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23/8/23

El aumento actual del suicidio es propio de una sociedad de solitarios, de hombres y mujeres en una precariedad de vínculos estables y nutrientes... A pesar de estar sumidas en continua mudanza, matrimonio y pareja contrarrestan el caos normativo de la modernidad líquida. Fuera de ellas es el desierto emocional y sexual, la soledad, la depresión y el abismo del suicidio

 "La modernidad tardía está creando dos fenómenos interrelacionados que apuntan en direcciones opuestas: el aumento de la soledad y del suicidio y el imperativo cultural de la felicidad. El primero ha llevado en Reino Unido a la creación de una secretaría de Estado. En España hay 10 suicidios diarios y el Gobierno prepara un plan para remediar cuestión tan alarmante. La escasa información solo señala que se produce entre mayores, personas sin techo y mujeres maltratadas. Pero España arroja cifras altísimas de consumo de ansiolíticos y antidepresivos en toda la población. Luego la depresión y el suicidio constituyen un horizonte posible en todo el espectro social. Vienen a la mente la crisis económica y la devastación que conlleva. Pero más allá de ella hay que analizar nuestra cultura.

 La sociología clásica —Émile Durkheim— teoriza tres tipos de suicidios. El llamado altruista era propio de sociedades tradicionales donde las normas de la comunidad tenían un peso excesivo: así, la mujer hindú se suicidaba cuando enviudaba. Los otros dos tipos, el egoísta y el anómico, interesan más aquí porque son el producto de una individuación desintegrada, y de momentos de perturbación del orden colectivo y de crisis económica, respectivamente. En ambos, los individuos pierden los lazos sociales y se hallan insertos en una cultura individualista que avanza desde los albores de la sociedad industrial.

 El aumento actual del suicidio es propio de una sociedad de solitarios, de hombres y mujeres en una precariedad de vínculos estables y nutrientes. La sociedad individualizada crea instituciones zombis, que no están ni vivas ni muertas porque permanecen, pero que han perdido sus contornos y la certeza que antaño proveían. Entre ellas destacan el matrimonio y la familia. A pesar de estar sumidas en continua mudanza, matrimonio y pareja contrarrestan el caos normativo de la modernidad líquida. Fuera de ellas es el desierto emocional y sexual, la soledad, la depresión y el abismo del suicidio. Dentro, el colchón económico en tiempos de crisis, el salvavidas afectivo, la energía emocional que nos dan los otros y que nos mantiene como seres vinculados. La literatura contemporánea muestra tal paisaje. Las novelas del último Philip Roth narran las vidas sin esperanza de ancianos rodeados de soledad, enfermedad y muerte.

 En Ampliación del campo de batalla, Houellebecq profundiza en una depresión y divide al mundo entre quienes tienen una vida sexual y quienes no. En Sumisión describe cómo un profesor universitario, expulsado de su trabajo y por ende desinstitucionalizado, se encuentra repentinamente solo. También el cine refleja la soledad contemporánea: The Visitor, La cour, Annalisa y sobre todo la excelente Her, donde un holograma encantador es la única compañía de un joven, completamente solo, que se enamora de la cálida voz de su ordenador, a falta de lazos estables. En ese futuro cercano de una sociedad tecnologizada no existen ni amigos ni familia ni pareja. La compañía del ordenador está programada para durar brevemente: el tiempo de sufrir una profunda decepción, dolor y de pensar en acabar esa vida tan miserable.

 La modernidad tardía engendra soledad en una vida más larga y con un ocio —y desempleo— que se extienden en el tiempo. Pero además ha creado un mandato cultural bifronte: el imperativo de la felicidad, de ser “positivos” a toda costa. Por una parte, ofrece un camino a seguir que da sentido a una vida secularizada. Por otra, se impone como una nueva ideología que agudiza la desdicha. El imperativo de la felicidad forma parte del credo estadounidense basado en un voluntarismo radical por el cual con esfuerzo y determinación todo se puede conseguir: éxito y bienestar. También ser feliz. El voluntarismo se une a un individualismo que proclama el valor de la independencia por encima de la interdependencia y que condena la dependencia, del Estado y del prójimo. El credo americano anida en la literatura de autoayuda desde su fundación. Desde los pasados noventa, la psicología positiva en su vertiente científica y popular es el estandarte de dicha ideología. Se difunde por la autoayuda y ha penetrado el sentido común actual con gran éxito.

 Su presupuesto es que el carácter es moldeable y ofrece el cambio del yo para conseguir la felicidad. Es un proyecto privado, propio de una cultura individualista que ha dejado atrás los colectivos, el llamado programa de emancipación. La oferta del cambio interno no es poco en una sociedad secular y desencantada. La literatura de consejos quiere construir un yo fuerte y autosuficiente e instaura un código frío con la autosuficiencia y el distanciamiento como valores centrales. La felicidad es cuestión de técnicas.

 Según el cognitivismo sociológico, el pensamiento domina la emoción: cambie su “estilo negativo” de pensar por uno “positivo” y será feliz. La voluntad ha de vencer a la necesidad, en forma de herencia genética y de circunstancias sociales: no busque reconocimiento, sea usted la fuente de su propia valía, no se compare con los demás; afirme el “aquí y el ahora” y deje de lamentarse por su pasado, no tema al futuro, aunque sea incierto; sustituya a los amigos o amores que pierda; céntrese en su interior, único ancla de seguridad. Un mercado creciente de bienestar subjetivo le espera. Y si la dicha es cuestión de método, alcanzarla depende de uno. Solo el individuo es responsable tanto de hacerse como de deshacerse a sí mismo. Vuelve el budismo light de los sesenta, ahora llamado mindfulness, que ayuda a ser feliz. A aprender a suspender el deseo, la tristeza, el yo mismo. En la respiración está la clave de su vida. Líderes morales como David Lynch o Martin Scorsese practican la meditación, que se está extendiendo en los colegios como parte de una educación para ser feliz.

 La cultura actual de la felicidad condena las emociones y actitudes “negativas” —tristeza, duda, queja— mientras que la soledad se estigmatiza. Si uno carece de lazos sociales será por su culpa, por su estilo negativo. Por carecer de flexibilidad, valor ya incontestable, y no poder adaptarse al mercado, al trabajo, a los otros. La soledad se ha convertido en la nueva cara del fracaso y ha de ocultarse, porque la depresión que puede conllevar es contagiosa y “tóxica”, según el credo positivo. La psicología popular recomienda la interacción social como un recurso, los otros renovados: redes sociales, páginas de encuentros, grupos de intereses comunes.

 Pero hay que recordar que en España carecemos de tradición asociativa, sea cívica, política o de autoayuda. Tenemos solo las redes sociales, hechas de contactos inestables y efímeros, guiados por una lógica mercantil donde todos somos intercambiables en una ilusión de infinitas opciones. La adaptación a las nuevas formas de integración social es signo de ductilidad, de “estar abiertos” a ese interior plástico y optimista. El imperativo de la felicidad hace responsables de la desdicha. El ascenso de la ideología positiva deja más solos a los que fracasan en el cambio del yo. Y con la suspensión de las causas sociales de la soledad —y del suicidio— avanza el progreso de la conciencia psicológica, el declive de las instituciones y la colonización de la moral por parte de la cultura psicoterapéutica."

(Helena Béjar es catedrática de Sociología y autora de Felicidad: la salvación moderna. Obituario... El País, 17/01/2019) 

25/5/22

“Tenemos que entender por qué hay niños de siete años que ya quieren suicidarse”... Tenemos que entender cómo puede ser que un chaval de esa edad se tire del tobogán de cabeza porque quiere matarse. Esto pasa y la respuesta está en la bioquímica, en las señales eléctricas dentro de su cerebro que no están funcionando correctamente. Es una enfermedad del encéfalo, no del alma, es un órgano, es biología... Y la prueba está en que yo ahora mismo puedo ponerte unos electrodos en la cabeza y hacer que sientas más o menos ansiedad, puedo medir tu estrés, puedo manipular tu corteza motora y forzarte a correr. Es electricidad y química y tenemos que hacer el esfuerzo de entenderla

 "Como todo israelí, Alon Chen tuvo que hacer tres años de servicio militar. Fue destinado a los paracaidistas en plena guerra de Líbano. “Probablemente la experiencia más fuerte fue perder a un amigo en combate. Vi que estaba herido, que se estaba muriendo. Hice todo lo que pude para salvarlo, pero fue imposible. Es algo que te deja una marca imborrable”, explica Chen.

Desde entonces, supo que quería dedicar el resto de su vida a entender qué le pasa a un cerebro que sufre una experiencia traumática. Hijo de judíos marroquíes emigrados a Israel en los años cincuenta, Chen pertenece a la primera generación de su familia que fue a la universidad. Se doctoró en neurobiología y pasó una temporada en Estados Unidos especializándose en estudiar el efecto del estrés en el cerebro a nivel molecular. En la actualidad dirige el Instituto de Ciencia Weizmann de Israel, uno de los organismos de investigación más prestigiosos del mundo, y un centro mixto que estudia enfermedades mentales relacionadas con el estrés del Weizmann y el Instituto Max Planck de Alemania.

De paso en Madrid para impartir una conferencia en la Fundación Ramón Areces, Chen mantiene en esta entrevista que nuestra sociedad actual potencia la depresión, la ansiedad, la bulimia y otras enfermedades que no entendemos bien y que llevamos tratando 50 años con los mismos fármacos, que no hacen efecto a uno de cada tres pacientes.

Pregunta. ¿Cómo estudia los efectos del estrés en el cerebro humano?

Respuesta. Lo mejor sería estudiar a humanos, claro, pero no podemos extraerle el cerebro a una persona estresada o traumatizada. Sí podemos intentar ver lo que sucede en ellos con escáneres, estudios de resonancia funcional, análisis de sangre, que nos dicen muchas cosas. También usamos cerebros de personas fallecidas. El estrés puede causar muchas patologías, como la depresión y la ansiedad y, por ejemplo, tenemos acceso a bancos de cerebros de gente que sufría depresión y se suicidó. Y además, usamos modelos animales.

P. ¿No hay un abismo entre el estrés en un animal y en una persona?

R. No tanto. La respuesta al estrés es muy parecida en diferentes especies. Los genes, proteínas y circuitos cerebrales que controlan tu respuesta al estrés son los mismos que usa un pez y todas las especies que hay entre ellos y nosotros.

P. ¿Y cómo es esa respuesta?

R. Es un mecanismo básico de supervivencia. Imagina que ahora mismo entra un león en la habitación. Los dos sentimos una amenaza y en nuestro cerebro se activa la llamada respuesta centralizada al estrés. Esto activa una reacción en cadena por todo tu cuerpo. Aumenta tu ritmo cardiaco, te sube la tensión arterial, se acelera el ritmo de tu respiración. Tus niveles de glucosa en sangre se disparan. Todo porque has visto un león o porque has recibido una llamada telefónica que te ha preocupado enormemente; cualquier forma de estrés psicológico que puedas pensar.

P. ¿Y por qué sucede todo eso?

R. Porque tu cerebro prepara al resto del cuerpo para escapar de esa amenaza. Aumenta la glucosa porque necesitas energía para correr. Tus niveles de cortisol suben porque esta hormona tiene muchos efectos en el sistema nervioso. Dentro de tu cerebro hay cambios radicales, tu memoria, tu razonamiento, quedan marcados por la amenaza. Nunca la olvidarás. Pierdes el apetito y olvidas por completo el sexo. Prácticamente todas las áreas del cerebro quedan afectadas. Todos estos sistemas básicamente se desequilibran. Es algo normal, una respuesta sana. Si sobrevivimos a la amenaza, o nos damos cuenta de que el león era de mentira, el sistema debe desactivarse y volver al equilibrio. Lo más importante de esta respuesta al estrés no es activarse, sino apagarse a tiempo. Y hay mucha gente que no controla bien este proceso. Ellos son los que pueden desarrollar enfermedades relacionadas con el estrés.

 P. ¿Qué enfermedades son?

R. Muchas; no solo psiquiátricas, como la depresión, la ansiedad o los trastornos alimentarios, sino también otras del metabolismo, como la diabetes, la obesidad o dolencias del sistema inmune. Sabemos bastante bien por qué el estrés puede provocar trastornos psiquiátricos, pero se nos escapa por qué puede afectar a la diabetes o la obesidad. Y aquí es importante preguntarse por qué hay gente cuyo trabajo les produce estrés crónico o por qué hay personas que viven un trauma como una explosión, la guerra o una violación y desarrollan trastornos, mientras que otras viven lo mismo y están sanas. Los científicos llevamos 100 años preguntándonos por qué la gente está enferma. Ya es hora de preguntarnos por qué la mayoría de la población está sana. ¿Cómo lo aguantan, cómo hacen para resistir el estrés?

P. ¿Han averiguado ustedes ya algo sobre cómo lo hacen?

R. Estamos viendo que no es una imagen especular. Hay genes y mecanismos moleculares que te protegen y que son muy diferentes de los otros que te predisponen a caer enfermo. Si podemos identificar unos y otros, tal vez podremos reproducirlos y ayudar a curar a los enfermos.

P. ¿La predisposición a enfermar por estrés es genética?

R. Sabemos que hay un componente genético que pasa de padres a hijos en las familias. Cada uno de nosotros tenemos predisposición genética a sufrir alguna enfermedad, sea depresión, alzhéimer o cáncer. La esquizofrenia, por ejemplo, es genética hasta en un 75%. No es tu culpa, son los genes que heredaste de tus padres. La depresión tal vez sea genética en un 50%. ¿Quién decide si la sufres o no? El ambiente. Lo que bebes, lo que fumas, lo que comes, lo que respiras y tu nivel de estrés. Y dentro del ambiente, el factor de riesgo más importante es sin duda el estrés.

P. ¿Podría poner un ejemplo?

R. Imagine que tiene un gemelo idéntico. Tienen las mismas predisposiciones genéticas. Pero usted crece en un barrio acomodado de Madrid y él en una zona de guerra. La probabilidad de que él sufra depresión es mucho más alta. El ambiente puede disparar una enfermedad en diferentes momentos de la vida. Puede pasarte de adulto, pero también de adolescente o incluso de niño, de bebé, hasta cuando eres un embrión en el vientre de tu madre. Si tu progenitora sufre estrés, te puede transmitir señales moleculares que te harán más susceptible de sufrir un trastorno a lo largo de tu vida.

 P. ¿Es más peligroso sufrir estrés en las etapas iniciales de la vida?

R. Sí. Luego el mecanismo adquirido se puede activar en cualquier momento. Puedes tener una infancia y juventud completamente normales y de repente caes en depresión o sufres ansiedad por algo que te ha pasado. Puede ser una violación, puede ser la pérdida de un ser querido, un accidente, la guerra. Ese evento activará el interruptor genético que tenías desde que eras un embrión.

P. ¿Pueden ya identificar esas marcas genéticas?

R. Estamos mejorando mucho a la hora de reconocer estas marcas, estas predisposiciones. Podemos intentar medirlas a edades tempranas. En realidad no son marcas genéticas, no están en las letras de tu ADN. Es lo que llamamos epigenética, modificaciones químicas que están sobre tu ADN. El ambiente crea estas marcas y estas modifican el funcionamiento de tus genes. Ahora ya podemos leer tanto el genoma, hecho de ADN, como el epigenoma.

P. ¿Pueden ya identificar qué gente tiene más riesgo de padecer enfermedades relacionadas con el estrés?

R. Aún no. Hay mutaciones genéticas que multiplican el riesgo de sufrir cáncer de mama y esas las conocemos muy bien. En depresión, ansiedad o esquizofrenia, tenemos unos cuantos marcadores, pero no bastan para explicar la mayoría de casos. Lo mismo pasa con el autismo. Estamos trabajando en ello. Posiblemente en el futuro podremos secuenciar el genoma de la gente, por ejemplo de los soldados, y saber cuáles no pueden combatir porque tienen un riesgo alto de quedar traumatizados.

P. Usted cuenta a menudo que los fármacos actuales contra la depresión o la ansiedad son los mismos que hace 50 años...

R. Así es. La mayoría son drogas basadas en mecanismos descubiertos hace medio siglo. El problema no es que sean antiguos, sino que están dejando de funcionar. Son los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, como el Prozac y otros. Hay hasta un 35% de pacientes a los que no les hacen efecto. El tratamiento además tarda entre cinco y ocho semanas en empezar a dar resultados. E incluso cuando el fármaco funciona conlleva efectos secundarios muy graves, como migraña o disfunción sexual; cosas con las que no quieres vivir. Necesitamos nuevos tratamientos. Y la única forma de conseguirlos es entender mejor el cerebro. Necesitamos comprender el funcionamiento de un cerebro sano y de otro enfermo.

P. ¿Cómo de cerca estamos de poder imitar esos mecanismos genéticos de resistencia al estrés?

R. Es difícil decirlo. Hemos hecho mucho progreso en los últimos 10 años. Pero hay que entender que hablamos de enfermedades en las que hay involucrados muchos genes a la vez. Además, nos queda mucho para medir bien el efecto nocivo del ambiente. Las combinaciones son casi infinitas. Su depresión y la mía pueden darnos los mismos síntomas, pero pueden ser completamente diferentes a nivel genético y ambiental, los mecanismos son distintos. Es posible que haya 100 tipos de depresión diferentes. Así que lo primero es hacer mejores diagnósticos.

 P. ¿Cómo pueden mejorarse?

R. Ahora mismo los psiquiatras se basan en lo que les dice el paciente. Tú me cuentas lo que te pasa, yo estudio tu comportamiento, acudo al manual de enfermedades mentales, el DSM5, y decido que estás deprimido. Sin un análisis de sangre ni un escáner de tu cerebro ni otras técnicas. No tengo ninguna forma cuantitativa de estudiar tu caso. Es brutal si lo comparas con el cáncer, donde puedo hacerle una biopsia a tu tumor, secuenciar tu genoma y el de tu cáncer, seleccionar la mejor terapia para tu perfil. Con la depresión es lo mismo para todos. La depresión y la ansiedad son unas tres veces más frecuentes en mujeres que en hombres, ¿por qué entonces les tratamos igual? Necesitamos personalizar el cuidado y para ello hay que reclasificar las enfermedades mentales e introducir métodos de diagnóstico cuantitativo y nuevos tratamientos en función del paciente.

P. ¿El ambiente del mundo desarrollado hace que cada vez más gente esté estresada y acabe sufriendo depresión o ansiedad?

R. Los números hablan solos. Esta pandemia ha sido un gran ejemplo. Se ha hablado mucho de su impacto físico, pero no tanto de las cicatrices psicológicas que ha dejado. Cuando acabe, vamos a pasar años viendo gente con síntomas postraumáticos, depresión, ansiedad, debido a ella. Los hospitales psiquiátricos están desbordados. La cantidad de adultos, jóvenes e incluso niños con trastornos psiquiátricos es abrumadora. El paro, el cierre de negocios, la muerte de seres queridos, la simple preocupación por tus familiares o tus hijos. El impacto de la pandemia en la salud mental es descomunal y no se habla suficiente. Los gobiernos no invierten mucho en salud mental, no hay suficientes camas, psiquiatras, psicólogos clínicos.

 P. ¿La psicología puede ayudar en este campo?

R. Si estás deprimido y vas a un psicólogo, la posibilidad de que mejores es un 67%, exactamente la misma tasa de éxito que el tratamiento farmacológico. ¿Por qué no lo combinamos con los fármacos? Depende de cada país, pero en la mayoría es simplemente más cómodo darle la droga al paciente y olvidarte. Una cita con un psicólogo clínico puede tardar ocho meses, dependiendo del país o del seguro médico que tengas.

P. ¿Y eso explica el crecimiento de consumo de antidepresivos y opiáceos?

R. Claro. Es mucho más fácil, barato y rápido conseguir el fármaco que el tratamiento. Para algunos funciona, pero para otros no. Para salir de este círculo vicioso debemos entender bien lo que está pasando en el cerebro, los diferentes circuitos y procesos moleculares en juego, para poder modificarlos en un futuro.

 P. ¿Hay algo que la gente pueda hacer para ser menos vulnerable al estrés?

R. El tratamiento más científicamente probado es el ejercicio físico. Es la mejor manera de superar la depresión y la ansiedad. No hace falta correr una maratón o ser un ironman. Es solo hacer más actividad física. Una vez, tras una conferencia en la que dije exactamente esto, una mujer se me acercó y me dijo: “Yo estoy deprimida, no me apetece salir a correr, no puedo hacerlo”. Es verdad. Esta solución solo sirve para la gente que puede sobreponerse a sí misma. Hay una gradación y en el extremo tenemos personas que no quieren salir de la cama: lo único que quieren es morirse. Con ellos esto no funciona. Pero en la mayoría de los casos de depresión, sí. Yo tengo una vida estresante. Me gusta el mar y remo en un kayak. Me levanto a las cinco de la mañana, hago 10 kilómetros y esta actividad en el exterior, en el agua, me ayuda mucho. Otro tratamiento: la socialización. Somos una especie social, nos gusta tocarnos, besarnos, abrazarnos, tener pareja. No tener estas cosas nos afecta. Así que al final, cuanto más puedas enriquecer tu vida leyendo, conociendo a otra gente, aprendiendo cosas nuevas, incluso meditando, te ayudará. La meditación es otra práctica de eficacia probada científicamente. Si metes a una persona meditando en un escáner ves cómo la actividad de su cerebro se apaga, se calma. No funciona con todo el mundo, pero con muchos sí.

P. ¿Y cómo se puede ayudar al resto de gente?

R. Claro, como sociedad tenemos que recordar siempre a ese grupo de personas. Pensemos en esos niños de 10 años o incluso de 7 que solo piensan en suicidarse. Tenemos que entender cómo puede ser que un chaval de esa edad se tire del tobogán de cabeza porque quiere matarse. Esto pasa y la respuesta está en la bioquímica, en las señales eléctricas dentro de su cerebro que no están funcionando correctamente. Es una enfermedad del encéfalo, no del alma, es un órgano, es biología. Y la prueba está en que yo ahora mismo puedo ponerte unos electrodos en la cabeza y hacer que sientas más o menos ansiedad, puedo medir tu estrés, puedo manipular tu corteza motora y forzarte a correr. Es electricidad y química y tenemos que hacer el esfuerzo de entenderla. Y también como sociedad hay que entender que es una enfermedad igual que el cáncer o el alzhéimer y está bien hablar de ella.

 P. Ha mencionado la soledad. ¿Es este otro factor que está empeorando la salud mental?

R. Nosotros hemos hecho un estudio con 20.000 personas en Israel justo después de la primera ola de la pandemia. Acabamos de publicarlo. Nos sorprendió que los más afectados psicológicamente no eran los más mayores, sino los adultos de entre 20 y 30 años. La gente acostumbrada a una vida activa y muy social. La soledad tiene un impacto tremendo y lleva hacia la depresión.

P. ¿Vieron diferencias por sexos?

R. Sí, las mujeres resultaron mucho más vulnerables desde el punto emocional y del estrés. Y había un tercer factor: el estatus económico. Los más pobres fueron los más afectados. Hay muchos otros estudios similares. En toda Europa se está viendo un aumento considerable de los suicidios y de los ingresos en hospitales psiquiátricos. Nos importa mucho cuánta gente muere cada día por covid, pero no se habla de que tantos otros se suicidan por depresión o soledad.

 P. Israel lleva casi toda su historia en conflicto son sus vecinos. ¿Cómo les ha afectado esto en la salud mental?

R. En este estudio también analizamos el nivel de estrés respecto a la situación del conflicto palestino-israelí, que cada pocos años la cosa estalla y hay combates y enfrentamientos. Y es sorprendente porque no vimos diferencias. Esto significa que existe cierta resistencia entre la población. Y creo que esta es una de las razones por las que Israel lo ha hecho muy bien en la pandemia. Fuimos líderes en vacunación. Es porque el sistema está organizado para funcionar en emergencias.

P. También tenían el dinero.

R. Sí, pero no es eso solo. España no tiene menos dinero. Es tomar decisiones correctas pronto. Creer en el Ministerio de Salud, en lo que dicen los científicos. Fuimos los primeros en dar la tercera dosis. Por cierto, los científicos del Instituto Weizmann han hecho un gran trabajo demostrando la eficacia de ese tercer pinchazo y han contribuido a convencer al mundo de que era necesario. Nosotros lo hicimos antes que Estados Unidos y parte de Europa. Y creo que es porque la sociedad israelí respeta mucho la ciencia, tanto la población como los políticos.

P. A veces desde Europa ha existido la sensación de que Israel tenía pactos opacos con Pfizer que le permitieron tener antes la vacuna, y a cambio Israel fue muy activo promoviendo la tercera dosis. ¿Existen esos pactos?

R. No soy político, desconozco si existen esos pactos, pero no lo creo. En realidad fue una decisión profesional basada en la ciencia. Y de hecho puedes ver todos esos datos publicados en revistas de impacto. Ahora mismo se ha publicado en New England Journal of Medicine un estudio sobre el primer millón de israelíes que recibieron la tercera dosis y el efecto era imposible de negar. La gente que lo recibió tenía una tasa de enfermedad grave de casi cero. No creo que haya pactos, solo hay datos y salud pública."                    (Nuño domínguez, El País, 29/11/21)

2/4/19

Cuatro cosas que debemos dejar de decir a las personas con tendencia al suicidio (y qué intentar en su lugar)

"Digo esto tanto como superviviente del suicidio como alguien que ha apoyado a otros a través de episodios suicidas: apoyar a las personas con tendencia al suicidio es una tarea realmente difícil.

Cuando un amigo te dice que tiene tendencia al suicidio, es difícil saber qué decir, especialmente porque muchas de las respuestas comunes al suicidio se basan en mitos dañinos y capacitistas.
Según mi experiencia, incluso los amigos con las mejores intenciones dicen cosas hirientes a las personas con tendencia al suicidio con la excusa de desanimarlas a suicidarse o a hacerse daño a sí mismas.

Así que aquí van algunas frases comunes que realmente deberíamos dejar de decirles a las personas con tendencia al suicidio. Desglosemos estas frases y entendamos por qué son hirientes.

1. “El suicidio es una solución de cobardes”

Este es un concepto común en torno al suicidio. Para evitar que la gente se suicide, a menudo los avergonzamos diciendo que son cobardes. 

Una vez, le confié a alguien mis pensamientos suicidas y la persona me contestó diciendo que el suicidio era “poco característico” en mí. Me dijo que yo era una persona valiente y que el suicidio, al ser un “acto de cobardía”, no era algo que yo haría o debería hacer.

Su comentario no me hizo sentirme valiente, y no me desanimó a suicidarme. Todo lo que hizo fue hacerme sentir cobarde y débil. Yo, que ya estaba sufriendo un diluvio de emociones dolorosas, no necesitaba sentirme peor conmigo misma.

En última instancia, etiquetar el suicidio como cobarde es realmente inútil porque hacemos que las personas con tendencia al suicidio se sientan avergonzadas de sus pensamientos y sentimientos.
Esto no desalienta a las personas a intentar suicidarse, sino que las disuade de buscar ayuda.

2. “Me estás haciendo chantaje emocional”

Aunque algunas personas amenazan con suicidarse para manipular y abusar de otras, claramente no siempre es así. 

Cuando estaba en sexto, un compañero mío tuvo un episodio suicida.

No recuerdo qué compañero de clase era, o qué le pasó realmente. Pero lo que se me quedó grabado en la mente hasta el día de hoy es la reacción de nuestra profesora.

Dijo que las personas que se autolesionan o se sienten suicidas buscan atención o son manipuladoras.
Y aunque no lo dijo directamente, esta frase se me quedó grabada años después. Me desanimó a buscar ayuda porque no quería parecer manipuladora.

Cuando consideramos que las personas que tienen tendencia al suicidio están siendo manipuladoras o buscando atención, insinuamos que no creemos que su dolor sea real. Estamos infravalorando su dolor.

Estamos insinuando que lo trágico no es que alguien quiera morir, sino que le estén hablando a uno de esos pensamientos.

Al fin y al cabo, esto desalienta a las personas con tendencia al suicidio a buscar ayuda porque nos hace sentir que nadie quiere realmente ayudarnos.

3. ¿Y no piensas en la gente que vas a dejar atrás?

Hacer que la gente con tendencia al suicidio se sienta culpable no es una buena opción.
Piensa un poco: nos sentimos mal y no necesitamos que se añada culpa a todo esto.
Sin embargo, la gente usa comúnmente a los seres queridos de las personas con tendencia al suicidio para hacer que se sientan culpables. A menudo, la gente dice cosas como:

“¡Pero tu familia se va a quedar destrozada!”
“Tus hijos se quedarán sin padres. ¿Cómo vas a hacerles eso?”
“¿Cómo puedes ser tan egoísta como para pensar en abandonarme?”

En realidad, probablemente somos conscientes de que nuestro suicidio perjudicaría a algunas personas, o realmente creemos que a nadie le importaría.

En mi caso, nunca me preocupé de cómo se sentirían mis seres queridos después de mi muerte, porque creía que cuando estuviera muerta, nunca más tendría que preocuparme por ellos, ni por nada más.

Es importante no hacer que la tendencia suicida de alguien se asocie a ti misma o a los demás. Quien sufre es la persona con tendencia al suicidio, así que el centro de atención debe estar en sus sentimientos, sus pensamientos, y en encontrarles ayuda.

Al mismo tiempo, algunas personas son capaces de tratar de recordarles de manera instintiva todo el apoyo y el amor del que están rodeados.

De ser así, trata de decir esto en lugar de lo que se dice comúnmente: 

“No estaría molesto contigo si te suicidaras, pero me importas mucho y te echaría de menos”.
“Hay un gran número de personas que quieren apoyarte aunque no lo sientas así ahora mismo”.
“Hagamos planes para relajarnos con tu mejor amigo/pareja/primo pronto”. 

De esta manera, puedes recordarles que hay toda una serie de personas que le apoyan sin cargarla de culpa, un gesto sin tacto y manipulador.

4. “¡Simplemente deberías ser positivo!”

Cuando busqué ayuda mientras padecía de tendencia al suicidio, a menudo recibí el mismo consejo bienintencionado, pero poco útil, que con frecuencia se ofrece a las personas con enfermedades mentales. 

Esto incluye decirle a la gente que simplemente “sea positiva”, uno de los comentarios más comunes, aunque inútiles, que reciben las personas con enfermedades mentales.

Pensar “positivamente” puede ser muy útil para algunos, pero cuando uno siente tanto dolor, rara vez es todo tan sencillo. Lo más probable es que la persona con tendencia al suicidio ya haya tratado de “mirar el lado positivo de las cosas” y haya luchado por encontrar algo por lo que realmente valga la pena vivir.

La negatividad no es la causa de nuestra enfermedad mental. Por lo general, la negatividad es el resultado de esas enfermedades. Debido a esto, decirle a la gente con tendencia al suicidio que “sea positiva” es tan eficaz como decirle a un coche con el depósito de gasolina vacío que “siga conduciendo”.

Una de las formas más eficaces de apoyo que recibí durante mi fase suicida fue la de una amiga que se las arregló para incluir en la conversación unas vacaciones que habíamos pasado juntas.

Rememoró todos los recuerdos felices que vivimos juntas en aquellas vacaciones: la sensación de la arena entre los dedos de los pies, las risitas de nuestros amigos durante una partida de “30 segundos”, cómo nos picaba el agua del mar en la piel, y cómo planeábamos regresar algún día.

Me hizo recordar algunos de mis maravillosos recuerdos. Aunque nunca lo dijo, insinuó en gran medida que yo había sido feliz en aquel momento y que volvería a ser capaz de sentirme así.
Y lo que es más importante, durante toda esa charla, nunca insinuó que los buenos recuerdos anularan el dolor y el sufrimiento que estaba sintiendo. Ella reconoció mis pensamientos suicidas pero me recordó que yo también sentí algo más en un momento dado.

Creo que eso puso de relieve una verdad importante para mí: que el dolor y la felicidad coexisten en este mundo y que el dolor que sentía pasaría como la felicidad. Me dio esperanza.

En lugar de decirle a las personas con tendencia al suicidio que sean positivas, podemos recordarles cosas positivas, la belleza, la felicidad, el apoyo- sin demonizar o infravalorar sus emociones negativas.

Entonces, ¿qué deberías decir?

Muchos de nosotros decimos las frases anteriores para disuadir a la gente de actuar en base a pensamientos suicidas. En otras palabras, decimos estas cosas para evitar que realmente intenten suicidarse.

Pero yo recomendaría un enfoque diferente. En lugar de disuadir a la gente de hacerse daño a sí misma, necesitamos trabajar con ellos para tratar el dolor que les hace sentirse de esa manera en primer lugar.

A menudo, los desconocidos creen que lo trágico del suicidio es la muerte en sí. Como alguien que ha intentado suicidarse, sé que la tragedia no es morir, sino vivir con tanto dolor que la muerte es preferible a la vida.

Para ayudar a alguien que tiene tendencia al suicidio, necesitamos hacer que sienta que hay una solución al dolor que no es la muerte. Por lo tanto, cuando alguien se acerque a ti buscando ayuda, trata de distráelos momentáneamente del dolor. Tu primer instinto puede ser hacer que hablen sobre lo que está mal, y si quieren hacer eso, déjalos. Pero otro método realmente útil es encontrar una manera de calmarlos y hacerles olvidar, aunque sea por un rato, el dolor.

Anímalos a entretener su cerebro jugando a un juego como Candy Crush o Tetris, haciendo manualidades o tejiendo, pintándose las uñas o leyendo.

Cuando se sientan un poco mejor, pregúntales si les gustaría hablar sobre sus pensamientos suicidas y qué los desencadenó.

Trabaja con ellos para encontrar un camino a seguir. ¿Cómo pueden hacer frente a sus dificultades? ¿Pueden encontrar terapia, un grupo de apoyo o una red de amigos que los apoyen? ¿Podrían necesitar hablar con un psiquiatra o un médico sobre medicación? Si algo específico desencadenó su episodio suicida, ¿cómo podrían evitar que ocurriera en el futuro? Hacer planes puede hacer que se sientan aliento y esperanza.

Haz algunos planes futuros con ellos. Dales algo que anhelar, ya sea un picnic, una cita para tomar un café o planes para crear un trozo de huerta en el jardín.

Asegúrate de practicar también el autocuidado. Cuidar a otras personas puede ser difícil y puede ser una gran tensión emocional y mental, así que no olvides reservarte tiempo para relajarte y cuidarte también.

*** 

Es muy difícil consolar a la gente con tendencia al suicidio. Es difícil decir algo que pueda aliviar el dolor de alguien que está sufriendo tanto que ya no quiere vivir.
Pero si estamos atentos a lo que les decimos, podemos evitar decir cosas dolorosas e hirientes cuando tratamos de ayudarles.
Al fin y al cabo, esto nos hará aliados mejores y más amables y ayudará a nuestros seres queridos a curarse.

***

Si tienes ganas de suicidarte, por favor, pide ayuda a alguien."                 (Sian Ferguson, El Salto, 30/03/19)

5/9/18

Hablemos con franqueza sobre la depresión

"En los últimos meses he tenido que sortear varias situaciones difíciles, entre ellas, crisis en las enfermedades que sufren mis padres, ya mayores, y el suicidio de un amigo. Nunca perdí el apetito ni rompí en llanto de la nada, tampoco tuve ninguno de los otros síntomas típicos de la depresión. 

Tal vez sí estaba más irritable de lo normal, un poco más proclive a ponerme de malas. Y, sí, me sumergí en mi trabajo. Pero nunca pensé que había caído en el abismo de la depresión, en una conciencia de uno mismo mucho más intensa, tanto en lo personal como en lo profesional.

Como periodista especializado en salud, a menudo he recurrido a mi propia historia para escribir sobre enfermedades de las que no es fácil hablar. Tuve cáncer de testículos a los 26 años y me diagnosticaron sida por error en los días en que eso equivalía a una sentencia de muerte. 

Pero nunca antes había escrito sobre mis depresiones, a pesar de que me han atacado desde mis primeros pasos en la escritura, a los 11 años, cuando empecé a llevar un diario.

De ninguna manera soy el único al que le pasa. Según el Instituto Nacional de Salud Mental, al menos seis millones de hombres padecen depresión en Estados Unidos. 

Es más, para el doctor Matthew Rudorfer, subdirector de investigación para tratamientos de ese instituto, es muy probable que la cantidad real sea mayor. Los hombres tienden a reconocer menos que las mujeres los síntomas más típicos de la depresión: desánimo, tristeza o lágrimas. 

De ahí que haya un número menor de diagnósticos; en cambio, suelen mostrar más a menudo síntomas “exteriores”, como irritabilidad, enojo y agresividad, consumo excesivo de alcohol u otras sustancias, conductas de alto riesgo y trabajo en exceso.

El discurso del macho: los hombres no se deprimen, solo trabajan, beben y compiten más. Andrew Solomon, autor de “Noonday Demon”, una de las primeras memorias escritas sobre la depresión, me dijo que esa actitud ridícula deriva de esa idea tan arraigada de que los hombres “debemos enmascarar nuestro estado de ánimo con disciplina militar o atlética”.

Entonces ¿por qué hablar ahora? Si hubo un detonante, fue la muerte de mi amigo: un entrenador personal que una mañana de agosto, después de ver a sus clientes habituales, fue a casa y se pegó un tiro en la cabeza.

Ni siquiera viéndolo con cierta perspectiva creo que hubiera podido detectar que corría riesgo de caer en una depresión grave, mucho menos de suicidarse. Solo tres días antes de su muerte, me contaba, emocionado y vital, que iba a comprar una casa y quería mejorar en el trabajo. Como me dijo uno de sus amigos más cercanos: “Uno nunca sabe dónde habita la depresión”.

La mayoría de la gente, incluso quienes me conocen mejor, no detectan mi depresión. No tengo duda de que soy un depresivo hábil que funciona al nivel más alto, que cubre sus síntomas con una mezcla de medicamentos, psicoterapia, ejercicio y que sabe cuándo apartarse del mundo. A diferencia de las cicatrices de la cirugías (cortesía del cáncer), las de la depresión son invisibles.

Me pregunto si en caso de haberle contado a mi amigo sobre mi propia lucha él habría dicho: “Yo estoy igual”. Dejándome llevar por un algún tipo de pensamiento mágico, me imagino que podría seguir vivo si hubiéramos compartido nuestras historias.

Es alentador que haya estudios nuevos que refutan aquellos que sostenían que las mujeres tenían el doble de probabilidades que los hombres de presentar depresión. Por ejemplo, un estudio de la Universidad de Michigan realizado en 2013 concluyó que “cuando se combinan los síntomas tradicionales con los actuales, la disparidad por género en la prevalencia de la depresión se cancela”.

 En otras palabras, hombres y mujeres corren el mismo riesgo de sufrir depresión.

El primer paso para detectar la depresión en los hombres es diagnosticarla apropiadamente, lo que implica establecer criterios precisos y asegurarse de que los profesionales de la salud mental sepan qué están buscando. El segundo paso, que puede ser aun más difícil, es lograr que los hombres hablen sobre ello.
Lo que me lleva de vuelta a mi propio silencio.

 Una de las razones por las que había sido incapaz de hablar sobre mi padecimiento hasta ahora es que, como dice el anuncio del antidepresivo Cymbalta: “la depresión duele”. La primera vez que escuché ese eslogan puse los ojos en blanco, pero desde entonces he aprendido a apreciar la genialidad de quien lo escribió. Imagine tener una gripe terrible, de esas que te dejan tumbado. 

Para mí, la depresión puede sentirse como la peor gripe de la historia. Además, sin final a la vista. Es muy difícil hablar de un dolor así cuando estás experimentándolo.

Y luego está el estigma. Por más que entiendo que la enfermedad es la enfermedad, ya sea física o mental, y aun cuando ahora haya mucha más apertura con respecto a la depresión que en la generación anterior, me siento avergonzado.

Mis propios encuentros con el estigma han sido fuertes. Una vez salí con un hombre que me dejó en cuanto se enteró de que tomaba Lexapro, un antidepresivo. Me han rechazado en un seguro médico, no por el cáncer, sino por los medicamentos contra la depresión que tomaba. Se me castigó por buscar ayuda. “No tiene sentido”, me dijo mi médico.

Así que he decidido ser más sincero. El otoño pasado, cuando tuve que cancelar mi asistencia a un compromiso, no me inventé un malestar físico, como hacía antes. En cambio, escribí por correo electrónico: “La depresión por la que estoy pasando me impide estar ahí, como había prometido. Lo siento”.

La depresión no tiene que ser la lucha más solitaria, tal como la describe Solomon. Si no lo cuento, realmente nunca me conocerán ni me ayudarán. Ahora agradezco cuando mis amigos me preguntan cómo me siento (pero no de esa manera atemorizante: “¿Có-mo es-tás?”). Y agradezco también a los que se ofrecen: “¿Hay algo que pueda hacer?”.               (, The New York Times.es, 25/02/16)

27/6/18

Después de un suicidio: la culpa de los que se quedan... lloré por sus seres queridos y sus amigos, a quienes imaginé tratando de encontrar las señales que no vieron

 Una foto familiar de alrededor de 1976 de la autora y su padre, quien realizó múltiples intentos de suicidio

"Cuando era chica, mi padre pensaba en maneras de quitarse la vida tantas veces como yo tenía que comprar zapatos nuevos. Planeaba usar píldoras cuando me compraron mis mocasines; monóxido de carbono, cuando mis sandalias; navajas cuando mis Doc Martens. Yo tenía 4, 10 y 28 años cuando mi padre hizo sus intentos más dañinos.

Lo encontramos: a un lado del camino, a un lado de la cama, en la cochera de mi abuela cuando intentó hacer su tumba en el gran Oldsmobile azul al que llamábamos Orca.

Cuando no estaba tratando de suicidarse, yo lo consideraba un superhéroe. Recuerdo mis pensamientos de niña: está vivo hoy y hoy, y también hoy. Lo he amado lo suficiente para mantenerlo con vida.

Era una carga terrible sentir que yo era responsable de mantenerlo vivo. Trataba de no hacer ruido. Si mi hermana y yo nos reíamos, podríamos hacerlo enojar, lo que después lo pondría triste. ¿Eran más mis ganas de reír que de ver a mi padre con vida? Aprendí a no pedir cosas, como dinero para ir a comer pizza con mis amigos después del colegio. Si él no tenía dinero para darme, se sentiría culpable y eso lo deprimiría. ¿Quería más una rebanada de pizza que ver a mi padre con vida?

El razonamiento era tan simplista como ilusorio.

Ahora entiendo que fracasaba en sus intentos debido a la casualidad y al arrepentimiento por igual, y después se mantenía vivo gracias a la terapia y los medicamentos, así como a sus estancias hospitalarias cuando necesitaba un cuidado más intensivo.

Sorpresivamente, después de todos sus intentos para acabar con su vida, mi padre murió en julio pasado cuando lo atropellaron dos autos mientras caminaba con un amigo al costado de una calle, rodeados de una espesa neblina mañanera. La investigación policiaca confirmó que fue un accidente.

Cuando me levanté hace unas semanas con la noticia de que Anthony Bourdain se había suicidado a los pocos días de la noticia de que Kate Spade también lo había hecho, me invadió una enorme tristeza por dos motivos: porque ya no estaban y porque habían sufrido mucho.

No obstante, lloré por sus seres queridos y sus amigos, a quienes imaginé recordando sus últimas interacciones, tratando de encontrar las señales que no vieron, la oportunidad que deberían haber tomado, el punto en el tiempo en que podrían haberlo salvado o haberla rescatado.

Twitter, Facebook e Instagram estallaron con pena y compasión. Es algo hermoso darse cuenta de cuánto amor hay en la gente. Es verdaderamente alentador escuchar las llamadas de lucha para eliminar el estigma de las enfermedades mentales.

 Ver a extraños compartir sus propios números telefónicos: ¡Llámame! ¡Llámame! Si alguna vez te sientes así, ¡llámame!

Sin embargo, los mensajes que exhortan a la gente a ayudar a sus seres queridos o a extraños llevan un reverso escondido y no intencionado: que si una persona logra quitarse la vida, la gente a su alrededor quizá no le prestó suficiente atención ni hicieron su mejor esfuerzo.

Me preocupa el efecto que estos mensajes puedan tener en aquellos que perdieron a alguien que se suicidó, haciendo que su pena sea aún más profunda y con una capa adicional de culpa.

“En lugar de pensar: ‘Ojalá pudiera haber arreglado esto’, si pudiéramos usar estos momentos como llamadas de atención para pensar: ‘Quiero estar más presente, atento, conectado y ser empático en general’, eso sería mucho más productivo”, dijo Gregory Dillon, profesor adjunto de Medicina y Psiquiatría en la Escuela de Medicina Weill Cornell. “Además, quizá si todos hiciéramos eso —y si la comunicación, la comprensión y la empatía fueran mejores en general— quizá habría menos situaciones como esta”.

No podría haber salvado a mi padre de las toneladas de metal que se abalanzaron sobre él cuando esos autos lo atropellaron, así como no podría haberlo salvado de las píldoras que tragó, la navaja que empuñó o el monóxido de carbono que inhaló.

Eso no significa que no deberíamos estar presentes, ser amorosos, estar involucrados. Tampoco significa que no deberíamos ofrecer consejos, herramientas, empatía. Debemos tratar. Con todas nuestras fuerzas.

“Es cruel culparnos a nosotros mismos y a otros por algo que estuvo, a fin de cuentas, fuera de nuestro control”, dijo Lakeasha Sullivan, psicóloga en Nueva York. “Pero podemos soportar la carga en conjunto. Podemos comenzar a involucrarnos en conversaciones reales —conversaciones nacionales— sobre la vocecita dentro de nosotros que a veces nos hace preguntarnos cuál es el significado de la vida y permite que la desesperanza y la desesperación se instalen en nosotros”.

Es imperativo que tratemos de ayudar a la gente a encontrar un camino de salida para su dolor, uno que no termine en la muerte, pero necesitamos reconocer que, si logran su cometido, no es porque nuestro amor haya fracasado."            (Amanda Avutu, The New York Times.es, 21/06/18)

7/10/16

Alcalá la Real (Jaén) triplica la tasa de suicidios española (8,3) y dobla con holgura la europea (11,6). ¿Por qué? Nadie lo sabe. Nadie ha podido explicarlo nunca.

"(...) Alcalá la Real, Jaén. Cerca de 17.000 habitantes, en realidad 22.000 sumando la veintena de núcleos y aldeas pedáneos que conforman el municipio, y una tasa de suicidio (alrededor de 27 por cada 100.000 habitantes, según recogía hace unos meses la web 93metros) que triplica la española (8,3) y dobla con holgura la europea (11,6). ¿Por qué? Nadie lo sabe. Nadie ha podido explicarlo nunca. 

Alcalá la Real encabeza ese ránking sombrío, pero no está sola: supone el vértice mayor de un triángulo geográfico –los otros dos son Priego e Iznájar, en Córdoba– que la acompaña siempre en las estadísticas de este fenómeno: toda una región en la que quitarse la vida es algo perfectamente frecuente. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Nadie ha podido explicarlo nunca.

Ya se ha escrito antes sobre ello, sobre esta zona y su enigma inmutable, cuyas circunstancias escapan (rebasan) las de los suicidios vinculados en los últimos tiempos a la crisis, los desahucios, las preferentes y los problemas hipotecarios de tanta gente. 

Por esas y otras cosas —fabulaciones propias y ajenas— esperaba uno encontrarse, al llegar a Alcalá, con una suerte de Comala andaluza de calles polvorientas, niños asustadizos y ancianos como espectros donde nadie hubiera visto el mar y donde no se hubiera oído cantar nunca. Es lo que se podía desprender de la leyenda, o de su tratamiento. 

Pero no: se trata de un pueblo como cualquier otro del sur de España. Con el añadido de algunos más elementos de avanzada que otras localidades más grandes: tiene varias calles comerciales y su consiguiente trasiego en horas punta; tiene diversas y buenas opciones de alojamiento para el visitante; tiene una fluida vida cultural que incluye congresos, encuentros anuales de artistas, premios literarios, publicaciones y centros de investigación histórica y biológica. 

También tiene un ateneo, un conservatorio de grado elemental, varios polideportivos y piscina cubierta. La economía local queda repartida entre el sector servicios, la industria de derivados plásticos y metálicos, y la agricultura. 

A pesar de la falta de relevo generacional para hacerse cargo del campo, y del paro casi endémico del sur español (el 88% de la superficie municipal son tierras de cultivo; olivares hasta donde alcanza la vista), Alcalá no cumple “el perfil de pueblo deprimido en absoluto”. Es lo que nos corrobora un vecino que llegó a vivir aquí hace años, y que prefiere no revelar su nombre para esta historia. 

Cuando le preguntamos, nada más llegar, por la posible razón, o razones, por las cuales hay tal afición en este lugar a quitarse de en medio, dice atribuirlo a un elemento sencillamente “cultural”: si la gente lo ve como una salida frecuente ante los problemas, si lo ha visto hacer toda la vida, incluso dentro de su propia familia, sus probabilidades aumentan. La naturalidad con la que se contempla el fenómeno; y con la que se habla de él.

Porque la gente de la zona encara el asunto con una soltura proporcional a la estadística. Es algo que puede sorprender al foráneo, a priori; pero en realidad no tiene nada de extraño si se piensa que, como apuntaba en algún sitio el profesor Gustave Jung, lo que llamamos normal es sólo lo estadísticamente cierto para la mayoría de la gente.

 Para los alcalaínos es tan estadísticamente cierto el suicidio que se da por normal el hecho de que todos los vecinos (todos) tengan como mínimo algún conocido que se haya quitado la vida. El hombre del que hablábamos antes ha sufrido varios casos cercanos en los no muchos años que lleva aquí: más que el suceso, lo que le escandalizó fue la normalidad con la que el entorno parecía llevarlo. 

Pero que sea una noticia habitual para todo el pueblo no quiere decir que les resulte lógica: “Ah, sí... Es verdad que pasa mucho eso. Es raro, ¿no?”, decía la dueña de un establecimiento a la que preguntábamos sobre el particular, como de pasada. Y como de pasada respondía. Con la actitud de quien viera nevar en verano: la primera vez sorprende; a la décima, por raro que sea, forma parte ya del paisaje. O paisanaje.

“Más llamativo” morirse de otra cosa

“Se ve con una normalidad pasmosa”. Vero [el nombre es supuesto: la gente no tiene reparos en hablar del tema con un periodista, pero el anonimato relaja más la conversación] pasa de los 30 y hace tiempo que no reside en Alcalá, pero sigue teniendo aquí familiares y amigos y vuelve de vez en cuando. 

Llegó al pueblo siendo adolescente, y el tema le chocó como a cualquiera que no hubiera nacido aquí. “Me decían” –cuenta en la terraza de un bar, ante la cerveza con tapa del mediodía– “que si había un componente en el agua, y no; que si la altitud, y tampoco, porque hay otros sitios más altos en los que no pasa; que si los olivos...”. 

[La mayoría de los casos son ahorcamientos: muchos, en los olivares que asedian al pueblo, como un mar de olas oscuras y verdes; pero no necesariamente allí.] “Yo creo que hay un componente genético muy grande, porque en realidad se da mucho más en ciertas familias [que no vamos a nombrar, por lógicas razones]. Siempre se contaban casos de hijos que se acababan ahorcando en el mismo olivo que el padre, en la misma rama. Pero las historias se retuercen tanto que no se puede saber bien qué es leyenda y qué realidad”. 

Y sí: es una opción, considera, que se plantearán muchos sólo por el hecho de haberlo presenciado toda la vida: “Tantos años oyendo que si fulano o mengana tenía no sé qué problema, y se acabó matando”. “A ti te dicen que alguien se ha muerto en un accidente de coche y te resulta más llamativo que el que se haya quitado la vida”. 

 “Amigos míos, jóvenes, tres. En ninguno había un motivo claro. Porque puedes hablar de separaciones traumáticas [de los padres], o de la incomprensión de la edad del pavo, pero no es suficiente como para eso”. “Y un día, en la pared al lado de mi casa, escuchar pum: un hombre se había puesto la escopeta aquí”, dice, apuntando a la parte inferior de la mandíbula. 

“Es normal escuchar aquel se ha ahorcado. Cada año, yo me enteraba como de ocho o diez personas. Al principio me chocaba pero vi que la gente lo trataba con una normalidad muy grande. Y todas las primaveras caían dos o tres, era una cosa exagerada. Aunque últimamente parece que se escucha menos”.

 (Cosa que confirma una señora en la mesa de al lado: “Sí, antes era raro el día que no”. ¿Era raro el día que no había un suicidio? “Sí”, responde. Exagerando, claro. Pero da una idea de la cosa).
“El otro día” –continúa Vero, ya en estricta broma negra– “estaba hablando con una amiga de la mala racha que estábamos pasando las dos, y decíamos: Vamos a comprar la soga por metros, y así nos sale más barata.

 Y añade, remitiendo ya la risa: “Esa inmediatez del pensamiento que hay aquí de ‘tengo un problema: me quito la vida’, también es seguramente por la naturalidad con la que se ve”. ¿Se le pierde así más el miedo? “Pierde la importancia, pierde peso, porque lo escuchas diariamente. La muchacha de la tienda a la que he ido antes: tres familiares suyos se mataron. Pero cualquiera con quien hables te cuenta cosas así”.

También hay, dice, “mucha droga. En la zona hay un montón de camellos y todos viven [bien]”. Cocaína sobre todo (aunque no es tan extraordinario: España es líder mundial en consumo de esa sustancia)”. “Siempre hubo un movimiento grande de fiesta, pero de un tiempo a esta parte han cerrado muchos bares, quizá porque se ha ido más gente joven” (la crisis ha incidido en el cierre de negocios).

 “En invierno hace un frío que te pelas, y en verano un calor que te agobias. Si a alguien deprimido, por cuestiones de familia o de dinero, le sumas un entorno que empuja a eso... Son muchas cosas. De todas formas a mí este pueblo no me gusta para vivir. Mala vibra”. 

Y sin embargo –quizás por tratarse de días benignos de finales de septiembre, libres de las temperaturas extremas–, la gente del pueblo parece razonablemente tranquila: los conocidos se paran a saludar a Vero, bromean con ella y hacen carantoñas a su bebé.

 Los camareros y demás trabajadores de cara al público atienden con franca amabilidad. Este plumilla, al menos, sólo encontró buenas formas y mejor índole en varios días; ni rastro de la legendaria mala follá que atribuyen a Granada, a unos 40 kilómetros de aquí por una carretera de un solo carril por sentido. 

Hay un elemento, sin embargo, que sí comparten estas dos localidades: ambas cuentan con un vestigio musulmán de primer orden presidiendo todo el ámbito. La Alhambra, en el caso de Granada. En Alcalá la Real, la centenaria fortaleza de La Mota: un complejo medieval que capta la atención del foráneo nada más llegar, y que imanta la vista desde prácticamente cualquier rincón del pueblo –también desde la terraza de este bar–. Como una brújula de piedra señalando siempre hacia poniente.

“No le busques explicación”

Decía un andaluz muy atento siempre a la vida y a la muerte, Antonio Gala, que, cada vez que llegaba a un pueblo, le gustaba visitar sus mercados y sus cementerios: “Ver cómo los vivos se mantienen, y cómo mantienen de alguna manera a sus muertos”. El cementerio de Alcalá la Real –a las afueras del pueblo, bordeando la colina del castillo de La Mota, pero sin perderlo nunca de vista– probablemente gustaría a Antonio Gala.

 Las placas de los nichos lucen recientes, prácticamente todas, y las flores refrescan la vista donde quiera que uno mire. Es armónico, pequeño y hermoso; de nuevo con un detalle nada frecuente, en pueblos del sur ni del norte de España: un monumento recuerda, en el corazón del recinto, centenares de nombres de muchos de los que “murieron por defender la libertad y la democracia”, durante y después de la guerra civil, y cuyos restos no se encontraron nunca.

 “Alcalá os rinde hoy una memoria torturadamente recobrada, se lee en un poema-homenaje, con vuestro llorar recogido en las cunetas”. 

La mañana es diáfana, y sólo alguna persona mayor entra y sale sin prisas —“Buenos días”, saludan siempre al pasar—. Una adolescente rompe el silencio transparente del recinto: entra llorando, ensimismada, se pierde por una esquina; al poco vuelve salir. 

“La gente tiene ahora más costumbre de venir. Antes sólo era en el tramo entre octubre y noviembre, por los Difuntos. Ahora no pasa ni un día sin que venga alguien. Hasta le ponen flores al vecino, si ven que las suyas están secas”. Arcadio [le llamaremos así], de 53 años, lleva 30 de ellos como sepulturero del municipio de Alcalá, que de un tiempo a esta parte gestiona otros seis cementerios de las aldeas colindantes. 

Ha visto este camposanto “cambiar como de la noche al día”. Por las reformas llevadas a cabo con el tiempo, y “por la mentalidad de la gente. Ahora vienen a darse una vuelta como si fuesen al paseo. Es más natural. Lo mismo que los suicidios. Está tan metido en la sociedad que la gente no lo ve raro”. 

—Aquí tienen que salir todos los años entre 15 y 20 [muertos por esa causa]. Lo hacen de muchas maneras, pero el ahorcamiento es la más frecuente. 

Nos encontramos en su oficina, una estancia austera pero agradable dentro del recinto, con una mesa, varias sillas y un ordenador de otra era tecnológica. “Hay quien lo intenta una y otra vez, hasta que lo consigue. Y otros que lo intentan una vez y ya no vuelven a intentarlo”.

Arcadio confirma que el suicidio es más “traumático” cuando el muerto es joven, pero nada más. Lo cual nos da pie a preguntar por uno de los detalles que hacen más arduo encontrar respuestas: la imposibilidad de inferir un patrón por edad, ni por sexos, ni por clase social, ni por comportamientos previos: “Hay edades más complicadas”, dice, “desde los 40 hasta los 60. Pero hay de todo. 

Chavalillos o muchachas de 16 o 17, que nadie entiende por qué. Ancianos de 90. Gente de la que dicen que tenía problemas, pero otros que no. Gente con buena posición, de familias supuestamente bien...”. 
—¿Suele haber familias más propensas?

—Sí, pero no es estrictamente así. Las familias con antecedentes lo son más, pero a lo mejor donde no ha habido antes un suicidio, sucede. Vamos, que no hay una manera de saber ni el por qué ni... En los cambios de tiempo, sobre todo primavera y otoño, quizá más primavera, se da más. [Abril es el mes más cruel, decía T. S. Eliot. Y sí: la empalagosamente cantada primavera puede ser letal para los que esperan que la mejora del tiempo traiga también una mejora de los paisajes interiores.

Preguntamos si es cierto lo que decían Vero y la señora en la terraza del bar, si se ha notado una bajada en los últimos años: “Sí”, confirma. “Este año van sólo cinco o seis [acabando septiembre], cuando ha habido años que ha podido haber dos o tres al mes” en el cómputo general del municipio: Alcalá y las aldeas. La media hasta ahora habría ascendido a “15 o 16” anuales. “Claro que es extraño; en otra población como ésta lo normal es que haya uno ó dos al año, si es que los hay”.  
—¿Cómo ha evolucionado la gente respecto a este tema, en estos 30 años?

—Yo creo que se ha normalizado. Pero es lo mismo con todo lo referente a la muerte. Cuando yo entré aquí era un poco tabú. Y ahora es una cosa más de la vida. La gente habla más, es más abierta. 
Pero en sus treinta años de servicio, Arcadio no ha notado variación respecto a la cifra insólita: “entre 15 y 20” suicidios al año en estos contornos; igual hoy que en los años ochenta. 

¿Y antes? (Antes, queremos decir, de cuando la Iglesia empezó a permitir enterrar a los suicidas en sagrado, teniendo que darles hasta entonces sepultura aparte): “Ah, eso tiene aquí una historia”, dice, con media sonrisa: “En este cementerio había un patio, allí abajo –señala a su espalda, hacia la parte posterior–, que le decían de los ahorcados. Había uno de los ahorcados y otro de beneficencia. Pero sobre el año 62 o por ahí se quitó la vida uno que era de familia de señoritos. Hablaron con el cura, le dijeron su misa y lo enterraron aquí”. 

Sucedió que a los cuatro días hubo otro suicidio, en otra familia de no señoritos, y ya no tuvo argumentos, el cura, para no enterrarlo también en el camposanto.

Desde entonces no hubo ya clases entre los muertos, los suicidas se siguieron enterrando donde todo el mundo, y el patio de los ahorcados desapareció definitivamente con las últimas reformas y los traslados pertinentes de las cajas.  

Por supuesto, el sepulturero tampoco puede dar una respuesta a por qué esa tendencia de esta zona: “No hay explicación para eso. Hay quien decía que la altura, pero estamos prácticamente a la misma que la meseta. Y los olivos: hay muchos, pero cuántos hay en Martos, en Úbeda, en todo Jaén... Algunos también utilizan escopetas. 

Hay quien se mete en un garaje y arranca el motor del coche, o la moto. En estos olivos de aquí al lado, justo tres hileras para allá, ha habido lo menos cinco, que yo sepa. A algunos, en el franquismo, los descolgaban corriendo para que no se supiera que habían muerto por eso”.

“Pero no le busques explicación porque no la vas a encontrar”.  

Fantasmas, santos y curanderos 

No la vamos a encontrar; pero siempre hay caminos inesperados que parecen susurrar perspectivas nuevas, interesantes, del muro que seguimos tanteando a oscuras. El día antes habíamos acudido a la biblioteca municipal: un viejo edificio reformado, con hermosa fachada histórica y una imponente estatua a la entrada del Arcipreste de Hita (cuyo lugar de nacimiento se disputan esta Alcalá y la de Henares). 

En el Archivo Histórico hablamos con su responsable, Paco Toro, cuya visita nos recomendaron en el Blablacar —ese wikileaks de los nómadas sin carro—. “Aquí sobre suicidios no vas a encontrar nada”, dijo, abriéndonos las puertas del Archivo. 

Más allá de la historia local (oficial), de las leyendas o las estadísticas, ninguna X iba a señalar el lugar, la entrada a las catatumbas que buscábamos, como advertía —aunque luego le acabara pasando— Indiana Jones. 

Por alguna razón, sin embargo, Paco Toro terminó mencionando la larga tradición, aún muy viva en la zona, de creencia en ciertos elementos mistéricos. Contaba el periodista Manuel Amezcua en La ruta de los milagros (sobre el mundo del misticismo popular de la Sierra Sur; 1993; premio de periodismo Club 63), el libro al que nos remitió Toro: 

 “En la comarca persiste un sistema de creencias en torno a la salud y a otros aspectos culturales que a menudo tienen un origen mágico. Se cree en los maleficios [...], en las apariciones de la Virgen. A la vez pervive la creencia en las apariciones de difuntos y en las almas en pena, influenciada manifiestamente por ciertos movimientos espiritistas que actuaron intensamente en la zona hasta la guerra civil”.

Antes de despedirnos del cementerio, inquirimos a Arcadio sobre estos asuntos –como de pasada, también–. Y nos contesta: “Aquí ha habido cosas para creer; no se cree porque sí. Yo, fíjate el sitio donde trabajo, y no digo nunca, nunca, que no haya espíritus”. Y a continuación nos cuenta el caso (reciente) de alguien conocido por él: una difunta hace más de medio siglo trató de comunicarse con un familiar para que realizaran en su honor una ofrenda, algo inacabado en vida, que prometió hacer y no hizo, según parece.

 Los familiares siguieron sus instrucciones y el fantasma en cuestión pudo descansar al fin. Esto lo cuenta Arcadio –que es un hombre perfectamente cabal, bondadoso y sin un pelo de tonto– con la misma naturalidad con la que antes hablaba de los que dimiten voluntariamente de la vida. 

Por supuesto, son cosas que suelen omitirse, que no se cuentan casi nunca por el riesgo a que se rían de uno. Pero esto se aborda también por aquí de manera cada vez más natural, cuando podría uno creer que es al contrario; que la (post-post)modernidad haya desterrado lo que algunos calificarían de supersticiones: “La gente mayor habla con más reparo, pero casi cualquier tema se habla hoy de manera mucho más natural. También es que antes, en el franquismo, no se podía hablar de nada”, dice Arcadio. 

En la Sierra Sur, toda una constelación soterrada de –lo que podríamos llamar– druidas contemporáneos ha venido operando y continúa haciéndolo. Hay categorías dentro de ellos, según Amezcua, dependiendo de sus dotes: los rezadores, los sabios o sabias, los anudadores y los santos, los más respetados: hombres y mujeres en mayor contacto con la gracia –esa suerte de don divino capaz de curar los males del alma y del cuerpo–, que también “ejercen de consejeros”. 

Habrá motivos diversos, pero tiene lógica que el miedo y la desconfianza hacia las autoridades que la gente del campo ha sentido siempre (esto más que la ignorancia, más que la supuesta incultura atribuida siempre a los que no han accedido a la incuestionable sapiencia de la universidad) sean razones para que muchos buscaran consuelo, atención y arraigo dentro de su hábitat, sin bajar siquiera del monte: según Arcadio, estos santos han sabido siempre “muy bien lo que necesitaban las personas”.

 Éstas, “de los médicos no se fiaban. Porque no había tantos remedios, y porque muchos curanderos conocían todo tipo de hierbas que funcionan”. De los curas de entonces, tampoco. Es decir: el santo como guía psicológica, médica y espiritual: todo en uno. 

“Yo recuerdo que de chico [años 70 ya] nos escondíamos si veíamos venir a la Guardia Civil”. Arcadio es de Frailes, aldea cercana con gran historial en estas lides. A tiro de piedra de allí, en la Hoya del Salobral, nació, en 1912, el célebre santo Custodio –heredero directo, según la tradición, del santo Luis Aceituno–, cuya vida “cambió un día de la Ascensión del Señor cuando contaba veinticinco años de edad” (lo cual cae en plena guerra civil). 

De él contaban, entre otros prodigios, que había curado a una niña de tres solitarias con sólo beber de una fuente bendecida por él. No se libraría ni de la cárcel ni de la persecución de los médicos de Noalejo, cabeza de partido al que pertenece la Hoya, nada contentos con el éxito que tenían entre los feligreses sus supuestas “dotes curativas”. 

“Existe una cueva” en el Salobral, contaba Amezcua, a la que se llega “tras una maraña de senderos”, y que desde la muerte de Custodio sirvió de peregrinación para sus fieles. Efectivamente: allí nos allegamos nosotros, tras remontar, desde Alcalá la Real, serpenteantes y empinadas carreteras entre olivos que despistan una y otra vez [Vero, nuestra fuente inicial, se prestó a guiarnos de manera muy generosa]. Allí sigue la pequeña cueva de la que hablaba Amezcua hace veinte años. Limpia, muy cuidada. Llena de exvotos de fieles contemporáneos que incluyen velas, relicarios, fotos de carné y hasta alguna L de carné de conducir: ofrendas como plegaria o gratitud hacia el santo, a quien gustaba “retirarse allí a meditar”.

Un folleto anónimo sobre el santo Custodio decía: No solamente curaba enfermedades físicas, sino que daba consuelo y hasta curación completa a los dolores morales, siendo el gran alivio de los histéricos, melancólicos y ofuscados del cerebro y de los tristes de espíritu. (Desde que muriera, en la década de los 80, el santo Manuel, último de esta estirpe, el puesto de santo continúa vacante en la comarca.) 

Lamentablemente, y por razones obvias, no contamos con estadísticas sobre suicidio de épocas anteriores –aún hoy son problemáticas y no muy fiables, aunque las haya–. Sería muy interesante saber si la gente se quitaba la vida entonces más, igual o menos que ahora. 

Por qué morir; por qué vivir

Resulta ya un lugar común citarlo, pero no hay más remedio. Albert Camus, en El mito de Sísifo: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar si la vida merece o no ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía”. Equivale a responder, en realidad, a la cuestión fundamental de cualquier persona, sea uno o no Albert Camus. Sea profesor de la Sorbona o jornalero. 

Ésa es la pregunta, y la confrontación, a la que todos quedamos abocados antes o después, por más que intentemos disimular. El suicidio es el tema tabú por antonomasia en nuestras culturas: se trata de un pistoletazo o tirón en la conciencia que nos despierta, violento, de la duermevela cotidiana que tratamos de mantener, evitando estrictamente mirar hacia los bordes abisales de nuestra vida, como evitamos de reojo a los mendigos por la calle.

¿Qué escuchamos, allá al fondo, cuando oímos decir que fulanito se ha matado? Por mucho que no queramos, un aldabonazo que nos devuelve de golpe a nuestro centro: una denuncia. Una suerte de aullido sordo que niega, no la vida, sino esta vida. Lo que de alguna manera viene a decirnos quien se suicida no es que no quiera vivir: es que no quiere esa vida; no dice que sí a la muerte: dice que no a esa forma de vivirla, tantas veces absurda. 

La gente se mata –no es temerario afirmarlo– contra algo: ¿Contra qué se mata tanta gente de la Sierra Sur; tanta gente de ese triángulo del que Alcalá la Real es el vértice? ¿Qué desolación no les deja respirar, supuestamente más que en el resto del país (más que en sitios de Europa muchísimo más tristes), hasta preferir llegar hasta el final del ahogo?

–Han perdido el sentido de la vida. Muchos caen en depresión por distintas situaciones. Acaban no encontrando solución. Algunos se ahogan en un dedal. 

Don Luis [le llamaremos así] es de trato cálido y educado. El pelo cano, setenta y algún años; los ojos amables pero certeros de quienes han visto mucho y aun así saben reírse todavía. Don Luis ha sido párroco en esta zona –y en otros sitios realmente conflictivos– y atribuye a eso, a la pérdida del horizonte, a la soledad sin orillas, esa oscura costumbre de por aquí. Porque la gente, es cierto, no pregunta, no preguntamos, algo tan sencillo y elemental como cómo estás, cómo te sientes.

 “Siempre se pregunta por el trabajo; qué haces, a qué te dedicas”. En el fondo, no se pregunta quién eres, sino qué eres: “en qué trabajas, dónde vives, cuánto dinero ganas”. “Hay mucho materialismo. Y también mucha inmadurez en muchos creyentes”, dice, que “no aplican” a su vida ciertos principios.

Se da, sí, una “falta de apertura para contar las cosas” bastante interesante, teniendo en cuenta la orgullosa vocación festiva, de escandalera y cervecita fresca con cualquier excusa, que se gasta en España; presuntamente más en el sur. “¡Naaaada! –salta el ex párroco: se nota que es para él un pleito viejo–. Es todo para afuera, para afuera... Sobre lo que les pasa por dentro luego no comparten nada”. 

“Conozco a un psiquiatra que cada vez que se mata alguno se lleva un cabreo tremendo”, continúa. [El psiquiatra en cuestión no quiso atendernos para este reportaje: malas experiencias previas con la prensa.] “Lo que no me explico es que una madre se quite la vida, habiendo un vínculo tan fortísimo con los hijos. Eso sí que no me entra”. “La cultura del pueblo admite esto. Ha sucedido a familias enteras [suicidio de muchos de sus miembros, se refiere]. Se admite como una forma más de muerte. Yo he visto ahorcados de niño en los olivares. Los encontrábamos allí cuando íbamos a jugar”.

Lo que sí tiene claro don Luis, lo que ha aprendido con los años, es que “no hay que juzgar nunca a nadie”, porque nunca se sabe qué ocurre en la vida y en la cabeza de cada uno. También, que cuando alguien decide matarse jamás es por un solo motivo (eso que suele decirse: como le pasó no sé qué, se suicidó): no, esto se fragua en silencio, durante mucho tiempo. Gota a gota hasta el ahogo. 

El fulgor

Vivo sin vivir en mí, / y de tal manera espero, / que muero porque no muero. Seguramente no se suele prestar la debida atención a estos versos tan célebres de Santa Teresa de Ávila. ¿Qué esperaba? En esa eterna guerra que libran en nuestra psique Eros y Tánatos, amor y muerte, la pasión y la destrucción, ambos polos comparten un mismo anhelo: recuperar la unidad primigenia; reparar el sentimiento de separación; volver a ser uno

Esa soledad de la que hablaba el sacerdote, y por la que nos pasamos la vida tratando de encontrar algo, alguien, por lo que ser dos (en pareja), varios (en familia), muchos (en una tribu que abriga, que hace olvidar el desamparo). Al no encontrarlo, no es descabellado que muchos opten por la otra vía hacia el mismo fin: la disolución en el vacío.      

Una guerra, hemos dicho. En Alcalá la Real, en la Sierra Sur, se han encontrado ahorcados en los olivares como se ven cadáveres aquí o allá en una zona de guerra. Pero Alcalá no está en guerra. No lo está ahora, al menos. Pero sí lo ha estado. A lo largo de siglos lo estuvo, hasta prácticamente antes de ayer.

Decíamos al principio que existe aquí una especie de brújula memorial que imanta la vista del transeúnte, prácticamente desde cualquier sitio: a no ser que se esté dando la espalda exactamente a esa dirección, cuesta que la mirada no gire hacia allí, como al escuchar un ruido lejano. La fortaleza de La Mota es un espejismo pétreo que domina todo el ámbito, y que parece haber resistido intacto desde hace mil años.

 Fue más o menos por entonces cuando alcanzó su verdadero dominio; desde siempre, por su situación geográfica y los azares bélicos (entre los reyes musulmanes y los cristianos, pero también entre las distintas facciones de Al-Ándalus), el castillo constituyó una plaza crucial, que pasó de unas a otras manos a costa de frecuentes incursiones sangrientas. Tomada finalmente en 1341 por el rey castellano Alfonso XI —de ahí el título de Real; Al Qal’a, en árabe: la fortaleza— sería la puerta al reino musulmán de Granada, hasta su conquista. 

El peligro de vivir allí queda reflejado, por ejemplo, en los diversos privilegios reales concedidos a los que habitasen la villa, como exenciones de impuestos y “no ser presos por deudas”. “Cercana como ninguna otra población cristiana a la capital del reino moro enemigo”, leemos sobre la historia local, “tuvo tantos privilegios que llegó a ser conocida como montaña de Andalucía”.

Espectacularmente recuperado en los últimos años, el recinto se encuentra en perfecto estado de revista para el visitante, haciendo recordar los escenarios de ciertas películas o series de televisión. En el interior de la Iglesia Mayor Abacial pueden verse los famosos enterramientos excavados en la roca; tumbas de diversas épocas, hasta el Renacimiento: antropomorfas, rectangulares; también criptas, y catacumbas. Porque, a la par que fortaleza, y villa medieval, en realidad La Mota, el lugar que preside todo este entorno, es una necrópolis.

Hay miles de leyendas en torno a esas guerras, las de hace siglos y las más recientes. Lo que no es leyenda es esa vieja costumbre por la cual en una guerra, en la tesitura de tener que doblar la rodilla ante el enemigo al ser derrotado, en el campo de batalla, en un asedio, muchos optaban por morir de su propia espada, antes que caer prisioneros del bando contrario. 

Pero hace no tanto también sucedía algo parecido: la represión tras la Guerra Civil fue brutal en muchos puntos de Andalucía, pero sobre todo en zonas de serranía en que aún podía resistir el maquis, los guerrilleros del monte. Alcalá lo fue; de nuevo punto caliente entre uno y otro bando. También —nos cuenta alguien muy atento a estas historias— era frecuente que aquellos se pegaran un tiro, antes de que los capturase el ejército franquista.

En psicología, desde el inconsciente colectivo de Jung (el mismo que consideraba normal sólo lo estadísticamente aceptado por la mayoría de la gente), desde antes incluso (Darwin llegó a olfatearlo), se viene contemplando la categoría transgeneracional que puede operar en todos nosotros: según esto, el inconsciente también es biológico, y guarda un código encriptado de comportamientos y patrones fuera del alcance de lo que podemos contemplar racionalmente. Cosas que ya se han decidido en nosotros, quizás, gota a gota, desde mucho antes.

Es decir: lealtades subterráneas hacia el clan, o la tribu. Nadie se extraña al escuchar: Mira, tiene los gestos de su madre, o ¿Ves? Las mismas manías que su padre. En Alcalá, en la Sierra Sur, en el famoso triángulo, no extraña nada el suicidio. Y, quitando lo aparatoso del gesto, tampoco extraña a nadie aquí, en el fondo, de manera intuitiva (inconsciente diría Jung), algo como: Se mató como su padre. En el mismo olivo. En la misma rama que su padre. [Vero, nuestra fuente, nos hablaba también de cierta “endogamia”, disipada con los años: “Aquí, primos con primos, lo que quieras”.]


Pero –ya lo sabíamos, desde el principio– no podemos dar respuestas. “No había motivos”, nos contaba Vero de sus amigos muertos en el instituto. “Nadie lo sabe”, decía Arcadio, el enterrador, “no puede saberse, no busques explicación” al enigma –por mucho que haya ánimas regresando para conjurar remordimientos–. 

Hay fulgores que no pueden comprenderse, los temas son fantasmas hambrientos, decía Borges, y (dijo Hamlet, aquél que también dudaba entre ser o no ser) hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que ha soñado tu filosofía. Que no encontremos razones no quiere decir que no las haya. Y que las haya no quiere decir que vayamos a descubrirlas algún día."              (Miguel Ángel Ortega Lucas, CTXT, 05/10/16)