"Durante décadas, la teórica estadounidense Nancy Fraser ha aportado a
la izquierda algunas de sus ideas más potentes. Por momentos, estas
ideas son de corte claramente políticas, como cuando Fraser reclama que
el feminismo corte sus vínculos con la élite económica y adopte una
política de clase que pueda atacar la opresión desde sus raíces. En
otras ocasiones, son conceptos poderosamente teóricos, como cuando
Fraser analiza la interacción entre el capitalismo y las «condiciones de
fondo» de las que depende el capitalismo y que no puede subordinar
completamente.
En sus últimos trabajos, Fraser aboga por una síntesis
entre lo práctico y lo teórico, con el fin de evitar el desastre que se
avecina y que ella denomina, en su próximo libro, «capitalismo caníbal»:
la perspectiva de que el capitalismo, al invadir todas las esferas de
la vida, pueda destruir sus condiciones de supervivencia y, lo que es
más importante, las nuestras.
Martín Mosquera de Jacobin América Latina habló
con Fraser sobre los escenarios futuros que se vislumbran en el
horizonte si no actuamos decisivamente para socavar el poder del capital
y sobre los retos que implica construir un frente común de lucha
política.
Tus trabajos más recientes desarrollan un
«concepto ampliado de capitalismo». Se trata de cuestionar la definición
tradicional que se concentra de manera estrecha en el capitalismo como
sistema económico, ¿es así?
Efectivamente, la concepción ampliada
del capitalismo es un intento de abandonar las interpretaciones
inadecuadas y burdas de cierto marxismo que piensa en términos de base y
superestructura, es decir, que afirma que el fundamento real de la
sociedad es el sistema económico y que todo lo demás es una
superestructura. En ese modelo, la causalidad fluye de manera
unidireccional desde la base económica hacia la superestructura
jurídico-política. En cambio, si hablamos de la relación entre el
subsistema económico de la sociedad capitalista y las condiciones de
posibilidad que constituyen su trasfondo necesario, la imagen de la base
y la superestructura se complica. Afirmar que algo es una condición
necesaria de la economía implica que las actividades que hacen al
funcionamiento del sistema económico capitalista —la producción de
mercancías, la posibilidad de venderlas para obtener ganancias y
acumular capital, la compra de la fuerza de trabajo y su utilización— no
pueden desarrollarse a menos que otros elementos, que a veces se piensa
que están fuera de la economía, se encuentren en su debido lugar.
En este sentido, por ejemplo, son
necesarias las relaciones de parentesco que organizan los nacimientos,
el cuidado, la socialización y la educación de las nuevas generaciones,
que reponen la fuerza de los trabajadores adultos que deben alimentarse,
bañarse, vestirse y descansar para poder retornar a sus trabajos al día
siguiente. Creo que este es un argumento que los lectores de Jacobin conocen
bien y que fue desarrollado en detalle por las feministas que trabajan
en el marco de esa variante del feminismo marxista que se denomina
Teoría de la Reproducción Social. Si tomamos el ejemplo de la
reproducción social, percibimos inmediatamente que, de no realizarse
adecuadamente esta condición de fondo, se estropea la producción. Esto
implica que las posibilidades de acumular capital por medio del sistema
económico están limitadas por algunos rasgos de las relaciones de
parentesco, como las tasas de nacimiento o las tasas de mortalidad. Por
lo tanto, las condiciones de fondo tienen consecuencias importantes
sobre todo el proceso. De esta manera, podemos construir una imagen más
compleja de la causalidad.
Podríamos decir algo similar de las
condiciones de fondo denominadas «naturales» o «ecológicas»: la
producción capitalista y la acumulación de capital suponen que todas las
cosas materiales que necesita el sistema están disponibles sin reservas
y desde siempre en la naturaleza, que basta con elaborarlas en el
proceso de producción. Pero las materias primas, las fuentes de energía y
la posibilidad de eliminar los residuos —todas condiciones de fondo
indispensables— no son necesariamente ilimitadas. Al mismo tiempo, está
claro que las fallas en los ecosistemas esenciales (por ejemplo, el
agotamiento de las fuentes de energía o la contaminación excesiva)
también pueden estropear las industrias. El COVID-19 que, al menos en un
nivel, es resultado de una disfunción ecológica, nos brinda en este
momento un ejemplo particularmente interesante de todo esto. Se trata de
un derrame zoonótico, es decir, de la transmisión de un virus que, a
través de algunas especies intermedias —probablemente los pangolines—,
pasa de los murciélagos a los seres humanos y hace que todo el sistema
económico se contraiga y cierre por la fuerza. En este sentido, podemos
decir que el COVID-19 es un excelente ejemplo de una causalidad que
avanza en la dirección contraria a la del esquema de la base y la
superestructura.
Quisiera saber algo más sobre el lugar que ocupa
el subsistema económico en tu teoría. En tus términos, el capitalismo no
es un sistema económico autónomo porque depende de «condiciones de
fondo» que, en algún sentido, son parcialmente externas. Surgió el
ejemplo de la naturaleza. Pero aun si todas estas esferas son
relativamente autónomas, son «condiciones de fondo» del subsistema
económico, el «primer plano» del capitalismo. ¿No continua siendo el
subsistema económico, en tu enfoque, el elemento predominante, para
decirlo de algún modo, «en última instancia»?
Sí, efectivamente hay algo específico
en la economía que le otorga un vigor causal particular, una fuerza
real y una gran importancia: el imperativo de acumular y expandirse.
Sabemos que la economía capitalista no se trata de individuos que ganan
dinero y luego se tiran a descansar y a consumir lo que compraron en
hogares lujosos. El capitalismo conlleva el imperativo de la reinversión
continua, que genera cada vez más plusvalor, más ganancias y más
capital. En las sociedades capitalistas, se trata de una fuerza
realmente dinámica que históricamente dispuso del poder causal para
torcer —en mayor o en menor medida— ciertas condiciones externas a
voluntad del capital. No es un poder absoluto. Siempre corre el riesgo
de retroceder frente a lo que recién mencionaste, de forma adecuada,
como «esferas relativamente autónomas»: la naturaleza tiene sus propios
tiempos y obedece a un tipo de reproducción que, a la larga, cae por
fuera del control capitalista.
De todas formas, la dinámica capitalista
es una compulsión bruta y ciega que está fuertemente anclada en el
sistema y es mucho más poderosa que la voluntad de los seres humanos
individuales que personifican al capital, lo poseen y realizan su
voluntad. El impulso es tan poderoso que, en algunos casos, es capaz de
modificar las condiciones de fondo. Aunque probablemente siempre
encontrará un límite. Lo que intento decir es que Marx y la mayoría de
los marxistas tienen razón cuando insisten en el poder y en la fuerza
transformadora que conlleva la dinámica de la acumulación. Aun así, no
creo que esto necesariamente se traduzca a la imagen causal de la base y
la superestructura. Existen toda clase de presiones porque las
denominadas «condiciones de fondo» tienen una gramática de reproducción
propia y valores normativos que influencian las decisiones de la gente.
Me gustaría centrarme ahora en tu concepto de
«luchas de frontera». Se trata de las luchas por definir los límites
entre la economía y la sociedad, la producción y la reproducción, etc.,
es decir, entre el «primer plano» y sus «condiciones de fondo». En algún
punto, parecería que estas luchas de frontera son sinónimos de la lucha
de clases. Al abordar las luchas sociales de esta forma, ¿no existe el
riesgo de extraviar la especificidad de la lucha de clases? Si volvemos a
leer tu respuesta a Butler en la New Left Review, podríamos preguntarnos si la Nancy Fraser de 2021 corrige a la Nancy Fraser de 1998. Te cito:
Butler pretende llegar a la conclusión de que las
luchas de liberación sexual son económicas, pero esta conclusión se
vuelve tautológica. Si las luchas en torno a la sexualidad son
económicas por definición, entonces no son económicas en el mismo
sentido en el que lo son las luchas en torno a la tasa de explotación.
Llamar «económicas» a ambos tipos de lucha supone arriesgarse a hacer
colapsar las diferencias, generando la falsa impresión de que entran en
sinergia de manera automática y anulando nuestra capacidad de plantear y
responder a cuestiones políticas complicadas, pero acuciantes,
relativas a cómo hacerlas entrar en sinergia aunque, de hecho, sean
divergentes o estén en conflicto.
En realidad, no. Creo que descubrí
que podía expresar mejor lo que quería decir sirviéndome de otra
terminología. Pienso que existen dos estrategias. Históricamente, al
menos en el marxismo tradicional y en los principales movimientos
obreros y socialistas, hubo una tendencia a pensar las luchas de clase
en un sentido estrecho, como luchas en el campo de la producción que se
desarrollan a partir de disputas por la tasa y la distribución del
plusvalor que se extrae a los trabajadores asalariados por medio de la
explotación en las fábricas. Y luego sí, por supuesto, se supone que
esas luchas deben expandirse más allá de las puertas de la fábrica,
desarrollar una dimensión política y asumir otras reivindicaciones más
lejanas. Pero sigo pensando que, en general, esta imagen de la lucha de
clases como algo esencialmente relacionado con el trabajo asalariado en
entornos industriales es una imagen muy poderosa.
Esa imagen ha llevado a mucha gente a
intentar argumentar contra lo que Mouffe y Laclau llaman «esencialismo
de clase». Estas personas argumentan que las luchas de clases no son las
únicas que existen en las sociedades capitalistas y que no tienen la
potestad absoluta para definir qué es una reivindicación justa o qué
sería una sociedad justa. No tienen el monopolio sobre los nombres de la
opresión y la injusticia. Y, de hecho, a lo largo de la historia, las
sociedades capitalistas han sido espacios en los que se desarrollaron
luchas enormes alrededor de la esclavitud y el trabajo forzado, el
género y múltiples ejes de opresión y dominación. Entonces, una
estrategia consiste en decir: «Bien, las luchas de clases son esta cosa
específica y, por lo tanto, debemos reconocer las luchas que no son
luchas de clases, que son otra cosa».
Sin embargo, desde otra perspectiva,
podríamos decir que el problema es la definición estrecha de lo que es
una lucha de clases. Si analizamos la cuestión de una manera más
sofisticada y con más detalle (y creo que esto es lo que quise decir
cuando discutí con Butler) podemos afirmar que las otras también son
luchas de clases, pero en un sentido diferente. Esto nos lleva de vuelta
al inicio de nuestra conversación, cuando hacías referencia
a mi idea de un concepto ampliado del capitalismo. En la medida en que
el capitalismo no es solo una economía, la clase no se define únicamente
en el campo de la producción. Si comprendemos al capitalismo como una
realidad que abarca todas estas condiciones de fondo, necesarias para
que funcionen los sitios especializados en los que se acumula plusvalor a
costa de la explotación del trabajo asalariado, comprendemos también
que la reproducción social es un componente esencial del sistema y de la
forma en la que sus partes encastran unas con otras. Si decimos lo
mismo sobre la naturaleza, sobre los bienes públicos y las capacidades
regulatorias, sobre las formas legales que consideramos políticas, si
todo esto también es esencial, entonces podría darse el caso de que las
luchas que se generan alrededor de estas realidades también sean luchas
anticapitalistas, o al menos luchas en torno a componentes esenciales
del sistema capitalista. También podemos decir que, si logran conjugarse
de forma adecuada —y no siempre sucede así— estas luchas pueden ser
comprendidas como luchas de clases.
A lo largo de la historia, las luchas
alrededor de la reproducción social formaron parte de la lucha de
clases. Esto es lo que está detrás de la poderosa reivindicación de un
salario familiar defendida por el movimiento obrero. Se trata a la vez
de una lucha por las condiciones de trabajo —en términos literales— y
una lucha por las condiciones de la reproducción social y las
actividades del hogar. Resultó ser una solución que no siempre favoreció
a las mujeres ni a esas porciones de la clase trabajadora a las que no
se consideraba idóneas para un salario familiar. Pero podemos percibir
que rápidamente, dependiendo de cómo hablemos sobre la lucha clases, las
cosas pueden volverse muy complicadas.
Pienso que en términos intelectuales,
la mejor solución es redefinir la clase y la lucha de clases de una
manera más amplia. Pero, al mismo tiempo, debemos tener mucho cuidado a
la hora de precisar lo que significa que estas luchas sean luchas de
clases. Lo digo teniendo en mente una cuestión en particular: ¿cuál es
la mejor manera de promover el tipo de alianzas amplias que necesitamos
para enfrentar a los enormes poderes, profundamente arraigados, contra
los que debemos luchar y a los que debemos desarmar? A primera vista,
afirmar que se trata de luchas de clases parece abrir el campo de lo
posible: estamos todos juntos y enfrentamos el mismo enemigo. Todos
somos parte del mismo proyecto. Por otro lado, hay gente que suele
interpretar este tipo de lenguaje en términos de disputa: «Tratan de
hegemonizar nuestra lucha y niegan su especificidad».
Si adoptamos una concepción ampliada
del capitalismo y, por lo tanto, de la lucha de clases y de las luchas
anticapitalistas, tenemos la obligación de definir con mucha precisión
los motivos por los que estas luchas no armonizan inmediatamente. Pero
esa es una tarea que compete a la política y, en efecto, una tarea
difícil.
Por cierto, para explicar las luchas
de frontera, suelo referirme a la perspectiva de Karl Polanyi. Sin
utilizar el término, Polanyi estaba muy interesado en las luchas de
frontera entre lo que denominaba el mercado autorregulado —podríamos
decir, simplemente, la economía— y la sociedad. Este enfoque también
enfrenta múltiples problemas sobre los cuales no voy a explayarme en
este caso, pero lo interesante y fructífero es la idea de que la lucha
no se desarrolla simplemente alrededor de la distribución del plusvalor.
Se desarrolla más bien en torno a aquellos elementos que definirán la
gramática de la vida. En una comunidad determinada, ¿se le dará carta
blanca al capital o no? Esto suscita preguntas muy profundas sobre el
poder y sobre quienes disponen del poder para moldear la gramática de la
vida de una sociedad. Todas estas son cuestiones que, en las sociedades
capitalistas, se eliminan subrepticiamente de la agenda política y se
le delegan sin nuestro consentimiento al capital y a quienes se encargan
de la acumulación de capital.
Hablar de las luchas de fronteras en este sentido nos acerca a la pregunta que planteas.
No es solo una cuestión de distribución, sino de la gramática de la
vida social. La clase tiende a hacernos pensar que se trata de «quién
gana cuánto» y esto no es del todo adecuado. Lo que digo también suena
un poco populista. La noción de luchas de fronteras nos indica que hay
un problema fundamental a la hora de trazar la línea que separa a la
sociedad de la naturaleza, y esto nos lleva de nuevo al coronavirus y al
derrame zoonótico. Estas cuestiones se volvieron ineludibles en la
actualidad y creo que la situación actual debería bastar para dejar
atrás cualquier tipo de ingenuidad al respecto.
Se plantean problemas muy serios
cuando se piensa en la relación entre el trabajo remunerado —que asumo
que existirá, de alguna manera, en una sociedad socialista— y las otras
actividades que realizamos en nuestras comunidades, las relaciones
familiares, la crianza de los niños, etc. Estos problemas no
desaparecerán y son precisamente a los que me refiero cuando hablo de
luchas de frontera. Es probable que, en el momento en que nos
involucramos en estas luchas, los intereses no estén del todo claros.
Como socialista democrática, asumo que en una sociedad socialista deberá
haber algún tipo de mercado. No creo que podamos seguir hablando de
economías planificadas. Pero los problemas se plantean cuando nos
preguntamos cuáles son las fronteras legítimas en el marco de las cuales
deben funcionar los mercados o qué cosas es legítimo comprar y vender.
Pienso que hablar de luchas de frontera implica asumir que debemos
disputar todo esto en las sociedades capitalistas. No
es solo que las luchas de frontera sean una alternativa a las luchas de
clases. Es que las luchas de clases a veces toman la forma de luchas de
frontera y las luchas de frontera —cuando son bien conducidas— a veces
toman la forma de luchas de clases.
En tu conversación con Rahel Jaeggi rechazaste la idea de un capitalismo «posracista» o «postsexista», pero en «¿Es el capitalismo necesariamente racista?», tu
conclusión es que tal vez nos dirigimos hacia una forma de acumulación
capitalista en la que se diluirá «la base estructural del racismo»,
porque ya no se separará tajantemente la expropiación (que fundamentaba
la opresión racista) de la explotación. ¿Podríamos decir lo mismo de la
reproducción social y el patriarcado?
No planteo esta cuestión para embarcarnos en
«experimentos mentales» sobre una eventual forma del capitalismo
«indiferente al género», sino más bien para evaluar el significado y el
estatus de los avances del movimiento feminista. Empujados por las
luchas feministas, ¿asistimos a una despatriarcalización parcial del
capitalismo?
Personalmente, evito usar el término
patriarcado porque tiene un sentido técnico que remite al dominio de
hombres mayores y a una idea de dependencia que incluye tanto a hombres
como a mujeres. Prefiero hablar de las formas específicamente
capitalistas de dominación masculina. Y creo que estas formas de
dominación remiten a algo que —hasta donde alcanza mi entendimiento— es
específico de las sociedades capitalistas en tanto se oponen a las
sociedades precapitalistas. Lo que es específico en las sociedades
capitalistas es la diferenciación aguda entre la producción de
mercancías, que se apoya en el trabajo asalariado y en la acumulación de
capital, y la reproducción social, que se apoya en gran medida en el
trabajo no asalariado de la familia y de ciertos miembros de las
comunidades, especialmente las mujeres. Creo que la separación de estas
dos funciones esenciales de la sociedad en función del género es
específica del capitalismo, y si hay un eje estructural de las formas de
dominación masculina, es ese.
Ahora bien, diría que no es posible
superar completamente la dominación masculina sin modificar esa
separación. Debemos imaginarnos de una forma completamente nueva la
relación entre la producción y la reproducción, una forma que haga que
sean mucho más porosas la una a la otra. Lo cierto es que estas esferas
no pueden diferenciarse de manera categórica, tanto en términos de su
relación con la acumulación de capital como en términos de las formas en
las que se relacionan con el género. Es como el cambio climático y la
idea de que en realidad la descarbonización es imposible. No se puede
construir una sociedad sustentable sin descarbonizar. No se puede tener
una sociedad realmente justa en términos de género sin meterse con esa
división. En algún sentido, se trata de argumentos paralelos. Y
agregaría que allí donde la raza está en juego, es imposible alcanzar la
justicia racial sin meterse con la distinción entre explotación y
expropiación, trabajo libre y trabajo injusto o forzado, que creo que es
el fundamento de la cuestión racial.
Pero también agregaría lo que Hester
Eisenstein denomina «relaciones peligrosas» entre el feminismo —o las
formas del feminismo burgués liberal— y el capitalismo, que tiene que
ver con el hecho de que muchas fuerzas que promueven el capitalismo
también quieren desmontar estas relaciones tradicionales de género,
estas jerarquías tradicionales que pueden representar en sí mismas
obstáculos a la mercantilización, la capitalización y la
financierización de las cosas a gran escala. Si no percibimos esto,
seguiremos imaginando al capitalismo como un sistema conservador,
aristocrático y paternalista. Este es también el motivo por el cual
existe una extraña hostilidad entre las élites liberales (que incluyen a
la feministas liberales, Wall Street, Hollywood, Silicon Valley y todos
los sitios en los que existe un capitalismo neoliberal progresista) y
las comunidades evangélicas y aquellos sectores de lo que podríamos
denominar el «mundo de Donald Trump», que están a favor de la familia
tradicional.
Tenemos ahora una nueva jueza en la
Corte Suprema de los Estados Unidos que representa esto a la perfección.
Es la antítesis de Hillary Clinton. Estas dos figuras icónicas
representan la oposición entre el feminismo liberal de Wall Street y los
valores de la familia tradicional. Frente a esta situación, los
movimientos feministas que, a falta de una palabra más adecuada,
podemos definir como anticapitalistas, se encuentran entre la espada y
la pared. Es necesario luchar contra ambos a la vez.
Como mencionaste, la crisis del COVID-19 es un ejemplo
impresionante de cómo las externalidades interactúan con el capitalismo
de manera compleja y pueden conducir al tipo de crisis capitalistas que
defines como «multidimensionales». En otra parte también afirmaste que,
al menos desde 2008, la etapa actual de capitalismo financiarizado y
neoliberal atraviesa una crisis —tal vez terminal— que podría implicar
eventualmente el desplazamiento hacia una forma diferente de acumulación
capitalista. ¿Qué se puede decir de la crisis actual?
Me gustaría señalar algunos elementos en la forma en que planteas la
pregunta. Uno es que debemos distinguir entre crisis sectoriales y
crisis generales. Una crisis sectorial implica que, en un régimen
capitalista de acumulación o en una fase de desarrollo capitalista, un
área importante empieza a ser disfuncional, enfrenta algún obstáculo
insuperable, desestabiliza el sistema, etc. Solemos pensar las crisis
económicas de esta manera. Los historiadores pueden brindar ejemplos de
estas crisis en una esfera o sector de la sociedad, en este caso, la
economía.
No es lo mismo que una crisis general
de todo el orden social. Los historiadores también utilizan este
concepto de crisis general: una suerte de sobredeterminación de
obstáculos y disfuncionalidades. De hecho, creo que esto es lo que
estamos viviendo en este momento. Es verdad que vivimos formas
periódicas de crisis económica, como la de 2007-2008, que estuvo a punto
de convertirse en un colapso financiero, aunque al parecer nuestros
gobernantes encontraron la forma de resolver el problema. Pero pienso
que ahora podemos comprender que este impulso hacia la financierización
es una bomba de tiempo que está siempre a punto de explotar y que, en
este sentido, la crisis no se resolvió.
Al mismo tiempo, tenemos el problema
del calentamiento global y una crisis ecológica muy grave, tal vez
catastrófica, que se estuvo gestando durante mucho tiempo y que ahora se
volvió evidente. Cada vez más sectores de la población mundial, incluso
aquellos que lograron mantenerse relativamente aislados de los efectos
más nocivos, están empezando a comprender la magnitud de la crisis.
También tenemos una crisis de la reproducción social, es decir, de todas
aquellas actividades esenciales vinculadas al nacimiento y el cuidado
de los seres humanos, que no siempre están directamente mercantilizadas:
educación, salud, trabajo doméstico, trabajo de cuidados, etc. Este
sector también está en crisis. Es muy interesante observar el activismo
que se genera en torno a estos sectores, que en algunos casos albergan
más actividad sindical que ciertas áreas de la industria.
Hasta aquí tenemos una crisis de la
reproducción social y una crisis ecológica. Pero creo que también
atravesamos una grave crisis política. Y la elección de Joe Biden en los
Estados Unidos está lejos de ser una solución. Se trata en parte de una
crisis de gobierno, con lo cual me refiero a que incluso los países más
poderosos, como Estados Unidos, carecen en este momento de la capacidad
de gestión para resolver los problemas que enfrentan. El poder
corporativo los supera. Son incapaces de lidiar con una cuestión como el
cambio climático, que no es susceptible de ser contenida en los límites
de una frontera jurisdiccional. La crisis de gobierno se está
desarrollando a nivel estructural.
Sin embargo, también hay una crisis
de hegemonía en el sentido gramsciano, un abandono generalizado de la
«normalidad» política. La gente se aleja de los partidos políticos
tradicionales y de las élites asociados con (y habría que añadir:
deslegitimados o mancillados por) las políticas neoliberales. Todos
estos elementos se suman y resultan en una crisis general. Una buena
metáfora para pensar la crisis es la metástasis: es posible forzar a un
cáncer que surge en un lugar determinado a retroceder, pero luego puede
irrumpir en otro lugar. En nuestro caso, puede tratarse tanto de un lugar geográfico como de uno sectorial. Pienso que esta
crisis se está volviendo palpable y evidente para mucha gente. Sin
embargo, esto no significa que nos estemos acercando a algún punto de
colapso total o resolución revolucionaria que nos llevará a tomar el
Palacio de Invierno o algo por el estilo. Desafortunadamente, las crisis
pueden desarrollarse durante mucho tiempo.
El hecho de que esta crisis sea
particularmente aguda, multidimensional, sobredeterminada o metastásica
no significa que podamos saber cuál será el resultado del juego ni
cuándo se terminará. En la historia del capitalismo hubo crisis
generales que se desarrollaron durante décadas. Podríamos decir que todo
el siglo XX, hasta la derrota del fascismo y el final de la Segunda
Guerra Mundial, fue solo el despliegue de la crisis general del
capitalismo colonial liberal o de laissez faire. Tal vez quede un largo camino por andar.
Las previsiones son siempre difíciles, sobre todo ante grandes
eventos todavía en desarrollo. Sin embargo, quisiera insistir: ¿se
perciben tendencias hacia un nuevo modo de acumulación o, para ponerlo
en tus términos, hacia una redefinición de «las fronteras» que dieron
forma a la fase actual del capitalismo?
Diré algo sobre los escenarios
posibles, pero quiero destacar que no son predicciones. En primer lugar,
podemos imaginar que la crisis actual es lo que la Escuela de
Binghamton denomina una «crisis de desarrollo», es decir, que no se
trata de una crisis de época. Una crisis de desarrollo implica que lo
que entra en crisis es un régimen específico de acumulación, una forma
específica de organizar la naturaleza, la economía, la producción, la
reproducción, la relación entre el Estado y el mercado, etc. Hay
momentos en la historia del capitalismo en los que un régimen
establecido y profundamente arraigado entra en crisis. Y la crisis se
resuelve eventualmente mediante la restructuración del sistema: una
nueva manera —en el marco del capitalismo— de organizar la producción y
la reproducción.
Podríamos pensar en la
socialdemocracia o en el New Deal, en el caso de Estados Unidos, como
formas de reorganizar la relación entre la producción y la reproducción.
Los Estados asumieron una responsabilidad mucho más explícita a la hora
de garantizar cierto equilibrio social y se comprometieron en la
financiación o en la organización de algunos trabajos de cuidado
sociales y reproductivos. En teoría, podemos imaginar una analogía
ecológica en la actualidad: las organizaciones intergubernamentales
probablemente podrían asumir la responsabilidad de internalizar estas
externalidades, en el sentido de someterlas a la gestión y la regulación
para prevenir que se salgan de control, por decirlo de alguna forma, o
evitar que se vuelvan en su contra. Una crisis que termina así no es una
crisis del capitalismo en sí mismo, es decir, una crisis ética en la
que el capitalismo mismo cede el paso a una forma de organización social
no capitalista o poscapitalista. Habrá sido, en cambio, una crisis de
desarrollo intrínseca al capitalismo, que hace que el capitalismo entre
en una nueva fase de desarrollo.
Así sucedió a lo largo de toda la
historia del capitalismo. Podríamos decir que nos sorprendieron su
creatividad y su ingenio, su capacidad para encontrar nuevas maneras de
reformarse a sí mismo. Estoy haciendo un juicio antropomórfico que en
realidad debería evitar, porque son siempre actores sociales los que
promueven estos proyectos de reforma y restructuración. Pero la idea de
la crisis de desarrollo es esta: luego de un largo andar en la crisis
—durante el cual se despliegan muchas luchas hegemónicas para conformar
nuevos bloques históricos— se presenta una alternativa y gana suficiente
apoyo. El resultado es una nueva forma de capitalismo. Esto es lo que
intentó hacer la socialdemocracia a nivel del Estado nación: garantizar
algunas de las condiciones de fondo para que el capital se mantuviera en
funcionamiento y salvaguardar la dinámica de la acumulación como eje
impulsor mientras gestionaba algunas cosas en los márgenes. Es como
Ulises que se ata al mástil para impedirse a sí mismo destruir sus
propias condiciones de posibilidad.
Digo esto porque hay otra
alternativa, que implicaría un punto de inflexión de tal magnitud que no
seríamos capaces de resolver la crisis por medio de una nueva forma de
capitalismo. Por ejemplo, es probable que el calentamiento global
represente algo más que los límites de un régimen específico. Tal vez el
calentamiento global le plantee un límite al capitalismo en sí mismo.
Por supuesto, no lo sabemos, o al menos yo no creo poder decidir si esto
es así o no, porque la historia de la creatividad del capitalismo
siempre me da que pensar. Si resulta que se trata de una crisis ética
del capitalismo en tanto tal, entonces existen distintas posibilidades.
Algunas deseables, como por ejemplo alguna forma de socialismo
democrático mundial. De nuevo, es muy difícil describir exactamente cómo
sería, pero de alguna manera desmontaría la dinámica de la acumulación,
la ley del valor, etc. Y luego, en el otro extremo del espectro,
tenemos toda una serie de resultados poscapitalistas o no capitalistas
realmente terribles: escenarios dominados por caudillos militares
autárquicos, guerras permanentes, regresión social o algún tipo de
régimen mundial autoritario. Hay también, supongo, otra posibilidad, que
es que la crisis no se resuelva, que simplemente se desarrolle una
lenta canibalización de la sociedad humana, una especie de lento
retroceso que nos devuelva a la mera lucha por la supervivencia.
Quiero volver a destacar que no estoy
haciendo ninguna predicción. Pero creo que sería más justo decir, en
los horizontes del presente, que los
dos escenarios más alentadores giran en torno a un Green New Deal a
nivel mundial en el marco del capitalismo o a alguna forma de socialismo
democrático que vaya más allá del capitalismo.
Tampoco estoy segura de si puede existir un Green New Deal a nivel
mundial en el marco del capitalismo. Es probable que no sea posible
alcanzar la reducción de carbono necesaria en los límites del
capitalismo. En tal caso, esta alternativa no existiría en absoluto.
Luego viene la solución del socialismo democrático a nivel mundial, que
es aquella a favor de la cual me posiciono, al menos en teoría. Estos
son los dos escenarios por los que considero que vale la pena luchar y
que deberíamos intentar generar.
Y es posible que un Green New Deal a
nivel mundial, aun si no es sustentable en el largo plazo, sirva como
una especie de programa transicional (como solían decir los trotskistas)
que nos guie hacia el socialismo democrático
Por supuesto, nadie puede saber lo que
sucederá, porque en realidad depende de las acciones de la gente. En
este sentido, lo que intento hacer con mi obra es aclarar la magnitud,
la dinámica y la naturaleza de la crisis en sus múltiples dimensiones.
Mi objetivo final es brindar una especie de mapa para la gente que está
comprometida o que está pensando en comprometerse con alguna forma de
activismo político. Esta gente tiene toda una serie de preocupaciones y
de intereses que resultan apremiantes. Pero estos intereses son
parciales por definición, y lo que quiero hacer es ayudar a que la gente
perciba en dónde encajan en el mapa general de esta crisis y brindar
una imagen de la situación de las fuerzas sociales, de forma tal que
todas estas preocupaciones e intereses particulares puedan ser
movilizados para producir una mejor solución a la crisis.
Tu descripción se asemeja a una estrategia populista: la idea de
que la sociedad está compuesta de intereses o demandas parciales y que
el desafío es hacer que estos intereses diversos se fusionen en un
agente político coherente. En ocasiones anteriores también hablaste
favorablemente del populismo de izquierda. Sin embargo, los
acontecimientos recientes parecen mostrar experiencias fallidas del
populismo de izquierda, mientras que su variante de derecha parece
exhibir un historial más exitoso. ¿Qué balance se puede extraer de esto?
Empecé a pensar seriamente en el
populismo luego de Occupy Wall Street. Me sorprendió mucho este lenguaje
del 99% y el 1%. Desde mi punto de vista, este es el lenguaje del
populismo por antonomasia. Tal vez carezca de la precisión y del rigor
del análisis de clase, pero es inmediatamente comprensible y poderoso.
Evoca una respuesta afectiva. Me sorprendió mucho la velocidad con la
que se comprendía este discurso, fue un momento de genialidad retórica
de quienes lo inventaron. Al menos en el contexto de Estados Unidos,
este lenguaje se popularizó con Bernie Sanders, que empezó a usar una
palabra muy potente: «rigged»
[arreglado, amañado], como cuando se dice que la economía está
arreglada, que las elecciones están arregladas, que el sistema
arreglado, etc. Trump tomó este lenguaje de Bernie Sanders y le dio un
giro propio.
De nuevo, estoy pensando en Estados
Unidos, aunque creo que lo que digo también es pertinente en otros
países. En la época de Occupy Wall Street empecé a pensar en la cultura
política estadounidense y en el período previo del activismo, que estuvo
fuertemente centrado en lo que se denomina «políticas identitarias». El
hecho de que la gente estuviese hablando de repente del 99% contra el
1% me hizo pensar que existía, al menos en potencia, una enorme fuerza
de izquierda en Estados Unidos. Me pareció que este discurso lograba
llegar a mucha gente que sentía, tal vez sin darse cuenta, que
necesitaba un análisis capaz de explicar de las conexiones y de armar
una gran fuerza capaz de superar la fragmentación que tanto había
debilitado a la izquierda. También me di cuenta de que podía distinguir
el populismo de izquierda del populismo de derecha.
Básicamente, mi idea es que ambos
brindan una especie de mapa que define quiénes están arriba y quiénes
abajo, quiénes pisan las cabezas de quiénes. En
el caso del populismo de izquierda, tal como muestra el 99% contra el
1%, se afirma que existe una oligarquía elitista o un pequeño grupo de
gente que parasita a todo el resto. Entonces la idea es intentar
movilizar a todo el mundo en contra de ese pequeño grupo. El populismo
de derecha no tiene esta estructura dual. Tiene una estructura
tripartita. Hay una élite parasitaria y luego una clase baja parasitaria
que «nos roba lo que es nuestro». En el populismo de derecha, al
«pueblo» lo conforman quienes están atrapados en el medio.
Por lo tanto, el populismo de derecha se alza contra el 1% pero también
contra los inmigrantes, contra la gente de color, contra las minorías
sexuales, etc. Es un cuadro muy diferente, un mapa muy diferente. Pienso
que es importante enfatizar que el populismo de izquierda tiene una
estructura distinta.
Una segunda diferencia es que el
populismo de derecha define al enemigo en términos concretos,
identitarios o sustantivos. Por lo tanto, cuando definen a quienes están
arriba, siempre se trata de una conspiración internacional judía o, si
están abajo, de inmigrantes sucios o negros vagos, etc. Son distinciones
identitarias concretas que definen una categoría de persona —el
enemigo— en términos de sus características culturales o sustantivas. En
contraste, el populismo de izquierda como mucho define las
características del enemigo, es decir, no define a nadie en términos de
su cultura, su identidad ni nada concreto, sino en términos de la
función que ocupa en el sistema. Cuando se dice «Wall Street», por
ejemplo, comprendo que históricamente la frase puede desplazarse hacia
los banqueros judíos. Es verdad que no hay una barrera absoluta entre
los dos populismos. Pero desde mi punto de vista, la identificación del
mundo de las finanzas con «el sistema» es correcta. Hoy existe una forma
de capitalismo en la cual las finanzas juegan un rol muy importante,
muy distinto del que jugaban en otras formas de capitalismo anteriores.
Luego hay que pensar si el populismo
de izquierda así definido funciona como una especie de formación
transicional capaz de conquistar victorias. Y no solo victorias. La
cuestión es también saber si, en el curso de la lucha, este mismo
populismo de izquierda puede enseñarles a las personas cosas nuevas, si
puede ayudarlas a comprender el sistema y explicar lo que significa
afirmar que el sistema esté arreglado. Arreglado, en el sentido del
populismo de izquierda, no significa como dice Trump que alguna gente
está hackeando
las máquinas para votar y moviendo datos de una columna a otra. Como
marxistas, sin importar la tendencia a la que pertenezcamos, deberíamos
ser capaces de darle contenido a la afirmación y explicar qué significa
que el sistema esté arreglado para funcionar en contra de los
trabajadores. Tal vez las formaciones populistas de izquierda sean
capaces de brindar una puerta de acceso a la lucha política que, a
medida que se desarrolle, logre refinar el discurso y aclarar qué es el
sistema y qué es lo que se necesita para cambiarlo.
Ahora bien, una vez dicho esto, acuerdo perfectamente contigo en
que el historial del populismo de izquierda hasta el momento, si se lo
compara con el de derecha, no es tan impactante, en el sentido de que el
populismo de derecha tuvo mucho más éxito a la hora de ganar y sostener
el apoyo de un gran número de personas. Pero añadiría que, en este
caso, una parte del problema es el descrédito que afecta a la
socialdemocracia en todo el mundo, es decir, el descrédito de los
partidos socialdemócratas, muchos de los cuales se autodenominan
socialistas. Hubo gente, que no provenía de la derecha dura, que tuvo
una enorme responsabilidad en la institución del neoliberalismo: los
Clinton en Estados Unidos, Blair en Gran Bretaña y Schröder en Alemania.
Lo que intentaron hacer estas formas de populismo de izquierda es
ocupar una parte del espacio que solía pertenecerle a los partidos
socialdemócratas, y lo hicieron utilizando un lenguaje diferente.
Obviamente, existen puntos en los que la política socialdemócrata y el
populismo de izquierda se superponen: si analizamos en detalle a Bernie
Sanders, por ejemplo, sería difícil negar que es un socialdemócrata. Se
trata de una ética distinta, de otra retórica.
En cualquier caso, no veo otra
estrategia viable. Debemos disputar a los sectores que en este momento
apoyan al populismo de derecha. Por supuesto, me refiero a aquellos que
no pasaron de la raya, porque ciertamente hay algunos que son
irrecuperables. Sea como sea, no
podemos partir de que perdimos a las grandes mayorías contra la política
de derecha. Si esto es así, entonces el juego está terminado. Debemos
empezar por asumir que es posible recuperar a una porción significativa
de los votantes de Trump en Estados Unidos, o de los de Bolsonaro en
Brasil. Porque sabemos que no
siempre fue así: mucha gente votó a Lula o a Dilma, del mismo modo en
que alrededor de 8 millones de personas votaron por Obama. Creo que lo
que hace el populismo de izquierda es reconocer, validar y defender los
reclamos legítimos de las personas y brindarles, al mismo tiempo, una
interpretación diferente de cuál es el problema: quién es exactamente el
que está manipulando qué cosa, por qué el eje puesto en el desprecio a
las clases bajas lleva a un callejón sin salida, por qué jamás será
posible crear una coalición lo suficientemente grande como para derrotar
a las fuerzas reales del capital global y de las finanzas mientras la
clase trabajadora esté dividida, etc. En otras palabras, creo que en
este punto nuestra única esperanza es un populismo de izquierda que sea
capaz de evolucionar hacia algún tipo de movimiento socialista."
( Entrevista a Nancy Fraser, Martín Mosquera, JACOBIN América Latina, 27/12/21)