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27/11/23

Cuando el «sentido común» lo dejamos en manos de la derecha (los que históricamente han cancelado y censurado)... Cómo estará de extendida la percepción de la cancelación en nombre de lo políticamente correcto, la censura y la falta de tolerancia frente a la pluralidad de opiniones, que el primer ministro del Reino Unido ha nombrado a Esther McVey «ministra del sentido común» para la lucha contra lo ‘woke’... la estrategia woke ha acabado siendo utilizada como arma arrojadiza por unas minorías para hacerse con el poder –ideológico, cultural y social– sobre las mayorías. Lo que debía ser un instrumento de alerta ante las injusticias que nos igualara a todos, ha acabado siendo una herramienta para darle el poder a unos pocos en base a un pensamiento único, escudados en las llamadas guerra culturales... O sea, ha acabado siendo una herramienta para limitar la libertad de expresión

 "Hay noticias que nos pondrían poner sobre aviso de lo que se nos avecina, mucho más en tiempos de cambios de carteras ministeriales.

Me explico.

En una época parecida a la nuestra se encuentra el Reino Unido, de cambios de carteras me refiero. Rishi Sunak, el primer ministro, ha sufrido recientemente un terremoto en su gobierno y, para tratar de encarar lo mejor posible el año antes de las elecciones, no solo ha llamado a Cameron para que participe de nuevo en el gabinete –cosas más raras se han visto en política que recuperar al político que los metió en uno de los mayores desaguisados internacionales de los últimos tiempos–, sino que ha tenido que ampliar ministerios.

En concreto uno, el que me interesa, es el que a partir de ahora ocupará Esther McVey, superviviente de los gobiernos de Cameron, May y Johnson. Pero ¿quién es Esther McVey y qué puesto asumirá? Si recurres a la Wikipedia en español, no hay actualización profesional suya a partir de 2019; sin embargo, si te acercas a mirar la versión inglesa, añaden varias cosas, entre otras, que en la reorganización de noviembre de 2023, Rishi Sunak la ha nombrado ministra sin cartera con la tarea de liderar la agenda antiwoke del gobierno.

Y sí, tal cual lo digo, parece que esta diputada del ala dura de los tories ha sido designada por el primer ministro para velar contra la denominada cultura woke, y su «brazo armado», la cultura de la cancelación en el Reino Unido.

Y ahí es donde yo no puedo evitar una media sonrisa al enterarme de que han nombrado a una «ministra del sentido común» centrada en la lucha contra lo woke. Las palabras no son mías, proceden de la prensa británica. Cómo estarán las cosas para que un gobierno llegue a la conclusión de que la mera denominación y apelación del sentido común pueda serle rentable políticamente.

Es decir, cómo estará de extendida en gran parte de la población la percepción de que la locura, la falta de sensatez, la cancelación en nombre de lo políticamente correcto, la censura, el terraplanismo y falta de tolerancia frente a la pluralidad de opiniones, entre otras cosas, es bueno que sea objeto de control por parte de un gobierno… de derechas.

La definición de woke cambia según a quién le preguntes. El término deriva del inglés afroamericano y se empezó utilizando de forma razonable, en un intento de proteger –como no podía ser de otro modo– a las minorías, y, sobre todo, insistiendo en una crítica al racismo y al machismo imperante, en definitiva contra la desigualdad estructural. A partir del 2014 y con el movimiento Black Lives Matter se utilizó para «despertar» a la gente frente a la brutalidad policial en EE.UU. contra la comunidad negra.

 El problema es que, desde entonces, el término se ha utilizado para denunciar todo aquello que no gusta, en realidad, todo aquello que no sigue… lo que los wokes creen que hay que defender y de no ser así aplican su, temida, cultura de la cancelación, para acabar «asesinando» públicamente a aquel personaje que no repita el discurso que ellos defienden. Dicho de otro modo, la estrategia woke ha acabado siendo utilizada como arma arrojadiza por esas mismas minorías para hacerse con el poder –ideológico, cultural y social– sobre las mayorías. Sí, lo que debía ser un instrumento de alerta ante las injusticias que nos igualara a todos, ha acabado siendo una herramienta para darle el poder a unos pocos en base a un pensamiento único, escudados en las llamadas guerra culturales.

Hasta aquí, casi os diría que no pasa nada. El drama, sí, permitidme que me ponga un poco trágica, es que lo que podría quedarse en discusión familiar, o debate en un grupo de amigos, ha salido y ha llegado incluso a órganos más o menos con poder, consiguiendo, incluso, silenciar a personas y, claro está, a sus opiniones. O sea, ha acabado siendo una herramienta para limitar la libertad de expresión desde algunas minorías.

 Llegados a este punto, está claro que lo de menos es quién sea McVey, que dicho sea de paso tiene bastantes detractores en su país, lo verdaderamente interesante es que, finalmente, alguien se haya dado cuenta –hasta tal punto de crear un ministerio–, que no se puede normalizar la cancelación desde el punto de vista de una democracia. Y que, además, tenga que venir desde la derecha (los que históricamente han cancelado y censurado) y con la bandera del «sentido común».

Quizá, normalizando la sensatez, aunque sea de forma gubernamental; quizá, dejando que exista libertad de opinión y no censura; quizá, respetando los estudios científicos, podemos empezar a centrarnos en los temas verdaderamente importantes, como la escasez de viviendas asequibles, el aumento de las facturas de energía, las escaseces sanitarias o educativas, o los terribles niveles de pobreza que existen en algunas zonas. Lo triste es que ese campo discursivo se lo estamos dejando a la derecha, véase la nueva ministra británica.

Cómo de estúpidos han de ser los que tiene enfrente la derecha británica, cómo de evidente debe ser, que baste con apelar al sentido común, para ganarse el apoyo de la ciudadanía, aunque recurriendo a un ministerio sin cartera. Veremos si acabamos siguiendo el ejemplo.

Ya dijo alguien en España, viendo los derroteros de la guerra cultural que se está teniendo desde la izquierda, que ésta está perdiendo el sentido común, y que será la ultraderecha la que apele al sentido común, y, desgraciadamente, de seguir así, la gente terminará pensando que la ultraderecha es la que tiene sentido común."                   (Carmen Domingo, ethic, 27/11/23)

27/4/23

Zizek: Chúpame la lengua, aplástame las pelotas... Sobre el Dalai Lama, el multiculturalismo y el sicoanálisis... La interpretación altamente sexualizada de sus payasadas por parte de los observadores occidentales refleja una brecha insalvable en la comprensión cultural.

 " La polémica en torno a un reciente vídeo del Dalai Lama saludando a un niño de siete años no fue simplemente un caso clásico de "lost in translation". También habla del profundo e inerradicable abismo que puede separar a las culturas, e invita a reflexionar sobre la confusión en torno a intenciones y deseos que puede darse dentro de las culturas.

LJUBLJANA - En un reciente vídeo viral, se puede ver al Dalai Lama pidiendo a un niño de siete años, en una ceremonia pública muy concurrida, que le dé un abrazo y luego: "Chúpame la lengua". La reacción inmediata de muchos en Occidente fue condenar al Dalai Lama por comportarse de forma inapropiada, y muchos especularon con que está senil, es pedófilo o ambas cosas. Otros, más caritativos, señalaron que sacar la lengua es una práctica tradicional en la cultura tibetana, un signo de benevolencia (demuestra que la lengua no es oscura, lo que indica maldad). Sin embargo, pedir a alguien que se la chupe no tiene cabida en la tradición.

De hecho, la frase tibetana correcta es "Che le sa", que se traduce aproximadamente como "Cómete mi lengua". Los abuelos suelen utilizarla cariñosamente para burlarse de un nieto, como diciendo: "Te lo he dado todo, así que lo único que te queda es comerte mi lengua". Ni que decir tiene que el significado se perdió en la traducción. (Aunque el inglés es la segunda lengua del Dalai Lama, no posee un dominio de nivel nativo). Sin duda, el hecho de que algo forme parte de una tradición no lo excluye necesariamente del escrutinio o la crítica. Por poner un ejemplo extremo, la clitoridectomía también forma parte de una tradición, y el antiguo Tíbet también estaba lleno de lo que hoy consideramos prácticas humillantes destinadas a imponer una jerarquía estricta. 

E incluso sacar la lengua ha experimentado una extraña evolución en el último medio siglo. Como escriben Wang Lixiong y Tsering Shakya en La lucha por el Tíbet: "Durante la Revolución Cultural, si un viejo terrateniente se encontraba por el camino con siervos emancipados, se ponía a un lado, a cierta distancia, se echaba una manga por encima del hombro, se inclinaba y sacaba la lengua -una cortesía de los de estatus inferior hacia sus superiores- y sólo se atrevía a reanudar el camino cuando los antiguos siervos habían pasado de largo. 

Ahora [tras las reformas de Deng Xiaoping] las cosas han vuelto a cambiar: los antiguos siervos se colocan a un lado del camino, se inclinan y sacan la lengua, dejando paso a sus antiguos señores. Ha sido un proceso sutil, completamente voluntario, ni impuesto por nadie ni explicado". Aquí, sacar la lengua es señal de autohumillación, no de cariño. Tras las "reformas" de Deng, los ex siervos comprendieron que volvían a estar en lo más bajo de la escala social.

Aún más interesante es el hecho de que el mismo ritual sobreviviera a transformaciones sociales tan tremendas. Volviendo al Dalai Lama, es probable -y ciertamente plausible- que las autoridades chinas orquestaran o facilitaran la amplia difusión de un clip que pudiera mancillar a la figura que más encarna la resistencia tibetana a la dominación china.

En cualquier caso, todos hemos vislumbrado ahora al Dalai Lama como nuestro "prójimo" en el sentido lacaniano del término: un Otro que no puede reducirse a alguien como nosotros, cuya alteridad representa un abismo impenetrable. La interpretación altamente sexualizada de sus payasadas por parte de los observadores occidentales refleja una brecha insalvable en la comprensión cultural.

 Pero es fácil encontrar casos similares de alteridad impenetrable dentro de la cultura occidental. Hace años, cuando leí sobre cómo torturaban los nazis a los prisioneros, me traumatizó bastante saber que incluso recurrían a trituradoras industriales de testículos para causar un dolor insoportable. Sin embargo, hace poco encontré el mismo producto en un anuncio en Internet: "Escoge tu veneno para el placer... Aplastador de bolas de acero inoxidable, Dispositivo de tortura con pinzas para bolas de acero inoxidable, Juguete de tortura brutal, Torturador de bolas de acero inoxidable de alta dureza... Así que si estás tumbado en la cama con tu pareja, melancólico y cansado de la vida, ha llegado el momento. ¡Los huevos de tu esclavo están maduros para ser aplastados! Es el momento que estabas esperando: ¡encontrar la herramienta adecuada para brutalizar sus pelotas!". 

Ahora, supongamos que paso por una habitación donde dos hombres están disfrutando de este dispositivo. Al oír a uno de ellos gemir y llorar de dolor, probablemente interpretaría mal lo que estaba pasando. ¿Debería llamar a la puerta y preguntar educadamente, a riesgo de quedar como un idiota, "esto es realmente consentido"? Después de todo, si siguiera caminando, estaría ignorando la posibilidad de que realmente fuera un acto de tortura. O imaginemos un escenario en el que un hombre hace algo parecido a una mujer: torturarla de forma consentida. En esta época de corrección política, muchas personas supondrían automáticamente que ha habido coacción, o concluirían que la mujer ha interiorizado la represión masculina y ha empezado a identificarse con el enemigo.

 Es imposible representar esta situación sin ambigüedad, incertidumbre o confusión, porque realmente hay algunos hombres y mujeres que disfrutan genuinamente con cierto grado de tortura, especialmente si se representa como si no fuera consentida. En estos rituales sadomasoquistas, el acto de castigo señala la presencia de algún deseo subyacente que lo justifica. Por ejemplo, en una cultura en la que la violación se castiga con la flagelación, un hombre puede pedir a su vecino que le azote brutalmente, no como una especie de expiación, sino porque alberga un deseo profundamente arraigado de violar a las mujeres. En cierto sentido, el paso de las trituradoras de bolas nazis al tipo erótico utilizado en los juegos sadomasoquistas puede considerarse un signo de progreso histórico. 

Pero es paralelo al "progreso" que lleva a algunas personas a purgar las obras de arte clásicas de cualquier contenido que pueda herir u ofender a alguien. Nos encontramos con una cultura en la que es aceptable la incomodidad consentida en el ámbito de los placeres corporales, pero no en el de las palabras y las ideas. La ironía, por supuesto, es que los esfuerzos por prohibir o suprimir ciertas palabras e ideas no harán sino hacerlas más atractivas y poderosas como deseos secretos y profanos. El hecho de que algún superego las haya impuesto les proporciona un placer -y buscadores de placer- que de otro modo no habrían tenido.

 ¿Por qué el aumento de la permisividad parece conllevar un aumento de la impotencia y la fragilidad? ¿Y por qué, en determinadas condiciones, el placer sólo puede disfrutarse a través del dolor? Contrariamente a lo que han afirmado durante mucho tiempo los críticos de Freud, el momento del psicoanálisis acaba de llegar, porque es el único marco que puede hacer visible el gran embrollo incoherente que llamamos "sexualidad"."

  ( Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator

19/9/22

Es un error que las personas de izquierda participen de «cancelaciones» moralistas... la cancelación no conduce a un mundo mejor

 "A fines del mes pasado, 450 exparticipantes de Jeopardy! firmaron una carta abierta en la que condenaron al último ganador, Kelly Donohue, y exigieron que tanto Donohue como los productores del programa pidieran perdón por lo que los redactores de la carta definieron como un «discurso implícitamente racista». En su cuarta presentación en el programa, Donahue hizo un gesto con tres dedos para indicar que había ganado tres veces. Las dos veces anteriores había hecho el gesto equivalente con uno y dos dedos y no había provocado ninguna polémica. Pero esta vez, los exparticipantes pensaron que el gesto era similar a uno que hacen a veces los supremacistas blancos (y con mucha más frecuencia la gente común que no tiene conciencia de esta asociación y que termina generando el tipo de confusión cercana al absurdo que probablemente estaban esperando los supremacistas blancos).

Fue un ejemplo impactante de un fenómeno que suele denominarse «cultura de la cancelación». Hoy este término está enredado en debates interminables sobre lo que significa ser «cancelado», sobre si una determinada persona fue «realmente» cancelada, etc. El ciclo de la guerra cultural pasa por los reaccionarios que estiran el concepto de «cancelación» hasta incorporar una variedad de reclamos culturales sin relación entre sí —véase, por ejemplo, el Sr. Cara de Papa— y por los progresistas que insisten en que «la cultura de la cancelación no existe».

Pero el fenómeno subyacente es real. Como argumenté en otra parte, el cóctel tóxico de atomización social neoliberal, plataformas y redes sociales diseñadas con fines de lucro que incentivan nuestros peores impulsos y cierta sensación de impotencia, que a veces encuentra alivio en sobredramatizaciones virtuales y en el intento de hacer que despidan o expulsen a determinadas personas por hacer o decir cosas malas, produjo una cultura de vigilancia mutua y de denuncia hipersensible que infecta todo el espectro político.

No es difícil encontrar ejemplos de personas de derecha que atacan a un barista cualquiera de Starbucks y exigen que lo despidan por haber dicho «Que se j- Trump» o de centristas que participan de denuncias virtuales masivas contra los seguidores de Bernie Sanders fundadas en dudosas acusaciones de racismo o sexismo. Siendo de izquierda, estoy particularmente preocupado por el modo en que operan estas tendencias en nuestro espacio. Cuando nos negamos a concedernos a nosotros mismos el beneficio de la duda y nos atacamos los unos a los otros, debilitamos nuestra capacidad de construir un proyecto colectivo que cambie el mundo para mejor.

En general, cada vez que observo a conservadores y a centristas comprometidos en denuncias hipersensibles y en intentos de destrucción personal, resulta que el objetivo está situado a la izquierda de su espectro político. Si la derecha reflejara como en un espejo lo que observo en la izquierda, no me molestaría. No me importa que la derecha se destruya a sí misma. Pero no quiero que la izquierda lo haga porque quiero que ganemos.

Si queremos que todo el mundo acceda a una salud de calidad, terminar con la violencia policial y con las guerras en el extranjero y expandir la democracia a los lugares de trabajo, tenemos que aprender a dirigirnos a la mayor cantidad de gente posible. Y entre toda esta gente que tiene intereses materiales que se alinean con nuestro programa ya hay una buena parte que piensa que la imagen que la izquierda muestra al mundo es muy poco atractiva.

El caso de Barbara Ehrenreich

En un mundo donde cientos de participantes normalitos de Jeopardy! están dispuestos a firmar sobre la hora una denuncia prácticamente surrealista contra un tipo como Kelly Donahue, no es sorprendente que sucedan cosas similares en el mundo más pequeño y con frecuencia más aislado de la izquierda socialista. La experiencia de la youtuber de izquierda Natalie Wynn (ContraPoints) es un buen ejemplo. Otro ejemplo menos célebre que discuto en mi nuevo libro es el de la escritora socialista Barbara Ehrenreich.

Ehrenreich participaba del movimiento socialista, del movimiento de mujeres y del movimiento por la paz desde la época de Vietnam. Dirigía el New American Movement (NAM), un grupo de intelectuales de izquierda que más tarde se fusionaron con el Democratic Socialist Organizing Comittee (DSOC) de Michael Harrington y fundaron Democratic Socialists of America (DSA).

Durante mucho tiempo, Ehrenreich fue copresidenta honoraria de DSA. En los últimos cincuenta años escribió muchos libros y ensayos que tratan sobre la desigualdad económica, la desigualdad de género y la dominación brutal de Estados Unidos sobre el Sur Global.

Ahora bien, saltemos hasta 2019. En un tuit sobre la gurú del orden Marie Kondo, Ehrenreich reflexionó públicamente sobre el significado de que Kondo fuera tan popular en Estados Unidos a pesar de que no hablaba inglés. Las generaciones anteriores de espectadores de televisión no habrían estado dispuestos a leer subtítulos a cambio de este tipo de contenido, y Ehrenreich tuiteó que esto era un signo de que «Estados Unidos está en decadencia como superpotencia».

Siempre es raro hablar en detalle sobre lo que consideramos más importante en un tuit que alguien escribe de paso, pero aquí voy: Mientras que Estados Unidos sigue siendo la potencia dominante a nivel mundial, los desplazamientos geopolíticos recientes complicaron y hasta cierto punto debilitaron esta dominación. Este cambio se siente en la esfera cultural, donde podemos ver signos de debilitamiento de la arrogancia imperial de los ciudadanos estadounidenses. Hubo un tiempo en que los estadounidenses tomaban como un hecho que todo el mundo —y definitivamente cualquiera que quisiera llamar su atención— aprendería su lengua natural, pero estas expectativas empezaron a menguar. ¿No es interesante?

Supongo que podemos perdonar a alguien que escuchó por primera vez el nombre de Ehrenreich en el marco del escándalo de Twitter por pensar que su punto era hacer alarde de xenofobia diciendo que «todo el mundo debería hablar inglés», pero cualquiera con un mínimo conocimiento de la persona de Ehrenreich o de sus décadas de escritura y activismo debería pensarlo un poco mejor. Esta mujer pasó largos años criticando el imperio estadounidense. ¿Por qué pensaría de pronto que su decadencia es un hecho ingrato?

Mientras leía los hilos de comentarios criticándola, pensé en algo que había pasado cuando yo era adolescente. Una pareja amiga de mis padres tenía cuatro perros. Nuestra familia tenía dos. Un fin de semana esta pareja salió de viaje y dejó sus perros en nuestra casa. Nuestros perros los conocieron, todos se olieron los culos, se hicieron amigos y recorrieron la casa juntos buscando cosas a las que ladrarles. Cuando encontraron a uno de nuestros gatos, todos —incluso los dos que veían a ese gato todos los días sin ningún problema— empezaron a ladrarle sin parar.

Pero en el caso de Ehrenreich la estupidez de la mente grupal es todavía más imperdonable, dado que evidentemente los primeros perros que empezaron a ladrarle eran sus seguidores de Twitter. Cualquier persona en esta categoría sabía que era una antiimperialista desde la presidencia de Richard Nixon. Aun así, la aparición en sus muros de un tuit que podría leerse de forma distinta si uno olvidara quién lo publicó bastó para encender los motores. Esto a su vez atrajo a otras personas, y en poco tiempo el escándalo estaba en las páginas de USA Today y en las plumas de periodistas que, habiendo o no buscado en Google el nombre de Ehrenreich, criticaron el tuit como «racista».

Las patologías de la impotencia

Lo que sucedió con Ehrenreich es simplemente una manifestación de izquierda de tendencias horribles que anidan en nuestra cultura. Pero no deja de preocuparme el hecho de que la izquierda esté tan bien dispuesta a adoptar una actitud moralista y punitiva a causa de lo que en mi libro denomino «patologías de la impotencia».

Hace muchos años que el movimiento obrero está en decadencia. Políticos como Bernie Sanders en Estados Unidos y Jeremy Corbyn en el Reino Unido hicieron casi toda su carrera en los márgenes. En cuanto a horizontes más radicales que las plataformas electorales de Sanders y de Corbyn, el colapso de las experiencias autoritarias y fallidas de crear economías no capitalistas en países como la Unión Soviética llevó a un consenso mundial de que, según las palabras inmortales de la abominable Margaret Thatcher, «no hay alternativa» a la organización actual del mundo.

La atmósfera política empezó a cambiar tan rápido que es difícil recordar cómo eran las cosas hace unos años. Una persona de izquierda de la época de los «sin alternativas» militaba a favor de centristas como Bill Clinton y Barack Obama, habitaba los márgenes de la política releyendo las obras completas de Marx y Engels o trataba de convencerse de que las formas de activismo local de pequeña escala llegarían algún día a convertirse en algo más grande.

En efecto, cualquiera que tuviera una concepción del mundo situada a la izquierda del liberalismo estaba en la disyuntiva entre convertirse en un liberal o terminar viendo la política como una performance moral. Si había leído a Chomsky y leía los diarios con atención, sabía que los dos últimos presidentes demócratas habían promovido leyes que debilitaban el poder de negociación de sindicatos industriales que solían tener mucha fuerza y habían bombardeado a una gran cantidad de civiles en los países del tercer mundo. Por eso hacía cosas como canalizar el descontento votando a candidatos de un tercer partido de los que la mayoría de los estadounidenses literalmente nunca había oído hablar. ¿Por qué no? Por lo menos servía para conservar el sentimiento de ser parte de algún tipo de oposición a las cosas exasperantes que leía en los diarios, y no es que hubiera tanta gente igual como para poner en peligro el triunfo de los demócratas y dar vuelta las elecciones a favor de los republicanos.

Bajo estas circunstancias es comprensible que muchos radicales dedicaran una buena parte de su tiempo a luchas entre facciones de izquierda, con frecuencia desatadas por desacuerdos menores. Si no podemos cambiar el mundo que está fuera de las ventanas de la universidad donde celebra sus reuniones la organización de cincuenta miembros a la que pertenecemos, por lo menos podemos tener la satisfacción de tomar la dirección y dirigirla según nuestra voluntad.

El mundo real, por ejemplo, está lleno de terratenientes y dueños de empresas que son incapaces de adecuarse a la ley de discapacidad porque nadie con la energía y los recursos financieros necesarios los denunció todavía. Cambiar esta realidad es muy difícil. En cambio, es mucho más fácil hacer que un congreso de Democratic Socialista of America adopte medidas tan extremas como prohibir que la audiencia aplauda durante los debates en nombre de adaptarse a los discapacitados (episodio que resultó en los notables montajes de video que el activista de derecha Tucker Carlson hizo circular en los medios).

De manera similar, el mundo está lleno de jefes y de otras autoridades que abusan de sus posiciones. Cambiar esta realidad es muy difícil. Por eso es tan tentador pasar directamente al juicio cuando se hacen acusaciones parecidas en un espacio en el que tenemos la capacidad de hacer que las denuncias tengan «efectos». Así, cuando surgieron denuncias sumamente vagas de indecencia sexual contra el candidato a diputado Alex Morse, demasiados izquierdistas y progresistas estuvieron dispuestos a soltarle la mano sin esperar ningún tipo de investigación. Cuando las denuncias fueron despejadas, el daño estaba hecho.

El efecto del comportamiento capturado en los videos de Tucker —elegidos convenientemente y utilizados con mala fe por un hombre que evidentemente no nos aprecia, pero no obstante reales— fue hace que los socialistas queden como quejosos raros bien dispuestos a vituperar unos contra otros por tomarse el atrevimiento de aplaudir en vez de agitar los dedos o por no usar «lenguaje de género» y decir «compañeros». El efecto de abandonar a un candidato en función de una denuncia sin pruebas es que la izquierda quede en una posición fácil de neutralizar.

Todo esto es bastante perturbador en sí mismo. Pero lo que muchas veces hace que el moralismo de izquierda sea todavía más alarmante es que estas objeciones estratégicas obvias muchas veces ni siquiera entran en el mapa mental de los analistas y activistas que abrazan estas prácticas, que el crítico cultural marxista Mark Fisher pensó con la imagen del «castillo del vampiro». El castillo del vampiro «no sabe generar adeptos, pero ese no es el punto».

¿Cuál es el punto? Me parece que demasiados amigos y compañeros de izquierda tienen malos hábitos heredados de los tiempos del «no hay alternativa». En vez de concebir la política radical como un proyecto concreto para generar progreso en el mundo material, suelen pensarla como una posición noble pero meramente simbólica contra las múltiples injusticias que los rodean. Esto permite explicar los extraños excesos de la radicalización performativa que solemos encontrar en la izquierda virtual. Tomar posiciones extremas que alienan a la mayoría de la gente fuera de nuestra burbuja política suele sentirse como un modo de combatir con claridad y definición contra dichas injusticias.

Uno de los problemas de reducir la política de izquierda al simbolismo moral es que el punto de la política se convierte en fortalecer los compromisos internos más que en movilizar la coalición más amplia posible para conquistar nuestros objetivos políticos. Es más fácil actuar como guardaespaldas de un club exclusivo de la izquierda que recibir con los brazos abiertos a todo posible converso. El año pasado, cuando el humorista y presentador de podcasts Joe Rogan apoyó públicamente a Bernie Sanders, hubo gente, incluso entre sus partidarios, que lo criticó por recibir con calidez la aprobación del cómico.

El tema en este caso está vinculado a los objetables comentarios que Rogan había hecho sobre el luchador trans de MMA, Fallon Fox. Pero como dijimos con Michael Brooks en un artículo de Jacobin, el apoyo de Rogan a Bernie (y la aceptación de este apoyo por parte de Bernie) servía a la causa de los derechos de las personas trans. Como dijeron Jamie Gardner y Maddy Grace Webbon durante la campaña, Bernie Sanders era por lejos el candidato más protrans de las elecciones, y el apoyo de uno de los presentadores de podcast más famoso del planeta contribuía a la posibilidad de que fuera presidente y aplicara su plan de gobierno (incluido el programa Medicare for All que financiaría las cirugías de cambio de género).

Considerar que este objetivo era menos importante que castigar simbólicamente a un cómico mediante una combinación un tanto confusa de instintos políticos buenos y malos habría sido un grave error. De hecho, contribuimos mucho más con el objetivo de contrarrestar actitudes reaccionarias como la transfobia recibiendo a Rogan y a su legión de fans, luchando simultáneamente por imprimirles una mejor orientación en estos temas, que denunciándolo y diciéndole que Sanders no quiere su apoyo.

Como escuché una vez de boca del socialista Adolph Reed en el programa de Michael Brooks, todo esto es un enfoque «demasiado protestante» de la política. El eje puesto en la evaluación moral de los individuos —como dice Reed, en definir si un individuo determinado «va al cielo» o «va al infierno»— obstaculiza la acción colectiva que intenta crear un futuro mejor.

Tenemos que avanzar

En realidad, contrarrestar estas tendencias que operan en la cultura en general requeriría que la izquierda tome el poder y haga cosas como eliminar el derecho de las empresas a despedir sin motivo a sus trabajadores y nacionalizar Twitter. Si tengo razón cuando digo que el impacto de todas estas tendencias en la izquierda atenta justamente contra estos objetivos, la cosa empieza a parecerse a la novela Trampa 22. No podemos conquistar a la mayoría y tomar el poder porque estamos perdiendo fuerza por factores que solo podremos contrarrestar una vez que conquistemos a la mayoría y tomemos el poder.

Pero hay ciertos motivos para tener un mínimo de optimismo. En primer lugar, como dije antes, el motivo por el que la izquierda es tan «canceladora» no es solo que vivimos en un mundo cada vez más «cancelador». También está la posibilidad de que el eje moralista de «tomar partido» sea un síntoma de impotencia. En la medida en que se trata simplemente de un mal hábito aprendido durante nuestro largo exilio de la política real, debería ser posible aplicar una corrección colectiva.

En segundo lugar, la «cultura de la cancelación» difícilmente sea la única fuerza antisolidaria que se origina fuera de la izquierda pero impacta en sus filas (y en las de todo el espectro político). Pensemos en el racismo, en el sexismo, en la homofobia y en otros prejuicios similares. Todos estos son problemas tan importantes en la sociedad estadounidense que sería tonto pensar que la izquierda es completamente inmune, pensar que, por ejemplo, ningún hombre de izquierda tendrá actitudes teñidas de sexismo. Esto no significa que tengamos que desesperarnos y llegar a convencernos de que no tiene sentido desalentar estas actitudes en nuestras filas. Incluso en los años 1930 y 1940, cuando Estados Unidos era un país mucho más abiertamente racista que hoy, estaba prohibido usar insultos racistas en las reuniones del partido comunista.

Hoy todavía hay demasiadas personas en la izquierda que descartan las críticas hacia los comportamientos punitivos y moralistas como si fueran un culto a los buenos modales y una voluntad de complacer la respetabilidad burguesa, o insisten en que lo que sucede en las redes no es tan importante, aunque la verdad es que en 2022 una parte considerable de la interacción, de la educación y hasta de la organización políticas tiene un componente virtual y, como muestran desafortunadamente los ejemplos que discutimos más arriba, estos problemas también existen fuera de las redes.

Una crítica recurrente contra el título de mi libro es que no importa si las personas «cancelan a un cómico» en Twitter mientras se comprometan con la organización en el mundo real. Como dice el meme, «¿Por qué no los dos»? Y, en cualquier caso, ¿por qué gastar tiempo quejándonos sobre la toxicidad dentro de la izquierda «mientras el mundo está ardiendo»?

El problema es que, aun si pasamos diez horas a la semana en un grupo de DSA, cada media hora que pasamos escupiendo bilis sobre «la problemática» en las redes atenta contra las buenas obras anteriores haciendo que la izquierda parezca la policía del resto del mundo. Este es un problema real.

Por el contrario, convencer a las personas que queremos conquistar de que no tienen que simpatizar con el castillo del vampiro tendrá buenos frutos. El tipo de izquierda que defendía Michael Brooks, una izquierda formada para ser «despiadada con los sistemas» pero «amable con las personas», resultará mucho más agradable a los posibles conversos que una que parece cientos de personas saltando para denunciar a Natalie Wynn o Barbara Ehrenreich en función de la peor interpretación posible de un tuit ocasional.

¿Cómo podemos intentar de establecer colectivamente normas de interacción más compañeriles y más humanas entre las personas que trabajan juntas para cambiar el mundo, y aplicarlas incluso cuando nos relacionamos en espacios virtuales prácticamente diseñados para alentar a que los individuos atomizados se ataquen unos a otros ante la más mínima provocación? Es una pregunta difícil y la respuesta no es fácil. Pero no podemos seguir descartando el problema como si no fuera importante y negarnos a intentar mejorar. Tenemos un mundo por ganar."                (Ben Burgis, JACOBIN, 16/09/22)

23/8/22

Daniel Bernabé: La misión del conservadurismo es buscar una coartada moral para cada problema creado por la desregulación capitalista. Así un bajo índice de natalidad es culpa del hedonismo juvenil o del egoísmo de las mujeres, no de la precariedad laboral o la especulación con la vivienda... Nuestros problemas no son de valores, pese a que lo neoliberal ha atacado aquellos basados en la fraternidad que le oponían resistencia. Nuestro problema es de democracia económica: un orden justo y racional frente a uno caótico y cleptómano. Menos aspavientos, más Estado social

Daniel Bernabé @diasasaigonados

La misión del conservadurismo es buscar una coartada moral para cada problema creado por la desregulación capitalista. Así un bajo índice de natalidad es culpa del hedonismo juvenil o del egoísmo de las mujeres, no de la precariedad laboral o la especulación con la vivienda.

De esta manera, los mismos individuos beneficiados por un sistema económico ineficiente e injusto no sólo quedan a salvo de crítica, sino que toman la iniciativa en el debate público encubriendo su rentismo y molicie en un problema de degradación moral del resto.

Nuestros problemas no son de valores, pese a que lo neoliberal ha atacado aquellos basados en la fraternidad que le oponían resistencia. Nuestro problema es de democracia económica: un orden justo y racional frente a uno caótico y cleptómano. Menos aspavientos, más Estado social.

11:12 a. m. · 22 ago. 2022
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9/8/22

El diseño de una red como Twitter favorece el enfrentamiento y el conflicto... comer o no carne, reciclar o no, llevar la mascota al veterinario o no, y hasta encender el aire acondicionado se ha convertido en una cuestión moral que puede provocar la sanción social. Para ir repartiendo sanciones y poniéndose medallas se necesitan las redes sociales. Y todo eso lleva incluida la ira contra el díscolo... podemos decir que las redes sociales hacen negocio con nuestra indignación moral igual que las webs de pornografía hacen negocio con nuestra sexualidad: se aprovechan de una tecla de la naturaleza humana

 "El flamante nuevo director de The New York Times, Joe Kahn, que tomó posesión de su nuevo cargo el pasado mes de junio ha recomendado a sus periodistas que no usen Twitter “demasiado”. Así lo explicaba en una entrevista en el diario ABC: “no queremos que la gente se tome Twitter como si representara a la audiencia, que es mucho más amplia y rica. Deberíamos estar siempre dispuestos a escuchar las críticas, pero en las redes sociales no son tan útiles y tampoco son representativas. Queremos que los periodistas sigan su misión periodística al margen de las redes”. Según Kahn, la recomendación “es un mensaje para que los periodistas se centren en lo importante. Twitter genera debates muy tóxicos y no deberíamos utilizarlo como una especie de barómetro de lo que es bueno y lo que no”. 

Ya son muchos los especialistas que llaman la atención sobre la estrecha relación entre las redes sociales -y especialmente Twitter- y la ira. O más bien, la explotación de la ira como gancho para conseguir usuarios y actividad en las redes. Toda la vida existieron los cotilleos, primero en las sociedades, y después en la prensa que descubrió que las emociones disparaban las audiencias. Ahora las redes saben que los contenidos que incorporan emociones morales, y en especial la ira, generan más likes, más retuits y, por tanto, más caja. La neurocientífica estadounidense Molly Crockett, especialista en estudiar la moralidad, señala que las redes sociales son superestímulos para la indignación moral y la disparan por encima de lo que sucede en la vida real, sobre todo en Twitter. 

El psiquiatra Pablo Malo, en su obra “Los peligros de la moralidad” explica que para expresar la indignación moral contra alguien, en la vida real hay que enfrentarse cara a cara con los malos o incluso llegar a la agresión física, lo que implica riesgos. Pero en el mundo digital se puede expresar la ira tecleando una frase en un momento desde la comodidad de nuestra habitación. No somos igual de beligerantes con el que nos indignamos si viaja con nosotros en el metro, que el que nos indigna cuando estamos frente al ordenador. De ahí que el umbral para expresar la ira es mucho más bajo en el mundo digital. Todos conocemos algún amigo, usuario de Twitter, que, en persona, es mucho más sereno y conciliador que en sus tuits. 

Y es que, según Malo, “el diseño de una red como Twitter favorece el enfrentamiento y el conflicto”. Por eso ya va siendo habitual en Twitter impedir que los usuarios puedan responder a tus tuits, bloquear masivamente o denunciar a algunos usuarios que insultan o amenazan. Si a ello le añadimos la capacidad que tiene la red social para descontextualizar y manipular, entenderemos que el director de New York Times pida a sus periodistas que no tenga mucho en consideración Twitter. 

Ingenuo, Pablo Malo plantea que los ingenieros de las redes deberían “buscar diseños que favorezcan el diálogo sin acaloramiento y la cooperación constructiva en las conversaciones y debates”. 

Le llamo ingenuo por dos motivos que, creo, hacen imposible que eso suceda. En primer lugar porque, como también analiza en su libro, hemos llegado a una sociedad hipermoral donde necesitamos potenciar todos nuestros instintos y actitudes destinadas a lograr la aceptación grupal y, al mismo tiempo, la sanción contra el no aceptado. Es decir, una sociedad del postureo meritorio/castigador. Ahora comer o no carne, reciclar o no, llevar la mascota al veterinario o no, y hasta encender el aire acondicionado se ha convertido en una cuestión moral que puede provocar la sanción social. Para ir repartiendo sanciones y poniéndose medallas se necesitan las redes sociales. Y todo eso lleva incluida la ira contra el díscolo. 

Por otro lado, como también afirma Molly Crockett, “en cierta manera podemos decir que las redes sociales hacen negocio con nuestra indignación moral igual que las webs de pornografía hacen negocio con nuestra sexualidad: se aprovechan de una tecla de la naturaleza humana”.

Visto lo visto, uno diría que las redes sociales, por su diseño y por su negocio, se han mostrado no solo como un obstáculo para el buen periodismo, sino también como un grave problema para la convivencia. Y no parece que ninguna autoridad esté dispuesta a ponerle el cascabel gato. "                 (Pascual serrano, eldiario.es, 30/07/22)

31/1/22

Los animales, seres sintientes... La suposición cariñosa de que la moral depende de la capacidad de sufrir y no de la intención de actuar proviene de la suplantación anglosajona del humanismo por el humanitarismo... Esta moralidad funciona como un analgésico y se inventó por la misma época que el cloroformo. No imita sino que rechaza los procesos naturales... Un poeta lo resumió mejor: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura, porque esa ya no siente, / pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente” (Rubén Darío)

 "Descartes sostuvo que los animales carecen de alma, es decir que no están vivos como nosotros: son máquinas que funcionan con intrincados engranajes, autómatas. Cuando gruñen o gimen no expresan sentimientos, sino que solo chirrían como piezas mal engrasadas... Por eso su discípulo Spinoza, tan sereno, se entretenía arrojando moscas a la tela de una araña y viendo como esta las devoraba. 

Según Colerus, “reía a carcajadas” como si asistiese a una función de guiñol. En cambio, Schopenhauer se compadecía de los bichos igual que de las personas, pero era más consecuente que otros piadosos: puesto que el dolor es malo e inseparable de la vida, no podemos aspirar a otro paraíso que la extinción renunciativa de todo lo que alienta...

Una ley acaba de establecer que los animales no son cosas ni máquinas cartesianas sino sintientes, o sea que lo sienten mucho, como nosotros. Y de ahí que tengan sus derechos y que si no sujetos sean al menos objetos morales. Esa suposición cariñosa de que la moral depende de la capacidad de sufrir y no de la intención de actuar proviene de la suplantación anglosajona del humanismo por el humanitarismo. Hoy ya es universal entre quienes creen estudiar ética cuando en realidad se dedican todo lo más a cuidados paliativos: el humanismo ha sido cancelado más radicalmente que otros pecados imaginarios. 

  Esta moralidad funciona como un analgésico y se inventó por la misma época que el cloroformo. No imita sino que rechaza los procesos naturales. Ni se atreve a beatificar el sufrimiento como los cristianos ni a predicar el exterminio purificador como Schopenhauer o Nagarjuna. Un poeta lo resumió mejor: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura, porque esa ya no siente, / pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente” (Rubén Darío)."            (Fernando Savater, El País, 29/01/22)

8/10/21

El populismo historiográfico como problema y síntoma del presente. No solo se politiza la historia, también se la moraliza. En estos discursos abundan los “buenos” y “malos” y se intercalan juicios de valor. Con ello fomentan maniqueísmos que favorecen la polarización e intolerancia... los gobiernos, los movimientos de todo tipo e incluso las personas individuales han sentido la tentación de legitimarse y reafirmarse desde la “autoridad del pasado”... lo más distante pueda ser lo más próximo y presente a nivel emotivo o político... las leyendas negras denunciadas por los nacionalismos son justamente creaciones que proceden en gran medida de otras historiografías nacionalistas y que, al mismo tiempo que se las combate, no se las deja de imitar... las utopías propugnadas en la actualidad no residen tanto en el futuro como en el pasado, pues este se ha convertido ahora mismo, en tiempos de posverdad, en un espacio mucho más manipulable que un futuro poco promisorio

 "La importancia de la historia para la política viene de antiguo. También, naturalmente, las tentaciones de instrumentalizarla. De ahí que se convierta en un terreno de persistente politización y proliferen visiones sesgadas y presentistas del pasado. Además, como se comprueba actualmente, estas visiones son muchas veces las que más éxito tienen, no solo en ventas o público, sino también a nivel político. 

En buena medida, eso se explica por el auge de relatos históricos que incurren en lo que podríamos llamar “populismo historiográfico”, el cual se caracteriza por propagar explicaciones sesgadas del pasado cuyo éxito en buena medida descansa en saber servirse de recursos populistas que colisionan con una investigación académica a la que se enfrentan o suelen desdeñar e incluso desacreditar en público.

Lo curioso es que esto ocurre en una época en que, con sus limitaciones, el nivel de la investigación histórica tanto en España como en el extranjero es en realidad muy elevado. La paradoja contemporánea es que en el momento en que la calidad de esa investigación se encuentra en un gran momento de su existencia, cuando tantos libros buenos hay para conocer y matizar desde diversos ángulos lo acontecido en el pasado, es también cuando proliferan best-sellers de historia que se refugian en perspectivas más sesgadas y pragmáticas que omiten o desconocen el estado de esas investigaciones y propagan tesis hace tiempo refutadas; tesis que, más deformadas aún, se repiten, amplifican y circulan abundantemente por los medios o las redes.

 Ciertamente, se debería hablar aquí de las dificultades de la academia a la hora de divulgar los progresos alcanzados, que se explican por factores como el exceso de especialización, la tendencia a encerrarse en los círculos académicos, la difícil legibilidad de muchos de sus textos, un publish or perish materializado en papers solo leídos por especialistas o una precariedad que dificulta una divulgación tan importante y necesaria como poco valorada para medrar en la universidad. Todo eso influye en la progresiva pérdida de presencia de los historiadores en la esfera pública.

Sin embargo, el auge del populismo historiográfico no solo deriva de los errores o limitaciones de “la academia” –una palabra problemática pues no pocas grandes contribuciones a la historia se han hecho con rigor desde fuera de los ámbitos universitarios, mientras que dentro también se han escrito obras muy cuestionables–. Los mismos requisitos y virtudes ideales de la investigación histórica (imparcialidad, desapasionamiento, consulta de fuentes de todos los bandos, problematización y tratamiento crítico de los documentos, evitación en la medida de lo posible de anacronismos y del presentismo, no generalización, cautela a la hora de sacar conclusiones…) dificultan que sus libros puedan ser altamente populares. Y es que uno de los clásicos problemas de la historia ha sido la gran atracción que siempre ha suscitado. Por ello, continuamente, los gobiernos, los movimientos de todo tipo e incluso las personas individuales han sentido la tentación de legitimarse y reafirmarse desde la “autoridad del pasado” y, con ello, de ahormarlo a los intereses del presente desde una historia oportunamente distorsionada.

 Si bien este populismo historiográfico es una categoría transversal, también hay que decir que encuentra un acomodo más fácil en los nacionalismos (europeos o no europeos y se reconozcan como tales o no). Sin embargo, y pese a que haya importantes elementos en común y la nación no sea entonces más que otro rostro de ese pueblo al que se dirige, no se lo debería identificar con el nacionalismo historiográfico. No pocos libros de historia influidos por el nacionalismo no pretenden venderse como best-sellers ni siguen necesariamente el modus operandi populista. De facto, muchas obras de “la academia” no son totalmente ajenas a unas influencias políticas entre las cuales también están las nacionalistas. Precisamente porque el populismo historiográfico es transversal puede darse en cualquier movimiento político, y sin duda los usos populistas del pasado no son privativos ni exclusivos de ninguna ideología. En verdad, es menos importante qué se defiende que el cómo, aunque ambas cuestiones no se desliguen con facilidad y la nación haya sido y siga siendo una fórmula históricamente muy exitosa a la hora de construir un nosotros político. El populismo historiográfico es en tales casos la forma más eficaz, mas no la única, que asume hoy en día el relato histórico nacionalista.

Por otro lado, el populismo historiográfico tampoco es lo mismo que el revisionismo. A menudo ciertamente revitaliza tesis revisionistas como si fuesen nuevos descubrimientos o, al contrario, como si hubieran sido injustamente perseguidas por el establishment académico. Ahora bien, no siempre el revisionismo ha pretendido ser populista, mientras que el populismo historiográfico persigue clara e incluso descaradamente la conquista de la opinión y, al mismo tiempo, la construcción, reafirmación o redefinición de un pueblo desde el discurso histórico. La escritura de la historia conecta así con la reescritura de la memoria y el pasado aparece como una especie de presente extendido hacia atrás; uno en el que lo que vende es la relectura de ese pasado que, por muy lejano que pueda ser, nos interpela todavía en la actualidad.

 Al fin y al cabo, la memoria no solo sirve para recordar sino también para olvidar, o al menos para postergar otros episodios menos cómodos o digeridos. Eso se percibe en el revival de una Leyenda Negra asociada cronológicamente a la etapa más esplendorosa del Imperio español y de la que, sobre todo desde la derecha, se declara su plena vigencia contemporánea. En cambio, desde los mismos posicionamientos también se repite que la memoria de la mucho más reciente Guerra Civil o del franquismo solo forma parte del pasado y que ya es hora de superarla, como si fuera una historia lejana y muerta para el presente. En el campo de la memoria no es contradictorio que lo más distante pueda ser lo más próximo y presente a nivel emotivo o político.

 Por eso, mientras que la investigación histórica reivindica la distancia, dar cuenta de las diferencias y comprender el pasado desde el pasado, el populismo historiográfico incurre sin cesar en el presentismo y en otros anacronismos flagrantes. El retrato del pasado, pues, se confunde y entremezcla continuamente con lo que preocupa en el presente y, no por casualidad, aparecen los mismos sujetos políticos, los mismos enemigos, los mismos problemas que nos absorben hoy en día...

Por último, el populismo historiográfico no debe ser directamente tachado de pseudohistoria, algo más atribuido a iniciativas como el Institut Nova Història (conocido por sus tesis sobre la catalanidad de Colón, Cervantes y un largo etcétera) en el libro Pseudohistòria contra Catalunya (2020), coordinado por Vicent Baydal y Cristian Palomo, y que desmonta posverdades propagadas en nombre de la historia, incluyendo también las de la historiografía anticatalanista. Y no es tanto pseudohistoria porque el populismo historiográfico no se define tanto por la mentira o la ficción absoluta como por la exageración. Su problema es más bien el de tomar ventajosamente una parte por el todo y, con ello, invisibilizar o menospreciar lo que no cuadra con su relato. De ahí que lo contrario a un relato populista no suela ser la tesis contraria, que puede recaer en muchos de sus defectos y la retroalimenta, sino la problematización y el matiz.

 Si la historia como herramienta crítica se propone problematizar y matizar, evitar generalizaciones y deshacer prejuicios o clichés, el populismo historiográfico difunde otros nuevos o actualiza antiguos mientras ofrece grandes explicaciones generales más fáciles de vender. Además, estas explicaciones tienden a ser prácticamente monocausales, con lo que puede pretender dar cuenta de un fenómeno complejo de varios siglos desde un único factor que mágicamente lo explica todo (por cierto, muchas veces psicológico, bajo la forma de fobias, envidias, resentimientos o complejos de inferioridad o superioridad) o desde un colectivo culpable que conecta el pasado con el presente y facilita una oportuna dialéctica como la del amigo/enemigo. Por ello, son obras con una tesis clara y rotunda que anuncian, recuerdan y demuestran machaconamente. Además, la información recolectada se adapta ad hoc a esa tesis con procedimientos como una selección (cherry picking) muy voluntarista y con frecuencia cita pasajes descontextualizados, adaptados e incluso modificados, como desgrané en su momento en relación a Imperiofobia y leyenda negra (2017).

 

Así pues, lo que suelen faltar más son las aristas, los matices y los contraejemplos, todo aquello que pueda invalidar la tesis expuesta. En vez de abordarlo o mencionarlo, se prefiere infravalorarlo o pasarlo por alto como si no existiera. De este modo se impulsa una unidimensionalización de la historia que también pasa a serlo de la política. Por añadidura, eso conduce a revelar que lo importante de estos relatos no es solo lo que dicen sino sobre todo lo que omiten. En realidad, pueden describir episodios concretos más o menos correctamente y exponer tesis parcialmente ciertas, pero estiran esa parcialidad para convertirla en un todo exagerado o falso. Por eso, una clásica respuesta a las críticas no es “descender” al debate constructivo y sosegado sino desautorizarlas globalmente desde acusaciones generales (discurso negrolegendario, facha o las variantes correspondientes) que sustituyen a la argumentación.

A la hora de la verdad no solo se politiza la historia, también se la moraliza. En estos discursos abundan los “buenos” y “malos” y se intercalan juicios de valor, incluidas alusiones o difamaciones ad hominem para desacreditar a personajes históricos o historiadores. Con ello fomentan maniqueísmos que, pasados por el filtro de la moralización, favorecen la polarización e intolerancia contemporáneas. Además, también recrudecen los problemas políticos actuales al proyectarlos al pasado y retratarlos como si fueran fatalmente crónicos e inevitables.
Así pues, mientras que el populismo historiográfico apunta a priori a un pueblo que pretende unificar y cohesionar, lo que hace en realidad es crear división, polarización y antagonismo. En esta misma línea, reproduce visiones unilaterales que solo se preocupan por los de un lado y que lo “explican” todo desde ese lado. Las fuentes de autoridad reivindicadas también vienen principalmente de ahí. Obviamente, el autor en cuestión se alinea explícitamente con una causa y recurre con frecuencia a una retórica del “nosotros y ellos”, aunque a menudo ese mismo “nosotros” sea incompleto y tenga como sintomáticas excepciones a esos enemigos internos contra los que combatir y que al mismo tiempo ayudan a forjar y delimitar el potencial cohesivo anhelado.

Para acabar, este populismo historiográfico también se sirve de un tono apasionado y vehemente o de expresiones inflamadas con las que atrae y fideliza a la audiencia. En los tiempos actuales, esta retórica se identifica con frecuencia con una “sinceridad”, un “compromiso” y una “valentía” que se alaban públicamente. De hecho, muchas de estas obras, pese a que puedan tener gran apoyo mediático e incluso político, se presentan como osadas y sus autores son retratados desde una retórica épica como “políticamente incorrectos”.

Sin embargo, en rigor no se trata de una novedad sino más bien de una tendencia que se ha ido consolidando en el decurso de los últimos años. Desde una perspectiva semejante, Jean Sévillia creó ya en 2006 el “Premio al libro incorrecto del año” en Francia y, siguiendo varios de los aspectos mencionados, ha publicado libros exitosos como Históricamente correcto (2004), Moralmente correcto (2007) o Históricamente incorrecto (2011). En el último ha criticado lo “históricamente correcto” como forma colectiva de odio a sí mismo que entronca con la pérdida de valores comunes en una sociedad francesa “cuya cohesión cultural se tambalea por la brusca introducción del Islam”. Por ello, Sévillia proporciona una interpretación alternativa de la historia gala y propugna un olvido de los episodios divisorios, a lo que añade lamentos nacionalistas y pasajes en los que escribe que “en las escuelas de antaño, la historia tenía como finalidad formar franceses. Esto se hacía con mentiras, como hacer recitar Nuestros antepasados los galos por todos los niños. Sin embargo, era mejor que nuestra escuela actual, que se dirige a mentes que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte”.

 La Leyenda Negra como síntoma

La Leyenda Negra, tan en boga de nuevo, en realidad no solo hace referencia a la historia de las contumaces injurias padecidas por España, también es el símbolo victimista y la justificación de buena parte de estos populismos, nacionalismos o revisionismos historiográficos en otras partes. De ahí que, con las mismas palabras u otras equivalentes, haya renacido en tantos lugares, incluso Domenico Losurdo se empeñó hace años en criticar y “desmontar” la Leyenda Negra de Stalin, lo que no impide que cada colectivo se centre en la propia y no en la de los otros. Eso mismo se observa en el libro de Jean Sévillia, quien denuncia la “leyenda negra” (sic) de la derecha y del catolicismo en Francia y justifica la Inquisición francesa, que “en la Edad Media no indignaba a nadie”. En cambio, no sale tanto en defensa de la española, de la que prudentemente afirma que fue más un producto hispano que católico para señalar acto seguido que “Torquemada no es, pues, el fruto del catolicismo: es el producto de una historia nacional”.

El propósito de estos populismos historiográficos es patrimonializar el agravio. Se nutren de un victimismo movilizador que se propone reconquistar la memoria y restaurar así la autoestima colectiva. Por ello, cada uno de estos relatos populistas compite por ser la verdadera y mayor víctima, a la vez que deniega los agravios sufridos por los demás, en especial por los antagonistas políticos. El problema es que estos relatos rivalizan entre sí y a la postre se retroalimentan de manera conflictiva, pues para salvar la memoria nacional deben recurrir a comparatismos ventajistas que, además de destacar las injusticias padecidas, se centran en resaltar que las otras naciones eran peores. En otras palabras, lo paradójico es que las leyendas negras denunciadas por los nacionalismos son justamente creaciones que proceden en gran medida de otras historiografías nacionalistas y que, al mismo tiempo que se las combate, no se las deja de imitar.

 

No es extraño, pues, que encontremos estos populismos en muchos otros países, especialmente en aquellos que se proponen hacer una nueva historia oficial del pasado. En Polonia se intenta eximir al siempre heroico pueblo polaco de toda responsabilidad en el exterminio judío y culpar únicamente a los alemanes, algo materializado en leyes mordaza para silenciar a aquellos historiadores que damnifiquen la imagen nacional. En la Hungría de Viktor Orbán se ha reivindicado la memoria de un dictador como el almirante Horthy y, mientras se retrata a los húngaros como víctimas, héroes o al menos inocentes, también se culpa en exclusiva a los alemanes del Holocausto. En Alemania, Alternative für Deutschland ha llegado a calificar a la etapa nazi como una simple minucia o nadería histórica (Alexander Gauland la llamó Vogelschiss, literalmente “mierda de pájaro”), ha impulsado una cruzada contra lo que desdeñosamente llaman el culto a la culpa (Schuldkult) y fomenta frente a este una memoria nacional de la que enorgullecerse. En Rusia, Putin ha rehabilitado parcialmente la memoria de Stalin y promueve relatos que centran la culpa de la Segunda Guerra Mundial en Francia y Gran Bretaña y que sirven para justificar históricamente el Pacto Molotov-Ribbentrop y la ocupación de Polonia oriental como una necesidad de una Unión Soviética retratada como víctima. Para ello se ha basado mucho incluso en textos producidos por Stalin y su entorno como Los falsificadores de la historia (1948), mientras ha preferido no mencionar la guerra contra Finlandia de 1939-1940 o las anexiones de Besarabia y los Países Bálticos en 1940.

En Francia, un gran best-seller como Le suicide français (2014) de Eric Zémmour –quien ahora se ha apuntado a la carrera presidencial– aporta una reinterpretación nacionalista y revisionista de un gobierno de Vichy que habría tenido el mérito de “salvar a un 90% de los judíos franceses”. Critica a Robert Paxton y su demonizada “doxa paxtoniana”, la cual deriva de la exhaustiva investigación acerca de Vichy promovida y realizada por este historiador, tachada por Zemmour de antifrancesa por haber dejado desvalido al Estado francés frente a la actual “amenaza migratoria”. En su opinión, y mezclando de nuevo pasado y presente, el Estado francés ya no puede “mantener sus fronteras contra la avalancha de inmigrantes del sur, por miedo a ser acusado de enviar a los judíos a campos de exterminio”.

La conclusión común de este tipo de retóricas es la promoción de una historia afirmativa que salga en defensa de la autoestima del pueblo o la nación y que elimine aquello que pueda hacerle sombra. De ahí que apunten hacia una suerte de reconstitución moral nacional en un contexto como el actual, tan influido por la importancia de las redes, la crisis de las mediaciones o el auge de la posverdad. Además, coincide en una época marcada por una crisis de futuro que, caracterizada por la dificultad del presente de imaginar y creer en un porvenir sustancialmente distinto y mejor, contribuye a la actual ubicuidad de estos pasados que no pasan y de una memoria deformada e instrumentalizada. La consecuencia lógica fue advertida por Zygmunt Bauman en su libro Retrotopía (2017): las utopías propugnadas en la actualidad no residen tanto en el futuro como en el pasado, pues este se ha convertido ahora mismo, en tiempos de posverdad, en un espacio mucho más manipulable que un futuro poco promisorio y que ya no brinda grandes esperanzas de cambio."                  (Edgar Straehle, CTXT, 06/10/21)

29/7/21

La izquierda está asumiendo el papel de vigilante de las formas y normas... Si compras en Carrefour o solo ves los canales generalistas gratuitos eres un pringao... se está generando un efecto rebote en una parte de los ciudadanos que se está hartando de nuestras normas y les están convenciendo que lo políticamente incorrecto y rebelde es ser de Vox.

 "Hubo un tiempo en que la derecha tenía la exclusividad de la corrección política y era la que se asignaba el papel de control social estableciendo cómo debíamos vestir, comer, comportarnos o hablar. Sin embargo, llevamos unos años en los que la izquierda es la que está asumiendo ese papel de vigilante de las formas y normas.

 En nombre de esta nueva izquierda no debemos comer carne, hay que huir de la bollería industrial, no debemos echarle azúcar al café, tenemos que evitar la cerveza excepto que sea IPA o artesana, el vino poco y de buena etiqueta, y, claro está, tenemos que ir al gimnasio porque estar gordo es lo peor. No digas que ayer cocinaste y te comiste una fabada, debes explicar lo último en cocina creativa, los superalimentos y la quinoa. Lo de ir a la tasca a comer el menú del día ni se te ocurra, hay que conocer el último restaurante exótico iraní, es fundamental que sea de otra cultura.

Deshazte de tu coche de gasoil, debes comprarte un híbrido o un eléctrico o, mejor todavía, úsalo mediante renting a 300 euros al mes o alquílalo por 50 euros al día. Dan por hecho que ni tú ni tu familia vive en la España vaciada a la que le han retirado el transporte público hace año y medio, el primer día de la pandemia. Debes hablar mal del transporte en avión porque contamina, aunque al final tú termines cogiéndolo mucho más que esos paletos de pueblo que no tienen ningún sentido de la protección del medioambiente. 

Por supuesto debes reciclar todos tus residuos, que no te importe comprar muchas cosas con muchos envases, hay contenedores para todos. La nueva izquierda fusilará al que no eche un envase en el contenedor adecuado, aunque sea el viejecito o el operario que desecha la mitad de envases que tú.

Si compras en Carrefour o solo ves los canales generalistas gratuitos eres un pringao, debes tener y conocer las últimas series de Netflix. Si hablas de política y no dices resiliencia, sororidad, empoderamiento y deconstrucción es que no entiendes nada.

Por supuesto debes aprender inglés, tú y tus hijos. Los que no saben idiomas son los nacionalistas españoles, que seguro ni salen del país y pasan el verano en Benidorm o en verbenas de la España profunda. Si vas a un pueblo y ves cazadores y pescadores, mírales con desprecio porque seguro que son de Vox y analfabetos, ya se sabe que los cultos solo somos los de la izquierda. Además son unos racistas, es verdad que durante la vendimia almuerzan con los negros, pero les llaman negros y no racializados.

El problema de todo esto es que estamos generando un efecto rebote en una parte de los ciudadanos que se está hartando de nuestras normas y les están convenciendo que lo políticamente incorrecto y rebelde es ser de Vox. 

Porque los de Vox pueden beber cerveza barata en cualquier miserable tasca, pueden comer grasa y carne y estar gordos sin que les acusen de ser responsables del exterminio de miles de animales. Los de Vox no les ponen jersey en invierno a su perrito y siguen pensando que las personas se dividen en hombres y mujeres. Y nadie desde la ultraderecha les va haciendo responsables de ningún genocidio en países donde nunca han estado, ni culpables por haber nacido blancos y ser heterosexuales. 

Por eso consigue votos Abascal en España, Trump en EEUU y en el Reino Unido gana el brexit. Claro que son un peligro para la democracia con su ideología racista, xenófoba, su desprecio por los sindicatos, por las reivindicaciones laborales y por la justicia social, pero si les dejamos a ellos el espacio para la apología de cuestiones comprensibles, sencillas y normales, la gente va a llegar a la conclusión de que el discurso de la ultraderecha consiste en cosas comprensibles, sencillas y normales.

Porque ellos no creen que sean fascistas, simplemente consideran que son los políticamente incorrectos porque pueden comer carne, llevar un coche de gasoil, darle una patada al perro cuando les molesta y llamar negro al negro. Cuanto más les despreciemos por eso y nos sintamos nosotros más superiores, más orgullosos estarán ellos. Y más votos sacarán."             
      (Pascual Serrano , Mundo Obrero, 28/07/21)

21/4/21

Pulvar, un ex presentador de noticias negro, que se presenta por los socialistas en las próximas elecciones regionales, dijo: 'los blancos no deberían ser excluidos de los grupos de discusión sobre temas de minorías, pero sin embargo, se les puede pedir que se mantengan callados y sean espectadores silenciosos'

 "Los partidos de izquierda franceses se han desencadenado en una amarga lucha sobre si se debe pedir a los blancos que se callen, o que se les prohíba directamente, durante las reuniones sobre cuestiones de las minorías. 

La controversia estalló después de las revelaciones de que un sindicato de estudiantes de izquierda, llamado UNEF, organiza reuniones que están fuera del alcance de los miembros blancos. Anne Hidalgo, alcaldesa de París y aspirante a presidente socialista, intervino el miércoles después de que una candidata del mismo partido, Audrey Pulvar, no condenara tales reuniones.

 “El campo de la política no es una sesión de terapia, es el dominio de lo universal, donde buscamos la unidad y defendemos nuestros valores laicistas”, dijo Hidalgo en BFMTV. 

 Pulvar, un ex presentador de noticias negro que se postula bajo la bandera socialista en las próximas elecciones regionales, dijo el domingo que los blancos no deberían ser excluidos de los grupos de discusión sobre temas de minorías, pero que “sin embargo, se les puede pedir que se mantengan callados y sean espectadores silenciosos. . 

" Cuando se le preguntó si habría dicho lo mismo, Hidalgo respondió que "obviamente no". El enfrentamiento por los grupos de discusión no blancos ha reavivado un debate en Francia sobre la creciente influencia de las políticas de identidad al estilo estadounidense y cómo desafía las tradiciones políticas existentes en el país.

 Los comentarios de Pulvar indignaron a la extrema derecha y a la derecha, y Valérie Pecresse, rival de Les Républicains de derecha, acusó a Pulvar de promover "un tono" aceptable "de racismo". Pero también provocaron enojo entre la vieja guardia del Partido Socialista, que busca reconstruirse después de una sorprendente derrota en las elecciones de 2017.

 Para muchos de la izquierda, los valores universales de égalité, fraternité, liberté deberían trascender las alianzas religiosas o étnicas, y se necesita más integración y asimilación, no menos, en la lucha por la justicia social. Esta facción no comprende la llegada de la nueva guardia a través de organizaciones como UNEF. 

 Las palabras de Pulvar son "más que torpes, son lamentables, no se corresponden con nuestras ideas comunes, no se debe pedir a nadie que se quede callado", dijo Olivier Faure, líder del Partido Socialista en el canal de televisión francés LCI. “En última instancia, [los grupos de discusión no blancos] conducen a la segregación y eso es algo con lo que no puedo estar de acuerdo”, dijo Richard Yung, un senador socialista. "Deberíamos poder hablar juntos, estar en desacuerdo, incluso oponernos en la misma habitación".

 No es lo que quise decir 

La reacción violenta contra Pulvar fue tal que se sintió obligada a justificar sus declaraciones, sin llegar a disculparse. “Algunos pensaron que le estaba diciendo a la gente que guardara silencio. Eso está mal ”, escribió en Le Monde. “Algunos pensaron que quería excluirlos, eso no es lo que dije ni lo que quise decir. Siempre he sido partidario de hablar, de discutir ”. 

 Chloé Morin, investigadora de la Fundación Jean Jaurès y ex asesora de un gobierno socialista, dijo que esta era la última señal de “un verdadero abismo entre generaciones”. “Y el abismo es cada vez mayor porque lo que era un movimiento ultra-minoritario hace un par de años, está cada vez más presente en el personal de la extrema izquierda y el Partido Verde”, agregó. 

Pulvar encontró más partidarios entre sus rivales en el partido de extrema izquierda France Unbowed y con los Verdes que entre el Partido Socialista que oficialmente la respalda. "Audrey Pulvar no es racista", tuiteó Jean-Luc Mélenchon, el líder de France Unbowed. “Ella entiende lo que es un grupo de discusión. Quienes le atacan están mostrando sus opiniones sexistas y prejuiciosas ".

 La extrema izquierda ve la pretendida defensa de los valores políticos tradicionales como un ataque velado contra las minorías que buscan la emancipación. “Nadie se queja cuando ves reuniones de directorio en las grandes empresas de Francia que son exclusivamente masculinas y totalmente blancas”, dijo Eric Coquerel, diputado de France Unbowed. “No se puede negar a las víctimas del racismo el derecho a decirlo y denunciarlo en nombre del universalismo. El universalismo es una buena idea, pero no es una máquina que borra la discriminación ".

 ¿Una muestra de lo que vendrá? 

La controversia es el último ejemplo de las divisiones internas de la izquierda en un momento crucial. (...)

 El lunes, el líder verde Yannick Jadot pidió a los líderes de izquierda que se unan y discutan un proyecto común de izquierda para luchar contra el presidente Emmanuel Macron, "que no nos protege de la extrema derecha ni del cambio climático". 

 Los principales partidos de izquierda acordaron reunirse y señalaron que podría ser difícil encontrar puntos en común. “El problema de la izquierda es que se sigue disparando en el pie”, dijo el investigador Morin."                      (Clea Caulcutt  , POLITICO, 01/04/ 21; traducción google)

14/4/21

La Universidad de Malmö, en Suecia, se ha convertido en el epicentro de una polémica racial surrealista... por estas imágenes

Las imágenes que desataron la polémica. (cedidas)

 "Si menciono la Universidad de Malmö, en Suecia, tienes todo el derecho del mundo a imaginarte un lugar aburrido en el que nunca pasa nada. Pues bien: este pacífico campus del país más civilizado del mundo se ha convertido en el epicentro de una polémica racial surrealista. El motivo, las imágenes que tienes arriba, que la profesora de sexología Mariah Larsson mostró en una clase sobre estereotipos raciales en Zoom.

Leo en el diario 'Sydsvenskan' una nota, escrita en tono escandalizado, que recoge las palabras de los estudiantes ofendidos y dice que la clase comenzó “con un PowerPoint con caras negras y amarillas. La palabra N también se mencionó en varias ocasiones”, y además se vieron fotos de “hombres negros bien dotados”. Esto último es falso. Como veremos en seguida, también en la apacible Suecia hay 'clickbait' y noticias exageradas para expandir la ofensa. De hecho, como recuerda el escritor Javier Benegas en 'La ideología invisible', Suecia es uno de los países del mundo más marcados por la corrección política y la cultura de la ofensa. 

 Al ser impactados por las imágenes, los estudiantes se dividieron. Unos consideraban que la cosa estaba muy interesante, pero otros, de la militancia 'woke', estallaron con la furia habitual y empezaron a protestar. No eran niños de 18 años recién llegados al mundo, sino estudiantes talludos, de posgrado, algunos de más de 30 años, mujeres blancas en su mayor parte. Para los ofendidos, mostrar caras de gente de otras razas en una clase sobre estereotipos raciales es una provocación. Algo parecido a un ataque racista.

Mientras las primeras diapositivas pasaban por las pantallas de Zoom, la profesora Mariah Larsson se dio cuenta de que el chat se llenaba de comentarios: “Tengo un problema con la representación del racismo”. “Creo que podemos saltarnos la palabra N”. “Cualquiera que quiera incluir imágenes racistas y verlas tal vez pueda buscarlas en Google. Así que las personas con su propia experiencia de racismo no tienen por qué ver estas fotos”, decían estas estudiantes.

 Larsson paró la presentación de diapositivas y trató de seguir la charla, pero la llama estaba prendida. La cosa venía de lejos. Los estudiantes ofendidos llevaban tiempo quejándose de que en su educación no hay suficiente perspectiva poscolonial. Polémicas como esta han azotado las universidades suecas en los últimos años. Para muchos alumnos, el nivel de corrección política no es lo bastante alto en clase, de modo que ocurren cosas como esta, es decir: se les presenta material didáctico que no ha pasado por los filtros necesarios de censura.

La universidad responde

Tras la clase virtual de Larsson, el ambiente de la universidad se enrareció a toda velocidad. Dado que no todos estaban ofendidos, en seguida se formaron dos tribus en guerra. “Ha sido tan tenso que muchos alumnos se sienten inseguros en clase y prefieren quedarse callados que estar expuestos a suspiros, ojos en blanco y ataques personales” dicen en 'Sydsvenskan', que ha dedicado varias noticias a la polémica. “Algunos ya han decidido dejar la educación debido al conflicto”.

Pero entonces ocurrió algo insólito que terminó de enrarecer el ambiente: la universidad, en lugar de plegarse a los deseos de sus estudiantes más ofendidos, se puso de parte de Larsson. En una carta de la dirección a la clase de posgrado, recordaron a los alumnos que “interrumpir o tratar de obstaculizar la enseñanza de los profesores puede ser tema de medidas disciplinarias en la universidad”. Estas palabras se recibieron como una amenaza grave por parte de los ofendidos, que decidieron recurrir a la prensa y las redes sociales.

 La estudiante Josefin Björck dice en otro artículo de 'Sydsvenskan' que aquella carta de la dirección “fue como una puñalada en el estómago. Estaba decepcionada y un poco asustada. Era un tono desagradable y amenazador”. Sin embargo, Maria Hjortsjö, jefa del departamento de Trabajo Social, dice en el mismo medio que la dirección de la facultad se había limitado a recordar a los estudiantes la Ordenanza de Educación Superior.

No importa. Para algunos alumnos, la universidad no está para enseñar desafiando los prejuicios del estudiante, y mucho menos para imponer orden después de una polémica agria para la convivencia, sino para plegarse a sus intuiciones y caprichos sentimentales. La negativa de la institución a tomar medidas exteriorizó, con la ayuda de los estudiantes convertidos en activistas, el conflicto. Anna Tenfält, directora de proyectos del Orgullo LGTB en Malmö, ha amenazado a la universidad con romper la colaboración con la institución si no se toman medidas de inmediato.

“Es muy importante para nosotros que todas las organizaciones con las que trabajamos tengan los mismos valores básicos. En primer lugar, es inaceptable que haya racismo y discriminación durante las conferencias”, ha dicho Tenfält. “Queremos colaborar con la universidad y nos gustaría tenerlos en el World Pride, pero después de todo esto les hemos pedido que apliquen un plan de acción y expliquen cómo pretenden manejar las inquietudes y problemas que existen”.

 Según publica la prensa, varias organizaciones más, además de políticos e investigadores de la Universidad de Malmö y otras, han expresado su apoyo a la protesta estudiantil. Incluido el foro de justicia afrosueco, que calificó de "deplorable" la respuesta de la dirección y exigió que la universidad no solo se disculpe, sino que también elabore un "plan de acción y directrices sobre el racismo y otras formas de opresión". 

 Pero ¿existen esos problemas? Es decir: ¿realmente hay racismo en la Universidad de Malmö? Por desgracia, responder no es sencillo en el siglo XXI. Cuando entran "otras formas de opresión", los hechos no cuentan para nada. Hablamos de un racismo cuántico que solo existe cuando alguien lo siente, independientemente de lo que haya ocurrido. “Algunos alumnos lo perciben, luego hay otros que no lo perciben así. La situación es muy compleja”, expresaba en un artículo la jefa del departamento de Trabajo Social, sin mojarse demasiado.

La profesora toma la palabra

No ocurre todos los días en Suecia que una facultad se ponga de parte de una profesora invitada tras una polémica que implica el racismo. De modo que contacto con Mariah Larsson.

PREGUNTA. ¿Cuál es su opinión general sobre esta polémica?

RESPUESTA. Mi problema es principalmente pedagógico: quiero que mis alumnos se sientan seguros en el aula, y quiero que puedan protestar y expresar preguntas críticas, pero mi trabajo no es ponerlo todo en segundo plano para protegerlos. Es difícil darles los mismos resultados de aprendizaje sin mostrar, por ejemplo, esas imágenes. ¿Cómo puedo enseñar un material visual sin utilizar un material visual?

 P. En la prensa se habla de “hombres negros bien dotados”. ¿Podrías explicar cuáles eran las imágenes?

R. Es falso que hubiera hombres negros bien dotados. Más adelante, había algunas imágenes de tono erótico, pero ni siquiera llegué a mostrarlas, todo se interrumpió antes. Las imágenes eran: un envoltorio de caramelo sueco que cambió su diseño a principios de la década de 2010; el emperador Ming de 'Flash Gordon' (1980) interpretado por el actor Max von Sydow con la cara pintada de amarillo; Fu Manchu interpretado por Henry Brandon; un personaje de un libro infantil sueco llamado Lilla Hjärtat (Corazón Pequeño) que causó revuelo en 2012, y la portada de uno de los libros de Pippi Calzaslargas, de Astrid Lindgren.

P. ¿Dirías que hay un problema de susceptibilidad entre los alumnos?

R. Entre algunos alumnos, no todos. En el plano más amplio, tales conflictos pueden llevar a los profesores a andar de puntillas en temas controvertidos e incluso, en situaciones de enseñanza, a evitarlos por completo. Esto, diría yo, es un gran problema, y puedo remitirle a la declaración de Chicago. [Se refiere a un alarmante documento publicado sobre los casos de censura en los campus estadounidenses].

 P. ¿Los estudiantes hablaron contigo personalmente o simplemente se quejaron en público?

R. Esto sucedió en Zoom. Aproximadamente a los cinco minutos de conferencia, descubrí que habían estado protestando en el chat. Dejé de compartir la pantalla y escuché sus comentarios un rato. Luego intenté dar la conferencia sin el PowerPoint. No salió muy bien, en mi opinión. Después, escribieron un artículo de opinión que se publicó en el periódico y luego, más tarde, fueron entrevistados por un periodista de ese mismo medio, que escribió un artículo muy escandaloso, tergiversando mi PowerPoint y haciendo que mi conferencia pareciera sobre pornografía 'hardcore' racista. No lo es. Concluía con una discusión sobre la pornografía interracial y dos ejemplos de la historia del cine pornográfico, pero la mayor parte trataba sobre la historia del arte, el cine y la historia de las ideas.

P. ¿La universidad finalmente actuará? ¿Te has sentido apoyada por la institución?

R. Sí, me he sentido apoyada. La Universidad de Malmö tomó medidas, respondiendo a los estudiantes que protestaban, y mediante un artículo de opinión más general coescrito por los respectivos rectores de las universidades de Malmö y Lund. Ha habido casos anteriores en Suecia similares al mío, en que la universidad en cuestión no apoyó al profesor. Esta es, creo, la primera vez en Suecia que una universidad toma partido por un profesor o un conferenciante invitado."                (Juan Soto Ivars, El Cofidencial. 01/04/21)