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3/10/22

Milanovic: la izquierda debería trabajar para crear un nuevo tipo de internacionalismo capaz de brindar una respuesta efectiva a la globalización

 "(...) PP: Esto nos conduce a mi próxima pregunta, que es sobre la globalización y las soberanías fragmentadas. Dijiste que, en vez de intentar volver a los años dorados de la época de Bretton Woods, la izquierda debería trabajar para crear un nuevo tipo de internacionalismo capaz de brindar una respuesta efectiva a la globalización. ¿Cómo sería? Quiero decir, más allá de la retórica de la solidaridad internacional, ¿qué concepto de soberanía hay detrás de esta idea? 

BM: Este es acaso el problema más grande, y no sé si puedo hacerle justicia. Empezaría respondiendo en términos negativos: creo que este anhelo de la época dorada del capitalismo o de Les Trente Glorieuses es absolutamente errado, porque las condiciones actuales cambiaron completamente. Pienso que todo el mundo tiene bastante claro que este período no volverá por arte de magia. Pero, aun así, tenemos gente en la izquierda que está a favor de limitar la migración y de restringir los flujos de capital, lo que es difícil porque implicaría hacer marcha atrás en el proceso de globalización, y esto tendría el efecto de reducir los ingresos a nivel mundial. Pienso que estas medidas reaccionarias son dañinas y tenemos que cuidarnos contra cierto impulso anti-internacionalista.

Me parece que la dificultad es básicamente que la izquierda estaba muy cómoda, por motivos históricos, trabajando dentro de los parámetros del Estado nación y proclamando al mismo tiempo una especie de solidaridad retórica con otros pueblos. Pero ahora tenemos un problema que es que las personas de los países pobres quieren mudarse a los países que tienen un Estado de bienestar, y esto potencialmente debilita la posición de los trabajadores nativos.

Por lo tanto, tenemos un conflicto real: ¿a quién representamos y cómo reconciliamos estas dos tendencias? (...)"               (Entrevista a Branko Milanovic, Pablo Pryluka, JACOBIN, 29/09/22)

10/8/21

Rosa Luxemburg y el internacionalismo

 "En muchos momentos de su larga historia, el movimiento obrero ha tenido que optar: o bien apoyar el nacionalismo, la defensa nacional y la guerra, o bien luchar por el internacionalismo: Proletarios de todos los países, ¡uníos! Esta elección trascendental ha determinado el curso de la historia en muchos momentos decisivos.

Pocas figuras del movimiento socialista han estado tan comprometidas con el programa internacionalista como Rosa Luxemburg. Era judía, polaca y alemana, pero su única matria fue la Internacional Socialista. Es cierto, sin embargo, que este internacionalismo radical le llevó a adoptar posiciones cuestionables sobre la cuestión nacional. 

Por ejemplo, con respecto a Polonia, su país natal, no solo se opuso al llamamiento a la independencia nacional polaca, planteado por los socialpatriotas del Partido Socialista Polaco de Józef Piłsudski, sino que también rechazó el apoyo de los bolcheviques al derecho de autodeterminación de Polonia (incluido el derecho a separarse de Rusia).

Hasta 1914 basó sus puntos de vista en argumentos economicistas: dado que la economía polaca ya estaba integrada en la rusa, la independencia de Polonia era una reivindicación puramente utópica, compartida únicamente por sectores aristocráticos reaccionarios o pequeñoburgueses. Asimismo concibió las naciones como fenómenos fundamentalmente culturales, proponiendo por ello la autonomía cultural como solución a las demandas nacionales. Su enfoque adolece precisamente de la dimensión política de la cuestión nacional, resaltada en los escritos de Vladimir Lenin sobre la cuestión: el derecho democrático de autodeterminación.

Sin embargo, en un artículo, al menos, abordó la cuestión de una manera mucho más abierta y dialéctica: la introducción de 1905 a la recopilación La cuestión polaca y el movimiento socialista. En este ensayo establece una cuidadosa distinción entre el derecho legítimo de toda nación a la independencia ‒“que se desprende de los principios elementales del socialismo”‒ y la deseabilidad de esta independencia para Polonia, que ella niega. Insiste asimismo en que la opresión nacional es “la opresión más insoportable por su barbaridad” y solo puede provocar “hostilidad y rebelión”/1. 

No obstante, algunos años después, en su cuaderno de notas de 1918 sobre la Revolución Rusa ‒que contiene críticas muy válidas a las restricciones a la democracia y la libertad por parte de los bolcheviques‒, vuelve a rechazar toda referencia al derecho de autodeterminación de las naciones, tachándola de “fraseología pequeñoburguesa vacía”/2.

La mayoría de comentarios sobre el internacionalismo de Rosa Luxemburg ‒incluidos algunos escritos del autor de estas líneas‒ abordan principalmente, y a veces exclusivamente, sus tesis cuestionables sobre los derechos nacionales. Lo que se echa en falta en este terreno, sin embargo, es el lado positivo de su punto de vista: su destacada contribución a la concepción marxista del internacionalismo proletario y su rechazo obstinado de cualquier concesión a las ideologías nacionalistas y chovinistas. En las páginas siguientes trataré de resumir brevemente esta contribución.

Georg Lukács, en su capítulo sobre “El marxismo de Rosa Luxemburg” de Historia y conciencia de clase (1923), alega que la categoría dialéctica de totalidad es “la verdadera portadora del principio revolucionario en la ciencia”/3. Para él, los escritos de Luxemburg, especialmente La acumulación de capital (1913), eran buenos ejemplos de este enfoque dialéctico. Pero cabe decir lo mismo de su internacionalismo: ella analizaba, comentaba y juzgaba todas las cuestiones sociales y políticas desde el punto de vista de la totalidad, es decir, desde la perspectiva de los intereses del movimiento obrero internacional. 

Esta totalidad dialéctica no era una abstracción, un universalismo vacío, o un conglomerado de seres indiferenciados; en efecto, Luxemburg sabía muy bien que el proletariado internacional era una pluralidad humana compuesta de gente que tenía sus propias culturas, lenguas e historias; sus condiciones de vida y de trabajo también eran muy distintas. 

En La acumulación de capital hay una larga descripción del trabajo forzoso en las minas y plantaciones de Sudáfrica: nada equivalente podía encontrarse en fábricas alemanas. Pero esta diversidad, dice, no debería ser un obstáculo a la acción común. En otras palabras, para ella, al igual que para Marx y Engels, el internacionalismo significaba Proletarier aller Länder, vereinigt euch!, la unidad de la clase trabajadora de todos los países contra su enemigo común: el sistema capitalista, el imperialismo, las guerras imperialistas.

Por eso Luxemburg rechazó, poco después de su traslado a Alemania y su adhesión a las filas del Partido Socialdemócrata (SPD), toda concesión al militarismo, a los créditos de guerra, a las expediciones navales, etcétera. Mientras que el ala derecha socialdemócrata ‒incluidos Wolfgang Heine y Max Schippel‒ eran propensos a negociar acuerdos con el gobierno del káiser sobre estas cuestiones, ella denunció abiertamente tales capitulaciones, supuestamente justificadas por la “necesidad de crear puestos de trabajo”. El historiador Peter Nettl, en su biografía ‒útil, aunque limitada‒ de Luxemburg, se equivoca totalmente cuando considera que su oposición internacionalista a tales concesiones era un “ejercicio fútil y formal”, basado en la creencia de que el desempleo es un estímulo necesario para la lucha de clases/4.

Para Luxemburg, el internacionalismo no se limitaba, como pensaban tantos otros socialistas de su época, a los países europeos. Desde muy temprano, antes que la mayoría de los demás líderes socialistas, se opuso activamente a las políticas coloniales de los Estados imperiales europeos, y no ocultó sus simpatías por las luchas de los pueblos coloniales. Esto incluía, por supuesto, las guerras coloniales de Alemania en África, como la represión brutal de la revuelta del pueblo herero en África del Sudoeste (1904). En un discurso público de junio de 1911, explicó: “Los hereros son un pueblo negro que vive desde hace siglos en su tierra… Su crimen fue resistirse a los esclavistas blancos… y defender su tierra (Heimat) contra los invasores extranjeros… En esta guerra, las armas alemanas también se cubrieron de gloria… Mataron a los hombres, y las mujeres y menores… fueron empujadas al desierto ardiente/5.

En un escrito de 1902, Martinique, denuncia los crímenes del colonialismo occidental en las Antillas, Madagascar, Filipinas y, sobre todo, en China, donde Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania “se unieron en una gran liga de naciones” para asesinar y saquear el país. No olvida el imperialismo estadounidense, recordando cómo el “Senado de la caña de azúcar” en Washington envió “un cañón detrás de otro, un buque de guerra detrás de otro, millones y millones de dólares de oro, a Cuba para sembrar muerte y devastación”/6.

Al tiempo que condenaba las pretensiones imperialistas alemanas en el Norte de África ‒el llamado incidente de Marruecos en 1911, cuando Alemania envió buques de guerra a Agadir‒, calificó el colonialismo francés en Argelia de intento brutal de imponer la propiedad privada burguesa contra el antiguo comunismo clánico de las tribus árabes/7. En sus lecciones de economía política en la escuela de formación del SPD en 1907-1908, destacaba la conexión entre el comunismo moderno de las masas proletarias de los países capitalistas avanzados y los “antiguos vestigios comunistas que ofrecen una férrea resistencia en los países coloniales al avance” de la dominación imperial “hambrienta de beneficios”/8. Y en su ensayo económico más importante, La acumulación de capital (1913), explica que la acumulación capitalista a escala global no solo es una fase temprana, sino un proceso permanente de expropiación violenta:

La acumulación de capital, vista como proceso histórico, emplea la fuerza como arma permanente, no solo en su génesis, sino continuamente hasta el día de hoy. Desde el punto de vista de las sociedades primitivas implicadas, es una cuestión de vida o muerte; para ellas no cabe ninguna actitud que no sea de oposición y lucha hasta el final… De ahí que la permanente ocupación de las colonias por los militares, las revueltas indígenas y las expediciones punitivas sean el pan de cada día para cualquier régimen colonial/9.

Eran muy pocos los socialistas que en aquel entonces no solo denunciaban las expediciones coloniales, sino que también justificaban la resistencia de los pueblos colonizados y sus luchas. Esta actitud revela la naturaleza verdaderamente universal del internacionalismo de Luxemburg, por mucho que, por supuesto, su atención se centrara en Europa.

Luxemburg vio muy claramente el creciente peligro de una guerra europea y nunca dejó de denunciar los preparativos bélicos del gobierno imperial alemán. El 13 de septiembre de 1913 concluyó una charla que daba en Bockenheim, una ciudad próxima a Fráncfort, con una solemne declaración internacionalista: “Si piensan que vamos a blandir las armas asesinas contra nuestros hermanos franceses y de otros países, gritaremos: ‘¡No lo haremos jamás!’” De inmediato la fiscalía la acusó de “promover públicamente el incumplimiento de la ley”. En el juicio, que tuvo lugar en febrero de 1914, Luxemburg pronunció un valiente discurso, atacando el militarismo y la política belicista y citando una resolución de la Conferencia de Bruselas de 1868 de la Primera Internacional: en caso de guerra, la clase trabajadora debe declarar una huelga general. El discurso se imprimió en la prensa socialista y pasó a ser un texto clásico de la literatura antiguerra. La condenaron a un año de cárcel, pero las autoridades no se atrevieron a detenerla hasta después del comienzo de la guerra, en 1915/10.

Mientras que muchos otros socialistas y marxistas en Europa apoyaban a sus propios gobiernos en agosto de 1914, al comienzo de la primera guerra mundial, en nombre de la defensa de la patria, Luxemburg trató inmediatamente de organizar la oposición a la guerra imperialista. Sus escritos durante estos cruciales primeros meses no hacen ninguna concesión a la agresiva ideología patriótica oficial, al tiempo que desarrollan argumentos cada vez más críticos contra la miserable traición a los principios del internacionalismo proletario por parte de la dirección del SPD.

Para explicar lo que su biógrafo califica de “odio creciente” hacia la política del SPD, Nettl apunta a un “potente elemento personal”: “la eterna impaciencia y frustración, nunca superada, de emigrantes como Rosa Luxemburg con los pesados alemanes oficiales”. Lamentablemente, esta explicación personal no es muy útil, puesto que, como reconoce el propio Nettl, la oposición a la guerra en el seno del SPD no se limitaba a emigrantes extranjeros, sino que incluía a varias figuras genuinamente alemanas, entre ellas a Karl Liebknecht, Franz Mehring y Clara Zetkin/11.

De hecho, el motivo de la indignación de Luxemburg ante la capitulación socialpatriótica de agosto de 1914 no era la impaciencia de la emigrante, sino el compromiso de por vida con el internacionalismo. Encarcelada varias veces por su propaganda antimilitarista y antinacionalista, resumió su punto de vista, coherente con sus principios, en un ensayo de 1916 titulado Entweder-oder (O lo uno, o lo otro), publicado por la Liga Espartaco en forma de panfleto clandestino: “La patria del proletariado, cuya defensa prima sobre todo lo demás, es la Internacional Socialista.” Pasó la hora de las medias tintas y las vacilaciones: ahora tocaba elegir lo uno o lo otro. “O bien la traición abierta y desvergonzada a la Internacional…, o bien tomar en serio a la Internacional, de manera que se convierta… en un bastión del proletariado socialista mundial y de la paz en el mundo/12.”

Dado que la Segunda Internacional había sucumbido bajo el impacto de lo que Luxemburg calificó de socialchovinismo ‒sustituyendo el lema Proletarios de todos los países, ¡uníos! por la propuesta Proletarios de todos los países, ¡cortaros el cuello unos a otros!‒, lanzó el llamamiento a constituir una nueva Internacional. En su propuesta, donde esbozó los principios básicos de esta futura Internacional, afirmó lo siguiente: “No puede haber socialismo al margen de la solidaridad internacional del proletariado y no puede haber socialismo sin lucha de clases. El proletariado socialista no puede renunciar a la lucha de clases ni a la solidaridad internacional, tanto en la paz como en la guerra, sin cometer suicidio/13.” Esta era, por supuesto, una respuesta al argumento hipócrita del influyente teórico Karl Kautsky de que la Internacional era un instrumento para tiempos de paz, pero por desgracia inadecuado para afrontar una situación de guerra, una idea que le sirvió de justificación del apoyo a la defensa nacional de Alemania en 1914.

Entweder-oder incluye una declaración personal en forma de confesión emotiva de los valores éticos y políticos más queridos de Luxemburg: “La fraternidad internacional de la clase trabajadora es para mí lo más eminente y sagrado que hay en la Tierra, es la estrella que me guía, mi ideal, mi patria; ¡prefiero morir antes que renunciar a este ideal!/14”

Luxemburg resultó ser profética con sus advertencias contra los males del imperialismo, del nacionalismo y del militarismo. Una profeta no es alguien que predice milagrosamente el futuro, sino alguien que, como Amós e Isaías, advierte a la gente de la catástrofe que se avecina a menos que se actúe colectivamente para prevenirla. Entre otros pronósticos, advirtió de que siempre habrá nuevas guerras mientras sigan existiendo el imperialismo y el capitalismo:

La paz mundial no puede garantizarse con planes tan utópicos o básicamente reaccionarios como los tribunales de arbitraje internacionales compuestos por diplomáticos capitalistas, tratados de desarme…, federaciones europeas, uniones aduaneras centroeuropeas,  Estados nacionales tampón y cosas por el estilo. El imperialismo, el militarismo y las guerras no desaparecerán ni se condenarán mientras se mantenga intacta la dominación de las clases capitalistas/15.

Calificó el nacionalismo de enemigo mortal de la clase obrera y del movimiento socialista y de caldo de cultivo del militarismo y la guerra. “La tarea inmediata del socialismo”, escribió en 1916, “será la liberación intelectual del proletariado de la dominación burguesa que se expresa en la influencia de la ideología nacionalista/16.” En el Fragmento sobre la guerra, la cuestión nacional y la revolución (1918) se lamenta del súbito ascenso de movimientos nacionalistas durante el último año de la guerra: “en el Brocken nacionalista se celebra hoy la noche de Walpurgis” (en referencia a la fiesta de las brujas de la mitología germánica). Estos movimientos son de naturaleza muy diversa, pues algunos son la expresión de clases burguesas menos desarrolladas (como en los Balcanes), mientras que otros, como el nacionalismo italiano, son puramente imperiales-coloniales. Esta “explosión mundial actual de nacionalismos” abarca una colorida variedad de intereses particulares, pero les une un interés común que se deriva de la situación histórica excepcional creada por Octubre de 1917: luchar contra la revolución proletaria mundial/17.

Lo que ella entendía por nacionalismo no era, desde luego, la cultura nacional, o la identidad nacional de distintos pueblos, sino la ideología que hace de La Nación el valor político supremo, al que debe supeditarse todo lo demás (“Deutschland über alles”).

Sus advertencias fueron proféticas, en la medida en que algunos de los peores crímenes del siglo xx ‒de la primera a la segunda guerra mundial (Auschwitz, Hiroshima) y después‒ se cometieron en nombre del nacionalismo, de la hegemonía nacional, de la defensa nacional, del espacio vital para la nación, etc. El propio estalinismo es producto de una degeneración nacionalista del Estado soviético, expresada en el lema del socialismo en un solo país. Se pueden criticar algunas de las posiciones de Luxemburg en relación con las reivindicaciones nacionales, pero lo cierto es que percibió los peligros de la política del Estado nacional: conflictos territoriales, limpieza étnica, opresión de las minorías. Por supuesto, no pudo predecir genocidios.

Hoy, la cuestión del internacionalismo ha vuelto a adquirir protagonismo. La globalización del capital ha impuesto su poder a escala planetaria hasta un grado que no tiene precedentes en la historia, favoreciendo unos niveles obscenos de desigualdad y provocando consecuencias catastróficas para el medio ambiente (cambio climático). A través de sus instituciones –FMI, Banco Mundial, OMC, G-8– ha logrado crear un bloque unido de las clases capitalistas dominantes en torno al neoliberalismo y la desregulación. Las clases subalternas van a la zaga, están fragmentadas y dispersas y carecen de formas eficientes de organización internacional.

El principal signo de esperanza es el nuevo movimiento internacional por la justicia global, que siembra las simientes de una nueva cultura internacionalista. La convergencia de socialistas, sindicalistas, feministas, ecologistas, gentes trabajadoras y campesinas, comunidades indígenas, redes de acción directa en la lucha común contra la globalización empresarial, es decir, capitalista, constituye un paso adelante importante. El legado de Rosa Luxemburg no puede dar todas las respuestas, pero sí sugerir algunas lecciones importantes para este movimiento:

  1. I) El enemigo no es la globalización, ni simplemente el neoliberalismo, sino el propio sistema capitalista mundial.
  2. II) Mientras prevalezca este sistema habrá nuevas guerras, nuevas intervenciones imperialistas, nuevas purgas étnicas.

III) La alternativa a la hegemonía capitalista global no es la soberanía nacional, la defensa de lo nacional frente a lo global. Es globalizar, o sea, internacionalizar, la resistencia.

  1. IV) El sistema capitalista incuba el nacionalismo, la xenofobia, el racismo, así como formas fascistas o semifascistas, que suponen un peligro mortal para la democracia y el socialismo.
  2. V) La alternativa a los imperios no es una forma regulada, humanizada, de capitalismo, sino una nueva civilización mundial socialista y democrática.

El internacionalismo de Rosa Luxemburg es particularmente relevante en el siglo xxi para una cuestión que en su época era prácticamente desconocida: la crisis ecológica. El cambio climático no conoce fronteras nacionales, es una cuestión global que solo puede abordarse a escala internacional. Esto lo comprendió bien una improbable heredera de Luxemburg, la joven Greta Thunberg, que llamó a una exitosa huelga escolar global que movilizó a millones de jóvenes en todo el mundo.

El cambio climático representa la mayor amenaza para la vida en la historia de la humanidad. Algunos gobiernos burgueses (Trump, Bolsonaro) niegan el cambio climático y, en nombre del interés nacional, promueven enérgicamente los combustibles fósiles; otros (Europa, EE UU bajo Biden y Canadá) pretenden adoptar algunas medidas para reducir sus emisiones de carbono, pero sin ningún resultado efectivo. Todos están comprometidos con las reglas del mercado y de la acumulación de capital, actuando en función de las necesidades de la competitividad de sus economías nacionales.

Para parafrasear un conocido pasaje de Walter Benjamin: o bien activamos los frenos de emergencia revolucionarios para parar el tren de la civilización industrial capitalista moderna, o bien este proseguirá su carrera suicida al abismo, la catástrofe ecológica. En esto también pasó la hora de las medidas tintas. O lo uno, o lo otro, entweder-oder."

(Michael Löwy, profesor de la École des hautes études en sciences sociales, Viento Sur, 05/08/21)

23/2/21

¿Qué podemos aprender de Marx en esta época de crisis pandémica? Para curar los males de la sociedad contemporánea, tres preceptos: la transferencia fuerte del poder de decisión de la esfera económica a la política; el uso de la ciencia y la tecnología para el bienestar de todos, y el papel central que debe asignarse a la educación

 "Después de la pandemia, se ha repetido hasta el hastío: "nada volverá a ser igual". Luego, con el tiempo, nos hemos dado cuenta que los cambios que se están produciendo son numerosos y profundos, sí, pero también lo son las constantes. Hoy se dice que la pandemia actúa como un revelador, incluso como un acelerador, de procesos preexistentes. 

Uno de ellos es el crecimiento de las desigualdades. ¿Sigue siendo Marx indispensable para comprender sus factores, su forma, su posible contraste? Giulio Azzolini, Investigador de Filosofía Política en la Universidad Ca 'Foscari de Venecia, habla de ello con Marcello Musto, profesor de Sociología en la Universidad de York en Toronto y reconocido protagonista de una reciente renovación en los estudios marxistas, a la que contribuyó, entre otras cosas, como autor del reciente Another Marx: Early Manuscripts to the International (Bloomsbury, 2018 ) y The Last Years of Karl Marx: An Intellectual Biography (Stanford University Press, 2020); y, como editor, de Marx's Capital after 150 Years: Critique and Alternative to Capitalism, (Routledge, 2019), The Marx Revival: Key Concepts and New Interpretations (Cambridge University Press, 2020). Sus escritos están disponibles en el sitio web www.marcellomusto.org.

Giulio Azzolini: Profesor Musto, ¿qué podemos aprender de Marx en esta época de crisis pandémica?

Marcello Musto: Después de años de mantra neoliberal diría ante todo una cosa: que la dimensión cooperativa de los seres humanos es indispensable para la supervivencia de los individuos, no menos que la libertad de los individuos es fundamental para la preservación de la comunidad. La cooperación y la libertad deben considerarse dos elementos indispensables en la "botica de Marx". En el tratamiento que prescribirá para curar los males de la sociedad contemporánea, también incluiría tres preceptos: la transferencia fuerte del poder de decisión de la esfera económica a la política; el uso de la ciencia y la tecnología para el bienestar de todos y no para el beneficio de unos pocos; y, por último, pero no menos importante, el papel central que debe asignarse a la educación, también a través de asignarle recursos estatales importantes".

La pandemia ha agudizado el conflicto, que ha madurado a lo largo de los años, entre Estados Unidos y China y, en la UE, entre los distintos Estados miembros. ¿Es un choque entre diferentes formas de capitalismo organizado?

Es una tendencia destinada a continuar y observo que entre los países más afectados por el Covid-19 se encuentran, como era de esperar, Estados Unidos e Inglaterra, las naciones que lideraron la cruzada por las privatizaciones y cuyo modelo de capitalismo ha impidió el desarrollo del estado de bienestar o lo desmanteló con saña. Si miramos más allá de la superficie, hay un conflicto aún más importante. Me refiero a la lucha por evitar la redistribución de la riqueza que, en las últimas décadas, ha ganado el capital.

Marx no previó el empobrecimiento del proletariado, sino el aumento de las desigualdades entre clases. ¿Está demostrando la historia que tiene razón?

Sí, y de forma aún más llamativa si analizamos la enorme brecha, no solo económica, que existe a escala global. Marx, por ejemplo, comprendió que el colonialismo británico en la India implicaría principalmente el saqueo de sus recursos naturales y nuevas formas de esclavitud, no el progreso anunciado por sus apologistas. En cambio, se equivocó sobre el papel revolucionario de la clase trabajadora europea. Se dio cuenta de esto en los últimos años de su vida, cuando afirmó amargamente que los proletarios ingleses habían preferido convertirse en "la cola de sus propios esclavizadores".

En los países el impacto económico de la pandemia es muy diverso. Muchas empresas se han derrumbado, los gigantes de la web no. Los trabajadores precarios han perdido sus trabajos, los fijos no. Algunos comerciantes han cerrado, otros no. ¿Puede Marx ayudar a descifrar una sociedad cada vez más compleja y caótica?

Su análisis de las clases sociales necesita ser actualizado y su teoría de la crisis, entre otras cosas incompleta, es hija de otro tiempo. Si las respuestas a muchos de los problemas contemporáneos no se pueden encontrar en Marx, sin embargo, señala las preguntas esenciales. Creo que esta es su mayor contribución hoy: nos ayuda a hacer las preguntas adecuadas, a identificar las principales contradicciones. No me parece poco. 

La crisis actual ha reabierto el tema de la desigualdad de género. ¿Tiene Marx algo que enseñarnos al respecto?

Más que enseñar, creo que sobre este tema hoy estaría empeñado en aprender, en particular del nuevo movimiento feminista en América Latina, protagonista de importantes movilizaciones sociales. Ciertamente no era, como a veces se afirma erróneamente, indiferente al respecto. Entre los estudios que realizó antes de su muerte, se centró precisamente en la importancia de la igualdad de género y en sus programas políticos repitió varias veces que la liberación de la clase productiva era la de "todos los seres humanos, sin distinción de sexo y raza". Había aprendido de joven, de los libros de los primeros socialistas franceses, que el nivel de emancipación general de una sociedad puede ser evaluado por el de la emancipación de la mujer.

En medio de la crisis sanitaria, la batalla por la igualdad étnica también ha estallado en Estados Unidos. ¿Una coincidencia fortuita?

Sí, pero es muy útil y revela otra terrible herida que existe en ese país. #BlackLivesMatter no es un fenómeno pasajero, sino un movimiento que continuará luchando resueltamente contra el racismo y la violencia de las instituciones estadounidenses.

Pasemos al tema del vínculo entre las luchas de clases y las luchas ecologistas. Desde su punto de vista, ¿son alternativas, complementarias, están jerarquizadas?

Son complementarios y mutuamente indispensables. Se necesitan las unas a las otras. Las críticas a la explotación del trabajo y la devastación ambiental son ahora indisolubles. Cualquier lucha que olvide cualquiera de estos dos términos estará incompleta y será menos efectiva. Me refiero a las posiciones productivistas del movimiento obrero del siglo XX y a los movimientos ecologistas que muchas veces ignoran el factor determinante del "modo de producción". Qué, cómo y para quién se produce son cuestiones estrictamente ligadas al factor determinante de la propiedad de los medios de producción.

Como subraya en sus estudios, Marx no fue solo el filósofo de la revolución comunista, sino también el político capaz de dotar al movimiento obrero de una organización internacional. ¿En qué medida sigue siendo relevante esta lección suya?

Es una idea sin la cual estamos condenados a la derrota, especialmente en una fase de auge nacionalista. El internacionalismo también significa solidaridad entre trabajadores nativos y migrantes y Marx, que estudió cuidadosamente las migraciones forzadas generadas por el capitalismo, mostró que la división de la clase trabajadora es el eje del dominio burgués. El internacionalismo debe volver a ser uno de los pilares de la izquierda para que sea capaz de liderar la batalla de ideas a largo plazo y no solo en función de lo inmediato.

En 2018, China celebró el bicentenario de Marx con gran fanfarria. En Occidente, ¿está el filósofo de Tréveris destinado a sobrevivir como un mero objeto de estudio o todavía es potencialmente capaz de mover a las masas?

China utiliza la efigie de Marx ignorando algunas de sus advertencias más relevantes y, a menudo, evitando leer el contenido de sus textos. Stalin también lo hizo, cuando en la época del gulag se hizo fotografiar a sí mismo, con un rostro tranquilizador, bajo el retrato de Marx. En Occidente, Marx ha reaparecido en las aulas universitarias, pero no volverá a tener la influencia política que tuvo en la época de los partidos "marxistas". Las nuevas subjetividades políticas que en el futuro tengan la ambición de repensar una sociedad alternativa no podrán, sin embargo, ignorar sus teorías.

¿Hoy la izquierda italiana paga el precio de haber defendido el marxismo más allá de su fecha de caducidad o de haberlo abandonado?

Paga el precio por cometer ambos errores. Primero fue demasiado lenta a la hora de identificar los cambios necesarios para enfrentar la metamorfosis del capitalismo y responder a las preguntas planteadas por los nuevos movimientos sociales. Y luego fue miope al abandonar, en lugar de revisar y modernizar críticamente, una interpretación todavía muy válida de la sociedad. Basta pensar en Gramsci, abandonado en el desván justo cuando era el protagonista de un extraordinario redescubrimiento en el mundo. Sin embargo, las contradicciones generadas por el capitalismo no han sido desde hace tiempo tan dramáticas y evidentes como hoy. La historia de la izquierda no ha terminado y en muchos países está floreciendo la literatura sobre las alternativas al capitalismo. Las nuevas subjetividades políticas que en el futuro tendrán la ambición de transformar la sociedad desde sus cimientos no podrán ignorar las teorías de Marx."

(Marcello Musto , profesor de Sociología en la Universidad de York en Toronto y reconocido protagonista de una reciente renovación en los estudios marxistas, Sin Permiso, 05/12/20)

4/5/20

Christian Felber: «El confinamiento nos demuestra que sí somos capaces de vivir con menos»

"El ideólogo de la Economía del Bien Común, Christian Felber (Salzburg, 1972), habla desde la calma, meditando mucho lo que dice y matizando bien sus palabras para que el mensaje, en perfecto castellano, llegue de forma nítida.


Felber es investigador asociado del Instituto IASS de Berlín-Potsdam, tras impartir clases en otras siete universidades austríacas y alemanas. Adora España donde cursó buena parte de sus estudios de Filología Hispánica, Psicología, Ciencias Políticas o Sociología y siempre ha compaginado su trabajo de investigación y de divulgación con la danza contemporánea.

 Es un buen ejemplo del Humanismo de este siglo XXI, y por eso le habría gustado ser “todólogo”, estudiar Ciencias Universales. Pero hasta que esa carrera exista, se conforma con sentirse ciudadano del mundo y trabajar por una cooperación global que permita controlar el sistema económico, regular la acumulación de capital y redistribuir la riqueza con una herramienta sencilla que ya aplican más de 700 empresas: el Balance del Bien Común. Para él la clave está en recuperar la soberanía democrática. Hasta el Papa Francisco le sigue.


Antes de la entrevista ha hecho su rutina diaria de nadar en el Danubio que atraviesa su ciudad, Viena. Ha arreglado un árbol y ha hecho yoga, por lo que afirma estar bien física y mentalmente. Desde un confinamiento cada vez más moderado responde a nuestras preguntas.


Señor Felber, ¿cómo están las cosas en Viena?


Es un día de primavera, y la noticia positiva es que se aligeran poco a poco las restricciones. No descartan volver a la normalidad en mayo porque aquí en Austria están cayendo las cifras de contagios.


¿Cómo se está manejando esta pandemia?


No me atrevo a juzgar aún porque no tenemos suficientes datos y los que hay se contradicen abismalmente. Por ejemplo, tenemos un auto-test de un pueblo del norte de Italia donde un 50% de la población muestra inmunidad mientras aquí en Austria las conjeturas oficiales apuntan a menos de un 1% de población inmunizada. Así que nos faltan datos fiables para valorar las medidas adoptadas por los gobiernos. Sí es interesante mirar a países que no practican el toque de queda como Suecia y Hong Kong, que no tienen cifras alarmantes. 

Eso nos hace pensar si el confinamiento indiscriminado es la mejor medida contra la crisis. Yo mismo he recabado testimonios de una veintena de científicos que se muestran contrarios a estas medidas. Lo que sí puedo afirmar es que los niños no deberían estar confinados porque eso entraña peligros aún mayores. Creo que debemos buscar un camino intermedio para proteger a los grupos de alto riesgo, pero no confinar por mucho tiempo a toda la población porque esta medida puede tener consecuencias más graves que las de la COVID-19.


¿Qué rumbo cree que puede tomar la Unión Europea a partir de ahora?


Yo no soy europeísta, soy mundialista. Como autodenominación política me considero habitante de la tierra, creo que formo parte de la comunidad de la vida como todos. Pero sí estoy a favor de una Unión Europea más democrática, sostenible y más orientada a la cohesión social y a la justicia. Así que preferiría otra Unión Europea diferente de la que tenemos ahora.

¿Debemos caminar hacia una gobernanza global?


No veo otra alternativa que la cooperación global. Sería bueno tener otro tipo de gobernanza mundial diferente de la actual. Pero todo empieza por una economía global más cooperativa, en lugar de la vigente basada en una excesiva competitividad y el afán de muchos países por forrarse a costa de otros. La economía mundial solo debería complementar a unas economías locales y regionales más fortalecidas y más resilientes que las actuales. 


Me refiero a que muchas regiones son capaces de producir lo esencial para sí mismas y no necesitan importar tanto; solo algunos productos complementarios podrían venir de otras partes del mundo, pero no los esenciales. Esta es la única vía para lograr que una crisis puntual en cualquier lugar del mundo no afecte al resto de regiones.


¿Cómo entiende la cooperación internacional?


Como compromiso de todos los países en la conservación de los ecosistemas y de los límites ecológicos del planeta. Sabemos que la falta de biodiversidad y la enorme presión que ejercemos los humanos sobre el mundo salvaje y los animales no puede continuar, por eso el coronavirus ha podido saltar de animales a humanos, por la presión sobre sus hábitats naturales.


En segundo lugar, ningún país puede presionar desmesuradamente a otro y aquí nos toca empezar a cambiar a los europeos y a Estados Unidos por haber permitido el libre comercio mundial. En lugar de estar compitiendo unos en contra de otros –qué infantil es esto–, debemos cooperar empezando por tener balances comerciales equilibrados con mecanismos como el que propuso John Maynard Keynes. 

Cada región debe aprovechar sus recursos y dejar de importar y exportar sin medida como ocurre ahora. Es la única forma de establecer un sistema económico mundial sano en lugar de desequilibrado en todos los sentidos. Lo razonable es comerciar menos y de forma complementaria, en vez de competitiva.

¿Cómo se pueden ir implementando medidas más enfocadas hacia el Bien Común?


Lo que observamos en la evolución de la vida es que cada vez es más compleja, diversa e interdependiente. Lo mismo es la EBC, son muchas medidas que se complementan perfectamente, aunque su implantación sea compleja. Las empresas que ya operan con nuestro modelo, cuanto más contribuyen, más atractivas se vuelven para empleados, clientes y financiadores; y los municipios también miden el resultado de sus políticas con los balances del Bien Común, desde la biodiversidad a la cohesión social y la inclusión de los más desfavorecidos, pero hacen falta otras medidas.


¿Cuáles son?


El establecimiento de una renta básica para las personas con menos recursos es fundamental, como lo es respetar un salario mínimo; pero además hay que limitar los ingresos máximos para evitar la creación de riquezas privadas excesivas. Este salario máximo podría limitarse en 20 veces el salario mínimo. Con esta medida, no hace falta limitar la propiedad privada ni el derecho de herencia porque estas tributarían de manera progresiva y moderada. La EBC también propone un límite de crecimiento a las empresas y personas legales.


Seguimos proponiendo un control de las empresas y de las personas legales poniendo un tope a su crecimiento, es decir no existiría un Amazon, un Microsoft ni un gigante como Bayer que ahora son una amenaza y un peligro para la libertad y la democracia debido a su excesiva capacidad de influencia política. 

Es tan sencillo como utilizar un control de fusiones que establecería la ONU o incluso la OMC que evite que se creen entes demasiado poderosos. Ninguna empresa podría ganar más de, pongamos por ejemplo, un billón de euros al año solo podría crecer más si logran un balance del Bien Común muy alto. Hay que limitar y regular el poder de las empresas transnacionales.


¿Cómo participa la ciudadanía de forma activa en la Economía del Bien Común?


En 1964, se creó un mecanismo de participación como la UNCTAD, la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (sostenible) en 77 países. Pero los países ricos se opusieron e impulsaron los tratados de Libre Comercio que no respetan los derechos de los trabajadores ni del medio ambiente. Son los gobiernos los que han aceptado esas reglas, no los ciudadanos. 


Este tipo de decisiones tenemos que tomarlas las personas. No imagino a los ciudadanos de ningún país que elijan aceptar reglas fuera de las Naciones Unidas y sus tratados internacionales, tratados que protegen los derechos de las personas, del medio ambiente, la diversidad cultural, etc., pero los gobiernos han seguido los criterios de economistas que benefician a las transnacionales y su crecimiento ilimitado. El derecho internacional no las regula y controla como debería. Aquí haría falta la gobernanza global.

¿Cómo les va a las organizaciones que se han unido a la Economía del Bien Común?

Ya tenemos un primer estudio empírico realizado por la primera Cátedra del Bien Común de la Universidad de Valencia que ha recabado datos muy interesantes y alentadores. Se han estudiado 206 empresas que han realizado Balances del Bien Común y comprobamos que mejoran las condiciones éticas y medioambientales, sin que por ello empeoren los resultados. 

Si estuvieran operando en un marco del Bien Común sistémico jugarían con una ventaja competitiva pero aún conviven con circunstancias desfavorables que no les ofrecen ventajas y aun así les va bien. Además les gusta mucho la herramienta en sí, les resultan útiles las preguntas que se hacen. 


El reto ahora es que las administraciones municipales y regionales empiecen a premiarles por su gestión ética. Ya hay más de 700 empresas e instituciones en todo el mundo que van trabajando a paso de hormiga y cada vez se unen más municipios y ciudades que pueden procurar ayudas y mejoras para todos los habitantes y para las empresas. Justo antes de la llegada del coronavirus, en Alemania la EBC estaba teniendo un gran apoyo. Pero hablamos de décadas para ver estos cambios hechos realidad en toda su envergadura, tiene que ser poco a poco.


En su último libro habla de “la voz interior”, relacionando espiritualidad, libertad y bien común. Al final, ¿todo es cuestión de responsabilidad personal?


A lo mejor todo se reduce a que primero cada persona tome la responsabilidad de sus decisiones éticas por sí misma para después convertirse en un elemento de la ciudadanía global. Hay decisiones fundamentales que no se pueden delegar en los gobiernos y en los parlamentos. Es nuestra responsabilidad escoger un estilo de vida más ético, solidario y justo; solo así cada individuo más consciente de sí mismo, se convierte en un elemento más activo de la soberanía global. No podemos responsabilizar a los gobiernos y a los parlamentos de todas la decisiones, tenemos que formar parte de ellas. 


Esta co-responsabilidad conduce a la democracia 2.0, una democracia más real en la que la ciudadanía ejerce sus derechos soberanos como un solo cuerpo. Somos individuos que formamos parte de un todo mayor, se llame Gaia –como organismo– que sería nuestro planeta; o lo llamemos simplemente la comunidad democrática. La democracia 2.0 refleja esa responsabilidad mayor para ejercer nuestros derechos soberanos. La gente siempre dice que suena muy bien, pero que los gobiernos no lo van a permitir. 

De acuerdo, pero si controlamos más a los gobiernos y a los parlamentos, retomaremos la batuta democrática de nuestra soberanía. Es cuestión de cooperar; los chinos somos nosotros, los pangolines y los murciélagos somos nosotros. Si buscamos enemigos y culpables no vamos a conseguir nada, tenemos que cooperar, cooperar nos enriquece a todos. Necesitamos un pensamiento más holístico, una ciencia más universal.


¿Qué tiene que ver el papa Francisco con todo esto?


El papa Francisco sigue la pista del Bien Común. En su encíclica habló del BC veinticinco veces y se declaró habitante de la casa común; eso es dar un paso hacia la ecología y por lo tanto cuestiona el antropocentrismo. Le falta dar un paso hacia el feminismo, pero nos une la apuesta por el Bien Común. La economía debe estar al servicio del bien común y no de la riqueza.


¿Qué oportunidad nos está dando el confinamiento? ¿Podemos ser un poco optimistas?


Yo creo que sí, incluye riesgos, pero también oportunidades. En todo caso, podemos sacar dos grandes lecciones: la primera es aprovechar el silencio para mirar dentro de nosotros y utilizar la pausa para averiguar lo que necesitamos o no necesitamos realmente, cuáles son nuestras aspiraciones auténticas. Así podremos cambiar nuestros valores y estilo de vida para buscar lo esencial.


La segunda gran lección es que sí es posible limitar las libertades económicas. Yo no tengo nada en contra si esa libertad sirve al Bien Común en lugar de destruirlo. El confinamiento nos está demostrando que somos capaces de hacerlo por la salud, pero podemos aplicarlo al planeta si nos comprometemos a consumir menos. Mi propuesta es limitar el consumo personal a la 8.000 millonésima parte del regalo que nos da la naturaleza cada año, puesto que somos 8.000 millones de humanos. 

Si disminuimos nuestro consumo y limitamos la libertad económica estaremos protegiéndonos a nosotros, al planeta, a nuestros hijos. Es posible reducir el consumo porque ya lo estamos haciendo en estos momentos. No tenemos que frenar de forma tan brusca como ahora, de hecho este confinamiento no puede prolongarse mucho más pero nos demuestra que sí somos capaces de vivir con menos.


Pero en estos momentos todos estamos pensando en la seguridad y la salud y no nos hemos opuesto a la falta de libertad que nos ha dado el confinamiento.


Porque en el fondo somos solidarios y cooperativos. Lo estamos haciendo para protegernos todos; hemos sido capaces de renunciar a nuestra libertad por la salud pública que es un bien común mayor.

 Esto no disminuye nuestra felicidad, sino que la aumenta. Todos los estudios científicos demuestran que cuando renunciamos al exceso de consumo material para enfocarnos en la salud, en las relaciones, en la naturaleza intacta o la participación política, somos más felices. Por eso la renuncia material se convierte en mayor calidad de vida y en más felicidad, consumiendo menos, ganamos más."                      (Entrevista a Christian Felber, La Marea, Chus García, 24/04/20)

17/7/19

Fusaro: me parece importante recuperar un populismo de izquierda cuya finalidad sea la emancipación objetiva de las clases dominadas y que tenga como fundamento la democracia socialista. La paradoja es que este discurso, que en otros tiempos se hubiera llamado leninista, marxista o gramsciano, hoy las izquierdas fucsias y arco iris lo consideran fascista...

"(...) La economía sin la política y sin el Estado nunca será ni democrática ni socialista, será siempre el humus ideal para el capital cosmopolita, que lo es todo excepto socialista y democrático. De ahí la importancia de lo que yo llamo el soberanismo internacionalista y populista. 

Soberanismo porque se recupera totalmente la soberanía nacional como base de los derechos y de las democracias del socialismo y de los logros sociales. Internacionalista porque no es el nacionalismo de las derechas regresivas, xenófobas y autoritarias, es un soberanismo internacionalista que se abre a las demás naciones socialistas y democráticas, crea el internacionalismo proletario, como se llamaba un tiempo, que es todo lo contrario tanto del nacionalismo individualista y regresivo, como del cosmopolitismo liberal al que las izquierdas fucsias han vendido sus cabezas y corazones, como ya he dicho antes.

Por esta razón, me parece importante recuperar el principio del soberanismo internacionalista que tiene como base el populismo entendido como teoría del pueblo y para el pueblo, como una visión que se opone a los procesos de posdemocratización administrados por las élites líquido-financieras y reafirma el principio de lo nacional-popular entendido a la manera gramsciana. 

Un populismo concebido no en sentido regresivo, o sea Trump para que quede claro, sino de manera emancipadora, como han escrito muy bien Laclau y Mouffe, un populismo de izquierda, si queremos usar esta categoría, un populismo cuya finalidad sea la emancipación objetiva de las clases dominadas y que tenga como fundamento la democracia socialista.

 Este es el punto fundamental que también aparece en las obras de Carlo Formenti. La paradoja es que este discurso, que en otros tiempos se hubiera llamado leninista, marxista o gramsciano, hoy las izquierdas fucsias y arco iris lo consideran fascista.

Es una paradoja porque yo, obviamente, me refiero a Gramsci, a la democracia socialista, al internacionalismo solidario, al lema 'Patria o muerte' de Che Guevara, al modelo de soberanismo solidario e internacionalista, a las experiencias bolivarianas de Sudamérica: Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y todas las experiencias del socialismo patriótico antiestadounidense y antiglobalista que, sin duda alguna, no pueden llamarse fascistas. 

La categoría de fascismo, desde ese punto de vista, nos introduce en una paradoja lógica, actualmente el fascismo se usa como una categoría completamente deshistorizada. El fascismo ya no es solo y esencialmente el de Mussolini, que murió, afortunadamente, en 1945, hoy entendemos por fascismo, doy esta definición, todo lo que no es orgánico del pensamiento único políticamente correcto y éticamente corrupto, más precisamente, el fascismo es, desde el punto de vista del amo cosmopolita no border y de las izquierdas fucsias y arco iris, todo lo que se opone al dominio de la clase dominante, pongo un ejemplo concreto de estos días.

 Hoy en día una de las tesis dominantes del amo cosmopolita es la apertura de los puertos y de las fronteras. ¿Por qué? Porque todo el mundo debe reducirse a un espacio abierto desregulado para la libre circulación de las mercancías y de las personas cosificadas.

Por consiguiente, quien se opone a esta visión reivindicando el primado de lo humano y lo político, defendiendo la necesidad de regular, a través del primado de lo político y la democracia, los flujos, de los capitales, de las personas, de los deseos de consumo, es automáticamente difamado como fascistas por las izquierdas fucsias, para estas todo lo que sea incoherente con el señor cosmopolita, del que son los tontos útiles, es fascista.

 La paradoja es esta, la resumo así, se difama como fascista todo lo que se opone al orden de la clase dominante 'sans frontières', la clase de los globócratas del capital, que difaman como fascista la idea de una intervención estatal en la economía, difaman como fascista el despertar de las clases dominadas, del pueblo oprimido que, como decía Fichte, está por encima de toda autoridad que pretende ser superior.

El pueblo es soberano, la democracia, al fin y al cabo, es la soberanía popular que para ejercerse necesita de un Estado que sea soberano donde el pueblo sea, a su vez, soberano; sin la soberanía del Estado ni siquiera puede haber soberanía en el Estado, la soberanía popular y, por lo tanto, la democracia, la Unión Europea, se fundamenta exactamente sobre esto, eliminar la soberanía de los Estados para aniquilar la soberanía popular en los Estados y, por lo tanto, aniquilar las democracias y los derechos sociales relacionados. 

De ahí que el antifascismo se convierta, una vez más, en la clave fundamental de las clases dominantes y de las izquierdas de completamiento para deslegitimar todas las propuestas de renovación y democratización del espacio global.

La paradoja es que hoy, como decía Orwell, se subvierte la relación entre los nombres y las cosas, hoy la violencia y la persecución del pensamiento libre que caracterizó al fascismo surge nuevamente con el nombre de antifascismo, en la figura inédita de las brigadas fucsias del antifascismo arco iris y de los escuadrones que en nombre del antifascismo atacan, a menudo no solo metafóricamente, a todos aquellos que no se adhieren al verbo único políticamente correcto de la clase dominante.

Por lo tanto, hoy es preciso tomar conciencia de esto y mantenerse, obviamente, a una distancia segura tanto del fascismo histórico, que ya no existe, como del neoliberalismo cosmopolita actual falsamente progresista al que también las izquierdas se han adaptado con la paradoja que tenemos ante nuestros ojos.

 Las izquierdas ventilan todas las veces la vuelta del fascismo y, de esta manera, crean un frente único que legitima el cosmopolitismo liberal o, como diría Pasolini, el nuevo fascismo de la civilización glamurosa de los mercados."             

(Diego Fusaro es filosofo, escritor y ensayista marxista italiano, El Confidencial, 07/07/19)