"La importancia de la historia para la política viene de antiguo.
También, naturalmente, las tentaciones de instrumentalizarla. De ahí que
se convierta en un terreno de persistente politización y proliferen
visiones sesgadas y presentistas del pasado. Además, como se comprueba
actualmente, estas visiones son muchas veces las que más éxito tienen,
no solo en ventas o público, sino también a nivel político.
En buena
medida, eso se explica por el auge de relatos históricos que incurren en
lo que podríamos llamar “populismo historiográfico”, el cual se
caracteriza por propagar explicaciones sesgadas del pasado cuyo éxito en
buena medida descansa en saber servirse de recursos populistas que
colisionan con una investigación académica a la que se enfrentan o
suelen desdeñar e incluso desacreditar en público.
Lo curioso es que esto ocurre en una época en que, con sus
limitaciones, el nivel de la investigación histórica tanto en España
como en el extranjero es en realidad muy elevado. La paradoja
contemporánea es que en el momento en que la calidad de esa
investigación se encuentra en un gran momento de su existencia, cuando
tantos libros buenos hay para conocer y matizar desde diversos ángulos
lo acontecido en el pasado, es también cuando proliferan best-sellers
de historia que se refugian en perspectivas más sesgadas y pragmáticas
que omiten o desconocen el estado de esas investigaciones y propagan
tesis hace tiempo refutadas; tesis que, más deformadas aún, se repiten,
amplifican y circulan abundantemente por los medios o las redes.
Ciertamente, se debería hablar aquí de las dificultades de la
academia a la hora de divulgar los progresos alcanzados, que se explican
por factores como el exceso de especialización, la tendencia a
encerrarse en los círculos académicos, la difícil legibilidad de muchos
de sus textos, un publish or perish materializado en papers
solo leídos por especialistas o una precariedad que dificulta una
divulgación tan importante y necesaria como poco valorada para medrar en
la universidad. Todo eso influye en la progresiva pérdida de presencia de los historiadores en la esfera pública.
Sin embargo, el auge del populismo historiográfico no solo deriva de
los errores o limitaciones de “la academia” –una palabra problemática
pues no pocas grandes contribuciones a la historia se han hecho con
rigor desde fuera de los ámbitos universitarios, mientras que dentro
también se han escrito obras muy cuestionables–. Los mismos requisitos y
virtudes ideales de la investigación histórica (imparcialidad,
desapasionamiento, consulta de fuentes de todos los bandos,
problematización y tratamiento crítico de los documentos, evitación en
la medida de lo posible de anacronismos y del presentismo, no
generalización, cautela a la hora de sacar conclusiones…) dificultan que
sus libros puedan ser altamente populares. Y es que uno de los clásicos
problemas de la historia ha sido la gran atracción que siempre ha
suscitado. Por ello, continuamente, los gobiernos, los movimientos de
todo tipo e incluso las personas individuales han sentido la tentación
de legitimarse y reafirmarse desde la “autoridad del pasado” y, con
ello, de ahormarlo a los intereses del presente desde una historia
oportunamente distorsionada.
Si bien este populismo historiográfico es una categoría transversal,
también hay que decir que encuentra un acomodo más fácil en los
nacionalismos (europeos o no europeos y se reconozcan como tales o no).
Sin embargo, y pese a que haya importantes elementos en común y la
nación no sea entonces más que otro rostro de ese pueblo al que se
dirige, no se lo debería identificar con el nacionalismo
historiográfico. No pocos libros de historia influidos por el
nacionalismo no pretenden venderse como best-sellers ni siguen necesariamente el modus operandi
populista. De facto, muchas obras de “la academia” no son totalmente
ajenas a unas influencias políticas entre las cuales también están las
nacionalistas. Precisamente porque el populismo historiográfico es
transversal puede darse en cualquier movimiento político, y sin duda los
usos populistas del pasado no son privativos ni exclusivos de ninguna
ideología. En verdad, es menos importante qué se defiende que el cómo,
aunque ambas cuestiones no se desliguen con facilidad y la nación haya
sido y siga siendo una fórmula históricamente muy exitosa a la hora de
construir un nosotros político. El populismo historiográfico es en tales
casos la forma más eficaz, mas no la única, que asume hoy en día el
relato histórico nacionalista.
Por otro lado, el populismo historiográfico tampoco es lo mismo que
el revisionismo. A menudo ciertamente revitaliza tesis revisionistas
como si fuesen nuevos descubrimientos o, al contrario, como si hubieran
sido injustamente perseguidas por el establishment académico. Ahora
bien, no siempre el revisionismo ha pretendido ser populista, mientras
que el populismo historiográfico persigue clara e incluso descaradamente
la conquista de la opinión y, al mismo tiempo, la construcción,
reafirmación o redefinición de un pueblo desde el discurso histórico. La
escritura de la historia conecta así con la reescritura de la memoria y
el pasado aparece como una especie de presente extendido hacia atrás;
uno en el que lo que vende es la relectura de ese pasado que, por muy
lejano que pueda ser, nos interpela todavía en la actualidad.
Al fin y al cabo, la memoria no solo sirve para recordar sino también
para olvidar, o al menos para postergar otros episodios menos cómodos o digeridos.
Eso se percibe en el revival de una Leyenda Negra asociada
cronológicamente a la etapa más esplendorosa del Imperio español y de la
que, sobre todo desde la derecha, se declara su plena vigencia
contemporánea. En cambio, desde los mismos posicionamientos también se
repite que la memoria de la mucho más reciente Guerra Civil o del
franquismo solo forma parte del pasado y que ya es hora de superarla,
como si fuera una historia lejana y muerta para el presente. En el campo
de la memoria no es contradictorio que lo más distante pueda ser lo más
próximo y presente a nivel emotivo o político.
Por eso, mientras que la investigación histórica reivindica la
distancia, dar cuenta de las diferencias y comprender el pasado desde el
pasado, el populismo historiográfico incurre sin cesar en el
presentismo y en otros anacronismos flagrantes. El retrato del pasado,
pues, se confunde y entremezcla continuamente con lo que preocupa en el
presente y, no por casualidad, aparecen los mismos sujetos políticos,
los mismos enemigos, los mismos problemas que nos absorben hoy en día...
Por último, el populismo historiográfico no debe ser directamente
tachado de pseudohistoria, algo más atribuido a iniciativas como el
Institut Nova Història (conocido por sus tesis sobre la catalanidad de
Colón, Cervantes y un largo etcétera) en el libro Pseudohistòria contra Catalunya
(2020), coordinado por Vicent Baydal y Cristian Palomo, y que desmonta
posverdades propagadas en nombre de la historia, incluyendo también las
de la historiografía anticatalanista. Y no es tanto pseudohistoria
porque el populismo historiográfico no se define tanto por la mentira o
la ficción absoluta como por la exageración. Su problema es más bien el
de tomar ventajosamente una parte por el todo y, con ello, invisibilizar
o menospreciar lo que no cuadra con su relato. De ahí que lo contrario a
un relato populista no suela ser la tesis contraria, que puede recaer
en muchos de sus defectos y la retroalimenta, sino la problematización y
el matiz.
Si la historia como herramienta crítica se propone problematizar y
matizar, evitar generalizaciones y deshacer prejuicios o clichés, el
populismo historiográfico difunde otros nuevos o actualiza antiguos
mientras ofrece grandes explicaciones generales más fáciles de vender.
Además, estas explicaciones tienden a ser prácticamente monocausales,
con lo que puede pretender dar cuenta de un fenómeno complejo de varios
siglos desde un único factor que mágicamente lo explica todo (por
cierto, muchas veces psicológico, bajo la forma de fobias, envidias,
resentimientos o complejos de inferioridad o superioridad) o desde un
colectivo culpable que conecta el pasado con el presente y facilita una
oportuna dialéctica como la del amigo/enemigo. Por ello, son obras con
una tesis clara y rotunda que anuncian, recuerdan y demuestran machaconamente. Además, la información recolectada se adapta ad hoc a esa tesis con procedimientos como una selección (cherry picking) muy voluntarista y con frecuencia cita pasajes descontextualizados, adaptados e incluso modificados, como desgrané en su momento en relación a Imperiofobia y leyenda negra (2017).
Así pues, lo que suelen faltar más son las aristas, los matices y los
contraejemplos, todo aquello que pueda invalidar la tesis expuesta. En
vez de abordarlo o mencionarlo, se prefiere infravalorarlo o pasarlo por
alto como si no existiera. De este modo se impulsa una
unidimensionalización de la historia que también pasa a serlo de la
política. Por añadidura, eso conduce a revelar que lo importante de
estos relatos no es solo lo que dicen sino sobre todo lo que omiten. En
realidad, pueden describir episodios concretos más o menos correctamente
y exponer tesis parcialmente ciertas, pero estiran esa parcialidad para
convertirla en un todo exagerado o falso. Por eso, una clásica
respuesta a las críticas no es “descender” al debate constructivo y
sosegado sino desautorizarlas globalmente desde acusaciones generales
(discurso negrolegendario, facha o las variantes correspondientes) que
sustituyen a la argumentación.
A la hora de la verdad no solo se politiza la historia, también se la
moraliza. En estos discursos abundan los “buenos” y “malos” y se
intercalan juicios de valor, incluidas alusiones o difamaciones ad
hominem para desacreditar a personajes históricos o historiadores. Con
ello fomentan maniqueísmos que, pasados por el filtro de la
moralización, favorecen la polarización e intolerancia contemporáneas.
Además, también recrudecen los problemas políticos actuales al
proyectarlos al pasado y retratarlos como si fueran fatalmente crónicos e
inevitables.
Así pues, mientras que el populismo historiográfico
apunta a priori a un pueblo que pretende unificar y cohesionar, lo que
hace en realidad es crear división, polarización y antagonismo. En esta
misma línea, reproduce visiones unilaterales que solo se preocupan por
los de un lado y que lo “explican” todo desde ese lado. Las fuentes de
autoridad reivindicadas también vienen principalmente de ahí.
Obviamente, el autor en cuestión se alinea explícitamente con una causa y
recurre con frecuencia a una retórica del “nosotros y ellos”, aunque a
menudo ese mismo “nosotros” sea incompleto y tenga como sintomáticas
excepciones a esos enemigos internos contra los que combatir y que al
mismo tiempo ayudan a forjar y delimitar el potencial cohesivo anhelado.
Para acabar, este populismo historiográfico también se sirve de un
tono apasionado y vehemente o de expresiones inflamadas con las que
atrae y fideliza a la audiencia. En los tiempos actuales, esta retórica
se identifica con frecuencia con una “sinceridad”, un “compromiso” y una
“valentía” que se alaban públicamente. De hecho, muchas de estas obras,
pese a que puedan tener gran apoyo mediático e incluso político, se
presentan como osadas y sus autores son retratados desde una retórica
épica como “políticamente incorrectos”.
Sin embargo, en rigor no se
trata de una novedad sino más bien de una tendencia que se ha ido
consolidando en el decurso de los últimos años. Desde una perspectiva
semejante, Jean Sévillia creó ya en 2006 el “Premio al libro incorrecto
del año” en Francia y, siguiendo varios de los aspectos mencionados, ha
publicado libros exitosos como Históricamente correcto (2004), Moralmente correcto (2007) o Históricamente incorrecto
(2011). En el último ha criticado lo “históricamente correcto” como
forma colectiva de odio a sí mismo que entronca con la pérdida de
valores comunes en una sociedad francesa “cuya cohesión cultural se
tambalea por la brusca introducción del Islam”. Por ello, Sévillia
proporciona una interpretación alternativa de la historia gala y
propugna un olvido de los episodios divisorios, a lo que añade lamentos
nacionalistas y pasajes en los que escribe que “en las escuelas de
antaño, la historia tenía como finalidad formar franceses. Esto se hacía
con mentiras, como hacer recitar Nuestros antepasados los galos por
todos los niños. Sin embargo, era mejor que nuestra escuela actual, que
se dirige a mentes que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna
parte”.
La Leyenda Negra como síntoma
La Leyenda Negra, tan en boga de nuevo, en realidad no solo hace
referencia a la historia de las contumaces injurias padecidas por
España, también es el símbolo victimista y la justificación de buena
parte de estos populismos, nacionalismos o revisionismos
historiográficos en otras partes. De ahí que, con las mismas palabras u
otras equivalentes, haya renacido en tantos lugares, incluso Domenico
Losurdo se empeñó hace años en criticar y “desmontar” la Leyenda Negra
de Stalin, lo que no impide que cada colectivo se centre en la propia y
no en la de los otros. Eso mismo se observa en el libro de Jean
Sévillia, quien denuncia la “leyenda negra” (sic) de la derecha y del
catolicismo en Francia y justifica la Inquisición francesa, que “en la
Edad Media no indignaba a nadie”. En cambio, no sale tanto en defensa de
la española, de la que prudentemente afirma que fue más un producto
hispano que católico para señalar acto seguido que “Torquemada no es,
pues, el fruto del catolicismo: es el producto de una historia
nacional”.
El propósito de estos populismos historiográficos es patrimonializar
el agravio. Se nutren de un victimismo movilizador que se propone
reconquistar la memoria y restaurar así la autoestima colectiva. Por
ello, cada uno de estos relatos populistas compite por ser la verdadera y
mayor víctima, a la vez que deniega los agravios sufridos por los
demás, en especial por los antagonistas políticos. El problema es que
estos relatos rivalizan entre sí y a la postre se retroalimentan de
manera conflictiva, pues para salvar la memoria nacional deben recurrir a
comparatismos ventajistas que, además de destacar las injusticias
padecidas, se centran en resaltar que las otras naciones eran peores. En
otras palabras, lo paradójico es que las leyendas negras denunciadas
por los nacionalismos son justamente creaciones que proceden en gran
medida de otras historiografías nacionalistas y que, al mismo tiempo que
se las combate, no se las deja de imitar.
No es extraño, pues, que encontremos estos populismos en muchos otros
países, especialmente en aquellos que se proponen hacer una nueva
historia oficial del pasado. En Polonia se intenta eximir al siempre
heroico pueblo polaco de toda responsabilidad en el exterminio judío y
culpar únicamente a los alemanes, algo materializado en leyes mordaza
para silenciar a aquellos historiadores que damnifiquen la imagen
nacional. En la Hungría de Viktor Orbán se ha reivindicado la memoria de
un dictador como el almirante Horthy y, mientras se retrata a los
húngaros como víctimas, héroes o al menos inocentes, también se culpa en
exclusiva a los alemanes del Holocausto. En Alemania, Alternative für
Deutschland ha llegado a calificar a la etapa nazi como una simple
minucia o nadería histórica (Alexander Gauland la llamó Vogelschiss,
literalmente “mierda de pájaro”), ha impulsado una cruzada contra lo que
desdeñosamente llaman el culto a la culpa (Schuldkult)
y fomenta frente a este una memoria nacional de la que enorgullecerse.
En Rusia, Putin ha rehabilitado parcialmente la memoria de Stalin y
promueve relatos que centran la culpa de la Segunda Guerra Mundial en Francia y Gran Bretaña
y que sirven para justificar históricamente el Pacto Molotov-Ribbentrop
y la ocupación de Polonia oriental como una necesidad de una Unión
Soviética retratada como víctima. Para ello se ha basado mucho incluso
en textos producidos por Stalin y su entorno como Los falsificadores de la historia
(1948), mientras ha preferido no mencionar la guerra contra Finlandia
de 1939-1940 o las anexiones de Besarabia y los Países Bálticos en 1940.
En Francia, un gran best-seller como Le suicide français
(2014) de Eric Zémmour –quien ahora se ha apuntado a la carrera
presidencial– aporta una reinterpretación nacionalista y revisionista de
un gobierno de Vichy que habría tenido el mérito de “salvar a un 90% de
los judíos franceses”. Critica a Robert Paxton y su demonizada “doxa
paxtoniana”, la cual deriva de la exhaustiva investigación acerca de
Vichy promovida y realizada por este historiador, tachada por Zemmour de
antifrancesa por haber dejado desvalido al Estado francés frente a la
actual “amenaza migratoria”. En su opinión, y mezclando de nuevo pasado y
presente, el Estado francés ya no puede “mantener sus fronteras contra
la avalancha de inmigrantes del sur, por miedo a ser acusado de enviar a
los judíos a campos de exterminio”.
La conclusión común de este tipo de retóricas es la promoción de una
historia afirmativa que salga en defensa de la autoestima del pueblo o
la nación y que elimine aquello que pueda hacerle sombra. De ahí que
apunten hacia una suerte de reconstitución moral nacional en un contexto
como el actual, tan influido por la importancia de las redes, la crisis
de las mediaciones o el auge de la posverdad. Además, coincide en una
época marcada por una crisis de futuro que, caracterizada por la
dificultad del presente de imaginar y creer en un porvenir
sustancialmente distinto y mejor, contribuye a la actual ubicuidad de
estos pasados que no pasan y de una memoria deformada e
instrumentalizada. La consecuencia lógica fue advertida por Zygmunt
Bauman en su libro Retrotopía (2017): las utopías propugnadas
en la actualidad no residen tanto en el futuro como en el pasado, pues
este se ha convertido ahora mismo, en tiempos de posverdad, en un
espacio mucho más manipulable que un futuro poco promisorio y que ya no
brinda grandes esperanzas de cambio." (Edgar Straehle, CTXT, 06/10/21)