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18/1/23

Cousas veredes... miedo a una nueva guerra civil en Estados Unidos... el sistema se está desmoronando, la violencia política está aumentando y hay dos mitades de Estados Unidos que no es que no compartan sus ideas políticas, es que ni siquiera comparten los consensos más básicos sobre la realidad... “La definición de conflicto civil [civil strife, el paso previo], comienza con 25 muertes en un año. En Estados Unidos los extremistas antigubernamentales mataron en 2019 a 42 personas; en 2018, a 53; en 2017, a 37; en 2016, a 72; y en 2015, a 70″... “No creo que asistamos a un conflicto del todo militarizado... asistiremos a una mayor violencia racial, étnica y política e ideológica entre ciertas comunidades, sobre todo en momentos determinados, como durante las elecciones o en eventos públicos. En otras palabras, corremos el peligro de volvernos mucho más como Irlanda del Norte... no es inconcebible que podamos caer en ese tipo de violencia política duradera de bajo nivel”... tampoco es descartable que se produzca una fractura... que, de pronto, California decida independizarse. Después de todo, es una de las mayores economías del mundo... apunta la idea de una división del país, que convendría organizar pacíficamente antes de que sea tarde... "Somos más como una república federada de dos naciones: los azules [liberales] y los rojos [conservadores]. No es una metáfora; es una realidad geográfica e histórica... Tanto espacial como culturalmente, corresponde a las divisiones entre la Unión y la Confederación”. Esa división se ve claramente en niveles tan elementales como las juntas escolares, que la pandemia convirtió en verdaderos campos de batalla, y en asuntos como el aborto

 "Hay palabras que se resisten a convivir a la ligera. ‘Guerra’ y ‘civil’ son dos de esas palabras. Pero el caso es que se escuchan juntas frecuentemente estos días en Estados Unidos. Y no son las jeremiadas de cuatro extremistas: han resonado durante las seis semanas de audiencias de la comisión que investiga el ataque al Capitolio en boca de congresistas, de insurgentes que participaron en el asalto y de colaboradores de Donald Trump que se apearon en marcha del tren que iba a toda máquina hacia el golpe de Estado. También aparecen en ensayos y en artículos periodísticos y académicos, así como en discursos de políticos moderados.

Puede sonar exagerado ―y no sería raro: simplificar y exagerar son deportes nacionales en esta sociedad― pero, arguye Barbara F. Walter, profesora de Ciencia Política de la Universidad de California en San Diego, también parecía absurdo durante los meses o años previos a que estallaran conflictos en los lugares, desde Yugoslavia hasta Siria o Irak, que ella estudia para entender el modo en el que se ha desatado la violencia en las últimas tres décadas y las lecciones que cabe extraer para evitar que vuelva a suceder. “Mientras me dedicaba a ese trabajo, me di cuenta de algo inquietante: las señales de inestabilidad que identificamos en otros países son las mismas que he comenzado a ver en el mío”, explica en How Civil Wars Start (Cómo empiezan las guerras civiles, Crown, 2022).

Walter escoge con cuidado sus palabras en uno de los ensayos de la temporada. Y resulta sombríamente persuasiva, cuando, por ejemplo, argumenta que Estados Unidos cumple los dos requisitos que más se repiten en la inminencia del conflicto fratricida. El primero: el país ha caído por primera vez en los últimos años en el grupo de las que el laboratorio de ideas de Virginia llamado Center of Systemic Peace considera “anocracias”, regímenes que se sitúan en los grises que hay entre las democracias completas y las autocracias puras. Dos sistemas que, por razones diametralmente opuestas, nunca se deslizan, dice Walter, hacia la guerra civil.

El segundo factor de riesgo llega cuando los partidos políticos empiezan a organizarse a los dos lados de líneas rojas basadas en “la raza, la religión o la identidad”, rasgos que la experta observa en la guerra cultural (esa sí, ya en marcha) que libran republicanos y demócratas. Para ella, “el ataque al Capitolio y la politización del uso de las mascarillas durante la pandemia” son dos manifestaciones de algo que viene de más lejos: “En la última década, la desigualdad ha crecido y nuestras instituciones se han debilitado [están en mínimos históricos en términos de confianza de los ciudadanos, según una encuesta hecha pública esta semana por otra institución, Gallup]. Los estadounidenses están cada vez más cautivos de los demagogos, a través de sus pantallas y de sus gobiernos”. Y lo que es más preocupante a corto plazo: “Los grupos extremistas violentos, especialmente de la derecha radical, son más robustos que nunca, aunque su crecimiento pueda parecer imperceptible”.

El ensayista Stephen Marche es autor de The Next Civil War. Dispatches from the American Future (La próxima guerra civil. Despachos desde el futuro de Estados Unidos, Avid Reader Press, 2022), un libro provocador desde sus primeras frases: “Estados Unidos está llegando a su final. La pregunta es cómo”. Marche recuerda en una conversación telefónica que la revista Foreign Policy “pidió, a raíz de la elección [en 2016] de Donald Trump, a un grupo de expertos en seguridad nacional que evaluaran las posibilidades de una guerra civil en los próximos 10 a 15 años”. “El consenso se situó en el 35%”, añade. “Una encuesta de 2019 de la Universidad de Georgetown preguntó a los votantes registrados cuán cerca veían el país al borde de una guerra civil, en una escala de 0 a 100. La media de sus respuestas fue 67,23 puntos”.

Lo que sucedió entre uno y otro sondeo es, obviamente, la presidencia de Donald Trump, que empezó con él diciendo en las escaleras, precisamente, del Capitolio: “La carnicería americana debe parar inmediatamente”. Y terminó con su sucesor, Joe Biden, confesándole a un congresista, poco antes del día de las elecciones: “Ciertamente espero que esto funcione. Si no, no estoy seguro de que vayamos a tener un país”. La admonición de Biden la recogen Jonathan Martin y Alexander Burns en el recién publicado This Will Not Pass: Trump, Biden and the Battle for America’s Future (Esto no pasará: Trump, Biden y la batalla por el futuro de América, Simon & Schuster, 2022).

Un país dividido

Aunque sería injusto echarle toda la culpa a Trump, que dijo en 2017: “No he venido a dividir al país. Ya estaba profundamente partido cuando llegué”. El último despacho desde el futuro de Estados Unidos llegó esta semana a darle la razón desde Kentucky. Allí, un tipo llamado C. Wesley Morgan, que hizo su dinero con un imperio de licorerías, recibió en su mansión la visita de un asesino perturbado que mató a una de sus hijas. No le valió de nada haberse construido un búnker para “protegerse en caso de guerra civil”. Se lo mandó hacer durante la Administración de Barack Obama, un tiempo en el que se convenció de que la sociedad estaba “al borde del colapso”.

“Por supuesto, ninguna predicción está tallada en piedra, pero creo que es innegable que el sistema se está desmoronando, que la violencia política está aumentando y que hay dos mitades de Estados Unidos que no es que no compartan sus ideas políticas, es que ni siquiera comparten los consensos más básicos sobre la realidad. Alguno podría argumentar que estos episodios convulsos ya se dieron en los años sesenta y setenta”, aclara Marche, de nacionalidad canadiense. “Pero me temo que esta vez no los superaremos a golpe de hedonismo y nos veremos de repente en una nueva era disco”. El autor recuerda que cuando estaba escribiendo el libro, que empezó tras asistir a la toma de posesión de Trump, sus amigos y editores le trataban de persuadir contra su “alarmismo”. “Verás cómo llega un enemigo externo que nos unirá a todos’, me decían. Vino la pandemia, y fue peor aún. Pasado el 6 de enero, respiraron tranquilos: ‘Bueno, ya no lo publicarás, porque después de esto no queda otra que reconciliarnos como sociedad’. Tuve que esforzarme por no reírme en sus caras”, dice. Finalmente, lo lanzó hace seis meses, y desde entonces, añade, contempla cómo se amontonan más pruebas que “apuntalan” sus teorías. Las dos últimas: la matanza en un supermercado de Búfalo de 10 afroamericanos a manos de un joven intoxicado por el supremacismo blanco, y la detención de un hombre armado con intención homicida en las inmediaciones de la casa en un suburbio de Washington del juez del Supremo Brett Kavanaugh.

En un país con más armas (unos 390 millones) que habitantes (332 millones), en el que un candidato al Senado (el republicano Eric Greitens, Misuri) puede protagonizar un anuncio electoral en el que fantasea rifle en mano con matar rinos (siglas en inglés para republicanos solo de nombre), tanto Marche como Walter se ponen de acuerdo en señalar el mismo caso como paradigmático de la nueva y ominosa realidad: el arresto, en octubre de 2020, de 13 sospechosos de orquestar un complot para secuestrar a la gobernadora demócrata de Míchigan, Gretchen Whitmer. Planeaban llevarla a un lugar secreto, juzgarla por los confinamientos que había decretado durante la pandemia por traición (a la autonomía personal, se entiende) y ejecutarla. La mitad de los sospechosos estaban vinculados a una milicia local, los Wolverine Watchmen, emparentada con otros grupos de extrema derecha claves en el ataque al Capitolio, como los Proud Boys o los Oath Keepers. El líder de estos, Stewart Rhodes, declaró en una entrevista con The Atlantic publicada en noviembre de 2020, dos meses antes del asalto: “No jodamos. Ya estamos en una guerra civil”. Marche recuerda que, según las métricas del Instituto de Investigación de la Paz de Oslo, hacen falta 1.000 muertes de combatientes en un año para poder dar la razón a Rhodes. “La definición de conflicto civil [civil strife, el paso previo]”, aclara, “comienza con 25 muertes en un año. En Estados Unidos los extremistas antigubernamentales mataron en 2019 a 42 personas; en 2018, a 53; en 2017, a 37; en 2016, a 72; y en 2015, a 70″.

Esos grupos centraron una de las sesiones del comité que investiga el 6 de enero, durante la que el congresista demócrata Jamie Raskin (Maryland) trató de demostrar la relación entre lo que dijo e hizo Trump en los días previos y durante la fatídica jornada, y la violencia que desataron esos milicianos que acudieron a su llamada en Washington (“Estad allí. Será salvaje”, les prometió en un tuit). Raskin, brillante orador que salpica sus discursos de referencias a la historia intelectual y política de la fundación y la reconstrucción estadounidenses, coincide con el resto de los expertos consultados en que, de producirse, la segunda guerra civil no será como la primera (1861-1865). “No creo que asistamos a un conflicto del todo militarizado”, aclara a EL PAÍS este demócrata en ascenso. “Pero sí creo que si no le pasamos la cuenta al insurreccionalismo que se organizó aquel día, asistiremos a una mayor violencia racial, étnica y política e ideológica entre ciertas comunidades, sobre todo en momentos determinados, como durante las elecciones o en eventos públicos. En otras palabras, corremos el peligro de volvernos mucho más como Irlanda del Norte”.

Ese recurso a los Troubles, nombre con el que se conoce al conflicto norirlandés, es una constante en la retórica de quienes aquí alertan sobre una guerra civil. La comparación inquieta al dublinés Fintan O´Toole, firma habitual de la revista The New York Review of Books, donde escribe sobre política estadounidense. Su último libro es una “historia personal” de su país. “Es importante recordar que el conflicto de Irlanda del Norte nunca se convirtió en una guerra civil”, apunta en un correo electrónico. “Hubo actos regulares de violencia extrema por parte de grupos paramilitares y respuestas violentas por parte del Estado, pero eso, como en España saben perfectamente, no es una guerra civil. Lo cual no significa que lo sucedido en Irlanda del Norte no fuera terrible, o que este tipo de conflicto no sea horroroso. Lo es, y no es inconcebible que Estados Unidos pueda caer en ese tipo de violencia política duradera de bajo nivel. Pero llamar a esto guerra civil no sirve, sino que alimenta la mentalidad tóxica del grupo de quienes quieren ver violencia a gran escala”.

Secesión pacífica

Agnieszka Paczynska, de la Escuela de Análisis y Resolución de Conflictos de la Universidad George Mason en Arlington, en el Estado de Virginia, no pertenece a ese grupo, pero tampoco descarta durante una conversación en un café de Washington “que se produzca una fractura, o que, de pronto, California decida independizarse. Después de todo, es una de las mayores economías del mundo”. Para ella, el problema está en un sistema que no funciona, por ejemplo, en la distribución de los votos electorales, que permite que “un lugar como Wyoming [580.000 habitantes] tenga dos senadores, los mismos que California [39 millones]”. “Para cambiar eso, habría que cambiar la Constitución, y tendrían que votar a favor los miembros del partido [republicano] que perdería con esa nueva distribución. ¿Por qué iban a hacerlo?”, se pregunta.

Esa idea de una división del país que tal vez convendría organizar pacíficamente antes de que sea tarde también resurge estos días en la conversación (“la secesión no sería un fracaso, en vista de las tensiones actuales”, opina Marche). Tal vez la unión solo haya sido un espejismo de 160 años. “En realidad, nunca hemos sido una nación. Somos más como una república federada de dos naciones: los azules [liberales] y los rojos [conservadores]. No es una metáfora; es una realidad geográfica e histórica”, escribió recientemente el analista Michael Podhorzer en su influyente newsletter electoral. “Tanto espacial como culturalmente, corresponde a las divisiones entre la Unión y la Confederación”. Esa división se ve claramente en niveles tan elementales como las juntas escolares, que la pandemia convirtió en verdaderos campos de batalla, y en asuntos como el aborto: la reciente sentencia del Tribunal Supremo que deroga el derecho federal a su acceso ha pintado, de facto, un mapa de Estados permisivos y restrictivos que recuerda al de la Guerra de Secesión.

Podhorzer coincide con otros analistas en que el problema no es tanto una posible guerra civil, como que Estados Unidos acabe en brazos del autoritarismo, y que la primera jugada de esa partida ya se ha perdido con el control del Supremo (la siguiente llegará en 2024, si los negacionistas del triunfo de Biden se hacen con el control de la maquinaria electoral). Esa deriva se teme también Paul Stanley, de la Universidad de Yale, que, en un artículo en The Guardian, considera que “el movimiento fascista estadounidense contemporáneo está liderado por intereses oligárquicos para quienes el interés público es un incordio, como los del negocio de los hidrocarburos, así como un movimiento social, político y religioso con raíces en la Confederación. Como en todos los movimientos fascistas, estas fuerzas han encontrado en la figura de Trump un líder popular no sujeto a las reglas de la democracia”.

Todas las voces en este debate están de acuerdo al menos en una cosa: ya sean de una guerra civil, de un futuro fascista o de la secesión, las premoniciones son abundantes y difíciles de ignorar. Marche se consuela pensando que “si hay algún país capaz de una reinvención política a gran escala, ese es Estados Unidos”. O’Toole prefiere recurrir a un sabio europeo, Hans Magnus Enzensberger, quien escribió en los años noventa que “no hay guerra civil útil”.

Entre tanto, el izquierdista Bernie Sanders se hizo viral esta semana con un vídeo en el que una simpatizante acudía a él (y a la altura de sus 80 años) en busca de consejo para, dadas las circunstancias, no caer en el fatalismo, en la “pérdida de toda esperanza”. “Estos son tiempos muy duros, y es importante ser honestos con eso. Pero no son los únicos tiempos difíciles por los que hemos pasado como nación. No os dejéis atrapar por el pesimismo. Las cosas cambian. Mejoran. Por eso es importante no abandonar la lucha”, respondió el viejo senador."                     (Iker Seisdedos , El País, 24/07/22)

13/9/22

El imperio se rompe por dentro... La lógica «amigo y enemigo», constitutiva de las relaciones entre comunidades políticas distintas, está ganando terreno como forma de dirimir las diferencias al interior de la comunidad política estadounidense... Trump logró erigirse en la figura que expresa el sentido común de una parte de la llamada Deep America, en la que el descontento blanco ya no se vehiculiza mediante búsqueda de consensos sino de rupturas radicales. El primer presidente negro, dentro de esa subjetividad, desde luego no podía ser un estadounidense legítimo Estados Unidos entra hoy a la fase de desintegración interna probablemente más peligrosa de su historia desde la guerra civil de 1861 a 1865 ¿Se evitará la guerra civil? Existen observadores que afirman que, aunque en forma de guerra de baja intensidad, esa conflagración ya comenzó. El mundo se juega mucho en cómo los estadounidenses logren procesar su conflictividad interna sin desintegrarse.

 "Las recientes decisiones de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre temas como el aborto, protección medioambiental, derecho al voto de minorías y porte de armas se inscriben en una disputa de tipo existencial que está teniendo lugar al interior de la sociedad estadounidense.

Eventos como la elección de un presidente negro, la irrupción de minorías raciales en el Congreso federal y el avance de movimientos subalternos como el BLM (siglas de Black Lives Matter) han hecho creer a una parte importante de los estadounidenses blancos que su marco identitario esencial está amenazado. A ello se le suma un progresivo proceso de debilitamiento de las instituciones públicas como resultado de décadas de implantación de políticas neoliberales en el país.

La presencia de jueces ultraderechistas, las recurrentes masacres en manos de supremacistas blancos, la violencia policial selectiva y la imparable lógica política trumpista son los emergentes más visibles de un proceso subterráneo que ha ido transformando lentamente el imaginario social. Para comprender estos cambios en toda su dimensión, entonces, debemos analizarlos en un doble plano: por un lado, el de la disputa existencial; por otro, el de la debilidad institucional. 

La disputa existencial estadounidense 

Para evitar la guerra o la descomposición interna, las disputas dentro de una comunidad política deben procesarse en términos de adversarios legítimos y no de enemigos irreconciliables. A su vez, los miembros de esa comunidad de alguna forma deben asumirse parte de lo que Carl Schmitt (2009) denominaba una «igualdad sustancial», lo que implica reconocer la existencia de un marco histórico común que fundamenta un presente y un futuro compartido.

Así, las instituciones formales funcionan como el mecanismo mediante el cual los actores sociales procesan sus diferencias; para ello, dicho marco institucionalidad debe gozar de legitimidad en el sentido weberiano, esto es, aceptación interna. Que las personas interpreten esas instituciones en un registro positivo porque en ellas ven la materialización de ciertos ideales nucleares del grupo como lo son la patria, la identidad, el bienestar colectivo, etc. De este modo, las instituciones son legítimas en tanto proyecten, y en cierta medida materialicen, un ideal de lo que es común a todos.

Cuando las diferencias dominantes no se pueden procesar en términos de adversarios, en cambio, esa comunidad política ha pasado a la lógica de amigo y enemigo. La cual, citando nuevamente a Schmitt, concierne no a la política interna sino a la externa. El enemigo no puede ser parte de la comunidad porque la existencia de este implica un exterior constitutivo en el sentido derridiano. Es decir, es ese otro externo cuya presencia da forma al nosotros interno.

Toda identidad colectiva, sostienen Laclau y Mouffe (2015), implica «lógicas de frontera». De modo que no hay identidad que adquiera el rango de política —en el sentido schmtiano de que agrupe en términos de «ellos» y «nosotros» a un grupo grande, como una nación— que no se establezca a partir de dinámicas fronterizas y exteriores constitutivos. Somos un «nosotros» en la medida que no somos «ellos».

Mantener, pues, las diferencias internas fuera de la lógica amigo y enemigo permite que las discrepancias entre los diversos actores de la comunidad política no socaven la legitimidad que entre adversarios deben reconocerse. Ello da estabilidad al orden institucional al tiempo que posibilita el mencionado marco de proyecto común.

Una vez que el «ellos» y el «nosotros» emergen internamente no es posible procesarlos institucionalmente, ya que significa que una parte de la comunidad política desconoce la legitimidad de la otra. Las instituciones se interpretan en registros opuestos según el lugar de cada grupo en disputa. En tales contextos, la historia es clara: lo que sobreviene es la guerra civil. Sin un marco legítimo donde entre grupos amplios y diferentes de una comunidad resuelvan sus querellas y equilibren sus aspiraciones, lo que queda es la violencia. Y, con ello, la descomposición interna. Tal es el escenario que, en nuestra opinión, se está configurando actualmente en los Estados Unidos.

 «Ellos o nosotros» 

Para un amplio sector de los estadounidenses blancos hay una parte de su sociedad que constituye un «ellos» antagónico a su «nosotros» esencial. O, lo que es lo mismo, un enemigo al cual se debe derrotar con todos los medios que sean necesarios —incluyendo la eliminación física, como creyó el genocida de Búfalo hace poco—.

Ese «otro» dejó de ser un adversario con el que, aunque se sepa que nunca se coincidirá en lo fundamental, se puede establecer un marco de legitimidad compartida. Así era cuando entre demócratas y republicanos luchaban políticamente dentro de claves institucionales: ganara quien ganara, cada cuatro años lo fundamental del país seguía igual. Y ello porque la comunidad política estadounidense, a nivel interno, se gestionaba fuera de la lógica de la disputa existencial. Ya no es el caso.

La «nación existencial» (Villacañas, 2014) es la que establece relaciones de amigo y enemigo. Esta forma de nación está siempre latente dentro de toda comunidad política. Aparece de tiempo en tiempo. Y le compete a cada orden institucional mantenerla contenida mediante mecanismos adecuados.

En Estados Unidos sucede que hoy día ese tipo de nación, encarnada en buena parte de su mayoría blanca, ha irrumpido con una fuerza e ímpetu significativos (en un país con una historia de violencia racial constitutiva). El trumpismo es un significante vacío que agrupa diversas demandas de buena parte de los estadounidenses blancos descontentos.

La lógica política trumpista es un elemento estructurante que da unidad y conducción para que sus idearios obtengan resultados políticos concretos. Y el Partido Republicano, en tanto tomado totalmente por el trumpismo (según encuestas, más del 90% de votantes republicanos es favorable a Trump), está trasladando a las instituciones —Congreso, Corte Suprema, tribunales federales y otras— esa lógica de disputa existencial. He ahí, pues, la clave fundamental desde la que entender la radicalidad de los jueces supremos.

Cuando Barack Obama llegó a la presidencia cambiaron muchas cosas. Visto en retrospectiva, sin embargo, podemos decir que ese fue el momento en que la lógica existencial de los blancos tomó su impulso decisivo. No es fortuito que al primer presidente negro le sustituyera en la Casa Blanca el primer presidente de ultraderecha.

Donald Trump, multimillonario devenido en mesías del populismo reaccionario, se hizo políticamente relevante cuando encabezó aquella rocambolesca campaña que sostenía que Obama no era estadounidense sino africano. En la perspectiva demócrata, anclada en la lógica del «votante medio», aquello se interpretó como una locura sin más. Incluso hubo una ocasión en la que el presidente Obama, en un evento social, se mofó frente al propio Trump de ese bulo.

Pero se equivocaron —ellos y casi todos nosotros— al minimizar esa narrativa, puesto que la misma contenía algo más profundo. Algo estaba cambiando en el «votante medio», y una parte significativa de los estadounidenses blancos se estaba radicalizando, estaba pasando a una lógica existencial en la que las cosas no se miden en términos de veracidad ni de hechos sino de percepciones guiadas por factores emocionales. Lo cual proyecta a la lucha política hacia planos que superan los clivajes tradicionales de «demócratas versus republicanos» o «liberales (en el sentido norteamericano) contra conservadores».

Desde ese entonces, Trump logró erigirse en la figura que expresa el sentido común de una parte de la llamada Deep America, en la que el descontento blanco ya no se vehiculiza mediante búsqueda de consensos sino de rupturas radicales. El primer presidente negro, dentro de esa subjetividad, desde luego no podía ser un estadounidense legítimo. Trump, el varón blanco nacionalista y agresivo que rompe los moldes de la conducta institucional, fue el justiciero que volvió a poner cada cosa en su sitio, a retrotraer las cosas a la «América grande» donde mandan los blancos y, por tanto, las personas negras y otros «ellos» están en su lugar correspondiente.

 Moral, libertad y raza

 El trumpismo se convirtió en una lógica política hegemónica, esto es, capaz de articular demandas diversas y de establecer fronteras antagónicas frente a otras hegemonías (en este caso, ante la hegemonía centrista tradicional). Movió las coordenadas del conflicto político estadounidense hacia superficies de disputa existencial. De ahí la elección de jueces de ultraderecha —y evidentemente supremacistas— a la Corte Suprema bajo su presidencia, rompiendo abiertamente con el hasta entonces hegemónico consenso de la moderación centrista.

En tal contexto, los senadores republicanos, que otrora se inscribían en dicho consenso, tenían dos opciones: o apoyaban a los jueces propuestos por el mesías de su partido radicalizado existencialmente o simplemente no volvían a ganar una elección en sus estados. Aun en el contexto de lógicas políticas existenciales, el pragmatismo electoral pesa.

Así las cosas, los jueces electos por el trumpismo emprenden desde las cortes una lucha contra el enemigo existencial de la «América auténtica». En el plano moral-religioso se trata de desmontar leyes a favor del aborto y de matrimonios LGBTQ+ y racialmente mixtos que, en el contexto de correlaciones políticas anteriores, sectores subalternos lograron se aprobasen. En el plano de la libertad (significante político constitutivo de este país) implica acabar con todos los límites que, en los mismos términos anteriormente señalados, se han venido imponiendo en las últimas décadas respecto al porte de armas y el uso indiscriminado de dinero para financiar campañas políticas. Y, en cuanto a lo racial, significa eliminar prohibiciones como las que dictaminaron varios tribunales estatales en lo que respecta a la manipulación distritos electorales (gerrymandering) para evitar que, aun siendo mayoría, los negros siguieran casi sin representación en varios congresos locales.

He aquí tres aspectos centrales: moral, libertad y raza. La concepción de mundo blanco-anglosajona estadounidense se construyó históricamente, en lo fundamental, sobre esos tres pilares. Y ello fue lo que, como sostiene Howard Zinn (2003), utilizaron las élites de principios del siglo XIX para fomentar el racismo del blanco pobre contra el negro en momentos en que entre estos dos grupos comenzaban a tejerse relaciones de hermandad y solidaridad a resultas de la creciente desigualdad que sufrían. El trumpismo en su versión judicial, desde la Corte Suprema, trabaja directamente para recomponer el país en claves del siglo XIX.

El presidente Joe Biden, tras conocerse la decisión que anuló el precedente de casi 50 años de Roe vs Wade en relación al derecho al aborto, dijo que esta era una Corte «extrema». La otrora sacrosanta Corte Suprema, que simbolizaba imperio de la ley y solemnidad republicana, es ahora tratada como un ente partidista más. Con el agravante de que se la ubica en el extremo del espectro político; esto es, no se le reconoce legitimidad. Como vimos, una vez las instituciones pierden legitimidad entendida como aceptación el conflicto político-social pasa a otros ámbitos. Lo que hace que la idea del «todos» como horizonte común al interior de la comunidad política se derruya.

Para los demócratas, tanto del ala centrista-neoliberal como de la izquierdista-socialista, esta Corte Suprema no forma parte del «nosotros». La expresión institucional del trumpismo condujo a los demócratas a inscribirse, en forma de reacción, en una dinámica también existencial. Las luchas electorales que se avecinan, en tal contexto, no estarán inscritas solo en política contingente, sino que —y esto es lo decisivo— estarán signadas por la pugna entre dos Estados Unidos que no se reconocen legitimidad el uno al otro.

De ahí que entre demócratas y republicanos actualmente no se pueden poner de acuerdo en casi nada. La lógica amigo y enemigo, constitutiva de las relaciones entre comunidades políticas distintas, está operando al interior de la comunidad política estadounidense. Lo cual no hace sino evidenciar que Estados Unidos es un país roto por dentro. 

El neoliberalismo contra el bien común 

En los últimos cuarenta años, Estados Unidos ha vivido bajo un sistemático ataque neoliberal contra lo público (Brown, 2016; Harvey, 2007; Zuboff, 2020) que ha debilitado considerablemente la capacidad de respuesta de las instituciones para atender las causas de la disputa existencial actual. Ahora bien, este avance neoliberal debe entenderse en dos planos: la estructura cultural-ideológica sobre la que se asentó y su cristalización en el nivel de políticas concretas.

En primer lugar, el neoliberalismo estadounidense vino de la mano de lo que George Lakoff (2007) caracteriza como la articulación entre el Partido Republicano y ciertas élites económicas para desmontar a nivel de los «marcos mentales» del ciudadano medio el consenso del New Deal. Para ello se sirvieron del aparato conceptual-discusivo que les proveyeron autores como Hayek, Rothbard y Friedman en su versión más propagandística. Las ideas (y elucubraciones) de estos referentes neoliberales fundamentaron los marcos mediáticos que fueron colocándose en la opinión pública.

Lo público y el Estado eran presentados como «enemigos de la libertad» y, por consiguiente, contrarios a la creación de riqueza. Esa convergencia entre libertarismo y conservadurismo estadounidenses dio lugar al «paleolibertarismo», marco de análisis político, social, económico y cultural en el que se formaron diversas figuras que luego pasaron a ocupar cargos de dirección en administraciones republicanas desde Reagan y demócratas con Clinton (Zuboff, 2020).

Esa sistemática operación mediática —vehiculizada mediante el incentivo de marcos mentales que vincularan valores morales y costumbres preexistentes con idearios neoliberales (Lakoff, 2007)— dio como resultado que millones de estadounidenses de clase media y baja asumieran la narrativa antiestatal y antirregulación, que en los hechos solo es favorable a los ricos. Tal identificación construyó un sentido común tendencialmente mayoritario que naturalizó el neoliberalismo, instalando así una hegemónica y ubicua matriz subjetiva neoliberal.

A partir de ese punto, lo que se inició con Reagan fue un amplio proceso de desregulación financiera, desmonte de protecciones medioambientales, baja de impuestos a las rentas altas y ganancias de capital, etcétera, que continuó indemne en las administraciones subsiguientes de ambos partidos. Esta «neoliberalización de la sociedad estadounidense», a nivel subjetivo y estructural, debilitó decisivamente el marco institucional surgido del New Deal que, entre 1945 y 1975 (la época de mayor prosperidad de la historia norteamericana y occidental) había asegurado la existencia de una sociedad cohesionada en base a clases medias fuertes, derechos sociales garantizados y separación entre intereses corporativos e intereses de Estado. 

Desintegración 

Estados Unidos entra hoy a la fase de desintegración interna probablemente más peligrosa de su historia desde la guerra civil de 1861 a 1865. Y lo hace en medio del auge de un sentido común de época neoliberalizado, individualista y extremadamente poco solidario.

Pareciera que las preocupaciones del conservador Samuel Huntington contenidas en su libro Who are we? cristalizan hoy en el trumpismo. Pero, a diferencia de lo que afirmaba allí el autor, lo que amenaza a la sociedad estadounidense no es el reto demográfico hispano sino la respuesta de una parte de la mayoría blanca ante las identidades no blancas (racial y culturalmente) y subalternas (feministas, LGBTQ+, antirracistas, socialistas) que emergen frente al orden anglosajón históricamente hegemónico.

La disputa existencial que en los Estados Unidos de hoy se afirma como tendencia dominante para la resolución de conflictos políticos, entraña una peligrosidad inédita. Porque el enemigo contra el que lucha el trumpismo no es un «ellos» homogéneo. Es algo mucho más grande, que ya está respondiendo, y que el Partido Demócrata y sectores liberales no logran canalizar institucionalmente. 

¿Se evitará la guerra civil? Existen observadores que afirman que, aunque en forma de guerra de baja intensidad, esa conflagración ya comenzó. El mundo se juega mucho en cómo los estadounidenses logren procesar su conflictividad interna sin desintegrarse."          

( , Politólogo dominicano residente en Ecuador. Magíster en Teoría Política por la Universidad Complutense de Madrid, es investigador y especialista en teoría de la democracia y en análisis del neoliberalismo y los populismos , JACOBIN América Latina, 26/07/22)