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2/5/23

“Ser casero conlleva una responsabilidad social. Es algo que puede generar mucho sufrimiento a la gente”... “A los niños la desigualdad no les parece lógica. La idea de la pobreza como algo inevitable se va legitimando a través de los años pero las personas nacen con resistencias naturales a estar contentas con eso”

 "Ya cuando Sergio C. Fanjul (Oviedo, 42 años) era solo un niño que jugaba por las calles de su ciudad natal le resultaba especialmente incomprensible que hubiese gente pidiendo limosna. “¿Por qué unos tienen que hacer eso y otros no?”, se preguntaba. Ahora que, tras la pandemia, las cifras de gente en riesgo de exclusión grave en nuestro país son las más altas de Europa este periodista de EL PAÍS (licenciado en astrofísica) se ha propuesto contestar a aquella pregunta en La España invisible (Arpa), un ensayo en el que analiza las causas de la pobreza y desigualdad extremas. Y entre otras muchas cosas, con su trabajo ha descubierto por qué en su infancia aquella imagen le resultaba tan dolorosa: “A los niños la desigualdad no les parece lógica. La idea de la pobreza como algo inevitable se va legitimando a través de los años pero las personas nacen con resistencias naturales a estar contentas con eso”.

Pregunta. Ha hablado durante meses con gente que vive en la calle y con organizaciones que se dedican a ayudar y acoger a estas personas. ¿Qué ha aprendido de esa forma de vida que cree que todo el mundo debería saber?

Respuesta. Todo el mundo debería saber que vivir en la calle no es estar tirado a la bartola, tocándose las narices. Que, como me explicó Pedro Cabrera, uno de los sociólogos con más conocimiento sobre este tema en España, también hay que hacer méritos para vivir en la calle y que es muy complicado. Las personas sin hogar tienen que enfrentarse cada día, por ejemplo, a vivir sin un baño que no solo comporta que no te puedas asear ni tener cierta intimidad, sino que tampoco puedas hacer tus necesidades cuando quieras. Luego está el reto diario de “buscar el chupano”, que es encontrar un sitio ni muy oculto ni muy expuesto, para que no te molesten ni molestes pero a la vez que seas visible, para que si te atacan alguien lo vea y no te pase como a aquella señora a la que unos chicos quemaron en un cajero de Barcelona sin que nadie la socorriera.

P. Usted acaba de ser padre. ¿Se puede entrenar la empatía en los niños?

R. Yo tengo la sensación de que la paternidad en sí misma te hace más empático. Antes de ser padre me decían: “Cuando tengas un hijo, todos los niños serán el tuyo”. Y es un poco verdad. Ahora cada vez que veo a un niño desgraciado pienso: “Esa podría ser Candela”. Cuando ella nació mucha gente me preguntó si la iba criar en el barrio en el que vivía, Lavapiés, que aunque tiene una comunidad de padres muy unida no está especialmente diseñado para los niños; pero allí, cuando crezca, verá muchas realidades que no vería en otros sitios: para empezar, gente de otras culturas, de otros países y por otro lado, también problemas sociales como el sinhogarismo o la droga. Eso no me parece negativo. Al contrario. Tengo un amigo que es profesor en un colegio de élite y muchos de sus alumnos no han estado en contacto con personas pobres, personas sin hogar, ni siquiera con personas homosexuales. Creo que ahí está la clave de que a alguna gente le resulte tan complicado empatizar. Y por eso la segregación urbana también es un problema.

P. De hecho habla de cómo las ciudades ahora se diseñan para expulsar a los pobres. ¿Diría que Madrid es una ciudad con un urbanismo aporófobo?

R. Decididamente sí. En realidad es vecinófoba, porque no se lo pone fácil a ningún ciudadano que quiera sombra, agua, asientos, pocos ruidos, poca contaminación y por ende, es peor aún para las personas sin hogar, que son las que más se exponen a la arquitectura hostil: las superficies llenas de pinchos para que no te tumbes, las superficies inclinadas para lo mismo, los bancos antipobres, con brazos que impiden que se pueda dormir en ellos, y también el hostigamiento de la policía municipal, que es muy común. Es verdad que en las grandes ciudades hay comedores sociales y por tanto más oportunidades de conseguir alimento y por eso mucha gente pobre se junta en los centros urbanos.

P. ¿Y a esa línea de gestión aporófoba la llamaría simplemente “maldad”?

R. No creo que la gente que diseña las ciudades de esta forma lo haga pensando en dañar a los pobres. Simplemente, los pobres están fuera de la lógica del mercado y de la economía actual. No aportan, no compran ni venden. Las ciudades ahora no están pensadas para nuestro propio cuidado, sino para la producción y el consumo.

P. Cuenta usted en el libro que el proceso por el que alguna gente de la parte baja de la clase media se despeña hacia la pobreza y decide tirar la toalla se denomina “desafiliación”. ¿Cuáles son los puntos de inflexión que llevan a una persona a dejar de intentar estar en el sistema?

R. Está muy estudiado que para acabar en una situación de sinhogarismo y pobreza extrema tiene que haber una concatenación de causas. Por ejemplo, uno puede perder el trabajo pero si tiene una red familiar o una casa en propiedad, puede aguantar y no caer en la calle. Pero si de repente uno se divorcia, no tiene familia, es alcohólico y pierde el trabajo, entonces, no hay red. Pero mucho ojo, porque también hay gente pobre que tiene casa y esa es la que más me costó encontrar porque no vas a un centro de día y los encuentras ahí. Esos pobres no están en albergues, no están en la calle. Son tus vecinos o los vecinos de los barrios más pobres y hacen una vida supuestamente normal, pero se alimentan mal, no pueden pagar las facturas y acumulan todas esas pobrezas a las que se pone nombre, de la energética a la infantil, y que constituyen la pobreza en sí misma

P. Tras la pandemia han aparecido los llamados “nuevos pobres”, gente que estaba en el extremo bajo de la clase media que ha acabado descarrilando silenciosamente.

R. Sí, y que es curioso, pero se examinan como si fueran mejores que los “pobres de siempre” porque son víctimas de una injusticia: estas eran gentes de bien, eran gente productiva, eran gente que tenía un negocio, no eran vagos ni maleantes, pero por la mala suerte de la macroeconomía, pues de repente se van a pique. Son vistos mejor que cualquier otro pobre que tenga adicciones o que esté en la calle tirado con una raigambre de años.

P. Dice usted en el libro que tener un trabajo ya no significa necesariamente no ser pobre.

R. El fenómeno de los trabajadores pobres ha sido común en Estados Unidos pero en España es nuevo. Gente que tiene varios empleos y aún así no le llega para vivir. Por el contrario, está toda esa gente rica que defiende que lo es por meritocracia. Me parece mucho más honesta la gente rica que dice “soy rentista y por eso tengo dinero”. No tengo un problema con ellos, sino con el sistema. Si alguien ha heredado muchos pisos, pues mejor para él. Eso sí, que le crujan a impuestos. Quien posee pisos, inmuebles o terrenos tiene una responsabilidad social. No es una cosa como otra cualquiera: son cosas que generan mucho sufrimiento en la vida de la gente y no pueden basarse solo en la rentabilidad.

P. ¿Y cómo se educa al casero en la empatía?

R. Pues como cuando me preguntabas por los niños, creo que de nuevo es una cuestión de visibilidad. En parte por eso yo escribí este libro, para que la gente vea que la gente sufre mucho por la ideología que domina el mundo. Es como el tema de la sociedad low cost [bajo coste]: siempre que algo es low cost se está pagando con el sufrimiento de alguien.

P. ¿No es ingenuo pensar que la conciencia de la desgracia ajena despierta conciencias? La gente sigue pidiendo a Glovo, a pesar de que todo el mundo conoce la terrible precariedad de sus trabajadores.

R. Es muy curioso porque el CEO del Glovo es un chico con una pinta adorable. Antes los empresarios se presentaban con una chistera y un puro, parecían seres malvados. Ahora son chavales muy jóvenes, con pinta muy amable, a los que ves incapaces de hacer algo malo. Se produce una enorme disonancia cognitiva entre su imagen y el sufrimiento que crean.

P. En dos décadas en España la cantidad de gente que se considera de clase obrera ha pasado del 50 al 16 por ciento. ¿Por qué cree que ha pasado eso?

R. La clase obrera ha dejado de ser algo deseable. Nunca lo fue, pero antes había un orgullo de pertenecer a ella: aunque fuera la clase más desfavorecida, estaba preñada del futuro. Iba a hacer la revolución, se organizaba, tenía sus formas de resistencia, sus redes sociales, sus sindicatos, sus economatos, sus barrios. Al desaparecer ese orgullo, ya no tiene ese poder transformador, ya no es algo de lo que puedas estar orgulloso. Ahora, gracias a la cultura del esfuerzo y el emprendimiento, la gente en vez de pensar “soy clase obrera y estoy orgulloso”, piensa: “Soy pobre, pero algún día podré avanzar”. Estamos en un régimen de trabajo posfordista donde ya no hay grandes factorías y el trabajo se ha atomizado en pequeñas empresas, en autónomos. Cada uno va a lo suyo y los sindicatos están muy preocupados porque se han perdido esos lazos.

P. ¿Quizá sea un pensamiento anticuado por parte de los sindicatos? Hay minorías muy oprimidas que han conseguido unirse gracias a lo remoto y a las redes sociales.

R. No creo que sea imposible lograr una nueva organización a través de las redes sociales, de Internet o de las videollamadas. El fin de la conciencia de clase no solo tiene que ver con el fin de los grandes centros de trabajo, sino también con la ideología imperante.

P. ¿Y es necesario tener conciencia de clase para acabar con la pobreza?

R. Las nuevas luchas para acabar con las injusticias no tienen que pasar necesariamente por tener conciencia de clase obrera pero sí por la conciencia de los problemas."             (Raquel Peláez, El País, 01/05/23)

28/10/22

Lean a Mike Davis

 "Mike Davis, geógrafo e historiador estadounidense, falleció este martes 25 de octubre. No hubo mejor escritor socialista en las últimas cuatro décadas. 

 En 2017 o 2018, finalmente recogí la copia de El monstruo llama a nuestra puerta de Mike Davis de los estantes en los que había estado durante unos años y la leí. Davis había acertado en tantas cosas —el auge del Estado carcelario y la vigilancia omnipresente, los desastres ecológicos que se apoderarían de la California suburbana, el auge de los «paraísos del mal» despiadadamente protegidos y patrullados con vistas a los barrios marginales, por nombrar un puñado al azar— que me sentí honestamente aliviado de que se equivocara en cuanto a que una desastrosa pandemia de gripe aviar se apoderaría de las ciudades del mundo en las décadas de 2000 y 2010. 

El libro era excelente, como siempre, en su relato del modo en que la agricultura industrial y los patógenos naturales se combinaban para crear nuevos virus que podían ser fácilmente transmitidos por los humanos, pero… no ocurrió, ¿verdad? Por fin, pensé, Mike Davis estaba equivocado en algo, y volví a poner el libro en la estantería. Y aquí estamos, en el otoño de 2022, al final de tres años de una pandemia desastrosa y evitable, resultado de un nuevo virus que surgió en gran medida de la manera descrita en El monstruo llama a nuestra puerta. Y ahora, nos quedamos sin Mike Davis.

Habrá mucha gente que llore a Mike Davis, y en todo esto es importante recordar, mientras las anécdotas se suceden, lo jodidamente bueno que era como escritor. No ha habido casi nadie con sus dotes en las cuatro décadas —1980, 1990, 2000, 2010— en las que publicó prolíficamente. Su talento para pasar repentinamente de lo panorámico a lo minuciosamente particular, para obligarse a mirar lo peor de las «cosas nuevas y malas» sin abandonar la búsqueda de las semillas de un cambio positivo y socialista, la oscuridad de su humor, la amplitud de su lectura, el ímpetu crepitante y sin jerga pero denso y contundente de su prosa: en todo ello no tuvo rival.

Vale la pena detenerse a recordar estos libros, leerlos y volver a leerlos. Cuando lo hagan, descubrirán que tienen una sutileza que desmiente el fácil retrato de Davis como un profeta de la fatalidad unidimensional. Empecemos, por ejemplo, con su primer libro (un libro atípico, ya que es uno de los pocos que no es en cierto sentido una obra de geografía), Prisioners of the American Dream, publicado en 1986. 

Allí Davis interviene en el interminable debate sobre por qué Estados Unidos, a pesar de la fuerza que tuvo en su día el movimiento obrero, nunca ha producido un partido socialista de masas de ningún tipo. Su respuesta es esencialmente una palabra —racismo—, pero argumenta a través de los diversos momentos en los que parecía que podría haber sido diferente, especialmente las enormes olas de huelgas de los años 30 que culminaron en la creación de la federación sindical CIO como alternativa de lucha a la profundamente racista y conservadora AFL; pero la CIO fue derrotada en su intento de organizar el Sur, y ambas se fusionaron en los McCarthyianos años 50.

Es popular en algunos círculos el argumento de que los fracasos históricos de la izquierda estadounidense para desafiar el racismo y el imperialismo condenan al movimiento obrero estadounidense de forma permanente en una versión maoísta del pecado original; pero ese no era el argumento de Davis. Hace unos años, argumentó, respondiendo a una frase demasiado citada de Raymond Williams, que «la esperanza no es una categoría científica. Tampoco es una obligación necesaria en la escritura polémica». 

Pero si «esperanza» no es la palabra adecuada, su obra, incluso en sus momentos más oscuros, siempre ha buscado posibilidades y formas de intervenir en el presente, y en Prisioners la encontró, hasta cierto punto, en la «coalición arco iris» de activistas sindicales, de derechos civiles y de la izquierda en torno a la campaña presidencial de Jesse Jackson, antes de que fuera hundida tanto por la maquinaria del Partido Demócrata como por los propios fallos manifiestos de su figura.

Esta insistencia en analizar lo que está sucediendo, sin importar lo sombrío que sea, significa que algunos de los libros son excepcionalmente oscuros. Un gran número de teóricos del urbanismo han encontrado que la expansión de los asentamientos autoconstruidos en los márgenes de las ciudades del Sur Global es «super interesante», ejemplos fascinantes de una arquitectura sin arquitectos, un ejemplo inspirador de autoayuda a la antigua. Planeta de ciudades miseria no lo hace. En su lugar, pinta un cuadro espantoso de la pobreza victoriana, con la «esperanza» canalizada principalmente en iglesias evangélicas ferozmente reaccionarias. 

La escalofriante antología Evil Paradises (editada con Daniel Bertrand-Monk), por su parte, trata de los enclaves construidos por los ricos desde los Emiratos Árabes Unidos hasta Shangai, pasando por Johannesburgo y Budapest; y esos «paraísos» no han hecho más que proliferar desde que se publicó ese libro (pensemos en la ciudad lineal de «pisos de lujo» que se extiende a lo largo del Támesis desde la central eléctrica de Battersea hasta el Arsenal de Woolwich). 

La otra obra de Davis, Los holocaustos de la era victoriana tardía, describe con gran detalle cómo los fenómenos meteorológicos y la destrucción por parte de las potencias imperiales occidentales de los sistemas de ayuda a la hambruna crearon varias oleadas de muertes masivas evitables en el mundo colonizado, especialmente en la India, entre las décadas de 1870 y 1890; una catástrofe sistemáticamente ocultada a la escala de los desastres más conocidos del siglo XX. Estos libros no están impulsados por la desesperación, sino por la rabia.

Ciudad de Cuarzo es el clásico por excelencia, el que «si tienes que leer solo uno», debes leer. Hablando por mí, es el libro que, por encima de todos los demás, hizo que me interesara por el choque entre la geografía y la política, y lo releo cada pocos años. Su descripción de Los Ángeles como la monstruosa ciudad del futuro, una fábrica de sueños protegida por un cuerpo de policía casi fascista, se desarrolla junto a la historia de una LA en la sombra, una ciudad industrial y multicultural de experimentos socialistas, revueltas por los derechos civiles y erupciones justas. 

Uno de ellos, los disturbios de Los Ángeles de 1992, se produciría tan pronto después de la publicación del libro que inició la percepción, no del todo inexacta, de Davis como una especie de vidente, aunque él habría señalado con razón que trazar el desarrollo de una ciudad capitalista y mantener el oído en el suelo no es ninguna profecía. 

El reverso de la apocalíptica LA de Ciudad de Cuarzo y Ecology of Fear es la nueva ciudad americana que emerge en Urbanismo mágico, un libro sobre la hispanización de las áreas urbanas de Norteamérica, y cómo eso ha creado un nivel de politización y (para robar una frase de Paul Gilroy) una «cultura convivencial» en contraste con los nuevos mundos privatizados, paranoicos y brutalmente vigilados descritos en los libros anteriores. 

Davis tenía reservas justificadas sobre el socialismo electoral, pero sin duda se alegró por el hecho de que el reciente resurgimiento del socialismo democrático en Estados Unidos fuera especialmente fuerte en el sur de California y Nevada.

Pero hay dos textos tardíos en los que me he encontrado pensando más en los últimos años, en medio de otro ciclo de vertiginosa esperanza y miserable derrota, en una situación en la que simplemente no podemos permitirnos como especie que la izquierda desaparezca de nuevo, como lo hizo de Europa y Norteamérica en las décadas de 1990 y 2000. Uno de ellos es el ensayo, incluido en Old Gods, New Enigmas, «Who Will Build the Ark?». Dentro de este ensayo sobre la necesidad del ecosocialismo hay un pasaje sobre las formas que podría adoptar el arca, una clara afirmación de un modernismo socialista que a menudo se echa de menos en los escritos de Davis.

(…) las conversaciones de finales del siglo XIX y principios del XX sobre la «ciudad socialista» proporcionan puntos de partida inestimables para pensar en la crisis actual. Consideremos, por ejemplo, a los constructivistas. El Lissitzky, Melnikov, Leonidov, Golosov, los hermanos Vesnin y otros brillantes diseñadores socialistas —limitados como estaban por la temprana miseria urbana soviética y la drástica escasez de inversión pública— propusieron aliviar la congestionada vida en los apartamentos con clubes obreros, teatros populares y complejos deportivos espléndidamente diseñados. Dieron prioridad urgente a la emancipación de las mujeres proletarias mediante la organización de cocinas comunales, guarderías, baños públicos y cooperativas de todo tipo. Aunque preveían que los clubes de trabajadores y los centros sociales, vinculados a las grandes fábricas fordistas y a los eventuales rascacielos, serían los «condensadores sociales» de una nueva civilización proletaria, también estaban elaborando una estrategia práctica para mejorar el nivel de vida de los trabajadores urbanos pobres en circunstancias por lo demás austeras.
En el contexto de la emergencia medioambiental global, este proyecto constructivista podría traducirse en la propuesta de que los aspectos igualitarios de la vida en la ciudad proporcionan sistemáticamente los mejores soportes sociológicos y físicos para la conservación de los recursos y la mitigación del carbono. De hecho, hay pocas esperanzas de mitigar las emisiones de efecto invernadero o de adaptar los hábitats humanos al Antropoceno, a menos que el movimiento para controlar el calentamiento global converja con la lucha por elevar el nivel de vida y abolir la pobreza mundial. Y en la vida real, más allá de los escenarios simplistas del IPCC, esto significa participar en la lucha por el control democrático del espacio urbano, los flujos de capital, las cuencas de recursos y los medios de producción a gran escala.
La crisis interna de la política medioambiental actual es precisamente la falta de conceptos audaces que aborden los retos de la pobreza, la energía, la biodiversidad y el cambio climático dentro de una visión integrada del progreso humano.

Demasiado largo para un banner o un tuit, pero si tengo un credo, es éste. El otro está en su último libro, escrito con Jon Wiener, Set the Night on Fire. L.A. In the Sixties. El libro trata de cómo esta ciudad brutalmente segregada, plagada de clases y razas, produjo la proliferación de una nueva cultura de movimientos socialistas y de liberación, y cómo estos fueron finalmente aplastados. Al final del libro, Davis y Wiener destacan ese doblegamiento y los horrores del sur y el este de Los Ángeles en las décadas de 1980 y 1990 que resultaron de la derrota.

Desde esta perspectiva se podría concluir que todo el sueño, la pasión y el sacrificio de aquella época no sirvieron para nada. Pero la mejor manera de concebir los años sesenta en Los Ángeles es como una siembra cuyas semillas crecieron hasta convertirse en tradiciones vivas de resistencia. Los movimientos surgieron y cayeron, pero los compromisos individuales con el cambio social fueron duraderos y heredables. Miles de personas siguieron llevando vidas activistas como organizadores de sindicatos, médicos y abogados progresistas, maestros de escuela, defensores de la comunidad, empleados de la ciudad y, quizás lo más importante, como padres.

Pocos escritores han sembrado tanto como Mike Davis."                 ( , JACOBINLAT, 27/10/22)

11/1/22

«This is America»: la nación con 50 millones de pobres que no tienen dónde migrar

 "Un hombre con paso cansado y espalda encorvada atraviesa el parking de la iglesia cargando con un pack plastificado de agua embotellada. Lo mete en el maletero. Vuelve para recoger las bolsas de verduras frescas cultivadas en huertos por los voluntarios de este templo ortodoxo. Retorna. Abre la caja que le entregan sellada: un rollo de papel higiénico, una pastilla de jabón, unos guantes, un kit de costura, tiritas, termómetros desechables… Y una pelota antiestrés. Es publicidad de Blue Cross, una alianza de aseguradoras médicas con más de 100 millones de clientes, que sabe bien que en Flint, una de las tres ciudades más pobres de Estados Unidos, el papel higiénico es un lujo, el jabón es un lujo… y el agua potable es un lujo. 

Por eso, el hombre, blanco, desempleado, avejentado aunque apenas roce la cuarentena, padre de cinco hijos, recoge con la mano vacía una probeta que deberá devolver rellena con el líquido que sale del grifo de su casa el próximo martes. No se fía de lo que digan en el laboratorio en el que lo analizarán y no le importa que las elecciones presidenciales las haya ganado Biden. En esta ciudad casi nadie confía ya en ninguna autoridad desde que, en 2015, Obama llegase en el Air Force One para beber un vaso de agua del grifo ante los representantes de la comunidad, mientras a niñas y niños se les caía el pelo y ancianos morían de legionelosis a causa del agua contaminada del grifo que habían ingerido y que seguían ingiriendo.

Hay una pobreza que se mueve, mucho, como los peces que suben el río a contracorriente buscando un lugar donde ovar. Es la pobreza que no cae en la miseria gracias a la economía de subsistencia, al mercadeo diario, la pobreza que migra y que empieza de nuevo las veces que haga falta en busca de un horizonte de mejora. Hay otra pobreza, inmóvil, de cuencas vacías, que reserva las escasas energías encerrándose puertas adentro, buscando también en el aislamiento seguridad. No se mueve porque no tiene dónde ir. Es la que se encuentra en los países más míseros, conocidos por sus hambrunas, guerras y epidemias, y también en los márgenes de los más prósperos, como la que esta pandemia ha permitido observar con mayor nitidez en las calles vacías de la primera potencia mundial. 

En Estados Unidos hay 55 millones de personas pobres, ocho millones más que en 2019 como consecuencia de la pérdida de 22 millones de empleos por la COVID-19. Uno de cada cuatro de sus habitantes latinos vive por debajo del umbral de la pobreza, al igual que de los afroamericanos, unos porcentajes que han crecido un 2% durante 2020. En el caso de la población blanca, se ha pasado de un 11,2% a un 12%, según datos de la ONU. Ya antes de esta crisis sociosanitaria, la Oficina del Censo del Gobierno federal estimaba que dos de cada cinco de sus habitantes no podían cubrir un gasto de 400 dólares sin endeudarse. En junio, en pleno hundimiento de la economía mundial, más de un tercio de sus inquilinos no pudieron pagar su alquiler a tiempo. El mismo organismo advierte de que, en enero de 2021, cuando Joe Biden toma posesión, 12 millones de personas acumulan una deuda de más de 5.000 euros con sus caseros.

La economía estadounidense, la segunda más desigual del mundo –solo por detrás de China, según el índice Gini– es un castillo de naipes sustentado en las espaldas de millones de personas sin hogar o sin empleo, que esta pandemia ha dejado al descubierto con el vaciado de las calles. En Nueva York, la ciudad a las que todas aspiran parecerse, de la que sus habitantes multibillonarios han huido para instalarese en sus segundas residencias, la estampa es tétrica: sin los millones de turistas que la llenaban diariamente, el metro se ha convertido en uno de los refugios de las personas sin hogar.

Allí pasan horas dormitando mientras se protegen del frío. Arriba, los soportales de los teatros de Broadway, cerrados desde hace meses, se han convertido en su residencia habitual. Ahora que el frío aprieta, empiezan a morir por hipotermia. Según el Ayuntamiento de la Ciudad de Nueva York, cada año fallecen unas 15 personas por esta razón, aunque en su página web admite que se estima que son muchos más. 

Pero lo peor está oculto en los gigantescos edificios de viviendas públicas de la Gran Manzana, convertidos en algunos barrios en favelas de degradación física y mental. La campaña demócrata en algunas zonas de barrios como Harlem, Bronx o Queens ha consistido, fundamentalmente, en gestionar ayudas para la alimentación, para pagar facturas de la luz y para suspender desahucios, además de prometer nuevas políticas de apoyo.

La tarde de Halloween, una líder comunitaria de Harlem inauguraba un buzón en la calle con libros para niños y niñas que, en su mayoría, no tienen ninguno en sus casas. “Los niños y niñas pueden imaginar qué pueden llegar a ser por lo que ven a su alrededor o por lo que leen. Donde nosotras trabajamos, a su alrededor solo ven pobreza, desempleo,violencia, drogas… Una niña de estos barrios no puede imaginar que puede ser otra cosa que ama de casa y madre porque no conoce otra cosa”, explica Jo Umans, directora de Behind the book, la entidad que ha regalado los libros.

Más pobreza con políticas antipobreza

La autovía que une Detroit con Flint es un viaje a lo Blade Runner por los grandes males que asolan Estados Unidos: letreros publicitarios a ambos lados de las vías ofrecen ayuda para la adicción a los opiáceos, alertan sobre la invisibilidad y omnipresencia de la pobreza, recuerdan la importancia de la escolarización…. Tras dejar atrás esqueletos de edificios que, hasta su deslocalización, formaron parte de la industria automovilística más potente del planeta, nos adentramos en calles vacías, barridas por un viento helado, y cuya apariencia desoladora es subrayada por las nubes grises que amenazan con lluvias. Como en tantas ciudades estadounidenses, aquí cada día de la semana, una iglesia de cada barrio se convierte en centro de ayuda. Hoy es martes y le toca a la iglesia ortodoxa de Astbury, uno de los barrios más pobres de una de las ciudades más pobres de Estados Unidos: Flint. 

Esta población del estado de Michigan se hizo conocida mundialmente después de que el director Michael Moore la utilizase como ejemplo en su documental Farenheit 11/9 (2008) para explicar la desafección política del pueblo estadounidense, especialmente con el partido demócrata. En 2011, el gobernador republicano Rick Snyder declaró sorpresivamente la ciudad en crisis financiera, suspendiendo así la capacidad de decisión de las autoridades locales, e imponiendo a sus representantes. Unos meses más tarde, Snyder anunció la aprobación de un proyecto multimillonario para la construcción de una nueva canalización del agua de la laguna que surte a Flint, una obra tan innecesaria como lucrativa por sus sobrecostes. En el proceso, las tuberías se contaminaron con plomo y su población, negra en un 54,3%, comenzó a enfermar. 

Cuando trabajadores sanitarios dieron la voz de alarma por los niños, niñas y adultos que llegaban a su consulta con problemas de caída de pelo, erupciones en la piel, ataques de ira y cambios injustificados en su comportamiento, las autoridades desoyeron su alerta. Snyder solo interrumpió el suministro de las aguas envenenadas cuando General Motors, uno de los grandes financiadores de su campaña electoral, se lo exigió por los daños que estaba ocasionando a las piezas de su cadena de montaje. 

El documental, dedicado a explicar las artimañas del Partido Demócrata para impedir la victoria de la candidatura de Bernie Sanders sobre la de Hillary Clinton y, posteriormente, la llegada a la presidencia de Donald Trump, recoge uno de los momentos que más vivos permanecen en la memoria de las personas entrevistadas para este reportaje en Flint. Tal era la crisis sociosanitaria que se vivía en 2015, que el entonces presidente Obama viajó a la ciudad.

Representantes de los colectivos más afectados esperaban con ansia y esperanza que declarase el estado de emergencia para que equipos de ingenieros del Gobierno Federal pudiesen intervenir y restablecer el agua potable para la ciudad. Por el contrario, el líder afroamericano pidió histriónicamente un vaso de agua del grifo en los dos actos públicos que protagonizó aquel día y los bebió con el fin de dar por cerrada la crisis política ante sus votantes. 

Exactamente lo mismo que había hecho meses antes el alcalde de la ciudad, mientras sus habitantes conseguían que un profesor universitario tomase pruebas con su alumnado y revelase la dimensión de la tragedia: el agua tenía hasta siete veces más cantidad de plomo del permitido legalmente. Moore recoge en su documental los rostros de incredulidad entre el público de Obama, que rápidamente dieron paso a la rabia por una nueva decepción: podía ser el primer presidente negro, pero estaba claro que tampoco iba a defender los derechos de los que se consideraban víctimas de un genocidio: si políticos, empresas y buena parte de la opinión pública habían tolerado que se envenenase, a sabiendas, a los habitantes de Flint durante más de un año era porque en su mayoría eran negros. Y la minoría, latinos y blancos pobres: el 40%, muy pobres, según las estadísticas municipales. 

“Sí, fue un genocidio. Hasta aquel día yo confiaba en Obama. Ya no. Fue muy duro ver cómo enfermaban nuestros niños y ancianos sin que nadie hiciese nada”, sentencia Miss Kay, uno de los voluntarios de la iglesia de Astbury que desde 2016 reparten lo básico a sus vecinos. Le acompaña en su tarea John, un hombre de 50 años, que tiene problemas respiratorios desde 2016 y que sostiene que, la semana anterior, una bala entró por la ventana de su casa procedente de un tiroteo cruzado entre coches en la calle. No hirió a nadie pero su nieto estaba en el jardín.

“Es una locura: no tenemos trabajo, ni seguridad, ni podemos beber agua del grifo”, resume aún con incredulidad. Según el FBI, Flint fue la ciudad más peligrosa de Estados Unidos entre 2010 y 2012, cuando alcanzó los 22 crímenes violentos por cada 1.000 habitantes, y sigue estando entre los 10 primeros puestos.Hasta los años 70, cuando GM cerró buena parte de sus plantas de producción automovilística, Flint era un ciudad receptora de migración, de ahí el 3,6% de población de origen latino que recoge su padrón. Con las deslocalizaciones comenzó un nuevo éxodo por el que todo el que puede abandona la ciudad.

Ese es el caso de la mayoría de los familiares de Jasmine Cofield, una física de 26 años que volvió a su ciudad hace un año para investigar los efectos en la salud infantil del agua contaminada. Pero el caso de sus seres queridos no es habitual. Si estos han podido marcharse a ciudades como Atlanta, Washington DC, Las Vegas… es porque tienen estudios universitarios y, consecuentemente, mejores posibilidades laborales. 

Pero la mayoría de los habitantes de Flint no tienen capacidad de ahorro, ni estudios superiores, ni, sobre todo, la idea en su imaginario de la posibilidad de migrar. Porque, ¿adónde vas cuando vives en el país al que supuestamente todo el mundo aspira a parecerse? La excepcionalidad estadounidense es una teoría fundamental para entender esta nación de un nacionalismo fundamentalista.

Que Thomas Jefferson la definiese como “mejor esperanza del mundo”, que Harris S. Truman sostuviera que su deber era “ayudar a los pueblos libres a encontrar su propio destino a su manera”, que Ronald Reagan repitiera que era “más libre que cualquier otro pueblo”, o que Joe Biden termine discursos recitando salmos bíblicos y relacionándolos con el destino de su nación son solo algunos ejemplos de una cosmovisión que desemboca en un fenómeno paradójico: ninguna de las personas pobres entrevistadas para este reportaje se había planteado migrar a otro país a lo largo de su vida. Y la pregunta misma les provoca desconcierto.

Los migrantes son los otros, los que quieren venir a su país. “¿A dónde voy a ir: a México, a África, a España?”, pregunta retóricamente Shane, un vecino de Flint de 40 años que mata las horas sentado en la escalera de su precaria vivienda: apenas unos 20 metros cuadrados de estancia de tablas de madera en los que cocina, ve la tele y duerme. No tiene trabajo ni espera tenerlo. Dice no saber nada de su mujer y del hijo que tuvieron juntos desde hace ocho años. El crío tendrá ahora unos 12. 

Consecuencias del desprestigio político

A unas cuadras de su casa, se encuentra Vinicius, un hombre negro de 66 años que habla buena parte del tiempo con los ojos semicerrados. Sostiene en una mano el móvil con la llamada en altavoz desde hace 40 minutos. Espera que le contesten sobre por qué han bloqueado su tarjeta de crédito –“sin ella no puedo comprar comida porque ahí están mis bonos de alimentos”, explica–. En la otra sostiene el vigilabebés a través del cual escucha los gorjeos de la hija de su vecino, que cuida mientras este trabaja en la iglesia. Sostiene que la madre se marchó hace poco. “Este barrio es horrible. Yo no voy a ningún sitio ni hablo con nadie”, explica Vinicius, mientras en el televisor Biden explica el plan para frenar la pandemia que pondrá en marcha en sus primeros días en la Casa Blanca. 

Hace cinco años, Vinicius abrió el grifo y vio cómo salía un líquido espeso marrón. Desde que se confirmó que era tóxica, no la bebe, pero tiene que seguir cocinando y bañándose con ella. “No creo que Trump sea tan malo como dicen”, opina. “Quizás hable demasiado, pero porque es un hombre de negocios, no un político”, añade.

El desprestigio de la clase política hace que muchos de los entrevistados ensalcen el perfil empresarial de Trump. A la pregunta de si no lo considera racista, responde: “Posiblemente, pero ahora todo el mundo habla de negros, blancos, marrones. Echo de menos los años 60 y 70, cuando estábamos todos más unidos”. Vinicius dice que no ha votado. Alrededor, sencillas casas de tablas de madera se alternan con algunas quemadas, otras abandonadas, la mayoría decrépitas. Las calles, desérticas. La basura se acumula alrededor de los bidones. Solo las iglesias parecen cuidadas. Y hay muchas, por todas partes: más de 200 en toda Flint, que durante el auge de la industria automovilística llegó a albergar un cuarto de millón de personas y que, ahora, escasamente supera las 100.000.

En una de esas viviendas de dos plantas, con algunos juguetes abandonados en los metros de césped que la rodean, vive Cornet Johnson, de 33 años, con sus cuatro hijos, su marido y tres perros. Su hermana mayor, Dana, y su sobrino acaban de traerle en coche un par de vasos de litro de refresco de un restaurante de comida rápida. Viven en la casa vecina. Dana es obesa y no puede moverse apenas. Tiene los brazos carcomidos por una psoriasis que le brotó, según explica, a raíz de la crisis del agua. Ninguno tiene un empleo, todos tienen reconocida alguna discapacidad. Reciben por ello un cheque social que en el caso de Flint no supera los 400 dólares mensuales, y que varía sustancialmente entre Estados: entre los 150 por familia en Mississippi a los 653 en Alaska.  

“Mi hijo menor nació con defectos de nacimiento: es autista. El que ahora tiene dos años tiene retraso de desarrollo; el de cinco, tuvo manchas por todo el cuerpo durante mucho tiempo…”, explica ante la puerta de su casa, que cierra a su espalda. Las contraventanas permanecen cerradas. A estas horas deberían estar en el colegio, pero la madre dice que están durmiendo la siesta con el padre. Son los blancos pobres, conocidos como White Trash, a los que la historiadora Nancy Isenberg dedica su obra más popular, conocida con el mismo nombre y publicada en España por Capitán Swing.

Un colectivo que tuvo un gran peso en la victoria de Trump de 2016, sacándole unos 40 puntos de diferencia a los demócratas, y que ha perdido un importante apoyo en esta segunda vuelta. Cornet también dice que no ha votado. Tampoco hay rabia en su discurso, ni señala a responsables de su situación: es una pobreza heredada por generaciones y que en el país paradigma de las oportunidades neoliberales produce un autoodio: si no lo he conseguido, será porque no lo valgo. 

Esta percepción se rompió, como recuerda Isenberg, con la Gran Depresión de 1929, cuando más de una cuarta parte de la población se quedó sin empleo, por lo que “el viejo subterfugio de culpar al individuo perdió toda capacidad de persuasión”. La pregunta es si la Nueva Gran Depresión que se ha anunciado a nivel global como consecuencia de la pandemia provocará el mismo efecto. 

Melissa Meys vive cerca del centro de Flint, en una calle flanqueada en sus extremos por un hospital y una gasolinera. Ni aquí, ni en las manzanas de alrededor hay un supermercado. Solo licorerías y uno de esos comercios en los que aceptan bonos para comida y que solo venden refrescos, patatas fritas, galletas y, en el mejor de los casos, porciones de pizza a dólar. Para hacer la compra, la mayoría de los habitantes de las ciudades de Michigan tienen que conducir hasta las afueras, agarrar un enorme carro y llenarlo con paquetes familiares a precios bajos en comparación con el de las frutas y las verduras. Una parte sustancial de las personas pobres no tienen coche, no se pueden permitir trasladarse para hacer la compra o no tienen ese hábito, por lo que gastan sus bonos en las tiendas y restaurantes de comida basura. 

De Clinton a Trump

EEUU invertía hasta antes de la pandemia 278.000 millones de dólares al año en programas gubernamentales contra la pobreza, un presupuesto que supera al PIB de numerosos países. Sin embargo, el modelo ha cambiado poco en las últimas décadas. De hecho, el plan vigente, aprobado por Bill Clinton en los 90, fue diseñado por su predecesor republicano. Es básicamente asistencial: sus dos grandes pilares son bonos para comprar comida y evitar así que haya hambrunas ; y cheques sociales que no permiten salir de la pobreza, pero favorecen su perpetuidad, puesto que aquellas personas que consiguen un trabajo no pueden superar los 1.200 dólares de ingresos para conservarlas, absolutamente insuficiente para sufragar los gastos mínimos en Estados Unidos. 

Aun así, antes de la pandemia, Trump anunció la reducción de las ayudas sociales a un tercio de sus actuales beneficiarios, lo que, de haberse llevado a la práctica, habría excluido también a unos 500.000 niños y niñas de las becas alimenticias que reciben en las escuelas públicas. Para muchos de ellos, es la única comida que hacen al día. La nueva Administración ha prometido aumentarlas en la próxima legislatura. Pero en medio de la transición del Gobierno, desde finales de diciembre, han quedado suspendidas las ayudas de 600 dólares al mes para las personas que se habían quedado desempleadas y otras menores para aquellas que hubiesen agotado todas las ayudas. 

Melissa Meys, trabajadora social de 42 años, se ha convertido en la pesadilla de los responsables del envenenamiento del agua pública de Flint. Desde que empezara a organizar la respuesta ciudadana en 2014, no ha permitido que las consecuencias de aquella operación que está siendo investigada por corrupción caiga en el olvido. Tras una larga batalla judicial y mediática, ha conseguido alcanzar un acuerdo con el Estado de Michigan: tendrá que pagar 600 millones de dólares a las más de 10.000 personas que se vieron afectadas por el envenenamiento del agua. “Lo que han hecho con nosotros por ser pobres no es una excepción. Hay muchas otras ciudades con el mismo problema con el agua, porque el problema es que Estados Unidos no invierte en sus infraestructuras para el servicio público”.

La Agencia de Protección Medioambiental de este país estima que un 20% de los manantiales de los que procede el agua para el consumo contiene índices de sustancias perjudiciales para la salud por encima de los límites permitidos. “Y encima, la factura del agua de Flint es la más cara del país: pagamos de media unos 200 dólares al mes. Y si no pagas, te pasan el cargo a los impuestos de la vivienda. Si no los abonas, te desahucian”, recuerda Melissa.

Ahora ha emprendido otra batalla: asegurarse de que los 600 millones de dólares del Estado de Michigan se destinen íntegramente a pagar bonos de alimentos y gastos de hipotecas y de alquiler. Su temor es que la clase política vuelva a robarles. Y aunque le alivia pensar que Trump no seguirá siendo el presidente, no alberga ninguna esperanza por la Administración Biden. Especialmente después de que el exgobernador Snyder declarase en la campaña la retirada de su apoyo al candidato republicano para dárselo a los demócratas.

La operación resultaba tan inverosímil que algunos llegaron a pensar que era una argucia para desmovilizar a los votantes demócratas. Llovía sobre mojado cuando descubrieron que no estaba entre los planes del ahora presidente electo rechazar y desmarcarse de quienes les había envenenado. 

“Esto es América”, dicen algunos para resumir las causas de la apatía con la que viven esta transición. La misma frase hecha que repiten, una y otra vez, los supremacistas en las manifestaciones para rechazarla. Precisamente, algunos de los que más se han beneficiado de las ayudas federales para la COVID-19: una investigación de la Small Business Administration ha revelado que 14 organizaciones catalogadas como grupos de odio han recibido más de cuatro millones de dólares del Programa de Protección destinado a apoyar a los más vulnerables frente a la pandemia.

Todas ellas actúan como reconocidas lobbies para imponer políticas antiinmigración, contra los derechos del colectivo LGTBIQ+, contra los derechos sexuales y reproductivos y por promover la agenda supremacista blanca, basándose en un nacionalismo tan atroz que ni los más miserables contemplan la posibilidad de migrar."                 (Patricia Simón, La Marea, 17/01/21)

25/1/21

Niño-Becerra: los Estados verán mermado su poder frente a las grandes corporaciones empresariales y no les quedará más remedio que crear una renta básica, legalizar la marihuana y proporcionar ocio gratis para calmar los ánimos de una población cada vez más empobrecida

"Santiago Niño-Becerra (Barcelona, 1951) vuelve a mostrar en esta entrevista su ganada fama de gurú económico. Este mediático catedrático de Estructura Económica en el IQS de la Universitat Ramon Llull de Barcelona acaba de publicar su nuevo libro Capitalismo (1679-2065) en la editorial Ariel, una obra en la que anticipa el final del actual sistema capitalista y la instauración de otro "más deshumanizado".

Reconoce que vivimos "tiempos extraños" y cree que la llegada del virus está acelerando el declive del capitalismo tal como lo conocemos. De hecho, Niño-Becerra vaticina que el coronavirus va a provocar importantes cambios en el comportamiento de las personas y pinta un futuro bastante deprimente y no muy lejano en el que habrá escasez de trabajo, salarios bajos, más pobreza, más desigualdad y en el que el modelo de protección social será un mero recuerdo de tiempos mejores.

Frente a esta realidad, Niño-Becerra apunta algo que ya viene augurando desde hace tiempo: los Estados verán mermado su poder frente a las grandes corporaciones empresariales y no les quedará más remedio que crear una renta básica, legalizar la marihuana y proporcionar ocio gratis para calmar los ánimos de una población cada vez más empobrecida.
Se ha metido usted tanto en el papel de gurú que se atreve a poner fecha de defunción al actual sistema capitalista: dice que será en 2065.

Un análisis histórico en profundidad nos indica que en los últimos 2.000 años los sistemas económico-sociales han tenido una duración aproximada de entre 250 y 260 años. Siempre ha sido así. El sistema capitalista oficialmente empieza con el Congreso de Viena de 1815 que puso fin a las guerras napoléonicas y con la botadura del primer buque con casco metálico que tuvo lugar en 1820. 

Entonces, si a esa fecha en torno a 1815 le añadimos 250 años sale algún momento comprendido entre el año 2060 y 2070. Y si es al año 2080 me da igual, yo lo que quiero constatar con esto es que el capitalismo no va a ser un sistema eterno de la misma forma que no lo fueron el Imperio Romano, el sistema feudal o el sistema mercantlista. Los sistemas pasan y el sistema capitalista desaparecerá y será sustituido por otro. (...)

Usted augura que el nuevo sistema será una nueva forma de "capitalismo deshumanizado", dominado por grandes corporaciones y donde, por ejemplo, "el modelo de protección social pasará a la historia". ¿No estamos ya un poco en eso?

Estamos un poco en eso, sí, pero en unos años eso lo va a ser todo. Un sistema no acaba de golpe de la noche a la mañana, pero es evidente que el declive del sistema capitalista ya ha empezado. En el siglo XIX la máxima del capitalismo era que el ganador se lo llevaba todo y esto ya no es así: ahora ya se tiende hacia la concentración de capital, hacia la existencia de grandes grupos empresariales e incluso vemos que ya hay cooperación entre competidores sobre todo en temas de investigación porque, evidentemente, investigar es muy caro. En el siglo XIX, en lugar de grandes corporaciones, hubiéramos visto a cuatro o cinco burgueses matándose con el cuchillo en la boca para imponerse al otro.

¿Cómo se está produciendo ese declive del capitalismo?

Del mismo modo que el capitalismo del año 2020 no se parece en nada al capitalismo del año 1960, ahora nos encontramos con que la filosofía capitalista está cambiando en relación a la propiedad privada, por ejemplo. En el futuro la propiedad privada tal como la conocemos desaparecerá totalmente y pagaremos por acceder al uso de cosas. Hasta hace muy poco, el objetivo de la población era tener un coche, tener una vivienda, un apartamento en la playa, es decir la propiedad privada de cosas. Hoy en día hay cada vez más gente que no es propietaria de nada o de muy pocas cosas y accede al uso pagando, es decir alquila aquello que necesita cuando lo necesita.

En este nuevo sistema que sucederá al capitalismo actual, usted anticipa que va a haber menos trabajo para la gente y vaticina que harán falta una renta básica, un ocio barato e incluso aboga por la legalización de la marihuana para calmar a una población cada vez más empobrecida.

Cada vez van a ser menos necesarias horas de factor trabajo. ¿Qué hacemos entonces con ese excedente de mano de obra? En el siglo XIX fue muy fácil: cuando sobró gente en Europa, 50 millones de europeos emigraron a Estados Unidos y América Latina. ¿Pero dónde van a emigrar hoy en día? ¿A Marte? Como una guerra es absolutamente imposible e impensable, pues la vía más clara es lo que yo llamo el Trinomio Social: renta básica, marihuana legal y ocio gratis o prácticamente gratis para todo el mundo.

También afirma que esta crisis provocada por el coronavirus va a acelerar todos esos fenómenos.

Sí, absolutamente. Esta pandemia va a tener una implicaciones sociales en el comportamiento de las personas al margen de los cambios que puedan generarse por la propia crisis en sí. 

Ponga un ejemplo.

Yo conozco mucha gente que ha hecho arreglos en casa durante este periodo de la pandemia: ha cambiado las ventanas, el cuarto de baño, etcétera. Claro, la pregunta es ¿por qué has hecho esto? Pues para estar más cómodo en casa.

Se refiere usted al famoso síndrome de la cabaña.

Quizá sea un poco fuerte hablar de síndrome de la cabaña, no voy tan allá. Lo que digo es que la gente se ha dado cuenta de que en casa puede estar muy cómoda y por lo tanto saldrá menos. Si esto es así, esto va a tener unas implicaciones económicas clarísimas pero también sociales.

Dibuja usted un futuro un poco deprimente, sobre todo para las siguientes generaciones: pienso en mis hijos que ahora tienen 13 años y no sé si eso lo que quiero para ellos.


Le entiendo perfectamente. Hasta la anterior crisis financiera, la que empezó en 2007, los jóvenes vivían mucho mejor de lo que vivieron sus padres. Esta dinámica se ha roto ya. Un joven para triunfar hoy tiene que ser muy inteligente y tener unos contactos enormes; si no, lo tiene muy complicado. Si a eso unimos la falta de trabajo, pues tenemos un grave problema. Por eso cuando leo esos estudios que dicen que para solucionar el tema de las pensiones o bien hay que aumentar la tasa de natalidad o bien traer más inmigrantes para trabajar me pregunto ¿en qué? (...)"

(Entrevista a Santiago Niño-Becerra, Jorge O. Maldonado, Público, 17/10/2020)

27/5/20

“La pobreza extrema, y la degradación que puede acompañarla, es un crimen social”

"Hay pocos teóricos de los movimientos sociales que sean capaces de influir en los eventos que analizan. Frances Fox Piven, profesora de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad de la Ciudad de Nueva York y una de las pocas que lo ha conseguido, lleva estudiando y agitando los movimientos sociales estadounidenses desde la década de 1960.

En 1966, Piven y Richard Cloward publicaron “El peso de los pobres” en la revista The Nation. Ese ensayo desarrollaba lo que desde entonces se ha conocido como la “estrategia Cloward-Piven”: una inscripción en masa de pobres en los programas de asistencia social. Si todos los que tuvieran derecho a prestaciones públicas las solicitaran, rezaba su argumento, el sistema cedería y se pondría de manifiesto la magnitud de la pobreza en Estados Unidos y la insuficiencia de su red de protección social. 

La subsiguiente crisis política brindaría una oportunidad para introducir políticas amplias y duraderas con el objetivo de combatir la pobreza. 

Cloward y Piven publicaron el artículo en medio de un intenso período de acciones populares por parte de los receptores de ayudas. Ese mismo año, los grupos antipobreza de todo el país formaron una amplia coalición que se convirtió en la Organización Nacional por el Derecho al Bienestar (NWRO, por sus siglas en inglés), de la que Piven era miembro fundadora. 

El número de miembros que constituía la base de la NWRO aumentó drásticamente a finales de los 60 y llegó a alcanzar los 20.000 afiliados activos y los 540 grupos comunitarios a finales de la década, lo que les permitió ganar capacidad de influencia en la política nacional de la asistencia pública.

A medida que la NWRO iba creciendo, en 1971, Cloward y Piven publicaron el libro Regular a los pobres, un relato histórico y sociológico de los movimientos sociales en Estados Unidos a lo largo del siglo XX. El libro intentaba explicar el raquitismo de las prestaciones sociales en Estados Unidos y alegaba que el bienestar social en EE.UU. era cíclico: se distendía para lidiar con los desórdenes sociales en situaciones de desempleo generalizado y se contraía, aunque reteniendo las prestaciones necesarias para fomentar el empleo. 

Seis años más tarde, y después de que la NWRO se disolviera, el libro Los movimientos de los pobres de Piven y Cloward exploró los movimientos de los pobres desde la Gran Depresión hasta los años de posguerra “para comprender las características de la política económica estadounidense que explican por qué esos brotes se producían cuando lo hacían, por qué los brotes adoptaban la forma que adoptaban y por qué las élites respondían de la manera en que lo hacían”. 

Su argumento, que fue polémico no solo entre las organizaciones que analizaba, sostenía que, a lo largo de la historia de Estados Unidos, la disrupción, y no la organización en masa, había sido el principal mecanismo por el que los movimientos sociales habían conseguido avances.Este pasado invierno hablamos por teléfono con Piven.

Jack Gross: Regular a los pobres articula un marco teórico para explicar la función del bienestar en Estados Unidos, ¿cómo desarrolló ese enfoque hacia el bienestar estadounidense, y cómo aplicó ese marco al caso práctico de los Movimientos de los pobres?

El argumento central de ambos libros era la amenaza de los desórdenes: el poder de la desobediencia colectiva. Sosteníamos que cuando la gente se sublevaba y desobedecía las normas que normalmente rigen su comportamiento (como pagar el alquiler o someterse a las condiciones de la asistencia social) podían producir un impacto en la política social. Cuando argumentamos esto por primera vez en la década de 1960, parecía una verdad evidente: miraras donde miraras, la gente estaba organizando marchas, manifestándose e interrumpiendo el sistema en el que estaban involucrados. 

Era una especie de huelga a gran escala y con esto me refiero a una huelga en el sentido más amplio. Incluso la gente que no tenía trabajo fijo, que no podía hacer lo que normalmente se considera una huelga laboral, podía organizar una sentada frente a la oficina de servicios sociales y coordinar una solicitud en masa de prestaciones sociales. También disponían de la capacidad para obstruir el sistema.

Maya Adereth: Uno de los elementos distintivos que todavía caracteriza a su libro es la utilización de la gente pobre como un agente político, en lugar de utilizar a la clase obrera. ¿Qué motivó ese cambio de énfasis?

Creo que la pobreza extrema, y la degradación que puede acompañarla, es un crimen social. El sufrimiento que experimenta la gente cuando se les presiona hacia abajo y hacia fuera de los márgenes de la sociedad es un delito. Y en la década de 1960 muchas personas sentían lo mismo, entre ellas, lógicamente, los propios pobres. Proliferaban las formas de protesta colectiva, sobre todo en las grandes ciudades y sobre todo entre la gente de color. Se desató un escándalo moral generalizado por la pobreza colectiva que una sociedad rica imponía sobre algunos de sus miembros. 


Yo estaba estrechamente relacionada con un grupo de mujeres del Lower East Side y de Harlem, que vivía de las ayudas sociales y que estaba organizando la resistencia al departamento de servicios sociales de Nueva York. Estaba teniendo cada vez más experiencias directas con la acción colectiva que llevaban a cabo algunas personas pobres que eran víctimas de la próspera sociedad estadounidense.

JP: En El peso de los pobres, uno de los elementos más sorprendentes de la tristemente célebre estrategia Cloward-Piven es su teoría de la coalición. Usted vincula las crisis (en este caso la crisis fabricada de la sobrecarga de los sistemas de asistencia social) con períodos de reestructuración, y pone como ejemplos la Gran Depresión y los movimientos por los derechos civiles. ¿Cuál es la relación entre crisis y coalición, y qué significa eso para la estrategia de los movimientos sociales actuales?

La estrategia que propusimos en ese ensayo y que hemos propuesto en multitud de contextos adicionales, como por ejemplo en huelgas de alquileres, es una de disrupción. Para poder comprender la relevancia que tiene en la actualidad, hay que dar un paso atrás y observar la vida social en un sentido más amplio: en el complejo sistema de cooperación y respeto a las leyes que sustentan algunas de las funciones sociales clave.

 La sociedad es un esquema de cooperación, aunque eso significa que casi todo el mundo tiene que desempeñar su papel, no solo en las fábricas, sino también en nuestras escuelas, en nuestro sistema de salud y en nuestros sistemas habitacionales. A la inversa, todo el mundo tiene asimismo el poder para dejar de cooperar. La protesta es eficaz cuando la gente se da cuenta de que representa un papel crucial en los grandes modelos sociales y en las instituciones. Creo que eso sigue siendo plenamente relevante hoy en día.

Una de las maneras en que la gente, la gente pobre, ha sido silenciada en la sociedad estadounidense contemporánea es a través de su humillación sistemática por parte de los líderes políticos estadounidenses. Ciertamente eso lleva siendo así desde mucho antes de la década de 1970, pero no puede durar para siempre. Antes o después, la gente se da cuenta de que el papel que desempeña puede convertirse en una palanca con la que influir en las políticas públicas.


MA: Algunas de sus obras hacen hincapié en retirar el apoyo, pero otros aspectos hacen hincapié en una mayor participación: la inscripción en masa para recibir ayudas sociales aparece en ambos casos, pero el empadronamiento de votantes con más claridad en el segundo. ¿Hay momentos en los que un método es más eficaz que el otro?

Creo que es más fácil que la protesta surja en un contexto electoral, cuando los líderes electos se preocupan más por la adhesión de un gran número de personas de entre lo más bajo del escalafón social. Durante mucho tiempo, la tendencia entre los activistas ha sido pensar que la labor electoral imposibilita la protesta, aunque en realidad, en la historia de EE.UU., la protesta en sí ha sido más factible cuando hemos tenido una especie de asidero en el sistema electoral a través de los propios grupos que conforman los potenciales constituyentes del movimiento.

Por lo tanto, creo que es más exacto e iluminador pensar en las maneras en que la protesta y la política electoral se potencian la una a la otra. La protesta tiene más posibilidades de tener éxito cuando al menos uno de los cargos públicos expresa su solidaridad por el sufrimiento de los disconformes y los desposeídos. Si se les ignora, o escupe, o insulta, es probable que eso les subyugue y acabe con sus aspiraciones. 

Por ejemplo, creo que eso se puede observar en el movimiento por los derechos civiles y también en el movimiento obrero. El movimiento por los derechos civiles contaba con aliados políticos en Washington D.C., senadores y congresistas que eran responsables ante circunscripciones electorales negras o hispanas. Por eso creo que también existe una relación de complementariedad entre el poder electoral y el poder de la protesta. 

JG: Teniendo en cuenta ese tipo de complementariedad entre poderes, me pregunto si podría hablarnos un poco sobre la Alianza Obrera de Estados Unidos (WAA, por sus siglas en inglés) y la Organización Nacional por el Derecho al Bienestar, y las relativas virtudes o debilidades de ambas organizaciones. 

Aun en los casos en que las protestas tienen éxito, el éxito es solo parcial. El movimiento obrero de los años 30 no logró una utopía para la gente trabajadora de Estados Unidos, sino una serie de derechos para el movimiento sindicalista. Siempre se obtienen algunas victorias, pero luego hay que salir de nuevo y seguir luchando.

La Alianza Obrera de Estados Unidos era una organización comunista de los años 30 que intentó tender una mano a los receptores de beneficencia. En nuestra sección sobre la WAA en Los movimientos de los pobres, fuimos críticos con sus organizadores porque su intención fue desarrollar una organización formal sumamente articulada utilizando la disconformidad de los pobres en los años 30. 

Nosotros creímos que las manifestaciones, las revueltas y las protestas eran más eficaces que los clubs que organizaba la WAA. Y en la misma línea, creímos que durante los años 60 aquellos que pretendían organizar a los beneficiarios de ayudas sociales y que estaban decididos a constituir una organización formal terminaron ignorando las protestas que servían para desestabilizar las políticas municipales y la organización asimétrica que ya existía. En Regular a los pobres, criticamos el modelo organizativo de la NWRO en la década de 1960, aunque nosotros estábamos entre los organizadores.


MA: Usted defiende que las organizaciones jerárquicas son menos eficaces porque es más fácil infiltrarse en ellas y apropiarse de ellas. Si no se cuenta con una organización de ese tipo, ¿cómo concibe una estrategia política a largo plazo?

Es a través de la movilización continuada que se consigue el cambio a largo plazo. Cuando nos movilizamos de forma continuada, nos beneficiamos de la experiencia de anteriores movilizaciones. Adquirimos un conocimiento de los incentivos de las élites y del potencial que tienen las élites para apropiarse o suprimir el descontento que ha surgido.

Cuando constituimos organizaciones que cooperan con los gobiernos municipales, también nos ponemos en la situación de perder el impulso y la conciencia de nuestro propio rol en el conjunto del sistema, pero eso se vuelve a conseguir; la política continúa y la relación entre grupos dominantes y subordinados sigue desarrollándose. La gente redescubre una y otra vez el poder de la disrupción. 

JG: Varias décadas después del libro Regular a los pobres, ¿cómo teoriza la situación de las ayudas sociales en Estados Unidos, en relación con el resto del norte global?
 
Solíamos pensar que la situación en Estados Unidos era diferente a la situación en Europa, donde se presentó un exhaustivo sistema de bienestar como un compromiso de clase. Aquí no teníamos eso, y en los años 60 el tipo de movimientos que se sublevaba no era forzosamente el de una clase obrera organizada, sino más bien el de las minorías raciales y los pobres. Sencillamente, nuestros movimientos tenían una composición diferente y no se ajustaban exactamente al modelo del estado de bienestar europeo.

MA: Estamos experimentando desde hace ya algunas décadas un proceso de desindustrialización y de densidad sindical en decadencia en todo el mundo. ¿Cómo afecta a las políticas de bienestar social esta cambiante composición del mercado laboral? ¿Cómo afecta, por ejemplo, a la relativa importancia de las exigencias que se plantean a las empresas si las confrontamos con las que se plantean directamente al Estado?

No hay forma de generalizar en estos casos. Cada grupo tendrá poder de influencia sobre diferentes sectores sociales. Cuando se piensa en un grupo social concreto, lo que hay que preguntarse es: ¿qué instituciones sociales tiene la capacidad de alterar?

Uno de los elementos que ha conseguido cambiar profundamente el panorama de la acción social en la actualidad es que ya no podemos hablar de disrupción institucional sin pensar en el cambio climático. Para poder desarrollar políticas públicas que controlen eficazmente el comportamiento de los actores que están destruyendo el clima dependemos del Estado. Necesitamos un poder estatal fuerte y centralizado del lado del movimiento. Esta crisis es demasiado grande. Para derrotar a la industria de los combustibles fósiles hará falta contar con el apoyo de las autoridades municipales y estatales. 


JG: Existe un debate en la actualidad sobre las ventajas de una política de empleo garantizado en contraposición con unos programas universales de transferencias económicas. ¿Qué opinión le merece este debate y el renovado interés de una opción política bastante diferente a la suya y a la de la NWRO?

Una forma de describir el objetivo clásico de la izquierda es pleno empleo y salarios dignos. El problema que plantea eso es que fracasa rotundamente en cuanto al tipo de políticas que hacen falta para prevenir el cambio climático. Ese objetivo se basaba en la idea de que la economía podía crecer indefinidamente, pero hoy en día ya no necesitamos más crecimiento. Lo que tendríamos que estar pensando es en la relación entre producción y contaminación. 

Así que la idea de que todo el mundo trabaje 40 horas a la semana, con el rumor de las máquinas de fondo y más y más artilugios fabricándose es una utopía muy limitada. Tendríamos que estar imaginando nuevas formas de vivir una buena vida que no impliquen fabricar automóviles, utilizar combustibles fósiles, ensuciar el planeta, etc. 

MA: ¿De dónde cree que provendrá el movimiento en los años venideros? ¿Qué es lo que le genera esperanza? 

Hay muchas movimientos esperanzadores que se están produciendo. Por ejemplo, en el sector servicios, o lo que ahora se llama el sector de los cuidados, se han producido movilizaciones increíblemente exitosas entre los profesores, enfermeros y trabajadores del comercio. Estas son personas que hacen cosas que todo el mundo puede ver y valorar. No es ningún misterio que los necesitamos. En la medida en que el trabajo se considera una fuerza de cambio, tendríamos que estar pensando en los cuidadores y en lo que pueden hacer."                

 (Entrevista a Frances Fox Piven, Profesora de Ciencias Políticas de la Universidad Ciudad de Nueva York,  Maya Adereth / Jack Gross, CTXT, 26/05/2020. Este texto se publicó en Phenomenal World.)

8/9/17

En esta nueva época de capitalismo global, está surgiendo una nueva era de esclavitud. Aunque ya no existe la condición jurídica de persona esclavizada, el esclavismo tiene multitud de nuevas formas

"(...) hemos de abandonar la idea de que hay algo emancipador en las experiencias extremas, como si nos permitieran abrir los ojos y ver la verdad definitiva de una situación. Existe un memorable pasaje en el libro de Ruth Klüger Seguir viviendo, en el que describe una conversación con «algunos doctorandos avanzados» en Alemania:

Uno de ellos cuenta que en Jerusalén había conocido a un viejo húngaro que estuvo prisionero en Auschwitz, y que, no obstante, había empezado, «sin solución de continuidad», a meterse con los árabes, que para él eran todos mala gente.

¿Cómo puede hablar así uno que ha estado en Auschwitz?, preguntó el alemán. Yo ahondo en el tema, comento, quizás con más dureza de lo necesario, que qué se esperaban que Auschwitz no fue un centro de enseñanza de nada y mucho menos de humanidad y tolerancia.

De los campos de concentración no salía nada bueno y él esperaba que saliera nada menos que perfección moral?Jamás ha habido instituciones más inútiles, más absolutamente superfluas, añadí, que esos campos.”

Ésta es, quizá, la lección más deprimente del horror y el sufrimiento: que no hay nada que aprender de ellos

Una buena manera de comenzar este análisis es centrarse en lo que no podemos sino denominar la «economía política de los refugiados», para desarrollar la conciencia clara de qué y quién está causando dichos movimientos de masas.

Lo primero que hemos de hacer es, por supuesto, localizar la causa última en la dinámica del capitalismo global y también en el proceso de intervenciones militares. Resumiendo, el actual desorden es la auténtica faz del Nuevo Orden Mundial.

Abandonados a su suerte, los africanos no conseguirán cambiar sus sociedades. ¿Por qué no? Porque nosotros, los europeos, se lo impedimos. Fue la intervención europea en Libia lo que sumió el país en el caos. Fue el ataque de Estados Unidos a Irak lo que creó las condiciones para la aparición del Estado Islámico (ISIS).

La actual guerra civil que se libra en la República Centroafricana entre el sur cristiano y el norte musulmán no es tan sólo un estallido de odio entre etnias, sino que fue provocada por el descubrimiento de petróleo en el norte: Francia (vinculada a los musulmanes) y China (vinculada a los cristianos) luchan por el control de los recursos petrolíferos mediante enemigos interpuestos.

La culpa de la crisis alimenticia de muchos países del Tercer Mundo no se puede achacar a sospechosos habituales como la corrupción, la incompetencia y el intervencionismo estatal: la crisis nace directamente de la globalización de la agricultura, algo que dejó claro ni más ni menos que Bill Clinton en sus comentarios (tal como informó Associated Press el 23 de octubre de 2008) sobre la crisis alimenticia global en una reunión de las Naciones Unidas celebrada para conmemorar el Día Mundial de la Alimentación, bajo el revelador título de: «“La fastidiamos" en el tema de la alimentación global».

Lo esencial del discurso de Clinton era que la presente crisis global de la alimentación demuestra que «todos la fastidiamos, incluido yo cuando era presidente», al tratar las cosechas como mercancía en lugar de como un derecho vital de los pobres del mundo.

Clinton fue muy claro al culpar no a los estados o gobiernos individuales, sino a la política occidental global a largo plazo impuesta por los Estados Unidos y la Unión Europea, y puesta en práctica durante décadas por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones internacionales.

Esta política presionó a los países africanos y asiáticos para que abandonaran los subsidios gubernamentales para fertilizantes, semillas mejoradas y otros insumos agrícolas, lo que allanó el camino para que las mejores tierras fueran utilizadas para cultivos de exportación y para destruir la autosuficiencia alimenticia de los países.

El resultado de dichos «ajustes estructurales» fue la integración de la agricultura local en la economía global: al tiempo que exportaban las cosechas, los granjeros eran expulsados de sus tierras y acababan en los suburbios, donde quedaban a merced de empresas subcontratadas que los explotaban, y los países tenían que comprar cada vez más comida importada.

Así, se mantenían en una dependencia poscolonial y eran más vulnerables a las fluctuaciones del mercado; el hecho de que en los últimos años se dispararan los precios del grano (algo también provocado por el uso de biocombustibles) ya ha provocado hambrunas en numerosos países, desde Haití hasta Etiopía.

A fin de abordar debidamente estos problemas, habrá que inventar nuevas formas de acción colectiva a gran escala: ni la intervención estatal habitual ni las organizaciones autónomas locales, tan elogiadas por los izquierdistas posmodernos, pueden hacer ese trabajo.

Si no se va a solucionar el problema, deberíamos comenzar a ser conscientes de que nos acercamos a una nueva era de apartheid, en la que algunas partes aisladas del mundo con abundancia de comida y energía quedarán separadas del caótico exterior, donde el caos y el hambre serán generalizados, y la guerra, permanente.

¿Qué debería hacer en la actualidad la gente de Haití y otros lugares donde la comida es escasa? ¿Acaso no tienen todo el derecho a rebelarse de manera violenta o a convertirse en refugiados?

A pesar de todas las críticas al neocolonialismo económico, todavía no somos plenamente conscientes del devastador efecto del mercado global en muchas economías locales, que han quedado privadas de su autonomía alimenticia elemental.

Basta con recordar el caso de México, un país importador de comida con una agricultura local arruinada que exporta millones de habitantes a los Estados Unidos. Pero el ejemplo más claro de nuestra culpabilidad es el Congo actual, que de nuevo aparece como el «corazón de las tinieblas» de África.

El reportaje de portada de la revista Time del 5 de junio de 2006 llevaba como titular «La guerra más letal del mundo»: un documento detallado de cómo a lo largo de la última década alrededor de cuatro millones de personas han muerto en el Congo como resultado de la violencia política.

La noticia no provocó ninguna de las protestas humanitarias habituales, como si una especie de filtro hubiera impedido que alcanzara el impacto esperado. Por expresarlo de manera cínica, Time había escogido la víctima errónea en la lucha por la hegemonía en el sufrimiento.

Debería haberse limitado a la lista de sospechosos habituales: la difícil situación de las mujeres musulmanas, la presión en el Tíbet, etcétera. (Hoy en día, el mismo estado de cosas -violencia continua en un estado fracasado- impera en el Congo, así como en muchos otros países africanos, desde la República Centroafricana hasta Libia.) ¿Por qué se hizo tan poco caso a esa noticia?

En 2001, una investigación de Naciones Unidas sobre la explotación ilegal de los recursos naturales del Congo descubrió que el conflicto de ese país tiene que ver sobre todo con el control y comercio de cinco recursos minerales clave, y el acceso a ellos: el coltán, los diamantes, el cobre, el cobalto y el oro.

Debajo de la fachada de la guerra étnica, distinguimos las maquinaciones del capitalismo global. El Congo ya no existe como estadounido; es una multiplicidad de territorios gobernados por señores de la guerra locales que controlan su porción de territorio con un ejército que, por regla general, incluye a niños drogados.

Cada uno de estos señores de la guerra posee vínculos comerciales con una empresa o corporación extranjera que explota la riqueza en su mayor parte mineral de la región. La ironía es que muchos de estos minerales se utilizan en productos de alta tecnología, como ordenadores portátiles y teléfonos móviles.

Así que olvidémonos del salvaje comportamiento de la población local: lo único que hemos de hacer es eliminar a las empresas extranjeras de alta tecnología de la ecuación y todo el edificio de la guerra étnica alimentada por viejas pasiones se desmorona.

Deberíamos empezar por ahí si realmente queremos ayudar a los africanos y detener el flujo de refugiados. Lo primero es recordar que casi todos los refugiados proceden de «estados fracasados», estados donde la autoridad pública es más o menos inoperante, al menos en una gran parte del territorio (Siria, Líbano, Irak, Libia, Somalia, Congo, Eritrea...).

En todos estos casos, la desintegración del poder estatal no es un fenómeno local, sino el resultado de la política y la economía internacionales, y en algunos casos, como en Libia e Irak, el resultado directo de la intervención occidental.

Está claro que este incremento de los «estados fracasados» a finales del siglo XX y principios del XXI no es una desgracia fortuita, sino uno de los mecanismos mediante los que las grandes potencias ejercen su colonialismo económico. (...)

También deberíamos observar que las semillas de los «estados fracasados» de Oriente Medio hay que buscarlas en las arbitrarias fronteras trazadas después de la Primera Guerra Mundial por el Reino Unido y Francia, que crearon una serie de estados «artificiales»: al unir a los sunitas de Siria e Irak, lo único que hace ISIS, en definitiva, es volver a juntar lo que los amos coloniales separaron. En una sombría profecía enunciada antes de su muerte, el coronel Gadafi afirmó:

Ahora escuchad, gentes de la OTAN. Estáis bombardeando un muro que ha impedido la emigración africana a Europa y la entrada de terroristas de Al-Qaeda. Ese muro era Libia, y lo estáis rompiendo. Sois idiotas, y arderéis en el infierno por los miles de emigrantes que se irán de África.o

¿Acaso no estaba afirmando algo evidente? La siguiente versión rusa -que básicamente amplía el argumento de Gadafi- tiene su momento de verdad, a pesar del obvio sabor a pasta ala putinesca:

«Que la crisis de los refugiados es consecuencia de las políticas de los Estados Unidos y Europa se ve a simple vista», dice Boris Goldov, miembro de la Academia Rusa de Ciencias y del Instituto de Estudios Orientales en Moscú. «La destrucción de Irak, la destrucción de Libia y los intentos de derrocar a Bashar al-Ásaden Siria a manos de radicales islámicos: ésas son todas las políticas de la Unión Europea y los Estados Unidos, y los centenares de miles de refugiados son resultado de esas políticas.»

Irina. Zvyagelskaya, vicepresidenta del Centro Internacional de Estudios Estratégicos y Políticos de Moscú, le dijo a la agencia rusa de noticias TASS: «Es un problema muy serio y con muchas facetas. La guerra civil de Siria y las tensiones en Irak y Libia siguen alimentando el flujo de inmigrantes, pero ésa no es la única causa.

Estoy de acuerdo con aquellos que ven los sucesos actuales como una tendencia hacia otro reasentamiento masivo de personas, que deja a los países más débiles y con una economía ineficaz. Existen problemas sistémicos que empujan alagente a abandonar su hogar y echarse a la carretera.

Y la legislación europea liberal permite que muchas de esas personas no sólo se queden en Europa, sino que también vivan allí con un subsidio social sin buscar empleo.» Yevgeni Grishkovets, escritor y dramaturgo, escribe en su blog «Estas personas están agotadas, furiosas y humilladas. No tienen ni idea de los valores europeos, de su estilo de vida y tradiciones, de su multiculturalismo y tolerancia.

Nunca acatarán las leyes europeas. Nunca sentirán gratitud hacia la gente en cuyos países han conseguido entrar con todos sus problemas, porque esos mismos países convirtieron a las naciones de los emigrantes en un baño de sangre. (...) Angela Merkel promete que la sociedad alemana actual y Europa están preparadas para esos problemas. Eso es una mentira y un absurdo!»

Realmente es cierto que los refugiados «nunca acatarán las leyes europeas. Nunca sentirán gratitud hacia la gente en cuyos países han conseguido entrar»: por el contrario, ven a Europa responsable de esa situación.

Sin embargo, aunque hay algunas verdades generales en todo esto, no deberíamos pasar de esta generalidad al hecho empírico de que los refugiados entran en Europa y limitarnos a aceptar nuestra plena responsabilidad al respecto. En primer lugar, deberíamos recordar que Alemania y Francia se mostraron decididamente contrarias a la guerra de Irak de 2003.

En segundo, antes de que lo derrocaran, el régimen de Saddam Hussein llevó a cabo sus propias políticas agresivas (que ejemplifican en particular sus ataques contra Irán) en 1980, cuando recibió el apoyo silencioso de los Estados Unidos.

Lo que debería sorprendernos es cómo nuestros medios de comunicación presentan la crisis de los refugiados: más o menos como si más allá de Grecia existiera un agujero negro que escupiera refugiados, un agujero negro de guerra y devastación, y en la costa de Anatolia hubiera una especie de rendija a través de la cual se permitiera que partículas de refugiados huyeran a las islas griegas.

Pero más allá de Grecia existe un paisaje político bien definido: en primer lugar tenemos a Turquía, que practica un juego político perfectamente planificado (oficialmente combate a ISIS, pero de hecho bombardea a los kurdos, que son quienes en realidad combaten a ISIS); a continuación nos encontramos con la profunda división de clases del mundo árabe (los estados superricos de Arabia Saudí, Kuwait, Qatar, los Emiratos, que casi no aceptan refugiados); luego está el propio Irak, con unas reservas petrolíferas valoradas en decenas de miles de millones, etc. ¿Cómo surge de todo este batiburrillo un flujo de refugiados?

Lo que sabemos es que hay una compleja economía de transporte de refugiados (toda una industria que mueve miles de millones de dólares), ¿Quién la financia? ¿Quién la optimiza? ¿Dónde están los servicios de inteligencia europeos que tendrían que investigar este turbio submundo?

El hecho de que los refugiados se hallen en una situación desesperada no excluye la posibilidad de que su flujo en realidad forme parte de un proyecto perfectamente planificado.

No podemos dejar de observar el hecho de que algunos países no demasiado ricos de Oriente Medio (Turquía, Egipto, Irán, etc.) están mucho más abiertos a los refugiados que los que son ricos de verdad (Arabia Saudí, Kuwait, los Emiratos, Qatar).

Arabia Saudí y los Emiratos no acogieron ningún refugiado, aunque son países vecinos de donde sucede la crisis, y también son ricos y mucho más cercanos en lo cultural a los refugiados (que son casi todos musulmanes) que Europa.

Arabia Saudí incluso devolvió algunos refugiados musulmanes de Somalia, o y todo lo que hizo fue aportar 280 millones de dólares como apoyo para la educación de los refugiados. ¿Acaso se debe a que Arabia Saudíes una teocracia fundamentalista que no tolera ninguna intrusión extranjera? Sí, pero también deberíamos tener en cuenta que esta misma Arabia Saudí está, desde el punto de vista económico, completamente integrada en Occidente. 

¿Acaso Arabia Saudí y los Emiratos no son, desde un punto de vista económico, simples avanzadas del capital occidental, estados que dependen totalmente de los ingresos del petróleo para mantener su riqueza y posición en el mundo?

La comunidad internacional debería presionar a Arabia Saudí (y a Kuwait y a Qatar) para que cumplieran con su deber y aceptaran un gran contingente de refugiados, sobre todo teniendo en cuenta que, al apoyar al ala islamista de los rebeldes anti-Ásad, Arabia Saudíes en gran medida responsable de la situación de Siria.*

Otro rasgo compartido por estos países ricos es el incremento de la nueva esclavitud. A la vez que el capitalismo se legitima como el sistema económico que promueve la libertad personal (como condición del intercambio mercantil), genera esclavitud como parte de su propia dinámica, y aunque la esclavitud casi se había extinguido al final de la Edad Media, tuvo un gran auge en las colonias entre el principio de la Edad Moderna y la Guerra de Secesión.

Y podemos aventurar la hipótesis de que hoy en día, con esta nueva época de capitalismo global, también está surgiendo una nueva era de esclavitud. Aunque ya no existe la condición jurídica de persona esclavizada, el esclavismo tiene multitud de nuevas formas: millones de inmigrantes que trabajan en la península saudí (los Emiratos, Qatar, etc.) y en la práctica están privados de los derechos y libertades civiles más elementales; el control de millones de trabajadores explotados en fábricas asiáticas a menudo directamente organizadas como campos de Concentración; el uso masivo de trabajos forzados en la explotación de los recursos naturales de muchos estados de África central (Congo, etc.).

Pero no hace falta buscar tan lejos. El 1 de diciembre de 2013, un domingo, una fábrica de ropa de propiedad china situada en una zona industrial de la ciudad italiana de Prato, a diez kilómetros del centro de Florencia, ardió hasta los cimientos, matando a siete trabajadores que quedaron atrapados en un improvisado dormitorio de cartón construido dentro de la fábrica.

Roberto Pistonina, sindicalista local, comentó: «Nadie puede decir que esté sorprendido por este incidente, pues hace años que todo el mundo sabe que, en la zona comprendida entre Florencia y Prato, centenares, sino miles de personas, viven y trabajan en condiciones cercanas a la esclavitud.»

Prato cuenta al menos con 15.000 inmigrantes legalmente registrados de una población total de menos de 200.000 personas, y alberga 4.000 negocios de propiedad china. Se cree que miles de inmigrantes chinos más viven de manera ilegal en la ciudad, donde trabajan hasta dieciséis horas al día para una red de mayoristas y fábricas de ropa barata.

Así pues, no podemos permitirnos el lujo de dedicarnos a contemplar cómo los nuevos esclavos viven en la miseria en los suburbios de Shanghái (o Dubái o Qatar), ni criticar hipócritamente a China y otros países que los albergan: la esclavitud puede estar aquí mismo, dentro de nuestra casa, sólo que no la vemos (o mejor dicho, fingimos no verla).

Este nuevo apartheid, este sistemático aumento de diferentes formas de esclavitud de facto, no es un deplorable accidente, sino una necesidad estructural del capitalismo global actual. Quizá ésta sea la razón por la que los refugiados no quieren entrar en Arabia Saudí. 

Pero ¿acaso los refugiados que entran en Europa no se ofrecen también como mano de obra precaria y barata, en muchos casos a expensas de los trabajadores locales, que reaccionan a esta amenaza engrosando las filas de los populistas antiinmigración? Para muchos de ellos, ésta será la realidad al ver cumplido su sueño.

Los refugiados no sólo huyen de sus países asolados por la guerra; también les guía un cierto sueño. No paramos de ver en nuestras pantallas refugiados que acaban de llegar al sur de Italia y dejan claro que no quieren quedarse allí: lo que quieren, sobre todo, es vivir en los países escandinavos.

Y son aún más los que están encalados en los Balcanes y quieren ir a Alemania. ¿Y qué decir de los millares que acampan en la zona de Calais y que no se conforman con Francia, sino que están dispuestos a arriesgar sus vidas para entrar en el Reino Unido?

Podemos observar aquí la paradoja de la utopía: precisamente cuando la gente se ve en una situación de pobreza, angustia y peligro, cuando uno esperaría que se conformaran con un mínimo de seguridad y bienestar, estalla la utopía absoluta. La ardua lección que aprenden los refugiados es que «Noruega no existe», ni siquiera en Noruega.

Tendrán que aprender a censurar sus sueños: en lugar de perseguirlos en la realidad, deberían centrarse en cambiar la realidad.

Los refugiados se toman en serio el principio, proclamado por la Unión Europea, de la «libertad de movimiento para todos». Pero, de nuevo, aquí hay que ser específicos. Existe una «libertad de movimiento» en el sentido de libertad para viajar, y la más radical «libertad de movimiento» para instalarse en el país que uno desee.

El axioma en que se sustentan los refugiados de Calais no es sólo el de la libertad de viajar, sino algo parecido a «todo el mundo tiene derecho a instalarse en cualquier parte del mundo, y el país al que se trasladen tiene que satisfacer sus necesidades».

La Unión Europea garantiza (más o menos) este derecho a los ciudadanos de sus países miembros, y para eso está (entre otras cosas); exigir la inmediata globalización de este derecho equivale a exigir que la Unión Europea se expanda a todo el mundo. El ejercicio de esta libertad presupone ni más ni menos que una revolución socioeconómica radical. ¿Por qué?

En nuestro mundo global, las mercancías circulan libremente, pero no las personas, ya que están surgiendo nuevas formas de apartheid. El tópico de los muros porosos, de la amenaza de que nos inunden los extranjeros, es estrictamente inmanente al capitalismo global, y constituye un índice de la falsedad de la globalización capitalista.

Es como si los refugiados quisieran que la libre circulación global se ampliara de las mercancías a las personas. Desde el punto de vista marxista, hay que relacionar la «libertad de movimiento» con la necesidad del capital de contar con mano de obra «libre» (millones de personas arrancadas de sus formas de vida comunitaria para poder encontrar empleo en fábricas donde se las explota, como ocurre hoy en día en China o México), y también con la libertad realmente universal del capital para moverse por todo el globo.

La manera en que el universo del capital se relaciona con la libertad de movimiento de los individuos es, por tanto, inherentemente contradictoria: necesita individuos «libres» como mano de obra barata, pero al mismo tiempo necesita controlar sus movimientos, pues no se pueden permitir las mismas libertades y derechos para todos.

Puesto que hay que comenzar la lucha en alguna parte, ¿significa esto que la exigencia de una libertad de movimiento radical, precisamente en la medida en que es imposible dentro del orden existente, puede ser un buen punto de arranque?

El problema es que el sueño de los refugiados que pretenden llegar a Noruega es un caso paradigmático de fantasía ideológica, o de formación de una fantasía que enmascara los antagonismos inmanentes: una fantasía que precisamente elimina el objet petita (el término que usa Lacan para designar el objeto causa del deseo) como el obstáculo inherente que nos impide acceder a lo que deseamos.

En resumen, los refugiados lo quieren todo: básicamente esperan conseguir las ventajas del Estado del bienestar occidental y al tiempo conservar un modo de vida que, en algunos aspectos, es incompatible con las bases ideológicas del Estado del bienestar occidental. (...)"

(Slavoj Zizek: La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror. Ed. Anagrama, Barna, 2016, págs.50-64)