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20/3/26

Žižek: Irán, de Heidegger a Kant... Fardid, uno de los ideólogos filosóficos del gobierno islámico de Irán, estaba bajo la influencia de Martin Heidegger, a quien consideraba “el único filósofo occidental que comprendió el mundo"... Fardid denunció el antropocentrismo y el racionalismo introducidos por la Grecia clásica, que sustituyeron la autoridad de Dios y de la fe por la razón humana, y en ese sentido también criticó a filósofos islámicos como al-Farabi y Mulla Sadra por haber absorbido la filosofía griega... El principal oponente liberal-reformista de esta línea dura musulmana fue el presidente Mohammad Khatami, que propuso la idea del Diálogo entre Civilizaciones, y defendió la libertad de expresión, la tolerancia y la sociedad civil, así como relaciones diplomáticas constructivas con otros Estados... Khatami utilizó las teorías de Jürgen Habermas sobre la acción comunicativa y el diálogo para proponer el “Diálogo entre Civilizaciones”, con el objetivo de reemplazar el conflicto por el discurso entre Occidente y el mundo islámico

 "Después del 1° de marzo de 2026, los medios me bombardean para que diga algo sobre el ataque en curso de Estados Unidos e Israel contra Irán. Algunos de ellos recordaron que el 11 de agosto de 2005 publiqué en In These Times un texto titulado “Give Iranian Nukes a Chance: In a mad world, the logic of MAD still works”, preguntándome si esta sigue siendo mi posición. Tengo que decepcionarlos de dos maneras: primero, no, esta no es mi posición ahora. En mi texto me refería a la complicidad occidental con el ataque iraquí contra Irán (Estados Unidos incluso proporcionó imágenes satelitales y gases venenosos a Irak para localizar y matar a las fuerzas iraníes). El ataque se llevó a cabo para que, en la confusión posterior a la revolución de Jomeini, Irak se apoderara del territorio rico en petróleo cercano a la frontera iraquí. Cuando Saddam Hussein fue capturado y llevado a juicio, Irán exigió con toda razón que se añadiera a la lista de sus crímenes también el ataque contra Irán, que costó más de un millón de víctimas; Estados Unidos rechazó esta demanda porque habría puesto de manifiesto la complicidad estadounidense con Irak.

Sin embargo, lo que ocurrió en Irán en 2022 –las llamadas protestas de Mahsa Amini– tuvo un significado histórico mundial. Las protestas, que se extendieron a decenas de ciudades, comenzaron en Teherán el 16 de septiembre de 2022, como reacción a la muerte de Amini, una mujer de 22 años de origen kurdo que murió bajo custodia policial. Fue golpeada hasta morir por la Patrulla de Orientación, conocida como la “policía de la moral” islámica, después de ser arrestada por llevar un hiyab “impropio”. Las protestas combinaron diferentes luchas (contra la opresión de las mujeres, contra la opresión religiosa, por la libertad política contra el terror estatal) en una unidad orgánica. Irán es culturalmente diferente del “Occidente desarrollado”, por lo que Zan, Zendegi, Azadi (“Mujer, Vida, Libertad”, el lema de las protestas) es muy diferente del movimiento “Me Too” en los países occidentales. Las protestas en Irán movilizaron a millones de mujeres comunes y estuvieron directamente vinculadas a la lucha de todos, incluidos los hombres; no hay una tendencia anti-masculina evidente, como ocurre a menudo con el feminismo occidental. Mi posición respecto a Irán ha cambiado ahora: no armas nucleares para Irán (y, añadiría, tampoco para Israel…).

En cuanto a la guerra en curso, no hay nada original en mi postura: estoy en contra del régimen clerofascista iraní, Y en contra de los ataques de Estados Unidos e Israel; si este régimen cae, lo hará de la manera equivocada. La elección entre el régimen iraní y el Estados Unidos trumpiano es falsa: ambos pertenecen al mismo mundo global. Sí, condeno las atrocidades iraníes al reprimir la última ola de protestas, pero también encuentro obscena la postura adoptada el 4 de marzo de 2004 por el ministro de Defensa israelí Israel Katz: “Todo líder designado por el régimen terrorista iraní para continuar y dirigir el plan de destruir a Israel, amenazar a Estados Unidos y al mundo libre y a los países de la región, y reprimir al pueblo iraní –será un objetivo inequívoco de eliminación. No importa cuál sea su nombre ni el lugar donde se esconda.”

Así se puede comprender bien a la mayoría silenciosa en Irán (silenciada por el régimen), que rechaza al régimen pero también se muestra escéptica respecto a lo que están haciendo Estados Unidos e Israel: su postura no es ni esperanza ni desesperación, sino incertidumbre y miedo. Como en el caso de Venezuela, Trump dijo a CNN el 6 de marzo de 2026 que el liderazgo de Irán ha sido “neutralizado” y que está buscando un nuevo liderazgo que trate bien a Estados Unidos e Israel, incluso si se trata de un líder religioso y no de un Estado democrático… tanto para la libertad y la democracia. En consecuencia, a pesar de todos los horrores del régimen iraní (es casi tan opresivo como el de Arabia Saudita…), ahora tenemos que apoyar a Irán. Irán está ahora luchando de facto no solo por su propia soberanía, sino por el principio global de soberanía. Estados Unidos, él mismo una colonia de facto de Israel, viola de manera sistemática la soberanía de otros países, ahora incluso la de España. Así que sí, un cambio de régimen sería bienvenido en Irán –pero ¿qué hay de un cambio de régimen en los propios Estados Unidos?

En este momento quiero centrarme en un tema aparentemente marginal que, sin embargo, es crucial para nuestra comprensión de Irán: el círculo interno iraní –un nivel increíblemente alto de debates intelectuales, no solo brutalistas corruptos. El propio Jamenei escribió libros sobre ideología islámica, gobernanza y vida espiritual privada, entre ellos An Outline of Islamic Thought in the Quran y The Compassionate Family. Hasta mediados de los años noventa, la figura clave fue Seyyed Ahmad Fardid (1910-1994), un destacado filósofo y profesor en la Universidad de Teherán. Se le considera uno de los ideólogos filosóficos del gobierno islámico de Irán que llegó al poder en 1979, tras la revolución. Fardid estaba bajo la influencia de Martin Heidegger, a quien consideraba “el único filósofo occidental que comprendió el mundo y el único filósofo cuyas ideas eran congruentes con los principios de la República Islámica. Estas dos figuras, Jomeini y Heidegger, ayudaron a Fardid a argumentar su posición.” Fardid denunció el antropocentrismo y el racionalismo introducidos por la Grecia clásica, que sustituyeron la autoridad de Dios y de la fe por la razón humana, y en ese sentido también criticó a filósofos islámicos como al-Farabi y Mulla Sadra por haber absorbido la filosofía griega. Fardid acuñó el concepto de “occidentosis” (Westoxication), que tras la Revolución iraní de 1979 se convirtió en una de las enseñanzas ideológicas centrales del nuevo gobierno islámico de Irán.

El principal oponente liberal-reformista de esta línea dura musulmana fue el presidente Mohammad Khatami (que gobernó entre 1997 y 2005), quien obtuvo una licenciatura en filosofía occidental en la Universidad de Isfahán. Khatami se presentó con una plataforma de liberalización y reforma. Durante su campaña electoral propuso la idea del Diálogo entre Civilizaciones como respuesta a la teoría del Choque de civilizaciones de Samuel P. Huntington de 1992. Posteriormente, las Naciones Unidas proclamaron el año 2001 como el Año del Diálogo entre Civilizaciones, a sugerencia de Khatami. Durante sus dos mandatos presidenciales, Khatami defendió la libertad de expresión, la tolerancia y la sociedad civil, así como relaciones diplomáticas constructivas con otros Estados, incluidos los de Asia y la Unión Europea. Los medios iraníes tienen prohibido, por orden del fiscal de Teherán, publicar fotografías de Khatami o citar sus palabras, debido a su apoyo a los candidatos reformistas derrotados en la disputada reelección de Mahmoud Ahmadinejad en 2009.

Khatami utilizó las teorías de Jürgen Habermas sobre la acción comunicativa y el diálogo para proponer el “Diálogo entre Civilizaciones”, con el objetivo de reemplazar el conflicto por el discurso entre Occidente y el mundo islámico. Habermas visitó Teherán en mayo de 2002, lo que marcó un intercambio intelectual significativo durante la presidencia reformista de Mohammad Khatami. La visita incluyó reuniones con intelectuales y funcionarios iraníes, en las que Habermas discutió la democracia, la sociedad civil y el papel de la teoría, interactuando a menudo con figuras que buscaban reconciliar el pensamiento islámico con conceptos modernos y liberales. Sin embargo, (no solo) debido a la represión musulmana de línea dura, esta orientación desapareció como una fuerza intelectual seria.

Entre las tendencias más recientes hay que mencionar a Ali Larijani, quien durante décadas fue el rostro calmado y pragmático del establishment iraní: negoció acuerdos nucleares con Occidente. Pero el 1° de marzo el tono del secretario de 67 años del Consejo Supremo de Seguridad Nacional cambió de manera irrevocable. Apareciendo en la televisión estatal apenas 24 horas después de que ataques aéreos estadounidenses e israelíes mataran al líder supremo Ali Jamenei y al comandante del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, Mohammad Pakpour, Larijani pronunció un mensaje de fuego: “América y el régimen sionista [Israel] han incendiado el corazón de la nación iraní. Quemaremos sus corazones. Haremos que los criminales sionistas y los estadounidenses desvergonzados se arrepientan de sus acciones.”

Políticamente, Larijani era un conservador pragmático moderado; encabezó el equipo iraní en las negociaciones sobre el programa nuclear con Estados Unidos. Ahora emergió como un línea dura. Tras el asesinato de Jamenei, ha sido considerado el jefe de Estado de facto de Irán. Según The New York Times, Ali Larijani ha estado dirigiendo efectivamente Irán desde enero de 2026. Estuvo “a cargo de aplastar, con fuerza letal, las recientes protestas que exigían el fin del gobierno islámico.” Es ahora el principal intermediario de poder en la transición de Irán. Sin embargo, hace unos días perdió en la carrera por el cargo supremo: el hijo de Jamenei ganó.

Larijani posee una licenciatura en ciencias de la computación y matemáticas de la Universidad de Tecnología Aryamehr y tiene una maestría y un doctorado en filosofía occidental de la Universidad de Teherán. Inicialmente quiso continuar sus estudios de posgrado en informática, pero cambió de campo tras consultar con Morteza Motahhari. Larijani ha publicado libros sobre Immanuel Kant, Saul Kripke y David Lewis. Escribió su tesis doctoral sobre Kant y la siguió con tres libros publicados: The Mathematical Method in Kant’s Philosophy, Metaphysics and the Exact Sciences in Kant’s Philosophy y Intuition and the Synthetic A Priori Judgments in Kant’s Philosophy. (Cabe señalar que Larijani escribió libros sobre los aspectos científico-cognitivos del pensamiento de Kant, no sobre su filosofía práctica.) Stephen Hicks, un liberal antipostmodernista, escribió a propósito de Larijani: “Supongo que no debería sorprenderme de que estos tipos nunca sean estudiantes de John Locke, Adam Smith o John Stuart Mill.” Pero ¿tenía razón en su suposición de que el pensamiento práctico de Kant puede justificar un autoritarismo extremo?

En Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt ofreció una descripción precisa del giro que los ejecutores nazis realizaron para poder soportar los actos horribles que llevaban a cabo. La mayoría de ellos no eran simplemente malvados; eran muy conscientes de que estaban haciendo cosas que traían humillación, sufrimiento y muerte a sus víctimas. La salida de esta situación era que, “en lugar de decir: ¡Qué cosas horribles hice a la gente!, los asesinos podían decir: ¡Qué cosas horribles tuve que presenciar en el cumplimiento de mis deberes, qué pesado fue el peso de la tarea sobre mis hombros!” De este modo pudieron invertir la lógica de resistir la tentación: la tentación que debía resistirse era precisamente la tentación de sucumbir a la piedad y simpatía elementales ante el sufrimiento humano, y su esfuerzo “ético” se dirigía a resistir esa tentación de no asesinar, torturar y humillar. Mi misma violación de los instintos éticos espontáneos de piedad y compasión se convierte así en la prueba de mi grandeza ética: para cumplir con mi deber, estoy dispuesto a asumir la pesada carga de infligir dolor a otros.

Sin embargo, Hannah Arendt estaba equivocada cuando aceptó la autocaracterización de Eichmann como kantiano que simplemente seguía el imperativo categórico que definía su deber como obedecer las órdenes de Hitler. Aquí hay que ser muy preciso: la ética kantiana de la autonomía de la voluntad no es una ética “cognitiva”, una ética de reconocer y seguir la ley moral que ya está dada. Según la crítica estándar, la limitación de la ética universalista kantiana del “imperativo categórico” (la exigencia incondicional de cumplir nuestro deber) reside en su indeterminación formal: la ley moral no me dice cuál es mi deber, solo me dice que debo cumplir mi deber, y por tanto deja espacio para el voluntarismo vacío (lo que yo decida que es mi deber se convierte en mi deber).

Lejos de ser una limitación, este rasgo nos lleva al núcleo de la autonomía ética kantiana: no es posible derivar las normas concretas que debo seguir en mi situación específica a partir de la ley moral misma –lo que significa que el propio sujeto debe asumir la responsabilidad de traducir la exigencia abstracta de la ley moral en una serie de obligaciones concretas. La aceptación plena de esta paradoja nos obliga a rechazar cualquier referencia al deber como excusa: “Sé que esto es pesado y puede ser doloroso, pero ¿qué puedo hacer?, es mi deber…” La ética kantiana del deber incondicional se toma a menudo como justificación de esta actitud –no es extraño que el propio Adolf Eichmann recurriera a la ética kantiana cuando intentó justificar su papel en la planificación y ejecución del Holocausto: simplemente estaba cumpliendo con su deber y obedeciendo las órdenes del Führer. Sin embargo, el objetivo del énfasis de Kant en la plena autonomía moral y responsabilidad del sujeto es precisamente impedir cualquier maniobra de este tipo que traslade la culpa a alguna figura del gran Otro.

El lema estándar del rigor ético es: “¡No hay excusa para no cumplir con el propio deber!” Aunque la conocida máxima de Kant Du kannst, denn du sollst! (“¡Puedes, porque debes!”) parece ofrecer una nueva versión de este lema, él la complementa implícitamente con su inversión mucho más inquietante: “¡No hay excusa para cumplir con el propio deber!” La misma referencia al deber como excusa para cumplir con mi deber debe rechazarse como hipócrita. Recordemos el ejemplo proverbial de un maestro severo y sádico que somete a sus alumnos a una disciplina y tortura implacables; su excusa para sí mismo (y para otros) es: “A mí mismo me resulta difícil ejercer tanta presión sobre los pobres niños, pero ¿qué puedo hacer?, ¡es mi deber!” Esto es precisamente lo que la ética kantiana prohíbe radicalmente: en ella soy plenamente responsable no solo de cumplir mi deber sino también de determinar cuál es mi deber. Así que Anton Alikhanov, el gobernador del enclave ruso de Kaliningrado, tenía razón cuando dijo recientemente que Kant, que pasó toda su vida en la región de Kaliningrado (la alemana Königsberg), tiene una “conexión directa” con la guerra en Ucrania. Según Alikhanov, fue la filosofía alemana, cuya “falta de Dios y de valores superiores” comenzó con Kant, la que creó la “situación sociocultural” que condujo, entre otras cosas, a la Primera Guerra Mundial:

“Hoy, en 2024, nos atrevemos a afirmar que no solo la Primera Guerra Mundial comenzó con la obra de Kant, sino también el conflicto actual en Ucrania. Aquí en Kaliningrado nos atrevemos a proponer –aunque en realidad estamos casi seguros de ello– que fue precisamente en la Crítica de la razón pura de Kant y en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres […] donde se establecieron los fundamentos éticos y valorativos del conflicto actual.”

El gobernador continuó calificando a Kant como uno de los “creadores espirituales del Occidente moderno”, afirmando que el “bloque occidental, moldeado por Estados Unidos a su propia imagen”, es un “imperio de mentiras”. Kant, dijo, es considerado el “padre de casi todo” en Occidente, incluida la libertad, la idea del Estado de derecho, el liberalismo, el racionalismo e “incluso la idea de la Unión Europea”. Y si Ucrania resiste a Rusia en nombre de estos valores occidentales, Kant es también, de hecho, responsable de la resistencia ucraniana a Rusia. Las declaraciones “locas” de Alikhanov son así un recordatorio útil de las altas apuestas metafísicas de la guerra en curso entre Rusia y Ucrania. Alikhanov también tiene razón en otro sentido: Kant disipó brutalmente el mito de los orígenes sagrados del Estado de derecho; dejó claro que el origen de todo orden legal es la violencia ilegal –una lección inaceptable para el espiritualismo ruso defendido por Alikhanov. No se puede dejar de citar aquí una observación erróneamente atribuida a Otto von Bismarck: “Si te gustan las leyes y las salchichas, nunca deberías ver cómo se hacen.”

Esta incompatibilidad de la ética de Kant con cualquier limitación de la autonomía del sujeto es lo que, supongo, vuelve inconsistente cualquier tipo de ética religiosa kantiana. Así, lo que parece faltar en el pensamiento iraní cercano al régimen no es el liberalismo occidental sino la autonomía radical del sujeto que, en contraste con lo que esperaríamos, fundamenta una ética muy estricta y severa. Sin embargo, el hecho permanece: intensos y muy serios debates intelectuales tienen lugar constantemente en el mismo centro de la élite chií iraní que detenta el poder —¿puede uno siquiera imaginar a Larijani, si fuera elegido líder supremo, debatiendo con Trump, que no tendría la menor idea de lo que Larijani está diciendo? Dejo a mis lectores decidir si el alto nivel intelectual de los debates en el liderazgo iraní es algo bueno o algo malo, es decir, algo que facilita el giro hacia un autoritarismo brutal. El caso de Alikhanov criticando a Kant sería un argumento contra permitir que los políticos debatan filosofía –pero ¿cómo sería un debate entre Larijani y Alikhanov? La única conclusión triste que podemos extraer de esta situación es que el ataque Israel-Estados Unidos convirtió a moderados del régimen como Larijani en fanáticos asesinos, casi tan malos como Netanyahu y Katz." 

(Slavoj Žižek, Perfil, 07/03/26) 

5/9/23

'Pan y circo': Musk, Zuckerberg y el arte de la distracción... El uso del entretenimiento como mecanismo de control de la población... Resulta irónico que dos multimillonarios estadounidenses, Elon Musk y Mark Zuckerberg, recurran a esa táctica, en forma de un auténtico "combate en la jaula"... estos dos hombres representan un problema mucho mayor. Son el 1% del 1% que gobierna Estados Unidos, de hecho, Occidente. La polarización a la que invitan es, en realidad, un conflicto entre élites, no entre la gente corriente, gente como nosotros... Uno sigue esperando que estas crisis saquen lo mejor de nosotros. Por desgracia, hay quienes también quieren utilizar las crisis para sembrar el caos y asegurarse de que los de arriba sigan arriba. Para ello, necesitan poder hacer lo que les plazca, mientras el resto de nosotros asistimos al circo global en el que Zuckerberg y Musk se baten en un "lugar épico", mientras los "denunciantes" del gobierno estadounidense declaran que los extraterrestres, de hecho, existen

 "Panem et circenses", decían los romanos, "pan y circo".

Esta máxima fue muy útil a los romanos. En tiempos de crisis y siempre que necesitaban distraerse de las derrotas militares o de las luchas políticas internas al más alto nivel, simplemente entretenían a las masas.

Caroline Wazir escribió un artículo en The Atlantic en 2016, vinculando el entretenimiento y la necesidad de validación política en el Imperio Romano.

"Los traficantes de animales exóticos de la Antigua Roma" es un buen resumen de cómo miles de animales raros -al menos raros para los romanos- eran transportados a Roma para ser descuartizados en el Coliseo.

Esta práctica se utilizó en los primeros años del Imperio Romano para conseguir la aprobación de emperadores ambiciosos y, durante la época de decadencia, para distraer la atención de los fracasos de los Césares en apuros.

En última instancia, todo el ejercicio tenía poco que ver con el entretenimiento por sí mismo y todo que ver con la distracción.

Pero el arte de la distracción no es enteramente romano. Antiguos y modernos, todos los gobiernos, sin excepción, utilizan el entretenimiento para ganar validación, comprar amor y distraer.

Resulta irónico que dos multimillonarios estadounidenses, Elon Musk y Mark Zuckerberg, recurran a la misma táctica -el entretenimiento político- esta vez, en forma de un auténtico "combate en la jaula".

Los dos oligarcas de la tecnología han ocupado los titulares durante semanas y han desatado una conversación que ha involucrado a altos cargos e incluso a gobiernos.

 El combate se celebrará en un "lugar épico", dijo Musk el 11 de agosto. El ministro italiano de Cultura y Educación, Gennaro Sangiuliano, confirmó, aunque descartó, que el Coliseo fuera el escenario del -según nos han dicho- "esperadísimo" combate.

Son muchos los que participan en el debate. Incluso los llamados "influencers" de las redes sociales ofrecen elaborados análisis y toman partido con entusiasmo.

Es curioso cómo la noticia de la "pelea" ha dejado de lado un debate más urgente sobre el poder de las redes sociales, sus censuras politizadas e ideológicas y el papel destructivo que desempeñan en nuestras vidas, cada vez más polarizadas.

Durante años, Zuckerberg ha estado a la defensiva, incapaz de responder a preguntas legítimas sobre el papel de Facebook -ahora Meta- en las elecciones presidenciales estadounidenses, en supuestas intervenciones extranjeras y en la censura de enemigos y la elevación de amigos.

Musk también ha estado en el ojo del huracán desde que adquirió Twitter el pasado octubre. Ha hecho mucho por renombrar la empresa, ahora "X", y defenderse de las acusaciones de permitir que resurja el discurso del odio en la popular plataforma.

Sin embargo, estos dos hombres representan un problema mucho mayor. Son el 1% del 1% que gobierna Estados Unidos, de hecho, Occidente. La polarización a la que invitan es, en realidad, un conflicto entre élites, no entre la gente corriente, gente como nosotros.

Se nos dice que ignoremos todo esto porque los "animales exóticos" están llegando al Coliseo, una vez más - pan y circo.

 La brecha de la desigualdad en Estados Unidos sigue creciendo. Pero se está complicando aún más que la estadística típica, de un porcentaje minúsculo que posee muchas veces más riqueza de la que le corresponde.

Kasha Patel escribió en The Washington Post el 17 de agosto que el 10% de los estadounidenses ricos son "responsables del 40% de las emisiones de efecto invernadero del país". Esta era la esencia de un reciente estudio de PLOS Climate.

Un estudio anterior del Departamento de Comercio estadounidense explicaba cómo la desigualdad en Estados Unidos es también geográfica, en el sentido de una brecha de ingresos cada vez mayor "entre los lugares más ricos y los más pobres".

A pesar de que se habla de un aplanamiento de la tasa de inflación, todos los indicadores apuntan a que la desigualdad continuará.

De hecho, hay mucho más de lo que distraerse, en estos días, que de la desigualdad de ingresos.

La guerra entre Rusia y Ucrania ha provocado mucha ansiedad y daños directos en nuestras vidas. Pero también ha puesto de manifiesto las fallas existentes a escala mundial.

Aquellos que apenas sobrevivieron a la crisis energética del invierno pasado, debido a un clima inusualmente cálido, podrían no tener tanta suerte este próximo invierno.

Y los que consiguieron poner comida en la mesa, a pesar de la crisis alimentaria, podrían no tener tanto éxito en los próximos meses, ahora que el acuerdo sobre los cereales ya no existe.

Uno sigue esperando que estas crisis saquen lo mejor de nosotros. Por desgracia, hay quienes también quieren utilizar las crisis para sembrar el caos y asegurarse de que los de arriba sigan arriba.

 Para ello, necesitan poder hacer lo que les plazca, mientras el resto de nosotros asistimos al circo global en el que Zuckerberg y Musk se baten en un "lugar épico", mientras los "denunciantes" del gobierno estadounidense declaran que los extraterrestres, de hecho, existen.

En lugar de hacer frente a las crisis reales, como el racismo, la guerra, el hambre, los refugiados, es mucho más fácil culpar a otra persona, a figuras lejanas y oscuras que son casi imposibles de identificar, por no hablar de derrotar.

Todo esto sucede sin ninguna autointrospección. Incluso aquellos líderes occidentales que se atreven a sugerir soluciones alternativas a las crisis mundiales son excluidos de la conversación, a menudo humillados públicamente e incluso obligados a disculparse.

A fin de cuentas, la lucha entre Musk y Zuckerberg sí importa. No por nada relacionado con dos de los hombres más ricos del mundo. Es relevante para nosotros, porque pretende ser nuestro circo.

Ahora, tenemos dos opciones, o desarrollar la conciencia colectiva necesaria que debería ser suficiente para ayudarnos a replantear nuestras prioridades, a nivel nacional y mundial. O bien aceptar una existencia mediocre, la del "panem et circenses"."                

(Ramzy Baroud es periodista y editor de The Palestina Chronicle. Brave New europe, 04/09/23, traducción DEEPL)

7/6/22

Enzo Traverso: Dialéctica del irracionalismo... Lukács entre el nazismo y el estalinismo

 "El ensayo "Dialéctica del irracionalismo" de Enzo Traverso (ombre corte, 2022), que acaba de llegar a las librerías, fue publicado el año pasado en inglés como introducción a la nueva edición de "La destrucción de la razón" de György Lukács, para Verso. La traducción fue editada por Gigi Roggero, revisada y actualizada por el autor. Con motivo de su publicación para ombre corte publicamos aquí la Introducción. Agradecemos al autor y al editor su disponibilidad.

 Hay muchas razones que sugieren una relectura de La destrucción de la razón de Lukács hoy, setenta años después de su primera publicación. Para los filólogos e historiadores de la filosofía, son evidentes: se trata de redescubrir una de las obras más ambiciosas de uno de los grandes pensadores del siglo XX. Hay otros, igualmente obvios, que derivan del interés intrínseco de este libro, profundamente polémico pero rico en ideas. Todo el mundo reconoce que fanáticos legitimistas como Joseph de Maistre y Donoso Cortés, un filósofo fascista como Giovanni Gentile, pensadores conservadores comprometidos con el nazismo como Martin Heidegger y Carl Schmitt, merecen ser leídos y reflexionados. ¿Por qué no deberíamos dar un tratamiento similar a Lukács?

 Se pueden extraer lecciones útiles de las obras de los malos maestros, pero para ello hay que saber leerlas, no para seguir sus enseñanzas, sino para ir más allá de la simple condena que se deriva de una interpretación estrecha y estéril. La apología del estalinismo que impregna La destrucción de la razón, publicada en Berlín por Aufbau Verlag en 1953, parece hoy indigna y culpable, pero hay que explicarla y entenderla en su sentido. No para justificarlo o "perdonarlo" -como hizo Hannah Arendt en 1970, recordando el pasado nazi de Heidegger-, sino porque no es anecdótico; arroja luz sobre una etapa fundamental del recorrido de su autor y también, más allá de Lukács, del marxismo y la cultura de izquierdas durante los años más oscuros de la Guerra Fría. En definitiva, hay que aprender, utilizando la fórmula de Leo Strauss, a "leer entre líneas", interpretando una obra como La destrucción de la razón no sólo como un manifiesto, sino también como un síntoma. Este es el ejercicio que intentaré realizar en las siguientes páginas.

Hay una fotografía de Lukács, fechada el 18 de febrero de 1952, en la que el filósofo húngaro, de 67 años, insinúa una tímida y casi imperceptible sonrisa, con el sempiterno puro en la mano izquierda, junto a una Anna Seghers más alegre, que sostiene un ramo de flores que acaba de recibir. La foto fue tomada en el aeropuerto de Budapest, donde el escritor alemán acababa de llegar de Praga. A su alrededor, otras figuras sonríen. El estilo, la ropa, la pose, evocan irresistiblemente la atmósfera del socialismo real: un mundo en el que todo es gris y todos deben esforzarse por parecer felices. Sin embargo, de la mirada del filósofo y escritor emana una innegable tristeza. Lukács rara vez sonríe en los más famosos retratos de juventud en los que hace gala de una orgullosa confianza, casi una actitud de desafío. Una foto de 1919 le muestra en una manifestación, cuando era Comisario del Pueblo para la Cultura, en la época de la revolución húngara: sostiene su puro de la misma manera, lleva bigote, se dirige a la multitud y se ven soldados detrás de él.

 Entre ambas imágenes hay una distancia de treinta y dos años, formada por revoluciones derrotadas, terror nazi, una nueva guerra mundial, "revoluciones desde arriba" aplicadas por un ejército de ocupación y represión estalinista. La fotografía de febrero de 1952 es un espejo bastante fiel del clima que dominaba en los países del socialismo real en el apogeo del estalinismo. La triste sonrisa de Lukács esconde un sentimiento de miedo: Laszlo Rajk ha sido ejecutado en Budapest en 1949 y Rudolf Slansky acaba de ser detenido en Praga, de donde llega Anna Seghers. Y esta triste sonrisa está hecha de muchos silencios: silencios sobre el Gulag y la represión estalinista, sobre la colectivización forzosa del campo soviético y la detención y deportación de tantos exiliados antifascistas, desde comunistas alemanes hasta republicanos españoles. Lukács había escapado milagrosamente de la deportación cuando vivía en Moscú durante la guerra y había sido testigo de toda la persecución estalinista, de la que temía no poder escapar en Budapest.

 El socialismo real era un mundo de miedo y pesadillas, al que la inmensa mayoría de los intelectuales se sometía de buen grado, sin pensar ni remotamente en rebelarse, participando en la puesta en escena del poder. Era un mundo que habían contribuido a crear luchando contra un mundo aún peor, el del nazismo, cuyas huellas seguían siendo omnipresentes, cuyo recuerdo y condena pesaban como una advertencia permanente. El socialismo real era una prisión, pero esta jaula de hierro parecía justificada por profundas razones históricas. El estalinismo era la antítesis de todo aquello por lo que habían luchado, pero poseía la legitimidad de una teleología histórica de la que la derrota del nazismo parecía ser la confirmación. Este es el trasfondo de la triste sonrisa de Lukács en 1952. Una obra controvertida como La destrucción de la razón debería ser revalorizada, más allá del aura demoníaca y oscura que la impregna, asignándole el lugar destacado que merece en la historia del pensamiento del siglo XX. En 1953, año de su primera publicación en Alemania, la Guerra Fría hacía estragos y las diatribas sobre los orígenes del nacionalsocialismo se habían calmado. En Occidente, el libro fue considerado un sofisticado ejemplo de propaganda estalinista, objeto de una condena sumaria más que de un examen crítico, mientras que la intelectualidad comunista ortodoxa veía con recelo la obra de un marxista poco fiable, rodeado todavía de un aura de herejía, cuya reputación seguía manchada por una antigua excomunión: la condena oficial soviética de Historia y conciencia de clase (1923).

 Los estudiosos suelen distinguir al menos cuatro etapas en la trayectoria intelectual de Lukács. En primer lugar está el momento juvenil, premarxista, romántico, en cierto modo mesiánico y ciertamente idealista, representado por obras aclamadas como El alma y las formas (1912) y Teoría de la novela (1916). Le siguió un segundo momento "extremista", cuando Lukács se hizo comunista y participó en la revolución húngara de Bela Kun, en la que produjo lo que se considera su obra marxista más creativa: Historia y conciencia de clase. El tercer momento es el del estalinismo, entre los años 30 (precedido en 1928 por las "Tesis de Blum") y la revolución húngara de 1956, en la que el viejo filósofo estuvo, una vez más, directamente implicado. Esta es la fase más larga, oscura y productiva, vivida en la Unión Soviética y en la Hungría de posguerra, países en los que Lukács escribió sus principales obras de filosofía y crítica literaria, desde La novela histórica (1936) hasta El joven Hegel (1948, pero terminada en 1938), y sus numerosos estudios sobre el realismo literario. Luego hay una fase final, desde 1956 hasta su muerte en 1971, en la que abandonó el estalinismo y creó la "Escuela de Budapest", en la que tomó forma una nueva generación de pensadores críticos. Durante este periodo, Lukács escribió su última gran obra, Ontología del ser social (1972). La destrucción de la razón pertenece a la tercera fase, el estalinismo, del que es un espejo elocuente. Escrito en gran parte durante la Segunda Guerra Mundial y terminado a principios de los años 50 -la introducción está fechada en noviembre de 1952-, el libro resume un estudio al que había dedicado sus energías intelectuales desde la llegada de Hitler al poder.

El periodo estalinista de Lukács ha caído en una especie de limbo, menos investigado que sus creaciones románticas de juventud o sus aventuras dialécticas en la época del bolchevismo revolucionario. Es un olvido comprensible pero injusto, porque el Lukács de aquellos terribles años fue, sin embargo, un pensador extraordinario, cuyas obras arrojaron luz sobre el propio estalinismo, su significado y su siniestra "grandeza", de la que tantos intelectuales quedaron prisioneros. No estoy sugiriendo de ninguna manera "rehabilitar" a Lukács o trivializar sus responsabilidades, y mucho menos restar importancia a los crímenes del estalinismo. El estalinismo, sin embargo, no fue ni una patología ni una simple "regresión"; fue un intento -este es el secreto de su "grandeza"- de crear una "nueva civilización" por medios autoritarios. Según Stephen Kotkin, un agudo historiador conservador, "el estalinismo no era sólo un sistema político, y mucho menos el gobierno de un individuo. Era un conjunto de valores, una identidad social, un modo de vida". En el ámbito del arte, el realismo socialista -componente fundamental de esta civilización- fue más que una mera sacralización del poder. Ciertamente fue la celebración estética de un régimen político despótico, pero también fue, como señala Boris Groys, una "radicalización dialéctica de la vanguardia" destinada a canonizar la revolución y producir un arte orientado al futuro. Del mismo modo, el estalinismo era también una filosofía de la historia, de la que Lukács encarna una de las expresiones más interesantes.

Esta dialéctica de la historia es el núcleo de La destrucción de la razón. La visión antitotalitaria de Friedrich Hayek y François Furet, para quienes Hitler y Stalin eran enemigos intercambiables del liberalismo y la sociedad de mercado, se convirtió en un lugar común a finales del siglo XX. Entre 1941 y 1945, sin embargo, nadie estaba dispuesto a tomar en serio los axiomas de la filosofía neoliberal, que parecían dogmáticos e irreales, expresión de la impotencia política de un grupo de doctrinarios que predicaban en el desierto. Reconciliarse con el estalinismo en lugar de limitarse a condenarlo con argumentos éticos y políticos; comprender sus raíces históricas sin olvidar, menospreciar o condonar sus crímenes: ésta es la tarea a la que, tres décadas después del fin de la Unión Soviética, nos invita la relectura del libro de Lukács. Ni para reír ni para llorar, sino para comprender: una relectura de La destrucción de la razón debería fijarse este objetivo."                   (Enzo Traverso, Sinistrainrete, 04/06/22)

31/5/22

Esta división entre facciones enfrentadas, que atacan a quienes no aceptan de manera decidida y firme sus argumentarios, aunque sean de los suyos, es un problema enorme de Occidente, que será cada vez mayor. Se conforma una esfera pública dividida en posturas irracionales... Es una pelea entre enemigos de la razón. Pero eso devalúa las democracias, porque lo que se proscribe es justo aquello que da fortaleza al sistema, la capacidad de pensar, de analizar, de ser críticos, incluso con quienes se coincide... son proyectos antiilustrados que pelean por hacerse con la hegemonía. Quizá EEUU sea el ejemplo más evidente, con el país dividido en dos, pero en España no nos quedamos atrás, como en buena parte de Europa... Si seguimos cayendo en el pozo de la ineficiencia mediante la expulsión de la razón, abriremos aún más la puerta a la decadencia en un momento de grandes dificultades

 "Las democracias son superiores a los regímenes autoritarios porque permiten un nivel de crítica, que las hace más eficientes. A corto plazo los sistemas verticales funcionan mejor, porque todos están alineados en la misma dirección y cuando una decisión se toma, se ejecuta más rápido y más eficazmente. Las democracias son lentas, tardan en reaccionar, hay que generar acuerdos, las discusiones se prolongan, y cuando las órdenes se ponen en marcha parecen llegar a destiempo.

Esa es, al menos, la percepción que se ha instalado en nuestras sociedades, que entiende que el éxito de países como China tiene que ver con su capacidad de ejecución veloz, mientras que nosotros tardamos en arrancar, lo que tiene un coste.

 Sin embargo, a medio plazo, esa clase de regímenes se corrompe, ya que las decisiones de sus líderes no se ponen en discusión y la obediencia impera, lo que impide que los errores se corrijan. En la medida en que todo el mundo se acostumbra a ejecutar órdenes, no hay capacidad de pensamiento diferente ni innovador, y todo se anquilosa. Al no tolerarse la crítica, la evolución no es posible, por lo que se cae en la ineficiencia de modo irremediable. Las democracias son más resistentes, ya que poseen una capacidad de cuestionarse a sí mismas que las hace más fuertes.

Las instituciones democráticas permiten regímenes más estables y, por lo tanto, más sólidos, puesto que permiten disentir. Unas instituciones que no tolerasen voces diferentes no serían más que la coagulación del sistema, porque se convertirían en una mera transmisión vertical de órdenes bajo la apariencia de una democracia. Los regímenes iliberales son exactamente esto. Por suerte, ese no es nuestro sistema. Es muy diferente: la libertad impera, la crítica es posible, las ideas diferentes tienen su espacio.

Las ideas de los tuyos

Claro que, si miramos más de cerca, quizá esa fortaleza de nuestro sistema no sea tan sólida como parece. Disentir implica la posibilidad de explicar razonadamente una posición, no la simple negación de una afirmación ajena. Supone la posibilidad de ser escuchado, y de no ser atacado personalmente por mantener una postura determinada: en la medida en que se utilizan términos racionales en la expresión, la refutación de la refutación debe utilizar esos mismos cauces. Las ideas diferentes necesitan de la capacidad de transmisión, de forma que la crítica sea recibida; actuar de otro modo es 'ghosting' político.

 Tienen que ver también con la capacidad de modificar las ideas establecidas, en tanto en cuanto las objeciones racionales se prueben sensatas o útiles. Presuponen un sistema que sea lo suficientemente maduro como para modificar sus posiciones cuando sea preciso. Eso es la democracia, tanto como la existencia de un Parlamento elegido por sufragio universal, la separación de poderes o la libertad de prensa.

Sin embargo, poco de esto está presente en nuestra época. No porque no se puedan expresar opiniones diferentes, sino porque la diferencia se ha hecho muy rígida. Se pueden expresar ideas distintas, pero siempre que encajen en tu grupo de referencia. Se puede estar a favor o en contra, pero no introducir matices. Se puede ser de izquierdas o de derechas, pero con la condición de ser enormemente hostiles entre sí.

Puedes ser woke o antiwoke, proimpuestos o antiimpuestos, pro-EEUU o anti-EEUU, pero no introducir términos medios, ambivalencias o reflexiones diferentes. Si se toma partido decididamente por una opción, el grupo de referencia lo jaleará y el contrario lo atacará, pero si se prefiere razonar y matizar unas posturas u otras, ambos lados atizarán al insensato. Se pueden tener opiniones diferentes, siempre que encajen dentro de sus respectivas ortodoxias, pero no se puede ser heterodoxo.

Los enemigos de la razón

Esta división entre facciones enfrentadas, que atacan a quienes no aceptan de manera decidida y firme sus argumentarios, aunque sean de los suyos, es un problema enorme de Occidente, que será cada vez mayor. Se conforma una esfera pública dividida en posturas irracionales, en un mundo en blanco y negro, en un enfrentamiento entre estupideces de distinto signo.

Llamamos libertad de expresión a la posibilidad de expresar posturas ortodoxas contrapuestas, pero prohibimos la heterodoxia

Es una pelea entre enemigos de la razón. Pero eso devalúa las democracias, porque lo que se proscribe es justo aquello que da fortaleza al sistema, la capacidad de pensar, de analizar, de ser críticos, incluso con quienes se coincide. Esta tendencia recibe el nombre de polarización, pero es mucho peor, son proyectos antiilustrados que pelean por hacerse con la hegemonía. Quizá EEUU sea el ejemplo más evidente, con el país dividido en dos, pero en España no nos quedamos atrás, como en buena parte de Europa.

Deberíamos tomarnos en serio este problema, porque nos jugamos el futuro. Nos hemos acostumbrado a llamar libertad de expresión a la posibilidad de expresar posturas ortodoxas contrapuestas, pero eso es como llamar libertad religiosa la posibilidad de que en un país discutan radicalismos religiosos de distinto signo.

En la medida en que las posturas racionales, es decir, las expresadas mediante argumentos, cuyo propósito es analizar y entender las situaciones, las que plantean preguntas, que introducen dudas y matices, que proponen cosas diferentes, se quedan sin espacio, la democracia comienza a ser mucho más ineficaz. Sin esta capacidad crítica, Occidente perderá la partida, porque se convertirá en mucho más débil. Las armas, el dinero y la cohesión social son factores esenciales, pero siempre que se sepan utilizar: en caso contrario, servirán para dispararse en el pie. 

 Y esa es la esencia de un sistema fuerte. Si seguimos cayendo en el pozo de la ineficiencia mediante la expulsión de la razón, abriremos aún más la puerta a la decadencia en un momento de grandes dificultades. Si empezamos por corregir este factor, las soluciones irán apareciendo mucho más fácilmente."                    (Esteban Hernández, El Confidencial, 28/05/22)

20/1/22

El peligro de un mundo que abandona la razón para abrazar la emoción... El uso de palabras relacionadas con la racionalidad fue en aumento desde 1850, pero comenzó un declive acelerado alrededor de 1980 y se acelera en 2007 con las redes sociales. La consecuencia es la llamada posverdad, que afecta a políticos pero que ya impregna a toda la sociedad

 "Una reciente investigación muestra lo que ya percibíamos como evidente, que nuestra sociedad está abandonando los hechos y la razón para abrazar las emociones y los sentimientos. Sucede desde 1980 y se acelera en 2007 con las redes sociales. La consecuencia es la llamada posverdad, que afecta a políticos pero que ya impregna a toda la sociedad.

En los últimos años el lenguaje ha ido abandonando la racionalidad para enfocarse más en la emoción. Eso supone que se pierde interés en los hechos y en los argumentos racionales para dedicarse más a las emociones y los sentimientos.
 
Es la conclusión de un estudio de científicos de la Universidad e Investigación de Wageningen (WUR) y la Universidad de Indiana publicado hace unos pocos días en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences bajo el título The rise and fall of rationality in language (Auge y caída de la racionalidad en el lenguaje). El uso de palabras relacionadas con la racionalidad fue en aumento desde 1850, pero comenzó un declive acelerado alrededor de 1980.

Los precedentes de la posverdad

Los científicos creen que en esta evolución (o involución) podría estar el precedente de estos tiempos en los que parece que la veracidad en el discurso público está en desuso y la posverdad lo domina. Según los expertos, durante los últimos cuarenta años el interés público ha experimentado un cambio acelerado de lo colectivo a lo individual, y de la racionalidad a la emoción.
 
 El estudio llega a la conclusión de esta evolución en el lenguaje tras analizar informáticamente el vocabulario utilizado en millones de libros. Los investigadores encontraron que las palabras asociadas con el razonamiento, como "determinar" y "conclusión", aumentaron sistemáticamente desde 1850, mientras que las palabras relacionadas con la experiencia humana, como "sentir" y "creer", disminuyeron. Pero este patrón se revirtió en los últimos 40 años, en paralelo con un cambio de un enfoque colectivista a uno individualista, como se refleja en la proporción de pronombres singulares a plurales como 'yo'/'nosotros'.

También en Google

Comprobaron que la tendencia, además de producirse en los libros, de ficción y no ficción, afectaba a los periódicos como The New York Times. No solo eso, también se confirma con el análisis de las palabras más buscadas en Google a partir de 2007.
Parece lógico pensar que la primera parte del proceso, el avance del lenguaje racional y científico desde 1850 a 1980, obedece a que "los rápidos desarrollos en ciencia y tecnología y sus beneficios socioeconómicos impulsaron un aumento en el estatus del enfoque científico, que gradualmente impregnó la cultura, la sociedad y sus instituciones que van desde la educación a la política". Del mismo modo, lo espiritual y esotérico iba en declive en sociedades que se iban modernizando y secularizando.
Los autores reconocen que no es fácil definir el motivo del cambio de tendencia a partir de 1980. Quizá se deba a un sentimiento de desengaño creado como consecuencia de las políticas económicas de entonces que se presentaron con argumentos racionales pero que no proporcionaron suficiente redistribución de la riqueza. También hemos de tener en cuenta que fue a partir del fin de esa década cuando comenzó a introducirse internet en nuestras vidas.

Aumento a partir de las redes sociales

Lo que sí se aprecia en muchos idiomas, es que la tendencia al uso de palabras relacionadas con el sentimiento y la intuición se incrementa alrededor de 2007. Precisamente el año del auge de las redes sociales fue cuando disminuyó la frecuencia de las palabras relacionadas con los hechos mientras aumentaba el lenguaje cargado de emociones.
 
 
Los autores del estudio hablan de un impacto de las redes sociales en las emociones, los intereses y las visiones del mundo. Por ejemplo, las redes podrían haber generado el efecto negativo de distorsionar tu percepción de bienestar y sentir que tus amigos tienen más éxito, más amigos y son más felices.
Al mismo tiempo, el mayor acceso a las campañas de activismo social puede aumentar la sensación de que estamos rodeados de problemas, tragedias e injusticias. Todo ello genera impotencia y frustración en muchas personas.
Es indiscutible que internet y las redes han supuesto una mayor difusión de desinformación y teorías de la conspiración, en lo que ya era un campo de cultivo de incertidumbre y crisis.
Los analistas se plantean si ese cambio desde lo racional a lo emocional detectado en el mundo de los libros, en The New York Times y en las búsquedas de Google se corresponde con un cambio profundo en las actitudes y el pensamiento.

Posverdad y emotividad en dirigentes políticos

Y ahí es donde llega el momento de la posverdad, es decir, el retorcimiento de la realidad para llevarla al campo de lo que desean nuestros sentimientos y emociones hasta el punto de que deje de ser la realidad. Ese es un filón que está siendo explotado por amplios sectores de la sociedad y también por los dirigentes políticos.
Empezó ya con esta anécdota de Ronald Reagan al descubrirse el escándalo Irán-Contra, por el que se vendieron armas a Irán y con el narcotráfico se financiaba la contra nicaragüense. Al salir a la luz la verdad y quedar en evidencia la falsedad de la versión gubernamental dijo:
"Mi corazón y mis mejores intenciones siguen diciéndome que es verdad, pero los hechos y las evidencias me dicen que no lo es".
 Desde ese planteamiento, no puede ninguna frialdad racional estar por encima de algo tan tierno y entrañable como el corazón, las intenciones o los sentimientos.
 
Ya la asesora de Trump Kellyanne Conway, cuando se desmontaban sus mentiras, afirmaba que ellos "manejaban hechos alternativos a los que habían mostrado los medios".
El lenguaje de la emotividad y el sentimiento es más sencillo y eficaz porque requiere de menor formación y capacitación.
 
 En 2015, un trabajo del Boston Globe demostraba que el lenguaje del presidente de Donald Trump era tan básico que hasta un niño de nueve años lo podía comprender sin dificultad. Cuatro años después un complejo estudio elaborado por expertos en lingüística y psicología de las universidades de Texas y Princeton y publicado también en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) confirmaba que Trump no es una extravagante excepción en la historia, sino el último síntoma de un proceso histórico.

No solamente Trump

Los investigadores analizaron más de 33.000 textos de todos los presidentes de Estados Unidos desde finales del siglo XVIII, así como intervenciones en debates, entrevistas, campañas de primarias y discursos. También mensajes de líderes internacionales y contenido publicado en medios de comunicación, más de 5.000 novelas, 12.000 subtítulos de películas y más de dos millones de artículos del New York Times o transcripciones de programas de la CNN.
 
Su conclusión es que los políticos de todo el mundo han ido abandonando el discurso racional y el pensamiento analítico y han decidido dirigirse a los votantes con mensajes simples y elementales que sólo transmiten seguridad y emoción. 
 
La simplificación y emotividad del lenguaje político se aprecia en los debates de los líderes, y en las participaciones de los ciudadanos en las redes. En todos ellos dominan el insulto, la anécdota, el chisme, sin lugar para el argumento elaborado o el razonamiento en profundidad.
 
 No es solo la simplificación, algo inevitable en los formatos audiovisuales, sino la existencia de un discurso dirigido a lo emocional y no a la propuesta política o programática.

Posverdad científica, biológica e histórica

Si seguimos repasando situaciones y sectores en los que el sentimiento y la emotividad supera a la razón podemos aterrizar en la "posverdad científica", que lleva a negar que exista el coronavirus; la "posverdad histórica" lleva a negar el holocausto y la "posverdad biológica" de quienes se consideran en el derecho de elegir sexo, edad, raza y hasta especie.
 
Es evidente que puede haber intereses desde un poder político para fomentar la emotividad y el sentimiento. Sin duda porque es la forma más barata de un Gobierno para sembrar apoyos sin necesidad de destinar recursos.

Dedicarse a apoyar el orgullo, la visibilidad, la autoestima, el sentimiento y la emoción de ser mujer, trans, homosexual o enfermo psiquiátrico es más barato que destinar recursos para atender las necesidades específicas de esos colectivos.
 
Sale más económico y da más juego político una campaña llamada "orgullo loco" para los enfermos mentales o llamar a la cojera "diversidad funcional" (algo que también se podría aplicar al campeón de cien metros lisos, ya que su superioridad también es una diversidad funcional) que aumentarle la pensión o la asistencia a esos colectivos. Es más rentable políticamente aplaudir sentimientos que garantizar comida, educación y salud. Por tanto, hay que hacer bandera de las emociones y sentimientos, y no del derecho a la alimentación o al trabajo digno.
 
Sucede también en el fenómeno los extremismos religiosos, grupos sociales, con sus correspondientes líderes, que abandonan las luchas sociales racionales para abrazar "liberaciones" extraterrenales.

Incluso en la Universidad

La tendencia a magnificar la emoción frente a la razón se aprecia en casi todos los ámbitos. Uno de ellos, el que debería ser más resistente, es la Universidad, especialmente las estadounidenses. Allí expertos, como David D. Burns proclaman que deben ser nuestras emociones y sentimientos los que determinen nuestras interpretaciones de la realidad. Los profesores deben preocuparse sobre todo de cómo sus elecciones puedan afectar al estado emocional del alumnado. Lo que supone que la ciencia, la lógica y el razonamiento ilustrado queda en un segundo plano, o directamente eliminado si va afectar al estado emocional del alumno.
 
Es verdad que, tras el boom de la ciencia, hemos descubierto que los sentimientos y la emoción son importantes, fundamentales en nuestra vida. Del mismo modo que comprobamos que todo no podemos explicarlo con el método científico. No se trata de ignorar lo emotivo, pero sí de preocuparnos si nos estamos dirigiendo a un mundo que reniega de la ciencia, de la verdad, de lo empírico. En otras palabras, de la Ilustración, de las luces que nos sacaran del misticismo y el oscurantismo de la Edad Media.

El lenguaje como luz de alarma

Ya estamos viendo líderes políticos y movimientos que nos están arrastrando al mundo de la posverdad donde la mentira se convierte en legítima o colectivos que han perdido la credibilidad en la ciencia para abrazar las conspiraciones más peregrinas y peligrosas.
Observar la evolución del lenguaje puede ser un buen método para percibir hacia dónde nos dirigimos. Nos está diciendo que estamos abandonando la razón para abrazar la emoción. Es una luz roja de alarma, que se ha encendido y nos está advirtiendo."                       (Pacual Serrano, Sputnik, 19/01/22)

10/3/21

Cómo los “intelectuales” franceses arruinaron Occidente: la explicación del posmodernismo y sus consecuencias... sus postulados "socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y ‘premoderna’."

 "A pesar del auge del posmodernismo en la izquierda, sus valores e ideas rara vez se comprenden bien. Este texto busca abonar a la comprensión de esos postulados, que, afirma la autora, "socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y ‘premoderna’." 

 El posmodernismo representa una amenaza no solo para la democracia liberal, sino para la modernidad misma. La frase puede parecer osada o incluso hiperbólica, pero la realidad es que el cúmulo de ideas y valores al interior del posmodernismo ha saltado los límites de la academia y adquirido gran importancia cultural en la sociedad occidental. Los “síntomas” irracionales e identitarios del posmodernismo son fáciles de distinguir y han sido ampliamente criticados, sin embargo, el ethos que subyace a ellos no se comprende bien. 

Así sucede en parte porque los posmodernos rara vez explican sus argumentos con claridad, y en parte como consecuencia de las contradicciones e inconsistencias inherentes a un pensamiento que niega la existencia de una realidad estable o de un conocimiento confiable. Sin embargo, al interior del posmodernismo hay ideas consistentes y comprenderlas es crucial si vamos a buscar contrarrestarlas. Son la base de los problemas que vemos hoy con el activismo por la justicia social, socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y “premoderna”.

El posmodernismo, en su acepción más sencilla, es un movimiento artístico y filosófico que comenzó en Francia en los años sesenta y produjo obras de arte desconcertantes y una “teoría” aún más desconcertante. Echó mano del arte avant-garde y del surrealismo y de ideas filosóficas de décadas anteriores, en particular de Nietzsche y Heidegger, de quienes tomó su anti-realismo y su rechazo al concepto del individuo unificado y coherente. Se opuso al humanismo liberal de los movimientos modernistas en el arte y las ideas, el cual, según los proponentes del posmodernismo, ingenuamente universalizaba una experiencia occidental, clasemediera y de hombres blancos.

Bajo la misma acusación rechazó la filosofía que valora la ética, la razón y la claridad. El estructuralismo, un movimiento que (a menudo con exceso de confianza) intentó analizar la cultura humana y la psicología según una serie de relaciones estructurales consistentes, fue blanco de ataques. El marxismo, con su comprensión de la sociedad a través de estructuras de clase y económicas, fue considerado igualmente rígido y simplista. Por sobre todas las cosas, los posmodernos atacaron a la ciencia y su objetivo de alcanzar el conocimiento objetivo de una realidad que existe independiente de las percepciones humanas, las cuales consideraban simplemente otra ideología construida y dominada por los presupuestos occidentales y burgueses. Decididamente de izquierda, el posmodernismo tuvo un ethos tanto nihilista como revolucionario que resonó con el zeitgeist de posguerra y post-imperio en Occidente. Conforme el posmodernismo se desarrolló y diversificó, su fase deconstructiva, inicialmente más intensa, se volvió algo secundario (pero aún fundamental) para su fase revolucionaria de “políticas identitarias”.

Un punto de discusión ha sido si el posmodernismo surge en reacción contra la modernidad. La era moderna es un periodo de la historia que vio el auge del humanismo renacentista, la ilustración, la revolución científica y el desarrollo de los valores liberales y los derechos humanos; un periodo en el que las sociedades occidentales poco a poco comenzaron a considerar a la razón y la ciencia como superiores a la fe y la superstición en tanto vías de acceso al conocimiento, y desarrollaron un concepto de la persona como miembro de la raza humana merecedor de derechos y libertades, y no como integrante de una serie de colectivos, sometida a rígidos roles sociales jerárquicos.

La Encyclopaedia Britannica dice que el posmodernismo “es en su mayoría, una reacción en contra de los presupuestos y valores de la época moderna en la historia occidental (en específico la europea)”, mientras que la Stanford Encyclopaedia of Philosophy niega esto y dice: “Más bien, sus diferencias se hallan al interior de la modernidad en sí, y el posmodernismo es una continuación del pensamiento moderno en un modo distinto”. Yo sugeriría que la diferencia está en si consideramos a la modernidad en términos de lo producido o de lo destruido. Si entendemos la esencia de la modernidad como el desarrollo de la ciencia y la razón, así como del humanismo y el liberalismo universal, entonces los posmodernos se plantean en oposición a esto. Si pensamos que la modernidad derriba las estructuras de poder, incluido el feudalismo, la iglesia, el patriarcado y el imperio, los posmodernos intentan continuar con este proyecto, pero sus objetivos ahora son la ciencia, la razón, el humanismo y el liberalismo. En consecuencia, las raíces del posmodernismo son inherentemente políticas y revolucionarias, aunque en un sentido destructivo, o como ellos lo dirían, en un sentido deconstructivo.

El término “posmodernismo” fue propuesto por Jean-François Lyotard en su libro La condición posmoderna, la cual definió como una “incredulidad respecto de los metarrelatos”. Un metarrelato es una explicación amplia y coherente para los grandes fenómenos. Las religiones y otras ideologías totalizantes son metarrelatos que intentan explicar el sentido de la vida o todos los males de la sociedad. Lyotard proponía reemplazarlos con “minirrelatos” para dirigirse a verdades de dimensiones más pequeñas y personales. Se dirigía así al cristianismo y al marxismo, pero también a la ciencia.

 Según él, “Hay un hermanamiento entre el tipo de lenguaje que se llama ciencia y ese otro que se llama ética y política”. Al vincular a la ciencia y al conocimiento que produce con el gobierno y el poder, lo que hace es rechazar su postulado de objetividad. Lyotard describe esta condición posmoderna descreída como algo generalizado, y dice que desde el final del siglo XIX comenzó una “erosión interna del principio de legitimidad del saber” que provocó un cambio en el estatus del conocimiento. Para la década de los sesenta, la “duda” y la “desmoralización” de los científicos “interfiere con el problema esencial, que es el de la legitimación.” No importa cuántos científicos digan que no están desmoralizados ni tienen más dudas de las que corresponde a un grupo de personas que trabajan con un método cuyos resultados siempre son provisionales y cuyas hipótesis nunca quedan “probadas”; nada lo disuadió.

En Lyotard vemos dos cosas: un relativismo epistémico explícito (una creencia en verdades o hechos personales o culturalmente específicos), y el privilegio de la “experiencia vivida” por encima de la evidencia empírica. Vemos también la promoción de una versión del pluralismo que privilegia las opiniones de grupos minoritarios por encima del consenso general de científicos o de la ética liberal democrática, a quienes se caracteriza como autoritarios y dogmáticos. Todo esto es consistente con el pensamiento posmoderno.

La obra de Michel Foucault se centra en el lenguaje y el relativismo, aunque aplicado a la historia y la cultura. Bautizó su aproximación como “arqueología” porque consideraba que estaba “descubriendo” aspectos de la cultura histórica por medio de los discursos registrados (un habla que promueve o asume una perspectiva particular). Para Foucault, los discursos controlan lo que puede “conocerse”; en distintos periodos y lugares, distintos sistemas de poder institucional controlan los discursos. Por eso, el conocimiento es un producto directo del poder. “En una cultura y en un momento dados, solo hay siempre una episteme, que define las condiciones de posibilidad de todo saber, sea que se manifieste en una teoría o que quede silenciosamente investida en una práctica”.1

 Yendo más allá, las personas en sí mismas están construidas culturalmente. “El individuo, con sus características, su identidad, en su hilvanado consigo mismo, es el producto de una relación de poder que se ejerce sobre los cuerpos, las multiplicidades, los movimientos, los deseos, las fuerzas”.2

 Casi no deja espacio a la agencia individual o a la autonomía. Como ha dicho Christopher Butler, Foucault “depende de la creencia en la maldad inherente a la posición de clase o la posición profesional del individuo, entendida como ‘discurso’, sin importar la moralidad de su conducta individual”. 3

 Presenta al feudalismo medieval y a la democracia liberal moderna como sistemas igualmente opresivos, y es partidario de atacar y criticar a las instituciones para desenmascarar la “violencia política que se ha ejercido a través de éstas de manera oculta”. 4

En Foucault vemos la expresión más extrema del relativismo cultural leído a través de las estructuras de poder, en las que la humanidad y la individualidad compartida están casi completamente ausentes. Al contrario, las personas se construyen por medio de su posición en relación con ideas culturales dominantes, ya sea como opresores o como oprimidos. Judith Butler echó mano de Foucault para elaborar su postura fundamental en la teoría queer que se enfoca en la construcción cultural del género, Edward Said para sus postulados sobre el poscolonialismo y el “orientalismo”, y Kimberlé Crenshaw en su desarrollo de la “interseccionalidad” y las políticas de la identidad. Lo vemos también en la equiparación del lenguaje con la violencia y la coerción, y la equiparación de la razón y el liberalismo universal con la opresión.

Fue Jacques Derrida quien propuso el concepto de “deconstrucción”, y también se sumó a la discusión sobre el constructivismo cultural y el relativismo cultural y personal. Se enfocó aún más explícitamente en el lenguaje. Su pronunciamiento más famoso, “no hay nada fuera del texto” tiene que ver con su rechazo a la idea de que las palabras se refieren a algo directamente. Más bien, “solo hay contextos sin un centro de anclaje absoluto”.

Por eso, el autor de un texto no es la autoridad sobre su significado. El lector o escucha produce su propio significado igualmente válido y cada texto “engendra infinitos nuevos contextos en un sentido absolutamente no saturable”. Derrida propuso el término différance, derivado del verbo “differer”, que significa tanto “posponer” como “diferir”. Esto quería indicar que no solo el significado nunca es definitivo sino que está construido por medio de diferencias, en especial por oposiciones. La palabra “joven”, solo tiene sentido en relación con la palabra “viejo”, y decía Derrida, siguiendo a Saussure, que el significado se construye por medio del conflicto entre estas oposiciones elementales que, para él, siempre son un positivo y un negativo. “Hombre” es positivo y “mujer” negativo. “Occidente” es positivo y “Oriente” negativo. Insistía en que “No estamos ante una coexistencia pacífica de un vis-a-vis, sino ante una jerarquía violenta. Uno de los dos términos se impone al otro (axiológica, lógicamente, etc.), se encumbra. Deconstruir la oposición, significa, en un momento dado, invertir la jerarquía”.

 La deconstrucción, entonces, implica invertir estas jerarquías percibidas; hacer que “mujer” y “Oriente” sean positivas, y “hombre” y “Occidente” sean negativas. Esto se debe hacer irónicamente para revelar la naturaleza arbitraria y culturalmente construida de estas oposiciones percibidas en un conflicto desigual.

En Derrida hay mucho más relativismo, tanto cultural como epistémico, y más justificaciones para las políticas de la identidad. Hay una negativa explícita a considerar que las diferencias pueden ser algo más que oposicionales, y por lo mismo un rechazo a los valores del liberalismo derivado de la Ilustración que busca sobreponerse a las diferencias y enfocarse en los derechos humanos universales y la libertad y el empoderamiento individual. Estamos ante la base de una “misandria irónica”, del mantra “el racismo inverso no es real” y la idea de que la identidad dicta lo que puede ser entendido. Vemos también un rechazo a la necesidad de que haya claridad en el habla y en los argumentos; a entender el punto de vista del otro y evitar malas interpretaciones. La intención del hablante es irrelevante. Lo que importa es el impacto del habla. Esto, junto con las ideas de Foucault, son la base de las creencias actuales en la naturaleza profundamente peligrosa de las “microagresiones” y el mal uso de la terminología relacionada con el género, la raza y la sexualidad.

 Lyotard, Foucault y Derrida son tres de los “padres fundadores” del posmodernismo, pero sus ideas comparten temas con otros “teóricos” influyentes y fueron suscritas por posmodernos posteriores que las aplicaron a una gran variedad de disciplinas dentro de las ciencias sociales y las humanidades. Hemos visto que estas ideas incluyen una alta sensibilidad al lenguaje a nivel de la palabra y la sensación de que lo que el hablante quiere decir es menos importante que cómo es interpretado, sin importar lo radical que sea esa interpretación. La humanidad compartida y la individualidad son en esencia ilusiones y las personas son propagadoras o víctimas de discursos dependiendo de su posición social, una posición que depende de su identidad más que de su involucramiento individual con la sociedad. La moral es culturalmente relativa, la realidad también. La evidencia empírica es vista con sospecha y lo mismo pasa con ideas culturalmente dominantes como la ciencia, la razón y el liberalismo universal. Se trata de valores de la Ilustración que son ingenuos, totalizadores y opresivos, y destruirlos es una necesidad moral. Importan mucho más la experiencia vivida, los relatos y las creencias de los grupos “marginalizados”, todas igualmente “verdaderas” y preferidas por encima de los valores de la Ilustración para así revertir la construcción social opresiva, injusta y totalmente arbitraria de la realidad, la moral y el conocimiento.

El deseo de “destruir” el status quo, de desafiar los valores ampliamente difundidos y defender a los marginados es en esencia algo absolutamente liberal. Estar en oposición a esto es decididamente conservador. Esa es la realidad histórica, pero estamos en un punto único en la historia en la que el status quo es en general bastante liberal, con un liberalismo que defiende los valores de la libertad, los derechos igualitarios y las oportunidades para todos sin importar la raza, el género o el sexo. El resultado es una confusión en la que los liberales de toda la vida que quieren conservar este tipo de status quo liberal son considerados conservadores, y aquellos que quieren evitar el conservadurismo a toda costa terminan defendiendo el irracionalismo y el iliberalismo. Mientras que los primeros posmodernos desafiaron al discurso con discurso, los activistas motivados por sus ideas se han vuelto cada vez más autoritarios y llevan aquellas ideas a su conclusión lógica. La libertad de expresión está bajo ataque porque el habla es ahora considerada peligrosa. Tan peligrosa que las personas que se consideraban liberales pueden justificar el responder al habla con violencia. Argumentar un punto de manera persuasiva por medio de argumentos razonados ha sido remplazado cada vez más con referencias a la identidad y con pura ira.

A pesar de la evidencia que indica que el racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia y la xenofobia están en sus niveles históricos más bajos en las sociedades occidentales, los académicos de izquierda y los activistas en favor de la justicia social manifiestan un pesimismo fatalista, habilitado por las prácticas de “lectura” interpretativa posmoderna que dan valor al sesgo de confirmación. El poder autoritario de los académicos y activistas posmodernos parece ser invisible para ellos, aunque es evidente para todos los demás. Como escribe Andrew Sullivan sobre la interseccionalidad:

Propone una ortodoxia clásica por medio de la cual se explica toda la experiencia humana –y por medio de la cual toda habla debe ser filtrada… Como sucedió con los puritanos de la antigua Nueva Inglaterra, la interseccionalidad controla el lenguaje y los términos del discurso.

El posmodernismo se ha convertido en un metarrelato lyotardiano, un sistema foucaultiano de poder discursivo y una jerarquía opresiva derridiana.

 Con frecuencia los filósofos le han señalado a los posmodernos el problema lógico de la autoreferencialidad. Sin embargo, estos no lo han resuelto de manera convincente. Como señala Christopher Butler, “la plausibilidad del argumento de Lyotard sobre el declive de los metarrelatos a final del siglo XX depende de recurrir a la condición cultural de una minoría intelectual”. En otras palabras, el argumento de Lyotard surge de los discursos que lo rodean en su burbuja académica burguesa y, de hecho, se trata de un metarrelato del que él no tiene la menor duda. Así mismo, el argumento de Foucault sobre el conocimiento como algo contingente a la historia debe ser contingente a la historia también y uno se pregunta por qué Derrida se ocupó de explicar la maleabalidad infinita de los textos con ese nivel de detalle si yo puedo leer su obra y decir que se trata de un cuento sobre conejitos con el mismo grado de autoridad que él.

Obviamente esta no es la única crítica que se le hace al posmodernismo. El problema más evidente del relativismo cultural epistémico ya ha sido abordado por filósofos y científicos. El filósofo David Detmer en Challenging Postmodernism, dice:

Consideremos este ejemplo, planteado por Erazim Kohak, “Cuando intento, sin éxito, meter una pelota de tenis dentro de una botella de vino, no necesito probar con distintas botellas de vino ni con distintas pelotas de tenis, aplicando los cánones de inducción planteados por Mill, para llegar a la hipótesis de que las pelotas de tenis no caben en las botellas de vino”… Ahora estamos en la posición de invertir la cancha ante [los argumentos de relativismo cultural del posmodernismo] y plantear la pregunta, “¿Si yo considero que las pelotas de tenis no caben en las botellas de vino, ¿puede demostrar con precisión cómo es que mi género, ubicación histórica y espacial, clase social, grupo étnico, etc., mina la objetividad de mi juicio?”

Sin embargo, ningún posmoderno le ha explicado su razonamiento, y más bien describe una conversación desconcertante que tuvo con la filósofa posmoderna Laurie Calhoun:

Cuando tuve la oportunidad de preguntarle si era o no era verdad que las jirafas son más altas que las hormigas, me dijo que no era un hecho sino un artículo de fe religiosa en nuestra cultura.

Los físicos Alan Sokal y Jean Bricmont hablaron de este mismo problema desde la perspectiva de la ciencia en su libro: Fashionable nonsense: Postmodern intellectuals’ abuse of science:

¿Quién puede negar en serio el “gran relato” de la evolución, salvo alguien que esté atenazado por un relato mayor y mucho menos plausible como el creacionismo? ¿Y quién querría negar la verdad de cierta física elemental? La respuesta es “algunos posmodernos”.

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Hay algo muy extraño en la creencia de que al buscar leyes causales o una teoría unificada, o al preguntar si los átomos obedecen las leyes de la mecánica cuántica, las actividades de los científicos son inherentemente “burguesas” o “eurocéntricas” o “masculinistas” o incluso “militaristas”.

¿Cuánto amenaza el posmodernismo a la ciencia? Sin duda existen algunos ataques externos. En una protesta reciente en contra de una charla dada por Charles Murray en Middlebury, la gente que protestaba gritaba al unísono:

La ciencia siempre se ha usado para legitimar el racismo, el sexismo, el clasismo, la transfobia, la discriminación contra las personas con discapacidad y la homofobia, todo planteado como racional y como un hecho, y apoyado por el gobierno y el estado. En el mundo de ahora hay muy poco que sea un ‘hecho verdadero.

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Cuando los organizadores de la Marcha por la Ciencia tuitearon: “la colonización, el racismo, la migración, los derechos nativos, el sexismo, la discriminación por discapacidad, la queer-, trans-, intersexfobia y la justicia económica son temas científicos”

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, de inmediato muchos científicos criticaron que se politizara la ciencia y se perdiera de vista el énfasis en mantener a la ciencia lejos de las manos de la ideología interseccional. En Sudáfrica, el movimiento de estudiantes progresistas #ScienceMustFall y #DecolonizeScience anunció que la ciencia era solo un modo de conocimiento que a la gente se le había enseñado a aceptar. Sugirieron que la brujería era una alternativa.

A pesar de esto, la ciencia como metodología no se irá a ningún lado. No puede “adaptarse” para incluir al relativismo epistémico y los “conocimientos alternativos”. Puede, sin embargo, perder la confianza del público y por lo mismo, el financiamiento público, y esta es una amenaza que no puede desestimarse. Además, en un momento en el que los líderes del mundo dudan del cambio climático, los padres creen en la falsedad de que las vacunas causan autismo y las personas buscan homeópatas y naturistas para resolver problemas médicos serios, seguir minando la confianza de las personas en las ciencias empíricas es tan peligroso que representa una amenaza existencial.

Las ciencias sociales y las humanidades, sin embargo, están en riesgo de cambiar hasta quedar irreconocibles. Algunas disciplinas dentro de las ciencias sociales ya han cambiado. La antropología cultural, la sociología, los estudios de género, por ejemplo, han sucumbido casi completamente al relativismo moral y al relativismo epistémico. En mi experiencia, las letras inglesas también están enseñando una ortodoxia enteramente posmoderna. La filosofía, como hemos visto, está dividida. Lo mismo la historia.

Los posmodernos con frecuencia critican a los historiadores empíricos por asegurar que saben lo que sucedió en el pasado. Christopher Butler recuerda la acusación de Diane Purkiss en cuanto a que, cuando mostró evidencia de que las acusadas de brujería eran por lo general mujeres mendicantes y sin poder, Keith Thomas habilitaba un mito que funda la identidad histórica de los hombres en la “impotencia y el silencio de las mujeres”. Es de suponerse que debió haber dicho, contra la evidencia, que se trataba de mujeres ricas, o mejor aún, de hombres. Dice Butler:

Pareciera que los argumentos empíricos de Thomas simplemente contradicen el principio organizador del relato histórico de Purkiss: que debe ser utilizado para apoyar las nociones contemporáneas de empoderamiento femenino.

Yo me topé con el mismo problema cuando intenté escribir sobre raza y género en el siglo XVII. Había postulado que al público de Shakespeare no le habría costado entender la atracción de Otelo, un soldado cristiano de raza negra, hacia Desdémona, una mujer blanca, porque el prejuicio contra el color de la piel no se hizo prevalente hasta más adelante en el siglo, cuando el comercio de esclavos en el Atlántico adquirió más fuerza, y que las diferencias religiosas y nacionales eran mucho más profundas antes.

 Un eminente profesor me informó que la mía era una postura problemática y me preguntó cómo se sentirían las comunidades afroamericanas en Estados Unidos ahora por mi aseveración. Si las personas afroamericanas se sentían incómodas, era la implicación, entonces mi postulado tuvo que haber sido falso en el siglo XVII o sería moralmente equivocado mencionarlo ahora. En palabras de Christopher Butler:

El pensamiento posmoderno percibe que la cultura contiene una serie de historias que están en perpetua competencia cuya efectividad depende no tanto de recurrir a un estándar independiente de evaluación, y sí de recurrir a las comunidades en las que circulan.

Temo por el futuro de las humanidades.

Pero los peligros del posmodernismo no se limitan a ciertos núcleos de la sociedad aglutinados en torno de la academia y la justicia social. Las ideas relativistas, la sensibilidad al lenguaje y el enfoque en la identidad por encima de la humanidad o la individualidad se han vuelto más dominantes en la sociedad en general. Es mucho más sencillo decir lo que uno siente que examinar rigurosamente la evidencia. La libertad de “interpretar” la realidad según los valores de cada quien se alimenta de la tendencia muy humana de recurrir al sesgo de confirmación y al razonamiento motivado.

 Se ha vuelto un lugar común señalar que la extrema derecha ahora utiliza la política de identidad y el relativismo epistémico de una manera muy similar a la izquierda posmoderna. Claro, ciertos elementos de la extrema derecha siempre han sido divisivos en términos de raza, género y sexualidad, y dados a hacer propias perspectivas irracionales y anticientíficas. Sin embargo el posmodernismo ha producido una cultura mucho más receptiva a esto. Kenan Malik ha descrito este cambio así:

Cuando propuse que la idea de “hechos alternativos” se basa en “una serie de conceptos que en décadas recientes han sido utilizados por radicales”, no me refería a que Kellyanne Conway ni Steve Bannon, mucho menos Donald Trump, hubieran estado leyendo a Foucault y a Baudrillard… Más bien son sectores de la academia y de la izquierda quienes en décadas recientes han ayudado a crear una cultura en la que el relativismo de los hechos y el conocimiento no resulta algo problemático, y por lo mismo es más sencillo para la derecha reaccionaria no solo reapropiarse de ella, sino promover estas ideas reaccionarias.

Esta “serie de conceptos” amenazan con regresarnos a una época previa a la Ilustración, cuando la “razón” se consideraba no solo inferior a la fe, sino que también era considerada un pecado. James K. A. Smith, un teólogo reformista y profesor de filosofía, ha visto lo provechoso que esto resulta para el cristianismo y considera al posmodernismo como “un viento fresco del Espíritu, enviado para revitalizar los huesos secos de la iglesia”. En Who’s afraid of postmodernism?: Taking Derrida, Lyotard, and Foucault to Church, dice:

Estar comprometidos con el posmodernismo nos invita a mirar hacia atrás. Veremos que mucho de lo que sucede bajo el auspicio de la filosofía posmoderna tiene un ojo en las fuentes antiguas y medievales, y constituye una importante recuperación de modos de conocimiento, de ser y de hacer premodernos.

y

El posmodernismo puede ser un catalizador para que la iglesia recupere la fe, no como un sistema de verdad dictado por una razón neutral, sino como una historia que requiere “ojos que vean y oídos que escuchen”.

Quienes estamos en la izquierda debemos temerle a lo que “nuestro lado” ha producido. Claro, no todos los problemas de la sociedad son producto del pensamiento posmoderno, y no sirve de nada sugerir que así es. El alza del populismo y el nacionalismo en Estados Unidos y en Europa también tiene su origen en una extrema derecha fortalecida y en el miedo al islamismo provocado por la crisis de refugiados. Estar rígidamente en contra de los “guerreros de la justicia social” y echarle la culpa de todo a este elemento de la izquierda adolece a su vez de razonamiento motivado y sesgo de confirmación. La izquierda no es responsable de la extrema derecha ni de la derecha religiosa ni del nacionalismo secular, pero sí es responsable por no hacerle frente de manera razonable a preocupaciones razonables, y por lo mismo provocar que sea más difícil que las personas razonables la apoyen. Es responsable de su propia fragmentación, de sus exigencias de pureza y de las divisiones que provoca y que hacen que la extrema derecha parezca coherente y unida en comparación.

 Para recuperar la credibilidad, la izquierda debe recuperar el liberalismo fuerte, coherente y razonable. Para hacer esto, necesitamos vencer por la vía del discurso a la izquierda posmoderna. Necesitamos hacerle frente a sus oposiciones, divisiones y jerarquías con principios universales de libertad, igualdad y justicia. Debe haber una consistencia entre los principios liberales en oposición a todos los intentos por evaluar o limitar a las personas por raza, género o sexualidad. Debemos atender las preocupaciones sobre migración, globalización y políticas de identidad autoritarias que dan poder a la extrema derecha en lugar de tildar a las personas que las expresan de “racistas”, “sexistas” u “homofóbicas”, y acusarlas de violencia verbal. Podemos hacer esto y al mismo tiempo oponernos a las facciones autoritarias de la derecha que son realmente racistas, sexistas y homofóbicas, pero que ahora se esconden tras la fachada de ser una oposición razonable a la izquierda posmoderna.

Nuestra crisis actual no es una que enfrente a la izquierda contra la derecha, sino una en la que la consistencia, la razón y el liberalismo universal están enfrentadas a la inconsistencia, el irracionalismo, las certidumbres fanáticas y el autoritarismo sectario. El futuro de la libertad, la igualdad y la justicia se ve igual de desolador si la izquierda posmoderna o la extrema derecha ganan la guerra actual. Aquellos que valoramos la democracia liberal y los frutos de la Ilustración, la revolución científica y la modernidad misma, debemos ofrecer una mejor opción."

(Helen Pluckrose   Este artículo fue publicado originalmente en Areo y se reproduce con autorización. )