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27/1/23

¿Cuál es la explicación marxista de la inflación en general y de la inflación actual? ¿En qué difiere de otras explicaciones?

 "(...)  Ashley Smith – Concretamente, ¿cuál es la explicación marxista de la inflación en general y de la inflación actual? ¿En qué difiere de otras explicaciones?

Michael Roberts – Las explicaciones económicas dominantes presentan básicamente dos vertientes. La primera dice que hay demasiado dinero persiguiendo productos demasiado escasos; para utilizar el aforismo del monetarista Milton Friedman: “la inflación siempre es un fenómeno monetario”. La segunda es que el aumento de la inflación se debe al incremento de los costes, en particular cuando se tensan los mercados de trabajo, de manera que la clase trabajadora puede forzar aumentos salariales, desatando una espiral de salarios y precios. Esta es la explicación keynesiana. La teoría monetarista echa la culpa al dinero y a los bancos centrales, la keynesiana a la clase trabajadora. Ambas teorías son erróneas desde el punto de vista teórico y empírico.

Durante todo el periodo que va de la década de 1990 a 2019, las tasas de inflación fueron muy bajas e incluso descendieron a pesar de que la oferta monetaria y el crédito se dispararon. Este dato desmiente empíricamente la teoría monetaria. El aumento de la inflación en los últimos dos años no se debe al aumento de la oferta monetaria; al contrario, esta última está menguando. La teoría monetarista comete un error teórico fundamental al asumir que el dinero impulsa los precios, cuando lo que sucede es lo contrario.

La teoría de salarios y costes también es incorrecta desde el punto de vista empírico. En la década de 1970, el desempleo aumentó y la clase trabajadora perdió poder de negociación, pero la inflación se disparó. La llamada curva de Phillips, que supuestamente reflejaba una correlación entre una tasa de desempleo reducida y una tasa de inflación elevada, estaba falsificada. Hoy ocurre lo mismo. Muchas economías han tenido un desempleo muy bajo (al menos oficialmente), pero hasta la inflexión de la pandemia la inflación también fue muy baja. De hecho, los bancos centrales pugnaron por elevar las tasas de inflación para adecuarlas a sus objetivos.

¿Cuál es la explicación marxista de la inflación? Para empezar hay que analizar qué ocurre con el valor en una mercancía. El precio de un producto o servicio está formado por el coste del uso de maquinaria y materias primas (lo que Marx llamó capital constante) y la creación de nuevo valor por la mano de obra en la producción. Los capitalistas se dedican a la acumulación de capital (ganancias), de modo que tratan continuamente de reducir el coste del trabajo (salarios) mediante la introducción de tecnología con vistas a minimizar el volumen de trabajo humano.

Sin embargo, al hacerlo tienden a reducir el aumento de nuevo valor en relación con el precio total de una mercancía. Así, la inflación de precios tiende a desacelerarse con el tiempo. Pero también intervienen otros factores. En primer lugar, los precios de las materias primas pueden crecer rápidamente (cosa que ha ocurrido ahora). Y en segundo lugar, las autoridades monetarias pueden modificar la oferta monetaria en la economía. Esto último puede contrarrestar la tendencia a la desaceleración del aumento de nuevo valor con tasas de inflación más bajas e incrementar el precio del dinero.

Lo que nos dice esto es que si las economías sufren un bajón, el crecimiento del nuevo valor se reducirá a cero o se tornará negativo: es la deflación. Y si las autoridades monetarias también siguen cerrando el grifo del dinero, las tasas de inflación se anularán. Lo veremos.

 Ashley Smith – En tu explicación de la crisis actual, sostienes que es consecuencia de una crisis subyacente de rentabilidad, una caída de la tasa de ganancia, que da pie a la reducción de la inversión en la economía real. Esto a veces confunde a la gente, que señala el hecho de que las grandes empresas se sientan sobre enormes cantidades de dinero. Otros afirman que es el resultado de las subidas abusivas de precios que inflan las ganancias de las empresas. ¿Qué diferencia y qué relación hay actualmente entre rentabilidad, masa de beneficios y subida abusiva de precios?

Michael Roberts – Las empresas muy grandes, particularmente, han cosechado enormes beneficios. Y ha habido lo que algunos llaman subidas abusivas de precios por parte de empresas que gozan de un poder monopolista, como las grandes energéticas y las de suministros públicos. Pero para la gran mayoría de empresas, la competencia es feroz en sus respectivos mercados y el coste creciente de las materias primas y ahora de los tipos de interés están socavando su rentabilidad.

Así, cuando leemos sobre los enormes beneficios de las empresas energéticas, tecnológicas y mediáticas, particularmente en EE UU, se trata de una minoría. La rentabilidad media (en proporción al capital invertido) se acerca al nivel más bajo en 70 años. Del 15 al 20 % de las empresas ya no obtienen ganancias suficientes para atender el servicio de sus deudas: las podemos llamar empresas zombis, los muertos vivientes del capital empresarial.

Es sumamente importante no asumir que la inflación y los aumentos de beneficios se deben ante todo a la subida abusiva de precios y a posiciones monopolistas, pues ello supondría que si pusiéramos un tope a los precios y acabáramos con los monopolios, la producción capitalista podría proseguir sin contratiempos y sin inflación. Medidas como los topes de precios pueden parecer temporalmente beneficiosas para la gente trabajadora, pero las crisis capitalistas no desaparecerían, y la crisis de coste de la vida continuaría.

Únicamente la propiedad pública y el control público, no solo de los monopolios naturales, sino también de las principales empresas estratégicas y entidades financieras, dentro de un plan de inversiones, empleo y control climático, pueden poner fin a la inflación sin caer en una recesión. (...)" 

( , Entrevista a Michael Roberts, Viento Sur,  03/11/22; fuente: Spectre)

8/9/22

La estanflación: de la tragedia a la farsa... Dado que los elementos de la espiral de precios y salarios de la década de 1970 son ahora insignificantes, es más probable que la inflación disminuya una vez que los cuellos de botella de la oferta se suavicen. Pero la espiral salarios-precios también ha sido sustituida por una espiral beneficios-precios... “el crecimiento de los beneficios empresariales ha superado con creces el de los salarios de los trabajadores”... Las empresas se aprovechan de tal situación, trasladando los costes a sus clientes. ¡Los beneficios netos de las cien mayores empresas estadounidenses “aumentaron como media el 49% y en un caso hasta el 111.000%”!... Las autoridades deberían frenar el poder de las empresas, mejorar la competencia y proteger a los más vulnerables

 "Medio siglo después de la estanflación de la década de 1970, las economías se están desacelerando. Incluso contrayéndose a medida que los precios vuelven a subir. El Banco Mundial adviertía en junio de que “el aumento de los precios de la energía y de los alimentos aumenta el riesgo de un período prolongado de estanflación mundial que recuerde al de la década de 1970”. Y en marzo, la agencia Reuters informaba: “Dado el aumento de los precios del petróleo, la preocupación ante la agresividad de la política monetaria de la Reserva Federal y el temor a la agresión rusa en Europa del Este, la sensación en Wall Street se asemeja a un retorno a la década de 1970”.

Peor aún, parece que se han aprendido pocas lecciones del último episodio de estanflación registrado. No existe una definición formal acordada de estanflación, que se refiere a la combinación de estancamiento económico y alta inflación, esto es, a la situación en la que el desempleo y los precios aumentan simultáneamente. Cuando el crecimiento es débil y hay muchos desempleados, los precios raramente suben, lo cual mantiene la inflación baja. Lo contrario ocurre cuando el crecimiento es fuerte. Esta relación inversa entre la actividad económica y la inflación se rompió con las perturbaciones procedentes de lado de la oferta, en particular las subidas de los precios del petróleo y de otros productos primarios registradas entre 1972 y 1975.

Los precios de los productos primarios no petroleros del índice de The Economist se duplicaron con creces entre mediados de 1972 y mediados de 1974. Los precios de algunos productos básicos, como el azúcar y el fertilizante de urea, ¡se multiplicaron por más de cinco! El encarecimiento de la energía elevó los gastos de producción, por lo que las empresas subieron los precios y recortaron los puestos de trabajo. Dado el aumento de los precios de los alimentos, del combustible y de otros productos, el aumento de los costes, unido a la pérdida de ingresos, redujo la demanda agregada, lo cual frenó aún más la economía. 

La Fed ahoga la economía para reducir la inflación

Años antes de convertirse en presidente de la Reserva Federal estadounidense (Fed) en 2006, Ben Bernanke coescribió un artículo en el que se señalaba lo siguiente: “Al examinar más específicamente los episodios individuales de recesión asociados a las crisis de los precios del petróleo concluimos que [...] las crisis petrolíferas no fueron per se una causa importante de estas recesiones”. Este grupo de investigadores concluía indicando que “una parte importante del efecto de las crisis de los precios del petróleo en la economía no se debe a la variación de los precios de este, sino al consiguiente endurecimiento de la política monetaria”. Sus conclusiones corroboraron otras, como las de James Tobin.

 Siguiendo a Milton Friedman y Anna Schwartz, otros economistas también constataron que “durante la era de posguerra se ha producido una serie de episodios en los que la Reserva Federal ha intentado, en efecto, inducir deliberadamente una recesión para disminuir la inflación”. La Reserva Federal estadounidense comenzó a subir los tipos de interés a partir de 1977, induciendo una recesión en la economía estadounidense en 1980. La economía se recuperó brevemente cuando la Fed dejó de subir los tipos, pero esta incipiente recuperación pronto terminó cuando el presidente de la Fed, Paul Volcker, los subió de forma aún más brusca. El tipo de interés de los fondos federales pasó de alrededor del 10 a casi el 20%, desencadenando una “recesión extraordinariamente dolorosa”. El desempleo aumentó hasta casi el 11% en el conjunto del país, siendo el más alto de la posguerra, y hasta el 17% en algunos estados, como Michigan, dejando perniciosas secuelas a largo plazo. Las subidas de los tipos de interés redujeron las inversiones necesarias. Y fuera de la economía estadounidense, estas fuertes y rápidas subidas de los tipos de interés desencadenaron las correspondientes crisis de la deuda en Polonia, América Latina, el África subsahariana, Corea del Sur y otros lugares.

Las políticas económicas abiertas aplicadas precedentemente supusieron, según el economista William Easterly, “el aumento de los tipos de interés mundiales, el incremento de la carga de la deuda de los países en vías de desarrollo y la desaceleración del crecimiento en el mundo industrial [...] contribuyendo al estancamiento de los países en vías de desarrollo”. Los países que prendieron obtener el apoyo financiero del Fondo Monetario Internacional (FMI) tuvieron que aceptar severas condiciones en lo referido a las políticas de austeridad fiscal, liberalización, desregulación y privatización. Al hilo de la caída de las rentas per cápita y del aumento de la pobreza, América Latina y África “perdieron dos décadas”.

Reedición de la estanflación

El economista jefe del FMI, Pierre-Olivier Gourinchas, reiteró recientemente que “la inflación es una preocupación primordial”. El Bank for International Settlements ha advertido: “Podemos estar llegando a un punto de inflexión más allá del cual se extiende y se afianza una psicología inflacionista”. Los esfuerzos antiinflacionistas de los bancos centrales consisten principalmente en subir los tipos de interés. Este planteamiento ralentiza las economías, acelera las recesiones y, a menudo, desencadena crisis de deuda sin sofocar el aumento de los precios derivados de las perturbaciones de la oferta. Las recuperaciones económicas de la crisis financiera mundial de 2008-2009 se mantuvieron tibias durante una década después de que se abandonaran rápidamente las respuestas fiscales inicialmente audaces. Mientras tanto, el recurso a la “flexibilización cuantitativa” y a otras políticas monetarias no convencionales y luego la pandemia del covid-19 elevaron la deuda a niveles sin precedentes.

 Las respuestas comerciales proteccionistas dadas a la última crisis financiera mundial, la “deslocalización” por parte de Estados Unidos y Japón de la inversión extranjera en China, la pandemia, la Guerra de Ucrania y las sanciones impuestas contra Rusia y sus aliados han revertido la liberalización comercial precedente. El aumento de los tipos de interés en el Norte rico ha desencadenado la fuga de capitales, provocando la depreciación de las monedas de los países en vías de desarrollo, especialmente frente al dólar estadounidense. La ralentización de la economía mundial ha reducido la demanda de muchas de las exportaciones de los países en vías de desarrollo, mientras la mayoría de las remesas de los trabajadores migrantes disminuyen. Las subidas de los tipos de interés han agravado las crisis de la deuda, especialmente en el Sur global. Los países más pobres han visto como aumentaban los pagos derivados de su endeudamiento por un importe de 11 millardos de dólares, al tiempo que se preparaban para afrontar las inminentes crisis alimentarias que se avecinan. Así pues, la vulnerabilidad de los países en vías desarrollo se han agravado por tendencias internacionales sobre las que tienen poco control.

Lecciones no aprendidas

La inflación por el lado de la oferta es muy diferente de la inflación por el lado de la demanda. Sin evidencia alguna, quienes se muestran muy intransigente ante la inflación insisten en que no actuar con urgencia hoy será más costoso mañana. Esto puede suceder si el aumento de la demanda es la causa principal de la inflación, especialmente si el aumento de los costes se traslada fácilmente a los consumidores. Sin embargo, los episodios de aceleración peligrosa de la inflación son muy raros. Actuar con demasiada rapidez contra una inflación producida bruscamente por el lado de la oferta puede ser imprudente. Las crisis energéticas de la década de 1970 despertaron un mayor interés por la eficiencia energética, pero la subida de los tipos de interés durante la década siguiente disuadió las inversiones necesarias, incluso las que lo eran para revertir el declive o el estancamiento del crecimiento de la productividad.

El aumento de los tipos de interés también aceleró las recesiones. No obstante, las subidas similares de los precios de las materias primas y de los alimentos en los episodios de estanflación de la década de 1970 ocultan importantes diferencias. Por ejemplo, la “indexación salarial”, que vincula los aumentos salariales a las subidas de los precios, potenció la espiral inflacionista de la década de 1970, pero la desregulación del mercado laboral a partir de la década siguiente ha acabado en gran medida con dicha indexación. El FMI reconoce que la globalización, la “deslocalización” y el cambio técnico que ahorra mano de obra han debilitado la sindicalización y el poder de negociación de los trabajadores.

 Dado que los dos elementos de la espiral de precios y salarios de la década de 1970 son ahora insignificantes, es más probable que la inflación disminuya una vez que los cuellos de botella de la oferta se suavicen. Pero la espiral salarios-precios también ha sido sustituida por una espiral beneficios-precios. Las reformas llevadas a cabo desde la década de 1980 también han aumentado el poder de mercado de las grandes empresas.

Así, la mayor discrecionalidad de las empresas y la reducción de la fuerza de los trabajadores han aumentado las cuotas de beneficios, incluso durante la pandemia. En noviembre de 2021, Bloomberg observó que “el rapidísimo crecimiento de los beneficios desde 1950 desmiente la historia de la inflación salarial propalada por los directores ejecutivos de las empresas”. Mientras tanto, The Guardian descubrió que “el crecimiento de los beneficios empresariales ha superado con creces el de los salarios de los trabajadores”. Las empresas se aprovechan de tal situación, trasladando los costes a sus clientes. ¡Los beneficios netos de las cien mayores empresas estadounidenses “aumentaron como media el 49% y en un caso hasta el 111.000%”!

Mientras tanto, muchos más consumidores luchan por satisfacer sus necesidades básicas. Las subidas de los tipos de interés también han perjudicado a los asalariados, ya que la caída de la participación del trabajo en la renta nacional se ha visto exacerbada por el estancamiento, e incluso la contracción, de los salarios reales. Los responsables políticos deberían, por lo tanto, aliviar los cuellos de botella procedentes de la oferta y abordar los desequilibrios existentes para acelerar así el progreso, y no aumentar los tipos de interés para provocar todo lo contrario.

Así, las autoridades deberían frenar el poder de las empresas, mejorar la competencia y proteger a los más vulnerables. Permitir que las subidas de los precios internacionales se transmitan, al tiempo que se protege a los vulnerables, puede acelerar la transición hacia un consumo y una producción más sostenibles, incluido el uso de energías renovables más limpias."

(Artículo traducido por El Salto con permiso de sus autores. Anis Chowdhury  es Adjunct Professor, Western Sydney University, Australia. Jomo Kwanme Sundaram   es Visiting Senior Fellow en el Khazanah Research Institute, Visiting Fellow en el Initiative for Policy Dialogue, Columbia University. El Salto, 23/08/22)

7/11/19

Banco de España: ¡sí, hay una alternativa! Las políticas fiscal y monetaria pueden concentrarse en garantizar que el gasto doméstico sea el suficiente para mantener altos niveles de empleo...

"Curioso, los adalides de la austeridad, es decir, Banco de España, ahora piden estímulo presupuestario, es decir, gasto público a aquellas economías europeas que tengan margen. ¡A buenas horas mangas verdes! ¿Acaso no escucharon en 2008 las lecciones de Richard Koo? ¡No es incompetencia estructural!, que también. Es algo más. Es la defensa de los intereses de la superclase. En una recesión de balances como la del 2008 la política monetaria es inefectiva, solo sirve la política fiscal. Menos mal que desde 2014, por razones políticas, Europa levantó a España el pie de la austeridad.

Pero el desempeño de Banco de España, y el resto de bancos centrales, presenta otro flanco todavía más débil. Son los principales responsables del mayor error de política económica de la historia moderna: no limpiar los balances bancarios a costa de acreedores. El resultado, un incremento brutal de la deuda soberana. Y en esas estábamos cuando la desaceleración se va extendiendo, de manera que cuando los mercados financieros de riesgo estallen habrá de nuevo otra crisis sistémica. Por cierto, vigilen la deuda corporativa estadounidense de alto riesgo, esparcida vía CLOs (Collaterlaized Loan Obligation).

Los errores cometidos, por lo tanto, fueron el resultado de la combinación de diversos factores. Por un lado la exigencia de austeridad fiscal. Por otro, un rescate bancario pagado por los contribuyentes. A ello añadamos la distopía derivada de una devaluación salarial, y su incapacidad para entender las fuerzas deflacionistas actuales. 

En Teoría Económica hay multitud de paradojas que explican el triste desempeño de la ortodoxia dominante. La paradoja del ahorro de Keynes; la paradoja de costes de Kalecki; la paradoja de los déficits presupuestarios de Kalecki; la paradoja de la deuda de Steindl; la paradoja de la tranquilidad de Minsky; la paradoja de la liquidez de Nesvetailova; y la paradoja del riesgo de Wojnilower. Da igual, se pasaron por el forro todo esto y más.

Un tipo de cambio flexible

Pero frente a sus sinsentido, frente a la tan manida idea de que no hay alternativa (there is not alternative or TINA), sí hay otro camino posible. Lo hemos ido desgranando desde estas líneas. Nos referimos a la Teoría Monetaria Moderna (TMM). El entorno actual es el ideal para desarrollar la TMM. Tras la ruptura de Bretton Woods en 1971, la mayoría de gobiernos empezaron a emitir sus monedas mediante decretos legislativos bajo un tipo de cambio flotante. Un tipo de cambio flexible libera a la política monetaria de tener que defender una paridad fija.

Por lo tanto, las políticas fiscal y monetaria pueden concentrarse en garantizar que el gasto doméstico sea el suficiente para mantener altos niveles de empleo. Los gobiernos que emiten sus propias monedas ya no tienen que financiar su gasto, ya que los gobiernos emisores de moneda nunca pueden quedarse sin dinero. El culto a la austeridad se deriva de la lógica del patrón oro y no son aplicables a los sistemas monetarios “fiat” modernos.

La reacción de las élites no se hizo esperar, y desde el momento en que los emisores de dinero, los Estados, empiezan a ser gobernados democráticamente, las élites político-financieras reaccionaron. Se ocultó a ciudadanía que Estados soberanos jamás pueden quebrar. Se promovió la independencia de los bancos centrales justo cuando estados democráticos podían ejercer plena soberanía monetaria y generar pleno empleo. 

Y son los banqueros centrales los que se convierten en los guardianes de la ortodoxia. El objetivo era doble. Por un lado, limitar la eficacia de la política fiscal de los gobiernos. Por otro, pasar de un sistema de deuda pública donde el poder lo tenía el Tesoro a otro donde se traspasa al mercado: negocio a favor de la superclase. Se prohibió Banco Central comprara deuda soberana en mercados primarios.

Teoría monetaria moderna (TMM)

Como señala James Montier, el extravagante y lúcido estratega jefe de inversiones de la gestora GMO, en What Does Everyone Hate MMT?, y abro comillas, “Yo juzgo las teorías económicas por su utilidad a la hora de enmarcar y explicar el mundo, no por su elegancia matemática. Para mí un enfoque económico debe ayudarme a entender el mundo, y proporcionarme algunas ideas útiles (preferiblemente sobre mi trabajo del día a día, invertir). Con respecto a estas medidas, permítanme asegurarles que la TMM gana por goleada y destroza a la economía neoclásica, sin lugar a dudas”.

A continuación Montier detalla los elementos más importantes del TMM. Veámoslos:

1. El dinero es una criatura del estado. El dinero es efectivamente un pagaré (IOU). Cualquiera puede emitir dinero; el problema es conseguir que se acepte. La capacidad de imponer impuestos (u otras obligaciones) hace que el "dinero" de un país sea valioso.

2. La comprensión del entorno monetario es vital. El régimen monetario bajo que un país opera es importante. Cualquier país que emita deuda sólo en su propia moneda y tenga un tipo de cambio flotante se puede pensar que es monetariamente soberano. Esto significa que no se le puede obligar a pagar su deuda. Nos referimos a los Estados Unidos, Japón, Reino Unido, Suecia, Suiza, Dinamarca, Canadá, Nueva Zelanda,… pero no la Eurozona ni la mayoría de los mercados emergentes.

3. Una descripción operativa del sistema monetario es fundamental. Es necesario entender que los préstamos crean depósitos (que a su vez crean reservas, es decir, dinero endógenamente) es un punto de partida mucho más realista que el punto de vista general de que los depósitos crean préstamos. Por ejemplo, conocer que el gasto público crea reservas y reduce los tipos de interés es vital para entender el mercado de bonos de Japón.

4. Finanzas funcionales, no sound finance. La política fiscal es mucho más potente que la política monetaria. La política fiscal debe orientarse a la generación de pleno empleo al tiempo que se mantiene una inflación baja (en lugar de, por ejemplo, lograr un presupuesto equilibrado). Un plan de empleo garantizado es un ejemplo de una opción política útil para este resultado (actuando como una reserva de amortiguamiento en un mercado de productos básicos) a los ojos de la MMT.

5. Los límites son límites reales de recursos y ecológicos. Si cualquier sector de la economía lo empuja más allá de los límites de la capacidad, entonces se producirá una inflación. Si un gobierno gasta demasiado o grava muy poco, puede crear inflación, pero no hay nada único en el sector gubernamental a este respecto. Estos son los límites que importan -personas, máquinas, fábricas- no las restricciones de "financiación".

6. La deuda privada importa. Incluso en un Estado monetariamente soberano, la deuda privada importa. El sector privado no puede imprimir dinero para pagar sus deudas. Como tal, tiene el potencial de crear una vulnerabilidad sistémica. Piense en la hipótesis de inestabilidad financiera de Minsky: la estabilidad engendra inestabilidad.

7. La contabilidad macro (Balances Sectoriales de Wynne Godley) nos dicen la verdad. La deuda de un sector es para otro un activo. Por lo tanto, la deuda del gobierno es el activo del sector privado. Entender cómo un sector se relaciona con otro utilizando un marco de equilibrio sectorial es muy útil, como lo es entender la ecuación de las ganancias de Kalecki, o la forma en que las reservas trabajan en un del sistema financiero. La contabilidad macro pueden ayudarnos a detectar situaciones insostenibles.

Frente a la TMM, las críticas del Pensamiento Gregario, caracterizado por una tendencia a examinar muy pocas alternativas; por una falta de evaluación crítica de las ideas de los demás; por un alto grado de selectividad en la recopilación de información (manipulación); por la falta de planes de contingencia; por la racionalización de malas decisiones; por una ilusión de invulnerabilidad y moralidad compartida; por una ilusión de unanimidad; y por la auto-designación de guardianes de la esencia para proteger al grupo de la información negativa. 

Ciertos economistas están actuando más como guardianes de una ortodoxia rota que como académicos. Tan sencillo como evaluar una idea por sus méritos."                         (Juan Laborda, Vox Populi, 19/09/19)

7/5/18

Bernie Sanders ha anunciado un plan que ofrecerá un empleo retribuido con un salario de quince dólares a la hora y prestaciones sociales a toda persona que desee trabajar

"Ha pasado completamente inadvertido para el conjunto de la prensa patria, pero éste es quizás el acontecimiento político más relevante para desarmar el neoliberalismo de las últimas décadas. 

Frente a la dramática profundización en la arquitectura neoliberal al abrigo de la reciente crisis económica, la semana pasada el senador por Vermont y aspirante a la candidatura demócrata para la presidencia de los Estados Unidos, Bernie Sanders, ha anunciado un plan que ofrecerá a toda aquella persona que desee trabajar un empleo retribuido con un salario de quince dólares a la hora y prestaciones sociales tales como seguro médico y vacaciones.

 En vísperas del 1 de mayo, día mundial de los trabajadores, el pleno empleo como estrategia opuesta al mantenimiento del desempleo y la precariedad como forma de gestión de la economía utilizada por el neoliberalismo, es recibido en España con silencio.

 Seguramente podamos achacar esta falta de interés del terremoto que ha producido en los medios y el debate político del mundo anglosajón la propuesta de Sanders al compromiso de la izquierda europea con la Unión Económica y Monetaria.

 El Plan de Trabajo Garantizado se deriva del análisis de la Teoría Monetaria Moderna, como saben aquéllos que hayan seguido las publicaciones de Red MMT en nuestra web o en los diversos medios donde hemos colaborado como CTXT, ElSaltoDiario, eldiario.es, Público, entre otros –pinche aquí para ver la lista de artículos publicados. 

Esta impermeabilidad hacia el Plan de garantía de empleo de Sanders contrasta con, por ejemplo, cómo buena parte de la izquierda se subió al carro de Syriza, los cantos de sirena que llegan desde Portugal, o el supuesto experimento finlandés de Renta Básica Universal.

 El senador Sanders cuenta entre sus asesores con la economista Stephanie Kelton, una de las principales exponentes de esta corriente. De ser una escuela heterodoxa y desconocida antes de la crisis, aspectos de la TMM han empezado a ser asumidos por el mainstream económico, especialmente aquellos que son una mera descripción de la realidad del funcionamiento de los sistemas monetarios.

 Aun así, el anuncio de Bernie Sanders ha sido recibido con feroces críticas desde el conservadurismo y el neoliberalismo. El establishment no puede soportar la idea de que el estado desarrolle políticas a favor de la mayoría social, dotando a la democracia de herramientas que permitan construir la sociedad que la ciudadanía decide construir. 

Un Plan de Trabajo Garantizado socializa la inversión, arrebata a las decisiones privadas el monopolio sobre a qué se dedican nuestras fuerzas, permitiendo que no sea más rentable derrochar nuestras energías que utilizarlas. 

Esto suplantaría la guía inmanente del lucro por el bienestar social; y destronaría la relación parasitaria que promueve la competencia entre empresas bajando costes laborales primando la innovación. Si una empresa no puede retribuir dignamente a sus trabajadores no debe existir, y con los programas de empleo garantizado la explotación propia o ajena no es de ninguna manera justificable.

La propuesta ha sido tildada de comunista, ignorando que el desempleo es un fenómeno monetario que solo puede darse en un régimen capitalista, y que ya en los años 30 del siglo pasado Roosevelt aplicó recetas similares como el Works Progress Administration. También se le ha reprochado que la garantía de empleo será inflacionista. 

En realidad, es un potente instrumento de estabilidad macroeconómica que proporciona un suelo a los precios y el valor de la moneda en base a una sustancia común al conjunto de la producción de bienes y servicios, el trabajo; y que funciona como un mecanismo automático de gestión del ciclo económico al expandirse o contraerse en función de las expectativas privadas. 

La denuncia principal sobre cómo financiar estos programas de garantía laboral es por definición descabellada dado que es imposible que el monopolista de la emisión de la moneda caiga en la insolvencia.

Los ataques acaban de empezar y el senador Sanders no podía ignorar que llegarían. Sin duda, Sanders es un político hecho de una pasta especial. Le habría resultado más fácil tratar de ajustar su discurso a la actualidad sensacionalista, a propuestas descafeinadas que la maquinaria de la oligarquía no concibe como amenazas, o a cuestiones identitarias que se centran en lo que diferencia a las clases populares desviando el foco de atención de las condiciones que las subsumen a los designios de las élites.

 La capacidad de Sanders para alejarse de la mojigatería centro-izquierda debe valorarse, más si la comparamos con aquella izquierda que habla de soberanía y hacienda solo para aceptar una austeridad light y crear un falso dilema entre partidas presupuestarias y regiones, buscando torpemente encontrar el dinero allá donde se esconde en vez de ir a su origen. Necesitamos una Hacienda Funcional para alcanzar el pleno empleo transformando nuestra sociedad democráticamente, no un confundido aspirante a Robin Hood.

 Es pasmoso que la izquierda española aun no lo haya entendido, quizás la valiente propuesta de Sanders pueda animar el debate. Este 1 de mayo es un gran momento para que los sindicatos y fuerzas del cambio pongan la garantía de trabajo sobre la mesa. Exijamos el pleno empleo como herramienta para construir una sociedad inclusiva."                      (red mmt, 30/04/18)

9/2/18

¿Qué hacer? Organizarse para la transición anticapitalista. Puntos co-revolucionarios en torno a los cuales la acción social podría converger: procedimientos administrativos democráticos, procesos de trabajo organizados por sistemas directos, la vida cotidiana como libre exploración de nuevos tipos de relaciones sociales, e innovaciones tecnológicas y organizativas orientadas hacia la búsqueda del bien común

"(...) El 3% de crecimiento compuesto anual (usualmente considerada la tasa de crecimiento mínima aceptable para una economía capitalista saludable) es cada vez menos posible de sostener sin recurrir a todo tipo de ficciones (como las que han caracterizado a los mercados de acciones y mercados financieros en las dos últimas décadas). (...)

La crisis actual se originó en las medidas adoptadas para resolver la crisis de los setenta.  (...)

El corolario fue aumentar la rentabilidad de las corporaciones financieras y encontrar nuevas formas de globalizar y, supuestamente, absorber riesgos mediante la creación de mercados de capital ficticios.
En el otro extremo de la escala social, esto significó mayor confianza en la “acumulación por desposesión” como medio para aumentar el poder de la clase capitalista. (...)

El aumento de la demanda efectiva, de lo contrario menguada, mediante el impulso de la economía de deuda (gubernamental, corporativa y del mercado interno) hasta su límite máximo (especialmente en los Estados Unidos y el Reino Unido, pero además en muchos otros países de Letonia a Dubai).

La compensación de las tasas de retorno anémicas en la producción por la construcción de toda una serie de mercados- burbuja de activos, la cual tenía la impronta Ponzi [2] , culminó con la burbuja inmobiliaria que estalló en agosto de 2007. Estas burbujas de activos se basaron en el capital financiero y fueron facilitadas por las innovaciones financieras como los derivados y las obligaciones de deuda con garantía u obligaciones de deuda colateral. (...)

¿Puede el capitalismo sobrevivir el trauma actual? Sí. Pero ¿a qué costo? Esta pregunta encubre otra. ¿Puede la clase capitalista reproducir su poder ante las dificultades económicas, sociales, políticas y geopolíticas, y medioambientales? Una vez más, la respuesta es un rotundo “sí”.  (...)

 Todo esto puede requerir mucho más que un poco de represión política, violencia policial y control estatal militarizado para reprimir los disturbios.  (...)


Por lo tanto, ¿qué pasará esta vez? Si vamos a volver a un crecimiento del 3%, entonces esto significa que debemos encontrar oportunidades globales de inversión, nuevas y rentables, de 1,6 billones de dólares en 2010, llegando a más de 3 billones de dólares en 2030.  (...)

¿Qué espacios se dejan en la economía mundial para los nuevos arreglos espaciales para la absorción de excedentes de capital? China y el ex bloque soviético ya se han integrado. Asia, meridional y sudoriental, se está atiborrando rápidamente. África aún no está totalmente integrada, pero no hay otro lugar con la capacidad de absorber todo este excedente de capital.

¿Qué nuevas líneas de producción pueden abrirse para absorber el crecimiento?
Probablemente no haya soluciones capitalistas efectivas de largo plazo (además de revertir las manipulaciones de capital ficticio) a esta crisis del capitalismo. (...)
El apalancamiento que nos llevó a la crisis ha vuelto triunfal como si nada hubiera pasado. Están en marcha innovaciones en las finanzas, como las nuevas formas de paquetes de venta de pasivos de capital ficticio que son promovidas y ofrecidas a las instituciones (como los fondos de pensión) desesperadas por encontrar nuevas salidas para el capital excedente. Las ficciones (así como los bonos) ¡han vuelto!. (...)
Si este es el esbozo de la estrategia de salida casi con toda seguridad estaremos en otro lío en cinco años. (...)

La pérdida de valor de los activos en esta coyuntura (mediados de 2009) es, nos informa el FMI, como mínimo de 55 billones de dólares, lo que equivale, casi exactamente, a la producción mundial anual de bienes y servicios. Entonces, ¿cuáles son las alternativas?.

Tiene largo tiempo el sueño de muchos en el mundo en que una alternativa a lai-racionalidad capitalista pueda ser definida, y que se llegue a la racionalidad mediante la movilización de las pasiones humanas en la búsqueda colectiva de una vida mejor para todos. Estas alternativas –llamadas históricamente socialismo o comunismo– han sido intentadas en distintos momentos y lugares. En épocas anteriores, como la década del treinta, la visión de una u otra de ellas funcionaba como un faro de esperanza.

Pero en los últimos tiempos ambas han perdido su brillo, desestimadas no sólo por el fracaso histórico de las experiencias comunistas en hacer honor a sus promesas y por la inclinación de los regímenes comunistas a encubrir sus errores por medio de la represión, sino también debido a sus presupuestos incorrectos con respecto a la naturaleza humana y el potencial de perfectibilidad de la personalidad humana y de las instituciones humanas. (...)

A largo plazo, esto no resultó ser próspero, pero, curiosamente, su conversión en China (y su implementación temprana en lugares como Singapur) ha demostrado ser mucho más exitosa que el modelo neoliberal puro en la generación de crecimiento capitalista, por razones que no pueden ser proporcionadas aquí. 

Los intentos contemporáneos de revivir la hipótesis comunista usualmente prescinden del control estatal y buscan otras formas de organización social colectiva para desplazar a las fuerzas del mercado y a la acumulación de capital como base para organizar la producción y la distribución. Integrados horizontalmente en red, a diferencia de los sistemas de mando jerárquico, la coordinación de colectivos de productores y consumidores organizados ora de manera autónoma, ora con gobierno propio, se vislumbra como el núcleo de una nueva forma de comunismo.
Las tecnologías de comunicación contemporáneas hacen que este sistema parezca factible. Se pueden encontrar, en todo el mundo, toda clase de experiencias en pequeña escala en la que tales formas económicas y políticas se están construyendo. En esto hay una convergencia de algún tipo entre las tradiciones marxista y anarquista que se remonta, en general, a la situación de colaboración entre ellas de la década de 1860 en Europa. (...)
El desarrollo desigual de las prácticas capitalistas en todo el mundo ha producido, por otra parte, movimientos anticapitalistas en todos lados. (...)


Esto se aplica tanto a los talibanes y al régimen comunista en Nepal como a los zapatistas en Chiapas, los movimientos indígenas en Bolivia y los movimientos maoístas en la India rural, aun cuando ellos vivan en mundos separados en lo que hace a objetivos, estrategias y tácticas.

El problema central es que, en conjunto, no hay un movimiento anticapitalista decidida y suficientemente unificado que adecuadamente pueda impugnar la reproducción de la clase capitalista y la perpetuación de su poder en el escenario mundial.

 Tampoco hay una forma obvia de atacar los bastiones de privilegios de las élites capitalistas o de poner freno a su desmesurado poderío financiero y militar. Si bien existen aperturas hacia un posible orden social alternativo, en realidad, nadie sabe dónde está ni qué es. Pero sólo porque no hay ninguna fuerza política capaz de articular y mucho menos de construir su programa, ello no es razón para claudicar en la proyección de alternativas.
La famosa pregunta de Lenin, “¿qué hacer?”, no se puede responder, por cierto, sin una idea de quiénes pueden hacerlo y dónde. Sin embargo, un movimiento anticapitalista global es poco probable que surja sin cierta visión de lo que hay que hacer y por qué. Existe un bloqueo doble: la falta de una visión alternativa evita la formación de un movimiento de oposición, mientras que la ausencia de tal movimiento se opone a la articulación de una alternativa. ¿Cómo puede ser superado este bloqueo, entonces?
(...) La pregunta de Lenin exige una respuesta.
El problema central que debe abordarse es suficientemente claro. El crecimiento sostenido por siempre no es posible, y los problemas que han afectado al mundo en estos últimos treinta años señalan que se avecina el límite para la acumulación de capital y que no podrá ser superado sin crear ficciones, poco o nada duraderas.  (...)

Una política revolucionaria que enfrente la acumulación ilimitada de capital compuesto y que finalmente la desactive como el principal motor de la historia humana requiere una comprensión sofisticada de cómo se produce el cambio social. 

El fracaso de esfuerzos anteriores para construir un socialismo y comunismo duraderos debe ser evitado y las lecciones de esa historia, enormemente complicada, deben ser aprendidas. Sin embargo, también debe ser reconocida la necesidad absoluta de un movimiento revolucionario anticapitalista coherente. El objetivo fundamental de dicho movimiento social es asumir el mando tanto de la producción como de la distribución de excedentes.
Necesitamos urgentemente una teoría revolucionaria adecuada a nuestros tiempos. Propongo una “teoría co-revolucionaria” derivada de la comprensión de lo postulado por Marx acerca de cómo el capitalismo surgió del feudalismo. El cambio social emerge mediante el despliegue dialéctico de las relaciones entre los siete momentos del cuerpo político del capitalismo visto como un conjunto, o como un conjunto de actividades y prácticas: las formas tecnológicas y organizacionales de la producción, intercambio y consumo; las relaciones con la naturaleza; las relaciones sociales entre las personas; las concepciones mentales del mundo que abarcan conocimientos, saberes culturales y creencias; los procesos específicos de trabajo y producción de bienes, geografías, servicios o afectos; convenios institucionales, legales y gubernamentales; y la conducta en la vida cotidiana que sustenta la reproducción social.
Cada uno de estos momentos es internamente dinámico y está intrínsecamente marcado por tensiones y contradicciones (basta pensar en las concepciones mentales del mundo), pero todos ellos son co-dependientes y co-evolucionan interrelacionadamente. La transición al capitalismo implica un movimiento de apoyo mutuo a través de los siete momentos. (...) 

Cuando el capitalismo se somete a una de sus fases de renovación lo hace precisamente por la co-evolución de todos los momentos, obviamente, no sin tensiones, luchas, peleas y contradicciones. 

Pero consideremos cómo estos siete momentos se configuraban alrededor de 1970, antes de la aparición neoliberal, y consideremos cómo se ven ahora y sabrán que todos han cambiado de manera tal que redefinen las características operativas del capitalismo visto como una totalidad no hegeliana.
Un movimiento político anticapitalista puede empezar en cualquiera de estos momentos (en los procesos de trabajo, alrededor de concepciones mentales, en la relación con la naturaleza, en las relaciones sociales, en el diseño de tecnologías y formas de organización revolucionarias, en la vida cotidiana o por medio de intentos de reformar las estructuras institucionales y administrativas, como así también la reconfiguración de los poderes del Estado).
El truco es mantener el movimiento político desplazándose de un momento a otro mediante el refuerzo mutuo. Así fue como el capitalismo surgió del feudalismo y así es como algo radicalmente diferente que se llama comunismo, socialismo o lo que sea necesario, surgirá del capitalismo. (...)

Las posibilidades futuras viables surgen del estado de relaciones existente entre los diferentes momentos. Las intervenciones políticas estratégicas dentro y a través de las esferas pueden gradualmente mover el orden social hacia un camino de desarrollo diferente. Eso es lo que los líderes sabios e instituciones de avanzada hacen todo el tiempo en situaciones localizadas, así que no hay razón para pensar que existe algo particularmente fantástico o utópico en cuanto a actuar de esta forma.
La izquierda debe buscar construir alianzas entre y a través de aquellos que trabajan en las diferentes esferas. Un movimiento anticapitalista tiene que ser mucho más amplio que grupos movilizándose en torno a las relaciones sociales o en torno a las cuestiones de la vida cotidiana en sí mismas. Las hostilidades tradicionales entre, por ejemplo, aquellos con pericia técnica, científica y administrativa, y aquellos que animan a los movimientos sociales en las bases, tienen que resolverse y superarse. Ahora tenemos a mano, en el caso del movimiento en torno al cambio climático, un ejemplo significativo sobre cómo tales alianzas pueden comenzar a funcionar. (...)
En cualquier movimiento de transición, sin embargo, debe haber al menos algunos objetivos comunes. Algunas normas generales pueden establecerse como guía.

Éstas podrían incluir (y las menciono aquí meramente para ser discutidas) respeto a la naturaleza, igualitarismo radical en las relaciones sociales, arreglos institucionales basados, en algún sentido, en el interés y la propiedad común, procedimientos administrativos democráticos (contrarios a los esquemas monetizados fraudulentos que existen hoy), procesos de trabajo organizados por procedimientos directos, la vida cotidiana como libre exploración de nuevos tipos de relaciones sociales y acuerdos de convivencia, concepciones mentales enfocadas en la autorrealización en servicio a los demás e innovaciones tecnológicas y organizativas orientadas hacia la búsqueda del bien común en lugar del apoyo al poderío militar, la vigilancia y el egoísmo corporativo. 

Estos serían puntos co-revolucionarios en torno a los cuales la acción social podría converger y girar. ¡Por supuesto que es utópico! ¡Y qué! No podemos darnos el lujo de no serlo. (...)

Para que esto suceda se necesita una revolución en el pensamiento, en lugares tan diversos como las universidades, los medios de comunicación y el gobierno, así como dentro de las propias instituciones financieras.  (...)


La estructura actual de conocimientos es claramente disfuncional y evidentemente ilegítima. La única esperanza es que una nueva generación de estudiantes perceptivos (en el sentido amplio de todos aquellos que buscan conocer el mundo) lo vea claramente e insista en cambiarlo. Esto sucedió en la década del sesenta. 

En varios puntos críticos de la historia, los estudiantes inspiraron movimientos, reconociendo la disyunción entre lo que sucede en el mundo y lo que se les enseña y muestra desde los medios de comunicación, y estuvieron dispuestos a hacer algo al respecto. Hay indicios de tal movimiento (...)

En términos más amplios, ¿qué pasaría si un movimiento anticapitalista fuese constituido a partir de una amplia alianza entre los alienados, los descontentos, los marginados y los desposeídos? La imagen de todas esas personas por todas partes, que se levantan, exigen y alcanzan un lugar apropiado en la vida social, política y económica, está sucediendo de hecho. También ayuda a concentrarse en la cuestión de qué es lo que pueden demandar y qué es lo que hay que hacer. (...)

En la actualidad, hay un gran número de ONG que juegan un papel político que apenas era visible antes de mediados de la década del setenta. (...) Pero el cambio revolucionario por las ONG es imposible. Están demasiado ajustadas a la política y a las posturas políticas de sus donantes. (...)

La segunda gran tendencia de la oposición surge de los anarquistas, autonomistas y organizaciones de base, que rechazan financiamiento externo, incluso cuando algunos de ellos se basan en instituciones alternativas (tales como la Iglesia Católica, con su iniciativa de “comunidad de base” en América Latina para ampliar el patrocinio de la iglesia a la movilización política en los centros urbanos de los Estados Unidos). 

Este grupo está lejos de ser homogéneo (de hecho, hay fuertes disputas entre ellos, picas, por ejemplo, la de los anarquistas sociales contra los que tildan cáusticamente como de mero “estilo de vida” anarquista).
Hay, sin embargo, una antipatía común de negociación con el poder del Estado y un énfasis en la sociedad civil como la esfera donde el cambio se puede lograr.
El poder de autoorganización de las personas en las situaciones cotidianas que viven debe ser la base para cualquier alternativa anticapitalista.La creación de redes horizontales es su modelo de organización preferido. Las llamadas “economías solidarias”, basadas en el trueque, sistemas de producción colectiva y local o regional, son su forma político-económica preferida.
Normalmente se oponen a la idea de que cualquier dirección central podría ser necesaria y rechazan las relaciones sociales jerárquicas o las estructuras jerárquicas de poder político, junto con los partidos políticos convencionales. Organizaciones de este tipo se pueden encontrar en todas partes y en algunos lugares han alcanzado un alto grado de prominencia política.

(...) Pero la eficacia de todos estos movimientos (dejando de lado sus franjas más violentas) está limitada por su resistencia y su incapacidad de convertir su activismo en formas de organización a gran escala capaces de enfrentar problemas globales.

La presunción de que la acción local es el único nivel de cambio significativo y que cualquier cosa que huela a jerarquía es contrarrevolucionaria se torna autodestructiva cuando se trata de cuestiones mayores. Sin embargo, estos movimientos proporcionan, incuestionablemente, una base amplia para la experimentación con políticas anticapitalistas.
La tercera posición o tendencia general está dada por la transformación que viene ocurriendo en la organización laboral tradicional y en los partidos políticos de izquierda, que van desde las tradiciones sociales democráticas a formas más radicales, trotskista y comunista, de organización de partidos políticos. Esta tendencia no es hostil a la conquista del poder estatal o a las formas jerárquicas de organización.
De hecho, se refiere a este último como necesario para la integración de la organización política mediante una variedad de escalas políticas. (...)

En los años en que la socialdemocracia era hegemónica en Europa y aún influyente en los Estados Unidos, el control estatal sobre la distribución del excedente se convirtió en una herramienta crucial para reducir las desigualdades.  (...)

Una forma de mirar al neoliberalismo, como se ha señalado, es como a un movimiento muy revolucionario y muy grande (encabezado por la autoproclamada figura revolucionaria, Margaret Thatcher) encargado de privatizar los excedentes o de al menos prevenir más su socialización. (...)

La actuación del Partido Verde Alemán en el poder ha sido poco estelar en relación con su postura política fuera del poder, y los partidos socialdemócratas han perdido completamente el camino de una verdadera fuerza política. Sin embargo, los partidos políticos de izquierda y los sindicatos todavía son importantes y su toma de posesión de aspectos del poder estatal, como el Partido de los Trabajadores en Brasil o el movimiento bolivariano en Venezuela, ha tenido un claro impacto en el pensamiento de izquierda, no sólo en América Latina. 

El problema complicado de cómo interpretar el papel del Partido Comunista Chino, con su control exclusivo sobre el poder político, y cuáles podrían ser sus políticas futuras, no es fácil de resolver tampoco.  (...)
La cuarta tendencia general está constituida por todos los movimientos sociales que no estén guiados por alguna filosofía política en particular o tendencias, sino por la necesidad pragmática de resistir el desplazamiento y el despojo (mediante el aburguesamiento, el desarrollo industrial, la construcción de represas, la privatización del agua, el desmantelamiento de servicios sociales y las oportunidades de educación pública, o lo que sea).
Esta instancia focaliza en la vida cotidiana en la ciudad, pueblo, aldea o en lo que provea una base material para la organización política contra las amenazas que las políticas estatales y los intereses capitalistas invariablemente plantean a las poblaciones vulnerables. Estas formas de protesta política son masivas.

Una vez más, hay una amplia gama de movimientos sociales de este tipo, algunos de los cuales pueden radicalizarse con el tiempo a medida que sean cada vez más conscientes de que los problemas son sistémicos y no particulares y locales.

La puesta en común de esos movimientos sociales en alianzas por las tierras –como la Vía Campesina, el Movimiento Sin Tierra (MST) de campesinos de Brasil o los campesinos en la India que se movilizan contra la apropiación de tierra y recursos por parte de las corporaciones capitalistas– o en contextos urbanos –el derecho a la vida digna en la ciudad y los movimientos de recuperación de tierras en Brasil y ahora en los Estados Unidos– sugiere que el camino puede estar abierto para crear alianzas más amplias, para debatir y confrontar a las fuerzas sistémicas que sustentan las particularidades del aburguesamiento, la construcción de represas, la privatización o lo que sea. Más pragmáticos antes que impulsados por preconceptos ideológicos, estos movimientos, sin embargo, pueden llegar a entendimientos sistémicos desde su propia experiencia. (...)

 Este es el terreno donde tiene mucho que decir la figura del “intelectual orgánico”, que es muy representativa y parte fundamental en la obra de Antonio Gramsci, los autodidactas que llegan a entender el mundo inmediato a través de experiencias difíciles pero que forman su comprensión del capitalismo en general.

Escuchar a los líderes campesinos del MST en Brasil o a los dirigentes del movimiento anticorporativo de apropiación de tierras en la India es una educación privilegiada. En este caso, la tarea de alienados y descontentos educados es ampliar la voz subalterna de manera tal que se pueda prestar atención a las circunstancias de explotación y represión y a las respuestas que se pueden formar en un programa de lucha anticapitalista.
El quinto epicentro para el cambio social reside en los movimientos emancipatorios en torno a cuestiones de identidad –mujeres, niños, homosexuales, razas y minorías étnicas y religiosas demandan un mismo lugar bajo el sol– junto con la amplia gama de movimientos medioambientales que no son explícitamente anticapitalistas.
Los movimientos que reclaman emancipación en cada uno de estos temas son geográficamente desiguales y a menudo están espacialmente divididos en términos de necesidades y aspiraciones, pero las conferencias mundiales sobre los derechos de la mujer (Nairobi en 1985, que condujo a la declaración de Beijing de 1995) y el anti-racismo (la conferencia más polémica fue la de Durban en 2009) están tratando de encontrar un terreno común, como es cierto también de las conferencias del medio ambiente y no hay duda de que las relaciones sociales están cambiando a lo largo de todas estas dimensiones por lo menos en algunas partes del mundo.

Cuando son enunciados en estrechos términos esencialistas, estos movimientos pueden parecer antagónicos a la lucha de clases. Ciertamente, en gran parte de la academia se arrogan un lugar de privilegio a expensas del análisis de clase y la economía política, pero la feminización de la fuerza laboral global, la feminización de la pobreza en casi todas partes y el uso de las diferencias de género como medio de control laboral hacen que la emancipación y la eventual liberación de la mujer de sus represiones sea una condición necesaria para enfocar más definidamente la lucha de clases. La misma observación se aplica a todas las otras formas de identidad donde se encuentran la discriminación o la represión pura y simple.

El racismo y la opresión de mujeres y niños fueron fundacionales para el surgimiento del capitalismo, pero el capitalismo, tal como en la actualidad se constituye, en principio, puede sobrevivir sin estas formas de discriminación y opresión, aunque su capacidad política para hacerlo se vería gravemente disminuida, si no herida de muerte, frente a una fuerza de clase más unificada.

El abrazo modesto del multiculturalismo y los derechos de la mujer dentro del mundo corporativo, especialmente en los Estados Unidos, aporta algunas pruebas del alojamiento del capitalismo en estas dimensiones del cambio social (incluyendo el medio ambiente), aun cuando hace hincapié en la relevancia de las divisiones de clase como principal dimensión de acción política.

Estas cinco grandes tendencias no son mutuamente excluyentes o exhaustivas de las plantillas de organización para la acción política.

Algunas organizaciones combinan perfectamente los aspectos de las cinco tendencias. Pero hay mucho trabajo por hacer para unir a estas tendencias en torno a la cuestión subyacente: ¿puede cambiar el mundo material, social, mental y políticamente, de tal manera que sea enfrentado no sólo el mal estado de las relaciones sociales y naturales en muchas partes del mundo sino también la persistencia del crecimiento compuesto ilimitado?

Esta es la pregunta que deben insistir en preguntar los alienados y descontentos, una y otra vez, incluso cuando aprenden de los que experimentan el dolor directo y por lo cual son tan adeptos a organizar resistencias a las graves consecuencias del crecimiento compuesto. (...)

Los comunistas, Marx y Engels, afirmaban en su concepción original, expresada en El manifiesto comunista, no tener partido político. Simplemente se constituyen en todo momento y en todo lugar como aquellos que comprenden los límites, fracasos y tendencias destructivas del orden capitalista, así como las innumerables máscaras ideológicas y legitimaciones falsas que los capitalistas y sus apologetas (particularmente en los medios de comunicación) producen para perpetuar su poder singular de clase. (...)"

(Conferencia pronunciada en el Foro Social Mundial de 2010, Porto Alegre. Traducción de Eugenia Cervio,  David Harvey, Socialismo21, Rebelión, 20/03/2013)

21/10/16

“La revolución neoliberal fue un éxito rotundo. El mundo es neoliberal”. El éxito cultural del neoliberalismo ha sido categórico, general, abrumador. No es una exageración decir que el neoliberalismo constituye nuestro sentido común... ¿Qué hacer?

"Estos tiempos de crisis son propensos a la crítica social y, también, a la Historia: ¿de qué polvos provienen estos lodos? Hay un importante consenso entre sólidos analistas sobre que las políticas económicas neoliberales de los años ochenta y noventa sentaron las bases de las dificultades que vivimos hoy en día.


Pero, ¿qué es el neoliberalismo? Ha habido muchos intentos de definir este proyecto político, económico y social, pero quizá existan pocos ensayos como el realizado por el profesor Fernando Escalante Gonzalbo (México, 1962), doctor en Sociología y docente en el prestigioso Colegio de México.

 En Historia mínima del neoliberalismo, Escalante describe con increíble lucidez, pedagogía e imparcialidad las bases y los actores principales para que esta doctrina económica y política se convirtiera en hegemónica, incluso entre quienes supuestamente tendrían que combatirla.


Estamos en 1968: el capitalismo occidental lleva varios años experimentando un cierto sobrecalentamiento. La izquierda está fuerte: en París y en otras capitales, los jóvenes creen que pueden hacer avanzar la Historia y parecen poner a los gobiernos contra las cuerdas. ¿Cómo es posible que poco más que diez años después la trayectoria política y económica de Occidente tomara un giro tan diferente al esperado?


Visto en la distancia, acaso no sea tan sorprendente. La interpretación habitual supone que los movimientos de protesta de los años sesenta, cuyo emblema es el Mayo francés, eran movimientos de izquierda. No está tan claro. 

Es verdad que en las manifestaciones había una crítica del capitalismo, o más bien de la sociedad de consumo, y en el contexto de la Guerra Fría las protestas contra el Gobierno de Estados Unidos, o de sus aliados europeos, se identificaban automáticamente con la izquierda (es decir: el comunismo, la Unión Soviética).


Pero eran movimientos más complejos, heterogéneos, con una veta ecologista, es verdad, y un poderoso componente feminista, sobre todo movidos por un impulso antiautoritario, antiburocrático, ásperamente individualista, con acentos libertarios. 

Para los jóvenes de los sesenta el enemigo era “el sistema”, o “el establishment”, que incluía al Estado, los partidos, los sindicatos, y todo el aparato institucional del Estado de Bienestar, empezando por la escuela, la universidad, los hospitales... 

Por eso no es tan extraño que muchos de los jóvenes rebeldes de los sesenta hayan venido a ser, con el tiempo, nítidamente neoliberales (es algo que ha sucedido en todo el mundo). Y no es tan extraño el giro ideológico de la década siguiente, que en mucho conservaba la inercia contracultural de aquellos años.


El neoliberalismo tenía un cierto sustrato revolucionario: ¿cómo explicaría ese atractivo rebelde cuando en el fondo se defendían los intereses del gran capital? 

El neoliberalismo es efectivamente revolucionario: consciente, deliberadamente revolucionario desde su origen. Porque el programa neoliberal se piensa contra el orden establecido. En su momento, contra el New Deal en Estados Unidos, contra el nuevo liberalismo (teorizado por Thomas Hill Green, Leonard Hobhouse) en el Reino Unido. Y desde luego, contra el Estado de Bienestar en los años setenta.

 Los neoliberales podían ser tan radicales como los estudiantes de los sesenta, más radicales incluso, en su crítica del Estado, de la autoridad, de los burócratas, los sindicatos, los partidos. Y su defensa del mercado se ha explicado siempre como una defensa del hombre común en contra de las instituciones burocráticas, autoritarias, que restringen su libertad, y que además son ineficientes, corruptas. 

En ese sentido, revolucionarios son todos: Hayek, Mises, Becker, Friedman, Röepke, Leoni. En ningún momento defienden expresamente los intereses de las grandes empresas ni de la banca, ni de los ricos. El resultado de las políticas que promueven es una acentuada concentración del ingreso, un aumento de la desigualdad, un nuevo equilibrio del mercado laboral mucho más favorable para los empleadores, un creciente, incontrolado poder del sistema financiero. 

Pero ellos no propugnan nada de eso. Se limitan a defender el mercado como expresión de la libertad. La idea básica, en su retórica, es sencillísima: el mercado es garantía de libertad, el mercado es más eficiente. 

Acaso el mayor éxito del neoliberalismo haya sido mantener esa imagen de movimiento rebelde, libertario, en defensa del hombre común, incluso cuando es claramente la ideología dominante, que informa las políticas de todos los gobiernos del planeta.

¿Cómo consiguieron hacer pasar por revolucionario y progresista algo que después ha tenido consecuencias tremendamente reaccionarias? 

Vuelvo a la pregunta anterior. En estricto sentido, el neoliberalismo ha sido revolucionario. Se propuso cambiar el orden establecido, y lo hizo. Se propuso destruir el poder de los sindicatos, de los funcionarios públicos, porque defendían intereses particulares; se propuso acabar con los servicios públicos, porque eran ineficientes y corruptos; se propuso eliminar la regulación de casi todos los mercados, porque era un obstáculo para la libertad. Y lo consiguió. 

Pero además, consiguió que todo eso fuese visto como progreso: consiguió apropiarse de la noción de progreso. Y que la idea misma del Estado de Bienestar, la regulación de los mercados, la protección del trabajo, los servicios públicos, todo eso fuese visto como cosa del pasado. 

Hasta la fecha, cada vez que se discuten alternativas a las políticas neoliberales, hay una respuesta de cajón: eso ya se probó, eso ya se intentó, ya sabemos que no funciona. De modo que el neoliberalismo viene a resultar la postura progresista siempre, por definición. Y cualquier otra cosa es pasado, y un pasado que terminó mal, con el desastre de los años setenta.

Nos falta todavía entender cómo se produjo el cambio cultural que vino a dejar desarmada, sin respuestas, arcaica, a la izquierda. Tengo la impresión de que entre otras cosas fue consecuencia del derrumbe de la Unión Soviética, y del socialismo real, junto con la ola “democratizadora” de los años ochenta, y los obvios defectos del Estado de Bienestar realmente existente. 

Todo eso engendró lo que habría que llamar una izquierda neoliberal, que está en el origen de mucho de lo que vivimos hoy.

¿Cree que el cambio operado en el mundo es obra de una coalición de intelectuales y empresarios, o que las raíces de dicho cambio son algo más profundas? 

En una frase: el cambio no ha sido obra de una conspiración. Pero ha habido conspiración. Quiero decir: el modelo neoliberal no se ha impuesto por casualidad, no ha sido algo accidental. Sus partidarios, con todas las diferencias que pueden señalarse entre ellos, comparten un conjunto de premisas, un conjunto de principios, y se han esforzado por coordinarse, y mantener comunicación, desde los años cuarenta. 

Han formado centros de estudio, empresas de consultoría, revistas, fundaciones… para elaborar argumentos, explicaciones, políticas. No es un secreto: la coordinación es real, y perfectamente lógica, por otra parte (que se quiera disimular es otra cosa, pero ahí están la Mont Pelerin Society, la Atlas Foundation, etcétera). Es una historia que está muy bien explicada en el libro de Philip Mirowski y Dieter Plehwe The Road from Mont Pelerin.

Dicho de otro modo: hubo un fermento de ideas, en buena medida porque hubo dinero para desarrollarlas y difundirlas. Pero nada de eso es suficiente para explicar el éxito del modelo neoliberal. Lo que sucedió en los años setenta fue que esas asociaciones, centros de estudio, esos grupos de académicos tenían soluciones elaboradas cuando aparecieron los problemas, y soluciones que se explicaban en un lenguaje muy propio de la Guerra Fría. 

La crisis de los setenta fue absolutamente real, y fue una crisis por un lado del sector productivo en los países centrales, del sector financiero sobre todo en los países periféricos, y de los esquemas de gasto público, y servicios públicos, que dependían del crecimiento económico. 

La crisis se significó por una disminución, hasta mínimos históricos, de la tasa de ganancia del capital, y un régimen financiero favorable para los deudores antes que para los acreedores. El resultado, después del gran ajuste, ha sido un nuevo equilibrio, favorable, sí, al capital.

Se pueden señalar algunos hechos concretos que marcaron el cambio: el llamado “shock Volcker”, por ejemplo, el aumento drástico, repentino, de las tasas de interés en 1979. Fueron respuestas a una crisis real del sistema económico, no producto de una conspiración.

Tenemos una imagen estereotipada del eje Reagan-Thatcher como los revolucionarios conservadores, como la nueva derecha que cambió todo para que luego nada volviera a ser como antes. Pero su estudio hace que afloren otros personajes interesantes también… 

Sin duda, Thatcher y Reagan fueron decisivos para el auge global del neoliberalismo. Sobre todo por su estilo imperioso, desinhibido, casi provocador. 

Sirve de ejemplo la actitud de Thatcher ante la huelga de los mineros, por ejemplo, la de Reagan con los controladores aéreos, o su manera de cancelar el proyecto entero del Nuevo Orden Económico Internacional, y el Informe Brandt, con unas cuantas frases en la Cumbre de Cancún. La identificación es inevitable, ambos son figuras emblemáticas del nuevo orden (a pesar de sus diferencias: el enfoque de Thatcher era claramente doctrinario, ideológico, Reagan fue siempre mucho más oportunista, inconsecuente, incluso contradictorio). 

No obstante, en lo fundamental, la batalla cultural estaba ya ganada cuando ellos llegaron y, en buena medida, por eso llegaron con un apoyo electoral avasallador.

El neoliberalismo no es sólo una política económica. No se reduce a un programa de gobierno. El neoliberalismo es una manera de entender el mundo, una ideología en el sentido más fuerte de la palabra, que implica una idea de la sociedad, una idea del derecho, de la educación, de los vínculos humanos, una idea de la justicia y de la naturaleza humana. 

No es obra de un individuo ni de un pequeño grupo, sino de varias generaciones de filósofos, economistas, sociólogos, juristas, que pueden tener posturas distintas sobre asuntos concretos pero comparten un sistema de creencias básico, de notable coherencia (para entendernos, es más o menos lo mismo que ha sucedido históricamente con el socialismo, que a partir de un acuerdo fundamental admite una gran variedad de posturas).

Desde que se perfila como programa intelectual, en los años treinta, hasta que se impone como sentido común, en el fin de siglo, la historia del neoliberalismo ha estado marcada por unos cuantos pensadores de primer orden, como Friedrich Hayek, académicos como Milton Friedman, Ronald Coase, Bruno Leoni, Gary Becker, James Buchanan, periodistas e intelectuales públicos a veces muy influyentes, como Hernando de Soto, Nicolas Baverez, y políticos (de derecha y de izquierda) como Reagan y Thatcher, Tony Blair, Gerhard Schröeder o Michel Camdessus.

Estos líderes cambiaron el mundo en poco tiempo: prohibieron de facto el pleno empleo, modificaron el significado de las prioridades económicas. ¿Privatizaron de alguna manera la realidad en que vivimos? ¿Vivimos, percibimos, reflexionamos según las condiciones dictadas por unos pocos?

Es complicado. En un sentido muy concreto, la vida social ha sido “privatizada” masivamente en los últimos cuarenta años. Mucho de lo que antes era público, desde empresas productivas hasta servicios básicos, medios de comunicación, se ha privatizado materialmente: ha pasado a manos de empresas privadas. 

En otro sentido, nuestro mundo se ha “privatizado” en cuanto lo público nos resulta cada vez más difícil de imaginar.

Pero no se trata de las ideas de unos pocos. El éxito cultural del neoliberalismo ha sido categórico, general, abrumador. No es una exageración decir que el neoliberalismo constituye nuestro sentido común. Las mismas ideas, las mismas convicciones aparecen en trabajos académicos, en informes de consultoría, artículos de opinión, en las tertulias televisivas: racionalidad, mercado, competencia, incentivos, maximización... 

En ese lenguaje nos entendemos, en ese lenguaje explicamos la experiencia humana en todos los campos, y así la educación es formación de capital humano, la conversación pública es el mercado de las ideas, por ejemplo. De modo que es muy difícil argumentar contra una política económica cuando se basa en las ideas de nuestro sentido común, que nos parecen absolutamente obvias. 

El orden neoliberal favorece desproporcionadamente a unos pocos, eso es indudable (la idea de que a fin de cuentas favorece a todos, aunque unos ganen más que otros, es mucho más discutible con los números en la mano). Pero no son las ideas de unos pocos, sino de la mayoría. Incluso, según el lugar, diría que de la inmensa mayoría: ése es el verdadero problema –político— para imaginar una alternativa. 

Las afirmaciones básicas del programa neoliberal parecen indiscutibles: que una empresa privada es siempre más eficiente que una empresa pública, que la competencia produce siempre los mejores resultados, que los seres humanos son egoístas, calculadores, que buscan siempre la máxima ventaja personal...  

Es un tema de estudio interesante, sin duda: cómo, mediante qué mecanismos concretos, ese sistema de ideas vino a convertirse en el sentido común de nuestro tiempo.
¿Puede ver el rastro de la Mont Pelerin Society y de los primeros neoliberales en la dureza de las medidas de austeridad en Europa? 

Sin duda, la idea de que la austeridad sea la solución para una crisis es una de las piezas básicas del repertorio neoliberal. La convicción básica, que está en el origen de las recomendaciones de política económica, es que el problema siempre es la regulación, una regulación excesiva, y el gasto público: déficit, servicios públicos, impuestos, porque todo eso inhibe la inversión, entorpece el funcionamiento del mercado. De modo que la austeridad es la recomendación automática, siempre que hay una crisis. 

En este caso concreto, influye en particular la tesis de la “austeridad expansiva”, que comenzó a circular hace algún tiempo. Es la idea de que una política de austeridad, reducción del gasto público, reducción de impuestos, tiene un efecto positivo sobre el mercado, e incentiva el crecimiento. 

La verdad es que no tiene ningún fundamento. Números dispersos, escogidos en casos muy particulares, permiten hacerla verosímil, pero todo lo que sabemos de la historia económica la desmiente (es muy ilustrativo el libro de Mark Blyth Austerity: the History of a Dangerous Idea).

Sin necesidad de suscribir teorías conspirativas, está también el hecho de que la crisis, ocasionada en buena medida por el peso desproporcionado del sistema financiero, ha servido para aumentar todavía más el poder de los bancos, las compañías calificadoras, y el sector financiero en general. En general, ha sido una nueva vuelta de tuerca para reforzar a los acreedores. Es decir: la crisis ha sido útil políticamente para intensificar las políticas neoliberales. 

Parecía que América Latina se libraba, pero la contraofensiva neoliberal renace...

No es difícil de entender la reacción social que dio lugar al liderazgo de Hugo Chávez, Evo Morales, de los Kirchner, de Rafael Correa. Pero hay que decir que, en general, los resultados han sido decepcionantes. 

En todos los casos ha habido ideas, decisiones, políticas muy plausibles en asuntos concretos, y la nueva política ha producido discusiones de enorme interés. Pero no hay otra línea de horizonte. 

No hay una idea del orden social mínimamente coherente, factible, que permita imaginar un futuro distinto. Y lo peor es que los excesos, los errores, los abusos, inevitables, han terminado por desacreditar la alternativa: incluso el intento de pensar una alternativa. Y han terminado por ofrecer un nuevo repertorio de ejemplos de políticas fracasadas para el argumentario neoliberal.

Visto el panorama desde México, como lo veo yo, no ha habido nunca motivos para el optimismo. México no se ha apartado de la ortodoxia neoliberal en los últimos veinticinco años. 

Y la oposición de izquierda, convencionalmente de izquierda, dividida, intensamente clientelista, con maneras casi fascistas a veces, es menos imaginativa todavía, y sin haber gobernado el país carga con un descrédito muy similar al de la derecha. No me gusta ser pesimista: no puedo evitarlo.
 
¿Qué podemos hacer? ¿Cuál es la hoja de ruta para que esta continua revolución neoliberal se detenga?  

Sin duda, la pregunta más difícil. No tiene respuesta posible, o no por ahora. En muchos sentidos, la revolución neoliberal ya concluyó, con un éxito rotundo, general, definitivo, inapelable. 

 Nuestro mundo es neoliberal. Pero sucede que un ingrediente fundamental del programa es la insatisfacción permanente: la exigencia de ir siempre más allá. Porque siempre es posible cobrar menos impuestos, eliminar reglas, suprimir servicios públicos, reducir el gasto, siempre, hasta la desaparición completa del Estado. 

De modo que el neoliberalismo es un horizonte que nunca alcanzamos. Y las crisis que provoca el sistema sirven para acentuar sus rasgos básicos. Resulta irónico, pero no sería inexacto decir que el neoliberalismo es la “revolución permanente”.

¿Qué hacer? Sólo se me ocurre proponer los parámetros para una alternativa, es decir, los factores que podrían permitir al menos un modesto optimismo, a mediano plazo. 

Primero, es necesario que se generalice la convicción de que el modelo neoliberal fracasó, incluso en sus propios términos: no ha producido crecimiento, ni mayor igualdad, ni mayor eficiencia ni mejores servicios, ni siquiera estabilidad económica. 

Segundo, es necesario explorar la imaginación social, a partir de la certeza de que el mercado sin regulaciones, sin limitaciones, es una fuerza corrosiva, que destruye el vínculo social –y que la sociedad tiene que defenderse, como vio con lucidez extraordinaria Karl Polanyi, en La gran transformación. 

Y hay que confiar en la capacidad de la sociedad para pensar alternativas, sabiendo que habrá que ensayar, probar una cosa, y otra, y otra. 

Y tercero, es necesario recuperar una conversación pública seria, profunda, compleja, matizada, realista, alejada de las simplezas de modelos abstractos y consignas; y eso quiere decir recuperar las mejores tradiciones de las ciencias sociales (que afortunadamente gozan de muy buena salud, aunque sea en los márgenes del sistema académico, y de los grandes medios)."                      (Entrevista a Fernando Escalante / Autor de “Historia mínima del neoliberalismo”, por Andrés Villena Olivier, en CTXT, 19/10/16)