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4/3/21

“El 68 tiene mala prensa infundada: le debemos buena parte de la libertad actual”... pero el 68 italiano había sido una revolución de mierda hecha por niños mimados, que arrasó con la cultura rural y la solidaridad

 "Tras 15 años de trabajo, escritura e investigación, Ignacio Sánchez-Cuenca acaba de publicar el libro de una vida. Se titula Las raíces históricas del terrorismo revolucionario, se editó primero en inglés en la Cambride University Press y después en castellano en Catarata, y es un viaje alucinante a la violencia de mediados y finales de los años setenta, cuando los ecos románticos de las revoluciones de Mayo del 68 y la de Cuba ayudaron al surgimiento de bandas armadas anarquistas y comunistas en numerosos países occidentales. 

Filósofo de formación y catedrático de Ciencia Política, Sánchez-Cuenca asume en este apasionante ensayo los perfiles de historiador, antropólogo, politólogo y sociólogo para buscar las causas remotas que moldearon el comportamiento dispar de esos terroristas revolucionarios, que produjeron más de 400 muertos y miles de heridos en Italia, España, Alemania, Japón, Grecia, Portugal y Estados Unidos.

La tesis central del libro es que, aunque surgieron grupos armados en muchos países europeos y occidentales, el terror revolucionario solo produjo víctimas mortales en aquellos lugares que, en el periodo de entreguerras, vivieron un ambiente político poco democrático y un desarrollo económico más precario; según la tesis, esos países tenían también una menor tradición individualista (familias y corporaciones más invasivas) y un legado histórico más convulso. 

Terrorismo revolucionario en Occidente: ¿por qué surgen estos grupos a finales de los 60 y no antes? ¿Mayo del 68 fue la espita? 

El ciclo del terrorismo revolucionario que se inicia a finales de los sesenta está muy ligado a las movilizaciones anti-sistema que asociamos con Mayo de 1968, pero tiene que ver también con las luchas de liberación nacional en la fase final del colonialismo y con el éxito de la revolución cubana. La espita, efectivamente, es el proceso de radicalización de algunos de los activistas más comprometidos en la protesta. Sin dicha ola de protestas es muy dudoso que hubiesen surgido grupos armados clandestinos en los países occidentales.

 El ensayo hace un inventario exhaustivo de los grupos que producen víctimas mortales: solo hay muertos en países con tradición iliberal. ¿Cuáles son las razones y cuáles diría que pesan más? ¿Anarquismo, dictaduras, desigualdad, poca industria? 

No trato de encontrar un factor específico, sino más bien un conjunto de características que definen una ruta amplia de desarrollo histórico (el pasado autoritario, la presencia de terrorismo anarquista, guerras civiles, desigualdad de la tierra, momento de la industrialización, tipo de capitalismo). Esa es la base de la distinción entre un patrón liberal de desarrollo y un patrón iliberal. En general, las democracias que resisten las convulsiones del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando se generaliza el sufragio universal masculino en Europa, son las que se libran del terrorismo revolucionario cuarenta o cincuenta años después. 

Este es un resultado muy chocante, pues el terrorismo revolucionario estuvo protagonizado en los años setenta y ochenta por grupúsculos con un nivel muy limitado de apoyo popular. Y, sin embargo, incluso una oleada de violencia como esta es reflejo de patrones de desarrollo de largo plazo.

 Cita además que esos países comparten una tradición débil de individualismo, con fuertes resistencias a la llegada del capitalismo y a la democracia. 

Una vez establecida la asociación tan estrecha entre desarrollos liberales e iliberales en entreguerras y la aparición del terrorismo revolucionario letal, cabe preguntarse por qué se produce en los países occidentales una divergencia tan profunda en los años veinte y treinta del siglo XX.

 Aquí apunto a una hipótesis muy amplia: el patrón liberal de desarrollo prevalece en países en los que, desde siglos atrás, el individualismo había cobrado mayor fuerza frente a la presión del grupo (familiar, corporativo, etc.). Suele considerarse que la expansión del individualismo tiene que ver sobre todo con el protestantismo, pero intento mostrar, siguiendo las tesis del antropólogo e historiador Emmanuel Todd, que las raíces son más profundas y se remontan a los tipos de familia que cristalizan en la Edad Media, si no antes.

¿Y cómo afectó la existencia de experiencias comunistas o anarquistas, y la pervivencia de sociedades rurales?

 Las sociedades que sufrieron más violencia anarquista entre 1875 y 1925 son también las que posteriormente tendría mayor incidencia de terrorismo revolucionario. La correlación no es perfecta, desde luego: por ejemplo, en Japón el movimiento anarquista fue muy débil, pero hubo una violencia revolucionaria bastante intensa en los 1970s. Algo similar puede decirse del comunismo.

 En algunos países la asociación es obvia (Italia), pero hay también países con partido comunista fuerte (Finlandia) que no tuvieron terrorismo revolucionario. Ahora bien, en general parece cierto que las corrientes radicales de izquierda sólo encontraron un nicho adecuado en los países con un individualismo más endeble. 

Marxismo y anarquismo: ¿pesaba más Rusia, China, Cuba…?

Hubo una mezcla de marxismo y anarquismo. El movimiento de la Autonomía, que tuvo mucha fuerza en Italia y en Alemania, era más próximo al anarquismo que al marxismo en muchos sentidos. Debido al rechazo del modelo soviético en la Nueva Izquierda y al prestigio del maoísmo en esos años, la revolución rusa no aparece como un referente destacado. Como apuntaba, tuvo mayor influencia el voluntarismo victorioso de la revolución cubana.

 ¿Por qué surgieron esos grupos violentos en algunos países que eran ya democracias avanzadas, salvo en España y Portugal? ¿Qué influencia tuvo el pasado y el presente en el caso español, por ejemplo?

Es la última ocasión en que surge un desafío armado organizado y duradero al sistema en los países occidentales. De ahí su intensidad y letalidad limitadas y su escaso apoyo popular. Es la última agitación revolucionaria antes de entrar en la fase neoliberal en la que todavía nos encontramos. El hecho de que se formaran estos grupos en democracias avanzadas es lo que explica su aislamiento social y político. 

Si tratamos de entender la variación que se encuentra entre países, resulta curioso que no haya grandes diferencias entre los países que se democratizan justo después de la Segunda Guerra Mundial (Alemania, Italia y Japón) y los que lo hacen en los setenta (España, Grecia y Portugal). En todos los casos el pasado de entreguerras pesa mucho en todos ellos.  

De los 23 países que cita en el libro, los que más muertos produjeron son España –95– e Italia –162–. ¿Por qué? 

En el libro recurro a una distinción clásica entre factores y condiciones causales. En el ejemplo canónico que discutían los filósofos, analizaban cómo la chispa provocada por un cortocircuito causaba un incendio. La chispa es el factor desencadenante, pero en ausencia de oxígeno (la condición causal) no habría fuego. 

Usando una analogía, propongo que la chispa del terrorismo revolucionario fue la protesta izquierdista de finales de los sesenta, mientras que las trayectorias históricas de largo plazo son el oxígeno. Así, la chispa está presente en algunos países con poco oxígeno (Estados Unidos, Gran Bretaña, Holanda), sin que prenda el terrorismo revolucionario. La chispa enciende un fuego en los países con mayor oxígeno, como Alemania, España, Italia y Japón (los que tenían un pasado más iliberal).

España e Italia son los países con “más oxígeno”: arrastran un pasado de fuertes enfrentamientos entre capital y trabajo, con una presencia importante de anarquismo y comunismo, con experiencias autoritarias represivas, fuertes conflictos agrarios y una industrialización lenta. Son condiciones ideales para que se produzca el fuego con la chispa. 

En Italia, la lucha armada nace en las Universidades del Norte. Trento y la Católica de Milán. Luego Roma en el 68. Brigadas Rojas, Lotta Continua, sus escisiones… Y así hasta 28 grupos que mataron al menos a una persona. Pasolini los llamó hijos de papá, y Mario Monicelli, también cineasta y comunista, me dijo en una entrevista que el 68 italiano había sido una revolución de mierda hecha por niños mimados, que arrasó con la cultura rural y la solidaridad… 

Las movilizaciones y reivindicaciones del 68 han acabado teniendo muy mala prensa. En parte por la deriva violenta o terrorista de algunos grupos minoritarios, pero también porque se encontraron con la incomprensión de los partidos comunistas primero y luego con una crítica feroz por parte de neoconservadores y ex izquierdistas. 

Se culpa al 68 de muchos de los males del presente. A mí me resulta una crítica poco interesante y poco fundada. Por muy ingenuas o ilusas que fueran algunas de sus ideas, creo que una parte importante de la libertad de la que disfrutamos en nuestra época se la debemos al cuestionamiento que realizaron de las jerarquías y la autoridad.

¿El análisis del legado histórico funciona en el caso italiano? Allí se juntó la Gladio, la guerra fría, la mafia, el eurocomunismo, el Compromiso Histórico, la modernización del Vaticano… Y la violencia posfascista mató más que la de izquierdas… 

Cada país, sin duda, tiene sus peculiaridades. El caso italiano es especialmente fascinante por múltiples motivos. Italia tuvo la movilización más elevada de todos los países de la OCDE durante los años 1968 y 1969 (mayor que en Francia). Hubo una mayor colaboración que en ningún otro país entre el movimiento estudiantil y el movimiento obrero. Y el 68 tuvo una especie de segunda edición con el movimiento de 1977, antesala de la gran escalada de violencia de los años 1978-79. 

Además, Italia es el único país en el que el terrorismo de extrema derecha, realizado mediante masacres indiscriminadas contra la población civil, tuvo una fuerte presencia, hasta el punto de que, efectivamente, mató más que la izquierda. Mientras que en otros países el fascismo era una amenaza más bien imaginaria, o un recuerdo de la época de entreguerras, en Italia seguía siendo una realidad. 

Pues bien, a pesar de todas las características específicas del caso italiano, Italia no se desvía con respecto a su patrón histórico de desarrollo. De acuerdo con el análisis estadístico que ofrezco, España e Italia tenían las condiciones para sufrir el nivel máximo de violencia revolucionaria. 

En España, decidió dejar fuera del análisis a ETA y se centró en el Grapo, que actuó desde 1975 a 2000. ¿Por qué?

Si bien ETA se definía como una organización socialista, creo que pesa más el componente nacionalista, la reivindicación de un territorio. Por así decir, primero es la independencia, luego el socialismo. Mi colega Luis de la Calle ha analizado los casos de terrorismo nacionalista en Europa (Nationalist Violence in Western Europe, Cambridge University Press, 2015) y, en este caso, la explicación tiene que ver con las relaciones entre el centro y la periferia y no tanto con patrones de desarrollo en el largo plazo. Por eso, creo que no se debe mezclar el análisis de los terrorismos nacionalista y revolucionario, por más que haya algunas similitudes obvias.

Háblenos un poco del fascinante caso japonés, donde los revolucionarios se mataban sobre todo entre ellos...

Probablemente sea el caso menos conocido de todos. Japón tuvo un movimiento del 68 muy intenso, con ocupaciones duraderas de universidades y protestas masivas en la calle. Hubo enfrentamientos cainitas entre las diversas sectas que componían la izquierda radical, con numerosos muertos.

 Se daban todas las condiciones para la formación de grupos armados. De hecho, estos surgieron, pero las fuerzas de seguridad fueron capaces de contener la violencia casi desde el principio. Ante el acoso de la policía, algunos activistas se fueron a Corea del Norte, otros se aliaron con grupos armados palestinos y cometieron atrocidades en Israel; y, finalmente, entre quienes se quedaron en Japón, se formó el Ejército Rojo Unido, que acabó sucumbiendo a sus conflictos internos.

 En uno de los episodios más extraños de la historia del terrorismo moderno, se encerraron en una cabaña de montaña y acabaron matándose unos a otros en sesiones cada vez más severas y delirantes de “autocrítica revolucionaria”. Durante aquellas semanas, hasta el aseo personal se consideraba una desviación burguesa. Muchos de ellos murieron como consecuencia de las palizas que se propinaban unos a otros tras confesar sus debilidades.

 Ha pasado muchos años investigando y escribiendo este libro, que al fin y al cabo es sobre un fenómeno que ha desaparecido ya en casi todo Occidente. ¿Cree que podría volver algún día el terrorismo revolucionario? 

Aunque la historia da muchas vueltas, me sorprendería mucho si volviera el terrorismo revolucionario en los países occidentales. El mito de la revolución ha sido superado, creo que definitivamente. De ahí que ni siquiera en los años más duros de la crisis de 2008 haya habido episodios serios de violencia de izquierdas en los países occidentales (la única excepción es Grecia y no se ha constituido ningún grupo organizado).

Sobre los recientes disturbios ocurridos en España (tan magnificados por algunos como violencia extrema), y sobre todo en Francia, con los Chalecos Amarillos, ¿cuál es su opinión?

Estos fenómenos de violencia callejera son muy distintos al del terrorismo (violencia armada cometida por grupos clandestinos). Suelen responder a factores muy coyunturales y es raro que tengan continuidad en el tiempo. A veces se dan en combinación con el terrorismo (como en el País Vasco durante los años de la ‘kale borroka’, o en la Italia de los setenta del siglo pasado). 

¿Cree que la crisis de las democracias neoliberales, y la insurrección del Capitolio, pueden anunciar una vuelta de algún tipo de lucha armada o de guerrilla urbana?

Tiendo a pensar que no, al menos en Europa. Una de las grandes diferencias entre el llamado nacional-populismo y el fascismo de entreguerras es que el fascismo tenía un fuerte componente de militarización de la vida política (los partidos formaban milicias). Puede haber casos de violencia puntual en Europa, pero no creo que lleguen a la violencia organizada. Estados Unidos es un caso distinto. 

La posibilidad de portar armas podría hacer que las milicias de la derecha radical dieran el paso de enfrentarse violentamente al sistema (han estado a punto de hacerlo en más de una ocasión). No obstante, creo, siguiendo a autores como Steven Pinker o Azar Gat, que la violencia interna en las naciones que han pasado por el proceso de modernización se vuelve residual o desaparece del todo."            (Entrevista a Ignacio Sánchez-Cuenca, Miguel Mora, CTXT, 03/03/21)

5/6/17

¿Qué es lo que sabemos exactamente, tras dos décadas de terrorismo islámico?

"Enmudece la voz, se agotan las palabras, las lágrimas se secan, el horror anida en nuestra vivencia y se hace imagen rutinaria sin que, aparentemente, podamos detener ese vértigo de destrucción que nos conduce a la negación de lo humano. O tal vez a la supremacía de esa humanidad destructora que todos llevamos dentro.

 Y sin embargo, sabemos todo. Sabemos quiénes se hacen terroristas y por qué. Sabemos cómo lo hacen. Y sabemos que la necesaria represión policial y las innecesarias guerras de exterminio alimentan la espiral de odio y violencia en todos los ámbitos de nuestras vidas. Y es que nuestra práctica institucional utiliza lo que sabemos para fines que tienen poco que ver con atajar el terrorismo.

Por ejemplo, para ganar elecciones mediante la exacerbación de xenofobia e islamofobia. Como ha hecho Trump e intentó Le Pen. O para controlar el petróleo de Oriente Medio. Como hicieron Bush, Blair y Aznar invadiendo Irak y desestabilizando el país para siempre, mediante la mentira de las armas de destrucción masiva. O para destruir la convivencia abriendo vías al autoritarismo. Como hizo Putin cuando asumió el poder en medio de la emoción de un atentado mortífero en Moscú atribuido espuriamente a chechenos.

Pero ¿qué es lo que sabemos exactamente, tras dos décadas de terrorismo islámico?

Los terroristas son jóvenes musulmanes radicalizados, que rechazan los valores dominantes de la sociedad en que viven, se solidarizan con sus correligionarios en Oriente Medio y se sienten parte de un movimiento global para defender al islam. La inmensa mayoría de los terroristas en Europa son europeos, nacidos y criados en nuestros países y ciudadanos de su país. Pero son una ínfima minoría de la comunidad musulmana.

 Los 19 millones de musulmanes que viven en la Unión Europea (1,6 millones en España) en su inmensa mayoría condenan el terrorismo, siguen las normas de convivencia y simplemente piden respeto a sus valores y tradiciones. Solamente unos mil han sido detenidos por posible radicalización. Y hay que recordar que el peor terrorismo islámico ocurre en países musulmanes.

 Ha habido cien veces más víctimas musulmanas que víctimas cristianas. Aun así, el pavor que suscita el terrorismo indiscriminado está teniendo un efecto profundo en nuestro modo de vida. El miedo cotidiano corroe la convivencia. Y aunque los radicalizados sean una ínfima minoría, aumentan en cantidad y en velocidad de su radicalización, a partir de la conexión creciente entre Oriente Medio y lo que sucede en Europa.

La adhesión al Estado Islámico es más mental que organizativa. La imagen de columnas de combatientes avanzando en Irak y Siria y derrotando a ejércitos apoyados por los poderes mundiales suscita el entusiasmo de los jóvenes que buscan en el proyecto purificador del yihadismo, incluido el martirio, el sentido de una vida que se les escapa, faltos de integración cultural en las sociedades europeas.

Aunque busquemos conexiones organizativas porque nuestra policía está entrenada para esto, las bombas se fabrican en casa, aprendiendo por internet o con consejos y materiales facilitados por redes clandestinas que han ido formándose a lo largo del tiempo. Redes que se reconfiguran constantemente en función de un ideal que se reproduce bajo distintas siglas, de Al Qaeda al Estado Islámico. 

Mientras las fuentes de radicalización aquí y de guerras diversas allí no se eliminen, no habrá policía capaz de impedir que un camión se precipite en un paseo o que un asesino con un cuchillo degüelle a inocentes o que una bomba de clavos con una carga de productos químicos domésticos mate y mutile a niños en la alegría de un concierto. Pero como algo hay que hacer y lo más fácil es hacer lo de siempre, poco a poco entramos en una vida dominada por el miedo en que el espacio público pasa a ser militarizado. 

Si la acción policial no es suficiente, aun apoyada por el ejército, ¿cómo prevenir la destrucción y la muerte? Se habla de integración de las comunidades musulmanas. Pero ello requiere una voluntad política, apoyada por la ciudadanía, que implica una tolerancia cultural y social profunda, que se contradice con la hostilidad creciente después de cada atentado.

 La crisis educativa y laboral de los jóvenes musulmanes discriminados requeriría darles una prioridad que los ciudadanos rechazan. Y el sentimiento de humillación y marginación que muchos sienten no se apacigua con buenas palabras.

Por otro lado, la anulación de la referencia simbólica en Medio Oriente exigiría una victoria militar que buscan Trump y Putin en este momento, pero que es improbable porque llevaría a nuevas invasiones y más gastos en vidas y dinero que los ciudadanos occidentales no están dispuestos a aceptar: “Que se maten entre ellos”, es la actitud general. 

Y las medidas más eficaces contra el EI no se contemplan. En concreto, se supone que el reino y los emiratos de la península Arábiga financian indirectamente las huestes islámicas (por eso no sufren ataques), pero son aliados esenciales de Estados Unidos que no se pueden tocar.

En esas condiciones, algunos dicen que “sólo nos queda rezar”. Pues no es mala idea, no sólo por el valor de la plegaria, sino como estrategia. Porque hacer una alianza de líderes religiosos cristianos y musulmanes por la paz y la vida puede ser más eficaz que las bombas con respecto de un movimiento de referencia religiosa, deslegitimando el terrorismo.

 En eso está desde hace un tiempo la Comunidad de Sant’Egidio, en colaboración con el papa Francisco y con su equivalente suní, el rector de la mezquita Al Azhar de El Cairo, adonde fue Francisco hace unas semanas. Sólo la paz de las mentes puede lograr la paz en el mundo. Porque todo lo demás está fracasando y arrastra en su fracaso nuestra forma de ser."                 (Terrorismo incesante, de Manuel Castells en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 27/05/17)

19/1/16

La mítica Edad de Oro, la del etarra, la del yihadista, se contrapone a un mundo decadente que les obliga a recurrir al terrorismo

"Uno de los elementos más llamativos de la violencia religiosa y nacionalista que actualmente golpea el planeta es su utopía regresiva a una presunta Edad de Oro cuyo recobro la justificaría. 

Dicha mítica Edad de Oro, ya sea la del etarra, ya la del yihadista, se contrapone a un mundo decadente e impuro que contamina los valores de la perdida Arcadia y obliga a quien se aferra a ellos a recurrir a la fuerza de las armas, al terrorismo impuesto por una exaltación legítima. 

Un examen comparativo del paso del abertzale a etarra y del salafista a yihadista nos muestra la existencia de un elemento común: la de servirse del pasado legendario como un instrumento contra el presente, un salto atrás de varios siglos que les proyectaría a un futuro justiciero y feliz.

Para el padre fundador de la moderna nación vasca, el ultracatólico y xenófobo Sabino Arana, la utopía se articula en torno a raza, lengua y fueros cuya prístina pureza y homogeneidad étnica habrían sufrido de la contaminación de los que él denominaba “nuestros moros” o maketos que habría desvirtuado su genuino espíritu primigenio. 

Diversos historiadores (Juan Pablo Fusi, Juaristi, Elorza, etcétera) han analizado con pertinencia la transformación del pensamiento carlista de Sabino Arana en la ideología supuestamente revolucionaria del núcleo duro del extremismo etarra (el salto del idílico mundo de Amaya o los vascos en el siglo VIII, la novela de Navarro Villoslada que leí en mi niñez, a un discurso ideológico con ingredientes marxistas) y esto me dispensa de demorarme en ello.

 Señalaré no obstante que el odio a la supuesta opresión del etarra no abarcaba únicamente a quienes la encarnaba (policía, militares, funcionarios estatales) sino también a civiles que nada tenían que ver con ella.

En el caso de la violencia yihadista, primero de los talibanes, luego de Al Qaeda y ahora del autoproclamado Califato Islámico o Daesh nos hallamos así mismo ante una idealización del pasado, de un retroceso de 14 siglos ya sea al del mundo tribal de la Península arábiga en tiempos del Profeta, ya al del poder político y religioso velador de la fe islámica de los llamados cuatro califas justos de la dinastía rachidí.

 Dicha regresión ideal tampoco tiene en cuenta el hecho de que las luchas tribales y de clanes acarrearon el asesinato de tres de los cuatro califas y desmienten la Arcadia feliz de la pureza primigenia que reivindican. 

Sobre el cisma que enfrentó entre sí a los musulmanes a la muerte de Mahoma y ocasionó la ruptura definitiva entre suníes y chiíes, el lector de estas líneas puede acudir con provecho a la obra del historiador tunecino Hicham Djaït, La gran discordia.

Conviene recordar que el imaginario occidental en torno a los califas omeyas y sobre todo abasíes —el esplendor de la corte de Harún Al-Rachid evocado en Las mil y una noches— refleja un mundo que nada tiene que ver con el rigorismo extremo y el fanatismo llevado a los límites del delirio de Abu Bakr Al-Bagdadi y sus huestes de Raqqa y Mosul.

 La civilización árabe de los primeros siglos de la hégira es al contrario una civilización abierta a las culturas de los territorios que conquista, en las antípodas de quienes hoy destruyen los tesoros de Nínive y Palmira con un odio irracional a cuanto simboliza el saber y las artes.

 La actual utopía yihadista atenta no solo a cuanto representa el enemigo opresor aunque se trate de víctimas civiles situadas a miles de kilómetros de distancia sino también contra las creaciones del espíritu humano a partir de un borrón y cuento viejo de un totalitarismo ciego que se erige en paradigma aberrante de la destrucción del patrimonio creado por el ser humano desde que entró en la historia.

 Si el terrorismo etarra es por fortuna cosa del pasado el yihadista se extiende por cuatro continentes, azota a diario el orbe musulmán y no se prevé su extinción durante años o décadas. Tanto el Dar Al-Islam como en Occidente habrá que habituarse a contender con él. 

La guerra contra la barbarie terrorista engendra nueva violencia y a estas alturas no se le ve salida alguna. Nos movemos en un círculo vicioso: los ataques del Estado Islámico en Europa y Estados Unidos y su repercusión mediática, alimentan la fascinación nihilista de quienes se inmolan para alcanzar el glorioso Estatus de mártires. Ningún Gobierno se siente a salvo de un posible atentado y este es precisamente el objetivo de los yihadistas."           (  , El País, 17 ENE 2016)

9/12/15

Las causas del terrorismo... en Túnez... en París...

"Hace ya tiempo que me ocurre que soy capaz de sentir horror y dolor por dos tragedias simultáneas acaecidas en distintos puntos del planeta.

 Resumiré una historia atroz: el viernes 13, mientras asesinos franceses y belgas mataban a 129 personas en París, asesinos tunecinos, también del Estado Islámico, degollaban y decapitaban a Mabrouk Soltani, un jovencísimo pastor de 16 años, vecino de la aldea de Slatniya, al noroeste de Sidi Bouzid, cuna de la revolución de 2011. 

Tras el crimen, los terroristas entregaron la cabeza de Mabrouk a su primo Chukri, que lo acompañaba en la montaña, para que se la llevara a su casa y se la enseñara a su familia. 

No quiero –no puedo– imaginar la desesperación de Chukri camino de su casa, con la cabeza de Mabrouk golpeándole la espalda, ni el horror de sus padres al abrir la puerta. El cuerpo fue recuperado al día siguiente por los vecinos mientras la cabeza pasaba la noche en el frigorífico.

Lo más terrible, sin embargo, llegó dos días después, cuando la cadena de TV Nessma entrevistó a otro primo de Mabrouk, Nassim Soltani, de 20 años, y todos los tunecinos, nativos o de adopción, descubrimos la verdad de este país. 

Nassim declaró que“todo el mundo sabe que en la montaña vive el terrorismo”, como quien habla del Ogro o del Dragón, y contó que el terrorismo ya había amenazado a su primo el pasado mes de julio, durante el mes de Ramadán, un día en que había llevado las ovejas a ramonear a la montaña. Lo que impresionó a Mabrouk, e impresionaba a Nassim mientras lo contaba, es que el terrorismo ¡era un chaval tunecino!

 El terrorismo, cubierto de armas y cuchillos, era tunecino, como él, y hablaba su lengua; y había hablado para decirle a Mabrouk que no atentaban contra los vecinos civiles, pero que si avisaba a la Guardia Nacional bajarían de la montaña para “masacrar a toda la aldea”.

En Slatniya todos vivían entre el miedo y el hambre. “Una pobreza”, dice Nassim, “una pobreza treinta grados por debajo de cero. Comemos hierbas y cardos. Y ni siquiera podemos beber, porque el agua hay que ir a buscarla a la montaña, donde vive el terrorismo”.

 ¿La opción? Sin carreteras, sin agua corriente, sin servicios médicos, sin policía, sin mercado, la alternativa es sencilla como un hachazo: “Moriré de hambre, de sed o de terrorismo”. Nassim se estremece y no llora, porque le han enseñado que los hombres no lloran, pero todos lloramos un poco cuando dice que él no sabe de dónde es, que cómo puede saber si es tunecino o argelino o marroquí y que “la Patria sólo la conozco por el carnet de identidad”.

 En Douar Slatniya, en Jelma, en Sidi Bouzid, dice, todos los jóvenes están en paro y caminan y caminan durante horas esperando que alguien les contrate por un esmirriado jornal para la construcción. Él tuvo que dejar la escuela para mantener a su familia, como su primo Mabrouk, que murió porque no tenía más remedio que subir a la montaña a buscar agua para beber y leña para hacer el pan. 

“A mis hermanos”, añade Nassim, “el maestro les pega –les pega y les pega– porque no han podido comprar los libros. ¡Una pobreza! ¡Una pobreza! ¡Una pobreza!”.

Pero Nassim cuenta también que a Mabrouk, su primo decapitado, el terrorismo intentó comprarlo. “¡El terrorismo puede comprarnos!”, grita desesperado Nassim, “¡puede comprarnos!”. 

Puede comprarnos a todos, insiste, como si él mismo resistiese difícilmente la tentación, y pasa entonces a pedir al Estado que “reclute a los jóvenes”: “reclútanos, Estado, defiéndenos, o acabaremos vendiéndonos al terrorismo, o combatiéndolo por nuestro propios medios”. 

O dejando la zona: “Vayámonos, decía mi padre”, declaraba Nassim en televisión. Todos se quieren marchar. Pero entonces, si nos vamos, “¿qué dirá el terrorismo?”, se pregunta el primo de Mabrouk.“Dominará esta aldea y luego otra y otra y se apoderará de todo”.

 Basta, concluye, hay que decir “basta” y este basta –no hace falta mucha perspicacia para comprenderlo– tiene que ver con el terrorismo, sí, pero también o sobre todo con lo que, al final, lo vuelve tentador para tantos jóvenes: la pobreza, el abandono,la represión policial, la miseria vital, más importante aún que el hambre; en definitiva, la falta de una patria que les dé la vida y por la que dar la vida.

Cinco años después de la revolución de la dignidad, las débiles instituciones democráticas tunecinas no han resuelto los problemas económicos y sociales del país y no son capaces de afrontar la amenaza yihadista. 

Son capaces, eso sí, de magnificarla para difundir el miedo y aparcar las tareas políticas pendientes: desarrollo de las regiones, justicia transicional, legislación ajustada a la nueva constitución. 

El resultado es evidente. Una encuesta del periódico Al-Maghreb revelaba ayer que el 52% de los tunecinos considera que Túnez no es un país seguro y que el 78% está dispuesto a renunciar a las libertades con tal de que se les garantice la seguridad.

Soy capaz, decía al principio, de imaginar dos dolores simultáneos sin subordinarlos o relativizarlos, pero soy capaz también de ponerlos en relación. Lo que debe inquietarnos, cuando pensamos en París y en Túnez, no es la posibilidad de que Nassim acabe vendiéndose al terrorismo y vaya a Europa a poner una bomba. 

No. Lo que debe inquietarnos es que los yihadistas europeos sean europeos y los yihadistas tunecinos tunecinos. Es decir, en alguna medida son dos “asuntos internos” inscritos en una misma órbita general y con consecuencias globales. 

Miles de jóvenes tunecinos carecen de patria; se sienten inmigrantes en su propio país y tienen miedo al mismo tiempo del Estado y del yihadismo, que, en cualquier caso, “puede comprarlos”. 

A miles de jóvenes franceses de religión musulmana les pasa un poco lo mismo; su apellido y su aspecto los priva de los derechos de la nacionalidad y viven sometidos al doble terror de la islamofobia institucional y del terrorismo, interesado sin duda en la exclusión y rechazo de los musulmanes europeos.

 El mismo miedo que justifica, y hace aceptables, retrocesos democráticos en Francia y Túnez, alimenta el yihadismo en uno y otro lado. Los fabricamos en casa, los mandamos a Siria y luego corremos a bombardearlos allí, realimentando el problema con éxito imparable.

La respuesta fácil no es una solución; las soluciones son difíciles. Aprecio por eso las propuestas de Podemos y las declaraciones responsables de Victoria Rosell y Julio Rodríguez. Más guerra y más destrucción, menos democracia y menos derechos, sólo sirven para engordar a la industria armamentística y a la ultraderecha mundial, ya sea laica o islamista. 

Si no conseguimos que el terrorismo deje de “comprar” a nuestros jóvenes, si no conseguimos “comprarlos” con igualdad y derechos, Juan Alberto González seguirá muriendo en París, Mabrouk Soltani seguirá muriendo en Túnez y por todas partes tendremos más muertos, menos razón y menos libertad."                (Santiago Alba Rico , InfoLibre, en  Attac Madrid, 29/11/15)

3/12/15

El ISIS no nos puede destruir, no tiene la posibilidad de hacerlo. En realidad, este tipo de ataques es una forma de desestabilización en Europa

"(...) Cuando vemos atentados en Egipto, en Beirut, los ataques de Boko Haram o de Al-Shabab, ¿estamos hablando de lo mismo?

Hablamos del mismo fenómeno pero no del mismo grupo. Hay una ideología, que es la delEstado Islámico. Y en esa ideología hay gente que quiere hacer ataques y quiere ser parte de este grupo, pero no es el mismo grupo. No es como Al Qaeda con el 11S donde Osama Bin Landen organizó todo y lo estructuró con un grupo de líderes. No. Aquí lo que pasa en Egipto, lo hace el grupo de Egipto; lo que pasa en Túnez, lo hace el grupo de Túnez. No existe de una coordinación central que mande esos ataques, son decisiones más independientes.

El día del atentado en París, lo que más escuché entre los ciudadanos era preguntar el por qué. ¿Por qué Europa como objetivo?


No tiene nada que ver con financiación del grupo, ni para conseguir dinero ni nada. Lo de realizar ataques en bares, por ejemplo, es una nueva modalidad. Pero ellos dicen… ahora atacamos a Europa porque Europa nos bombardea, y vamos a dejar la guerra en Europa, porque es la misma guerra que nosotros padecemos en nuestros territorios desde hace más tiempo. Esa es la estrategia.

Los servicios de inteligencia no parecen ser del todo eficaces…

Los servicios de inteligencia tienen un trabajo muy difícil porque en realidad se ha recortado la financiación de la policía, de la inteligencia y de la lucha antiterrorista. Tienen una entidad como el Estado Islámico enfrente y ahora no tienen bastante personal ni recursos para luchar contra un fenómeno tan grande. Creo que ese es uno de los problemas fundamentales. Tenemos una crisis enorme, donde han recortado todo.

Parece, entonces, que resulta más eficaz invertir en estas áreas de lucha antiterrorista antes que destinar ese dinero en el desarrollo o la compra de armas.

Sí, por supuesto, eso es verdad. Y además la política de bombardear es la razón por la que ahora tenemos esta situación en casa. Hemos ido tras ella hace mucho tiempo. Empezamos desde el 2003 con la invasión de Irak y fue un fracaso total. Es evidente que tenemos que cambiar la política, porque la actual no ha funcionado.

Como dice Hollande, ¿estamos en guerra?

No, no es correcto. Estamos en guerra, pero no es una guerra en nuestra casa. Un ataque como el de París no se puede considerar una guerra. Es un poco como Bush, cuando decía hacer la guerra contra el terrorismo en el 2001 y mira lo que ha traído. Estamos en guerra en el Oriente Medio. Eso sí es verdad. El ISIS no nos puede destruir, no tiene la posibilidad de hacerlo. En realidad, este tipo de ataques es una forma de desestabilización en Europa, es una forma de hacer el caos. La guerra como respuesta, que están dando los políticos, es la que quiere el Estado Islámico. Si ellos escuchan que estamos en guerra es lo que buscan, les legitima a la vez.

Pero esta “guerra” empezó mucho antes por parte de Occidente. En concreto, Francia apoyó a grupos rebeldes enviando armas y parte de esos rebeldes estaban vinculados al yihadismo. Y usted misma recuerda en el libro que los países del Golfo son patrocinadores de este Estado Islámico, que ha tenido acceso a armamento militar occidental.


Sí, esos patrocinadores son nuestros aliados. El ataque no ha empezado hoy. Y, además, es muy interesante ver cómo en los años 90 ya hubo un ataque en Francia de la GIA y la reacción fue completamente diferente. No se habló de guerra ni de nada. Como en el 11M en Madrid. Se necesitan otras respuestas.

-¿Cómo nace el germen de este grupo?

El grupo formado por Bin Laden, Hussein y Al Zarqawi en 2002 se desarrolló como el más importante porque tuvo mejor financiación. No hay terrorismo sin financiación

El grupo es original de Al Zarqawi. En 2002 los americanos y los ingleses decían que había una conexión directa entre Bin Laden, Hussein y Al Zarqawi. Eso fue una mentira total. Ese grupo se desarrolló como el más importante porque tuvo mejor financiación. No hay terrorismo sin financiación. La élite de Sadam Hussein, con sus militares, inteligencia, aviación… fueron destituidos de sus cargos y se fueron con Al Zarqawi para luchar contra las fuerzas de coalición. Es decir, cuando los americanos llegaron a Bagdad acabaron con todo lo que existía, con ese ejército, con la policía… esa gente se unió a grupos de lucha contra los americanos y el grupo de Al Zarqawi era uno de los más importantes. La guerra de Siria encuentra ahí su origen.

Es decir, el papel de Occidente es indiscutible en este proceso, también porque siempre han apoyado incluso a dictadores en esos países si protegían sus intereses.


Sí, es que es un problema del siglo pasado pero parece que no queremos verlo. Nosotros, Occidente, hemos creado naciones que no existían antes. Eso es lo que dice el Estado Islámico. Ellos recuerdan que son estados que no tienen una legitimación verdadera porque son estados creados por los colonizadores, así que la demanda es crear sus estados propios.

Esa es toda la tensión. Occidente creó esos estados y se han puesto en esas zonas por interés nuestro. Al final de la colonización no hubo una política de creación de estados espontánea y original, sino una nueva forma de colonización, laneocolonización.

¿Garantizar ese caos era una forma de que Occidente mantuviese el control en esos países?

Es verdad, aunque hay alguna excepción. El movimiento de Al Bassar fue un movimiento espontáneo, pero en el empiezo. Después se ha degenerado. Todo esto son movimientos que se desarrollaron durante la Guerra Fría, con gobiernos nuevos que apoyaban a los americanos o a los soviéticos. El caso de Siria, a los soviéticos. Esos son otros elementos que contribuyen a esa situación.

Sigue la Guerra Fría y el interés geopolítico por encima de todo.

Sí, entre los elementos que se han introducido está esa Guerra Fría de fondo, siempre lo está.

Un vídeo del Estado Islámico dice “queremos conquistar París antes que Roma y Al Andalus”. ¿Se conocen sus intenciones en cuanto a extensión de terreno a alcanzar?

No, no se sabe nada de eso.

¿Pero cuánto hay de real o de provocación en esas frases?

Yo creo que es una provocación. Ellos no saben tampoco muy bien lo que quieren conseguir. Esa frase es retórica, es la retórica del miedo. Así, los españoles recuerdan el califato de Córdoba y les genera miedo. Y su fin es crear esa situación de temor, de caos total.

Esa situación por…


Porque eso es una táctica de guerra. Así se hace. No sólo se hace con las armas, sino también la psicológica y en esa sí son muy fuertes.

¿Cómo responderles?

Debemos hacer política, pero cambiando la política. Lo primero, lo urgente, es iniciar un proceso de pacificación del área. Ellos buscan que les bombardeemos, que enviemos tropas, y que luchemos contra ellos en Siria. Es lo que quieren, es una trampa responderles con eso.

-En su libro marca una frase de un miembro del EI donde dice “la guerra es nuestra única fuente de ingresos, nuestro modo de vida”.

En parte ellos tienen una económica de guerra. El problema será si se inicia una transición a la paz. El cómo van a organizar este estado si se llega a una paz. Sería difícil para ellos porque es lo que conocen mejor. El petróleo es una parte de su financiación, con un 20% aproximadamente, pero sobre todo se financian con el impuesto que recaudan como estado.

Entonces, ¿no tenemos manera de asfixiarles económicamente?

No se puede hacer. Porque, además, no controlamos su economía de guerra. No hacen comercio internacional, tampoco transferencias internacionales de dinero, tampoco están en nuestros bancos. ¿Qué podemos hacer ahí? Nada, en eso, muy poco.

¿La religión es una excusa?


Esto es política. La religión sí les sirve como una ideología sólo patriótica y nacionalista, con una economía capitalista. Crean un estado a partir de esa idea. El tema de los mártires no les interesa tanto como Al Qaeda, a ellos les interesa más reclutar a gente que pueda construir esa nación. Y la gente de Europa que se va a luchar con ellos se marchan no tanto por dinero, sino por ideología, aunque sean de cultura europea, eso no tiene nada que ver ni es un impedimento. Es fe y creencia.

En los últimos años estallaron las llamadas Primaveras Árabes y, en cambio, se ha producido un reforzamiento del totalitarismo… Y, además, usted recuerda cómo un miembro del Estado Islámico comentaba “mientras la ONU era incapaz de enviar ayuda humanitaria, nosotros vacunábamos niños”. ¿Es una forma de conseguir adeptos, a pesar de las circunstancias?

Nosotros bombardeamos y cuando lo hacemos, matamos a la población civil

Por supuesto. Hay una contradicción porque nosotros bombardeamos y cuando lo hacemos matamos a población civil, población que tenía otras demandas. ¿Cómo se puede pensar, cuando se hace esta política de guerra, que no se mata a esa gente? Ese es también un instrumento a su favor porque les sirve para hacer un reclutamiento.

Ellos van a la población y les dicen… miren, los americanos y sus fuerzas de coalición nos matan, a vuestras familias, destruyen vuestras casas, no hay ayudas… pero nosotros somos mejores. Eso les permite ganar adeptos.

¿Qué se puede hacer frente al discurso del miedo y el rechazo a no admitir refugiados por temor?

Es un problema muy grande pero en sí no es la frontera, es Europa. Hemos abierto la frontera, hemos creado una moneda común pero no tenemos una política exterior común, tampoco una lucha antiterrorista común, sino que cada uno ha mirado por sus intereses en todos estos años precedentes. Y ese es el problema. Es una contradicción.

En su libro La Mordaza, vincula el origen del 11S con la crisis económica. ¿Esto es lo mismo?

La crisis económica crea condiciones para que crezca la radicalidad

Sí. Esos jóvenes que han atacado en París se debe a que Europa tiene muchos problemas de integración y muchos problemas económicos. Hay un desempleo increíble y el desempleo de los musulmanes es aún más grande que el que padecemos nosotros. Eso es un problema. Hay una conexión muy fuerte, una semilla. La gente no se lo cree. Y la pobreza crea terrorismo.

 La crisis económica crea condiciones para que crezca la radicalidad. Si esos jóvenes tuviesen un trabajo, familia, vivir en su piso… por supuesto no harían lo que hacen ahora. Pero eso era un trabajo previo de integración que no se ha realizado.

Tal y como se desarrolla el proceso, ¿tendremos que sentarnos a negociar con ellos, reconociéndoles como estado propio?

Creo que sí. La solución debe ser de pacificación y de negociación diplomática. Y eso pasa por hablar con ellos. No directamente, porque no querrán dialogar con nosotros, pero sí tenerles en cuenta a través de líderes tribales y empezar una conversación sobre la opción de que ellos negocien por nosotros, como intermediarios. A ellos sí les escucharían.

No hay vuelta atrás.

No. Ellos no desaparecerán, no irán nunca a menos. Están y hay que asumirlo. Sólo toca hacer frente a este problema porque está ahí y no se puede ignorar. Y si hablamos y negociamos ahora, justo ahora, va a ser mejor que dentro de cinco años. Esa es la única realidad." (Entrevista a Loretta Napoleoni, Attac Madrid, 23/11/15)

19/11/15

¿Por qué tantos jóvenes de “discreta vida” se transforman en terroristas dispuestos a inmolarse en el nombre de una creencia religiosa extremista? Por la corrupción

"Qué nos impulsa al lado oscuro? ¿Por qué tantos jóvenes de “discreta vida” se transforman en terroristas dispuestos a inmolarse en el nombre de una creencia religiosa extremista? Decía Dostoievski que no hay nada más fácil que condenar al malhechor, pero nada más difícil que comprenderlo. Y en pocas ocasiones esta afirmación resulta más acertada que en el caso del terrorismo yihadista. 

A las élites culturales occidentales nos consuela pensar que el motor del terror son la pobreza y la falta de educación. Estos días nos hemos hartado de oír brindis al sol, y a la media luna, sobre cómo combatir las causas “socioeconómicas de fondo” del terrorismo. Sin embargo, los estudios que han investigado la relación entre pobreza y (poca) educación con terrorismo no ofrecen resultados concluyentes. 

Los terroristas no suelen ser más pobres ni tener menos estudios que los ciudadanos de su entorno. A veces, es al contrario: son menos pobres y están más educados. Sin duda, la pobreza y la incultura no ayudan a la moderación. Sin duda, hay que combatirlas por motivos humanitarios. Pero no son causa necesaria ni suficiente de la radicalización extremista.

Tiene que haber algo más. Esa es la teoría de Sarah Chayes, autora de Thieves of State: Why Corruption Threatens Global Security (Ladrones de Estado: por qué la corrupción amenaza la seguridad global), mitad autobiografía, mitad tratado sobre qué fomenta la radicalización religiosa. 

A través de sus conocimientos históricos y de su experiencia vital, sobre todo en Afganistán pero también en otros focos de radicalización, de su contacto directo con ciudadanos y empleados públicos a todos los niveles, Chayes es capaz de captar lo que se le escapa al complejo militar-intelectual encargado de la lucha antiterrorista: cómo se transmite el veneno extremista.

En sus relaciones con el mundo islámico, la comunidad internacional, y a la cabeza EE UU, opta por esta secuencia: primero, seguridad, y, luego, buen gobierno. Apostemos por líderes locales que puedan asegurar un orden mínimo, aunque ello suponga tolerar unos ciertos niveles de corrupción, o incluso fomentarla, pues en ocasiones damos sobres por debajo de la mesa a las figuras clave del régimen. 

Total, estos pueblos ya están acostumbrados a Gobiernos corruptos. La corrupción como mal menor ha sido una actitud tradicionalmente compartida en determinados círculos de poder y sostenida por reputados teóricos. Para Samuel Huntington, por ejemplo, la corrupción podía ser un “lubricante” que facilitara la modernización de una sociedad en transición.

Chayes narra cómo funciona ese lubricante en la realidad. Ofrece todo lujo de detalles sobre cómo funcionaba el Gobierno de Karzai en Afganistán, donde no solo millones de dólares destinados a la reconstrucción del país acabaron en los bolsillos de unos cuantos amigos, sino que el aparato estatal acabó reproduciendo los esquemas de una organización criminal verticalmente integrada. 

Chayes narra las semejanzas de Afganistán con otras “cleptocracias” también aceptadas, o apuntaladas, durante décadas por la comunidad internacional, como Egipto, Túnez, Uzbekistán o Nigeria. En todas estas sociedades se reprodujo una fractura entre un grupo reducido de ciudadanos de primera, con acceso a todo tipo de privilegios, licencias y prebendas, y una mayoría que se sentían ciudadanos de segunda.

Por supuesto, el Gobierno estadounidense sabía que gran parte del inmenso dinero invertido en Afganistán se desviaba para beneficio privado de unos pocos, pero aplicaban la lógica del economista académico. Damos 100 millones y, aunque 80 se pierdan en corruptelas varias, los 20 restantes llegarán a la comunidad local en forma de, por ejemplo, pozo de agua, escuela u hospital. 

Si la población es fríamente racional, preferirán esas infraestructuras a nada. Con lo que acabarán agradeciendo y colaborando con las fuerzas ocupantes y el proceso de democratización del país. Pero, en realidad, ni los afganos ni nadie somos fríamente racionales. Diversos experimentos muestran que los humanos somos como los monos capuchinos que rechazan un trozo de pepino si su compañero recibe un grano de uva por hacer la misma tarea: reaccionamos frente a la injusticia renunciando a nuestro propio bienestar. 

Tiramos las migajas que nos dan si percibimos que otros, sin un motivo justo, se apropian de la barra de pan. Priorizamos el sentido de justicia sobre nuestra propia utilidad. No es un detalle menor. Tiene implicaciones profundas para el diseño de políticas públicas, como el fracaso estadounidense en Afganistán atestigua.

Frente al racionalismo economicista de las agencias gubernamentales, Chayes adopta el sentido común de la observadora participante. Su experiencia de la vida cotidiana afgana, que incluye montar una fábrica de jabón gracias a la generosidad de Oprah Winfrey, le indica que lo que fomenta el extremismo es la impotencia que sienten muchos afganos ante un Gobierno corrupto, parcial e injusto. 

No es la pobreza per se, sino el ver a los hijos de las familias influyentes paseándose en lujosos todoterrenos, lo que indigna a los afganos. Y ahí es donde entran los extremistas religiosos, que ofrecen pureza espiritual como contrapunto a una sociedad sucia. Orden eterno frente a un mundo injusto.

Es una constante a lo largo de la historia. La reforma protestante en el siglo XVI, sobre todo en sus versiones más puritanas, fue una reacción frente a la percepción de que había una corrupción endémica en el catolicismo, como con la venta de indulgencias. En el caso del yihadismo la reacción puritana es especialmente sangrienta y repulsiva. Pero, por desgracia, el derramamiento purificador de sangre ha estado también presente en demasiados episodios trágicos de nuestro pasado.

Los propios militantes radicalizados confiesan la importancia de la corrupción en su conversión. Chayes cita un estudio en el que se interrogó a prisioneros talibanes sobre las causas que los llevaron al extremismo. Curiosamente, las motivaciones étnicas o religiosas, incluyendo la falta de respeto al islam, o políticas, como la ocupación americana, desempeñaban un papel secundario. El principal motivo para muchos talibanes era la percepción de que el Gobierno afgano era corrupto.

Un sentimiento paralelo puede estar impulsando a muchos jóvenes a combatir por el Estado Islámico, de Siria a las calles de París. No, los jóvenes de las banlieues no se enfrentan a un Estado corrupto en Francia. Y, en términos absolutos, quizás tienen más oportunidades objetivas para progresar socialmente que los jóvenes de otros muchos países. Pero, en términos relativos (que son los que nos motivan a los primates), se sienten ciudadanos de segunda.

Es esa percepción de injusticia, de discriminación, la que alienta la búsqueda de una pureza espiritual. De una justicia divina. Y del infierno terrenal que tan frecuentemente se deriva de ella."                   (   , El País18 NOV 2015)

25/3/13

El asesinato por razones religiosas es el que más cerca está del asesinato político

"Una diputada de bildu dijo el otro día que los crímenes de ETA habían sido políticos. Enseguida se le echaron encima. Comprendo la reacción porque durante algún tiempo también fue la mía. El calificativo de político aplicado al asesinato es, aparentemente, un modo de ennoblecerlo: la política es la región áurea del asesinato. 

Semejante distinción tiene su correlato en las cárceles: los delincuentes políticos han gozado siempre de autoridad, y de privilegios, respecto de la chusma que mata por razones estrictamente personales.

Pero yo creo que la diputada tiene razón. Los asesinatos etarras fueron políticos. Como lo fueron los asesinatos nazis, por poner uno entre tantos ejemplos posibles. Y eso es lo peor que tienen.

El asesinato político es el único que escapa radicalmente a lo personal. Los crímenes que tienen por objeto el dinero, el honor o el sexo se producen en nombre de uno mismo y no aspiran a ningún homenaje.

Aunque traten de mentir sobre ellos, aunque busquen atenuantes a su condena, los individuos asumen su responsabilidad y no tratan de presentar sus crímenes (salvo en tangos algo cargados) en nombre del bien: saben que actúan en nombre del odio, la codicia o la rabia.

 El asesinato por razones religiosas es el que más cerca está del asesinato político, porque el asesino actúa en tanto que fiel de una determinada cofradía, y asimismo en nombre de un bien eterno. 

Pero el asesino religioso obtiene un tangible beneficio personal, tópicamente ejemplificado en las decenas de huríes bañadas en leche que le esperan al otro lado de la vida, que no está presente en el crimen político. Hasta el punto de que vaya uno a saber si, en realidad, no se trata de un mero crimen económico, destinado a la mejora del nivel de vida.

El asesino etarra no mató en nombre propio, sino en nombre de una patria, por resumir su idea. Desde Ferlosio sabemos que su principal procedimiento era la deshumanización de la víctima: el asesino no disparaba sobre una nuca sino sobre el Estado. Pero no acabaría de comprenderse bien el proceso si no extendiéramos la deshumanización al que dispara. Como también en Thatcher: «Disparé yo». 

 Es decir el Estado. Nadie, para lo que ahora nos ocupa. El asesino político trata de proveerse de un complejo estatus de inexistencia. No maté yo, sino las circunstancias. Y es lógico que cuando las circunstancias cambien sea hasta el propio crimen el que empuje para desaparecer del escenario de la memoria."          (EL MUNDO 19/03/13, ARCADI ESPADA, En Fundación para la Libertad)

29/8/11

"... la imagen de un Sabino Arana racista... su religión política del odio montada sobre ese racismo, con la consiguiente violencia que la acompaña"

"Al acercarse el décimo aniversario de los grandes atentados de Al Qaeda, estamos en condiciones de apreciar hasta qué punto es válido el planteamiento de Martha Crenshaw al contemplar el terrorismo como una forma específica de violencia para cuya explicación resulta preciso tomar en consideración el contexto histórico en que surge. Luego será preciso rastrear los efectos que produce, tanto sobre ese marco como sobre los comportamientos y las mentalidades de los grupos sociales, los individuos y las instituciones afectados. (...) 

Porque como cualquier otro fenómeno social y político, el terrorismo es analizable, y también como cualquier otro modo de acción presenta zonas oscuras, que empiezan, igual que en el genocidio, por su propia definición, partiendo del intento por los propios interesados de enmascarar su contenido. Botón de muestra: el terrorismo disfrazado de "lucha armada" o edulcorado como "violencia" en el lenguaje de los dos nacionalismos en Euskadi.

 Hay también zonas similares a un no man's land, donde efectivamente el terrorismo converge con otras formas de actuación agresiva, singularmente en lo que viene denominándose "terrorismo de baja intensidad" (nuevo ejemplo vasco, la kale borroka). Pero precisamente son esas tácticas de enmascaramiento y esas fronteras inseguras las que permiten singularizar el fenómeno terrorista, en sus múltiples variantes. Y desautorizar el recurso habitual, utilizado por tantas explicaciones que acaban en justificaciones, orientadas a no afrontar el terrorismo en cuanto tal, desviando los focos hacia una supuesta causa exterior, cuya entrada en escena acaba convirtiendo a las víctimas en responsables de la agresión sufrida.

 Es "la opresión de Euskadi" o el "problema vasco" sin resolver desde 1839, que a partir de los años setenta han permitido a tantos verdugos voluntarios, tal vez ciudadanos ejemplares en otros aspectos, y sobre todo a sus apoyos sociales, eludir el verdadero problema, que no es otro que la práctica terrorista, con su carga de deshumanización radical, superior a la de la propia guerra. (...) Al encarar este o aquel terrorismo, el establecimiento de falsas relaciones de causalidad, inductoras de un efecto de inversión de responsabilidades, es demasiado frecuente y solo sirve para esconder el fondo del problema, promoviendo en definitiva la absolución de los terroristas.

Lógicamente, al buscar la citada inversión, tales estrategias exculpatorias se cuidan de borrar todo cuanto contribuya a una explicación endógena de los procesos terroristas, y en especial de ignorar su dimensión teleológica, su finalidad, cuyo conocimiento, al lado del examen de los recursos técnicos e ideológicos -con frecuencia religiosos-, es la clave para la eventual aplicación de medidas políticas y culturales de prevención.

Pensemos de nuevo en el caso vasco. La historiografía ha progresado en las dos últimas décadas por lo que toca a la reconstrucción de procesos sociopolíticos y acontecimientos, pero si en las obras de mayor circulación sigue difundiéndose la imagen de un Sabino Arana racista como cualquier otro en su época, sin entrar en su religión política del odio montada sobre ese racismo, con la consiguiente violencia que la acompaña tanto en su origen como en su transmisión posterior en la historia del nacionalismo hasta ETA, no entenderíamos nada de lo sucedido en el último medio siglo.

O entenderíamos lo que al PNV interesa, ensalzando la modernidad del movimiento y preguntándonos sin buscar respuesta cómo una sociedad culta y progresiva pudo abrigar el terrorismo (perdón, "la violencia").

Solo que también en el nacionalsocialismo fueron modernos, y surgió en la culta y progresiva Alemania de Weimar, pero no por generación espontánea, lo mismo que las Brigadas Rojas emergen de la modernización espectacular que Italia experimentó en los años sesenta.

Hubo en todos los casos una gestación de ideologías de la violencia, legitimadas por mitos sobre los cuales nadie se preocupó en incidir. Con el nacionalismo vasco sucede otro tanto, y es esa mentalidad discriminatoria que le sirvió de base, y alentó luego el terror, lo que aún hoy debiera preocuparnos." (ANTONIO ELORZA: La estela del terror. El País, ed. Galicia, 25/08/2011, p. 25)