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6/5/21

Tu móvil debería estar hecho para durar... el gobierno francés comenzó a exigirles a los fabricantes de dispositivos tecnológicos que incluyeran un “indice de reparabilidad”. Los consumidores, equipados con este conocimiento, pueden tomar mejores decisiones en torno a los productos que compran. Si no se venden los dispositivos que no se pueden reparar, los fabricantes cambiarán de rumbo. Cada año, son desechados unos 59 millones de toneladas de viejos televisores, computadoras, monitores, teléfonos inteligentes, lavadoras y otros dispositivos electrónicos

 "Dentro de unos años, ¿qué criaturas digerirán las nuevas iPad y los nuevos AirTags que Apple anunció el martes? ¿Qué suelo absorberá sus metales?

Los dispositivos brillantes de hoy serán la basura de mañana. Mientras le echas un vistazo a esa tableta de remplazo, considera que el año pasado Apple fabricó tantas iPad que, si las hubieran acostado y apilado todas, tendrían una altura de 862 edificios Empire State. Luego piensa que cualquiera de tus iPad antiguas se está pudriendo en algún lugar desconocido en este momento.

 Los fabricantes no hablan mucho sobre esta rotación cuando anuncian las grandes novedades que remplazarán tu antigüedad que sirve casi igual. Todo esto está hecho a propósito. Hay un término para nombrarlo: obsolescencia programada, o diseñar un producto con una vida útil limitada de manera intencional. ¿Alguna vez has intentado reparar tu televisor?

Cada año, Apple, Samsung, Sony y otros fabricantes de aparatos electrónicos con tecnología de punta lanzan olas de nuevos equipos aunque la marea de pantallas y circuitos nos esté sepultando debajo de dispositivos desechados.

 Ahora, hay un movimiento en marcha para cambiar ese enfoque.

Este año, el gobierno francés comenzó a exigirles a los fabricantes de dispositivos tecnológicos que incluyeran un “indice de réparabilité”, un puntaje de reparabilidad, en las páginas de los productos para artículos como el iPhone y la MacBook. Si un dispositivo puede ser reparado, entonces, se le puede extender la vida útil, gracias a lo cual los consumidores ahorrarán dinero y el planeta no tendrá la carga de tantos dispositivos basura. 

Ningún iPhone ni MacBook superó el 7, con el 10 como calificación máxima, por lo tanto la empresa sería “un estudiante mediocre como mucho”, hizo notar el sitio web Grist. A otros fabricantes como Microsoft y Samsung les fue más o menos igual. Los consumidores, equipados con este conocimiento, pueden tomar mejores decisiones en torno a los productos que compran. Si no se venden los dispositivos que no se pueden reparar, los fabricantes cambiarán de rumbo.

 Cada año, son desechados unos 59 millones de toneladas de viejos televisores, computadoras, monitores, teléfonos inteligentes, lavadoras y otros dispositivos electrónicos. Este desperdicio es peligroso. Las baterías explotan en las instalaciones de reciclado. Las sustancias tóxicas como el mercurio se filtran al suelo y las aguas freáticas y se propagan en el aire. Fabricar pantallas planas agrega gases de efecto invernadero a la atmósfera. Necesitamos que las empresas tecnológicas como Apple —tan progresista en tantos campos— encabecen el ataque para resolver este problema. Si no lo hacen, los gobiernos deben obligarlas.

Francia no está interviniendo sola en este desastre. El movimiento también existe en Estados Unidos. Más de una decena de estados están considerando una supuesta legislación a favor del derecho a reparar, una extraña inquietud bipartidista centrada en la idea de que los fabricantes no deberían restringir el acceso a la información ni las partes que les permitirían a los talleres independientes reparar los dispositivos descompuestos.

El 5 de mayo, la asambleísta del estado de Nueva York Patricia Fahy organizará un foro abierto virtual sobre el tema. La entrada está abierta al público. Y se espera que la Comisión Federal de Comercio divulgue un informe, que se ha tardado mucho en publicar, sobre las restricciones de las reparaciones en la tecnología para el consumidor, el cual podría allanar el camino para una iniciativa de mayor envergadura del gobierno del presidente estadounidense, Joe Biden.

La reparabilidad es un camino infalible hacia la longevidad. Los artículos se convierten en desperdicio cuando ya no son útiles. Algunas veces es simplemente la marcha del progreso. En otras ocasiones, es mucho más difícil entender la justificación, como cuando, casi de la noche a la mañana, un altavoz de Sonos ya no tiene acceso a las actualizaciones del software.

Aunque las empresas tecnológicas a menudo hablan de sustentabilidad, muchas cabildean en contra de la legislación para las reparaciones, pues temen que les relaje el control que ejercen y que consumirá sus ganancias. Esto puede producir una especie de disonancia cognitiva.

El informe ambiental anual de Apple, publicado este mes, asegura que la empresa tiene un compromiso con la longevidad y la sustentabilidad de los dispositivos. También habla del lápiz óptico Apple Pencil como si tuviera secretos perdidos en algún fragmento de la piedra de Rosetta. La empresa está “diseñando, desarrollando y probando otras herramientas de desmontado, entre ellas nuevos métodos para recuperar materiales del Apple Pencil”, dice, como si los métodos solo pudieran ser de ingeniería inversa y no pudieran ser integrados desde la primera etapa de diseño.

En pocas palabras, ahí está el problema: la sustentabilidad importa, pero, para estas empresas, parece que un diseño comercializable importa más. Los consumidores son presionados a mejorar sus dispositivos cada año. Más de 1000 millones de teléfonos inteligentes fueron enviados en 2020, y fue un año flojo debido a la pandemia de la COVID-19.

Los fabricantes deben hacer mejor las cosas. Sus dispositivos deben ser reparables para todas las actualizaciones de software y ser compatibles con todas ellas el mayor tiempo posible y no ser obsoletas artificialmente. Los consumidores deberían apoyar la legislación para el derecho a las reparaciones. Compra lo que quieras, ya sea un refrigerador sofisticado o un teléfono inteligente —nadie está cambiando el mundo al tener un año más un iPhone 7—, pero aprende a hacer tres preguntas sencillas cuando compres: “¿Cuánto me durará?”, “¿Cómo lo repararé cuando se descomponga?” y “¿Cómo lo reciclo cuando necesite un dispositivo nuevo?”. Comprométete y arregla tu dispositivo o llévalo a un reciclador de confianza cuando llegue el momento (los empleados en las tiendas de Apple te pueden ayudar con este paso, por ejemplo).

En este mundo, los daños son una certeza. Sin embargo, no podemos dejar las cosas descompuestas: un problema que hayamos creado es un problema que tiene solución."                  (Damon Beres, The New York Times, en español, 29/04/21)

26/3/18

Vendemos unos anillos que capturan contaminación. Valen 200 euros. Son bonitos, pero la gente no los compra para tener una joya más. Los usan para casarse

"(...) “El sistema de producción y consumo se derrumba. Hay que reinventar la manera en que vivimos”.

¿Y lo van a hacer los diseñadores? “El nuevo diseño produce más soluciones que dinero. El dinero, lo ahorra. Según la OMS, el coste anual que genera la polución en Pekín es de 260.000 millones de euros. 

Pagamos un precio desorbitado por un tipo de vida problemático. Vivimos en un sistema económico viejo, basado en el dinero y el tiempo. Necesitamos uno nuevo basado en los valores incuestionables del agua potable, el aire limpio y la energía no contaminante”.

Roosegaarade asegura que estamos ya en una época de transición. “Ni mi pareja ni yo tenemos coche. Eso no era así hace 10 años. El papel del diseñador es acelerar la reconversión del mundo en un lugar sostenible”. 

Esa nueva figura profesional parece sobrecargada de trabajo: deben detectar los problemas, buscar la solución, idear cómo materializarla y recaudar el dinero para desarrollarla. “El paquete completo es una consecuencia de tener sueños”, sostiene. 

Por eso, en su estudio hay científicos, ingenieros y biólogos: “Porque los proyectos que pide el mundo requieren unión de conocimientos por encima de especializaciones desconectadas”. “Controlar todos los pasos nos da más responsabilidad y libertad. Si uno es solo poeta se queda sin impacto. Uno debe moverse, pactar, exponerse y, negociar para conseguir".

Explica que ha sido pobre durante años. “Pero creía firmemente en lo que hacía. Eso es otro tipo de riqueza. Ahora tenemos sueldos dignos”. También apunta que con la reinvención del diseño, se reinventan los clientes. No es un individuo que compra una lámpara, son el alcalde de Pekín o el Gobierno polaco. 

A veces, compañías de infraestructuras de transporte. “Y cuando tenemos una idea que no encuentra financiación, nos hacemos un autoencargo e iniciamos una campaña de recaudación de fondos por Internet. El riesgo es el precio a pagar cuando quieres ser pionero”.

Ambición

¿Qué le hizo creer que un diseñador podría cambiar el planeta? “La ambición de las personas es lo que siempre ha cambiado el mundo. No tengo plan B. Para mí era esto o la locura. Mi trabajo es mi manera de que el mundo tenga sentido. No entiendo el paisaje de polución, atascos y gente solitaria que hemos construido. 

Por eso intento que lo que hago tenga sentido”.

Con todo, no quiere dibujar un panorama de buenos y malos. Asegura que la industria tradicional no está obsesionada con mantener su producción. La mayoría está dispuesta a cambiar. “Pero muchos no saben cómo”. Cree que los buenos dirigentes se dan cuenta de que deben invertir en nuevas ideas para sobrevivir.

Uno de sus clientes lleva décadas construyendo autopistas. “Nunca se le ocurrió mejorar la relación entre la calzada y el coche con automóviles que se puedan cargar por rozamiento o pavimentos que recojan esa energía. Yo no sé construir autopistas. 

Pero quien sabe hacerlo a veces está tan centrado en su trabajo que queda atrapado en él. Y no ve más allá”. Él y su estudio empiezan de cero con cada proyecto. No dejan de plantearse posibilidades inexploradas. Aprenden, y afinan.

“Vendemos unos anillos que han capturado contaminación. Valen 200 euros. Son bonitos, pero la gente no los compra para tener una joya más. Los usan para casarse. Para demostrar su compromiso con su pareja y con el planeta porque ese dinero lo dedicamos a construir torres que aspiran contaminación. 

Vendemos cientos, no miles, porque mantener la producción limitada es lo que los hace especiales”. Cuenta que los anillos generaron mucha discusión en su estudio “¿Quién va a llevar polución encapsulada en el dedo?”. Ahora se venden en los museos. “Hacer de un desastre algo precioso convierte el diseño en magia”.




De Singapur a Dubái y de Milán a Londres, cada vez hay menos ciudades en el mundo en las que no se celebre una semana del diseño. En ese marco, Madrid ha inaugurado su festival con un pie en el establishment —los grandes nombres de la industria: de los Bouroullec o Rossana Orlandi a Jasper Morrison—, otro en la realidad —las empresas productoras y los problemas del mundo— y un tercero en las propuestas transformadoras —el dron Mine Kafon que mapea, detecta y detona a distancia minas antipersona ideado por los hermanos Hassani, dos refugiados afganos—. 

Este mensaje ecléctico explica que el diseño de hoy no debe encasillarse y sí vincularse más a los cambios que a los objetos para potenciar su capacidad transformadora."              (Entrevista a Daan Roosegaarde, Anatxu Zabalbeascoa, El País, 16/02/18)

23/2/18

Moralización de los mercados o cómo utilizar el consumo como un arma política

"Consumir es también un acto político. El gesto más cotidiano contribuye a alimentar el sistema, corregirlo o destruirlo. Cada vez más ciudadanos son conscientes de que el poder para cambiar el mundo se esconde también en su bolsillo: cada uno decide qué quiere financiar, aunque a veces las alternativas sean escasas o inexistentes. Comprar es un acto más de presión. 

Usar el consumo (por acción u omisión) como medida de presión no es una estrategia nueva. Hay muchas formas de canalizarlo, desde las compras colectivas hasta plantearlo en negativo, dejando de adquirir productos de una determinada compañía. 

Se ha utilizado a varias escalas, con mayor o menor éxito. El boicot económico se sumó, como una más, a las medidas que hicieron caer el apartheid en Sudáfrica, una herramienta que ahora se usa contra los productos israelíes y que acabó en los tribunales cuando algunos ayuntamientos españoles decidieron sumarse a la campaña de Desinversión y Sanciones contra Israel (BDS). 

Muchas veces asociarse por intereses comunes también genera victorias, como los recursos contra las cláusulas suelo por los que muchos clientes han conseguido recuperar el dinero de sus bancos. Pocas veces, la indignación del consumidor logra acabar directamente con un producto. 

En 2012, Telecinco tuvo que cancelar el programa de La Noria después de que sus anunciantes retiraran la publicidad. En las redes sociales hubo una lluvia de críticas por una entrevista a la madre de El Cuco, uno de los acusados en el caso Marta del Castillo.

“La movilización de los ciudadanos sí puede provocar cambios políticos”, resalta convencido Rubén Sánchez, portavoz de la asociación FACUA, que vela por los derechos de los consumidores y los organiza para combatir los abusos. Sin embargo, insiste en no descargar toda la culpa en el consumidor y, sobre todo, no responsabilizarle de las tareas que deberían cumplir los poderes públicos: “Puede haber acciones de movilización de consumidores para dejar de comprar un determinado producto o de contratar un servicio a una empresa que ha cometido un abuso, pero los efectos son muy parciales”.

Los cambios estructurales, como acabar con los oligopolios en un determinado sector, son más lentos.”Haciendo un paralelismo con los movimientos obreros, los consumidores no tenemos nada que nos organice, somos una fuerza fragmentada”, explica Carmen Valor, profesora de la Universidad Pontificia de Comillas y miembro de Economistas sin fronteras. 

Además de las compras colectivas, los boicots y las protestas, hay estrategias para que las organizaciones logren avances en las empresas. Por ejemplo, las intervenciones en las juntas de accionistas, como la que Oxfam Intermón logró en Repsol gracias a una cesión de acciones de particulares: “Solo el hecho de acudir a las juntas y plantear preguntas generó cambios”; explica Valor, que recuerda que este poder de los accionistas no existe en la legislación española. 

Nazaret Castro y Laura Villadiego se toparon con la huella de las multinacionales en Brasil y Camboya, respectivamente, mientras trabajaban en estos países. El producto más cotidiano y barato en los comercios del primer mundo era fruto de la explotación en la parte sur del planeta. Por ello, crearon la web Carro de Combate, donde exploran el origen, producción y alternativas de algunos artículos como el azúcar o el aceite de palma: “También hay gente interesada en este tipo de productos, pero no sabe dónde ir. Ocurre lo mismo con el consumo local.

 Algunas personas no tienen tiempo y al final van al supermercado”, explica Aurora Moreno, del equipo de este espacio. Esta periodista es optimista en esta cuestión y cree que hay una “concienciación sobre la necesidad de cambiar el sistema de producción en todos los ámbitos”. 

Las trampas del neoliberalismo

Si la información es clave, la economista Carmen Valor insiste también en la formación: “Cuando se estudia educación para la ciudadanía y los cauces para su participación  siempre se pone el foco en las vías tradicionales de la política”. 

La experta apuesta por la “moralización de los mercados”, compuestos por ciudadanos que compren, no solo por el afán de adquirir, sino también por asociarse con los valores de una marca. “Existe la creencia de que la inmoralidad del mercado va a llevar a consecuencias que repercuten en el bien común, pero está muy demostrado que no es así”. 

El neoliberalismo también crea disonancias cognitivas. Hay personas que están concienciadas con el medioambiente, pero la falta de alternativas hace que caigan en incoherencias y se cree un malestar interno. “Es una explotación del cinismo. O eres eternamente puro o no sirve para nada”, explica sobre la desafección que provoca en algunas personas. Avisa del peligro de la atomización de los consumidores y de la “creencia de que yo solo no hago nada”, una idea que hay que cambiar. 

“Vivimos en una dinámica muy consumista. Nuestra identidad es lo que consumimos y lo que entra dentro de nuestra capacidad de comprar”, explica Sergio Andrés Cabello, profesor de Sociología de la Universidad de La Rioja, sobre cómo el neoliberalismo ha logrado penetrar en todos los resquicios e imponer las necesidades que ha creado. Rubén Sánchez recalca también cómo ese discurso se ha trasladado a todos los ámbitos de la vida: “Somos consumidores por encima de ciudadanos. Los políticos hacen discursos para que compremos su producto”. 

Además, el capitalismo se reinventa constantemente y se disfraza de lo que el consumidor quiere. De esa preocupación por el medio ambiente nacen iniciativas positivas, pero también se dan pasos como el greenwashing, es decir, intentar que el consumidor perciba que una marca es respetuosa con el medioambiente, a través de trucos como el nombre o de asociar el color verde a su imagen. También surgen plataformas digitales que se arropan bajo la denominación de “economía colaborativa” y que no lo son, pero se arrogan ese capital moral. 

Los expertos consultados son optimistas y proyectan un futuro con ciudadanos más conscientes y responsables. Organizaciones y usuarios van poco a poco desequilibrando la balanza de esta lucha entre David y Goliat."                     (Sara Montero, Cuarto Poder, 21/02/18)

29/6/17

Los centros comerciales en Estados Unidos se están muriendo lentamente... en 2 ó 3 años desaparecerán 800 shopping malls (más de la mitad)... por problemas estructurales del capitalismo avanzado

"(...) Y ahora que lo peor del frente de tormenta pasó, se consolida la percepción de que la borrasca ha sido controlada. Esa es una idea equivocada y peligrosa.
La verdad es que el problema en Estados Unidos se ha desplazado del ámbito residencial a los centros comerciales, los famosos y feos shopping malls. Esas enormes construcciones están hoy en el corazón del próximo huracán financiero. Al igual que en 2007, los efectos del mal tiempo se dejarán sentir en la economía global.

Los centros comerciales en Estados Unidos se están muriendo lentamente. Los locales vacíos se multiplican porque las ventas no cubren las altas rentas y los comercios en bancarrota aumentan todos los días. Casi no se habla de este tema, pero lo cierto es que en Estados Unidos crece cada día el número de centros comerciales fantasma, abandonados o con grandes espacios vacantes.

Hasta se habla del modelo chino en el que el crédito barato y la especulación inmobiliaria han llevado a construcciones de millones de metros cuadrados que hoy son cascarones vacíos sostenidos por millones de toneladas de concreto, miles de kilómetros de cables eléctricos y tuberías, amén de una colosal huella ecológica.

Si la imagen exitosa del centro comercial se mantiene es sólo porque algunos malls subsisten en buenas condiciones. Pero esos centros son la minoría: en Estados Unidos sólo 20 por ciento de los centros comerciales genera más de dos terceras partes de las ganancias de este sector. Esos centros comerciales están localizados en puntos que mantienen alta densidad de población con poder de compra o en centros de concentración turística y económica.

Lo cierto es que la crisis en el resto de los centros comerciales es una triste realidad que no va a desaparecer. Se calcula que en los próximos dos o tres años desaparecerán cerca de 800 shopping malls (más de la mitad del total) en todo el territorio estadunidense.

Muchos podrían pensar que el principal responsable de la debacle del centro comercial se debe al auge del comercio en línea. Pero lo cierto es que a pesar de su crecimiento, el comercio vía Internet apenas representa 12 por ciento de las ventas totales de las tiendas departamentales que sirven como ancla de los malls.

La razón de fondo de la nueva crisis es que la construcción de centros comerciales en las últimas dos décadas ha procedido a un ritmo muy superior al crecimiento del poder de compra en la mayoría de las ciudades estadunidenses. Mientras la demanda se estancaba se construyeron más de siete millones de metros cuadrados para centros comerciales en los últimos cinco años.

¿Por qué se ha mantenido la inversión en los centros comerciales? La respuesta es inmediata: cálculos de riesgo equivocados y mucha especulación. Éste es un sector en el que los inmuebles sirven de garantía, facilitan la obtención de financiamiento y permiten un mayor apalancamiento. La inversión en centros comerciales estuvo ofreciendo rendimientos estables que prometían superar 6 o 7 por ciento y con una garantía aparentemente tan sólida como el concreto y acero utilizados en su construcción.

Eso explica el rápido crecimiento de capacidad instalada que hoy rebasa todas las proyecciones sobre la evolución de la demanda. Por eso las tiendas en los malls ofrecen constantes ofertas y descuentos sobre toda la gama de artículos en venta, lo cual comprime los márgenes de ganancia y lleva a la apertura de concursos de quiebra.

En consecuencia, los operadores de los centros comerciales enfrentan serias dificultades para enfrentar sus compromisos de deuda. Para los próximos 18 meses se necesita refinanciar unos 130 mil millones de dólares en créditos para el sector de centros comerciales, una operación que no se anuncia fácil.

La gran diferencia de la crisis que se avecina es que los principales acreedores no son los grandes bancos, sino los llamados inversionistas institucionales como los fondos de pensión y las compañías aseguradoras, así como otros agentes financieros –en especial, los fondos de cobertura hedge funds– y uniones de crédito. Las implicaciones para el sistema financiero son más graves que las de la crisis de 2007 porque el rescate de las compañías aseguradoras y los fondos de pensión se anuncia casi imposible.

Los efectos en cascada sobre los ingresos de jubilados y el desplome de recaudación fiscal (por impuestos prediales) son múltiples y serán difíciles de revertir: vender uno de esos centros es mucho más complicado que el deshacerse de mil casas.

A diferencia del cierre de una fábrica y de la pérdida de empleos, el cierre de un centro comercial no puede explicarse con una retórica fácil sobre la globalización o un mal tratado comercial. El crepúsculo de los shopping malls se debe a problemas estructurales del capitalismo avanzado." (Alejandro Nadal , Sin Permiso, 16/06/2017)

4/1/17

Crean certificación para empresas que fabriquen sin obsolescencia programada

"La obsolescencia programada es la vida útil que le da una fábrica o empresa a un producto, cuando pase este periodo de vida útil el producto se volverá obsoleto, inútil. Este certificado nace para luchar precisamente contra la obsolescencia programada. Para identificar y premiar a las empresas que contribuyen al desarrollo sostenible de la sociedad.

Hoy día casi cualquier aparato electrónico, electrodoméstico… ya no se repara, porque en muchos casos es mas cara la reparación que comprar uno nuevo. Algunas empresas llegan hasta el extremo de impedir de diferentes formas el que sus producto. Las nuevas tecnologías nos obligan a renovar equipos que funcionan perfectamente y que en muchos casos no han llegado al final de su vida útil.

Para luchar contra la obsolescencia programada, la Fundación Feniss (Fundación Energía e innovación Sostenible sin obsolescencia programada) ha creado una certificación, sello ‘ISSOP’, que distinguirá a las empresas que no incluyan la obsolescencia programada en la fabricación de sus productos o que sean reparables por un coste menor al de comprar uno nuevo.

El sello ‘ISSOP’ se obtiene de manera gratuita.

• Priorizar la compra de productos y la contratación de servicios que sean respetuosos con el medio ambiente, fabricados sin obsolescencia programada, y si es fabricante de algún producto, fabricarlo sin obsolescencia programada. Utilizando preferiblemente producto local y el “Comercio Justo”.
• Contribuir a la mejora energética y a la disminución de emisiones, con el objeto de reducir las  huellas de carbono y ecológica corporativa.
• Realizar la correcta gestión de residuos.
• Promover la cultura del consumo social y ambientalmente responsable.
• Apostar por una responsabilidad ambiental y la preservación del Medio Ambiente local.
• Facilitar el acceso a la formación ambiental y de integración social.
• Evitar hacer uso de una publicidad engañosa o ambiental y socialmente irresponsable.
• Promover la igualdad e integración social.
• Facilitar la conciliación laboral, familiar y personal.
• Promover y difundir los compromisos adoptados hacia un modelo de gestión más sostenible y responsable. Incluir en sus contratos con terceros clausulas que impidan la corrupción.

¿Qué es la obsolescencia programada? 

La obsolescencia programada es la vida útil que le da una fábrica o empresa a un producto, cuando pase este periodo de vida útil el producto se volverá obsoleto, inútil.
Esto se creó para que el consumidor se viera obligado a adquirir un producto nuevo igual o similar. La mayoría de los productos están “programados para morir”, y muchas veces cuando estos dispositivos mueren es más económico adquirir uno nuevo que reparar el que ya tenemos.

La obsolescencia programada asegura una gran demanda, por lo tanto las empresas tienen más beneficios y una continua oferta. Esto influye de gran manera en el desarrollo de la economía."            (Ecoportal, en Rebelión, 02/01/17)

20/10/16

La Red de Compras Colectivas

"En contraposición a un llamado “consumo responsable” que sostiene que comprar es votar está apareciendo últimamente un consumo rebelde, amotinado, que defiende que comprar es luchar y que queda vívidamente definido por grupos como La Granada [1]:  (...)

El consumo combativo es una recuperación de nuestra responsabilidad indelegable de decidir sobre todo lo que nos afecta, una responsabilidad que no estamos dispuestos a transferir a ningún representante político, sindical o religioso.

La Granada es una fruta explosiva. Somos trabajadoras y trabajadoras en lucha contra el Estado y la empresa capitalista, no un club del gourmet o un eco-centro de salud nutricional. Nuestro objetivo es debilitar al Estado y a la empresa capitalista a través de la organización asamblearia del consumo y reforzar al mismo tiempo a los colectivos productivos autogestionados. (...)

La simple orquestación de una “no compra” es un boicot a medias, inconcluso, quizá efectivo en campañas reivindicativas puntuales pero carente de profundidad revolucionaria. De aquí surge la idea de la “compra colectiva” como culminación de la “no compra colectiva”, un perfeccionamiento del boicot.
La compra colectiva como arma del consumo combativo puede llegar a hacerse en el mercado capitalista y compartir bastantes de los criterios del consumo responsable, como veremos enseguida, pero la intencionalidad subversiva lo trastoca todo [3]

El consumo responsable puede ser fácilmente recuperado por el sistema, convertirse en un eslogan de marquesina subvencionado por el Ministerio del Buen Rollo; entrar en el temario de Educación para la Ciudadanía; mercantilizarse como el bicarbonato de una clase media urbana con malas digestiones de conciencia o salir en portada del próximo suplemento dominical de El País. 

Pero el consumo combativo es ya irrecuperable, no tiene remedio. Cada acto de consumo –que no tiene por qué ser necesariamente una compra [4]- es doloso, tiene el punto de mira puesto en la transformación del sistema económico y político.

La compra colectiva como arma del consumo combativo.

[…] no nos contentamos con organizar nuestro consumo de alimentos. Queremos organizar el consumo de toda clase de productos y servicios básicos, de todo lo necesario para la vida. De hecho, aspiramos a una sociedad en que la producción esté determinada por el consumo y no al revés, como sucede bajo el capitalismo.

Entendemos la compra colectiva como una forma de continuar desarrollando nuestra cada vez más desarrollada organización del consumo. Con Karakolas no sólo hemos perfeccionado herramientas sino, más importante aún, estructuras de coordinación y toma de decisiones conjuntas: Redes asociativas que pueden crecer sostenidamente y sin afectar la autonomía de cada grupo integrante.

Las compras colectivas tendrían dos objetivos:
 
- El prioritario, crear “círculos virtuosos autogestionarios”. Se trata de desviar el consumo de todos los productos que podamos a proveedores que no exploten a trabajadores, que se organicen de forma asamblearia como nosotras y respeten nuestros criterios ecológicos. 

Esta demanda concentrada fortalece a los productores autogestionados, que son entonces capaces de mejorar su oferta a los consumidores autogestionados (ampliando la variedad, mejorando la calidad, ajustando precios, etc.) Y vuelta a empezar en ciclos cada vez más potentes. De esta manera nuestras compras estarían sirviendo directamente para fomentar la economía alternativa que perseguimos.

- El secundario, romper “círculos viciosos capitalistas”. Hay multitud de productos de uso cotidiano que todavía no podemos encontrar en la Autogestión y tenemos que comprar al capitalismo (pilas, bombillas, papel, menaje, herramientas, etc.)

 Nuestra demanda desorganizada de estos productos potencia la lógica productivista capitalista que, regida por la máxima obtención de beneficio al menor costo posible, agrava la explotación laboral, el ecocidio (o destrucción de la naturaleza transformada en recurso mercantil), el control monopolístico de los precios, etc. Cada ciclo, cada rotación de stocks en las estanterías del supermercado, empeora la situación. Con la compra colectiva podemos romper estos círculos viciosos (por ejemplo, mediante la promoción de proyectos autogestionados con el dinero obtenido en los descuentos).

El texto recién citado está sacado de una ponencia tratada el 24 de septiembre pasado en la Asamblea de Karakolas, integrada actualmente por más de 40 grupos de consumo. Para la última parte, referida a la ruptura de “círculos viciosos capitalistas”, se manejó un trabajo del extinto colectivo Banda Ancha publicado en 2012 bajo el título “La compra colectiva como instrumento de lucha contra el capitalismo”, del que rescatamos los siguientes párrafos:

En el mercado capitalista, toda compraventa es una negociación entre partes contrarias. Llamamos compra colectiva a la compra organizada en red con el objeto de conseguir mayor poder de negociación frente a las empresas capitalistas, la parte contraria. A mayor fuerza de compra, más poder de negociación.

El efecto inmediato de la compra colectiva es el abaratamiento del precio del producto. A las empresas capitalistas les suele salir rentable sacrificar márgenes de beneficio a cambio de volumen de venta. En otras palabras, con la compra colectiva aplicamos el mismo principio que cuando regateamos descuentos con el tendero por comprar tres unidades de un producto en lugar de uno, pero a lo bestia. 

Obviamente, una compra colectiva orientada sólo a la reducción de precios no hace más que alimentar el consumismo desaforado del que se nutre el capitalismo. De hecho, existen varias páginas de comercio online que obtienen cientos de millones de euros de beneficio anuales por el procedimiento de mercantilizar compras colectivas. 

Pero nuestra forma de salirnos de este círculo vicioso consumista es donar el beneficio obtenido en la compra colectiva a proyectos sin ánimo de lucro que tengan una intencionalidad revolucionaria. Es decir: invertir el beneficio de la compra en la destrucción del vendedor. Sólo por esto, merece la pena organizar la compra de los productos que compramos desorganizadamente en el Carrefour (bombillas, pilas, papel higiénico, etc.)

Pero hay más. A medio plazo, podremos conseguir mucho más que descuentos mediante la organización de nuestras compras. Podremos intervenir en los procesos de producción y distribución de nuestros proveedores capitalistas, por ejemplo, o en las condiciones laborales de su plantilla asalariada. La simple perspectiva de perder un cliente con un potencial de compra masivo puede obrar milagros en la “responsabilidad social corporativa” de las empresas. 

La fuerza de compra es el factor principal pero no el único. Hay otros factores que incrementan también nuestro poder de negociación. Un colectivo organizado de consumidoras siempre representa una amenaza mayor para la empresa capitalista porque dispone de más medios de defensa y ataque que la consumidora aislada (cajas de resistencia para sostener acciones jurídicas, impagos coordinados, campañas públicas de desprestigio, boicots, etc.)

Por último, a una escala suficiente, las compradoras organizadas seremos capaces de dar la espalda a las empresas capitalistas y hacer viables proyectos autogestionados que fabriquen bombillas, baterías, paneles solares, etc. Ese momento llegará cuando seamos capaces de financiar los medios de producción necesarios y garantizar la demanda.

La RCC (Red de Compras Colectivas)

En junio de 2015, la RCA acordó impulsar una Red de Compras Colectivas. Paralelamente, por las mismas fechas, Faircoop inició un proyecto muy similar en el marco de su mercado virtual Fairmarket. En julio de 2016, compañeros de la RCA y Faircoop descubren por casualidad que están trabajando en proyectos convergentes e inician inmediatamente una colaboración que acelera el proceso de constitución de una RCC de dimensión internacional. 

En Madrid, animadas por el impulso, las Asambleas de La Canica y Karakolas acordaron unirse a la RCC el 17 de septiembre y el 24 de septiembre, respectivamente.

Las compañeras informáticas están ultimando la adaptación del software de Karakolas y Fairmarket a una aplicación que tendrá un funcionamiento muy parecido al de una plataforma de crowdfunding. Los colectivos adscritos a la Red podrán realizar propuestas de compras colectivas de un producto a través de la RCC, fijando una cantidad mínima de unidades y un plazo de tiempo para alcanzarla. 

Si el total de los pedidos no llega a la cantidad mínima en el plazo fijado, la propuesta de compra se considerará rechazada y el dinero adelantado se retornará. Las comunidades usuarias de monedas alternativas podrán establecer intercambios en faircoins, canicas, ecos, etc.

Los contactos con proveedores se han iniciado ya. De hecho, aunque la aplicación no está aún operativa, la RCA ha aprobado una primera compra de 600 kilos de café Rebeldía, producido por cooperativas zapatistas y distribuido por una Asociación solidaria de Barcelona adherida a Fairmarket. La compra se ha efectuado para garantizar existencias de café en 2017, ya que los pedidos a las productoras zapatistas en lucha se hacen anualmente -cada mes de octubre- para facilitar la programación de su temporada. 

También se está mirando la posibilidad de abrir un canal de importaciones con ERT argentinas (Empresas Recuperadas por los Trabajadores) y con cooperativas textiles de la Rojava kurda, otra de esas regiones del mundo donde se está ensayando la autonomía libre asociacionista, sin Estado ni patrones ni patriarcas. Ya dentro del espacio europeo, las compañeras griegas de la fábrica okupada VIO.ME nos han enviado su catálogo de productos de limpieza, que empieza literalmente así:

Nosotras, las trabajadoras de VIO.ME en lucha, liberadas de los jefes, continuamos resistiendo a pesar de la presión y las maniobras legales que se operan a nuestras espaldas. Nos resistimos como trabajadoras a abandonar la fábrica y perseveramos en nuestra demanda central: Las fábricas, así como toda la riqueza social, deberían ser gestionadas por quienes las producimos.

Por último, la RCC cuenta con la estructura legal necesaria para enfrentarse a los obstáculos burocráticos a los que tendrá que enfrentarse [5] . Aunque la tercera entrega de nuestro serial titulado “La Acción Económica” tratará precisamente de este tema, no podemos evitar la tentación de adelantar un par de apuntes. 

Sólo los colectivos con poca personalidad confunden su identidad con la de una “persona jurídica” o se identifican con “Números de Identificación Fiscal” (NIF). De las empresas capitalistas hemos aprendido que las personas jurídicas son como los vehículos, las hay de todas clases, para usos deportivos o industriales, para embestir escaparates en los alunizajes o ponerse a salvo después de atracar bancos. 

Por cierto, una Sociedad Limitada puede ser el escudo instrumental de una Asamblea de trabajadoras y una Cooperativa puede ser la tapadera de una penitenciaría laboral que exprime a miles de trabajadoras [6]. 

Las escrituras notariales e inscripciones registrales no determinan las relaciones de producción. La explotación laboral es un fenómeno económico, no jurídico, que en el caso concreto del asalariado se da cuando el factor de decisión en una unidad productiva (tienda, taller, bar, almacén, etc.) es el capital y no el trabajo.

Pero todo esto se verá más tranquilamente en el siguiente episodio de “Acción Económica”, si el tiempo y las autoridades lo permiten.

Las interesadas en contactar con la Red de Compras Colectivas podéis escribir a rcc@riseup.net.

 [1] http://lagranada.org/. Grupo de consumo constituido en 2014 y adherido a la RCA.(...)"

15/9/16

La Economía Circular, la del máximo reciclaje, es una oportunidad de empleo verde para todos los países

"Uno de los grandes problemas al que nos enfrentamos en la sociedad actual es el de los residuos. El sistema de producción y consumo en el que estamos inmersos genera una cantidad ingente de residuos que deben ser retirados de la circulación y gestionados. 

Ello es todo un reto para las administraciones locales que, obviamente, han optado mayoritariamente por las soluciones más rápidas y baratas: el vertido y la incineración. Ninguna de las dos opciones, sin embargo, es sostenible social o medioambientalmente. Por ello, las sociedades avanzadas han venido desarrollando legislación y tecnología para aplicar, de manera creciente, la jerarquía de las tres R: reducir, reutilizar y reciclar.

A estas alturas, todo el mundo comprende que reciclar materiales es bueno para la economía y el medio ambiente. Y no obstante, todavía el margen de mejora es enorme. No ya en el papel o el vidrio, a los que va sistemáticamente asociada la imagen del reciclado, sino también en todo tipo de materiales. 

En metales, madera, plásticos, y también en los residuos de construcción y demolición (RCD), los escombros que pululan por doquier en vertidos incontrolados por todo el territorio, con los que se pueden fabricar nuevos materiales de construcción.

La reutilización también es fácil de comprender, y de hecho se practica, en una gran cantidad de bienes de consumo. Es lo que hacemos cuando regalamos a familiares o amigos algo que aún funciona pero que no queremos: la ropa usada, los libros viejos... 

Sin embargo, los rastros y mercados de pulgas han ido perdiendo peso en el comercio de las ciudades, y estamos desaprovechando muchas oportunidades para el intercambio de productos de segunda mano, que podrían tener una segunda vida útil si, por ejemplo, organizáramos los “puntos limpios” de otra manera.

Pero en todo caso, la reducción de la cantidad de residuos es la gran asignatura pendiente. Y es lógico, porque para ello necesitamos cambiar las reglas de producción, consumo y gestión de los residuos, para transitar hacia un modelo de economía circular del que en España todavía estamos muy alejados. Precisamente por eso es importante eventos como la Universidad Verde organizada por la Fundación EQUO y la Green European Foundation que este año está dedicada a la economía circular y el necesario cambio de modelo.

La economía circular pretende cerrar el ciclo de vida de los productos. Es decir, frente al clásico sistema económico lineal en el que vivimos de producir, usar y tirar, donde las materias primas necesarias para fabricar los bienes de consumo son extraídas continuamente de la naturaleza, se pretende evolucionar a un sistema donde el desperdicio de materiales sea mínimo y el reciclaje máximo. 

De esta manera, los bienes de consumo se diseñan pensando en el reciclaje posterior de sus componentes, que deben ser recogidos, reciclados y reutilizados de nuevo en el proceso de fabricación, en un sistema circular que imita a la naturaleza. 

En esta concepción de la economía, es muy importante que, además, los productos sean duraderos y reparables, de forma que exista un mercado para los recambios y las reparaciones, y una vez terminada su vida útil sean desmontados y sus componentes reutilizados en otros procesos de fabricación.

 El objetivo es que la fracción resto de los residuos (aquello que ya no se puede reutilizar ni reciclar) quede disminuida al mínimo posible, aproximándonos así a ese ideal de “residuos cero”. El proceso, además de materias primas, ahorra energía y agua y, en consecuencia, reduce el impacto ambiental mucho más allá de la gestión de los residuos.

Este modelo, además, genera muchos empleos. Según un estudio del Grupo de los Verdes en el Parlamento Europeo, por cada 10.000 toneladas de residuos, la economía circular crea 300 empleos, mientras que la incineración solo uno. La Comunidad de Madrid produce más de 3.3 millones de toneladas de residuos al año, lo que supondría unos 100.000 puestos de trabajo. 

Por todo ello, la Comisión Europea ha puesto en marcha un paquete de medidas para impulsar la economía circular, dotado de 5.500 millones de euros de los Fondos Estructurales y 650 millones adicionales vinculados a los programas de I+D+i. Teniendo en cuenta los problemas de gestión de residuos en la Comunidad de Madrid, con varios vertederos a punto de colmatarse y tasas de reciclaje y tratamiento muy alejadas de los objetivos europeos, el paquete de Economía Circular de la Comisión Europea es una clara oportunidad para impulsar un cambio en la política de residuos. 

La Comunidad de Madrid no puede desaprovechar la oportunidad y debe desarrollar, urgentemente, una nueva estrategia de residuos que nos aproxime a la economía circular y el horizonte de residuos cero. En ello estamos, si nos dejan."                (Alejandro Sánchez , El salmón contracorriente, en Rebelión,  09/09/16)

6/7/16

¡La Colmena Que Dice Sí! Reinventa el modelo de consumo con una red interconectada y descentralizada, de libre acceso para todos, con una plataforma web para hacer la compra online, cuando quieras y la cantidad deseada, de productos ecológicos

"(...) La llegada de los grandes supermercados consiguió que la mayoría de los españoles olvidemos la compra de proximidad. Los grupos de consumo existen desde hace años. No solo por seguir la corriente de los productos ecológicos que aborda a la mayoría de los que consumen este producto, sino la curiosidad de conocer a quién cultiva y el valor de los sabores que aportan.

Suelen estar formados por amigos, vecinos o conocidos que se ponen de acuerdo para comprarle verduras a un agricultor y que, una vez reciben el pedido, se reparten los productos y las tareas. Verduras, hortalizas, frutas, pan de masa madre, vinos ecológicos, carnes ecológicas, huevos, cervezas artesanales… Una infinidad de productos alimentarios son vendidos semanalmente por sus productores y elaboradores a los consumidores en distintas partes del país.

Sin intermediarios y apostando por el producto local para evitar los largos desplazamientos y sus consecuencias, muy perjudiciales para el medio ambiente. La empresa ¡La Colmena Que Dice Sí! propone algo parecido, pero más cómodo. La colmena tiene un manifiesto que garantiza que los productos son respetables con el medio ambiente, no tienen fitosanitarios o son slow food, entre otras directrices.
La comodidad tiene un precio, claro. 

El productor se lleva un 83 % de la ventas y el 17 % restante se lo reparten a partes iguales el administrador de la colmena y la plataforma estatal, que en España cuenta con siete trabajadores y se ocupa de la promoción y el mantenimiento de la web. Hoy les entrevistamos en Muhimu para conocer un poco más sobre esta iniciativa:

¿Cómo surge esta iniciativa?

En julio del 2014, ¡La Colmena Que Dice Sí! daba sus primeros pasos en España. Nacía una nueva iniciativa de consumo para facilitar la venta directa entre productores locales y comunidades de consumidores, llamadas Colmenas.

Cada una de las Colmenas permite llevar a cabo un proyecto personal y singular, ya que cualquier persona puede crear una Colmena o comunidad de consumo en su barrio; él o ella es el Responsable de Colmena. Pero a la vez se inscribe dentro de una lógica colectiva que reinventa el modelo de consumo y esboza los contornos de una nueva economía social y humana. 

El proyecto tiene este doble carácter local versus global.¡La Colmena Que Dice Sí! goza de la experiencia de Francia, el país donde se creó la idea de este modelo y la plataforma web, en 2011, y además forma parte de un movimiento europeo que cuenta con más de 800 Colmenas en Francia, España, Bélgica, Italia, Alemania y el Reino Unido.

 Es por tanto una red interconectada y descentralizada, en la que su funcionamiento es compartir recursos y experiencias, de libre acceso para todos y adaptándolo de manera autónoma a cada país, y dentro de él, a cada región.

Después de toda esta experiencia, ¿cómo ves la situación de las compras de proximidad en España?

En España, sobre todo los últimos 5 años, y gracias al aumento de la preocupación de muchos ciudadanos alrededor de las temáticas sociales y medioambientales, se busca consumir de una manera responsable y sostenible.

 En referencia a la alimentación, hay un creciente interés por saber el origen de los alimentos y comer de manera más saludable, a la vez que de proximidad. Así que la gente busca cada vez más se apunta a iniciativas de consumo local y directo entre consumidores y productores.

Pero el ritmo de vida, sobre todo en las grandes ciudades, es frenético y se dispone de poco tiempo. Además de que se está muy alejado del campo.

En este sentido, el modelo que propone ¡La Colmena Que Dice Sí! ha sabido adaptarse a estas dos variables: por una parte es una plataforma web muy fácil y accesible para hacer la compra online, que además permite la flexibilidad de comprar cuando quieras y la cantidad deseada, pero a la vez conserva lo esencial del contacto humano y directo entre la ciudad y el campo, ya que una vez a la semana tiene lugar el encuentro físico entre productores y consumidores. 

Así, el verdadero sentido del proyecto se establece durante el día de distribución, en que con el formato de un mercado efímero, los productores entregan los pedidos a sus consumidores y se conocen.

¿Cuántas colmenas hay repartidas por el país?

Las primeras Colmenas se crearon en Barcelona y Madrid, y en pocos meses abrieron más en diferentes barrios de las dos ciudades. En España existen actualmente 34 Colmenas abiertas, 13 de ellas en Madrid y 8 en Barcelona (1 de ellas en Sant Cugat), y las demás en Valencia (4), Granada, Sevilla, Valladolid, León, Palma de Mallorca y Bilbao.

¿Qué ventajas tiene frente a otras opciones de compra?

Por una parte, y al contrario de la gran distribución (supermercados) porque se fomenta el consumo de proximidad. Aparte de conocer directamente al productor y tener toda la información del producto de primera mano, el comercio de proximidad tiene también muchas ventajas para el medioambiente.
Elimina transportes innecesarios. Esto tiene un menor coste energético y se reduce muchísimo la contaminación asociada.

Además, también se reducen los embalajes y residuos.

Y se lucha contra el despilfarro alimentario. Por una parte, el sistema pre-venta online permite que el productor sepa de antemano lo que ha vendido y sólo entrega las cestas ya vendidas. Y por la otra, no se desperdicia por cuestiones estéticas del producto, como sí que pasa en la gran distribución.

Por otra parte, por la filosofía social que existe detrás del proyecto, que fomenta un impacto global y real de cambio de consumo. ¡La Colmena Que Dice Sí! permite la replicabilidad de un modelo social, sostenible y colaborativo. Por una parte, crea canales de venta directa para favorecer una alimentación justa y local. Por otra parte, apoya la producción sostenible a pequeña escala. 

También dinamiza los lazos sociales en los barrios. Finalmente revitaliza la economía local, porque apoya la actividad de los productores locales para que puedan vivir de su actividad, y además facilita las herramientas de gestión y comunicación para que cualquier emprendedor social pueda crear su propio proyecto de microemprendimiento.

Cualquier persona puede abrir y crear una Colmena en su barrio o localidad, dedicándole unas horas a la semana. Este emprendedor es el que llamamos Responsable de Colmena y a cambio de sus tareas de gestión, comunicación y dinamización del barrio, obtiene un ingreso complementario del 8,35% de las ventas, ya que le está dinamizando la comunidad al productor, que es quien paga este coste de servicio.

El proceso para crear una Colmena comienza cuando una persona se inscribe en la página web y rellena el formulario explicando sus motivaciones.

En segundo lugar, tiene que encontrar un local del barrio que ceda el espacio dos horas a la semana para hacer las distribuciones. Normalmente son restaurantes, coworking, escuelas, etc. A continuación, busca los productores locales con quien quiere colaborar. Y finalmente, hace comunicación en el barrio para que los vecinos se apunten a la web de su Colmena.

Cuando la comunidad es bastante numerosa, su actividad puede comenzar. Y consiste en que cada semana organiza una venta online donde los consumidores pueden comprar los alimentos de calidad que ofrecen los productores.

Una vez que la venta ha finalizado, el Responsable organiza lo que llamamos un mercado efímero en el espacio del barrio, en un lugar donde los productores entregan los pedidos a los consumidores.
Y para llevar a cabo todo ello, dispone de todas las herramientas de gestión y comunicación a su alcance, de manera gratuita, además de contar con el apoyo y formación permanente del equipo de coordinadores de La Colmena Que Dice Sí!

Ahora en España ya son 34 Responsables de Colmena que se han lanzado a la aventura de crear su propia comunidad de consumidores y productores locales en diferentes regiones de España. Éste vídeo lo ilustra muy bien:

¿Qué nos faltaría para entender que otra forma de alimentarse es mejor para tu organismo pero también para la comunidad en la que vives?

El acceso a la información de calidad. Falta más sensibilización sobre el tema, y que se normalice como lo normal, y no como algo exclusivo o caro. Tener un contacto directo con el productor te permite empatizar con él, entender el valor nutricional de los productos y qué impacto tiene la manera de producir sobre el medioambiente. 

Un productor contándote su saber y experiencia, es el mejor impacto para convencerte de que el cambio de consumo es necesario, tanto a nivel nutricional como social.

Además, los consumidores tienen que entender que el coste de las cosas es relativo si se tiene en cuenta el valor nutritivo.. Si pensamos que el precio de 1 kg de manzanas ecológicas a 2 € es caro, se puede enfocar de otra manera: con 2 € le puedes dar hasta 6 meriendas nutritivas a tu hija, en lugar de comprarle algún producto de bollería al mismo precio que te da sólo para 1 o dos meriendas y no será tan beneficioso para ella.

Porque la diferencia en el precio también lo es de salud. Comprando arroz convencional nos ahorramos 1 €, pero dejamos de beneficiarnos de un 50% más de los nutrientes que sí que tiene el arroz ecológico. Lo mismo pasa con la carne.

 No se tiene porque dejar de comer (excepto si se apuesta por ser vegetariano, claro), sino que se puede consumir menos pero que ésta sea de más calidad, con lo cual los nutrientes finales que benefician a nuestro organismo serán muchos más, y el precio final que te has gastado en comprar 4 veces en el súper pollo hormonado y con antibióticos o 1 vez pollo ecológico será el mismo. Por eso hay que desmontar el mito de que los productos de calidad son caros.

¿Alguna anécdota graciosa que os haya pasado en este tiempo?

Pues destacaría dos. Quizás no son anécdotas, pero sí curiosidades. Una es que las Colmenas se acaban convirtiendo en verdaderas comunidades de vecinos donde se crean relaciones de amistad, colaboración, y hasta se hacen contactos a nivel laboral. Este es uno de los aspectos que los Responsables de Colmena valoran más; el haber creado este punto de encuentro semanal donde se comparten cosas.

La segunda hace referencia a los productores. Muchos de ellos son neorurales, es decir que en lugar de venirse a las ciudades a encontrar trabajo, deciden hacer el proceso contrario y convertirse en agricultores. 

Uno de los productores se ganaba muy bien la vida como programador al otro lado del Atlántico y después de un viaje a la India, decidió hacer un cambio total e iniciar un proyecto de agricultura ecológica. Cambió los ordenadores, por las acelgas y los puerros. Otro era productor de música, y otro educador social, y tuvieron la valentía de volver a empezar de nuevo y cambiar su rumbo.

Otra historia es el caso de una mamá de 2 bebés pequeños. Se inició en el mundo de la panadería como un hobbie, como una pasión que intentaba combinar con su día a día. Ahora ha dado un paso más y se dedica profesionalmente a esto. Y muchas veces cuenta que espera a que sus dos hijos se duerman para poder empezar su “jornada laboral” y hacer el pan.

Cuando ves que alguien lo ha dejado todo atrás para iniciar un proyecto desde zero y dar un cambio tan fuerte a su vida es cuando te das cuenta de que es la pasión por lo que hace lo que le mueve, y, aunque los días muchas veces sean duros, no podría vivir de otra manera.

 Vive para hacernos la vida mejor a nosotros, y para que podamos comer alimentos increíbles. Cada una de las historias que se esconde detrás de cada productor son historias llenas de pasión, de riesgo y de apostar por lo que crees.

¿Hacia donde o cómo os gustaría que creciese vuestro proyecto?

Esperemos seguir avanzando y conseguir que más emprendedores sociales se unan a la aventura y que pronto la red de Colmenas asegure a cualquier consumidor que tenga una Colmena cerca de su casa.
El reto es que cada vez más la gente entienda que este sistema es fácil y accesible y se convierta en una opción de consumo real y extendida. 

Que ¡La Colmena Que Dice Sí! entre en el vocabulario cotidiano de la gente y sea corriente escuchar: “voy a la Colmena a comprar”, como quien ahora dice “voy al súper”.

De momento, se ha notado una evolución clara en el número de consumidores que se han sumado a la iniciativa: hace un año, en junio del 2015 había 5657 consumidores registrados, y actualmente son más de 16.000 en España y 250 productores."                 (Rebelión, 01/07/16)

17/4/15

La obsolescencia programada: los electrodomésticos se estropean antes de 5 años

"A finales de este año está prevista la publicación de un estudio realizado por la Universidad de Berlín y el Öko-Institut relativo a la obsolescencia programada. Los investigadores han comprobado que los consumidores cambian frigoríficos, televisiones y ordenadores cada vez más a menudo y se preguntan si la obsolescencia programada es el desencadenante.

Cada vez se renuevan con más frecuencia aparatos eléctricos o electrónicos que todavía funcionan. A menudo se cambian por avances en la tecnología y por el deseo insaciable de los consumidores de disfrutar de esa tecnología punta en cuanto aparece en el mercado. Sin embargo, los investigadores ponen de relieve que una porción cada vez más importante de grandes electrodomésticos como frigoríficos, lavadoras o secadoras, se reemplazan en los cinco años siguientes a su compra a causa de fallos técnicos. 

En la investigación se recogen estadísticas de diferentes tipos de electrodomésticos, bienes de equipo eléctricos e informáticos entre 2004 y 2012. La pregunta que se hacen es si la industria reduce intencionadamente la duración de vida de sus productos.

  El estudio muestra que el porcentaje de electrodomésticos que se deben reemplazar en los cinco primeros años de su vida por esta causa se ha duplicado entre 2004 y 2012. Se ha pasado de un 3,5% en 2004 a un 8,3% en 2012.

La misma tendencia se observa en los ordenadores portátiles. Si la vida útil de estos aparatos se ha mantenido relativamente constante, alrededor de cinco o seis años, cada vez más los ordenadores se renuevan porque son defectuosos.

En 2004, un 70% de los ordenadores fueron cambiados porque los consumidores deseaban un aparato más moderno o por las innovaciones tecnológicas que estos presentaban. Sin embargo, ahora no ocurre lo mismo y sólo alrededor de un 25% de las renovaciones son debidas a esta causa.

3/10/14

California es el primer Estado que prohíbe las bolsas de plástico

"California se convirtió este martes en el primer Estado de Estados Unidos en prohibir las bolsas de plástico de un solo uso en todo su territorio. Normas parecidas ya existían en el nivel municipal en más de 120 ciudades en el Estado, incluyendo Los Ángeles y San Francisco.

 "Esta ley es un paso en la buena dirección, reduce el torrente de plástico que contamina nuestras playas y parques e incluso el océano", dijo el gobernador de California, Jerry Brown, en un comunicado anunciando la firma de la ley. "Somos los primeros en prohibir estas bolsas, y no seremos los últimos".

A partir del 1 de julio de 2015, las tiendas de alimentación y las farmacias (que en Estados Unidos es un concepto amplio que incluye droguería y parafarmacia) no podrán dar bolsas de plástico de un solo uso. El 1 de julio de 2016, la prohibición se extenderá a tiendas de conveniencia y licorerías. La nueva ley prevé un fondo de dos millones de dólares en préstamos baratos para ayudar a los fabricantes a adaptarse a producir bolsas de plástico reciclables.

Donde antes el consumidor se llevaba una bolsa de plástico, ahora tendrá que llevarse la suya. Si no, la alternativa es comprar una bolsa reutilizable o pagar al menos 10 centavos de dólar por una bolsa de papel o de plástico que cumpla unos requerimientos mínimos de durabilidad, de forma que sirva más veces.

"Una sociedad de usar y tirar no es sostenible", dijo el senador Alex Padilla, autor de la iniciativa. "Esta ley reducirá enormemente el flujo de miles de millones de bolsas de plástico de un solo uso que ensucian nuestras comunidades y dañan nuestro medio ambiente cada año. Pasar de bolsas de un solo uso a bolsas reutilizables es de sentido común".  (...)"            ( Los Ángeles , El País,  1 OCT 2014)

5/5/14

Somos productos de un proyecto industrial íntimamente vinculado con los combustibles fósiles

"(...) El cambio climático exige que consumamos menos, pero ser consumidores es todo lo que conocemos. El cambio climático no es un problema que se pueda resolver simplemente cambiando lo que compramos: un híbrido en vez de un Suv, compensación de emisiones de carbono cuando nos subimos a un avión. En esencia, es una crisis nacida de un exceso de consumo por los que son relativamente más ricos, lo cual implica que los consumidores más desenfrenados del mundo tendrán que consumir menos.
El capitalismo tardío nos enseña a crearnos a partir de nuestras elecciones de consumo: al comprar formamos nuestras identidades, encontramos una comunidad y nos expresamos. 

Así que, decir a la gente que no puede ir de compras tanto como quisiera porque los sistemas de soporte del planeta están sobrecargados, puede ser interpretado como una especie de ataque, como si les dijeran que no pueden ser realmente ellos.

El cambio climático es lento y nosotros somos rápidos. Cuando cruzas de volada un paisaje rural en un tren bala, parece como si todo lo que pasa estuviera detenido: la gente, los tractores, los coches en los caminos rurales. No lo están, por supuesto. Se están moviendo, pero a una velocidad tan lenta comparada con el tren que parecen estar estáticos.

Así pasa con el cambio climático. Nuestra cultura, que funciona con base en combustibles fósiles, es ese tren bala. Nuestro cambiante clima es como el paisaje afuera de la ventana: desde nuestro atrevido lugar privilegiado puede aparecer estático, pero se está moviendo, su lento progreso, medido en capas de hielo que retroceden, aguas que suben y alzas en la temperatura.

 El problema no sólo es que nos movemos demasiado rápido. También es que el terreno en el cual los cambios tienen lugar es intensamente local: un temprano florecer de una flor en particular, una capa inusualmente delgada de hielo sobre un lago, la llegada tardía de un pájaro migratorio. Notar ese tipo de cambios sutiles requiere una íntima conexión a un ecosistema específico. 

Ese tipo de comunión ocurre sólo cuando conocemos a profundidad un lugar; no sólo como un escenario, sino también como sustento, y cuando el conocimiento local es transmitido, con un sentido de confianza sagrada, de generación en generación. Pero eso es cada vez más escaso en el mundo urbanizado e industrializado. 

Solemos abandonar nuestros hogares fácilmente, por un nuevo empleo, una nueva escuela, un nuevo amor. Aun para aquellos que logramos mantenernos en un mismo lugar, nuestra existencia cotidiana puede estar desconectada de los espacios físicos en que vivimos. 

Puede que no estemos enterados de que una sequía histórica está destruyendo los cultivos en las granjas que rodean nuestros hogares urbanos, ya que los supermercados todavía ofrecen pequeñas montañas de producción importada, y todo el día llega en camión más. 

 Hace falta algo enorme –como un huracán, que rebasa todas las marcas previas de altura máxima del agua, o una inundación que destruye miles de hogares– para que notemos que algo está realmente equivocado.

El otro desfase tiene que ver con nuestra relación con lo que pasa desapercibido. Cuando publiqué No logo, hace una década y media, los lectores se impresionaban al enterarse de las abusivas condiciones bajo las cuales la ropa y los aparatos se manufacturaban. Pero hemos aprendido a vivir con eso. 

La nuestra es una economía de fantasmas, de ceguera deliberada. Y el aire es el máximo caso de lo que pasa desapercibido, los gases de invernadero que lo calientan son nuestros más elusivos fantasmas.

Otra cosa que hace muy difícil que captemos el cambio climático es la cultura del eterno presente. Sin embargo, el cambio climático es acerca de cómo lo hecho por las generaciones pasadas inevitablemente afectará no sólo el presente, sino las futuras generaciones.

Esto no se trata acerca de hacer un enjuiciamiento individual, de reprendernos por nuestra frivolidad o por no tener raíces. En vez se trata de reconocer que somos productos de un proyecto industrial, uno íntimamente, históricamente, vinculado con los combustibles fósiles.

Y así como en el pasado hemos cambiado, podemos volver a cambiar. Después de escuchar al gran granjero-poeta Wendell Berry ofrecer una plática acerca de cómo cada uno de nosotros tiene el deber de amar su hogar más que ningún otro, le pregunté si tenía algún consejo para los que no tienen raíces, como mis amigos y yo, que vivimos en nuestras computadoras y parece que siempre estamos en busca de un hogar.

 Quédate en algún lugar, respondió. Y comienza el proceso de mil años de conocer ese sitio.
Es un buen consejo, a muchos niveles. Porque para poder ganar esta pelea, determinante para nuestras vidas, todos necesitamos un lugar en el cual estar parados."         (Naomi Klein  ,La Jornada, en Rebelión, 29/04/2014)

19/4/13

Grupos de consumo: retomar el control sobre la alimentación

"¿Qué comemos? ¿De dónde viene, cómo se ha elaborado y qué precio pagamos por aquello que compramos? Son preguntas que cada vez se formulan más consumidores. En un mundo globalizado, donde la distancia entre campesino y consumidor se ha alargado hasta tal punto en qué ambos prácticamente no tienen ninguna incidencia en la cadena agroalimentaria, saber qué nos llevamos a la boca importa de nuevo, y mucho.

Así lo ponen de manifiesto las experiencias de grupos y cooperativas de consumo agroecológico que en los últimos años han proliferado por doquier en todo el Estado español. Se trata de devolver la capacidad de decidir sobre la producción, la distribución y el consumo de alimentos a los principales actores que participan en dicho proceso, al campesinado y a los consumidores. 

Lo que en otras palabras se llama: la soberanía alimentaria. Que significa, como la misma palabra indica, ser soberano, tener la capacidad de decidir, en lo que respecta a nuestra alimentación (Desmarais, 2007).

Algo que puede parecer muy sencillo, pero que en realidad no lo es. Ya que hoy el sistema agrícola y alimentario está monopolizado por un puñado de empresas de la industria agroalimentaria y de la distribución que imponen sus intereses particulares, de hacer negocio con la comida, a los derechos campesinos y a las necesidades alimentarias de las personas. 

Sólo así se explica tanta comida y tanta gente sin comer. La producción de alimentos desde los años 60 hasta la actualidad se ha multiplicado por tres, mientras que la población mundial, desde entonces, tan solo se ha duplicado (GRAIN, 2008), pero, aún así, casi 900 millones de personas, según la FAO, pasan hambre. Está claro que algo no funciona.

 Los grupos y las cooperativas de consumo plantean un modelo de agricultura y alimentación antagónico al dominante. Su objetivo: acortar la distancia entre producción y consumo, eliminar intermediarios y establecer unas relaciones de confianza y solidaridad entre ambos extremos de la cadena, entre el campo y la ciudad; apoyar una agricultura campesina y de proximidad que cuida de nuestra tierra y que defiende un mundo rural vivo con el propósito de poder vivir dignamente del campo; y promover una agricultura ecológica y de temporada, que respete y tenga en cuenta los ciclos de la tierra. 

Asimismo, en las ciudades, estas experiencias permiten fortalecer el tejido local, generar conocimiento mutuo y promover iniciativas basadas en al autogestión y la autoorganización.

De hecho, la mayor parte de los grupos de consumo se encuentran en los núcleos urbanos, donde la distancia y la dificultad para contactar directamente con los productores es más grande, y, de este modo, personas de un barrio o una localidad se juntan para llevar a cabo “otro consumo”. 

Existen, asimismo, varios modelos: aquellos en que el productor sirve semanalmente una cesta, cerrada, con frutas y verduras o aquellos en que el consumidor puede elegir qué alimentos de temporada quiere consumir de una lista de productos que ofrece el campesino o campesinos con quien trabaja. También, a nivel legal, encontramos mayoritariamente grupos dados de alta como asociación y unos pocos, de experiencias más consolidadas y con larga trayectoria, con formato de sociedad cooperativa (Vivas, 2010). (...)

El auge de estas experiencias responde, desde mi punto de vista, a dos cuestiones centrales. Por un lado, a una creciente preocupación social acerca de qué comemos, frente a la proliferación de escándalos alimentarios, desde hace algunos años, como las vacas locas, los pollos con dioxinas, la gripe porcina, la e-coli, etc. 

Comer, y comer bien, importa de nuevo. Y, por otro lado, a la necesidad de muchos activistas sociales de buscar alternativas en lo cotidiano, más allá de movilizarse contra la globalización neoliberal y sus artífices.

 De aquí, que justo después de la emergencia del movimiento antiglobalización y antiguerra, a principios de los años 2000, una parte significativa de las personas que participaron activamente en estos espacios impulsaran o entraran a formar parte de grupos de consumo agroecológico, redes de intercambio, medios de comunicación alternativos, etc. (...)

De este modo, observamos dos sensibilidades que integran a menudo dichas experiencias. Una que apuesta, en términos generales, por “comer bien”, dando un mayor peso a cuestiones relacionadas con la salud y otra que, a pesar de tener en cuenta estos elementos, enfatiza más el carácter transformador y político de estas iniciativas.

 He aquí el reto de los grupos y las cooperativas de consumo, reivindicar una alimentación sana y saludable para todo el mundo. Lo que implica no perder de vista la perspectiva política de cambio. (...)

Si queremos una agricultura de proximidad, que no contamine el medio ambiente, con alimentos que recorren miles de kilómetros de distancia (Amigos de la Tierra, 2012), es imprescindible una reforma agraria y un banco público de tierras, que en vez de especular con el territorio lo haga accesible a quienes quieren vivir de trabajar la tierra. En definitiva, o cambiamos radicalmente este sistema o “comer bien” se convertirá en un privilegio sólo accesible para quienes se lo puedan permitir."          (Esther Vivas, Attac España, 11/04/2013)