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14/6/26

Ann Pettifor: El fascismo actual... Paralelismos con la década de 1930 en el Norte y el Sur... Los auges bursátiles, la inflación, la austeridad, la independencia de los bancos centrales, la quiebra de la economía convencional y la ausencia de un liderazgo político internacional en tiempos de crisis global son solo algunos de esos paralelismos, inflación, y paralelismos del patrón oro con el patrón del dólar estadounidense... somos testigos de un "terremoto" global que pone en peligro a las sociedades de todo el mundo, mientras recurren a "hombres fuertes" de la política para protegerse de los mercados globalizados del dinero, la energía y los alimentos

"El fascismo actual: Paralelismos con la década de 1930 en el Norte y el Sur

Auge y caída, inflación, austeridad, independencia de los bancos centrales y paralelismos del patrón oro con el patrón del dólar estadounidense

El 18 de mayo de este año participé en un podcast organizado por la Sociedad Internacional Karl Polanyi de la Universidad de Viena para hablar sobre "Las finanzas globales y el fascismo: ayer y hoy" con Bruno De Conti, profesor de la Universidad de Campinas (Unicamp, Brasil). La sesión fue presentada por Andreas Novy. Al prepararme para el debate, volví a consultar *El mundo en depresión, 1929-1939* de Charles P. Kindleberger, un libro muy manoseado que ha estado en mis estanterías durante décadas.

Los paralelismos eran casi demasiado numerosos para incluirlos en este debate, pero lo intenté. Los auges bursátiles, la inflación, la austeridad, la independencia de los bancos centrales, la quiebra de la economía convencional y la ausencia de un liderazgo político internacional en tiempos de crisis global son solo algunos de esos paralelismos.

Uno de los aspectos más interesantes de la conversación fue la reflexión del profesor De Conti sobre los paralelismos desde la perspectiva de los países del Sur. En particular, discutimos las decisiones del presidente Roosevelt en 1933 de abandonar el patrón oro, y también, al parecer, la del presidente brasileño Getúlio Vargas de Brasil, y el impacto de los controles de capital para estabilizar primero la economía estadounidense y luego, tras la conferencia de Bretton Woods en 1945, la economía global, lo que condujo a la "edad de oro" de 1945-1971. [Me interesaba subrayar la diferencia entre el nacionalismo y el fascismo de muchas sociedades tanto del Sur como del Norte que buscaban "protección" frente a las fuerzas del mercado, y el internacionalismo de, por ejemplo, las políticas del presidente Roosevelt para un control público y democrático sobre los mercados globales].

Actualizamos todo esto señalando que hoy tanto las economías de altos como de bajos ingresos viven bajo un nuevo patrón deflacionario: el patrón del dólar estadounidense. Esto nos lleva a discutir la hegemonía del dólar y la determinación de muchos países del Sur de desdolarizarse. Más recientemente, como señala el profesor De Conti, la Unión Europea y el BCE han comenzado a realizar esfuerzos decididos para desvincular a las economías de la UE de la dependencia del dólar estadounidense y de "criptócratas" como el presidente Trump, reformando el sistema internacional de pagos.

Terminamos discutiendo la relevancia de la obra de Karl Polanyi. Es decir, que el auge del fascismo en la década de 1930 puede explicarse por la demanda de las sociedades de ser protegidas del proyecto utópico de un gobierno ejercido por los mercados privados globales.

Como argumentó Polanyi, los mercados desregulados "no podrían existir por mucho tiempo sin aniquilar la sustancia humana y natural de la sociedad"… y por lo tanto "inevitablemente la sociedad tomó medidas para protegerse a sí misma… y al hacerlo, "perjudicó la autorregulación del mercado, desorganizó la vida industrial y, por lo tanto, puso en peligro a la sociedad de otra manera".

Hoy, como argumentó el profesor De Conti en un artículo reciente, somos testigos de un "terremoto" global que pone en peligro a las sociedades de todo el mundo, mientras recurren a "hombres fuertes" de la política para protegerse de los mercados globalizados del dinero, la energía y los alimentos."

1 Karl Polanyi, 2001 (primera edición en 1957) p. 3: *La gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo*.

#### Discusión sobre esta publicación

4 comentarios más...

Desde el punto de vista de la antropología, los mercados no regulados son mercados dominados por los poderosos porque la población de un país ha sido despojada de su poder de decisión económica y política sobre sus propias vidas.

El propósito de la derecha en el gobierno es conferir cada vez más poder a la riqueza y a sus corporaciones. Esto es definitorio. Un gobierno que otorga cada vez más poder a la jerarquía, a la riqueza y a las corporaciones es, por definición, de derecha. Esta es la definición basada en el espectro original de izquierda y derecha nacido en la Revolución Francesa.

El propósito de la izquierda en el gobierno es conferir igualdad de poder de decisión económica y política a la población. De nuevo, esto es definitorio.

Cualquier movimiento político que le diga a la gente que hay un compromiso entre libertad y prosperidad es de derecha. La libertad y la prosperidad son inseparables. Y una población que defiende celosamente su poder de decisión, la libertad y la agencia de cada individuo en la sociedad, es una que preserva su propia libertad y prosperidad.

La función del neoliberalismo siempre ha sido convencer a la gente para que entregue su libertad y prosperidad a la riqueza y al poder. Cualquier política pública que no se centre en la crisis fundamental que vivimos, que es que el pueblo de Estados Unidos y Reino Unido ha sido despojado de su capacidad de decisión en sus propios asuntos, es una pérdida de tiempo y una distracción.

Las personas más ricas del mundo están consolidando su control totalitario sobre esas dos naciones y la mayor parte del mundo a través de la fuerza militar, o al menos lo están intentando. La amenaza que enfrentamos no son las emisiones de CO2. Es el proyecto de asesinato genocida global de los súper ricos.

Gran análisis Ann. La parte más aterradora del fascismo es cómo convierte a la gente común en participantes activos sin que sean conscientes de ello. No triunfa solo por la fuerza; engancha a la gente llenando un vacío emocional y explotando los deseos humanos profundamente arraigados.

Acabo de publicar un análisis en profundidad explorando 'Por qué el fascismo sigue atrayendo a millones de personas en todo el mundo'. Me encantaría saber tu opinión (...)" 

(Ann Pettifor , blog, 28/05/26, traducción Deep Seek, enlaces en el original) 

13/1/25

¿De qué les sirve ser súper billonarios? Da vergüenza ajena presenciar cómo Zuckerberg ejecuta sentidos actos de contrición en nombre de la libertad, ofrece penitencias y sacrificios antes de que se los demanden y suplica el perdón por los pecados woke que los malvados liberales le obligaron a cometer para ver si así logra recolocarse favorablemente ante la inminente administración Trump, ¿merecerá la pena haber acumulado tantos miles de millones para ahora andar de palanganeros y aplaudidores de un delincuente para acumular otros cuantos miles de millones más? Trump ya los hizo aún más ricos sólo con su victoria. La perspectiva de entrar ahora a saco en el botín de las finanzas federales, bajarse aún más los impuestos y seguir esquilmando los programas públicos financiados con los impuestos que sí pagan los demás, ya les hace y les hará aún mucho más ricos... Pero hay algo más tras semejante exuberancia irracional de servilismo rentista. Les mueve la codicia, pero puede que aún les incentive más el miedo a un Donald Trump que lleva cuatro años prometiendo ajustar todas las cuentas pendientes con todos los traidores tras su derrota en 2020. Saben que lo hará y sin piedad. Tantos billones y ni siquiera les valen para dormir tranquilos. Efectivamente, el miedo ha cambiado de bando, pero por las razones más inopinadas (Antón Losada)

 "Da vergüenza ajena presenciar cómo Zuckerberg ejecuta sentidos actos de contrición en nombre de la libertad, ofrece penitencias y sacrificios antes de que se los demanden y suplica el perdón por los pecados woke que los malvados liberales le obligaron a cometer para ver si así logra recolocarse favorablemente ante la inminente administración Trump

Resulta patético ver a un súper billonario como Mark Zuckerberg haciendo donaciones y arrastrándose por los pódcast y espacios más MAGA con esa tortilla francesa mal hecha que se ha puesto en la cabeza. Da vergüenza ajena presenciar cómo ejecuta sentidos actos de contrición en nombre de la libertad, ofrece penitencias y sacrificios antes de que se los demanden y suplica el perdón por los pecados woke que los malvados liberales le obligaron a cometer para ver si así logra recolocarse favorablemente ante la inminente administración Trump. Casi inspiraría compasión si la mereciera; por mucho que pueda pagársela.

No llega al nivel de los saltitos anfetamínicos de Elon Musk en aquellos mítines inolvidables del road movie de la campaña presidencial, pero se acerca bastante y busca desesperadamente situarse a su estela. Su retirada de los verificadores de Facebook, Instagram y Threads en nombre de la libertad de expresión y la insoportable censura de no permitir que se proclame que las mujeres son enseres domésticos o que los homosexuales y las personas trans son enfermos mentales se aproxima bastante, en cambio, a la decisión de Jeff Bezos de impedir que The Washington Post pidiera el voto para alguno de los candidatos o censurar una caricatura suya y de sus Bros rindiendo pleitesía al Bro en jefe, Donald Trump, a cambio de sacas de dinero como aquellas que enloquecían al tío Gilito. 

Uno se pregunta para qué vale tener tantos miles de millones y tanto poder si, al final, tienes que andar dejando que te rapen el pelo en la plaza del pueblo o haciendo de Oberkapo del primer presidente delincuente convicto de la historia de los USA. Si realmente merecerá la pena haber acumulado tantos miles de millones para ahora andar de palanganeros y aplaudidores de un delincuente para acumular otros cuantos miles de millones más.

Trump ya los hizo aún más ricos sólo con su victoria. La perspectiva de entrar ahora a saco en el botín de las finanzas federales, bajarse aún más los impuestos y seguir esquilmando los programas públicos financiados con los impuestos que sí pagan los demás, ya les hace y les hará aún mucho más ricos. La administración Trump fue y volverá a ser el ejemplo más perfecto y poderoso visto nunca sobre la faz de la tierra de ese “Capitalismo granuja” teorizado y descrito por el Nobel de economía Joseph Stiglitz —“Crony reinter capitalism, 2024”—, como la degeneración definitiva del llamado capitalismo de amiguetes —“Phony capitalism”. 2022—. 

Ya no se trata solo de prevalerse de las relaciones privilegiadas con el poder y los decisores para hacer negocios en el límite de la ley y el mercado. Ahora se trata de hacerlos al margen o fuera de la ley o cambiando las leyes para convertirlos en el santísimo mercado. 

Pero hay algo más tras semejante exuberancia irracional de servilismo rentista. Les mueve la codicia, pero puede que aún les incentive más el miedo a un Donald Trump que lleva cuatro años prometiendo ajustar todas las cuentas pendientes con todos los traidores tras su derrota en 2020. Saben que lo hará y sin piedad. Tantos billones y ni siquiera les valen para dormir tranquilos. Efectivamente, el miedo ha cambiado de bando, pero por las razones más inopinadas."                 (Antón Losada , eldiariio.es, 12/01/25)

Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y Silicon Valley ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras (consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales)... El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización... Silicon Valley cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación... la inteligencia artificial puede reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión... Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia... La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes... Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político (Esteban Hernández)

 "Peter Thiel es uno de los empresarios tecnológicos con más prestigio y una figura fundamental en el capital riesgo de Silicon Valley. Fundó PayPal, el dinero que gestiona ha apoyado a empresas como Facebook, Tesla, Uber o Airbnb y es el CEO de Palantir. Forma parte de esa aristocracia empresarial nacida con la tecnología, pero también es uno de los nombres de referencia dentro del republicanismo trumpista.

El periodista Max Chafkin firmó una biografía de Thiel, The Contrarian, en la que quedaba definido de esta manera: "Es brillante, tiene ideas visionarias y una asombrosa habilidad para saber exactamente cómo ganar. Posee la habilidad especial de ver la vida como un juego de ajedrez: utiliza a sus amigos, sus socios comerciales y las empresas de su cartera como medios para lograr un fin".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto

Thiel, que insiste en la necesidad de que existan nuevas élites en EEUU (las contraélites están triunfando), describió a la consultora McKinsey como una "estafa total". Según Thiel, "McKinsey era algo real en 1985 en Estados Unidos. Si contratabas a un consultor, en realidad te ayudaba a mejorar tu empresa porque las empresas estaban mal administradas en ese momento. La administración Reagan-Thatcher fortaleció a McKinsey porque permitió que se adquirieran más empresas y que se produjeran más fusiones y adquisiciones. Generó una reorganización de la sociedad algo brutal pero muy poderosa. Pero ahora McKinsey es un fraude total. Todo es falso. A estas alturas, McKinsey nunca va a ser otra cosa que un engaño corrupto".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto y, en general, a esa profesión. Hay dos aspectos relevantes en la posición del inversor que delimitan con precisión cuáles son los cambios que están produciéndose, la magnitud de los mismos y lo que significa el ascenso de los empresarios del capital riesgo en el nuevo gobierno republicano.

La sustitución de élites

El primero es político-social. La llegada al poder de Trump de la mano de Musk, y de gestores del capital riesgo como Thiel y Marc Andreessen, implica algo más que una suerte de alianza con el sector tecnológico. De hecho, Silicon Valley no fue particularmente afín a Trump durante su campaña, y menos todavía el personal y muchos directivos de las big tech. Ahora, con Trump en la Casa Blanca, esas compañías se están acercando a Trump, pero siempre contra la voluntad de personas como Musk o Thiel. Hay una brecha entre el venture capital y las big tech que está por cerrarse.

El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización

En todo caso, es innegable que Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y este entorno tecnológico ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras.

Ese cúmulo de consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales que han influido sobre la política durante estos años se ha visto especialmente presionado con el triunfo de los republicanos. El orden basado en reglas, las interconexiones globales, la paz comercial y la mundialización feliz eran sus dogmas. Trump los está haciendo saltar por los aires. Es un nuevo mundo que necesita de nuevas reglas, y son sectores especialmente incapaces para comprenderlas. Eso es lo que afirman Musk y Trump.

Las grandes consultoras pertenecen a ese pasado, ya no es su tiempo. Fueron útiles en algún momento, pero no ahora. Se necesitan nuevos líderes y nuevas fuentes de influencia.

La tecnología y el conocimiento humano

Hay que entender de dónde viene Peter Thiel, cuál es su recorrido y cuál su manera de pensar para comprender el desafío que lanza. Fue el primero en Silicon Valley en apoyar a Donald Trump en 2016 y es el valedor del próximo vicepresidente, J.D. Vance. Fundó PayPal y fue uno de los primeros inversores de Facebook. Pero, sobre todo, junto con Alex Karp y Stephen Cohen, creó Palantir, una exitosa empresa especializada en software y soluciones de big data para la defensa y para las agencias de inteligencia.

Palantir es una firma con mucho prestigio en un sector en el que las máquinas y la tecnología cada vez tienen mayor importancia, al mismo tiempo que disminuye la relevancia que se le da a los humanos. Thiel, como tantos otros en el Valle, cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación.

"La IA se ha convertido en una forma de que la empresa eluda su responsabilidad: afirma que solo hace lo que dice el algoritmo"

Esa superioridad de la tecnología a la hora de ofrecer soluciones, con las grandes bases de datos y la mejora de la inteligencia artificial de fondo, es una de las creencias más asentadas de nuestra época. Esa es la tarea que Palantir ha llevado a cabo. Y si ha funcionado en un ámbito tan relevante como la seguridad, puede hacerlo con mayor eficacia aún en el terreno empresarial. Más allá de la clase de instrumentos que utilicen, los consultores no dejan de aportar conocimiento humano para la gestión, y es justo eso lo que está en discusión.

El cambio de modelo

Hay otros aspectos en los que la gran consultoría podría salir perjudicada. El escritor Ted Chiang explicó de manera nítida uno de ellos en un artículo para The New Yorker. El uso de la consultoría como justificación, que es una de las prácticas más frecuentes en la empresa, estaría deslizándose hacia la IA: "Si quieres que se haga algo, pero no quieres ensuciarte las manos, McKinsey lo hará por ti. Esa huida de la responsabilidad es uno de los servicios más valiosos que ofrecen las consultorías de gestión. Los jefes tienen ciertos objetivos, pero no quieren que se les culpe por hacer lo necesario para alcanzarlos; al contratar consultores, la dirección puede decir que solo estaban siguiendo el consejo de expertos independientes. Incluso en su forma rudimentaria actual, la IA se ha convertido en la manera en que una empresa elude la responsabilidad, al afirmar que solo hace lo que dice el algoritmo, aunque haya sido la empresa la que haya encargado ese tipo de algoritmo".

La IA es un modo de ahorrar costes más que una solución eficaz. Pero da beneficios. Y eso es lo que hacían los consultores

La tecnología, en este sentido, aportaría un plus de credibilidad. Basta con afirmar que son soluciones apoyadas en datos y que han sido diseñadas con la fría objetividad de las máquinas, para que resulten menos cuestionables que las conclusiones aportadas por los consultores.

Además, existe otra realidad, que apenas se suele mencionar, pero que conforma la aplicación práctica y concreta que la inteligencia artificial está teniendo en la vida empresarial contemporánea. Por más que se expresen grandes posibilidades futuras, lo cierto es que "la IA se reduce a analizar una tarea que realizan los seres humanos y a encontrar la manera de reemplazarlos". Es un modo de ahorro de costes mucho más que una solución eficiente. Pero dado que el propósito de las firmas es ampliar la cantidad de beneficios, se trata de un instrumento útil. Eso es justo lo que hacían los consultores. Lo que nos viene a decir Thiel es que no solo se pueden reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión. Su sector tiene los instrumentos adecuados para esa tarea.

Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia. Desde la sanidad hasta la educación, pasando por múltiples áreas de administración, existe una intención expresa de ampliar el negocio aportando nuevos sistemas de gestión basados en algoritmos. Es un sector en crecimiento y que se espera explotar en los próximos años.

La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes, o al menos de llevarse una parte significativa de su negocio. De eso ha ido la tecnología hasta ahora, que se ha apoyado en modelos de negocio que trataban de evitar toda regulación (Airbnb, Uber, las redes sociales). Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político."

(Esteban Hernández , El Confidencial, 13/01/25)

31/10/23

Ignacio Ramonet: “Hoy en día es literalmente imposible saber si algo es cierto o es falso”... no solo son mentiras, sino una articulación entre unas mentiras y también una situación social que favorece la recepción de esas mentiras como verdades... Hay una crisis de la verdad. Hay una crisis de la información. Parecía que si teníamos redes sociales nos íbamos a librar de los grandes medios que pertenecían a corporaciones o a los Estados. Ya ves dónde estamos. Peor que nunca... “Informarse cuesta”. No solo cuesta dinero, porque hay que abonarse a diferentes medios de información sino porque hay que dedicar mucho tiempo a consultar fuentes diferentes. Hay sitios especializados en la revelación del origen de las fotografías o vídeos. Hoy se puede saber, pero se necesita mucho tiempo. Un ciudadano normal no tiene tanto tiempo

 "Es bien difícil la situación hoy de la información. En este universo lo que está en crisis es la verdad”. “Hay una crisis de la información. Parecía que si teníamos redes sociales nos íbamos a librar de los grandes medios que pertenecían a corporaciones o a los Estados. Ya ves dónde estamos”.  “Se ha alentado a grupos extremistas a pasar al acto en base a mentiras, a no reconocer resultados electorales y en base a bulos. No solo son mentiras, sino una articulación entre unas mentiras y una situación social que favorece la recepción de esas mentiras como verdades”. Extracto de la entrevista al reconocido periodista y académico.

Tiene una amplia trayectoria periodística al frente de una publicación histórica como Le Monde Diplomatique. Cuenta decenas de libros publicados sobre comunicación, sociología o política internacional. Es doctor en Ciencias Sociales y catedrático de Teoría de la Comunicación. Ignacio Ramonet (Redondela, Pontevedra, 1943) no necesita mucha presentación. Recientemente ha publicado un nuevo libro. En “La era del conspiracionismo: Trump, el culto a la mentira y el asalto al Capitolio” (Clave Intelectual, 2022) se centra en desgranar todo lo que rodeó al impactante suceso que tuvo lugar en EEUU el 6 de enero de 2021. En esta entrevista con Público ofrece algunos detalles de lo que contiene la publicación. 

Al principio del libro escribe: “El asalto al Capitolio de enero de 2021 es un evento clave para el porvenir de la democracia, no solo en EEUU”. Lo califica como el “testimonio más impresionante de lo enfermo que está el sistema democrático”.  No parece un inicio demasiado esperanzador.

Hace unos días, Joe Biden hizo un discurso. Y dijo esencialmente, con respecto a los midterms (elecciones de medio mandato), ( ) que la democracia está amenazada. Él empezó su discurso diciendo: ¿Dónde está Nancy? Eso decía el tipo con un martillo en la mano que entró en la casa de los Pelosi y que atacó al marido. ¿Dónde está Nancy? es lo que decían el 6 de enero de 2021 los asaltantes al Capitolio, cuando la buscaban también para, literalmente, ejecutarla. La situación ha ido evolucionando en el peor de los sentidos…

¿Cree posible entonces que Trump vuelva a gobernar en EEUU?

No lo sabemos. Aún faltan dos años y pueden pasar muchas cosas. Pero hemos visto el peso que tiene Trump en este momento en el Partido Republicano. Cómo él está determinando a los candidatos y cómo los está eligiendo. Es verdad que hay una corriente anti Trump en su partido, pero por el momento no se ve quién podría ser candidato y presentarse a las primarias contra él. Tiene una maquinaria colosal, unos aportes financieros colosales, ha creado su red social, etc. Pero el hecho de que su íntimo amigo Elon Musk haya comprado ahora Twitter también nos dice que es posible que Trump regrese a esta red social. Trump, antes de que Instagram, Youtube o Facebook lo prohibieran, tenía como 150 millones de seguidores. Tenía una potencia comunicacional muy importante y hoy en día la sigue teniendo. 

¿Cuál sería ese Trump revanchista que regresaría? Con una Corte Suprema designada prácticamente por él mismo. En base además a una campaña basada en muchas mentiras. Es lo que decía Biden también el otro día, es el triunfo de la mentira si los republicanos ganasen…

Dice en el libro que la lección de lo que pasó en el Capitolio vale para otros contextos. Y aquí menciona a Jair Bolsonaro. Hemos visto cómo se resistía a reconocer  explíctamente su derrota frente a Lula. ¿Hay riesgo en Brasil de que no se respeten los resultados electorales y que pase como en EEEU?

Los resultados ya parece difícil que no se reconozcan. Implícitamente Bolsonaro no niega los resultados, sin aceptarlo explícitamente. Pero varios lugartenientes importantes suyos, en particular el nuevo gobernador electo en Sao Paulo, han reconocido la victoria de Lula. Lo que en Brasil puede ocurrir es un golpe de Estado militar. Lo que los bolsonaristas están pidiendo en este momento no es que Bolsonaro no reconozca la victoria de Lula. Es que los militares se apoderen de las riendas del Estado. Entonces este es el peligro del golpe de Estado. 

Lo del 6 de enero en EEUU, el hecho de asaltar un edificio emblemático, se había producido por ejemplo en Alemania cuando la extrema derecha asaltó el Bundestag. O cuando los fascistas italianos asaltaron la sede de la CGIL, el sindicato principal del país. Todo eso fue antes. Y luego, una vez se asaltó el Capitolio, mucha gente se sintió autorizada para asaltar edificios emblemáticos. Los camioneros canadienses cercaron el Parlamento de Canadá en Ottawa. Se ha alentado a grupos extremistas a pasar al acto en base a mentiras, a no reconocer resultados electorales y en base a bulos. Lo que trato de explicar es que no solo son mentiras, sino una articulación entre unas mentiras y también una situación social que favorece la recepción de esas mentiras como verdades. Por ejemplo, la situación de la clase media blanca en EEUU. 

De hecho en el libro destaca que muchas personas de clase trabajadora y media votaron en contra de los intereses de su clase por motivos identitarios. Y que cuando se vieron defraudadas comenzaron a abrazar las tesis conspiracionistas. ¿Qué lleva a una persona a abrazar este tipo de tesis?

Nosotros analizamos con una especie de parrilla marxista básica, y yo creo científica y social, que votan contra su clase social. Pero ellos no piensan en términos de clases sociales. Piensan, como Trump les incita a pensar, en términos de identidad racial o étnica. En tanto que como categoría étnica se sienten amenazados, porque son los blancos pobres rodeados de los inmigrantes no blancos que van subiendo desde el punto de vista social.

Entonces ellos se sienten amenazados y ya no tienen el estatuto que tuvieron en toda la historia de EEUU, que es la historia también de un genocidio, mediante el cual por el hecho de ser blanco ya era un estatuto privilegiado. Hoy lo están perdiendo. De ahí que ellos también favorezcan esta tesis, que la extrema derecha en Europa maneja mucho, de “la gran sustitución”. Es decir, están llegando inmigrantes gota a gota pero al cabo del tiempo nos van a sustituir, como ha pasado en algunos territorios, barrios o regiones. Como nos han sustituido desde el punto de vista electoral en algunas esferas locales, en los sindicatos u organizaciones de vecinos. Ellos se ven como un grupo étnico amenazado. Por eso todo esto tiene una dimensión muy racista. 

¿Y en España estamos a salvo de riesgos parecidos?

En la época de Obama, hace unos ocho años, el Tea Party nos parecía lo más a la extrema derecha que podíamos imaginar, lo más irracional desde el punto de vista político. Con cosas tan reaccionarias y alejadas del progreso, del curso de la historia. Y hoy el Tea Party es casi una organización democrática modélica frente a las nuevas extremas derechas. En Europa mira lo que acaba ocurrir en Italia. Un siglo después de la marcha sobre Italia, Giorgia Meloni está ahí reivindicando a Mussolini. La extrema derecha ha ganado las elecciones en Suecia, que era un ejemplo de socialdemocracia. En Francia el primer partido es el de Le Pen. Vemos cómo ese modelo americano que parece lejano o exótico y adaptado a una cultura americana muy poco estructurada según sus nuestros criterios académicos y educacionales. Pero las extremas derechas aquí también van subiendo. Por las mismas razones, la cuestión de la inmigración es extremadamente rentable con estas teorías. 

“Hay una crisis de la verdad”

En el libro se relatan todos los bulos relacionados con las teorías conspiracionistas de la era Trump y posterior. Pone un poco los pelos de punta especialmente todo lo relacionado con el Pizzagate, la red pedófila satánica… Y que hubiera total impunidad para difundir ese tipo de informaciones. 

Las redes sociales han creado la idea de que finalmente descubres que tus ideas que no te atrevías a expresar porque te avergonzaban, porque no estaban en el ámbito de lo aceptable, resulta que hay miles de personas que las tienen. De cualquier tipo. Entonces uno piensa que no está solo como pensador de tal idea torcida. Eso alienta a afirmarse en una sociedad que lo exige, a tener personalidad e identidad comunicacional. Estos canales favorecen esto. Esta expresión salvaje se fue corrigiendo últimamente. Y en particular después del asalto al Capitolio las grandes redes tomaron la decisión de moderar mucho más para ir eliminando a aquellos que difundían bulos o tesis racistas. Pero ahora vemos cómo Elon Musk, al comprar Twitter, dice que va a restablecer la libertad, que la libertad de expresión está muy limitada. No sabemos qué va a ser esta cuestión. 

Es muy crítico con las redes sociales y el uso que se le da. ¿Qué puede hacer un ciudadano en este contexto para informarse con cierto rigor?

Es bien difícil la situación hoy de la información. En este universo que describimos aquí lo que está en crisis es la verdad. Es decir, en particular yo desarrollo casi un capítulo sobre la crisis de la verdad, la historia de la verdad. Esto es una realidad hoy en día. Hoy en día literalmente es imposible saber si algo es cierto o es falso. Estamos ante una de las mayores crisis geopolíticas de los últimos 60 o 70 años, que es la guerra de Ucrania. Mira cuanta gente confundida hay. No digo que nadie tenga la verdad absoluta pero es muy difícil saber algunas cosas. Por ejemplo, ¿quién bombardea la central nuclear de Zaporiya? No tenemos una respuesta convincente para un razonamiento racional. Porque si son los rusos, ¿por qué se van a bombardear ellos que están ahí? Y si son los ucranianos, ¿por qué dicen que son los rusos?

En el libro hay un pequeño capítulo sobre esta guerra y es usted muy crítico con el papel de los grandes medios de comunicación. 

En general, unos y otros. No creo que los rusos tengan una visión muy objetiva de la guerra tampoco. 

Insisto entonces de nuevo en qué puede hacer un ciudadano con ánimo de informarse correctamente

Hay una crisis de la verdad. Hay una crisis de la información. Parecía que si teníamos redes sociales nos íbamos a librar de los grandes medios que pertenecían a corporaciones o a los Estados. Ya ves dónde estamos. Peor que nunca. Quizás lo que hay que decir es que informarse siempre ha sido difícil. Nunca ha sido fácil. Siempre hemos tenido la esperanza de que llegaría una tecnología que nos iba a permitir informarnos bien. Una tecnología o una política como la democratización de la información en la época del Informe McBride. Pero hoy se ha realizado la democratización de la información y estamos en una confusión muy importante. Repito, informarse siempre ha sido difícil.

Yo escribí un artículo hace un tiempo llamado “Informarse cuesta”. No solo cuesta dinero, porque hay que abonarse a diferentes medios de información sino porque hay que dedicar mucho tiempo a consultar fuentes diferentes. Hay sitios especializados en la revelación del origen de las fotografías o vídeos. Hoy se puede saber, pero se necesita mucho tiempo. Un ciudadano normal no tiene tanto tiempo. Quiere abrir el noticiero de televisión y que le digan la verdad. Eso hoy no es posible. 

Hablamos todo el rato de la extrema derecha pero quería preguntarle si la izquierda está a salvo de las teorías conspiracionistas sin fundamento.

La izquierda no está a salvo. La izquierda también entra en el conspiracionismo, ocurre cualquier cosa y la culpa es del imperialismo. Es muy fácil decirlo. Te voy a dar dos ejemplos. Cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre, una parte de la izquierda le hizo una acogida mundial a la tesis de Thierry Meyssan que decía que eso había sido el gran embuste de nuestro tiempo, que nunca había habido un ataque contra las Torres Gemelas. Y que había sido un autoatentado hecho por el Pentágono. Eso, parte de la izquierda lo recibió y lo repitió. No toda la izquierda, yo me considero de izquierdas y combatimos esa tesis como irracional y complotista.

El otro ejemplo es que en los medios de izquierdas se lee regularmente que el grupo de Bildelberg es el amo del mundo y que todo lo que ocurre tiene que ver con eso. Para una parte de la izquierda, Bildelberg son los reptilianos. La izquierda no está a salvo del complotismo. Una cosa que digo es que los complots existen de verdad. No muy lejos de aquí se asesinó a Prim, que fue víctima de un complot que aún hoy en día no se ha podido dilucidar."                 

(Entrevista a Ignacio Ramonet, Colectivo Luis Emilio Recabarren, 14/12/22)

18/1/23

Cousas veredes... miedo a una nueva guerra civil en Estados Unidos... el sistema se está desmoronando, la violencia política está aumentando y hay dos mitades de Estados Unidos que no es que no compartan sus ideas políticas, es que ni siquiera comparten los consensos más básicos sobre la realidad... “La definición de conflicto civil [civil strife, el paso previo], comienza con 25 muertes en un año. En Estados Unidos los extremistas antigubernamentales mataron en 2019 a 42 personas; en 2018, a 53; en 2017, a 37; en 2016, a 72; y en 2015, a 70″... “No creo que asistamos a un conflicto del todo militarizado... asistiremos a una mayor violencia racial, étnica y política e ideológica entre ciertas comunidades, sobre todo en momentos determinados, como durante las elecciones o en eventos públicos. En otras palabras, corremos el peligro de volvernos mucho más como Irlanda del Norte... no es inconcebible que podamos caer en ese tipo de violencia política duradera de bajo nivel”... tampoco es descartable que se produzca una fractura... que, de pronto, California decida independizarse. Después de todo, es una de las mayores economías del mundo... apunta la idea de una división del país, que convendría organizar pacíficamente antes de que sea tarde... "Somos más como una república federada de dos naciones: los azules [liberales] y los rojos [conservadores]. No es una metáfora; es una realidad geográfica e histórica... Tanto espacial como culturalmente, corresponde a las divisiones entre la Unión y la Confederación”. Esa división se ve claramente en niveles tan elementales como las juntas escolares, que la pandemia convirtió en verdaderos campos de batalla, y en asuntos como el aborto

 "Hay palabras que se resisten a convivir a la ligera. ‘Guerra’ y ‘civil’ son dos de esas palabras. Pero el caso es que se escuchan juntas frecuentemente estos días en Estados Unidos. Y no son las jeremiadas de cuatro extremistas: han resonado durante las seis semanas de audiencias de la comisión que investiga el ataque al Capitolio en boca de congresistas, de insurgentes que participaron en el asalto y de colaboradores de Donald Trump que se apearon en marcha del tren que iba a toda máquina hacia el golpe de Estado. También aparecen en ensayos y en artículos periodísticos y académicos, así como en discursos de políticos moderados.

Puede sonar exagerado ―y no sería raro: simplificar y exagerar son deportes nacionales en esta sociedad― pero, arguye Barbara F. Walter, profesora de Ciencia Política de la Universidad de California en San Diego, también parecía absurdo durante los meses o años previos a que estallaran conflictos en los lugares, desde Yugoslavia hasta Siria o Irak, que ella estudia para entender el modo en el que se ha desatado la violencia en las últimas tres décadas y las lecciones que cabe extraer para evitar que vuelva a suceder. “Mientras me dedicaba a ese trabajo, me di cuenta de algo inquietante: las señales de inestabilidad que identificamos en otros países son las mismas que he comenzado a ver en el mío”, explica en How Civil Wars Start (Cómo empiezan las guerras civiles, Crown, 2022).

Walter escoge con cuidado sus palabras en uno de los ensayos de la temporada. Y resulta sombríamente persuasiva, cuando, por ejemplo, argumenta que Estados Unidos cumple los dos requisitos que más se repiten en la inminencia del conflicto fratricida. El primero: el país ha caído por primera vez en los últimos años en el grupo de las que el laboratorio de ideas de Virginia llamado Center of Systemic Peace considera “anocracias”, regímenes que se sitúan en los grises que hay entre las democracias completas y las autocracias puras. Dos sistemas que, por razones diametralmente opuestas, nunca se deslizan, dice Walter, hacia la guerra civil.

El segundo factor de riesgo llega cuando los partidos políticos empiezan a organizarse a los dos lados de líneas rojas basadas en “la raza, la religión o la identidad”, rasgos que la experta observa en la guerra cultural (esa sí, ya en marcha) que libran republicanos y demócratas. Para ella, “el ataque al Capitolio y la politización del uso de las mascarillas durante la pandemia” son dos manifestaciones de algo que viene de más lejos: “En la última década, la desigualdad ha crecido y nuestras instituciones se han debilitado [están en mínimos históricos en términos de confianza de los ciudadanos, según una encuesta hecha pública esta semana por otra institución, Gallup]. Los estadounidenses están cada vez más cautivos de los demagogos, a través de sus pantallas y de sus gobiernos”. Y lo que es más preocupante a corto plazo: “Los grupos extremistas violentos, especialmente de la derecha radical, son más robustos que nunca, aunque su crecimiento pueda parecer imperceptible”.

El ensayista Stephen Marche es autor de The Next Civil War. Dispatches from the American Future (La próxima guerra civil. Despachos desde el futuro de Estados Unidos, Avid Reader Press, 2022), un libro provocador desde sus primeras frases: “Estados Unidos está llegando a su final. La pregunta es cómo”. Marche recuerda en una conversación telefónica que la revista Foreign Policy “pidió, a raíz de la elección [en 2016] de Donald Trump, a un grupo de expertos en seguridad nacional que evaluaran las posibilidades de una guerra civil en los próximos 10 a 15 años”. “El consenso se situó en el 35%”, añade. “Una encuesta de 2019 de la Universidad de Georgetown preguntó a los votantes registrados cuán cerca veían el país al borde de una guerra civil, en una escala de 0 a 100. La media de sus respuestas fue 67,23 puntos”.

Lo que sucedió entre uno y otro sondeo es, obviamente, la presidencia de Donald Trump, que empezó con él diciendo en las escaleras, precisamente, del Capitolio: “La carnicería americana debe parar inmediatamente”. Y terminó con su sucesor, Joe Biden, confesándole a un congresista, poco antes del día de las elecciones: “Ciertamente espero que esto funcione. Si no, no estoy seguro de que vayamos a tener un país”. La admonición de Biden la recogen Jonathan Martin y Alexander Burns en el recién publicado This Will Not Pass: Trump, Biden and the Battle for America’s Future (Esto no pasará: Trump, Biden y la batalla por el futuro de América, Simon & Schuster, 2022).

Un país dividido

Aunque sería injusto echarle toda la culpa a Trump, que dijo en 2017: “No he venido a dividir al país. Ya estaba profundamente partido cuando llegué”. El último despacho desde el futuro de Estados Unidos llegó esta semana a darle la razón desde Kentucky. Allí, un tipo llamado C. Wesley Morgan, que hizo su dinero con un imperio de licorerías, recibió en su mansión la visita de un asesino perturbado que mató a una de sus hijas. No le valió de nada haberse construido un búnker para “protegerse en caso de guerra civil”. Se lo mandó hacer durante la Administración de Barack Obama, un tiempo en el que se convenció de que la sociedad estaba “al borde del colapso”.

“Por supuesto, ninguna predicción está tallada en piedra, pero creo que es innegable que el sistema se está desmoronando, que la violencia política está aumentando y que hay dos mitades de Estados Unidos que no es que no compartan sus ideas políticas, es que ni siquiera comparten los consensos más básicos sobre la realidad. Alguno podría argumentar que estos episodios convulsos ya se dieron en los años sesenta y setenta”, aclara Marche, de nacionalidad canadiense. “Pero me temo que esta vez no los superaremos a golpe de hedonismo y nos veremos de repente en una nueva era disco”. El autor recuerda que cuando estaba escribiendo el libro, que empezó tras asistir a la toma de posesión de Trump, sus amigos y editores le trataban de persuadir contra su “alarmismo”. “Verás cómo llega un enemigo externo que nos unirá a todos’, me decían. Vino la pandemia, y fue peor aún. Pasado el 6 de enero, respiraron tranquilos: ‘Bueno, ya no lo publicarás, porque después de esto no queda otra que reconciliarnos como sociedad’. Tuve que esforzarme por no reírme en sus caras”, dice. Finalmente, lo lanzó hace seis meses, y desde entonces, añade, contempla cómo se amontonan más pruebas que “apuntalan” sus teorías. Las dos últimas: la matanza en un supermercado de Búfalo de 10 afroamericanos a manos de un joven intoxicado por el supremacismo blanco, y la detención de un hombre armado con intención homicida en las inmediaciones de la casa en un suburbio de Washington del juez del Supremo Brett Kavanaugh.

En un país con más armas (unos 390 millones) que habitantes (332 millones), en el que un candidato al Senado (el republicano Eric Greitens, Misuri) puede protagonizar un anuncio electoral en el que fantasea rifle en mano con matar rinos (siglas en inglés para republicanos solo de nombre), tanto Marche como Walter se ponen de acuerdo en señalar el mismo caso como paradigmático de la nueva y ominosa realidad: el arresto, en octubre de 2020, de 13 sospechosos de orquestar un complot para secuestrar a la gobernadora demócrata de Míchigan, Gretchen Whitmer. Planeaban llevarla a un lugar secreto, juzgarla por los confinamientos que había decretado durante la pandemia por traición (a la autonomía personal, se entiende) y ejecutarla. La mitad de los sospechosos estaban vinculados a una milicia local, los Wolverine Watchmen, emparentada con otros grupos de extrema derecha claves en el ataque al Capitolio, como los Proud Boys o los Oath Keepers. El líder de estos, Stewart Rhodes, declaró en una entrevista con The Atlantic publicada en noviembre de 2020, dos meses antes del asalto: “No jodamos. Ya estamos en una guerra civil”. Marche recuerda que, según las métricas del Instituto de Investigación de la Paz de Oslo, hacen falta 1.000 muertes de combatientes en un año para poder dar la razón a Rhodes. “La definición de conflicto civil [civil strife, el paso previo]”, aclara, “comienza con 25 muertes en un año. En Estados Unidos los extremistas antigubernamentales mataron en 2019 a 42 personas; en 2018, a 53; en 2017, a 37; en 2016, a 72; y en 2015, a 70″.

Esos grupos centraron una de las sesiones del comité que investiga el 6 de enero, durante la que el congresista demócrata Jamie Raskin (Maryland) trató de demostrar la relación entre lo que dijo e hizo Trump en los días previos y durante la fatídica jornada, y la violencia que desataron esos milicianos que acudieron a su llamada en Washington (“Estad allí. Será salvaje”, les prometió en un tuit). Raskin, brillante orador que salpica sus discursos de referencias a la historia intelectual y política de la fundación y la reconstrucción estadounidenses, coincide con el resto de los expertos consultados en que, de producirse, la segunda guerra civil no será como la primera (1861-1865). “No creo que asistamos a un conflicto del todo militarizado”, aclara a EL PAÍS este demócrata en ascenso. “Pero sí creo que si no le pasamos la cuenta al insurreccionalismo que se organizó aquel día, asistiremos a una mayor violencia racial, étnica y política e ideológica entre ciertas comunidades, sobre todo en momentos determinados, como durante las elecciones o en eventos públicos. En otras palabras, corremos el peligro de volvernos mucho más como Irlanda del Norte”.

Ese recurso a los Troubles, nombre con el que se conoce al conflicto norirlandés, es una constante en la retórica de quienes aquí alertan sobre una guerra civil. La comparación inquieta al dublinés Fintan O´Toole, firma habitual de la revista The New York Review of Books, donde escribe sobre política estadounidense. Su último libro es una “historia personal” de su país. “Es importante recordar que el conflicto de Irlanda del Norte nunca se convirtió en una guerra civil”, apunta en un correo electrónico. “Hubo actos regulares de violencia extrema por parte de grupos paramilitares y respuestas violentas por parte del Estado, pero eso, como en España saben perfectamente, no es una guerra civil. Lo cual no significa que lo sucedido en Irlanda del Norte no fuera terrible, o que este tipo de conflicto no sea horroroso. Lo es, y no es inconcebible que Estados Unidos pueda caer en ese tipo de violencia política duradera de bajo nivel. Pero llamar a esto guerra civil no sirve, sino que alimenta la mentalidad tóxica del grupo de quienes quieren ver violencia a gran escala”.

Secesión pacífica

Agnieszka Paczynska, de la Escuela de Análisis y Resolución de Conflictos de la Universidad George Mason en Arlington, en el Estado de Virginia, no pertenece a ese grupo, pero tampoco descarta durante una conversación en un café de Washington “que se produzca una fractura, o que, de pronto, California decida independizarse. Después de todo, es una de las mayores economías del mundo”. Para ella, el problema está en un sistema que no funciona, por ejemplo, en la distribución de los votos electorales, que permite que “un lugar como Wyoming [580.000 habitantes] tenga dos senadores, los mismos que California [39 millones]”. “Para cambiar eso, habría que cambiar la Constitución, y tendrían que votar a favor los miembros del partido [republicano] que perdería con esa nueva distribución. ¿Por qué iban a hacerlo?”, se pregunta.

Esa idea de una división del país que tal vez convendría organizar pacíficamente antes de que sea tarde también resurge estos días en la conversación (“la secesión no sería un fracaso, en vista de las tensiones actuales”, opina Marche). Tal vez la unión solo haya sido un espejismo de 160 años. “En realidad, nunca hemos sido una nación. Somos más como una república federada de dos naciones: los azules [liberales] y los rojos [conservadores]. No es una metáfora; es una realidad geográfica e histórica”, escribió recientemente el analista Michael Podhorzer en su influyente newsletter electoral. “Tanto espacial como culturalmente, corresponde a las divisiones entre la Unión y la Confederación”. Esa división se ve claramente en niveles tan elementales como las juntas escolares, que la pandemia convirtió en verdaderos campos de batalla, y en asuntos como el aborto: la reciente sentencia del Tribunal Supremo que deroga el derecho federal a su acceso ha pintado, de facto, un mapa de Estados permisivos y restrictivos que recuerda al de la Guerra de Secesión.

Podhorzer coincide con otros analistas en que el problema no es tanto una posible guerra civil, como que Estados Unidos acabe en brazos del autoritarismo, y que la primera jugada de esa partida ya se ha perdido con el control del Supremo (la siguiente llegará en 2024, si los negacionistas del triunfo de Biden se hacen con el control de la maquinaria electoral). Esa deriva se teme también Paul Stanley, de la Universidad de Yale, que, en un artículo en The Guardian, considera que “el movimiento fascista estadounidense contemporáneo está liderado por intereses oligárquicos para quienes el interés público es un incordio, como los del negocio de los hidrocarburos, así como un movimiento social, político y religioso con raíces en la Confederación. Como en todos los movimientos fascistas, estas fuerzas han encontrado en la figura de Trump un líder popular no sujeto a las reglas de la democracia”.

Todas las voces en este debate están de acuerdo al menos en una cosa: ya sean de una guerra civil, de un futuro fascista o de la secesión, las premoniciones son abundantes y difíciles de ignorar. Marche se consuela pensando que “si hay algún país capaz de una reinvención política a gran escala, ese es Estados Unidos”. O’Toole prefiere recurrir a un sabio europeo, Hans Magnus Enzensberger, quien escribió en los años noventa que “no hay guerra civil útil”.

Entre tanto, el izquierdista Bernie Sanders se hizo viral esta semana con un vídeo en el que una simpatizante acudía a él (y a la altura de sus 80 años) en busca de consejo para, dadas las circunstancias, no caer en el fatalismo, en la “pérdida de toda esperanza”. “Estos son tiempos muy duros, y es importante ser honestos con eso. Pero no son los únicos tiempos difíciles por los que hemos pasado como nación. No os dejéis atrapar por el pesimismo. Las cosas cambian. Mejoran. Por eso es importante no abandonar la lucha”, respondió el viejo senador."                     (Iker Seisdedos , El País, 24/07/22)

14/4/22

El nazismo y el fascismo en los años treinta, el trumpismo y previsiblemente el putinismo ahora

 "(...) Este déficit de conocimiento histórico adquiere especial significado en el período actual donde se están produciendo situaciones a ambos lados del Atlántico Norte, que tienen considerables parecidos a las existentes en los años 30 y principios de los años 40 en tal parte del mundo.

 El nazismo y el fascismo surgieron promovidos por los mayores poderes económicos, políticos y sociales en cada país, para terminar con los sistemas democráticos que habían permitido la aparición de movimientos político-sociales -el socialismo y el comunismo- que cuestionaron aquellos poderes.  El nazismo y el fascismo eran los instrumentos desarrollados y promovidos para parar aquellos movimientos con vocación transformadora. Aunque no eran idénticos, el nazismo y el fascismo tenían muchas características y objetivos comunes.

LOS ORÍGENES DEL NAZISMO EN ALEMANIA

El Partido Socialdemócrata Alemán era el partido gobernante durante la República Weimar y era su objetivo el conseguir la transformación de la sociedad alemana. La Gran Depresión y los estragos que esta causó entre la clase trabajadora explica su rápida expansión.  Para pararlo y eliminarlo se creó el Partido Nazi, que no fue fundado por Hitler, sino que éste lo captó más tarde dándole sus características más importantes.

 El partido Nazi era un partido de ultraderecha, con un nacionalismo extremo que se atribuía una superioridad moral, ética y cultural, sobre cualquier otra raza o grupo étnico, promotor de la violencia y ejercicio bélico para conseguir sus objetivos, sin ningún limite en su deseo de dominio, profundamente antisemita y anticomunista, siendo la fuerza política más hostil y antagónica a las formaciones políticas enraizadas en el movimiento obrero. Tenía además, una vocación imperial deseosa de expansión territorial.

Aunque se auto definió como anti-establishment, nunca se enfrentó con las fuerzas y clases dominantes, las cuales intentaron utilizarlos para exterminar a los partidos socialistas y comunistas. El gran bulo que el Nazismo promovió en el libro de Hitler Mein Kampf, fue el que Alemania, en realidad había ganado la Primera Guerra Mundial, pero había sido traicionada por los judíos y por los partidos socialistas y comunistas. 

A todos ellos se les debían eliminar y exterminar tanto en Alemania como en el resto del mundo. Entre ellos estaban españoles exiliados en Francia que habían iniciado, y en parte liderado la resistencia antinazi en aquel país, y de los cuales muchos terminaron en los campos de concentración nazis (incluyendo miembros de mi familia).

QUIENES APOYARON EL NAZISMO

 Hitler y el nazismo fueron promovidos por los grupos económicos más poderosos de Alemania y el establishment político conservador alemán, que consideraba a Hitler como una especie de payaso útil (tal y como lo había definido confidencialmente el presidente de Alemania del momento, Paul von Hinderburg, creyendo que lo podrían controlar fácilmente), cuando lo nombro primer ministro. 

 Hitler más tarde, destruyó la democracia, incluso quemando el parlamento alemán, instalando una dictadura profundamente nacionalista, centralista, que negó la diversidad territorial, racista, sexista, homófoba y profundamente reaccionaria y autoritaria, que negó cualquier forma de legitimidad a sus adversarios políticos, intentando controlar todos los aparatos del estado y los medios de información y orientación, infiltrando gran número de las instituciones para controlarlas eliminando todo vestigio de diversidad. Fue así como destruyó la democracia, iniciándose una de las páginas más represivas que ha existido en la historia de los países que controló.

EL FASCISMO EN ESPAÑA Y QUIENES LO APOYARON

En España el fascismo tuvo características comunes con el nazismo alemán y el fascismo italiano, como su nacionalismo extremo, jacobino, racista, sexista, homofóbico, y profundamente anti-clase trabajadora, intentando a la vez utilizar un lenguaje de partido seudo-obrerista, definiéndose como un movimiento nacionalsindicalista. Apoyado por las oligarquías económicas del país, promovió el bulo de que las izquierdas querían destruir y romper a España.

 En realidad la victoria de las izquierdas en el año 1936 fue lo que motivó el golpe militar que sin la ayuda del nazismo alemán y el fascismo italiano, no habrían conseguido ganar el golpe, pues la Segunda República y las medidas propuestas por el Frente Popular gozaban de gran apoyo popular, habiendo sido la república una de las etapas con mayor potencial transformador en España que de haber triunfado se habría generado décadas de desarrollo, pudiendo alcanzar el nivel de bienestar que han alcanzado los países nórdicos escandinavos de Europa, donde el movimiento obrero históricamente ha sido más fuerte dentro de sistemas democráticos.

EL FASCISMO Y EL NAZISMO EN ESTADOS UNIDOS Y DE DONDE SURGIÓ

En Estados Unidos hubo también varios movimientos con características fascistas apoyados por grandes poderes económicos y financieros a fin de parar los cambios realizados por las fuerzas progresistas. El más conocido fue liderado por Huey Long, y el sacerdote Charles Coughlin, profundamente antijudío, con claras simpatías hacia el nazismo y el fascismo europeos. En realidad, el banquero J.P. Morgan, quien se describió a sí mismo como "algo así como un misionero" del fascismo italiano, expresando su admiración por Il Duce, proveyó un préstamo a Mussolini de cien millones de dólares.

 Estos movimientos tenían milicias armadas y con simpatías dentro de sectores del ejército, que llegaron incluso a planear un golpe de estado, detrás del cual estaban, además de J.P. Morgan, otras conocidas personalidades dirigentes de la General Motors, entre muchos otros.  Su objetivo era terminar con las altamente populares reformas del New Deal llevadas a cabo por el Presidente Roosevelt, quien estableció las bases del Estado de Bienestar en Estados Unidos. Tal movimiento era profundamente anti-New Deal y antisocialista y anticomunista, con características de tales movimientos semejantes a aquellos movimientos de nacionalismo extremo, racismo, sexismo, homofobia, y anti-clase trabajadora. El golpe militar que al final fue interrumpido planeaba un golpe al capitolio (ver: Why is so little known about the 1930s coupe attempt against FDR? Por Sally Denton, The Guardian, 12/1/2022).

¿SE ESTÁ REPITIENDO AHORA LA HISTORIA?

Elementos en común que tenían el nazismo y el fascismo es que la estructura de poder económico, político y social que dominaba las sociedades citadas, promovieron las prácticas nazis y fascistas para parar y eliminar las propuestas de cambio, utilizando la violencia para destruir la democracia a fin de eliminar a sus adversarios.

 En realidad, todos ellos cuestionaron la legitimidad de sus adversarios, percibidos todos ellos como carentes de legitimidad. Este tipo de acusación, de nula legitimidad para gobernar el país, era una característica definitoria de tales movimientos. ¿Se está repitiendo esta situación ahora? Vemos como lo que está ocurriendo en Estados Unidos ahora (con la aparición del trumpismo), está jugando un papel semejante al de Alemania (con la existencia del nazismo) en los años 30 y 40, al de ser uno de los mayores ejes del movimiento reaccionario nacional e internacional."                       (Vicenç Navarro , Público, 14/04/22) 

11/2/22

Enzo Traverso: el fascismo fue más que una forma de nacionalismo radical y una idea racista de nación. También fue una práctica de violencia política, un anticomunismo militante y una completa destrucción de la democracia... los nuevos movimientos de la derecha radical tienen una relación diferente tanto con la violencia como con la democracia.... además, Bolsonaro y Trump no solo fueron incapaces de disolver el Poder Parlamentario; terminaron (o están en tren de terminar) su mandato enfrentando varios procedimientos de destitución

 "(...) En el siglo XX, el fascismo era un proyecto de «regeneración» de la nación, vista como una comunidad étnica y racial homogénea. Si este es el núcleo del fascismo, no sería erróneo definir los movimientos de extrema derecha de nuestros días, a pesar de tantas diferencias obvias, como los herederos del fascismo clásico. 

El léxico fascista ha cambiado, desde luego, y su «comunidad imaginada» exhibe nuevos características o, mejor dicho, nuevos mitos. Designa una pureza supuestamente originaria que es debido defender o restaurar contra sus enemigos: la inmigración («el gran reemplazo»), las invasiones raciales antiblancos, la corrupción de los valores tradicionales por parte del feminismo y los grupos de activismo LGBTQI, el islamismo y sus agentes (el terrorismo y el «islamoizquierdismo»), etc. 

Los precursores del surgimiento de esta oleada neofascista anidan en la crisis de hegemonía de las élites globales, cuyas herramientas de gobierno, heredadas de los viejos Estados-nación, parecen obsoletas y cada vez más ineficaces. Como explicaba el marxista italiano Antonio Gramsci en su revisión crítica de Nicolás Maquiavelo, la dominación es una combinación de aparatos represivos y una hegemonía cultural que permite a un régimen político mostrarse legítimo y benéfico, en vez de tiránico y opresivo. 

Tras varias décadas de políticas neoliberales, las clases dominantes han incrementado enormemente su riqueza y su poder, pero también han sufrido una significativa pérdida de legitimidad y de hegemonía cultural. Estas son las premisas para el ascenso del neo posfascismo: por un lado, la creciente «caída en el salvajismo» de las clases dominantes y, por otro, las extendidas tendencias autoritarias que su dominación engendra.

La definición del fascismo como un proyecto de «regeneración» de la nación capta un elemento fundamental de continuidad histórica, pero probablemente sea insuficiente. Contemplado desde una perspectiva histórica, el fascismo fue más que una forma de nacionalismo radical y una idea racista de nación. 

También fue una práctica de violencia política, un anticomunismo militante y una completa destrucción de la democracia. La violencia, especialmente dirigida contra la izquierda y el comunismo, fue la forma privilegiada de su acción política, y en todos los lugares donde llegó al poder —ya fuese por vías legales, como en Italia y Alemania, o por medio de un golpe militar, como en España—, el fascismo destruyó la democracia. 

Desde este punto de vista, los nuevos movimientos de la derecha radical tienen una relación diferente tanto con la violencia como con la democracia. Si bien pretenden defender al «pueblo» contra las élites y restablecer el orden, no quieren crear un nuevo orden político. En Europa, están más interesados en hacer valer tendencias autoritarias y nacionalistas dentro de la Unión Europea que en destruir sus instituciones. Esa es la postura de Viktor Orbán en Hungría y de Mateusz Morawiecki en Polonia, así como de Marine Le Pen en Francia y Matteo Salvini en Italia, dos líderes que en última instancia aceptaron el euro. 

La Liga italiana recientemente participó en un gobierno de coalición encabezado por Mario Draghi, exdirector del Banco Central Europeo y figura prominente del neoliberalismo y las élites financieras. En la India, Brasil y los Estados Unidos, líderes de extrema derecha llegaron al poder y desplegaron tendencias autoritarias y xenófobas sin cuestionar el marco institucional de sus Estados. Bolsonaro y Trump no solo fueron incapaces de disolver el Poder Parlamentario; terminaron (o están en tren de terminar) su mandato enfrentando varios procedimientos de destitución.

El caso de Trump, el más discutido en los últimos meses, es particularmente instructivo. Su trayectoria fascista se reveló con claridad cuando al final de su presidencia se negó a admitir la derrota y buscó invalidar el resultado electoral. Sin embargo, la «insurrección» folclórica de partidarios suyos que invadieron el Capitolio no fue un golpe fascista fallido; en cambio, entrañó un intento desesperado de invalidar una elección por parte de un líder que, sin lugar a dudas, había roto las reglas más elementales de la democracia —lo cual posibilita describirlo como fascista—, pero se mostraba incapaz de señalar una alternativa política. 

Es indudable que Francisco Franco y Augusto Pinochet habrían considerado ese «alzamiento» del 6 de enero como una iniciativa de aficionados patéticos. Lo acontecido en el Capitolio reveló de manera indiscutible la existencia de un movimiento fascista de masas en los Estados Unidos, y en un sentido más amplio, un movimiento fascista organizado por medio de una red de milicias armadas. 

Aun así, este movimiento sigue muy lejos de conquistar el poder, y su consecuencia inmediata fue hundir al Partido Republicano en una profunda crisis. Trump había ganado las elecciones de 2016 como candidato de ese partido: una coalición de élites económicas, clases medias altas interesadas en los recortes impositivos, defensores de los valores conservadores, fundamentalistas cristianos y clases populares blancas empobrecidas que se sentían atraídas por un voto de protesta. Por cierto, esta coalición puede recrearse.

Sin embargo, como líder fascista de un movimiento de supremacistas blancos y nacionalistas reaccionarios, Trump no cuenta con muchas posibilidades de ser reelecto. Por añadidura, habría que entender en su contexto el movimiento fascista que lo respalda. En contraste con la milicia fascista italiana (los camisas negras) entre 1920 y 1925 o los SA [Sturmabteilung] nazis entre 1930 y 1933, que expresaban la caída del monopolio estatal de la violencia en la Italia y la Alemania de posguerra, respectivamente, las milicias de Trump son un legado envenenado de la historia estadounidense, la historia de un país donde la posesión individual de armas se considera una característica de la libertad política.

 Por estremecedor que resulte, esto no es el presagio de un Estado a punto de derrumbarse. En los años treinta del siglo XX, las élites industriales, financieras y militares europeas apoyaron al fascismo como solución a las crisis políticas endémicas y a la parálisis institucional; también, y sobre todo, como una defensa contra el bolchevismo. Hoy en día, respaldan al neoliberalismo. 

En los Estados Unidos, el establishment puede apoyar al Partido Republicano como alternativa típica al Partido Demócrata; pero el Pentágono nunca adheriría a un golpe de supremacistas blancos para impedir la elección de Joe Biden como cabeza del Poder Ejecutivo. En el llamado Viejo Mundo, el establishment está representado por la Unión Europea y se opone con firmeza a los movimientos populistas, nacionalistas y posfascistas que reclaman un retorno a las «soberanías nacionales».

El fascismo clásico nació en un continente devastado por la guerra total y se desarrolló en una atmósfera de guerras civiles, dentro de Estados profundamente inestables y con mecanismos institucionales paralizados por agudos conflictos políticos. Su radicalismo surgió de una confrontación con el bolchevismo, que le dio el carácter «revolucionario». El fascismo consistía en una ideología y un imaginario utópicos, que crearon el mito del «hombre nuevo» y la grandeza nacional. 

Los nuevos movimientos de extrema derecha carecen de todos esos pilares: son producto de una crisis de hegemonía que no puede compararse con el derrumbe europeo de la década de 1930; su radicalismo no incluye ni un asomo de «revolucionario», y su conservadurismo —una defensa de los valores y las culturas tradicionales, las «identidades nacionales» amenazadas y una respetabilidad burguesa opuesta a las «desviaciones» sexuales— está desprovista de la idea de futuridad que modeló de manera tan profunda las ideologías y utopías fascistas. Por eso, me parece más apropiado describirlos como posfascistas, no como neofascistas. (...)"                       (Enzo Traverso, Sin Permiso, 29/12/21)

25/10/21

El gran mito es que Estados Unidos es un país moralmente superior. Solo puedes creer que eres especial o diferente si tienes el poder para imponer esa idea... pero yo veía cómo el país se estaba destruyendo porque todo el mundo intentaba hacerse rico.

 "Faltaban aún dos meses para las elecciones presidenciales de noviembre de 2020 cuando se publicó en Estados Unidos Elegías a la patria, la aclamada novela de Ayad Akhtar, uno de los libros del año según las listas de los principales medios, que Roca edita ahora en castellano traducido por Elia Maqueda. 

Cuenta el autor que Trump fue la musa de esta historia. En el libro el expresidente no aparece disfrazado de ninguna manera, sino que su irrupción en el escenario político y el terremoto que causa son centrales en esta historia cuyo narrador no consigue entender la irrefrenable atracción que siente su padre por su figura.

Nacido en Nueva York en 1970, hijo de una pareja de médicos paquistaníes y criado en Wisconsin, Akhtar da voz en las páginas de su libro a la comunidad musulmana estadounidense, repasa las contradicciones, ambivalencias y tensiones de la experiencia de los inmigrantes y sus hijos retomando un tema que ya ha tratado en sus obras de teatro, por las que ha obtenido un premio Pulitzer y varias nominaciones a los Tony.

 Formado con dos grandes de la escena, Jerzy Grotowski y André Gregory, de Akhtar se ha dicho que viene a ser un cronista tan brillante como lo fue Bellow para los inmigrantes judíos, solo que en su caso para los musulmanes, alguien con un ojo certero y un excelente oído, capaz de retratar con agudeza la vida de quienes luchan por salir adelante y reformular sus sueños.

En Elegías a la patria Akhtar juega con la autoficción, con un protagonista dramaturgo, hijo de médicos, que responde a su mismo nombre y que reflexiona con crudeza sobre la moral y la avaricia del credo estadounidense, y la atracción fatal y sentimental que se esconde en la yihad. Desde una casa al norte del Estado de Nueva York, donde ha pasado los últimos meses, el escritor responde a la videollamada.

 Pregunta. ¿Por qué decidió mezclar en Elegías a la patria ensayo, reflexiones, mucho diálogo y una trama con la historia política reciente de EE UU de fondo?

Respuesta. Di con una voz y empecé a escribir. No quería marcar las distancias y empeñarme en demostrar que no era yo el narrador. Vi que podía reflejar los distintos aspectos de mi propia conciencia, fuesen estos filosóficos, polémicos, históricos o dramáticos. Me encanta escribir diálogos y usé cosas de mi vida cuando me apetecía, sintiéndome libre.

P. ¿Para confundir realidad y ficción?

B. Bueno, es algo muy contemporáneo, es lo que hacen las noticias, las fake news, Instagram, las redes sociales. ¿Qué pasa cuando te colocas en un escenario a la vista de todos? En un autorretrato en Instagram, ¿presentas algo que es solo parcialmente real? Todas estas preguntas sobre epistemología y la decadencia de la verdad están ahí. Y de una forma orgánica fueron encajando junto a las otras preocupaciones. La novela fue la plataforma que unía información, análisis, historia, diálogo, drama.

P. Esa idea de la novela en la que todo cabe tiene una larga tradición.

R. Sí, el gran paradigma del modernismo es tratar de reflejar la naturaleza heterogénea del mundo en una novela. Hoy eso mismo es un elemento central en Twitter o Instagram, porque el discurso allí es heterogéneo, y el elemento que lo unifica, algo aterrador, es lo corporativo.

P. Arranca con una definición contundente de EE UU como una nación depredadora basada en el pillaje y el autoengrandecimiento.

R. Estaba en la Academia Americana en Roma, mi madre había muerto, mi padre estaba en absoluto declive, y Trump era presidente. El país al que llegaron era muy distinto del lugar donde, medio siglo después, murieron. Contar la historia de su vida y de sus colegas inmigrantes y de sus hijos y lo que pasó era una manera de narrar desde fuera una experiencia de dentro de EE UU. Es difícil entender la génesis creativa de algo, pero creo que fue el duelo, un sentimiento de pérdida, cierta vergüenza, shock. Y también había pensado en la monetización de la vida en EE UU y el ascenso del individualismo, un tema que traté en piezas teatrales. Veía cómo el país se estaba destruyendo porque todo el mundo intentaba hacerse rico.

 P. ¿En estos años ha habido una revisión de los mitos y sueños americanos?

R. El gran mito es que el país es moralmente superior. EE UU simplemente ha sido una superpotencia muy rica que ha proyectado lo mejor de su moral por el planeta durante unos años de una forma atractiva, excitante y vívida. No diría que EE UU es peor que otros imperios, pero tampoco creo que sea tan distinto o que lo haya sido.

P. El narrador recuerda un viaje a Pakistán después del 11-S y dice que allí la gente sentía cosas parecidas a las que sentían muchos en EE UU cuando Trump llegó a la Casa Blanca.

R. Hay algo bastante bonito y divertido en la excepcionalidad estadounidense hasta que reconoces que, por un lado, no es tan cierta y, por otro, que es bastante peligroso sentir que eres distinto. Solo puedes creer que eres especial o diferente si tienes el poder para imponer esa idea. De lo que se trata, al final, es de tener poder.

 P. Escribe también sobre la vida privada codificada y comercializada, y sobre el capitalismo de la vigilancia.

R. Mucha gente habla del momento de singularidad en el que la inteligencia artificial superará a la humana, y piensan que será un robot. Pero esa singularidad ya ha pasado, y esas amplias redes interconectadas de inteligencia artificial ya están determinando el comportamiento humano. Es algo muy alarmante que está relacionado con el ascenso de las autocracias, y eso seguirá. Trump fue el canario en la mina.

P. ¿Es más fácil hoy escribir sobre musulmanes estadounidenses, después de todo lo que ha pasado y los otros movimientos de protesta que ha habido?

R. Lo que está pasando con todos estos movimientos es importante, pero todo se enfoca en la diferencia. Al final, el gran tema de los grandes libros es la unidad; un lector no quiere sentir que ve algo desde fuera.

P. Escribe que las historias están hechas de movimiento, no de moral.

R. En Hollywood las conversaciones entre guionistas giran con frecuencia en torno a la idea de si un personaje caerá bien o no, pero yo creo que esto al público no le importa, lo que les engancha es qué va a pasar. Ese movimiento importa más que si es bueno o malo. Trump resultó ser una historia muy buena, que tenía a todo el mundo enganchado, él sabía cómo protagonizar la historia cada día y crear un nuevo episodio de su serie; tenía ese instinto."                 (Entrevista a Ayad Akhtar, Andrea Aguilar, El País, 27/05/21)

24/9/21

Una sociedad socialmente sana probablemente nunca habría elegido a Trump. Incluso antes de Covid-19, los estadounidenses estaban cada vez más aislados... los estadounidenses desconectados socialmente de la sociedad está aumentando. Y estos votantes apoyan desproporcionadamente a Trump... porque les da sentido a sus vidas, y si le das un sentido a la vida de la gente, te lo darán todo

 "No pensaba leer ninguno de los nuevos libros sobre Donald Trump. Su dominio vampírico sobre la atención de la nación durante cinco años fue lo suficientemente pesadillesco; una de las pequeñas alegrías de la era post-Trump es que se ha vuelto posible ignorarlo durante días.

Pero después de leer un artículo adaptado de 'Francamente, sí ganamos estas elecciones: La historia interna de cómo perdió Trump' de Michael C. Bender, periodista del Wall Street Journal, cambié de opinión y lo cogí. Lo que me llamó la atención no fue su reportaje sobre el desorden de la Casa Blanca y los impulsos aterradores de Trump -algunos detalles son nuevos, pero esa historia es familiar. Más bien, me fascinó el relato de Bender sobre la gente que seguía a Trump de mitin en mitin como si fueran cabezas muertas autoritarias.

La descripción que hace Bender de estos superfans de Trump, que se autodenominan "Joes de primera fila", es comprensiva pero no sentimental. Sobre todo, capta su soledad previa a Trump.

Soledad y totalitarismo

'Muchos estaban recién jubilados y tenían tiempo libre y poco que los atara a casa', escribe Bender. 'Un puñado nunca tuvo hijos. Otros estaban alejados de sus familias'. Al unirse al movimiento de Trump, encontraron una comunidad y un sentido de propósito. La vida de Saundra se hizo más grande con Trump", dice de una mujer de Michigan que hacía trabajos esporádicos en la carretera para financiar su obsesión.

Hay muchas causas para las disfunciones superpuestas que hacen que la vida estadounidense contemporánea se sienta tan distópica, pero la soledad es una de las principales. Incluso antes de Covid-19, los estadounidenses estaban cada vez más aislados. Y como Damon Linker señaló recientemente en The Week, citando a Hannah Arendt, las personas solitarias se sienten atraídas por las ideologías totalitarias.

 'La principal característica del hombre masa no es la brutalidad y el atraso, sino su aislamiento y la falta de relaciones sociales normales', concluyó Arendt en 'Los orígenes del totalitarismo', al describir a quienes se entregaron a los movimientos de masas que lo abarcaban todo.
El atractivo de QAnon

Una sociedad socialmente sana probablemente nunca habría elegido a Trump en primer lugar. Como escribió Daniel Cox, investigador principal de encuestas y opinión pública en el conservador American Enterprise Institute, en FiveThirtyEight poco después de las elecciones de 2020, la "proporción de estadounidenses que están más desconectados socialmente de la sociedad está aumentando. Y estos votantes apoyan desproporcionadamente a Trump".

Los datos de las encuestas del Centro de Encuestas sobre la Vida Americana del AEI descubrieron que el 17% de los estadounidenses afirmaban no tener ni una sola persona en su "red social principal". Estos 'votantes socialmente desconectados eran mucho más propensos a ver a Trump positivamente y apoyar su reelección que aquellos con redes personales más robustas', escribió Cox.

No solo el trumpismo se alimenta del aislamiento. Pensemos en QAnon, que ha pasado de ser un bulo en un tablón de mensajes de Internet a una cuasi-religión. En su libro 'La tormenta está sobre nosotros: Cómo QAnon se convirtió en un movimiento, un culto y una teoría de la conspiración de todo", el periodista Mike Rothschild muestra cuán central es el sentido de comunidad digital para el atractivo de QAnon. Es una de las razones por las que los baby boomers se han unido a Q en un grado tan sorprendente: muchos son nidos vacíos, están solos o jubilados", escribe.

También es probable que sea una de las razones por las que QAnon comenzó a expandirse junto con los cierres de Covid-19, encontrando nueva vida entre los influencers de Instagram, los practicantes de yoga y las madres de los suburbios. De repente, la vida social de la gente de todo Estados Unidos quedó anulada, y muchas madres se vieron atrapadas en un aislamiento doméstico que no podía imaginar Betty Friedan. Atrapadas en casa, tenían más tiempo para meterse en los agujeros de los conejos de Internet. QAnon, que llegó a fusionarse con el covid-truterismo, les dio una explicación a su miseria y unos villanos a los que culpar.

A nadie le importa nada

Una cruel paradoja de Covid-19 es que el distanciamiento social necesario para controlarlo alimentó patologías que ahora lo están prolongando. Las personas aisladas y atomizadas se volcaron en movimientos que las volvieron contra las vacunas. También en este caso Arendt fue clarividente. Describió a las personas desvinculadas de cualquier lugar definido en el mundo como profundamente egoístas e indiferentes a su propio bienestar: "El egocentrismo, por tanto, iba acompañado de un debilitamiento decisivo del instinto de conservación".

 Uno de los personajes más vívidos del libro de Bender es Randal Thom, un veterano de los marines de 60 años cuya esposa e hijos le abandonaron por su problema con las drogas, y que pasó un tiempo en prisión. Los mítines se convirtieron en el principio organizador de su vida, y los seguidores de Trump le adoraban por ello", escribe Bender.

 'Como el propio Trump, todos los errores del pasado de Randal no les importaban' (...) (murió en un accidente de coche cuando volvía a casa de un desfile de barcos de Trump en octubre).

Hacia el final del libro de Bender, Saundra reaparece. Acababa de estar en el Capitolio para la insurrección del 6 de enero y parecía dispuesta a más. 'Díganos dónde tenemos que estar, y lo dejamos todo y vamos", dice. 'A nadie le importa si tiene que trabajar. A nadie le importa nada'.

Si le das un sentido a la vida de la gente, te lo darán todo."   
       ( New York Times)

17/8/21

Lo que convirtió a Trump en una verdadera amenaza para la democracia no fueron sus inclinaciones personales, sino la respuesta del partido republicano hacia él. En lugar de condenarlo, le permitieron ser cada vez más descarado. Con el tiempo, el propio partido se volvió cada vez más antiliberal y antidemocrático durante su mandato. Los republicanos intentan limitar el acceso al voto y politizar la administración y la supervisión electoral. Si se promulgan estas "reformas", la naturaleza no partidista de las elecciones estadounidenses se vería drásticamente, quizás fatalmente, disminuida. Estados Unidos podría dejar de ser una democracia en cualquier sentido real de la palabra

 "El 1 de junio, más de un centenar de estudiosos de la democracia publicaron una "Declaración de Preocupación" sobre las amenazas a la democracia estadounidense. Aunque las advertencias sobre los problemas de la democracia estadounidense no son nuevas, ésta declaraba que Estados Unidos se encontraba en un punto de inflexión: afirmaba que el "futuro de la democracia estadounidense" estaba "fundamentalmente en juego".

Para los que no son de la zona, esta afirmación puede parecer exagerada -incluso apocalíptica-, sobre todo teniendo en cuenta que ahora Joe Biden, en lugar de Donald Trump, es el presidente. Pero los estudiantes de política europea deberían prestar atención a esta declaración, y al debate sobre la democracia que ha reavivado en Estados Unidos. Su nefasta advertencia estaba motivada por el tipo de corrosión de las normas e instituciones democráticas que representa la más grave amenaza para la democracia en Europa y en otras partes del mundo en la actualidad.
Alarmas encendidas

Los estudiosos de la presidencia de Trump -incluidos muchos de los que firmaron la declaración- hicieron saltar las alarmas sobre la amenaza que representaba para la democracia estadounidense. Como es lógico, los republicanos las desestimaron, y algunos de ellos, a su vez, afirmaron que los demócratas representaban la verdadera amenaza para la democracia y la libertad, ya que defendían un "socialismo al estilo venezolano" y una "corrección política desbocada". 

Tal vez sea más sorprendente que algunos comentaristas aparentemente de izquierdas desestimaran también tales afirmaciones, insistiendo en que, más que Trump, las verdaderas amenazas a la democracia provenían del capitalismo desenfrenado, las grandes empresas, el imperialismo estadounidense, etc.

Parte de la razón por la que muchos observadores pudieron desestimar la amenaza de Trump es que durante su presidencia no se tomó ninguna medida dramática o inequívoca para derrocar la democracia, en la línea, por ejemplo, de los golpes de Estado que típicamente derrocaron la democracia en el pasado o que, más recientemente, pusieron fin a la apertura democrática en Myanmar. 

Pero los estudiosos de la democracia entienden que las amenazas a la democracia pueden ser tanto sutiles como dramáticas, tanto ambiguas como inequívocas, y que tales amenazas se han hecho aún más claras desde que Trump dejó el cargo, quizás de forma contraintuitiva.

Aunque el antiliberalismo, la corrupción, la mentira y el racismo de Trump recibieron una atención constante por parte de los comentaristas durante su estancia en la Casa Blanca, lo que le convirtió en una verdadera amenaza para la democracia no fueron sus inclinaciones personales, sino las respuestas de otros actores políticos, en particular del partido republicano, hacia él.

 Los republicanos no sólo consintieron a Trump, en lugar de condenarlo o limitarlo, permitiéndole ser cada vez más descarado con el tiempo. El propio partido se volvió cada vez más antiliberal y antidemocrático durante su mandato.

El resultado es que, aunque Trump haya perdido las elecciones, la política estadounidense no ha vuelto a la "normalidad". De hecho, la destitución de Trump ha puesto de manifiesto la naturaleza y la gravedad de la amenaza a la democracia estadounidense. Ahora tenemos un sistema bipartidista en el que uno de los dos partidos prioriza el partidismo sobre la democracia y, en consecuencia, está dispuesto a promover políticas que perjudicarían seriamente, si no fatalmente, el funcionamiento y la legitimidad del fundamento central de la democracia: elecciones libres y justas.

Falsas denuncias de fraude

Motivados por las falsas denuncias de fraude electoral en 2020, los republicanos intentan limitar el acceso al voto y politizar la administración y la supervisión electoral.

Aunque ciertamente es posible mantener conversaciones de buena fe sobre las condiciones en las que se distribuyen y cuentan los votos por correo y en ausencia, sobre si debe exigirse una identificación para votar (y, en ese caso, de qué tipo), etc., los esfuerzos republicanos por restringir el acceso al voto no están motivados por un deseo general de mejorar la calidad de las elecciones estadounidenses. En cambio, Trump y sus partidarios republicanos afirman que el voto por correo y en ausencia y la falta de requisitos estrictos de identificación de los votantes permitieron que los votos se emitieran ilegalmente y se contaran mal.

Dado que no hay pruebas para tales afirmaciones, está claro que los intentos de los republicanos de restringir el acceso al voto están motivados por el deseo de aumentar la dificultad de votar para los grupos considerados más propensos a apoyar a los demócratas. Dada la larga historia de nuestro país de intentos de restringir la capacidad de voto de los afroamericanos, estos esfuerzos de los republicanos son particularmente destructivos y divisivos.

Pero aún más peligrosos que estos intentos de restringir el acceso al voto -aunque sólo sea porque no está clara la eficacia de tales esfuerzos para disminuir sustancialmente la participación de los votantes- son los intentos republicanos de aumentar el control partidista sobre la administración y la supervisión electoral. Las legislaturas controladas por los republicanos se están dando a sí mismas el poder de anular los resultados electorales, permitir que los funcionarios republicanos se hagan cargo de las juntas electorales locales, afianzar la redistribución partidista de los distritos y mucho más.

Si se promulgan estas "reformas", la naturaleza no partidista de las elecciones estadounidenses se vería drásticamente, quizás fatalmente, disminuida. Por ejemplo, es muy posible que, si estas reformas estuvieran en vigor antes de noviembre de 2020, los intentos de Trump de anular los resultados electorales en los estados clave del campo de batalla hubieran tenido éxito. Si eso hubiera ocurrido, por supuesto, Estados Unidos habría dejado de ser una democracia en cualquier sentido real de la palabra.

Advertencia a los demócratas

Independientemente de lo que se piense de las políticas aplicadas por Biden, ni él ni el partido demócrata amenazan los fundamentos de la democracia estadounidense; el partido republicano sí lo hace actualmente. La insistencia del partido en el fraude electoral y las políticas que ha tratado de justificar en respuesta son una amenaza para la salud de la democracia estadounidense. Sin un acuerdo sobre los hechos básicos y unas elecciones libres y justas, la democracia no puede sobrevivir.

Lo que está ocurriendo en Estados Unidos debería ser una advertencia para los pequeños demócratas de todo el mundo. Especialmente en las democracias de larga duración, como en Europa occidental y Estados Unidos, los golpes de Estado o los ataques directos no representan la amenaza más importante para la democracia. La verdadera amenaza proviene de la corrosión gradual del compromiso con las normas e instituciones democráticas.

Si los estadounidenses en general, y los republicanos en particular, no empiezan a dar prioridad a la democracia por encima de los objetivos partidistas y reconocen lo frágil que es su salud en la actualidad, nuestro país puede encontrarse en una pendiente resbaladiza hacia la disfunción y la decadencia a largo plazo."         
        ( , Social Europe, 7/June /2021)