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8/2/23

Decir que se muere... a alguien que se muere

 "Intenté decirle a mi madre que se iba a morir en tres ocasiones. Las dos primeras no salieron del todo bien. Ella me preguntaba y yo le explicaba que tenía difícil solución, que la quimioterapia no estaba funcionando, que las metástasis eran muy agresivas... pero al mismo tiempo encogía los hombros, dejaba la incertidumbre, la posibilidad de una salida. Aunque sentía la determinación de decirle la verdad, llegado el momento me cogía el vértigo, como si la estuviera arrojando a un vacío cósmico.

La tercera vez fue la definitiva. Mamá llevaba días recibiendo cuidados paliativos en casa, a nuestro cargo, en una situación muy dura para todos. Aunque al principio su estado era de cierta paz, por regresar a su cama después de una semana en el hospital, llegaron los días en los que la embargó la inquietud: parecía desesperada, nerviosa, los ansiolíticos no hacían efecto. Estaba mal, mucho peor. 

Comenzaba a sospechar que no estábamos haciendo lo suficiente, a desconfiar de los médicos y de nosotros. Había algo que no le encajaba. Solía despertar llamándome, en mitad de la noche, y yo la encontraba desorientada, mirándome como pidiendo que le explicase el mundo entero. Uno de aquellos amaneceres, en la penumbra de su cuarto, yo sentado en su cama, quiso saber la verdad.

— ¿Pero me estoy muriendo? ¿Me voy a morir?

— Sí —le dije—, mamá, te vas a morir.

— ¿Pero ya? ¿Tan pronto? Yo quiero estar con vosotros, con la niña…

Permanecí en silencio, impresionado por las palabras que acababa de decir. Ella se quedó alternando la mirada entre mis ojos, que le respondían a duras penas, y el borde de la colcha, que agarraba fuerte con la mano, con aquella mano tan débil que se le había quedado. Luego, lentamente, se recostó y trató de conciliar de nuevo el sueño. Bajé un poco la persiana y cuando dejé la habitación rompí a llorar sordamente, como una presa que se quebraba y anegaba toda la provincia. Le acababa de decir a mi madre que se iba a morir.

En los meses que llevábamos acompañando el cáncer pancreático de mamá (“¿El páncreas? ¿Para qué sirve? Mira, parece un helecho”) había leído varios libros y visto algunos vídeos sobre cómo acompañar a morir, sobre cómo decir la muerte. Los expertos pensaban que es contraproducente negar la muerte al que muere, siempre y cuando este desee conocer su destino. Me pongo en la piel del moribundo: siente que algo ocurre, intuye que todo se va apagando, porque todo el que muere sabe íntimamente que está muriendo. Pero alrededor sus seres queridos miran para otro lado, ofrecen palabras de ánimo, ya verás cuando te recuperes y podamos ir de excursión o a cenar fuera, ya verás como eso es pronto.

El enfermo no entiende nada, cuando, en realidad, se encuentra en el trance definitivo. Los otros piensan que ayudan, que mantienen la ilusión, pero solo evitan ese incómodo trámite de dar la noticia, ese que hace temblar las piernas y confunde al corazón. Se genera confusión, frustración, desconfianza, se dificulta una muerte serena y aceptada. Si me estoy muriendo, ¿por qué me dicen que estoy bien? Todo esto escribían los expertos.

Decir la muerte no es fácil, es preciso seguir los ritmos del paciente, respetar su voluntad de conocer (o de no hacerlo), suele haber intentos desastrosos, porque la vida no es una película y está llena de malentendidos, reacciones imprevistas, pequeñas cobardías. Pero creo que la mayor dificultad tiene que ver con la invisibilización, casi negación de la muerte. Morir es una de las pocas cosas que, sin remedio, todos hacemos; sin embargo, el fin de la vida (al contrario que el nacimiento, lleno de luz e información) no está presente en la vida cotidiana, no se ve, no se habla, no existe, da miedo, ocurre lejos, a oscuras, sin fotos de WhatsApp. A mamá su muerte también le parecía extremadamente inverosímil.

No es que desde aquella mañana, en la penumbra de su cuarto, el camino de mamá fuera de rosas. Pero le llegó una paz extraña, la del que acepta lo que es un proceso natural, y que como tal proceso se despliega. Cada persona tiene su propio fuego y su propio mapa, pero lo cierto es que sus últimas semanas trascurrieron de manera secuencial, serena, casi mecánica, en donde cada cosa fue ocurriendo cuando tenía que ocurrir, bajo el acompañamiento de los médicos. Incluso pasamos algunos buenos ratos crepusculares de amigos y de risas, mientras fuera orbayaba sobre la verde fronda del monte Naranco.

Una mañana, muy temprano, no había amanecido, mamá murió, y yo toqué un cuerpo inerte por primera vez, el mismo cuerpo que me dio la vida y que ahora yo acompañaba al abismo. Palpé sus mejillas frías, su mano rígida, susurré a su oído y miré esa mirada que ya no me miraba a mí, sino a través de mí. Han pasado seis meses y aún me parece una historia que soñó algún desconocido. Era, además, el día de su cumpleaños."                        (Sergio C. Fanjul , El País,  14/01/23)

18/12/20

De lo que se arrepiente la gente antes de morir... "hubieran deseado ser más felices"

 "A diferencia de Edit Piaf, que decía en su famosa canción que ella no se arrepentía de nada, mucha gente parece terminar su vida con un gran arrepentimiento.    

Eso es lo que afirma Bronnie Ware, experta en cuidados paliativos y enfermos terminales, quien acaba de compilar en un libro la lista de los cinco principales arrepentimientos que tiene la gente antes de morir.

La enfermera australiana reunió en su libro las "confesiones honestas y francas de personas en sus lechos de muerte", lo que hubieran querido hacer o no hacer.

Fueron confesiones, dice, que le ayudaron a transformar su vida.

Porque según Bronnie Ware, es realmente triste llegar a la tumba pensando "ojalá lo hubiera hecho...".

"Encontré una lista grande de arrepentimientos, pero en el libro traté de centrarme en los cinco más comunes" explica la autora a la BBC.

"Y el principal arrepentimiento de mucha gente es 'ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera'", agrega.

"Otro arrepentimiento común es 'ojalá no hubiera trabajado tanto', porque eso, decían, los había hecho perder el equilibrio y como resultado habían perdido muchas cosas en su vida".

El libro, titulado "Los Cinco Arrepentimientos de los Moribundos", es un recuento de memorias sobre la vida de la autora y sus experiencias durante años de trabajo en cuidados paliativos.

Los pacientes de Ware eran personas que habían sido desahuciadas y esperaban en cualquier momento la muerte.

Esto, dice, la permitió compartir "momentos increíblemente especiales. Porque pasé con ellos las últimas tres a doce semanas de sus vidas".

Enfrentando la mortalidad

La idea del libro surgió después de que un artículo publicado en su blog, titulado "Arrepentimientos de los Moribundos", se volvió viral en internet y Ware decidió escribir algo más completo sobre esas confesiones y la forma como "transformaron su vida".

"La gente madura muchísimo cuando debe enfrentar su propia mortalidad" explica la autora.

"Cada persona experimenta una variedad de emociones, como se espera, que incluyen negación, miedo, enojo, arrepentimiento, más negación y eventualmente aceptación".

"Sin embargo, cada uno de los pacientes siempre encontró su propia paz antes de partir".

Bronnie Ware dice a la BBC que "otro arrepentimiento común entre los moribundos era que hubieran deseado tener el coraje de expresar sus sentimientos".

"Y eso se aplicaba tanto en los sentimientos positivos como negativos".

"Muchos decían: 'ojalá hubiera tenido el coraje de hablar y decir que no me gustaban esas cosas', o que hubieran tenido el coraje de hablar con personas y decirles lo que realmente sentían por ellas".

"También era muy común arrepentirse de no haber vuelto a tener contacto con viejos amigos. Mucha gente decía que le hubiera gustado volver a ver a alguien para recordar momentos de su vida, pero no habían hecho el esfuerzo de encontrarlo".

Según Ware, al final de la vida los amigos son muy importantes porque a menudo los familiares que rodean a un enfermo terminal están pasando por su propio duelo.

Una persona en su lecho de muerte a menudo extraña a esos amigos, dice, pero muchas veces, cuando se les pierde el rastro, ya es demasiado tarde para encontrarlos.

Los moribundos, dice Bronnie Ware, también "hubieran deseado ser más felices".

Algo que llama la atención es que todos estos lamentos de los moribundos son de cosas que no hicieron. La gente no parece arrepentirse de algo que sí hizo.

"Todo lo que hacemos en nuestra vida, bueno o malo, nos ayuda a aprender algo" explica Ware.

"Por eso es más común arrepentirse de algo que no hicimos".

"Pero pienso que como seres humanos debemos aprender a perdonarnos más a nosotros mismos y no ser tan duros por no haber hecho algo en el pasado. Y esto se aplica principalmente cuando una persona está enferma y no tiene ya libertad de hacer cosas porque no tiene salud".

Lo que la autora espera, dice, es que su libro "ayude a la gente a actuar hoy y no dejar las cosas para mañana, para después arrepentirse".

"A mi estas confesiones me ayudaron a implementar grandes cambios en mi vida y espero que la gente que lea el libro también pueda entender que la vida está pasando hoy y que ahora es el momento de vivirla".

"Mi principal mensaje es que todos vamos a morir, y que si en este momento nos arrepentimos de algo tratemos de solucionarlo ahora".                    (BBC News, 31/01/12)

18/10/18

¿Existe un arte de morir?

"Una piedra no muere porque no cambia. No muere porque no vive. Todo aquello que cambia, que crece, muere: es decir, todo lo que vive, muere. Recuerdo estas frases sencillas y poderosas leídas en un libro infantil sobre la vida y la muerte (Brigitte Labbé y Michel Puech, Cruïlla, 2001). Se lo compré a mi hija de cinco años porque ella lo escogió después de mucho pensarlo. Fue su primer libro elegido libremente. 

Las dos dependientas quedaron consternadas, pero a mí no me pareció mal. Siempre hemos recordado aquel maravilloso libro con gratitud: en él leímos de forma razonada y sensata la necesidad de la muerte.

Pero los razonamientos sirven de poco ante una experiencia tan delicada, forzosamente traumática. No hay más que observar los esfuerzos que hacemos por mantenerla fuera de nuestro alcance, de nuestro campo de visión, para comprender las enormes dificultades que tenemos con ella. 

¿Qué es lo que no queremos ver? Porque su evidencia es demasiado grande para negarla, preferimos alejarla al máximo de nuestras vidas, ocultar sus múltiples rostros y actuar como si fuera un accidente que, aun ocurriendo demasiado a menudo, está lejos, o la sentimos lejos mientras no invada nuestro círculo más íntimo. No hay por qué sentirse culpable, cualquiera desea tenerla lo más alejada posible. Porque donde hay muerte es a costa de la vida, y la vida es nuestro único hábitat.

La lectura de Cuando el final se acerca. Cómo afrontar la muerte con sabiduría es un libro que me sugiere, sin embargo, opiniones contrarias. Comprendo muy bien la necesidad que puede sentir una médica especializada en cuidados paliativos en un hospital londinense, con una larga experiencia a sus espaldas, viendo morir a cientos de personas, de cristalizar su experiencia en un texto que aspira a desdramatizarla, integrándola en el ciclo vital.

 Nacemos y morimos y esos son los únicos días de nuestra vida que no tienen 24 horas. Los dos son igualmente trascendentes: ¿por qué, entonces, desentendernos del segundo?

La idea de su autora, Kathryn Mannix, es que late un sentimiento de pánico en nosotros que no hace más que complicar su irreversibilidad. Cuando la muerte llega, aparece el pánico: nuestro cuerpo se había olvidado tal vez de que iba a morir, o bien necesitamos otra oportunidad de vida desesperadamente porque en la vivida ha habido demasiados errores. 

Observaciones obvias, pero Mannix parte de su propia experiencia profesional y eso le da un valor añadido a la obviedad. La clave, sostendrá, es la aceptación, y a partir de ella, el diseño, en lo posible, de cómo queremos que sea ese final para que se ajuste al máximo a nuestro deseo.

Tampoco es que la autora se incline de forma militante por la eutanasia: para unos puede ser una posibilidad consoladora, mientras que para otros supone una invitación poco grata a desaparecer, y cuenta el caso de un joven padre de familia holandés, aquejado de una dolencia cuyas manifestaciones les ahorro, que huye de su país: en el hospital, mañana y tarde le estaban recordando que podía poner fin a su sufrimiento fácilmente. 

Y él, a pesar de todo, quería seguir viviendo. Así llega a la unidad de cuidados paliativos dirigida por la doctora Mannix donde médicas y enfermeras se desviven por sus pacientes terminales, les acompañan hasta el final, les ayudan a tomar la mejor decisión y colaboran para que sus familiares hagan lo mismo.

Cualquiera querría acogerse a esa humanitaria unidad: en cada box reina la máxima armonía, y las tazas de té y las galletas de jengibre extienden un benéfico manto sobre el dolor y la agonía de los enfermos terminales y sus cuidadores. 

De hecho, este es el eje del libro, la experiencia de la agonía, a partir de la revisión de numerosos casos clínicos, para concluir que nuestro temor a las horas finales puede aliviarse si pensamos que la agonía responde a un patrón: disminuir lentamente la mecánica que sostiene al individuo para que en ella pueda avanzar la muerte. Es una estrategia orgánica que invade también la mente, de modo que apenas sentiremos su llegada porque la conciencia de la misma nos habrá abandonado previamente.

El planteamiento de Mannix recuerda los libros del inolvidable Oliver Sacks: el mismo deseo de quitar hierro a la gravedad de situaciones y enfermedades, así como la alternancia de la narración de historias, alguna autobiográfica, con la reflexión. Ahora bien, el problema de Cuando el final se acerca es doble y tiene que ver con dicha alternancia: por una parte, el estilo, ingenuo y bienintencionado, rozando la cursilería y descartando en su impoluto ars moriendi lo que la muerte tiene de incertidumbre, miseria y destrucción. Porque todo eso está, cómo no, por más que la queramos una experiencia serena, y, en este sentido, su libro se halla a años luz del nervio de Sacks.

El segundo problema tiene que ver con el anhelo reflexivo: a Mannix le faltan referencias intelectuales —filosóficas, literarias, antropológicas— para que su pensamiento alcance su objetivo y no quede más cerca de un libro de autoayuda. Por ejemplo, la literatura ha nutrido con un formidable corpus de textos memorialísticos la experiencia de la muerte.

 Recordemos algunos: Esa visible oscuridad, la memoir con la que William Styron describía, en una prosa desnuda, lo cerca que estuvo del suicidio; en Paula, Isabel Allende escribe su experiencia hospitalaria en Madrid atendiendo a su hija, en coma durante un año; los dos libros seminales de Joan Didion —El año del pensamiento mágico y Días azules—, el primero sobre el infarto que desplomó a su marido cuando se hallaban a punto de cenar y el segundo sobre la muerte de su hija Quintana, tan solo unos meses después; Philip Roth dedicó un libro punzante, Patrimonio: una historia verdadera, a la decadencia de su padre, y el relato de Marcos Giralt Torrente Tiempo de vida marcó decisivamente su trayectoria literaria. 

El noruego Karl Ove Knausgard, por su parte, abría su voluminosa autobiografía, Mi lucha, con La muerte del padre y una soberbia descripción del instante en que la vida abandona el cuerpo y este pasa a pertenecer a lo muerto.

Lo mejor del libro de la doctora Mannix es sin duda la oportunidad que nos brinda de pensar en una dirección sobre la que también ha escrito Javier Gomá (La imagen de tu vida, Galaxia Gutenberg): que un día nuestra vida se detenga nos empuja a esforzarnos para conducirla de modo que nos podamos sentir razonablemente satisfechos. En otras palabras, en lugar de preguntarse ¿cómo morir?, que también, hay que preguntarse ¿cómo vivir para que la muerte me sea aceptable?"            (Anna Caballé, El País, 26/08/18)

13/7/15

Solo pido que no nos agudicen la tortura cuando ésta es su antesala y que respeten mi modo de vivir y morir como yo respeto el de los que no opinan como yo

"Acaba de morir mi ser más querido. La causa ha sido un melanoma o tumor negro. Se trata de un cáncer extremadamente agresivo y que sortea cualquier defensa. Una vez que la metástasis se ha extendido es casi imposible hacerle frente.  (...)

En algunas personas está funcionando esta nueva terapia. En la persona querida no ha funcionado. Entonces el tumor se desborda. Y ante la inutilidad del medicamento ingresó en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Universitario de La Paz. 

Tengo que decir que el trato profesional y humanitario de todo el personal sanitario fue excelente. Quede constancia aquí de la gratitud a tales profesionales. Los paliativos cubren un campo que en modo alguno minimizaría.

 Por eso serán bienvenidos más y mejores servicios paliativos.
Lo que sucede es que si bien puede ser una solución para algunos no son la solución para otros muchos. Y es que el hueco o boquete que se abre entre el momento en el que la medicina se muestra impotente para prolongar una vida razonablemente digna y el fallecimiento del paciente se incrustan las opciones libres de los individuos en su relación con la muerte.

Es verdad que en el hueco o boquete citado se dispone hoy y en nuestro entorno de medios que mitigan o anulan, si tomamos un tono optimista, el dolor. Pero no el sufrimiento. Desconocemos los grados de conciencia de un moribundo y, así, la tortura que podría causarle verse aproximarse a un inevitable final. Por otro lado, un enfermo despidiéndose de sus seres queridos puede llegar a parecerse, contra tanta falsa evidencia, a un reo expresando su última voluntad.

 A algunos les sonará entrañable. Otros sospechamos que es un sufrimiento añadido al físico que, por atenuado que sea, es difícil que desaparezca del todo. Y esto nos da pie a introducirnos una vez más en esa palabra, aún rodeada por un halo de tabú, y que no es otra sino la eutanasia.

No es cuestión de trivializar o dogmatizar sobre lo que se sitúa en esa parte de la vida que es la muerte. Ni de minimizar los avances que se han hecho en Francia, y más aún en Canadá al colocar la sedación en la voluntad del paciente y no en las pautas o protocolos médicos, siempre timoratos. 

Son pasos, sin duda, importantes aunque insuficientes y que no tocan el núcleo de lo que es el querer de los individuos cuando desean que su vida finalice. Necesitamos despertar y no permanecer dormidos ante la inercia de la tradición, los prejuicios de algunas religiones, la simple indiferencia o el temor a la espada del Código Penal.

No repetiré los bien conocidos argumentos a favor de la eutanasia basados en la incuestionable libertad de las personas o en la perversidad de prolongar un sufrimiento inútil. Solo recordaré que si a nadie se le puede prohibir que se suicide, por mucho que se le pueda aconsejar lo contrario, en buena lógica tampoco se puede castigar a quien, especialmente en aquellos casos en donde hay solo vida biológica y no biográfica, ayude al que decide, libremente, desaparecer.

 Por otro lado, habría que desterrar la inveterada manía de arreglar y controlar la existencia de los otros. Dejemos que cada uno resuelva, a su manera, el modo de existir elegido y, en consecuencia, de rematar, dentro de sus posibilidades, dicha existencia.

Dos palabras, finalmente, sobre esa sombra que nos persigue desde que nacemos y que es la muerte. Todas las culturas se las han ingeniado para hacer más digerible el hecho ineludible de la cesación total y que acompaña a los humanos. Como los individuos nos insertamos en las distintas culturas, unos la viven como fervorosos creyentes, otros con impostado o real estoicismo y otros como Dios o el Diablo les dé a entender. 

Todos, en cualquier caso, se ven obligados a atravesar el río helado del trauma mortal. Si la ingeniería genética alargará indefinidamente la vida está por ver. Nosotros, desde luego, no lo veremos. Desde el poema sumerio de Gilgamesh nos seguimos preguntando por qué tiene que morir el humano. Desde un punto de vista genético la respuesta es relativamente fácil.

Somos seres pluricelulares con una limitada división celular. Lo que ocurre es que podemos levantarnos sobre nuestros genes y mirar el horizonte. Y ahí la muerte se muestra como una traición a la vida. Algunos dicen contemplarla como algo natural y se encogen de hombros. Pienso que valoran tanto la naturaleza que la convierten, en la línea de Spinoza, casi en sobrenatural. Jesús Mosterín, un amigo, y yo somos de Bilbao y, por tanto, paisanos de Unamuno. Él dice no temer a la muerte. 

 Yo estoy con don Miguel y confieso mi miedo a morirme y, cómo no, a que mueran los que amo. E incluso a que mueran los que no he conocido ni conoceré. No iré de llorón como Job, ni jugaré el juego de la rebelión al modo de Drácula o preferiré el infierno a la obediencia siguiendo a Satán. 

Solo pido que no nos agudicen la tortura cuando ésta es su antesala y que respeten mi modo de vivir y morir como yo respeto el de los que no opinan como yo. Por lo demás, siempre nos queda el consuelo del poeta. Y es que la belleza pervive en el recuerdo."           (   , El País,  23 ABR 2015)

26/3/15

"Todos mis amigos se han muerto. Fui el último que los conocí bien y tengo el deber de que sigan viviendo. La responsabilidad me atenaza"

"MUEREN prematuramente madre, mujer e hijo de amigos muy queridos. La muerte prematura, pleonasmo, deja una grave obligación a los que quedan. Me la explicaba un mediodía melancólico Josep Maria Castellet, el editor. "Todos mis amigos se han muerto. Fui el último que los conocí bien y tengo el deber de que sigan viviendo. 

La responsabilidad me atenaza". Años después leí este emocionante fragmento del científico Douglas R. Hofstadter, con el que que acabaría despidiendo, y prometiéndole, a mi madre: 

"Cuando alguien muere deja una corona brillante detrás, un resplandor en las almas de quienes estaban cerca. Inevitablemente, conforme pasa el tiempo, ese resplandor se va apagando, y por fin se extingue, pero el proceso dura muchos años. 

Sólo cuando también desaparecen los de alrededor y todos los rescoldos se enfrían, regresan de verdad el polvo al polvo y las cenizas a las cenizas".

Puede que todo se enfríe. Pero ese momento queda lejos de la vida de un hombre vivo. De ahí que durante mucho tiempo el polvo siga teniendo sentido. Todos llevamos un insondable arsenal genético que da cuenta del largo camino que ha hecho la vida biológica. 

La gran diferencia entre el hombre y el resto de los animales es que puede transmitir a sus descendientes no solo el color de los ojos sino también la razón de mil lágrimas vertidas. (...)"              (Arcadi Espada, El Mundo, 18/03/2015)

24/3/15

Se muere como se puede... se muere como se es...

 La mano de Francisca Bonilla, fotografiada por su hija poco antes de morir

"Francisca Bonilla, Paquita para los suyos, está agonizando. A sus 71 años, un cáncer de ovarios que le fue diagnosticado hace 15 meses tras muchas idas y venidas al médico por unas molestias abdominales ha invadido sus entrañas con metástasis.

 Su organismo, llevado al límite, está al borde del colapso. Las ocho sesiones de quimioterapia, la operación de desguace en la que le extirparon todo órgano no vital del vientre, y la quimio intraperitoneal a que fue sometida en quirófano con la esperanza de atajar el tumor, solo han logrado retrasar este momento.

21 días después de su ingreso hospitalario por obstrucción intestinal, en los que su estado, complicado con una neumonía, ha empeorado drásticamente, Paquita se halla en situación de “últimos días”.

Hace unas horas, a petición de la familia y gracias al hecho no siempre seguro de que había camas libres, la han trasladado de la habitación doble que ha ocupado esas semanas en Cirugía —y donde ha visto morir a una de sus cinco sucesivas compañeras—, a otra individual en Oncología en previsión de un desenlace inminente.

 Son las 6,40 de la mañana de un martes de invierno. A su lado, en el incómodo sillón del acompañante, su hija mayor vela el agitado sueño de la moribunda. Pese a la sedación por perfusión de benzodiacepinas y opioides prescrita por el equipo de cuidados paliativos para ayudarla en el tránsito, Francisca se halla en un estado de inquieta seminconsciencia. 

No responde a las palabras de ánimo, ni termina de abrir los ojos, ni reacciona a la presión de la mano de su hija sobre la suya. Pero cabecea, bisbisea palabras ininteligibles, se aferra a los barrotes metálicos de la cama como si se agarrara a la vida que se le escapa. A las 6.45, la hija se levanta a por el móvil para oír los informativos de la radio. Entonces, el ruido de la respiración, remarcado por el gorgoteo del oxígeno, deja de sonar. 

Sobresaltada, la hija mira a la cama. Vuelve a sonar. Deja. Vuelve. Un sonido raro, como de desinflado de un globo, un último fruncido de ceño y, después, una rara paz en el rostro y el más absoluto de los silencios. Falta una hora larga para que un médico de guardia encuentre tiempo para subir a planta y certificar el óbito, pero la hija no necesita el trámite para saber que su madre ha fallecido.

 He aquí la crónica de una muerte corriente. Sin épica ni lírica. La historia de un deceso cualquiera. Uno entre los 390.419 fallecimientos registrados en España en 2013 —últimos datos del INE—, de los que 184.624, un 47,2%, se produjeron, como el de Francisca, en un hospital. El 52, 8% restante murió en casa, en la carretera, fuera de un centro sanitario.

 La mitad de los españoles expresa su deseo de morir en su cama, rodeado de los suyos y atendido por un equipo médico domiciliario, según el Centro de Investigaciones Sociológicas. Un porcentaje que sube al 90% si se consulta a enfermos terminales, según una encuesta de la OCU.

 Sin embargo, a la hora de la verdad, por miedo o por impotencia propia o de la familia, por falta de condiciones de la casa, por ausencia de un cuidador, o por la evolución de la dolencia, muchos acaban acudiendo a expirar a los hospitales.

 La mitad de ellos no tienen acceso a un equipo de cuidados paliativos, según ha denunciado la Asociación Española Contra el Cáncer. Existen 430 unidades y harían falta 750 para cubrir todo el territorio, sostiene el doctor Álvaro Gándara, presidente de la Sociedad de Cuidados Paliativos.

 Por eso, entre otras cosas, la calidad de vida de las últimas semanas, días, u horas de un enfermo terminal, dependerá no solo de sus circunstancias personales, sino las de su entorno asistencial. De si su demarcación sanitaria dispone de asistencia paliativa a domicilio y en el hospital, de si es fin de semana, de si hay o no habitaciones individuales, de su voluntad y de la de su familia respecto a los cuidados terminales y hasta de la tolerancia de los médicos al sufrimiento ajeno.

 No hay un protocolo que se aplique por decreto. Cada moribundo es un mundo. “Se muere como se puede”, resume una enfermera de Medicina Interna en un hospital andaluz, acostumbrada a ver fallecer pacientes a diario. Hasta para morirse hay que tener suerte. La muerte de Paquita es solo una muestra de cómo se expira aquí y ahora, en el primer año en que, según las proyecciones del INE, se producirán más óbitos que nacimientos desde la Guerra Civil española.

 Morirse no es fácil. Cuesta lo suyo. El organismo lleva milenios evolucionando para sobrevivir a las amenazas externas, incluso a sí mismo. Si el corazón y los pulmones funcionan, se adapta a las dificultades que le impone la enfermedad y sigue tirando. Salvo si hablamos de un infarto, un ictus o una hemorragia fulminantes, hace falta una concatenación de factores para que se produzca el paro cardiorrespiratorio definitivo.

 Las últimas fases de males como el cáncer, la ELA o las demencias pueden acarrear, no obstante, mucho sufrimiento físico y psicológico. Deterioro. Dolor. Angustia. Aliviarlos, y acompañar a los enfermos en su viaje hacia el fin es el objeto de los cuidados paliativos.

 Las doctoras Natalia González y Raquel Pérez; las enfermeras Purificación García y Matilde Murillo, y la administrativa Asunción Cuadrado montaron hace siete años la Unidad de Soporte Paliativo del Hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares, en Madrid.

 Todas habían trabajado con enfermos terminales y tenían vocación por ayudar a los demás a morir. Al principio, les costó obtener el respaldo total de sus colegas. Oncólogos, neumólogos, cardiólogos, cirujanos son médicos cuyo máximo objetivo es curar.

Y no siempre entienden el trabajo de quienes, asumida la imposibilidad del reto, nada más —y nada menos— eligen cuidar. La morfina, las benzodiacepinas, hasta la ketamina —útil en dolores refractarios al tratamiento como el del cáncer de pulmón con metástasis en huesos de la esposa de Pepe, un caso que llevan atendiendo dos años largos tanto en su domicilio como en sus frecuentes ingresos hospitalarios — son su arsenal de trabajo. 

Fármacos seguros, baratos y eficaces que, no obstante, despiertan las reticencias de no pocos facultativos por su supuesta capacidad de acortar la vida.

González, Pérez, García y Murillo atendieron a Paquita en sus últimos cuatro meses de vida. Desde que el cirujano que la operó la derivó a su departamento después de palpar al tacto grandes masas de metástasis en su vientre solo tres meses después de habérselo vaciado.

 Nadie pronunció la palabra. Pero tanto la madre —tan aprensiva que se negó a leer el consentimiento informado de la operación— como la hija, que la acompañaba en la visita, entendieron que estaba desahuciada.

En la consulta, la recibieron la doctora Pérez y la enfermera García. Le dijeron que estuviera tranquila. Que iban a estar con ella. Que había que ir día a día. Le dieron un dolorómetro, una especie de regleta infantil numerada y le preguntaron, de 0 a 10, cuánto le dolía. “El dolor es subjetivo. 

No hay ningún aparato que lo mida”, le explicó Pérez. Paquita, viuda desde los 65 años, madre de cuatro hijos cuarentones, abuela esclava de sus nietos y una mujer recia, acostumbrada a trabajar como una mula sin un ay más alto que otro, colocó la flecha en el 8. 

Tras el tratamiento que le prescribieron, la percepción del dolor de Paquita bajó hasta 2, 3, 6, en los peores días. Pero llegó el momento en que tenía que usar varias veces al día el “rescate” —dosis extra para picos de dolor— para soportar el zarpazo. Después llegó la obstrucción por avance del tumor. El ingreso. La neumonía. Y la situación de “últimos días”.

 “Se muere como se es”, sostiene Puri, la enfermera de paliativos de Alcalá. En el caso de Francisca así fue. Defraudada en lo más íntimo por la reaparición del tumor tras su intervención quirúrgica y su rápido empeoramiento, decidió que no quería saber nada más de nada. Pero sabía. Es más, sus hijos sabían que sabía y ella sabía que ellos sabían. Pero la matriarca, soriana, seca por fuera e hipersensible por dentro, sobria hasta el final, eligió el silencio.

 Pasó los últimos días callada. Es difícil hablar con un moribundo que solo responde con monosílabos. ¿De qué charlar en esa tesitura? No de comida, puesto que Francisca ya no ingería. No de sus nietos, a los que no vería hacerse hombres y mujeres. Ni siquiera del tiempo, porque todos eran conscientes de que no iba a salir viva.

 Aun así, antes de su propia agonía, Francisca fue testigo de otra. La de Teodora, su penúltima compañera de cuarto. En muchos hospitales públicos las habitaciones son dobles, incluso triples, en algunos centros antiguos. Muchos, como el de Alcalá, disponen de habitaciones de uso individual para moribundos.

 Pero no siempre están libres. O, a veces, la muerte se presenta de repente y no da tiempo a cambios logísticos. Ocurrió con Teodora, una anciana que parecía que iba a remontar un ictus hasta que una tarde empeoró súbitamente y empezó un drama de media hora que acabó de la peor manera posible. En esos casos, los enfermeros corren la cortina como de ducha que separa ambos lechos. 

 Si el compañero puede moverse, quizá quiera salir de la habitación y esperar acontecimientos en el pasillo. Si no, oirá las blasfemias de los médicos, los pitidos de los aparatos, los lamentos de la familia, y, lo más difícil de olvidar, los estertores del compañero con quien ha compartido esperanza y desesperación las 24 interminables horas del día hospitalario.

Francisca Bonilla ya ni siente ni padece. Tras la firma del parte de defunción, su cuerpo permanece aún un buen rato en el cuarto. Huele a humanidad en el más literal sentido de la palabra. A sangre, a sudor, a lágrimas. Llega un par de auxiliares y le proporciona, ahora sí, el último auxilio. Se le libera del oxígeno, de las sondas, de las vías, de los yugos que le han tenido amarrada al lecho, y a la vida, reducidos a lo que son: cables, agujas, plásticos, basura hospitalaria. Se le asea. 

Se le aplica una colonia fresca tipo bebé. Se le cubre con una sábana dejando el rostro fuera. Se permite a la familia despedirse de la difunta a la vez que se la invita a recoger sus pertenencias —las zapatillas, la bata, el reloj, las gafas—y llevárselas en una bolsa de la basura.

Desde la megafonía, se pide a enfermos y visitantes que, por favor, despejen el pasillo y cierren las puertas cinco minutos. Nadie lo dice, pero todos saben que van a sacar a un fallecido. Se trata, a la vez, de preservar la intimidad del muerto y la sensibilidad de los vivos. 

La comitiva, cerrada por los deudos, enfila el último paseo hacia el ascensor de uso exclusivo del personal —aunque lo usa todo el mundo y más de un infractor se ha llevado un susto de muerte al abrirse las puertas— que marca la separación definitiva. El fallecido, al depósito. La familia, al duelo. 

En el cuarto, los celadores desinfectan el colchón y dejan la cama hecha a la espera de otro paciente. Ley de muerte. Ley de vida.

(Francisca Bonilla murió el 28 de enero de 2014 en la planta cuarta del hospital de Alcalá de Henares. La misma donde el cineasta Antonio Mercero rodó su película homónima, con un inolvidable Juan José Ballesta niño haciendo carreras en sillas de ruedas con el tierno cráneo pelado por la quimioterapia.

 La misma que la hija mayor de Francisca visitó hace más de dos décadas, estando en construcción, en una de sus primeras prácticas como periodista sin saber que allí iban a morir sus padres y a nacer sus hijas. Paquita era mi madre)."                   (   , El País,  16 MAR 2015)

23/12/14

Las risas son el mejor tributo para un payaso muerto


"Cuentan que cuando el famoso payaso Ramper, que tenía una vena depresiva, le explicó tristísimo a su colega Alady que preparaba un número sensacional y postrero, La muerte de Ramper,en el que tocaría el xilofón, haría unas bromas, se subiría al trapecio y se lanzaría desde la cúpula del circo a las gradas, Alady le contestó:
 “¡Será formidable, matándote cada noche durante 15 días seguidos te harás millonario!”. 

Los payasos tienen una forma particular de afrontar la muerte. Cuando Monti (sin la cara pintada Joan Montanyès) se estaba muriendo de cáncer acudieron al hospital a despedirse de él todos los otros grandes payasos catalanes con sus atuendos de clowns. Como para encontrártelos en el ascensor a la UCI.

Payaso y muerte, la gran carablanca, hacen una extraña y turbadora pareja. Un binomio que nos conmueve hasta los huesos. Crear un espectáculo de clowns en torno a un payaso muerto es un verdadero reto. En torno a dos ya resulta una nobilísima payasada. Eso es lo que es, en la más hermosa y generosa de las acepciones, Rhum, el gran, emotivo y divertidísmo homenaje a Monti que han orquestado un grupo de colegas. 

El montaje (que ganó el martes pasado el premio Zirkòlika al mejor espectáculo de clowns) hace temporada estas navidades en un lugar tan proclive a las maravillas (“y alguna cagadita”, bromean en escena los payasos) como el Teatre Lliure de Gràcia.

 A Monti le atraía —sin saber que prefiguraba la suya propia— la escena de la despedida de Rhum en el cementerio parisino de Saint Ouen, con todos los grandes payasos de la época en colorida grand parade junto a la fosa. Rhum, el espectáculo, iba a ser un homenaje al Rhum payaso y al oficio, pero resultó evidente que Monti no lo podría protagonizar.

 Convertidos en Rhum & Cia, cinco payasos bajo la dirección de Martí Torras decidieron sacar el proyecto de Monti adelante reconvirtiéndolo además en una celebración del propio colega, que falleció en 2013.

El nuevo Rhum, que se pudo ver tres días en el festival Grec, coproductor, y está desde anoche en el Lliure de Gràcia hasta el 4 de enero, huye de sentimentalismos fáciles y ofrece un festivo rosario de números desopilantes, incluidos algunos tan clásicos como el del espejo roto o el tiro a la diana y otros destinados a los nuevos gustos como el de los cinco payasos convertidos en risibles bañistas de un ballet acuático mientras uno de ellos canta un rap.

 Las risas son sin duda el mejor tributo para un payaso muerto. (“Mi risa está hecha de lágrimas”, decía el gran Grock —cuyo padre por cierto dejó a la familia para unirse a un circo ambulante: a ver si no es para entristecerse—). Y sin embargo, una enorme vena poética y lírica recorre como un río subterráneo el espectáculo. Ya desde que a la entrada de la sala te encuentras un maniquí con la ropa de Monti. 

O en el preámbulo de la función, con el augusto anunciando —en tono tan sublime como Plutarco la muerte de Pan— “Rhum é morto” y portando una cajita con el almita del payaso. “No es un espectáculo para nada triste, el 90 % es de reír mucho, con un par de momentos emotivos”, recalca el director. (...)

El momento más emotivo es cuando el reticente augusto Martines, convertido en Rhum-Monti, dialoga con una grabación de la voz del propio Monti, el payaso muerto transformado en algo así como el espectro del padre de Hamlet. ¡No está mal para ser un espectáculo de payasos!. 

En lo que podía ser la apoteosis de la trascendencia salta la frase que nos devuelve a la pista: “Tanto Monti Monti tanto”. A subrayar que entre las cosas que dice Monti en off está que los payasos de verdad no tienen nada que ver con los políticos, aunque estos se crucen la palabra como descalificación. (...)

El final, con la sombra de Monti, inconfundible con su sombrerito, tras una cortina tocando el saxofón a coro con el resto de los payasos es simplemente inolvidable. Más aún si sabes que el que pone el cuerpo es el maquinista del Lliure Sergi Martínez, primo de Monti. 

De nuevo —no nos vamos a ir a la calle con el corazón encogido y ¡que viva el circo!—, se deja paso a un epílogo humorístico en el que los clowns hacen música con infinitud de objetos, incluidos dos pollos de goma. Risas, risas. Con la nariz roja puesta. Así viven y mueren los payasos."              ( ,  El País,  18 DIC 2014)

15/6/11

No me imagino a nadie con ganas de sentarse ante la televisión a asistir a la muerte de un extraño. Lo que van a ver no es fácil pero es importante


Arthur Bernhard, de Dignitas, instruye a Craig Ewert, un enfermo terminal, y su mujer, antes de administrarle la dosis letal

"La BBC se convirtió ayer en blanco de todo tipo de críticas por su decisión de emitir un reportaje en el que el autor, sir Terry Pratchett, que sufre alzhéimer, reflexiona sobre la posibilidad de recurrir al suicidio asistido antes de perder el uso de razón.

La polémica se debe, sobre todo, a que en el documental Pratchett viaja hasta la clínica suiza Dignitas, cerca de Zúrich, donde asiste a la muerte voluntaria de Peter Smedley, un acaudalado hombre de negocios de 71 años que sufre una enfermedad neuronal degenerativa.

En el programa, realizado por Charlie Russell, Pratchett se entrevista con la viuda de un escritor belga que recurrió al suicidio asistido y con un joven de 42 años que también se plantea ir a Dignitas y que así lo hace, apenas un poco antes de Smedley.

También se ve la otra cara de la moneda: la de un taxista londinense condenado a la parálisis que ha preferido la opción de seguir vivo al cuidado de un hospicio a pesar del carácter degenerativo de su enfermedad.

Aunque se ven esas dos caras, los críticos del suicidio asistido atacaron ayer a la BBC por entender que el programa era sesgado. Estadísticamente hablando, seguramente tienen razón. Aparece más gente en defensa del suicidio asistido que de la vida a toda costa. Y apenas se debate uno de los aspectos que más subrayan quienes se oponen a ayudar a una persona a morir: el peligro de que muchas personas vulnerables se vean empujadas al suicidio asistido sin estar seguras de que eso es lo que realmente quieren.

Pero, ¿significa todo eso que la emisión de la BBC era sesgada y "mera propaganda fácil del suicidio asistido", como denunció ayer Alistair Thompson, portavoz de la organización Care Not Killing (Cuidar, No Matar)?

¿Era el programa "una glorificación del suicidio y desde luego del suicidio asistido", como asegura el reverendo Michael Nazir Ali, obispo anglicano? ¿La BBC ha explotado a un escritor con una enfermedad cerebral degenerativa para forzar un cambio en la ley que legalice el suicidio asistido?

Una vez visto el programa, las respuestas a esas preguntas se acercan mucho más al no que al sí. El documental no intentaba ser una exposición fría y equilibrada sobre los pros y contras de esa opción, hoy por hoy, ilegal en casi toda Europa, sino sobre las dudas que embargan a una persona que se plantea que quizás pronto tenga que tomar una decisión tan dramática como acabar con su vida.

Es difícil decir que glorificaba el suicidio: ver morir a Peter Smedley más bien ayuda a comprender la profundidad del dilema que se le plantea a una persona que sabe que más tarde o más temprano perderá la capacidad de moverse o la capacidad de razonar.

A unos, como al propio Terry Pratchett, les puede ayudar a decidirse por viajar a Dignitas, pero a otros les puede haber influido en sentido contrario.

Quizás el enfado de quienes se oponen a legalizar ese derecho en Reino Unido se deba a que lo que sí consigue reforzar el programa es la idea de que esa es una decisión personal que no debería depender de lo que opine una mayoría o una minoría de responsables políticos o el conjunto de la sociedad. El programa no glorificaba el suicidio, pero sí el derecho individual a decidir. (...)

"Estos reportajes solo sirven para alimentar el morbo, no para sacar un debate serio sobre la eutanasia o el suicidio asistido". Para hacer esto, si es que era la intención de los autores, "hay otras formas en las que se pueden exponer los puntos de vista a favor y en contra, con rigor y de una manera más aséptica" (...)

"La cultura del miedo es justo lo contrario de lo que quieren los enfermos en esta situación. Ellos, cuando les llega la información y tienen la certeza de la muerte, lo que quieren es la seguridad de que va a ser lo más rápida y confortable posible" (El País, 15/06/2011, p. 34/5)


"La cadena británica BBC rompió ayer uno de sus últimos tabúes al retransmitir un suicidio asistido. El documental Choosing to Die (Eligiendo Morir) muestra el fallecimiento de un hotelero multimillonario de 71 años que decidió quitarse la vida el pasado diciembre en la clínica suiza Dignitas. Peter Smedley padecía una enfermedad neuronal motora irreversible desde hacía dos años. (...)

El momento más intenso del documental es el de su muerte pero la cinta es también el recorrido intimista de su autor, Terry Pratchett, hacia su posible destino. Este es el primer documental del escritor de novela fantástica, que fue diagnosticado de alzhéimer en 2008.

Tras el rodaje, ha iniciado el procedimiento burocrático para terminar sus días, si es que así lo desea, en el mismo lugar y de la misma forma que el protagonista de su documental.

"Hace pocos años me olvidé de mecanografiar, ahora tengo un asistente. Pero cuando ya no me gusten mis libros, creo que será el final, aunque cambio de idea cada dos minutos", confiesa Pratchett. Sus dudas acompañan a las del espectador hasta el final del proceso.

"No me imagino a nadie con ganas de sentarse ante la televisión a asistir a la muerte de un extraño. Lo que van a ver no es fácil pero creo que es importante", asegura el autor en los primeros minutos de la cinta.

En Choosing to Die, Pratchett acompaña a Smedley y a su esposa Christine durante su viaje al hospital suizo. Allí, sentados en un sofá, cogidos de la mano y con una calma sobrecogedora Peter ingiere dos bebidas, una para preparar su estómago y otra compuesta por un cóctel de barbitúricos que le duerme y produce su muerte. La clínica Dignitas da alojamiento, asistencia al suicidio y repatría el cadáver por unos 11.300 euros.

La emisión ha levantado la polémica en Reino Unido donde organizaciones antieutanasia acusan a la BBC de promover una práctica que es ilegal en este país y de alentar a otros a que sigan los pasos de Smedley.

En Reino Unido el suicidio asistido puede suponer una pena de 14 años. El dolor por no poder morir "a la luz del sol" en su propio país es una de las cosas que más repiten los entrevistados y sus familias." (El País, 14/06/2011, p. 53)

9/2/10

El artista francés (Boltanski) graba el día a día de una apuesta con un millonario

"Dice que usa tanto la fotografía en un intento de "salvar la pequeña memoria, no la gran memoria de las guerras ni la historia". Aunque también reconoce su fracaso de antemano: "La vida no se puede atrapar". Es un artista empeñado en luchar contra la muerte y que, sin embargo, desprende felicidad.

"Yo soy muy optimista, muy feliz. Simplemente, creo que hay pocas cuestiones existenciales importantes: la muerte es una. Todo el mundo sabe que va a morir, así que es mejor habituarse".

Su nuevo proyecto nació de un pacto con un millonario jugador que vive en Tasmania. Quería comprarme algo. Pero a mí lo que me atraía de él era precisamente su lado de jugador, y eso que dice de que no pierde nunca", dice Boltanski. El artista ha permitido que una cámara le grabe continuamente desde el 1 de enero y que se emita, en directo, en una gruta de Tasmania. El millonario ingresa una cantidad pequeña, fija y mensual, de por vida, hasta que Boltanski muera.

"Teniendo en cuenta lo que valdría una grabación así en el mercado del arte, la obra quedará amortizada en ocho años. Si muero antes, él gana dinero. Si muero después, gano yo. Si muero a los ocho años, quedamos empatados. Pero si es verdad que él nunca pierde, yo debería morir antes. Y si hago esto es porque pienso que debemos hablar de la muerte, retarla". (El País, ed. Galicia, cultura, 08/02/2010, p. 41)

24/9/09

Ante la muerte, se olvidan las mentiras

"En 1982 sobrevivió a un accidente de aviación al regresar de un encuentro académico en Moscú. Murieron 14 personas. En estos momentos realiza un documental basado en los testimonios de los cinco psicólogos cubanos que sobrevivieron a la catástrofe. "En las situaciones límite se muestra lo esencial, no hay espacio para la mentira, puede surgir lo mejor y lo peor de cada cual". (Carolina de la Torre: "Cuba teme más la riqueza de pocos que la pobreza de todos". El País, ed. Galicia, última, 23/09/2009)

7/9/09

La muerte amiga, según Chavela

"¿Le das vueltas a la idea de la muerte?

No siempre. De repente. Me topo conmigo, y hablo.

¿Y qué te dices?

Me dice la Chavela: vas bien por ahí. Quisiste ser libre [se le quiebra su voz tan potente] y yo te he mantenido libre. Sigue así, sigue adelante. Termina tu jornada, que el final ya va a ser pronto y muy hermoso. Y yo le doy las gracias. Ya voy teniendo ganas de descansar para siempre. Yo no le debo nada a la vida ni la vida me debe ya nada a mí. Tengo ganas de recostarme en el regazo de la muerte, que debe de ser bellísimo, muy bello. Tal vez por eso le tenemos tanto miedo a ese momento. Porque debe de ser hermosísimo.

Tanto como hermosísimo, Chavela...

Que sí... Está muerta de risa la muerte.

Eso será por la relación tan especial de los mexicanos con la muerte...

El mexicano se divierte jugando a los volados (lanzando una moneda al aire para ver si sale cara o cruz) con la vida y con la muerte. Así me divierto yo, jugando a los volados con la vida y con la muerte.

Tú siempre has vivido sin miedo. No vas a cambiar ahora...

No, no voy a cambiar ahora. Sería un ridículo, un ridículo espantoso. ¿Tú te imaginas que yo me muera en un monasterio? Es lo peor que me podía pasar. Ja ja ja?

Que te convirtieras ahora... Que buscaras a un cura para que te perdonara los pecados...

¡Ay, no me digas eso! Yo no creo en los curas. ¿Te imaginas yo con un cura? El día que me fue a ver uno yo le dije: "¿Cómo le tengo que llamar, padrecito o padrezote?". Y otra vez, estando en el hospital, me fue a ver uno y le dije que yo era budista para que me dejara en paz. Me encanta divertirme. Con la gente, pero sin ofenderla." (Chavela Vargas:"Así me voy a morir, libre, sin yugos". El País Semanal, 10/05/2009, p. 30)

2/9/09

El instinto de supervivencia

""¿Qué significa luchar?", dice, "todo el mundo lucha por instinto de supervivencia. A la gente hay que decirle que luche. Una vez pasado el primer impacto, la noticia, el segundo es también muy duro, aguantar el tratamiento. Y sólo lo resisten si ellos mismos se convencen de aguantarlo: eso es luchar. Pero también, a veces, llega un momento de rendición; es cuando el cuerpo avisa de que no hay nada que hacer. Los deportistas tienen ventaja, pero no psicológica, sino puramente física. El tratamiento lo elegimos no sólo según el tipo de tumor y su extensión, sino también teniendo en cuenta la reserva biológica del paciente, según el estado de sus riñones, de su hígado, según su masa muscular, su capacidad de consumo de oxígeno. Un deportista de élite es perfecto. Se puede aumentar las dosis sabiendo que el cuerpo aguanta".

En el caso de Ballesteros, después de la cirugía, la duda no era saber si resistiría el tratamiento sino si tendría algún sentido, si la quimio funcionaría, si sería mejor dejarlo todo a la radiología. "Y lo importante es que no nos equivocamos", dice Belda. "Para hacer el cálculo nos basamos en un perfil genético masivo, la tecnología nos ayudó a decidir. Había que analizar los 40.000 genes humanos en los 100 millones de células que componían el tumor, una tarea imposible". (CRISTÓBAL BELDA: "Seve ha sido el paciente perfecto". El País, ed. Galicia, Última, 25/07/2009)

7/4/09

"no poder trasmitir lo que quieres" antes de morir

"No soy tan ingenuo como para ignorar que No Hodgkin puede ganar la pelea. Favila, el hijo de Don Pelayo, se peleó con el osu cerca de Cangas y ganó el plantígrado. Espero que en este caso las cosas vayan de otra forma y el osu No Hodgkin salga derrotado en este lance. (...)

La enfermedad me ha hecho caer en la cuenta de lo injusto que es perder con la muerte conocimientos y capacidades y no poder transmitirlos a los que quieres. Si fuera posible, me gustaría cederle a Lorite [alusión a su esposa Ana Lorite] mi alemán para ahorrarle sus pugnas permanentes con el der, die, das y similares. A José quisiera pasarle lo que sé de periodismo. A lo mejor, todavía tengo tiempo a darle un taller particular y enseñarle algo de lo único que creo entender en la vida. A Libertad es difícil saber qué necesita. (...)

Me encuentro fuerte y tranquilo. Afronto la situación con lo que yo defino como "mentalidad periodística" y lo aplico al caso. Se trata de imbuirse de la posición del espectador no involucrado. Con esta mentalidad me aproximé siempre a los temas, ya fuesen Kosovo, Haití, la guerra en Nicaragua, El Salvador o Macedonia, los bombardeos en Belgrado, el terremoto de México o lo que fuera. Yo era un espectador y no me podía pasar nada. Por eso creo que nunca sentí miedo. (...)

Me siento espectador de mi propio mal y espero poder mantener esta posición hasta donde sea necesario. (...) Espero poder mantener este contacto con todos vosotros por mucho tiempo, con la venia de No Hodgkin, al que presiento ahí agazapado. Noto cómo me consume y corroe por dentro. (...)

Los últimos años del Papa, con su ancianidad y decrepitud, expuestas sin el menor pudor, me parecen admirables en estos tiempos de culto al cuerpo, a la juventud y a la belleza, cuando los mayores de 50 años no tienen ya la menor posibilidad de encontrar trabajo. Creo que se necesita mucho valor y entereza para exponer en público, como hizo Wojtyla, la propia decadencia y continuar en el ejercicio de su profesión hasta el final. Pienso en mi padre, enfermo también de Parkinson, que se encerró en casa durante más de 10 años y no quería que le viera nadie más allá de sus familiares más próximos. Yo creo que también reaccionaría así. No soportaría exponer en público mi degeneración." (El País, Domingo, 05/04/2009, p. 16)