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5/1/23

En la ceremonia de los Óscar, un actor propinó una bofetada a otro, por la emisión de un chiste, por otra parte, muy malo. ¿Qué significa eso? Significa que la ironía está dejando de existir... Incluso los actores tienen problemas para distinguir la realidad de la ficción

 "EL FIN DEL HUMANISMO.

 En la ceremonia de los Óscar, un actor propinó una bofetada a otro, por la emisión de un chiste, por otra parte, muy malo. ¿Qué significa eso? Significa que la ironía está dejando de existir. No se entiende. Incluso los actores tienen problemas para distinguir la realidad de la ficción. 

De manera que, en ausencia de esa distinción, todo es no-ficción. Todo (...) tiende a ser, por tanto, cierto, por lo que desaparece lo no cierto, el arte… la ironía. El siglo XXI puede ser, si nadie se ríe, una suerte de siglo IV, en el que desapareció el 90% de la cultura anterior.  Por lo mismo, empieza a ser una buena época para las culturas reaccionarias. (...)"           (Guillem martínez, CTXT, 31/12/22)

28/1/19

La inmensa mayoría de nosotros pensaba que la posibilidad de encontrar a Julen con vida era inferior a una entre un millón... A un extraterrestre que nos vigilara desde el espacio le costaría mucho trabajo entender como los seres humanos son capaces de ser solidarios hasta la locura y, a la vez, permitir la muerte masiva de niños como Julen en guerras, atentados, hambrunas, enfermedades curables y travesías en patera... fuimos la especie más altruista y sacrificada del planeta a la hora de proteger a nuestra tribu pero, a la vez, fuimos la especie más agresiva y cruel con aquellos que se cruzaban en nuestro camino...

"La inmensa mayoría de nosotros pensaba que la posibilidad de encontrar a Julen con vida era inferior a una entre un millón. También lo pensaban, sin duda, los mineros y guardias civiles que se han jugado la vida, literalmente, para llegar hasta él, los profesionales de todo tipo que han trabajado a ritmos inhumanos y la gente de Totalán que se ha volcado en ayudar a la familia y en facilitarle las cosas a los miembros del operativo… 

Y todos lo han hecho con el mismo esfuerzo y el mismo espíritu de sacrificio que si este endiablado reto de uno entre un millón fuera posible ganarlo

A un extraterrestre que nos vigilara desde el espacio le costaría mucho trabajo entender como los seres humanos son capaces de ser solidarios hasta la locura y, a la vez, permitir la muerte masiva de niños como Julen en guerras, atentados, hambrunas, enfermedades curables y travesías en patera

La razón de esta paradoja es antropológica: fuimos la especie más altruista y sacrificada del planeta a la hora de proteger a nuestra tribu pero, a la vez, fuimos la especie más agresiva y cruel con aquellos que se cruzaban en nuestro camino o considerábamos una amenaza.

Es fácil pensar que un niño de dos años forma parte de aquello que debemos proteger (aunque no faltan seres humanos que los martiricen, los rapten, los esclavicen o los asesinen por diversos motivos) pero también es cierto que para convertir esta protección en algo concreto y activo es importante convertirlo en algo concreto e identificable. 

Por eso nos conmueve mucho más un caso como el de Julen que una estadística sobre accidentes mortales en niños de corta edad

Esta cuestión introduce varios temas peliagudos: ¿por qué darle tanta cancha a Julen cuando hay tantos niños desaparecidos, accidentados o víctimas de enfermedades incurables?, ¿No hay algo de amarillismo en los medios que se vuelcan azarosamente sobre algunos casos y que obvian otros iguales o peores?, ¿Por qué los políticos, los artistas y los deportistas se vuelcan en algunos temas y en otros no?…

Sin duda hay algo injusto en la locura que ha generado un accidente como el de Julen porque hay muchos niños y familias que padecen tragedias iguales o incluso más flagrantes. Como también tuvo algo de injusto la conmoción que provocó en 2015 Aylan, el pequeño inmigrante ahogado en una playa turca, cuando entonces, como ahora, había y hay tantos otros niños ahogados en el más absoluto anonimato .

Sin embargo, y personalmente, creo que criticar estas “injusticias” es un error porque pueden cumplir una función irreemplazable a la hora de llamar la atención sobre determinadas problemas, a la hora de denunciar determinadas realidades o de poner en valor ejemplos de solidaridad y heroísmo como los que se han producido en Totalán. 

Si se cumplen estos objetivos, sea bienvenida la injusticia de focalizar determinados temas.
Nuestros antepasados, los homo sapiens, iniciaron su andadura llevándose por delante a una docena de especies de homínidos, primos suyos pero menos listos que ellos. Con semejantes antecedentes, todo esfuerzo es poco para dejar atrás el mero instinto grupal de autoprotección y avanzar hacia la bendita locura de ser más solidarios, más justos y más altruistas."                  (Groskke, la izquierda unida y más, 25/01/19)

24/11/16

La confianza en la humanidad, en nosotros mismos, es algo que constituye el fundamento del pensamiento de la izquierda

"(...) Por lo demás, si tú mismo admites, que la gente percibe, percibimos, la enorme dificultad de elaborar otra alternativa empírica de vida, ¿no hay aquí una paradoja marcada y difícil? ¿Cómo entonces, admitido lo anterior, salir, superar nuestra situación si tenemos pocas fuerzas y es tan difícil elaborar una alternativa de vida?

Creo que la confianza en la humanidad, en nosotros mismos, es algo que constituye el fundamento del pensamiento de la izquierda. 

Junto a las mayores atrocidades vemos actos constantes, numerosos, cotidianos, de generosidad humana: una madre con su hijo; un desconocido que atiende a un emigrante ecuatoriano que acaba de ser desvalijado por un desaprensivo en una estación de tren; el que clava papeles en el corcho de información para sus compañeros trabajadores en un centro de trabajo,... 

Mil generosas actitudes cotidianas de miles de personas. A partir de ahí, recordemos que si el mundo humano existe es porque, a cada instante, millones de personas lo crean, lo producen y lo reproducen, con su hacer: el mundo es producto de la actividad de los subalternos. 

Y que cada individuo más que se suma a la actividad por cambiar la sociedad tal como es hoy, es un individuo menos, uno menos que la apoya, uno más que la socava: "somos" una "suma cero". Toda sociedad, en consecuencia, aún la aparentemente más sólida, se fundamenta sobre un suelo formado por millones de granos de arena suelta, granos conscientes, los seres humanos.

 Seres humanos cuya consciencia se desdobla, se extraña, percibe como ajeno, extrañado y no propio este mundo que ellos hacen; lo prueba el hecho de que en todos los tiempos históricos, las clases dominantes han tenido que emplear muchos recursos para tratar de convencer a los subalternos de que no se puede anhelar cambiar el mundo -o que anhelar eso, no está bien, es "pecado", es "el" pecado de la "consciencia desgraciada" medieval, cristiana. 

Muy bien visto. 

Porque todo ser humano, todos, generamos reflexión sobre nuestro propio vivir, sobre la actividad generada por nosotros desde nuestra consciencia y sobre las expectativas, las necesidades conscientes que tenemos, como resultado de nuestra formación dentro de un ethos.

 Esta consciencia reflexiva, esta autoconsciencia, es ya un poder pensar y considerar evaluativamente, en perspectiva, desdobladamente, nuestro vivir y el mundo que lo produce. 

Toda autoconsciencia ejercida sobre nosotros mismos, nuestro vivir, nuestra comunidad, es un vernos como entidad distinta, separada, enfrentada, extrañada, con el mundo que nos ha construido; como en potencia capaces de vivir de otra forma, de hacer otra cosa que reproducirlo. 

Esa autoconsciencia es, solo por el hecho de operarse, negatividad: estudia su mundo, o sea, lo pone frente a sí. Pero todo esto es algo que toda mente humana hace cotidianamente; por eso necesitamos del arte, porque anhelamos mejorar nuestra autocomprensión de nosotros y nuestro vivir, expresándonos por medio de un objeto artístico y porque nos sabemos capaces de otras vidas…

 Y, bueno, el mundo humano siempre cambió, nunca ha dejado de ser "histórico". 

Bueno, me he puesto a rebuscar argumentos y me han salido bastantes. Está claro que la skepsis vale tanto contra el optimismo como contra el pesimismo…

Seguramente, pero tu defensa del esperancismo es muy hermosa, muy machadiana. (...)"       (Entrevista a Joaquín Miras Albarrán sobre Praxis política y Estado republicano. Crítica del republicanismo liberal, Rebelión, 22/11/16)

14/5/15

En una sociedad que muestra todo a todas horas, excepto el daño causado a las víctimas, el boxeo nos recuerda el precio que hay que pagar por la civilización

"Visto a golpe pasado, ya con las cuerdas destensadas y los guantes colgados, todas las expectativas, la publicidad y la increíble fortuna en juego por el ansiado encuentro entre Mayweather y Pacquiao eran a todas luces exageradas.

 “Cinco años para esto”, sentenció Mike Tyson. La denominación clásica de ‘combate del siglo’ le iba tan grande a lo que sucedió la madrugada del pasado sábado en Las Vegas que muchos pensaron que debía ser porque los treinta y tantos minutos de la pelea les habían durado cien años.

 Nada que ver con los auténticos ‘combates del siglo’ certificados por la tradición, es decir, esas peleas titánicas que son fuego, pasión, electricidad pura. Los que enfrentaron, por ejemplo, a Rocky Marciano y Jersey Joe Walcott, Sugar Ray Leonard y Roberto Durán, Muhammad Alí y Joe Frazier, Julio César Chávez y Meldrick Taylor, Micky Ward y Arturo Gatti.

Aun así, la pelea entre Mayweather y Pacquiao superó netamente en beneficios netos y repercusión mediática no sólo todos los anteriores combates mencionados juntos, sino cualquier espectáculo deportivo que se les ocurra, incluidos mundiales de fútbol, Olimpiadas, Superbowl y finales de tenis.

 Lo que llama la atención, más allá de la exhibición de coraje que supone un asalto de tres minutos, es la expectación despertada por un espectáculo tan prehistórico como dos tipos pegándose en calzones cortos. 

Es una escena que nos remite de inmediato a la Roma de los gladiadores, donde las apuestas también corrían de mano en mano, y más lejos aún, al pancracio griego, donde los luchadores peleaban con las piernas y los brazos, las manos protegidas por correas que a veces llevaban tachuelas para hacer más daño. Un combate de pancracio no terminaba hasta que uno de los dos contendientes se rendía o moría.

Hay una bellísima estatua de bronce rescatada en las Termas de Constantino, El púgil en reposo, que revela la fascinación que ha rodeado siempre el misterio de la lucha. La estatua también dio título a un libro de relatos (por cierto, también bellísimo) de Thom Jones, un escritor norteamericano veterano de los marines y boxeador profesional con más de 200 peleas a sus espaldas, a quien los médicos prohibieron que volviera al ring por miedo a que acabara con daños cerebrales irreversibles. Jones se volcó en la escritura e intentó conjurar el embrujo irresistible del pugilismo con el fraseo poderoso de un directo al hígado. 

En el último relato, el entrenador, en el intermedio del octavo o el noveno asalto, sube al rincón donde el protagonista está sufriendo un castigo atroz y discuten sobre si hay alguna posibilidad de victoria, si la fatiga y el dolor se evaporarán gracias a ese ensalmo fisiológico conocido como ‘segundo aliento’. Pero hace ya tiempo que el protagonista ha rebasado el segundo aliento, está roto por dentro y le pregunta a su maestro si alguna vez ha oído hablar de un tercer aliento. “Hay un tercer aliento”, responde el entrenador. “Está en algún lugar entre este asalto y la muerte”.

¿Por qué esta fascinación? Sospecho que la respuesta va mucho más allá de la evidente y burda glorificación de la violencia. Repudiar el boxeo por violento, en una época en que se borra una ciudad del mapa o se condena al hambre a muchedumbres enteras de un plumazo, es una estupidez y una hipocresía. Lo mínimo que puede responderse a ese repudio es que, mientras el ser humano siga siendo la bestia caníbal que es, el boxeo estará ahí para recordarle la necesidad de unas reglas, una liturgia y una ética. 

El boxeo es, precisamente, lo que nos distingue de los animales, que pelean instalados en un instinto atávico y no en una cultura. Fuera de la naturaleza, no existen peleas de perros o de gallos que no respondan a mecanismos jerárquicos o impulsos reproductivos. Pero cuando dos hombres suben al cuadrilátero, ese espacio regido por las leyes del marqués de Queensberry, no les ciega el odio, sino la rivalidad, y todas las tonterías y bravuconadas que se dicen son leños para aumentar la bolsa.

 A veces el guiñol se les va de las manos, como en el caso de Alí, al que Frazier no perdonó nunca los hirientes insultos con que calentaba la pelea, o la trágica muerte de Benny Paret, quien insinuó la posible homosexualidad de su rival unos días antes del encuentro. Norman Mailer cuenta cómo Emile Griffith, enloquecido, arrinconó a Paret, quien murió de pie, después de recibir 18 puñetazos seguidos en apenas unos segundos. Pero la muerte en el boxeo, como en el automovilismo o el alpinismo, siempre es un accidente, un azar trágico o un error del árbitro.

No. Sospecho que para muchos profanos lo insoportable del boxeo no es tanto su violencia como su obscenidad: la sangre, la fatiga, los golpes, la agresividad, el insensato despliegue de energía acumulado entre las 12 cuerdas. En una sociedad que intenta mostrarlo todo a todas horas, excepto el daño explícito causado a las víctimas, el boxeo nos recuerda demasiado a menudo el precio que hay que pagar por la civilización. 

Desde la mira telescópica (donde el cadáver apenas es un muñeco a través de un catalejo) hasta el dron (que convierte un bombardeo con cientos o miles de víctimas en un juego de ordenador), se trata de hacernos creer que el combate ya sólo es un simulacro, una cuestión de habilidad, de técnica, donde el sufrimiento propio y el del otro han quedado excluidos. 

Precisamente, la experiencia en primera línea de algunos soldados estadounidenses destinados en Irak y en Afganistán consistía en aislarse de la guerra mediante un casco integral donde atronaba música rock, órdenes de los mandos, cualquier cosa que los apartara del fragor y de la realidad de la batalla. Sin embargo, el boxeo nos recuerda que un puñetazo duele, es algo real, no una chispa en una pantalla o una pincelada roja en una película.

Joyce Carol Oates, autora el boxeo “es la mismísima imagen de la agresividad colectiva de la humanidad, de su continua demencia histórica”. No nos gusta que nos recuerden eso.

 También escribió a propósito de la monumental pelea entre Tommy Hearns y Marvin Hagler que la belleza suprema del boxeo consiste en un esfuerzo físico que se transmuta por obra de la gracia en un acto espiritual, lo mismo que el nacimiento, el sexo o la muerte:  

Lo cual nos retrotrae a la paradoja del boxeo, su obsesivo atractivo para muchos que encuentran no sólo un espectáculo que comporta sensacionales proezas de destreza física sino también una experiencia emocional imposible de comunicar con palabras; una forma de arte, como lo he sugerido, desprovista de análogo natural en las artes; por supuesto también es primitiva del mismo modo que pueden considerarse primitivos el nacimiento, la muerte y el amor erótico, e impone nuestro reticente reconocimiento de que las experiencias más profundas de nuestra vida son acontecimientos físicos, aunque nos consideramos, seguramente somos, seres esencialmente espirituales."               

(DAVID TORRES | Publicado: Cuarto Poder,

8/1/14

La tercera cultura. Por la unión de la cultura científica con la humanística

" (...) Sabemos que a mayor poder causal de un agente moral, mayor responsabilidad; y que la ciencia y la tecnología, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, han construido un tipo de poder causal sin parangón en épocas anteriores de la historia humana. Pero la asunción de responsabilidades por parte de científicos y tecnólogos deja bastante que desear. 

Continúa prevaleciendo la idea simplista de que “la ciencia es neutral”, y se traspasan los dilemas político-morales a “la sociedad”, quien se supone habrá de ser la que establezca límites. Lo cual podría ser un movimiento justificado si viviésemos en sociedades realmente democráticas compuestas por ciudadanas y ciudadanos cultos y participativos, y no en democracias demediadas como la nuestra. 

La falta de contacto entre ciencias experimentales, ciencias sociales y humanidades, la ruptura de los puentes entre conocimientos, y la compartimentación de la Universidad que proponen los nuevos “expertos”, nos abocan a una sociedad organizada en departamentos estancos, de hombres y mujeres incompletos, fragmentados.

La publicación póstuma de este libro inacabado de Paco Fernández Buey supone una excelente ocasión para revisar su tarea intelectual en torno a la filosofía de la ciencia y la c onstrucción del concepto de “tercera cultura”, con lo que implica de diálogo necesario, obligatorio, entre las ciencias experimentales, las ciencias sociales y las humanidades. 

Quizá se trate de la peor conocida entre las aportaciones del pensador palentino recriado en Barcelona, aunque sea una temática imprescindible para entender el siglo XXI. Porque no se puede imaginar la sociedad industrial sin entender cómo se crea la ciencia, sin comprender y evaluar el impacto de la tecnología en nuestra vida diaria, sin valorar las promesas y los peligros de la ciencia y la tecnología, eso que los sociólogos llaman “tecnociencia”. 

No parece conveniente ser socióloga y no tener noción sobre cómo funciona una tableta o un móvil. Como no es de recibo que las investigadoras, los científicos y los tecnólogos sean incapaces de mirar más allá del microscopio, aferrados a la falsa idea de la neutralidad de la ciencia. 

 Como apuntaba Hans Jonas, a más capacidad de incidir sobre la naturaleza y la sociedad y de transformarlas, mayor es la responsabilidad de quienes generan conocimiento y lo convierten en tecnología. De ahí la necesidad imperiosa del diálogo entre ciencias experimentales, ciencias sociales y humanidades como distintas perspectivas de los saberes humanos y el conocimiento universal. 

Entremos en materia y empecemos con un ejemplo. Para muchas personas ignorar que Picasso pintó el Gernika es imperdonable: una prueba lamentable de ignorancia. Pero creer, afirmar o escribir que debemos a Galileo la demostración de la redondez de la Tierra, o desconocer quiénes eran Copérnico, Kepler o Pasteur no serían errores esenciales sino mero descuido, tontería disculpable. 

A Paco Fernández Buey esto no le parecía ni justo ni razonable. A la misma altura que la poesía de Brecht, el Fausto de Goethe, el cine de Theo Angelopoulos o el análisis político-económico de El Capital ponía Paco conquistas culturales como el descentramiento de la Tierra como punto nodal del Universo, el establecimiento de la edad de nuestro planeta a partir de la radioactividad, o la teoría de la evolución. 

Todas estas aportaciones constituyen etapas decisivas en la historia de la cultura de los seres humanos, conozcamos o no sus mecanismos fundamentales; de la misma forma que podemos comentar y disfrutar de La flauta mágica de Mozart sin nunca haber estudiado solfeo. 

Paco apuntaba a que las dos culturas, la humanística y la experimental, debían confluir no en una tercera cultura, sino en la cultura, es decir, en una cultura sólida, y no sólo teórica, basada en el pensamiento crítico, que era la única que nos podía permitir “ser auténticos responsables de nuestra evolución para convertirnos en ciudadanos competentes en sociedades cohesionadas y más justas”. (...)

Una de nosotras (Alicia Durán) estudió magisterio antes de decidirse definitivamente por la física, y recuerda su periodo de prácticas enseñando matemáticas. Tenía que introducir el concepto de división, enseñar a dividir, a niños de 8 o 9 años. Su (maravillosa) profesora de didáctica de la matemática le sugirió que presentara un problema y dejara que los chicos lo resolvieran. 

A la objeción “pero no saben dividir” ella contestó: “sí saben, aunque no lo saben todavía”. Y así se hizo: Alicia les puso un problema que implicaba dos divisiones y los dejó pensar. A la media hora dieron sus respuestas. Habían resuelto el problema de cinco maneras diferentes, todas correctas.

 A partir de ahí fue fácil explicar la forma más sencilla de hacerlo, la más funcional -pero no la más correcta, ya que todas eran correctas. Una evidencia empírica de la búsqueda vana, de la ilusión del método, una demostración de los múltiples caminos, rectos o torcidos, que conducen al conocimiento. (...)

Y en esa tarea de atar los dos cabos sueltos –el interés por la función social de la ciencia y el miedo por las implicaciones de la tecnociencia-, y sin caer en ninguna apología ingenua del filosofar espontáneo del científico, Paco Fernández Buey siempre eligió el filosofar del científico acerca de sus prácticas por encima de la filosofía licenciada e institucionalizada de la ciencia.   (...)

 Cita Paco al gran humanista George Steiner: 

Hasta que los estudiantes de humanidades no aprendan seriamente un poco de ciencia, hasta que la gente que estudia lenguas clásicas o literatura española no estudie también matemáticas, no estaremos preparando la mente humana para el mundo en que vivimos. 

Si no entendemos algo mejor el lenguaje de las ciencias no podremos entrar en los grandes debates que se avecinan. A los científicos les gustaría hablar con nosotros, pero nosotros no sabemos cómo escucharles. Este es el problema. 

Steiner apunta a un problema crucial de nuestro tiempo. Si se quiere hacer algo en serio a favor de la resolución racional y razonada de algunos de los grandes asuntos socioculturales y ético-políticos controvertidos, no cabe duda de que los humanistas van “a necesitar cultura científica para superar actitudes sólo reactivas, basadas exclusivamente en tradiciones literarias”. 

Como tampoco cabe duda de que “los científicos y los tecnólogos necesitarán formación humanística (o sea, histórico-filosófica, metodológica, ética, deontológica) para superar el viejo cientificismo positivista que todavía tiende a considerar el progreso humano como una mera derivación del progreso científico-técnico”. 

Vivimos tiempos en que se venden teléfonos “inteligentes” y “libres” a gente a la que se quiere idiotizada y sumisa… ¡Más tecnología, mucha más tecnología! Que así obtendremos más justicia, más libertad real, más bienestar social, más igualdad y un mejor vivir.

 ¡Menudo cuento falsario, que diría León Felipe! Pero a pesar de la montaña de ejemplos que desmienten esta clase de propaganda, parecemos condenados a seguir repitiendo este alienante mantra. Paco solía recordar un comentario del periodista científico Vladimir de Semir: 

Hemos de luchar activamente para evitar que consiga cuajar la tercera cultura que se nos quiere imponer, la acultura basada en lo superficial y en la mediocre uniformidad de la circulación circular de las ideas enraizada en el pensamiento único y dirigido . 

Alfred Wegener, el geólogo y meteorólogo que teoriza la deriva de los continentes y la física de las placas tectónicas, va más allá, convocando a conjugar los resultados de las diversas ciencias para desvela r los estados anteriores de nuestro planeta: 

[…] todas las ciencias que se ocupan de los problemas de la tierra tienen que hacer su contribución, y solo con la reunión de todos los indicios proporcionados por ellas puede obtenerse la verdad; pero esta ide a no parece estar suficientemente extendida entre todos los investigadores…

Todas las pruebas que podemos proporcionar, remataba Wegener, presentaban el carácter engañoso de las presunciones. 

Solo reuniendo los datos de todas las ciencias relacionadas con el estudio del globo terrestre podemos esperar obtener la ‘verdad’, es decir, la imagen que sistematiza de la mejor manera la totalidad de los hechos conocidos y que puede, por consiguiente, pretender ser la más probable. E incluso en este caso, hemos de esperar que sea modificada en cualquier momento por nuevos conocimientos, sea cual sea la ciencia que la haya hecho posible. 

Aparece de nuevo en estas palabras del geofísico alemán, la idea de la ciencia y el conocimiento como construcciones colectiv as; quehacer compartido que ha de reconocer su carácter global, interconectado y sistémico. Al conocer e interpretar la naturaleza debemos ser capaces de valorar el todo y cada una de sus partes, para ser capaces de modificarla sin herir de muerte su estructura, ni a ninguna de sus criaturas. Ciencia como conocimiento vivo, dispuesto a validarse y reinventarse cada día.(...)

 “Desconocer que la cultura científica es parte esencial de lo que llamamos cultura (en cualquier acepción seria de la palabra) y despr eciar la base naturalista y evolutiva de las ciencias contemporáneas equivale en última instancia, y en las condiciones actuales, a renunciar al sentido noble (griego, aristotélico) de la política, definida como participación activa de la ciudadanía en los asuntos de la polis socialmente organizada.” Paco Fernández Buey defendía la necesidad de incorporar la cultura científica a la discusión ética, jurídica y política. 

Y subrayaba que sin cultura científica, sin la máxima cultura científica de la seamos capaces, no había posibilidad de intervención razonable en el debate público sobre la mayoría de las cuestiones que importan a las comunidades. Pues la ciencia, en sentido amplio, es ya parte sustancial de nuestras vidas. 

La mayoría de las discusiones públicas relevantes, ético-políticas o ético-jurídicas, requieren el máximo conocimiento posible del estado de la cuestión de las ciencias naturales: biología, genética, neurología, ecología, física nuclear, termodinámica. Y concretaba Paco con ejemplos significativos. 

Para orientarse en los debates sobre la actual crisis ecológica, la posibilidad de un desarrollo sostenible, el uso de los recursos fósiles o las energías renovables, necesitamos comprender los principios de la termodinámica, la idea de entropía y la flecha del tiempo, como ya mostraron Barry Commoner, José Manuel Naredo y Manuel Sacristán. Y para entender la necesidad de una ética medioambiental no antropocéntrica ayuda conocer la teoría de la evolución, como demuestra el paleontólogo Stephen J. Gould. 

Para empezar a combatir con argumentos racionales el racismo y la xenofobia ayuda, y mucho, el conocimiento de la genética de poblaciones. Para repensar lo que habitualmente se llama “alma” y “conciencia”, base de la sensibilidad moral de los seres humanos y objeto durante mucho tiempo de la atención exclusiva de la religión y de la filosofía (aquello que Ramón y Cajal había llamado “las misteriosas mariposas del alma”), ayudan las reflexiones de Francis Crick sobre la estructura neuronal del cerebro. 

En todo ello, Paco Fernández Buey aboga por un enfoque naturalista dentro de un contexto evolucionista y sistémico, pero conservando al mismo tiempo la autonomía de un filosofar que se quiere filosofía mundana o pública, lejos de las viejas tentaciones de construcción de sistemas metafísicos omnicomprensivos.

Pero para transitar este camino de doble vía, resulta también evidente que los científicos necesitan formación humanística. Porque la ciencia sin más no genera conciencia ético-política; del co nocimiento científico no se deriva directamente una conciencia ciudadana crítica. 

Como clásicamente sentenció Einstein, no se puede demostrar científicamente que no haya que exterminar a la humanidad. Las ciencias de la naturaleza y de la vida dicen poco sobre las razones que mueven al ser humano a pasar de la teoría a la decisión de actuar en favor la eliminación de las armas de destrucción masiva, la conservación del medio ambiente, la sustentabilidad del modo de producir y de vivir, el respeto a la diversidad o la protección de los animales no humanos. 

Paco Fernández Buey cita una declaración autocrítica del genetista francés Albert Jacquard: 

Gracias a la biología, yo, el genetista, creía ayudar a la gente a que viese las cosas más claramente, diciéndoles: vosotros habláis de raza, pero ¿qué es eso en realidad? Y acto seguido les demostraba que el concepto de raza no se puede definir sin caer en arbitrariedades y ambigüedades [...] 

En otras palabras: que el concepto de raza carece de fundamento y, consiguientemente, el racismo debe desaparecer. Hace unos años yo habría aceptado de buen grado que, una vez hecha esta afirmación, mi trabajo como científico y como ciudadano había concluido. Hoy no pienso así, pues aunque no haya razas la existencia del racismo es indudable. 

Decía Paco Fernández Buey que el humanista de nuestra época no tenía por qué ser un científico en sentido estricto (ni seguramente podía serlo), pero tampoco tenía por qué ser la contrafigura del científico natural o “el Jeremías, siempr e quejoso ante las potenciales implicaciones negativas de tal o cual descubrimiento científico o de tal o cual innovación tecno-científica”. 

 Si se limitaba a ser esa contrafigura, el humanista tenía todas las de perder. Según Paco, el humanista de nuestra época podría ser también un amigo de la ciencia, como lo eran, a veces, “los críticos literarios o artísticos, equilibrados y razonables, de los narradores, de los pintores y de los músicos”. 

Pero eso exige reciprocidad. La manera de entender la reciprocidad entre la cultura humanista y la cultura científica, y la asunción compartida del ignoramos e ignoraremos (tal como fue formulada en 1872 por el fisiólogo alemán Emil du Bois-Reymond), eran dos factores esenciales para perfilar el tipo de tercera cultura que se necesitaba al empezar el siglo XXI. 

Si hemos de aspirar en el siglo XXI a una tercera cultura, a otra cultura, y a una ciencia con conciencia, el éxito de esta aspiración depende tanto de la capacidad de propiciar el diálogo entre filósofos y cien tíficos como de la habilidad y precisión de la comunicación científica a la hora de encontrar las metáforas adecuadas para hacer saber al público en general lo que la ciencia ha llegado a saber sobre el universo, la evolución, los genes, la mente humana o las relaciones sociales. (...)

Este prólogo, escrito a ocho manos de una física reconvertida a la química, dos m atemáticos amantes de la filosofía y un humanista militante, es un intento de demostrar la anchura y altura del pensamiento de Paco; y es también un compromiso de contribuir a ese necesario diálogo entre culturas que se expresa en este libro que hoy ve la luz. Si no somos capaces de cumplirlo, que Paco y la historia nos lo demanden.
Madrid, Barcelona, primavera fría y lluviosa de 2013"                  (Alicia Durán, Jorge Riechmann, Jordi Mir y Salvador López Arnal, Rebelión, 29/10/2013)  

24/1/11

El hombre no es ninguna excepción


Tomás Pollán

"Bajo un título interrogativo -¿Fin de la excepción humana?-, este filósofo (Tomás Pollán) que se resiste a publicar lo que escribe recordó las tres grandes "afrentas" que, según Freud, la ciencia ha infligido al "amor propio" de los seres humanos:

cuando descubrió que la tierra no es el centro del universo; cuando la teoría de la evolución redujo a la nada el privilegio del hombre como un ser excepcional en la creación y cuando, con su teoría del inconsciente, el psicoanálisis sembró la sospecha de que el yo "ni siquiera es el amo en su propia casa". (...)

Si la filosofía se resiste a asimilar del todo la lección de Darwin es porque, por remoto que parezca, existe un vínculo entre la vieja doctrina de la unicidad de Dios y la de la excepción humana. Esta, dice Pollán, tiene "el estatuto de una trascendencia". Liquidar esa teoría es liquidar el antropocentrismo, el esencialismo y la teleología (la creencia en la existencia de una causa final).

A algunos les produce "zozobra" reconocer que el cosmos no emite señales, que es mudo e indiferente, dice Pollán. Lo mismo que admitir que la evolución no supone necesariamente progreso: "No se supera nada con el hombre". (...)

"Cambia la actitud. Y eso lleva tiempo, no se hace a golpe de decisión. Saber que hay una continuidad entre los seres vivos nos obliga a tener un mayor respeto hacia lo que nos rodea. Causar sufrimiento gratuitamente no se sostiene. Y siempre, claro, está el límite de la sobreviviencia: matar para comer".

¿Tienes derechos los animales? "Los derechos no tienen por qué ser lo más elevado. Tal vez el cuidado y el respecto sean más meritorios. ¿Aceptaríamos que un genio tiene más derechos que una persona normal? Si ahora se presentara aquí un homo erectus, ¿lo llevaríamos al zoo o a la escuela?"." (El País, 22/01/2011, p. 36)