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5/5/16

Es el entramado de intereses y miedo colectivo donde se encuentran las razones que explican la larga duración del franquismo

"Fernando Hernández Sánchez (...) De su experiencia como docente ha realizado este libro: El bulldozer negro del general Franco (...) “historia de España en el siglo XX para la primera generación del siglo XXI”,  un libro ameno, divulgativo y didáctico que no va a dejar indiferente a nadie. (...)

¿Qué aportó la Segunda República a la sociedad española y por qué es tan denostada en muchos análisis? Por el contrario, ¿qué significó el franquismo y que se mantiene de él?

La República tuvo que acometer grandes reformas estructurales en un contexto internacional marcado por el retroceso en toda Europa de los sistemas parlamentarios y la recesión económica contando con la oposición, cada vez más virulenta, del viejo bloque hegemónico conformado durante la incompleta revolución burguesa del siglo anterior. 

 La oligarquía terrateniente, con la Iglesia como poder legitimador, el ejército como partido en armas y la monarquía como clave de bóveda, nunca le perdonaron a la República el sobresalto que supuso para su hasta entonces incontestable control patrimonial del país. Sus herederos, tampoco. A la postre, consiguieron lo que se proponían. 

Lo que no pudo la obstrucción legislativa desde dentro del sistema lo acabó consiguiendo la intervención militar. La raíz republicana, obrerista, federal y laica de la España popular acrisolada en el primer tercio del siglo XX fue arrancada de forma tan implacable que jamás volvió a rebrotar.

El franquismo fue la forma política en que se encarnó la coalición contrarrevolucionaria que venció en la guerra civil. La Iglesia católica lo legitimó obteniendo a cambio una generosa financiación estatal y la adecuación de la educación y la legislación civil a la horma de su sistema de valores. 

Colaboradores de la dictadura fueron quienes se aprovecharon de un sistema intrínsecamente corrupto y los cómplices de la represión unidos a ella por un pacto de sangre. Sin olvidar la conformidad pasiva de la denominada mayoría silenciosa. Es en el espesor de este entramado de intereses y miedo colectivo donde se encuentran algunas de las razones que explican la larga duración del franquismo y su herencia envenenada. 

El recuerdo del baño de sangre original como elemento disuasorio del compromiso político; la tolerancia con la corrupción y la general presunción de deshonestidad en los gobernantes de cualquier tendencia sin que ello se materialice en una coherente reacción cívica; la consolidación, en definitiva, de un bajo nivel de exigencia para con los representantes públicos es el legado que la sociedad española debe a Franco mucho tiempo después de su muerte.

A tu juicio, ¿está la Transición idealizada en la historia de España?

En los últimos tiempos estamos asistiendo a una relectura del proceso, no muy bien asumida en algunos ámbitos. Nadie debería sorprenderse de que esto ocurra. La generación que protagonizó la Transición está en la estación término de su presencia pública. Según el INE, el 36% de la población española nació después de la promulgación de la Constitución y el 68% no tuvo ocasión de votarla. 

No es de extrañar, pues, que haya un movimiento de fondo que pretenda hacer realidad el viejo aforismo de los radicales anglosajones del XIX de que no debe encomendarse a los muertos el gobierno de los vivos. Máxime cuando la crisis de larga duración que venimos sufriendo desde 2008 ha erosionado los pilares del discurso sobre el que se construyó el mito: la liberalización política, la conquista de las libertades, la modernización social y económica y el protagonismo de España en el concierto internacional. El proceso no ha hecho más que empezar.

 Todavía no ha llegado el momento álgido para la crítica de la Transición en sí: pasarán décadas antes de que las fuentes primarias sean accesibles y revelen a los historiadores algunos de los secretos custodiados en el sancta sanctorum de los depósitos administrativos, diplomáticos y militares. Estamos en la fase de la crítica de la Transición para sí, del relato sobre la edificación del sistema a que dio lugar. 

Sus mayores activos, el consenso que desembocó en la promulgación de la constitución de 1978 y la previsibilidad conferida por un sistema electoral bipartidista con apoyos circunstanciales de nacionalistas moderados o de una izquierda subsidiaria, se han esfumado. 

La triple crisis, económica, social y de representatividad política desencadenada en el periodo 2008-2015 ha hecho estallar sus costuras generacionales y territoriales. Estamos, de nuevo, en tiempos de refundación. Está por ver de qué."                    (Entrevistamos a Fernando Hernández Sánchez, historiador, Diagonal, Julián Vadillo, 11/04/16)

17/6/14

El canónigo andaluz que eligió al pueblo frente a Franco

“Os lo diré de una vez por todas. Abierta y sinceramente: he elegido al pueblo”. La frase fue pronunciada por el canónigo de la Catedral de Córdoba José Manuel Gallegos Rocafull en Bruselas, en otoño de 1936. Bastaron unos meses para que la Iglesia se encargara de retirarle sus licencias ministeriales.

 “Es hora de irle a la mano al señor Gallegos desautorizándole por los medios que a usted se le sugieran”, pidió el cardenal Isidro Gomá al obispo de Córdoba. Y estando en París, el hombre que se había atrevido a ponerse del lado del pueblo fue informado de que había sido suspendido.

 “[El obispo] Ya tiene a ese desgraciado suspendido a divinis para que sepa a qué atenerse”, informó el cardenal Gomá, arzobispo de Toledo, al representante de los sublevados en el Vaticano, explica el historiador José Luis Casas, que dedica un artículo en el último número de Andalucía en la Historia, editada por el Centro de Estudios Andaluces, al canónigo que se enfrentó a la jerarquía eclesiástica.

 “Como he creído que mi deber era no predicar la guerra, sino estar con los pobres y con los humildes acompañándoles en su dolor y en su miseria, estoy suspendido y usted me pone en la picota”, respondió al cardenal.

 No se quedó callado. Fue más allá. Y escribió una réplica a la carta colectiva que escribieron los “obispos facciosos” en 1937 promovida por el cardenal Gomá, a sugerencia de Franco, para captar el apoyo de los católicos de todo el mundo, según cuenta Casas. 

“¿Por qué no visitan las cárceles y hacen una encuesta entre los detenidos? ¿Es que pueden en conciencia afirmar que no ha habido millares y millares de fusilamientos sin proceso de ninguna clase? [...] ¿No les dice nada el pánico con el que la población civil huyen de los pueblos antes de que lleguen los moros y los legionarios?

 Y ¿no saben tampoco nada de los procedimientos -que el mismo Queipo de LLano ha proclamado en la radio de Sevilla- con que imponen el orden en la retaguardia?”. 

 “¿A los extraviados hay que convencerlos o exterminarlos? ¿Son los obispos representantes de Cristo o los propagandistas de Franco?”, insistía Gallegos Rocafull en la réplica, traducida en francés e inglés.

“Al comienzo de la guerra él estaba en Madrid, siente miedo al ver lo que ocurre, hasta que reflexiona acerca de cuál debe ser el papel de un sacerdote católico, y ello le lleva a querer estar al lado del pueblo, lo cual justifica en algunos artículos afirmando que estaba en el mismo lugar en que habría estado Cristo. 

Su vida no corrió peligro durante la guerra porque salió de España, primero a Bélgica y luego a Francia -donde mantuvo una posición activa de colaboración con el gobierno republicano- aunque volvió alguna vez a la zona republicana”, afirma el investigador.

Lo tuvo claro desde el principio este gaditano que pasó su infancia en Marchena (Sevilla). En Palabras cristianas, un texto de cuatro páginas publicado el 12 de octubre de 1936, recoge su opinión bajo estos significativos títulos: “La rebelión contra el Gobierno legítimo es ilícita”; “Son justas y necesarias hondas reformas sociales”, y “Ningún partido político se identifica con el catolicismo y el fascismo en sus más fundamentales aspectos está en pugna con él”. Lo escribe junto con el padre Leocadio Lobo y el capellán Enrique Monter. “Defienden su argumentación con citas de Encíclicas papales: León XIII, Pío X y Pío XI, así como de Tomás de Aquino”, añade Casas.

Su destino final fue el exilio en México tras pasar por Nueva York, aunque para él ya era una forma de exilio no poder ejercer sus labores sacerdotales. Según Casas, en 1939, Gallegos Rocafull preguntó por carta al obispo de Córdoba si su suspensión no acabaría nunca. “Perpetua”, le respondió el vicario. 

Su suspensión era perpetua porque la actividad que había desarrollado era “de palabra, por escrito y de obra a favor y en defensa de la revolución roja marxista condenada por el Papa y el episcopado español”. Más que “represaliado del franquismo”, Casas considera que sufrió la “represión de la Iglesia”.

En España apenas es mencionado. “Siempre ha estado más reconocido en México que aquí, donde solo de manera parcial algunos se habían ocupado de parte de su biografía.

 El Cabildo Catedral de Córdoba sí celebró hace unos años un reconocimiento interno con unas notas biográficas del canónigo archivero Manuel Nieto Cumplido”, afirma el investigador, autor de Por lealtad a la República. Historia del canónigo Gallegos Rocafull (Base, 2013).

 En México, donde en 1950 se le permitió ejercer de nuevo el sacerdocio, fue profesor de Filosofía en la Universidad Iberoamericana y en la UNAM. Era Licenciado y Doctor en Teología, y también Licenciado y Doctor en Filosofía. Fue un gran traductor de Séneca y el introductor en México de Theilard de Chardin, destaca Casas de Gallegos Rocafull, que veía así Andalucía desde lejos: “Hasta a distancia y en este estado de ánimo, Andalucía se me presenta como algo muy serio. 

En estas honduras, cuando se la lleva como una espina clavada en el corazón, resulta intolerable la Andalucía de panderetas y castañuelas, de flores y de colmao, de panderetas y procesiones, de manzanilla y chascarrillos. Toda esa alegría ruidosa, dicharachera, folclórica, no es más que la máscara con que el andaluz encubre pudorosamente sus auténticos sentimientos”.     (Olivia Carballar , Público,  2 jun 2014)

16/4/14

El fascismo español no fue muy diferente de otros fascismos

"El historiador Ferran Gallego analiza en su último libro, "El evangelio fascista", la evolución del fascismo español desde la República hasta 1950, que, según ha explicado el autor, denota que "el caso español no fue muy diferente del de otros fascismos europeos de los años 30".

La única peculiaridad que Gallego señala para el régimen que arranca en 1936 es que "conquista el poder a través de una guerra civil, pero en ningún caso se puede negar su naturaleza fascista".

En una entrevista con Efe, Gallego indica que "decir que no hubo fascismo en el régimen franquista es tanto como negar el antifascismo que combatió en la Guerra Civil española y el espíritu de las Brigadas Internacionales, que vienen a España a luchar contra el fascismo".

Rompe asimismo Gallego la vieja idea de la historiografía de que el fascismo español llegó tarde y mal: "Es verdad que cuando quiere ganarse adeptos, la mayor parte de sus potenciales clientes se han hecho de la CEDA o del carlismo, pero el fascismo como fenómeno de masas es en Europa un fenómeno de los años 30, con la única excepción de Italia".

En "El evangelio fascista" (Crítica), Gallego sitúa el embrión de ese fascismo ya en plena República, porque "no deben confundirse el partido y el espacio cultural de fascinación por el fascismo" que ya se encuentra en Calvo Sotelo y el Bloque Nacional, que "se declaraban fascistas pero no militaban en Falange".

Para el historiador barcelonés, Falange, un partido minoritario durante la República, se convierte en el partido hegemónico a partir de 1936 porque "es congruente con el momento de guerra civil, ya que era un partido militarizado, no pedía la vuelta de ningún rey, tiene un discurso populista, cree en la movilización de la masas y su ideario da por superada la democracia parlamentaria".

Además, "su doctrina se ajusta a la situación de violencia extrema que hay en España y está dispuesta a aceptar un caudillaje carismático".

A su juicio, el fracaso del golpe de Estado del 18 de julio propició el surgimiento de un movimiento de masas a favor de fascismo: "No es un mero golpe militar, puesto que se suma un poder civil con 60.000 milicianos falangistas y 30.000 requetés".

Falange, añade Gallego, proporciona un ideario al ejército, cuyos oficiales tendrán la obligación de militar en Falange, algo que no sucede en la Alemania nazi.

La Guerra Civil permite a los fascistas además "una unidad del mando", que no se produce en el bando republicano.

La diversidad de fuerzas que se integraron en la sublevación de 1936 acabó más adelante facilitando la oportuna desfascistización del régimen, convertido en un estado nacional-católico.

"Cuando el fascismo europeo cae, el español aguanta porque se muestra como garante de un catolicismo glorioso y ya en 1944-45 plantea una especie de vía española hacia el estado católico huyendo del totalitarismo alemán".

Opina Gallego que, por esa razón, no es exacto hablar de una antítesis entre católicos y fascistas en el período analizado, ya que "el falangismo es desde su formación un partido profundamente católico", que encuentra en el Imperio de Carlos V el referente simbólico de la defensa de la sociedad católica frente a protestantes y turcos.

El autor de "Todos los hombres del Führer" y "El mito de la Transición" cierra su análisis en 1950 porque poco antes se produce el último debate cultural de la España de la posguerra sostenido por Pedro Laín Entralgo y Antonio Tovar, partidarios de "incorporar a la Generación del 98, a Machado y Ortega, a la idea de España", frente a intelectuales como Rafael Calvo Serer que "rechazan hablar de varias Españas legítimas".      (Lainformacion.com, 31/03/2014)

11/10/13

No es cierto que hubiera en España persecución religiosa en tiempos de la República. Las iglesias protestantes y la religión judía fueron totalmente respetadas porque no se politizaron

"Estos días ha sido noticia la beatificación de 522 personas, referidas en la narrativa de la Iglesia Católica como mártires de la Guerra Civil, individuos considerados inocentes de cualquier mal que dieron su vida “en defensa de la fe católica y del mensaje de Cristo”. (...)

Ahora bien, es difícil aceptar que, incluso en el caso de que no fuera la intención de estas autoridades (incluyendo el Vaticano, liderado por el nuevo Papa, que escogió llamarse Francisco y que Monseñor Amato representa) realizar un acto político, el hecho es que tal acto es un acto profundamente político que contribuye a la tergiversación de la historia que se ha escrito en este país, subrayando que la Iglesia fue víctima de una intolerancia y persecución religiosa por parte de las fuerzas republicanas. 

Se acentúa y se presenta a la Iglesia y a sus mártires como víctimas, cuando en realidad la Iglesia fue la que agredió la vida y el bienestar de la mayoría de la población de los distintos pueblos y naciones que constituyen España, causando más de un millón de muertos y miles de desaparecidos, muertes de personas asesinadas por las fuerzas de represión, incluidas las de la Iglesia, y cuyos familiares no saben el paradero de sus cuerpos. (...)

No es cierto que hubiera en España persecución religiosa en tiempos de la República. Las iglesias protestantes y la religión judía continuaron sin ninguna intervención por parte del Estado y/o por movimientos sociales o fuerzas políticas afines a la República. No fue la religión el sujeto de animosidad, sino la Iglesia Católica, hecho que a la Iglesia Católica todavía le cuesta aceptar, ya que si lo acepta, tendría que contestar por qué la Iglesia Católica y no las otras religiones fue sujeto del enfado popular.

 No es cierto que los sacerdotes y los monjes fueran asesinados por sus ideas religiosas, tal como Monseñor Soler escribe en su artículo “Montserrat y los beatos en Tarragona” en La Vanguardia. Fueron asesinados por su pertenencia a una institución que había pedido que el Ejército se sublevara, conociéndose su animosidad a la República. 

En realidad, el Monasterio de Montserrat, supongo que en nota de agradecimiento, hizo un monumento, más tarde, a los “caídos por Dios y por la Patria”, que estaba en la entrada del Monasterio hasta que más tarde fue desplazado a la parte trasera, con un monumento a los requetés carlistas de la Virgen de Montserrat.

La historia, marginada y ocultada por la propia Iglesia, muestra claramente el porqué de esta  hostilidad, hostilidad que fue iniciada por la Iglesia. Fue la Iglesia Católica la que celebró y apoyó la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). 

Y fue la Iglesia la que se opuso por todos los medios al establecimiento de la República, alentando a los católicos a rebelarse frente a esta. Las pastorales de la jerarquía católica explícitamente llamaban a tal rebelión; documentos (firmados por el cardenal Segura y por su sucesor, el cardenal Gomà) son muy representativos, y seguro que la jerarquía actual de la Iglesia y el Vaticano los conocen. 

¿Cómo puede afirmar la jerarquía católica que la Iglesia era apolítica, cuando animó a los católicos a que se rebelaran, pidiendo explícitamente que el Ejército se levantara en contra del gobierno democráticamente elegido? (...)

Era predecible que la gran mayoría de la ciudadanía, que apoyó el establecimiento de la República, primero, y la elección del gobierno del Frente Popular, después, tuvieran animosidad hacia la Iglesia Católica, pues esta, abiertamente, alentaba al Ejército a que hiciera un golpe militar frente a ese Estado y frente a ese gobierno. 

De ahí que es comprensible y predecible que cuando ocurrió el golpe militar, que la Iglesia Católica inmediatamente apoyó (definiéndolo más tarde como una Cruzada Nacional), grandes sectores de las clases populares expresaran su hostilidad hacia tal institución. 

La quema de iglesias (no hubo ninguna iglesia protestante o ninguna mezquita o ninguna sinagoga quemadas) y el asesinato de clérigos y personas identificadas con la Iglesia Católica eran la respuesta popular que ocurrió en los primeros tres meses cuando el golpe creó un vacío de poder.

 No fue una represión guiada por el Estado republicano. En realidad, una vez recuperado el control, en las zonas que continuaban bajo el gobierno republicano se interrumpieron estos actos.

Por el contrario, los asesinatos, mucho más numerosos, llevados a cabo en el lado golpista, fueron cometidos por los aparatos represivos del Estado fascista, que contó con la entusiasta colaboración, en su represión, de la Iglesia Católica. ¿No creen las jerarquías católicas españolas que esta actitud enormemente represiva iba en contra del mensaje de Jesús?

 ¿Creen, en realidad, que Jesús, que es, en teoría, su supuesta inspiración, hubiera apoyado tanto asesinato, premeditado y programado, para eliminar a personas cuyo único delito era haber apoyado a un Estado y a un gobierno democráticamente elegidos? ¿No creen que es de una crueldad suprema que los familiares de los muertos republicanos todavía hoy no sepan dónde están enterrados? 

¿No creen que es profundamente injusto que ellos puedan homenajear a sus muertos cuando los vencidos todavía no saben dónde están los suyos? Y si en verdad los sacerdotes asesinados eran inocentes, ¿no cree la Iglesia Católica que deberían pedir perdón a los familiares de sus propios muertos, pues el comportamiento golpista de su jerarquía católica fue el responsable de que el enfado popular se canalizara en ellos, precisamente por su identificación con la Iglesia?

 La respuesta descontrolada en contra de la Iglesia era lógica, pues la Iglesia era culpable de un comportamiento que podía predecirse que causaría miles de muertes. Debe condenarse tal expresión de enfado popular, pero su comportamiento no puede homologarse al del lado golpista, que fue una represión metódica de todos los aparatos del Estado, con el apoyo activo de la Iglesia.

 Acentuar el victimismo de la Iglesia como hacen las beatificaciones es, además de una tergiversación de la historia que todavía se reproduce en España, una ofensa a los perdedores de la Guerra Civil, que eran los que defendieron la democracia, y que debería crear incomodidad a toda persona con sensibilidad democrática.

 Mi esperanza es que el Papa Francisco lo vea así y que, en nombre de la Iglesia, pida perdón, no solo a su Dios, sino al pueblo español, al que hizo tanto daño. (...)"                  (Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Dominio Público” en el diario PÚBLICO, y en catalán en el diario digital EL TRIANGLE, 10 de octubre de 2013, en vnavarro.org, 10/10/2013)