Helman, donde los jóvenes gritaban “Muerte a los kanes”, los comunistas empezaron a tomar las tierras y a redistribuirlas.

El segundo fue la abolición del excrex, las donaciones que hace el marido a la familia de su novia a cambio de su mano. Eran sumas de dinero bastante grandes, que a veces representaban dos o tres años de ingresos de una familia promedio. Pero más importante era todavía el lugar simbólico que ocupaba esta práctica, considerada por muchos como el signo más evidente de la opresión de las mujeres.

Las relaciones entre los hombres y las mujeres no eran la caricatura sexista a la que nos tiene acostumbrados la propaganda islamofóbica. Es cierto que en algunos poblados había familias que mantenían recluidas a sus mujeres y solo les permitían salir vestidas con la burka. Pero como mucho cuatro o cinco, de un total de doscientas. En la mayoría de los hogares pobres, las mujeres tenían que trabajar en el campo junto a los hombres. Como sea, al igual que en otros países, la opresión era real. Los comunistas estaban decididos a transformar las cosas. La ley sobre el excrex se mantuvo en un plano formal, aunque en algunas áreas las mujeres empezaron a bailar en público.

Las medidas sobre la distribución de la tierra y el matrimonio precipitaron una rebelión dirigida por los mulás. Los mulás no eran como los islamistas de la Hermandad, que solían ser hombres formados, ingenieros y teólogos. Los mulás eran campesinos pobres, con una educación que apenas alcanzaba para leer farsi y recitar el Corán en árabe. Las capas más acomodadas de la sociedad los trataban con desprecio. Pero tenían una larga historia de resistencia popular.

 En efecto, Afganistán nunca había sido conquistada. Los británicos la invadieron en 1838-1842 y de nuevo en 1878-1880. En ambas oportunidades, los sectores más acomodados aceptaron el oro de los invasores –entregado, literalmente, en grandes bolsas– y no ofrecieron resistencia. Pero las dos veces los mulás predicaron con pasión en las aldeas y en los poblados hasta desatar las yihad, revueltas populares que expulsaron a los británicos. Durante los años 1920, un nuevo gobierno reformista a cargo del rey Amanullah intentó “modernizar” el país siguiendo el modelo de Ataturk en Turquía y Reza Shah en Irán. Amanullah insistió en poner fin a la reclusión de las mujeres ricas y quiso garantizarles el derecho de usar vestidos occidentales. Después intentó aplicar un impuesto sobre los grandes terratenientes y los pequeños campesinos del sudeste, pero todo esto provocó una nueva revuelta de los mulás. Más tarde, Habidullah, un trabajador devenido bandido, dirigió una insurrección popular en Kabul. Con apoyo británico, la familia real logró sofocar la revuelta, pero el experimento social de Amanullah había llegado a su fin.

 Después de los años 1930, los mulás siguieron presentándose como los guardianes de la ortodoxia, aun cuando el islam de los afganos siempre había sido más bien flexible y para nada ortodoxo. Los mulás predicaban un islam conservador y se oponían a la liberación de las mujeres en la misma medida que al imperialismo cristiano de Gran Bretaña y Estados Unidos y al ateísmo de la Unión Soviética. Para la mayoría de los afganos, hombres y mujeres, el islam ocupaba el centro moral de sus vidas.

 Después de la Revolución de Saur, los mulás comenzaron a organizar la resistencia al gobierno. Como lo habían hecho contra los británicos y contra Amanullah, convocaron a la población a oponerse a la dominación extranjera. La revuelta comenzó en las montañas y en las fronteras, donde el gobierno siempre había sido más débil, y se propagó hacia los valles y las ciudades. La resistencia les planteaba un problema terrible a los comunistas. Como no contaban con el apoyo de la mayoría, tuvieron que recurrir a la violencia.

Es cierto que la Revolución de Saur había surgido de un golpe dirigido por una camada de oficiales jóvenes. Pero el ejército de Afganistán estaba formado por reclutas provenientes de todos los rincones del país, sobre todo de las familias de pequeños campesinos y aparceros. Esos soldados seguían órdenes, pero no estaban convencidos en términos políticos. El proceso no había logrado generar ninguna revuelta urbana ni luchas campesinas por la tierra. En ese sentido, la Revolución de Saur fue un golpe conducido desde arriba con escaso apoyo de la población.

Es verdad que los comunistas despertaban cierta simpatía en las ciudades. En las elecciones libres de 1973, previas a la toma del poder de Daoud, habían ganado la mayoría del parlamento en Kabul. En las grandes ciudades contaban con bastante apoyo en las escuelas, en las universidades, entre los funcionarios estatales y en sectores afines. Pero en un país prácticamente rural eso no era suficiente. Confrontado a la prédica pasional y a los levantamientos rurales, el nuevo gobierno comunista solo atinó a enviar a sus soldados a detener a todo el mundo. Eso provocó más disturbios y entonces empezaron a torturar a la gente, lo que a su vez contribuyó a fortalecer la revuelta. Durante veinte meses, los comunistas y su ejército perdieron el control en casi todo el país. En diciembre de 1979 solo gobernaban tres provincias de un total de treinta y cuatro. En veintiocho provincias, el ejército controlaba solo las ciudades y los poblados más grandes, pero los insurgentes controlaban las zonas rurales. En tres provincias los insurgentes habían tomado el poder incluso en las ciudades.

 La presión dividió a los comunistas en tres bandos. El grupo Parcham, dirigido por Baback Karmal, sostenía que había que tejer una alianza con todas las fuerzas progresistas del país. En la práctica, esto implicaba plegarse a la religiosidad musulmana, callarse la boca frente al excrex y la opresión de las mujeres y detener la reforma agraria. Esta política se adecuaba al consejo de la KGB y de los generales soviéticos, que consideraban que la revolución social era una idea insensata y prematura. El problema con este enfoque era que los mulás –y el resto de la población afgana– no eran estúpidos.

Para los militantes más radicales del grupo Jalq, la táctica de sus oponentes implicaba también traicionar el sueño compartido de una Afganistán moderna, sin sexismo ni pobreza. Pasaron pocos meses hasta que el partido purgó a los parchamíes. Unos pocos, como Karmal, lograron exiliarse en la Unión Soviética y en Europa del Este. Los jalquis apresaron al resto.

Pero la resistencia seguía creciendo en las ciudades. Fue entonces que el grupo Jalq se dividió en dos. Taraki, novelista proveniente de un clan de pastores y nómades y a la vez el dirigente más experimentado, no encontraba más solución que convocar a las tropas soviéticas a reprimir la resistencia. Por su parte, fiel a su nacionalismo, Mohammed Amin, dirigente más joven proveniente de un área rural de las afueras de Kabul que había estudiado Ciencias de la Educación en la Universidad de Columbia, jamás consentiría la invasión de las tropas soviéticas.

Entonces, la KGB le sugirió a Taraki que matara a Amin. Taraki intentó pero fracasó, porque la mayoría de los jalquis más radicalizados también se oponían a las tropas rusas. Finalmente, fue Amin el que mató a Taraki.

 Mientras tanto, la resistencia rural seguía creciendo. Amin se comunicó con Estados Unidos para pedir apoyo contra los soviéticos. Los estadounidenses se negaron. El gobierno soviético, temiendo que Amin lograra aliarse con los Estados Unidos o dirigir una rebelión, fortaleció su voluntad de asesinarlo. Pero ningún comunista afgano estaba dispuesto a hacerlo. Frente a los ataques violentos de los que era objeto, Amin se volvió cada vez más cruel y multiplicó las detenciones, las torturas y las ejecuciones.

Los tanques soviéticos llegaron a la frontera el 24 de diciembre de 1979. La Revolución de Saur había terminado. Los soviéticos ejecutaron a Amin y lo pusieron en su lugar a Babrak Karmal, recién llegado de su exilio moscovita. Las cárceles se llenaron de Jalquis. Lo más triste era que todo lo que decían los mulás y los islamistas educados sobre los comunistas, a los que concebían como instrumentos del ateísmo extranjero, parecía volverse realidad.

 En la primavera de 1980, las protestas nocturnas de la ciudad occidental de Herat se propagaron rápidamente hacia Kandahar y luego a Kabul. Los funcionarios de Kabul, uno de los bastiones comunistas más importantes, hicieron huelga contra la ocupación rusa. Las estudiantes de las escuelas de mujeres de Kabul, que habían sido fieles partidarias de la liberación de las mujeres y del comunismo, se reunieron en el patio y empezaron a gritarles a los hombres afganos para que se levantarán contra el invasor.

 

La ocupación rusa duró ocho años y se consolidó con tanques en las ciudades y con bombardeos aéreos en las zonas rurales. De una población total de veinte millones de afganos, un millón fue asesinado, otro millón sufrió alguna amputación a causa de los ataques y seis millones se exiliaron. Cuando todo terminó y los tanques soviéticos abandonaron el país, los caudillos islamistas tomaron el poder. El sueño del feminismo y del socialismo había muerto.

– Todas las ideas sobre la liberación de las mujeres fueron envueltas por un manto de sospecha.

Es cierto que entre los militantes hubo algunos que eran realmente crueles. Pero la mayoría eran como Tahir, personas dignas que soñaban con un mundo mejor. Cuando se tomó la decisión de imponer el socialismo contra la oposición de la mayoría, todas las batallas estaban perdidas.

Muchos militantes radicalizados en los años 1960 y 1970 aceptaban la idea de que el comunismo y el socialismo requerían una dictadura comandada por una minoría. A fin de cuentas, Karmal había aprendido política en las cárceles de Kabul, Tarki en Bombay y Amin en Nueva York. Los comunistas afganos solo hicieron lo que la izquierda global pensaba que había que hacer para cambiar el mundo. Por más terrible que haya sido, su tragedia no deja de ser la misma que se repitió en otros lugares.

Cuando conocí a Tahir, sus ojos se llenaban de lágrimas al hablar de la ignorancia y del sufrimiento de los campesinos con los que nos cruzábamos. Los comprendía y los amaba, y sabía perfectamente por qué era tan difícil convencerlos. Hace unos años estaba tomando una cerveza en Londres con un amigo afgano. Le pregunté si de casualidad conocía a Tahir. Sí, me dijo, un buen tipo, muy amable.

“Un parchamí”, agregó.

“Sí”, le dije, “un parchamí”.

Resulta que durante el otoño de 1978, justo antes de la invasión soviética, mi amigo había estado preso con Tahir en Jalalabad. Él logró salir, pero Tahir no. Mi amigo no tenía la certeza, pero estaba bastante seguro de que Tahir había sido ejecutado.

Espero que se haya equivocado. Pero sé que no."                     (Jonathan Neale, CTXT, 23/08/2021;Este texto se publicó originalmente en Jacobin. )

6/8/21

El malestar campesino: una reacción defensiva, de repliegue corporativista, de cerrar filas ante lo que perciben como un acoso (desprecio) desde fuera del sector agrario, especialmente del ecologismo... un movimiento de reacción emocional, difícil de contrarrestar con razones, y al que sólo le valen los hechos: mejores precios, reducción de costes, protección de los productos nacionales, relajación de los controles medioambientales, eliminación de las prohibiciones a las actividades tradicionales (como la caza)

 "El abastecimiento de alimentos, el cambio climático, la biodiversidad vegetal y animal, la despoblación rural, la digitalización, la renovación generacional, la nutrición, el paisaje, los recursos naturales… son temas que interesan a la sociedad en su conjunto. No son parte de un debate sectorial, sino integral, un debate de país, en el que los agricultores deben participar al ser un elemento fundamental en la producción alimentaria y la gestión de los territorios.

 Durante gran parte del siglo XX, y hasta los años 1970, el “agrarismo” era el discurso predominante en la mayoría de los países europeos occidentales, manifestándose de muy diversas maneras (en el folklore, la gastronomía, la política…) Según este discurso, la agricultura, y el mundo rural asociado a ella, representaba los valores esenciales de nuestra cultura y, por ello, y por su carácter estratégico en la producción de alimentos, se entendía que debía ser objeto de protección a través de las políticas agrarias.

En ese largo periodo, los agricultores eran el grupo social mayoritario en muchas comunidades locales, y sus organizaciones representativas (OPAs) eran reconocidas como interlocutores privilegiados en las instancias gubernamentales, tanto nacionales, como europeas. Los ministerios de agricultura encarnaban lo más granado del discurso “agrarista”, formando, junto a las OPAs, un “lobby” poderoso en los centros políticos de toma de decisiones.

Auge y caída del agrarismo tradicional

A escala de la UE, el agrarismo se manifestaría con nitidez cuando se creó la PAC (Política Agraria Común) a principios de los años 1960 y se implementó su estructura institucional. En ella, el COPA-COGECA adquiriría, como representante del sector agrario europeo, un estatuto privilegiado de interlocutor ante la Comisión Europea, participando activamente en el sistema de gobernanza de la PAC (comités consultivos agrícolas) y colaborando en la modernización productiva de la agricultura sobre la base de los avances tecnológicos y científicos impulsados por la entonces llamada “revolución verde” (mejora genética, fertilización con abonos químicos, plaguicidas, riego, mecanización…)

El citado proceso de modernización dio lugar a una situación paradójica. Si bien es cierto que el exponencial aumento de la producción agrícola y ganadera permitió asegurar en muchos países la suficiencia alimentaria, también lo es que comenzó en la opinión pública europea un proceso gradual de banalización de la agricultura, perdiendo el valor casi sagrado que se le había conferido durante siglos. Para las nuevas generaciones, asentadas en su mayor parte en las áreas urbanas, el lazo histórico entre producción agraria y consumo de alimentos comenzó a deshilacharse, diluyéndose ese vínculo emocional y afectivo que se tenía con todo lo que la agricultura y el mundo rural representaban.

Además, la aparición de los primeros efectos negativos en el medio ambiente hizo que los modelos intensivos de agricultura fueran objeto de críticas cada vez más fuertes por parte del movimiento ecologista. Asimismo, comenzaron a manifestarse en los mercados mundiales los primeros efectos disruptivos de las medidas proteccionistas de la PAC (precios de garantía, incentivos a la exportación…), atribuyéndosele a esta política la causa principal de tales efectos en los países en vía de desarrollo.

Asimismo, el cambio cultural (con la expansión de valores asociados, por ejemplo, al bienestar animal y a la protección del medio ambiente), así como las nuevas demandas de los consumidores (respecto a la nutrición, la calidad y salubridad de los alimentos) y la creciente percepción de los territorios rurales como espacios de ocio y recreación, contribuyeron a que la agricultura perdiera relevancia en tanto actividad productiva en la escala de valores de la población europea. La apertura de los mercados hacía que el abastecimiento alimentario ya no dependiera sólo de la producción nacional al poder recurrir a las importaciones de alimentos para satisfacer la demanda cada vez más variada de los consumidores.

Todo esto se fue reflejando en el ámbito político-institucional con la reforma de los ministerios de agricultura, dando lugar a nuevas áreas de gestión en las que iba aumentando la presencia de sensibilidades e intereses distintos de los estrictamente agrícolas (forestales, consumidores, ecologistas, conservacionistas, desarrollo rural, industria, comercio, distribución…) Junto a ello, la población agraria fue disminuyendo de forma inexorable en el territorio hasta ser en muchos municipios una minoría entre otras, reduciéndose su capacidad de influencia en las instancias de poder.

Asimismo, la tecnificación de muchas tareas agrícolas y ganaderas fueron aproximando los sistemas de producción agraria a los modelos industriales, generando procesos de diferenciación interna entre los agricultores y dando lugar a una amplia diversidad de tipos de explotaciones. Desde las muy tecnificadas y orientadas al mercado nacional e internacional, hasta las intensivas en mano de obra asalariada o las de base familiar vinculadas a los territorios locales, pasando por las que tienen a la producción ecológica como referencia, la diversidad es hoy el rasgo principal de la agricultura europea, diluyéndose el tradicional sentido de pertenencia a una comunidad de valores e intereses. Hay muchos tipos de agricultura y muchos perfiles de productores, variando sus demandas y la magnitud de los problemas que los acucian, y variando también sus discursos y actitudes.

No obstante, muchos agricultores, sobre todo los más vinculados a los territorios rurales, han ido percibiendo todos estos cambios con una sensación de pérdida, como una falta de reconocimiento social de su actividad. La alta valoración recibida por su contribución al abastecimiento alimentario durante la pandemia COVID-19 les satisface sin duda, pero la sienten como un reconocimiento más retórico que real, al ver que sus problemas siguen siendo los mismos que antes del coronavirus (precios bajos, altos costes de producción, asimetría en su relación con la industria y la distribución, escasa rentabilidad de las explotaciones, competencia de los productos foráneos…)

En ese contexto, se observan dos formas de reacción por parte de los agricultores y sus organizaciones: una, de repliegue hacia el “viejo agrarismo” corporativista (cohesionado en torno a sentimientos y emociones), y otra, de apertura hacia un “nuevo agrarismo” (que intenta comprender mediante el debate y la razón el complejo escenario en que se mueven los temas agrarios y rurales). Son discursos y actitudes que atraviesan todo el sector agrario y que no son identificables ni con un tipo específico de agricultor ni con una organización profesional concreta, ya que pueden encontrarse en todas ellas con más o menos intensidad.

Repliegue corporativista

Encontramos, en efecto, una reacción defensiva, de repliegue corporativista, de cerrar filas ante lo que perciben como un acoso (desprecio) desde fuera del sector agrario, especialmente del ecologismo. Es una reacción que en algunos países sintoniza políticamente con el populismo de derecha (FN en Francia, Vox en España), y cuyos partidos encuentran en el malestar de los agricultores un buen caladero de votos. Pero es también una reacción que amenaza con romper la unidad interna de los sindicatos mayoritarios, tal como ya está ocurriendo con la emergencia de nuevas organizaciones, cada vez más receptivas al discurso del agrarismo corporativista.

Es evidente que esta reacción corporativa no encaja con el signo de los tiempos, ni con las grandes tendencias de cambio económico y cultural, y que corre el riesgo de verse enquistada en un programa de reivindicaciones sin salida. Pero es también evidente que refleja el malestar que existe realmente entre amplios grupos de agricultores. Es un malestar que no puede, ni debe, ser ignorado, ni por los responsables políticos ni por los representantes del sindicalismo mayoritario, a fuer de ver un sector agrario en permanente estado de revuelta, con los disruptivos efectos colaterales que ello puede ocasionar.

Es, además, un movimiento de reacción emocional, difícil de contrarrestar con razones, y al que sólo le valen los hechos: mejores precios, reducción de costes, protección de los productos nacionales, relajación de los controles medioambientales, eliminación de las prohibiciones a las actividades tradicionales (como la caza), supresión de los ataques contra la producción cárnica, levantamiento de las restricciones a la actividad agraria…

Esa es su fuerza en tanto banderín de enganche para muchos “agricultores al límite”, más también su debilidad en tanto son reivindicaciones imposibles de canalizar y aceptar por parte de los poderes públicos, cuyas competencias son más limitadas y menos efectivas de lo que creemos.

Apertura hacia un “nuevo agrarismo”

De otro lado, vemos una reacción no corporativista, sino abierta y en constante búsqueda de alianzas con grupos y movimientos sociales no vinculados directamente con la actividad agraria.

Son agricultores de muy diversas características sociales y económicas, que se esfuerzan por comprender la complejidad de los tiempos actuales; que asumen los retos y desafíos que se les plantea en materia de innovación tecnológica, digitalización, cambio climático, renovación generacional…; que abogan por la integración activa en la cadena alimentaria mediante mejores y más eficaces fórmulas contractuales; que impulsan redes de colaboración con los consumidores; que apuestan por el acceso de las mujeres a la titularidad de las explotaciones y a los órganos directivos de las organizaciones profesionales y cooperativas, y que son conscientes de que estos retos no pueden afrontarlos ellos solos encerrándose en un mundo rural que ya no existe.

Son agricultores que apuestan por la PAC, aunque haya cosas que no les gusten de esta política y se esfuerzan por modificarlas, participando en sus estructuras de gobernanza. Les incomoda la entrada de productos foráneos, pero saben que los mercados abiertos son también una oportunidad para dar salida a los productos nacionales mediante la exportación.

No es ésta, por tanto, una reacción corporativista y excluyente como la otra, sino consciente de la complejidad del escenario en que les ha tocado vivir a los agricultores y abierta a la búsqueda de alianzas con otros grupos sociales. Por ejemplo, con los consumidores a través de fórmulas innovadoras de proximidad (física o virtual); con la participación en plataformas abiertas como el Foro de Acción Rural; o alcanzando acuerdos con la gran distribución (como el alcanzado por UPA con la empresa LidL para la venta del aceite de oliva a precios que no estén por debajo de los costes de producción).

En esa búsqueda de alianzas, el nuevo agrarismo se presenta ante la sociedad con el orgullo de ser y sentirse agricultores, pero no desde la pretendida supremacía moral del agrarismo corporativo, sino desde la conciencia de que la agricultura es un asunto de todos y no sólo de los que trabajan la tierra y gestionan lo mejor que pueden sus explotaciones.

Reflexiones finales

Entre el repliegue corporativista de unos y el agrarismo abierto y renovado de otros, discurren hoy los debates sobre el papel a desempeñar por la agricultura ante los grandes retos que tiene la UE y que tiene España como país. Y todo ello a la espera de que se implemente la nueva PAC post-2021, se aprueben los Planes Estratégicos, finalice el periodo de pandemia y sepamos aprovechar los fondos de recuperación y resiliencia (next generation) procedentes de la UE.

En ese contexto, es más necesario que nunca renovar las bases del discurso agrarista, realzando la importancia de la agricultura en el bienestar de la sociedad y en el desarrollo y cohesión de los territorios. Pero haciéndolo no desde un repliegue hacia valores de un mundo ya pasado, sino asumiendo el reto de la modernidad cultural y económica desde una apertura hacia el futuro, con todas sus contradicciones y oportunidades.

Para ello, es importante que ese discurso encuentre receptividad en los grupos sociales a los que se dirige y también en las correspondientes instancias políticas, transformando las palabras en hechos. Precisamente por no ser un discurso emocional, sino construido sobre la base de las razones y los argumentos, necesita que su esfuerzo, no fácil, de convicción dentro del propio sector, se traduzca en resultados tangibles para poder así contrarrestar el viejo, pero aún atractivo, discurso corporativista que se extiende entre muchos agricultores.

Poco ayuda a ello abrir debates sobre temas complejos en momentos inoportunos como el actual, donde lo prioritario es salir de la crisis provocada por la pandemia COVID-19. Y menos aún si se abren desde el ámbito de la política (como ha hecho el ministro Garzón con el vídeo “Menos carne, más vida” o la ministra Ribera con el tema del lobo) sin medir sus efectos en un sector como el agrario muy sensible a lo que entienden como acoso y muy castigado por la pérdida de rentabilidad de las pequeñas y medianas explotaciones.

No dudo de que sean debates necesarios sobre temas importantes, pero su complejidad y sus implicaciones territoriales exige que se planteen con y no contra el sector agrario si se quiere que los agricultores participen en ellos."

(Eduardo Moyano Estrada , Profesor de Investigación (Catedrático) de Sociología del IESA-CSIC e Ingeniero Agrónomo, Crónica Popular, 02/08/21; fuente: eldiariorural, 10 de julio de 2021)

4/1/21

Tres concepciones de la Revolución Mexicana. Solo concibiéndola como parte de la revolución mundial puede encontrarse la explicación del carácter peculiar de la revolución mexicana de 1910-1920

 "En un nuevo aniversario de la Revolución Mexicana de 1910, recuperamos un fragmento de La revolución interrumpida. México 1910-1920: una guerra campesina por la tierra y el poder (Era, 1971), de Adolfo Gilly.

«La historia de las revoluciones es para  nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos», dice Trotsky en el prólogo de su Historia de la revolución rusa.

Esa es también la historia de la revolución mexicana.

En representación de toda la nación explotada, las masas campesinas mexicanas fueron capaces, en diez años de guerra civil, de rehacer el país de arriba abajo y con él rehacerse a sí mismas; de alzar como figuras mundiales a sus dos más grandes dirigentes, Emiliano Zapata y Pancho Villa; y de influir poderosamente en toda la revolución latinoamericana y en toda la experiencia y la continuidad de las revoluciones nacionalistas, agrarias y antiimperialistas de este siglo.

La revolución mexicana, como todas las grandes revoluciones de la etapa de la dominación mundial del capitalismo, forma parte de la revolución mundial. Y de esta hay que partir para comprender su carácter, así como el desarrollo y la estructura anterior del país que transformó para comprender sus particularidades. Los pueblos hacen sus revoluciones, aun sin saberlo, basándose en la revolución mundial –porque sus países forman parte de la economía mundial—, pero traduciéndola al lenguaje de sus experiencias anteriores y expresándola en los términos de las condiciones nacionales heredadas.

Eso hicieron las masas mexicanas en 1910-1920, y eso hacen hoy. Comprender aquel período crucial y su continuidad histórica tiene una importancia decisiva, entonces, no tanto para la investigación histórica como para las actuales tareas revolucionarias en México, porque de allí vienen y parten las masas mexicanas para organizar sus luchas. Ninguna acción revolucionaria trascendente y consciente puede organizarse en México fuera de la comprensión científica —es decir, marxista— de la revolución mexicana y fuera de su corriente central. Esto es válido no solo para México, sino para todas las grandes revoluciones cuyas conquistas y objetivos permanecen vivos y actuales en la conciencia de las masas, cualesquiera sean las vicisitudes o las desviaciones de sus direcciones o sus representantes transitorios.

La historia de la revolución mexicana y su carácter han sido desfigurados, y sus rasgos esenciales ocultados, por los historiadores y comentaristas burgueses. Ellos escriben como apologistas o detractores, nunca como analistas objetivos. Comprender la revolución es comprender la ilegitimidad histórica y la inevitable desaparición próxima de la burguesía mexicana, y la función de ellos es la contraria: explicar su perdurabilidad y justificar su legitimidad en el poder. El carácter de clase de esos historiadores y comentaristas les veda la objetividad precisamente sobre una revolución que sigue viva en la conciencia del pueblo mexicano.

Por otra parte, ellos no reconocen en las masas a los protagonistas de la revolución —aunque a veces lo afirmen superficialmente— sino que las ven como la materia inerte moldeada por la voluntad de algunos dirigentes. Y mientras estos han dejado el registro de sus dichos, sus iniciativas y sus escritos, los verdaderos protagonistas hacen la historia, pero no la escriben: «las clases oprimidas crean la historia en las fábricas, en los cuarteles, en los campos, en las calles de las ciudades. Mas no acostumbran ponerla por escrito. Los períodos de tensión máxima de las pasiones sociales dejan en general poco margen para la contemplación y el relato. Mientras dura la revolución, todas las musas, incluso esa musa plebeya del periodismo, tan robusta, la pasan mal», dice Trotsky en ese mismo prólogo.

Entonces la revolución mexicana se les presenta a esos escritorios como una inmensa confusión, donde las grandes palabras de los dirigentes burgueses o pequeñoburgueses que hablan o escriben no tienen correspondencia cabal con sus acciones, y las grandes acciones de las masas no tienen voz que las represente directamente. Y todos los esfuerzos de los historiadores y apologistas burgueses se concentran en ajustar aquellas palabras con esas acciones. Como no hay tal ajuste, sus argumentos y sus interpretaciones rechinan constantemente y el resultado es la oscuridad del entendimiento, la superficialidad del texto y el tedio del lector.

Un ejemplo de esto es el carácter misterioso, a veces metafísico, que en esas interpretaciones, aunque los autores no se lo propongan, adquieren las figuras de Zapata y de Villa, que aparecen como fuerzas naturales o ancestrales, como hombres rudos, ingenuos o astutos, manipulados por otros más cultos y capaces, pero nunca como lo que realmente fueron: los más grandes dirigentes de las fuerzas que llevaban entonces en sus armas el progreso de México y que los convirtieron a ellos, ante los ojos de las masas campesinas de América latina y del mundo, en representantes y símbolos de la capacidad y la decisión revolucionaria que ellas mismas encierran y despliegan.

En cambio las masas mexicanas no tienen dudas ni misterios. Las figuras de Emiliano Zapata y Pancho Villa son diáfanas y nítidas, y sus grandes sombras claras, como jefes de la época heroica de una revolución que aún no ha terminado, cubren todavía la vida entera de México porque siguen vivas en la mente de su pueblo. Es que en ella siguen vivas la revolución, la conciencia de esta como una época de oro en cuyo auge las masas intervenían, decidían su destino y gobernaban su vida con sus propios métodos frescos, sencillos y claros, y la confianza de que nunca les pudieron arrebatar sus conquistas fundamentales —las de ellas, no las de las clases enemigas— y de que esas conquistas son el puente entre aquella y esta etapa de la historia. No es la menor de esas conquistas la seguridad histórica de haber hecho ya una revolución, haber destruido una vez armas en mano el poder y el ejército de sus explotadores y haberles ocupado su orgullosa capital con los dos grandes ejércitos campesinos, la división del norte y el ejército libertador de sur.

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Todas las interpretaciones de la revolución mexicana (las que pretenden estar dentro del campo de la revolución, pues no nos interesan aquí las otras) pueden agruparse en tres concepciones fundamentales: la  concepción  burguesa,  compartida  por  el  socialismo  oportunista y reformista, que afirma que la revolución, desde 1910 hasta hoy, es un proceso continuo, con etapas más aceleradas o más lentas pero ininterrumpidas, que va perfeccionándose y cumpliendo paulatinamente sus objetivos bajo la guía de los sucesivos «gobiernos de la revolución».

La  concepción  pequeñoburguesa  y  del  socialismo  centrista,  que sostiene que la revolución de 1910 fue una revolución democrático-burguesa que no logró sino parcial o muy parcialmente sus objetivos —destrucción del poder de la oligarquía terrateniente, reparto agrario y expulsión del imperialismo—, no pudo cumplir sus tareas esenciales y es un ciclo cerrado y terminado. En consecuencia, es preciso hacer otra revolución que nada tiene que ver con la pasada: socialista dicen unos, antiimperialista y popular otros, más preocupados por las declaraciones «revolucionarias» y por no entrar ellos mismos en contradicciones que por la seriedad política y científica.

La  concepción  proletaria  y  marxista, que dice que la revolución mexicana es una revolución interrumpida. Con la irrupción de las masas campesinas y de la pequeña burguesía pobre, se desarrolló inicialmente como revolución agraria y antiimperialista y adquirió, en su mismo curso, un carácter empíricamente anticapitalista llevada por la iniciativa de abajo y a pesar de la dirección burguesa y pequeño-burguesa dominante. En ausencia de dirección proletaria y programa obrero, debió interrumpirse dos veces: en 1919-1920 primero, en 1940 después, sin poder avanzar hacia sus conclusiones socialistas; pero, a la vez, sin que el capitalismo lograra derrotar a las masas arrebatándoles sus conquistas revolucionarias fundamentales. Es por lo tanto una revolución permanente en la conciencia y la experiencia de las masas, pero interrumpida en dos etapas históricas en el progreso objetivo de sus conquistas. Ha entrado en su tercer ascenso —que parte no de cero, sino de donde se interrumpió anteriormente— como revolución nacionalista, proletaria y socialista.

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La burguesía llama revolución a su propio desarrollo: el movimiento revolucionario de 1910-1920 le abrió las puertas de su enriquecimiento y crecimiento como clase y le dio el poder político. Pero como en cambio no le dio la condición indispensable de la estabilidad y de la seguridad de clase: base social y legitimidad histórica ante las masas, es decir, aceptación por estas de la dominación burguesa como una conclusión natural de la revolución y de la historia, la burguesía mexicana se vio obligada a hacer lo que ninguna otra hace en condiciones mínimamente normales: a hablar desde hace más de cincuenta años en nombre de la  «revolución». Lo hace para contener, desviar y engañar, sin duda. Pero en otros países, donde se siente más segura y no debe depender de las masas sino ante todo de su propia estructura social, económica y  política de clase dominante, no lo hace. La afirmación de la burguesía de que «la revolución continúa» es la confirmación negativa, el reflejo invertido, del carácter permanente de la revolución interrumpida.

Pero no es esta concepción burguesa lo que nos interesa ahora discutir. Aparte de que no la aceptan la vanguardia revolucionaria ni las masas, su falsedad queda demostrada por el curso mismo de la exposición de este libro, sin necesidad de polémica particular alguna.

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La concepción pequeñoburguesa y del centrismo socialista tiene un origen teórico que sus defensores generalmente no imaginan: la creencia de que, en la época del imperialismo, las revoluciones se desarrollan como revoluciones nacionales —entiéndase bien, no nacionalistas sino nacionales—; es decir, que las revoluciones son independientes entre sí, únicas, y se producen dentro de cada país como en un recipiente cerrado. De la riqueza de la idea marxista sobre las particularidades nacionales de cada revolución como expresión concreta de un proceso mundial, esta concepción desciende el esquematismo académico de la teoría de los «modelos» de revoluciones: el «modelo» chino, el «modelo» yugoslavo, el «modelo» cubano. Y de esta solo hay un paso —que se recorre en un sentido o en otro— a la teoría aún más escuálida de los «modelos» de socialismo o de construcción del socialismo.

La base de esta concepción tiene un nombre preciso: es la teoría del socialismo en un solo país, o de la construcción del socialismo país por país. Es la vieja concepción centrista del «socialismo nacional», refutada ya por Marx y Engels, reformulada por Stalin en 1924, a la muerte de Lenin, y convertida desde entonces en el fundamento teórico del programa y de la práctica de los partidos comunistas.

La otra cara de esta misma idea es la concepción de la revolución por etapas, cada etapa con sus objetivos independientes de los de la siguiente, autónoma, separadas entre sí por todo un lapso histórico y además rigurosamente sucesivas: un país no puede «saltar» a la siguiente etapa sin antes haber cumplido y completado las tareas históricas de la anterior. No puede, entonces, pasar a las tareas de la revolución socialista sin antes haber terminado la revolución democrático burguesa, completado sus tareas agrarias y antiimperialistas y abierto así un período histórico de desarrollo del capitalismo nacional sobre cuya base recién puede plantearse la revolución socialista.

Desde la revolución rusa hasta hoy la historia de todas las revoluciones, victoriosas o derrotadas, sin excepción alguna, ha desmentido esta teoría, demostrando al contrario que no hay ningún lapso histórico de desarrollo social del capitalismo entre las tareas agrarias y antiimperialistas con que comienza la revolución en los países llamados atrasados y su trasformación en el curso del proceso revolucionario en los objetivos socialistas y la lucha por el poder obrero. Y a la recíproca, que la culminación como revolución socialista y como poder obrero es la condición indispensable para que la revolución agraria y antiimperialista, la revolución nacionalista, en lugar de verse condenada después de su primer auge al estancamiento y al retroceso, pueda cumplir sus objetivos hasta el fin y completarlos y afirmarlos definitivamente junto con las medidas socialistas bajo la forma estatal de gobierno obrero y campesino.

La  teoría  del  socialismo  en  un  solo  país  y  de  la  revolución  por etapas —teoría que responde a una concepción de clase pequeñoburguesa de la revolución, por eso su carácter centrista— no solo ha sido desmentida por los hechos, sino que ha sido refutada en el plano de las ideas, como negación del marxismo y del leninismo, en toda la obra de Trotsky. Es suficiente mencionar aquí dos resúmenes clásicos de estas polémicas expuestos por el mismo Trotsky: «Dos concepciones», prólogo de 1933 a la edición norteamericana de La revolución permanente, y «Tres concepciones de la revolución rusa», apéndice al Stalin, de 1940.

Pero no basta que una teoría sea refutada por las ideas y por los hechos para que no vuelva a resurgir y manifestarse, porque ella expresa no una comprensión errónea de algunos ideólogos sino una visión de clase que está en su raíz. Expresa en este caso, al nivel de las ideas —de lo cual los ideólogos, por definición, no tienen conciencia—, la participación y la influencia en la revolución de todas las capas pequeñoburguesas de la sociedad, incluidas las capas afines a la pequeña burguesía por su vida, su pensamiento y su situación social, como las burocracias de las organizaciones obreras y de los Estados obreros.

Es la universalización actual de la revolución, su carácter mundial y permanente, el ascenso del papel del sistema de Estados obreros como centro objetivo de la revolución mundial, el retorno parcial pero creciente de los Estados obreros a su función revolucionaria, la alianza generalizada de las revoluciones nacionalistas con los Estados obreros y con el proletariado de los países capitalistas avanzados como la expresión más amplia de la alianza obrera y campesina mundial con el programa socialista, la desintegración mundial del imperialismo y de sus posiciones —en suma, es el ascenso social y político, orgánico y programático del proletariado como centro y dirigente del proceso de la revolución socialista mundial, lo que arrincona, desarma y va fragmentando y haciendo a un lado a todas las posiciones políticas basadas en concepciones nacionales o regionales de la revolución.

No las elimina, porque es aún un proceso en el cual la revolución mundial, impulsada por esa irrupción violenta, universal e incontenible, va buscando y desarrollando los elementos de un centro de masas consciente, es decir, marxista; y mientras ese centro todavía no existe, no por eso se detiene el curso tumultuoso de la revolución que lo prepara. No elimina esas posiciones y esas concepciones, pero las fragmenta en forma infinitamente más poderosa que todas las polémicas del pasado, les impide afirmarse en las cabezas, las lleva a mezclarse con posiciones revolucionarias e internacionalistas parciales.

El eclecticismo de la ideología del socialismo nacional o regional —la misma expresión, «socialismo nacional», es en sí ecléctica—, cuando la sostienen direcciones de organizaciones de masas o ligadas a los Estados obreros (como los partidos comunistas), o direcciones de revoluciones o de Estados obreros, así como en el pasado se inclinaba hacia el aspecto nacional y conciliador, hoy bajo el empuje de las masas se ve llevado a acentuar el aspecto internacionalista, socialista y revolucionario.

No deja de ser eclecticismo, pero su signo varía y se invierte el sentido de su marcha, y así como varía y se invierte el sentido de su marcha, y así como la ideología y la política del socialismo nacional antes era atraída hacia la alianza con la burguesía de cada país, ahora se ve empujada a la alianza con la revolución mundial.

Esta fragmentación mundial del  centrismo  bajo  el  embate  de  la revolución tiene su expresión particular en las corrientes y tendencias centristas de cada país, mucho más cuando se trata de los partidos comunistas que están indisolublemente unidos al proceso revolucionario que tiene lugar en los Estados obreros, y en especial en la Unión Soviética.

Esa es una de las principales fuentes de las actuales contradicciones de quienes interpretan a la revolución mexicana como una revolución burguesa ya concluida, colocados ahora frente a un nuevo ascenso revolucionario en México cuya tradición histórica, estructura social y carácter presente no aciertan a definir. Esas contradicciones se manifiestan tanto en las discusiones en el Partido Comunista Mexicano y en las corrientes, tendencias e ideólogos formados en su escuela, como en las tendencias pequeñoburguesas que hablan de «revolución violenta» o de «revolución socialista» en abstracto, sin acertar a definir sus vías, sus etapas y sus formas organizativas de masas.

Todas esas tendencias manifiestan su indignación moral por el uso demagógico que el gobierno y la burguesía hacen de la revolución mexicana para contener o desviar, y resuelven en consecuencia negar en bloque toda validez actual a la revolución mexicana. Como las masas sí la sienten viva y suya y obran como su corriente central y perdurable —la demagogia de la burguesía tiene esa base, no es que se realiza en el vacío—, entonces lo que esas tendencias hacen, en la medida de sus escasas fuerzas, es hacerle el juego a la maniobra de la burguesía para presentarse como propietaria, representante y usufructuaria de la revolución mexicana, de su tradición y de su perspectiva. Si la burguesía no lo consigue, es porque obreros y campesinos, en sus organismos, sus sindicatos, sus fábricas, sus ejidos, sus barrios y poblaciones, piensan y deciden con cabeza propia, no con la cabeza de los ideólogos y tendencias pequeñoburgueses  y  centristas. Logran en las masas entonces, incluso, confundir, influir y hasta atraer paulatinamente a un ala de esas tendencias o ideólogos ya influida por la revolución mundial y por la radicalización de la pequeña burguesía. Los  demás  han  quedado  y  quedarán fuera de la corriente central de la revolución, condenados a no comprender su pasado, a vivir marginados de su presente y a no desempeñar ningún papel importante en su futuro.

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La concepción marxista afirma que la revolución mexicana es una revolución interrumpida en su curso hacia su conclusión socialista. Es la aplicación de la teoría de la revolución permanente a todo el ciclo revolucionario de México desde 1910, como parte del ciclo mundial de la revolución proletaria abierto definitivamente con la victoria de la revolución rural y el establecimiento del Estado obrero soviético.

La base teórica de esta concepción está en la teoría marxista de la revolución permanente. Su antecedente para México, en los escritos de Trotsky sobre el periodo cardenista, verdadera mina de ideas, intuiciones y anticipaciones que ha sido apenas explorada [1]. Su desarrollo inicial, en la actividad política y teórica de la tendencia del Buró latinoamericano de la IV Internacional desde 1945 y hasta 1960, aproximadamente [2]. Esta constituyó el intento más consecuente —a pesar de sus indudables límites y errores, que condujeron a su posterior disgregación— de aplicar a América latina las concepciones de Trotsky sobre la revolución socialista y el nacionalismo en los países atrasados y dependientes y sobre la necesidad de la organización de un partido marxista fundido al movimiento real de la clase obrera y enraizado  en sus centros de trabajo y de vida. sin esta previa práctica teórica de partido, este libro no habría sido posible.

¿Por qué la revolución es interrumpida, y no concluida, total o parcialmente victoriosa, o total o parcialmente derrotada? Precisamente porque es permanente.

El campesinado mexicano se alzó en armas para conquistar la tierra. En el curso de su guerra campesina, se vio llevado a convertirla en una lucha por el poder y a poner en cuestión el derecho de propiedad burgués. Sobrepasó los límites y las medidas democráticas y aplicó medidas anticapitalistas empíricas. A través de ellas, desarrolló en la base de la revolución un contenido empíricamente anticapitalista que por sus limitaciones de clase campesina no pudo expresar en forma de programa consciente y de dirección estatal capaz de ejercer y mantener el poder. Le faltó para ello, entonces, la intervención dirigente del proletariado, con su programa y su partido, y la alianza obrera y campesina. Pero al mismo tiempo dio origen y alimentó a un ala pequeñoburguesa radical y socializante, nacionalista y antiimperialista, que ejerció una influencia decisiva en las dos primeras fases ascendentes (1910-1920 y 1934-1940); y que aún hoy la ejerce, como expresión política de la continuidad de la revolución pero también, ahora, como un puente hacia la dirección proletaria que se está formando en esta fase y que es la condición de su culminación socialista.

Esa guerra campesina derribó el poder político de los terratenientes y abrió camino al desarrollo económico y al poder político de la burguesía. Pero a diferencia de las guerras campesinas de otras épocas, la revolución mexicana dejó a esa burguesía sin bases sociales propias, condenada a depender de las masas que no pudieron ejercer el poder pero a las cuales ella tampoco pudo derrotar.

Esta diferencia fundamental tiene su explicación en la época histórica en que se desarrolló la guerra campesina mexicana: después de la Comuna de París y en vísperas de la revolución rusa.

Cuando en noviembre de 1917 triunfó la revolución proletaria en Rusia, ya había pasado el momento de auge de la revolución campesina en México. Pero no había concluido la revolución. Esta pudo entonces enlazarse con la etapa de las revoluciones proletarias victoriosas inaugurada en Rusia. El surgimiento de la Unión Soviética dio un golpe al capitalismo mundial del cual ya jamás pudo reponerse. Quebró la unidad de su sistema mundial, inició su desintegración. Estableció el comienzo de una dualidad de poderes mundial entre la burguesía y el proletariado. Entonces la inmensa insurrección campesina mexicana, si bien no pudo triunfar, tampoco pudo ser aniquilada por un capitalismo que había comenzado a perder su monopolio mundial del poder y cuya seguridad histórica entraba en crisis irreversible.

Solo en el plano mundial, y concibiéndola como parte de la revolución mundial —que es la única manera como puede concebirse en términos marxistas la revolución en cada país— puede encontrarse la explicación del carácter peculiar de la revolución mexicana de 1910-1920. No pudo llegar a desarrollar plenamente un carácter socialista, pero tampoco pudo liquidarla la burguesía una vez establecida en el poder. Estalló en la confluencia mundial de dos épocas: demasiado temprano para que pudiera encontrar una dirección proletaria, demasiado tarde para que la burguesía pudiera someterla totalmente a sus fines.

La  revolución  quedó  interrumpida. Quiere decir que no alcanzó la plenitud de los objetivos socialistas potencialmente en ella contenidos, pero tampoco fue derrotada; que no pudo continuar avanzando, pero sus fuerzas no fueron quebradas ni dispersadas ni sus conquistas esenciales perdidas o abandonadas. Dejó el poder en manos de la burguesía, pero le impidió asentarlo en bases sociales propias; le permitió un desarrollo económico, pero le impidió un desarrollo social. Dejó en cambio en las manos y en la cabeza de las masas una seguridad histórica inextinguible en sus propias fuerzas, en sus propios métodos, en sus propios hombres, en sus propios sentimientos profundos de solidaridad y fraternidad desarrollados, probados y afirmados en la lucha, en el trabajo y en la vida cotidiana. Entonces se mantuvieron vivas, en la conciencia de las masas y en sus conquistas esenciales, la revolución y la posibilidad de continuarla. Eso fue después del período de Cárdenas.

La revolución socialista nace de esta revolución, viene dentro de ella, en su continuación y su culminación. Es, al mismo tiempo, su superación y su trascrecimiento. Para completarse, la revolución democrática debe trascrecer en revolución socialista, lo cual significa una ruptura dentro de la continuidad, ruptura cuya esencia reside —como lo esbozó la Comuna de Morelos— en la constitución de un nuevo aparato de Estado, no ya burgués sino obrero. En la organización de ese trascrecimiento consiste hoy la tarea de continuar la revolución interrumpida.

Este libro es la explicación, la exposición y el desarrollo de esa concepción, a la cual toma como base y punto de partida.

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El método del marxismo es el que ha dado la explicación científica del carácter permanente —y por lo tanto, interrumpido— de la revolución mexicana. Pero esta concepción no es patrimonio exclusivo de los marxistas. Muy al contrario. En forma empírica, por la experiencia de sus luchas y su vida diaria, las masas mexicanas conciben a la revolución que ellas han hecho como una revolución interrumpida que hay que continuar el campesinado, que ha defendido contra todas las adversidades al ejido como una conquista, incompleta pero suya; el proletariado con larga tradición de organización sindical de las empresas estatizadas: petróleos, ferrocarriles, electricidad; los mineros, los textiles, los obreros del acero, cuyas tradiciones de combate se remontan hasta las épocas previas a la revolución; el joven, numeroso y poderoso proletariado industrial mexicano surgido y formado en los últimos veinte años, que trae la tradición revolucionaria de sus padres y abuelos campesinos y la influencia directa de la revolución mundial de esta época; la pequeña burguesía antiimperialista (técnicos, maestros, profesionistas, intelectuales, estudiantes, militares, oficinistas, etc.), continuadora de la que contribuyó en primera línea con sus hombres e ideas a la revolución, cuyo nacionalismo se orienta hacia las ideas socialistas —como ya sucedió en el cardenismo— y que tiene en las empresas estatizadas una base material que la sostiene y la genera incesantemente: es toda la población trabajadora de México la que comparte, de uno u otro modo, la idea verdaderamente nacional de que no hay que hacer una nueva revolución, sino continuar y completar la que fue interrumpida al final del período de Cárdenas.

Con el punto de apoyo decisivo que hoy le da la revolución mundial, esa idea se ha desarrollado como una fuerza incontenible. Las tendencias revolucionarias del nacionalismo, que vienen de la tradición de Múgica y de Cárdenas, antes interrumpidas ellas mismas en la maduración de su pensamiento revolucionario, hoy son impulsadas por todas esas fuerzas, se nutren de ellas y su propia concepción en ascenso de la revolución confluye con la concepción marxista. Es parte del proceso mundial de universalización objetiva del pensamiento marxista con que la humanidad se prepara a reorganizar y reconstruir la sociedad sobre bases solidarias, igualitarias y fraternales, es decir, socialistas.

Por eso, la concepción que el marxismo explica es la misma que el pueblo mexicano ha sentido, vivido, mantenido y expresado desde siempre en su propio lenguaje —desde los corridos populares revolucionarios hasta los murales de Diego Rivera. Y ese pueblo ha encontrado los medios para instalarla y expresarla en la sede misma del poder de la burguesía, recordándole a esta cada día el carácter transitorio y efímero de ese poder: eso son los murales de diego en el Palacio nacional, en los cuales el ciclo entero de la revolución mexicana culmina en el poder obrero y el marxismo.

Pero no basta que una concepción se exprese en las ideas, o en las ideologías, para cambiar el mundo. No basta siquiera que la acepten las masas, necesita organizarse como fuerza material efectiva. Como escribía Marx y repetía Lenin en sus Cuadernos filosóficos: «las ideas jamás pueden llevar más allá de un antiguo orden mundial; no pueden hacer otra cosa que llevar más allá de las ideas de ese antiguo orden. Hablando en términos generales, las ideas no pueden ejecutar nada. Para la ejecución de las ideas hacen falta hombres que dispongan de cierta fuerza práctica». Ahora bien, la revolución, interrumpida por dos veces, no solo dejó tradición de lucha, experiencia revolucionaria y seguridad histórica en la conciencia de las masas. Dejó también, como sostén de aquellas, bases materiales: económicas, políticas y sociales. Esas bases son, fundamentalmente, la propiedad estatizada, la organización ejidal y los grandes sindicatos obreros. No dejó, en cambio, el instrumento indispensable para impedir que esas bases materiales se estancaran y burocratizaran bajo la dirección estatal burguesa y que esta interrumpiera la revolución: la organización independiente del proletariado en su partido de masas y con su programa de clase.

Al no existir ese instrumento esencial de la independencia política y programática proletaria, el aspecto positivo de la función de los sindicatos como apoyo de la política antiimperialista del gobierno de Cárdenas, se complementó con un aspecto negativo: su sometimiento al Estado y al partido de gobierno, a través de la burocracia sindical organizada por lombardo Toledano. Ahí estaba en germen el charrismo sindical. No solo los sindicatos no pudieron impedir, por su dependencia del Estado, el viraje a la derecha de 1940, para el cual pesaron decisivamente los factores mundiales, sino que además el Estado arrastró en su curso reaccionario postcardenista a las organizaciones sindicales y desarrolló el aparato charro, verdadero carcelero del proletariado, como el principal sostén de la burguesía en el poder.

Pero a pesar del control de la clase obrera por los charros, esas bases materiales han persistido, sin que la burguesía haya podido eliminarlas. Ya no podrá hacerlo más, porque ahora se han ensamblado con los Estados obreros, la revolución mundial y la revolución latinoamericana. Esas bases son el punto de arranque para la continuación de la revolución, para la etapa que ya ha comenzado.

El carácter combinado de esta fase de la revolución —nacionalista y proletaria— exige que las ideas que toman como punto de partida esas bases materiales, se expresen en organismos, que es la forma como los hombres organizan su «fuerza práctica». Esos organismos son no solo un frente antiimperialista como aquel en que se apoyó Cárdenas en su época, sino además lo que entonces faltó: el partido independiente de la clase obrera. Las masas mismas han creado ya en las etapas anteriores la base orgánica de ese partido: los sindicatos. Sus bases programáticas han sido desarrolladas por la teoría: el marxismo. Por eso la lucha obrera por la recuperación de los sindicatos, arrebatándolos al control de los charros sindicales al servicio de la ideología y los intereses de la burguesía, se confunde progresivamente, a medida que se desarrolla, extiende y profundiza, con la lucha por la organización política independiente del proletariado y las masas.    Y la esencia de la independencia, su garantía y su eje, no está en los dirigentes las declaraciones o los estatutos, sino en el programa de clase —es decir, marxista— del partido. La adopción de este programa por las organizaciones sindicales y la decisión de estas de expresarlo en la única forma posible, no de sindicato sino de partido, solo puede ser resultado del proceso de desarrollo de las múltiples formas de las luchas de las masas combinado con la influencia y el ejemplo de la revolución mundial y la intervención de la vanguardia consciente.

La  construcción  de  ese  partido  obrero  —que  se  complementa  o se combina con la tarea inmediata de formar el frente antiimperialista— es la condición necesaria para la continuación de la revolución en sus conquistas antiimperialistas y anticapitalistas. sin partido estas pueden avanzar transitoriamente, pero no pueden afirmarse y consolidarse. El partido es el instrumento que, siendo capaz de organizar a las masas, concentra y organiza la fuerza práctica, social, que puede llevar a ejecución las ideas, el programa. «En términos generales, las ideas no pueden ejecutar nada. Para la ejecución de las ideas hacen falta hombres que dispongan de cierta fuerza práctica». Para la ejecución del programa de continuación y culminación socialista de la revolución,  hace  falta  el  partido.  La  misma  revolución  ha  creado  en los sindicatos los organismos de masas donde esta necesidad madura y la base de masas donde hallará punto de apoyo.

La revolución mexicana, en los sindicatos, en las fábricas, en los ejidos, en las empresas estatizadas, en las escuelas, asciende hacia partido obrero y hacia poder obrero. Y combina ya el desarrollo del nacionalismo revolucionario, del movimiento nacionalista antiimperialista, con el de las bases orgánicas y programáticas de la próxima fase socialista. Ambos desarrollos, a su vez, como cada fase ascendente de la revolución mexicana, se combinan con el ascenso paralelo de la organización y las luchas de las masas norteamericanas: los IWW primero, el CIO después, el nuevo ascenso de las luchas hoy. Así se prepara la culminación de la apasionada esperanza de las masas mexicanas que guio y unió a los campesinos zapatistas y villistas y que arrancó las grandes conquistas obreras, campesinas y nacionales con Cárdenas y Múgica. la fuerza práctica y organizada del proletariado hará realidad el presagio pictórico de Diego Rivera y el análisis teórico del marxismo.

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Este libro es también una historia de la revolución mexicana, considerada no desde el punto de vista de sus facciones dirigentes, triunfadoras o derrotadas, sino desde el de sus protagonistas, las masas mexicanas. Este método lo explica Trotsky (1972) en el prólogo ya citado:

Cuando en una sociedad estalla la revolución, luchas unas clases contra otras y, sin embargo, es de una innegable evidencia que las modificaciones en las bases económicas de la sociedad y el sustrato social de las clases, desde que comienza hasta que termina, no bastan, ni mucho menos, para explicar el curso de una revolución que en unos meses derriba instituciones seculares y crea a otras nuevas, para volver enseguida a derrumbarlas. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios está directamente determinada por los rápidos, tensos y violentos cambios que sufre la psicología de las clases formadas antes de la revolución. […] Solo estudiando los procesos políticos sobre las propias masas se alcanza a comprender el papel de los partidos y los dirigentes, que en modo alguno queremos negar. son un elemento, si no independiente, sí muy importante de este proceso. Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor por no contenidos en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor.

Ninguna organización y ninguna política revolucionaria pueden construirse en México al margen y fuera de la revolución mexicana. El objeto de esta obra no es hacer una investigación histórica ni exponer una tesis teórica. Es explicar y comprender para poder organizar la intervención revolucionaria. Es la defensa de las conquistas alcanzadas para preparar las luchas por las que vienen. En la revolución como en la guerra, como han dicho y repetido nuestros maestros, los que no son capaces de defender las viejas posiciones jamás conquistarán otras nuevas.

Las masas mexicanas han demostrado esa capacidad en grado máximo. Afirmada en esas posiciones y en el impulso de la revolución mundial, la revolución mexicana, a través de sus fuerzas centrales —obreros, campesinos, estudiantes, pequeña burguesía antiimperialista— discute hoy apasionadamente su pasado para organizar sus luchas presentes y preparar sus próximas victorias. Este libro forma parte de esa tarea colectiva."                   ( , Tres concepciones de la Revolución Mexicana, JACOBIN , 20/11/20)