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2/2/24

La cuestión de la colaboración con los nazis en la 2 Guerra Mundial... y después (Michael Ignatieff)

 "La mayoría de los países ocupados por la Alemania nazi han tardado dos generaciones en admitir que la minoría eran los resistentes, no los colaboracionistas. Pero ahora corremos el riesgo de ir demasiado lejos: normalizar la colaboración y hacer de la resistencia una opción tan excepcional que sólo los santos la elegirían.

En una entrevista para su biografía, Isaiah Berlin se preguntó en voz alta quién, en la alta sociedad inglesa, habría colaborado si los alemanes hubieran invadido el país en 1940. Los antisemitas, canallas y aduladores de su entorno estaban en su lista, pero ¿quién más? Hacerse esa pregunta era una forma de permanecer alerta ante las posibilidades de traición que acechaban bajo la bonhomía y la adulación mutua de la élite londinense. La idea de Berlin era que, cuando el mundo toca fondo, no se puede estar demasiado seguro de lo que hará nadie, ni siquiera uno mismo.

Los colaboradores, argumenta Ian Buruma en su apasionante estudio de tres de estas figuras, son un tema convincente porque han sucumbido a una tentación a la que nos enfrentaríamos todos si nos pusieran en la misma situación. Antes no se entendía así la colaboración. Cuando los regímenes de ocupación nazis fueron expulsados de Francia y los Países Bajos en 1945, los colaboracionistas fueron perseguidos como una minoría deshonrada.

Ambos países reconstruyeron sus identidades nacionales en torno al mito de que sus héroes de la resistencia habían representado el verdadero espíritu de su pueblo. La mayoría de los países han tardado dos generaciones en admitir que la minoría eran los resistentes, no los colaboracionistas. Pero ahora corremos el riesgo de ir demasiado lejos: normalizar la colaboración y hacer de la resistencia una opción tan excepcional que sólo los santos la elegirían.

En Los colaboradores: Tres historias de engaño y supervivencia en la Segunda Guerra Mundial, Buruma se centra en Felix Kersten, el masajista de Heinrich Himmler; Friedrich Weinreb, un judío que conspiró con las autoridades de ocupación alemanas en los Países Bajos; y Kawashima Yoshiko, una princesa china travestida que cooperó con la ocupación japonesa de Manchuria.

Colaboradores

Kersten utilizó su habilidad para aliviar los dolores de estómago de Himmler para congraciarse con la jerarquía nazi. Cuando el régimen empezó a desmoronarse, salvó el pellejo convenciendo a su amo de que perdonara la vida a unos cuantos judíos. Aunque viajó en el tren privado de Himmler a las regiones infernales de Polonia y Ucrania donde se llevaron a cabo los asesinatos en masa, Kersten fingió no tener ni idea de lo que estaba ocurriendo.

En Los colaboradores: Tres historias de engaño y supervivencia en la Segunda Guerra Mundial, Buruma se centra en Felix Kersten, el masajista de Heinrich Himmler; Friedrich Weinreb, un judío que conspiró con las autoridades de ocupación alemanas en los Países Bajos; y Kawashima Yoshiko, una princesa china travestida que cooperó con la ocupación japonesa de Manchuria.

Colaboradores

Kersten utilizó su habilidad para aliviar los dolores de estómago de Himmler para congraciarse con la jerarquía nazi. Cuando el régimen empezó a desmoronarse, salvó el pellejo convenciendo a su amo de que perdonara la vida a unos cuantos judíos. Aunque viajó en el tren privado de Himmler a las regiones infernales de Polonia y Ucrania donde se llevaron a cabo los asesinatos en masa, Kersten fingió no tener ni idea de lo que estaba ocurriendo.
A diferencia de Kersten, que fingía ignorancia, Weinreb, un emigrante judío de Ucrania, sabía exactamente lo que harían los nazis cuando se apoderaron de los Países Bajos en 1940. Pero también sentía desprecio por los dirigentes judíos, que habían proporcionado a las SS listas de judíos con la esperanza de salvar a sus propios parientes. Así empezó a reclutar judíos para su propia lista, diciéndoles que tenía contactos secretos con un general alemán de alto rango que les permitiría escapar si le pagaban y si las mujeres se sometían a exámenes médicos en sus manos. 

Buruma se esfuerza por dar sentido a la red de mentiras de Weinreb, llegando a la conclusión de que era un fantasioso atrapado en su propia fantasía. Pero esto puede ser dejarle demasiado libre. De hecho, era una figura mucho más siniestra, un desgraciado que explotaba el terror ajeno para obtener beneficios, gratificación sexual y la exultante sensación de poder que produce tener a personas indefensas a tu merced. Kawashima era un tercer tipo de colaboradora: al menos tenía una agenda política discernible. Como princesa manchú, colaboró con los japoneses para restaurar la dinastía manchú en Manchukuo, el estado que Japón creó en Manchuria en la década de 1930 tras conquistar la mayor parte de China. En su fantasía, presidiría la fusión de las dos grandes culturas de Oriente. Sin embargo, Manchukuo nunca fue más que un endeble intento de legitimar (para los chinos) una ocupación extranjera excepcionalmente brutal.

Personalidades y política

Los judíos que confiaron en el plan de Weinreb fueron detenidos y exterminados. 

Buruma se esfuerza por dar sentido a la red de mentiras de Weinreb, llegando a la conclusión de que era un fantasioso atrapado en su propia fantasía. Pero esto puede ser dejarle demasiado libre. De hecho, era una figura mucho más siniestra, un desgraciado que explotaba el terror ajeno para obtener beneficios, gratificación sexual y la exultante sensación de poder que produce tener a personas indefensas a tu merced. Kawashima era un tercer tipo de colaboradora: al menos tenía una agenda política discernible. Como princesa manchú, colaboró con los japoneses para restaurar la dinastía manchú en Manchukuo, el estado que Japón creó en Manchuria en la década de 1930 tras conquistar la mayor parte de China. En su fantasía, presidiría la fusión de las dos grandes culturas de Oriente. Sin embargo, Manchukuo nunca fue más que un endeble intento de legitimar (para los chinos) una ocupación extranjera excepcionalmente brutal.

Personalidades y política

A Buruma le fascina la vida lúgubre y escabrosa de sus protagonistas. Lo más interesante de los colaboradores, según él, es su habilidad para explotar las fisuras de los regímenes totalitarios y abrirse camino a través de las grietas hasta llegar a posiciones de poder. Kawashima pasó de un caudillo japonés a otro, utilizando sus artimañas eróticas para manipularlos en su propio beneficio, para acabar siendo traicionada y abandonada al final. Tras la guerra, fue perseguida por los nacionalistas chinos y ejecutada como traidora. Por el contrario, el masajista de Himmler salió con vida explotando la paranoia y el odio dentro del nido de víboras que era el régimen de Hitler; y Weinreb sobrevivió haciendo creer a las SS, al menos durante un tiempo, que trabajaba con un círculo secreto de oficiales de la Wehrmacht. Aunque Buruma hace un buen trabajo describiendo el retorcido mundo de los regímenes de ocupación en Europa y Asia, su trío tiene poco en común más allá de su capacidad para el autoengaño. Como resultado, el fenómeno de la colaboración queda reducido a la psicopatología de tres estafadores. Pero la colaboración fue mucho más que un juego de oportunistas. Fue una opción fundamentalmente política tomada por agentes responsables, y tuvo consecuencias de gran alcance para sociedades y pueblos enteros. 

Consideremos el agonizante dilema del Judenrat, los consejos judíos cuyos miembros optaron por colaborar con las SS y facilitaron listas de judíos y su paradero, con la esperanza de salvar a sus propias familias. Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén, censuró estas decisiones. Pero Berlin tenía una opinión diferente. Uno de sus tíos, líder del Judenrat en Riga en 1941, se vio obligado a ayudar a la ocupación, que culminó con la expulsión de todos los judíos de la ciudad, masacrados y arrojados a fosas comunes. El juicio de Berlin sobre la "colaboración" de su tío -si es que así debe llamarse- fue que en situaciones en las que te enfrentas a la muerte pase lo que pase, veredictos como el de Arendt eran imperdonablemente arrogantes. La respuesta adecuada sólo podía ser el dolor y el recuerdo.

Espada y escudo

Aunque algunos casos de colaboración representan una elección imposible en condiciones extremas, en otros casos puede defenderse como un intento de salvar el honor de un país tras una derrota militar. Encontramos este argumento en la obra del historiador Julian Jackson France on Trial: The Case of Marshal Pétain, del historiador Julian Jackson, que ofrece una fascinante y meticulosa recreación del procesamiento del líder de Vichy en 1945 por colaborar con los ocupantes alemanes.

Juicio en Francia

Jackson sostiene que la colaboración fue la consecuencia lógica del armisticio de junio de 1940, del mismo modo que el armisticio había sido la consecuencia lógica del apaciguamiento de Munich. No en vano, la opinión pública francesa estaba a favor primero de apaciguar a Hitler y luego de colaborar con él tras la derrota.

El hecho de que la opinión pública apoyara a Pétain no justifica la colaboración, pero ayuda a hacer comprensible la decisión de colaborar. Cuando el héroe de Verdún "hizo el don de su persona" al pueblo francés en su hora de derrota, les dijo: "si ya no podía ser vuestra espada, he querido ser vuestro escudo". Al firmar el armisticio con Alemania en junio de 1940, Pétain prometió que su régimen en Vichy impediría que los alemanes ocuparan todo el territorio francés y protegería a la población francesa de toda la fuerza de los decretos alemanes. En su discurso al pueblo francés, utilizó la palabra "colaboración" para describir su posición frente a las autoridades alemanas. Esta palabra, que pronto se acortó a "collabo", pasó a formar parte del lenguaje vernáculo de la ocupación. Talleyrand dijo una vez que la traición es una cuestión de fechas. Lo que parece aquiescencia en un momento puede convertirse en traición en otro. En junio de 1940, la decisión de Pétain pareció, a los ojos de muchos franceses patriotas, haber salvado el honor del país en un momento en que era inútil seguir resistiendo. 

El general Maxime Weygand, comandante del ejército francés, había pronosticado tras la caída de Francia que en tres semanas Inglaterra tendría el cuello retorcido como una gallina. Los estadounidenses no habían entrado en la guerra y Stalin estaba del lado de Hitler. La decisión de Charles de Gaulle de huir a Inglaterra y reunir una resistencia parecía quijotesca, mientras que la colaboración parecía la opción más realista. Incluso Léon Blum -el primer ministro socialista de los años 30 que más tarde fue internado por los alemanes- pensaba que el armisticio era una respuesta honorable a la catástrofe, preferible incluso a la huida de los gobiernos holandés y polaco al exilio en Londres. Pétain insistió en que la colaboración había evitado que Francia compartiera el horrible destino de Polonia bajo la ocupación nazi.

Cruzando la línea

La colaboración de Pétain se convirtió en deshonor cuando traicionó su promesa de proteger al pueblo francés. Es cierto que, entre 1940 y 1942, su régimen consiguió retrasar o modificar los dictados alemanes. Pero tras el desembarco de los Aliados en el norte de África, en noviembre de 1942, los alemanes ocuparon toda Francia y eliminaron toda la autoridad que le quedaba a Pétain. Quienes le habían perdonado su colaboración en 1940 no podían entender por qué no se marchó a Argel para unirse a los franceses libres. En lugar de eso, se quedó, mientras la Gestapo torturaba y asesinaba a los résistants franceses. También dio carta blanca a la milicia francesa (una fuerza paramilitar fascista francesa) y a la Gestapo para cazar a judíos franceses y extranjeros y enviarlos a Auschwitz y Buchenwald. En el juicio, Blum describió tanto el hecho de que Pétain no abandonara Francia en 1942 como su abyecta incapacidad para enfrentarse a los alemanes como un "abuso masivo y atroz de la confianza moral". Su comportamiento, concluyó Blum, merecía el nombre de traición. Pero en el momento de su juicio, en agosto de 1945, Pétain era un cascarón de 89 años de edad. Muchos de los miembros de la resistencia creían que, como símbolo ejemplar de la degradación de Francia, merecía la muerte, mientras que los apologistas de Vichy replicaban que era víctima de una caza de brujas. Cada bando comprendió que el juicio había abierto la herida de la colaboración en el cuerpo de toda una sociedad. 

Cuando el escritor résistant Maurice Druon preguntó: "¿Quieren juzgar a todos los gendarmes que empujaron a la gente a los trenes?", otra persona de la sala gritó "¡Sí!". Druon advirtió que el proceso se estaba "convirtiendo en un juicio a Francia". Pero ni siquiera los résistants querían sentar a todo el país en el banquillo. Después de que el tribunal condenara a muerte a Pétain, De Gaulle le concedió el indulto; y décadas más tarde, depositó una corona de flores en la tumba de su antiguo comandante. "Un juicio como éste", observó entonces el escritor François Mauriac, "nunca termina ni terminará". Y tenía razón. La colaboración de Francia en tiempos de guerra persiguió a su política durante 50 años. Por ejemplo, François Mitterrand -que desafió a De Gaulle por la presidencia en 1965, llevó a los socialistas al poder en 1981 y fue presidente durante 14 años- tuvo que explicar cuando era presidente por qué había viejas fotografías suyas de joven funcionario de Vichy siendo presentado al Mariscal. Las generaciones más jóvenes, subrayó, debían comprender que había sido habitual empezar colaborando y luego pasarse al bando de la resistencia, como hizo él en 1943.

¿Dejar que la Historia juzgue?

Los juicios de los funcionarios de Vichy que habían sido cómplices del asesinato de judíos continuaron en la década de 1990. Pero no fue hasta la presidencia de Jacques Chirac (1995-2007) cuando Francia reconoció públicamente que la deportación de judíos franceses a los campos de exterminio nazis había sido obra de un gobierno, una policía y unos colaboradores franceses. La cuestión de la colaboración ha proyectado una sombra más alargada sobre la vida francesa de lo que nadie hubiera podido imaginar en 1945. Cuando Jackson concluye su ejemplar y fascinante relato con la observación de que "el caso Pétain está cerrado", uno no puede estar del todo seguro. Tal vez el caso esté realmente cerrado en Francia. Pero ahora que Europa está de nuevo en guerra, la cuestión de la colaboración sigue ante todos nosotros. Una vez concluida la guerra en Ucrania, sus dirigentes tendrán que decidir qué hacer con quienes colaboraron con los invasores rusos. Si se obliga a los ucranianos a un armisticio mientras Rusia sigue ocupando su territorio, algunos de los que lucharon para expulsar a los rusos condenarán sin duda como traidor a quien firme tal acuerdo. Pero, como en el caso de Pétain, que ese juicio se mantenga dependerá de lo que venga después."               

 (Michael Ignatieff , Project Syndicate, 28/07/23; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

12/9/23

Los republicanos españoles lideraron la liberación de la Alta Saboya de la ocupación alemana

 "Los héroes españoles que lucharon contra el nazismo ya no tienen quien cuente su historia.

 “Soy un hombre sencillo, no tengo pretensión de notoriedad, pero en las calles de Annecy el prefecto se para a saludarme y los vecinos me tienen como a una personalidad que representa a la resistencia española”. Estas sinceras palabras corresponden a Miguel Vera, un malagueño de Nerja que, con solo 11 años, se exilió junto a su madre a la capital del departamento francés de Alta Saboya en 1948. En Annecy aguardaba Miguel Vera padre, héroe de la resistencia española que había liderado la lucha antifascista junto a los franceses, con una estrategia clave para convertir la Alta Saboya en la primera región del país galo en liberarse del yugo nazi en 1944, un año antes del final definitivo de la II Guerra Mundial. 

 Durante décadas, los últimos de aquellos resistentes —hoy todos fallecidos— y sus familias han salvaguardado el recuerdo de los republicanos que tuvieron que abandonar España al finalizar la Guerra Civil y que, ya en Francia, soportaron durísimas condiciones de vida y se vieron obligados a combatir a un nuevo enemigo, la Alemania nazi. Tanto en Annecy como en el resto de la región alpina, han participado en numerosos actos de homenaje, dando voz a la gesta de sus familiares.

A los 87 años, Miguel Vera hijo continúa con la labor registrada en los estatutos de la asociación Amicale de la Résistance Espagnole, creada en 1968, que consiste en “preservar la memoria de quienes lucharon por la libertad y transmitirla a los jóvenes”. El primero objetivo se ha cumplido, pero el malagueño lamenta no tener opciones de hacer calar el segundo con mayor fuerza: “Los hijos de los resistentes son de mi edad o incluso mayores, mientras que los jóvenes han perdido el afán por difundir lo que hicieron sus antepasados”, reconoce. 

 En tanto llega (o no) ese relevo, Miguel Vera sigue a lo suyo con la misma pasión: mantener vivo el espíritu de los luchadores españoles, narrando la vida del héroe que mejor conoce. “Mi padre siempre luchó por mejorar las duras condiciones laborales de los trabajadores. No podía soportar que un obrero que cogía un saco de carbón por necesidad fuera denunciado a la Guardia Civil, que le requisaba y destrozaba la mercancía y la emprendía a bofetadas con él”, relata Miguel Vera hijo desde su casa en Annecy. Aquella defensa de los trabajadores en tiempos oscuros lo enemistó con el terrateniente que reclutaba a los operarios en condiciones indignas, el marqués de Larios. Esta circunstancia, unida al estallido de la Guerra Civil, le obligaría a dejar su tierra. 

Un calvario tras la Guerra Civil

“Cuando Franco entró en Madrid, en marzo de 1939, mi padre se encontraba en Puertollano. Cada día, las camionetas iban recogiendo a los denunciados y los fusilaban. Él sabía que acabaría tocándole, así que huyó hacia los Pirineos, pero las abundantes lluvias que cayeron durante una semana hicieron que tardara más de 15 días en cruzar la frontera hacia Francia”. Finalmente, lo consiguió a mediados del mes de abril de 1939. Y cuando creyó encontrarse a salvo se presentó a la policía francesa. Lo que ignoraba entonces era que le aguardaba un nuevo calvario: la reclusión en los campos de concentración de Argèles-sur-Mer y Saint-Cyprien junto a decenas de miles de compatriotas. 

En vísperas de la ocupación nazi, Francia creó las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE), destinadas a realizar los trabajos más duros, desde la reparación de carreteras a la construcción de fortificaciones. El malagueño Miguel Vera acabó entrando en una de estas formaciones, dedicada a la fabricación de carbón, que entonces se utilizaba como combustible para vehículos, sustituyendo a la gasolina. Al fin y al cabo, fue un golpe de fortuna.

 “Era mejor quedarse en esta compañía que acudir a reforzar la Línea Maginot (una muralla construida por Francia para prevenir ataques de Alemania e Italia), cuyos trabajadores cayeron prisioneros de los alemanes tras su ataque relámpago”, reflexiona Miguel Vera hijo. Se refiere al inicio de la Ocupación francesa, en junio de 1940, y al trágico final de aquellos operarios, muchos de ellos exiliados republicanos. A unos 8.000 les aguardaba la pesadilla de Mauthausen, el “campo de los españoles”, y a más de la mitad de estos, cerca de 5.000, la muerte, en el infierno de Gusen. 

Maquis en la resistencia

Dos años más tarde (1942), Alemania creó el Servicio de Trabajo Obligatorio (STO), ante la necesidad de proveer a las fábricas germanas de trabajadores procedentes de los países ocupados. Esta circunstancia suponía un enorme riesgo de deportación que los españoles querían evitar a toda costa. La Alta Saboya, una región de montaña limítrofe con Suiza, se convertiría en un emplazamiento idóneo para organizar la resistencia.

Desde Annecy, Miguel Vera comenzó a organizar un movimiento que permitía luchar contra el reclutamiento forzoso hacia Alemania, lo que lo convirtió en uno de los principales cabecillas de los grupos de guerrilleros republicanos, los célebres maquis. “Mi padre consiguió hacerse con las llaves de las oficinas de los oficiales franceses, que recibían desde Vichy (capital de la zona colaboracionista, en el sur francés) las cartas con la identidad de las personas que serían deportadas; es así como podían alertarlas y facilitar su huida”, detalla el hijo del exiliado republicano.

La organización y eficacia de los maquis españoles comenzó a causar admiración entre los franceses, quienes valoraban de los republicanos su experiencia en la guerra civil española y su capacidad para sobrevivir al franquismo. En 1943, Miguel Vera, ya como jefe de los guerrilleros españoles en la zona de los Alpes, contactó con Tom Morel, miembro del Estado Mayor de la Resistencia en la Alta Saboya, y decidieron trabajar de forma conjunta contra la Alemania nazi, el enemigo común. 

 La confianza en los españoles era tal, que cuando en 1944 Reino Unido decidió suministrar armamento a la resistencia francesa lanzándolo a través de sus aviones en las montañas de los Alpes, la defensa de uno de los emplazamientos más complicados, el Plateau de Glières, fue encomendada a un grupo con fuerte presencia española: allí Miguel Vera estaba al mando de 56 compatriotas.

La derrota inicial frente a los alemanes que querían impedir la recepción de los envíos—saldada con numerosas muertes— fue interpretada como una “victoria moral” que, finalmente, posibilitó que la Alta Saboya se convirtiera en la primera región francesa liberada de la Ocupación nazi, meses antes de la expulsión completa de los invasores.

“Las armas obtenidas en el Plateau de Glières permitieron que la Alta Saboya se independizara por sus propios medios el 19 de agosto de 1944, mientras que el resto de departamentos franceses fueron liberados por los aliados (una maniobra que terminó el 8 de mayo de 1945). Ahí el papel principal fue español”.

Miguel Vera hijo no deja de insistir tanto en la decisiva intervención de los republicanos, como en el reconocimiento de los franceses a esta contribución capital. “No hay un aniversario sobre la liberación de la guerra o de los campos de concentración nazis donde no estemos invitados por las autoridades”, asevera, todavía hoy, después de decenas de actos, un tanto emocionado.

Un recuerdo muy especial

Los actos públicos de reconocimiento no se quedaron solo en eso. De la gesta republicana, de su lucha antifascista en Europa tras la derrota frente a Franco, debía quedar una sustancia material. La Alta Saboya está sembrada de monumentos que lo recuerdan. Pero hubo un recuerdo labrado en piedra muy especial. “El alcalde de Annecy tomó la decisión de homenajear a los españoles por su papel en la resistencia y en la liberación de Francia a través de las Fuerzas Francesas de Interior (FFI), para conseguir la liberación total”, relata Miguel Vera. En 1946, el representante de Annecy comenzó a colaborar con su padre para reservar un terreno en la ciudad donde poder situar un futuro monumento. 

 El ayuntamiento decidió abrir una suscripción popular para costear la obra, una recaudación que se suspendió tras aparecer en escena un empresario español al que Miguel Vera padre había ayudado a sostener su empresa durante los difíciles años de la Ocupación. José Calviño no solo se ofreció a financiar íntegramente la escultura, sino que su residencia en París fue clave a la hora de elegir el artista que pondría su firma al monumento. Calviño sugirió a los promotores del homenaje la participación del artista Baltasar Lobo, otro republicano exiliado en París y estrechamente ligado a Pablo Picasso. El zamorano Baltasar Lobo tallaría una obra de estilo vanguardista en su taller parisino, con la condición de viajar a Annecy para realizar, en persona, la inscripción sobre el pedestal, fabricado en piedra del lugar: “A los españoles muertos por la libertad en las filas del ejército francés de la Resistencia”, fue el texto estampado por el propio Lobo.

La custodia del monumento de Annecy, del que Miguel Vera destaca su originalidad —“es el único cuyo protagonista no es un soldado”, señala—, se convirtió desde su inauguración en 1952 en una de las funciones asumidas por los republicanos supervivientes y sus herederos. Pese a todo, ocho décadas más tarde de aquella gesta con sangre española, la extrema derecha que puso en jaque a todo el planeta resurge en la actual Unión Europea. Sin embargo, sea por su dilatada experiencia o por los valores que le inculcó su padre, Miguel Vera ni se inmuta al hablar sobre el futuro inmediato: “Aquí en Francia, aunque la popularidad de Macron ha caído, no hay riesgo de que la ultraderecha acceda al Gobierno; los partidos moderados gobernarán después de Macron”, pronostica, mientras repasa la documentación legada por su padre, cuya hazaña y la del resto de republicanos españoles frente al fascismo precisa de relevo, un relevo que aún no ha llegado."                (J. M. Sadía, eldiario.es, 09/09/23)

25/1/22

De Pétain a Macron, de la Resistencia a los Chalecos Amarillos: 1944-1945, la falsa purga de “los colaboradores” en Francia... la “historiografía dominante” presenta ahora a los colaboradores como decentes, respetables, bienintencionados e “íntegros ciudadanos” en la mayoría de los casos, víctimas de la coacción de los alemanes, impotentes y, por lo tanto, inocentes “subordinados”, atrapados sin poder defenderse entre la Scilla nazi y la Caribdis de la Resistencia... cuando esta élite había prosperado bajo los auspicios del régimen de Vichy del Mariscal Pétain, había colaborado entusiasmada con los alemanes y luchado con uñas y dientes contra una Resistencia

 "La historiadora francesa Annie Lacroix-Riz pone en tela de juicio en su último libro, «La Non-épuration en France de 1943 aux années 1950» (Armand Colin, París, 2019) [La no depuración de Francia de 1943 en la década de 1950] una idea de la liberación del país en 1944-1945 (y del periodo subsiguiente) que ha sido dominante últimamente en una historiografía cada vez más controlada por el ala derecha del espectro político (“derechizada”).

Esta idea es extremadamente crítica con la Resistencia y, a la inversa, bastante indulgente respecto a la colaboración. Por ejemplo, se afirma que la Resistencia no fue eficaz en general, de modo que Francia debe su liberación casi exclusivamente a los esfuerzos de los estadounidenses y otros aliados occidentales (estos últimos secundados por las fuerzas de la “Francia Libre” del general De Gaulle), que desembarcaron en Normandía en junio de 1944. Se nos dice, además, que la Resistencia aprovechó la oportunidad que presentaba la liberación para cometer todo tipo de atrocidades, incluido el asesinato y el rapar públicamente la cabeza a mujeres jóvenes culpables de “colaboración horizontal”, es decir, de haber mantenido relaciones amorosas con soldados alemanes. Esta “purga salvaje” de colaboradores fue supuestamente equivalente a un “terror comunista” organizado por los comunistas, miembros reales o falsos de la Resistencia, en un intento de cumplir sus siniestros objetivos revolucionarios.

 Excepto en los casos más flagrantes, la “historiografía dominante” presenta ahora a los colaboradores como decentes, respetables, bienintencionados e “íntegros ciudadanos” (“gens très bien”, una expresión tomada del título de una novela de Alexandre Jardin) en la mayoría de los casos, víctimas de la coacción de los alemanes, impotentes y, por lo tanto, inocentes “subordinados”, atrapados sin poder defenderse entre la Scilla nazi y la Caribdis de la Resistencia, y que a menudo participaron ellos mismos en actos secretos de la Resistencia. Por supuesto, algunos colaboradores fueron fanáticos y sí cometieron crímenes, pero en su mayoría eran maleantes de la clase baja, cuyo mejor ejemplo fueron los miembros de la tristemente célebre organización paramilitar del Régimen de Vichy, la Milicia.

En 1944-1945 el gobierno provisional francés encabezado por el general de Gaulle logró finalmente restaurar la “ley y el orden”. Así es como, supuestamente, nació en Francia un estado de derecho gaullista después de años de problemas económicos y políticos, de derrota militar, de ocupación alemana y de la confusión de la liberación. Aun así, tuvo lugar una inevitable purga de colaboradores reales e imaginarios, que se cobró muchas víctimas inocentes, especialmente en los rangos superiores de la burocracia estatal, la crème de la crème de los negocios y la élite de la nación en general.

Lacroix-Riz echa por tierra esta interpretación revisionista en su nuevo libro, minuciosamente investigado y documentado, que además está repleto de nombres de personalidades tanto obscuras como importantes, lo que dificulta un tanto la lectura a aquellas personas que no estén familiarizadas con la historia de Francia en la Segunda Guerra Mundial. 

En sus libros anteriores, como Le choix de la défaite y De Munich à Vichy, esta historiadora explicaba por primera vez que en la primavera de 1940 la élite política, militar y económica de Francia había entregado el país a los nazis para poder instalar un régimen fascista con la esperanza de que un sistema autoritario de gobierno fuera más sensible a sus necesidades y deseos que el sistema que había antes de la guerra, el de la “Tercera República”, que se consideraba demasiado indulgente con la clase trabajadora, sobre todo bajo el gobierno del “Frente Popular” de 1936 y 1937. 

Lacroix-Riz siguió con otros estudios meticulosamente investigados (Industriels et banquiers français sous l’Occupation and Les élites françaises, 1940-1944. De la collaboration avec l’Allemagne à l’alliance américaine) que demostraron que esta élite había prosperado bajo los auspicios del régimen de Vichy del Mariscal Pétain, había colaborado entusiasmada con los alemanes y luchado con uñas y dientes contra una Resistencia en la que predominaban personas pertenecientes a la clase trabajadora y comunistas, y estaba decidida a introducir cambios radicales, incluso revolucionarios, después de la guerra. 

Esta historiadora demuestra ahora que la liberación no estuvo acompañada de una verdadera purga de colaboradores sino, bien al contrario, que las “gens très bien” de la élite estatal y empresarial de Francia lograron expiar sus pecados colaboracionistas y que gran parte del sistema de Vichy que tan bien les había servido de 1940 a 1944 siguió vigente, se podría decir que hasta la actualidad.

 Empecemos por la llamada “purga salvaje”, la supuesta persecución de personas inocentes por parte de partisanos comunistas o de comunistas que se hacían pasar por partisanos, es de suponer que en un intento de eliminar a rivales y oponentes para preparar un golpe de Estado revolucionario. Lacroix-Rix demuestra que hubo asesinatos y ejecuciones sumarias, pero la mayoría se produjeron en el contexto de los cruentos combates que surgieron ya antes del desembarco de Normandía y la liberación de París. Contrariamente a lo que sostiene la teoría de la ineficacia militar del Resistencia, esta desbarató los preparativos del enemigo de una defensa ante el desembarco de los aliados que se iba a producir en Normandía y provocó fuertes bajas, como admitieron las propias autoridades alemanas.

 Y la mayoría de las atrocidades perpetradas en el contexto de esa forma de guerra no fueron obra de los partisanos, sino de los nazis y los colaboradores, especialmente de la Milicia, por ejemplo, la ejecución de rehenes y la tristemente célebre masacre de Oradour-sur-Glane. Por otra parte, quienes luchaban en la Resistencia no atacaban a víctimas inocentes, sino a soldados alemanes y a colaboradores particularmente detestables, a menudo hombres a los que el programa de radio de la Francia Libre del general de Gaulle en Inglaterra había pedido reiteradamente castigar (e incluso ejecutar). Por lo que se refiere a las mujeres a las que se rapó la cabeza, muchas de ellas, si no la mayoría, eran culpables de actividades más atroces que la mera “colaboración horizontal”, por ejemplo, de traicionar a miembros de la Resistencia.

No hubo “purga salvaje” antes o durante la liberación y la supuesta purga importante que se iba a producir tras la propia liberación resultó ser una farsa. La élite tanto del Estado como del sector privado de Francia se había aprovechado a manos llenas de la colaboración y tenía buenas razones para temer la llegada al poder de sus enemigos de la Resistencia. Pero los radicales de la Resistencia no llegaron al poder tras la liberación, la élite fue castigada poco o nada por sus pecados colaboracionistas, su querido orden socioeconómico capitalista permaneció intacto (a pesar de algunas reformas) y la propia élite conservó la mayor parte de su poder y sus privilegios. Tenían que agradecer esta bendición inmerecida tanto a los estadounidenses que había liberado a la antaño grande Nation como al general Charles de Gaulle, el general que aspiraba a hacer que Francia fuera grande otra vez.

De Gaulle era un verdadero patriota, pero también un hombre conservador, extremadamente devoto del orden económico y social establecido de Francia. Por lo que se refiere a los estadounidenses, destinados a suceder a los alemanes como amos de Europa o, al menos, de la mitad occidental del continente, estaban decididos a hacer triunfar la “libre empresa” en toda Europa y a situar el continente bajo la órbita política y económica del Tío Sam, lo que significaba impedir cualquier cambio político y socioeconómico, excepto los meramente cosméticos, sin tener en cuenta los deseos y aspiraciones de quienes habían resistido a los nazis y a otros fascistas, ni del pueblo en general.

 También significaba perdonar, apoyar y proteger a aquellos colaboradores que tenían credenciales anticomunistas, que es exactamente lo que habían sido los miembros de la élite de Francia. De hecho, las autoridades estadounidenses no tenían nada en contra del régimen de Vichy y en un principio esperaban que subsistiera una vez que los alemanes fueran expulsados de Francia, ya fuera bajo Pétain o bajo cualquier otra personalidad de Vichy, como Weygand or Darlan, si fuera necesario tras una purga de sus elementos proalemanes más furibundos y tras aplicar una pátina de democracia.

 A fin de cuentas, el sistema de Vichy había funcionado esencialmente como la superestructura política del sistema socioeconómico capitalista de Francia, un sistema que Washington pretendía salvar de las garras de sus enemigos de izquierdas en la Resistencia. Al contrario, tras los reveses sufridos por Alemania en el Frente Oriental y en particular tras la Batalla de Stalingrado muchos colaboradores de Vichy lo vieron claro y esperaron la salvación en forma de un “futuro estadounidenses” para Francia o, en palabras de Lacroix-Riz, pasando de un “tutor” alemán a otro estadounidense. Después de una liberación por parte de los estadounidenses podían esperar que sus pecados e incluso sus crímenes colaboracionistas fueran perdonados y olvidados, mientras que las aspiraciones revolucionarias o incluso simplemente progresistas de la Resistencia iban a estar condenadas a seguir siendo un sueño imposible.

 A los dirigentes de Washington no les gustaba de Gaulle. Al igual que los partidarios de Vichy, lo consideraban una fachada de los comunistas, alguien que, si llegaba al poder, iba a preparar el camino para una toma de poder “bolchevique”, del mismo modo que Kerensky había precedido a Lenin durante la Revolución rusa de 1917. Pero poco a poco se dieron cuenta, como ya había hecho Churchill antes que ellos, de que iba a ser imposible endilgar al pueblo francés una personalidad que estuviera asociada a Vichy y que un gobierno encabezado por de Gaulle resultaba ser la única alternativa a uno establecido por la Resistencia, que estaba dominada por los comunistas y tenía ideas reformistas radicales. Necesitaban al general para neutralizar a los comunistas cuando acabaron las hostilidades. 

El propio De Gaulle logró tranquilizar a Washington prometiendo respetar el statu quo socioeconómico y como garantía de este compromiso incorporó a su movimiento Francia Libre a muchos colaboradores de Vichy que gozaban de los favores de los estadounidenses e incluso se les confiaron cargos de responsabilidad. De Gaulle se transformó así en un “líder de derecha”, aceptable tanto para la élite francesa como para los estadounidenses, que estaban dispuestos a suceder a los alemanes como “protectores” de los intereses de esa élite. 

Este es el contexto en el que de Gaulle fue llevado a toda prisa a París cuando la ciudad fue liberada a finales de agosto de 1944. La idea era impedir que la Resistencia dominada por los comunistas tratara de establecer un gobierno provisional en la capital. Los estadounidenses se encargaron de que de Gaulle se pavoneara por los Campos Elíseos como el salvador que la Francia patriótica había estado esperando durante cuatro largos años. Y finalmente, el 23 de octubre de 1944, Washington lo hizo oficial y lo reconoció como líder del gobierno provisional de la Francia liberada.

Bajo los auspicios del general de Gaulle Francia sustituyó el sistema de Vichy por una nueva superestructura política democrática, la “Cuarta República” (en 1958 ese sistema iba a ser sustituido por un sistema presidencialista más autoritario, al estilo estadounidense, la “Quinta República”). Y se ofreció a la clase trabajadora, que tanto había padecido bajo el régimen de Vichy, un paquete de beneficios entre los que se incluían salarios más altos, vacaciones pagadas, seguros de salud y de desempleo, generosos planes de pensiones y otros servicios sociales; en resumen, un modesto tipo de “estado de bienestar”.

 Todas estas medidas contaron con el apoyo generalizado de las personas plebeyas asalariadas, pero fueron rechazadas por los patricios de la élite y especialmente por los empleadores, por la patronal. Con todo, a la élite le agradó que esas medidas calmaran a la clase trabajadora, con lo que se quitaba viento a las velas revolucionarias de los comunistas, a pesar de que estos estaban en la cúspide de su prestigio debido al papel dirigente que habían desempeñado en la Resistencia y a su relación con la Unión Soviética, que en Francia todavía era considerada en general la vencedora de la Alemania nazi.

Se elevó oficialmente a los hombres y mujeres de la Resistencia a la categoría de héroes, se les dedicaron monumentos y calles. A la inversa, se “purgó” oficialmente a los colaboracionistas y se castigó a sus más abyectos representantes, incluso se condenó a la pena de muerte a algunos de ellos, pero ejemplo, al siniestro Pierre Laval, y se nacionalizó a importantes colaboradores económicos, como el fabricante de coches Renault. 

Pero con el gobierno provisional del general de Gaulle repleto de miembros de Vichy reciclados y con el Tio Sam mirando por encima de su hombro, de Gaulle se aseguró de que solo se castigara o purgara a los peces gordos del régimen de Vichy que tenían el perfil más alto. Muchos, si no la mayoría, de los bancos y corporaciones colaboracionistas debieron su salvación a tener una conexión estadounidense, por ejemplo la filial francesa de Ford. Se conmutaron muchas penas de muerte y los nuevos jefes supremos estadounidenses de Francia hicieron salir del país a escondidas a los altos cargos de la ocupación nazi (como Klaus Barbie) y a los colaboradores que habían cometido crímenes graves para que iniciaran una nueva vida en Sudamérica o incluso en Norteamérica, ya que los estadounidenses apreciaban el celo anticomunista de esos hombres. 

Muchos colaboradores se salvaron porque consiguieron presentar “certificados de Resistencia” falsos o porque de pronto contrajeron enfermedades que hicieron que se aplazaran sus juicios y se acabaran anulando. Los altos cargos locales culpables de haber trabajado con y para los alemanes se libraron de las represalias al ser trasladados a una ciudad donde no se conocía su pasado colaboracionista, por ejemplo, de Burdeos a Dijon. Y la mayoría de quienes fueron considerados culpables solo recibieron un castigo muy leve, un mero tirón de orejas. Todo esto fue posible porque el gobierno del general de Gaulle, y en particular su Ministerio de Justicia, estaban repletos de antiguos miembros de Vichy no arrepentidos. No es de extrañar que conformaran lo que Lacroix-Riz denomina “un club de apasionados oponentes de la purga”.

 Aunque la élite de Francia tuvo que volver a aguantar, como antes de 1940, los inconvenientes de un sistema parlamentario democrático en el que se permitía a las personas plebeyas cierta participación, logró conservar firmemente el control de los centros de poder no electos del Estado francés posterior a la guerra, como el ejército, el sistema judicial y los altos rangos de la burocracia y la policía, unos centros que siempre había monopolizado.

 Por ejemplo, los generales de Vichy, la mayoría de los cuales se sabía que habían sido enemigos de la Resistencia que se habían convertido convenientemente al gaullismo, conservaron el control de las fuerzas armadas y muchos altos cargos que había servido diligentemente a Pétain o a las fuerzas de ocupación alemanas conservaron sus cargos y pudieron continuar con sus prestigiosas carreras y beneficiarse de promociones y honores. 

Annie Lacroix-Riz concluye que el supuesto “estado de derecho” del general de Gaulle “saboteó la purga de los altos cargos [colaboracionistas] y permitió así […] que sobreviviera una hegemonía de Vichy sobre el sistema judicial francés” y, podríamos añadir, que sobreviviera un sistema al estilo de Vichy en general.

En 1944-1945 la élite de Francia no expió sus pecados colaboracionistas y tuvo la suerte de que gracias a la introducción de un sistema de seguridad social se pudiera conjurar la amenaza revolucionaria a su orden socioeconómico capitalista, encarnada por la Resistencia. Así, no acabó realmente el amargo conflicto de clase que había entre patricios y plebeyos de Francia en el momento de la guerra, que se reflejó en la dicotomía colaboración-resistencia, sino que meramente se dio una tregua. 

Y esa tregua fue esencialmente “guallista” ya que se firmó bajo los auspicios de una personalidad que era lo bastante conservadora para el gusto de la élite francesa y sus nuevos “tutores” estadounidenses, pero cuyo intachable patriotismo le granjeó el cariño de la Resistencia y sus votantes.

No obstante, con el colapso de la Unión Soviética y la desaparición de la amenaza comunista la élite francesa dejó de considerar necesario mantener el sistema de servicios sociales que había adoptado a regañadientes. La tarea de desmantelar el “estado del bienestar” francés, emprendida bajo los auspicios de presidentes proestadounidenses como Sarkozy y ahora Macron, se vio facilitada por la adopción de facto por parte de la Unión Europea del neoliberalismo, una ideología que defiende la vuelta al capitalismo del laissez-faire sin restricciones a la estadounidense. 

De este modo se reinició la guerra de clases que había enfrentado a la colaboración con la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. En este contexto es en el que la historiografía francesa estuvo cada vez más dominada por un revisionismo que es crítico de la Resistencia, e indulgente con la colaboración e incluso con el propio fascismo.

 El libro de Annie Lacroix-Riz ofrece un antídoto muy necesario para esta falsificación de la historia. Esperemos que otros historiadores sigan su ejemplo e investiguen hasta qué punto la historiografía revisionista (y los políticos de derechas) de otros países europeos, como Italia y Bélgica, han rehabilitado a los fascistas y los colaboracionistas, y han denigrado a la Resistencia antifascista.

Tenemos que hacer una última observación. Macron trata de destruir un estado de bienestar que se introdujo tras la liberación para evitar los cambios revolucionarios que propugnaba la Resistencia dirigida por los comunistas. Juega con fuego. En efecto, al tratar de liquidar los servicios sociales que limitan, pero no impiden, la acumulación de capital y que, por lo tanto, en esencia no son sino un incordio para el orden socioeconómico establecido, está eliminando un obstáculo importante para la revolución, una verdadera amenaza existencial para ese orden. Su ofensiva ha provocado una resistencia generalizada, la de los Chalecos Amarillos*.

 Hay que reconocer que este variopinto grupo no está dirigido por una vanguardia comunista como la Resistencia en la época de la guerra, pero sin duda parece tener un potencial revolucionario. El conflicto entre, por una parte, un presidente que representa a la élite francesa y a sus tutores estadounidenses, y que en muchos sentidos es el heredero de Pétain, y, por otra parte, los Chalecos Amarillos que representan a las descontentas e inquietas masas plebeyas que anhelan un cambio, herederas de los partisanos de la época de la guerra, puede hacer que Francia experimente algo de lo que se libró en el momento de la liberación: una revolución, y una verdadera depuración, no una falsa."          (Jacques R. Pauwels  , Rebelión, 24/01/2022)

14/10/21

Viaje a la Francia tenebrosa del nazismo y el colaboracionismo... Burdeos fue uno de los lugares de Francia que más colaboró con los nazis y ha padecido lo que yo denomino una amnesia organizada... El alcalde de entonces, Adrien Marquet, fue abiertamente colaboracionista y en el despacho del comisario de policía Pierre Poinsot se torturaba sistemáticamente a los judíos o a los miembros de la Resistencia para ayudar a la Gestapo... Las grandes familias burguesas vinícolas también frecuentaban los cócteles de las autoridades nazis... estos traumas históricos no se liquidan jamás

 "El escritor de novela negra Hervé Le Corre, de 66 años, se acerca a un callejón que hace curva en la parte vieja de Burdeos, su ciudad natal y en la que ha vivido siempre. Se para junto a un edificio abandonado. En el segundo piso hay un letrero luminoso antiguo, de los años cincuenta o sesenta, que dice “Hôtel Les voyageurs” (Hotel Los viajeros). Le Corre señala: “Ahí”. Y añade: “Yo venía a este barrio de joven porque un amigo mío vivía cerca. Era, por entonces, una zona peligrosa, con gente del hampa, y me atraía mucho. 

Por eso situé aquí, en ese hotel, el arranque de Después de la guerra. Me alegro de que, al menos, el letrero aún perdure. Es un buen nombre para un hotel, ¿no?”. La novela, publicada recientemente en la colección Roja y Negra por Reservoir Books, discurre casi enteramente en esta ciudad, se circunscribe a un año, 1957, particularmente convulso de la historia de Francia —y de Burdeos— y aborda dos elementos aún traumáticos para los franceses: el colaboracionismo y la guerra de Argelia.

En el hotelucho en cuestión donde empieza la historia unos policías corruptos, que en su tiempo ayudaron a los nazis a perseguir judíos y miembros de la Resistencia, interrogan a un pobre diablo que esconde una información que escupe a palos. A partir de ahí se desarrolla una trama violenta en la que confluyen las venganzas personales y las heridas históricas que nunca acaban de cerrarse y que son consecuencia de que una parte de la sociedad ayudó al peor enemigo en el peor momento. Por ahí desfilan soldados de la guerra de Argelia, policías depravados, exiliados españoles de la Guerra Civil, víctimas escapadas de un campo de exterminio, nazis ocultos, luchadores de la Resistencia y simples colaboracionistas.

 Le Corre tuvo muy claro dónde situar la acción. Y lo hizo por dos razones: “La primera, porque, al ser yo de aquí, todo me era más cómodo”. La segunda es más importante: “Burdeos fue uno de los lugares de Francia que más colaboró con los nazis y ha padecido lo que yo denomino una amnesia organizada. Esto lo dejó patente el estudio del comercio de esclavos —origen de la prosperidad de la ciudad—, que ha sido siempre muy difícil porque los archivos personales de las grandes familias burguesas siempre estaban ocultos. 

Y con lo que ocurrió en la II Guerra Mundial pasa lo mismo. El alcalde de entonces, Adrien Marquet, fue abiertamente colaboracionista y en el despacho del comisario de policía Pierre Poinsot se torturaba sistemáticamente a los judíos o a los miembros de la Resistencia para ayudar a la Gestapo. Las grandes familias burguesas vinícolas también frecuentaban los cócteles de las autoridades nazis. Además, aquí no hubo ninguna liberación de la ciudad. Simplemente, el ejército alemán se retiró. Y después se corrió un manto de silencio”.

Cuesta imaginar todo eso hoy, en esta animada y bella ciudad atravesada de tranvías y de calles peatonales, llena de bicicletas y de restaurantes al aire libre. Le Corre es un estupendo guía, y rescata de cada esquina o de cada portal una historia de resistentes traicionados o de colaboracionistas que a última hora se pasaron al bando bueno simplemente porque intuían que también era ya el bando vencedor.

“A los burgueses no les interesaba hablar, estaban demasiado implicados, los comunistas eran partidarios también de mantener aquello de que la Resistencia había ganado la guerra y la historia. De Gaulle fue partidario de dejar a jueces, policías y funcionarios en sus puestos, sin preguntar mucho a fin de que el Estado se volviera a poner en marcha sin demasiada interrupción, aprovechando la inercia, sin perder tiempo, ya que tenía miedo de que el Estado colapsara y fuera a parar a manos precisamente de los comunistas”.

 Para este escritor, que tiene publicadas en España, en la misma colección, otras dos obras, estos traumas históricos no se liquidan jamás. “Es normal que los momentos trágicos sigan suscitando polémica. Entre otras cosas, porque hay tendencias políticas que los retroalimentan. En Francia, por ejemplo, la extrema derecha, que es muy poderosa, sostiene que aquel periodo no fue tan negativo ni tan malo, defiende al mariscal Pétain y fomenta una especie de racismo antiárabe y antinmigración que nació en la guerra de Argelia. Hay un racismo poscolonial que aún está vivo, que aún perdura en el debate político”.

Le Corre fue durante toda su vida, hasta su jubilación, profesor en un colegio público de Francés y de Literatura francesa. Y siempre persiguió inculcar a sus alumnos, además de la gramática y de la indigesta ortografía francesa, el principio del placer ante la lectura. Él mismo lo sigue antes de embarcarse en cada libro: “A mí me encanta sumergirme en una época, aprenderlo todo. Disfruto muchísimo haciéndolo. Soy soldado o miembro de la Resistencia, sin padecer ningún riesgo. Esto no tiene precio. No creo ni en la literatura comprometida ni en la utilidad práctica de las novelas. Sí en su disfrute”. Recuerda, a propósito de eso, el día en que un alumno le pidió prestado el primer tomo de una novelota de 650 páginas de la que él había hablado en clase y que a los pocos días, tras devorarlo, le pidió el segundo. Al entregárselo, dice, se sintió orgulloso de sí mismo y de su tarea.

El personaje principal de la novela es un policía corrupto, egoísta, violento, cruel, colaboracionista sin ideología y arribista experto en saltar de un régimen a otro amparándose en sus contactos y en su puro egoísmo. “Hay muchos como él en la historia. Hay por todos lados. Y gracias a ellos, a los egoístas, las dictaduras prosperan. Son gente comprometida solamente con sus intereses personales y por eso se convierten en los mejores aliados de los totalitarismos”.

 Remarca la presencia de lo español en Burdeos (y por lo tanto, en la novela). Y señala que esta ciudad del sur de Francia se convirtió, tras la Guerra Civil, en un refugio para los exiliados republicanos. Después recuerda que la primera manifestación a la que acudió en su vida, en 1972, fue una convocada por españoles contra Franco. Y añade: “Aquí, cuando mataron a Carrero Blanco, se celebró en la calle, se bebió en la calle y se bailó. Yo eso lo he visto”. Después vuelve a recordar: “Había un vieux anarch, un viejo anarquista que se llamaba Sánchez que nos dejaba usar su linotipia para imprimir panfletos nuestros...”.

Pasan entonces por la calle unos chicos de 12 o 13 años jugando entre ellos y Le Corre se queda mirándolos y parece que está recordando más cosas de su juventud. Pero no: “No lo echo de menos, pero, ¿sabe? Ser profesor de chicos de esas edades era un trabajo fenomenal”.              (Antonio Jiménez Barca, El País, 10/10/21)

21/4/15

La Francia de Vichy

"En el Hôtel de Soubise, sede de los Archivos Nacionales, en pleno Marais parisiense, el mariscal Pétain da la bienvenida al visitante junto a la efigie circunspecta del mismo Adolf Hitler. 

La colaboración 1940-1945 es una muestra de pasillos estrechos y escenografía oscura que permite recordar, hasta el 5 de abril, lo sucedido durante el lustro que duró la colaboración con la Alemania nazi. Lo hizo Francia acomodándose a las exigencias del invasor, antes de abrazar su proyecto de civilización a través de una legislación manifiestamente antisemita.

 El régimen de Vichy, fundamentado en valores como "el trabajo, la familia, la patria, la piedad y el orden", excluyó a los judíos de la vida en común, prohibiéndoles ejercer oficios como los de funcionario, banquero, profesor, médico o artista.

 A partir de 1942, les obligó a lucir la funesta insignia amarilla y participó en su exterminio en nombre de la reconversión aria de Europa, con la deportación de 75.000 personas que residían en el territorio francés.

Los cientos de documentos, en su mayoría desclasificados por primera vez por las autoridades francesas, permiten reexaminar la actitud de los autóctonos durante la ocupación y los distintos grados de implicación que tuvieron en el avance del nazismo, desde el compromiso convencido e incondicional con la causa hitleriana a un acercamiento circunstancial y no necesariamente sincero.

 El objetivo es demostrar que el colaboracionismo pudo tener distintos grados, pero también que en ningún caso se trató de un fenómeno marginal. "La colaboración no fue solo política, sino también económica, administrativa, policial, militar, ideológica y cultural. Vichy no fue una simple sucursal alemana, sino un sistema plenamente francés, ligado a la tradición de la extrema derecha local", afirma el historiador Denis Peschanski, comisario de la muestra y uno de los grandes especialistas en el periodo. El comisario lleva tres décadas investigando sus complejos mecanismos, así como sus repercusiones en términos de memoria e identidad colectiva.

Peschanski desconfía ante quienes sostienen que toda Francia fue colaboracionista, igual que de aquellos que creen que todo el país sostuvo a la Resistencia. Más que esa minoría plenamente implicada en cada bando –"que no sumaba más de un millón de personas en cada lado", según el historiador–, el comisario se ha interesado por el comportamiento de las masas. "Hubo quienes se acomodaron a las circunstancias, pese a no ser colaboracionistas, básicamente por motivos económicos. 

Y después están los que rechazaron las delaciones, pese a no participar abiertamente en actos de resistencia, pero que fueron capaces de decir no. Este último grupo fue, claramente, el mayoritario".

El itinerario es extenso y no se amedrenta ante los tabúes históricos. Arranca en junio de 1940, cuando la Asamblea Nacional otorgó los plenos poderes a Pétain, como recoge el acta constitucional que lo erigió en jefe de Estado, presente en la exposición. "He estado con vosotros en los días de gloria. Lo seguiré estando en los días oscuros. Permaneced a mi lado", clamó entonces ante sus conciudadanos, como recoge una postal conmemorativa. 

Además, la muestra recoge por primera vez fotografías inéditas del encuentro entre el mariscal Pétain, su vicepresidente Pierre Laval y el embajador alemán Otto Abetz a pocas horas del famoso apretón de manos entre Pétain y Hitler en Montoire, a la orilla del Loira. El trayecto termina con algunos de los 300.000 expedientes de purga política creados tras la liberación para represaliar al colaboracionismo. 

Entre los castigos ejemplares, figuraba la pena de muerte a Laval y la cadena perpetua a Pétain, desterrado a un fuerte en la Isla de Yeu, enclave de la costa atlántica convertido hoy en destino turístico para burgueses izquierdistas. Sin ir más lejos, dos ministros de Hollande veranean allí.

Entre el inicio y el final, se multiplican los ejemplos de la violenta propaganda ejercida contra judíos y bolcheviques, además de numerosas fichas de los servicios policiales, que recogían las delaciones ciudadanas registradas durante esos cuatro años. Una carpeta contiene las denuncias contra la familia Cohen cerca de la Bastilla. Otra, la referente a los Blibaum en la rue Corbeau, y otra más, a los Bromberg en el barrio de Belleville.

 Forman parte de las más de 250.000 fichas que la policía parisiense aspira a desclasificar entre 2015 y 2019, al concluir el plazo de confidencialidad de 75 años que contempla la ley. Decenas de documentos e imágenes dan cuenta de ese régimen de terror cotidiano contra los judíos. 

Recogen historias como la del médico que exige a la policía que interviniera para evitar que su hijo se casara con su prometida judía. O como esa fotografía que describe el cambio de propietarios de una tienda de bolígrafos en 1940: "A partir del 1 de noviembre, la dirección será católica y francesa, igual que el personal".

La exposición también se detiene en la colaboración de los artistas. Contrariamente a lo que se cree, no fueron minoría. Ni tampoco "vivieron en una soledad amarga y deshonrada", como ya dijo Lucien Rebatet, autor de Les décombres, panfleto antisemita que se convirtió en un superventas en los tiempos de la ocupación.

 Además del conocido caso del escritor Louis-Ferdinand Céline, la muestra refleja la implicación de Pierre Drieu La Rochelle, Paul Morand o Ramón Fernández, que incluso fueron invitados por Goebbels al congreso de Weimar. El resto de artes tampoco se quedaron cortas: un reciente documental televisivo reveló el papel ambiguo que tuvieron personalidades tan conocidas como Maurice Chevalier, Edith Piaf, Sacha Guitry o Coco Chanel.

La cultura popular francesa lleva años interesándose por el fenómeno. Una serie de éxito, Un village français, que ya alcanza la sexta temporada en la televisión pública, se centra en esa muchedumbre sin etiqueta, a la que la historia en mayúsculas no ha prestado suficiente atención. "Me interesa ese 95% de ciudadanos que no se identificaban ni como resistentes ni como colaboracionistas, que no eran ni monstruosos ni heroicos, sino simplemente humanos", ha dicho su creador, Frédéric Krivine. 

Peschanski señala otros ejemplos del ardor que este oscuro episodio sigue despertando entre los franceses, como el último premio Nobel de Literatura, Patrick Modiano –premiado explícitamente por "desvelar la vida cotidiana durante la ocupación", según la Academia sueca– o el reciente escándalo originado por Le suicide français, exitoso ensayo del polemista Éric Zemmour, decidido a rehabilitar al régimen de Vichy, recordando que "salvó" a un 75% de los judíos franceses y se limitó a deportar a los extranjeros, argumento habitual en las filas de la extrema derecha francesa. 

Hoy supera las 300.000 copias vendidas. "Más que un trauma histórico, la ocupación constituye una obsesión francesa, porque se trata un capítulo definitorio de nuestra identidad como pueblo", afirma Peschanski."             (   , El País, París 31 MAR 2015)

3/10/11

"La figura de Mitterrand es emblemática... estuvo con Vichy durante los primeros momentos y luego en la Resistencia" y nunca reconoció que el Estado francés era culpable"

Los oficiales de la Wehrmacht llenaban los espectáculos de cabaré en París
 
"¿Qué vida llevaban Picasso, Camus, Sartre, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras y los centenares de artistas e intelectuales que se quedaron en el París ocupado por los nazis? 
 
¿Qué tipo de relación mantenían los marchantes de arte, los editores, los productores, los directores de orquesta o los empresarios teatrales con los censores alemanes y el Propaganda Staffel que Goebbels había creado para subyugar a la cultura francesa? Esto y otras cosas cuenta Alan Riding, uno de los grandes maestros del oficio de periodista, en Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis (Galaxia Gutemberg). (...)
 
"Sí, la vida cultural de París se reanudó muy pronto. Por muchas razones, incluida la francofilia confesa de muchos alemanes. Sartre, Camus, Picasso y muchos otros pasaron toda la guerra y las fiestas que hacían acababan en inmensas borracheras. Lo cuenta muy bien Simone de Beauvoir: como había toque de queda se quedaban toda la noche bebiendo", explica el autor, "pero tengo que decir que yo he vivido en situaciones como las de Argentina bajo la junta militar y había mucho menos alegría que en el París ocupado".

Como buen conocedor de Francia y parisiense de adopción, Riding sabe de la ambigüedad con la que la sociedad francesa ha manejado la cuestión del colaboracionismo durante la ocupación alemana. "Es a causa de la reinvención de Francia por parte del general De Gaulle, que entendió la necesidad de restituir el orgullo al país, que finalmente volvía a ocupar un rango de gran potencia.

Cierto, en los primeros momentos se pidieron cuentas y hubo ejecuciones, pero pronto se vio que no se podía sacar toda la mugre". "La figura de Mitterrand es emblemática en este sentido", añade. "Tiene un pie a cada lado, estuvo con Vichy durante los primeros momentos y luego en la Resistencia" y nunca reconoció que el Estado francés era culpable. Tuvo que hacerlo Chirac.

"Pero con el fin de la guerra fría se descongela la historia de Europa", asegura Riding, "y surge el tema que ha sido silenciado durante casi 30 años, el de los judíos y el expolio al que fueron sometidos, especialmente en obras de arte".

El libro da cuenta también del periodo anterior a la ocupación, de cuando las autoridades francesas crearon los campos de concentración para meter a los llamados extranjeros indeseables, que a menudo se juntaban con los refugiados españoles, y de la brutalidad de los guardianes franceses.

Es un periodo de mucha incertidumbre. Picasso, por ejemplo, pide la nacionalidad francesa para protegerse por haberse significado en favor de la República Española, pero los franceses se la deniegan por unos informes de España donde se le calificaba de anarquista.

Riding no quiere juzgar a quienes se quedaron en París y reanudaron discretamente sus vidas e incluso se rozaron con el enemigo. Los tiempos eran duros. "Todos nos podemos preguntar qué habríamos hecho en una situación así o en la España de la Guerra Civil; es algo que comprobé en América Latina, donde yo viajaba con la protección de ser el corresponsal de The New York Times, en la época en la que la gente desaparecía o era asesinada en Guatemala o en Argentina. Eran era gente como yo: periodistas, profesores de universidad, artistas. Unos se iban del país; otros tomaban las armas...".

"Los bailarines, los músicos, los actores, tenían que trabajar, y casi todos volvieron a París después del éxodo de los primeros días de la ocupación. ¿Hasta qué punto se asociaron con el ocupante? Cierto, una cosa es aceptar un viaje a Alemania y otra tomarse una copa con un oficial alemán".

El mundo del arte es central en el libro de Riding. A Picasso le redime por boca de su amante de aquellos años, Françoise Gilot. "Sí, se pasa toda la guerra en su estudio de París", admite. "Tal vez hubiera podido escaparse a Nueva York, como hicieron otros, pero el hecho es que escoge vivir en París.

Era una presencia. Todo el mundo conocía dónde estaba su estudio, aunque él intentaba mostrarse poco. Se decía que algún oficial alemán le daba madera para quemar en su estufa, o que el sonderführer del Propaganda Staffel le proporcionaba telas para pintar. Pero debían ser pocas, porque su producción en aquella época es muy limitada".                (El País, ed. Galicia, 28/09/2011, p. 35)