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8/3/24

Aleksandra Kollontái: ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer... Hay una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las damas propietarias, entre la sirvienta y su señora… Dejad que un sentimiento alegre de servir a la causa común de la clase trabajadora y de luchar simultáneamente por la emancipación femenina inspire a las trabajadoras a unirse a la celebración del Día de la Mujer... así pues, los trabajadores no deberían temer que haya un día separado y señalado como el Día de la Mujer, ni que haya conferencias especiales y panfletos o prensa especial para las mujeres... Los socialistas en cada país comienzan a demandar una protección especial para el trabajo de las mujeres, seguros para las madres y sus hijos, derechos políticos para las mujeres y la defensa de sus intereses. Cuanto más claramente el partido obrero percibía esta dicotomía mujer/trabajadora, más ansiosamente las mujeres se unían al partido, más apreciaban el rol del partido como su verdadero defensor y más decididamente sentían que la clase trabajadora también luchaba por sus necesidades... las mujeres trabajadoras luchan por la causa común de la clase, mientras al mismo tiempo delinean y ponen en cuestión aquellas necesidades y sus demandas que les afectan más directamente como mujeres, amas de casa y madres. El partido apoya esas demandas y lucha por ellas… Estas necesidades de las mujeres trabajadoras son parte de la causa de los trabajadores como clase

 "¿Qué es el día de la mujer? ¿Es realmente necesario? ¿No es una concesión a las mujeres de clase burguesa, a las feministas y sufraguistas? ¿No es dañino para la unidad del movimiento obrero? Esas cuestiones todavía se oyen en Rusia, aunque ya no en el extranjero. La vida misma le ha dado una respuesta clara y elocuente a estas preguntas.

El día de la mujer es un eslabón en la larga y sólida cadena de la mujer en el movimiento obrero. El ejército organizado de mujeres trabajadoras crece cada día. Hace veinte años las organizaciones obreras sólo tenían grupos dispersos de mujeres en las bases de los partidos obreros… Ahora los sindicatos ingleses tienen más de 292.000 mujeres sindicadas; en Alemania son alrededor de 200.000 sindicadas y 150.000 en el partido obrero, en Austria hay 47.000 en los sindicatos y 20.000 en el partido. En todas partes, en Italia, Hungría, Dinamarca, Suecia, Noruega y Suiza, las mujeres de la clase obrera se están organizando a sí mismas. El ejército de mujeres socialistas tiene casi un millón de miembros. ¡Una fuerza poderosa! Una fuerza con la que los poderes del mundo deben contar cuando se pone sobre la mesa el tema del coste de la vida, el seguro de maternidad, el trabajo infantil o la legislación para proteger a las trabajadoras.

Hubo un tiempo en el que los hombres trabajadores pensaron que deberían cargar ellos solos sobre sus hombros el peso de la lucha contra el capital, pensaron que ellos solos debían enfrentarse al «viejo mundo» sin el apoyo de sus compañeras. Sin embargo, como las mujeres de clase trabajadora entraron en las filas de aquellos que vendían su trabajo a cambio de un salario, forzadas a entrar en el mercado laboral por necesidad, porque su marido o padre estaba en el paro, los trabajadores empezaron a darse cuenta de que dejar atrás a las mujeres entre las filas de «no-conscientes» era dañar su causa y evitar que avanzara. ¿Qué nivel de conciencia posee una mujer que se sienta en el fogón, que no tiene derechos en la sociedad, en el estado o en la familia? ¡Ella no tiene ideas propias! Todo se hace según ordena su padre o marido…

El retraso y falta de derechos sufridos por las mujeres, su dependencia e indiferencia no son beneficiosos para la clase trabajadora, y de hecho son un daño directo hacia la lucha obrera. ¿Pero cómo entrará la mujer en esa lucha, como se la despertará?

La socialdemocracia extranjera no encontró la solución correcta inmediatamente. Las organizaciones obreras estaban abiertas a las mujeres, pero sólo unas pocas entraban. ¿Por qué? Porque la clase trabajadora al principio no se percató de que la mujer trabajadora es el miembro más degradado, tanto legal como socialmente, de la clase obrera, de que ella ha sido golpeada, intimidada, acosada a lo largo de los siglos, y de que para estimular su mente y su corazón se necesita una aproximación especial, palabras que ella, como mujer, entienda. Los trabajadores no se dieron cuenta inmediatamente de que en este mundo de falta de derechos y de explotación, la mujer está oprimida no sólo como trabajadora, si no también como madre, mujer. Sin embargo, cuando los miembros del partido socialista obrero entendieron esto, hicieron suya la lucha por la defensa de las trabajadoras como asalariadas, como madres, como mujeres.

Los socialistas en cada país comienzan a demandar una protección especial para el trabajo de las mujeres, seguros para las madres y sus hijos, derechos políticos para las mujeres y la defensa de sus intereses.

Cuanto más claramente el partido obrero percibía esta dicotomía mujer/trabajadora, más ansiosamente las mujeres se unían al partido, más apreciaban el rol del partido como su verdadero defensor y más decididamente sentían que la clase trabajadora también luchaba por sus necesidades. Las mujeres trabajadoras, organizadas y conscientes, han hecho muchísimo para elucidar este objetivo. Ahora el peso del trabajo para atraer a las trabajadoras al movimiento socialista reside en las mismas trabajadoras. Los partidos en cada país tienen sus comités de mujeres, con sus secretariados y burós para la mujer. Estos comités de mujeres trabajan en la todavía gran población de mujeres no conscientes, levantando la conciencia de las trabajadoras a su alrededor. También examinan las demandas y cuestiones que afectan más directamente a la mujer: protección y provisión para las madres embarazadas o con hijos, legislación del trabajo femenino, campaña contra la prostitución y el trabajo infantil, la demanda de derechos políticos para las mujeres, la campaña contra la subida del coste de la vida…

Así, como miembros del partido, las mujeres trabajadoras luchan por la causa común de la clase, mientras al mismo tiempo delinean y ponen en cuestión aquellas necesidades y sus demandas que les afectan más directamente como mujeres, amas de casa y madres. El partido apoya esas demandas y lucha por ellas… Estas necesidades de las mujeres trabajadoras son parte de la causa de los trabajadores como clase.

En el día de la mujer las mujeres organizadas se manifiestan contra su falta de derechos. Pero algunos dicen ¿por qué está separación de las luchas de las mujeres? ¿Por qué hay un día de la Mujer, panfletos especiales para trabajadoras, conferencias y mítines? ¿No es, en fin, una concesión a las feministas y sufraguistas burguesas? Sólo aquellos que no comprendan la diferencia radical entre el movimiento de mujeres socialistas y las sufraguistas burguesas pueden pensar de esa manera.

¿Cuál es el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer.

Las feministas burguesas demandan la igualdad de derechos siempre y en cualquier lugar. Las mujeres trabajadoras responden: demandamos derechos para todos los ciudadanos, hombres y mujeres, pero nosotras no sólo somos mujeres y trabajadoras, también somos madres. Y como madres, como mujeres que tendremos hijos en el futuro, demandamos un cuidado especial del gobierno, protección especial del estado y de la sociedad.

Las feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también aquí nuestros caminos se separan: para las mujeres burguesas, los derechos políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores. Para las mujeres obreras, los derechos políticos son un paso en el camino empedrado y difícil que lleva al deseado reino del trabajo.

Los caminos seguidos por las mujeres trabajadoras y las sufraguistas burguesas se han separado hace tiempo. Hay una gran diferencia entre sus objetivos. Hay también una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las damas propietarias, entre la sirvienta y su señora… Así pues, los trabajadores no deberían temer que haya un día separado y señalado como el Día de la Mujer, ni que haya conferencias especiales y panfletos o prensa especial para las mujeres.

Cada distinción especial hacia las mujeres en el trabajo de una organización obrera es una forma de elevar la conciencia de las trabajadoras y acercarlas a las filas de aquellos que están luchando por un futuro mejor. El Día de la Mujer y el lento, meticuloso trabajo llevado para elevar la auto-conciencia de la mujer trabajadora están sirviendo a la causa, no de la división, sino de la unión de la clase trabajadora.

Dejad que un sentimiento alegre de servir a la causa común de la clase trabajadora y de luchar simultáneamente por la emancipación femenina inspire a las trabajadoras a unirse a la celebración del Día de la Mujer."                ( Aleksandra Kollontái , El Viejo Topo, 08/03/24)

19/4/23

Las mujeres sostienen el 76,2% del cielo

 "(...) No es necesario profundizar demasiado en los datos estadísticos cuando las conclusiones son evidentes. Por ejemplo, cuando mujeres y hombres trabajan en el mismo puesto, a las mujeres se les paga —en promedio— un 20 por ciento menos que a los hombres. Para crear conciencia sobre esta persistente disparidad, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y ONU Mujeres celebran cada año, el 18 de septiembre, el Día Internacional de la Igualdad Salarial y, a través de su Coalición Internacional para la Igualdad Salarial, hacen lobby ante empresas y gobiernos para acabar con la enorme brecha salarial entre mujeres y hombres. La idea de “a igual trabajo, igual salario” se estableció en el Convenio sobre igualdad de remuneración de la OIT (1951), en reconocimiento del hecho de que las mujeres siempre habían trabajado en fábricas industriales, y cada vez más durante la Segunda Guerra Mundial. El Convenio adoptó el “principio de igualdad de remuneración entre la mano de obra masculina y la mano de obra femenina por un trabajo de igual valor”, pero los gobiernos y el sector privado se han negado a seguirlo.

Durante la pandemia de COVID-19, se intensificó la atención pública hacia el sector de salud, incluyendo a las y los trabajadores sanitarios, que fueron aplaudidos universalmente como “trabajadores esenciales”. En marzo de 2021, el Instituto Tricontinental de Investigación Social publicó un dossier, Destapar la crisis. Trabajos de cuidados en tiempos de coronavirus, que recogía las opiniones de las trabajadoras del sector de la salud. Janet Mendieta, de la Central de Trabajadores Argentinos, reflexionó sobre esta idea de “trabajo esencial”:

Primero tendrían que reconocer que somos trabajadoras esenciales y después que se nos reconozca con un salario también, porque trabajamos mucho más de lo que tendríamos que trabajar, hacemos muchísimo trabajo. Como promotoras de género, salud, cocineras de comedores, trabajamos en merenderos y todo eso no está reconocido ni visibilizado. Si no se visibiliza, muchos menos nos reconocen ni nos dan un salario

“Nada de esto se reconoce”, dijo, ni durante el momento álgido de la pandemia ni cuando empezamos a salir de ella. En 2018, la OIT publicó un importante informe, El trabajo de cuidados y los trabajadores del cuidado para un futuro con trabajo decente, que estimaba que el valor del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado asciende al 9% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial, es decir, 11 billones de dólares. En algunos países, el valor es muy superior, como en Australia, donde el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado representa el 41,3% del PIB. Basándose en datos de encuestas sobre el uso del tiempo recogidos en 64 países, el informe concluye que cada día se dedican 16.400 millones de horas al trabajo de cuidados no remunerado, y que el 76,2% del total de horas de trabajo de cuidados no remunerado lo realizan las mujeres. En otras palabras, el trabajo diario de cuidados no remunerado de las mujeres de todo el mundo equivale a tener a más de 1.500 millones de mujeres trabajando ocho horas al día sin remuneración.

En julio de 2022, la OIT y la Organización Mundial de la Salud publicaron otro informe sobre la brecha salarial, esta vez centrado en el sector de la salud. El documento, La brecha salarial de género en el sector de la salud y asistencial. Un análisis mundial en tiempos de COVID-19, estableció que en el sector sanitario y asistencial las mujeres ganan de media hasta un 24% menos que los hombres. A pesar de que las mujeres representan el 67% de los puestos de trabajo en este sector, solo un pequeño número de ellas trabaja en la alta gerencia, y la brecha entre los salarios de los administradores de hospitales y las enfermeras, por ejemplo, no deja de aumentar cada año.

El informe ofrece una serie de explicaciones para esta diferencia salarial. Entre ellas, sostiene que las mujeres cobran menos debido a la “menor retribución asociada a sectores y ocupaciones altamente feminizados”. Las profesiones relacionadas con la salud, como la enfermería, están peor pagadas que otras, no porque su nivel de cualificación sea objetivamente inferior, sino porque se asocian al “trabajo de las mujeres”, menos valorado en todo el mundo. Además, el informe señala que existe una “brecha de la maternidad” en los salarios, de la que no se habla a menudo pero que es visible en los datos estadísticos y en las reivindicaciones de los sindicatos de trabajadoras y trabajadores sanitarios. El trabajo a tiempo parcial es escaso en el sector de la salud, salvo entre las mujeres de veintitantos y treinta y tantos años, cuando “las mujeres tienen que abandonar el mercado laboral o reducir sus horas de trabajo a fin de compaginar el trabajo con el cuidado no remunerado de los hijos”. Cuando las mujeres se retiran del sector y regresan más tarde u optan por un trabajo a tiempo parcial, no obtienen los ascensos y aumentos salariales que reciben sus homólogos masculinos y, por tanto, pasan el resto de su vida laboral con salarios inferiores a los de los hombres que realizan el mismo trabajo.

 Las mujeres han luchado contra estas condiciones sociales durante cientos de años, y fueron las luchas lideradas por ellas las que establecieron muchos de los convenios internacionales sobre trabajo y derechos humanos. En el Instituto Tricontinental de Investigación Social hemos recogido algunas historias de esas luchas y de las mujeres que las protagonizaron. Una de nuestras últimas publicaciones, realizada en colaboración con ALBA Movimientos, se titula Crisálidas: Memorias feministas de América Latina y el Caribe. En ella destacamos a la nicaragüense Arlen Siu (1955-1975), la brasileña Dona Nina (1949) y la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas de Bolivia “Bartolina Sisa” (cuyas integrantes son conocidas como Las Bartolinas), fundada en 1980. Cada una de estas mujeres y sus organizaciones han formado parte de la lucha mundial contra las miserables condiciones sociales de desigualdad.

Son mujeres como Arlen, Dona Nina y Las Bartolinas quienes redactaron las reivindicaciones de autonomía económica de la Marcha Mundial de las Mujeres. El boletín de esta semana termina con sus palabras, que exigen:

  • Derecho de todas las trabajadoras y trabajadores —incluyendo a aquellas y aquellos vulnerables, como domésticas y migrantes— al empleo con condiciones de salud y seguridad laboral, sin acoso y en el cual su dignidad sea respetada, en todo el mundo y sin discriminaciones de ningún tipo (nacionalidad, sexo, discapacidad, etc.).
  • Derecho a la Seguridad Social, incluyendo el pago de ingresos en caso de enfermedad, incapacidad, licencia por maternidad y paternidad, y programas de renta mínima que permitan que las mujeres y hombres tengan una calidad de vida decente.
  • Salarios iguales por el mismo trabajo de mujeres y hombres, incluidas las remuneraciones por el trabajo en zonas rurales.
  • Salario mínimo justo (que disminuya la diferencia entre salarios más altos y más bajos y que asegure a todas y todos vivir con dignidad con las personas que son sus dependientes) instituido por ley, que sirva como referencia para todo el trabajo remunerado (público y privado) y para las prestaciones sociales públicas. Creación o fortalecimiento de una política de valorización permanente del salario mínimo, con valores comunes para subregiones o regiones.
  • Fortalecimiento de la economía solidaria, con crédito subsidiado, apoyo para la distribución y comercialización de su producción, intercambio de conocimiento y prácticas locales.
  • Acceso de las mujeres a la tierra, semillas, agua, materia prima y a todo el apoyo necesario para la producción y comercialización en la agricultura, pesca y creación, así como en la artesanía.
  • La reorganización del trabajo doméstico y de cuidados para que la responsabilidad por este trabajo sea compartida entre hombres y mujeres dentro de la familia o de la comunidad. Para que esto se torne realidad, demandamos la adopción de políticas públicas que apoyen la reproducción social, como guarderías, lavaderos colectivos y restaurantes, cuidados para las personas ancianas, etc., así como la reducción de la jornada de trabajo sin reducción en los salarios."       (Tricontinental, 06/04/23)

28/2/23

El complot contra el fútbol femenino... Después de la Primera Guerra Mundial, el fútbol femenino creció en popularidad y se unió al ascendente movimiento obrero. Convocó a miles y recaudó mucho dinero, hasta que la clase dirigente decidió que era demasiado radical y le cortó las piernas

 "En mayo de 1921, las esposas de los mineros de Platt Bridge, en Wigan, Inglaterra, organizaron un partido de fútbol contra el pueblo vecino de Abram. El resultado final fue de 4-1 a favor de Platt Bridge, que «rápidamente se puso por delante en el marcador y lo mantuvo hasta el final», según la crónica del partido publicada por el Wigan Observer. Fue un partido entre dos equipos improvisados en el barro y la ciénaga del campo de un granjero, muy lejos de la victoria de Inglaterra contra Alemania en la final de la Eurocopa femenina poco más de un siglo después. Y, sin embargo, asistieron unas 7000 personas, que pagaron medio chelín cada una por el privilegio, lo que supuso una recaudación de unas 500 libras en dinero actual.

Este fue uno de los primeros encuentros de lo que se conocería como «partidos de la sopa», jugados y organizados por mujeres de la clase obrera durante el cierre patronal de los mineros de 1921 y a menudo presenciados por una multitud de miles de personas. En una época de penurias desesperadas, cuando los hombres estaban en huelga en medio de una disputa salarial con los propietarios de las minas locales, las mujeres jugaban al fútbol para recaudar dinero y pagar los comedores de beneficencia que alimentaban a sus familias. Dos semanas antes del primer partido de Platt Bridge contra Abram, hubo que proporcionar un millón y medio de comidas a 182 000 niños de los distritos mineros de todo el país para garantizar que no pasaran hambre.

Los «partidos de la sopa» proporcionaron un alivio muy necesario a quienes luchaban en aquel momento en esa parte de Lancashire, mientras que encuentros similares también fueron organizados y jugados por mujeres en el noreste de Inglaterra. Se inspiraron en el fútbol femenino más organizado, que había crecido rápidamente por medio de equipos de la clase trabajadora durante la Primera Guerra Mundial y después de ella. La solidaridad y la compasión con los necesitados eran principios fundamentales de este nuevo y floreciente deporte, cuyos beneficios se donaban a causas benéficas.

Sin embargo, el mismo año en que se disputaron los primeros «partidos de la sopa», el fútbol femenino quedó prohibido. Y así seguiría durante los 50 años siguientes. Para entender por qué, es necesario rastrear el crecimiento de la popularidad de este deporte, hasta el punto de que llegó a considerarse un rival creíble —y quizás incluso una amenaza— para su equivalente masculino.

Fútbol de fábrica

Aunque su historia se remonta a finales del siglo XIX en Gran Bretaña, el fútbol femenino solo empezó a captar la atención del público durante la guerra. En una época en la que los roles tradicionales de género se desmoronaban rápidamente (aunque de forma temporal), las mujeres de clase trabajadora no solo sustituían a los hombres en el lugar de trabajo, sino también en sus actividades de ocio fuera de él. Muchas de las que entraron en las fábricas de municiones en tiempos de guerra empezaron a participar en las actividades recreativas para trabajadores organizadas por la empresa, de las que antes se habían beneficiado los hombres y de las que las mujeres habían sido excluidas de facto.

El fútbol era la más popular, por las mismas razones que lo era entre los hombres: era barato y sencillo de jugar, con un bajo umbral de exigencia inicial. Se organizaron equipos femeninos en todos los rincones del país, desde Glasgow y Bath hasta Swansea y Blackpool, e incluso surgió uno en la National Projectile Factory de Hackney Marshes, hogar espiritual del fútbol aficionado. Muchos de estos equipos surgieron de la industria de municiones en tiempos de guerra, pero las mujeres que trabajaban en el comercio minorista, la fabricación de alimentos y la ingeniería ligera también se reunieron para jugar. Se calcula que el año de la prohibición ya había 150 equipos femeninos.

El más famoso, con diferencia, era el Dick Kerr’s Ladies, con sede en Preston. El Dick Kerr’s se formó después de que las mujeres que trabajaban en la fábrica se burlaran de las aprendices por sus actuaciones en el campo de fútbol y las desafiaran a jugar. Su primer partido oficial tuvo lugar dos meses después, el día de Navidad de 1917, ante 10 000 espectadores en Deepdale. Dick Kerr’s se impuso por 4-0 a Coulthard’s Ladies. La trabajadora de la fábrica Grace Sibbert, cuyo marido estaba luchando en Francia, desempeñó un papel decisivo en la organización del partido, y la recaudación de 488 libras —unas 15 000 libras en dinero de hoy— se donó a un hospital local que trataba a soldados heridos.

Dick Kerr’s no solo se convirtió en el mejor y más conocido equipo femenino, llegando incluso a representar a Inglaterra en partidos internacionales no oficiales, sino que también fue celebrado por esta recaudación de fondos. La Football Association y la Football League habían sido muy criticadas por decidir no suspender el fútbol profesional masculino al estallar la guerra, pero un próspero fútbol femenino que se enorgullecía de su contribución al esfuerzo bélico demostró que el fútbol tenía un papel positivo que desempeñar, y esto continuó en los años posteriores al enfrentamiento bélico. Solo en 1921 el Dick Kerr’s jugó 67 partidos benéficos, recaudando el equivalente a 2,7 millones de libras esterlinas de hoy en día.

La historia de Dick Kerr’s dista mucho de ser la típica de todos los equipos de mujeres trabajadoras. Ninguno viajaba tanto; pocos salían siquiera de su área local y algunos se quedaban en los terrenos de sus propias fábricas, participando únicamente en partidos interdepartamentales. Sin embargo, la conciencia social demostrada por Dick Kerr y otros equipos femeninos tuvo una influencia más amplia en las comunidades obreras, sobre todo cuando comenzó el cierre patronal de los mineros en 1921. Una semana después del «partido de la sopa» de Platt Bridge y Abram, el Plank Lane Ladies de Bickershaw, en Leigh, jugó un partido de mujeres casadas contra mujeres solteras, al que asistieron unos 2000 espectadores.

Con el apoyo de los movimientos obreros locales, se celebraron más partidos en Pemberton, Ince y Hindley, que atrajeron a más público, y el dinero recaudado se donó a comedores sociales y fondos de ayuda. El «fútbol de la sopa» no era ni mucho menos tan formal u organizado como los partidos de Dick Kerr, y los informes de los periódicos locales sugieren que a menudo no había una única equipación uniforme, sino que las mujeres llevaban «camisetas de varios colores y diseños». Sin embargo, por muy improvisados que fueran estos encuentros, miles de personas se reunían para ver jugar al fútbol a las mujeres de las comunidades mineras, que a su vez se habían inspirado en las mujeres de clase obrera que trabajaban en la industria.

La barrera de género

Sin embargo, antes de que acabara el año, la FA cortaría de raíz el fútbol femenino. El organismo rector del fútbol inglés declaró, tras una reunión de su consejo —compuesto exclusivamente por hombres—, que el deporte era «bastante inadecuado para las mujeres» y que no debía fomentarse. «El consejo solicita a los clubes pertenecientes a la Asociación que se nieguen a utilizar sus campos para este tipo de partidos», rezaba la declaración. No se trataba de una prohibición absoluta (que habría sido imposible de aplicar), sino que impedía que las mujeres jugaran en campos más grandes y construidos a tal efecto, lo que obligaba a practicar este deporte en parques públicos y de forma indefinida.

El razonamiento oficial fue doble: en primer lugar, por «razones médicas», que el juego podría ser físicamente perjudicial para las mujeres; en segundo lugar, debido a las quejas sobre «la apropiación de los ingresos» del fútbol femenino. Ninguna de las dos alegaciones resistía un examen riguroso. La primera se apoyaba en la charlatanería, al punto que un médico llegó a afirmar que dar patadas a un balón es «un movimiento demasiado brusco para las mujeres». La segunda se refería en particular a Dick Kerr’s y al pago totalmente justificado de los gastos a las jugadoras. El Dick Kerr’s se comprometió a seguir adelante aunque tuviera que jugar en campos arados, y así lo hizo, hasta que se disolvió en 1965.

¿Qué motivó realmente la decisión de la FA? Por un lado, el deseo de defender la imagen popular del fútbol como un juego de hombres y un pasatiempo masculino. A medida que la sociedad británica intentaba volver a las formas sociales y a los roles de género de antes de la guerra, las mujeres eran expulsadas de los espacios que tradicionalmente habían sido dominados por los hombres. El fútbol no fue una excepción en ese sentido.

Sin embargo, muchos sostienen que también había un elemento de clase en juego. A medida que pasaban los años desde el final de la guerra, los destinatarios de la recaudación de fondos a través del fútbol femenino se volvieron, por naturaleza, menos explícitamente patrióticos y más políticos. El dinero no solo se donaba a causas relacionadas con el esfuerzo bélico, sino también para los pobres y los desempleados. Como escribe Barbara Jacobs en su historia de Dick Kerr’s, el fútbol femenino empezaba a considerarse un «deporte políticamente peligroso para quienes consideraban enemigos a los sindicatos».

«El contexto político de los partidos de la sopa, con grandes grupos de hombres y mujeres potencialmente revolucionarios reunidos, se habría considerado muy peligroso dado el temor al marxismo y al nuevo poder político de las mujeres», escribe la profesora Alethea Melling, cuya investigación sacó a la luz la historia de aquellos encuentros de 1921. Desalentar el fútbol femenino y cortar de raíz su popularidad fue un pequeño pero significativo baluarte contra la solidaridad más amplia de las mujeres de la clase obrera, tres años después de que obtuvieran el voto pero siete antes del sufragio femenino universal.

Deterioro dirigido

Si ese era uno de los objetivos de la prohibición, hay que reconocerle un desafortunado éxito. En la época de la Huelga General de 1926, cinco años después del cierre patronal de los mineros y de la declaración de la FA, apenas hay pruebas de que las comunidades obreras jugaran al fútbol femenino como medio de solidaridad. Curiosamente, la investigación de Melling sugiere que la policía sustituyó efectivamente el papel de las mujeres en partidos similares para recaudar fondos, jugando contra trabajadores en huelga en Wigan y Leigh, así como en otras partes del país. Sin embargo, estos partidos no lograron atraer a las mismas multitudes que los «partidos de la sopa».

Jane Oakley, una de las mujeres que jugó en los «partidos de la sopa», lamentó más tarde que se perdiera el impulso del fútbol femenino en la época del cierre patronal de los mineros. «Me encantaba patear el balón», dijo a Melling.

Con la prohibición de 1921, un deporte que podría haber prosperado se marchitó. La FA la levantó en 1971, pero la asistencia de decenas de miles de espectadores no se repetiría con seguridad ni regularidad en el fútbol inglés hasta nuestros días, y posiblemente solo hasta la Eurocopa de este verano. El promedio de asistencia a la Superliga Femenina sigue rondando los 2200 espectadores, una cifra significativamente inferior a la del Platt Bridge contra Abram. El fútbol femenino apenas está empezando a ganarse el reconocimiento que se merece desde hace tiempo, liderado por un organismo rector mucho más proactivo y progresista que reconoce que queda mucho trabajo por hacer.

En ese sentido, apenas estamos empezando a ponernos al nivel de las mujeres de Dick Kerr’s, Platt Bridge, Plank Lane Ladies y muchas otras hace un siglo. Su historia nos recuerda un hecho que ellas conocían bien, pero que fue ignorado durante 50 años o más: que el deporte de la clase obrera es y siempre ha sido también el de la mujer trabajadora."                  ( , JACOBINLAT, 22/02/23)

3/2/22

Por qué los movimientos feministas son más exitosos en unos países que en otros... El movimiento feminista mayoritario en EEUU, de sensibilidad liberal, moviliza más a las mujeres profesionales con educación superior de clase media alta que a la mujer de clase trabajadora... Las feministas pertenecientes a lo que popularmente se conoce como las clases medias ilustradas, nunca pidieron el derecho universal (que incluye a todas las personas) a los servicios de ayuda a las familias, cómo escuelas de infancia y servicios de dependencia... El hecho de que un derecho tan importante como es el derecho a abortar esté en peligro hoy en Estados Unidos era predecible... en cambio, Suecia es dónde la mujer tiene más poder hoy en el mundo... su ideología socialista creyó que la liberación de la mujer pasa por su integración en el mercado de trabajo

 "El hecho de que un derecho tan importante como es el derecho a abortar esté en peligro hoy en Estados Unidos era predecible (y así lo escribimos hace años algunos analistas de aquella realidad). 

Una causa muy importante de este hecho, que se veía venir, es la debilidad del movimiento que canaliza la demanda de tal derecho, es decir, del movimiento feminista, y su limitada influencia sobre el Estado Federal y sus aparatos, desde el legislativo (Congreso y Senado) al jurídico. Soy consciente que esta afirmación podrá sorprender a muchas lectoras y lectores, pues los mayores medios de información en España suelen presentar aquel país como el mayor representante del modelo liberal de sociedad que, en teoría, debiera priorizar a los derechos individuales y por tanto apoyar el derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo. 

Es más, los mismos medios de comunicación presentan movilizaciones organizadas por tal movimiento, que reúne a cientos de miles de personas (la enorme mayoría, mujeres) en apoyo a sus demandas. Y sus dirigentes (la mayoría mujeres de clase media-alta con estudios superiores), tienen acceso a los grandes medios que por otra parte excluyen aquellas voces como la de Angela Davis, críticas del sistema liberal vigente en el país. Pero esta visibilidad mediática contrasta con su escaso impacto en las instituciones políticas. Y de ahí deriva su escaso poder.

LAS GRANDES LIMITACIONES DEL MODELO LIBERAL ESTADOUNIDENSE Y SUS CONSECUENCIAS PARA EL MOVIMIENTO FEMINISTA

Esta debilidad del movimiento feminista estadounidense se debe a muchos factores. Uno especialmente relevante, es la escasa representatividad de las instituciones democráticas de EEUU, como ya he documentado en varias ocasiones. Su sistema electoral es escasamente proporcional y está claramente sesgado para favorecer a las fuerzas conservadoras. En muchas ocasiones, el presidente de Estados Unidos ha sido del Partido Republicano, aún cuando el voto mayoritario ha sido a favor del Partido Demócrata. Y el Senado, que es el que aprueba el presupuesto federal y los nombramientos al Tribunal Supremo, es de escasísima representatividad, abusivamente sesgado a favor de los Estados pequeños y conservadores. Por ejemplo, el Estado de Wyoming, predominantemente republicano, tiene poco mas de medio millón de ciudadanos, y sin embargo, tiene el mismo numero de Senadores (2) que California, un Estado predominantemente demócrata, que tiene cerca de cuarenta millones (¡68 veces mayor!). Tal sesgo aparece también en el Colegio Electoral que es quien elige al presidente de EEUU. Es más, la compra de políticos, que en España se llamaría corrupción, es no solo legal en EEUU, sino que es la norma en el sistema electoral, de manera tal que los grandes grupos económicos y financieros dan enormes cantidades de dinero a los candidatos al Congreso y al Senado pertenecientes a los dos partidos con representación parlamentaria, el Republicano, un partido de ultraderecha, y el Demócrata, hasta recientemente un partido de centro derecha, observador en la Internacional Liberal. Es imposible para otros partidos poder establecerse debido a la escasísima proporcionalidad del sistema electoral. Los partidos de izquierda no tienen ninguna posibilidad de tener representación parlamentaria. Estas y muchas otras deficiencias (como es la falta de regulación del acceso y de los tiempos mediáticos durante las elecciones), explica que la limitadísima calidad del sistema democrático y la gran distancia (que explica también la enorme abstención electoral) entre lo que la ciudadanía desea y lo que el Gobierno federal aprueba sea enorme. Y uno de los ejemplos de esta distancia es precisamente, el apoyo al derecho al aborto. Según Gallup Poll, la mayoría de la ciudadanía apoya el derecho al aborto, pero la Corte Suprema no lo apoya. Y esta institución, y los intereses que representa, tiene mucho más poder que la mayoría de la ciudadanía.

 De ahí deriva el número tan limitado de derechos de carácter universal (es decir, derechos de todas las personas ciudadanas y residentes del país, limitación incluso más acentuada entre las mujeres) en EEUU. La mujer tiene muy pocos derechos en aquel país y las consecuencias negativas para toda la sociedad son enormes. Una de las instituciones más afectadas por esta situación es la familia, que incluye todo tipo de enlaces familiares mucho más extensos y mayoritarios que la familia patriarcal tradicional claramente en declive. La debilidad de la mujer aparece pues, no solo en el número muy limitado de congresistas y senadoras, de los más bajos entre las democracias liberales, sino también en el escaso desarrollo de los servicios de ayuda a las familias, tales como las escuelas de infancia y los servicios de atención a las personas dependientes y ancianas. Las tareas familiares continúan recayendo en las mujeres, y de ahí que la mujer se encuentre con muchísimas dificultades para poder compaginar su trabajo laboral con su trabajo familiar. El fin de la educación presencial durante la pandemia con el cierre de establecimientos escolares, ha significado una retirada masiva de la mujer del mercado de trabajo, una de las mayores causas de la actual falta de personas en el mercado de trabajo que está enlenteciendo de una manera muy marcada la recuperación económica del país.

LAS CARACTERÍSTICAS DEL MOVIMIENTO FEMINISTA MAYORITARIO  EN EL SISTEMA LIBERAL

El movimiento feminista mayoritario en EEUU, de sensibilidad liberal, moviliza más a las mujeres profesionales con educación superior de clase media alta que a la mujer de clase trabajadora. Su objetivo en Estados Unidos es la integración de la mujer en las estructuras de poder de la sociedad eliminando la discriminación. Así una de sus máximas movilizaciones fue el haber intentado elegir a la señora Hillary Clinton como Presidenta de Estados Unidos. Ahora bien, la experiencia ha mostrado que tal demanda era necesaria, pero profundamente insuficiente. Se olvidaban de que la señora Clinton fue la mayor promotora de la globalización mundial económica cuando fue Ministra de Asuntos Exteriores bajo la administración del Presidente Obama, globalización que (al estimular el movimiento de industrias y servicios basados en EEUU a otros países de salarios bajos y pésimas condiciones laborales), dañó enormemente a la clase trabajadora estadounidense de la cual las mujeres son la mayoría. Y la mayoría de las dirigentes de tal movimiento (NOW) que la apoyaron, se opusieron con gran hostilidad al candidato socialista Bernie Sanders, cuyas propuestas legislativas hubieran beneficiado mucho más a la mayoría de las mujeres trabajadores estadounidenses que no las proveídas por la señora Clinton. Angela Davis fue, por cierto, una de las pocas figuras conocidas del feminismo que apoyó a Bernie Sanders como el único candidato que según las encuestas mostraban que podría haber vencido a Trump en el 2016.

 

LA CAUSA MÁS IMPORTANTE DE LA DEBILIDAD DEL MOVIMIENTO FEMINISTA DE LOS ESTADOS UNIDOS

Pero el punto más flaco del movimiento feminista liberal estadounidense, que se da también en la mayoría de los movimientos sociales, es que compiten con todos los otros movimientos sociales (los movimientos de las minorías, negros, latinos y asiáticos, así como el movimiento de ancianos, el movimiento ecológico, y un largo etcétera de movimientos) para recibir apoyos y recursos de las instituciones políticas y muy en especial del Estado Federal. Estados Unidos es el país de los movimientos sociales, y hay todo tipo de movimientos que compiten entre ellos, sin tener un espacio político común que pueda aunar y coordinar una estrategia conjunta de liberación. La única excepción fue el movimiento Arco Iris (Rainbow Coalition) fundado por el candidato a la Presidencia de EEUU, Jesse Jackson (alumno predilecto de Martin Luther King) al cual tuve el honor de asesorar, que intentó reunir al movimiento de las minorías, al movimiento feminista, al movimiento sindical, al ecologista, al de pensionistas y muchos otros, en un espacio político común. Casi ganó las primarias del Partido Demócrata en 1988, pero fue objeto de una enorme hostilidad por parte del aparato del Partido Demócrata. Por lo demás, no hay un espacio común de todos los movimientos sociales de liberación que vehiculen sus demandas al estado a través de uno o varios partidos políticos. Hay pues, muchos movimientos sociales pero ningún partido de izquierdas con representación parlamentaria ni en el Gobierno que pueda responder a como proponer y ejecutar sus propuestas.

Y ahí está la causa de la debilidad de este y muchos otros movimientos sociales, y como consecuencia la mujer, las minorías, el movimiento ambiental, los ancianos, entre otros, están huérfanos, carentes de instrumentos políticos que defiendan sus intereses, incluyendo sus intereses de clase, intereses que son fundamentales para la mayoría de las mujeres que pertenecen a las clases populares. La realidad muestra que hay tantos movimientos feministas como clases sociales existen en el país. Decir esto no es, cómo maliciosamente se desea interpretar, reduccionismo de clase, sino un reconocimiento de que la mujer trabajadora tiene intereses comunes con mujeres de otras clases sociales, pero también distintas o incluso antagónicas. Y esas diferencias afectan también sus intereses como mujeres. La evidencia de ello es enorme. Las feministas pertenecientes a lo que popularmente se conoce como las clases medias ilustradas, nunca pidieron el derecho universal (que incluye a todas las personas) a los servicios de ayuda a las familias, cómo escuelas de infancia y servicios de dependencia.

Esta situación está cambiando de una manera muy notable pues el trumpismo movilizó a amplios sectores en su contra consiguiendo el mayor número de votos que el Partido Demócrata haya jamás conseguido. Los éxitos de sus corrientes progresistas les ha empoderado y un nuevo movimiento feminista se está creando con personas que están mostrando cómo la liberación de la mujer es una condición necesaria para el bienestar de toda la sociedad, así como para la liberación de muchas otras causas  que deberían realizarse en un espacio común, de clara orientación trasformadora y colectiva. Otros países han ya mostrado que la liberación de la mujer ha mejorado la calidad de vida y bienestar de toda la población y es esta percepción la que se está hoy extendiendo en EEUU como resultado de un cambio sustancial del movimiento feminista y de otros movimientos conscientes de la existencia de adversarios comunes, requiriendo instrumentos políticos  que multipliquen sus esfuerzos, enfatizando propuestas que claramente relacionan la causa particular del movimiento con la causa general: el bien común de la gran mayoría de la población. Las nuevas feministas han estado liderando las demandas de los servicios de ayuda a las familias de manera tal que constituyen algunos de los elementos más importantes del programa social de la administración Biden. Y los datos muestran la certeza de los argumentos presentados en defensa de la clara relación entre la liberación de la mujer y el bienestar de la mayoría de la ciudadanía. Y Suecia es una de las fuentes de tales datos.

SUECIA ES DONDE LA MUJER TIENE MÁS PODER HOY EL MUNDO. ¿POR QUÉ?

Una decisión clave que el gobierno de coalición de fuerzas progresistas sueco tomó en los años 50 (a fin de resolver el problema demográfico de falta de gente para el gran tamaño del país) fue el de facilitar la integración de la mujer en el mercado de trabajo, en lugar de depender del aumento de la inmigración, como hicieron muchos países del centro y sur de la Europa Occidental. Esta medida también respondía a la sensibilidad feminista que tenía la coalición de partidos progresistas gobernantes. La ideología socialista que los sostenía creyó que la liberación de la mujer pasa por su integración en el mercado de trabajo. A fin de conseguir tal objetivo se estableció lo que se ha llamado el Cuarto Pilar del Estado de Bienestar, que era, repito, la universalización del acceso a las escuelas de infancia de 0 a 6 años, y a los servicios de dependencia tanto domiciliario como institucional. Estos servicios de ayuda a las familias fueron esenciales para facilitar la integración de la mujer en el mercado de trabajo, alcanzando el 78% de la población adulta femenina, un récord en Europa. Este derecho complementaba el derecho al acceso a la sanidad (Primer Pilar de Bienestar), el derecho a la educación (Segundo Pilar) y el derecho de jubilación (Tercer Pilar). Complementando estos servicios se hizo una reforma cultural profunda, incluyendo la educación de los hombres desde su infancia, con una redefinición de sus roles y promoviendo su corresponsabilidad en las tareas familiares.

Estas medidas también tuvieron gran impacto para mejorar el bienestar y la calidad de todos los miembros de las familias, además de ser esenciales para facilitar la liberación de la mujer y el mejoramiento de la sociedad. Y la fertilidad creció enormemente, casi dos infantes por mujer (1.8), mucho más elevada que en España (1.3), donde la baja fertilidad es un ejemplo más del enorme estrés de la mujer en este país. Pero lo que es más valioso de esta dimensión de la mujer sueca, es que su gran presencia en la sociedad empoderó a la mujer, siendo su mayor influencia consecuencia de haber sensibilizado a la sociedad de la necesidad del cambio eliminando su opresión como parte de una estrategia de liberación que termine también con otras formas de opresión. No es por casualidad que Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia, países donde coaliciones de izquierdas han gobernado por mas tiempo desde la II Guerra Mundial, tengan las desigualdades por clase social y por género más bajas del capitalismo desarrollado, y son las que tienen mayor conciencia ecológica y ambiental, con los Estados de Bienestar más desarrollados. Ni que decir tiene que mucho hay que hacer en aquellos países también, pero lo que han hecho merece ser reconocido y estudiado por otros, como los del sur de Europa que están por detrás. En España existen ya las bases para que se establezcan tales cambios, pero se requiere una mayor presión social, tal como el movimiento a favor del establecimiento del Cuarto Pilar del Estado de Bienestar como derecho individual que facilite la liberación de la mujer y aumente el bienestar familiar, mejorando la calidad de vida de la población y muy en particular de las clases populares, cuyos enormes déficits actuales deterioran especialmente la salud de la mujer, que como promedio tiene tres veces más enfermedades producidas por el estrés que el hombre. Esta iniciativa ha sido iniciada por más de mil representantes de movimientos feministas, movimientos sindicales, movimientos de pensionistas y otros pidiendo su establecimiento en este país dentro de la ruta de cambio que permita una sociedad mejor. (Ver: https://cuartopilar.es/)."             (Vicenç Navarro , Público, 03/02/22) 

29/12/21

Nancy Fraser: Tal vez el calentamiento global le plantee un límite al capitalismo en sí mismo... entonces existen distintas posibilidades. Algunas deseables, como por ejemplo alguna forma de socialismo democrático mundial... en el otro extremo del espectro, tenemos toda una serie de resultados poscapitalistas o no capitalistas realmente terribles: escenarios dominados por caudillos militares autárquicos, guerras permanentes, regresión social o algún tipo de régimen mundial autoritario. Hay también, supongo, otra posibilidad, que es que la crisis no se resuelva, que simplemente se desarrolle una lenta canibalización de la sociedad humana, una especie de lento retroceso que nos devuelva a la mera lucha por la supervivencia... Y es posible que un Green New Deal a nivel mundial, aun si no es sustentable en el largo plazo, sirva como una especie de programa transicional que nos guie hacia el socialismo democrático

 "Durante décadas, la teórica estadounidense Nancy Fraser ha aportado a la izquierda algunas de sus ideas más potentes. Por momentos, estas ideas son de corte claramente políticas, como cuando Fraser reclama que el feminismo corte sus vínculos con la élite económica y adopte una política de clase que pueda atacar la opresión desde sus raíces. En otras ocasiones, son conceptos poderosamente teóricos, como cuando Fraser analiza la interacción entre el capitalismo y las «condiciones de fondo» de las que depende el capitalismo y que no puede subordinar completamente.

En sus últimos trabajos, Fraser aboga por una síntesis entre lo práctico y lo teórico, con el fin de evitar el desastre que se avecina y que ella denomina, en su próximo libro, «capitalismo caníbal»: la perspectiva de que el capitalismo, al invadir todas las esferas de la vida, pueda destruir sus condiciones de supervivencia y, lo que es más importante, las nuestras.

Martín Mosquera de Jacobin América Latina habló con Fraser sobre los escenarios futuros que se vislumbran en el horizonte si no actuamos decisivamente para socavar el poder del capital y sobre los retos que implica construir un frente común de lucha política.

 Tus trabajos más recientes desarrollan un «concepto ampliado de capitalismo». Se trata de cuestionar la definición tradicional que se concentra de manera estrecha en el capitalismo como sistema económico, ¿es así?

Efectivamente, la concepción ampliada del capitalismo es un intento de abandonar las interpretaciones inadecuadas y burdas de cierto marxismo que piensa en términos de base y superestructura, es decir, que afirma que el fundamento real de la sociedad es el sistema económico y que todo lo demás es una superestructura. En ese modelo, la causalidad fluye de manera unidireccional desde la base económica hacia la superestructura jurídico-política. En cambio, si hablamos de la relación entre el subsistema económico de la sociedad capitalista y las condiciones de posibilidad que constituyen su trasfondo necesario, la imagen de la base y la superestructura se complica. Afirmar que algo es una condición necesaria de la economía implica que las actividades que hacen al funcionamiento del sistema económico capitalista —la producción de mercancías, la posibilidad de venderlas para obtener ganancias y acumular capital, la compra de la fuerza de trabajo y su utilización— no pueden desarrollarse a menos que otros elementos, que a veces se piensa que están fuera de la economía, se encuentren en su debido lugar.

En este sentido, por ejemplo, son necesarias las relaciones de parentesco que organizan los nacimientos, el cuidado, la socialización y la educación de las nuevas generaciones, que reponen la fuerza de los trabajadores adultos que deben alimentarse, bañarse, vestirse y descansar para poder retornar a sus trabajos al día siguiente. Creo que este es un argumento que los lectores de Jacobin conocen bien y que fue desarrollado en detalle por las feministas que trabajan en el marco de esa variante del feminismo marxista que se denomina Teoría de la Reproducción Social. Si tomamos el ejemplo de la reproducción social, percibimos inmediatamente que, de no realizarse adecuadamente esta condición de fondo, se estropea la producción. Esto implica que las posibilidades de acumular capital por medio del sistema económico están limitadas por algunos rasgos de las relaciones de parentesco, como las tasas de nacimiento o las tasas de mortalidad. Por lo tanto, las condiciones de fondo tienen consecuencias importantes sobre todo el proceso. De esta manera, podemos construir una imagen más compleja de la causalidad.

Podríamos decir algo similar de las condiciones de fondo denominadas «naturales» o «ecológicas»: la producción capitalista y la acumulación de capital suponen que todas las cosas materiales que necesita el sistema están disponibles sin reservas y desde siempre en la naturaleza, que basta con elaborarlas en el proceso de producción. Pero las materias primas, las fuentes de energía y la posibilidad de eliminar los residuos —todas condiciones de fondo indispensables— no son necesariamente ilimitadas. Al mismo tiempo, está claro que las fallas en los ecosistemas esenciales (por ejemplo, el agotamiento de las fuentes de energía o la contaminación excesiva) también pueden estropear las industrias. El COVID-19 que, al menos en un nivel, es resultado de una disfunción ecológica, nos brinda en este momento un ejemplo particularmente interesante de todo esto. Se trata de un derrame zoonótico, es decir, de la transmisión de un virus que, a través de algunas especies intermedias —probablemente los pangolines—, pasa de los murciélagos a los seres humanos y hace que todo el sistema económico se contraiga y cierre por la fuerza. En este sentido, podemos decir que el COVID-19 es un excelente ejemplo de una causalidad que avanza en la dirección contraria a la del esquema de la base y la superestructura.

Quisiera saber algo más sobre el lugar que ocupa el subsistema económico en tu teoría. En tus términos, el capitalismo no es un sistema económico autónomo porque depende de «condiciones de fondo» que, en algún sentido, son parcialmente externas. Surgió el ejemplo de la naturaleza. Pero aun si todas estas esferas son relativamente autónomas, son «condiciones de fondo» del subsistema económico, el «primer plano» del capitalismo. ¿No continua siendo el subsistema económico, en tu enfoque, el elemento predominante, para decirlo de algún modo, «en última instancia»?

Sí, efectivamente hay algo específico en la economía que le otorga un vigor causal particular, una fuerza real y una gran importancia: el imperativo de acumular y expandirse. Sabemos que la economía capitalista no se trata de individuos que ganan dinero y luego se tiran a descansar y a consumir lo que compraron en hogares lujosos. El capitalismo conlleva el imperativo de la reinversión continua, que genera cada vez más plusvalor, más ganancias y más capital. En las sociedades capitalistas, se trata de una fuerza realmente dinámica que históricamente dispuso del poder causal para torcer —en mayor o en menor medida— ciertas condiciones externas a voluntad del capital. No es un poder absoluto. Siempre corre el riesgo de retroceder frente a lo que recién mencionaste, de forma adecuada, como «esferas relativamente autónomas»: la naturaleza tiene sus propios tiempos y obedece a un tipo de reproducción que, a la larga, cae por fuera del control capitalista.

 De todas formas, la dinámica capitalista es una compulsión bruta y ciega que está fuertemente anclada en el sistema y es mucho más poderosa que la voluntad de los seres humanos individuales que personifican al capital, lo poseen y realizan su voluntad. El impulso es tan poderoso que, en algunos casos, es capaz de modificar las condiciones de fondo. Aunque probablemente siempre encontrará un límite.  Lo que intento decir es que Marx y la mayoría de los marxistas tienen razón cuando insisten en el poder y en la fuerza transformadora que conlleva la dinámica de la acumulación. Aun así, no creo que esto necesariamente se traduzca a la imagen causal de la base y la superestructura. Existen toda clase de presiones porque las denominadas «condiciones de fondo» tienen una gramática de reproducción propia y valores normativos que influencian las decisiones de la gente.

Me gustaría centrarme ahora en tu concepto de «luchas de frontera». Se trata de las luchas por definir los límites entre la economía y la sociedad, la producción y la reproducción, etc., es decir, entre el «primer plano» y sus «condiciones de fondo». En algún punto, parecería que estas luchas de frontera son sinónimos de la lucha de clases. Al abordar las luchas sociales de esta forma, ¿no existe el riesgo de extraviar la especificidad de la lucha de clases? Si volvemos a leer tu respuesta a Butler en la New Left Review, podríamos preguntarnos si la Nancy Fraser de 2021 corrige a la Nancy Fraser de 1998. Te cito:

Butler pretende llegar a la conclusión de que las luchas de liberación sexual son económicas, pero esta conclusión se vuelve tautológica. Si las luchas en torno a la sexualidad son económicas por definición, entonces no son económicas en el mismo sentido en el que lo son las luchas en torno a la tasa de explotación. Llamar «económicas» a ambos tipos de lucha supone arriesgarse a hacer colapsar las diferencias, generando la falsa impresión de que entran en sinergia de manera automática y anulando nuestra capacidad de plantear y responder a cuestiones políticas complicadas, pero acuciantes, relativas a cómo hacerlas entrar en sinergia aunque, de hecho, sean divergentes o estén en conflicto.

En realidad, no. Creo que descubrí que podía expresar mejor lo que quería decir sirviéndome de otra terminología. Pienso que existen dos estrategias. Históricamente, al menos en el marxismo tradicional y en los principales movimientos obreros y socialistas, hubo una tendencia a pensar las luchas de clase en un sentido estrecho, como luchas en el campo de la producción que se desarrollan a partir de disputas por la tasa y la distribución del plusvalor que se extrae a los trabajadores asalariados por medio de la explotación en las fábricas. Y luego sí, por supuesto, se supone que esas luchas deben expandirse más allá de las puertas de la fábrica, desarrollar una dimensión política y asumir otras reivindicaciones más lejanas. Pero sigo pensando que, en general, esta imagen de la lucha de clases como algo esencialmente relacionado con el trabajo asalariado en entornos industriales es una imagen muy poderosa.

 Esa imagen ha llevado a mucha gente a intentar argumentar contra lo que Mouffe y Laclau llaman «esencialismo de clase». Estas personas argumentan que las luchas de clases no son las únicas que existen en las sociedades capitalistas y que no tienen la potestad absoluta para definir qué es una reivindicación justa o qué sería una sociedad justa. No tienen el monopolio sobre los nombres de la opresión y la injusticia. Y, de hecho, a lo largo de la historia, las sociedades capitalistas han sido espacios en los que se desarrollaron luchas enormes alrededor de la esclavitud y el trabajo forzado, el género y múltiples ejes de opresión y dominación. Entonces, una estrategia consiste en decir: «Bien, las luchas de clases son esta cosa específica y, por lo tanto, debemos reconocer las luchas que no son luchas de clases, que son otra cosa».

Sin embargo, desde otra perspectiva, podríamos decir que el problema es la definición estrecha de lo que es una lucha de clases. Si analizamos la cuestión de una manera más sofisticada y con más detalle (y creo que esto es lo que quise decir cuando discutí con Butler) podemos afirmar que las otras también son luchas de clases, pero en un sentido diferente. Esto nos lleva de vuelta al inicio de nuestra conversación, cuando hacías referencia a mi idea de un concepto ampliado del capitalismo. En la medida en que el capitalismo no es solo una economía, la clase no se define únicamente en el campo de la producción. Si comprendemos al capitalismo como una realidad que abarca todas estas condiciones de fondo, necesarias para que funcionen los sitios especializados en los que se acumula plusvalor a costa de la explotación del trabajo asalariado, comprendemos también que la reproducción social es un componente esencial del sistema y de la forma en la que sus partes encastran unas con otras. Si decimos lo mismo sobre la naturaleza, sobre los bienes públicos y las capacidades regulatorias, sobre las formas legales que consideramos políticas, si todo esto también es esencial, entonces podría darse el caso de que las luchas que se generan alrededor de estas realidades también sean luchas anticapitalistas, o al menos luchas en torno a componentes esenciales del sistema capitalista. También podemos decir que, si logran conjugarse de forma adecuada —y no siempre sucede así— estas luchas pueden ser comprendidas como luchas de clases.

A lo largo de la historia, las luchas alrededor de la reproducción social formaron parte de la lucha de clases. Esto es lo que está detrás de la poderosa reivindicación de un salario familiar defendida por el movimiento obrero. Se trata a la vez de una lucha por las condiciones de trabajo —en términos literales— y una lucha por las condiciones de la reproducción social y las actividades del hogar. Resultó ser una solución que no siempre favoreció a las mujeres ni a esas porciones de la clase trabajadora a las que no se consideraba idóneas para un salario familiar. Pero podemos percibir que rápidamente, dependiendo de cómo hablemos sobre la lucha clases, las cosas pueden volverse muy complicadas.

Pienso que en términos intelectuales, la mejor solución es redefinir la clase y la lucha de clases de una manera más amplia. Pero, al mismo tiempo, debemos tener mucho cuidado a la hora de precisar lo que significa que estas luchas sean luchas de clases. Lo digo teniendo en mente una cuestión en particular: ¿cuál es la mejor manera de promover el tipo de alianzas amplias que necesitamos para enfrentar a los enormes poderes, profundamente arraigados, contra los que debemos luchar y a los que debemos desarmar? A primera vista, afirmar que se trata de luchas de clases parece abrir el campo de lo posible: estamos todos juntos y enfrentamos el mismo enemigo. Todos somos parte del mismo proyecto. Por otro lado, hay gente que suele interpretar este tipo de lenguaje en términos de disputa: «Tratan de hegemonizar nuestra lucha y niegan su especificidad».

Si adoptamos una concepción ampliada del capitalismo y, por lo tanto, de la lucha de clases y de las luchas anticapitalistas, tenemos la obligación de definir con mucha precisión los motivos por los que estas luchas no armonizan inmediatamente. Pero esa es una tarea que compete a la política y, en efecto, una tarea difícil.

Por cierto, para explicar las luchas de frontera, suelo referirme a la perspectiva de Karl Polanyi. Sin utilizar el término, Polanyi estaba muy interesado en las luchas de frontera entre lo que denominaba el mercado autorregulado —podríamos decir, simplemente, la economía— y la sociedad. Este enfoque también enfrenta múltiples problemas sobre los cuales no voy a explayarme en este caso, pero lo interesante y fructífero es la idea de que la lucha no se desarrolla simplemente alrededor de la distribución del plusvalor. Se desarrolla más bien en torno a aquellos elementos que definirán la gramática de la vida. En una comunidad determinada, ¿se le dará carta blanca al capital o no? Esto suscita preguntas muy profundas sobre el poder y sobre quienes disponen del poder para moldear la gramática de la vida de una sociedad. Todas estas son cuestiones que, en las sociedades capitalistas, se eliminan subrepticiamente de la agenda política y se le delegan sin nuestro consentimiento al capital y a quienes se encargan de la acumulación de capital.

 Hablar de las luchas de fronteras en este sentido nos acerca a la pregunta que planteas. No es solo una cuestión de distribución, sino de la gramática de la vida social. La clase tiende a hacernos pensar que se trata de «quién gana cuánto» y esto no es del todo adecuado. Lo que digo también suena un poco populista. La noción de luchas de fronteras nos indica que hay un problema fundamental a la hora de trazar la línea que separa a la sociedad de la naturaleza, y esto nos lleva de nuevo al coronavirus y al derrame zoonótico. Estas cuestiones se volvieron ineludibles en la actualidad y creo que la situación actual debería bastar para dejar atrás cualquier tipo de ingenuidad al respecto.

 Se plantean problemas muy serios cuando se piensa en la relación entre el trabajo remunerado —que asumo que existirá, de alguna manera, en una sociedad socialista— y las otras actividades que realizamos en nuestras comunidades, las relaciones familiares, la crianza de los niños, etc. Estos problemas no desaparecerán y son precisamente a los que me refiero cuando hablo de luchas de frontera. Es probable que, en el momento en que nos involucramos en estas luchas, los intereses no estén del todo claros. Como socialista democrática, asumo que en una sociedad socialista deberá haber algún tipo de mercado. No creo que podamos seguir hablando de economías planificadas. Pero los problemas se plantean cuando nos preguntamos cuáles son las fronteras legítimas en el marco de las cuales deben funcionar los mercados o qué cosas es legítimo comprar y vender. Pienso que hablar de luchas de frontera implica asumir que debemos disputar todo esto en las sociedades capitalistas. No es solo que las luchas de frontera sean una alternativa a las luchas de clases. Es que las luchas de clases a veces toman la forma de luchas de frontera y las luchas de frontera —cuando son bien conducidas— a veces toman la forma de luchas de clases.

 En tu conversación con Rahel Jaeggi rechazaste la idea de un capitalismo «posracista» o «postsexista», pero en «¿Es el capitalismo necesariamente racista?», tu conclusión es que tal vez nos dirigimos hacia una forma de acumulación capitalista en la que se diluirá «la base estructural del racismo», porque ya no se separará tajantemente la expropiación (que fundamentaba la opresión racista) de la explotación. ¿Podríamos decir lo mismo de la reproducción social y el patriarcado?

No planteo esta cuestión para embarcarnos en «experimentos mentales» sobre una eventual forma del capitalismo «indiferente al género», sino más bien para evaluar el significado y el estatus de los avances del movimiento feminista. Empujados por las luchas feministas, ¿asistimos a una despatriarcalización parcial del capitalismo?

 Personalmente, evito usar el término patriarcado porque tiene un sentido técnico que remite al dominio de hombres mayores y a una idea de dependencia que incluye tanto a hombres como a mujeres. Prefiero hablar de las formas específicamente capitalistas de dominación masculina. Y creo que estas formas de dominación remiten a algo que —hasta donde alcanza mi entendimiento— es específico de las sociedades capitalistas en tanto se oponen a las sociedades precapitalistas. Lo que es específico en las sociedades capitalistas es la diferenciación aguda entre la producción de mercancías, que se apoya en el trabajo asalariado y en la acumulación de capital, y la reproducción social, que se apoya en gran medida en el trabajo no asalariado de la familia y de ciertos miembros de las comunidades, especialmente las mujeres. Creo que la separación de estas dos funciones esenciales de la sociedad en función del género es específica del capitalismo, y si hay un eje estructural de las formas de dominación masculina, es ese.

Ahora bien, diría que no es posible superar completamente la dominación masculina sin modificar esa separación. Debemos imaginarnos de una forma completamente nueva la relación entre la producción y la reproducción, una forma que haga que sean mucho más porosas la una a la otra. Lo cierto es que estas esferas no pueden diferenciarse de manera categórica, tanto en términos de su relación con la acumulación de capital como en términos de las formas en las que se relacionan con el género. Es como el cambio climático y la idea de que en realidad la descarbonización es imposible. No se puede construir una sociedad sustentable sin descarbonizar. No se puede tener una sociedad realmente justa en términos de género sin meterse con esa división. En algún sentido, se trata de argumentos paralelos. Y agregaría que allí donde la raza está en juego, es imposible alcanzar la justicia racial sin meterse con la distinción entre explotación y expropiación, trabajo libre y trabajo injusto o forzado, que creo que es el fundamento de la cuestión racial.

 Pero también agregaría lo que Hester Eisenstein denomina «relaciones peligrosas» entre el feminismo —o las formas del feminismo burgués liberal— y el capitalismo, que tiene que ver con el hecho de que muchas fuerzas que promueven el capitalismo también quieren desmontar estas relaciones tradicionales de género, estas jerarquías tradicionales que pueden representar en sí mismas obstáculos a la mercantilización, la capitalización y la financierización de las cosas a gran escala. Si no percibimos esto, seguiremos imaginando al capitalismo como un sistema conservador, aristocrático y paternalista. Este es también el motivo por el cual existe una extraña hostilidad entre las élites liberales (que incluyen a la feministas liberales, Wall Street, Hollywood, Silicon Valley y todos los sitios en los que existe un capitalismo neoliberal progresista) y las comunidades evangélicas y aquellos sectores de lo que podríamos denominar el «mundo de Donald Trump», que están a favor de la familia tradicional. 

Tenemos ahora una nueva jueza en la Corte Suprema de los Estados Unidos que representa esto a la perfección. Es la antítesis de Hillary Clinton. Estas dos figuras icónicas representan la oposición entre el feminismo liberal de Wall Street y los valores de la familia tradicional. Frente a esta situación, los movimientos feministas que, a falta de una palabra más adecuada, podemos definir como anticapitalistas, se encuentran entre la espada y la pared. Es necesario luchar contra ambos a la vez.

 Como mencionaste, la crisis del COVID-19 es un ejemplo impresionante de cómo las externalidades interactúan con el capitalismo de manera compleja y pueden conducir al tipo de crisis capitalistas que defines como «multidimensionales». En otra parte también afirmaste que, al menos desde 2008, la etapa actual de capitalismo financiarizado y neoliberal atraviesa una crisis —tal vez terminal— que podría implicar eventualmente el desplazamiento hacia una forma diferente de acumulación capitalista. ¿Qué se puede decir de la crisis actual?

 Me gustaría señalar algunos elementos en la forma en que planteas la pregunta. Uno es que debemos distinguir entre crisis sectoriales y crisis generales. Una crisis sectorial implica que, en un régimen capitalista de acumulación o en una fase de desarrollo capitalista, un área importante empieza a ser disfuncional, enfrenta algún obstáculo insuperable, desestabiliza el sistema, etc. Solemos pensar las crisis económicas de esta manera. Los historiadores pueden brindar ejemplos de estas crisis en una esfera o sector de la sociedad, en este caso, la economía.

No es lo mismo que una crisis general de todo el orden social. Los historiadores también utilizan este concepto de crisis general: una suerte de sobredeterminación de obstáculos y disfuncionalidades. De hecho, creo que esto es lo que estamos viviendo en este momento. Es verdad que vivimos formas periódicas de crisis económica, como la de 2007-2008, que estuvo a punto de convertirse en un colapso financiero, aunque al parecer nuestros gobernantes encontraron la forma de resolver el problema. Pero pienso que ahora podemos comprender que este impulso hacia la financierización es una bomba de tiempo que está siempre a punto de explotar y que, en este sentido, la crisis no se resolvió.

Al mismo tiempo, tenemos el problema del calentamiento global y una crisis ecológica muy grave, tal vez catastrófica, que se estuvo gestando durante mucho tiempo y que ahora se volvió evidente. Cada vez más sectores de la población mundial, incluso aquellos que lograron mantenerse relativamente aislados de los efectos más nocivos, están empezando a comprender la magnitud de la crisis. También tenemos una crisis de la reproducción social, es decir, de todas aquellas actividades esenciales vinculadas al nacimiento y el cuidado de los seres humanos, que no siempre están directamente mercantilizadas: educación, salud, trabajo doméstico, trabajo de cuidados, etc. Este sector también está en crisis. Es muy interesante observar el activismo que se genera en torno a estos sectores, que en algunos casos albergan más actividad sindical que ciertas áreas de la industria.

Hasta aquí tenemos una crisis de la reproducción social y una crisis ecológica. Pero creo que también atravesamos una grave crisis política. Y la elección de Joe Biden en los Estados Unidos está lejos de ser una solución. Se trata en parte de una crisis de gobierno, con lo cual me refiero a que incluso los países más poderosos, como Estados Unidos, carecen en este momento de la capacidad de gestión para resolver los problemas que enfrentan. El poder corporativo los supera. Son incapaces de lidiar con una cuestión como el cambio climático, que no es susceptible de ser contenida en los límites de una frontera jurisdiccional. La crisis de gobierno se está desarrollando a nivel estructural.

Sin embargo, también hay una crisis de hegemonía en el sentido gramsciano, un abandono generalizado de la «normalidad» política. La gente se aleja de los partidos políticos tradicionales y de las élites asociados con (y habría que añadir: deslegitimados o mancillados por) las políticas neoliberales. Todos estos elementos se suman y resultan en una crisis general. Una buena metáfora para pensar la crisis es la metástasis: es posible forzar a un cáncer que surge en un lugar determinado a retroceder, pero luego puede irrumpir en otro lugar. En nuestro caso, puede tratarse tanto de un lugar geográfico como de uno sectorial. Pienso que esta crisis se está volviendo palpable y evidente para mucha gente. Sin embargo, esto no significa que nos estemos acercando a algún punto de colapso total o resolución revolucionaria que nos llevará a tomar el Palacio de Invierno o algo por el estilo. Desafortunadamente, las crisis pueden desarrollarse durante mucho tiempo.

 El hecho de que esta crisis sea particularmente aguda, multidimensional, sobredeterminada o metastásica no significa que podamos saber cuál será el resultado del juego ni cuándo se terminará. En la historia del capitalismo hubo crisis generales que se desarrollaron durante décadas. Podríamos decir que todo el siglo XX, hasta la derrota del fascismo y el final de la Segunda Guerra Mundial, fue solo el despliegue de la crisis general del capitalismo colonial liberal o de laissez faire. Tal vez quede un largo camino por andar.

 Las previsiones son siempre difíciles, sobre todo ante grandes eventos todavía en desarrollo. Sin embargo, quisiera insistir: ¿se perciben tendencias hacia un nuevo modo de acumulación o, para ponerlo en tus términos, hacia una redefinición de «las fronteras» que dieron forma a la fase actual del capitalismo?

 Diré algo sobre los escenarios posibles, pero quiero destacar que no son predicciones. En primer lugar, podemos imaginar que la crisis actual es lo que la Escuela de Binghamton denomina una «crisis de desarrollo», es decir, que no se trata de una crisis de época. Una crisis de desarrollo implica que lo que entra en crisis es un régimen específico de acumulación, una forma específica de organizar la naturaleza, la economía, la producción, la reproducción, la relación entre el Estado y el mercado, etc. Hay momentos en la historia del capitalismo en los que un régimen establecido y profundamente arraigado entra en crisis. Y la crisis se resuelve eventualmente mediante la restructuración del sistema: una nueva manera —en el marco del capitalismo— de organizar la producción y la reproducción.

Podríamos pensar en la socialdemocracia o en el New Deal, en el caso de Estados Unidos, como formas de reorganizar la relación entre la producción y la reproducción. Los Estados asumieron una responsabilidad mucho más explícita a la hora de garantizar cierto equilibrio social y se comprometieron en la financiación o en la organización de algunos trabajos de cuidado sociales y reproductivos. En teoría, podemos imaginar una analogía ecológica en la actualidad: las organizaciones intergubernamentales probablemente podrían asumir la responsabilidad de internalizar estas externalidades, en el sentido de someterlas a la gestión y la regulación para prevenir que se salgan de control, por decirlo de alguna forma, o evitar que se vuelvan en su contra. Una crisis que termina así no es una crisis del capitalismo en sí mismo, es decir, una crisis ética en la que el capitalismo mismo cede el paso a una forma de organización social no capitalista o poscapitalista. Habrá sido, en cambio, una crisis de desarrollo intrínseca al capitalismo, que hace que el capitalismo entre en una nueva fase de desarrollo.

Así sucedió a lo largo de toda la historia del capitalismo. Podríamos decir que nos sorprendieron su creatividad y su ingenio, su capacidad para encontrar nuevas maneras de reformarse a sí mismo. Estoy haciendo un juicio antropomórfico que en realidad debería evitar, porque son siempre actores sociales los que promueven estos proyectos de reforma y restructuración. Pero la idea de la crisis de desarrollo es esta: luego de un largo andar en la crisis —durante el cual se despliegan muchas luchas hegemónicas para conformar nuevos bloques históricos— se presenta una alternativa y gana suficiente apoyo. El resultado es una nueva forma de capitalismo. Esto es lo que intentó hacer la socialdemocracia a nivel del Estado nación: garantizar algunas de las condiciones de fondo para que el capital se mantuviera en funcionamiento y salvaguardar la dinámica de la acumulación como eje impulsor mientras gestionaba algunas cosas en los márgenes. Es como Ulises que se ata al mástil para impedirse a sí mismo destruir sus propias condiciones de posibilidad.

 

Digo esto porque hay otra alternativa, que implicaría un punto de inflexión de tal magnitud que no seríamos capaces de resolver la crisis por medio de una nueva forma de capitalismo. Por ejemplo, es probable que el calentamiento global represente algo más que los límites de un régimen específico. Tal vez el calentamiento global le plantee un límite al capitalismo en sí mismo. Por supuesto, no lo sabemos, o al menos yo no creo poder decidir si esto es así o no, porque la historia de la creatividad del capitalismo siempre me da que pensar. Si resulta que se trata de una crisis ética del capitalismo en tanto tal, entonces existen distintas posibilidades. Algunas deseables, como por ejemplo alguna forma de socialismo democrático mundial. De nuevo, es muy difícil describir exactamente cómo sería, pero de alguna manera desmontaría la dinámica de la acumulación, la ley del valor, etc. Y luego, en el otro extremo del espectro, tenemos toda una serie de resultados poscapitalistas o no capitalistas realmente terribles: escenarios dominados por caudillos militares autárquicos, guerras permanentes, regresión social o algún tipo de régimen mundial autoritario. Hay también, supongo, otra posibilidad, que es que la crisis no se resuelva, que simplemente se desarrolle una lenta canibalización de la sociedad humana, una especie de lento retroceso que nos devuelva a la mera lucha por la supervivencia.

Quiero volver a destacar que no estoy haciendo ninguna predicción. Pero creo que sería más justo decir, en los horizontes del presente, que los dos escenarios más alentadores giran en torno a un Green New Deal a nivel mundial en el marco del capitalismo o a alguna forma de socialismo democrático que vaya más allá del capitalismo. Tampoco estoy segura de si puede existir un Green New Deal a nivel mundial en el marco del capitalismo. Es probable que no sea posible alcanzar la reducción de carbono necesaria en los límites del capitalismo. En tal caso, esta alternativa no existiría en absoluto. Luego viene la solución del socialismo democrático a nivel mundial, que es aquella a favor de la cual me posiciono, al menos en teoría. Estos son los dos escenarios por los que considero que vale la pena luchar y que deberíamos intentar generar.

 Y es posible que un Green New Deal a nivel mundial, aun si no es sustentable en el largo plazo, sirva como una especie de programa transicional (como solían decir los trotskistas) que nos guie hacia el socialismo democrático

 Por supuesto, nadie puede saber lo que sucederá, porque en realidad depende de las acciones de la gente. En este sentido, lo que intento hacer con mi obra es aclarar la magnitud, la dinámica y la naturaleza de la crisis en sus múltiples dimensiones. Mi objetivo final es brindar una especie de mapa para la gente que está comprometida o que está pensando en comprometerse con alguna forma de activismo político. Esta gente tiene toda una serie de preocupaciones y de intereses que resultan apremiantes. Pero estos intereses son parciales por definición, y lo que quiero hacer es ayudar a que la gente perciba en dónde encajan en el mapa general de esta crisis y brindar una imagen de la situación de las fuerzas sociales, de forma tal que todas estas preocupaciones e intereses particulares puedan ser movilizados para producir una mejor solución a la crisis.

 Tu descripción se asemeja a una estrategia populista: la idea de que la sociedad está compuesta de intereses o demandas parciales y que el desafío es hacer que estos intereses diversos se fusionen en un agente político coherente. En ocasiones anteriores también hablaste favorablemente del populismo de izquierda. Sin embargo, los acontecimientos recientes parecen mostrar experiencias fallidas del populismo de izquierda, mientras que su variante de derecha parece exhibir un historial más exitoso. ¿Qué balance se puede extraer de esto?

 Empecé a pensar seriamente en el populismo luego de Occupy Wall Street. Me sorprendió mucho este lenguaje del 99% y el 1%. Desde mi punto de vista, este es el lenguaje del populismo por antonomasia. Tal vez carezca de la precisión y del rigor del análisis de clase, pero es inmediatamente comprensible y poderoso. Evoca una respuesta afectiva. Me sorprendió mucho la velocidad con la que se comprendía este discurso, fue un momento de genialidad retórica de quienes lo inventaron. Al menos en el contexto de Estados Unidos, este lenguaje se popularizó con Bernie Sanders, que empezó a usar una palabra muy potente: «rigged» [arreglado, amañado], como cuando se dice que la economía está arreglada, que las elecciones están arregladas, que el sistema arreglado, etc. Trump tomó este lenguaje de Bernie Sanders y le dio un giro propio.

De nuevo, estoy pensando en Estados Unidos, aunque creo que lo que digo también es pertinente en otros países. En la época de Occupy Wall Street empecé a pensar en la cultura política estadounidense y en el período previo del activismo, que estuvo fuertemente centrado en lo que se denomina «políticas identitarias». El hecho de que la gente estuviese hablando de repente del 99% contra el 1% me hizo pensar que existía, al menos en potencia, una enorme fuerza de izquierda en Estados Unidos. Me pareció que este discurso lograba llegar a mucha gente que sentía, tal vez sin darse cuenta, que necesitaba un análisis capaz de explicar de las conexiones y de armar una gran fuerza capaz de superar la fragmentación que tanto había debilitado a la izquierda. También me di cuenta de que podía distinguir el populismo de izquierda del populismo de derecha.

Básicamente, mi idea es que ambos brindan una especie de mapa que define quiénes están arriba y quiénes abajo, quiénes pisan las cabezas de quiénes. En el caso del populismo de izquierda, tal como muestra el 99% contra el 1%, se afirma que existe una oligarquía elitista o un pequeño grupo de gente que parasita a todo el resto. Entonces la idea es intentar movilizar a todo el mundo en contra de ese pequeño grupo. El populismo de derecha no tiene esta estructura dual. Tiene una estructura tripartita. Hay una élite parasitaria y luego una clase baja parasitaria que «nos roba lo que es nuestro». En el populismo de derecha, al «pueblo» lo conforman quienes están atrapados en el medio. Por lo tanto, el populismo de derecha se alza contra el 1% pero también contra los inmigrantes, contra la gente de color, contra las minorías sexuales, etc. Es un cuadro muy diferente, un mapa muy diferente. Pienso que es importante enfatizar que el populismo de izquierda tiene una estructura distinta.

Una segunda diferencia es que el populismo de derecha define al enemigo en términos concretos, identitarios o sustantivos. Por lo tanto, cuando definen a quienes están arriba, siempre se trata de una conspiración internacional judía o, si están abajo, de inmigrantes sucios o negros vagos, etc. Son distinciones identitarias concretas que definen una categoría de persona —el enemigo— en términos de sus características culturales o sustantivas. En contraste, el populismo de izquierda como mucho define las características del enemigo, es decir, no define a nadie en términos de su cultura, su identidad ni nada concreto, sino en términos de la función que ocupa en el sistema. Cuando se dice «Wall Street», por ejemplo, comprendo que históricamente la frase puede desplazarse hacia los banqueros judíos. Es verdad que no hay una barrera absoluta entre los dos populismos. Pero desde mi punto de vista, la identificación del mundo de las finanzas con «el sistema» es correcta. Hoy existe una forma de capitalismo en la cual las finanzas juegan un rol muy importante, muy distinto del que jugaban en otras formas de capitalismo anteriores.

Luego hay que pensar si el populismo de izquierda así definido funciona como una especie de formación transicional capaz de conquistar victorias. Y no solo victorias. La cuestión es también saber si, en el curso de la lucha, este mismo populismo de izquierda puede enseñarles a las personas cosas nuevas, si puede ayudarlas a comprender el sistema y explicar lo que significa afirmar que el sistema esté arreglado. Arreglado, en el sentido del populismo de izquierda, no significa como dice Trump que alguna gente está hackeando las máquinas para votar y moviendo datos de una columna a otra. Como marxistas, sin importar la tendencia a la que pertenezcamos, deberíamos ser capaces de darle contenido a la afirmación y explicar qué significa que el sistema esté arreglado para funcionar en contra de los trabajadores. Tal vez las formaciones populistas de izquierda sean capaces de brindar una puerta de acceso a la lucha política que, a medida que se desarrolle, logre refinar el discurso y aclarar qué es el sistema y qué es lo que se necesita para cambiarlo.

Ahora bien, una vez dicho esto, acuerdo perfectamente contigo en que el historial del populismo de izquierda hasta el momento, si se lo compara con el de derecha, no es tan impactante, en el sentido de que el populismo de derecha tuvo mucho más éxito a la hora de ganar y sostener el apoyo de un gran número de personas. Pero añadiría que, en este caso, una parte del problema es el descrédito que afecta a la socialdemocracia en todo el mundo, es decir, el descrédito de los partidos socialdemócratas, muchos de los cuales se autodenominan socialistas. Hubo gente, que no provenía de la derecha dura, que tuvo una enorme responsabilidad en la institución del neoliberalismo: los Clinton en Estados Unidos, Blair en Gran Bretaña y Schröder en Alemania. Lo que intentaron hacer estas formas de populismo de izquierda es ocupar una parte del espacio que solía pertenecerle a los partidos socialdemócratas, y lo hicieron utilizando un lenguaje diferente. Obviamente, existen puntos en los que la política socialdemócrata y el populismo de izquierda se superponen: si analizamos en detalle a Bernie Sanders, por ejemplo, sería difícil negar que es un socialdemócrata. Se trata de una ética distinta, de otra retórica.

 En cualquier caso, no veo otra estrategia viable. Debemos disputar a los sectores que en este momento apoyan al populismo de derecha. Por supuesto, me refiero a aquellos que no pasaron de la raya, porque ciertamente hay algunos que son irrecuperables. Sea como sea, no podemos partir de que perdimos a las grandes mayorías contra la política de derecha. Si esto es así, entonces el juego está terminado. Debemos empezar por asumir que es posible recuperar a una porción significativa de los votantes de Trump en Estados Unidos, o de los de Bolsonaro en Brasil. Porque sabemos que no siempre fue así: mucha gente votó a Lula o a Dilma, del mismo modo en que alrededor de 8 millones de personas votaron por Obama. Creo que lo que hace el populismo de izquierda es reconocer, validar y defender los reclamos legítimos de las personas y brindarles, al mismo tiempo, una interpretación diferente de cuál es el problema: quién es exactamente el que está manipulando qué cosa, por qué el eje puesto en el desprecio a las clases bajas lleva a un callejón sin salida, por qué jamás será posible crear una coalición lo suficientemente grande como para derrotar a las fuerzas reales del capital global y de las finanzas mientras la clase trabajadora esté dividida, etc. En otras palabras, creo que en este punto nuestra única esperanza es un populismo de izquierda que sea capaz de evolucionar hacia algún tipo de movimiento socialista."

( Entrevista a , Martín Mosquera, JACOBIN América Latina, 27/12/21)