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5/1/23

En la ceremonia de los Óscar, un actor propinó una bofetada a otro, por la emisión de un chiste, por otra parte, muy malo. ¿Qué significa eso? Significa que la ironía está dejando de existir... Incluso los actores tienen problemas para distinguir la realidad de la ficción

 "EL FIN DEL HUMANISMO.

 En la ceremonia de los Óscar, un actor propinó una bofetada a otro, por la emisión de un chiste, por otra parte, muy malo. ¿Qué significa eso? Significa que la ironía está dejando de existir. No se entiende. Incluso los actores tienen problemas para distinguir la realidad de la ficción. 

De manera que, en ausencia de esa distinción, todo es no-ficción. Todo (...) tiende a ser, por tanto, cierto, por lo que desaparece lo no cierto, el arte… la ironía. El siglo XXI puede ser, si nadie se ríe, una suerte de siglo IV, en el que desapareció el 90% de la cultura anterior.  Por lo mismo, empieza a ser una buena época para las culturas reaccionarias. (...)"           (Guillem martínez, CTXT, 31/12/22)

2/3/21

Mara Wilson (Matilda: Hollywood ha decidido enfrentar el acoso en la industria, pero yo nunca fui acosada sexualmente en un plató de filmación. Mi acoso sexual siempre vino de los medios y el público. Desde que tenía seis años, la gente me preguntaba en las entrevistas si tenía novio. Los periodistas llegaron a pedirme que dijera quién pensaba yo que era el actor más sexi y que diera mi opinión sobre el arresto de Hugh Grant por contratar una prostituta

 "Pasé mi cumpleaños número 13 encerrada en una habitación de hotel en Toronto.

Era julio de 2000 y estaba en una gira de prensa para promocionar la película Thomas y el tren mágico. Me habían prometido un día libre por mi cumpleaños, pero al llegar a Los Ángeles la noche anterior, me enteré de que pasaría todo el día hablando con periodistas. Trabajar el día de mi cumpleaños no era algo nuevo para mí —había cumplido ocho años en el plató de Matilda y nueve mientras filmaba Un simple deseo—, pero aun así era decepcionante. Salvo por la compañía de una niñera, estaba sola.

A la mañana siguiente me levanté somnolienta por el desfase horario y me puse mi mejor atuendo de Forever 21. Dos coordinadores de prensa se me acercaron antes de comenzar la entrevista: “¿Quieres que apaguemos el aire acondicionado? ¿Quizás una gaseosa?”. Les dije que estaba bien: no quería ganar reputación de quejumbrosa. Pero cuando la periodista me preguntó cómo me sentía, cometí uno de los mayores errores de mi vida: le dije la verdad.

No sé por qué me sinceré con ella, pero nunca había sido buena ocultando mis sentimientos (actuar, para mí, es algo muy distinto a mentir). Y a la periodista realmente parecía importarle mi bienestar.

Al día siguiente, el periódico canadiense me puso en la portada de su sección de entretenimiento. El artículo iniciaba con la frase: “La entrevista con la estrella infantil Mara Wilson ni siquiera había empezado y ella ya se estaba quejando con su equipo”.

El texto continuó describiéndome como una “niña malcriada” que había alcanzado “la mediana edad”. Describió los caminos oscuros que las estrellas infantiles como yo suelen terminar recorriendo. Adoptó lo que ahora llamo “El Relato”, esa idea de que todos los que crecen en el ojo público tendrán un final trágico.

A los 13 años, ya sabía todo sobre El Relato. Debuté como actriz a los cinco años y ya protagonizaba películas a los ocho, así que se me entrenó para parecer —para ser— lo más normal posible; se hizo todo lo que fuera necesario para prevenir mi inevitable caída. Compartía una habitación con mi hermana menor. Fui a una escuela pública. Fui una niña exploradora. Cuando alguien me llamaba “estrella”, debía insistir en que era una actriz y que las únicas estrellas estaban en el cielo. Nadie tocaría el dinero que ganaba hasta que cumpliera 18 años. Pero en ese momento tenía 13 años y ya estaba arruinada, como todos esperaban.

Hay una parte del artículo que llama mi atención hoy, en medio de los agentes que dicen que las niñas de 12 años tenían que verse “inocentes” y como “niña de comercial de detergente para ropa de bebé” para obtener papeles y de las horrendas descripciones de las estrellas infantiles con problemas de adicción. La periodista pidió mi opinión sobre Britney Spears. Al parecer, le respondí que la “odiaba”.

En realidad no odiaba a Britney Spears. Pero jamás habría admitido que me agradaba. En ese momento estaba pasando por una fuerte etapa de actitud tipo “no soy como las demás”, lo cual es algo vergonzoso ahora, aunque ¿cómo no creer eso cuando había pasado gran parte de mi infancia compitiendo en audiciones contra tantas otras chicas? En parte lo dije por puros celos: celos porque ella era hermosa y genial de una manera que yo jamás lograría ser. Creo que, sobre todo, yo ya había absorbido la versión de El Relato que rodeaba a Spears.

La forma en que la gente hablaba en ese momento de Britney Spears me aterrorizaba y me sigue aterrorizando en la actualidad. Su historia es un ejemplo notable de un fenómeno del que he sido testigo durante años: nuestra cultura construye a estas chicas solo para poder destruirlas. Afortunadamente, las personas se están dando cuenta de lo que le hicimos a Spears y han comenzado a pedirle disculpas. Pero seguimos viviendo con las cicatrices.

Para 2000, Spears ya había sido etiquetada como una “chica mala”. Las chicas malas, por lo que pude observar, eran en su mayoría chicas que mostraban algún atisbo de sexualidad. Seguí el escándalo sobre su artículo de portada en la revista Rolling Stone, donde la primera línea describía su “terso muslo”, y el furor en los foros de discusión de AOL cuando se le veían los pezones a través de la camisa. Vi a muchas actrices y cantantes adolescentes abrazar la sexualidad como un rito de iniciación al aparecer en las portadas de revistas para chicos o en videos musicales provocativos. Decidí que esa jamás sería yo.

De todos modos, ya había sido sexualizada y lo odiaba. Actué principalmente en películas familiares: la nueva versión de Milagro en la calle 34, Matilda, Papá por siempre. Nunca aparecí en pantalla con algo que fuera más revelador que un vestido de verano hasta la rodilla. Todo eso fue intencional: mis padres pensaron que sería más seguro de esa manera, pero no funcionó. Desde que tenía seis años, la gente me preguntaba en las entrevistas si tenía novio. Los periodistas llegaron a pedirme que dijera quién pensaba yo que era el actor más sexi y que diera mi opinión sobre el arresto de Hugh Grant por contratar una prostituta. Fue lindo recibir cartas de niños de diez años diciendo que estaban enamorados de mí. No lo fue cuando quienes las mandaban eran hombres de 50 años. Incluso antes de cumplir 12 años, había imágenes mías en sitios web de fetichismo de pies y en montajes de pornografía infantil creados con Photoshop. Todas las veces sentí vergüenza.

Hollywood ha decidido enfrentar el acoso en la industria, pero yo nunca fui acosada sexualmente en un plató de filmación. Mi acoso sexual siempre vino de los medios y el público.

Una parte importante de El Relato es la suposición de que los niños famosos se lo tienen merecido. Se lo ganaron por volverse famosos y privilegiados, así que está bien atacarlos. De hecho, El Relato por lo general tiene mucho menos que ver con la estrella infantil que con las personas que la rodean. MGM le dio a Judy Garland pastillas para evitar el sueño y perder peso durante su adolescencia. La actriz Rebecca Schaeffer fue asesinada por un acosador. Drew Barrymore, quien estuvo en rehabilitación durante su temprana adolescencia, tuvo un padre alcohólico y una madre que en vez de llevarla a la escuela la llevaban a Studio 54. Y a esto habría que sumarle la cantidad de abuso que los actores no blancos, en particular los negros, reciben del público. Amandla Stenberg fue acosada tras aparecer en la película Los juegos del hambre por interpretar a un personaje que había sido concebido por la autora como de raza negra, pero que algunos lectores de la saga de libros habían imaginado blanco.

Lo más triste del “colapso” de Spears es que nunca hubo necesidad de que sucediera. Cuando se separó de su esposo, se afeitó la cabeza y atacó furiosamente el auto de un paparazzo con un paraguas, El Relato se le impuso, pero la realidad es que acababa de tener un bebé y estaba lidiando con cambios importantes en su vida. Las personas necesitan espacio, tiempo y cuidado para lidiar con esas cosas. Ella no tuvo nada de eso.

Muchos momentos de la vida de Spears me son familiares. Ambas tuvimos muñecas creadas y basadas en nosotras, amigos cercanos y novios que compartieron nuestros secretos, así como hombres adultos que hicieron comentarios sobre nuestros cuerpos. Sin embargo, mi vida fue más fácil no solo porque nunca tuve el nivel de fama requerido para salir en los tabloides, sino porque, a diferencia de Spears, siempre tuve el apoyo de mi familia. Sabía que tenía dinero guardado para mí y que era mío. Si necesitaba escapar de la atención pública, podía desaparecer y estar a salvo en casa o en la escuela.

Cuando se publicó el artículo que me describió como una malcriada, mi padre fue empático. Me recordó que debía ser más positiva y amable en las entrevistas, pero me di cuenta de que él también pensaba que el artículo no había sido justo. Mi padre sabía que yo era más de lo que esa periodista había escrito sobre mí. Eso me ayudó a saberlo también.

A veces la gente me pregunta: “¿Cómo hiciste para terminar bien?”. Una vez, alguien a quien consideraba mi amigo me preguntó, con una enorme sonrisa: “¿Qué se siente saber que ya alcanzaste tu punto máximo?”. En aquel momento no supe cómo responder, pero ahora le diría que esa pregunta es incorrecta. No he alcanzado mi punto máximo porque, para mí, El Relato ya no es una historia que alguien más está escribiendo. Yo misma la puedo escribir."                   

(Mara Wilson apareció en las películas Matilda y Papá por siempre. The New York Times, 25/02/21)

7/1/19

Juliette Binoche: creo que al #MeToo le ha llegado ya la hora de evolucionar hasta crear una especie de “conciencia de lo femenino”. Quiere decir que hombre y mujer —los dos juntos— alcancen un equilibrio...

"SON LAS TRES de la tarde en San Sebastián y Juliette Binoche no parece estar para bromas. “Ya pueden coger y marcharse tranquilamente, váyanse a tomar algo, den un paseo y vuelvan cuando hayamos acabado. ¡Necesitamos intimidad!”, les suelta airada a los fotógrafos, a los asistentes, al camarero, a los responsables de prensa y a todo bicho viviente que pulule por la suite y no sea estrictamente el entrevistador. 

La Binoche (París, 1964) no sugiere la idea de un personaje fácil (una vez, en otra entrevista, en aquella ocasión en una playa privada de Cannes, bajaba la cabeza y se quedaba callada cada vez que una pregunta no le hacía tilín). Ni falta que hace. 

Ante la avalancha actual de tanto simpático profesional hueco de contenido, la mezcla entre las cosas que dice esta superlativa actriz francesa y la forma que tiene de decirlas es impagable. Poesía, sensibilidad, sinceridad, incorrección política y una proverbial mala leche si es preciso se entremezclan en su discurso mientras se relaja progresivamente en el sofá.  (...)

Es usted actriz, pero también canta, pinta y, sobre todo, escribe poesía. ¿Considera la poesía necesaria en este mundo tan rápido, tan virtual y tan de saberes útiles? Necesaria, no. Indispensable.

¿Por qué? Porque es la quintaesencia de la experiencia íntima. En un poema, la asociación de palabras a veces no es correcta gramaticalmente, pero siempre es justa, porque es una creación de un universo personal, entra en el ámbito de la persona. Yo soy una lectora ferviente de poemas no tanto que brillen en la forma, sino que entren en un fondo complejo.

 O sea, poemas en los que la forma llega a ser brillante gracias al fondo. Y no lo contrario, que es utilizar la forma como un atajo para llegar al fondo. A veces una se pregunta cómo van unidos, qué llega antes, ¿fondo o forma? Ese es el misterio de la poesía. Que lleguen a la vez. De la mano.   (...)

¿Se lleva esos personajes a casa con usted después de los rodajes? ¿O los mete en un armario y cierra con llave hasta el día siguiente? Lo que cuenta en la interpretación es la preparación. Una puede decidir no prepararse mucho previamente, es una forma como otra cualquiera de trabajar, pero en mi caso es una obligación. Es como la gestación de un embarazo. El rodaje es solo la llegada, el parto. 

Es una consecuencia, no es casi nada. Pero la gestación lo es casi todo. Y a menudo los productores llevan eso muy mal. Por ignorancia, no se fían de los actores. “¿Qué va a hacer esta?”, se preguntan. Resulta bastante penoso. En Inglaterra o en Estados Unidos, que un actor contrate a un coach es completamente normal. En Francia, no. Y después de 35 años de profesión, la cosa sigue igual. Es bastante triste.

¿Usted siempre trabaja con un coach? Yo sé perfectamente lo que necesito en cada película. Y desde luego un coach no te resuelve la vida, pero sí te permite hacer un trabajo de guion y de diálogos para el que normalmente no se tiene tiempo si se quiere hacer con el director.

 ¿Sabe?, en un rodaje de cinco semanas no tienes demasiado tiempo para buscar, para investigar, para dudar. Y ese trabajo previo es tiempo ganado. Además, a menudo el director no sabe hacer ese trabajo, sencillamente porque no conoce nada acerca del camino personal que un actor atraviesa cuando prepara un papel.  (...)

Es que un actor o una actriz son materiales para que el espectador pueda leer dentro de él mismo.
¿Son espejos? ¿Transmisores? El intérprete es un medio de transmisión, sí. Es como el lenguaje. Puro sistema de transmisión. Si uno se obsesiona demasiado con las palabras, se queda colgado de la poesía bonita de la que hablábamos antes, y nada más. No sirve de nada. Así que la humildad permite ser de verdad, ser auténtico.  (...)

¿Le atraen las cosas bellas? Hoy no es un concepto muy en boga. Una película bonita, un cuadro bello… A mí me atrae la belleza y no me da vergüenza admitirlo. Hubo un momento en mi carrera en el que no hacía comedias. No les encontraba mucho interés artístico. Entonces dijeron: “Binoche no sabe hacer comedias”. Así que hice comedias. 

Bah, fue divertido, pero desde luego no una gran revelación en mi vida. Algunas veces he tenido la sensación de estar obligado a justificarme, y entonces pienso: “¿Es que Marguerite Duras tuvo que justificarse por no escribir libros cómicos? ¿Es que Paul Gauguin tuvo que justificarse por pintar los cuadros que pintaba?”. ¿Quién y a partir de dónde se establece la forma en que debes gustar a la gente?   (...)

Usted contó en el diario Le Monde que había sido víctima de tres agresiones sexuales de joven. También declaró que Harvey Weinstein no había abusado de usted aunque era consciente de “la bestia que él llevaba dentro”. Y apoyó el manifiesto impulsado por Catherine Deneuve contra los excesos del movimiento #MeToo. ¿Cómo contempla hoy la relación hombre-mujer y la lucha por la igualdad femenina? Ha habido un movimiento que era necesario para que se produjera una toma de conciencia, para que las cosas se empezaran a mover. Y a mí que exista ese movimiento me parece bien. Pero al mismo tiempo creo que al #MeToo le ha llegado ya la hora de evolucionar hasta crear una especie de “conciencia de lo femenino”. 

 Quiere decir que hombre y mujer —los dos juntos— alcancen un equilibrio. No se trata de que la mujer diga: “¡Quiero ser exactamente igual que los hombres!”, sino de poder llegar a ese equilibrio y respetarlo.

Impresionaba bastante leer su relato de esas tres agresiones sexuales a los 7, a los 18 y a los 21 años. ¿Se ha arrepentido alguna vez de haberlo contado? No. Para mí no es en absoluto un tema tabú. Quizá, entre otras cosas, porque había hablado de ello mucho antes de que saliera el movimiento #MeToo y todas esas historias. ¡Desde luego, no esperé a ese momento para hablar de ese tema! Bueno, cuando me ocurrió el primero, ya hablé de ello con mi madre. 

Primero hablé con una amiga y eso creo que me dio fuerzas para hablar con mi madre. Yo estaba aterrada de que ella se lo dijera a alguien, y sobre todo a los profesores. De hecho, nunca supe si lo hizo o no. 

Empecé a usar siempre pantalón. Y de forma inconsciente empecé a tener una relación mucho más desconfiada con los hombres. Pero a la vez sufrir esas tres agresiones sexuales me fortaleció porque me enseñó a construir mis propias defensas. Desde luego, es mucho mejor no tener que hacerlo, claro.

De hecho, ha admitido en público que Weinstein nunca la molestó… Pero es que es eso, es que cuando me tocó estar con él y tratarlo, yo ya estaba muy preparada por… digamos que por las cosas a las que había tenido que hacer frente. 

Ya tenía muy claro que tenía que protegerme, así que cuando tuve que trabajar con él, hacía muchos años ya que me encontraba en una situación de alerta."         (Entrevista a Juliette Binoche, Borja Hermoso, El País Semanal, 29/12/18)

20/4/09

Diferencia entre cine, teatro y televisión

"Su constatado amor a la vida le lleva a explicar las diferencias entre cine, televisión y teatro desde la carnalidad: "El noviazgo hasta llegar al acto sexual es más lento en cine y en televisión. En el teatro, el orgasmo es mucho más intenso y rápido, aunque siempre se acaba haciendo el amor". No hay copas pese a que invita la casa." (JUAN DIEGO: "El orgasmo es mucho más rápido en el teatro". El País, Última, 17/04/2009 )