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19/10/23

Contra la cultura de la cancelación, crítica de la cosmovisión woke... “una actitud cada vez más frecuente que consiste en retirar el apoyo, ya sea moral, económico, digital o social, a aquellas personas u organizaciones que, independientemente de la veracidad [validez] de sus argumentos, no cumplen con las expectativas de un sector de la sociedad que, en ese momento, ostenta cierto poder y lo ejerce limitando, con su intento de silencio al otro, la libertad de expresión. O sea cancelándolo”

 "Para abrir el apetito lector y como paradigma de las consideraciones críticas de Carmen Domingo: “Quizás la cancelación que ha sido más virulenta en los últimos tiempos ha sido la que ha sufrido el feminismo de la mano de la izquierda posmoderna y su teoría del género, o teoría queer […] lo que no podemos perder de vista es el efecto colateral más evidente del predominio del género frente al sexo y a que eso determine, en realidad, lo que eres: el borrado de las mujeres”.

Componen el nuevo (y muy recomendable) libro de la autora de Con voz y voto. Mujer y política en España entre 1913 y 1945 la introducción -“El comienzo de una idea”-, cuatro capítulos – “El nuevo macartismo: La cultura de la cancelación”, “Quema de brujas en el siglo XXI”, “Soy una víctima, luego existo”, “A por el fin de la Cultura de la Cancelación”-, un sucinto e informativo apéndice (“Diccionario de la Cancelación”), la bibliografía (¡afortunadamente incluye las Imposturas intelectuales de Sokal y Bricmont!) y las notas. Falta, sin ser esencial en este caso, un índice de nombres. Abren el libro dos citas -Ray Bradbury, Bertrand Russell- y una ilustración de María Torre Sarmiento.

 Estamos ante un libro en el que la autora habla del impacto de la Cultura de la Cancelación en Occidente, una cultura que está haciendo mella en la que llama izquierda posmoderna de nuestro país, “una actitud cada vez más frecuente que consiste en retirar el apoyo, ya sea moral, económico, digital o social, a aquellas personas u organizaciones que, independientemente de la veracidad [validez] de sus argumentos, no cumplen con las expectativas de un sector de la sociedad que, en ese momento, ostenta cierto poder y lo ejerce limitando, con su intento de silencio al otro, la libertad de expresión. O sea cancelándolo”.

Domingo construye su crítica con fuerza argumentativa y con excelente prosa, una prosa que atrapa al lector o a la lectora desde la primera página, al tiempo que ilustra sus agudas e informadas críticas con sorprendentes ejemplos, sobre los que nos advierte: “Solo puedo añadir que todos y cada uno de los ejemplos que doy son ciertos por más que, por momentos, puedan parecer invenciones. La bibliografía y la hemeroteca confirman que la realidad, una vez más, supera con mucho a la ficción”. Uno de los más citados: el de J. K. Rowling y las presiones a las que se vio sometida por declarar su apoyo a Maya Forstater, una investigadora inglesa que fue despedida por haber tuiteado que, en términos biológicos, una mujer sigue siendo una mujer aunque se sienta y declare hombre.

Algunas de las tesis o posiciones centrales de Domingo:

1. La Cultura de la Cancelación no es, desde luego, algo asociado a la modernidad. “El hecho de ‘cancelar’ a alguien por lo que piensa existe tiempos inmemoriales”.

2. Pero la llamada Cancel Culture – “denunciar a personas, obras e instituciones de tener un comportamiento, a juicio de quien lo critica, inadecuado”- es consecuencia de un fenómeno reciente: “nace en Estados Unidos hace unos cuarenta años y ha ido creciendo y cogiendo fuerzas con su popularización en redes sociales y con la posibilidad de ejercer el anonimato en las mismas, dando un poder a los usuarios que no se había visto antes”. Y de las redes ha soltado a todas las áreas sociales e incluso a la Universidad, que, en opinión de Domingo, ha pasado en menos de cincuenta años de “ser centro del saber y la discusión a ser centro del pensamiento único desde el que, justamente, se aplica la reprobación”. De hecho, a día de hoy, los ejemplos más llamativos provienen de los EEUU y de muchas de sus universidades (Domingo hace referencia a la buena reacción que representa la declaración de las Universidades de Stanford y Chicago de 2022 con el título Restoring Academic Freedom) y, por lo general, añade, “de las universidades que se encuentran en los estados más demócratas”, es decir, con mayor poder institucional del Partido Demócrata USA.

3. Los canceladores, observa Domingo, “presumen de abanderar la lucha en defensa de necesitados y oprimidos y ejercen presión en nombre de LA justicia, o, en puridad, de SU justicia”. Surge de este modo una paradoja: “la paradoja de que el cancelado -hablamos de minorías- se convierte en el opresor y, lo que sorprende más, que las minorías no quieren ser integrados en la mayoría, sino, por asombroso que parezca, mandar sobre ella y acabar cancelándola”.

4. Estaríamos ante una policía del pensamiento que no emana de un estado sino de la propia sociedad, “de sus sectores más jóvenes y progresistas [personas nacidas a partir de los noventa] que a su vez forman parte de otro movimiento, el woke, entendiendo con ello que, como dice el verbo inglés, al estar despiertos, son más sensibles a la aplicación de la justicia”. En realidad, apunta críticamente Domingo, a su idea de la justicia, “por cuya bandera acaban actuando como inquisidores, o sea, de forma injusta”.

5. ¿Quiénes son? Se trataría de jóvenes, de generaciones hiperconectadas a través de las redes sociales que presumen de alta conciencia social. Jóvenes que “se creen comprometidos con esa izquierda identitaria y de minorías, por lo general relacionados con movimientos antirracistas, LGTBIQ+… e incluso infiltrados en el feminismo posmoderno, pero que han olvidado por completo, o desconocen, los valores de la izquierda”. Jóvenes, de tipología múltiple y variada, entre los que existe como nexo de unión una línea ideológica canceladora que se asocia a una izquierda posmoderna que “ha pasado de preocuparse por la igualdad y las necesidades sociales -trabajo, sanidad, educación-, a centrarse en las minorías”.

6. La praxis de estos colectivos de jóvenes, con redes de influencias cada vez mayores, consiguen que sus “conspiraciones tengan cada vez más fuerza en no pocos casos hasta lograr afectar a la vida intelectual y artística de la sociedad en su conjunto”.

Por qué ideas disparatadas, y en muchos casos crueles, se pregunta Domingo, encuentran tanto en eco en ciertos grupos sociales. Su hipótesis: “la eliminación de las Humanidades, entre las que se encuentran la Filosofía y la Historia en los programas de enseñanza, asignaturas que fomentan el pensamiento crítico, facilita la deglución sin análisis de las causas que apelan a la emoción y destierran la razón”.

Uno de sus llamativos ejemplos de cancelación: “recientemente, en algunas librerías parisinas se ha intentado cancelar a la reciente Premio Nobel, Annie Ernaux, porque, decían, era antisemita, por su posición frente al problema palestino”.

Ni que decir tiene que las críticas a lo woke provienen también de la derecha, incluso de la derecha extrema. No es esa la posición de Domingo: “También han criticado la penetración woke el presidente del Partido Conservador británico Oliver Dowden y Boris Johnson. Lo curioso es que la crítica a lo woke, y lo que significa empaña las necesidades reales de la izquierda y por lo que esta debería pelearse. Y así, de nuevo, el postureo woke maquila en primer lugar, para pasar a olvidarse de las necesidades reales, del trabajo, la educación, la sanidad y las obligaciones del estado para con sus ciudadanos”.

No hay, por supuesto, en las venas y arterias de la escritura de Domingo ni una sola gota de transfobia. Con sus palabras: “Nada tenía, ni tiene, que ver la falta de libertad de expresión con la posibilidad de que las minorías irrumpan en el debate público y alcen su voz”. En no pocas ocasiones, recuerda, “sus reivindicaciones se han traducido en una mejora de la convivencia y del respeto a distintas opciones vitales, como el matrimonio homosexual o la igualdad de derechos laborales entre hombres y mujeres con independencia de su origen y condición, entre otras muchas”. Pero, para Domingo, “formar parte de una minoría no te da la razón, ni ejercer el activismo desde una supuesta izquierda garantiza, per se, que se actúe y se piense correctamente”. Para la autora hemos de plantearnos “qué ha pasado para que desde la izquierda, que antes trataba de integrar a todos los colectivos y de garantizar que no hubiese diferencias entre ellos, hoy baste con ser o sentirse un colectivo minoritario para conseguir una visibilidad y un poder muy por encima de la representación real e, incluso, la autoridad moral para excluir al resto. ¿Es esa la izquierda que queremos?”. La pregunta, desde luego, es retórica."                 (Salvador López Arnal , Rebelión, 23/09/2023)

10/3/21

Cómo los “intelectuales” franceses arruinaron Occidente: la explicación del posmodernismo y sus consecuencias... sus postulados "socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y ‘premoderna’."

 "A pesar del auge del posmodernismo en la izquierda, sus valores e ideas rara vez se comprenden bien. Este texto busca abonar a la comprensión de esos postulados, que, afirma la autora, "socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y ‘premoderna’." 

 El posmodernismo representa una amenaza no solo para la democracia liberal, sino para la modernidad misma. La frase puede parecer osada o incluso hiperbólica, pero la realidad es que el cúmulo de ideas y valores al interior del posmodernismo ha saltado los límites de la academia y adquirido gran importancia cultural en la sociedad occidental. Los “síntomas” irracionales e identitarios del posmodernismo son fáciles de distinguir y han sido ampliamente criticados, sin embargo, el ethos que subyace a ellos no se comprende bien. 

Así sucede en parte porque los posmodernos rara vez explican sus argumentos con claridad, y en parte como consecuencia de las contradicciones e inconsistencias inherentes a un pensamiento que niega la existencia de una realidad estable o de un conocimiento confiable. Sin embargo, al interior del posmodernismo hay ideas consistentes y comprenderlas es crucial si vamos a buscar contrarrestarlas. Son la base de los problemas que vemos hoy con el activismo por la justicia social, socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y “premoderna”.

El posmodernismo, en su acepción más sencilla, es un movimiento artístico y filosófico que comenzó en Francia en los años sesenta y produjo obras de arte desconcertantes y una “teoría” aún más desconcertante. Echó mano del arte avant-garde y del surrealismo y de ideas filosóficas de décadas anteriores, en particular de Nietzsche y Heidegger, de quienes tomó su anti-realismo y su rechazo al concepto del individuo unificado y coherente. Se opuso al humanismo liberal de los movimientos modernistas en el arte y las ideas, el cual, según los proponentes del posmodernismo, ingenuamente universalizaba una experiencia occidental, clasemediera y de hombres blancos.

Bajo la misma acusación rechazó la filosofía que valora la ética, la razón y la claridad. El estructuralismo, un movimiento que (a menudo con exceso de confianza) intentó analizar la cultura humana y la psicología según una serie de relaciones estructurales consistentes, fue blanco de ataques. El marxismo, con su comprensión de la sociedad a través de estructuras de clase y económicas, fue considerado igualmente rígido y simplista. Por sobre todas las cosas, los posmodernos atacaron a la ciencia y su objetivo de alcanzar el conocimiento objetivo de una realidad que existe independiente de las percepciones humanas, las cuales consideraban simplemente otra ideología construida y dominada por los presupuestos occidentales y burgueses. Decididamente de izquierda, el posmodernismo tuvo un ethos tanto nihilista como revolucionario que resonó con el zeitgeist de posguerra y post-imperio en Occidente. Conforme el posmodernismo se desarrolló y diversificó, su fase deconstructiva, inicialmente más intensa, se volvió algo secundario (pero aún fundamental) para su fase revolucionaria de “políticas identitarias”.

Un punto de discusión ha sido si el posmodernismo surge en reacción contra la modernidad. La era moderna es un periodo de la historia que vio el auge del humanismo renacentista, la ilustración, la revolución científica y el desarrollo de los valores liberales y los derechos humanos; un periodo en el que las sociedades occidentales poco a poco comenzaron a considerar a la razón y la ciencia como superiores a la fe y la superstición en tanto vías de acceso al conocimiento, y desarrollaron un concepto de la persona como miembro de la raza humana merecedor de derechos y libertades, y no como integrante de una serie de colectivos, sometida a rígidos roles sociales jerárquicos.

La Encyclopaedia Britannica dice que el posmodernismo “es en su mayoría, una reacción en contra de los presupuestos y valores de la época moderna en la historia occidental (en específico la europea)”, mientras que la Stanford Encyclopaedia of Philosophy niega esto y dice: “Más bien, sus diferencias se hallan al interior de la modernidad en sí, y el posmodernismo es una continuación del pensamiento moderno en un modo distinto”. Yo sugeriría que la diferencia está en si consideramos a la modernidad en términos de lo producido o de lo destruido. Si entendemos la esencia de la modernidad como el desarrollo de la ciencia y la razón, así como del humanismo y el liberalismo universal, entonces los posmodernos se plantean en oposición a esto. Si pensamos que la modernidad derriba las estructuras de poder, incluido el feudalismo, la iglesia, el patriarcado y el imperio, los posmodernos intentan continuar con este proyecto, pero sus objetivos ahora son la ciencia, la razón, el humanismo y el liberalismo. En consecuencia, las raíces del posmodernismo son inherentemente políticas y revolucionarias, aunque en un sentido destructivo, o como ellos lo dirían, en un sentido deconstructivo.

El término “posmodernismo” fue propuesto por Jean-François Lyotard en su libro La condición posmoderna, la cual definió como una “incredulidad respecto de los metarrelatos”. Un metarrelato es una explicación amplia y coherente para los grandes fenómenos. Las religiones y otras ideologías totalizantes son metarrelatos que intentan explicar el sentido de la vida o todos los males de la sociedad. Lyotard proponía reemplazarlos con “minirrelatos” para dirigirse a verdades de dimensiones más pequeñas y personales. Se dirigía así al cristianismo y al marxismo, pero también a la ciencia.

 Según él, “Hay un hermanamiento entre el tipo de lenguaje que se llama ciencia y ese otro que se llama ética y política”. Al vincular a la ciencia y al conocimiento que produce con el gobierno y el poder, lo que hace es rechazar su postulado de objetividad. Lyotard describe esta condición posmoderna descreída como algo generalizado, y dice que desde el final del siglo XIX comenzó una “erosión interna del principio de legitimidad del saber” que provocó un cambio en el estatus del conocimiento. Para la década de los sesenta, la “duda” y la “desmoralización” de los científicos “interfiere con el problema esencial, que es el de la legitimación.” No importa cuántos científicos digan que no están desmoralizados ni tienen más dudas de las que corresponde a un grupo de personas que trabajan con un método cuyos resultados siempre son provisionales y cuyas hipótesis nunca quedan “probadas”; nada lo disuadió.

En Lyotard vemos dos cosas: un relativismo epistémico explícito (una creencia en verdades o hechos personales o culturalmente específicos), y el privilegio de la “experiencia vivida” por encima de la evidencia empírica. Vemos también la promoción de una versión del pluralismo que privilegia las opiniones de grupos minoritarios por encima del consenso general de científicos o de la ética liberal democrática, a quienes se caracteriza como autoritarios y dogmáticos. Todo esto es consistente con el pensamiento posmoderno.

La obra de Michel Foucault se centra en el lenguaje y el relativismo, aunque aplicado a la historia y la cultura. Bautizó su aproximación como “arqueología” porque consideraba que estaba “descubriendo” aspectos de la cultura histórica por medio de los discursos registrados (un habla que promueve o asume una perspectiva particular). Para Foucault, los discursos controlan lo que puede “conocerse”; en distintos periodos y lugares, distintos sistemas de poder institucional controlan los discursos. Por eso, el conocimiento es un producto directo del poder. “En una cultura y en un momento dados, solo hay siempre una episteme, que define las condiciones de posibilidad de todo saber, sea que se manifieste en una teoría o que quede silenciosamente investida en una práctica”.1

 Yendo más allá, las personas en sí mismas están construidas culturalmente. “El individuo, con sus características, su identidad, en su hilvanado consigo mismo, es el producto de una relación de poder que se ejerce sobre los cuerpos, las multiplicidades, los movimientos, los deseos, las fuerzas”.2

 Casi no deja espacio a la agencia individual o a la autonomía. Como ha dicho Christopher Butler, Foucault “depende de la creencia en la maldad inherente a la posición de clase o la posición profesional del individuo, entendida como ‘discurso’, sin importar la moralidad de su conducta individual”. 3

 Presenta al feudalismo medieval y a la democracia liberal moderna como sistemas igualmente opresivos, y es partidario de atacar y criticar a las instituciones para desenmascarar la “violencia política que se ha ejercido a través de éstas de manera oculta”. 4

En Foucault vemos la expresión más extrema del relativismo cultural leído a través de las estructuras de poder, en las que la humanidad y la individualidad compartida están casi completamente ausentes. Al contrario, las personas se construyen por medio de su posición en relación con ideas culturales dominantes, ya sea como opresores o como oprimidos. Judith Butler echó mano de Foucault para elaborar su postura fundamental en la teoría queer que se enfoca en la construcción cultural del género, Edward Said para sus postulados sobre el poscolonialismo y el “orientalismo”, y Kimberlé Crenshaw en su desarrollo de la “interseccionalidad” y las políticas de la identidad. Lo vemos también en la equiparación del lenguaje con la violencia y la coerción, y la equiparación de la razón y el liberalismo universal con la opresión.

Fue Jacques Derrida quien propuso el concepto de “deconstrucción”, y también se sumó a la discusión sobre el constructivismo cultural y el relativismo cultural y personal. Se enfocó aún más explícitamente en el lenguaje. Su pronunciamiento más famoso, “no hay nada fuera del texto” tiene que ver con su rechazo a la idea de que las palabras se refieren a algo directamente. Más bien, “solo hay contextos sin un centro de anclaje absoluto”.

Por eso, el autor de un texto no es la autoridad sobre su significado. El lector o escucha produce su propio significado igualmente válido y cada texto “engendra infinitos nuevos contextos en un sentido absolutamente no saturable”. Derrida propuso el término différance, derivado del verbo “differer”, que significa tanto “posponer” como “diferir”. Esto quería indicar que no solo el significado nunca es definitivo sino que está construido por medio de diferencias, en especial por oposiciones. La palabra “joven”, solo tiene sentido en relación con la palabra “viejo”, y decía Derrida, siguiendo a Saussure, que el significado se construye por medio del conflicto entre estas oposiciones elementales que, para él, siempre son un positivo y un negativo. “Hombre” es positivo y “mujer” negativo. “Occidente” es positivo y “Oriente” negativo. Insistía en que “No estamos ante una coexistencia pacífica de un vis-a-vis, sino ante una jerarquía violenta. Uno de los dos términos se impone al otro (axiológica, lógicamente, etc.), se encumbra. Deconstruir la oposición, significa, en un momento dado, invertir la jerarquía”.

 La deconstrucción, entonces, implica invertir estas jerarquías percibidas; hacer que “mujer” y “Oriente” sean positivas, y “hombre” y “Occidente” sean negativas. Esto se debe hacer irónicamente para revelar la naturaleza arbitraria y culturalmente construida de estas oposiciones percibidas en un conflicto desigual.

En Derrida hay mucho más relativismo, tanto cultural como epistémico, y más justificaciones para las políticas de la identidad. Hay una negativa explícita a considerar que las diferencias pueden ser algo más que oposicionales, y por lo mismo un rechazo a los valores del liberalismo derivado de la Ilustración que busca sobreponerse a las diferencias y enfocarse en los derechos humanos universales y la libertad y el empoderamiento individual. Estamos ante la base de una “misandria irónica”, del mantra “el racismo inverso no es real” y la idea de que la identidad dicta lo que puede ser entendido. Vemos también un rechazo a la necesidad de que haya claridad en el habla y en los argumentos; a entender el punto de vista del otro y evitar malas interpretaciones. La intención del hablante es irrelevante. Lo que importa es el impacto del habla. Esto, junto con las ideas de Foucault, son la base de las creencias actuales en la naturaleza profundamente peligrosa de las “microagresiones” y el mal uso de la terminología relacionada con el género, la raza y la sexualidad.

 Lyotard, Foucault y Derrida son tres de los “padres fundadores” del posmodernismo, pero sus ideas comparten temas con otros “teóricos” influyentes y fueron suscritas por posmodernos posteriores que las aplicaron a una gran variedad de disciplinas dentro de las ciencias sociales y las humanidades. Hemos visto que estas ideas incluyen una alta sensibilidad al lenguaje a nivel de la palabra y la sensación de que lo que el hablante quiere decir es menos importante que cómo es interpretado, sin importar lo radical que sea esa interpretación. La humanidad compartida y la individualidad son en esencia ilusiones y las personas son propagadoras o víctimas de discursos dependiendo de su posición social, una posición que depende de su identidad más que de su involucramiento individual con la sociedad. La moral es culturalmente relativa, la realidad también. La evidencia empírica es vista con sospecha y lo mismo pasa con ideas culturalmente dominantes como la ciencia, la razón y el liberalismo universal. Se trata de valores de la Ilustración que son ingenuos, totalizadores y opresivos, y destruirlos es una necesidad moral. Importan mucho más la experiencia vivida, los relatos y las creencias de los grupos “marginalizados”, todas igualmente “verdaderas” y preferidas por encima de los valores de la Ilustración para así revertir la construcción social opresiva, injusta y totalmente arbitraria de la realidad, la moral y el conocimiento.

El deseo de “destruir” el status quo, de desafiar los valores ampliamente difundidos y defender a los marginados es en esencia algo absolutamente liberal. Estar en oposición a esto es decididamente conservador. Esa es la realidad histórica, pero estamos en un punto único en la historia en la que el status quo es en general bastante liberal, con un liberalismo que defiende los valores de la libertad, los derechos igualitarios y las oportunidades para todos sin importar la raza, el género o el sexo. El resultado es una confusión en la que los liberales de toda la vida que quieren conservar este tipo de status quo liberal son considerados conservadores, y aquellos que quieren evitar el conservadurismo a toda costa terminan defendiendo el irracionalismo y el iliberalismo. Mientras que los primeros posmodernos desafiaron al discurso con discurso, los activistas motivados por sus ideas se han vuelto cada vez más autoritarios y llevan aquellas ideas a su conclusión lógica. La libertad de expresión está bajo ataque porque el habla es ahora considerada peligrosa. Tan peligrosa que las personas que se consideraban liberales pueden justificar el responder al habla con violencia. Argumentar un punto de manera persuasiva por medio de argumentos razonados ha sido remplazado cada vez más con referencias a la identidad y con pura ira.

A pesar de la evidencia que indica que el racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia y la xenofobia están en sus niveles históricos más bajos en las sociedades occidentales, los académicos de izquierda y los activistas en favor de la justicia social manifiestan un pesimismo fatalista, habilitado por las prácticas de “lectura” interpretativa posmoderna que dan valor al sesgo de confirmación. El poder autoritario de los académicos y activistas posmodernos parece ser invisible para ellos, aunque es evidente para todos los demás. Como escribe Andrew Sullivan sobre la interseccionalidad:

Propone una ortodoxia clásica por medio de la cual se explica toda la experiencia humana –y por medio de la cual toda habla debe ser filtrada… Como sucedió con los puritanos de la antigua Nueva Inglaterra, la interseccionalidad controla el lenguaje y los términos del discurso.

El posmodernismo se ha convertido en un metarrelato lyotardiano, un sistema foucaultiano de poder discursivo y una jerarquía opresiva derridiana.

 Con frecuencia los filósofos le han señalado a los posmodernos el problema lógico de la autoreferencialidad. Sin embargo, estos no lo han resuelto de manera convincente. Como señala Christopher Butler, “la plausibilidad del argumento de Lyotard sobre el declive de los metarrelatos a final del siglo XX depende de recurrir a la condición cultural de una minoría intelectual”. En otras palabras, el argumento de Lyotard surge de los discursos que lo rodean en su burbuja académica burguesa y, de hecho, se trata de un metarrelato del que él no tiene la menor duda. Así mismo, el argumento de Foucault sobre el conocimiento como algo contingente a la historia debe ser contingente a la historia también y uno se pregunta por qué Derrida se ocupó de explicar la maleabalidad infinita de los textos con ese nivel de detalle si yo puedo leer su obra y decir que se trata de un cuento sobre conejitos con el mismo grado de autoridad que él.

Obviamente esta no es la única crítica que se le hace al posmodernismo. El problema más evidente del relativismo cultural epistémico ya ha sido abordado por filósofos y científicos. El filósofo David Detmer en Challenging Postmodernism, dice:

Consideremos este ejemplo, planteado por Erazim Kohak, “Cuando intento, sin éxito, meter una pelota de tenis dentro de una botella de vino, no necesito probar con distintas botellas de vino ni con distintas pelotas de tenis, aplicando los cánones de inducción planteados por Mill, para llegar a la hipótesis de que las pelotas de tenis no caben en las botellas de vino”… Ahora estamos en la posición de invertir la cancha ante [los argumentos de relativismo cultural del posmodernismo] y plantear la pregunta, “¿Si yo considero que las pelotas de tenis no caben en las botellas de vino, ¿puede demostrar con precisión cómo es que mi género, ubicación histórica y espacial, clase social, grupo étnico, etc., mina la objetividad de mi juicio?”

Sin embargo, ningún posmoderno le ha explicado su razonamiento, y más bien describe una conversación desconcertante que tuvo con la filósofa posmoderna Laurie Calhoun:

Cuando tuve la oportunidad de preguntarle si era o no era verdad que las jirafas son más altas que las hormigas, me dijo que no era un hecho sino un artículo de fe religiosa en nuestra cultura.

Los físicos Alan Sokal y Jean Bricmont hablaron de este mismo problema desde la perspectiva de la ciencia en su libro: Fashionable nonsense: Postmodern intellectuals’ abuse of science:

¿Quién puede negar en serio el “gran relato” de la evolución, salvo alguien que esté atenazado por un relato mayor y mucho menos plausible como el creacionismo? ¿Y quién querría negar la verdad de cierta física elemental? La respuesta es “algunos posmodernos”.

y

Hay algo muy extraño en la creencia de que al buscar leyes causales o una teoría unificada, o al preguntar si los átomos obedecen las leyes de la mecánica cuántica, las actividades de los científicos son inherentemente “burguesas” o “eurocéntricas” o “masculinistas” o incluso “militaristas”.

¿Cuánto amenaza el posmodernismo a la ciencia? Sin duda existen algunos ataques externos. En una protesta reciente en contra de una charla dada por Charles Murray en Middlebury, la gente que protestaba gritaba al unísono:

La ciencia siempre se ha usado para legitimar el racismo, el sexismo, el clasismo, la transfobia, la discriminación contra las personas con discapacidad y la homofobia, todo planteado como racional y como un hecho, y apoyado por el gobierno y el estado. En el mundo de ahora hay muy poco que sea un ‘hecho verdadero.

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Cuando los organizadores de la Marcha por la Ciencia tuitearon: “la colonización, el racismo, la migración, los derechos nativos, el sexismo, la discriminación por discapacidad, la queer-, trans-, intersexfobia y la justicia económica son temas científicos”

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, de inmediato muchos científicos criticaron que se politizara la ciencia y se perdiera de vista el énfasis en mantener a la ciencia lejos de las manos de la ideología interseccional. En Sudáfrica, el movimiento de estudiantes progresistas #ScienceMustFall y #DecolonizeScience anunció que la ciencia era solo un modo de conocimiento que a la gente se le había enseñado a aceptar. Sugirieron que la brujería era una alternativa.

A pesar de esto, la ciencia como metodología no se irá a ningún lado. No puede “adaptarse” para incluir al relativismo epistémico y los “conocimientos alternativos”. Puede, sin embargo, perder la confianza del público y por lo mismo, el financiamiento público, y esta es una amenaza que no puede desestimarse. Además, en un momento en el que los líderes del mundo dudan del cambio climático, los padres creen en la falsedad de que las vacunas causan autismo y las personas buscan homeópatas y naturistas para resolver problemas médicos serios, seguir minando la confianza de las personas en las ciencias empíricas es tan peligroso que representa una amenaza existencial.

Las ciencias sociales y las humanidades, sin embargo, están en riesgo de cambiar hasta quedar irreconocibles. Algunas disciplinas dentro de las ciencias sociales ya han cambiado. La antropología cultural, la sociología, los estudios de género, por ejemplo, han sucumbido casi completamente al relativismo moral y al relativismo epistémico. En mi experiencia, las letras inglesas también están enseñando una ortodoxia enteramente posmoderna. La filosofía, como hemos visto, está dividida. Lo mismo la historia.

Los posmodernos con frecuencia critican a los historiadores empíricos por asegurar que saben lo que sucedió en el pasado. Christopher Butler recuerda la acusación de Diane Purkiss en cuanto a que, cuando mostró evidencia de que las acusadas de brujería eran por lo general mujeres mendicantes y sin poder, Keith Thomas habilitaba un mito que funda la identidad histórica de los hombres en la “impotencia y el silencio de las mujeres”. Es de suponerse que debió haber dicho, contra la evidencia, que se trataba de mujeres ricas, o mejor aún, de hombres. Dice Butler:

Pareciera que los argumentos empíricos de Thomas simplemente contradicen el principio organizador del relato histórico de Purkiss: que debe ser utilizado para apoyar las nociones contemporáneas de empoderamiento femenino.

Yo me topé con el mismo problema cuando intenté escribir sobre raza y género en el siglo XVII. Había postulado que al público de Shakespeare no le habría costado entender la atracción de Otelo, un soldado cristiano de raza negra, hacia Desdémona, una mujer blanca, porque el prejuicio contra el color de la piel no se hizo prevalente hasta más adelante en el siglo, cuando el comercio de esclavos en el Atlántico adquirió más fuerza, y que las diferencias religiosas y nacionales eran mucho más profundas antes.

 Un eminente profesor me informó que la mía era una postura problemática y me preguntó cómo se sentirían las comunidades afroamericanas en Estados Unidos ahora por mi aseveración. Si las personas afroamericanas se sentían incómodas, era la implicación, entonces mi postulado tuvo que haber sido falso en el siglo XVII o sería moralmente equivocado mencionarlo ahora. En palabras de Christopher Butler:

El pensamiento posmoderno percibe que la cultura contiene una serie de historias que están en perpetua competencia cuya efectividad depende no tanto de recurrir a un estándar independiente de evaluación, y sí de recurrir a las comunidades en las que circulan.

Temo por el futuro de las humanidades.

Pero los peligros del posmodernismo no se limitan a ciertos núcleos de la sociedad aglutinados en torno de la academia y la justicia social. Las ideas relativistas, la sensibilidad al lenguaje y el enfoque en la identidad por encima de la humanidad o la individualidad se han vuelto más dominantes en la sociedad en general. Es mucho más sencillo decir lo que uno siente que examinar rigurosamente la evidencia. La libertad de “interpretar” la realidad según los valores de cada quien se alimenta de la tendencia muy humana de recurrir al sesgo de confirmación y al razonamiento motivado.

 Se ha vuelto un lugar común señalar que la extrema derecha ahora utiliza la política de identidad y el relativismo epistémico de una manera muy similar a la izquierda posmoderna. Claro, ciertos elementos de la extrema derecha siempre han sido divisivos en términos de raza, género y sexualidad, y dados a hacer propias perspectivas irracionales y anticientíficas. Sin embargo el posmodernismo ha producido una cultura mucho más receptiva a esto. Kenan Malik ha descrito este cambio así:

Cuando propuse que la idea de “hechos alternativos” se basa en “una serie de conceptos que en décadas recientes han sido utilizados por radicales”, no me refería a que Kellyanne Conway ni Steve Bannon, mucho menos Donald Trump, hubieran estado leyendo a Foucault y a Baudrillard… Más bien son sectores de la academia y de la izquierda quienes en décadas recientes han ayudado a crear una cultura en la que el relativismo de los hechos y el conocimiento no resulta algo problemático, y por lo mismo es más sencillo para la derecha reaccionaria no solo reapropiarse de ella, sino promover estas ideas reaccionarias.

Esta “serie de conceptos” amenazan con regresarnos a una época previa a la Ilustración, cuando la “razón” se consideraba no solo inferior a la fe, sino que también era considerada un pecado. James K. A. Smith, un teólogo reformista y profesor de filosofía, ha visto lo provechoso que esto resulta para el cristianismo y considera al posmodernismo como “un viento fresco del Espíritu, enviado para revitalizar los huesos secos de la iglesia”. En Who’s afraid of postmodernism?: Taking Derrida, Lyotard, and Foucault to Church, dice:

Estar comprometidos con el posmodernismo nos invita a mirar hacia atrás. Veremos que mucho de lo que sucede bajo el auspicio de la filosofía posmoderna tiene un ojo en las fuentes antiguas y medievales, y constituye una importante recuperación de modos de conocimiento, de ser y de hacer premodernos.

y

El posmodernismo puede ser un catalizador para que la iglesia recupere la fe, no como un sistema de verdad dictado por una razón neutral, sino como una historia que requiere “ojos que vean y oídos que escuchen”.

Quienes estamos en la izquierda debemos temerle a lo que “nuestro lado” ha producido. Claro, no todos los problemas de la sociedad son producto del pensamiento posmoderno, y no sirve de nada sugerir que así es. El alza del populismo y el nacionalismo en Estados Unidos y en Europa también tiene su origen en una extrema derecha fortalecida y en el miedo al islamismo provocado por la crisis de refugiados. Estar rígidamente en contra de los “guerreros de la justicia social” y echarle la culpa de todo a este elemento de la izquierda adolece a su vez de razonamiento motivado y sesgo de confirmación. La izquierda no es responsable de la extrema derecha ni de la derecha religiosa ni del nacionalismo secular, pero sí es responsable por no hacerle frente de manera razonable a preocupaciones razonables, y por lo mismo provocar que sea más difícil que las personas razonables la apoyen. Es responsable de su propia fragmentación, de sus exigencias de pureza y de las divisiones que provoca y que hacen que la extrema derecha parezca coherente y unida en comparación.

 Para recuperar la credibilidad, la izquierda debe recuperar el liberalismo fuerte, coherente y razonable. Para hacer esto, necesitamos vencer por la vía del discurso a la izquierda posmoderna. Necesitamos hacerle frente a sus oposiciones, divisiones y jerarquías con principios universales de libertad, igualdad y justicia. Debe haber una consistencia entre los principios liberales en oposición a todos los intentos por evaluar o limitar a las personas por raza, género o sexualidad. Debemos atender las preocupaciones sobre migración, globalización y políticas de identidad autoritarias que dan poder a la extrema derecha en lugar de tildar a las personas que las expresan de “racistas”, “sexistas” u “homofóbicas”, y acusarlas de violencia verbal. Podemos hacer esto y al mismo tiempo oponernos a las facciones autoritarias de la derecha que son realmente racistas, sexistas y homofóbicas, pero que ahora se esconden tras la fachada de ser una oposición razonable a la izquierda posmoderna.

Nuestra crisis actual no es una que enfrente a la izquierda contra la derecha, sino una en la que la consistencia, la razón y el liberalismo universal están enfrentadas a la inconsistencia, el irracionalismo, las certidumbres fanáticas y el autoritarismo sectario. El futuro de la libertad, la igualdad y la justicia se ve igual de desolador si la izquierda posmoderna o la extrema derecha ganan la guerra actual. Aquellos que valoramos la democracia liberal y los frutos de la Ilustración, la revolución científica y la modernidad misma, debemos ofrecer una mejor opción."

(Helen Pluckrose   Este artículo fue publicado originalmente en Areo y se reproduce con autorización. )

20/5/20

“Foucault está claramente sobrevalorado”

"En defensa de la razón. Contribución a la crítica del posmodernismo (Madrid, Siglo XXI) es una de las novedades editoriales de esta primavera, obra de Francisco Erice (Colombres, Asturies, 1955) profesor de Historia de Contemporánea de la Universidad de Oviedo/Uviéu.


No se trata, como su propio nombre indica, de un trabajo histórico al uso ya que aborda la crítica al posmodernismo desde una perspectiva global, filosófica y política, aunque sobre todo, desde una intencionalidad de combates por la Historia… Marxista.


Y es que si algo caracteriza a este texto es la reivindicación de la vigencia del marxismo y su método de análisis como forma de hacer historia y de entender el mundo frente a las proyecciones posmodernas.


Esta conjugación de crítica hacia la posmodernidad con la defensa del materialismo histórico da como resultado un libro tan interesante como polémico que a buen seguro levantará ampollas y suscitará reacciones contrapuestas, porque sus posicionamientos y argumentaciones tienen la cualidad de no dejar indiferente a ningún lector que se sumerja en su densa narración.


¿Qué es lo que te ha llevado a embarcarte en este trabajo? ¿Cuál es la motivación origen del libro y su necesidad? ¿Qué vacío viene a llenar?


Pensar que se trate de un libro “necesario” o que “llene” algún vacío me parece pretencioso. Me conformo con que resulte útil y estimule el debate. Lo cierto es que comparte argumentos con otros libros que, en los últimos años, han cuestionado las tesis posmodernas y reivindicado la recuperación de un marxismo abierto y no dogmático; en este caso, se aplican especialmente a la Historia. 

El origen fueron unas Jornadas organizadas por la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM), en las que participé con algunas reflexiones que ahora se profundizan. El estímulo que acabó de dar forma al texto era doble: reaccionar frente a planteamientos posmodernos que constituyen un verdadero “asalto a la razón” y alertar sobre la difusión acrítica de estas ideas entre cierta izquierda política y social.


En defensa de la razón…, no es exactamente un libro de historia, aunque se hable mucho sobre historia y sobre los historiadores, tiene además cierto tono de ensayo. Esto no es lo más común entre los historiadores…


Es un ensayo porque carece de la profundidad y sistematicidad que requeriría un “tratado” sobre temas tan arduos, diversos y complejos como los que en él se abordan, y además porque no se plantea como objetivo -lo cual sería nuevamente pecar de pretencioso- cerrar ningún debate, sino contribuir a abrirlo con actitud humilde, pero a la vez deliberadamente polémica.


Haces una crítica muy dura al posmodernismo ya desde la primera página ¿Es acaso una respuesta a la forma en la que el propio posmodernismo ejerce sus críticas?


En general los posmodernos suelen envolver sus críticas en tono petulante, haciendo gala además de un afán de originalidad que suele desembocar infelizmente en el “descubrimiento de mediterráneos” o en una distorsión efectista y sofisticada de la realidad. Todo ello con un lenguaje deliberadamente oscuro, casi de secta, que a veces envuelve contenidos bastante más inocuos o superficiales de lo que aparenta.

 No sé si mi crítica es dura, pero no lo es menos que otras. Además, no es del todo original. En todo caso nunca niega de manera absoluta la utilidad de algunas ideas que estos pensadores pueden aportar, sino su carácter de alternativa superadora del pensamiento de los que ellos laman “la modernidad”.


Una cuestión que resulta muy llamativa es la crítica que realizas a Foucault por su ambigüedad y falta de método. Generalmente a Foucault se le tiene como todo un referente intelectual que traspasa los límites de la posmodernidad


El tratamiento de Foucault es mucho mas matizado y a la vez más amplio que el que se hace de todos los pensadores posmodernos que aparecen en el libro, porque me parece indudable que el intelectual francés sí ha aportado desarrollos interesantes para los historiadores, quizás más sugerentes que rigurosos. Por eso la crítica incluye esos matices positivos (cosa que apenas aparece por ejemplo en Derrida, Deleuze o Laclau).

 En todo caso, su falta de sistema propio, la variabilidad de sus posiciones teóricas y coqueteos intelectuales, la arbitrariedad de sus construcciones históricas (o, como preferiría decir él, genealógicas), el uso injustificado que hace de determinados conceptos, la debilidad de su noción de “poder”, etc., son cosas bien sabidas, que a menudo el propio Foucault reconoce a su manera. 

No sé si es justo decir, como hacía Thompson, que Foucault es “un fraude” o que, como apunta Ginzburg, “no es mas que a nota a pie de página de Nietzsche”, pero sí comparto con ellos -y con otros muchos- que está claramente sobrevalorado.


¿La función crea el órgano? ¿A pesar del rechazo de las teorías posmodernas ha de admitirse que son la consecuencia lógica de vivir inmersos en la posmodernidad?


Aunque una parte del diagnostico que hacen de las nuevas realidades pueda estar justificado, no comparto su aserto radical de que asistimos a un “cambio de época”, o de la crisis terminal de la llamada “modernidad”; del mismo modo que creo que no debe suscribirse, como si de una obviedad se tratara, la idea de la caducidad inexorable de los proyectos emancipadores, ni el relativismo extremo o el escepticismo que niega la realidad material o la causalidad histórica. 

Me parece difícil suscribir que vivamos en un universo de pura contingencia, o que los contextos sociales no condicionen o determinen los comportamientos colectivos, y que estos deban entenderse como mera construcción del lenguaje. Sí creo que el posmodernismo -que, por otra parte, es muy diverso- responde a una etapa de crisis de las ideas críticas y los proyectos de la izquierda histórica, pero lo nuevo no siempre es mejor que lo viejo; en este caso, no es una respuesta creativa a esas viejas ideas al parecer superadas. Por el contrario, ofrece esquemas bastante funcionales para el nuevo capitalismo en su etapa neoliberal, o al menos inocuos para sus intereses.

En tiempos de posverdad y subjetividad ¿No viene la realidad a darle la razón al posmodernismo como método a través del que explicar los agrupamientos identitarios y ciertos comportamientos políticos de parte del electorado en muchos países?


Creo que el posmodernismo detecta procesos y síntomas reales (por ejemplo, la diversificación de las contradicciones sociales y culturales), pero elabora con ellos un diagnóstico equivocado (el fin de las viejas contradicciones o la imposibilidad de entender la historia como proceso unitario), y difunde una idea de ruptura (nueva fase) sobredimensionada o errónea.

 Las “nuevas identidades”, la fragmentación de la clase obrera, la crisis de los proyectos emancipadores, la terciarización de las economías desarrolladas y otras cuestiones que podríamos añadir son procesos reales del nuevo capitalismo, pero no significan ni el fin del capitalismo en sí ni, en sentido estricto, de la “modernidad”, como se dice. Esa obsesión por los “post” tiene algo de marketing y ruido mediático y no pocas dosis de desviación del punto de mira y de enmascaramiento.

¿Ha cometido el posmodernismo errores de bulto de interpretación de la realidad? ¿Peca de ser una corriente tan influenciada por su occidentalismo como ella misma criticaba por el ejemplo al marxismo?


Creo que el primer error es su diagnóstico general y su rechazo de la herencia ilustrada, más allá de algunas críticas dignas de ser consideradas a las contradicciones de esta herencia. El antirracionalismo, el rechazo a la ciencia y a toda noción de verdad, el escepticismo nihilista y el relativismo radical, el idealismo pan-lingüístico extremo, nos conducen a callejones sin salida, aparte de sus derivaciones político-sociales potencialmente reaccionarias. Es cierto que Foucault o Derrida han sido calificados de eurocéntricos, término que, en todo caso, conviene no usar de manera indiscriminada y acrítica.

 El posmodernismo occidental ha suscitado réplicas desde posiciones que a veces, desgraciadamente, no defienden una racionalidad crítica alternativa, sino posturas místicas (por ejemplo indigenistas), anti-racionalistas y contrarias a la ciencia, a la que califican sin matices -creo que erróneamente- de producto “eurocéntrico”. 

En particular, el escepticismo radical sobre la posibilidad de comprender racionalmente el mundo tiene consecuencias objetivamente reaccionarias y desmovilizadoras (más allá de las intenciones de quienes lo formulan), pues nos impide actuar coherentemente sobre la realidad y nos condena a asumir lo existente o a rechazarlo desde posiciones meramente psicologistas, eticistas o de un voluntarismo extremo.


¿Qué aportes parciales podemos salvar del posmodernismo?


Quizás lo mas salvable -aunque no exactamente de la manera en que estos autores lo plantean-, es la crítica a las teologías del progreso y a ciertas visiones mecanicistas, y una cierta sensibilidad para percibir síntomas que luego son indebidamente diagnosticados, pero que merecen atención. En el campo historiográfico, muchos estudios que utilizan referentes de estos autores o algunas corrientes especialmente influidas por ellos (los estudios culturales o poscoloniales, la nueva historia cultural, una parte de los estudios de género) han hecho aportaciones útiles, incluso muy relevantes. 

Esto es tanto más cierto cuando hablamos de un uso parcial y matizado de estas ideas y no de su presentación como alternativa completa (como se hace por ejemplo, en la llamada “historia postsocial”). Creo que cabe separar y rescatar esos avances de los planteamientos generales del posmodernismo. Con respeto a la revalorización del campo de lo simbólico o de la subjetividad, no creo que se puedan reducir o incluso atribuir preferentemente al posmodernismo. 

Una concepción materialista como la que se defiende en este libro debe recoger e incorporar estos elementos a una visión más rica y totalizadora, pero desligándolos precisamente de la visión posmoderna u otros reduccionismos e idealismos; por ejemplo, evitando que el análisis histórico de los elementos simbólicos sustituya o subsuma las realidades materiales, o que la incorporación de la subjetividad (la visión “emic”, las emociones y sentimientos) olvide el nexo social y nos presente a sujetos individuales absurdamente desligados de su vínculo social, lo que Marx llamaba “robinsonadas”; o que, por ejemplo, el reconocimiento del papel de la retórica y el discurso en la construcción de los sujetos y la acción colectiva desemboque en la visión idealista de un lenguaje que funciona como “deus ex machina”, con lógica propia y desligado de los intereses y estrategias sociales.

Señalas una dicotomía y un enfrentamiento del posmodernismo con la escuela marxista ¿Hasta que punto son incompatibles? ¿Se puede ser marxista y posmodernista o es una concomitancia imposible más allá de ciertas influencias?


No hay realmente una “escuela marxista” (el marxismo siempre ha sido tremendamente plural) y en realidad tampoco un Posmodernismo absolutamente homogéneo. Claro que se han dado y se dan “maridajes” e “hibridaciones” múltiples, tanto en lo teórico (por ejemplo, entre marxismo y foucaultismo) como en la labor práctica de muchos de los historiadores, que suelen ser bastante eclécticos. 

Pero, en algunos aspectos claves, me parece que existe una clara incompatibilidad entre cualquier marxismo que se precie y el posmodernismo, cualquiera que sea la holgura con la que se lo defina: racionalismo frente a irracionalismo; visión totalizadora frente fragmentariedad; dialéctica frente a “diferencia” irreductible; determinación frente a aleatoriedad y contingencia; historicidad frente a deshistorización, etc. etc.).


Parece ser que se ha impuesto la posverdad en las sociedades occidentales ¿Eso cómo afecta a la escrituración de la historia? ¿Cómo combatirlo?


La pomposamente denominada “posverdad” no me parece que represente, en sí, nada nuevo: tergiversar deliberadamente la realidad histórica y utilizar la mentira para determinados fines apelando a las emociones tiene ya una amplia tradición; incluso, lo de negar relevancia en sí a la verdad y su supeditación a la apariencia. ¿Cómo, si no, sobre la base de falsedades, se han justificado a lo largo de la historia tantas declaraciones de guerra, o las persecuciones a minorías, por ejemplo? El tema de la “mentira política”, incluso de su conveniencia, es ya clásico en la filosofía (al menos desde Platón) o la politología (piénsese en las reflexiones de Hannah Arendt).

 Quizás lo único nuevo es la capacidad casi infinita para difundir las mentiras a través del “ruido” generado en las nuevas redes sociales, que envuelven cada vez más en brumas los límites entre lo verdadero de lo falso y que generan desinformación sobre la base del “exceso de información”. Sería injusto atribuir al posmodernismo la admisión o el elogio de la difusión de “fakenews”, por ejemplo, pero sí hay elementos en la perspectiva posmoderna que contribuyen a crear un clima favorable: los ataques a la razón, el relativismo y la tendencia a no diferenciar realidad y ficción, o la apelación a las emociones como forma de generar vínculos políticos colectivos.


¿Está la universidad preparada para formar estudiantes que puedan formarse teórica y metodológicamente sobre estas cuestiones? En definitiva ¿Enseña la universidad a pensar o reflexionar sobre asuntos trascendentes para la ciencia, la sociedad y el individuo?


Desde la universidad que yo conocí como estudiante o cuando me incorporé a ella, las cosas han cambiado mucho. Por ejemplo, en mi gremio, el de los historiadores, el nivel de competencia profesional, de apertura al mundo exterior, es hoy comparable al de otros países de nuestro entorno, no desmerece en absoluto. 

Otra cosa distinta son los planes de estudio, que no fomentan particularmente, por ejemplo, el acceso por parte de los estudiantes a los conocimientos o los métodos de otras disciplinas (Sociología, Antropología, etc.). La retórica de la interdisciplinariedad choca con esa realidad limitativa. Esto se palía en parte con el papel que desempeñan los másters, pero sigue predominando, en la formación básica de los estudiantes, una visión disciplinar demasiado cerrada, que luego quienes optan por la investigación deben, obviamente, superar.


Entrando en el marxismo, Marx señaló la importancia de la intervención en la sociedad frente a la interpretación de la misma con el objetivo de transformar la realidad. Las facultades de historia, marxistas o no, parecen tener poco interés por transformar la sociedad y menos por interpretarla ¿Están le han dado los historiadores la espalda al mundo?


Yo creo que es precisamente uno de los signos de la impronta posmoderna, aunque no solo de ella. Los posmodernos no creen que la Historia nos ofrezca instrumentos útiles para analizar críticamente el presente y actuar sobre él; en muchos casos, incluso se cuestionan la necesidad de la Historia como tal (Keith Jenkins habla de una futura sociedad “sin Historia”, que no se moleste en “historizar el pasado”). 

La universidad es parte de la sociedad, y si ésta última se encuentra relativamente desmovilizada y desideologizada, ¿cabe pensar que eso no afecte a la universidad? Con todo, en esta universidad, quizás mayoritariamente conformista en lo político-social y entregada al saber erudito o profesional sin cuestionarse en exceso su función social, existen focos de pensamiento crítico bastante más amplios de que una visión superficial nos puede hacer pensar.

¿Se corre (cierto) riesgo de reducir la historia a un mero saber erudito?


Dejando claro que la buena erudición y el adecuado andamiaje metodológico son fundamentales para elaborar una Historia crítica, lo que sí creo que predomina entre los historiadores es un cierto sentido gremial que tiende a eludir los debates y las controversias de fondo, en una especie de tolerancia y “fair play” mal entendidos. Creo que se pueden y deben definir posiciones -como modestamente quiere hacer este libro- y a la vez reconocer el valor del trabajo de quienes no las comparten.


Te expongo la siguiente frase: Marx es un autor al que lo han leído muchas menos personas de las que lo presumen y de las que lo han leído, una gran parte no se ha enterado de gran cosa. 

Creo que es verdad lo que dices, aunque ahora ni siquiera esté de moda citar a Marx ni presumir de haberlo leído, salvo para emitir un desdeñoso juicio de distanciamiento o condescendencia; es más frecuente (a la vez que respetable e “historiográficamente correcto”) encontrar, en los índices onomásticos de los libros o en las notas a pie de página, nombres como Geertz, Bourdieu, Hayden White, Ricoeur o Foucault. Cabe destacar, en todo caso, que no pocos historiadores no marxistas siguen reivindicando la utilidad de Marx, incluso muchos que piensan que el marxismo debe purgar su vinculación a proyectos políticos y experiencias históricas que les desagradan. 

Por supuesto que hay que leer (o releer) a Marx, pero yo recomendaría sobre todo empezar por leer a tantos marxistas actuales, ortodoxos o heterodoxos que han estado y están planteando en las últimas décadas reflexiones verdaderamente importantes para comprender el mundo y las sociedades actuales y pasados (Friedric Jameson, Terry Eagleton, Daniel Bensaïd, Ellen M. Wood, Robert Brenner, David Harvey, Georges Dumenil, Domenico Losurdo, Alex Callinicos, Erik Olin Wright, Heidi Hartmann, Perry Anderson, Silvia Federici, etc. etc.). Pese a la crisis y el retroceso de las últimas décadas, el pensamiento marxista o marxistizante ha seguido vivo.


Hobsbwam y Thompson se erigen como los principales referentes de la historiografia marxista. Haces hincapié en lo que ambos autores pueden aportar al estudio de la historia y las sociedades, sin embargo… ¿Lo aportan realmente?


Hobsbawm y Thompson, como exponentes destacados de la historiografía marxista británica, son referentes fundamentales aún hoy de un tipo de Historia social crítica y abierta a lo cultural. Los planteamientos de ambos tienen puntos de conexión, pero también diferencias que sería largo explicar. Los dos escriben con un pulso literario verdaderamente rico y atractivo. Su influencia es amplia (Thompson es el más citado en la segunda mitad del siglo XX y Hobsbawm probablemente el más traducido y parece que uno de los más leídos). Pero su huella evidente, que va mas allá de la disciplina histórica, no supone que sus posiciones historiográficas sean hegemónicas. 

El “modelo” thompsoniano de la formación de la clase obrera y algunos de las nociones que utiliza (como las de “experiencia” o “economía moral”) sí han ejercido un amplio influjo, aunque a menudo más superficial que profundo. En el caso de Hobsbawm, la influencia se refiere, más que a su planteamiento general marxista, al abordaje de temas o campos concretos (nacionalismos, bandolerismo social, protestas primitivas, etc.), o a sus sugestivas y diestramente construidas obras de síntesis, como la Historia del Siglo XX. 

Ambos proporcionan mimbres y sugerencias útiles para la posible reconstrucción de una historia marxista en el siglo XXI, pero junto con otras muchas, y en modo alguno podemos erigirlos como cánones directamente reproducibles, y sus aportaciones no deben ser sacralizadas.


Viene muy a cuento la siguiente anécdota: una vez me tacharon los planteamientos de Thompson sobre el concepto de clase como categoría histórica y el término de experiencia como planteamientos posmodernos.


Una caracterización así podría provenir de alguien a quien “le suene” Thompson sin haberlo leído y que participe de una visión dogmática o mecánica, propia de un cierto marxismo trasnochado. Thompson no comparte en absoluto los postulados del posmodernismo, salvo que por tal se entienda -lo cual es bastante absurdo- subrayar la importancia de los factores culturales u otorgar un papel importante a la acción social humana frente a la “determinación estructural”. ¿Cómo calificar de posmoderno a quien siguió hasta el final manifestando su repudio al “subjetivismo de moda y al idealismo”, o que defendía “estudiar el proceso social en su totalidad”?


La historiografía social española no ha logrado demasiado éxito cuantitativo y sigue predominando lo que podemos definir como la vieja historia, ni siquiera la posmoderna ha tenido un eco relevante dentro de nuestras fronteras. Sin embargo esta circunstancia, más allá de ocasionales lamentos no ha generado excesivas reacciones ¿Qué te sugiere esta cuestión? ¿Se hace necesario un combate frente a la vieja historia como el que se plantea frente a la posmodernidad?


No comparto que la historiografía española esté atrasada o al margen de lo que se hace en otras historiografías. La batalla contra una Historia tradicional y la incorporación de la renovación historiográfica del siglo XX ya se ha consumado plenamente, y yo diría que con bastante éxito, al menos en lo que se refiere a la Historia Contemporánea, que es la que mejor conozco. Paralelamente, fueron llegando a nuestro país influencias posmodernas o corrientes y tendencias que las incorporan. En esto como en otras cosas, España es cada vez es menos “diferente”.

Los historiadores más relevantes de las últimas décadas, al menos en contemporánea, no son para nada posmodernos. Los más peligrosos como Pío Moa, tampoco.


La labor del llamado revisionismo afecta menos a la investigación histórica propiamente dicha que a su difusión. Pío Moa es simplemente un vulgarizador, en el peor sentido de la palabra. Estos personajes ni suelen ser historiadores profesionales ni ejercitan métodos de investigación homologados por la Historia académica, como sucede también, por ejemplo, con María Elvira Roca Barea y su “best seller” Imperiofobia y leyenda negra. Sus libros no son resultados de prácticas historiográficas legítimas más allá de su intención conservadora o reaccionaria, sino de operaciones de marketing, que responden a rearmes ideológicos de una nueva derecha agresiva y autoritaria (el “aznarismo”, Vox y la actual deriva ultra de la derecha conservadora). 

La crítica historiográfica a los mismos resulta relativamente fácil, incluso a productos algo más sofisticados (pienso por ejemplo en los trabajos sobre la Segunda República o el Frente popular español de Álvarez Tardío, Rey Reguillo y otros). Pero la difusión es más difícil de controlar, porque responde a parámetros y a voluntades que nada tienen que ver con la calidad. Tal vez los historiadores mas críticos y rigurosos deberían plantearse combinar o compaginar la investigación seria con una difusión amplia más eficaz.


Pero Moa o Roca Barea no son modelos para los nuevos historiadores. Me preocupan más las modas entre los jóvenes investigadores, tan pulcramente formados en la metodología y los procedimientos de la investigación y a veces carentes de cautelas críticas (o de reservas ideológicas, incluso) que los pongan a salvo de ciertas modas temáticas o tics teóricos, que les ofrecen un reconocimiento gremial que útil en su carrera académica. Ahí es donde el virus posmoderno tiene un amplio campo de posibilidades de reproducirse, y citar a Judith Butler, Laclau o Clifford Geertz funciona como una especie de rito de paso grupal.


Al final del libro apuestas por una historia con fuerte compromiso político y planteas la necesidad de “repolitizar la historia”


“Repolitizar la historia” en el sentido que lo planteo no es utilizarla como arma arrojadiza o reducirla a la condición de arma de combate en menoscabo del rigor de su construcción, sino ubicar la disciplina donde siempre, consciente o inconscientemente, ha continuado estando: en el terreno de la legitimación o la crítica de los sistemas sociales y culturales.

 Es recuperar la idea del valor de la Historia para comprender el presente y atisbar el futuro, frente al rechazo posmoderno de la utilidad de la disciplina y su consideración de la misma como forma de arte o producto literario. En ese sentido, “repolitizar la Historia” sí podría considerarse una consigna anti-posmoderna.


¿Estas afirmaciones nos lleva a plantearnos el problema de la objetividad


Es, desde luego, un problema fundamental, pero abordarlo en profundidad exigiría una nueva entrevista. Como ciencia humana o social, obviamente, la Historia no nos proporciona certezas equivalentes a las de las ciencias naturales, porque el historiador está personal y socialmente implicado en los procesos históricos que analiza (no sucede lo mismo con las reacciones químicas o los procesos físicos). 

Pero eso no significa que, como dirían los posmodernos, cualquier visión del pasado sea igualmente legítima, o que la práctica de los historiadores se sitúe al mismo nivel que las de cualquier otro mecanismo de acceso al pasado (por ejemplo, no es lo mismo Historia que Memoria). Además de los principios deontológicos y éticos del historiador, existen mecanismos de depuración de las fuentes, criterios heurísticos y principios metodológicos que nos permiten reconstruir con rigor los datos y por ende, con los pertinentes matices, los procesos. Los propios controles gremiales actúan como filtros, teóricamente separando la mena de la ganga, pero por supuesto con la interferencia inevitable de intereses sociales. Pero, obviamente, la cuestión es compleja."                       

 (Entrevista al historiador asturiano Francisco Erice sobre su libro ‘En defensa de la razón. Contribución a la crítica del posmodernismo’.Héctor gonzález, Nortes, 08/05/20)

3/7/19

Poliítica identitaria: la Universidad de Eindhoven sólo contratará a partir de ahora mujeres para puestos docentes hasta igualar la proporción de sexos. Eliminar de partida a la mitad de los aspirantes es una vía segura para rebajar la calidad del claustro, si hay alguna duda al respecto recomiendo repasar la estadística básica que se daba en COU....

"Una rápida, que no tengo ganas de tirarme tanto tiempo aporreando el teclado.

Vamos para premio, a ver qué país europeo está más desquiciado por el identitarismo. Hace poco leía que la Universidad de Eindhoven sólo contratará a partir de ahora mujeres para puestos docentes hasta igualar la proporción de sexos. Eliminar de partida a la mitad de los aspirantes es una vía segura para rebajar la calidad del claustro, si hay alguna duda al respecto recomiendo repasar la estadística básica que se daba en COU.

 Me puedo permitir que vayan más allá en su énfasis identitario y dejen de contratar también a rostros pálidos. E investiguen la vida sexual del profesorado, y contraten sólo homosexuales hasta equilibrar la distribución. Cualquier rasgo identitario será más relevante en la selección de personal que la competencia docente.

Sin embargo, sin duda la medalla del policorrectismo se la lleva Suecia y su “gobierno feminista”, que por fin ha oficializado la adopción de un pronombre neutro inexistente hasta ahora en el sueco (el alemán o el finés sí lo tienen). 

El cambio es más sencillo porque el sueco, como el inglés, no tiene flexión de género. El día que le toque a las lenguas romances (curiosamente, el latín sí tenía neutro), que llegará, no os quepa duda, el asunto será más peliagudo que la mera adición de un pronombre.(...)"               (La mirada del mendigo, 29/06/19)

31/10/17

Es perfectamente posible que la Renta Básica Universal sea el punto de partida de una precarización generalizada y del deterioro de los servicios públicos

"(...) ¿El desarrollo práctico de los comunes en el contexto contemporáneo podría funcionar como herramienta para combatir los procesos de despoblación rural?

Es una pregunta muy complicada. Los comunes tradicionales siguen existiendo en el campo, pero creo que son una realidad conflictiva.

 A mí me parece, aunque no soy ni de lejos experto en ese tema, que donde están ofreciendo una alternativa más potente es allí donde se están acercando a las prácticas cooperativistas, donde se alejan de su versión atávica y se transforman en procesos organizativos híbridos.

 Los entornos rurales no han salido indemnes de la fragilización de las relaciones sociales postmoderna y eso ha afectado mucho a la posibilidad de supervivencia de los comunes tradicionales. 

¿Pueden articularse en paralelo los bienes comunes y la Renta Básica (RB) para generar unos medios de subsistencia mínima en contraposición a las dinámicas extractivas del mercado?

Hasta cierto punto cuando hoy hablamos de los comunes lo hacemos en un sentido metafórico. El espacio institucional para los comunes no ha sido completamente extirpado, pero lo cierto es que requieren condiciones que en las sociedades de masas no es fácil que se den: continuidad en las interacciones, comunidades más o menos estables, un compromiso fuerte con ese sistema de normas… 

Es importante que tengamos presentes esas limitaciones para evitar inercias elitistas, porque quienes hoy tenemos más capacidad para poner en marcha proyectos cooperativos solemos ser gente con un cierto colchón económico y un fuerte capital social y cultural. Es razonable que sea así y no hay por qué flagelarse por ello pero es un sesgo que no deberíamos perder de vista.

Con la Renta Básica pasa algo parecido. Entendida como un desarrollo del estado de bienestar, es una propuesta que me parece razonable. Pero conviene no olvidar que Milton Friedman formuló una versión coherente y rigurosa de la RB. Creo que es algo que debería hacernos pensar.

 La RB empezó a popularizarse entre la izquierda tras el aplastamiento global del sindicalismo y a veces se usa como una forma de sortear los efectos de esa derrota. Creo que es un error.

 Las formas tradicionales de empoderamiento de los asalariados pasaban por la negociación colectiva y la organización de los trabajadores.

 La RB, en cambio, es una estrategia dirigida a garantizar un derecho individual que, en el mejor de los casos, relega la dinámica colectiva a un segundo momento confiando en que los trabajadores, liberados de las presiones del mercado de trabajo, se sentirán inclinados a organizarse. Esa es una posibilidad, por supuesto. 

Pero no es ni mucho menos la única. Es perfectamente posible que la RB sea el punto de partida de una precarización generalizada y un deterioro de los servicios públicos que, como mucho, le venga bien a una minoría con los recursos sociales y materiales necesarios para surfear el desastre. Creo que eso es lo que entendió Friedman, que no era ningún idiota.

Los proyectos cooperativistas dependen en gran medida de unos vínculos geográficos y afectivos sostenidos en el tiempo y enfrentados a la política del desarraigo característica del capital globalizado.

Los proyectos emancipadores tienen condiciones de posibilidad materiales y políticas pero también sociales. Necesitan de un colchón social, de vínculos e interacciones estables, que permitan asumir riesgos colectivos y desarrollar proyectos de vida compartidos que vayan más allá de la precariedad cotidiana.

 Por eso la mercantilización tiene unos efectos tan corrosivos sobre las posibilidades de transformación política. La diáspora migratoria es una de las expresiones contemporáneas más profundas de ese desarraigo que no es sólo geográfico, sino también social. Aunque uno vuelva, no es lo mismo volver que haber estado.  (...)"                   (Entrevista a César Rendueles, Andrés Carretero, CTXT, 29/10/17)