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24/9/23

Vattimo: Latinoamérica es el futuro deseable de Europa... comparado con Berlusconi que es un líder que trabaja para sí mismo, prefiero a los latinoamericanos que trabajan para el pueblo. Un poco más de jefismo, de jefatura, me parece importante... Otro aspecto de la política latinomericana que se debe tener en cuenta para la política europea es este, ponerle emotividad a la política... Imagine una mayoría electoral de izquierda en Europa, no tomaría el poder, porque estamos bajo una ocupación financiera y norteamericana. Hablar de un comunismo débil es interesante incluso desde un punto de vista político... Tenemos un desarrollo cientifico-tecnológico empujado al extremo con deshumanización de la vida de la gente, necesitamos el sóviet... El comunismo débil es un ideal de sociedad leninista, sóviet más electrificación

 "Pensador clave de la post-modernidad, Gianni Vattimo (n. 1936), titular de la cátedra de ‘Hermenéutica filosófica’ en la Universidad de Turín y autor de obras impactantes como El Pensamiento débil (1983) y La Sociedad transparente (1989), fue miembro del Partido Radical italiano y actualmente lo es de ‘Italia de los valores’ (movimiento liderado por el antiguo juez Antonio Di Pietro que se alió al Partido Demócrata de Luigi Bersani en las recientes elecciones legislativas). Vattimo es también, desde 1999, diputado en el Parlamento europeo.

En Turín (Italia), a cien metros del edificio de la Università degli Studi donde Antonio Gramsci estudió, y bajo los históricos soportales de la que fue capital de Italia y cuna de los Saboya, se encuentra la casa del filósofo y eurodiputado Gianni Vattimo. En un amplio salón, rodeados de libros y cuadros, charlamos con él. Entre nosotros, por encima de mi cuaderno de notas y mi grabadora, se pasea su tremendo y ronroneante gato. “Le permito todo tipo de licencias para compensar todos los abusos que solemos cometer los humanos con los animales”, me dice Vattimo. Hablamos sobre su más reciente libro Comunismo hermenéutico (Herder, 2012), escrito en colaboración con Santiago Zabala, pero también abordamos diversos conceptos acuñados en sus obras, como el ‘pensamiento débil’.

Pascual Serrano: ¿Dice usted que el ‘pensamiento débil’ es el que apoya a los débiles, puesto que pone en cuestión el caracter absoluto del poder establecido?

Gianni Vattimo: En efecto. En mi ensayo sobre el pensamiento débil afirmo que éste es el pensamiento de los débiles, lo cual me parece muy importante. Establezco una analogía entre el olvido del ser de Heidegger y el silencio de los sufrimientos de Lenin. Es como interpretar a Heidegger de una manera menos mística, porque se trata del silenciamiento de los débiles por los fuertes, que es de lo que habla Lenin en ‘el ser social sobre la historia’. Reflexionemos sobre esto, ¿quién es el enemigo del pensamiento débil? ¿los débiles? No, ellos no, los proletarios no. Cuando digo que no hay hechos sólo interpretación, ¿quienes son los escandalizados? Los poderes, obviamente. Funcionarios, científicos al servicio del poder, autoridades, el Papa, los cardenales... Todos ellos han estado siempre muy en contra del relativismo. Los proletarios son enemigos del pensamiento débil sólo en la medida en que necesitan una metafísica fuerte para luchar contra el poder, pero no son afectados negativamente por el pensamiento débil. En el proletario, el pensamiento fuerte es solo ideología, lo funcional para luchar contra el poder es el pensamiento débil más que una metafísica marxista ortodoxa.

P.S.: Usted afirma que, en los países progresistas de América Latina, ve el “espectro” del comunismo. ¿Por qué dice que las políticas de Chávez o de Morales son el ejemplo paradigmático de lo que usted denomina comunismo débil?

G.V.: Sí, se trata de un comunismo que no teoriza mucho sobre el materialismo, etc... Por ejemplo, Chávez era religioso. Se trata de estar del lado de los débiles sin adoptar metafísicas que se vuelvan autoritarias. Por eso escribí que Latinoamérica es el futuro deseable de la nueva Europa, lo que le falta a Europa es un contrapoder respecto al capitalismo financiero que nos domina. Ese contrapoder puede venir de un subcontinente como el latinoamericano donde se han reafirmado bastantes gobiernos frente a la dominación estadounidense: Cristina, Lula, Correa, Chávez, Morales... A nivel internacional interesa muchísimo a Europa que existan estos modelos, no solo por el papel de contrapoder que tienen en la geopolítica internacional, sino también porque son un socialismo que ha tenido sus resultados. ¿El gobierno de Chávez era socialista? Bueno, sí, en el sentido en que ha utilizado los recursos públicos en beneficio del pueblo. ¿Quiero decir con esto que se debería aplicar el chavismo en Italia? Por supuesto que no. Pero una cierta inspiración de líderes como Chávez, Castro o Morales es importante porque llama la atención sobre la necesidad de un jefe, yo soy partidario del jefe carismático. Berlusconi resiste, no sólo porque tiene dinero, sino porque se presenta como un jefe carismático. Incluso Monti quiso presentarse como una figura salvífica, venida de la providencia. El partido comunista italiano hoy no es nada, no hay líder. Justifico el liderazgo en el castrismo o en el chavismo porque, comparado con Berlusconi que es un líder que trabaja para sí mismo, prefiero a los latinoamericanos que trabajan para el pueblo. Un poco más de jefismo, de jefatura, me parece importante.

PS: ¿Ese renegar de los liderazgos puede ser un problema en los partidos de izquierda de Europa que propugnan direcciones colectivas o en movimientos como los indignados?

GV: Un partido sin jefe se convierte en una especie de difusión tecnológica del poder. Por ejemplo el programa. Cuando se discute del programa, se llega de nuevo a la idea de la objetividad racional infalible. El componente emotivo es importantísimo. Una de las características de la crisis política europea es la tecnificación del poder sin una individualidad. Ahí está el poder de los banqueros, tan neutral, tan impersonal que ni suelen ser conocidos. Otro aspecto de la política latinomericana que se debe tener en cuenta para la política europea es este, ponerle emotividad a la política.

P.S.: Pero frente al comunismo débil de Venezuela, podríamos decir que, en Cuba, hay un comunismo más fuerte y que, gracias a ello, ha podido sobrevivir al acoso de Estados Unidos.

G.V.: La situación cubana es comparable a la de Rusia después del 17. Cuba ha sido sitiada por el capitalismo norteamericano e incluso por la Unión Europea que sigue considerando a Castro como un enemigo. Se han desenvuelto en un comunismo de guerra.

P.S.: Quizás esa tesis de pensamiento débil pueda desembocar en un exceso de concesiones de la izquierda; pienso que, en la socialdemocracia, con su pensamiento débil ha terminado por igualarse con los partidos de la derecha neoliberal.

G.V.: Por eso yo sigo hablando de comunismo. La idea de hablar nuevamente de comunismo es fundamental. Debemos ser conscientes de la debilidad de los partidos de izquierda en Europa. Tal vez no se puede transformar la crisis en una actitud revolucionaria, pero hablar de comunismo débil supone, por un lado, reconocer que hoy en el mundo no se puede imaginar una revolución planetaria global porque nos matan inmediatamente. Digamos que lo de débil es una cuestión táctica y estratégica. Yo pienso en un comunismo más de oposición que de toma del poder inmediatamente, una especie de comunismo anarquista. Hoy no puedo imaginar una fuerza comunista que tome el poder en Italia, incluso cuando tuviese una mayoría electoral, porque estamos dentro de un sistema (Unión Europea, OTAN...) que nos impide todo, pero podemos resistir, mediante luchas locales, a un desarrollo capitalista que nos lleva a la autodestrucción. Por ejemplo la campaña NO TAV (Tren de Alta Velocidad). Son luchas que no nos permiten tomar el poder, pero sí limitar el poder. En esto el comunismo débil sería como el Partido Comunista en Italia en los años 1950 y 1960, que nunca llegó al poder, pero impedía a la Democracia Cristiana hacer cosas que después ha hecho el Gobierno de Monti o el Gobierno de Berlusconi. Yo creo que eso es un problema de visión estratégica mundial que, en este momento, se aprecia en la situación italiana, pero igual en Europa. Imagine una mayoría electoral de izquierda en Europa, no tomaría el poder, porque estamos bajo una ocupación financiera y norteamericana. Hablar de un comunismo débil es interesante incluso desde un punto de vista político. No nos interesa ya describir sociedades ideales. ¿Qué sacamos con eso políticamente? El comunismo débil es un ideal de sociedad leninista, sóviet más electrificación. Ahora solo tenemos electrificación y no sóviet. Tenemos un desarrollo cientifico-tecnológico empujado al extremo con deshumanización de la vida de la gente, necesitamos el sóviet. El comunismo puede ser el único horizonte mitológico que mueva a las masas en este momento. Por un lado, el comunismo es el único ideal posible que se puede agitar hoy para abrir el discurso político de las masas; por otro lado, debe ser débil porque una izquierda mundial no funciona, puede funcionar una multiplicación de los conflictos de base. Incluso a Latinoamérica, no la imagino como una unión regional de izquierdas, sino una multiplicidad de Estados nacionales que se unifican a un nivel de oposición al mundo yanqui, que llevan posiciones resistentes a la ONU, etc.

P.S.: ¿Cómo se podría avanzar entonces en Europa, en España, en Italia hacia ese ‘comunismo hermenéutico’?

G.V.: Con la multiplicación de los conflictos sociales. Desafortunadamente es exactamente lo que un partido que va a las elecciones no puede prometer. No puede un partido político presentarse con un programa que promete la lucha. Todos tienen que prometer el establecimiento de la normalidad, orden, la tranquilidad para las familias, los ahorradores, los accionistas. Pero yo pienso que la única forma de desarrollar una política diferente en Europa sería intensificar las luchas sindicales en contra del poder existente. Me imagino más una intensificación de la vitalidad de base que el cambio desde arriba. Necesitamos siempre el Parlamento y la calle. Los dos. Si adoptas la idea de que vamos a votar cada cinco años y listo, mal. Yo no reniego del objetivo de conseguir mayorías electorales, pero eso se consigue con una lucha continua, sino, esto se duerme. Por otro lado, las izquierdas tienen un instinto suicida terrible, porque como creen más, se van hacia los cismas, las escisiones.

P.S.: ¿Y sobre la situación española? ‘Indignados’, 15-M...

G.V.: La sociedad española sigue siendo una sociedad que no es progresista. Los ‘indignados’ son un poco como Beppe Grillo, debemos plantear si necesitamos un partido un poco más indignado que los otros o tenemos que permanecer indignados hasta el final. Yo pienso que hay que mantenerse indignado hasta el fin, pero viendo la situación de Grillo en Italia, creo que deberían ser más pragmáticos para conseguir algo en el Parlamento. La calle sigue siendo importantísima. Pero yo quiero conquistar un poco más de poder en el Parlamento, y por otro lado, agitar muchísimo los conflictos de base. Los ‘indignados’ sirven para esto último, pero debemos utilizar también el brazo parlamentario.

P.S.: En su libro habla del proyecto político revolucionario de la hermenéutica frente a la política metafísica.

G.V.: Cuando escribimos el libro, el gobierno técnico italiano de Mario Monti no existía pero se confirmó que era reaccionario, conservador del capitalismo y fundado en una pretendida neutralidad de la ciencia económica. Todo esto es una manera de actualizar el discurso de Heidegger. Cada vez estoy más convencido que la política antitecnicista de Heidegger es la política anticapitalista de hoy. La ciencia liberadora que pudo suponer Galileo o Newton ahora se ha vuelto integrante del orden capitalista, no por mala intención de los científicos, sino porque, hoy, para la ciencia se necesita mucho dinero, del Estado o de las empresas privadas. Eso de que la ‘ciencia es la verdad’ es una traición positivista convertida ahora en orgánica al poder. Véase la política europea, siempre se reclama de un ‘conocimiento objetivo’ de los hechos que ayuda a la conservación. Como yo pienso que eso hoy es escandaloso, y a mi me gusta ser provocativo, hemos elegido como subtítulo del libro, “de Heidegger a Marx”. El comunismo, como política revolucionaria actual, no puede ser marxista en el sentido clásico con todo su componente estalinista y positivista de la ‘tradición’ marxista: el realismo, la pretensión de que la clase obrera revela el sentido de la historia... A mí no me parece que sea así. Sobre todo en el Occidente de hoy, donde la clase obrera cambia. Hay un mundo de excluidos que pueden ser obreros, precarios, parados, que no se pueden interpretar como una clase obrera homogénea. Yo creo en la lucha de clases pero ya no sé de qué clases estamos hablando.

P.S.: Usted dice que la invasión de Irak en 2003 y la crisis bancaria de 2008 son los ejemplos paradigmáticos del fracaso de la política metafísica ¿podría explicarlo?

G.V.: La metafísica cree mucho en la democracia formal, pero es poco democrática y mucho formal. Irak fue el ejemplo de una política que se sentía legitimada por el ‘conocimiento objetivo’ de valores: nosotros somos mejores que ellos porque somos democráticos, tenemos elecciones... Los iraquíes tienen el derecho humano a ser democráticos y a ser bombardeados por los estadounidenses. Por otro lado, el rescate financiero presentaba, de forma absoluta, una pretendida base científica, decía que esa era la única opción. Aunque en algunos momentos he tenido dudas en mi heideggerismo antitecnicista y antipositivista, en los últimos años me siento confirmado absolutamente en esta posición al ver el fundamentalismo de los que se llaman ‘gobiernos técnicos’. Reconozco que hablar de una política metafísica es una terminología un poco especializada, pero nos permite detectar mejor la conexión entre el cientifismo y el capitalismo.

P.S.: ¿Y esta crítica no puede conducirle a renegar de la Ilustración incluso?

G.V.: La Ilustración era la reivindicación de los derechos naturales. Cuando se reivindican derechos naturales en contra del poder existente, estoy de acuerdo, pero cuando la revolución tiene éxito surgen los derechos de los que detentan el poder, por ejemplo el Papa, que se adscribe un derecho natural sobre los católicos, y se pasa de una metafísica revolucionaria a una metafísica conservadora. Todo el discurso de la Ilustración siempre se fundó sobre una fe en la razón humana, universal, que se reveló al servicio del poder colonialista primero y capitalista después. Yo estoy con el derecho natural cuando es revolucionario, cuando es más de clase que la razón universal. Cuando los proletarios utilizan el derecho natural para hacer la revolución estoy de acuerdo pero cuando se convierte en la fe del orden mundial, como hizo George W. Bush –nosotros somos los buenos y ellos los malos–, estoy en contra."                 

(Entrevista a Gianni Vattimo, Pascual Serrano, Le Monde Diplomatique, mayo de 2013)

5/9/22

La visión de Gorbachov de una Rusia europeizada representaba una amenaza para la hegemonía estadounidense (militar y económica), ya que prometía unir a Europa Occidental y a Rusia en una causa común. Eso hacía que la visión de Gorbachov fuera estratégicamente subversiva... Rusia y Europa Occidental constituyen un matrimonio económico perfecto. Rusia tiene recursos naturales y necesita capital. Europa tiene capital y necesita recursos naturales. Ambos tienen conocimientos científicos y poblaciones educadas... la expansión de la OTAN hacia el este ha creado un caballo de Troya estadounidense que promete desestabilizar Europa en el siglo XXI... porque los nuevos Estados miembros son más leales a Estados Unidos que a Europa Occidental... La culpa del fracaso de Europa recae principalmente en Francia y Alemania, que son los líderes de Europa y han fracasado en el desarrollo de un proyecto geopolítico europeo independiente

 "Mijaíl Gorbachov murió el 30 de agosto de 2022. Desde entonces, los líderes occidentales se deshacen en elogios. Esas alabanzas ocultan cómo Occidente traicionó a Gorbachov tras su caída del poder, y cómo esa traición sembró el conflicto de Ucrania.

La historia es complicada porque la caída de Gorbachov fue provocada por los partidarios de la línea dura del Partido Comunista, por lo que los problemas que sufrió Rusia a partir de entonces también se deben en gran medida a las acciones rusas. Dicho esto, Gorbachov buscó una asociación para la paz, la prosperidad y la democracia. Después de su caída, Occidente renunció al acuerdo refrendado con un apretón de manos. 

Un homenaje a la inspiradora visión de Gorbachov

Antes de pasar a los detalles de esa traición, se justifica un homenaje a Gorbachov. Gorbachov pretendía transformar la Unión Soviética de un sistema represivo cerrado en un sistema socialista consultivo abierto que formara parte de la familia europea. Esa aspiración se describió como glasnost (apertura) y se impulsó a través del movimiento de reforma de la Perestroika.

Su aspiración quedó plasmada en su histórico discurso de 1989 ante el Consejo de Europa. En él, invitó a Europa Occidental a unirse a la Unión Soviética en la creación de una Europa abierta, fraternal y próspera que pusiera fin a las animosidades de la Guerra Fría. Su discurso termina con un llamamiento a la inclusión de la Unión Soviética en una Europa armoniosa:

"Estamos convencidos de que lo que necesitan es una Europa, pacífica y democrática, una Europa que mantenga toda su diversidad y sus ideas humanistas comunes, una Europa próspera que extienda sus manos al resto del mundo. Una Europa que avance con confianza hacia el futuro. Es en esa Europa donde visualizamos nuestro propio futuro".

Trágicamente, su visión no se hizo realidad. Por el contrario, fue deshecha por la espiral de acontecimientos desencadenados por el golpe de Estado de la línea dura de 1991, la hostilidad de Estados Unidos y la ingenuidad de los líderes de Europa Occidental.

El golpe comunista de 1991

El desmoronamiento de la visión de Gorbachov comenzó con el golpe de Estado del 19 de agosto de 1991, en el que los partidarios de la línea dura del Partido Comunista intentaron derrocarlo y cerrar el proceso de reforma de la Perestroika. Aunque el golpe fracasó, desencadenó fuerzas que desgarraron la Unión Soviética y provocaron la desaparición política de Gorbachov.

La República Socialista Soviética de Ucrania anunció su intención de independizarse el 24 de agosto, seguida por una declaración similar de la República de Bielorrusia el 25 de agosto. El 27 de agosto, el Soviet Supremo de Moldavia declaró su independencia; el 30 de agosto, el Soviet Supremo de Azerbaiyán se separó; y el 31 de agosto, el Soviet de Kirguistán se separó. Había quince repúblicas soviéticas. En noviembre, sólo tres (Rusia, Kazajstán y Uzbekistán) no habían declarado su independencia. En efecto, ya no había una Unión Soviética que presidir, y Gorbachov dimitió como presidente el 25 de diciembre de 1991. Al día siguiente, el Sóviet Supremo votó su propia desaparición y la de la Unión Soviética.

En retrospectiva, el fallido golpe de Estado de la línea dura dio el pistoletazo de salida a la disolución de la Unión Soviética, ya que los jefes de la República Comunista se apresuraron a hacerse con el poder que les daría la ventaja en el saqueo que se avecinaba. En Rusia, la carrera la ganó Boris Yeltsin, que era presidente de la República Soviética Rusa.

La expansión de la OTAN hacia el este

Incluso después de la disolución de la Unión Soviética, el desastre de la terapia de choque económica y el saqueo de Rusia, la visión de Gorbachov podría haberse hecho realidad. Sin embargo, la expansión de la OTAN hacia el este la ha impedido de forma decisiva.

Como ha documentado el embajador Jack Matlock Jr., el último embajador de Estados Unidos en la Unión Soviética, un elemento crítico para que Gorbachov pusiera fin a la Guerra Fría fue el acuerdo de que no hubiera una expansión de la OTAN hacia el este más allá de la inclusión de Alemania Oriental. Ese acuerdo de apretón de manos fue esencial para la tranquilidad de la seguridad nacional rusa.

Sin embargo, tras la desintegración de la Unión Soviética, Occidente aprovechó la debilidad de Rusia para ampliar la OTAN hasta sus fronteras. El resultado fue la destrucción de la base de la confianza y la creación de una razón duradera para los temores militares rusos.

La OTAN se estableció como una alianza defensiva de la Guerra Fría. Es comprensible que continuara, pero la expansión hacia el este fue un acto inequívocamente agresivo que sólo ha empeorado la seguridad de los estados miembros originales de la OTAN. Los nuevos miembros contaban con activos militares insignificantes, pero todos aportaban un enorme riesgo de conflicto. Casi todos tenían tradiciones democráticas inexistentes, largas historias de intolerancia política, historias de conflicto con Rusia y eran intolerantes con los rusos étnicos dentro de sus fronteras. Su ingreso en la OTAN significaba que los Estados miembros originales se comprometían a defender a los países que podían provocar un conflicto con Rusia.

La hostilidad de EEUU

Dicho esto, la expansión de la OTAN hacia el este siempre ha tenido sentido desde el punto de vista de EEUU. En primer lugar, Estados Unidos se adhiere a la doctrina neocon que sostiene que Estados Unidos debe ser hegemónico a nivel mundial. Eso significa que ningún país debería poder desafiar a EE.UU. como lo hizo en su día la Unión Soviética. Rusia todavía tiene ese poder, lo que la convierte en una amenaza continua a los ojos de los neoconservadores.

En segundo lugar, Estados Unidos está protegido por los océanos Atlántico y Pacífico. En consecuencia, nunca sufre el daño directo o el retroceso de los conflictos que inicia. Por ello, la expansión de la OTAN hacia el este fue prácticamente gratuita para Estados Unidos.

En tercer lugar, la visión de Gorbachov de una Rusia europeizada representaba una amenaza fundamental para la hegemonía estadounidense (militar y económica), ya que prometía unir a Europa Occidental y a Rusia en una causa común. Eso hacía que la visión de Gorbachov fuera estratégicamente subversiva.

La ingenuidad europea

En el otro lado de la balanza, Europa ha perdido mucho con el fracaso de la visión de Gorbachov. En primer lugar, Europa sufre los daños directos y el retroceso de los conflictos. Así lo han demostrado los conflictos de Bosnia, Serbia, Irak, Libia, Siria y Afganistán, y lo está demostrando de nuevo el conflicto de Ucrania.

En segundo lugar, Europa ha perdido una enorme oportunidad económica al seguir el liderazgo estratégico de Estados Unidos. Rusia y Europa Occidental constituyen un matrimonio económico hecho en el cielo. Rusia tiene recursos naturales y necesita capital. Europa tiene capital y necesita recursos naturales. Ambos tienen conocimientos científicos y poblaciones educadas.

En tercer lugar, la expansión de la OTAN hacia el este ha creado un caballo de Troya estadounidense que promete desestabilizar Europa en el siglo XXI. Los nuevos Estados miembros son más leales a Estados Unidos que a Europa Occidental. Esto ha sido ilustrado repetidamente por Polonia. Ha comprado aviones militares y civiles estadounidenses en lugar de aviones europeos, y ahora ha establecido una base militar estadounidense autónoma a gran escala dentro de Polonia.

La culpa del fracaso de Europa recae principalmente en Francia y Alemania, que son los líderes de Europa y han fracasado en el desarrollo de un proyecto geopolítico europeo independiente. Ese fracaso también puede reflejar la captura por parte de Estados Unidos del liderazgo europeo -un tipo de efecto "Candidato de Manchuria"- que se hace evidente en las trayectorias profesionales y el currículo de los líderes.

Epitafio

Mijaíl Gorbachov no quería la disolución de la Unión Soviética ni el fin del socialismo. Quería un nuevo capítulo para Rusia que pasara la página de los horrores del siglo XX. Se montó en el tigre con la esperanza de lograr un cambio social noble, pero el tigre le tiró.

Incluso después de ser descartado y de la desaparición de la Unión Soviética, su visión de una Rusia integrada en una Europa pacífica y democrática podría haber sido posible. Sin embargo, para ello se necesitaba la buena voluntad de Estados Unidos y un liderazgo europeo inteligente, dos elementos de los que se carecía (y se carece).

Esto hace que los elogios de los líderes estadounidenses y europeos sean huecos. Dichos líderes representan a los establecimientos políticos que, en última instancia, traicionaron la visión de Gorbachov, y esa traición explica por qué ahora es un hombre rechazado en su país."

(Thomas Pailey, Brave New Europe, 01/09/22; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

29/8/22

La Unión Europea se construyó sobre un rechazo a la democracia... Es una «tiranía de la minoría» que domina a través de formas de liberalismo autoritario... La gestión de las crisis recientes por parte de la UE demuestra su falta de respeto por la democracia... resultado de un proyecto de décadas para sustraer las decisiones económicas del control popular... una de las razones del surgimiento de la construcción política antidemocrática de la UE en la posguerra fue el miedo a la democracia tras las experiencias del antifascismo y los sueños y expectativas de otro mundo más democrático que suscitó

"La gestión de la Unión Europea de las crisis de la deuda soberana de la última década puso en evidencia sus aspectos antidemocráticos. Incluso allí donde se eligieron gobiernos que prometían acabar con el dolor de la austeridad, como en Grecia en 2015, los líderes de las instituciones europeas que carecían de mandato popular se aferraron a sus propios dogmas. La pandemia trajo otra ola de intervenciones, no siempre con la misma retórica, pero de nuevo con poco proceso democrático real. ¿Son los aspectos antidemocráticos de la UE un resultado de las crisis, con sus mecanismos de respuesta codificados en sus instituciones? ¿O estos elementos siempre han estado ahí? 

Estas son preguntas que Michael Wilkinson aborda en su importante estudio Authoritarian Liberalism and the Transformation of Modern Europe [El liberalismo autoritario y la transformación de la Europa moderna], en el que sostiene que el dogma ordoliberal fue la referencia ideológica clave de la UE desde su concepción en el Siglo de Oro. Deconstruyendo los relatos neoliberales idealizados que ven a la Unión Europea como el faro de los valores occidentales, muestra su composición política real, mucho menos admirable. Desde Jacobin conversamos con Wilkinson sobre su estudio.

GS :¿Por qué decidió escribir Authoritarian Liberalism and the Transformation of Modern Europe? ¿En qué medida se aleja de sus escritos anteriores? 

MW : Decidí escribir el libro a lo largo de varios años, empezando por el momento álgido de la crisis del euro en 2012, cuando el término «liberalismo autoritario» surgió por primera vez en mi mente. El término pretende captar la combinación de autoritarismo político y liberalismo de mercado que impulsó la Troika —el Banco Central Europeo (BCE), el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea—, el Eurogrupo de ministros de Economía y los poderosos Estados miembros.

Sus acciones se caracterizaron por una impronta particularmente autoritaria tras la elección de Syriza en Grecia en 2015, que había ofrecido la primera oposición política seria a la austeridad, antes de ser aplastada decisivamente. Escribí varios artículos en los que intentaba situar estos fenómenos excepcionales en la historia de la integración europea remontándome al periodo de entreguerras, cuando el «liberalismo autoritario» fue acuñado por primera vez por el socialdemócrata y teórico constitucional alemán Hermann Heller para describir los gabinetes presidenciales que gobernaban a finales de Weimar antes de la toma del poder por los nazis.

Pero cuando comencé a esbozar estas impresiones iniciales en un lienzo más amplio, para contar la historia más larga, empecé a darme cuenta de que necesitaba hacer más trabajo histórico sobre las condiciones de fondo del liberalismo autoritario para dar sentido a cómo pudo tener éxito. En otras palabras, necesitaba alejarme de un marco de norma/excepción y acercarme a una narración histórica más completa. Así que el libro se apartó de mis escritos anteriores en el sentido de que era menos especulativo y más concreto. Analicé las condiciones materiales e ideológicas del liberalismo autoritario y la aparente falta de alternativas, así como el modo en que se generaron estas condiciones a lo largo de varios periodos, empezando por la coyuntura de entreguerras, continuando con el acuerdo de posguerra y la era posterior a Maastricht, y finalmente madurando a través de la propia crisis del euro. Esto me dio la estructura cronológica en cuatro partes del libro, pero también lo convirtió en un proyecto mucho más largo.

GS: ¿La Unión Europea ha sido antidemocrática desde su fundación? 

MW :El déficit democrático fue un elemento básico de los estudios políticos y jurídicos sobre la Unión Europea en la década posterior [al Tratado fundacional de la UE de Maastricht de 1992]. Muchos estudiosos habían expuesto los aspectos estructurales del déficit, relacionados con el proceso consensuado y opaco de elaboración de leyes, la autoridad que la legislación de la UE reclamaba sobre la legislación nacional y el desequilibrio constitucional del tratado a favor de las libertades de mercado y en contra de la solidaridad social. Igualmente importante, se ha demostrado que la mejor manera de entender este déficit es como una característica clave de la escena política nacional. La integración europea no fue algo impuesto «desde arriba», sino que fue un proceso de transformación del Estado que contribuyó al vaciamiento de la democracia al desconectar aún más a las élites políticas del pueblo y afianzar formas de liberalismo de mercado.

Una vez más, al investigar más a fondo, resultó que esta desconexión democrática era un fenómeno mucho más profundo. En los años cincuenta y sesenta, una serie de comentaristas vagamente asociados a la Escuela de Frankfurt, como Franz Neumann y Otto Kirchheimer, habían diagnosticado una profunda alienación política en los pueblos de Europa. Esta se plasmaba en el eclipse de la libertad política, el declive de la autoridad parlamentaria y el debilitamiento de la representación tradicional de la clase trabajadora. Era más evidente en Alemania Occidental, pero tenía ramificaciones mucho más amplias y podía identificarse en otros Estados miembros fundadores «centrales», como Francia e Italia.

Lo que me pareció especialmente preocupante de esta desconexión fue que parecía estar legitimada por un mito, la percepción de que la democracia necesitaba ser restringida tras su exceso de entreguerras, de ser capturada por la llamada «tiranía de la mayoría», cuando en realidad la democracia había sido profundamente recortada.

Era una «tiranía de la minoría» la que dominaba, a través de formas de liberalismo autoritario así como de la violencia del fascismo y el nazismo. Esto apuntaba al hecho de que el «déficit democrático» no era solo una limitación institucional o una construcción accidental, sino un fenómeno ideológico, arraigado en el imaginario constitucional de la posguerra y consolidado a lo largo del tiempo. 

GS : Otro de los argumentos que sustenta su estudio, siguiendo a Chris Bickerton, es que la Unión Europea desempeñó un papel activo en la construcción del Estado en la posguerra. ¿Podría explicar este argumento? 

MW : Maastricht fue una especie de momento decisivo, por la forma en que amplió y profundizó el déficit democrático estructural de la Unión Europea. Pero los pilares ya se habían puesto en marcha, empezando por el Tratado de Roma y la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas a principios de los años sesenta, que sentaron las bases para la «constitucionalización» del tratado y la «integración furtiva» que le siguió.

La integración europea se caracterizó en esta época por proceder con el respaldo de un «consenso permisivo»: no hubo una movilización popular activa de los ciudadanos hacia el proyecto, pero tampoco hubo una oposición notable. Era un proyecto impulsado por las élites nacionales, en particular por las redes de políticos y juristas democristianos. Los abogados desempeñaron un papel clave, «escondidos en el ducado de Luxemburgo», y esta es una parte fundamental de la historia que cuento en el libro, bastante conocida por los estudiosos del derecho de la UE. Pero he querido ofrecer un relato más amplio, incorporando los cambios en las relaciones entre el Estado y la sociedad que facilitaron este proceso o, al menos, permitieron que se desarrollara sin una oposición significativa. 

GS:Usted comienza la narración de su libro desde el periodo de entreguerras. ¿Qué análisis teórico se produjo entonces que pueda ayudarnos a entender lo que ocurrió después de 1945, en términos de construcción de la lógica política de la UE?

MW :No hay un solo autor, sino una variedad de fuentes que me ayudaron a reconstruir el complejo panorama de la coyuntura de entreguerras y su significado para la Europa de posguerra. Mencioné a Heller en respuesta a la primera pregunta: su trabajo a lo largo de los años 20 y hasta principios de los 30, junto —y en oposición— al de Carl Schmitt, fue crucial para ofrecer una visión teórica y política del colapso de la República de Weimar. La obra de Karl Polanyi La gran transformación demostró que la combinación de autoritarismo y liberalismo que surgió en vísperas del colapso de Weimar no era ni mucho menos única; de hecho, fue una estrategia global de la burguesía como reacción a la amenaza de los movimientos de la clase obrera y otras respuestas socialistas a la crisis económica y la dura desigualdad.

Estos autores fueron útiles para ayudar a desacreditar la narrativa liberal, tan dominante en la teoría constitucional estadounidense y europea dominante, de que fueron los excesos democráticos los que llevaron al colapso democrático. Como he señalado anteriormente, fue, por el contrario, la supresión de la democracia la causa próxima de su desaparición. Heller es una figura fundamental en este sentido, sobre todo porque fue su propia creencia en el Estado social progresista la que le llevó a defender una política de «tolerancia» hacia las élites autoritarias que gobernaban a finales de Weimar, una estrategia basada en su «mal menor» en comparación con los nazis. Esta estrategia resultó fatal al debilitar el vínculo entre la izquierda política y la clase obrera, una debilidad exacerbada por el servilismo del KPD [Partido Comunista Alemán] a Moscú.

Pero quizás, aunque de forma más sutil, fueron las «Tesis sobre la filosofía de la historia» de Walter Benjamin (que figura simbólicamente en la portada del libro) las que resultaron clave, al ofrecer un ángulo que faltaba: el sentido de que era erróneo creer en el progreso inevitable del tiempo histórico, una característica de gran parte del pensamiento socialdemócrata —equivocado— de entreguerras y de posguerra. Este enigmático texto ofrecía un correctivo crucial al economicismo y al determinismo mecánico que hundió a la izquierda de entreguerras; en cambio, ofrece, en la poderosa interpretación de Michael Löwy, una fusión de romanticismo revolucionario y materialismo histórico.

GS : Usted sostiene que una de las razones del surgimiento de la construcción política antidemocrática de la UE en la posguerra fue el miedo a la democracia tras las experiencias del antifascismo y los sueños y expectativas de otro mundo más democrático que suscitó. Pero, ¿cómo limitó el proyecto europeo las aspiraciones democráticas en el momento de la posguerra? 

MW : Esto se desprende muy bien de la pregunta anterior. Se culpó a una democracia excesivamente politizada —erróneamente, en mi opinión— del colapso de la sociedad de entreguerras. En la posguerra, los liberales, los democristianos y los socialdemócratas alcanzaron un consenso político en torno a un capitalismo domesticado, así como a una democracia restringida (como ha relatado Jan-Werner Müller) y se unieron en torno a un compromiso centrista, que incluía una negociación social entre el trabajo y el capital.

La integración europea proporcionó un marco para una «democracia constreñida en general»; no fue la raíz de lo que yo llamo un «liberalismo autoritario pasivo», pero lo consolidó, presentando varios puntos de veto institucionales contra el ejercicio del poder democrático. Más tarde hizo casi imposible desviarse de él, afianzando las estructuras institucionales y la cultura constitucional del liberalismo autoritario en un marco de tratados endurecido, así como en una ideología de integración europea. Esta fue en gran medida pasiva, al menos hasta la crisis del euro, en el sentido de que dependía más de un repliegue de la esfera política y de un abandono de la clase trabajadora que de dictados y decretos; se construyó en torno a una hegemonía suave más que a la coerción.

La posición de la izquierda radical en la posguerra es más compleja. Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los que luchaban contra el nazismo y el fascismo alcanzaron posiciones de considerable prestigio (sobre todo en los movimientos de la Resistencia y los partidos comunistas de Francia e Italia), hubo un breve momento de optimismo por una política más radical. Pero se disolvió rápidamente. La desradicalización adoptó formas específicas a lo largo de varias décadas y fue el resultado de acontecimientos tanto nacionales como internacionales, entre los que destaca la creciente hegemonía de Estados Unidos.

Aquí tendríamos que ofrecer relatos más granulares y específicos de cada país, para los que no hay espacio para relatar con detalle. Baste decir que el apego al proyecto de integración europea se convirtió en una trampa fatal para la izquierda: la creencia, ejemplificada quizás sobre todo en Italia, de que el socialismo se alcanzaría a través de Europa o no se alcanzaría, la dejó quieta cuando se trató de la Unión Europea. La izquierda quedó paralizada entre el aparente «mal menor» de la UE en relación con el sentimiento nacionalista y el lujo del optimismo intelectual sobre las perspectivas de progreso supranacional.

GS : ¿Hasta qué punto el Tratado de Maastricht es una continuación del autoritarismo pasivo del proyecto europeo en los años de posguerra? ¿Cuáles son las diferencias entre ambos momentos? 

MW : Los cambios efectuados por Maastricht son significativos y multifacéticos. En primer lugar, en el plano estructural-constitucional, sentó las bases de la Unión Económica y Monetaria Europea (UEM) y de la moneda única, que pondría una camisa de fuerza adicional a la economía política de los Estados miembros, elevando una constitución macroeconómica para los países de la zona euro al privarles de autonomía monetaria. En segundo lugar, alteró drásticamente el alcance geopolítico del proyecto, ya que la ampliación de la UE en combinación con la reunificación alemana cambió el equilibrio de poder franco-alemán a favor de Alemania y hacia una economía política más neoliberal. Este proceso se aceleró con la adhesión de los países de Europa Central y del Este y su rápida y brutal transición a las economías de mercado sin una sólida construcción de la democracia. Estos dos fenómenos —la profundización y la ampliación del liberalismo de mercado— crearon conjuntamente una estructura que sería mucho más impermeable al cambio, pero también muy frágil en términos de su débil apoyo democrático.

Así que, además, y de forma reveladora, Maastricht también puso de manifiesto el fin del «consenso permisivo» sobre la integración, con la agitación del resentimiento popular contra unas élites cada vez más desconectadas, notable en la reacción francesa a Maastricht y el «petit oui» en su referéndum (cuando los franceses apenas lo aceptaron por un 51% contra un 49%). De manera crucial, esta desconexión sería explotada más por la derecha política que por la izquierda, aferrándose ésta a un europeísmo ideológico a pesar de la creciente evidencia de la deriva neoliberal de la UE.

En esta época, el movimiento académico (sobre todo bajo la influencia de Jürgen Habermas) se orientó hacia conceptos como «postsoberanía», «posnacionalismo» e implícitamente «posdemocracia», con la teoría del discurso y su horizonte de acuerdo futuro sustituyendo el análisis material y la política de clases. La derecha, por otro lado, se beneficiaría retórica y electoralmente de convertir a la UE en un chivo expiatorio, pero no tenía ningún plan, ni necesidad, de poner la salida sobre la mesa, ya que podía perseguir sus objetivos desde dentro de la UE e incluso remodelar Europa a su imagen, como por ejemplo en la reciente adopción del discurso populista por parte de las élites políticas europeas, como la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el francés Emmanuel Macron.

GS :Usted sostiene que el dogma ordoliberal se fundió con la constitución política de la Unión Europea. ¿Cómo ocurrió esto, y cuáles fueron las implicaciones?

MW : El grado de influencia del ordoliberalismo en la Unión Europea y en las economías políticas internas de la UE es muy discutido, entre otras cosas porque hay diferencias dentro de la tradición ordoliberal. Desde mi punto de vista, el ordoliberalismo es muy instructivo en cuanto a su privilegio de la estabilidad económica sobre la política democrática, su defensa de una constitución económica para evitar la interferencia «irracional» en la economía y su visión altamente ideológica y moralista del homo economicus.

El vínculo entre los ordoliberales y Carl Schmitt es tenue pero real, como ha documentado Werner Bonefeld; hay una teología política y un autoritarismo decisionista en juego para ambos; en el caso de los ordoliberales, una decisión a favor de la despolitización de la economía y en contra de la planificación socialista. La posición de Schmitt es más compleja, abstracta y cambiante, pero en el punto de su discurso de 1932 a la Langnam-Verein hay claras afinidades con los ordoliberales y los neoliberales al identificar el socialismo democrático como la amenaza clave para el orden constitucional y económico.

El ordoliberalismo, como digo, es instructivo como forma de liberalismo autoritario. Pero sería un error pensar que el ordoliberalismo se aplicó de forma mecánica, tanto a nivel nacional como en Europa. Desde sus inicios, los ordoliberales se reunieron con pensadores asociados al liberalismo clásico y al neoliberalismo y con otros centristas variados, como se representó en la reunión del Coloquio Walter Lippmann en 1938; estos pensadores estaban unidos en su escepticismo y miedo a la democracia y pretendían lograr la hegemonía para una restauración del orden liberal, pero por lo demás eran muy diversos en sus programas específicos.

En la Europa de la posguerra, el ordoliberalismo fue recibido a través de diversas tradiciones nacionales de economía política y desarrollo constitucional material. Y, de hecho, una de las líneas argumentales que desarrollé en las últimas etapas del libro fue que la confluencia del ordoliberalismo con la estrategia de crecimiento impulsada por las exportaciones de Alemania fue lo que lo hizo altamente disfuncional para la Unión Europea en su conjunto, especialmente cuando se produjo la crisis del euro.

En ese momento, el ordoliberalismo pasó a tener una influencia tanto ideológica como práctica, justificando las políticas asociadas a la austeridad, pero en formas que también requerían intervenciones dramáticas y acciones discrecionales. Estas eran anatema para algunos ordoliberales por la forma en que requerían romper el «manual» de la constitución macroeconómica así como la agenda doméstica para mantener el espectáculo en marcha: financiación del banco central, rescates, etc. Esto dio lugar a una serie de recursos legales ante el Tribunal Constitucional alemán contra las intervenciones, especialmente las del BCE.

Sin embargo, en cada etapa, el objetivo de estos desafíos era tratar de apoyar y sostener el telos del liberalismo de mercado: garantizar la condicionalidad, proscribir las condonaciones de deuda, proteger contra el «riesgo moral». Las implicaciones para la constitución política de la UE fueron graves, como señaló Wolfgang Streeck: los conflictos nacionales sustituyeron al conflicto de clases, los países del Sur quedaron económicamente devastados con un desempleo masivo, sobre todo para las generaciones más jóvenes, y Europa quedó más desunida de lo que había estado en medio siglo.

GS ; ¿Qué procesos históricos llevaron a la completa neoliberalización de la UE? ¿Y cuál fue el papel específico de Alemania? 

MW : No estoy seguro de que sea útil pensar en la neoliberalización completa de la UE, dado que el proceso de integración siempre está condicionado por los Estados miembro y depende de los acontecimientos. No cabe duda de que existe una lógica neoliberal de despolitización de la economía integrada en el proyecto. Y la UEM fue crucial para reducir la autonomía política de los Estados miembros. Pero el peso relativo de la economía política alemana también cambió el equilibrio de poder entre los Estados europeos en la década de 1990, como ya indicaba el giro del presidente François Mitterrand hacia un programa socialista en Francia a principios de la década de 1980.

Lo que quizás fue más significativo fue el giro de los partidos de centroizquierda y socialdemócratas hacia el neoliberalismo a finales de los años 90 (especialmente el triunvirato de Tony Blair, Gerhard Schröder y Lionel Jospin), de modo que incluso cuando había una clara mayoría de partidos de centro-izquierda entre los gobiernos europeos, apenas se desviaba del dogma neoliberal.

Esta neoliberalización de los partidos socialdemócratas fue un aspecto clave en el vaciamiento de la democracia occidental, aumentando la desconexión entre la clase trabajadora y sus representantes políticos. La integración europea contribuyó a este estrechamiento de los horizontes políticos, y lo consolidó, pero no fue la causa de ello como tal. Es crucial tener esto en cuenta porque también sugiere que una salida del liberalismo autoritario tiene que ser dirigida desde abajo, desde el propio demos. Para invertir el lema de gran parte de la izquierda europea, el socialismo será alcanzado por los Estados miembro o no será alcanzado, en el proceso de alcanzar un verdadero internacionalismo democrático.

GS : ¿Cómo afectó la transformación neoliberal de los años 80 en adelante a las decisiones que tomó la UE sobre la gestión de la crisis del euro?

MW :La transformación neoliberal de la UE a partir de la década de 1980 creó un conjunto de estructuras constitucionales y un consenso ideológico que parecían limitar fuertemente las posibilidades de hacer frente a la crisis del euro. Pero esta apariencia era muy engañosa en un aspecto importante. Cuando existía la voluntad política, se encontraban formas de eludir las limitaciones constitucionales. Lo que significaba esto era que las decisiones estarían dirigidas por la élite y se tomarían de una manera casi totalmente democrática sin rendir cuentas, impulsadas por la Troika (especialmente el BCE), el Eurogrupo y los poderosos Estados miembros.

El resultado sería lo que Mark Blyth denominó el mayor cebo y cambio de la historia, con una crisis bancaria convertida en una crisis de la deuda soberana para justificar una política de austeridad basada en la clase. Esto condujo a una serie de revueltas parciales y al crecimiento de los movimientos antisistémicos a medida que la gente despertaba a la realidad de la situación y generaba un cierto impulso hacia el cambio político e incluso una revuelta abierta contra el sistema.

Aunque no logró sus objetivos, reveló con cierta claridad la naturaleza del problema. Y también expuso la falta de alternativas a la integración europea en la izquierda, capturada como lo estaba por un discurso de postsoberanía y globalización que había abandonado efectivamente el dominio de la soberanía política y la política de clases.

GS : ¿Y la experiencia griega? ¿Cómo conectarías los argumentos clave de tu libro con la forma en que la UE trató el ascenso de Syriza en la primera mitad de 2015?

MW : El movimiento antisistémico más significativo de la crisis del euro surgió en Grecia con la elección de Syriza sobre una plataforma antiausteridad en enero de 2015, dando un breve parpadeo de esperanza a toda la izquierda europea. La reacción de las élites de la UE fue dura pero no sorprendente. Hay que entender que desde la perspectiva del capital, en particular del alemán, había una cierta racionalidad en la austeridad. Y había un deseo político de castigar a cualquiera que se atreviera a cuestionar el statu quo desde la izquierda, como incluso Habermas señaló con respecto a Grecia.

Sin embargo, en el análisis final sostengo que considerar solo cómo la UE trató a Syriza es perder el punto: sí, las élites políticas de todo el continente estaban dispuestas a sacrificar a Grecia; pero lo que la crisis del euro reveló sobre todo fue que la izquierda debe estar dispuesta y ser capaz de sancionar una ruptura del sistema europeo, lo que significa, en última instancia, que debe estar dispuesta a buscar una salida de la UE."

(Entrevista a Michael Wilkinson, profesor asociado de Derecho en la London School of Economics, George Souvlis, JACOBINLAT, 28/08/22)

19/8/20

¿Estuvo la Unión Europea en peligro por la pandemia? Sí, claramente corrió peligro. Tras la gran recesión, la crisis del euro y la crisis refugio podría llegar otra. La ausencia de solidaridad hacia Italia, que buscó otras alianzas fuera de la UE, los cierres de fronteras y la prohibición de compartir material médico marcaron un punto de inflexión hacia una nueva crisis

 "David Perejil (Madrid, 1976) es periodista y analista de Relaciones Internacionales, así como activista de Derechos Humanos. Perejil es editor del libro Europa frente a Europa. Mapa de crisis y vías de escape (Lengua de Trapo, 2020) de reciente publicación.

 Un recorrido desde múltiples perspectivas y autores por la encrucijada en la que se encuentra la Unión Europea en este momento tan especial. Escriben en él Pablo Bustinduy, Santiago Alba Rico, Gabriel Flores, Emma Rose Álvarez Cronin, Itiziar Ruiz-Giménez Arrieta, Javier Martín y Tica Font. Perejil también editó y escribió ¿Qué queda de las revueltas árabes? (La Catarata, 2015). Responde a las preguntas de cuartopoder.

-En la presentación del libro, hace referencia a cómo de enrevesada es la política europea y el lenguaje que la rodea. ¿Por qué después de 27 años de Unión Europea sigue resultando tan lejana a las ciudadanías?

-La Unión Europea es un híbrido complejo entre una estructura supranacional y la coordinación de políticas estatales. Desde sus comienzos, hay graves déficits democráticos, como el limitado papel de un Parlamento Europeo que no tiene las mismas funciones de los parlamentos de cada país. Este déficit se convirtió en una crisis con la austeridad y los recortes sociales a Grecia, Italia y España en la anterior crisis económica. 

Cada país tiene su propia relación con la Unión Europea. En el nuestro, ha estado unida a la modernización económica y a nuestra propia historia, que tras una dictadura quería ser Europa. Y por eso hay una elevada aceptación, que no es para siempre como se ha visto en las recientes crisis.

 Más allá de la necesidad de conocer la importancia de la Unión Europea en las normas, empleos o alimentos en nuestra vida cotidiana, es necesario dotarnos de análisis y acciones para poder actuar con posiciones políticas diferentes. Urge conocer las diferentes crisis económica, social, política, de valores, derechos humanos, política exterior, relación con el mundo árabo-musulmán y de seguridad que atraviesa la UE. 

Por esa razón, nos empeñamos en publicar Europa frente a Europa (Lengua de Trapo, 2020). Queríamos huir de las explicaciones que adjetivan la palabra “euro” para ofrecer explicaciones a fondo, en muchas ocasiones enraizadas en la historia de Europa más allá de la estructura comunitaria; señalar problemas, separarlos de los aspectos positivos e indicar alguna vía de escape. Como editor, pretendía que cada lector o lectora que se acerque a las páginas del libro pueda tener un mapa para orientarse en el debate público y, ojalá, para actuar. 

-El libro estaba a punto de publicarse cuando estalló la pandemia de la covid-19. En un primer momento, vimos la debilidad europea, estados enfrentándose por recursos sanitarios, incapacidad de una directriz común para afrontar la tragedia. ¿Estuvo la Unión Europea en peligro?

-Sí, claramente corrió peligro. Podía llegar una nueva crisis a una estructura que en la última década ha sufrido la gran recesión, la crisis del euro y la crisis refugio. La ausencia de solidaridad hacia Italia, que buscó otras alianzas fuera de la Unión Europea, los cierres de fronteras y la prohibición de compartir material médico marcaron un punto de inflexión hacia una nueva crisis. Sin embargo, a partir de esas semanas, la Unión Europea reaccionó con rapidez para los tiempos a los que nos tiene acostumbrados. En primer lugar, desde el BCE y la Comisión Europea, seguidos de un fuerte apoyo del Parlamento Europeo y, en último lugar, con la negociación entre estados de los últimos Consejos Europeos.

Es curioso, porque la actuación de la Unión Europea se suele analizar desde posturas muy apriorísticas. Por un lado, como un espacio de deseos más que de realidades concretas sobre las que actuar, en función de las competencias de cada institución y de diferentes opciones políticas a veces poco explicitadas. 

En este sentido, ante la magnitud de la pandemia, muchas personas de los países más afectados deseaban más presencia porque sentían que era el momento para una organización como la Unión Europea. Y desde algunos ámbitos cercanos a Bruselas se llegó a justificar la inacción porque las competencias sanitarias son básicamente estatales como una exculpación de la Comisión Europea. Eso es real, pero choca con la rapidez con que cambian las reglas del juego cuando hay acuerdo político y con la necesidad de de actuación.

En esa línea, deberíamos estar alertas ante la idea mágica de que las crisis crean Unión Europea, pues la Unión Europea avanza, pero también retrocede con las crisis y en su actuación cotidiana. ¿Pero avanzan en posibilidades de otras políticas económicas, sociales o de derechos? Las crisis no dejan de ser un punto en un camino en el que, en función del peso de cada país, dirigente, empresa o lobby siguen abiertas todas las opciones. Por esa razón decía antes que necesitamos análisis diferentes que nos den paso a actuaciones, en clave de izquierdas frente a derechas o reacción y progreso, como personas, partidos políticos, movimientos sociales o gobiernos. 

-¿Qué valoración hace del acuerdo del mes de julio sobre los fondos de reconstrucción europeos para los estados?

-En línea con lo que comentaba, ha sido muy positivo porque ha cambiado el marco de la austeridad y recortes por el de cierta mutualización con transferencias de partidas, aunque limitadas y repartidas de manera desigual tras las negociaciones en el Consejo Europeo, pero es algo que ha sucedido cuando parecía que era imposible vistas las actuaciones durante la crisis del euro.

 El montante del Fondo de Reconstrucción Europea de 750.000 millones (repartidos entre 390.000 millones en transferencias y 360.000 millones en préstamos) supera el pírrico presupuesto común, pero incluso con el resto de créditos, ampliación del MEDE y mecanismos para apoyar empresas y empleo, es insuficiente si lo que se trata es realizar cambios profundos.

Además, deja muchos de los aspectos más positivos con poco presupuesto, como el Fondo para una Transición Ecológica Justa o partidas de investigaciones, o abiertas a futuras negociaciones, como los impuestos europeos. En este sentido, o se consolida la suspensión del Pacto de Estabilidad y Crecimiento o hay puerta abierta a la exigencia de recortes, como ya declararon los gobiernos que ven la Unión Europea como un intercambio comercial favorable a sus intereses. También hay que presionar para no solo salvar economías sino por cambios de modelo económico, transición energética y laboral. Y trabajar por cambios profundos para evitar los desequilibrios económicos entre países, el papel del BCE y acabar con los paraísos fiscales.

En el libro, hay tres mensajes económicos que son claves para entender el trasfondo del acuerdo. El primero lo escribe con su habitual claridad Pablo Bustinduy en el prólogo: necesitamos que se abra paso la economía política. Nadie puede discutir que ahora, con la pandemia, no solo hacen falta otras políticas económicas sino que se pueden realizar porque ya se han hecho tímidamente. En este sentido, nos toca señalar que hacen falta cambios en la estructura económica neoliberal heredada del Pacto de Maastricht en 1993.

El segundo lo ofrece el economista Gabriel Flores: hay espacio para realizar otras políticas económicas, incluso dentro de los márgenes europeos en temas bancarios, fiscales y de solidaridad. Y el tercero está en el capítulo de Emma Álvarez Cronín: la verdadera identidad europea son los derechos sociales. Desde la experiencia del estado del bienestar de cada país, debemos trabajar por un nuevo contrato social que no permita la dualización que crece en nuestros países, entre empleos antiguos protegidos y absoluta precariedad para el resto porque además puede crecer sobre los cuidados, el feminismo y la ecología.


-¿El Brexit marca una tendencia: el regreso al estado-nación como unidad política de primer orden?

- El Brexit marca muchas cosas. La posibilidad ya real de que un país abandone la UE, la dificultad para separar economías plenamente imbricadas y el cambio radical de su sistema político cabalgado por las opciones más excluyentes. No creo que el estado se haya ido nunca pero, como pone de manifiesto la crisis de la covid-19, es más necesario que nunca. Lo necesitamos para afrontar en común problemas sanitarios, reordenar la economía y atender fragilidades. Eso es algo que no puede ni quiere hacer el mercado y que ahora hay que exigir que sea en beneficio de todos y todas, no como salvación de empresas sin personas.

En ese sentido, tampoco creo que las naciones se hayan ido, sino que en tiempos de excepción económica se reconstruyen de manera dual, ellos o nosotros, en beneficio de unos pocos y contra otras muchas. Cuando nuestras necesidades como personas están más atendidas, podemos gestionar las identidades nacionales como otra marca más de lo que nos define como personas y es más fácil gestionar soluciones basadas en la convivencia y derechos. 

Volviendo a Gran Bretaña, nos encontramos con que su historia marcó una siempre difícil relación con la Unión Europea, pero que tiene poco que ver con las promesas de la campaña del “Leave”. El país tiene la opción real de ensayar otras políticas económicas o exteriores, pero hasta ahora solo zozobra con un peso inferior al anterior, ya que apuesta por exacerbar sus relaciones financieras para configurarse como una especie de Singapur y en el plano internacional. Ha perdido peso, como demuestra su relación con China.

-Santiago Alba Rico habla en el libro de la crisis de valores en Europa. ¿Qué destacaría de este capítulo?

- Alba Rico aborda un asunto crucial para poder entender qué sucede en Europa y en el mundo. Su texto disecciona los grandes logros que han sucedido en territorio europeo, especialmente el surgimiento y consolidación de los derechos humanos, frente al expolio colonial y políticas de rapiña de muchos países europeos, a veces incluso en nombre de esos propios derechos que decían proclamar. 

Santiago cree que la historia de Europa es el cruce entre una guerra civil, entre fuerzas, que yo llamaría conservadoras y en favor de la emancipación, y una guerra expansiva, con políticas de depredación exterior. Como siempre, aporta una mirada nítida y contundente sobre debates de hace siglos necesarios hoy, sobre si esos derechos eran solo propios de los europeos, luego deberían exportarse o imponerse en su versión más cruda, o eran de todo el planeta si se daban unas condiciones para que pudieran emerger y consolidarse.

Es fundamental hacer estas distinciones para poder conservar y construir desde el logro, atacado y parcial pero más que necesario, de los Derechos Humanos. Y para que, desde una aproximación horizontal, se puedan apropiar personas y pueblos de todo el mundo. Si no, corremos el riesgo de que con las necesarias críticas eliminen todo el conjunto de precarios derechos sobre el que podamos exigir dignidad. Y, además, también nos abre camino a alianzas dentro y fuera de Europa entre diferentes opciones de cambio.


-Itziar Ruiz-Giménez escribe sobre la crisis de Derechos Humanos. Hemos visto estas semanas cómo ultraderechistas queman campamentos de personas refugiadas en Grecia. Algo similar ha ocurrido en Lepe con los temporeros. Malos momentos para los derechos humanos. ¿Cómo combatir esta deriva ultraderechista?

-Ruiz-Giménez hace un exhaustivo análisis de la historia de los derechos humanos desde la Segunda Guerra Mundial, de su aplicación real, de los obstáculos para entender toda su dimensión política, pero también económica y social. Y de cómo las narrativas que diferenciaban el poder de una Venus europea de un Marte estadounidense ocultaban graves violaciones de derechos humanos en un sistema distinto al de Estados Unidos pero profundamente desigual y depredador. 

Para combatir la extrema derecha es especialmente importante lo que Itziar destaca en su capítulo siguiendo a Bauman. No podemos concebir a la ultraderecha como un monstruo, una excepción o una desviación, debemos mirar qué políticas estructurales le dejan campo de acción, qué de esos monstruos habitan en nuestras vidas cotidianas y qué necesitamos cambiar también en nosotros y nosotras.

Cada país europeo tiene una historia particular que marca mucho el camino contra esta deriva extremista, pero sí sabemos claramente que si en estos momentos de miedo al futuro, o incluso al presente, hay políticas de protección y cuidados basadas en derechos sociales, empleo, salarios dignos, igualdad entre mujeres y hombres, las extremas derechas tienen menos campo de actuación. 

Es la lección que nos dejan los cambios producidos tras la crisis económica de 2008. También, que si no defendemos el cumplimiento de los derechos conquistados a lo largo de la historia, si no incluimos los derechos de más y más personas, como sucedió con las conquistas del movimiento obrero o el voto de las mujeres, ese sistema frágil puede hundirse con todos. Es lo que ahora señalan las demandas del feminismo, de las personas con diferentes orígenes, las personas refugiadas, migrantes y las grandes desigualdades sociales.

-Sobre inmigración, la política europea está externalizando las fronteras. Desplazándolas al Sahel donde los controles de derechos humanos son más precarios todavía.

-Es una política que en nuestro país conocemos bien, pues la ha usado en su frontera sur durante años, pero que ahora está en plena expansión en Turquía, Libia o el Sahel. Es una política basada en la securitización, como analiza Tica Font en su capítulo de Europa frente a Europa. 

En vez de apostar por el desarrollo y los intereses mutuos, por políticas de cultura de paz que pudieran cerrar las brechas económicas entre la UE, el Magreb y el Sahel, desde el 11S se han acelerado las políticas de vigilancia frente a cada vez más “enemigos” externos e internos. En vez de pensar en políticas no extractivas para que cada país pueda tener su desarrollo y ordenar los flujos de personas en movimiento, el mensaje es que, frente al miedo, vale apostar por zonas de excepción.

Esto no solo es contradictorio e hipócrita con los principios de la UE, sino que es una mirada muy corta. Pensemos en los beneficios mutuos que podríamos tener con un Magreb sin conflictos, con más desarrollo económico y que respetara los derechos de sus personas. Como escribe en el libro Javier Martín, periodista que conoce muy bien las dimensiones estructurales del mundo árabo-musulmán, en determinadas zonas debemos abordar cambios de largo plazo que suponen revisar relaciones de siglos para evitar falsas tolerancias, mutuas desconfianzas y alianzas de extremismos de uno y otro signo que nos hacen presos y nos llevan al choque de las mayorías de uno y otro lado del Mediterráneo. 

Cambios que se podrían combinar con otras políticas más cercanas de ayuda mutua para acabar con los graves conflictos que sufren muchos países, como los del Sahel, y que pueden tener un componente militar, siempre que se cumpla el Derecho Internacional y los derechos humanos, y siempre que sean un complemento de otras políticas y no la única solución.

- En el “nuevo teatro geopolítico”, ¿qué papel puede jugar la Unión Europea ante la escalada de la rivalidad entre Estados Unidos y China y, también, aunque a menor escala, Rusia?

- Como sucede en otros ámbitos, en geopolítica, llevamos recibiendo signos de cambio de era durante muchos años. Estas mutaciones no suponen una destrucción radical del sistema que hemos vivido, sino que por el momento conviven todas juntas. Nos encontramos con un mundo que ha dejado de ser unipolar, pero no acaba de ser multipolar; en el que Estados Unidos está perdiendo peso aunque siga siendo el hegemón mundial, pero en el que otros países están avanzando y reclamando presencia, especialmente China, por su desarrollo económico y tamaño de país, o Rusia, que por su empuje militar ha pasado de actuar en su antigua zona de acción soviética a extenderse y confrontar en Oriente Medio y África.

Por otra parte, el sistema multilateral y de Derecho Internacional no solo está cuestionado, sino que los principales países y agentes tratan de deslegitimarlo y olvidarlo. Prueba de ello son los últimos vetos o asuntos que no se discuten en el Consejo de Seguridad; la creciente irrelevancia de la OMC y la impunidad con que se violan las reglas más básicas de la humanidad en los nuevos y viejos conflictos. Existen amplías zonas mundiales que son gigantescos agujeros negros de impunidad en las que solo rige la confrontación de intereses, las guerras intermediadas, la destrucción, expulsión de personas y la violencia sexual.

Ahora percibimos de forma clara la rivalidad entre Estados Unidos y China, que encadena acciones y reacciones en el cierre de consulados, en la extensión de la nueva red 5G, en aranceles a productos o en Hong Kong y Taiwán. Como cita Ivan Krastev, Donald Trump ha decidido romper los consensos liberales para acelerar políticas por la fuerza en su propio beneficio. 

En este sentido, aún es pronto para tener una perspectiva histórica, pero la administración Trump puede marcar una etapa, como la marcó Ronald Reagan como protagonista que aceleró la revolución política neoliberal y conservadora. De momento, sabemos que ha actuado con una mezcla de aislacionismo, poder militar, presión comercial y diplomática contra países supuestamente aliados para que acepten nuevas reglas económicas y con alianzas aún más  descarnadas con líderes autoritarios y países donde se violan los derechos humanos.

Con este panorama, que analizo yo mismo en el capítulo de política exterior del libro, hay que ver si la Unión Europea es capaz de cumplir lo que ha escrito en sus análisis estratégicos exteriores de una política que es básicamente de coordinación de sus estados miembros. Es decir, si es capaz de tener políticas independientes en política exterior que pasen por cumplir sus propios principios comerciales, en disputa por una parte de la sociedad que exige que no sean meros tratados depredadores de derechos laborales y medioambientales, y sus criterios de derechos humanos. 

Para cumplirlo, debería ser capaz de tener una postura propia frente a Washington, lo que necesariamente le obligaría a repensar sus políticas de defensa, y frente a China, en la que debería ser capaz de poder combinar relaciones comerciales y respeto a los derechos humanos. Lo mismo debería suceder con Rusia, con quién debería tener una relación matizada, porque es un país vecino, propia y basada no solo en la economía sino también en el respeto de los derechos humanos. Si no lo hace, Europa corre el grave riesgo de convertirse en objeto de las políticas de otros países y de sus intereses.


Como en todo, en Europa frente a Europa también recordamos que esos riesgos no son solo para estados o líderes, sino para todas las personas que habitamos este continente. Si no somos capaces de analizar y actuar con nuestras demandas en política exterior en beneficio de todos, con un cambio de modelo económico para evitar un desastre ecológico y profundamente igualitarias, corremos el riesgo de vernos aún más arrastrados por los interés de otros. Necesitamos un nuevo internacionalismo popular que pueda demandar y actuar con las instituciones. Por justicia con la gente que sufre en el mundo y por nuestro propio interés en mantener el mundo en que vivimos, necesitamos presionar para que la UE tenga una política exterior que combine independencia, geopolítica y derechos humanos. Y trabajar para cambiar un modelo insostenible y profundamente desigual."                

 (Entrevista a David Perejil. Periodista y analista de Relaciones Internacionales, autor de 'Europa frente a Europa'. Sato Díaz, Cuarto Poder, 18/08/20)

12/11/19

El linchamiento de Peter Handke por criticar, con toda la razón, el informe mediático occidental contra Serbia que preparó las guerras de Bosnia (1992-1995) y Kosovo (1999)...

"El Nobel de literatura se interpone en el camino de los apologistas de la guerra humanitaria de la OTAN (...)

No solo tiene Handke méritos más que sobrados para tal premio, sino que desde los años noventa figuraba en el índice de los apestados, circunstancia que había convencido a todo el mundo, y en primer lugar al propio autor, de que nunca sería premiado. El motivo es que Handke criticó, con toda la razón, el informe mediático occidental contra Serbia que preparó las guerras de Bosnia (1992-1995) y Kosovo (1999). 

Sin aquello nunca habríamos llegado a comprender que las bombas de Javier Solana explicadas por el infame Jamie Shea, eran necesarias y humanitarias, que la agresión de la OTAN violadora del derecho internacional iba destinada a prevenir el genocidio. Por eso, su publicación, en enero de 1999, del texto Gerechtigkeit für Serbien (“Justicia para Serbia”) lleno de buen sentido, fue el escándalo literario del año en el mundo germanoparlante. Algo parecido le sucedió a Régis Debray en Francia, con su Carta de un viajero al Presidente de la República (1999). Ovejas negras que desentonaban en el rebaño. Notas que desafinaban en la disciplinada y gregaria orquesta.

Parecido pero de diferente calidad. Porque los Nouveaux Chiens de garde  que sufrió Debray en Francia eran los habituales payasos mediáticos de la derecha parisina, Alain Finkielkraut, André Glucksmann, Bernard-Henri Lévy y similares, mientras que los apologistas de la guerra en Alemania que denigraron a Handke eran gente de mayor categoría, Jürgen Habermas, habitualmente descrito como “el principal filósofo alemán vivo”, Hans Magnus Enzensberger o Peter Schneider. Habermas vio en el ataque de la OTAN a Serbia un “salto en el camino del derecho internacional clásico de los estados hacia el derecho cosmopolita de una sociedad civil mundial”. En ausencia de instituciones responsables de mantener el orden global, la OTAN debía actuar como “instrumento de un derecho superior”.

El texto de Handke se basaba en un viaje que el autor hizo con amigos en noviembre y diciembre de 1995 a través de Serbia. Su propósito era contar la verdad sobre Serbia y el conflicto. “Cuando los criminales de la OTAN bombardean el país, mi lugar está en Serbia”, decía en un contexto dominado por las acusaciones unilaterales y las tergiversaciones mediáticas más groseras. Handke volvió a Yugoslavia en 1999, cuando caían las bombas de la llamada guerra de Kosovo, y publicó sus notas “Unter Tränen fragend” (Preguntando entre lágrimas). 

Católico practicante, anunció que dejaba la “Iglesia actual” en protesta porque en su mensaje de Pascua, el papa no condenó “el arrollador asalto de la OTAN contra un país pequeño”. Mas tarde visitó a Slobodan Milošević en La Haya y escribió sobre él nuevos textos incorrectos.

Por su comprensión hacia Milosevic, Handke fue comparado con Ezra Pound por sus loas a Mussolini, y con Louis-Ferdinand Céline, ese enorme escritor que fue fan de Hitler, poniendo el signo de igualdad entre actitudes, situaciones y personajes tan diferentes. Como escribió hace unos años el historiador Kurt Gritsch en la revista Hintergrund, “apenas se intentó entender la motivación de Handke, al revés: se cuestionó su credibilidad e integridad”. Es una manera moderada de decirlo.

Lo que hubo fue un linchamiento, algo particularmente asqueroso cuando los pateadores de la víctima hablan alemán, lo que inevitablemente se asocia con perros de presa y un fondo de reflectores y alambre de espino. Se le tachó de “negacionista”, de “tonto útil”, etc., y todo para justificar una enormidad: la primera participación alemana en una guerra desde Hitler. Esa circunstancia no concurría en Francia.

A Habermas en 2001 le dieron el premio de la paz de los libreros alemanes. A Handke se le nominó en 2006 para el premio Heinrich Heine pero el consejo municipal de Düsseldorf protestó recordando la “actitud proserbia del autor” y el entonces presidente de la región de Renania del Norte-Westfalia, Jürgen Rüttgers, declaró indigno de tal premio “a quien ha relativizado el holocausto”.

Este tipo de acusaciones y reproches deshonestos se han mantenido hasta hoy y han resurgido con motivo de la concesión del Nobel de literatura. “Nadie ha convertido en tanta pequeñez las masacres, la guerra y el sufrimiento en los Balcanes tan expresivamente como Peter Handke, para las víctimas, la decisión de Estocolmo tiene un mensaje demoledor”, señalaba hace unos días el Frankfurter Allgemeine Zeitung.

 “Alemania estaba en guerra con Milosevic por muy buenas razones humanitarias, ¿no honramos ahora a los apologistas del dictador?”, se pregunta en el Tagespiegel el embajador y lobbysta del complejo militar-industrial alemán Wolfgang Ischinger.

Los mismos que en su día contaminaron el informe yugoslavo, sobre el que hoy disponemos de cuadros mucho más completos y realistas continúan manipulando y tergiversando. Por una vez el Nobel de literatura se les ha atravesado en el camino."              (Rafael Poch, blob, 16/10/19)

11/10/18

El Fascismo que viene... Si éste vuelve a encarnarse en el siglo XXI, no vendrá precedido por desfiles con antorchas o escuadras de camisas negras. Hoy es compatible con trajes Armani o Gucci de raya impecable y blanco impoluto, siempre que en su programa junto al culto al líder, seguidismo gregario y odio al enemigo común, defienda la ganancia sin límites legales o éticos

"No caigamos, por uso y abuso a la hora de etiquetar acciones o arrojar el vocablo al adversario como arma, en la banalización del concepto “Fascismo”. Si éste vuelve a encarnarse en el siglo XXI, no vendrá precedido por desfiles con antorchas o escuadras de camisas negras.

Hoy es compatible con trajes Armani o Gucci de raya impecable y blanco impoluto, siempre que en su programa junto al culto al líder, seguidismo gregario y odio al enemigo común, defienda la ganancia sin límites legales o éticos y la sacrosanta propiedad privada. El sustantivo es lo de menos: al Poder le da igual llamarlo “x”.

Aunque eso no impida guardar para “perfomances” simbólicas los guiños a las raíces, tipo líder con torso desnudo, émulo de Mussolini borrando pintadas obscenas de fachadas de barrios obreros mientras saluda a cámara o paseos del «Jefe» saludando a la multitud que vitorea acompañado de cura con hisopo -no importa la acusación de pederastia que le acompañe- encargado de bendecir las nuevas instalaciones religiosas oportunamente financiadas a costa del erario público. Todo sea por mantener la llama de la herencia histórica cristiana.

Como enfermedad ideológica contagiosa y mutante puede colonizar voluntades de muy diversas maneras. El martes 18 nos sorprendía esta noticia: la voz más influyente de las redes en Italia es Francesco Gangemi, albañil en paro (eldiario.es). 

Desde su página “Pongamos a parir a todos”, genera millones de interacciones siempre que con frases simples fustigue a los inmigrantes. Afirma que si los defendiera no se comería un clic. Con la acción logra ingresos extras que le ayudan a sobrevivir, cumpliendo de camino el sueño capitalista de comercializar hasta el odio. Y como de desfachatez va sobrado, proclama, tras poner en la diana a miles de seres humanos, un “a mi la política no me interesa”.

Versión latina de nuestro producto nacional, ese españolito adosado a la barra del bar con soluciones para todos los problemas tras la frase “Eso lo arreglaba yo…”. La aseveración siempre va acompañada, en modo boca chica, con un “soy apolítico” que, al calor de las pullas de los contertulios, va subiendo, subiendo, hasta dejar salir del alma al franquista que lleva dentro.

 Que se lo digan si no a Begoña García, diputada del PP en la Asamblea de Madrid cuando con la excusa de una pregunta a un Consejero de su partido, hoy calificaba al general asesino de «Caudillo victorioso». Eso sí, la risa no la dejaba continuar. Para ella debe resultar muy gracioso recordar al sembrador de decenas de miles de cadáveres en las cunetas patrias.

El espécimen ya se dio en la Alemania de 1945 bajo la coartada del «yo no sabía nada, no imaginaba que les harían eso» para referirse al trágico destino del vecino judío al que rompió la cristalera y al inquilino comunista del segundo denunciado por la aria comunidad, a los que vieron desaparecer una noche tras las garras de la Gestapo.

Porque el Fascismo no es peligroso cuando se mantiene en teorías y disquisiciones académicas anexas refutables con dialéctica y principios. Lo es cuando baja al suelo y se instala en el comportamiento, lo cotidiano, el entorno cercano.

Como doctrina se propaga de manera extraordinaria con las “fakes news” (versión tecnología punta de la archiconocida máxima nazi “mentira mil veces repetida”), la negación de lo evidente como hace Aznar en el Congreso, las difamaciones bajo cuerda, los cánticos de barras bravas, hooligans y otras faunas futboleras.

Porque sus mentores saben que para cerrar las Fronteras, la primera abertura a sellar es la de la Mente. Y conseguido esto, sobran los Trump y los muros de Israel.

No necesita ni recurrir a la clásica amenaza militar. Los golpes de Estado ya no los dan uniformados. Ahora las grandes corporaciones preparan el terreno, un sector a nómina de políticos electos sirve de felpudo/ariete y los Tribunales ejecutan. No hace falta quemar el Reichstag físicamente y echarle la culpa a Marinus van der Lubbe para torcer la voluntad del Parlamento elegido. Que lo pregunten en Honduras, Paraguay, Argentina, Brasil… A los gobernantes aunque hayan tragado durante su mandato con el diseño y el Sistema neoliberal, a poco que planteen limar las aristas más negativas les aplican el “imperio de su ley”. El fascismo se nutre del miedo.

Para fascistizar a la sociedad son esenciales dos armas: enemigo común e intolerancia. La primera es el pegamento que aglutina porque ofrece un culpable: ese emigrante “que vino a quitarte tu puesto de trabajo, vivir de las subvenciones y violar a nuestras mujeres”.

Y, parodiando a Martin Niemöller, el resto respiran con un «yo no lo soy».

La intolerancia la arman mezclando parte y todo. El peligro lo encarna el islamista, presto a invadirnos y sembrar el caos. El fanático foráneo. No importa el fanático autóctono porque es él.

El Poder siempre utiliza más de una baraja, conjugando a la vez el neoliberalismo y su teórico contrario siempre que las discrepancias de forma no cuestionen el resultado final y, confiado en la seguridad que da saber que al enseñar Guatepeor -llámese Orban, Le Pen o cualquier primo político-, nadie le cuestiona su actual Guatemala.

En este contexto, que Matteo Salvini en su juventud estuviese en la órbita del centro social de izquierda «Leoncavallo» o que en 1997 fuese en las listas de los comunistas padanos no tiene la menor importancia. Me impactan mucho más sus soflamas de ultraderecha en el atril de la Liga Norte bajo un letrero que reza “Los italianos primero”. Con eso y con que sirve de coartada a los titiriteros que mientras lo mueven gritan «que viene el coco», me basta.

Lo siento, pero, desde mis cortas luces, vinculo el origen del movimiento obrero a un opúsculo escrito en 1848 que proclamaba “Proletarios de todos los países, uníos”. Y a una organización que no en balde se llamó «La Internacional» acompañada por un himno estremecedor que no hablaba de fronteras y naciones sino de parias y famélica legión.

¿Que es necesario ocupar el Estado en su concepción nacional burguesa y utilizarlo de ariete para asaltar los cielos? No lo discuto.

¿Que Lenin cogió el tren ofrecido por el enemigo para llegar al andén de la Revolución? Me encanta la anécdota. Pero Vladimir no era un simple pasajero, era un excelente conductor y conocía los vericuetos del camino al que pretendía llegar.

No hace falta corretaje ni dialéctica de puños y pistolas. Al nuevo totalitarismo que emerge le basta con decir «mira el pajarito» en formato medio de difusión ideológica para desviar la atención de un público que aplaude mientras le roban la cartera..

Hace muchos años -lo reproduje en otra ocasión-, Marcelino Camacho me regaló una excelente anécdota. Contaba que Rodrigo Rato le interpeló un día con un “Marcelino, mi padre -Ramón Rato, encarcelado durante tres años por evadir millones de pesetas de los años 60 a Suiza- también estuvo encarcelado por Franco como tú”. A lo que Marcelino respondió: “Sí, pero no por lo mismo, no por lo mismo”.

¿Podemos coincidir alguna vez desde nuestras posiciones con la extrema derecha en la crítica al capitalismo salvaje que ejecuta la UE, las tropelías de un Euro diseñado para garantizar la hegemonía alemana, las políticas migratorias o el seguidismo de Bruselas ante el militarismo estadounidense?. Sí, pero no por lo mismo, no por lo mismo."                   (Juan Rivera, Colectivo Prometeo, 29/08/18)

3/2/15

El decadente, pero aún poderoso, EE. UU. establece acuerdos (TTIP) con la débil Europa, para frenar su declive

"Lo que está en juego con  el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (conocido por el acrónimo en inglés TTIP) es fácil de entender. 

Cuando dos bloques económicos están en declive, el más poderoso (EEUU) procura establecer acuerdos con el menos poderoso (UE) para frenar su propio declive. Los costes para el menos poderoso son enormes ya que los términos del acuerdo tienden a privilegiar los intereses del más poderoso. 

Si hay dudas sobre quién ganará con el acuerdo en proceso de negociación, basta observar la avalancha de lobbies de las grandes empresas multinacionales norteamericanas y su ferviente e intrusiva actividad en Washington, Bruselas y Estrasburgo.

El declive del poder económico-financiero de Estados Unidos es cada vez más evidente. Después del 11 de septiembre de 2001, la CIA financió un proyecto llamado “Proyecto profecía” diseñado para prever posibles nuevos ataques a Estados Unidos a partir de movimientos financieros extraños y de gran envergadura. 

Bajo diferentes formas, este proyecto ha continuado, y uno de sus participantes prevé el próximo crash del sistema financiero basándose en las siguientes señales: Rusia y China, los mayores acreedores de Estados Unidos, han vendido bonos del Tesoro y a cambio han adquirido enormes cantidades de oro; ambos países están utilizando cada vez más sus monedas y no los petrodólares en las transacciones de petróleo (todos recordamos que Sadam y Gadafi procuraron utilizar el euro y el precio que pagaron por la osadía); por último, el FMI (el caballo de Troya) se prepara para que en los próximos años el dólar deje de ser la moneda de reserva y sea reemplazada por una moneda global, los Derechos Especiales de Giro (en inglés Special Drawing Rights: SDR).

 Según los autores del Proyecto profecía, todo esto indica que un ataque contra Estados Unidos está cerca y que para defenderse el país debe mantener los petrodólares a toda costa, asegurando el acceso privilegiado al petróleo y al gas, tiene que contener a China y debilitar a Rusia, idealmente provocando su desintegración, tipo Yugoslavia. 

Curiosamente, los “especialistas” que ven en la venta de deuda de Estados Unidos una actitud hostil por parte de potencias agresoras son los mismos que aconsejan a los inversores estadounidenses proceder de la misma manera, es decir, deshacerse de los bonos, comprar monedas de oro e invertir en bienes sin los cuales los humanos no pueden vivir: tierra, agua, alimentos, recursos naturales, energía.

Transformar las señales evidentes de declive en previsiones de agresión tiene como objetivo justificar la guerra como medio de defensa. Ahora la guerra es altamente rentable para Estados Unidos, debido a la superioridad que tiene en su conducción.

 Además, a diferencia de Europa, la guerra nunca se librará en suelo estadounidense, salvo en caso de una guerra nuclear. Una potencia hegemónica en declive tiende a volverse caótica y errática en su política internacional. Wallerstein afirma que Estados Unidos se ha convertido en un “cañón suelto” (a loose canon), un poder cuyas acciones son imprevisibles, incontrolables y peligrosas para sí mismo y para sus propios aliados. 

En este caso, esta política consiste en vincular Europa a las prioridades de TTIP, volverla más dependiente de Estados Unidos en materia de energía (Energías de Portugal acaba de cerrar contratos de importación de gas natural de Estados Unidos) e implicarla en la nueva guerra fría mediante el fortalecimiento de la OTAN, donde la superioridad militar de Estados Unidos es inequívoca, tanto como la superioridad económica en el caso del TTIP.


Al dejarse implicar en la nueva guerra fría, Europa actúa en contra de sus intereses económicos y pierde la relativa autonomía que había construido en el plano internacional después de 1945. Pone la economía europea al servicio de la política geoestratégica de Estados Unidos, se vuelve energéticamente más dependiente de Estados Unidos y sus Estados satélites y pierde la oportunidad de crecer con la entrada de Turquía en la Unión Europea.

 Y lo más grave es que esta irracionalidad no es resultado de un error de evaluación de los intereses de los europeos. Es muy probablemente  un acto de sabotaje por parte de las élites neoconservadoras europeas en el sentido de volver a Europa más dependiente de Estados Unidos, tanto en el plano energético y económico como en el militar. Por eso, la profundización de la participación en la OTAN y el TTIP son dos caras de la misma moneda."               (Boaventura de Sousa Santos, Público, 10/01/2015)