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4/5/18

Para llegar lejos, las mujeres no deben ser muy brillantes sino simpáticas... porque las solicitudes de mujeres tienen menos posibilidades de empleo a medida que presentan mejores calificaciones promedio y cualificación

"Las movilizaciones y la huelga del pasado 8 de marzo han mostrado el gran avance que se viene produciendo en la toma de conciencia general, no solo de las mujeres, sobre la discriminación tan injusta y de todo tipo que sufre, no solo en España, la mitad de la humanidad por el simple hecho de no ser de sexo masculino.

Se ha avanzado en el reconocimiento de los derechos de las mujeres, en la batalla contra la discriminación y en la aplicación de medidas para fomentar la corresponsabilidad y el reparto del poder de decisión entre mujeres y hombres. Es cierto. Pero también lo es que aún persisten muchas manifestaciones de desigualdad y de discriminación. 

Algunas son muy evidentes e indiscutibles, como el reparto muy asimétrico del tiempo dedicado al trabajo doméstico, la brecha salarial o el acceso desigual a los puestos donde se deciden las cuestiones más importantes de nuestra sociedad. Y precisamente porque son tan manifiestas quizá resultan las más fácilmente superables, a diferencia de otras formas de discriminación, tan sutiles y difíciles de detectar y de combatir, que apenas si se tiene conciencia de ellas, al menos, entre quienes no se dedican a estudiar con detalle estos temas.

Un artículo de la socióloga estadounidense Natasha Quadlin (The Mark of a Woman’s Record: Gender and Academic Performance in Hiring) publicado la semana pasada en la prestigiosa revista American Sociological Review muestra algunas manifestaciones de este tipo de discriminación sutil pero que hace mucho daño a la promoción de las mujeres en su carrera laboral y profesional.

Quadlin envió 2.106 solicitudes de empleo en las que sólo se cambiaba el sexo, las notas promedio y las carreras realizadas y se ofrecían iguales méritos extracurriculares y las mismas cartas de recomendación, analizó las respuestas en función de estas variables y obtuvo datos realmente significativos.

Descubrió que las solicitudes de mujeres tenían menos posibilidades de empleo a medida que presentaban mejores calificaciones promedio y cualificación. Es decir, que sus demandas de empleo resultan penalizadas justo por ser “demasiado” brillantes, por su elevada cualificación o por sus calificaciones muy altas. Algo que no ocurre con los hombres, los cuales mejoraban sus posibilidades de empleo a medida que presentaban notas más brillantes y carreras más cualificadas.

Concretamente, la investigación de Quadlin muestra que los hombres con las notas promedio más altas obtuvieron un 50 por ciento más de probabilidades de obtener respuesta de un empleador potencial que las mujeres con esas mismas calificaciones.

 Y esta discriminación es aún mayor cuando el alto rendimiento se había dado estudiando matemáticas, pues los hombres con altos rendimientos académicos en esta titulación fueron convocados para entrevistas de empleo tres veces más a menudo que sus contrapartes femeninas con la misma nota y cualificación.

Los efectos de esta discriminación son muy importantes y los subraya Quadlin en la discusión de sus datos. Las mujeres están logrando acceder cada vez más a estudios que antes no alcanzaban y logran hacerlo con resultados especialmente brillantes. Algo que siempre se había creído que era un potente motor para combatir la discriminación que venían sufriendo, 

Pero esta investigación de Natasha Quadlin demuestra que existe un grave peligro en esta lucha de las mujeres por situarse en igualdad de condiciones profesionales con los hombres: si tienen mayor éxito y brillantez que ellos, o incluso si simplemente los igualan en expediente académico y cualificación, lo que les ocurre es que se verán penalizadas a la hora de encontrar empleos y sus colegas masculinos disfrutarán de ventaja.

Otro efecto paradójico que señala Quadlin a la luz de su investigación es que las mujeres de mayor brillantez académica han de competir no solo con los hombres de su mismo nivel sino con las mujeres menos brillantes (las que en el experimento tenían calificaciones más bajas) puesto que éstas son preferidas a la hora de ser contratadas frente a las mujeres de más altas calificaciones.

 La razón es que los empleadores tienden a consideran que si una mujer es especialmente brillante (si su rendimiento académico y cualificación son elevados) lo será porque desarrolla habilidades que no se corresponden con las “propias” de su sexo y, por tanto, a costa de no desarrollar las más auténticamente femeninas. 

Esa fue la tesis que defendió el conocido economista Larry Summers cuando era rector de la Universidad de Harvard y dijo en un discurso que las mujeres no desarrollan carreras brillantes en el campo de las ciencias más duras porque su “habilidades innatas” no son las apropiadas para ello.

El origen de esta discriminación (el estereotipo que genera diferencias entre mujeres y hombres donde en realidad no las hay ni tiene por qué haberlas) también queda claro en la investigación de Natasha Quadlin. 

A partir de los resultados de una encuesta experimental llevada a cabo entre 261 empleadores se deduce que éstos adoptan un criterio muy discriminatorio a la hora de valorar las solicitudes de empleo, según que sean de hombres o mujeres: valoran la competencia y el compromiso cuando son hombres quienes solicitan los empleos mientras que las mujeres candidatas que resultan mejor valoradas con las que se perciben como simpáticas y agradables.

Los planteamientos y resultados de esta investigación deben desarrollarse, tal y como advierte su propia autora, pero, en cualquier caso, se corresponden con evidencias empíricas que ya se han podido comprobar en otros trabajos científicos anteriores.

Como dice la también socióloga Marianne Cooper, de la Universidad de Stanford, las mujeres de alto rendimiento experimentan una reacción social negativa porque su éxito viola las expectativas dominantes sobre el comportamiento que se supone deben tener las mujeres (For Women Leaders, Likability and Success Hardly Go Hand-in-Hand).

 De éstas se espera, dice Cooper, que sean agradables, cálidas, amistosas y afectuosas, de modo que si una mujer actúa asertiva o competitivamente, si empuja a su equipo a actuar, si exhibe un liderazgo decisivo y contundente, se está desviando del estereotipo que dicta cómo debe “comportarse” y por eso nos sentimos profundamente incómodos con las mujeres poderosas.

En definitiva, tenemos una evidencia científica más que confirma que los hombres y las mujeres que hacen lo mismo son evaluados de manera diferente y mientras esto siga ocurriendo será imposible acabar con las injustas discriminaciones que sufren las mujeres.

Para evitarlo es fundamental, como dice Marianne Cooper, que los niños y las niñas estén informados desde pequeños de que existen esos estereotipos y de que es un modo de pensar sesgado lo que impide que mujeres y hombres podamos realizar nuestros sueños y ambiciones personales."                    (Juan Torres López, 02/04/18)

18/9/15

El orgullo de los malditos... los 'agotes' navarros

El barrio de Bozate. Foto: Ander Izagirre

"—Somos hijos de una raza maldita.

Xabier Santxotena habla, a menudo, en primera persona del plural.

—Decían que éramos herejes, que hacíamos pactos con el diablo, que teníamos lepra, que no teníamos lóbulos en las orejas, que nuestra sangre hervía. Que si pisábamos descalzos, la hierba no volvía a crecer. Si agarrábamos una manzana, se pudría. En este valle no nos dejaban tener tierras, ni ganado, ni sacar madera de los bosques comunales, ni beber de las fuentes de los pueblos. Teníamos que llevar un distintivo rojo, una tela cosida en la ropa con forma de huella de oca. 

Santxotena desciende de aquellas gentes que se instalaron en la Edad Media en el barrio de Bozate, un racimo de caseríos blancos en una pradera del valle del Baztán (Navarra). Es un pueblo de cien habitantes, caminos empedrados, calles estrechas, varias huertas, una pequeña plantación de maíz, casas con explosión de geranios en los balcones y carteles que ofrecen miel casera y zumo de manzana. En la pradera pastan las ovejas, al fondo se elevan las primeras montañas pirenaicas de mil metros, un telón de laderas verdes y rasas. Bozate es una postal, Bozate fue un gueto hasta ayer. 

Sus habitantes no podían casarse con otra gente y sufrieron esa marginación, como otras, hasta bien entrado el siglo XX. La antropóloga Paola Antolini mencionó una boda que causó escándalo hacia 1940: una cocinera de Bozate se casó con un carpintero tallista de Arizkun, el pueblo que queda a un kilómetro y medio, al otro lado del río Baztán. Bozate es un barrio de Arizkun; durante siglos pareció que pertenecía a otra galaxia. La boda entre la moza de Bozate y el mozo de Arizkun fue muy criticada, escribió Antolini.

—Pues esos eran mis padres: Julián y Jesusa —dice Santxotena, que nació en Arizkun en 1946, y que pronto sospechó que algo pasaba al otro lado del río—. A mí me mandaban, de niño, a llevar las vacas de Arizkun al prado de Bozate. Cruzaba el río, con ocho o nueve años, y yo sabía que entraba en un sitio un poco especial. No recuerdo nada muy concreto, pero sabía que Arizkun y Bozate eran distintos, que la gente era distinta. Algún día me llegó la palabra. Recuerdo que se lo pregunté a mi padre: qué es eso de los agotes. Qué quiere decir que los de Bozate son agotes. Y él me dijo: ¡Eso son tonterías! No me dijo nada más.

La palabra estuvo oficialmente prohibida: en 1817, las Cortes navarras decretaron que a nadie se le llamara agote, «so pena de injuriador». Según explicaba el decreto, algunos consideraban que esas gentes descendían de los herejes albigenses de la Edad Media: «Esas conjeturas y otras vulgares tradiciones han sido causa de que hasta ahora se les haya tratado con notorio desprecio, reputándoles viles, excluyéndoles de todos los oficios públicos, incluso del trato social y civil». Prohibieron la palabra, el desprecio duró. Algo queda todavía.  (...)

—La madera es lo nuestro. Yo soy escultor porque de niño olía las virutas en el taller de mi padre, las virutas que sacaba con la garlopa, yo he seguido siempre ese olor. A nosotros durante siglos nos prohibieron tener tierras, tener ganado, así que éramos artesanos. Construíamos casas, muebles, aperos. Claro, qué otro oficio íbamos a tener. Los agotes también eran pescadores, tenían una habilidad tremenda en el río, agarraban las truchas con las manos. La pesca, la caza, la música y la madera. Eso ha sido siempre lo nuestro. 

Santxotena tiene sesenta y nueve años y es un hombre alto, corpulento, compacto como otro bloque de madera. Se nota que su oficio es físico: da forma a esculturas y acaba dándose forma a sí mismo, tiene el torso y los brazos de quien maneja sierras, cepillos y mazas. Su pelo es abundante y blanco, la barba corta y blanca, los ojos oblicuos de un verde grisáceo, rasgos nórdicos en los que a él le gusta adivinar el origen de su raza maldita. 

Habla de los godos de Alarico, derrotados por los francos de Clodoveo en la batalla de Vouillé, godos fugitivos, godos refugiados en los valles pirenaicos. Habla de esos godos como si fueran bisabuelos a los que casi conoció. Y sospecha algo: el término despectivo cagots, una contracción de cas gots («perros godos», en lengua gascona), aparece en muchos documentos franceses para nombrar a unas gentes tan despreciadas en el Bearne como los agotes en Navarra. 

Los cagots, los agotes. Santxotena habla también de los vikingos que gobernaron Bayona durante un siglo y medio, que trajeron sus técnicas para construir barcos de madera, habla de algunos vikingos que se quedaron y fueron bautizados en masa para integrarse en la sociedad, aunque fuera como cristianos de segunda, habla de esas iglesias vascas con cubiertas de madera que parecen barcos boca abajo. Y en aquellas carpinterías Santxotena también intuye un origen. Habla, por fin, de los herejes albigenses, perseguidos por la Inquisición, que se desparramaron por el Bearne, Aragón, Navarra, Guipúzcoa.

En cualquier caso: demasiados siglos para que quede algo sin mezclar de godos, vikingos o albigenses, ¿no? 

—Sí, el rastro de los agotes se ha perdido en todas partes. Yo he buscado en el Bearne, en pueblos donde sabemos que había barrios de cagots, en Navarrenx, en Lucq, y en la Baja Navarra, en Baigorri, donde vivían en la calle Michelenea, he preguntado en todos esos sitios y ya nadie sabe nada. Te dicen: los cagots, ah, sí, eran perseguidos, eran leprosos o algo así, ¿no? Pues sí, nosotros éramos leprosos. La Iglesia nos consideraba oficialmente leprosos, pero era lepra espiritual: en la Edad Media se creía en la lepra física y en la lepra espiritual, que se transmitía de padres a hijos.

 Éramos enfermos morales, gente de sangre impura. Esas historias se fueron olvidando, los agotes se iban a otro pueblo y nadie sabía que lo eran, se mezclaban con los demás. Pero el caso de Bozate es una excepción: porque Bozate fue un enclave. Fue un asentamiento de agotes, solo de agotes, se instalaron aquí y no se mezclaron. 

En el siglo XIII un grupo de foráneos llegó al Baztán y recibió el permiso del señor feudal de Ursúa para instalarse en sus tierras. Venían atravesando los Pirineos, huyendo de la Inquisición. 

—Éramos nosotros —dice Santxotena.

En 1515 los agotes de varias diócesis —Pamplona, Jaca, Huesca, Dax, Oloron— enviaron una carta al papa León X para protestar por las discriminaciones que sufrían en las iglesias. En la carta afirmaban que sí, que descendían de los herejes albigenses, pero que ya habían pasado doscientos años y que eran tan buenos cristianos como cualquier otro. 

El papa aceptó el argumento y emitió una bula para que a los agotes se les tratara sin discriminaciones. Entonces las Cortes de Navarra les concedieron igualdad de derechos, a pesar de las protestas de algunos eclesiásticos que insistían en que los agotes eran «distintos y enfermos», pero las bulas y las leyes sirvieron de poco: en los archivos siguen apareciendo, durante tres siglos más, protestas y querellas de los agotes, que seguían marginados en las iglesias, apartados de los cargos públicos, expulsados de los terrenos comunales, castigados, insultados, reprimidos. En esa ristra de documentos queda clara otra cosa: que los agotes dieron batalla.

Pero eran los perdedores de una vieja guerra religiosa. Y lo pagaron durante siglos. Sus antepasados profesaban la fe de los cátaros o albigenses —así llamados por la ciudad de Albi, núcleo de la herejía—: negaban algunos dogmas de la Iglesia, como la divinidad de Cristo, rechazaban sus sacramentos, criticaban el poder, la corrupción y la riqueza de la jerarquía católica.

 La cruzada albigense, encabezada por el papa y el rey de Francia entre 1209 y 1244, derrotó en varias batallas a los señores feudales occitanos que defendían el catarismo. Y allí se fundó la primera Inquisición: dedicada a perseguir a los herejes occitanos. Aquellos grupos amenazados de muerte se desperdigaron por el sur y el oeste de Francia, donde se les llamaba cagots, cascarots, gaffets —¿origen del despectivo gafe?—, gabach —¿origen del despectivo gabacho?—. Algunos cruzaron el Pirineo y se asentaron en pueblos navarros y aragoneses.

A los que llegaron al Baztán, a mediados del siglo XIII, el señor de Ursúa les cedió un terreno para que levantaran el pequeño barrio de Bozate. Eran artesanos de la madera, hábiles para la construcción de casas, molinos, muebles, herramientas, y al señor feudal le convenía tenerlos bajo su régimen de servidumbre.

Aquellos recién llegados lo tenían todo para que los demás habitantes del Baztán los rechazaran: eran extranjeros, eran herejes, además formaban un gremio, y como todos los gremios de la época, se transmitían los saberes con ritos secretos de iniciación. Gente sospechosa. Les negaron el derecho de vecindad, les prohibieron participar en la vida pública, ocupar cargos, casarse con otros. Los agotes se vieron abocados a la endogamia y es posible que esto alimentara la leyenda negra: se les atribuían todo tipo de enfermedades y deformaciones.

—Éramos cristianos pero no cristianos limpios —dice Santxotena—. Si vas a la iglesia de Arizkun, en la parte trasera todavía verás un arco cegado. Esa era la entrada de los agotes. Tenían que entrar por una puerta distinta y se quedaban en la parte trasera de la iglesia, separados por una verja. Había una aguabenditera y una pila bautismal aparte para ellos, y les daban la comunión con unas pinzas, para no tocarles las manos.  (...)

—Me han dicho que la iglesia tiene una puerta tapiada…
—¿Una puerta tapiada? No sé, no tengo ni idea —sonríe, un poco apurado por no saber de qué le hablo—. Bueno, tienes el atrio, con las losas, ¿las has visto?, son losas de tumbas, con los nombres de las familias. Eso antes era el cementerio. Pero de la puerta, ni idea. Jo, ya lo siento, ¿eh?, es que yo, de iglesias y eso…
Vuelvo a la parte trasera de la iglesia y justo pasa por allí una monja clarisa muy pequeña, un poco encorvada, con hábito marrón y toca blanca. Rondará los ochenta. Le pregunto por la puerta tapiada.
—Por ahí entraban a misa los del barrio de Bozate.
—¿Los agotes?
—Sí. Entraban aparte. Hasta que vino un párroco y dijo que eso no podía ser, porque todos somos iguales, no se podía andar separando así a la gente en la iglesia. Mandó cerrar esta puerta. Y se tuvo que ir.
—¿Se tuvo que ir el párroco?
—Sí. Los del pueblo se le pusieron… ¡buf!
—Pero eso será una historia antigua, ¿no?
—Sí, sí. Ya no hay nada de eso, gracias a Dios. Los agotes eran una gente muy fina, muy trabajadores, muy buenos. Eso ya se acabó.
—Ya no hay discriminación.
—No, ni agotes tampoco. Agotes ya no queda ninguno. (...)

Para algunos viejos todavía sí. En 1998, Santxotena abrió la casa-museo Gorrienea, en Bozate. En ella enseña cómo eran las viviendas de los agotes, mucho más pequeñas que las del resto del valle, porque les prohibían tener ganado y labrar campos, así que no necesitaban establo ni granero. Enseña los dormitorios, los muebles de madera tallada, las herramientas. 

Algunos vecinos se tomaron mal la apertura del museo y alguien le hizo una pintada: Utzi auzoa bakean («deja el barrio en paz»). En Bozate aún desconfían de quienes vienen preguntando por la historia de los agotes, o quizá sea más justo decir que ya están hartos. 

—Es comprensible —dice Santxotena—. Hubo novelistas que dieron una imagen siniestra del barrio. Ya ves cómo son las casas, muy bien construidas, encaladas, limpias, luminosas. Si es que los agotes eran constructores: cómo iba a ser su barrio, pues un barrio estupendo. Y tenían oficios cualificados, ganaban bien, tenían un nivel de vida igual o mejor que el resto del valle. Pero estaba la leyenda negra. Y eso ha durado mucho, todavía sigue pasando, se han hecho programas de televisión sensacionalistas…

Pero en los últimos años han proliferado las novelas y películas situadas en el Baztán, que han tocado el tema de los agotes, y la propia oficina de turismo del valle promociona ya esta historia, como atracción. El tabú se derrite.

—Los recelos y los complejos son por pura ignorancia —dice Santxotena—. Se acabarán cuando divulguemos bien la historia de los agotes, que es fantástica: está el misterio de su origen, está su barrio, con su arquitectura tan peculiar, están sus oficios, sus habilidades, las huellas de los agotes que podríamos buscar en templos medievales como el santuario de La Antigua, en Zumárraga, con esa cubierta de madera que parece un barco boca abajo… Cuando apreciemos todo esto, la mentalidad cambiará. Yo estoy convencido: en una generación, lo que era vergüenza pasará a ser orgullo."          ( , Jot down)

7/7/09

¿Proteger al negro discriminando al blanco?

""Ninguna persona debería enfrentarse a discriminación en el trabajo a causa de su raza". Cuando el Tribunal Supremo de EE UU emitió una sentencia, el pasado lunes, con esta conclusión, cambió sustancialmente la forma en la que el país ha tratado de compensar, desde los años sesenta, décadas de esclavitud, racismo y segregación contra los negros. Porque, después de seis años en los tribunales, un grupo de 29 bomberos, todos blancos, incluido un hispano, logró demostrar que la ciudad que les contrató, New Haven, les había discriminado para favorecer a otro grupo compuesto íntegramente por afroamericanos. (...)

En invierno de 2003, esta ciudad organizó dos exámenes orales y escritos para ascender a un grupo de bomberos locales a los rangos de teniente y capitán. Los que acertaran más de un 70% de las preguntas aprobarían. De ellos, y por estricto orden descendente de nota, los 15 mejores serían ascendidos. En las pruebas para teniente aprobaron 25 blancos, seis afroamericanos y tres hispanos. En las de capitán, fueron 16 blancos, tres negros y otros tantos latinos. Las 19 personas que tenían suficiente nota para lograr el ascenso eran todas blancas, además de dos latinos. Un grupo de 18 bomberos negros decidió protestar ante el Gobierno local. Argumentaron que los resultados de los exámenes eran una prueba de que había habido una discriminación racista en su contra. Que por ser negros habían sido apartados de las posiciones de mando del cuerpo de bomberos. El Ayuntamiento examinó las listas y abrió en 2004 un proceso de ratificación de las pruebas que duró cuatro meses. (...)

Esta sentencia ha puesto en duda indirectamente otra sentencia emitida por el mismo Supremo en 1971, en otro caso de fuertes connotaciones raciales. La empresa Duke Power, de Carolina del Norte, quería contratar trabajadores para su planta eléctrica de Dan River. En el pasado había sido una compañía segregada. Entonces, por ley, debía tratar a todos los empleados por igual. El problema fue que a la hora de exigir unos requisitos mínimos, como el graduado escolar, un 88% de los negros se quedó fuera.

El caso llegó al Supremo, que en 1971 dictaminó que el proceso había sido "justo en la forma, pero discriminatorio en su resultado". Es decir, que un proceso de contratación podía ser "racista en sus consecuencias, y no simplemente en su motivación". Muchos negros vivían en la pobreza. No habían podido cursar estudios por el racismo que existía contra ellos. Por tanto, era imposible que la mayoría tuviera graduado escolar. La Corte concluía que la "historia está repleta de ejemplos de hombres y mujeres que han demostrado resultados muy efectivos sin las medallas convencionales de los certificados, diplomas o títulos".

Ahora, sin embargo, la misma Corte ha decidido que es suficiente un examen y que un empleador carezca de intenciones racistas. Si en los resultados de las pruebas no había ningún negro, no fue por culpa de la prueba. "El examen era neutral", explica Ilya Shapiro, analista experto en jurisprudencia del Supremo de la organización conservadora Cato Institute. "No favorecía ni a unos ni a otros. El problema es que el gobierno local decidiera anularlo simplemente porque los resultados no favorecían a un grupo sobre otro. Uno no puede volver atrás en el tiempo y cambiar las normas del juego sólo porque los resultados no son satisfactorios". (...)

"Metaforizando el asunto", explica, "es como ver a dos corredores en una competición. Uno de ellos parte de la salida cargado con un gran peso añadido, el otro corre ligero. A mitad de carrera, los jueces se dan cuenta de que la carrera es injusta, liberan al segundo corredor de su peso, y reanudan la marcha como si nada hubiera sucedido. ¿Es eso justo? El segundo corredor tiene un buen trecho de desventaja. El objetivo de la discriminación positiva es compensar esa desventaja".

La meta es fomentar la contratación de minorías tanto en la empresa privada como en el sector público. Los únicos límites son los de las cualificaciones de cada aspirante. "Si se administra una prueba laboral y dos candidatos llegan con las mismas notas y los mismos méritos y uno es blanco y el otro es afroamericano, al final, el empleador debería elegir al afroamericano", explica el profesor Kellough. A lo largo de los años, desde los tiempos de Lyndon B. Johnson, el Gobierno de EE UU ha aprobado diversas directivas impulsando la contratación de minorías en el mundo laboral.

No todo el mundo opina igual. El mismo presidente Barack Obama, que ha sido profesor de derecho constitucional, se ha mostrado crítico. "No creo que contratar con el único criterio de la raza sea algo constitucionalmente aceptable", dijo en una reciente entrevista con Associated Press. "Siempre he pensado que la discriminación positiva debería tener menor importancia de la que se le da en los medios".

Aun así, y a pesar de todo, los bomberos negros de New Haven siguen insistiendo en que las pruebas no fueron justas. Lo repiten una y otra vez. Lo repite la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color, que les apoyó en su defensa. "Hubo una predisposición cultural en esos exámenes", dice Hilary O. Shelton, director de la división de esa organización en Washington. "Hubo preguntas que estaban diseñadas para apartar a los aspirantes afroamericanos. El Tribunal Supremo no supo verlo, pero la discriminación estaba presente en esos exámenes. Y la prueba son los resultados".

La prueba que se distribuyó en New Haven es, de hecho, inusual. En muchas oficinas de bomberos de EE UU, el examen de ingreso es una prueba física y una simulación de una situación de crisis a la que el aspirante se debe someter. El de New Haven, sin embargo, era un examen teórico escrito que suponía el 60% de la nota, acompañado de una prueba oral, valorada en el 40%.

La juez Ruth Ginsburg, que disintió de la sentencia mayoritaria, explica en su anexo que hubo un contexto de discriminación que pervive desde hace décadas en New Haven. Según esta magistrada, "algunos individuos ya tenían los libros necesarios antes de que se publicara el temario". "Mientras muchos aspirantes de origen caucásico pudieron obtener los materiales y la ayuda de sus familiares en el servicio de bomberos, la inmensa mayoría de los aspirantes de las minorías eran bomberos de primera generación, sin la ayuda de semejantes redes", añadió.

Los jueces discrepantes creen que la discriminación sobrevive en aquel puesto de bomberos a través de décadas y décadas de poder blanco ostentado por familias de empleados blancas." (El País, ed. Galicia, 04/07/2009, p. 28/9)