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21/9/16

“Soy quijoptimista contra el pesimismo sanchopanzista”

"(...) Enrico escribió Quijote y los invencibles como un libro abierto, una espeleología cervantina. Para él, Don Alonso Quijano no es invencible porque siempre gane, que eso lo puede hacer cualquiera, sino porque nunca se da por vencido. (...)

“He leído el Quijote dos veces, con 14 y con 50 años. De joven me enfadaba con Cervantes porque no le ahorraba ninguna humillación a su protagonista ni al mío. De adulto, siendo ya coetáneo del Quijote, reconocí la fuerza prodigiosa que le permite levantarse tras las derrotas, del polvo, para batirse de nuevo. 
Ni siquiera la piel del rinoceronte consigue estar más preparada para reimaginar las  heridas del cuerpo y del amor propio”, dice. Y convence. (...)

Su palabra tiene algo muy fuerte, un estramonio de verdades. Una altura precisa. No por nada su otra gran pasión, después de —o junto a— la literatura, es el alpinismo. Tiene sentido: tanto escribir como escalar tienen en común un peligro mayor para quien lo observa desde fuera que para quien está dentro. Y un auxilio más corto.

 Él lo tuvo cuando aún era albañil, y camionero, y trabajador para Fiat. O conductor de vehículos de apoyo durante la Guerra de los Balcanes. O viendo cómo encarcelaban a algunos de sus amigos por sus ideales. Mucho trote.

“La derrota es una cuestión personal, tiene que ver con las vidas individuales en el fondo del saco del siglo XX. Creo que muchas otras batallas de ese siglo en las que participé se ganaron”, sentencia. Pero entonces, ¿qué le hace ser quijoptimista? “Soy quijoptimista contra el pesimismo sanchopanzista”. Lo de aquellos, de otros, quienes prefieren pensar en las consecuencias que actuar por instinto. Es decir, que Rocinante no está solo. 

Para Erri de Luca, la distancia irónica del don se desvanece cuando tomas a Quijote —que no Don Quijote— como vigía o bocina de tu barco. “Quijote no acepta ser espectador y destroza un teatro de marionetas en una posada porque no soporta su condición de impotente acomodado en la sala. Su irritación merece ser, todavía hoy, contagiosa”, declama cuando se le pregunta si no hay que dejar títere sin cabeza. 

Porque para él Quijote tiene el tiempo de las cosas inasibles. Es algo más abstracto que un mero personaje de ficción, ya de por sí en la abstracción de una memoria o un poso colectivo. Quijote, vamos a darlo por sentado, no es un soñador. Es un visionario. 

Y la diferencia es un vértigo entre un mundo inventado y el invento del mundo. Quijote destapa esas máscaras. Y, si estuviera vivo, si fuera hoy su publicación, Quijote seguiría viendo la desigualdad a combatir, la llamada a la acción porque el velo de la realidad no le cohíbe de su verdadero pero altruista patetismo:

“Quijote es inactual, obliga a la realidad a adaptarse a él. Hoy Quijote sería médico e iría a curar a los heridos en los sitios en guerra. Hoy Quijote forzaría la paz ahí donde estuviese, aunque a su alrededor estuviesen cayendo bombas”. 

Forzar la paz como quien tira de una cuerda. Para Erri de Luca, el Quijote no tendría reparos en hablar del Brexit (“Le dejaría las islas a Sancho”) y, más importante, actuaría mientras los demás piensan.

“[Quijote] No se ocupa de compromisos y de razones de Estado. Para él existen sólo las razones de la calle, estas sólo llaman su atención y le obligan a intervenir. Su ley moral está dispuesta a infringir los artículos de sus códigos, sin miedo de las consecuencias. 

Actúa por amor, que es un presidio interior invulnerable”, agrega como quien habla de un amigo pródigo. Pero entonces, la pregunta, él que ha dicho que los migrantes actuales sólo tienen un puerto de ida, no un puerto de llegada, es evidente: ¿Y con los refugiados? 

“Como hombre del Mediterráneo, 
Cervantes primero y Quijote después socorrerían a los náufragos. En los alambres de espino, Quijote reconocería la corona de espinas en la cabeza de Cristo y se la quitaría”, y habla como si fuera verdad que uno no puede darse por vencido. Y vuelve a convencer. 

“Los viajantes de flujos migratorios, la figura de innumerables Ulises que han transformado Ítaca en Lampedusa, el viaje de vuelta de un hombre solo en el viaje de solo ida de una flota incalculable. Esta es la épica que tenemos delante, pero que ningún Homero canta”.

Falta un Cide Hamete Benengeli —la ficticia figura que inventó Cervantes en el Quijote, un supuesto historiador musulmán de quien el autor traducía las aventuras del hidalgo-- para abrirnos los ojos, alguien que rasgue la primera capa de realidad, que rasque unos odres de vidrio por matar a un mal sarraceno. Aquel pleonasmo de la Historia que decía “los vencedores se erigen en jueces sin dejar de ser enemigos”.

“Es una frase de Carl Schmitt y se aplica al proceso de Núremberg, a su exigencia jurídica que a mi parecer está muy desequilibrada en la necesidad histórica de introducir el derecho penal para crímenes de guerra. Más allá, se puede aplicar, hoy, a los Erdogan de turno”. Los malos sarracenos, esta vez sí.

Pero aun con todo (lo visto, lo oído, lo aprendido, lo olvidado), Erri de Luca es quijoptimista. Su libro Quijote y los invencibles tiene una filosofía muy nómada, que se va a asentando en cada lector como en una cueva nueva y que hace suya. Y no sólo de la palabra de Cervantes vive el libro: por sus páginas resuenan poemas de otros de adarga antigua y rocín flaco.

 Cuando se le pregunta por los poetas, a la manera de aquellos versos de León Felipe que bramaban 'Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos./ Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto', como si el Quijote hubiera sido el último, Enrico responde: “No creo que la cuota de locos en circulación hoy en día sea escasa. A diferencia de los tiempos antiguos no podemos imaginar meterlos a todos en un barco y dejar que se destruyan entre ellos en La nave de los locos de El Bosco”.
Y va a más: “La gran mentira de nuestro tiempo es la que nos decimos a cada despertar: buenos días. Es una mentira pero hace falta decirla para seguir siendo humanos”. Porque Erri de Luca es pésimo optimista, pero un magnífico quijoptimista. 

Tal vez esto se lo haya dado su estudio de la Biblia. El escritor aprendió de forma autodidacta hebreo antiguo e incluso el yiddish, y se dedicó a traducir el Antiguo Testamento, lo que le ha conferido al texto, dada su condición de no creyente, de un despojamiento de todo lo marciano e imposible de sus palabras. Y como los conoce tanto, no duda en llamar al Quijote 'la caricatura de Dios'.

“Es un reparador de errores en la tierra. Como cada profeta, se ha visto alcanzado por las palabras decisivas que lo han desalojado de su vida, de su casa, a la intemperie. Las palabras pronunciadas por la divinidad no lo han desencadenado, sino las palabras de la literatura, de los cuentos de caballería. 

La literatura, en ciertos casos, sustituye a la palabra sagrada. Esto la hace incendiaria pero frágil, con una escotilla bajo el brazo, lista para engullir al personaje y hacer reír a la platea. El escrito juega a ser artífice, a ser el creador. Por esto es la caricatura de la divinidad”.  

“A mí el aniversario de Shakespeare me importa poco y en general soy insensible a estas fiestas. En cualquier caso Shakespeare es más teatral y cinematográfico que Cervantes, esto explica su maquillada actualidad”, comenta con un cierto aire de desapego, como si las efemérides fueran de verdad casualidades del calendario. 

Un calendario que no cesa. Y con eso acaba. “La juventud está condenada a tener un futuro. Lo tendrán por vía biológica. Es el proyecto de un futuro, su imaginación y la lucha para favorecerlo que ha perdido energía. La juventud sufrirá un futuro que no habrá querido conjurar”. Y vuelve a convencer. "                      (Entrevista a Erri de Lucas, Alvaro Macías, CTXT, 14/09/16)

15/7/16

Hay sesenta millones de refugiados en el mundo, la suma más alta de parias desde 1945. La cifra se ha triplicado en el último año

Refugiados polacos en un campo en Irán en 1943. (Biblioteca del Congreso de Estados Unido) 

"Hannah Arendt iba a comer con su madre cuando un policía de Berlín la arrestó y se la llevó a la prisión de Alexanderplatz. Corría el año 1933. Hitler llevaba varios meses en el poder; los agentes de Hermann Göring acorralaban a activistas sospechosos. 

La joven investigadora de la Organización Sionista Alemana pasó ocho días en la cárcel, mientras los gendarmes registraban su apartamento, examinaban sus anotaciones filosóficas y estudiaban sus misteriosos códigos – una selección de citas de griegos clásicos. Cuando la soltaron, hizo las maletas.

Desde el incendio del Reichstag en febrero, la vida se había convertido en un infierno para los socialistas, los comunistas y los judíos. Como tantos antes que ella, y como otros muchos después, Arendt huyó a París. Pasaría los siguientes dieciocho años como refugiada, apátrida, paria. 
 
Hay sesenta millones de refugiados en el mundo, la suma más alta de parias desde 1945. La cifra se ha triplicado en el último año. La mitad de los ‘no deseados’ del mundo tienen menos de 18 años. La mayoría crecerá en un campamento. Muchos morirán escapando sus países de origen; más de 3.000 refugiados murieron ahogados en el Mediterráneo en 2015.

 Los más afortunados crearán nuevos hogares. Pero no es difícil calibrar hasta qué punto se sentirán bienvenidos a juzgar por el nivel de decibelios de los nativistas como Donald Trump, un coro de gobernadores y candidatos republicanos en los Estados Unidos, Marine Le Pen en Francia y el pujante Partido Popular Danés. Mientras estas voces negativas tengan un megáfono, ¿podrán sentirse en casa los refugiados?
Es preciso tomarse en serio esta enfermedad humana. La actual se está convirtiendo a toda velocidad en la crisis humanitaria más grave de nuestro tiempo. Los xenófobos empeoran la situación al negar la existencia de la tradición de otorgar asilo a los apátridas. Este ciclo no es nuevo, y la historia nunca lo juzga positivamente.

 La gente rememora las políticas de cierre de fronteras con vergüenza (esta es, desde luego, la manera en la que los estadounidenses, los canadienses y muchos otros ven el tratamiento que se les dio a los judíos en busca de asilo en los años 30 y 40). ¿Estamos condenados a repetir esos episodios?

 Si no logramos articular una respuesta coherente a los xenófobos en nuestras sociedades, la respuesta será ‘sí’, y las nefastas consecuencias para las relaciones con y dentro del mundo islámico y otras zonas de emergencia persistirán en el tiempo

. ¿Puede Hannah Arendt, la encarnación de la filosofía pública, ayudarnos a formular una respuesta ilustrada? ¿Puede esta antigua refugiada ayudarnos a reafirmar nuestras obligaciones para con quienes no tienen otro lugar en el que hallar refugio?
La respuesta está enraizada en sus años como paria y sus observaciones sobre la deshumanización. La experiencia propia de apátrida ayudó a Arendt a forjar los elementos del libro que la haría famosa en Estados Unidos y en todo el mundo.  Arendt terminó de escribir Los Orígenes del Totalitarismo en 1950. En él, apuntó que “un hombre que no es nada más que hombre ha perdido las cualidades mismas que hacen posible que otra gente le trate como hombre”.

Sin comunidad política, el hombre es un paria. Meses más tarde, Arendt cerró un largo y agónico capítulo de su vida al convertirse en ciudadana naturalizada de los Estados Unidos, abandonando así su condición de paria.
Y, sin embargo, su carácter de apátrida queda a menudo en el olvido. Recordamos su años en Alemania y su romance con Martin Heidegger, que dieron lugar a gran parte de su preocupación con respecto a los límites del idealismo. Y recordamos sus años en Estados Unidos. Cuando leí por primera vez Los orígenes del totalitarismo como estudiante, era ya un clásico de la Guerra Fría.

Hubo muchas noches bañadas en cerveza debatiendo la diferencia entre los regímenes autoritarios y los totalitarios, disputando las distinciones ideológicas sobre la política exterior del presidente Ronald Reagan. Nos obsesionaba qué clase de estado imperaba. Pero, ¿qué hay de la cuestión de qué significa no tener estado? Eso no nos preocupaba tanto.
Hoy en día, en nuestra era del terror y los fugitivos, hay otra manera de leer Los Orígenes. Hay otra Arendt a la que recordar, no tanto la americana, elevada a la fama por la política de la Guerra Fría o sus palabras agudas sobre el juicio a Eichmann y la banalidad del mal, pero hemos olvidado los motivos de la aflicción de la Arendt apátrida que posaba para la imagen que se hizo icónica.

Los orígenes del totalitarismo es un libro que bebe de un inmenso caudal de experiencias personales. A su llegada a París, Arendt se movió entre los pequeños hoteles de la Calle Saint Jacques, en el barrio estudiante de la margen izquierda del Sena. Estaba casada con el también filósofo Günter Stern, pero su matrimonio estaba en plena descomposición.

Se divorciaron oficialmente en 1937, y Stern se marchó a los Estados Unidos. Poco después, conocería a Heinrich Blücher. Aunque no era judío, sino un comunista autodidacta, Blücher era un paria a su manera. Ambos se mudaron a un apartamento en la Rue de la Convention en el distrito 15, que estaba entonces plagado de expatriados alemanes.

El dinero para pagar el alquiler venía de pedazos empeñados del oro de su madre, contrabandeado a Alemania en forma de botones cosidos a su ropa y después vendido a una adinerada mecenas judía. Un vecino, el estudiante de economía Otto Albert Hirschmann (hoy conocido como Albert O. Hirschmann) tenía que combatir una plaga de cucarachas para que él y su hermana Ursula (objeto de las seducciones de Blücher antes de que este conociese a Arendt) lograsen dormir.

 ¿La solución? Meter las patas de la cama en jarras de queroseno para que los enjambres de insectos no consiguieran escalar hasta la cama.
El exilio supone el desahucio de la comunidad política de uno. Pero también trae consigo nuevos encuentros. No ser querido nunca se limita al rechazo de los que te expulsan. También enreda a los refugiados con las ambigüedades de sus anfitriones. En el caso de la legiones de judíos de la Europa Central que huían a París o Londres, el exilio suponía lidiar con los judíos del establishment que a menudo dirigían las organizaciones caritativas que se encargaban de los fugitivos.

Arendt comprendió su situación de paria a través de los encuentros con otra condición judía: esos arribistas judíos del establishment. Los llamaba ‘parvenus’, y pesaban mucho en su pensamiento acerca de la condición judía y la de los apátridas. Incapaz de asimilarse del todo, los parvenus estaban decididos a hacer todo lo posible para demostrar que en realidad sí estaban integrados.

 El primer libro de Arendt versaba sobre la vida de Rahel Varnhagen, una mujer ilustrada, de la alta sociedad, cuyo salón era un famoso enclave de tertulias entre los berlineses cultos hasta que el nacionalismo prusiano de la Guerra Napoleónica dio al traste con la judería. Incluso su prometido la abandonó antes de su boda en un afán por dejar clara su lealtad teutónica a la nación cristiana. Escrito coincidiendo con la llegada al poder de Hitler pero no publicado hasta 1958, Rahel Varnhagen tenía un valor especial para Arendt.

En enero de 1933, mientras hacía los últimos retoques al libro, escribió a su mentor, Karl Jaspers, que era alemana por cultura, idioma y filosofía, pero no en su carácter: “Sé de sobra lo tardía y parcial que ha sido la participación de los judíos en el destino alemán, hasta qué punto entraron por casualidad en lo que era entonces un país extranjero”.

 Por mucho que los parvenu se desviviesen por evitar a los parias, ambos estaban unidos por la cintura. En la edad burguesa, cada generación de judíos tenía que decidir qué camino tomar: adaptarse y esconder sus orígenes, u observar el mundo desde los márgenes. Ambas, señalaba Arendt, “eran formas de soledad extrema”.
Su mudanza a París le permitió observar de cerca a los parvenus. El trabajo previo de Arendt para la Organización Sionista Alemana (y algunos de sus contactos) le llevaron a conocer a la Baronesa Germaine de Rothschild. Era difícil imaginar un emblema mejor para el grupo. La Baronesa era la matrona del aristocrático Consistoire de Paris, que gestionaba escuelas, sinagogas, tribunales religiosos, tiendas kosher y un seminario.

El trabajo de Arendt consistía en controlar todas las donaciones de la matrona a las organizaciones benéficas judías, lo que ocasionaba una mezcla de admiración por el trabajo privado con los desfavorecidos e impaciencia por su señorial aversión a tomar partido en asuntos de la vida pública por principio.
Mientras Arendt navegaba entre el mundo de los parias y sus cucarachas y el de los parvenus y sus elegantes veladas, los xenófobos alborotaban las calles. La Grisalle de París ofrecía en primicia un escándalo que a punto estuvo de llevarse consigo la Tercera República. Alexandre Stavisky, un judío ruso que había progresado en el escalafón social, desde operario de una fábrica de jabones a financiero, había hecho fortuna vendiendo lustrosos bonos contra el valor de las esmeraldas de la “Emperatriz de Alemania”.

Las joyas resultaron ser de plata, y todo el montaje se desmoronó, generando un enorme escándalo público. Para entonces, la influencia de Stavisky en la prensa y los despachos del poder era notoria, lo cual sirvió para que prosperasen acusaciones de la recurrente conspiración judía. Después de su misteriosa muerte en 1934 – que las autoridades declararon un suicidio pero muchos consideraron un asesinato—varios ministros del gobierno francés, entre ellos el Primer Ministro, Camille Chautemps, tuvieron que dimitir.
Cuando el nuevo gobierno intentó purgar a la policía de sus notorios comandantes antigubernamentales, la derecha francesa desató su furia. En febrero de 1934, la Place de la Concorde se convirtió en un campo de batalla entre los nacionalistas y la policía.

 El enfrentamiento dejó 15 manifestantes muertos. Aterrorizada, Arendt llenó sus cuadernos de recortes de periódicos sobre el escándalo y el resurgir del antisemitismo en Francia. Su decepción con los parvenus aumentó sobremanera. Para ellos, mantener la cabeza gacha era la mejor manera de salvar el cuello.

La perspectiva de Arendt sobre el Affaire Dreyfus anticipaba las futuras acusaciones de falta de compasión y amor para con su pueblo. Es un asunto escabroso de la arendtología, que divide a sus partidarios de sus detractores. Surge en las acusaciones de autodesprecio judío tras la publicación, en 1963, de Eichmann en Jerusalén.

El libro se convirtió en un icono de la práctica de culpar a las víctimas: se acusaba a los líderes judíos de hacer muy poco para defender a sus comunidades ante las embestidas furiosas. Sus críticos, empezando por Norman Podhoretz en la revista Commentary, le acusaron de hacer demasiado por culpar a los judíos de su ruina (él prefería la narrativa del bien contra el mal y la sacralización del Holocausto en la memoria judía como el trauma moderno que definía al pueblo).

 Por su apostasía, se condenaba de nuevo a Arendt al destierro como traidora judía. El mito del autodesprecio de Arendt continúa en nuestros días. La película de 2013 Hannah Arendt, de Margarethe von Trotta, está plagada de acusaciones de autodesprecio judío, que son el centro del drama, pese a que al hacerlo la película retrata a Arendt como símbolo universal vilipendiada por los gruñidos sionistas.

 La mitología, vaya en la dirección que vaya, obvia el mensaje sobre la condición específica de paria. Arendt nunca acusó a todos los judíos de haberse practicado a sí mismos el genocidio; se enfrentó a sus líderes silenciosos y cómplices por no haber hecho más para defender a quienes no podían hablar.
Los juicios tienen un enorme peso en esta saga. Dreyfus. Eichmann. Tengamos en cuenta cómo respondió Arendt a la kristallnacht, la noche del 9 de noviembre de 1938 en la que las bandas nazis arrasaron las tiendas y hogares judíos: Arendt estaba tan horrorizada como los demás por el ahínco con el que los nazis destruían.

 Pero también se mostró decepcionada con el hecho de que los líderes judíos franceses se distanciasen de Herschel Grynzspan, un judío polaco cuyo asesinato de un diplomático nazi en París en noviembre de 1938 se convirtió en el pretexto para que los matones arrasasen Alemania.

 Mientras repasaba los periódicos, tomando notas y haciendo recortes, Arendt trató el juicio de Grynzspan como un examen al compromiso de los líderes judíos con su propia gente. En lugar de encargarse de que el paria tuviera un juicio justo, estos sacrificaron a Grynzspan con su silencio.
Incluso en ese caso, la línea que divide al paria sin derechos de los parvenus con derechos que se negaban a utilizar no resulta tan clara. Capaz de ser despiadada, Arendt apreciaba el pathos de los parvenus: reclamaban un hogar del que nunca podían estar seguros. He ahí la importancia de la soledad de Rahel Varnhagen. En el exilio, Arendt llegó a ver lo que los parvenus siempre supieron: el hogar no se podía dar por sentado.

Esta precariedad motivaba la quietud. Si bien Eichmann en Jerusalén tenía cosas escabrosas que decir sobre el papel de los parvenus en la destrucción de los judíos, lo que encendía a Arendt era su sentido de que aquellos dotados de derechos tenían la obligación de utilizarlos en defensa de los que no los tenían. Si los parvenus eran culpables, no era tanto porque hubieran renunciado a sus derechos, sino porque no habían defendido a quienes carecían de derechos.
La silueta del libro de Arendt tomó forma en superposición a los cielos negros de 1938. Por mediación de su amigo Walter Benjamin, cuyo apartamento en rue Dombasle en el distrito 15 se convirtió en el segundo hogar de Arendt, y donde ella y Blücher pasaron largas noches debatiendo sobre diversos asuntos, Arendt empezó a componer sus ideas. Entretanto, la represión alemana y la anexión de Austria mandaban nuevas hornadas de parias a París.
Aunque no trabajaba como voluntaria ayudando a refugiados, Arendt tomaba notas frenéticamente, consciente de que se avecinaba un tiempo de ajuste de cuentas. Cuando Francia declaró la guerra en septiembre de 1939, hubo una larga pausa, conocida como la drôle de guerre, o guerra falsa. El gobierno francés empezó a apresar a alemanes sospechosos. Hombres como Blücher tuvieron que entrar en campos de trabajo.

Puesto en libertad después de unos meses, Blücher regresó a París; él y Arendt prepararon una boda apresurada el 16 de enero. Conseguir un certificado de matrimonio francés bien podría haberles salvado la vida a ambos: varios meses después, Hannah y Heinrich pasaron de ser parias unidos a prisioneros alejados el uno del otro, y sus papeles de matrimonio les servirían como billete de partida lejos de Europa.

Mientras las divisiones Panzer cruzaban las fronteras, el gobierno francés ordenó a todos los hombres nacidos en Alemania, Sarre, y Danzig entre las edades de 17 y 55 años, además de a las mujeres sin hijos, entregarse en campos de internamiento.

 Los hombres fueron al Estado de Buffalo, las mujeres al notorio Vélodrome d’Hiver, hoy conocido como la Place des Martyrs Juifs, al límite del distrito 15. (Dos años después, ese sería el estadio desde el que los judíos de París subirían, como ganado, a trenes camino de Auschwitz). Tras pasar una semana sobre gradas de cemento, Arendt y los demás se montaron en los autobuses.

 Los pasajeros lloraban mientras la caravana abandonaba París para llevarles a Gurs, un campamento para refugiados españoles y Brigadistas Internacionales. Desconectados del mundo, los internos hacían lo que podían para ahuyentar el aburrimiento y la ansiedad con rutinas y rituales.

 Cuando Francia cayó a manos de los nazis seis semanas más tarde, la aprensión se tornó pánico; corrió el rumor entre los presos de Gurs de que se les iba a entregar a la Gestapo. Algunos lograron utilizar sus certificados de naturalización y sus papeles de matrimonio como pasaportes para salir. Arendt cruzó las puertas del campamento para adentrarse en el caos de los primeros días de la Francia Vichy.
Los Orígenes del Totalitarismo tomó forma en los siguientes meses, llenos de peligro y descorazonadores. La Francia de Vichy era la viva imagen del tumulto. Millones de personas cruzaban del territorio ocupado por los nazis al norte.

Las carreteras estaban atestadas de bicicletas, carretas y coches. Arendt caminó e hizo autostop hasta la casa de una amiga en Montauban, una ciudad de provincias no muy lejos de Toulouse, desde donde pudo mandar noticias de dónde se encontraba a París.

 Un día, mientras caminaba por la calle principal de Montauban, se topó con Blücher, al que habían liberado de su campo cuando las tropas alemanas entraron en París. Ambos se abrazaron en medio de la algarabía de colchones, muebles y juguetes rotos de niños refugiados. Encontraron una casa vacía y se instalaron ahí, a la espera.
Al tiempo que la llegada del verano de 1940 trajo consigo los decretos antisemitas del Mariscal Philippe Pétain, Arendt se sentaba en el jardín o en un improvisado pupitre, leyendo y tomando notas. Fue en Montauban donde leyó las obras del escritor de origen judío Marcel Proust, que aparecería de manera prominente en Los Orígenes – el escritor que transformaba “ocurrencias mundanas en experiencias profundas” del mismo modo que Arendt estaba convirtiendo sus experiencias en meditaciones sobre el mundo.

 Él fue su testigo sobre las ambiciones desalmadas de la Francia burguesa, y su desintegración en una sucesión de bandas vacías de respeto propio o virtud, intolerantes con los de fuera, los judíos o los “invertidos”. Un judío “desjudizado”, Proust observaba un mundo al que solo podía pertenecer en parte, máxime por su condición de gay.

El jardín fue también el lugar desde el que Arendt digirió Sobre la Guerra, de Clausewitz, que no figura en Los Orígenes, pero que le dio pistas para entender el desmoronamiento del sistema de estados europeos. Citando a Clausewitz, Lenin había argumentado que el colapso del sistema de estados en la Primera Guerra Mundial había creado las condiciones para la revolución; para Arendt, otro desmoronamiento dio lugar a las condiciones para lo contrario una generación más tarde.
Como a Lenin, los serpenteos de Arendt le llevaron hasta el imperialismo. Cuando el antisemitismo incentivó los hábitos conquistadores de Europa –concepción que fecha en 1884, el año de la Conferencia de Berlín que troceó África en posesiones coloniales— el mundo obtuvo lo que ella llamaba “imperialismo racial”.

 Hizo pivotar a los europeos hacia el continente negro en busca de oro y diamantes. (Los críticos posteriores de Wall Street deberían considerar la posibilidad de adentrarse en el capítulo cinco de Los Orígenes, en el que hallarán vitriolo de primera para quienes perseguían la “riqueza superflua” creada por “los primeros parásitos de entre los parásitos”.

 La “primera clase que quiere beneficios sin cumplir ninguna función social real”). La ruina de África y la persecución de los judíos eran dos caras del descenso del nacionalismo europeo del patriotismo a la barbarie. El imperialismo racial despegaba justo cuando el sistema de estados-nación europeos quedaba fuera de control, dejando vía libre a todas las fuerzas que acechaban bajo la gentil superficie.

El dinero, las leyendas, el imperio, las concesiones a las masas y la promesa de una expansión imperial ilimitada “parecían ofrecer un remedio permanente para un mal permanente”, escribió Arendt. La alta sociedad y las masas podrían unir fuerzas y, Arendt se castigó con una conclusión apocalíptica, destruir la tierra:
“No importa lo que digan los científicos, la raza es, políticamente hablando, no el principio de la humanidad sino su fin, no el origen de los pueblos sino su decadencia, no nacimiento natural del hombre sino su muerte antinatural”.

Estar en Francia significaba campos y deportación a Alemania, o esconderse. No había refugio. Para el final del verano, un americano llamado Varian Fry se había aliado con Hirschmann, que entonces operaba con el nombre de Albert Hermant “née a Philadelphie” —Fry bromeaba con que su mano derecha tenía demasiadas identidades como para ser de confianza — para crear la operación del Comité de Rescate de Emergencia en el Hotel Splendide en Marsella.

Juntos, persuadieron a los sectores marginales del puerto, mafiosos, estafadores y prostitutas, para convertir visados americanos en vías de escape, con pases falsos de tránsito, permisos de salida, dinero y una ruta de fuga por los Pirineos. Young Aliyah, un grupo sionista, consiguió visados americanos para Arendt y Blücher. Ahora, la pareja necesitaba una forma de salir de Francia. Pedalearon hasta Marsella para encontrarla.
Fue en Marsella donde se encontraron con Walter Benjamin, quien también tenía un visado y planeaba trabajar en el Instituto de Investigación Social en Nueva York. La huída, de cualquier manera, estaba llena de riesgos. Al igual que muchos de los refugiados, Benjamin estaba destrozado. Arendt hizo todo lo posible para reforzar sus esperanzas; a cambio, en caso de que algo le sucediera, Benjamin le dio su manuscrito, “Tesis de la Filosofía de la Historia”.

Entonces se encaminó hacia el cruce de los Pirineos en Portbou, el 25 de septiembre. Después de una caminata montañosa llegó a la aduana española, pero los hombres del General Francisco Franco le devolvieron. Ese día, ya no se otorgaban visados de tránsito. Atascado entre una Francia que no le quería y una España que se negaba a dejarle pasar, solo, en la oscuridad, un perturbado Benjamin se suicidó con una sobredosis de pastillas de morfina.

 Meses después, cuando Arendt y Blücher ya habían escapado, con la ayuda del Comité de Rescate de Emergencia, y estaban navegando a Nueva York desde Lisboa, abrieron el paquete de Benjamin. Los parias se turnaban para leer “Tesis” el uno al otro en voz alta mientras una pequeña multitud se juntaba a escuchar las últimas palabras del filósofo.
Mientras en Montauban, Arendt había trazado un largo memorándum a Erich Cohn-Bendit. Se convirtió en el corazón del capítulo nueve de ‘Orígenes’. Arendt y Cohn-Bendit habían pasado tardes juntos en el apartamento de Benjamin en la rue Dombasle. La memoria concernía a los Tratados de las Minorías negociados por los arquitectos de la paz mundial en París en 1919. Fue una devastadora acusación de los hombres de Versalles.

En la nación por excelencia, los pacifistas reunieron a las minorías por excelencia y todos pero sellado su destino. Los Tratados de las Minorías fueron un compromiso. Cuando Woodrow Wilson vino a Europa blandiendo su idea de autodeterminación de todas las naciones como un ticket hacia la paz, se enfrentó a un problema: qué hacer con las minorías sociales de Europa, especialmente aquellas que había sido creadas por las naciones autodeterminadas labradas por los activistas.
El compromiso era registrar nuevos estados, uno por uno, separar tratados que protegerían a las minorías domésticas como condición de afiliación para nuevas naciones en la nueva Liga. Convenientemente, las grandes potencias victoriosas quedaron exentas de esta condición – para consternación de W.E.B Du Bois, quien anhelaba extender la protección de las minorías a los Estados Unidos, y había estado ejerciendo presión sobre las grandes potencias, incluyendo su propio presidente.

Consternado, Du Bois volvió de Europa en 1919 solo para hacer frente a un verano de carnicería con ciertos paralelismos con la sangrienta historia de la raza en América, y compuso su ominoso ensayo “Las almas de la gente blanca”.
A veces los compromisos funcionan. Este no lo hizo. Para Arendt, estaba destinado al fracaso porque los hombres de Versalles se habían negado a entender que hacer la paz juntando a la gente en nuevos estados y dando el poder a las mayorías hacía que los no-miembros de las nuevas naciones pasaran de miserables a indeseables.

A lo largo y ancho de la Europa del este y central, estaban destinados a ser los nuevos parias en un mundo que se suponía iba a ser pacífico con los Estados nación. Era, Arendt dijo “una brecha abierta de promesas y discriminación” Sin duda el frenesí por la construcción de naciones produjo también el refugiado político moderno.

 Todo esto era bastante predecible. “El peligro de este desarrollo”, escribió Arendt, “ha sido inherente a la estructura del Estado nación desde el principio”. En vez de reconocer que el Estado nación era el peligro, los pacificadores lo reforzaron.

Los Tratados de las Minorías sellaron el billete a la ruina judía. Los judíos después de todo, eran una minoría en todas partes pero queridos en ninguna. Pero lo que hizo de los judíos la minoría social por excelencia fue que su situación fue  señalada – por judíos y los no judíos por igual – como un “problema judío”.

 Una vez que el destino de los judíos les dejó solos, el trato estaba hecho. A diferencia de los alemanes, quienes tenían un estado musculoso para su defensa de ideales falsos (como Hitler “rescatando” a la raza germana en Sudetenland en 1938), los judíos no tenían tal cosa. El perfecto paria podría convertirse en el perfecto chivo expiatorio.
Después llegó la sorpresa. Los observadores quedaron conmocionados cuando Hitler quitó la nacionalidad a los judíos, se quedaron conmocionados cuando los judíos se convirtieron en refugiados, se quedaron conmocionados cuando no pudieron deshacerse de ellos y se quedaron conmocionados cuando esas despreciadas y no deseadas minorías se vieron arrastradas hacia la masacre.

 Estos observadores habían sido conscientes del peligro de los derechos derivados de la soberanía nacional y Arendt concluyó furiosa que no deberían haberse sorprendido tanto. La historia moderna de los judíos se volvió un capítulo de la historia mundial porque “la llegada de las apátridas trajo consigo el final de esta ilusión” de que la nacionalidad servía a los derechos humanos.

Tras instalarse en un apartamento de Manhattan en la esquina de West 95th Street en 1941, Arendt y Blücher debatieron, fumaron y prepararon su viaje a través de una propuesta para el editor de libros Houghton Mifflin. Arendt lo llamó “The Three Pillars of Shame” – en español, “Los tres pilares de la vergüenza”. “El objetivo del libro”, le contó después a su editor, Mary Underwood, “no es dar respuestas sino más bien preparar el escenario”.
¿Prepararlo para qué? Mientras trabajaba para la Conferencia en Relaciones Judías, escribía poemas y daba largos paseos con su marido a lo largo de Riverside Park hasta darse cuenta de eso. Llegaban noticias de los horrores todo el tiempo, incluyendo un informe sobre que los detenidos de Gurs habían sido enviados a Auschwitz.

 En un corto y olvidado ensayo escrito en enero de 1943, Arendt contaba que los judíos tenían que aceptar en lo que se habían convertido. Incapaces de consolarse a sí mismos como “recién llegados” o “inmigrantes” ellos eran ahora “refugiados”. Ellos agruparon una nueva categoría de personas en la tierra, una categoría sobre la que nadie quería hablar.

 “Aparentemente nadie quiere saber que la historia contemporánea ha creado un nuevo tipo de seres humanos”, escribió ella, “el tipo que son puestos en campos de concentraciones por sus enemigos y en campos de trabajo por sus amigos”. Los parias que habían sobrevivido centraron su dolor y su rabia y trabajaban en una visión singular sobre lo que había creado un mal tan radical:
 “El horror real de los campos de concentración y de exterminio se basa en el hecho de que los internos, incluso si esperan conservar su vida, son más eficazmente eliminados del mundo de los vivos que si ellos hubieran muerto, porque el terror impone el olvido”.
Algo había entrado en la política “algo radicalmente malo” que no era conocido previamente y que nunca debería haber sido admitido. La idea de que razas enteras podían ser gaseadas para acabar con ellas ya no era solo una posibilidad.
Al mismo tiempo que daba los toques finales a su libro, a Arendt le preocupaba que  el final de la guerra no terminara con la consideración de poblaciones enteras como parias. Para 1949, los campos estaban llenándose otra vez. No solo los gulags, pero en las fronteras de India y Pakistán y –más trágicamente para Arendt - alrededor de los límites del nuevo estado de Israel. En ese punto, ella salió de sus páginas para hablar al lector en su presente compartido:
"Ninguna paradoja de la política contemporánea está llena de una ironía más conmovedora que la discrepancia entre los esfuerzos de los bien intencionados idealistas que tercamente insisten en recordar como “inalienables” esos derechos, que son disfrutados por los ciudadanos de los países más civilizados y prósperos, y la situación de los sin derechos.. los campos de internamiento se han convertido en la solución habitual para el problema de domicilio de las “personas sin Estado”".
¿Era esta la “preparación”? ¿Cómo se convirtió el campo en una “solución rutinaria” después de una guerra que nos hizo tan conscientes de sus horribles realidades? El problema no sólo tiene que ver con los criminales, aunque hemos focalizado toda nuestra atención en los criminales de Núrenberg.

La culpa también recae en aquellos que quieren hacer el papel de ángeles que cantaron la canción de los derechos humanos, los cuales eran naturales, mientras olvidaban (en la frase más famosa de Los orígenes) “la existencia de un derecho a tener derechos”.

 Arendt fue famosa por el desprecio que mostró hacia las ideas ingenuas que las realidades vaciaron de sentido. Entre los lugares comunes que escogió como objetivos: todos nacemos iguales, destinados a la libertad y la persecución de la felicidad. No es cierto. Es sólo gracias a nuestras instituciones que nos hacemos iguales. Nuestras organizaciones nos permiten vivir en libertad.

 Los seres humanos, señaló, disfrutaron de derechos solo como miembros de comunidades políticas; desde el momento en que las abandonaban, o eran expulsados, sus derechos desaparecían, y solo les quedaba su frágil y perecedera humanidad.

  Haría falta una mujer sin Estado para recordar al público que esos derechos no eran naturales. Hizo falta una extraña para decirlo: esos derechos podían ser arrebatados. Peor aún: la gente puede encontrarse en un mundo donde nadie les quiera ya, y esos derechos no pueden recuperarse.

La verdadera dificultad para el paria no es sólo la de ser expulsado de su casa. Esta ha sido la desgracia de nuestro mundo durante mucho tiempo. Dios se lo hizo a Adán. Los gobernantes han actuado fuera de la ley desde tiempos inmemorables. Lo que diferenciaba a la era moderna es que nadie acogería al paria.
Aquí es donde los ángeles tenían un papel. Pues entre festejos de autodeterminación nacional y la afección a los Derechos del Hombre como credo paralelo a la historia -donde los derechos existían como evidentes e inalienables- aquellos con el poder de celebrar las buenas cosas habían olvidado la basura de la tierra.

 Los totalitarios tuvieron el descaro suficiente para decir lo que la mayoría de los parias sabían pero no podían decir: “no existe tal cosa como derechos humanos inalienables y las afirmaciones de las democracias que alegaban lo contrario eran mero prejuicio, hipocresía y cobardía frente a la cruel majestad del nuevo mundo”.
En tanto que las democracias se aferraban a sus valores, nunca pudieron realmente ver que tenía que haber “derechos a tener derechos” - lo que suponía reservar un lugar para los perseguidos. Una vez los tiranos vieron esto, había pocos límites a sus soluciones para los indeseables. Al ver que nadie quería a los judíos, Hitler podría encender el gas y resolver el problema de todos. Como Arendt escribía, “una condición de completa ilegitimidad se creó antes de que el derecho a vivir fuese desafiado”.
“Todavía soy una apátrida”, Hannah Arendt escribió a Jaspers meses después de que terminara la guerra, “no he conseguido ser respetada de ninguna manera” Los orígenes del totalitarismo es un libro acerca de déspotas y deshumanizadores.

Pero también es un libro sobre los no respetables y los no deseados, y también sobre el resto de nosotros - los espectadores impactados ante las cosas horribles que los gobiernos horribles hacen a la gente. La voz de Arendt es una fuente a la que podemos recurrir para intentar abordar la propagación de la apatridia en nuestros días.
Los campos y los parias siguen con nosotros. Y nunca han sido tantos. Son producto de nuestro mundo de naciones y estados interconectados. Tenemos el papel de crear el derecho a tener derechos. Incluyendo nuestra capacidad de ofrecer santuario a aquellos que no lo tienen. Eso, como diría Arendt, es un punto de partida para decir no a los nativistas que desde casa toman partido contra los tiranos en el extranjero. "                     (Jeremy Adelma, CTXT, 08/06/16. La versión original de este fue publicada en la revista The Wilson Quarterly.

18/3/16

Asociacionismo charnego, el ADN de Cornellà

Centro Social Almeda de Cornellà

"Para una mejor comprensión del fenómeno deberíamos remontarnos a la segunda oleada migratoria que se produjo mediada la década de los cincuenta y se prolongó hasta finales de los sesenta del siglo pasado.  

Aquella migración no llegó en pateras y sí lo hizo en destartalados trenes que llegaban atestados procedentes de la España profunda y que pronto el pueblo llano, con su indefinible piedra filosofal, bautizó con los nombres de “El Sevillano”, procedente de Andalucía  y “El Shanghai”, que hacía su recorrido desde el Noroeste del país.  

Era todo un espectáculo darse una vuelta por los andenes de la estación de Francia  para ver llegar aquella avalancha de gente desesperada, con sus maletas de cartón y sus fardos atados con cuerdas, huyendo del caciquismo, de la explotación humillante a los que las tenían sometidos la oligarquía franquista, indiferente a su hambre y su miseria.

Los modernos y tan denostados CIES, no son un invento reciente, ni mucho menos.  Ante aquella oleada masiva de gente con un futuro incierto, los jerifaltes de la capital catalana reaccionaron y desplegaron su policía en las estaciones y, todo aquel que no justificara un domicilio donde acogerse, se les trasladaba sin contemplaciones a los pabellones de la Fira en Montjuic y, si nadie se interesaba por ellos, al día siguiente los enviaban de vuelta a su lugar de origen. 

Así nació un despliegue de barraquismo que tiene su propia historia. Pero no quisiera desviarme del objetivo principal de este artículo.

 El destino de aquella inmigración era, en su mayoría, el cinturón barcelonés, y sus núcleos de población que crecían sin  control alguno y donde un urbanismo racional, planificado  y medianamente ordenado  era una utopía y el Baix Llobregat se convirtió en un auténtico caos. 

Centrándonos en Cornellà, los “nouvinguts” se encontraban con cuatro núcleos de población dispersos: el barri Centre  con epicentro en la calle Rubió i Ors y adyacentes alrededor de la Iglesia de Santa María, el barri Pedró y la Gavarra con sus casitas de planta baja que según cuentan constituían las antiguas residencias de una clase media capitalina con el señuelo de “la caseta i l’hortet” y el barrio de Almeda donde se ubicaba la zona industrial. 

Lo demás un inmenso erial donde sobrevivían unos cuantos algarrobos desvencijados que poco a poco fueron dando su último alarido vencidos por el asfalto que avanzaba implacable. Para los más jóvenes, aclararemos que la avenida del Parque era una torrentera, la hoy espléndida plaza  de Catalunya un descampado inhóspito y que la flamante avenida de Salvador Allende no existía ni en el mejor de los sueños  y los que encontramos acomodo en los pisos de Linda Vista, nos veíamos obligados a pisar barro en caso de lluvia y aspirar polvo en tiempos de sequía  si queríamos desplazarnos “abajo al pueblo”, atravesando la eterna frontera que significaba el lúgubre puente bajo la vía férrea y sufrir los pestilentes efluvios del “regato indecoroso”, según versión de la mítica revista El Pensamiento, en referencia al canal de la Infanta que circulaba a cielo abierto.

 Esta era, a grandes rasgos, el remedo de ciudad que se encontró aquella imparable riada migratoria que respondía el “efecto llamada” y cuyo primer objetivo fue encontrar un techo donde cobijarse, acogiéndose en casa de familiares o “paisanos” o invirtiendo hasta la última peseta de sus menguados ahorros en dar la “paga y señal” de un piso. 

 Para ello ya los estaban esperando la familia Gelabert dueños absolutos de solares y de aquel inmenso erial, con don Eduardo al frente, promotora de “Linda Vista, S.A.” y, sobre todo la pomposa “Construcciones Españolas” que,  en los campos yermos paralelos a la carretera de Esplugues había iniciado la construcción de una denominada “Ciudad Satélite”, monstruosos bloques que se fueron ocupando en un abrir y cerrar de ojos, a los que siguieron constructores y especuladores sin demasiados escrúpulos a los que sólo interesaba el negocio inmenso que aquel flujo inmigrante suponía.  

Se construyó a destajo y se olvidaron olímpicamente de los servicios más elementales: calles sin asfaltar, mal iluminadas, red de cloacas, mercados y, sobre todo colegios para los niños. En 1964, estadística en mano, se calculaban unos 6.000 niños sin escolarizar en el conjunto de aquel Cornellà  en construcción. 

Por aquel entonces llegaron a la mal llamada “Ciudad Satélite” unos maestros, los Plaza, Moliner y Bonet que levantaron con sus propios esfuerzos el primer colegio al que denominaron  “San Ildefonso”, en homenaje a la Iglesia de la misma advocación promovida por el misionero Viñamata, recientemente renovado y puesto de nuevo en marcha con el nombre pensado en un principio, el del pedagogo Alexander Galí.

 Al objetivo de encontrar techo donde cobijarse, se añadía el más perentorio de conseguir un trabajo digno que se encontraba con relativa facilidad pues la construcción desenfrenada y todo lo que acarrea así lo permitía con el aliciente que el Régimen franquista había decidido instalar la SEAT en la Zona Franca y se complementaban dos ejes principales: una industria de automóviles y la construcción.  

Poco a poco aquella inmigración heroica, fue asentándose y no tardó en darse cuenta de que, en efecto, habían encontrado techo y trabajo más o menos digno, pero carecían de organizaciones que permitieran luchar contra aquel desastre urbanístico al que los habían marginado. 

Siguiendo el ejemplo de las juntas de co-propietarios de cada finca, más pronto que tarde se dieron cuenta que lo podían aplicar a crear un movimiento vecinal, colectivos de personas con sus mismos problemas, déficits y carencias, convocando puerta a puerta reuniones para comentar, hablar y decidir que hacer para poner en movimiento un Ayuntamiento que les había dado la espalda, ajeno a todo lo que se le había venido encima y un alcalde y sus concejales que sólo se hacían visibles llevando los pendones en la procesión del Corpus. 

Del prólogo del libro Hasta aquí hemos llegado, publicado por las Asociaciones de Vecinos de Cornellà de Llobregat, me permito copiar este párrafo impagable: “La situación política y las malas condiciones en que se encontraban los barrios fue un excelente caldo de cultivo para sembrar la semilla de la unión y la causa común”. 

Y el gigante despertó, buscó apoyos y los encontró en un movimiento vecinal sin precedentes que nació en los albores de la década de los setenta con el dictador ya vacilante y sus problemas de tromboflebitis y parkinson haciéndose evidentes. Pero había que ir con tiento a sus últimos coletazos que aún le dieron tiempo de firmar cinco sentencias de muerte mientras desayunaba. 

Así nacieron asociaciones de vecinos que, decididamente, emprendieron una lucha sin cuartel y sin posible vuelta atrás. Reuniones donde se tomaban decisiones arriesgadas, manifestaciones que llenaban las calles de gritos de protesta contra situaciones insostenibles, pancartas en balcones y ventanas, apoyos sin fisuras a los movimientos sindicales y obreros en situaciones límites, huelgas por cualquier causa que se considerara injusta. 

Consecuencia de su atávica imprevisión o, porque ya se presentía la agonía del Régimen, los jerifaltes de la época, muy a su pesar, fueron reaccionando y Cornellà experimentando una transformación tímida pero sostenida: se asfaltaron calles donde antes eran barrizales, iluminaciones adecuadas, se inauguraron colegios y finalizando el año 1970 se inauguraba el flamante mercado de San Ildefonso una de las reivindicaciones por las que se luchó sin tregua. 

El asociacionismo responsable, seguía ganando batallas hasta incrustarse en el ADN de la ciudad. Todo resultaba no poder llevarse a término sin su impulso incansable.

En esto que llegó la democracia  y aunque pueda parecer paradójico, el acontecimiento hizo tambalear los cimientos de las asociaciones porque muchos de sus dirigentes avezados en la lucha y el dominio de masas, con la inestimable ayuda del movimiento vecinal, fueron aupados a cargos municipales, incluso alcaldes y muchos de ellos untaron el trasero de sus pantalones con cola de impacto para que no les movieran de sus poltronas y  en su fuero interno llegaron a creer que las asociaciones ya no eran necesarias. 

Grave error, pese que gracias a su gestión las ciudades del cinturón rojo han experimentado un cambio espectacular, las asociaciones no han bajado la guardia y han continuado en su lucha consiguiendo la inauguración de tres estaciones de metro, la puesta en marcha del Trambaix y otras utopías inimaginables en los tiempos de plomo franquista.

He pasado una tarde hablando del tema con la presidenta de la Confederación de Vecinos de Cornellá, Pura Velarde, un auténtico baluarte del movimiento vecinal en Cornellá y con un deje de tristeza, no exento de coraje, me manifiesta “que después de cinco años, comprobando la deriva de algunos dirigentes, contagiados por la “erótica del poder”, en Cornellà se organiza con otras asociaciones de la comarca del Baix Llobregat y con la Coordinadora de Barcelona, la 3ª Asamblea de Catalunya, donde se saca como proyecto fundamental la constitución de la Confederación de Asociaciones de Vecinos de Catalunya. 

A partir de ese momento, se entra en un proceso nuevo de mayor estructura y con el convencimiento de la necesidad de mantener los orígenes, pero siempre con nuevas orientaciones en el trabajo de futuro”.

Hablar con Pura Velarde es contagiarse de su entusiasmo y no me resisto a reproducir parte de sus respuestas: “Parece que existe un interés, desde fuera claro, en definir nuestra forma de actuar sin saber que nosotros, a través de nuestros encuentros asamblearios ya tenemos definidas nuestras actuaciones: organizar y reivindicar las mejoras de las condiciones de vida, especialmente de las capas populares de nuestros barrios. 

Hay que reconocer que muchas veces vamos contracorriente, pero también sabemos, gracias a nuestra experiencia, de que para dialogar y consensuar hace falta la presión. Un ejemplo claro, lo tienes en el funcionamiento de la Botiga Solidaria en la que tantos problemas de primera necesidad se resuelven”.   

Con una mirada de convencimiento, remacha el clavo diciendo: “Actualmente, los ciudadanos padecemos grandes dificultades a la hora de defender nuestros derechos, incluso de subsistir, sobre todo a nivel individual. De ahí nace la necesidad de buscar mecanismos de defensa colectivos y legales que acerquen la gestión administrativa al ciudadano, aunque en esto hemos de reconocer que se está cambiando, y a ello, nosotros también hemos contribuido. 

Todos los programas municipales tienen un gran apartado teórico sobre las organizaciones populares, una de las propuestas más llamativas en cuanto a los que a ellas concierne, pero todavía quedan pendientes aspectos muy importantes que han de ser recogidos por la Ley. Así lo demuestra la nueva Ley del Asociacionismo, aprobadaen el Parlament de Catalunya, que no recoge ninguna de las propuestas de nuestras asociaciones y donde se observa, de forma curiosa, que en ningún apartado habla de las asociaciones de vecinos, ¿por qué será?

La respuesta, apreciada Pura, es porque seguís siendo una “mosca cojonera” contraria a su idilio con el poder.  Pero creo que es válido este repaso a la historia del asociacionismo, recordar nuestro pasado, de adonde venimos, para entender el presente."          (Gonçal Évole, 11/01/16)

8/3/16

Las mujeres del amianto ganan a Uralita en los tribunales

"En su momento trabajar en Uralita era un chollo”, recuerda Rosa Pérez, hija de un empleado de la fábrica de Getafe que falleció en el año 2008, diez meses después de que le diagnosticaran un cáncer en la pleura, conocido como mesotelioma, causado por el amianto.

 “La empresa respetaba el horario, trabajaban ocho horas y libraban los fines de semana. Además, daban una ayuda económica para que los niños estudiasen y el día de Reyes nos daban unos regalos”, señala.

Durante la década de los 60 el trabajo en el campo comenzó a escasear y muchos hombres jóvenes extremeños o castellanomanchegos abandonaron su pueblo para empezar una nueva vida laboral en este municipio madrileño.

 Conforme ha pasado el tiempo, Rosa Pérez ha ido experimentando cómo ese sentimiento de gratitud hacia la empresa se convertía en rabia, tras ir conociendo los riesgos a los que su padre y todos los miembros de su familia han estado expuestos.

“En los primeros años la gente comía encima de los sacos del amianto, estaban apilados en la fábrica y se tomaban allí los bocadillos”, recuerda Julio Arroyo, trabajador de Uralita. Procedente de Valdeverdeja (Toledo), llegó con 20 años a Getafe para hacer la mili en esta ciudad dormitorio y al terminar fue contratado en la empresa para trabajar en la recuperadora: “Nos encargábamos de serrar los tubos de amianto”.

A sus 87 años, Arroyo ha visto morir a muchos de sus compañeros de trabajo, pero nunca se pudo imaginar que su mujer se iba a contaminar estando él limpio de amianto. Esperanza Alonso se encargaba de lavar semanalmente el mono de su marido, los buzos que utilizaban los trabajadores de Uralita llegaban cubiertos de polvo y, antes de meterlo en la lavadora, las amas de casa los solían sacudir con empeño en la cocina. Además, tenían bolsillos y por esa vía se almacenaban fácilmente restos de este material cancerígeno.

Varias décadas después de jubilarse, en el año 2007, la neumóloga del Hospital de Getafe detectó que la fatiga que sufría Esperanza cada vez que salía a la calle estaba relacionada con Uralita, tenía la pleura contaminada por amianto y falleció seis meses después de que le diagnosticasen la enfermedad. “Fue la Antonia la que lo descubrió”, cuenta este octogenario en alusión a María Antonia Juretschke, la jefa de neumología del centro sanitario.

Según los datos planteados por el estudio Mortalidad por cáncer pleural en España entre 2006 y 2011 en España, fallecieron 1.120 personas debido a un mesotelioma pleural, provocado por el amianto. 

“Las estimaciones para el periodo 2016-2020 señalan que se producirán 965 fallecimientos por esta causa y aseguran que en España continuará habiendo muertes debidas a la exposición al amianto hasta el año 2040”, aseguran los investigadores del Instituto de Salud Carlos III, el Consorcio de Investigación Biomédica de Epidemiología y Salud Pública y el Ministerio de Sanidad.

Entre 1906 y 2002 se importaron en nuestro país más de dos millones de toneladas de este material cancerígeno. En España, la empresa Uralita, participada por la familia March, fue la que más utilizó el amianto y varias sentencias judiciales han dictaminado que no adoptaron medidas de prevención para evitar que sus trabajadores se contaminasen.

“Hemos demostrado que la empresa sabía que el material era nocivo y a pesar de ello se estuvieron lucrando. En la década de los 50 hubo un congreso de neumología en Madrid y ya se habló de los efectos adversos del amianto.

 Además, Uralita estuvo en un lobby europeo de empresas que trabajaban con amianto, ahí se sabía”, asegura Juan Carlos Paúl, presidente de la asociación AVIDA Madrid. En el año 2002 se prohibió la comercialización de este producto en España en cumplimiento de una directiva europea que buscaba proteger a los empleados.

Primeras denuncias

Segunda Esteban “lloró como una magdalena” al ver que Salvados dedicaba un programa a informar sobre el amianto. “Mi padre fue delegado sindical de la empresa y cuando comenzaron a denunciar los problemas que conlleva el amianto, el resto de trabajadores se enfrentaron a ellos por miedo al cierre de la fábrica”, señala.

Ella recuerda cómo ayudaba a su madre, Saturnina Pingarrón, junto a sus hermanas a limpiar en casa el mono de trabajo de su padre. Pasados los años, los médicos detectaron que tanto su padre como su madre tenían amianto en los pulmones. Él falleció hace años por un cáncer en el peritoneo, su madre sigue viva con problemas de respiración: “De momento se encuentra bien, la enfermedad todavía no le avanzado”.

Las familias de estas dos mujeres iniciaron en 2007 un proceso judicial para pedir responsabilidades a Uralita. En diciembre del año pasado el Tribunal Supremo puso punto final a su caso, y al de otra ama de casa más. El alto tribunal no aceptó el recurso presentado por Uralita y mantuvo las indemnizaciones dictadas por la Audiencia Provincial de Madrid en 2013, 80.000 euros para Julio Arroyo y 9.000 euros para cada uno de sus tres hijos. 

En el caso de Pingarrón, el tribunal le dio la razón pero no recibirá una cantidad económica para intentar paliar los daños causados por la empresa porque “la acción ha prescrito”, al no haber respetado los plazos en el momento de denunciar.

El presidente de la asociación, Juan Carlos Paúl, considera que esta decisión supone un “hito” judicial en los casos de amianto: “Es la primera vez que el Supremo dicta a favor de personas que no han trabajado con este material pero sí que tienen enfermedades relacionadas con él”.

Sin embargo, este dictamen no ha traído buenas noticias para los trabajadores de la fábrica getafense que presentaron denuncia junto a estas mujeres. 

Tras nueve años de procedimiento, con una sentencia de la Audiencia Provincial a su favor y las indemnizaciones ya cobradas, la Sala de lo Civil del Supremo se ha declarado incompetente para tomar una decisión ante el recurso presentado por Uralita contra los empleados.

Un proceso inacabado

Aunque el tribunal no quita la razón a los afectados ya que “entiende que la empresa ha actuado de manera negligente, amparada en una legislación excesivamente permisiva”, en su fallo señala que debe ser la jurisdicción social la que resuelva sobre este tema.

 Por lo tanto obliga a los trabajadores y a los familiares de los ya fallecidos a iniciar de nuevo el procedimiento ante la vía social. De la treintena de afectados que presentaron la primera denuncia, entre ellos el padre de Rosa Pérez y de Segunda Esteban, sólo quedan cuatro personas vivas.

“Es muy triste que los pocos trabajadores que quedan vivos no vayan a ver una sentencia definitiva que condene a Uralita. A ellos les han jodido la vida trabajando y a otros nos la han destrozado compartiendo su sufrimiento”, explica Pérez, que rememora las últimas semanas de vida de su padre, sedado en una cama. 

“Las enfermedades provocadas por el amianto son muy agónicas, en el caso de los mesoteliomas se les encharca la pleura y produce un dolor en la espalda muy fuerte”, cuenta el presidente de la asociación.

La directiva de AVIDA está preocupada por aquellas familias que se gastaron la indemnización que cobraron hace años y que ahora, si Uralita así lo requiere, el Supremo puede pedir de vuelta.

 “Algunas familias las utilizaron para comprar oxígeno, por los problemas respiratorios que sufren, o para cambiarse a una casa con ascensor”, añade Paúl. La asociación ya ha presentado un recurso ante el Constitucional y han iniciado el proceso judicial por la vía social, quieren conseguir a toda costa que los dos enfermos que quedan vivos puedan ver “que la justicia les ha dado la razón”.       (La Marea, 03/03/16)

5/2/16

El islamo-fascismo reacciona, ante el atractivo del capitalismo global, convirtiendo la envidia en odio

"(...) Alain Badiou discierne tres tipos predominantes de subjetividad en el capitalismo global de hoy en día: el ciudadano liberal-democrático de la civilizada clase media occidental; aquéllos que, fuera de Occidente, están desesperadamente ansiosos por imitar el civilizado estilo de vida de las clases medias occidentales; y los fascistas nihilistas, aquéllos cuya envidia de Occidente se convierte en un autodestructivo odio mortal. 

Badiou deja claro que lo que los medios llaman la «radicalización» de los musulmanes es fascistización pura y dura: «Este fascismo es el anverso del frustrado deseo de Occidente que se organiza de una manera más o menos militar según el modelo flexible de una banda mafiosa y con tintes ideológicos variables en los que el lugar que ocupa la religión es puramente formal». 

La ideología de la clase media occidental tiene dos características opuestas: exhibe arrogancia y confianza en la superioridad de sus valores (libertades y derechos humanos universales amenazados por los bárbaros foráneos), pero, al mismo tiempo, está obsesionada por el temor a que su limitado territorio termine invadido por los miles de millones de individuos que están fuera, que no cuentan para el capitalismo global porque ni producen bienes ni los consumen. El temor de sus miembros es el de terminar por sumarse a los excluidos.

La expresión más clara del deseo de Occidente son los refugiados: su deseo no es revolucionario, es el ansia de dejar atrás su hábitat hecho ruinas e incorporarse a la tierra prometida del Occidente desarrollado (los que se quedan atrás tratan de recrear miserables copias de la prosperidad occidental, como esas zonas modernizadas de todas las metrópolis del Tercer Mundo, en Luanda, en Lagos…, con cafeterías que sirven cappuccino, centros comerciales, etcétera).

Sin embargo, puesto que para la gran mayoría de quienes lo anhelan no hay posibilidad de satisfacer este deseo, una de las opciones que quedan es la contramarcha nihilista: la frustración y la envidia se transforman de manera radical en un odio autodestructivo hacia Occidente; y no faltan quienes se involucran en una venganza violenta.

 Badiou sostiene que esta violencia es una pura expresión de pulsión por la muerte, una violencia que sólo puede desembocar en actos de (auto)destrucción orgiástica, sin ningún tipo de visión seria de una sociedad alternativa.

Badiou tiene razón cuando subraya que no hay ningún poder emancipador en la violencia fundamentalista, por muy anticapitalista que diga ser: es un fenómeno estrictamente inherente al universo capitalista global, su «fantasma oculto». El hecho básico del fascismo fundamentalista es la envidia. 

El fundamentalismo echa sus raíces en su mismísimo odio a Occidente. Nos estamos enfrentando aquí al típico deseo frustrado que se transforma en agresividad, descrito por el psicoanálisis, y el islamismo simplemente vehicula la forma de dar sustento a este odio (auto) destructivo. (...)

Una fascistización de esta naturaleza puede ejercer una cierta atracción en la frustrada juventud inmigrante que no puede encontrar un lugar adecuado en las sociedades occidentales o un futuro con el que identificarse; la fascistización les ofrece una vía fácil para escapar de su frustración: una vida arriesgada, azarosa, disfrazada de consagración religiosa expiatoria, más satisfacción material (sexo, coches, armas…). 

No hay que olvidar que el Estado Islámico es también una gran empresa comercial mafiosa que vende petróleo, estatuas de la antigüedad, algodón, armas y esclavas, una mezcla de heroicas propuestas mortales y, al mismo tiempo, de corrupción occidental a base de productos.

Vade suyo que esta violencia fascista-fundamentalista es sólo uno de los modos de violencia propia del capitalismo global y que hay que tener presentes no sólo las formas de violencia fundamentalista de los propios países occidentales (populismo anti-inmigrante, etcétera) sino, sobre todo, la violencia sistemática del propio capitalismo, desde las consecuencias catastróficas de la economía mundial a la larga historia de intervenciones militares. 

El islamo-fascismo es un fenómeno profundamente reactivo en el sentido nietzscheano de la palabra, una expresión de impotencia transformada en rabia autodestructiva.

Aun de acuerdo con la idea general del análisis de Badiou, encuentro problemáticas tres de sus afirmaciones. En primer lugar, la reducción de la religión, de la forma religiosa del nihilismo fascista, a una característica superficial de carácter secundario: «La religión es sólo un ropaje, no es de ninguna manera el meollo de la cuestión, es sólo una forma de subjetivación, no el contenido real de la cosa». 

Badiou tiene toda la razón cuando afirma que buscar las raíces del terrorismo musulmán de hoy en los textos religiosos antiguos (el cuento ése de que «todo está ya en el Corán») es engañoso: en vez de eso hay que centrarse en el capitalismo global de hoy y entender el islamo-fascismo como una de las formas de reaccionar ante su atractivo a través de la conversión de la envidia en odio.  (...)

Nuestros medios de comunicación suelen hacer una distinción entre los refugiados civilizados de clase media y los refugiados bárbaros de clase baja que roban, hostigan a nuestros ciudadanos, se comportan de manera violenta con las mujeres, defecan en público… 

En lugar de descalificar toda esta propaganda por racista, se debería reunir el coraje suficiente para discernir el punto de verdad que hay en ella: la brutalidad, incluso la crueldad manifiesta con los débiles, los animales, las mujeres, etcétera, es una característica tradicional de las clases bajas; una de sus estrategias de resistencia frente a los que están en el poder ha sido siempre una exhibición aterradora de brutalidad dirigida a perturbar el sentimiento de educación de la clase media.

 Y uno se siente tentado a leer también de esta manera lo que sucedió en la víspera de Año Nuevo en Colonia, esto es, un obsceno carnaval de clase baja   (...)

¿Qué tal, pues, si interpretamos el incidente de Colonia como una versión contemporánea de faire le chat, como una rebelión carnavalesca de los menos favorecidos? No ha sido el simple impulso de satisfacción de unos jóvenes muertos de hambre sexual (que podía haberse satisfecho de una manera más discreta, no pública); era por encima de todo un espectáculo público de propagación de miedo y humillación, de exposición de los gatitos de las alemanas privilegiadas a una dolorosa indefensión. No hay, por supuesto, nada de redención o emancipación, nada verdaderamente liberador en semejante carnaval, pero así es como funcionan los carnavales de verdad.

Por ello, los intentos ingenuos de ilustrar a los inmigrantes (explicándoles que nuestras costumbres sexuales son diferentes, que una mujer que pasea en público en minifalda y con una sonrisa no por ello está enviando una señal de invitación sexual…) son ejemplos de una estupidez impresionante; ellos ya lo saben y ésa es la razón por la que hacen lo que hacen. 

Son totalmente conscientes de que lo que están haciendo es ajeno a nuestra cultura predominante, pero lo están haciendo, precisamente, para herir nuestra sensibilidad. Lo que hay que hacer es cambiar esta actitud de envidia y agresividad vengativa, no enseñarles lo que ya saben de sobra."                (SLAVOJ ZIZEK, El Mundo, 05/02/2016)

30/6/15

Existe una aceptación global del islam europeo

"(...) -J. Confavreux y C. Fouteau: ¿Existe una cultura musulmana europea común en los diferentes países de la Unión?

-Nilüfer Göle: Se está creando, especialmente a través de la forma de hacerse visible, que es parecida para los musulmanes de todos los países europeos: alrededor de las mezquitas, del velo, del hecho de comer halal y de todos esos elementos que permiten seguir siendo musulmán viviendo en Europa. 

Esta cultura es diferente de la cultura musulmana donde el islam es la religión mayoritaria. Durante mucho tiempo, los musulmanes que vivían en Europa estuvieron acomplejados. Cuanto más piadosos eran, más difícil les resultaba ser a la vez musulmán y europeo, y pensaban que para ser un verdadero musulmán era necesario ir a un país mayoritariamente musulmán, a ser posible árabe.

Este complejo se ha atenuado. He encontrado a muchas personas que habían hecho ese viaje a un país de mayoría musulmana y se habían decepcionado. No lo habían soportado porque ciertamente se sentían musulmanes pero también europeos.

Muchos no aceptaban, en particular, algunos aspectos de la ley islámica sobre la desigualdad entre los sexos o los castigos corporales. No poder proyectar la fe en un Estado, él mismo islámico, modifica la forma de vivir esta fe.

El aprendizaje de la religión es también muy diferente. La emigración ha roto las cadenas habituales de aprendizaje de la religión vía el barrio, la mezquita, el imán, la comunidad, la familia... En todos los países europeos hay una floración de nuevos lugares de aprendizaje del islam, bajo la forma de institutos de cultura del islam.

No existe una condición homogénea de los musulmanes europeos, pero el hecho de vivir su fe en un contexto europeo, de estar confrontados a experiencias de vida a la vez seculares y religiosas, crea una cultura específica. Esta interfaz, esta doble pertenencia, este doble trabajo, dan una conciencia mucho más aguda a los musulmanes de Europa, de su fe y de sus prácticas, conciencia que, a su vez, transforma su cultura religiosa y social tanto en el espacio público, en la relación con el otro o en las relaciones entre los sexos.

Todo esto debe construirse y reconstruirse, porque cada vez que un musulmán europeo vive su fe como un elemento personal, al mismo tiempo está confrontado a una percepción pública que es muy diferente de la que sería si viviera en un país de mayoría musulmana y en un estado islámico. 

Los musulmanes de Europa deben hacer entrar en contacto su propia fe y la percepción pública de ésta, la cual cristaliza las controversias que conocemos sobre el velo, el burka o la construcción de mezquitas...

-Estas controversias alrededor del islam en Europa, ¿son convergentes en los diferentes países de Europa, aunque cada espacio nacional tiene una relación y una historia divergente sobre la posición de la religión, el pasado migratorio o la representación de la comunidad nacional?

-Durante mucho tiempo se ha pensado que existía una excepcionalidad francesa sobre la laicidad o una británica sobre el multiculturalismo. Sin embargo, en el nuevo paisaje europeo, incluso en Gran Bretaña y los Países Bajos, a priori más abiertos a la presencia pública de musulmanes en su suelo, se resaltan sus “valores”, su “identidad” a la hora de preocuparse.

 El giro identitario es general y las controversias circulan a nivel europeo como se ha visto a propósito de la construcción de mezquitas después del referéndum sobre la cuestión de los minaretes en Suiza. Pero algunas controversias son a nivel local, o nacional como la de la circuncisión de los niños en Alemania.

Sin embargo, incluso si las controversias sobre el islam se plantean y se repiten a escala europea, la forma como se enmarcan los temas de debate varían. En Francia gira alrededor de la laicidad. En Alemania, sobre la Leitkultur (“cultura de referencia”). En los países nórdicos, donde los derechos de las minorías sexuales son muy importantes, se pone el acento en ellos, mucho más que en la igualad entre los sexos. En Italia, la cuestión del islam pasa por el prisma de su relación con el catolicismo.

Pero cada país, con sus referencias, plantea la misma cuestión: “¿En qué condiciones pueden ser integrados los musulmanes?” Con todo, efectivamente, la presencia musulmana en Francia o Alemania no tiene la misma historia, porque en una nación es consecuencia de un proceso colonial, al contrario de la otra. Sin embargo, muchos de los interrogantes sobre el papel y la naturaleza de un islam europeo son hoy en día semejantes.

-¿Se notan cortes generacionales importantes entre los musulmanes europeos?

-No he hecho una encuesta cuantitativa, pero existe un efecto generacional. Por ejemplo, los padres insistían mucho sobre el haram, lo prohibido, mientras que las generaciones recientes insisten en el halal, lo que es posible hacer, lo lícito.

Pero esta diferencia generacional se ve también en la actitud frente a la sociedad europea. Las generaciones más antiguas a menudo preferían vivir su fe de forma discreta, retirados, porque no sentían que pertenecieran verdaderamente al país en el que vivían. Las generaciones más jóvenes, que se sienten europeas, piden más integración en la ciudadanía europea y a la vez están mucho más enfrentados a los valores públicos de Europa.

En el libro doy el ejemplo de una mujer musulmana que lleva pañuelo y que se presenta a las elecciones en Dinamarca insistiendo sobre su tolerancia frente a las minorías sexuales. Actualmente a los musulmanes se les pide que den pruebas de que se acomodan a esta cultura europea. 

Esta generación deseosa de vivir en los países europeos y de tener una presencia en la vida pública, que quiere aproximarse a los demás y no vivir replegada en su comunidad, continuamente es requerida a mostrar que comparte ciertos valores comunes, aunque está impregnada de esos valores comunes.

-¿Existen comunidades musulmanas en los países de Europa que ha estudiado; o bien su cotidianidad como ciudadanos y como creyentes o no creyentes es demasiado heterogénea para constituir un hecho comunitario? 

-No es posible identificar a los musulmanes europeos en tanto que comunidades. Los musulmanes europeos son difíciles de ser percibidos en su conjunto porque son ciudadanos corrientes pero que manifiestan también, en razón de su fe, algunas diferencias en la vida pública. 

Estas diferencias pueden crear errores de percepción porque la mayoría de los musulmanes europeos, la mayor parte de los cuales se dicen italianos o alemanes antes que turcos o marroquíes, no desean diluirse, sino integrarse en un planteamiento de la ciudadanía que no es una asimilación conforme y completa con los valores dominantes sino un acuerdo entre sus dos pertenencias.

Se habla siempre de los musulmanes como de un problema porque se evocan los espacios que plantean problemas: las cárceles, las escuelas, los barrios calificados como guetos... En todos esos lugares, efectivamente, se constatan problemas de marginalización y de delincuencia que es preciso asumir. Sin embargo, desde hace 20 o 30 años se manifiesta en la vida pública por toda Europa una presencia musulmana fuera de estos lugares problemáticos... 

¿Qué decimos de esas clases medias ya integradas, que no forman una comunidad homogénea u organizada pero que, sin embargo, viven su fe en un espacio público europeo del que ya forman parte, en la escuela, en las empresas, en los centros de la ciudad? No existe un lenjuaje, un reconocimiento, para hablar de todos esos musulmanes que no están ni en una proyecto comunitarista ni en una lógica de radicalización.

-¿Significa esto que, a pesar del rechazo a veces virulento encarnado por la derecha radical y las polémicas mediáticas recurrentes e histéricas, existe una aceptación global del islam europeo?

-Si se reduce el espacio público a una serie de polémicas mediático-políticas, no se puede ver lo que muestra nuestro estudio. Si nos interesamos por la cotidianidad de los musulmanes corrientes, se constata la capacidad de establecer lazos y hacer sociedad. Por ejemplo, construir una mezquita supone intensas relaciones con el ayuntamiento y el vecindario y también supone integrarse a partir de ahí en la vida diaria... 

Pero no existe el lenguaje político para hablar de esto y hay un desfase respecto de la experiencia real vivida, porque se retienen sobre todo los carteles de propaganda suiza con minaretes mostrados como fusiles, y no se presta atención a lo que pasa normalmente cuando se construye una mezquita... (...)

-¿Es necesario, y en caso afirmativo cómo, definir los contornos de un islam europeo en términos de dogma y de práctica? ¿Existen personas que llevan a cabo este “aggiornamento”?

-Tariq Ramadan es la única figura europea que destaca en este tema, porque ha desacomplejado el sentimiento de los musulmanes dándoles un marco teológico compatible con el hecho de vivir en un país europeo, siendo a la vez europeo y musulmán, con una doble pertenencia. 

Ha explicado a los musulmanes que vivir en un país europeo no es un impedimento para su fe, en el momento que los musulmanes europeos se han definido poniendo distancia en relación con el país de origen de sus padres. Para mí, la crispación alrededor de esta figura muestra, más que sus ambigüedades, la dificultad de aceptar a los musulmanes europeos en la esfera pública."                     (Entrevista a Nilüfer Göle, socióloga franco-turca, Joseph Confavreux y Carine Fouteau , Mediapart, en Rebelión, 16/06/2015)

28/5/15

La copla berlinesa: un producto cultural salido de la emigración española




"Paloma Lirola forma parte del colectivo de españoles que en los últimos años ha aterrizado en Alemania en busca de oportunidades. En Berlín, la acumulación de experiencias como expatriada le ha dado para crear una etiqueta con la que pretende regenerar un estilo musical clásico de la cultura popular española: la copla.

  Lirola nos cuenta que está desarrollando un medio de expresión con el que, entre otras cosas, exorcizar los males propios de la difícil realidad de ser emigrante, algo que ha vuelto a ser muy común en España debido a la crisis económica. (...)

“ Lo de copla berlinesa es una etiqueta que he puesto porque hoy día se exige poner una etiqueta a todo, y yo, antes de que se me pregunte cómo se llama esto, ya le he puesto el nombre”, explica esta treinteañera, que dice haber “nacido con la Constitución en 1978” y ser “andaluza de adopción”, pues aunque vino al mundo en Zaragoza se acabó criando en Málaga desde muy pequeña. 

“La copla son mis raíces, que cuando uno está fuera de su país reaparecen con mucho peso”, confiesa Lirola. Ella se sirve del genero con el que se encumbraron grandes estrellas de la música española – Lola Flores, Marifé de Triana, Antonio Molina o Cocha Piquer – para contar las experiencias típicas de la vida como expatriada en Alemania. En febrero de 2015 colgó en Youtube una de sus canciones, " mi invisibilidad” , dedicada a lo que se siente en Alemania cuando no se controla la lengua de Johann Wolfgag von Goethe. (...)

“ Lo que tiene la copla es que cuenta historias de principio a fin y con ello yo dejó ahí mi aportación con una temática que está enfocada a historias que pasan aquí y que sólo te pueden pasar aquí”, explica la cantante, que llegó a Berlín en febrero de 2010. 

“Vivir aquí te hace tener unas experiencias muy concretas, como empezar de cero, lidiar con el idioma, la falta de luz, sol y calorcito, el largo invierno, en el que llega de verdad un momento en el que las defensas bajan, los resfriados duran meses y uno no los suelta ni para atrás, sin olvidar que a las cuatro de la tarde es noche cerrada y hasta hay una depresión del invierno; todo esto yo he tenido que volcarlo en algún sitio, que es la música”, añade.

Lirola acaba de presentar en la Kulturwerkstadt , una pequeña sala berlinesa del distrito de Charlottenburg-Wilmersdorf, un espectáculo de One Woman Show titulado Desde Berlín con humor. En él, además de cantar y tocar el ukelele, pone a prueba sus dotes como cómica, habilidades que quiere presentar en otras ciudades alemanas donde hay abundante público hispanohablante, como Colonia (oeste), Stuttgart (suroeste) y Hamburgo (norte). “El espectáculo lo va a entender mejor el hispanohablante que vive en Alemania, porque trata aquellas situaciones que son cotidianas para los expatriados”, avisa la artista.