"No, no es la guerra que perdimos todos. Es la guerra que perdieron los republicanos, los demócratas. Pero por encima de todo es una guerra que ganaron los fascistas.
Es normal que para los relativistas de la historia pueda existir un
relato que considera que tanto Miguel Hernández como Luis Almarcha
fueran perdedores por igual de la guerra. Que sus herederos sufrieron lo
mismo el rigor de la posguerra. Pero para los que tenemos algo de
decencia, conocimiento de los hechos, la historia y un mínimo de respeto
a los derechos humanos sabemos que uno fue víctima y el otro un
victimario miserable que se negó a salvar la vida al poeta por negarse a
plegarse a su religión. Este es solo uno de los miles de ejemplos que
los revisionistas procuran retorcer.
El ejercicio de
contorsionismo moral de la prensa patria impulsado por los lloros de
Pérez Reverte -que están compitiendo en prolífica humedad con el tren de
borrascas que nos está amargando el ánimo a los españoles- quiere hacer
pasar por un ejercicio de cancelación el hecho de que haya escritores,
periodistas o historiadores que no están dispuestos a hacerle el caldo
gordo a Reverte. Es una cancelación porque Vigorra y Reverte han decidido cancelar un acto al que no quería ir nadie. Pero eso ya da igual. Son siempre así. Agreden y luego lloran, pero hoy venimos a poner el foco en otro asunto.
La guerra de España es la única donde los ricos que acudieron a la guerra salieron más ricos de ella.
Esto no es una ocurrencia mía. Es algo que dijo Francisco Franco en el
año 1940 en un discurso en Lugo donde su literal era el siguiente:
"Nuestra Cruzada es la única lucha en que los ricos que Nuestra Cruzada
es la única lucha en que los ricos que fueron a la guerra salieron más
ricos. Y es así, porque aquellos bienes y aquellas riquezas que estaban
desvalorizadas y en trance de perderse cuando enarbolamos nuestra
bandera; cuando los bienes materiales los daban por cualquier cosa con
tal de conservar la vida, al terminar la guerra han sido
sobrevalorizados".
Precisamente porque la ganaron, porque la expoliaron, porque robaron los recursos y porque no los quieren devolver
les interesa transmitir el mensaje de que todos perdimos la guerra,
porque si todos la perdimos no hay nada que restituir. Si alguien
reconoce que ganó con un Golpe de Estado y una guerra cruenta con el
apoyo de potencias extranjeras lo siguiente es reconocer que todo lo que
se quedaron lo hicieron de manera ilícita y toca reconocer que hay que
devolver las propiedades al perdedor de la guerra, al que fue asesinado,
al que fue expoliado, al que fue robado. Pero eso solo se produce si
hay un perdedor y un ganador, si se reconoce la legitimidad moral de
quien perdió para poder recuperar aquello de lo que le despojaron.
Los que perdieron la guerra, a pesar de la maravillosa sentencia de Antonio Machado
que afirmaba que moralmente la ganaron, no pueden olvidar el dolor, el
exilio, la muerte y el robo de todo lo que fueron y tuvieron. El gran
poeta sevillano dijo a Ilia Ehrenburg: "Para los estrategas, para los
políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la
guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro... Quizá la hemos ganado".
Estoy convencido de que humana y moralmente los republicanos fueron los
ganadores de la guerra, pero lo concreto es que Antonio Machado tuvo
que huir y murió como una alimaña, enfermo y solo en un hostal de
Colliure, allí, en una tumba donde acudimos a homenajearle cada año
continúa enterrado. Por eso perdimos, y decir que todos lo hicimos es
querer robarnos hasta el dolor y el desarraigo." (Antonio Maestre, blog, 03/02/26)
"No hace falta más que una pajarita en la portada para presentar La forja de un historiador
(Crítica, 2024), el último libro de Ángel Viñas (Madrid, 1941). En él,
el investigador repasa su periplo personal y profesional desde los
inicios. Cuenta que ayudó a dar misa a un tío un par de veranos, asistió
al recital de Raimon en la Ciudad Universitaria de Madrid en 1968,
Serrano Suñer le rogó que no lo atacara durante una emisión del programa
La Clave y sintió una emoción inusitada al poder analizar los
documentos de Negrín.
Conocido por alumbrar nuevas tesis que desacreditan los mitos
inculcados por el franquismo sobre la izquierda, Viñas no se olvida de
su misión como alto diplomático español, su paso por el FMI y todas las
vicisitudes que pasó tras iniciar sus investigaciones en torno a la
República, la Guerra Civil y la dictadura.
Hemos
podido charlar con el historiador sobre la desclasificación de
documentos, el revisionismo histórico e incluso el oro de Moscú. También
abordamos cuestiones personales como su militancia política o el
orgullo por la historia de nuestro país.
Publica este libro a los 83 años, una especie de memorias. Ha
trabajado como economista, alto funcionario, diplomático e historiador.
¿De qué se siente más orgulloso al echar la vista atrás?
Fui alto funcionario internacional durante veinte años de mi vida en
los que hice muchas cosas de las que me siento, creo que legítimamente,
orgulloso. Otras dos décadas las pasé como historiador, de las que
también me siento orgulloso. ¿De qué me enorgullezco más? Pues de las
dos cosas, no puedo decantarme por una u otra.
Aquel chaval madrileño de clase media baja que comenzó
husmeando en archivos en 1971 ha terminado siendo uno de los
historiadores más respetados y laureados de España. En su publicación
dice que “la España de hoy no ha llegado a reconciliarse del todo con su
pasado”. ¿Qué hace falta para que eso llegue a ocurrir?
En España hacen falta dos cosas. Primero, abrir los archivos. No se
pueden desmontar los mitos del pasado sin tener acceso a los archivos ni
a los repositorios donde se guardan las huellas del pasado. Yo me he
cansado de decírselo a quien corresponde y no me han hecho caso; es como
predicar en el desierto. En algún momento, se desclasificará todo.
En segundo lugar, hace falta renovar la enseñanza, desde Primaria
hasta la universitaria, para incluir todas las concepciones sobre la
historia de España que hemos revisado los historiadores. Para mí es
inconcebible que en un país avanzado como este todavía tengan cabida
interpretaciones falsas o distorsionadas. Sin ir más lejos, debería ser
evidente que el general Franco fue un asesino, un mangante y un traidor,
porque los papeles lo han demostrado.
¿Dónde ubica el inicio de esta eclosión de falsedades y distorsión de la realidad?
Desde la llegada al poder de Donald Trump ha habido una difusión
atroz de mentiras y barbaridades sobre el pasado de nuestras sociedades.
En España, durante muchos años la derecha ha estado callada, porque la
derecha tiene mucho que callar, al igual que la izquierda, pero aquí la
dictadura tuvo cuarenta años para decir lo que quiso de los presuntos
desmanes de la izquierda, y eso se lo cree mucha gente todavía hoy. Es
decir, los españoles de hoy en día siguen creyendo mentiras sobre la
izquierda difundidas durante el franquismo.
Comenta que, a finales de la década de los sesenta, descartó la opción comunista y también la democracia cristiana. Por aquel entonces, leía Cuadernos para el diálogo y Triunfo. ¿Alguna vez ha militado en alguna organización política?
Cuando volví a España a mediados de los sesenta, algunos compañeros
de universidad me dijeron que me fuera con ellos al Partido Comunista de
España (PCE). Les dije que no. Yo conocía la República Democrática
Alemana, y aunque la Stasi no me siguió y me pude mover con libertad las
numerosas veces que la visité, les dije que no me sentía atraído por el
PC.
No milité en ningún partido hasta el 14 de abril de 1983, cuando fui a
trabajar al Ministerio de Asuntos Exteriores como asesor del entonces
ministro Fernando Morán. Pensé que tenía que descubrir mis cartas si le
iba a aconsejar en un momento crucial, porque estaba pendiente el tema
de la OTAN. Nunca me dijeron qué tenía que escribir o pensar.
En el terreno de la investigación histórica, repite como un
mantra lo que llama evidencia primaria relevante de época (EPRE) como
uno de los principales puntales en todas sus indagaciones. Resulta
llamativo que recalque algo que debería ser común en todos los analistas
del pasado.
[Ríe]. Pues no, no es tan común. Los temas sobre los que yo he
trabajado requieren visitar muchos archivos en diferentes idiomas y en
diversos países. Yo he trabajado en más de 40 archivos de ocho países en
cinco idiomas distintos, y todo me lo he pagado en gran medida con mis
propios fondos.
Comprendo que no es algo al alcance de todo el mundo, pero en lugar
de comprarme una casa en la playa, he invertido esos fondos en hacer lo
que me gusta. Ya está, es así de simple. Solo he tenido ayudas oficiales
en dos ocasiones, y así las he reconocido abiertamente.
En un momento dado, afirma que el honor de la República siempre estribó en haber combatido hasta la extenuación los
avances del fascismo en Europa. ¿Por qué cree que España sí opuso
resistencia a lo que después sería la dictadura más larga del
continente?
Porque los españoles de la época eran así, porque no bajaron las
armas. Incluso cuando muchos de ellos sabían que sin ayuda extranjera
perderían, como dijo Manuel Azaña en septiembre de 1936, decidieron
luchar. Nuestros antepasados eran así.
En España se ha derramado mucha sangre en busca de la democratización de la política
¿Eso le hace sentir orgulloso?
No es una cosa de la que sentirse orgulloso como tal. En España se ha
derramado mucha sangre en busca de la democratización de la política y
la mejora de las condiciones sociales en las que vivía la mayor parte de
la gente. Ha sucedido lo mismo en otros países, pero aquí tuvimos menos
suerte.
¿Qué ha cambiado en su terreno desde que empezó a estudiar la historia de España?
En 1975, la historia de España la escribían historiadores extranjeros
o desde el extranjero. Nada que objetar ante eso, nosotros todavía
vivíamos con una censura casi de guerra. ¿Cómo diablos íbamos a poder
escribir nuestra propia historia? Ahora, la mejor historia, bien o mal,
se hace desde España, que es lo normal.
La Transición, que hoy se critica mucho, y yo también critico en
cierta medida, nos dejó sobre todo ciertos puntos como la libertad de
expresión o cátedra que se encontraban a años luz de lo vivido durante
el franquismo. Hemos importado nuevas formas de ver el pasado y las
hemos aplicado a nuestra propia historia. Por eso hemos podido hacer
cosas que hasta entonces no eran posibles.
Aprovecha la monografía para retomar algunos de sus grandes
hitos como historiador. Uno de ellos es la investigación sobre el “robo”
del oro de España que, supuestamente, llegó a Moscú durante la Guerra
Civil. Asegura que alguien del Ministerio de Exteriores franquista se
llevó toda la documentación que pudo al respecto, y que sospecha de tres
o cuatro personas. ¿Quiénes son?
No quiero decir los nombres porque son solo sospechas, yo no tengo la
documentación para acreditarlo. Son un círculo muy reducido. Alguno de
ellos robaría los papeles, no sé por qué, quizá para salvar la patria o
el honor de la dictadura, o impedir que otros investigadores avanzaran
en descubrir la verdad, o incluso que yo mismo avanzara.
Llegué a denunciar a uno con nombre y apellidos, el ministro de
Hacienda del Plan de Estabilización y luego gobernador del Banco de
España, Mariano Navarro Rubio. Conseguí que un subsecretario del mismo
Ministerio le escribiera preguntándole por la cuestión. Jamás he
recibido respuesta de este señor y yo no sé si él robó esa
documentación, eso lo tendrá que decir otro historiador.
Lo que sí puedo decir es que, si conocimiento es poder, conocer lo
que pasó indudablemente es una cosa que debió atraer la atención de
algunos altos funcionarios, incluso ministros, que sabían bien del tema.
Que los rusos robaron las reservas del oro del Banco de España durante la guerra es algo que sigue pensando mucha gente.
Eso es tan falso que hasta el propio régimen lo sabía desde 1956,
pero se callaron. Además, nadie habla del oro de Francia, porque el 25%
de las reservas españolas fueron a parar al país vecino. Es cierto que
todavía hay algún descerebrado hablando del oro de Moscú. ¿Qué puede
hacer un historiador? Escribir las cosas como fueron, pero si eso el
sistema educativo no lo recoge, ahí te salen los tíos de Vox que
reclaman todavía el mayor expolio de la historia de la Humanidad o como
lo llamen ellos. Yo tampoco puedo influir sobre Vox. Son unos
sinvergüenzas históricamente hablando y nada más.
Como sabe, la Ley de Secretos Oficiales franquista de 1968 sigue vigente en España. ¿Qué intereses puede haber en ello?
No tengo ni idea de qué intereses se esconden detrás de eso, y he
reflexionado sobre la cuestión. Cuando estuve en el Ministerio de
Asuntos Exteriores, conseguí que se abrieran los archivos a la
investigación con un plazo de cadencia de 25 años. De golpe y porrazo
podíamos ver los documentos hasta 1958. Se han publicado libros y tesis
doctorales en base a esa documentación y no ha pasado absolutamente
nada. No sé por qué ahora no se podría hacer lo mismo.
¿Usted abriría los archivos sin excepción?
Es curioso, porque en España los archivos están muy mal dotados de
personal, y eso que son la memoria de un pueblo, de una nación, de un
país. Aquí hay trabas a la hora de investigar que no te encuentras en
otros países. La historia no mata, quien mata son los hombres y, a
veces, abducidos en base a una mala historia.
Aquí hay trabas a la hora de investigar que no te encuentras en otros países
Si yo formara parte del Gobierno, abriría los archivos hasta el 75
sin problemas, quitando dos o tres temas que lo dejaría a un examen algo
más pormenorizado por parte de la Administración. No hay que temer el
pasado franquista.
¿Qué temas dejaría todavía sin desclasificar?
Esto prefiero no decirlo. Quien conoce los archivos más o menos los
podrá identificar fácilmente, pero no me siento autorizado para decirlo.
¿Y desclasificar los archivos hasta 1981?
Sí, se podría hacer una excepción por el golpe de Estado, porque es
un tema acotado. ¿Qué se podría descubrir? Que el rey entonces estuviera
más o menos implicado… ¡Pero si Juan Carlos está completamente
desacreditado ya ante la opinión pública!
¿Qué opinión le merece el revisionismo histórico que se está estableciendo en algunos sectores de la sociedad?
Para empezar, hay un revisionismo de periodistas de medio pelo, y
luego hay un revisionismo profesional de los historiadores. Qué quieres
que te diga… Yo he escrito libros que todavía nadie ha podido echar por
tierra. El revisionismo forma parte de la profesión, pero ahora nos
adentramos en un revisionismo que solo se ocupa de desmontar a los
gobiernos republicanos de izquierdas. En ese sentido, tan solo es la
prolongación del combate ideológico que atraviesa España desde los
últimos 40 años. Es parte del combate que libra la derecha contra la
izquierda, solo que con otras armas.
Terminemos con algo más personal. ¿Qué ha sentido a lo largo
de todas estas décadas dedicadas a desentrañar los entresijos del pasado
oscuro más reciente de España? ¿Está trabajando en alguna nueva
investigación?
Me he sentido, a veces, muy cansado y dubitativo, pero no pierdo las
ganas. Yo suelo escribir dos libros a la vez, y ahora estoy enfrascado
junto con un amigo en uno sobre un tema muy importante. Tratamos de
documentar adecuadamente una interpretación que se hace de las
incipientes victorias de Franco a lo largo de la segunda mitad de 1936.
Es algo que nadie ha dicho hasta ahora, y que puede cambiar radicalmente
lo que se sabía hasta el momento.
Hace unos días, me llegaron 1.500 papeles todavía sin examinar desde
el Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares. Vivo en
Bruselas y a nadie se le ha ocurrido examinarlos, pero a mí sí. A partir
de aquí, solo queda aplicar el método inductivo primero y la crítica
después. Si te basas en el método deductivo, en lo que otros han escrito
o tus propias ideas preconcebidas, no haces una historia documentable.
Además, la crítica es necesaria porque no todo lo que aparece en los
papeles responde a la realidad. Hay mentiras que se filtran y
afirmaciones que esconden intereses detrás." (Ángel Viñas, CTXT, 01/05/24)
"Durante el primer año de la guerra de 1936, según los datos del
Comisario del Pueblo para el Comercio Exterior (NKVT), la Unión
Soviética exportó a España 19.800 toneladas de trigo; 10.671 de centeno;
83.903 toneladas de aceite combustible y 70.113 de gasolina; 17.716 de
hierro fundido, además de camiones, tractores y medicinas, entre otros
apartados. En el periodo 1936-1938, respecto a las exportaciones
republicanas a la URSS, destacaban el plomo, las frutas, el aceite de
oliva o los tejidos de algodón.
Más allá de los cuadros estadísticos, un análisis profundo de las
relaciones entre la Unión Soviética y la II República española puede
hallarse en el volumen Oro, guerra, diplomacia. La República española en tiempos de Stalin,
de Ángel Viñas. El libro de 510 páginas ha sido editado por Crítica en
enero. Historiador, economista y diplomático, Viñas ha sido catedrático
en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
Es coautor de El desplome de la República (2022) y Castigar a los rojos. Acedo Colunga, el gran arquitecto de la represión franquista (2022); en 2021 publicó El gran error de la República.
Ángel Viñas afirma en su último libro que el oro del Banco de España
“se utilizó en Francia y la URSS para convertirlo en divisas (francos,
libras, dólares esencialmente) para hacer frente a los gastos de la
guerra ligados a las importaciones (bélicas y no bélicas) absolutamente
necesarias”. La siguiente entrevista se realiza por correo electrónico.
-¿Qué evaluación
general realizas de la ayuda soviética (incluidas las relaciones comerciales,
diplomáticas y el respaldo militar) a los gobiernos de la II República?
Para suministrar la base necesaria, desde el punto
de vista documental y crítico, he escrito el libro. Hay cosas sabidas,
generales, y otras no sabidas. Como siempre el diablo está en estas últimas,
porque solo se contestan con documentos primarios cuya búsqueda lleva tiempo y
cuyo análisis y contextualización incluso requiere más esfuerzo aún.
En dos
palabras: sin la ayuda soviética, la República hubiese rápidamente perdido la
guerra. Aguantó, como pudo, en medio de tremendas tempestades políticas,
militares e internacionales. Es obvio que no podía ganar contra Franco, el Eje
y la no intervención. Aun así, resistió lo que pudo. Fue su desastre y su
gloria. Nadie, salvo los abisinios y los chinos, había resistido la embestida
fascista. En Europa las democracias (salvo el Reino Unido) tampoco lo hicieron
después. A mí siempre me ha sorprendido que no se reconozca abiertamente tal
dato.
-¿Fue más importante la
cooperación de la URSS que la llevada a término por la Alemania nazi y la
Italia fascista a los golpistas españoles?
No. Pero sí lo fue durante un par de meses al
principio, digamos octubre/noviembre de 1936. En cuanto Hitler subió el ritmo
de suministros (Legión Cóndor) y Mussolini disparó el envío de tropas (aunque
no todas fueron de primera línea) y los británicos apretaron las tuercas y Blum
se echó atrás, la República había perdido tanto territorio y tantos recursos
que la derrota era inevitable. La URSS mantuvo su apuesta más o menos durante
diez meses más. Después dejó a la República a palo seco otros tantos. Tales
discontinuidades fueron dramáticas. Sin contar con que la creación de un
Ejército Popular de nuevo cuño, capaz de enfrentarse a tres o cuatro (incluidos
los marroquíes) de carácter profesional no fue una tarea sencilla. Por lo
demás, no hay que olvidar que Mussolini ya había aprobado una ayuda militar a
los golpistas ANTES del 18 de julio.
-¿Qué posición
adoptaron Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos?
Este tema es el más conocido. Brevemente, los
anglosajones se inhibieron. Francia vaciló, aunque no al principio. Ayudó
indirectamente: permitió la actuación de agentes republicanos en su territorio;
fue base de salida de las Brigadas Internacionales; compró un 25 por ciento de
las reservas de oro. Los otros dos fueron mucho más duros y empresas norteamericanas
apoyaron eficazmente a Franco. Hoy un historiador español desprecia
olímpicamente el marco internacional de la guerra civil. A eso se ha llegado.
-¿Qué grandes mitos propaló la dictadura franquista
a partir de la cooperación entre la URSS y la II República/Frente Popular? (“El
oro de Moscú es un tema absolutamente básico para diseccionar la mitografía
conservadora (amén de la ultraderechista) en su componente básico de
‘proyección’, es decir, en su atribución al enemigo de comportamientos propios,
personales y colectivos”, escribes).
El primero y principal es que, como tú dices, montó
una contrahistoria basada en ese principio de proyección. Ya en la preparación
de la conspiración se observa su eficacia (hay que impedir un golpe comunista,
hay que cortar radicalmente la violencia que practicaban los “rojos”). Luego lo
aplicaron al marco internacional y a las disputas entre los republicanos. Asumieron
la noción de “cruzada” y al final se habían obsesionado tanto con los
comunistas que ya nunca más dejaron de presentarlos como el enemigo más
sustancial y permanente de la PATRIA. Cabe afirmar que los elementos esenciales
de esa interpretación fueron asumidos, sin solución de continuidad, durante
toda la dictadura.
Ciertamente, no en el extranjero, pero los autores
extranjeros escribieron sus obras sin apoyo de la documentación española
(reservada a los proclives al régimen, si bien solo selectivamente). La
historia de lo que pasó y por qué pasó ha empezado a escribirse en el período
democrático.
-La República
española reconoció de iure a la URSS
en 1933, aunque sin establecer relaciones políticas ni diplomáticas. ¿Cuál fue
la realidad –años después- sobre el oro del Banco de España depositado en Moscú
y para qué se utilizó?
Se pasaron más de dos años, con alguna interrupción,
negociando bajo cuerda para lograr una definición de las relaciones
diplomáticas y comerciales lo más parecida posible a las que tenían Francia y
Gran Bretaña. A pesar de las reservas de los partidos de derecha, la
negociación continuó bajo los gobiernos radicales. Incluso he encontrado
atisbos en 1935, si bien ya muy apagados. El proceso estaba en marcha de todas
maneras antes de las elecciones de febrero de 1936.
El oro se utilizó en Francia y la URSS para
convertirlo en divisas (francos, libras, dólares esencialmente) para hacer
frente a los gastos de la guerra ligados a las importaciones (bélicas y no
bélicas) absolutamente necesarias. Hoy no guarda ningún misterio. Prácticamente
todos los aspectos relevantes han sido identificados. Quedan, desde luego,
algunas cuestiones. Debo reconocer mi fracaso total y absoluto a la hora de convencer
a las autoridades españolas de que no hubiera sido una mala idea patrocinar una
convención de historiadores de ambos países para abordar los puntos oscuros.
¿Qué función ejerció –respecto
a este metal- el ministro de Hacienda (1936-1938) y presidente del Gobierno (1937-1939)
Juan Negrín, del PSOE?
Negrín, por encargo del gobierno, asumió las
modalidades de envío y de gestión de la conversión de las reservas metálicas en
divisas. Lo hizo en estrecho contacto con Largo Caballero y solo a partir de
mayo de 1937 hasta abril de 1938, cuando la cartera de Hacienda la asumió
Méndez Aspe. La operación de envío y conversión se llevó a cabo en el más
estricto secreto, aunque una parte se filtró a los sublevados desde el comienzo
mismo de la guerra.
-Dedicas un apartado
de la investigación a “la cuestión de los precios” (y los tipos de cambio
múltiples) en las exportaciones soviéticas a España. ¿A qué te refieres?
Desde 1974-1976 he estado pensando que habría que
escribir algo sobre el comercio bilateral. Hasta ahora no he tenido tiempo de
hacerlo. Hay que darse cuenta de que el soviético era un sistema económico
antitético al capitalista. También bastante desastroso. Las implicaciones para
el comercio exterior se han estudiado en muchos países, pero no para España. Básicamente
lo que he encontrado es que los soviéticos aplicaron a la República dos
regímenes: uno parecido al que utilizaban con otros países sobre materias
primas, semitransformados y bienes de capital, y otro, referido al material
bélico, basado en tipos de cambios múltiples. Franco, por cierto, aplicó un sistema
parecido y lo hizo a todas las exportaciones españolas a finales de los años
cuarenta.
El porqué de la decisión no lo he visto documentado,
pero así fue. Por lo demás, la URSS no era exportadora de armamento. Había
enviado algunas armas a China en los años veinte. Luego, a mitad de los años
treinta, remitió grandes cantidades. Así que he tenido que establecer ciertas
hipótesis. A pesar de todos mis esfuerzos no he encontrado ninguna obra que
explicara las razones. Este era un tema adecuado para tratar en una conferencia
de historiadores.
-Por último, tras
años de investigación en los archivos, ¿qué consideración tuvo –a grandes
rasgos- Stalin de la República española? ¿Has constatado algún tipo de
evolución?
Stalin, salvo que aparezcan nuevos papeles, creo que
jugó bastante limpio con la República española. No podía ponerse en primera
fila y recomendó a los republicanos que se apañaran con sus aliados naturales,
que eran los franceses e ingleses. Tal no fue el caso y del otoño de 1937 al
otoño de 1938 se dedicó a incrementar el nivel de autoprotección soviético
frente al Japón y al Tercer Reich. En su opinión, contraria a la de sus
funcionarios, había que reducir el nivel de apoyo a la República. Esto es
conocido. Donde yo he avanzado un poco más es a la hora de reconstruir a partir
de noviembre de 1938 las circunstancias que llevaron a una nueva oleada de
suministros bélicos que ya prácticamente no llegaron a España.
Las relaciones hispano-soviéticas están en la base
de, con este, cinco libros que he escrito (El
desplome de la República escrito con Fernando Hernández Sánchez). No
conozco a ningún otro historiador, español o extranjero, que puede exhibir tal
palmarés. Ciertamente no hay muchos y yo he tratado de ir un poco más lejos que
Daniel Kowalsky o Frank Schauff. Discrepo fundamentalmente de otros autores
anglosajones, influidos todavía por el síndrome de la guerra fría. Aun así, reconozco que quedan paneles de
sombra.
Una observación final. El estudio de la guerra civil vista del lado republicano es penoso a
causa de las discrepancias esenciales que se desprenden de los escritos de los
protagonistas. Todo el mundo echa la culpa a los otros. Los políticos de la
guerra tienen su cohorte de historiadores. Por eso empecé mi libro El gran
error de la República con una referencia al documental de Jaime Camino La
vieja memoria. Al comienzo de la Transición es como si no hubiera
transcurrido el tiempo.
La única forma de poner un poco de orden es, en mi
modesta opinión, acudiendo a los documentos políticos, económicos, militares y
diplomáticos de la época. Y ensamblarlos con los archivos relevantes
extranjeros. Pocos lo han hecho y menos aún
han dedicado tanto espacio a los preparativos del golpe de 1936 en sus dimensiones
fundamentales.
En realidad, fue un asalto al régimen republicano de
carácter monárquico, militar y fascista que el Gobierno de la época no pudo o
no supo (descarto el que no quisiera) cortocircuitar. Todavía está por ver que alguien haya
desmontado la evidencia que he ido acumulando enLa conspiración del general Franco,2012; El primer asesinato de Franco, 2017, ¿Quién quiso la guerra civil?, 2019, y El gran error de la República, 2021. Pero como yo
trabajo inductivamente desde documentación primaria siempre puede escapárseme
alguna y verme confrontado con otras interpretaciones.
Yo mismo lo haré sobre mí en mi próximo libro. No hay historia definitiva. Mal que pese a la derecha… y a la izquierda." (Enric Llopis , Rebelión, 25/03/2023)
Hay algo que convendría no dejar pasar del discurso de Tamames, esa pretensión perversa de equiparar en el pasado a víctimas y verdugos, rematando su discurso con una cita de Machado, quien murió en Colliure, precisamente por el golpe fascista y criminal del que tuvo que huir. No se trata de hacer balanza de atrocidades, táctica militar del terror en los sublevados, sino de afirmar que aquello consistió en cercenar una república para defender los privilegios bastardos de banqueros, terratenientes y clero. La sangre de los españoles convertida en botín. Y eso Tamames lo sabe. Tanto como que fingiendo ser de una tercera España, pasando a arrepentido por no decir traidor, lo que le esperaba era el confort de los micrófonos y una cuenta bancaria saneada. De economía, de la suya, siempre supo, de dignidad y poesía mucho menos. 12:46 p. m. · 21 mar. 2023 31,1 mil Reproducciones 403 Retweets 11 Citas 1.068 Me gusta
"Nada cambia más constantemente que el pasado; porque el pasado que
influye en nuestras vidas no consiste en lo que realmente sucedió, sino
en lo que los hombres creen que sucedió”. Ángel Viñas ha seleccionado
brillantemente esta cita de Gerald W. Johnson para introducir su último
libro Oro, guerra, diplomacia. La República española en tiempos de Stalin, que acaba de publicar con la editorial Crítica. Este libro es continuación de los dos anteriores: ¿Quién quiso la guerra civil? y El gran error de la República.
Con él concluye la trilogía con la que desmonta los mitos que el
franquismo inventó para justificar su golpe de Estado, unos relatos que
alimentaron durante décadas quienes detentaron el poder y se
beneficiaron de él: querían hacer ver que España estaba al borde del
precipicio.
Decía Walter Benjamín que la historia la escriben los vencedores y se
la imponen a los vencidos. Y así fue durante décadas, pero el trabajo
que hacen historiadores como Ángel Viñas rastreando pacientemente
archivos durante años, trabajando con fuentes primarias, erosiona los
pilares de cartón piedra sobre los que se levantó la gran mentira de
quienes atentaron contra la República e impusieron una dictadura de 40
años en este país. “Sin buscarlo me he encontrado que me he cargado los
fundamentos básicos de las leyendas franquistas que decían que la guerra
era inevitable para prevenir una revolución comunista, luego
largo-caballerista, y que era una guerra santa para evitar la
sovietización del país. Todo esto es mentira. Mucho de lo que analizo en
los libros ya se había dicho pero nadie lo había demostrado con
documentación primaria. Y cuando no puedes demostrar algo queda en
interpretación, en una teoría. Yo lo demuestro con papeles”.
Ángel Viñas, economista de formación, fue el número uno de su
promoción al Cuerpo de Economistas y Técnicos Comerciales del Estado,
trabajó en la Comisión Europea, y fue su embajador en la ONU, entre
otras cosas. Era profesor en la Escuela Diplomática cuando le llamó
Fernando Morán, ministro entonces de Asuntos Exteriores, para ficharle
como asesor en temas de seguridad. Cambió la economía por la historia, y
al final de su vida laboral dejó la Administración e impartió clases en
las Facultades de Historia y de Economía. Ahora desde Bruselas, donde
reside, concentra su tiempo en reconstruir, con la documentación de los
archivos, lo que el llama “evidencia primaria relevante de época”
(EPRE), la historia no contada de nuestro país. Viñas es uno de los
referentes imprescindibles de la historia de la II República y la Guerra
Civil. Su libros son el armazón con el que levantar los cimientos de la
Memoria Democrática de este país.
GEMA DELGADO: ¿Cuáles son las principales aportaciones de
este último libro de la trilogía, o de la tetralogía si incluye el libro
con Fernando Hernández Sánchez?
ÁNGEL VIÑAS: En primer lugar, el
proceso que llevó al establecimiento de embajadas mutuas en España y la
URSS, que apenas se conocía. Salvador de Madariaga escribió pero no
contó la historia como fue. El último capítulo sobre el comercio
hispano-soviético es totalmente nuevo.
La parte del oro, que está en dos capítulos, recoge los documentos
soviéticos que me permitieron ver o que han publicado. Y ahí nos dan
cuenta de la visión de la URSS que no es como se nos había contado en
occidente.
Me he detenido en los primeros envíos de armas y ayuda humanitaria
soviética a España. Sobre las armas ya se conocía algo. He profundizado
en el último envío. También he tratado de mostrar una tesis que Gerald
Howson emitió pero que no le dio tiempo a fortalecer. Entregó todos sus
papeles a Paul Preston, quien me pasó muchos de esos documentos. Howson
ya decía, y ya lo había tratado con menos profundidad que luego hice en
la trilogía, lo que Stalin no pudo o no quiso hacer a pesar de la
insistencia de militares y diplomáticos soviéticos y líderes de la
Comintern.
G.D.: Las relaciones bilaterales con la URSS estaban
suspendidas desde la revolución de 1917 y la República comenzó las
relaciones comerciales con ellos, como ya venían haciendo otros países.
La URSS tenía petróleo suficiente y a precios muy favorables. Hasta
Mussolini importaba petróleo soviético.
A.V.: No había motivos ideológicos para que no se
restablecieran relaciones con la URSS. Había intereses económicos, como
en el caso de Estados Unidos: se trataba de acceder al petróleo y a las
materias primas soviéticas y de abrir nuevos mercados para las
exportaciones españolas. Esa relación se vio distorsionada con el
comienzo de la guerra civil. Las democracias occidentales, bajo la
bandera de la no intervención, cerraron las puertas a la República; la
URSS no lo hizo. Franco utilizó esa relación para alimentar su
propaganda contra la República.
G.D.: Uno de los mitos franquistas para justificar su golpe, y
que desmontas en este libro, es el peligro de la sovietización de
España
A.V.: A Stalin no le pasó jamás por la mente
sovietizar España; no digo que no se le pasara a otros por la cabeza
pero a Stalin no. A Stalin no le interesaba que en España se
estableciera una república soviética o parasoviética porque eso le
hubiera enemistado claramente con los países con los que quería llegar a
un acuerdo para combatir al fascismo, que eran los países aliados,
aunque éstos no le hicieron caso y lo despreciaron, sobre todo los
ingleses.
G.D.: ¿Por qué el gobierno de la República fue a buscar apoyo a la Unión Soviética?
A.V.: Negrín hizo todo lo posible y lo imposible
para demostrar a franceses e ingleses que no había peligro comunista en
España, pero no consiguió que le vendieran armas. Todo el mundo les
cerró las puertas.
Sin el oro y sin el apoyo de la Unión Soviética, la República se
hubiera hundido enseguida porque las democracias occidentales no
quisieron apoyarla, unas por motivos ideológicos y otras por económicos.
La única que facilitó aviones, tanques y artillería moderna fue la
URSS. Sólo les quedó eso y el mercado negro. Los franceses permitieron
que funcionarios republicanos actuaran en territorio francés para
agenciar armas. Pasaron fusiles, ametralladoras, granadas, cañones. Pero
en el mercado negro la República se vio estafada por todo tipo de gente
sin escrúpulos.
G.D.: ¿Cuál fue el motivo por el que Stalin dejó de abastecer a los republicanos desde noviembre de 37 hasta finales del 38?
A.V.: Stalin no abandonó a la República a su suerte,
simplemente no quiso enviar más material de lo que hizo. La explicación
está en que Stalin no podía atender a tres frentes: el primero, el
asiático, con los japoneses avanzando hacia Siberia; el segundo, frente a
Hitler; y al mismo tiempo ayudar a España. Sabía que no podía. Si los
ingleses y los franceses hubieran intervenido a favor de Checoslovaquia,
en lugar de plegarse, Stalin hubiera hecho causa común con ellos.
G.D.: ¿Por qué volvió Stalin a ayudar en el 38, cuando ya acababa la guerra?
A.V.: Pues la única manera de explicarlo es que para
entonces los rusos habían batido, con un coste enorme en hombres, a los
japoneses en lo que fue la primera confrontación fuerte. Y eso apaciguó
por un tiempo el peligro sobre las fronteras soviéticas en Asia.
Algunos han dicho que Stalin no tenía una estrategia de sustitución,
por eso continuó apoyando a la República de una manera muy importante y
muy rápida. Aunque el sistema soviético era lento, Stalin dio en
diciembre de 1938 un salto de tigre y a una velocidad de vértigo manda
un primer envío con un montón de armas. Las primeras órdenes de Stalin
son de diciembre del 38 y los primeros desembarcos de material en las
costas catalanas tienen lugar a finales de mes. Y enviaron mucho más que
se quedó en Francia. Sólo pudo pasar la frontera una serie de
cargamentos en enero. Pero con los flancos catalanes desplomándose
frente a la acometida franquista apoyada por la aviación nazi y la
infantería y aviación italiana, Barcelona cae el 27 de enero. Ya no
queda nada. ¿Dónde enviar el material soviético que estaba en Francia?
Se queda en Francia. Cuando termina la guerra, Francia reconoce al
gobierno de Franco y este, a finales de febrero de 1939, solicita el
envío de ese material soviético, pero Francia no hace caso y lo devuelve
a la Unión Soviética. Tiene que haber documentación al respecto pero
nadie la ha encontrado que yo sepa.
G.D.: Este es el tercer libro que escribe sobre el famoso oro
de Moscú. El primero fue en 1976, el segundo en 1979 y ahora este con
fuentes nuevas. ¿Qué pasó con el oro de Moscú?
A.V.: El oro fue la pieza fundamental de la
resistencia republicana. Sin el oro, la República hubiera acabado en el
mes de septiembre u octubre de 1936. Se vendió en su totalidad: un 75% a
la Unión Soviética y un 25% a Francia, aunque de este último no se ha
hablado mucho. Se gastó todo. El contravalor en divisas se empleó en
armamento, pero sobre todo para pagar las importaciones; y también en
comprar alimentos. Se pasaba mucha hambre.
G.D.: Los soviéticos dijeron en su momento que el gobierno republicano había dejado una deuda de 50 millones de dólares
A.V.: Los rusos citan un solo documento, una carta
firmada por Negrín en el mes de agosto de 1938, que no se ha publicado.
He de confesar que cuando el ministro de Asuntos Exteriores Lavrov me
autorizó a entrar en los archivos del Ministerio de la época soviética,
puso como condición que no se me dejara ver los papeles relativos al
oro. Tuve las mismas dificultades que teníamos los españoles en el
Ministerio de Asuntos Exteriores de los años 70, después de la muerte de
Franco. Y no vi ese papel, no lo han publicado. Entonces, yo me temo
que la carta no existió o que fue un invento, o que dijo otra cosa.
G.D.: Franco también tuvo que financiar su guerra y comprar armamento, ¿de dónde sacó el dinero?
A.V.: Los sublevados tuvieron crédito casi ilimitado
de los nazis, fascistas y algunas multinacionales, mientras el gobierno
republicano pagaba al contado. Franco no acaba de pagar esas deudas
hasta finales de los sesenta.
G.D.: Con este libro cierras la trilogía sobre la República en guerra
A.V.: Me interesé por la conspiración de Franco y lo
he hecho con especial atención al contexto internacional. Me he
dedicado a ella mucho tiempo, afortunadamente. Ahora tengo una visión, y
creo que acertada, de la conspiración contra la República. Los
conspiradores se querían cargar la República desde el año 32 con la
ayuda fascista. Para desmontar los mitos necesitas pruebas. Y a mí lo
que me despertó todas las alarmas fueron los contratos fascistas que los
monárquicos firmaron con una empresa italiana el 1 de julio de 1936 y
que están en la calle de Alcalá; yo los descubrí en el año 2012.
Por otra parte, una tesis doctoral de Carlos Píriz mencionó una
infiltración de la policía gubernativa en la UME. A mí me sonaron todas
las alarmas. Y a partir de ahí han salido los tres últimos libros. En
ellos se demuestra que no hubo riesgo de sovietización de España.
De no haberse quebrado la normalidad a consecuencia del golpe
monárquico-militar-fascista, la República hubiera seguido orientándose
por coordinadas similares a las de las restantes democracias
occidentales.
Franco no era una pieza central. Se “coló” porque era el único que
podía colarse, era el que quedaba. Todo esto se ha distorsionado mucho.
Yo he sido probablemente el único que ha reencauzado las distorsiones.
Yo no me baso en libros, voy a las fuentes. Sobre la guerra civil y
la República se han escrito miles de libros y artículos. Decir algo
nuevo es difícil; aunque no imposible, como he demostrado. La única
forma de hacerlo es dejar los libros y los artículos de lado e ir a los
archivos. Yo lo explico siempre todo en los prólogos.
Se había escrito mucho pero sin papeles o con los papeles alemanes y
en algunos casos con los británicos, que ya se empezaban a
desclasificar. Yo además de esos papeles quería ver los papeles
soviéticos. Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo habían escrito un libro
titulado Queridos camaradas sobre las relaciones de la
Cominterm y España desde 1920 hasta 1940. Pero no era lo que yo buscaba.
Yo quería ver los papeles del gobierno soviético.
En Naciones Unidas conocí a Lavrov. Le escribí. No contestó pero a
los 6 meses recibí una llamada del Consejero Cultural ruso en Bruselas
para decirme que ya podía solicitar el visado y que se me había
autorizado la consulta. Estuve en Moscú tres o cuatro veces.
G.D.: ¿Cuál es la clave para comprender la guerra civil?
A.V.: La clave está en quién quiso, quien preparó la
guerra. No fue la izquierda. Fueron ciertos sectores monárquicos,
carlistas y alfonsinos, un sector del ejército y la ayuda fascista de
Mussolini, aparte de toda la órbita de la derecha desde los periódicos
(ABC, El Debate, La Nación) a quien puso el dinero. Fue una guerra civil
internacionalizada desde antes de que estallara.
El gran error de la República fue no cortar el golpe, que lo podría
haber hecho. Algunos pensaron que sería como una sanjurjada, pero se les
olvidó el vector italiano…
La historia española no es como nos la han contado. Ni como escriben
algunos, como Stanley Payne y un par de militares y periodistas que han
bebido en las ubres del franquismo y se creen y repiten las mentiras.
Les invito a que estudien las fuentes. Las claves de la guerra están
siempre en ellas. Por eso durante la dictadura no se abrieron los
archivos: ni los franquistas ni los que incautaron a la República.
G.D.: ¿Cuándo empezaron a sembrar el miedo a los rojos?
A.V.: Empieza en el año 1932/33 (aunque ya había
florecido antes de las elecciones de 1931). Primero es lo que sentían, y
luego es lo que necesitaban para adoctrinar a los cuadros del ejército
proclives a la sublevación. Lo hicieron las derechas. El manifiesto del
Frente Popular se publica en enero del 36 y las octavillas que circulan
entre los militares lo distorsionan de manera radical. Lo hacen para
crear una atmósfera de excitación a la que contribuye en paralelo la
prensa de derechas. No lo digo yo, ya lo dijo hace años Tuñón de Lara.
Al final, la batalla está en los medios. Y si la derecha lo aprendió
de alguien tuvo que ser de los fascistas italianos y de los nazis.
Goebbels es el maestro de la propaganda política de todos. Si vas a los
periódicos de la primavera del 36 lo ves, en los comentarios de primera
página y en los artículos de fondo.
G.D.: La derecha sigue haciendo campaña con el miedo al comunismo. ¿La historia se repite?
A.V.: Claro. Yo hago un paralelismo. No cito mucho
al PP pero a Vox sí. La propaganda es útil cuando identifica unos
mensajes simples y los repite y repite doscientas mil veces, que fue lo
que todos los propagandistas del mundo aprendieron de Goebbels. Ellos lo
hicieron con una idea muy simple repetida hasta la saciedad: los judíos
son culpables. Aquí se convierte en “los rojos son culpables”. Si es
que la derecha española no necesita copiar a Trump ni a Bolsonaro; tiene
en sus genes lo que pasó en la primavera del 36. Han crecido en ello.
G.D.: Imagino tu trabajo como el de un minero o un
arqueólogo, que cuanto más profundiza más material encuentra. ¿Cuál será
tu próximo libro?
A.V.: Tengo un libro casi terminado: la forja de un
historiador, que es de alguna forma un recorrido por mis aventuras en
los archivos. Y otro, del que ya tengo unas 200 páginas, sobre el
petróleo y la TEXACO. Lo escribo con un amigo, economista e ingeniero.
G.D.: Has recibido muchos premios a lo largo de toda tu
carrera, incluida la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil. ¿Cuáles
conservas con más cariño?
A.V.: Los de la sociedad civil. Los de los últimos años: el de Albert Camus, el de la Asociación Cultural Arte y Memoria;el
del Foro Milicia y Democracia; el de Guernika; y que me hicieran hijo
adoptivo de Las Palmas de Gran Canaria. Tengo también algunas
condecoraciones, pero son las que recibes como funcionario." (Entrevista a Ángel Viñas, Gema Delgado , El Mundo Obrero, 09/03/2023)
"Ángel Viñas, (Madrid, 1941) alza la voz cuando
quiere precisar algo que le parece de cajón, y para señalar que no se
callará cuando reciba críticas. Su posición es muy clara. Funcionario,
economista, diplomático e historiador, Viñas lo sigue todo, desde
Bruselas, donde vive, con sumo interés. Acaba de publicar Oro, Guerra, Diplomacia, la República española en tiempos de Stalin (Crítica), una obra que es continuación de dos anteriores, ¿Quién quiso la guerra civil?, y El gran error de la República, en la que refuerza sus tesis sobre la manipulación de la derecha, que durante años y años proclamó lo del “Oro de Moscú”, que Joan Manuel Serrat reflejó en su Temps era Temps. Viñas se explaya en esta entrevista con Letra Global para señalar que los “reletos son importantes”, pero que las investigaciones son concluyentes: “Justificar la Guerra Civil por la sovietización de España es un camelo que ha calado". Él, en todo caso, se ata a los archivos, a los "papeles". Y constata: "Más no puedo hacer".
--Pregunta:
Los datos son importantes, pero, ¿qué pasa con la ideología? ¿Cómo se
combate una idea instalada, que ahora Vox, periódicamente, vuelve a
señalar sobre el Oro de Moscú?
--Respuesta: No sé cómo se
combate la ideología, cómo se combate a Bolsonaro, a Trump, a Orbán y a
tantos otros. He servido al Estado y sé cómo funcionan por dentro los
estados y no me gusta comentar una polémica de rabiosa actualidad. Me
jubilé hace doce años y no me interesa entrar en eso. Pero lo que digo
es que un historiador debe tener en cuenta las ideologías de la época,
debe saber interpretarlas, y reconstruir lo que se pueda reconstruir. Me
he acostumbrado a interpretar papeles, y en ver cómo actúan los seres
humanos ante circunstancias concretas. Lo que me interesa es ver cómo
interactúan en ciertas estructuras. Y lo que se debe decir es que hay datos, se conoce el pasado y me interesa lo que hay detrás de los datos y las decisiones de los decisores. Necesito documentación, pero no la del ABC o de La Nación o El Debate. Me interesé por la Historia tras un encargo de Fuentes Quintana
sobre Hitler y el estallido de la Guerra Civil. No me basé en diarios,
sino en decisiones gubernamentales, que es una parte del todo, pero que
es fundamental.
--Usted parte de los escritos de Azaña, que ya
percibe que la cuestión del oro y la ayuda de la Unión Soviética será
utilizada por los que protagonizan el golpe de estado.
--Sí,
pero desde mayo de 1936 a febrero de 1937, Azaña no escribe diarios, o
no se han encontrado. Toma notas apresuradas, apuntes sobre la marcha.
Sus diarios son interesantes, porque muestran los recovecos de la acción
gubernamental. Pero en el caso de la Guerra Civil da pocas pistas. Las
que ofrece las publicó Santos Juliá, en las obras completas de Azaña. Yo utilizo unas cartas que Juliá añadió como anexo a las memorias.
--Y lo que se constata en su libro es que España caminaba hacia las democracias parlamentarias europeas
--Totalmente, no me cabe ninguna duda. Este libro viene a ser el tercero de una obra amplia, --¿Quién quiso la guerra civil?, y El gran error de la República-- que parte de una primera cuestión: Quién quiso la guerra. Porque hubo condiciones necesarias, pero no suficientes.
Entre las primeras, las ya conocidas como el atraso económico, las
oligarquías, el atraso social o la situación del campesinado. Todo el
mundo está de acuerdo en eso, pero, ¿era todo ello condición suficiente?
No, alguien quiso la guerra. Hay que analizar la situación. ¿Y si el
presidente de la República no hubiera retirado su confianza en Azaña, y
se hubiera evitado la convocatoria de elecciones? ¿Y si las izquierdas
no hubieran ido por separado, que era un suicidio si se pensaba en la
ley electoral que ellas mismas había impulsado? Hubieran ganado las
elecciones, pero no ganaron. Ganaron las derechas de la CEDA,
que se acababa de constituir. Después, no quisieron gobernar y lo
hicieron los radicales. No sabemos cómo hubiera evolucionado la
República, sin la revuelta obrera de Asturias. Algunos siguen señalando
que el estallido de la Guerra Civil se debe a la revuelta de Asturias,
pero no se quiere entender que esa revuelta fue impulsada por el
Gobierno para darle un palo a la izquierda. La revuelta
que pretendía Largo Caballero solo tuvo efecto en Asturias. En
Barcelona se liquida en nada, con dinero a raudales hacia la CNT, que se
calla. En Asturias sucede porque los mineros disponen de una cosa, la
dinamita. Pero todo dura quince días y muestra que contra el Gobierno y el ejército no hay revolución posible, no se puede hacer nada y con ello no hace falta que comente nada sobre la situación actual en España.
--¿Entonces?
--Sobre
las condiciones necesarias, hay que recordar el escándalo del
estraperlo, con Lerroux, que debe dimitir. Gil Robles se postula, pero
Alcalá Zamora no confía en él y se convocan nuevas elecciones, que las
gana el Frente Popular. Esas elecciones las podría haber ganado la derecha y no hubiera habido Guerra Civil.
La izquierda no se hubiera sublevado. O Alcalá Zamora podría haber
avalado un alzamiento a la austriaca, al estilo Dollfuss. Eran
condiciones, en todo caso, que no se tenían por qué cumplir. La
constante, en cambio, es que desde 1932 las derechas monárquicas y
carlistas apoyan una sublevación contra la República para sustituirla
por el modelo austriaco. En los diarios de la época no hay información,
no ven venir la conspiración, que se desarrolla con la ayuda fascista.
--En todo caso, y eso queda claro en el libro, con los hechos en
la mano, es que España recibe el apoyo de la Unión Soviética dos meses
después de que Italia y Alemania apoyen a los sublevados, no antes.
--Sí,
y es Italia la madre del cordero, con la idea de una restauración
monárquica, de tipo fascista. Lo que se desea es Gibraltrar, para cerrar
el penón. Lo viril, lo fascista, después de Abisinia, como un pulso a
las democracias, lo exhibe Italia y para ese proyecto España es
fundamental. Se juntan el hambre con las ganas de comer. El apoyo a los
alfonsinos, a los monárquicos, no es por amor al arte. Mussolini apuesta
por eso, se deja caer a Austria, y se alinea con Alemania.
--Podía haber sido distinto, ¿con otras reacciones del Gobierno?
--En
el segundo libro, previo a este, sobre esa idea que le decía en torno a
la Guerra Civil y a las condiciones necesarias pero no suficientes, lo
que señalo es que hubo un aparato de información sobre la subversión.
Encontré la documentación en Ávila, y elaboré una serie de hipótesis. El
Gobierno republicano, aunque estuvo al tanto de la subversión, no hizo
nada, porque se fio demasiado de la experiencia de la Sanjurjada. A Azaña se le engañó como a un bebé, como se explica en las cartas de Gonzalo Rodríguez Lafora,
que publicó Santos Juliá. La República, que conocía la ayuda fascista,
la ligazón fascista de Calvo Sotelo, se olvida en 1936. Lo que es cierto
que no podía saber es que en octubre de 1935 Antonio Goicoechea va a ver a Mussolini y
le explica que si las izquierdas ganan, intentarán una sublevación. Con
eso se explica todo lo que viene después, con algaradas fascistas y
carlistas en la primavera de 1936, para crear la sensación de un estado
fallido, creando un clima muy mal interpretado por la derecha, que
criticó a la izquierda de esa atmósfera, que se asimila a la de 1934.
--La influencia soviética, por tanto, es, como mínimo, ¿escasa?
--La Comintern manipulaba lo que podía, al Partido Comunista, como han señalado Rafael Cruz o Fernando Hernández Sánchez,
que han precisado que el PCE no estaba a favor de protagonizar ninguna
sublevación. Lo que se quiere desde la Comintern es un frente
antifascista, con todos los partidos, incluso con los anarquistas.
--¿Stalin defiende para España una democracia liberal?
--Se
ha mal interpretado a Stalin, porque la derecha que se subleva debía
justificar el golpe de estado y qué mejor que hacerlo responsabilizando a
las izquierdas vencidas. Se ve muy claro en el dictamen de Serrano
Súñer en 1938, con figuras preeminentes de la propia conspiración. Lo
que se defiende, repito, es un frente contra el fascismo.
--La
cuestión es que se mantiene el mito del oro de Moscú, a partir de una
constatación, y es que la República debe pagar lo que pide al contado,
mientras que los sublevados pagarán a crédito.
--Es eso, pero todavía Vox sigue con el mito y el PP, ¡qué quieres que te diga!
--¿Pesa, por tanto, la ideología?
--Pesa la ideología y los intereses, confesables en unos casos e incofesables en otros.
--En
todo caso, ¿cómo explicar la historia a nuevas generaciones, con mitos
que se mantienen, y que tienen acceso, por primera vez, a las
investigaciones que se han publicado, como las suyas?
--El
relato importa, y mucho, y mucho más ahora que los medios están al
alcance de todos. Eso tiene ventajas e inconvenientes, con cuestiones
que se manipulan. Sucede en todas partes. Hay un relato político
adaptado y otra cosa es el pasado y su interpretación a partir de datos
fiables. Lo que yo ofrezco es un relato documentado, y mi deber es
aprovechar la documentación disponible. Yo soy de la generación del 41, y
traté de evadirme del franquismo. Ya leía, antes de la universidad, los
libros de Historia de Espasa Calpe, que eran para los primeros cursos
universitarios. Y mi investigación ha sido siempre a partir de archivos.
--Los tecnócratas del franquismo mantienen la versión franquista del oro de Moscú.
--¡Es que los tecnócratas del franquismo eran franquistas! Navarro Rubio, Castiella, Martín-Artajo…
--¿Se ha idealizado su contribución a la economía de España con la idea de que salvaron el país?
--Se han idealizado sí, salvaron al país y al franquismo. Fueron muy conscientes de ello.
--Pero significaron una ruptura con lo anterior, abriendo la economía, con reformas.
--Hasta cierto punto. El cambio fue lento. Ya se empezó a otear en 1951, con Manuel Arburúa
al frente de Comercio, que era franquista, pero no idiota. Vio que las
políticas comerciales existentes no iban a ninguna parte. Y con la
irrupción del Opus Dei se juntaron los altos funcionaros y los
economistas. Tenían claro que con la autarquía no se podía seguir.
--¿La prioridad era salvar la economía o salvar el franquismo?
--Salvar la economía, aunque eso comportara también salvar el régimen. Hay una importancia decisiva de hombres como Manuel Varela,
el secretario general técnico de Comercio, un puesto clave, con el
Instituto Español de Moneda Extranjera, el IEME. Me contó que nunca se
refirió a Franco como Generalísimo. Sólo como “ese señor”. Pero a partir
de 1962, como si le hubiera llegado el espíritu santo, ya decía “he ido
a ver al Generalísimo”. ¡Había visto la luz! Es un síntoma de que se comenzaba a cambiar algo.
Ahora bien, yo que he repasado los discursos de Franco, los que daba en
Navidad, recuerdo el de 1959, y no hay grandes elogios a los Planes de
Estabilización. Funcionaron por encima de sus expectativas, porque
Franco no creía mucho en ellos. La potencialidad era evidente en la
economía española, pero no podía manifestarse sin esas reformas. Y hubo
muchos catalanes interesados en esos planes, que los impulsaron, con Sardà Dexeus, López Rodó, Fabià Estapé…Estaba
claro que la industria catalana estaba yugulada, y los naranjeros
valencianos también, con una tasa de cambio dólar-peseta que los
arruinaba.
--¿Cómo se utilizó, en todo caso, ese oro de la República?
--No
se conocían las reflexiones soviéticas sobre el oro de la República, y
teníamos las cartas de Negrín, que se entregan a Franco en 1956. Creí
relevante hablar de ello en el libro. Pero mi interpretación no ha
variado mucho desde mis primeras investigaciones. El oro se envía a
Francia, para ponerlo a salvo y para convertirlo en divisas, porque
había oro en lingotes y, principalmente, en monedas. Con eso no puedes
pagar nada, ni armas ni otras necesidades. Las transacciones se pagaban
en libras esterlinas o en francos. Cuando Negrín llega a Hacienda ve que
hay una operación, pero pequeña y fuerza las ventas, para poner el oro a
buen recaudo, antes de que llegue Franco. La banca internacional pone
muchas dificultades para las transferencias, para adquirir armas y
productos y el oro se considera que puede estar seguro en Moscú. Tenía todo el control del mundo. Los rusos cumplían las órdenes de venta que dictaba Negrín, con comisiones, claro. No eran relaciones de amigos. Eso es lo que pasa.
--¿Y qué ocurre con Inglaterra?
--De
Inglaterra se pueden decir cosas malas y muy malas, pero defiende sus
intereses. Siempre lo ha hecho, y una guerra es una guerra. Lo que veía
era el peligro nazi, como algo inminente. Y a Moscú no se le podía pedir que ayudara gratis a la República.
Enviaba divisas, que se necesitaban imperiosamente. La España de
Franco, posteriormente, nunca dio su posición en divisas, y solo lo hizo
a partir de 1959 exigida por la OCDE y por el FMI. Hasta entonces la
posición de divisas de España era un secreto de estado.
--¿No quedaba otra, por tanto, que esa relación con Moscú, dada era relación compleja con Inglaterra?
--Las
relaciones con Inglaterra en los primeros cuatro años de la República
no son malas. Y en gran medida se debe a las buenas dotes del embajador
británico, que trabajaba en España desde 1927. Era conservador, pero
entendía a España. En el verano de 1935 se jubila, y su sustituto es un
auténtico desastre, es la oveja negra que, de vez en cuando, surge
dentro de una diplomacia británica que siempre ha sido de alta calidad. Lo que se difunde es que España se acerca a Rusia,
y hay una gran preocupación por ello. ¡La revolución roja se acerca!
Pero el director general del Foreign Office tenía claro que lo que les
decían sus equipos del sur de Europa no estaba bien encaminado. Y es que Stalin no estaba interesado en transformar España en un soviet.
Stalin concentra sus esfuerzos en el este, frente a Japón. Las armas
que envía son ridículas. Tiene claro que solo entrará en la batalla
frente a los nazis si lo hacen Francia e Inglaterra y esos dos estados
no dan el paso. Él tampoco lo dará. Los investigadores hemos visto los
archivos, y es verdad que no podemos dar un certificado de buena
conducta a Stalin, pero justificar la Guerra Civil por la sovietización de España es un camelo, un camelo que ha calado en la sociedad.
La idea de que se hace la guerra para prevenir ese peligro es un
camelo, es una proyección que consiste en atribuir al adversario
comportamientos propios porque no son favorables a la causa franquista.
Eso es lo cierto. Y también lo es la importancia de los relatos, como se
apuntaba antes." (Manel Manchón
"Este título simplemente refleja mi creciente perplejidad. Por los
círculos universitarios madrileños -y quizá incluso fuera de ellos-
circula en busca de adhesiones un texto de queja al Defensor del
Universitario de la UCM.
Me llegó la semana pasada. Precisamente cuando, después de dos
años y tres meses de encierro riguroso en Bruselas a causa de la
pandemia, me disponía a tomar unas cortas vacaciones para ver a mi hija
en su nuevo domicilio en Reino Unido. Cuando este post se publique
estaré allí y alejado de mis papeles y libros. Por vez primera en tal
lapso de tiempo.
No sorprenderá que apenas si tardase
treinta segundos en adherirme después de leer el texto en cuestión. No
sabía nada al respecto y no tengo conocimiento directo o indirecto si
los hechos narrados sucedieron como en él se describen o no. Tampoco me
parece que se trate de una broma pesada. En cualquier caso, si lo fuera
no se tardaría en descubrir la superchería.
Para mí llueve sobre
mojado. Hace algunos meses denuncié la orientación del contenido de la
petición de VOX, elevada a la mesa del Congreso de los Diputados el
pasado mes de septiembre por la portavoz adjunta de este partido, la
Excma. Señora Doña Macarena Olona. Solicitaba la retirada del proyecto
de ley de Memoria Democrática. Que yo sepa, nadie se hizo eco del caso.
El “sabroso” texto de la petición tampoco se hizo público. No lo ha
exhibido, que yo sepa, VOX ni tampoco ningún órgano de prensa de los que
suelen aparecer digitalmente en mi bien baqueteado ordenador. Sí leí
la noticia de que tal petición había sido desestimada. Escribí un par de
artículos sobre el caso en InfoLibre, para darles mayor publicidad que la modesta de que goza mi blog, y me he permitido hacer una referencia en un próximo libro, CASTIGAR A LOS ROJOS, en el que colaboro. Se publica el 15 de junio y haré alusión a él en varias ocasiones en el futuro.
Se
trata de una puesta a punto de las bases conceptuales, filosóficas,
históricas y jurídicas que sirvieron de pauta a los sublevados del 18 de
julio para realizar un sinfín de actos de puro terrorismo que duró a lo
largo de la guerra e incluso después. Y, como es lógico, nos basamos en
evidencias primarias relevantes de época. Las que, por cierto, jamás ha
utilizado el profesor Stanley G. Payne a quien un medio digital ha
sacado recientemente de la oscuridad.
Innecesario es decir que
personalmente me relamo de gusto anticipando las reacciones, si las
hubiera, de VOX y del PP y de los historiadores detrás de ellos. Ya han
dado muestras de lo que valen, en mi opinión, en el curso del debate
sobre si el ingeniero e inventor Juan de la Cierva estaba o no
compinchado con la sublevación.
Pues bien, si las concepciones de
la historia de España que tienen puerta abierta en los medios de la
derecha sobre la República, la guerra civil y el franquismo me son
familiares, no había prestado suficiente atención al debate sobre los
orígenes de España. Lo que había leído al respecto había sido obra de,
con todo respeto, aficionados o periodistas. Unos los sitúan en tiempos
de los romanos, otros lo hacen en la época de los visigodos y no faltan
quienes los ponen en los comienzos de la “cruzada” contra los moros
invasores. La fecha mítica es el año 711.
No soy tan lerdo como
para ignorar que fuera de España (aunque menos aquí en Bélgica) existen
debates similares. Quizá porque en este país en que vivo la fecha de
fundación del Estado belga está fuera de toda duda. Pero en el caso
español la fecha 711 suscita connotaciones muy parecidas a las que
vienen arbolando en Francia Mme Le Pen y el distinguido
“historietógrafo” (tomo la expresión prestada al profesor Albert Reig)
Mr Zemmour. ¿Será que, como en el pasado, todo lo bueno -para unos- y lo
malo -para otros- sigue viniendo de Francia? Había leído que el
trumpismo tiene grandes adherentes en la España democrática, pero quizá
la patología norteamericana en temas de historia esté demasiado alejada
de nuestras latitudes.
En cualquier caso, el escrito que he
firmado denuncia el intento de ocupación de la Facultad de Ciencias
Políticas y Sociología de la UCM el 1º de abril (sin duda la fecha no es
una casualidad: es cuando el invicto general Francisco Franco firmó su
famoso parte final de guerra en 1939). Según dicho escrito para tan
solemne fecha se había solicitado una reserva de sala para que una -para
mi desconocida- “Plataforma 711 para la Reconquista Cultural” pudiera
celebrar un acto. A la vez, en las redes sociales se anunciaba, al
parecer, la “toma” de la Facultad.
Obvio es señalar que la fecha
de 711 tiene unas connotaciones zemmourianas y lepenistas. El término
“Reconquista” no solo se refiere a una división, más o menos arbitraria,
en la historia española sino también a movimientos perfectamente
definibles y definidos en el país vecino. Incluso copia el nombre del
partido de Mr Zemmour. Una casualidad.
El escrito al Defensor del Universitario cita un programa de una hora de duración (https://www.youtube.com/watch?v=iku5eDrV8no)
en el que un chaval actúa como locutor que explica el acto no
autorizado y sus vicisitudes en una mezcla de estupideces y de ejemplos
de proyección. Esta es una de las características más acusadas de la
“teología” e “historietografía” franquistas: acusar al adversario del
tipo de comportamientos propios y que no se reconocen como tales.
Leyendo
algo de lo que se publica hoy en España sobre la República, la guerra
civil y la dictadura no veo una gran solución de continuidad. Y me
pregunto: ¿qué ha fallado en la enseñanza de la historia desde, digamos,
1976 en adelante para que se haya llegado a esta situación de
banalización de un pasado nada glorioso, con las imprescindibles
muestras de inculpación a otros por los desastres del pasado?
Para
mí está resultando obvio que la labor callada, silenciosa, de los
historiadores que vamos a archivos, que buscamos evidencias que permitan
sustentar -o rechazar- unas u otras interpretaciones, es una condición
necesaria para acercarnos a un pasado tumultuoso. Pero no es una
condición suficiente.
Personalmente no tengo tiempo de seguir la
política actual y dos años largos de ausencia total de España no me
permiten tomar el pulso de la calle ni de los colegas. Volcado en la
dura tarea de interpretar el pasado, no tengo tiempo de pensar demasiado
en el presente. Por eso, quizá me sea permitido diseñar un futuro que,
para mí, no es deseable en absoluto.
Si las controversias que más o
menos he seguido de cerca continúan sin dar frutos, dicho futuro no me
parece nada halagüeño. En tanto que historiador lo que me ha preocupado y
me preocupa son los siguientes temas:
*¿Cómo dotar de recursos materiales a los archivos de titularidad pública? Su
situación es con frecuencia lamentable. Para terminar el libro que he
enviado a la editorial hace un mes tuve que esperar más de ocho meses a
que pudieran reunirse los materiales necesarios al efecto, Todavía no
pueden hacerse fotografías de los documentos. Hay que atravesar por un
largo y lento proceso de petición a los funcionarios -pocos y
sobrecargados de trabajo- para que se pongan en pdf. El proceso de pago
dilata aun más el tiempo que transcurre hasta recibirlos. Menos mal que
por ordenador. Me pregunto: ¿por qué en una multitud de archivos
extranjeros hace años que pueden fotografiarse sin limitación alguna los
documentos consultables? La última vez que estuve en los Archivos
Nacionales británicos pude hacer una media de 800 fotografías diarias.
*La
apertura, silenciosa y en general silenciada, de ciertos archivos no se
ha visto acompañada de un incremento en las dotaciones de personal.
¿Acaso el Estado sigue en situación de amenaza de quiebra financiera?
Porque el tema dura ya muchos años. En 1983 mi añorado amigo y compañero
Julio Aróstegui y servidor fuimos a ver a un elevado personaje para
rogarle que dotara de medios al Archivo de la Guerra Civil en Salamanca,
ya abierto a la curiosidad de cualquier investigador (no como en la
época de la dictadura). No olvidaré su respuesta: “pedidme que se
construya otro edificio. No que se aumenten los gastos de personal”. En
mi próximo libro en un largo prólogo alabo la profesionalidad y el
espíritu de servicio de los funcionarios y empleados públicos que sirven
en los archivos. ¿Hasta cuándo el orgulloso Estado español continuará
dejando de lado el abordaje de los problemas estructurales de sus
archivos?
*¿Y qué pasará en el Congreso de los Diputados
con la Ley de Memoria Democrática, si no se aprueba y se blinda en esta
legislatura? Porque si, como avisan observadores del acontecer
político español, un futuro Gobierno que fuese de signo contrario, es de
suponer que PP, Vox y tal vez de los residuos que quedan de Ciudadanos,
no se apresurará a hacerla avanzar. La experiencia muestra que, por
desgracia, en España las variopintas derechas tienen miedo, mucho miedo,
a la historia.
No es de extrañar que haya dado comienzo a mis vacaciones lleno, muy a mi pesar, de preocupaciones."
"El 14 de
septiembre de 1936 dio comienzo la evacuación de las reservas de oro y
plata así como de billetes de curso legal de las cámaras acorazadas del
Banco de España para su traslado a los polvorines de La Algameca en el
puerto de Cartagena. De aquí la mayor parte del metal amarillo se
transportó un mes más tarde en cuatro mercantes soviéticos a Odesa.
Es
la base del mítico “oro de Moscú”, una de las excusas, si no la más
importante, que blandió la dictadura franquista para “explicar” la
desastrosa situación de la que no salió la economía española durante los
años cuarenta (añadió la segunda guerra mundial y, para colmo, el no
menos mitificado “cerco internacional”).
También sirvió para arrojar al
más tenebroso pozo de la historia al régimen republicano y a sus
dirigentes, primero y ante todo, a los comunistas y socialistas. De los
primeros ya no se habla mucho. De los segundos no se cesa.
En
este año de desgracia pandémica VOX ha encontrado, por consiguiente, al
principal “culpable”. Véase el twit que ha enviado a este blog un
amable lector:
Si en el lapso de un día o dos ese twit se
reprodujo 153.000 veces servidor no aspira a que unos cuantos posts que
se ríe a carcajadas tengan tamaña difusión. Diré, en principio, que
aducir que milicianos socialistas, en plan de gánsteres armados de
ametralladoras Thomson, hicieran un atraco al venerable establecimiento
de la plaza de la Cibeles madrileña es un poco exagerado. Que se
llevaran “más de 500 toneladas” no lo es menos.
También
diré que, salvo por VOX y su aparato mediático, pocas son las voces que
se han levantado para recordar y maldecir tal supuesta efemérides del
14 de septiembre. A mí ni se me había ocurrido pensar en la fecha, pero
no puedo permanecer en silencio (“quien calla otorga”) ante la
desfachatez de ese partido y de cierta prensa que se ha hecho eco de sus
estupideces.
La realidad es muy
diferente del supuesto “latrocinio”. La evacuación del oro respondió a
una necesidad perentoria. Después de la caída de Irún y de Talavera de
la Reina las tropas sublevadas habían conseguido dos cosas: la primera,
cerrar la frontera con Francia; la segunda, acercarse peligrosamente a
Madrid. Esto había ocurrido en poco más de mes y medio desde que estalló
la planeada revuelta contra la República con, ¿debemos subrayarlo una
vez más?, la ayuda de dos reconocidos supergánsteres internacionales
como fueron Mussolini (que ya venía ayudando a los conspiradores desde
1932) y de Hitler (que se decidió a la semana de producido el golpe).
La
idea de poner a salvo las reservas había aflorado en el mes de agosto
con los anarcosindicalistas como principales proponentes. Sus proyectos
los rechazó el Gobierno Giral y la CNT/FAI no se atrevió, lógicamente, a
hacerlo por su cuenta y riesgo.
Los
historiadores de VOX no han dicho nada, que se sepa, acerca del “oro de
París”. Tampoco lo dijo la dictadura que probablemente desean blanquear.
Pero el hecho, que descubrió servidor en 1974/75 y publicó al año
siguiente (el libro fue inmediatamente secuestrado), es que a los pocos
días del golpe, el 21 de julio, el Gobierno Giral empezó a preparar la
expedición y venta al Banco de Francia de pequeñas cantidades de oro
para obtener divisas papel (francos, libras esterlinas, dólares
norteamericanos). Se necesitaban para adquirir armamento en el
extranjero. (Los sublevados no tuvieron problemas: fascistas y nazis,
cogiditos de la mano, suministraron a crédito y los primeros aviones
italianos contratados el 1º de julio de 1936 los pagó Juan March,
siempre generoso).
Tampoco se les ha
ocurrido a los propagandistas de VOX decir una palabra que los
sublevados se enteraron inmediatamente de lo que pasaba con el mítico
ORO. Hasta el despreciable general Cabanellas, jefecillo de la
autodeclarada Junta de Defensa Nacional, puso el grito primero en el
cielo escribiendo al gobernador del Banco central del país vecino el 3
de agosto oponiéndose de manera insolente a todas las operaciones que
ordenara el Gobierno español (la JDN se consideraba ya como tal, aupada
en hombros por el fervor popular, pero también por las bayonetas y un
terror ciego). El 8 escribió también al ministro de Asuntos Exteriores
francés (Yvan Delbos, antirepublicano de pro) y más tarde a través de la
prensa francesa y por último ante el Banco de Pagos Internacionales de
Basilea.
Para encontrar las cartas hay
que leer, al menos, algún libro, pero si van al portal del BOE (que
seguro conocen) y buscan en la serie histórica los boletines de la JDN
el decreto de la misma de 14 de agosto comprobarán que los sublevados
estaban bien enterados de lo que pasaba. Se declaró como “delito de
traición el cometido con las exportaciones de oro del Banco de España”.
Luego hubo otro del 25 que, prepotentemente, declaraba nulas las
operaciones resultantes. A finales de setiembre, conocida ya la salida
de Madrid, Cabanellas tuvo el tupé de apelar nada menos que a la
Sociedad de Naciones. Al gobierno republicano (regalo esta perla a VOX
para su futura propaganda) lo calificaba el general de la blanca barca
como “el Soviet de Madrid” y cabeza de una “banda internacional”. ¿No es
bonito? El lector ve que no es necesario acudir, de entrada, a Franco.
Naturalmente,
ni en agosto ni en septiembre de 1936 ningún país civilizado, ayudara a
la República o no, iba a considerar “legítima” a una banda de
salteadores de uniforme que se arrogaban hablar en nombre del pueblo
español, además de representantes de la Nación. Fascistas, nazis y
salazaristas terminarían haciéndolo, pero todavía habría de pasar algún
tiempo. No se les adelantaron ni siguieron muchos: solo un par de
pequeñas repúblicas centroamericanas dirigidas, ¡cómo no!, por
militares.
Pregunta a VOX: si los
milicianos socialistas arramplaron con el 72 por ciento de las reservas
metálicas del Banco de España, ¿adónde fue el 28 por ciento restante?
¿Lo rescató acaso el “Caudillo” a lo largo de sus cuarenta años de
“magistratura”? ¿Se volatilizó en una atmósfera corrosiva que deshacía
el metal amarillo como si fuera un disolvente venusiano? Misterio.
Pues
no. No ocurrió nada de eso. Fue siempre una moda de los historiadores
franquistas confundir al personal (quiero decir a sus lectores) la no
recuperación del oro vendido al Banco de Francia con el oro remanente
que quedó en el país vecino, a consecuencia de la devaluación del
franco, del depósito que en sucursal del Banco emisor francés en
Mont-de-Marsan la República hizo en 1931. Ese remanente pertenecía a
España pero los tribunales franceses, siempre respetuosos con el honor
de Marianne, hicieron todo lo posible por no retornarlo a los
republicanos hasta que, ¡oh, milagro!, se reconoció a Franco en febrero
de 1939 y poco más tarde se devolvió a este. Confundir churras con
merinas es un artilugio muy querido de ciertos historiadores pero el oro
de Mont-de-Marsan nunca fue el “oro de París”.
La
salida del oro de Madrid fue una medida de prudencia. También salió de
la capital el Gobierno republicano a principios de noviembre (algunos
hablaron en la época de huida). Sin oro, no era posible mantener la
resistencia. España apenas tenía divisas. Había acumulado oro amonedado
(no como algunos autores norteamericanos o franceses dicen del tiempo de
los aztecas) y sobre todo en lingotes y es cierto que, en términos de
reservas metálicas, las españolas eran las cuartas del mundo (después de
USA, Francia y Reino Unido, aunque excluyendo de la comparación las
soviéticas). Así que el dilema era evidente (aunque tal vez no haya
calado en los dirigentes de VOX): si caían en poder de los sublevados,
adiós, bye-bye, a toda posibilidad
de resistencia; si no caían, pero Madrid quedaba aislada o con
comunicaciones cortadas, ¿cómo iban a utilizarse desde la Plaza de la
Cibeles? Es muy verosímil que, de haber permanecido en la capital,
Franco hubiese mostrado algo más de interés por tomarla a sangre fuego y
no se hubiese demorado.
¿No saben los
historiadores de dentro de VOX, si es que hay alguno, lo que hicieron
varios países de cara al posterior conflicto europeo? Recordémoslo a
ellos y también a los lectores. Por ejemplo, los franceses, que se
suponía disponían del mejor ejército de la época (no era el caso del
español), empezaron en noviembre de 1939 (a los dos meses de estallar
el conflicto) a enviar oro a Nueva York, Fort-de-France (capital de La
Martinique) y Kayes (en la colonia que hoy es Mali). Los belgas enviaron
las suyas a Francia (y cayeron en poder de los alemanes, ¡quelle douleur!,
por lo cual les fueron restituidas después de la guerra gracias al oro
depositado en Nueva York). Los expertos mencionarán otros ejemplos. Hay
para toda una panoplia de gustos.
En definitiva, el Gobierno republicano fue
prudente. Tuvo la autorización del presidente de la República merced a
un decreto reservado (de la víspera) del presidente Azaña. En esto
también se seguían precedentes. Las ventas de oro se legalizaron a
posteriori, pero con la vista puesta en otras siguientes, por otro
decreto de igual característica del 30 de agosto, es decir, bajo el
Gobierno Giral. “En evitación de posibles alarmas en el interior y
recelos en el exterior, interesa quede en suspenso su publicación hasta
que el Gobierno lo considere oportuno”. Normal.
¿Piensan
los propagandistas a sueldo de VOX que tales operaciones deberían
haberse voceado por los mercadillos y pasado por las Cortes? Si es así
serían un tanto ignorantes. Incluso el tan amado Caudillo se parapetó
detrás de un artilugio fenomenal, su voluntad fue ley, trasunto aprovechado del Führerprinzipnazi
para, entre otros resplandecientes actos, hacer legal sus apropiaciones
de dineros que no le pertenecían ¿Han dicho algo al respecto? No me
consta. Lo cual es sorprendente porque tal principio duró tanto como él
en vida.
A mitad de septiembre las
milicias socialistas (más comunistas, anarquistas, republicanas, etc) se
dedicaban preferentemente a luchar como podían para contener a los
sublevados. ¿Iban a hacerse cargo del traslado? En realidad todo apunta a
que los del PSOE estuvieron en lugar secundario. El acondicionamiento
de las cajas necesarias para el traslado se hizo por cuenta del Gobierno
y con la vigilancia de números de los Carabineros (que dependían del
Ministerio de Hacienda y se habían mostrado leales) mientras se
entregaban a la labor los empleados correspondientes y, en particular,
los miembros del sindicato de Banca y Bolsa. Hay varios testimonios al
respecto. ¿No los conocen los expertos de VOX?
Finalmente,
¿qué tiene que ver esto con la “memoria histórica”? Nada. Lo que hay es
historia. Documentada. Analizada. Expuesta al público (con toda
modestia por un servidor en repetidas ocasiones pero ya desde 1976). Y
sobre los 140 años de historia, en lo que se refiere a latrocinios,
encomiendo encarecidamente a los panfletarios voxistas que empiecen a
refutar, documentalmente, la extensa experiencia de depredación de las
élites españolas durante la Restauración y la dictadura primorriverista,
como ha efectuado hace pocos meses Paul Preston en su último libro.
Mientras
los trileros de VOX recargan pilas invito a los lectores que tengan la
amabilidad de echar un vistazo a una antología de los ilustrados
comentarios de quienes se han dejado embaucar por tan significado
partido.