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11/4/22

Margarita, de Cádiz, 84 años: en los peores meses de la pandemia cosió 50 mascarillas diarias en su casa... Le propusieron venderlas (ya que había otra gente que las vendía) y ella dijo que no, que era una necesidad y que ella estaba y está para ayudar... Luis Medina, marqués de Villalba: en los peores meses de la pandemia trincó 5 millones de euros tras venderle material sanitario defectuoso al Ayuntamiento de Madrid... En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo

PabloMM @pablom_m

Margarita, de Cádiz, 84 años: en los peores meses de la pandemia cosió 50 mascarillas diarias en su casa. Luis Medina, marqués de Villalba: en los peores meses de la pandemia trincó 5 millones de euros tras venderle material sanitario defectuoso al Ayuntamiento de Madrid.
Arantxa۞ @ArantxaRG_

Le propusieron venderlas (ya que había otra gente que las vendía) y ella dijo que no, que era una necesidad y que ella estaba y está para ayudar. Es mi abuela, qué os voy a contar
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 "En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva". Antonio Machado.

8:35 p. m. · 7 abr. 2022
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3/10/19

Hemos progresado en nombre de la dignidad porque todo el mundo la sentía, aunque no fuera capaz de definirla... el asco a la indignidad marca el camino del progreso... lo podemos decir hoy de los inmigrantes... Hay una sociedad crítica con sus gobernantes escandalizada de cómo tratan a inmigrantes que huyen de la guerra y el hambre... ese escándalo es absolutamente nuevo en la historia de la humanidad porque presupone algo que nunca había hecho nadie antes, que es conceder al extranjero una dignidad infinita de origen...

"Tras dedicar una tetralogía a la ejemplaridad, el filósofo Javier Gomá (Bilbao, 54 años) se lanza en su último ensayo a reflexionar sobre otro concepto esquivo: la dignidad. Un término que define en Dignidad (Galaxia Gutenberg) como "lo que estorba y resiste a todo, incluido el interés general y el bien común" y que ha sido "olvidado y despreciado por la filosofía", frente a su presencia cotidiana en la calle, los mitines o los medios de comunicación.

 "Hemos progresado en nombre de la dignidad porque todo el mundo la sentía, aunque no fuera capaz de definirla", afirma en una entrevista con este periódico en Madrid, en la sede de la Fundación Juan March, que dirige desde 2003, un año antes de obtener el Premio Nacional de Ensayo por Imitación y experiencia.

Pregunta. ¿A qué se debe ese olvido de la filosofía por el concepto de dignidad que lamenta en el libro?

Respuesta. La primera causa, que es estructural, es la que dice Petrarca en el siglo XIV: que la miseria de la vida basta con abrir los ojos para verla, tan manifiesta es, mientras que la dignidad hay que cavar hondo para encontrarla. Es un concepto hasta cierto punto esquivo.

Hay además una causa cultural. A partir de Kant la filosofía es crítica. La cultura, durante siglos, era un instrumento de socialización, que permitía que ese salvaje que nacía de la madre se convirtiera, años después, en ciudadano. A partir de un momento, [la cultura] es sobre todo un instrumento de dominación. Y eso hace que sea liberador, pero poco creador y ciego al carácter transformador del concepto de dignidad. Hoy lo más frecuente es una ideología desconfiada, escéptica frente a cualquier ideal positivo, mientras que la dignidad es un ideal de transformación, de innovación.

La filosofía ha dado la espalda por completo al concepto de dignidad y ha sido la sociedad, como proyecto colectivo, la que —sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX— ha cogido la bandera de la dignidad y producido unas transformaciones extraordinarias, sin el respaldo de la filosofía. Es una inversión de lo que normalmente ocurre y ha tenido como consecuencia una filosofía que no ha meditado sobre la dignidad, pero también unos movimientos sociales realizados históricamente en nombre de un concepto que no ha definido.

P.  ¿Por qué esa diferencia entre el peso de la palabra en la filosofía y en ámbitos como el jurídico o el periodístico?

R: Porque es un término que connota, casi hechizante, sugiriendo esa cualidad del individuo que no puede ser atropellada. El gran hallazgo del siglo XX es que la dignidad individual prevalece sobre proyectos colectivos, de progreso, de mayor felicidad.

Es aquello que no puede ser sustituido por algo equivalente, que es lo que es el precio. Incluso invocando causas justas: el progreso, el bienestar, la felicidad de la mayoría... Es esa cualidad diamantina, resistente a todo, que incluso puede detener la marcha del progreso, porque convierte al resto de la humanidad en deudora. 

Quien la posee, y todo el mundo la posee, se convierte en acreedor, porque la humanidad le debe el derecho a la dignidad. Hemos progresado en nombre de la dignidad porque todo el mundo la sentía, aunque no fuera capaz de definirla.

P. ¿No puede generar monstruos un concepto que puede oponerse al bien común y que cada uno define de forma individual?

La filosofía no da la solución del crucigrama, una respuesta a todas las situaciones generadas por la riqueza e imprevisibilidad de la vida. Cuando se ha usado la dignidad para dar un problema taxativo a la eutanasia, al aborto, a la manipulación genética o a si se puede disparar a un avión cargado de pasajeros que va a estrellarse contra el Congreso de Estados Unidos, es cuando se convierte en recetario, que es algo que la filosofía no debe dar.

P. En el libro habla de cómo el asco a la indignidad marca el camino del progreso...

R: Asociamos la moral con lo fijo, pero hay un progreso moral que tiene que ver con una evolución de lo que consideramos evidente. En el ámbito de la dignidad, el progreso viene a menudo a partir del escándalo, como ocurrió con la novela social en el siglo XIX. 

Se te hace evidente algo que durante muchos siglos no es que no fuera evidente, es que era invisible, porque formaba parte del entramado normal de dominación. De repente ves el niño que, como en las novelas de Dickens, trabaja 18 horas al día, o la mujer abandonada después de ser violada o a un preso por deudas, algo que se suprimió en el siglo XIX.

Sí, se sigue violando a las mujeres, pero antes no se le daba ese nombre, porque no se reconocía dignidad a esas mujeres y, por tanto, no se violaba nada. La gran diferencia es que ya no puedes violar sin degradarte, envilecerte, sin producir asco a tu alrededor.

No sé cómo verán nuestros nietos el trato que hoy reciben los refugiados...

Lo mismo que decimos sobre las mujeres podemos decir hoy de los inmigrantes. Hay una sociedad crítica con sus gobernantes, al menos en Occidente, escandalizada de cómo tratan a inmigrantes que huyen de la guerra y el hambre. Y es justo que se escandalicen, siempre y cuando se ponga también el énfasis en que ese escándalo es absolutamente nuevo en la historia de la humanidad, porque presupone algo que nunca había hecho nadie antes, que es conceder al extranjero una dignidad infinita de origen, abstrayendo de todas las consideraciones. 

El principio de que el ciudadano tiene todos los derechos y el extranjero es un paria, que casi se asimila al esclavo, ha sido universal. Que hoy día nos estemos escandalizando es una extraordinaria noticia porque implica un progreso moral sin precedentes.

P. ¿Existen dignidades colectivas?

R: Sería un uso coloquial, no técnico. Sobre la que yo reflexiono es individual y pone el acento en lo distintivo de lo humano frente a los colectivismos, pero también frente a conceptos como la dignidad de la tierra, en el que se trata de relativizar la dignidad de lo humano para decir que el lagarto y el humano tienen la misma dignidad por pertenecer a la naturaleza. Yo trato de exasperar aún más la diferencia entre el hombre y el lagarto.




La creciente demanda de dignidad a los políticos


Pregunta. En el libro menciona la renuncia al "perfeccionismo político" y la búsqueda del acuerdo en la Transición, lo que conecta con la actualidad política española estos días

Respuesta. En política, la finalidad es la obtención del poder. Y una vez obtenido, su mantenimiento. Si no pones frenos, será una obtención desvergonzada, no sujeta a reglas. No es ser cínico, sino realista, decir que la política es sobre todo el arte de obtener y mantener el poder, por todos los medios que la sociedad le permita. ¿Cuál es el mayor contrapoder que existe en el mundo? Una ciudadanía ilustrada, consciente de su dignidad y de lo que se le debe.

Yo entiendo que los políticos hacen siempre lo que más les conviene para obtener sus objetivos políticos, pero no pueden ignorar del todo la demanda de una ciudadanía que, siendo cada vez más lustrada, es progresivamente más consciente de su dignidad y castiga aquellos comportamientos que, entiende, son ofensivos para la dignidad que considera que los políticos le deben respetar.

Pablo Iglesias, Pedro Sánchez, pero también [Albert] Rivera y [Pablo] Casado, tienen que combinar la obtención cruda del poder, con la imagen de la dignidad. Y una sociedad ilustrada hace que esa demanda de dignidad sea creciente."                    (Entrevista al filósofo Javier Gomá, antonio Pita, El País, 18/09/19)

27/4/11

"Nuestro primer desafío es vivir bien –eso es la ética"

"Todas las proposiciones morales son falsas", ésa es una proposición moral que es falsa, si la proposición "Todas las proposiciones morales son falsas" es verdadera, que no lo es. ¡Ajajá!, una versión de la paradoja cretense del mentiroso, aquel Doctor que usaba construir robots inteligentes que cortocircuitaban y explotaban. (...)

Pero, si los valores morales objetivos no están en el mundo, ¿dónde se esconden? Lo que Dworkin nos viene a decir en su libro es cuándo podemos pensar de manera justificada que algunos juicios de valor son verdaderos, y es a saber: "cuando podemos pensar justificadamente que nuestros argumentos para sustentar su verdad son argumentos adecuados". Mas ¿no resulta eso circular? Sí, pero Dworkin arguye que es circular en el buen y no en el mal sentido. (...)

"El erizo es una imagen antipluralista. Pluralista era el pensamiento popularizado por Isaiah Berlin, conforme al cual hay verdades, pero están en conflicto. Yo creo que eso es falso. Las verdades en el dominio de los valores no son más conflictivas que las verdades científicas." (...)

Dworkin construye un detallado sistema axiológico –que abarca la democracia, la justicia, la obligación política, la moralidad, la libertad y la igualdad—, a partir de sus propios conceptos de dignidad y autorrespeto. Tampoco aquí se muestra Dworkin afín al espíritu de la época.

"El grueso de la filosofía actual está sumergida en la autorrenuncia. La mía, en cambio, comienza con la autoafirmación, que fue popular entre los griegos como Aristóteles y Platón, pero no lo es ahora. En nuestros días, la moral se percibe como autosacrificio. Yo trato de mostrar por qué es eso falso."

¿Por qué importa la autoafirmación? "Tenemos la responsabilidad de vivir bien. Nuestro reto es obrar como si nos respetáramos a nosotros mismos. No basta con disfrutar de nosotros mismos. " ¿Pero acaso no choca la autoafirmación con nuestros deberes morales para con los demás?

"No. Nuestro primer desafío es vivir bien –eso es la ética—, e indagar luego cómo ese desafío se vincula con lo que debemos a otras personas, que eso es la moralidad. La conexión es por partida doble. Por un lado está el respeto por la importancia de la vida de otras personas. Por el otro, la igual preocupación por sus vidas."

Imaginad que estáis en un bote salvavidas y tenéis que decidir cuál de dos niños hay que arrojar por la borda, destinado a morir. Si sois utilitaristas y creéis que lo que importa en moral es maximizar la felicidad del mayor número, entonces no tendréis que preocuparos si el niño que va a morir es vuestro hijo o el otro.

El sistema dworkiniano, en cambio, afirma que estaréis justificados si a quién salváis es a vuestro hijo. ¿Por qué?. "¡Porque es mi hijo! Porque es una parte de lo que para mí significa vivir. Es parte de mi vida, ante la cual soy responsable." Esperemos que sus dos hijos gemelos, Anthony y Jennifer, siempre hayan encontrado tranquilizadora esa parte de la filosofía de su papi.

"Ese tipo del parcialidad no puede funcionar en política: usted no puede eximir a alguien de pagar impuestos porque es su hijo. Pero en el ámbito moral funciona: se puede salvar a alguien porque es mi hijo, mientras, al mismo tiempo, se respetan las vidas de otras personas.

Cada persona tiene que tomar en serio su propia vida: debe pensar que es importante que su vida tenga un rendimiento positivo, en vez de verla convertida en una oportunidad desperdiciada. Estoy hablando de dignidad. Es un término del cual abusan los políticos, pero una teoría moral que quiera hacerse respetar debe avanzar a partir de ese concepto." (...)

En el libro que estamos comentando reflexiona sobre el aborto con la noción de dignidad en la cabeza. Dworkin cree que "en muchas circunstancias, el aborto es un acto de autodesprecio". "Una mujer traiciona su propia dignidad cuando aborta por motivos frívolos: para evitar tener que reprogramar una fiesta, por ejemplo.

Pero en otros casos yo juzgaría de manera harto distinta: por ejemplo, cuando las perspectivas de vida decente para una adolescente se vieran truncadas si se convirtiera en una madre soltera. Si el juicio es verdadero o falso en un caso particular, sigue siendo un juicio ético y no uno moral.

La decisión debe dejarse en manos de la mujer, en la medida en que la dignidad exige que todos se hagan responsables de sus propias convicciones éticas." "¿Qué podemos decir del feto?" "Dado que un feto en los primeros meses de gestación no tiene intereses propios –no más que una flor—, no hay porqué suponer que tiene derechos que protejan sus intereses."

Esta misma perspectiva lo lleva a argumentar que hoy, en muchos países, los impuestos son injustos, y no porque retengan demasiado, sino demasiado poco. "Hoy, en los EEUU, muchos estados se quedan sin dinero para hacer las cosas que hacen. Tienen que sostener las fuerzas policiales, los cuarteles de bomberos y la mayor parte de las cosas que hacen para salvaguardar a las personas de una muerte indigna."

Dworkin toma prestada de Kant la preocupación por la dignidad que debemos a los otros: la idea de que no es posible el autorrespeto, a menos que tratemos objetivamente bien a las otras personas. "Y eso no pasa en EEUU." (...)

Al final del libro, escribe Dworkin: "Sin dignidad, nuestras vidas duran a lo sumo lo que un pestañeo. Pero si nos las arreglamos bien en punto a llevar una buena vida, entonces creamos algo más. Escribimos una nota al pie de nuestra mortalidad. Hacemos de nuestras vidas diminutos diamantes obsequiados a las arenas cósmicas." (Sin Permiso, 10/04/2011, citando a 'Justicia para erizos. Una conversación filosófica con Ronald Dworkin', de Ronald Dworkin)