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2/7/25

¿Por qué el Occidente oficial, y en especial la Europa occidental oficial, es tan indiferente ante el sufrimiento de los palestinos? ¿Por qué el Partido Demócrata en Estados Unidos es cómplice, directa e indirectamente, de apoyar la inhumanidad cotidiana en Palestina? Esta es una pregunta pertinente, dado que nos encontramos ante un genocidio transmitido en directo... Ignorar el genocidio en la Franja de Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania solo puede describirse como intencional, no como ignorancia... Este tipo de ignorancia es, en primer lugar, el resultado de la eficaz presión israelí, que ha prosperado en el terreno fértil del complejo de culpa, el racismo y la islamofobia europeos. En el caso de Estados Unidos, también es el resultado de muchos años de una maquinaria de presión eficaz y despiadada que muy pocos en el mundo académico, los medios de comunicación y, especialmente, en la política se atreven a desobedecer... Este fenómeno es conocido en investigaciones recientes como Pánico Moral... El pánico moral es una situación en la que una persona teme defender sus creencias morales porque requeriría valentía y podría tener consecuencias... Esta es la razón por la que tantos alemanes permanecieron en silencio cuando los judíos fueron enviados a los campos de exterminio, y esta es la razón por la que los estadounidenses blancos se quedaron de brazos cruzados y observaron cuando los afroamericanos fueron linchados... Este pánico moral da lugar a fenómenos sorprendentes... Cuando el editor de Palestine Chronicle, Ramzy Baroud, perdió a 56 miembros de su familia a causa de la campaña genocida israelí en la Franja de Gaza, ninguno de sus colegas periodistas estadounidenses se dignó a hablar con él ni a mostrar interés en esta atrocidad. Por otro lado, una acusación inventada por Israel sobre una conexión entre el Chronicle y una familia en cuyo edificio de apartamentos se encontraban rehenes generó un enorme interés en estos medios y captó su atención... No ceder al pánico es un paso pequeño pero importante hacia la construcción de una red global para Palestina (Ilan Pappe)

"Sobre el coraje de hablar

EL SILENCIO DE OCCIDENTE SOBRE GAZA

Las reacciones del mundo occidental a la situación en la Franja de Gaza y Cisjordania plantean una pregunta inquietante: ¿por qué el Occidente oficial, y en especial la Europa occidental oficial, es tan indiferente ante el sufrimiento de los palestinos?

¿Por qué el Partido Demócrata en Estados Unidos es cómplice, directa e indirectamente, de apoyar la inhumanidad cotidiana en Palestina, una complicidad tan obvia que probablemente fue una de las razones por las que perdió las elecciones, ya que el voto árabe-estadounidense y progresista en estados clave no pudo, y con razón, perdonar a la administración Biden por su papel en el genocidio en la Franja de Gaza?

Esta es una pregunta pertinente, dado que nos encontramos ante un genocidio transmitido en directo que se ha reanudado sobre el terreno. Es diferente a períodos anteriores en los que se demostró la indiferencia y complicidad de Occidente, tanto durante la Nakba como en los largos años de ocupación desde 1967.

Durante la Nakba y hasta 1967, la información no era fácil de conseguir, y la opresión posterior a 1967 fue en su mayor parte gradual y, como tal, ignorada por los medios y las políticas occidentales, que se negaron a reconocer su efecto acumulativo sobre los palestinos.

Pero estos últimos dieciocho meses son muy diferentes. Ignorar el genocidio en la Franja de Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania solo puede describirse como intencional, no como ignorancia. Tanto las acciones de los israelíes como el lenguaje que las acompaña son demasiado visibles como para ignorarlos, a menos que políticos, académicos y periodistas decidan hacerlo.

Este tipo de ignorancia es, en primer lugar, el resultado de la eficaz presión israelí, que ha prosperado en el terreno fértil del complejo de culpa, el racismo y la islamofobia europeos. En el caso de Estados Unidos, también es el resultado de muchos años de una maquinaria de presión eficaz y despiadada que muy pocos en el mundo académico, los medios de comunicación y, especialmente, en la política se atreven a desobedecer.

Este fenómeno es conocido en investigaciones recientes como Pánico Moral, muy característico de los grupos más conscientes de las sociedades occidentales: intelectuales, periodistas y artistas.

El pánico moral es una situación en la que una persona teme defender sus creencias morales porque requeriría valentía y podría tener consecuencias. No siempre nos ponemos a prueba en situaciones que requieren valentía, o al menos integridad. Cuando sí lo hacemos, es en situaciones donde la moralidad no es una idea abstracta, sino un llamado a la acción.

Esta es la razón por la que tantos alemanes permanecieron en silencio cuando los judíos fueron enviados a los campos de exterminio, y esta es la razón por la que los estadounidenses blancos se quedaron de brazos cruzados y observaron cuando los afroamericanos fueron linchados o, antes, esclavizados y maltratados.

¿Cuál es el precio que tendrían que pagar destacados periodistas occidentales, políticos veteranos, profesores titulares o directores ejecutivos de conocidas empresas si culparan a Israel de cometer genocidio en la Franja de Gaza?

Parecen estar preocupados por dos posibles resultados. El primero es que serán condenados como antisemitas o negacionistas del Holocausto; el segundo es que temen que su respuesta honesta desencadene un debate que incluya la complicidad de su país, de Europa o de Occidente en general, en la facilitación del Genocidio y todas las políticas criminales contra los palestinos que lo precedieron.

Este pánico moral da lugar a fenómenos sorprendentes. En general, convierte a personas educadas, elocuentes y competentes en completos imbéciles cuando hablan de Palestina. Impide que los miembros más perspicaces y reflexivos de los servicios de inteligencia examinen las exigencias israelíes de incluir a toda la Resistencia Palestina en una lista de terroristas, y deshumaniza a las víctimas palestinas en los grandes medios de comunicación.

La falta incluso de un mínimo de compasión y solidaridad hacia las víctimas del Genocidio ha quedado expuesta por los dobles estándares que aplican los principales medios de comunicación occidentales, y en particular los periódicos más establecidos de los Estados Unidos, como el New York Times y el Washington Post.

Cuando el editor de Palestine Chronicle, Ramzy Baroud, perdió a 56 miembros de su familia a causa de la campaña genocida israelí en la Franja de Gaza, ninguno de sus colegas periodistas estadounidenses se dignó a hablar con él ni a mostrar interés en esta atrocidad. Por otro lado, una acusación inventada por Israel sobre una conexión entre el Chronicle y una familia en cuyo edificio de apartamentos se encontraban rehenes generó un enorme interés en estos medios y captó su atención.

Este desequilibrio entre humanidad y solidaridad es solo un ejemplo de las distorsiones que conlleva el pánico moral. No me cabe duda de que las acciones contra estudiantes palestinos o propalestinos en Estados Unidos, o contra activistas reconocidos en Gran Bretaña y Francia, así como el arresto del editor de The Electronic Intifada , Ali Abunimah, en Suiza, son manifestaciones de esta conducta moral distorsionada.

Un caso similar ocurrió recientemente en Australia. Mary Kostakidis, reconocida periodista australiana y expresentadora de SBS World News Australia, programa semanal en horario de máxima audiencia, fue llevada ante el Tribunal Federal por su desafortunada cobertura sobre la situación en la Franja de Gaza. El hecho de que el Tribunal no desestimara de inmediato la acusación demuestra lo arraigado que está el pánico moral en el hemisferio norte.

Pero hay otra cara de la moneda. Afortunadamente, existe un grupo mucho más amplio de personas que no temen asumir los riesgos que implica declarar abiertamente su apoyo a los palestinos, y que demuestran esta solidaridad incluso sabiendo que podría conllevar la suspensión, la deportación o incluso la cárcel. No son fáciles de encontrar en el mundo académico, los medios de comunicación o la política, pero son la voz auténtica de sus sociedades en muchas partes del mundo occidental.

Los palestinos no pueden permitirse el lujo de permitir que el pánico moral occidental tenga voz ni impacto. No ceder al pánico es un paso pequeño pero importante hacia la construcción de una red global para Palestina, que se necesita con urgencia: primero, para detener la destrucción de Palestina y su pueblo, y segundo, para crear las condiciones para una Palestina descolonizada y liberada en el futuro."

27/11/23

Cuando el «sentido común» lo dejamos en manos de la derecha (los que históricamente han cancelado y censurado)... Cómo estará de extendida la percepción de la cancelación en nombre de lo políticamente correcto, la censura y la falta de tolerancia frente a la pluralidad de opiniones, que el primer ministro del Reino Unido ha nombrado a Esther McVey «ministra del sentido común» para la lucha contra lo ‘woke’... la estrategia woke ha acabado siendo utilizada como arma arrojadiza por unas minorías para hacerse con el poder –ideológico, cultural y social– sobre las mayorías. Lo que debía ser un instrumento de alerta ante las injusticias que nos igualara a todos, ha acabado siendo una herramienta para darle el poder a unos pocos en base a un pensamiento único, escudados en las llamadas guerra culturales... O sea, ha acabado siendo una herramienta para limitar la libertad de expresión

 "Hay noticias que nos pondrían poner sobre aviso de lo que se nos avecina, mucho más en tiempos de cambios de carteras ministeriales.

Me explico.

En una época parecida a la nuestra se encuentra el Reino Unido, de cambios de carteras me refiero. Rishi Sunak, el primer ministro, ha sufrido recientemente un terremoto en su gobierno y, para tratar de encarar lo mejor posible el año antes de las elecciones, no solo ha llamado a Cameron para que participe de nuevo en el gabinete –cosas más raras se han visto en política que recuperar al político que los metió en uno de los mayores desaguisados internacionales de los últimos tiempos–, sino que ha tenido que ampliar ministerios.

En concreto uno, el que me interesa, es el que a partir de ahora ocupará Esther McVey, superviviente de los gobiernos de Cameron, May y Johnson. Pero ¿quién es Esther McVey y qué puesto asumirá? Si recurres a la Wikipedia en español, no hay actualización profesional suya a partir de 2019; sin embargo, si te acercas a mirar la versión inglesa, añaden varias cosas, entre otras, que en la reorganización de noviembre de 2023, Rishi Sunak la ha nombrado ministra sin cartera con la tarea de liderar la agenda antiwoke del gobierno.

Y sí, tal cual lo digo, parece que esta diputada del ala dura de los tories ha sido designada por el primer ministro para velar contra la denominada cultura woke, y su «brazo armado», la cultura de la cancelación en el Reino Unido.

Y ahí es donde yo no puedo evitar una media sonrisa al enterarme de que han nombrado a una «ministra del sentido común» centrada en la lucha contra lo woke. Las palabras no son mías, proceden de la prensa británica. Cómo estarán las cosas para que un gobierno llegue a la conclusión de que la mera denominación y apelación del sentido común pueda serle rentable políticamente.

Es decir, cómo estará de extendida en gran parte de la población la percepción de que la locura, la falta de sensatez, la cancelación en nombre de lo políticamente correcto, la censura, el terraplanismo y falta de tolerancia frente a la pluralidad de opiniones, entre otras cosas, es bueno que sea objeto de control por parte de un gobierno… de derechas.

La definición de woke cambia según a quién le preguntes. El término deriva del inglés afroamericano y se empezó utilizando de forma razonable, en un intento de proteger –como no podía ser de otro modo– a las minorías, y, sobre todo, insistiendo en una crítica al racismo y al machismo imperante, en definitiva contra la desigualdad estructural. A partir del 2014 y con el movimiento Black Lives Matter se utilizó para «despertar» a la gente frente a la brutalidad policial en EE.UU. contra la comunidad negra.

 El problema es que, desde entonces, el término se ha utilizado para denunciar todo aquello que no gusta, en realidad, todo aquello que no sigue… lo que los wokes creen que hay que defender y de no ser así aplican su, temida, cultura de la cancelación, para acabar «asesinando» públicamente a aquel personaje que no repita el discurso que ellos defienden. Dicho de otro modo, la estrategia woke ha acabado siendo utilizada como arma arrojadiza por esas mismas minorías para hacerse con el poder –ideológico, cultural y social– sobre las mayorías. Sí, lo que debía ser un instrumento de alerta ante las injusticias que nos igualara a todos, ha acabado siendo una herramienta para darle el poder a unos pocos en base a un pensamiento único, escudados en las llamadas guerra culturales.

Hasta aquí, casi os diría que no pasa nada. El drama, sí, permitidme que me ponga un poco trágica, es que lo que podría quedarse en discusión familiar, o debate en un grupo de amigos, ha salido y ha llegado incluso a órganos más o menos con poder, consiguiendo, incluso, silenciar a personas y, claro está, a sus opiniones. O sea, ha acabado siendo una herramienta para limitar la libertad de expresión desde algunas minorías.

 Llegados a este punto, está claro que lo de menos es quién sea McVey, que dicho sea de paso tiene bastantes detractores en su país, lo verdaderamente interesante es que, finalmente, alguien se haya dado cuenta –hasta tal punto de crear un ministerio–, que no se puede normalizar la cancelación desde el punto de vista de una democracia. Y que, además, tenga que venir desde la derecha (los que históricamente han cancelado y censurado) y con la bandera del «sentido común».

Quizá, normalizando la sensatez, aunque sea de forma gubernamental; quizá, dejando que exista libertad de opinión y no censura; quizá, respetando los estudios científicos, podemos empezar a centrarnos en los temas verdaderamente importantes, como la escasez de viviendas asequibles, el aumento de las facturas de energía, las escaseces sanitarias o educativas, o los terribles niveles de pobreza que existen en algunas zonas. Lo triste es que ese campo discursivo se lo estamos dejando a la derecha, véase la nueva ministra británica.

Cómo de estúpidos han de ser los que tiene enfrente la derecha británica, cómo de evidente debe ser, que baste con apelar al sentido común, para ganarse el apoyo de la ciudadanía, aunque recurriendo a un ministerio sin cartera. Veremos si acabamos siguiendo el ejemplo.

Ya dijo alguien en España, viendo los derroteros de la guerra cultural que se está teniendo desde la izquierda, que ésta está perdiendo el sentido común, y que será la ultraderecha la que apele al sentido común, y, desgraciadamente, de seguir así, la gente terminará pensando que la ultraderecha es la que tiene sentido común."                   (Carmen Domingo, ethic, 27/11/23)

17/8/22

Branko Milanović: El socialismo con características chinas en el libro de Xi Jinping... El éxito se define en términos de mejora del bienestar y la felicidad de las personas... ¿cómo lograr el buen gobierno? Obviamente, teniendo gobernantes morales... En todos los casos de un buen gobierno, se hace hincapié en las características individuales de los gobernantes... lo que se busca es el gobierno de la virtud, y por la virtud... Podría haber un procedimiento justo de selección de gobernantes, digamos, por elección, pero no necesariamente una regla virtuosa. Esto último sólo puede asegurarse mediante la educación de los gobernantes... La pregunta clave, sin respuesta en el libro, se convierte entonces en: ¿es posible lograr un "rejuvenecimiento" educativo y moral en las actuales condiciones "normales" del capitalismo, en las que la mayoría de la población considera que ganar dinero es el objetivo más elevado que revela también la propia valía individual? Xi está luchando contra el espíritu de los tiempos, y aunque su lucha puede estar impulsada por un genuino deseo de crear una China moralmente superior, las probabilidades de tener éxito en este empeño no son, me temo, especialmente altas

 "Hace varios años, la Editorial Popular del Estado chino introdujo la traducción al inglés de extractos de los discursos de Xi Jinping y, en algunos casos, de sus escritos bajo el título de "Anécdotas y dichos de Xi Jinping". El original se publicó en chino en 2017. El enlace al libro está disponible aquí.  (...)

El libro consta de dos partes. La primera está dirigida al lector chino, trata temas chinos (pero también hasta cierto punto globales), y utiliza sobre todo los ejemplos, proyectados como metáforas, de la milenaria historia china, los casos de individuos extraordinarios de la época maoísta, e incluso algunos del período contemporáneo de construcción del "socialismo con características chinas." La segunda parte (mucho menos interesante) es una recopilación de varios discursos pronunciados por Xi en ocasiones de reuniones internacionales (las conversaciones con Obama figuran allí dos veces, pero no está Putin). Se supone que la segunda parte muestra la interacción benévola de China con el resto del mundo, pero su carácter programático la hace mucho menos interesante. La única excepción es cuando Xi habla de fútbol, al que es realmente aficionado, y donde sus opiniones son interesantes.

El énfasis indiscutible en la parte "china" del libro está en los asuntos de gobierno. Dando numerosos ejemplos de la historia china de gobernantes y sus ayudantes que se preocupaban por el bienestar de la gente, vivían modestamente ("Uno debe ser el primero cuando se ocupa de los asuntos del Estado, el último cuando se ocupa de los asuntos personales"), se esforzaban por mejorar moral y educativamente, Xi propone una teoría de la gobernanza que se basa en la virtud de los gobernantes y en los resultados obtenidos, no en el procedimiento. Mientras que las teorías occidentales hacen hincapié en el aspecto procedimental (cómo se selecciona a un gobernante, si es mediante un proceso democrático bien establecido o no), la preocupación de Xi son los resultados. La premisa tácita no es discutir cómo se selecciona a alguien para gobernar -y esto se aplica no sólo a los altos cargos, sino a todos los puestos, desde el nivel más bajo del condado hasta el jefe del CPC- sino el éxito que tienen en el cumplimiento de sus funciones. El éxito se define en términos de mejora del bienestar y la felicidad de las personas a las que gobiernan.

El buen gobierno en sí, como en una historia de la antigua China contada por Xi, no tiene por qué ser estructuralmente el mismo. Tres gobernantes diferentes, escribe Xi, impusieron el gobierno justo mediante mecanismos distintos: uno por su atención a los detalles y por el control de todos los gastos del gobierno partida por partida; otro por su buen carácter; y el tercero por los castigos severos. La corrupción se erradicó bajo cada uno de los tres gobernantes, pero por una razón diferente: bajo el primero, la gente no podía hacer trampas; bajo el segundo, se avergonzaba de hacerlas; bajo el tercero, se les castigaba si hacían trampas. Xi, que contó esa historia en 2004, no revela cuál de las tres formas prefiere.

En todos los casos de un buen gobierno, se hace hincapié en las características individuales de los gobernantes. Como mencionan los editores, si en la China feudal existían muchos gobernantes y funcionarios virtuosos y concienzudos, ¿no sería aún más probable que los comunistas más conscientes de la ideología y orientados al pueblo se preocuparan por sus conciudadanos? Lo que se necesita, escriben, es "moralidad por dentro y virtud por fuera"; lo que se busca es el gobierno de la virtud, y por la virtud.

Pero, ¿cómo lograr ese gobierno? Obviamente, teniendo gobernantes morales. De ahí -el lector empieza a darse cuenta- la campaña ideológica de Xi: si se desprecia la ideología confuciana-comunista y todo se valora simplemente en términos de dinero y éxito económico, no puede haber un gobierno moral y virtuoso. Citando a Confucio, como hacen los editores, "si uno se permite seguir el beneficio en su comportamiento, habrá muchos con motivo de queja". Podría haber un procedimiento justo de selección de gobernantes, digamos, por elección, pero no necesariamente una regla virtuosa. Esto último sólo puede asegurarse mediante la educación de los gobernantes.

La pregunta clave, sin respuesta en el libro, se convierte entonces en: ¿es posible lograr un "rejuvenecimiento" educativo y moral en las actuales condiciones "normales" del capitalismo, en las que la mayoría de la población considera que ganar dinero es el objetivo más elevado que revela también la propia valía individual? ¿Pueden los ejemplos traídos de la era revolucionaria, del foro de Yen'an, del primer Mao, etc. ser relevantes para una nueva generación criada en el mundo de la comercialización implacable? Se puede dudar. Esto no hace que la campaña ideológica llevada a cabo por Xi (incluyendo probablemente este libro) sea menos relevante, sino que la hace más. Sin embargo, la probabilidad de éxito de esa campaña no es muy alta. Xi está luchando contra el espíritu de los tiempos, y aunque su lucha puede estar impulsada por un genuino deseo de crear una China moralmente superior, las probabilidades de tener éxito en este empeño no son, me temo, especialmente altas.

Pero, quizás, Xi podría responder con la historia, contada por Mao en 1942, del viejo loco que intenta mover dos montañas. En la versión de Mao, las dos montañas eran el feudalismo y el colonialismo. Fueron eliminadas. En la versión de Xi, podrían ser la codicia y la indiferencia."                (Branko Milanović,  Brave New Europe, 14/08/22; traducción DEEPL)

20/5/22

Losurdo: La industria de la mentira y las guerras imperialistas... “Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión un genocidio... Lo que el mundo entero tenía ante sus ojos como la realidad real en las pantallas de televisión, era la absoluta anti-verdad y, aunque la falsificación era a veces evidente, fue de todas maneras autentificada como real por el sistema mediático mundial"... después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera

 "En la historia de la industria de la mentira como parte integrante del aparato militar-industrial del imperialismo, el año 1989 marcó un verdadero viraje. Nicolae Ceaucescu se mantiene en el poder en Rumania. ¿Cómo derrocarlo? Los medios de prensa occidentales comienzan a divulgar masivamente informaciones e imágenes del «genocidio» perpetrado en Timisoara por la policía del propio Ceaucescu.

LOS CADÁVERES MUTILADOS

¿Qué había pasado en realidad? Basándose en el análisis de Guy Debord sobre la «sociedad del espectáculo», un ilustre filósofo italiano, Giorgio Agamben, sintetizó magistralmente este caso:

«Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo o que se hallaban aún en las mesas de las morgues fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión el genocidio destinado a legitimar un nuevo régimen. Lo que el mundo entero tenía ante sus ojos como la realidad real en las pantallas de televisión, era la absoluta anti-verdad y, aunque la falsificación era a veces evidente, fue de todas maneras autentificada como real por el sistema mediático mundial, para que quedara claro que lo real no era a partir de entonces otra cosa que un momento del movimiento necesario de lo falso. Verdad y falsedad se hacían así imposibles de distinguir una de la otra y el espectáculo se legitimaba solamente mediante el espectáculo.

Timisoara es, en ese sentido, el Auschwitz de la sociedad del espectáculo. Incluso se ha dicho que si después de Auschwitz es imposible escribir y pensar como antes, después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera.» [1]

El año 1989 es el año en que el paso de la sociedad del espectáculo al espectáculo como técnica de guerra comenzó a manifestarse a escala planetaria.

Varias semanas antes del golpe de Estado, o sea antes de la «revolución de Cinecittà» en Rumania [2], se producía en Praga –el 17 de noviembre de 1989– el triunfo de la «revolución de terciopelo» con una consigna inspirada en Gandhi: «Amor y verdad». En realidad, la difusión de la información falsa según la cual la policía había «matado brutalmente» a un estudiante desempeñaba un importante papel. Eso es lo que nos revela, 20 años más tarde y con satisfacción, «un periodista y líder de la disidencia, Jan Urban», protagonista de aquella manipulación: su «mentira» tuvo en aquel momento el mérito de suscitar la indignación de las masas y el derrumbe del régimen, ya debilitado [3].

Algo similar ocurrió en China. El 8 de abril de 1989, Hu Yaobang, secretario del Partido Comunista Chino (PCCh) hasta el mes de enero de 1987, sufre un infarto en medio de una reunión del Buró Político y muere una semana después. La multitud de la Plaza de Tiananmen vincula su deceso al enconado conflicto político que se había manifestado en el marco de aquella reunión [4]. El fallecido se convierte de cierta forma en víctima del sistema cuyo derrocamiento se desea.

En los 3 casos, el invento del crimen y su denuncia buscan suscitar la ola de indignación necesaria para favorecer el movimiento de protesta. Esa estrategia encuentra éxito en Checoslovaquia y Rumania –países donde el régimen socialista había surgido al calor del avance del Ejército Rojo– pero fracasa en la República Popular China, fruto de una gran revolución nacional y social. Y el fracaso mismo se convierte en punto de partida de una nueva guerra mediática más masiva aún, desencadenada por una superpotencia que no tolera la existencia de rivales reales o potenciales. Esa guerra mediática aún se mantiene en vigor. Pero lo cierto es que el momento que define el viraje histórico es, en primer lugar, Timisoara, «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo».

DAR PUBLICIDAD A LOS BEBÉS Y AL CORMORÁN

Dos años después, en 1991, se producía la primera guerra del Golfo. Un periodista estadounidense tuvo el coraje de revelar cómo se desarrolló «la victoria del Pentágono sobre los medios», o sea la «colosal derrota de los medios implementada por el gobierno de Estados Unidos» [5].

En 1991, la situación no era nada fácil para el Pentágono –ni para la Casa Blanca. Había que convencer de que la guerra era necesaria a una población que aún conservaba en mente el recuerdo de Vietnam. ¿Qué hacer? Diversos subterfugios van a reducir drásticamente las posibilidades de que los periodistas hablen directamente con los soldados o de que envíen crónicas directamente desde el frente. En la medida de lo posible, todo debe ser sometido a un filtro: la fetidez de la muerte y, sobre todo, la sangre, los sufrimientos y lágrimas de la población civil no deben irrumpir en las casas de los ciudadanos de Estados Unidos –ni de los habitantes del resto del mundo– contrariamente a lo sucedido en tiempos de la guerra de Vietnam.

Pero el problema central y más difícil de resolver es otro: ¿Cómo demonizar el Irak de Sadam Husein, que años antes había ganado méritos –a los ojos de los propios Estados Unidos– al agredir el Irán nacido de la Revolución islámica y antiestadounidense de 1979 y con tendencia al proselitismo en el Medio Oriente? El proceso de demonización no habría sido difícil si la víctima [de Sadam Husein –Kuwait–] hubiese sido [un país] angelical. Pero la operación no iba a ser nada fácil. Y no sólo debido a la implacable represión reinante en Kuwait contra toda forma de oposición. Había cosas mucho peores: los peores trabajos eran para los inmigrantes, víctimas de una «esclavitud de hecho» que tenía por demás visos de sadismo. Los casos de «serbios defenestrados, quemados, cegados o asesinados a golpes» no suscitan la menor emoción [6].

¡Pero se logró! Generosa o fabulosamente pagada, una agencia publicitaria lo resuelve todo… denunciando que los soldados iraquíes les cortan las «orejas» a los kuwaitíes que se resisten. Pero el punto culminante de esta campaña estaba por venir: los invasores habían irrumpido en un hospital «sacando 312 recién nacidos de sus incubadoras y dejándolos morir de frío sobre el suelo del hospital de Kuwait» [7].

Repetida hasta el cansancio por el presidente Bush padre, reafirmada por el Congreso, avalada por la prensa más autorizada e incluso por Amnistía Internacional, esa información tan horrible, y también detallada, no podía dejar de provocar una enorme ola de indignación: Sadam Husein era el nuevo Hitler, hacerle la guerra no sólo era necesario sino además urgente y quienes se oponían o no parecían convencidos tenían que ser considerados como cómplices más o menos conscientes del nuevo Hitler. Por supuesto, esa información era una mentira cuidadosamente fabricada y divulgada. Precisamente por eso la agencia publicitaria se había ganado su dinero.

La reconstrucción de ese caso aparece en un capítulo del libro ya mencionado aquí, con un título apropiado: «Dar publicidad a los recién nacidos» [8]. La verdad es que los recién nacidos no fueron los únicos que recibieron publicidad. Al inicio de las operaciones de guerra se difundió en el mundo entero la foto de un cormorán que se ahogaba en el petróleo proveniente de los pozos que Irak había volado. ¿Verdad o manipulación? ¿Fue Sadam quien provocó la catástrofe ecológica? ¿Hay cormoranes en esa región del mundo y en esa temporada del año? La ola de indignación, autentica y cuidadosamente manipulada, arrasaba con las últimas muestras racionales de resistencia.

FABRICACIÓN DE FALSEDADES, TERRORISMO DE LA INDIGNACIÓN Y DESENCADENAMIENTO DE LA GUERRA

Viajemos en el tiempo hasta la disolución, o más bien el desmembramiento de Yugoslavia. Contra Serbia, que había sido históricamente el protagonista del proceso de unificación de ese país multiétnico, se desencadenaban una tras otra –en los meses anteriores a los verdaderos bombardeos– sucesivas olas de bombardeo mediático. En agosto de 1998, dos periodistas, un estadounidense y un alemán, «reportaban la existencia de fosas comunes con 500 cadáveres de albaneses entre los cuales había 430 niños, en los alrededores de Orahovac, donde se habían producidos intensos combates. Otros diarios occidentales retomaron la noticia y le dieron gran difusión. Pero todo era falso, como demuestra una misión de observación de la Unión Europea». [9]

Pero eso no pone en crisis la fábrica de falsedades. A inicios del año 1999, los medios occidentales comenzaban a hostigar a la opinión pública internacional con fotos de cadáveres amontonados en el fondo de una fosa y a veces decapitados y mutilados. Las explicaciones y artículos que acompañaban aquellas imágenes proclamaban que eran civiles albaneses desarmados masacrados por los serbios. Pero:

«La masacre de Racak es aterradora, con mutilaciones y cabezas cortadas. Una escena ideal para suscitar la indignación de la opinión pública internacional. Pero algo parece extraño en las características de esa matanza. Habitualmente, los serbios matan sin realizar mutilaciones […] Como nos muestra la guerra de Bosnia, las denuncias de barbaries cometidas con los cuerpos, huellas de tortura, decapitaciones, son un arma de propaganda frecuentemente utilizada […] Quizás no sean los serbios sino los guerrilleros albaneses quienes mutilaron los cuerpos.» [10].

O quizás los cadáveres de las víctimas de uno de los innumerables enfrentamientos fueron objeto de un tratamiento ulterior, para dar la impresión de ejecuciones a sangre fría y de un desencadenamiento de furia bestial, atribuido de inmediato al país que la OTAN quería bombardear [11].

El montaje de Racak no era más que el punto culminante de una campaña de desinformación obstinada e implacable. Unos años antes, el bombazo del mercado de Sarajevo había permitido a la OTAN presentarse como la instancia moral suprema, que no podía tolerar que las «atrocidades» serbias quedasen impunes. Hoy en día podemos leer, incluso en el diario italiano Corriere della Sera que «fue una bomba de origen bastante dudoso lo que provocó la masacre de Sarajevo, desencadenando la intervención de la OTAN» [12]. Con ese precedente, Racak nos parece ahora una especie de reedición de Timisoara, reedición que se prolongó por varios años.

 Sin embargo, incluso antes de ese caso, ya se habían registrado otros éxitos. El ilustre filósofo que había denunciado en 1990 «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo» que había tenido lugar en Timisoara, se unía 5 años más tarde al coro dominante criticando de manera maniquea «el súbito deslizamiento de las clases dirigentes ex comunistas hacia el racismo más extremo (como en Serbia, con el programa de “purificación étnica”)» [13].

Después de haber analizado con agudeza la trágica ausencia de diferenciación entre «verdad y falsedad» en el marco de la sociedad del espectáculo, Agamben acababa por confirmarla involuntariamente al acoger expeditivamente la versión (o sea la propaganda de guerra) difundida por el «sistema mediático mundial», que él mismo había designado anteriormente como fuente principal de la manipulación. Después de haber denunciado la reducción de lo «verdadero» a «un momento del necesario movimiento de lo falso», reducción implementada por la sociedad del espectáculo, Agamben se limitaba a conceder una aparencia de profundidad filosófica a ese «verdadero» reducido precisamente a «un momento del necesario movimiento de lo falso».

Por otro lado, un elemento de la guerra contra Yugoslavia nos remite, más que a Timisoara, a la primera guerra del Golfo: el papel de los public relations.

«Milosevic es un hombre esquivo, no le gusta la publicidad, no le gusta mostrarse ni hacer discursos públicos. Parece que en el momento de los primeros anuncios de la descomposición de Yugoslavia, Ruder&Finn, la compañía de relaciones públicas que trabajaba para Kuwait en 1991, fue a verlo para proponerle sus servicios. Y la pusieron de patitas en la calle.

En cambio, Ruder&Finn fue contratada por Croacia, por los musulmanes de Bosnia y los albaneses de Kosovo a cambio de 17 millones de euros al año, para proteger y promocionar la imagen de los tres grupos. ¡E hizo un excelente trabajo! James Harf, director de Ruder&Finn Global Public Affairs, afirmaba […] en una entrevista: “Logramos hacer coincidir, en la opinión pública, a serbios y nazis […] Somos profesionales. Tenemos un trabajo que hacer y lo hacemos. No nos pagan por dedicarnos a la moral”» [14].

Veamos ahora la segunda guerra del Golfo. En los primeros días de febrero de 2003, el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, mostraba al Consejo de Seguridad de la ONU las imágenes de los laboratorios móviles de producción de armas químicas y biológicas que supuestamente poseía Irak.

Algún tiempo después, el primer ministro británico Tony Blair reforzaba la dosis: Sadam Husein no sólo tenía esas armas sino que ya había elaborado planes para utilizarlas y podía activarlas «en 45 minutos». Y de nuevo venía el espectáculo que, más que el preludio de la guerra, constituía en sí el primer acto de guerra, con la advertencia contra un enemigo que el género humano tenía que liquidar a toda costa.

Pero el arsenal de mentiras usadas o por usar iba mucho más allá. En su empeño por «desacreditar al líder iraquí a los ojos de su propio pueblo», la CIA se proponía «divulgar en Bagdad un documento filmado donde se revelaba que Sadam era gay. El video debía mostrar al dictador iraquí en plena relación sexual con un muchacho. Tenía que dar la impresión de haber sido filmado con una cámara oculta, como si fuera una grabación clandestina». También se estudiaba «la posibilidad de interrumpir las transmisiones de la televisión iraquí con una edición extraordinaria –falsa– del noticiero de televisión en la que se anunciaría que Sadam había dimitido y que todo el poder había pasado a manos de su hijo, el temido y odiado Uday» [15].

El Mal tenía que ser denunciado y estigmatizado mientras que el Bien debía aparecer en todo su esplendor. En diciembre de 1992, los Marines estadounidenses desembarcaban en el litoral de Mogadiscio. Para decirlo con más exactitud, desembarcaban allí 2 veces, pero la repetición de la operación no se debía a dificultades militares ni de logística. Había que demostrarle al mundo que, además e incluso antes de ser una formación militar de élite, los Marines estadounidenses eran una organización benéfica y caritativa que traía esperanza y sonrisas al pueblo somalí víctima de la miseria y el hambre. La repetición del desembarco-espectáculo tenía como objetivo corregir detalles erróneos y defectos. Un periodista que fue testigo del hecho explicaba:

«Todo lo que está pasando en Somalia y lo que va a producirse en las próximas semanas es un show militaro-diplomático […] Realmente, una nueva época en la historia de la política y de la guerra comenzó en aquella extraña noche de Mogadiscio […] La “Operación Esperanza” fue la primera operación militar que no sólo se filmó en vivo para las cámaras de televisión sino que además se pensó, se construyó y se organizó como un show de televisión» [16].

Mogadiscio era la contraparte de Timisoara. Unos años después de haber puesto en escena la representación del Mal (el comunismo que al fin se desplomaba) se montaba la representación del Bien (el Imperio estadounidense que surgía del triunfo obtenido en la guerra fría). Los elementos que conforman la guerra-espectáculo y que determinan su éxito están ahora claros."            (Domenico Losurdo, Observatorio de la crisis, 06/04/22)

15/9/21

Mi universidad sacrificó las ideas por la ideología. Así que hoy renuncio... Cuanto más hablaba contra el antiliberalismo que se ha tragado la Universidad Estatal de Portland, más represalias sufría... Los transeúntes me escupían y amenazaban mientras iba a clase. Los estudiantes me informaron de que mis compañeros les decían que evitaran mis clases. Y, por supuesto, fui objeto de investigaciones...

 "Peter Boghossian ha enseñado filosofía en la Universidad Estatal de Portland durante la última década. En la carta que figura a continuación, enviada esta mañana a la rectora de la universidad, explica los motivos de su dimisión.

Estimada rectora Susan Jeffords,

Me dirijo a usted hoy para dimitir como profesor asistente de filosofía en la Universidad Estatal de Portland.

Durante la última década, he tenido el privilegio de enseñar en la universidad. Mis especialidades son el pensamiento crítico, la ética y el método socrático, e imparto clases como Ciencia y Pseudociencia y Filosofía de la Educación. Pero además de explorar a los filósofos clásicos y los textos tradicionales, he invitado a una amplia gama de conferenciantes para que hablen en mis clases, desde los defensores de la Tierra Plana hasta los apologistas cristianos, pasando por los escépticos del clima global y los defensores de Occupy Wall Street. Estoy orgulloso de mi trabajo.

Invité a esos conferenciantes no porque estuviera de acuerdo con sus visiones del mundo, sino principalmente porque yo no lo estaba. A partir de esas conversaciones complicadas y difíciles, he visto lo mejor de lo que nuestros alumnos pueden conseguir: cuestionar las creencias respetando a los creyentes, mantener el equilibrio en circunstancias difíciles e incluso cambiar de opinión.

Nunca creí -ni creo ahora- que el objetivo de la enseñanza fuera llevar a mis alumnos a una conclusión determinada. Más bien, buscaba crear las condiciones para un pensamiento riguroso; ayudarles a obtener las herramientas para cazar y surcar sus propias conclusiones. Esta es la razón por la que me convertí en profesor y por la que amo la enseñanza.

Pero, ladrillo a ladrillo, la universidad ha hecho imposible este tipo de exploración intelectual. Ha transformado un bastión de la libre indagación en una fábrica de justicia social cuyos únicos insumos son la raza, el género y el victimismo y cuyos únicos resultados son la queja y la división.

A los estudiantes de Portland State no se les enseña a pensar. Más bien, se les entrena para imitar la certeza moral de los ideólogos. El profesorado y los administradores han abdicado de la misión de búsqueda de la verdad de la universidad y en su lugar impulsan la intolerancia de las creencias y opiniones divergentes. Esto ha creado una cultura de la ofensa en la que los estudiantes tienen ahora miedo de hablar abierta y honestamente.

Durante mi estancia en Portland State, me di cuenta muy pronto de los signos del antiliberalismo que ha invadido la universidad. Fui testigo de cómo los estudiantes se negaban a aceptar puntos de vista diferentes.  Las preguntas del profesorado en los cursos de formación sobre la diversidad que desafiaban las narrativas aprobadas eran descartadas al instante. Los que pedían pruebas para justificar las nuevas políticas institucionales eran acusados de microagresiones. Y a los profesores se les acusó de fanatismo por asignar textos canónicos escritos por filósofos que resultaban ser europeos y hombres.  

Al principio, no me di cuenta de lo sistémico que era esto y creí que podía cuestionar esta nueva cultura. Así que empecé a hacer preguntas. ¿Cuáles son las pruebas de que las advertencias de activación y los espacios seguros contribuyen al aprendizaje de los estudiantes? ¿Por qué la conciencia racial debe ser la lente a través de la cual vemos nuestro papel como educadores? ¿Cómo decidimos que la "apropiación cultural" es inmoral?

A diferencia de mis colegas, me hice estas preguntas en voz alta y en público.

Decidí estudiar los nuevos valores que estaban envolviendo a Portland State y a tantas otras instituciones educativas: valores que suenan maravillosos, como la diversidad, la equidad y la inclusión, pero que en realidad podrían ser todo lo contrario. Cuanto más leía el material de fuentes primarias elaborado por los teóricos críticos, más sospechaba que sus conclusiones reflejaban los postulados de una ideología, y no percepciones basadas en pruebas.

Empecé a establecer contactos con grupos de estudiantes que tenían inquietudes similares y a traer conferenciantes para explorar estos temas desde una perspectiva crítica. Y cada vez tenía más claro que los incidentes de antiliberalismo de los que había sido testigo a lo largo de los años no eran sólo hechos aislados, sino que formaban parte de un problema de toda la institución.

Cuanto más hablaba de estos temas, más represalias sufría.

A principios del año académico 2016-17, una antigua alumna se quejó de mí y la universidad inició una investigación del Título IX.  (Las investigaciones del Título IX son una parte de la ley federal diseñada para proteger a "las personas de la discriminación por razón de sexo en los programas o actividades educativas que reciben asistencia financiera federal"). Mi acusador, un hombre blanco, hizo una serie de acusaciones infundadas contra mí, que las normas de confidencialidad de la universidad lamentablemente me prohíben discutir más. Lo que sí puedo compartir es que los estudiantes míos que fueron entrevistados durante el proceso me dijeron que el investigador del Título IX les preguntó si sabían algo de que yo había golpeado a mi esposa e hijos. Esta horrible acusación pronto se convirtió en un rumor generalizado.

En las investigaciones del Título IX no existe el debido proceso, por lo que no tuve acceso a las acusaciones particulares, ni la posibilidad de enfrentarme a mi acusador, ni tuve la oportunidad de defenderme. Finalmente, los resultados de la investigación se revelaron en diciembre de 2017. Aquí están las dos últimas frases del informe: "Global Diversity & Inclusion considera que no hay pruebas suficientes de que Boghossian haya violado la política de discriminación y acoso prohibidos de la PSU. GDI recomienda que Boghossian reciba entrenamiento".

No sólo no hubo ninguna disculpa por las falsas acusaciones, sino que el investigador también me dijo que en el futuro no se me permitía opinar sobre las "clases protegidas" ni enseñar de forma que se pudiera conocer mi opinión sobre las clases protegidas, una conclusión extraña para unas acusaciones absurdas. Las universidades pueden imponer la conformidad ideológica sólo con la amenaza de estas investigaciones.

Al final me convencí de que los cuerpos académicos corruptos eran los responsables de justificar las desviaciones radicales del papel tradicional de las escuelas de artes liberales y del civismo básico en el campus. Había una necesidad urgente de demostrar que los trabajos moralmente de moda -por absurdos que fueran- podían publicarse. Creí entonces que si exponía los defectos teóricos de este cuerpo de literatura, podría ayudar a la comunidad universitaria a evitar la construcción de edificios sobre un terreno tan inestable.

Así que, en 2017, copubliqué un artículo revisado por pares, intencionadamente confuso, que apuntaba a la nueva ortodoxia. Su título: "El pene conceptual como construcción social". Este ejemplo de pseudoescolaridad, que se publicó en Cogent Social Sciences, argumentaba que los penes eran productos de la mente humana y responsables del cambio climático. Inmediatamente después, revelé que el artículo era un engaño diseñado para arrojar luz sobre los defectos de los sistemas de revisión por pares y de publicación académica.

Poco después, empezaron a aparecer esvásticas con mi nombre en dos baños cercanos al departamento de filosofía. También aparecieron ocasionalmente en la puerta de mi despacho, en una ocasión acompañadas de bolsas de heces. Nuestra universidad permaneció en silencio. Cuando actuó, lo hizo contra mí, no contra los autores.

Seguí creyendo, quizás ingenuamente, que si exponía el pensamiento erróneo en el que se basaban los nuevos valores de Portland State, podría sacudir a la universidad de su locura. En 2018 copubliqué una serie de artículos absurdos o moralmente repugnantes revisados por pares en revistas que se centraban en cuestiones de raza y género. En uno de ellos argumentábamos que había una epidemia de violaciones de perros en los parques caninos y proponíamos que pusiéramos correas a los hombres del mismo modo que a los perros. Nuestro propósito era demostrar que ciertos tipos de "erudición" no se basan en la búsqueda de la verdad, sino en la promoción de reivindicaciones sociales. Esta visión del mundo no es científica ni rigurosa.

Los administradores y el profesorado se enfadaron tanto por los artículos que publicaron un artículo anónimo en el periódico estudiantil y Portland State presentó cargos formales contra mí. ¿Su acusación? "Mala conducta investigadora", basada en la absurda premisa de que los editores de la revista que aceptaron nuestros artículos intencionadamente desquiciados eran "sujetos humanos". Me declararon culpable de no haber recibido la aprobación para experimentar con sujetos humanos.

Mientras tanto, la intolerancia ideológica siguió creciendo en Portland State. En marzo de 2018, un profesor titular interrumpió un debate público que yo mantenía con la autora Christina Hoff Sommers y los biólogos evolutivos Bret Weinstein y Heather Heying. En junio de 2018, alguien hizo saltar la alarma de incendios durante mi conversación con el popular crítico cultural Carl Benjamin. En octubre de 2018, un activista sacó los cables del altavoz para interrumpir un panel con el ex ingeniero de Google James Damore. La universidad no hizo nada para detener o abordar este comportamiento. Nadie fue castigado o disciplinado.

Para mí, los años siguientes estuvieron marcados por el acoso continuo. Encontré folletos por el campus en los que aparecía con una nariz de Pinocho. Los transeúntes me escupían y amenazaban mientras iba a clase. Los estudiantes me informaron de que mis compañeros les decían que evitaran mis clases. Y, por supuesto, fui objeto de más investigaciones.

Me gustaría poder decir que lo que estoy describiendo no me ha pasado factura personal. Pero se ha cobrado exactamente el peaje que se pretendía: una vida laboral cada vez más intolerable y sin la protección de la titularidad.

No se trata de mí. Se trata del tipo de instituciones que queremos y de los valores que elegimos. Toda idea que ha hecho avanzar la libertad humana ha sido siempre, y sin falta, condenada inicialmente. Como individuos, a menudo parecemos incapaces de recordar esta lección, pero precisamente para eso están nuestras instituciones: para recordarnos que la libertad de cuestionar es nuestro derecho fundamental. Las instituciones educativas deben recordarnos que ese derecho es también nuestro deber.  

La Universidad Estatal de Portland no ha cumplido con este deber. Al hacerlo, no sólo ha fallado a sus estudiantes, sino también al público que la apoya. Aunque estoy agradecido por la oportunidad de haber enseñado en Portland State durante más de una década, me ha quedado claro que esta institución no es lugar para personas que pretenden pensar libremente y explorar ideas. 

Este no es el resultado que quería. Pero me siento moralmente obligado a tomar esta decisión. Durante diez años, he enseñado a mis alumnos la importancia de vivir según tus principios. Uno de los míos es defender nuestro sistema de educación liberal de quienes pretenden destruirlo. ¿Quién sería yo si no lo hiciera?

Sinceramente,

Peter Boghossian "

(Peter Boghossian , 08/09/21; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

13/12/19

Si los presidentes de EEUU, China, Rusia, India, Brasil o Reino Unido, al igual que muchos de los grandes fondos de inversión, o los accionistas y directivos de muchas de las mayores empresas del mundo, se niegan a desarrollar las medidas que serían precisas, es fácil entender dónde están las dificultades para poner solución al cambio climático...

"Una de las claves de la polarización, y quizá su factor principal, es lo mucho que nos fijamos en los demás. No en sus ideas, sino en sus características, en sus actitudes, en sus personas. 

Lo cierto es que la política se ha convertido en un continuo afeamiento de las transgresiones ajenas y ocurre entre los líderes (Sánchez es un mentiroso, el otro se compra una casa, el otro es fascista y demás) y en la micropolítica, desde las conversaciones de bar hasta Twitter. Esta confrontación banal genera insatisfacción y hartazgo, pero también impide que surjan discusiones reales y que la política pueda ser eficaz. Es difícil hoy hablar de ideas, porque todo se resuelve en lugares comunes soportados por las personalidades de quienes los emiten.

Mucha de esta retórica se repite con el cambio climático, y es una dinámica peligrosa. Se está celebrando la cumbre por el clima, algo de lo que nos hemos enterado en España, pero no mucho fuera de aquí. Los líderes de los principales países del mundo no se han acercado por ella y, sin embargo, todos ellos (los occidentales) están en la cumbre de la OTAN, lo cual marca claramente qué interés resulta prioritario y cuál es el momento en el que nos encontramos.

El poder y los intereses

Como es obvio, si existen dificultades para tomar medidas que nos dicen que resultan imprescindibles, si los acuerdos de cumbres anteriores no se han cumplido, si los presidentes de EEUU, China, Rusia, India, Brasil o Reino Unido, al igual que muchos de los grandes fondos de inversión, o los accionistas y directivos de muchas de las mayores empresas del mundo, se niegan a desarrollar las medidas que serían precisas, es fácil entender dónde están las dificultades para poner solución al cambio climático y hasta qué punto están ligadas a los intereses y al poder económico y geopolítico.

Sin embargo, en estos días de cumbre, de lo que más hemos oído hablar es de los negacionistas, esa gente que se resiste a aceptar la verdad científica. Tampoco se refutaban sus tesis con otros argumentos, lo cual se considera poco útil a estas alturas, sino que se les atacaba a través de sus características personales. Y esto es llamativo, porque los rasgos con los que se les describe coinciden con los de aquellos que, según nos dijeron, votaron a Trump, apostaron por el Brexit, han nutrido a las extremas derechas o se resisten al cambio tecnológico.

Una extraña mezcla

Aparentemente hay un grupo de gente que está por todas partes y a quienes debemos casi todos nuestros males: son los viejos, resentidos, misóginos, atrasados, conservadores, aquellos que caen en rabietas infantiles, que carecen de la madurez psicológica necesaria o que tuvieron poder y lo han perdido. Esa extraña mezcla de resentimiento, decadencia, indignación y falta de control de las emociones se ha confabulado para fabricar nuestros problemas.

Con estas descalificaciones no solo se contribuye a una polarización artificial, sino que permite borrar del mapa algo esencial en nuestra sociedad, lo estructural. Todo se reduce, como suele pasar con el individualismo metodológico, a las acciones y actitudes personales, como si la suma de las partes diera forma a un conjunto mágico, como si no hubiera diferencia entre el poder de unos y el poder de otros, como si no fueran mucho más decisivas las de unos que las de otros.

Los vicios privados

Esto es muy común a la hora de explicar nuestra sociedad y se repite de manera abrumadora. Un buen ejemplo lo tenemos en la forma en que se han justificado las diferencias sociales: a quien le va bien es gracias a sus méritos, a su capacidad de innovación y talento, y a quien le va mal es por su falta de esfuerzo o de perspectiva, por no haberse adaptado al cambio o no haberse preparado lo suficiente. 

En la crisis ocurrió también, tanto respecto de los países como de sus ciudadanos, y los argumentos circularon del lado de los vicios privados: quienes se gastaron lo que no tenían, no fueron responsables o se endeudaron por encima de sus posibilidades son quienes deben afrontar ahora los momentos duros. Es un asunto lógico de responsabilidad moral, de entender cuáles son las consecuencias de sus actos

Este moralismo es insoportable, y en gran medida porque impide poner solución a los problemas que nos aquejan, cambio climático incluido. En tanto ocluye las cuestiones estructurales y las diferencias de poder, lleva todo a una simple cuestión de actitudes. Si nos desprendiéramos de los lastres que nos colocan esos resentidos, todo iría bien y seríamos capaces de ponernos las pilas y transformar nuestros hábitos; así disminuiríamos el consumo de carne, dejaríamos de utilizar el automóvil y el avión y prescindiríamos de los plásticos. Tendríamos una ciudadanía concienciada, moderna, decidida a actuar correctamente para salvar la vida en el planeta y así construir un futuro brillante en lugar de uno oscuro.

La vida cómoda

Al final, se convierte en una cuestión privada: si adoptásemos los hábitos correctos de alimentación, transporte y consumo, todo se arreglaría. Por eso a mucha gente no le gustan Greta y sus ideas, porque le obligan a salir de su zona de confort, a cambiar y a tener una vida menos cómoda, y lógicamente se resisten.

Las cosas no funcionan así. Si no se pone remedio al cambio climático, no es por el señor de los memes que dice “¿dónde está, que yo lo vea”, ni por los tuiteros que niegan esto o aquello, ni por medios de comunicación que difunden noticias falsas. Esta visión olvida que priman el poder y los intereses y que, sin tener en cuenta ese factor, lo demás son mínimos parches.

El problema de esta actitud no es que incite al cambio a la gente, es que en lugar de transformar lo estructural, eso que parece no existir, pone el acento únicamente en lo individual. De este modo, gran parte del progresismo se ha convertido en guardián de la moral (del mismo modo que las derechas llevan tiempo apostando por ese juego) y nos dice cómo vivir, qué hábitos adoptar, cómo comportarnos, qué está bien y qué mal. Pero lo hace precisamente para esconder su complacencia con lo estructural, con aquellos que realmente tienen poder de decisión.

Esta absurda gestión de la política es peligrosa. Y es un juego fácil de jugar, porque bien podría decirse que ese permanente señalar con el dedo no es más que la rabieta infantil de progresistas impotentes que, al constatar que no cambian nada, vuelcan su ira en otros grupos sociales e insisten en avergonzarlos. De modo que, para no caer en ese error, sería mucho más práctico dejarnos ya del individualismo metodológico y del moralismo, y pensar mucho más en las razones verdaderas de nuestros problemas."                   (Esteban Hernández, El Confidencial, 06/12/19)

2/7/19

El amor a los desconocidos es civilización; y la fidelidad a los principios es Derecho. La civilización y el derecho forman parte de esa tradición, alojada en la decencia común de nuestros antepasados, que hay que conservar... la izquierda debe encontrar ese lugar del “pueblo” donde se reúnen el amor, los principios de Sócrates y el sentido común europeo... Lo contrario es el fascismo

" Acabo de descubrir maravillado que Ivan Illich, el filósofo itinerante muerto en 2002, conocido en los años 70 por su radicales críticas a la cultura del automóvil y a la institución médica, fue sobre todo un riguroso historiador y un brillante teólogo heterodoxo.

(...) la parábola del buen samaritano (Lucas, 10, 25-37), una historia que, seamos  cristianos o no, forma parte de nuestro arsenal rutinario de buenos ejemplos moralizantes. Conocemos el relato: un hombre es robado, golpeado y abandonado medio muerto en una zanja. Pasa primero un sacerdote, luego un levita y ni uno ni otro se detienen a socorrerlo. Por fin pasa un samaritano –una especie de gitano o de palestino de la época– y, contra toda lógica, se compadece del herido y acude en su auxilio. 

Pues bien, hay dos cosas que a Ivan Illich no le gustan de la interpretación tradicional de esta historia. La primera tiene que ver con la tendencia a censurar a los dos viandantes indiferentes; o, mejor dicho, con el olvido del marco de recepción original de la historia. 

Los oyentes de Jesús –dice Illich– no se escandalizaban ante la actitud del sacerdote y el levita, que cumplían con las reglas de solidaridad propias de su pertenencia sectaria y tribal; se escandalizaban más bien con el gesto incoherente, inesperado y, si se quiere, socialmente subversivo del buen samaritano: ¡un apestado que presta ayuda a alguien que no es de su familia! 

La segunda objeción de Illich a la interpretación moral de la parábola atañe a su relación con el deber o con “los principios”. La historia –dice– no propone una “regla de conducta” o un “ejemplo de cumplimiento de una obligación ética”. Jesús, afirma Illich, no estaba respondiendo a la pregunta “¿cómo debemos comportarnos con nuestro prójimo?” sino a esta otra mucho más decisiva: “¿quién es mi prójimo?”. Y la respuesta es: cualquiera que yo decida, con independencia de que forme parte o no de mi mismo grupo o etnia. 

Para Illich esta libertad arbitraria de atender a la llamada de un extraño tiene dos implicaciones. La primera es que este “deber” ni deriva de –ni solicita– una norma. “Tiene un telos”, dice el teólogo, “va dirigido a un alguien, a algún cuerpo (“some body”)”. La segunda implicación, ahora trágica, es que “con la creación de este nuevo tipo de existencia” se abre también la posibilidad de su negación o rechazo. Esto es a lo que Illich llama “pecado”: la infidelidad a este telos concreto de creación amorosa.

Esta “fractura de amor” pone fin, digamos, al “antiguo régimen” y sitúa al ser humano –siempre en la versión de Illich– en el umbral nuevo de un verdadero mal, y ello precisamente porque por primera vez la humanidad ha vislumbrado, y tocado con las manos, el verdadero bien: lo peor es –insiste Illich– la corrupción de lo mejor. 

Un sacerdote judío o un levita de hace 2000 años –o un griego de hace 2.500– podían ignorar la llamada de un cuerpo concreto sin violar con ello el mandato de su tribu y sin incurrir, por tanto, en “pecado”. Tras el mensaje de Cristo mantenerse atado a ese mandato, mientras el prójimo concreto nos llama desde una zanja, es el absoluto mal.

 Más grave aún: mantenerse atado a una norma cualquiera, incluso a un principio de intervención moral universal, anticipa el comienzo del mal, pues cualquier norma es ya una infidelidad amorosa a esa libertad de responder a “la invitación de ver el rostro de Cristo en todo aquel a quien yo elijo”. 

Cuando la Iglesia sustituye esta “libre elección individual” por instituciones de caridad que prestan “servicios” impersonales a los “necesitados” –que por eso mismo se vuelven “necesitados”– los cristianos se olvidan de reservar un lecho y una ración de pan en sus casas para la visita nocturna de un desconocido. Y desaparece así, apenas en embrión, la sociedad cristiana. Y aparece así, ya en embrión, la sociedad capitalista. Eso dice –resumo– Ivan Illich.

No es que Illich no comprenda el impulso de la institucionalización de los cuidados, pero ve en su hechura un riesgo casi inevitable de “perversión” asociada al distanciamiento creciente, burocrático y tecnológico, de los cuerpos vivos y concretos. “Anarquista” a la manera de Simone Weil, muy atento al proceso histórico en virtud del cual el amor de entrada se instrumentaliza y luego se sistematiza, Illich sostiene que la condición de todo este mal es la irrupción del bien; y que “no hubiera podido ponerse el universo en manos de los hombres”, donde corre peligro, si no lo “hubiéramos puesto previamente en las manos de Dios”.

 Primero se lo dimos a Dios –en un acto que para Illich abre ese doble umbral de telos amoroso y de pecado mortal–, luego se lo quitamos para dárselo a los Hombres. ¿Y ahora? Ahora, añado yo, se lo hemos quitado a los Hombres, pero ¿para dárselo a quién? A esta pregunta no podrá ya responder el teólogo croata, aunque sus reflexiones, antes de morir, sobre la transición de la herramienta al sistema (que le plagié sin saberlo en algunos de mis libros) apuntan en una dirección apocalíptica.

 Me quedo, en todo caso, con su interpretación del gesto escandaloso del samaritano: con esta libertad radical de elegir a mi prójimo con independencia de mis filiaciones familiares y de mis afiliaciones étnicas y culturales. Para Illich esa es la verdadera novedad del cristianismo de Jesús, que convierte cada cuerpo en un cualquiera concreto que interpela mi propio cuerpo. 

Es muy bonito y creo que en parte tiene razón. Ese gesto inesperado del buen samaritano (y en todas partes puede haber uno, ateo, budista, judío o musulmán) abre en la historia una vía posible contra las solidaridades tribales y sus agnosias selectivas. Hay otra vía, sin embargo, que Illich prefiere soslayar. La abrió cuatro siglos antes Sócrates en plena guerra del Peloponeso, durante una de esas asambleas en las que los atenienses decidían democráticamente qué era lo más útil o conveniente (symphero) para su propia polis, si matar y esclavizar a los enemigos vencidos o perdonarles la vida. 

En torno a los cautivos de Mitilene (427 a. de C.), por ejemplo, Cleon y Diodoto discutirán de manera ardiente y pedirán el voto de los ciudadanos –respectivamente– en favor del castigo y de la clemencia apelando ambos al concepto de “utilidad” (la piedad –eleo– es, dice Cleón, el mayor peligro para un imperio, casi tanto como las largas deliberaciones). Pues bien, en una de esas asambleas Sócrates, viejo hoplita cansado, levanta la mano y genera un escándalo muy parecido al del buen samaritano con una declaración inesperada que abre de pronto una ventana a otro mundo: no se trata de saber –dice– qué es más conveniente para los atenienses sino más justo (dikaion) para los humanos. 

Carlos Fernández Liria ha explicado del modo más brillante esta brecha histórica abierta por el hachazo de Sócrates –a la espera del hachazo del amor de Jesús– en el momento en que el filósofo reclama en voz alta la necesidad de tratarse a uno mismo al margen del propio grupo tribal, la propia familia y la propia etnia; en el momento en que expone la posibilidad de pensar en los otros como si no hubiera caracteres ni razas ni naciones; en el momento en que señala la superior “utilidad” de actuar como si ni “nosotros” ni “ellos” fuéramos griegos o romanos o judíos o gallegos. Nadie puede tener la menor duda de que la condena a muerte de Sócrates es la consecuencia directa de esta escandalosa pretensión.

Así que la vía del amor y la de los principios convergen en el mismo horizonte: el de cualquiera. Cualquiera puede ser mi prójimo, dice el amor, a condición de que se responda a su llamada. Cualquiera puede ser juez, dice la justicia, a condición de no escuchar la voz de los compatriotas. El cualquiera amoroso es libre porque podría libremente pecar contra esa llamada. 

El cualquiera socrático es libre porque elige libremente renunciar a la propia felicidad. Estas dos vías (la piedad, eleo, y la justicia, diké), a veces paralelas e incluso pugnaces, han luchado durante siglos contra los tiranos y sus pre-juicios y están en el origen –digámoslo tajantemente– de todos los “progresos” humanos, homeopáticos y vacilantes, que ha incorporado Europa, en los últimos 2.500 años, a su Derecho y a su sensibilidad.

 Nuestro “sentido común” contiene, entre otros sedimentos y gangas, restos de los dos impulsos; de otra manera todo avance democrático quedaría inhabilitado para siempre. La vía del amor va de Jesús a San Francisco a John Brown a Simone Weil; a todos esos desconocidos no judíos que, empujados por la “moral de simpatía” (Todorov), se subieron a los trenes de la muerte, asumiendo como una ley física el destino de los campos de concentración. La vía de los principios va de Sócrates a Kant a Dietrich Bonhoeffer a Luther King; a todos esos desconocidos que han defendido sus principios al margen de las consecuencias y sin prevaricar a partir de los rostros concretos, bellos o menos, de los agraviados.

Las dos vías son peligrosas, es verdad, porque están siempre a punto de pervertirse en un mundo dominado por la lucha de clases, las identidades étnicas y el consumismo “soltero”. El amor, como dice Illich, cristaliza en la institución de la Iglesia, que desde el siglo IV criminaliza, persigue y trata de eliminar el pecado de la infidelidad. 

Esa es la paradoja que otro teólogo anticapitalista, Franz Hinkelammert, ha llamado la “no sacrificialidad antisacrificial” del cristianismo: no sólo los cuidados se vuelven impersonales y desencarnados sino que, además, ahora está permitido matar a los que no aman. La obra de la conquista de América, no lo olvidemos, se hizo en nombre del amor de Cristo.

 En los últimos años se han dirigido a la izquierda algunas críticas muy bien fundadas, tanto a su elitismo obrerista como a su elitismo cosmopolita. Yo mismo vengo defendiendo desde hace años, frente a ese doble elitismo, un “conservadurismo antropológico” orientado sobre todo a salvar los vínculos –el cara a cara del amor, según Illich– del naufragio del capitalismo soltero. En esta tarea he leído, entre otros, con interés polemista, a Michea, a Benoist, a Fusaro, a los que no hay que meter en un mismo saco, salvo porque los tres reprochan con dureza a la izquierda este abandono de la decencia o sentido común, que han entregado a la derecha. Estoy completamente de acuerdo en esta denuncia, a condición de añadir enseguida una objeción selectiva. 

El problema es que Benoist y, sobre todo, Fusaro reducen esa decencia común al malestar de los oyentes enfadados de Jesús y de Sócrates, a su irritación justamente reaccionaria, a la defensa de las palabras antiguas (cuando aún conocíamos su significado), a la solidaridad étnica e identitaria, olvidando que Eleo y Diké forman también parte de nuestra tradición; forman también parte de nuestra identidad europea.

 El problema, sin duda, es que la izquierda ha abandonado a la gente común; pero el problema mayor es que la ha abandonado en manos de la derecha, que desprecia el amor a los desconocidos como “buenista” y la fidelidad a los principios como “cosmopolita”. Pero el amor a los desconocidos es civilización; y la fidelidad a los principios es Derecho.

 La civilización y el derecho forman parte también, sí, de esa tradición, alojada en la decencia común de nuestros antepasados, que hay que conservar. Contra el elitismo obrerista, contra el elitismo cosmopolita, pero también contra el elitismo anti-élites de los intelectuales anti-izquierdistas, la izquierda debe encontrar ese lugar del “pueblo” donde se reúnen el amor según Illich, los principios de Sócrates y el sentido común general europeo. ¿No existe ese lugar? Existe. Es un barco que se llama Sea Watch 3. Existe.

 Lo representa una persona concreta de nombre Carola Rackete, capitana del barco, quien hace unos días declaró: “He podido frecuentar tres universidades, soy blanca, alemana, nacida en un país rico y con el pasaporte adecuado. Cuando me di cuenta sentí una necesidad moral: ayudar a quien no tenía las mismas oportunidades”.

 No se me ocurre mejor manera de definir a una persona conservadora; ni de justificar mejor una decisión difícil en nombre de una tradición. Es el viejo amor según Illich: Rackete eligió libremente sus prójimos en el rostro de cuarenta náufragos desconocidos, al margen de sus respectivas “tribus” y culturas. Es también la ética según Sócrates: decidió libremente aplicar el principio de que siempre es preferible sufrir una injusticia que cometerla.

 No nos confundamos: esto es una guerra de tradiciones y de conservadurismos; y la disputa de un sentido común en estado de “guerra civil”. No se puede abandonar el sentido común en manos de la ultraderecha porque la ultraderecha escogerá siempre, junto a bastidores tangibles compartidos, los peores materiales de desecho. Salvini, que exhibe sin cesar su superioridad europea y que no deja de reivindicar la “raíz judeo-cristiana” de Europa, desprecia a Jesús y a Sócrates, los dos pilares de nuestra cultura.

 Lo mismo el provocativo Diego Fusaro, autor de algunos brillantes batiburrillos, cuya indecencia incomún ha llegado al extremo de justificar la detención de la capitana del Sea Watch con este tuit que copio a continuación y que era el móvil, en realidad, de esta larga reflexión: “Generación Erasmus, rasta en el pelo, odio al pueblo, nihilismo hedonista, neoprogresismo liberal, fucsia y arcoiris. Una juventud sin esperanza”. Cualquier palabra, en efecto, se puede asociar a cualquier significado; esto sí es postmodernidad neoliberal.

 ¡Nihilismo hedonista! ¡Ningún pueblo viejo y honrado permitiría que se dijera eso de sus héroes y de sus santos! En defensa de los fariseos y los levitas, de Cleon y Diodoto, contra el papa Francisco y la Europa democrática, Salvini y Fusaro –el mamporrero y el intelectual– arremeten contra esta joven europea valiente que ha reunido en un solo gesto todo aquello que los conservadores como yo queremos proteger: la opción preferencial por los otros, la defensa de los principios trabajosamente establecidos en nuestros marcos de Derecho, una tradición de 2.500 años que hoy vuelve a estar amenazada por los pre-cristianos y los pre-socráticos. No podemos entregar –no– el sentido común general a estos canallas. "                (Santiago Alba Rico, filósofo y escritor, CTXT, 01/07/19)

10/10/18

Israel no tiene pozos de petróleo. No tiene minas de oro. ¿Qué tiene? El título de propiedad del Holocausto... Los líderes de Israel, con Binyamin Netanyahu a la cabeza, se comportan hoy en día como los papas de antaño: venden dispensas del Holocausto

"Israel no tiene pozos de petróleo. No tiene minas de oro. ¿Qué tiene? El título de propiedad del Holocausto.

Es un activo de gran valor. Todo el que quiera limpiarse la mancha necesita un certificado del Estado de Israel. El precio de dicho documento es altísimo. Y cuanto mayor la culpa del solicitante, mayor el precio de la dispensa.

¿A qué nos recuerda esto?

Durante siglos, la Iglesia Católica se dedicó a la venta de “dispensas”. Las dispensas eran documentos firmados por el Papa y la curia que eximían al beneficiario del cumplimiento de determinadas obligaciones religiosas o bien le permitían hacer ciertas cosas prohibidas por la Iglesia. (...)

Los líderes de Israel, con Binyamin Netanyahu a la cabeza, se comportan hoy en día como los papas de antaño: venden dispensas del Holocausto.

Netanyahu no ha sido el inventor del negocio. Lo ha heredado de sus predecesores. Todo empezó cuando poco después de la II Guerra Mundial, David Ben Gurión llegó a un acuerdo con el entonces canciller alemán Konrad Adenauer. Ben Gurión sancionó la existencia de una “nueva Alemania”, totalmente kosher, y a cambio los alemanes pagaron tres mil millones de marcos al Estado de Israel en concepto de compensaciones, así como pensiones individuales a los supervivientes del Holocausto.

Yo mismo recibí una pequeña compensación por mi “educación perdida” y a mis padres se les concedió una pensión mensual con la que se mantuvieron el resto de su vida.

A ojos de Ben Gurión el asunto era puramente económico. El recién nacido Estado de Israel no tenía dinero y las compensaciones alemanas lo ayudaron a sobrevivir los primeros años.

No obstante, detrás del acuerdo se ocultaba una decisión de otro tipo. Israel, es bien sabido, es un “Estado Judío”. El gobierno de Israel ostenta dos coronas: por un lado, la del gobierno de un Estado soberano y por otro, la de líder de la Diáspora judía mundial. La premisa ideológica es que ambas son una sola y la misma.

Pero semejante premisa es una ficción. De vez en cuando surge un problema que pone de manifiesto la discrepancia entre los intereses de Israel y los de la Diáspora. En semejantes ocasiones los intereses de Israel tienen prioridad.

Últimamente ha surgido una de tales situaciones.

Benjamín Netanyahu, rey de Israel y aspirante a emperador del pueblo judío, ha firmado una declaración conjunta con el gobierno polaco que absuelve al pueblo de Polonia de toda responsabilidad por los sucesos del Holocausto y condena de un solo plumazo el antisemitismo y el antipolonismo.

El documento ha desatado un huracán que se centra en dos cuestiones: 1ª. La exactitud de dicha declaración. 2ª. Los motivos que han llevado a Netanyahu a firmarla.

La segunda tiene una respuesta más fácil: Netanyahu mantiene una profunda amistad con los regímenes de Europa Central, que en la actualidad forman un nuevo bloque encabezado por Polonia que incluye a Hungría, la república Checa y Eslovaquia.

Dichos regímenes son de extrema derecha, cuasi totalitarios y antirrefugiados. Se les podría calificar de fascistas light.

Todos ellos se oponen al liderazgo de la canciller alemana Angela Merkel y a sus aliados, que son más o menos liberales, aceptan a los refugiados y condenan la ocupación y los asentamientos israelíes en territorio palestino. Netanyahu cree que su alianza con la oposición europea frenará a los merkelistas.

A lo largo y ancho del mundo, las instituciones judías ven todo el asunto bajo un prisma completamente distinto. No han olvidado que esos partidos ultraderechistas no son más que los descendientes de los partidos filonazis de la era de Hitler. Interpretan el cinismo de Netanyahu como una traición a las víctimas judías del Holocausto.

La exactitud de la declaración conjunta es una cuestión mucho más acuciante.
En Israel ha habido una amplia condena de la absolución de Polonia por parte de Netanyahu. En Israel se odia a Polonia mucho más de lo que se odia a Alemania. Es una historia larga y compleja.
En tiempos anteriores al Holocausto, Polonia albergaba a la mayor comunidad judía del mundo. Son muy pocos los judíos que se preguntan el porqué.

La sencilla y frecuentemente olvidada razón es que Polonia fue durante siglos el país más progresista de Europa. Mientras en la mayoría de los países europeos (Inglaterra, Francia y Alemania incluidas) a los judíos se los perseguía, se los mataba y expulsaba, la monarquía polaca los recibía con los brazos abiertos. Un rey tuvo una amante judía; los nobles y terratenientes recurrían a los judíos para la gestión de sus posesiones; los judíos se sentían protegidos.

Con el paso del tiempo, las cosas cambiaron por completo. Entre los polacos surgió una profunda animadversión hacia la enorme minoría que vivía entre ellos y tenía un aspecto distinto, se vestía de manera diferente, hablaba otra lengua (el yidish) y practicaba otra religión. La competición económica exacerbó el resentimiento. Durante los largos períodos de ocupación rusa y de otros vecinos, los polacos se volvieron ferozmente nacionalistas y su nacionalismo excluía a los judíos. El antisemitismo se convirtió en una fuerza tremenda.

Los judíos reaccionaron con un profundo odio a los polacos y todo lo que tuviera que ver con Polonia.

La invasión nazi de Polonia complicó más aún la situación. Después de la guerra, para la mayoría de los judíos no cabía duda de que los polacos habían cooperado en el exterminio. Se hizo habitual hablar de “campos de concentración polacos”.

Esto siempre ha enfurecido a los polacos. Polonia ha promulgado recientemente una ley que convierte en delito el uso de esa expresión y otras similares.

Ese es el motivo de la oleada de rabia que ha recorrido tanto Israel como el mundo judío tras la firma de Netanyahu de la declaración que absuelve a los polacos de toda responsabilidad en el exterminio de los judíos en Polonia.

Hará unos doce años visité Polonia por primera vez con el fin de recabar información para mi nuevo libro Lenin ya no vive aquí, publicado en hebreo, en el que se describe la situación de Rusia y varios otros países inmediatamente después de la caída del comunismo.

Ningún otro país me sorprendió tanto como Polonia. Descubrí que durante la ocupación no hubo una sino dos organizaciones clandestinas polacas que combatieron a los nazis. Millones de polacos cristianos fueron ejecutados junto a los judíos.

(Cuando volvimos a Tel Aviv, mi esposa Rachel, que me había acompañado en el viaje, oyó a una tendera hablando en polaco. Aún impresionada por lo que nos habían contado, la interrumpió para preguntarle: “Sabía usted que los alemanes mataron también a tres millones de polacos cristianos?”. “¡Pues no fueron bastantes!”, replicó la tendera).

Durante el Holocausto, las primeras informaciones fiables acerca de los campos de exterminio que recibieron los aliados y las instituciones judías procedían del gobierno polaco en el exilio, con base en Londres. Una vez acabado el conflicto, Israel condecoró a miles de polacos que habían ayudado a los judíos, a menudo poniendo en peligro su propia vida y la de sus familias.

Es cierto que muchos otros polacos ayudaron a los nazis a matar judíos, tal y como sucedió en todos los países ocupados. Además, una vez terminada la ocupación nazi tuvo lugar al menos un pogromo. Pero nunca hubo un político colaboracionista polaco al estilo del noruego Vidkun Quisling. En comparación con otros países ocupados, Polonia sale bastante bien parada.

¿Por qué estaban los campos de exterminio en Polonia? Porque allí se encontraba el grueso de la población judía y porque lo más sencillo era transportar hasta allí a los judíos de otros países. Pero eso no los convertía en “campos de exterminio polacos”.

En la declaración Netanyahu-Polonia hay ciertas exageraciones. Por ejemplo, en un párrafo se menciona el antisemitismo y el antipolonismo, signifique lo que signifique ese término. A pesar de todo, el vendaval que se ha desatado es excesivo.

Hace muchos años leí un relato de un escritor israelí. Describía la invasión de Oriente Medio por un pueblo mongol que sentía un odio obsesivo por los árabes. Los ocupantes pedían ayuda a los judíos para exterminar a los árabes con la promesa de todo tipo de prebendas."                (Uri Avnery, m'sur, 09/08/18)

15/6/18

La detención del flujo migratorio en los países africanos lo hace la UE con los métodos brutales allí imperantes, vía subvenciones a mafias locales para detener a los emigrantes antes de cruzar el mar. Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás. Hipocresía

"Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir vergüenza.

En el mundo de hoy hay 230 millones de emigrantes internacionales, alrededor de un 3% de la población global, frente a los 174 millones estimados en el año 2000. Desde finales del siglo XX, una creciente desigualdad territorial y social, crisis y conflictos, así como la circulación de la información que estimula la comparación y las ganas de irse, aceleraron y mundializaron las emigraciones.

Una encuesta realizada en 2014 por la OIT en 150 países, sugiere que más de una cuarta parte de los jóvenes de la mayoría de las regiones del mundo quiere residir permanentemente en otro país. Nada más comprensible en un planeta en el que 1200 millones de personas viven en la extrema pobreza y donde a una quinta parte de la población le corresponde sólo el 2% del ingreso global, mientras el 20% más rico concentra el 74% de los ingresos.

Este es el gran contexto del fenómeno migratorio que está yendo a más y que las consecuencias del calentamiento global multiplicarán, según todas las previsiones. ¿Cómo se está respondiendo a esto en el Norte global?

La actual crisis migratoria en Europa es insignificante, comparada con la situación de países como Líbano, Turquía o tantos países africanos y del Sur global, donde se recibe más del 50% de los flujos migratorios del planeta. Pese a ser pequeña, la corriente recibida en la UE crea grandes convulsiones políticas. 

La respuesta es el actual endurecimiento de la política migratoria europea enfocado hacia más expulsiones, movilización militar en el Mediterráneo y detención del flujo migratorio en los países africanos, con los métodos brutales y en las circunstancias allí imperantes, vía acuerdos y subvenciones a mafias y bandas militares locales para detener a los emigrantes antes del intento de cruzar el mar.

 Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar apenas el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás, una hipocresía que quedó bien patente en la última cumbre euro-africana celebrada en París a finales de agosto.

El vector de esta política apunta hacia una división del mundo en dos categorías, dos castas geográfico-sociales, en la que el estrato superior que podría implicar al 20% de la población del planeta podría vivir en un cuadro de relativa distribución, suficiente para generar un consenso y una fuerza militar capaz de mantener al 80% restante en una posición totalmente subyugada y paupérrima. Evocando este escenario, el sociólogo Immanuel Wallerstein observa con razón que, “el orden mundial que Hitler tuvo en mente no era muy diferente”.

Al mismo tiempo, es evidente que el Norte no puede abrir de par en par las puertas al Sur sin exponerse a grandes trastornos. Esas tensiones ya están hoy a la vista en Estados Unidos y en la UE, donde alimentan xenofobias y nacionalismos excluyentes que se mezclan con la merma de soberanía que resulta de la mundialización neoliberal y son uno de los factores de desintegración interna.

 Propugnar una política de puertas abiertas, algo que como actitud moral es correcto, resulta completamente inviable e irrealista desde el punto de vista político. 

A la luz de los incrementos que están por venir como consecuencia del belicismo, del cambio climático y de los incrementos demográficos, ni el estado social ni la estabilidad política resistirían la prueba de tal apertura en el Norte. Entonces, ¿Cuál es la política adecuada, la actitud conforme con los retos del siglo y el más elemental humanismo que podrían defender los responsables políticos ante sus electores, desmarcados de esa hitleriana Herrenvolk-Demokratie del 20% de los humanos sobre la subyugación y la pobreza del resto?

La respuesta es obvia: una política decente en materia de emigración es imposible sin afrontar las cuestiones generales que están en el origen del fenómeno; la cuestiones de la guerra y de la paz, del desarrollo desigual y del calentamiento global.

 Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas a una emigración masiva del Sur sin sentir vergüenza. Cumplir con el mundo, quiere decir llevar a cabo en su acción de gobierno -y promover en su acción exterior- una línea en sintonía con los retos de los tiempos. El decálogo de tal política es cada vez más evidente.

La actual crisis migratoria en Europa está en relación directa con el estado de guerra declarado en Oriente Medio, desde Afganistán hasta el norte de África, con su epicentro en Siria e Iraq. Recordemos que en Afganistán quince años de guerra han creado 220.000 muertos, que en Iraq trece años produjeron más de un millón de víctimas y la división del país en tres trozos, que en Libia se contabilizan más de 40.000 muertos tras seis años de caos y la división del país en trozos, y que en Siria seis años de guerra han generado más de 300.000 muertos y fragmentado el país. 

En todos esos países la intervención occidental ha empeorado claramente la situación existente antes. Acabar con eso, dejar de participar en eso y romper con las alianzas que promocionan eso, sería el primer artículo del decálogo para cumplir con el mundo.

El antibelicismo habría que conjugarlo con políticas contra el crecimiento crematístico que está en el origen de tales desastres, con el fin de las políticas comerciales basadas en la rapiña y el abuso así como con los regímenes emplazados en el Sur para garantizarlas, con la práctica del multilateralismo en la esfera diplomática, con la denuncia de los acuerdos y relaciones desiguales, con el coto al extractivismo y a la emisión desenfrenada de gases responsables del efecto invernadero, con el respeto y desarrollo de los acuerdos internacionales en la materia, con el cumplimiento del insuficiente compromiso de la ONU de dedicar el 0,7% del PIB a la ayuda al desarrollo, con la prohibición de la venta de armas y la sanción al colonialismo, con la promoción del desarme de los recursos de destrucción masiva comenzando por las cinco potencias nucleares del consejo de seguridad de la ONU, etc., etc.

Solo desde un programa político reformista y humanista que apuntara en esa dirección, podría un estado nacional cerrar sus puertas a los grandes flujos migratorios que están por venir, alegando su compromiso práctico con un mundo viable y la necesidad de preservar su estabilidad interna.

Solo los gobiernos del Norte que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir la vergüenza que suscita la presente política hipócrita de la Unión Europea, hablando por un lado de derechos y valores mientras se organizan centros de detención de emigrantes en África y se alimentan las hogueras globales con un modo de vida inviable para todos y sostenido por el militarismo."               (Rafael Poch, 15/09/18)