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7/6/24

¿Qué es ser de izquierdas hoy día? Las 9.120 posibles maneras (como poco) de ser de izquierdas indican que éstas han perdido justamente su identidad común, provocando que el término «izquierda» deje ser un concepto con significado unívoco y perfectamente distinguible y apreciable, como debiera ser el que se proponga vertebrar un relato emancipador de todos los seres humanos... esas diferentes expresiones de la izquierda han renunciado a tener como señal de identidad lo que le es común. O lo que les debiera ser común, los ideales tradicionales vinculados a la liberación de los seres humanos: libertad, justicia, igualdad, paz, derechos humanos, bienestar, seguridad, soberanía, hermandad, cooperación, defensa de la vida… de las generaciones presentes y las futuras... Las consecuencias son fácilmente deducibles: se desmorona el atractivo de la izquierda, su capacidad de seducir a la gente corriente y, en consecuencia, su poder o capacidad para poner en marcha procesos de transformación social profunda que sólo pueden darse hoy día, cuando el poder del capital está más concentrado que nunca, agrupando a amplísimas mayorías sociales en torno a ideales de una gran transversalidad (Juan Torres López)

 "He recibido diferentes comentarios sobre mi artículo anterior en el que analizaba la responsabilidad de la izquierda en el ascenso de la extrema derecha. Algunos de ellos, no publicados en la web, me dicen que soy demasiado crítico diciendo que la izquierda ha perdido identidad como defensora de valores universales. Para tratar de explicar mejor lo que quería decir, voy a desarrollar el ejemplo que mencionaba en el anterior artículo.

Como dije allí, al escribir en mi último libro sobre la responsabilidad de las izquierdas en el ascenso del neoliberalismo se me ocurrió contabilizar sus diferentes corrientes.

Constaté que los principales partidos de izquierda españoles se definen como tales asumiendo que, precisamente por el hecho de serlo, son también feministas y ecologistas. Se puede comprobar fácilmente en los documentos de sus respectivos congresos o asambleas.

Sin embargo, es también muy sencillo constatar que, cuando un partido o una persona dicen ser de izquierdas, no siempre piensan o defienden lo mismo, no tienen las mismas ideas, principios y comportamientos, ni proponen políticas homologables o luchan por conseguir los mismos objetivos.

Entre otras que seguramente se me hayan podido escapar, la izquierda tiene variedades tan diversas como la socialdemócrata, socialista, marxista, autogestionaria, comunista, leninista, trotskista, anarquista, radical, populista, nacionalista, independentista, revolucionaria, indigenista, anticolonial, anticapitalista… Total, como poco, 16.

Decir hoy día que alguien es feminista tampoco aclara mucho. Se puede ser, defender, sentirse o estar de acuerdo con feminismos de muy  diferentes matices o concepciones: liberal, de mercado, radical, socialista, ecofeminista, cultural, de la diferencia, de la igualdad, comunitario, afrodescendiente, posfeminista, popular, lesbofeminista, queer, transfeminista, ciberfeminista, poscolonial, factual, anarcofeminista, provida, o científico, entre otras corrientes que quizá yo desconozca y haya dejado fuera. Hay economía feminista neoliberal y otra radicalmente contraria, por ejemplo. En total, pongamos, como poco, 21 formas de ser feminista.

No se quedan atrás los diferentes ecologismos. Hay, entre otros, liberal, conservacionista, ecomarxista, decrecentista, naturalista, tecnicista, estructuralista, radical, sociológico-político, gaianista, profundo, reformista, meliorativo, cosmético, equitativo, antiecológico, de los pobres, institucional, oficial, activista, conservacionista, ambientalista crítico, ecofeminista en general o de la supervivencia, ilustrado, social o materialista. Un total, como poco, de 27.

De ese cómputo y en función de las combinaciones posibles entre todas esas posibilidades o corrientes, se deduce que, en teoría, hay casi 10.000 formas posibles de ser de izquierdas (9.120, exactamente, tomando solamente en cuenta las 64 de partida que yo he registrado). Y eso, sin tener en cuenta que pueda haber diferencias según el orden o prioridad con que se asuma cada matiz. Es posible, por ejemplo, que quien se defina como anarquista, lesbofeminista y gaianista -por ese orden- se sienta diferente de quien lo haga como gaianista, lesbofeminista y anarquista.

¿Se puede decir, entonces, que hoy día existe una identidad de izquierdas que la gente normal y corriente pueda identificar como tal de modo preciso, inconfundible y perfectamente diferenciado de otras corrientes ideológicas?

Mi tesis es que esas 9.120 posibles maneras (como poco) de ser de izquierdas indican que éstas han perdido justamente su identidad común, provocando que el término «izquierda» deje ser un concepto con significado unívoco y perfectamente distinguible y apreciable, como debiera ser el que se proponga vertebrar un relato emancipador de todos los seres humanos.

Como he repetido muchas veces, la pérdida de esa identidad se ha producido porque todas esas 16+21+27= 64 diferentes expresiones de la izquierda (como poco) han renunciado a tener como señal de identidad lo que le es común. O lo que les debiera ser común, los ideales tradicionales vinculados a la liberación de los seres humanos: libertad, justicia, igualdad, paz, derechos humanos, bienestar, seguridad, soberanía, hermandad, cooperación, defensa de la vida… de las generaciones presentes y las futuras Han preferido mostrarse, cada una de ellas, como singulares y expresión de una particularidad, sea cual sea esta: el enfoque, una concreta atención prioritaria, su diferente grado de radicalidad, o cualquier otro rasgo distintivo.

Además, la causa de la pérdida de identidad común se produce, a mi juicio, porque esas 64 variedades y las 9.120 posibles formas (como poco) de combinarlas entre sí no se han constituido como expresiones de diversidad, un componente que, en su nivel óptimo, enriquece y acelera los procesos de cambio. Por el contrario, se han conformado como auténticos compartimentos estancos entre los cuales, en la mayoría de los casos, hay desunión, incomunicación, falta de entendimiento, animadversión, desprecio y, a veces, hasta piolets o fusiles para acabar unos con la vida de otros. Esto último, casi siempre, en masculino; todo hay que decirlo. Aunque los enfrentamientos no precisamente cordiales entre corrientes feministas también muestran que las mujeres no han sido capaces, todavía y por desgracia, de deshacerse ni de los modos típicos del viejo comportamiento patriarcal, ni del virus competitivo y fragmentador más moderno que esparce el neoliberalismo.

Las consecuencias son fácilmente deducibles: se desmorona el atractivo de la izquierda, su capacidad de seducir a la gente corriente y, en consecuencia, su poder o capacidad para poner en marcha procesos de transformación social profunda que sólo pueden darse hoy día, cuando el poder del capital está más concentrado que nunca, agrupando a amplísimas mayorías sociales en torno a ideales de una gran transversalidad o de especie.

No sé si a otras personas les pasa igual, pero a mí no sólo no me atrae nada, sino que me resisto a tener que elegir entre esas 9.120 posibilidades; no encuentro riqueza alguna en formar parte de alguno de esos cajones estancos. Si acaso, me interesa picotear, aprender, colaborar y llenarme de lo bueno que encuentre en todos esos matices. E incluso en otros que habitualmente no se consideran «de izquierdas» pero que promueven el respeto, la libertad, la justicia y la paz y ayudan tanto o más a mejorar en la práctica la vida de los seres humanos. Es por eso por lo que me parece que, quienes se consideran de izquierdas y principalmente sus dirigentes, deberían preguntarse qué es ser de esa condición hoy día. Yo no tengo clara la respuesta. He decidido rechazar las etiquetas y prefiero considerar que «los míos» no son los que llevan una u otra, sino las buenas personas y quienes, como he dicho, actúan con generosidad para mejorar las condiciones de vida de sus semejantes, sea cual sea el camino que hayan elegido para ello."                 (Juan Torres López, blog, 01/06/24)

6/11/23

Chantal Mouffe: Un proyecto de «revolución democrática verde» puede resonar con la demanda de seguridad y protección que se está expresando, aunque de formas diferentes, en una amplia variedad de luchas sociales... La crisis ecológica abre un nuevo campo de posibilidades para la izquierda. Frente al iliberalismo autoritario o la pospolítica del capitalismo verde, la dimensión transversal de los efectos de la catástrofe climática invita a imaginar una nueva forma de populismo ecológico... Los activistas y militantes ecologistas tienen sin duda un papel importante que desempeñar, pero no podrán lograr avances decisivos si se niegan a organizarse políticamente. Además, la transición hacia las energías renovables no puede tener éxito sin recurrir a la planificación ecológica, y el Estado tendrá que desempeñar un papel importante en este proceso. Para crear las condiciones de un enfrentamiento victorioso con las industrias de combustibles fósiles, tenemos que ganar las elecciones y llegar al poder... para vincular las batallas ecológicas con otras luchas democráticas es esencial crear un «nosotros» que sea la fuerza motriz de la acción política... cuando las sociedades sufren graves perturbaciones en su modo de vida, la necesidad de protección se convierte en la exigencia primordial, y que esa necesidad puede satisfacerse de forma progresiva o regresiva... Es vital que la izquierda aborde esta demanda de seguridad y protección de forma inclusiva e igualitaria... propongo movilizar los recursos simbólicos de la tradición democrática concibiendo la lucha por la habitabilidad del planeta al modo de una «revolución democrática verde», que contemple la bifurcación ecológica como un nuevo frente para la radicalización de la democracia... y brindar a la izquierda la oportunidad de desarrollar un proyecto capaz de convertirse en hegemónico... Su carácter transversal debería permitir construir una frontera política entre la izquierda y la derecha sobre una base diferente de la tradicional... esta crisis también puede ser una oportunidad para lograr un modelo de producción más igualitario

 "A pesar de la persistencia de un movimiento de escépticos climáticos, en la actualidad existe un acuerdo bastante amplio sobre la necesidad de una transición ecológica para descarbonizar nuestras economías. El desacuerdo se centra en las modalidades de la transición y en el camino que hay que seguir para lograrla. No se trata sólo de una cuestión técnica; también tiene una importante dimensión política que tendrá consecuencias para el futuro de la democracia. Está claro, por ejemplo, que el capitalismo verde promovido por las fuerzas neoliberales tiene implicaciones claramente autoritarias, mientras que la transición hacia las energías renovables podría crear las condiciones para un modelo de desarrollo que garantice las libertades democráticas y la justicia social.

Me gustaría ofrecer algunas reflexiones sobre cómo una política de izquierda debería enfocar la transición ecológica en las condiciones específicas en las que se encuentran hoy los países europeos.  En primer lugar, dejemos claro lo que entiendo por «política de izquierda». Según mi perspectiva teórica, que se inscribe en una concepción «disociativa» de la política, ésta siempre tiene que ver con el conflicto y el antagonismo. Como nos enseñó Maquiavelo, la sociedad está dividida y la política tiene un carácter «partidista» que adopta la forma de nosotros contra ellos. Esto también se aplica a la democracia pluralista, cuya especificidad no consiste en negar esta división, sino en reconocer y legitimar el conflicto y negarse a imponer un orden autoritario. Esto requiere que los oponentes no sean considerados como enemigos que hay que destruir, sino como adversarios cuyas posiciones serán combatidas, sin que por ello se cuestione su derecho a defenderlas. Este enfrentamiento entre adversarios corresponde a la «lucha agonística» que es la condición misma de una democracia pluralista. En palabras de Marcel Mauss, es lo que permite «oponerse sin matarse». Cuando falta esta confrontación, las pasiones ya no pueden encontrar expresión política, lo que conduce a un proceso de desafección de las instituciones democráticas o a la aparición de formas de polarización basadas en cuestiones étnicas o religiosas.

 Una democracia viva no puede sobrevivir sin debates sobre alternativas políticas. Debe ofrecer formas de identificación basadas en posiciones democráticas claramente diferenciadas. Este es el papel de la oposición derecha/izquierda que, en una democracia pluralista, contribuye a escenificar el conflicto proponiendo cuestiones capaces de movilizar las pasiones políticas. La lucha entre derecha e izquierda no debe concebirse de forma esencialista como un conflicto entre identidades inmutables o categorías sociológicas determinadas, sino como un enfrentamiento entre posiciones axiológicas. Norberto Bobbio1 ha demostrado que, aunque el contenido de esas nociones varíe según los tiempos y las circunstancias, siempre están referidas a la cuestión de la igualdad, que es un objetivo central para la izquierda, mientras que la derecha se acomoda a las desigualdades y las justifica. Por eso, cuando hablo de política de izquierda, me refiero a una estrategia cuyo objetivo es consolidar y extender la lucha por la igualdad y la justicia social.

 Enmarcaré mis reflexiones en la coyuntura actual, con las relaciones de fuerzas y afectos que la configuran. Para empezar, examinaré los efectos sobre la política democrática de las transformaciones políticas y económicas que ha traído consigo el neoliberalismo en los últimos 40 años. En lo que respecta a Europa, esas transformaciones han llevado a la erosión de dos de los pilares del ideal democrático: la igualdad y la soberanía popular, lo que ha creado una situación que a menudo se describe como «postdemocracia». En el ámbito político, lo que caracteriza a la postdemocracia es lo que he denominado «postpolítica», que difumina la frontera existente entre derecha e izquierda y celebra el consenso entre los partidos de centro-derecha y centro-izquierda como un gran avance para la democracia2. Afirmando que no hay alternativa a la globalización neoliberal, la perspectiva postpolítica reduce las decisiones políticas a cuestiones técnicas de las que deben ocuparse los expertos. Convencidos de que la globalización requiere «modernización», los partidos socialdemócratas aceptan los dictados del capitalismo financiero y los límites impuestos a los Estados en sus políticas redistributivas. Los ciudadanos se ven privados de la posibilidad de decidir entre proyectos políticos sustancialmente diferentes, y las elecciones se reducen a una simple alternancia entre los llamados partidos «gobernantes». Declarando que el modelo adversarial de la política, con su división izquierda-derecha, ha quedado obsoleto, la postpolítica aboga por una «política sin adversarios» que suprima su carácter partidista.

 Tal situación postpolítica dominó Europa a partir de los años ochenta, durante el periodo de hegemonía incontestable del neoliberalismo. Pero con el crack financiero de 2008, tal hegemonía entró en crisis. Cuando las políticas de austeridad empezaron a afectar a las condiciones de vida de amplios sectores de la población, una oleada de protestas recorrió muchos países. Asistimos al surgimiento de movimientos «populistas» que rechazaron el consenso en el centro y reafirmaron el conflicto estableciendo una frontera política entre «el pueblo» y las fuerzas del establishment.  Lo que he descrito como el «momento populista»3 indica un «retorno de lo político» tras años de postpolítica.

Este retorno de lo político no garantiza un avance democrático, y puede producirse de modo autoritario. Todo depende de cómo se construya «el pueblo». Por ejemplo, el populismo de derecha construye un pueblo utilizando un discurso etnonacionalista que excluye a los inmigrantes, considerados una amenaza para la identidad nacional y la prosperidad. Aboga por una democracia basada exclusivamente en la defensa de los intereses de los «auténticos» originarios del país. En nombre de la recuperación de la democracia, lo que propone es en realidad su restricción y la introducción de un modelo autoritario.

Pero recuperar la democracia también puede ser una oportunidad para ampliarla. Con este espíritu he defendido la tesis de que es necesario promover un «populismo de izquierda» que federe diversas luchas ecológicas, sociales y «societales» para construir un «pueblo», cuyo adversario común sea la oligarquía neoliberal y las fuerzas asociadas a ella. La especificidad de una estrategia populista de izquierda consiste en establecer una «cadena de equivalencias» entre las luchas democráticas contra la explotación, la dominación y la discriminación para impulsar un proceso de «radicalización de la democracia».

Es importante subrayar que una cadena de equivalencia no es simplemente una coalición de sujetos políticos ya existentes. El pueblo y la frontera política que define a su adversario se construyen a través de la lucha política y siempre son susceptibles de ser redefinidos como resultado de las intervenciones hegemónicas. El proceso de articulación es crucial, porque es a través de su inscripción en una cadena de equivalencias como las demandas particulares adquieren su significado político. No hay lucha intrínsecamente emancipadora que no pueda dirigirse hacia fines opuestos. Tanto si hablamos de ecología como de feminismo o de otros ámbitos, la cuestión de la articulación es decisiva.

También me gustaría aclarar que una estrategia populista de radicalización de la democracia no significa una ruptura total con las instituciones de la democracia pluralista. Pretende transformar y enriquecer tales instituciones para que sus principios ético-políticos de «libertad e igualdad para todos» entren en vigor en un número creciente de relaciones sociales. Pretende lograrlo utilizando procedimientos democráticos, por ejemplo mediante lo que André Gorz denomina «reformas no reformistas». El objetivo no es crear una vanguardia, sino formar un pueblo cuyo proyecto sea defender y profundizar la democracia. Podemos hablar de «reformismo radical» para distinguir esta estrategia de la política revolucionaria, pero también del reformismo estéril de los social-liberales. Tal proyecto es ciertamente «radical» en la medida en que pretende crear un nuevo equilibrio de poder e instaurar una nueva hegemonía, pero sin romper con los principios de la democracia pluralista.

 Una estrategia populista de izquierda no está grabada en piedra y evoluciona en función de la situación. Antes de la pandemia, se trataba sobre todo de cuestionar el modelo postpolítico y de revitalizar la lucha agonística contra el neoliberalismo. Ahora también tenemos que hacer frente a las consecuencias económicas y sociales del Covid-19 y abordar la urgencia de la crisis climática, todo ello en un contexto geopolítico sacudido por la guerra de Ucrania y la guerra de Sucot. El objetivo de la política de izquierda sigue siendo la extensión de los principios democráticos de igualdad y justicia social, pero a los retos anteriores se han añadido otros nuevos. Hoy, el proyecto democrático debe reformularse a la luz del imperativo ecológico, liberado de su sesgo racionalista y de su ambición prometeica de dominar la naturaleza. Necesitamos integrar las lecciones del Antropoceno y rechazar la separación entre naturaleza y cultura, así como la oposición entre humanos y no humanos.

Estamos, pues, en el umbral de una nueva fase de la revolución democrática. A partir del siglo XIX, bajo el impacto de las luchas obreras y del pensamiento socialista, la concepción liberal de la democracia, centrada en los derechos políticos, se transformó al incorporar las reivindicaciones sociales. A lo largo del siglo XX, la lucha contra las desigualdades y por la justicia social se concibió principalmente en términos de distribución equitativa de los frutos del crecimiento. La lucha de los nuevos movimientos sociales ha abierto nuevas perspectivas sobre la cuestión de la justicia social, pero se centran en la autonomía y la libertad y, a excepción de algunos movimientos ecologistas, no tienen como objetivo la naturaleza del crecimiento.

Hemos llegado a un punto en el que la lucha por la justicia social exige cuestionar los modelos productivistas y extractivistas. El crecimiento ha dejado de verse como una forma de protección para convertirse en un peligro para la habitabilidad del planeta y para las condiciones materiales de la reproducción social. Por lo tanto, ya no es posible concebir la lucha por la justicia social sin incluir el fin de un modelo de crecimiento que amenaza la existencia misma de la sociedad y cuyos efectos son especialmente destructivos para los grupos sociales y los países más vulnerables. Esto significa luchar tanto a nivel de la producción como a nivel de la reproducción, entendida esta última en el sentido amplio de la totalidad de la vida en el planeta, y no reducida a la reproducción humana.

 Con el nuevo régimen climático, la habitabilidad del planeta se ha convertido en la cuestión crucial. Debemos situar la transición ecológica en el centro del proyecto de radicalización de la democracia y vincular las luchas ecológicas a las luchas sociales. Para ello es necesario establecer una auténtica «bifurcación» ecológica que rompa la dependencia de nuestras sociedades del sistema económico del capitalismo financiero, responsable de la aceleración de las catástrofes ecológicas. Tal bifurcación no puede producirse sin confrontación con el capital financiero, y es ilusorio imaginar que pueda lograrse sólo por los movimientos sociales. Los activistas y militantes ecologistas tienen sin duda un papel importante que desempeñar, pero no podrán lograr avances decisivos si se niegan a organizarse políticamente. Además, la transición hacia las energías renovables no puede tener éxito sin recurrir a la planificación ecológica, y el Estado tendrá que desempeñar un papel importante en este proceso. Para crear las condiciones de un enfrentamiento victorioso con las industrias de combustibles fósiles, tenemos que ganar las elecciones y llegar al poder.

 Hay un punto que me gustaría subrayar, y es que, para vincular las batallas ecológicas con otras luchas democráticas, es esencial crear un «nosotros» que sea la fuerza motriz de la acción política. Para crear esa voluntad colectiva, no basta con elaborar un buen programa; es esencial movilizar afectos ecológicos y políticos compartidos. Esta dimensión emocional suele descuidarse en la izquierda debido al marco teórico racionalista que con demasiada frecuencia informa su visión de la política. La izquierda es rica en ideas sobre la naturaleza de una sociedad emancipada y sus dirigentes gastan mucha energía en elaborar programas ambiciosos. Sin embargo, suelen olvidar que, en política, no basta con tener un buen programa; los ciudadanos también deben identificarse con el proyecto que se les propone. Las buenas ideas no bastan porque, como nos recordaba Spinoza, las ideas son tan fuertes como las emociones que despiertan. Para generar apoyo y animar a la gente a actuar, estas ideas deben resonar con los afectos, los deseos y las experiencias vitales de las personas a las que hay que movilizar.

La pandemia y el aumento de la precariedad han creado un sentimiento de vulnerabilidad en amplios sectores de la población, dando lugar a afectos que expresan una fuerte necesidad de seguridad y una demanda de protección. Es esencial tener en cuenta estos afectos, porque pueden dirigirse en direcciones muy diferentes. En cierto modo, nuestra situación es similar a la analizada por Karl Polanyi en La Gran Transformación4, donde muestra que cuando las sociedades sufren graves perturbaciones en su modo de vida, la necesidad de protección se convierte en la exigencia primordial, y que esa necesidad puede satisfacerse de forma progresiva o regresiva. Pone como ejemplo la crisis de los años treinta, que condujo al fascismo en Europa y al New Deal en Estados Unidos.

 En la situación actual, la demanda de protección puede ser fácilmente explotada por la derecha nacional-populista, que intenta convencer a la población de que la seguridad sólo puede lograrse mediante una concepción de la soberanía basada en el nacionalismo excluyente. Y está claro que ya han conseguido resultados en muchos países. Sin embargo, sería un error pensar que es el único adversario y pasar por alto el hecho de que los gobiernos neoliberales también explotan este sentimiento de vulnerabilidad. Su objetivo es promover lo que Gramsci llamó una «revolución pasiva», una estrategia que en este caso consiste en utilizar la crisis ecológica para impulsar el desarrollo de una nueva forma de neoliberalismo, el «tecnosolucionismo autoritario». Así es como las fuerzas neoliberales presentan el desarrollo del «capitalismo verde» y la geoingeniería, no sólo como la solución al problema del calentamiento global, sino también como la mejor forma de proporcionar seguridad y protección a los ciudadanos. Esto les permite alejarse de la necesidad de protección para legitimar una serie de medidas autoritarias.

Es vital que la izquierda aborde esta demanda de seguridad y protección de forma inclusiva e igualitaria, en lugar de rehuirla por conservadora. Para despertar emociones más poderosas que las de sus oponentes, debe ofrecer una visión de futuro que inspire esperanza. También en este caso hay que escuchar a Spinoza, que nos dice que la única manera de desplazar un afecto es producir otro más fuerte.

Con miras a crear afectos comunes, cuya cristalización podría conducir a la construcción de un «pueblo», propongo movilizar los recursos simbólicos de la tradición democrática concibiendo la lucha por la habitabilidad del planeta al modo de una «revolución democrática verde», que contemple la bifurcación ecológica como un nuevo frente para la radicalización de la democracia. Es la fuerza emocional de la imaginación democrática la que ha situado en el centro de la política los ideales que estuvieron en el origen de las conquistas sociales más importantes. Y como han demostrado las recientes movilizaciones populares, los valores democráticos siguen informando muchas de las luchas sociales y políticas de nuestras sociedades.

 Estoy convencido de que, frente a la crisis ecológica, un proyecto de «revolución democrática verde» puede resonar con la demanda de seguridad y protección que se está expresando, aunque de formas diferentes, en una amplia variedad de luchas sociales. Es probable que reactive y enriquezca la imaginación democrática y suscite entusiasmo, y podría desempeñar el papel de principio articulador para federar demandas heterogéneas. La supervivencia del planeta y la preservación de las condiciones de vida que lo hacen habitable pueden movilizar a un gran número de personas, así como a una gran variedad de movimientos sociales. Junto a sindicatos y grupos organizados en torno a intereses socioeconómicos, encontramos personas implicadas en diversas luchas feministas, antirracistas, anticoloniales y LGBT+. Si bien estas reivindicaciones se derivan de luchas específicas, también son expresiones de reivindicaciones democráticas. Ante la gravedad de la crisis ecológica, podrían identificarse con un proyecto que pretende preservar un planeta habitable y garantizar el futuro de una sociedad democrática, proporcionando así el impulso necesario para construir una mayoría social.

Paradójicamente, la crisis ecológica puede brindar a la izquierda la oportunidad de desarrollar un proyecto capaz de convertirse en hegemónico. De hecho, el sentimiento de vulnerabilidad que suscita no se limita a los sectores obreros. Su carácter transversal debería permitir construir una frontera política entre la izquierda y la derecha sobre una base diferente de la tradicional. Lo que está en juego en la lucha política es la forma en que se construye el antagonismo y se define al adversario. La derecha radical construye el antagonismo con los «beneficiarios de la asistencia» y los inmigrantes, mientras que las fuerzas neoliberales postpolíticas, al tiempo que niegan la existencia del antagonismo, lo construyen descalificando a los «extremos», a quienes sitúan fuera del «arco republicano» porque atentan contra su poder.

 La lucha por la defensa de la habitabilidad de la Tierra concierne a un amplio abanico de grupos sociales. Señalando al neoliberalismo como principal responsable de la destrucción de las condiciones de vida en el planeta, la izquierda puede construir un «nosotros» más amplio que el basado en las relaciones de producción o en la oposición entre perdedores y beneficiarios de la globalización.

Evidentemente, un proyecto de «revolución democrática verde» debe proponer medidas concretas, detalladas en un programa que especifique las políticas democráticas, económicas y sociales que deben aplicarse. Éstas dependerán de cada situación particular, y no es mi propósito examinarlas aquí. Lo que quiero subrayar es el papel de los afectos. Para crear una voluntad colectiva, los ciudadanos deben identificarse con un proyecto, deben quererlo, de lo contrario carecerá de la fuerza que los impulse a actuar. Por ello, la construcción del «nosotros» debe llevarse a cabo en primer lugar a nivel del Estado-nación, que sigue siendo un lugar crucial para el ejercicio de la democracia y la expresión de la soberanía popular. Ignorar la fuerza emocional que actúa en las formas nacionales de identificación ha sido a menudo un obstáculo para el éxito de los movimientos progresistas.

 Es ciertamente necesario que dicho proyecto adquiera una dimensión europea, pero ello no presupone la creación de un «nosotros» europeo homogéneo y postnacional que sustituya a la diversidad de los «nosotros» nacionales. La negación del «nosotros» nacional, o el miedo a que pueda existir, está en la raíz de muchas resistencias a cualquier forma de integración europea, así como de la aparición de formas de antagonismo entre las distintas naciones. Lo deseable es la creación de una Europa «agonística» que combine unidad y diversidad y reconozca la multiplicidad y diversidad de las identidades colectivas que existen en su seno, así como su dimensión afectiva.

 Desde un punto de vista constitucional, podríamos inspirarnos en los trabajos de Kalypso Nicolaïdis5, que propone concebir la Unión Europea como una «demoi-cracia», una unión de Estados y pueblos que reconoce la pluralidad y la permanencia de las diferentes demoi que la componen. Esta Unión respetaría las identidades nacionales de sus miembros, tal y como se expresan a través de sus estructuras políticas y constitucionales. No se sacrificaría el ejercicio de la democracia a nivel de los distintos Estados-nación en favor de un conjunto de instituciones correspondientes a un demos europeo homogéneo.

Nos encontramos en un momento crucial para la democracia, cuyo futuro depende del camino que tomemos para afrontar el reto de la crisis ecológica. Hay dos resultados posibles.  Por un lado, un desenlace autoritario, bien con el advenimiento de regímenes nacionalistas de «democracia iliberal», bien con la evolución hacia un nuevo tipo de postpolítica digital de «capitalismo verde». Por otro lado, una bifurcación ecológica que conduzca a una revolución democrática verde, una estrategia populista de izquierda guiada por la búsqueda de la igualdad y la justicia social. Por supuesto, no podemos descartar la perspectiva de un desenlace catastrófico. Pero todavía hay formas de escapar de ella, y esta crisis también puede ser una oportunidad para lograr un modelo de producción más igualitario y una sociedad en la que predominen los valores de justicia y solidaridad.

Lo que hay que abandonar es la perspectiva postpolítica que niega la existencia de antagonismos, así como la visión mesiánica de una resolución definitiva de los conflictos y de una sociedad totalmente armoniosa. Nunca habrá una «lucha final», y la democracia siempre estará «por venir», según la expresión de Derrida. La tarea de la izquierda hoy es dirigir los afectos generados por la situación actual hacia la justicia social y articularlos para construir un «pueblo» que luche por defender la democracia y crear las condiciones que permitan profundizarla."

( Chantal Mouffe  , El Grand Continent, 03/11/23) 

10/5/23

¿Qué significa ser de izquierdas? Decálogo del perfecto izquierdista

 "No sé si os habrá pasado que, cada vez que adscribís una acción, una política, una idea a la izquierda, alguien dice: bueno, que eso de ser de izquierdas hoy no quiere decir mucho. Hace pocos días, intentando explicar en qué revista trabajaba a alguien que no la conocía, le dije que era «una revista de izquierdas». La respuesta con cierto retintín, fue: «Bah, eso hoy no significa nada». 

Como si el tránsito del socialismo a la socialdemocracia y, después, que esta asumiese buena parte de los postulados liberales, hubiera convertido ser de izquierdas en una declaración obsoleta, un residuo de aquella Atlántida ideológica cuyo hundimiento empezó con las dictaduras totalitarias que grababan la hoz y el martillo en sus blasones. Así que entre el comunismo imaginario y diabólico, coco que agitan los sectores más reaccionarios, y el liberalismo con tintes sociales, se habría extendido una neblina que difumina cualquier contorno ideológico.

¿Qué significa ser de izquierdas a quienes creemos que significa algo? Para resolver mi propia pregunta he confeccionado una lista de convicciones que marcarían el mínimo (lo subrayo para que no haya malentendidos), de lo que define a la izquierda –aunque no todas sean exclusivas suyas– y en la que podrían reconocerse desde acérrimos anticapitalistas hasta socialdemócratas no abducidos por el neoliberalismo. A ver qué os parece.

–Los beneficios privados están subordinados al interés público. Por ejemplo:

• La protección del medio ambiente, la salud y el bienestar de las personas son mucho más importantes que los beneficios empresariales.
• La política de vivienda favorecerá a los ciudadanos, no a las inmobiliarias ni a las tiendas ni a la hostelería y mucho menos a las multinacionales.
• El Estado defenderá con uñas y dientes la sanidad pública.

–La igualdad de oportunidades es un pilar básico de una sociedad civilizada. Por ejemplo:

• Uno de los objetivos primordiales de la política fiscal será la redistribución de la riqueza. Los impuestos a las herencias y al patrimonio son algunas de las herramientas para dicha redistribución.
• La educación pública recibirá fondos públicos, la privada, privados –salvo cuando, de forma transitoria, la pública no consiga cubrir las necesidades–.
• Una política de becas y ayudas contribuirá a dicha igualdad si no se consigue plenamente por los otros medios.

–Las instituciones públicas están al servicio de los ciudadanos, no del Estado y mucho menos de los partidos. Esto tiene consecuencias obvias sobre la actividad policial, de los servicios de información y de la judicatura.

–Nadie será discriminado por cuestiones de raza, género, sexo, creencias, etc. Para conseguirlo no basta enunciar la no discriminación, son necesarias políticas y leyes que lo garanticen. Esto solo se puede logra en el marco de un Estado laico.

 –Los principios democráticos que se aplican en el propio país son igualmente válidos para las relaciones políticas y económicas con los demás países.

–Una persona de izquierdas desconfía de las misiones bélicas en el extranjero por mucho que se vistan de intervenciones humanitarias. Al final, siempre sirven a intereses económicos y geopolíticos y las poblaciones locales rara vez están en mejores condiciones que antes de la intervención.

–El Estado castigará a toda empresa que desvíe dinero a paraísos fiscales o realice prácticas depredadoras con las personas o con el medio ambiente nacional y de otros países.

–Otro rasgo, que olvidan a veces muchos y muchas izquierdistas, es que la promesa de un futuro más justo nunca disculpa un presente opresivo. Incluso admitiendo la necesidad de la coerción -por ejemplo, frente al delito-, hay que estar muy atentos a esa línea que la separa de la represión (también de quien piensa de manera diferente a ellos).

–La política de inmigración debe respetar siempre la dignidad de las personas y  sus derechos. Si hay una utopía que debe regir la acción de un gobierno de izquierdas es la de satisfacer las necesidades de todas las personas que se acerquen a sus fronteras y de ayudar a satisfacerlas lejos de ellas. Sí, es una utopía; alguna tiene que quedarnos.

–La cultura no es importante por su valor económico, aunque lo tenga. Su valor auténtico se debe a lo que aporta a la vida de cada individuo: la enriquece, genera placer, nos comunica con los demás, crea vínculos. Toda la sociedad se beneficia de ella. Imprescindible apreciar e impulsar la cultura que se crea en los márgenes del consenso social (por ejemplo en los Centros Sociales Okupados).

Pero este decálogo no tiene sentido sin recordar que la izquierda existe porque hubo un movimiento obrero y que es imposible concebir una ideología de izquierdas que no parta de la exigencia de que todo el mundo, independientemente de su actividad o inactividad, tenga ingresos dignos, condiciones laborales dignas y, una vida personal y familiar dignas."                  (José Ovejero , La Marea,  13/09/22)

17/12/22

Sergio Pascual: “Iglesias es infinitamente más audaz en lo político. Errejón mide más las consecuencias”... El ex-secretario de Organización de Podemos, distanciado ya de Errejón, publica 'Un cadáver en el Congreso', un libro con mucho de autocrítica sobre los años de formación, eclosión y ruptura de Podemos, por la batalla política interna

 "A Sergio Pascual (Plasencia, Cáceres, 1977) lo cesó Pablo Iglesias como secretario de Organización de Podemos en plena guerra política entre el propio Iglesias e Íñigo Errejón. Pascual, entonces mano derecha del hoy portavoz de Más País, fue el ejecutor orgánico de una estrategia de confrontación interna que consistía en “acumular poder para torcerle el brazo a Pablo”, tal y como él mismo describe. Un pasado político con el que confiesa que tenía asignaturas pendientes.

A modo de autocrítica, pero también de aviso a los que están por venir, acaba de publicar Un cadáver en el Congreso (Altamarea, 2022), un libro que recopila gran parte de las historias que conformaron la formación, eclosión y ruptura de Podemos. Y que se publica justo ahora, cuando ese espacio político parece volver a adentrarse en el enésimo capítulo de enfrentamiento. 

¿Por qué ahora?

Creo que lo escribo más a modo de catarsis personal que otra cosa. Había muchas situaciones que yo había vivido con las que no me sentía cómodo. Pensé que contármelo a mí mismo o contárselo a la gente podría ser bueno para los que tengan que tomar decisiones ahora. Fui fiel al compromiso de no hacerle daño a Podemos, ese fue mi compromiso con Iglesias, y ahora ya no afecta a quienes fueron protagonistas de aquello porque ha pasado un tiempo prudencial. La fecha de la publicación es decisión de la editorial. 

Igual la editorial ha visto buena percha para contar una guerra interna de la izquierda justo en este momento. Por lo que sea.

Parece hecho a propósito, pero no hay ninguna intencionalidad. Cuando lo mandamos a imprenta no se había montado todavía este follón. 

Imagino que sí que le recuerda lo que está pasando ahora a lo que cuenta en el libro. 

Sí. Hay dos estrategias políticas encima de la mesa y las dos pugnan por prevalecer. Aquello resultó mal en aquella ocasión y corremos el riesgo de que ahora resulte peor, porque si sale mal estamos hablando de la hipótesis de un gobierno del PP con Vox. 

¿Cuál diría que es la clave de lo que salió mal entonces? Lo digo por si a alguien le sirve para no volver a hacerlo. 

Una de las enseñanzas de aquella época es que a Pablo Iglesias teníamos que haberle dado más margen de actuación aunque pensáramos que se equivocaba en algunas cosas. Pero era a él al que le tocaba conducir. Y creo que Yolanda Díaz se ha ganado a pulso ser ella la que conduzca este espacio en este momento y habría que darle más margen de movimiento del que se le está dando. 

Hay similitudes hasta procedimentales. Tanto a Errejón como a Yolanda Díaz los nombra a dedo Pablo Iglesias como candidatos. 

Pero veo diferencias también ahí. En el caso de Yolanda hablamos de una líder que se ha construido a sí misma a lo largo de varias décadas de trabajo político. Cuento una anécdota: cuando a mí me cesan, yo me dediqué a hacer muchísimo trabajo parlamentario, como un loco, y cuando terminó la legislatura estaba convencido de que yo era el diputado que más preguntas y más iniciativas parlamentarias había registrado. Y vi que no, que había una diputada de mi espacio que me había ganado: Yolanda Díaz. Quiero decir que una cosa es una disputa de estrategia comunicativa o de pugna por el liderazgo de Podemos, como en el caso de Errejón, y otra distinta que Yolanda es una dirigente que se ha ganado a pulso el cariño de la gente principalmente por su labor en el Ministerio. 

La dirección de Podemos hace hoy paralelismos entre lo que hizo Íñigo Errejón y lo que hace Yolanda Díaz. 

Hay que poner en valor la estrategia política puesta en marcha por el errejonismo y que logró lo que se consiguió en 2015. Ahí hay mucha inteligencia política, una estrategia de comunicación transversal, nacional-popular o como queramos llamarla. Lo que un sector etiqueta como traición es que luego la estrategia política comienza a divergir. Iglesias plantea una formulación y otro sector encabezado por Errejón plantea otra propuesta para el siguiente ciclo. Así que el partido se reorganiza en dos bandos.

Y estalló. 

Como no teníamos fórmulas razonables de discusión sin acabar matándonos, el resultado fue que la pugna se dio en términos de acumulación de poder interno. El errejonismo se dedicó a acumular poder interno en lugar de salir a campo abierto y decir: señores, deberíamos tener un congreso y debatir sobre esto. Esta es la principal crítica o autocrítica que yo hago. Fue claramente un error, y lo digo en primera persona porque yo era responsable de aquello. 

¿Y en el caso de Yolanda Díaz?

Yolanda nunca ha sido militante de Podemos. Lo que está haciendo es tratar de reagrupar a la izquierda del PSOE, que es variopinta y está compuesta por muchos partidos. Uno de ellos es Podemos. No creo que se la pueda acusar de no utilizar mecanismos internos de discusión de Podemos. Primero, porque no es de Podemos y segundo, porque Podemos nunca logró construir esos mecanismos. De hecho, la principal crítica que le hago al 'pablismo' es no haber sabido integrar al resto de compañeros y haber propiciado un ambiente en el que la discrepancia acababa directamente con la salida del partido. Por eso se ha descapitalizado Podemos. 

En el libro se dibujan bien los perfiles políticos de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. ¿Cómo los resumiría?

Iglesias es infinitamente más audaz que Errejón en lo político, tiene más clara su estrategia y se lanza a las piscinas antes de saber si hay agua o no. Errejón es mucho más cerebral y mide mucho más las consecuencias. En política eso es menos eficaz, como se ha demostrado. 

No mantiene relación con Íñigo Errejón, usted que fue su escudero y que le costó el cargo ejecutar su hoja de ruta. 

No, hace mucho tiempo que no nos escribimos. Alguna vez estuve en Bolivia y le mandé algún mensaje diciéndole que estaba en los sitios en los que estuvimos juntos. Pero de esto hace años ya. 

Podemos nació como protagonista de esa llamada nueva política que, entre otras muchas cosas, abanderaba una forma diferente de comportarse desde lo organizativo, con un concepto incluso radical de una democracia interna que llegó a plantearse casi en términos asamblearios. Eso, sin embargo, y usted estaba ahí, acaba desembocando en un modelo de hiperliderazgo al estilo de los viejos partidos. ¿Es realista democratizar internamente los partidos?

Tengo muchas dudas sobre si hubiera sido posible una democracia interna real en Podemos en el momento en el que hubo que dar ese acelerón de 2015 para constituir el partido, emerger políticamente, prepararse para las elecciones… Había mucho interés fuera de Podemos por que no llegáramos al poder, y eso complicaba los márgenes de democracia interna. Dicho eso, creo que nos debimos sincerar ante nuestros militantes para explicarles qué estaba ocurriendo en lugar de crear una ficción de democracia interna que en la práctica no era tal. Lo peor que pudimos hacer, y es nuevamente autocrítica, fue generar esa suerte de autoengaño. 

Todo aquello fue un poco raro y muy difícil de entender no solo para sus militantes, sino incluso para los que cubríamos aquella información política. En el PSOE hubo una guerra civil, pero era para derribar a Sánchez, y lo derribaron. Lo que usted cuenta es una batalla a vida a muerte en la que, por ejemplo, uno de los contrincantes nunca se atrevió formalmente a disputarle el puesto a su rival. ¿Ustedes querían derribar a Pablo Iglesias o no? 

En absoluto, pretendíamos algo bastante más estúpido: convertirlo en nuestro mejor portavoz. Por eso cogimos un Pablo de cartón, para defender que él tenía que ser el secretario general pero de nuestra propuesta política.

Es exótico. 

Tiene una explicación: Pablo e Íñigo sí coincidieron en la estrategia de 2014 y 2015. Era una propuesta transversal y nacional-popular. Todos estábamos felices de tener a Pablo como el mejor portavoz posible para ese proyecto político. Y lo fue. El Pablo del “sonrían que sí se puede” de aquel minuto de oro era un Pablo muy transversal. Lo que pasa es que Pablo se da cuenta de que el 21 de diciembre de 2015 España cambió y ya no había lugar para una estrategia nacional-popular. Y el errejonismo siguió enganchado a la estrategia política fundacional. Ahí es donde se produce el conflicto de verdad. Ahí empiezan los Vietnam. No queríamos eliminar a Iglesias, queríamos torcerle el brazo con la ilusa pretensión de acumular un poder orgánico que nos sirviera para convencerle de volver a ser el portavoz del errejonismo. Errejón nunca quiso ser secretario general. 

Del proyecto que fundaron se desgajó el errejonismo, el anticapitalismo, incluso gran parte del pablismo. Y ahora las llamadas confluencias como los comunes, Izquierda Unida o Compromís o desaparecieron o parecen estar en vías de ello. ¿Por qué?

Aquel Podemos original era un Podemos de muchas familias políticas diversas que aparcamos nuestras diferencias ante el horizonte electoral de 2015 para alcanzar la meta juntos. En cuanto pasó esa meta afloraron todas las diferencias. Y eso no se supo gestionar. Ese me parece el gran fallo de quien estaba mandatado para hacerlo: no saber hacer de Podemos esa gran casa a la izquierda del PSOE, ese espacio para convivir distintas formas de entender la política sin que permanentemente estemos sujetos a la acusación de deslealtad, de traición. Ese ha sido el gran fallo. Tengo la sensación de que Yolanda está intentando de nuevo construir ese paraguas para que toda la izquierda pueda encontrarse, y creo que ese es el deseo de la mayor parte de los progresistas de este país. Eso me parece no solo loable, sino deseable y una condición sine qua non para reeditar el gobierno de izquierdas. Y por eso espero que esta aportación mía pueda ayudar a que algunos revisen sus posiciones incorporando un poco más de humildad para dejar a Yolanda hacer su trabajo. 

Con algunos se refiere a Pablo Iglesias, ¿no?

Sí, a Iglesias, a Podemos. Tienen que permitir incluso que Yolanda se equivoque. Le toca a ella equivocarse. No creo que se esté equivocando, pero en cualquier caso es su turno. 

¿Tiene Iglesias una concepción un tanto rigurosa del término traición?

Es la persona que yo conozco que más clara tiene la concepción del poder. Él lee la política en términos de equilibrio, de acumulaciones de fuerza. Por eso creo que incluso el uso de etiquetas, como esa de traición, hay que leerlas en ese sentido. Él cuando llama traidor o traidora a alguien no lo hace por rabieta, lo hace para apretar sus filas. No creo que los cuadros dirigentes del pablismo crean que hay una conspiración maquiavélica para desviar el camino de la izquierda y entregarle el gobierno a los poderes ocultos. Eso obviamente no es así. 

¿Entonces?

Es una lectura completamente simplificada que es útil para lanzarla a las redes sociales y conseguir apretar sus filas para evitar fugas hacia otros proyectos políticos. Son estrategias que se utilizan políticamente. 

En el libro se exponen muchos de los elementos clave de la personalidad política e incluso personal de Pablo Iglesias. Imagino, por tanto, que no le sorprende su actuación en estos últimos tiempos. ¿Lo ve echando el freno en su estrategia antes de poner en riesgo la reedición de una coalición progresista?

No estoy en su cabeza, pero sí puedo decir una cosa: Pablo tiene una estrategia para todo, hasta para ir al baño. Y yo no sé cuál es el objetivo estratégico que tiene en la cabeza cuando hace lo que hace. No sé si está tensando y apretando sus filas para ir a una negociación en mejores condiciones con Sumar, no sé si tiene que ver con su proyecto de televisión, que requiere además ir prefigurando una audiencia tipo para ese espacio comunicativo... La verdad es que no lo sé.

 ¿Quiere decir que puede tener una motivación incluso desde el punto de vista de su actual negocio?

No lo creo. Pablo no se mueve por negocios, se mueve por la política. Pero acumular audiencia no es cuestión de negocio, es cuestión de política. Él siempre ha considerado que la gente no milita en la política sino que milita en los medios de comunicación. Así que quiere ir aumentando su audiencia, engrosar su base militante comunicativa. Pero son especulaciones, tampoco descarto que la estrategia sea llegar a unas mejores condiciones de negociación con Sumar. No es tan extraño, en cualquier caso, que él recurra al juego del gallina. Dos coches enfrentados y a ver quién se retira antes. Él ha sido el mayor estratega de nuestro espacio político. En términos ajedrecísticos yo vislumbro dos o tres jugadas, pero él puede estar viendo seis o siete. Así que mi respuesta es que no tengo ni idea. 

Cuenta que llegó a estar tan metido en la dinámica interna del partido que había etapas en las que no tenía ni idea de lo que se votaba en el Congreso, de lo que se debatía en el país o de lo que pasaba en la calle. ¿Cree que esas dinámicas se siguen produciendo? ¿Cómo se sale de eso?

Esto sigue sucediendo. No en Podemos, en toda la política. El caudal de tiempo que se dedica a la disputa por el poder y a las disputas internas es demasiado grande. Y creo que nos conectamos mucho más con la ciudadanía en el hacer cosas que en el decir cosas. Y esto es algo que nuevamente hay que agradecer a Yolanda porque esté aplicándoselo. Ella ha decidido convencer a la gente haciendo cosas, no diciéndolas. Hemos tenido una inflación de discursos grandilocuentes que ha acabado por agotar a la ciudadanía. La mayoría está harta de grandes discursos y palabras y desea que la gente que está en lo público se dedique a mejorar su vida. 

¿El libro es un ejercicio de autocrítica o es una crítica a los que le rodeaban?

El corazón del libro es revisar las cosas que hice mal. También hice algunas bien, claro, pero me parece que tocaba revisitar aquello para concluir que no acerté y que decepcioné a mucha gente para la que yo estaba mandatado a conducirles. Lo más honesto es decirle a toda esa gente que les metí en un fregado en el que no les debía haber metido. Y que le dediqué tiempo y esfuerzo a cosas que no le debería haber dedicado. Este libro es fundamentalmente un libro de autocrítica. Ojalá le resulte útil a quien esté por venir. 

 Su primer consejo al futuro secretario de organización de Yolanda Díaz será que tenga cuidado con los chat web, ¿no?

(Risas). Sí, lo presencial es más útil. Pero no solo porque te lo puedas dejar abierto, sino porque cara a cara es más fácil entenderse. 

Sigue siendo militante de Podemos.

Sí.

¿Se siente faltado al respeto por Yolanda Díaz como militante de Podemos?

En absoluto.

¿Y va a ser votante de Podemos en las próximas elecciones generales?

Yo espero ser votante de un único espacio a la izquierda del PSOE. Cualquier otra cosa me parecería desastrosa. Si no hay acuerdo, me costará mucho levantarme de la cama ese día. 

¿Le han llamado para entrevistarle por el libro en 'La Base' o están esperando para que sea en Canal Red?

(Risas). No lo descarto. En La Base ya han puesto alguna entrevista mía de una radio argentina. Yo creo que en el libro hay claramente un reconocimiento a la figura de Pablo y al error que yo cometí y que cometió el errejonismo al no dejarle equivocarse con mayor grado de libertad. También hay un grado de reconocimiento a su grado de lectura estratégica. Él en 2014 ya decía en algunos correos que el problema lo íbamos a tener cuando pasaran las elecciones de 2015 y no hubiéramos sorpassado al PSOE para gestionar ese caudal político.

Están a la orden del día los linchamientos públicos al que se sale un centímetro de los guiones oficialistas y usted en este libro se sale por un lado y por el otro. ¿Le han dado mucha caña?

No y no me gusta que se tome como confesión de una traición que nunca fue, porque no lo es. Otra cosa es que fueran errores o algún palo en las ruedas que no deberíamos haber puesto y cuyas consecuencias no medimos. Eso ocurrió y yo lo cuento. Pero las simplificaciones burdas de traiciones me tienen muy cansado. Tanto, que a veces tengo ganas de que Musk cierre Twitter ya.  

Y que luego compre Telegram y Whatsapp. 

Totalmente."                  (José Enrique Monrosi  , eldiario.es ,8 de diciembre de 2022)

4/10/22

Un rojipardo suele defender la integridad nacional española (y, más importante, la soberanía). Luego recuperar el nivel de vida de las clases populares, y mejorarlo, con legislaciones específicas para trabajo y vivienda. Cuando hablo de soberanía me refiero al sentido más amplio del término: política, territorial, digital, militar, cultural… Los dos libros que escribieron Manuel Monereo y Héctor Illueca para El Viejo Topo me parecen buenos puntos de partida (‘Por nuevo proyecto de país’ y ‘España: un proyecto de liberación’)... Tanto Podemos como Más País han fracasado porque no se puede ser un populista despreciando a las clases populares españolas, por las que no sienten ninguna simpatía y con las que no tienen ningún contacto cultural cotidiano. Por eso unos hablan de peronismo -están más cómodos con el pueblo argentino- y otros de Ken Loach, el zapatismo o las revueltas de Seattle. El problema es que no conocen Castilla, ni Extremadura, ni Murcia... la izquierda del PSOE encuentra sospechosos muchos sentimientos de la gente normal, trabajadores de barrio o de pueblo. Les incomoda que defiendas vínculos tan sencillos y naturales como querer a tu familia, a tu selección de fútbol o a tu país, por no hablar de sentir afinidad al catolicismo, que es la religión nacional y promueve valores de fraternidad que no deberían ser nunca ajenos a la izquierda

 "Víctor Lenore (Soria, 1972) es crítico cultural en Vozpópuli y cuenta con una larga trayectoria de periodista musical en diversos medios de comunicación. Autor de los ensayos Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (2014) y Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80 (2018). Actualmente dirige el podcast ‘Truco o Trato’ en Subterfuge Radio.

En los últimos meses, sobre todo, espoleados por el discurso de Ana Iris Simón en La Moncloa, se ha perpetrado toda una ofensiva contra cierta nebulosa ideológica que está a caballo entre el movimiento político y el despertar cultural de una corriente al interno de la izquierda llamada ‘rojipardismo’.

La irrupción de Ana Iris y ‘Feria’ ha cambiado el debate público, sobre todo porque es una voz que habla con el corazón, mientras el resto de los discursos (casi todos) están basados en el cálculo. Ya nos advirtió Marx contra “las aguas heladas del cálculo egoísta”, que es lo que ofrece el Podemos actual, entre la decadencia, la picaresca y el esperpento. Sobre el rojipardismo, quien mejor lo ha definido es Juan Manuel de Prada en el programa de Julia Otero, donde dijo que se trata de personas normales y corrientes que nos negamos a aceptar la normalización de los sueldos de 1.200 euros y pisos de 40 metros cuadrados que nos impiden formar familias y desarrollar proyectos vitales que estaban al alcance de casi cualquiera en la España de los años setenta y ochenta (en el fondo, son reclamaciones parecidas a las del 15-M). El PSOE desguazó a fondo la seguridad de nuestro mercado laboral, deteriorando las condiciones de vida de las clases medias y populares. Quien necesite datos, que busque en Google el Informe Petras, que pagó el propio PSOE y luego escondió en un cajón.

En primer lugar, ¿cómo sintetizarías los puntos clave de esta corriente? ¿Acaso existe o se trata de un hombre de paja? Y aún más importante, ¿Por qué incomoda? ¿Por qué medios como Público, Eldiario.es, CTXT, El Salto Diario, Rebelión.org, Nueva Revolución, pero también El País o La Vanguardia cierran filas contra el peligrosísimo rojipardismo?

Un rojipardo suele defender la integridad nacional española (y, más importante, la soberanía). Luego recuperar el nivel de vida de las clases populares, y mejorarlo, con legislaciones específicas para trabajo y vivienda. Cuando hablo de soberanía me refiero al sentido más amplio del término: política, territorial, digital, militar, cultural… Los dos libros que escribieron Manuel Monereo y Héctor Illueca para El Viejo Topo me parecen buenos puntos de partida. Me refiero a ‘Por nuevo proyecto de país’ (2015) y ‘España: un proyecto de liberación’ (2017). Tanto Podemos como Más País han fracasado porque no se puede ser un populista despreciando a las clases populares españolas, por las que no sienten ninguna simpatía y con las que no tienen ningún contacto cultural cotidiano. Por eso unos hablan de peronismo -están más cómodos con el pueblo argentino- y otros de Ken Loach, el zapatismo o las revueltas de Seattle. El problema es que no conocen Castilla, ni Extremadura, ni Murcia, ni tienen el menor interés, por eso se estrellan en cada nuevos comicios fuera de Madrid. Tampoco es que conozcan mucho más el Madrid de más allá de la M-30.

Está claro que los medios progresistas han recibido con creciente hostilidad el rojipardismo (sea esto lo que sea). No diría que es un hombre de paja, sino un cajón de sastre donde meten a cualquiera que no comulgue con la izquierda ‘progre’, que yo prefiero llamar ‘izquierda caniche’ (siguiendo, una vez más, a Juan Manuel de Prada, que hace análisis muy crudos y certeros de la política nacional). El posmodernismo es una lógica cultural donde todos estamos insertos, pero ante eso podemos escoger enfrentarnos a ella o bajar el morro, que es lo que hace la izquierda caniche o domesticada. Está cristalizando un nuevo macartismo que no permite desviaciones de los dogmas progresistas, por eso muchos estamos en listas negras de las redes sociales, pero también empieza a cuajar un discurso muy potente que los ‘progres’ estigmatizan como rojipardo y que yo prefiero llamar nacional-popular. Podemos y Más Madrid son la izquierda más pija, esnob y desconectada de la calle que ha padecido este país (lo cual es una putada porque en esos movimientos hay muchos cuadros y militantes valiosos, que intentan mejorar el país de buena fe). Por eso llega una voz como Ana Iris Simón, que comparte preocupaciones con la gente común, y enseguida recibe una enorme atención y respeto (cien por cien merecida, en mi opinión). Y se ponen a rabiar y atacarla con mucha más bilis que a un neoliberal como Pedro Sánchez. Eso les retrata y no salen especialmente guapos.

También quiero decir que hay firmas de El País que ven muy exagerada la histeria contra los rojipardos y lo han expresado en sus textos: recuerdo una pieza muy bonita de Joaquín Estefanía y algunos chistes de Daniel Gascón en su último libro de la saga “Un hipster en la España vacía”. Uno de los personajes comentaba esto: “No quiero parecer un rojipardo o un neofalangista, pero la verdad es que quiero a mis padres”. En este chascarrillo hay mucha verdad: la izquierda del PSOE encuentra sospechosos muchos sentimientos de la gente normal, trabajadores de barrio o de pueblo. Les incomoda que defiendas vínculos tan sencillos y naturales como querer a tu familia, a tu selección de fútbol o a tu país, por no hablar de sentir afinidad al catolicismo, que es la religión nacional y promueve valores de fraternidad que no deberían ser nunca ajenos a la izquierda.

Esta proliferación emotivista visceral cuenta también con publicaciones monográficas bajo títulos como: ‘Los nuevos odres del nacionalismo español’, ‘Extrema derecha 2.0’, ‘Neorrancios: sobre los peligros de la nostalgia’ o ‘De los neocón a los neonazis’ que tratan de desenmascarar (siempre con lenguaje marxistizante, claro) la verdadera relación entre la extrema derecha y dicha corriente. El último dislate es el titular que definía el libro colectivo ‘Neorrancios’ como un “manual para desactivar a una izquierda que se da la mano con la extrema derecha”. ¿Crees que lograrán cancelar y perseguir lo suficiente a sus disidentes como para desactivar a dicha izquierda?

No tengo ningún problema con incluir las emociones en el debate político, de hecho, es imposible excluirlas, pero las críticas que mencionas al rojipardismo suelen ser muy flojas. Que una periodista de tendencias de la revista S Moda arremeta contra Feria, Pedro Insúa o contra mí solo puede beneficiarnos. La columnista progresista Elizabeth Duval dijo en el programa de debate Gen Playz que el libro “Neorrancios” solo había servido para promocionar esta nueva corriente nacional-popular. Tiene toda la razón.  A una escala muy pequeña, es como cuando todas las estrellas de Hollywood se unen contra Donald Trump y eso activa a sus votantes. O como cuando Rosalía comparte en Instagram una imagen con la frase “Fuck Vox” desde su avión privado y toda la cúpula del partido verde lo retuitea porque saben que les beneficia la imagen de una estrella pop sin mucho conocimiento político, y cien por cien alejada de sus problemas, diciendo a los votantes “no metas esta papeleta en la urna”.

También te digo que darse la mano con la derecha radical no me parece rechazable por sistema: si hubiese un sector de Vox favorable a subir el SMI o comprometido con que España recupere soberanía no sé qué problema hay en sentarse con ellos y avanzar en ese sentido (de hecho, yo sospecho que ese sector existe y que crecerá). La matraca del cordón sanitario se lleva aplicando en Francia desde los años noventa y el resultado ha sido un crecimiento continuado de Reagrupación Nacional, que por primera vez puede estar en el Elíseo. Me encantaría que España tuviese una derecha enraizada en los valores católicos contra la exclusión y la pobreza, partidos que se tomasen en serio lemas como “Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan”. Y, sobre todo, que se enfrentase a la UE, Silicon Valley y las franquicias transnacionales para defender a los empresarios españoles, pequeños, medianos y grandes. El distributismo cristiano es un enfoque económico que podría cuajar perfectamente en España si se articula una derecha social.

¿No te da la sensación de que se ha escrito un mismo artículo en 20 medios de comunicación diferentes? De algún modo se crea un marco de sospecha sobre quienes defienden el patriotismo, la familia, el derecho a la vivienda, los derechos laborales y la estabilidad de pareja…

Machacan tres lemas de manera constante, aunque es justo admitir que nosotros hacemos lo mismo. Esto es una batalla cultural y hay que ser siempre tan pesado como el enemigo. Últimamente lo que más me jode es la hipocresía de esa izquierda que arremete contra la familia tradicional, pero vienen justamente de familias tradicionales, donde impera el apoyo mutuo. Viven de sus padres casi hasta que llega la herencia, sin apenas manchar su hoja de vida laboral con un paso por ninguna empresa privada. Un antiguo amigo marxista tiene una forma muy graciosa de explicar este fenómeno: la izquierda madrileña pasa los veinte y treinta de fiesta en Lavapiés, compartiendo juergas con precarios y migrantes, pero a la hora de emparejarse remontan como salmones la carretera de La Coruña para criar junto a otro blanco rico de los municipios con renta más alta de la comunidad (Pozuelo, Las Rozas, Las Matas, Galapagar, Collado Villalba…). Se pasan la vida diciendo que la propiedad es un robo y que hay que abolir las herencias, pero no he escuchado que ninguno renuncie a la suya para dársela al Patio Maravillas ni a Traficantes de Sueños. Lo que proponen, básicamente, es la disolución de los lazos para la gente pobre mientras ellos cultivan los suyos a la manera tradicional de la clase alta. No hay nada más parecido a un elitista de derecha que un elitista de izquierda.

Uno de los redundantes artículos que han ido apareciendo definía a los seguidores de esta corriente como los “guardianes del templo”. Resulta gracioso dado que quienes convirtieron su relato en ideología dominante es la pseudoizquierda institucional (con presupuestos antropológicos libertarios y nihilistas). ¿No son, en realidad, los Antonio Maestre, Steven Forti, Pablo Batalla, Elizabeth Duval de turno, los verdaderos guardianes del templo? Ellos son quienes desde los medios mainstream reaccionan a la reacción. Ellos prescriben valores desde su púlpito. Diego Fusaro suele citar la mítica entrevista de 1975 a Pier Paolo Pasolini en la que profetizaba una nueva inquisición que “utilizará vuestras palabras progresistas” y “sus clérigos serán clérigos de izquierda”. ¿Qué opinión te merece esta profecía? ¿Acertada o errática?

En la lista de nombres que citas creo que hay casos muy diferentes. Siento incluso admiración por Elizabeth Duval, que ha roto algunas dinámicas políticas demenciales. Me gusta que se ponga una rojigualda en su perfil de Twitter, demostrando que para la mayoría de la gente joven de izquierda esta es hace tiempo la bandera de todos. También estoy de acuerdo con ella en que la izquierda del PSOE no va a ningún sitio si se limita a vender el miedo a Vox. Y creo que es inteligente negarse a ser encasillada como activista trans. Pablo Batalla tiene algunas intuiciones interesantes, aunque en Twitter me parece muy adolescente, y le lastran tesis loquísimas como que el gol de Iniesta en Sudáfrica es un precedente de la represión policial de Cataluña el uno de octubre de 2017. 

Steven Forti carece de cualquier talento que no sea el de comisario político, pero esto tampoco lo hace tan bien porque no ha logrado cancelar nunca a nadie. Sobre Maestre, la verdad es que sospecho que sale en tantas tertulias televisivas porque a los dueños de las cadenas les conviene mostrar que la izquierda es un señor friki hiperventilado que te regaña cuando no coincides con su visión moral. Creo que alguien tan íntegro, moderno y hedonista como Pasolini se pondría muy triste con el nivel de sumisión al sistema de la izquierda española en 2022. Y, sobre todo, se enfadaría con el asco de la izquierda del PSOE hacia el pueblo llano, con el que la mayoría se sienten tan incómodos (solo hay que ver cómo han acabado todos los obreros y campesinos que pasaron por Podemos, desde Diego Cañamero a Óscar Guardingo, pasando por Alberto Rodríguez). 

¿Podrías definir sucintamente los ejes principales de la ideología woke-progre?  ¿Qué papel juegan firmas como la tuya, Diego Garrocho, Juan Soto Ivars, Hasel Paris, Esteban Hernández o Daniel Bernabé contra esto? Si Nietzsche estuviera vivo quizá no cargaría tintas contra la moral cristiana, sino contra este ethos neoliberal-posmoderno: una verdadera moral de esclavos.

El wokismo es una versión pijo-académica del puritanismo protestante anglosajón de toda la vida. En el fondo, parecen señoras burguesas preocupadas por el buen tono y las buenas costumbres. Hace poco tomaba un café con un conocido director de cine y me contaba que viaja mucho por festivales internacionales y le toca cenar en la misma mesa que directores y guionistas ‘woke’, que son los que suelen ganar los premios. Me soltó esto: “¿De qué crees que hablan entre plato y plato? Lo típico es que la directora de clase alta libanesa, que ha hecho un drama desgarrador sobre un niño mutilado por una mina antipersonas, hable sobre irse a esquiar a los Alpes o sobre lo mal que está el servicio en su dúplex de Central Park. Son las típicas burguesas de los tés de caridad de toda la vida”, lamentaba. 

La lista que mencionas me parece llena de periodistas y pensadores valiosos, algunos son amigos y a otros simplemente les admiro. De Garrocho destacaría que no solo aspira a escribir -siempre con profundidad-, sino que sé que trabaja para articular cierto asociacionismo colectivo que nos permita ser más eficaces (eso va a ser crucial). Soto Ivars, tantas veces acusado de equidistante, suele tener  posiciones muy valientes y bien argumentadas, además de su talento -que envidio- para conectar con amplias capas de la población sin rebajar el rigor de su discurso. De Hasel Paris, que es muy joven, diría que es alguien que siempre me hace pensar, esté o de acuerdo con sus textos, que algunas veces encuentro demasiado tajantes. Me parece admirable su energía para enfrentarse a los dogmas del discurso dominante (algo que nos hace muchísima falta). Esteban Hernández para mí es un maestro del sentido común, sobre todo en el análisis de las relaciones de poder social, además de quien mejor ha explicado la trágica debacle de la clase media en España (y el error de la izquierda al defender que la clase media es un espanto del que hay que deshacerse). Por último, Bernabé es un izquierdista de los de antes, con quien muchas veces no coincido y que culturalmente veo algo elitista y anglófilo, pero que ha tenido el enorme mérito de poner en el centro del debate la tesis de Hobsbawm y Mark Lilla contra las políticas de la identidad, haciendo además aportaciones propias.  Y admiro su aguante para sobrevivir a sucesivos linchamientos de la izquierda ‘cool’. 

Las pasadas elecciones de Castilla y León y el papelón de la izquierda caniche son la enésima crónica de una muerte anunciada: la de aquel bonito proyecto que pese a nacer en las calles y rebelarse contra la precariedad neoliberal se ha convertido en el primo tonto de un PSOE que se cree invencible. ¿Cuál es tu balance? ¿En qué anda despistada la izquierda oficial?

Cada vez me siento más castellano viejo (castellano pollavieja, dirán los ‘wokes’). Mi padre viene de un pequeño pueblo de Burgos, Cilleruelo de Abajo, mientras mi madre es de San Esteban de Gormaz en Soria. Pasé muchos meses allí en 2021 durante la pandemia y me fascinó lo desconectada que está la izquierda del PSOE de los problemas de esos entornos. Podemos y Más Madrid solo entienden el campo como lugar de turismo rural. En vez de incorporar al partido organizadores comunitarios que vivan en esos entornos (jóvenes agricultores, trabajadores sociales, dinamizadores culturales…) se dedicaron a mandar paracaidistas con el discurso pijiprogre de la calle Argumosa, que es donde se reúnen en Lavapiés (Madrid). Los resultados se venían venir: confieso que incluso me sorprendió que consiguieran un diputado. En vez de leer tantos pensadores anglosajones pop de moda como Mark Fisher (que tiene textos muy interesantes, pero vivió sobre todo en su burbuja ‘trendy’), ya podrían ponerse alguna vez con las novelas de Miguel Delibes, aunque les duela el retrato que hacen de urbanistas empanados como ellos (y como yo, que no me excluyo de estas categorías en absoluto).

En otro orden de cosas, alguna vez has apuntado que “la derecha tiene derecho a formarse”. Muy en contra del mantra izquierdista absurdo de que el fascismo se cura leyendo o aquel en que el intelectual sólo puede ser de izquierdas, ¿Cómo valoras la emergencia de foros de pensamiento como el Instituto Superior de Sociología Economía y Política (ISSEP) que ha sido catalogado como “la escuela de la intolerancia”?

Entre las muchas disfunciones de nuestra izquierda progre destaca el clamar por una derecha civilizada, culta y moderna a la vez que se ponen histéricos cuando un proyecto de derecha da pasos en esa dirección. ¿Cómo no va a ser buena noticia que la derecha madrileña forme a sus cuadros jóvenes entre libros de Juan Manuel de Prada, clases de la filósofa católica Mariona Gumpert y análisis tan sólidos del capitalismo moralista como los de Miguel Ángel Quintana Paz? Es muchísimo mejor que lo que había antes, que en muchos casos era una derecha que se limitaba a copiar los discursos anglosajones de “bajemos los impuestos a los ricos y la economía se reactivará sola”. Es alucinante que Manuel Borja-Villel, que presume de marxista, reciba fondos constantes para El Reina Sofía por parte de Ana Botín mientras que Quintana Paz (que podría considerarse próximo a Vox) articula algunas de las críticas más sólidas a la banquera.

Llamar a ISSEP “escuela de intolerancia” demuestra muy poca cintura porque la intolerancia es un valor que debemos cultivar, ya que muchas inercias del sistema moderno son intolerables (desde los oligopolios digitales de San Francisco a los vientres de alquiler, pasando por los desahucios de familias arrasadas por las crisis especulativas) . El propio Slavoj Zizek, un filósofo posmarxista, tiene un ensayo breve muy potente titulado ‘En defensa de la intolerancia’. Me parece triste que gran parte de la izquierda española viva apegada a un discurso endeble y oenegero (ONGs) que no sirve para relacionarse con la realidad política y social actual.

¿Qué se pierde cuando el rival no se forma intelectualmente? ¿Qué opinas de la cantidad de pensadores jóvenes que está emergiendo en las filas de una derecha cristiana iliberal? ¿Enriquece el debate público? ¿Qué papel en tu opinión debe jugar una hipotética alianza entre socialistas-comunistas-cristianos y populistas iliberales?

Me parece evidente que la energía antagonista ha cambiado de bando en los últimos años desde la izquierda hacia la derecha. Yo siempre voy a atender más a un pensador cristiano, aunque sea de derecha, que a un posmo prosistema con chapita de la Agenda 2030 como los que abundan en la izquierda madrileña (aunque por desgracia también hay cristianos con la chapita). Para mí los grandes espacios para encontrarnos son el soberanismo nacional, el antielitismo y los valores católicos. También la defensa de los servicios públicos como las bibliotecas, la atención primaria y el sistema de pensiones. Defensores de estas cosas hay en la izquierda, la derecha y en el centro reformista. También hay apolíticos de buen corazón, por supuesto. Igual incluso son mayoría.

Como editor de la sección de cultura de Vozpópuli, en qué punto crees que se encuentra la cultura española. ¿Existe un legado cultural propio que merezca ser defendido de los productos culturales anglosajonizantes o, por el contrario, debemos seguir la consigna orteguiana y mirar hacia la Europa continental? ¿Qué reivindicas tú?

Para mí es hora de mirar a América Latina y a África como países hermanos. De allí han salido formas asombrosas de autoorganización del ocio musical, por ejemplo, los soundsystems que dieron lugar al dub, el hip-hop, las raves, los sonideros mexicanos y los picós de Colombia. También debemos mirar a nuestras propias costumbres: los merenderos de las bodegas de Castilla, el poteo vasco y el botellón juvenil son también formas de autoorganizar el ocio y la relación social de manera no individualista. Nuestra música popular más potente, el flamenco, es un ejemplo de siglos de cómo los excluidos y perseguidos pueden crear sus propias formas de arte, estéticamente superiores a las burguesas. Es trágico que esté desapareciendo nuestra red de librerías, bibliotecas, cines, teatros y asociaciones culturales por culpa del arrase de cuatro corporaciones de Silicon Valley. 

En el ámbito del periodismo, ¿qué impacto tanto positivo como negativo ha comportado la incorporación masiva de las nuevas tecnologías y las lógicas de mercadotecnia? ¿Qué deriva crees que seguirán los medios de comunicación en la era de la sobreinformación digital? ¿Añoras lo analógico?

No envidio especialmente lo analógico, pero sí las condiciones del gremio en los años noventa, que es cuando yo comencé a trabajar. La llegada de Internet arruinó el periodismo escrito, destruyendo la red de quioscos y quedándose Google la inmensa mayoría del pastel publicitario. La sobreinformación es una forma de censura, mucho más sofisticada que la clásica de impedirte publicar un contenido. Es más eficaz saturar que denegar. Los medios no sé qué deriva tomarán, pero la situación de precariedad es extrema y creciente, además de depender en exceso de la publicidad corporativa e institucional, aunque sean ya migajas.

Hace poco oí decir al filósofo Ernesto Castro que (al contrario de lo que se suele pensar), el auge de las redes sociales pueden ser un caldo de cultivo propicio a la apertura de espacios para el diálogo filosófico, para la emergencia de un clima cultural renovado. De hecho, describía a las nuevas generaciones de youtubers y streamers como personas dotadas del “buen decir”, de la retórica (en el mejor de los sentidos). ¿Coincides o discrepas?

Discrepo completamente. Por supuesto, en redes sociales podemos encontrar a gente muy articulada y despierta, el propio Ernesto Castro entre ellos. El problema es un sistema social donde cada vez se achican más los espacios físicos y por eso nos vemos todos empujados a relacionarnos casi siempre en redes. Bajas al barrio y son todo franquicias, tiendas cerradas y espacios privatizados. Lo importante es recuperar esos lugares comunes, tal y como ha explicado el filósofo Fernando Broncano, en vez de centrar nuestras energías en elevar el nivel de Internet, donde al final los beneficios se los llevan siempre cuatro magnates gringos.

Por otro lado, precisamente es en estos foros donde está pujante un perfil de influencer muy cercano a posturas anarcocapitalistas. Pienso en canales como Wall Street Wolverine, UHBH, Libertad Y Lo Que Surja, LIBERTAD TV, Orden Espontáneo TV, y figuras destacadas como Miguel Anxo Bastos, Juan Ramón Rallo o el recién fallecido Antonio Escohotado. Esto me recuerda a aquello de Machado: “Haced política, porque si no la hacéis, alguien la hará por vosotros y probablemente contra vosotros”. ¿Qué daños puede provocar en la juventud un contenido que está patrocinado por casas de apuestas y agencias de inversión en bolsa? ¿Qué hay de figuras como Elxokas que han cambiado repentinamente de discurso en torno al marcharse o no a Andorra para tributar menos? ¿Crees que ese es un espacio de disputa ideológica que la izquierda antiliberal debe ocupar? ¿Sabes de algún fenómeno comunicativo -más allá de Ibai- que trabaje en esa línea? Parece que Santiago Armesilla, Guillermo del Valle, Jon Illescas y otros se han animado…

Respeto mucho que Ibai defienda pagar sus impuestos en España, pero en el fondo su figura es la de un ‘influencer’ que introduce en nuestro país las novedades de los oligopolios tecnológicos. Lo que él ofrece es una promoción constante del fútbol de élite, los videojuegos y la comida basura (que tanto anuncia). Como horizonte político, me parece poco interesante. Por supuesto hay un espacio de disputa donde se encuadran todos los nombres que citas, por los que tengo máximo respeto. Más que escoger a un Youtuber u otro como mi favorito, me parece más interesante denunciar la política de sumisión tecnológica del PP y el PSOE hacia Silicon Valley. Todo esto tiene que ver con una visión errónea de la modernidad: desde los años ochenta, en España que confunde demasiadas veces ser moderno con estar a la última de las  novedades del mercado (y poder comprarlas, claro). 

En el mundo digital todo se convierte en un enorme supermercado. En especial me interesa tu opinión respecto al supermercado del amor en la era de las Apps de citas. Zygmunt Bauman desarrollaba el concepto de “amor líquido” sugiriendo que “En una vida de continua emergencia, las relaciones virtuales superan fácilmente lo real. Es la capacidad electrónica de multiplicar los encuentros interpersonales, lo que les confiere un carácter fugaz, desechable y superficial. Las relaciones virtuales están provistas de las teclas suprimir y spam que protegen de las pesadas consecuencias (sobre todo, la pérdida de tiempo) de la interacción en profundidad”. ¿Cómo se puede revertir esta situación? Conociéndote imagino que en tu opinión el poder congregador de la música puede jugar un papel interesante…

A mi juicio, Michel Houellebecq ha hecho la crítica más clara y completa de este fenómeno, desde su novela ‘Ampliación del campo de batalla’ hasta ‘Plataforma’ y ‘Serotonina’. Las relaciones sexuales, que antes de Mayo del 68 estaban en un alto grado  ajenas al mercado, ahora son otros sector del consumo y del consumismo, con perdedores y ganadores radicales.  También es muy interesante lo que explica  JG Ballard en su libro ‘Noches de cocaína’, curiosamente situado en el Levante español. Lo que viene a decir es que vivimos narcotizados por el confort o pseudoconfort y que incluso la violencia y la enfermedad mental son preferibles a esta empanada existencial que llevamos encima. Por supuesto, una salida a esto es potenciar espacios de relación comunitaria donde la música popular puede jugar un papel importante. Te lo digo solo medio en broma: Juan Gabriel y Rocío Jurado pueden darnos una educación política antielitista tan potente como la que ofrecen Terry Eagleton y Slavoj Zizek

¿Qué tipo de relaciones se está fomentando entre los preadolescentes que tienen móvil desde hace ya tiempo? Hay, por ejemplo, una crítica feminista sugerente acerca del nocivo impacto del porno en la psique de nuestros jóvenes…

Por supuesto, la pornografía es una mierda enorme, no solo un sucedáneo de las relaciones sino un sustituto en muchos casos. Tener la fuerza de voluntad para no usarla es uno de los caminos al placer y la cordura. No rechazo la pornografía por su contenido explícito, sino porque muchas veces es un obstáculo psicológico para disfrutar del sexo real.  Las autoras feministas han hecho buenas críticas a este fenómeno, sin duda. Recuerdo el libro “Lo que esconde el agujero”, de Analía Iglesias y Marta Zein, que explica de manera muy rotunda que el porno hace peores nuestras vidas sexuales y nuestras vidas en general.

Por último, ¿con cuál de los insultos que has recibido como sinónimo de rojipardo te quedas? ¿Cuál te parece más original? ¿Cabe espacio a la reapropiación de etiquetas como “nazbol”, “tricornio”, “neorrancio”, “neofalangista” o “rojipardo”?

Una vez preguntaron a Javier Tebas, presidente de La Liga de Fútbol Española, si seguía profesando la ideología falangista. Su respuesta fue algo así como “si me preguntas si aún creo que todos los españoles deben tener una casa, educación y un trabajo pues sí, sigo pensando lo mismo que hace años”.  Si “tricornio” es no tragar los delirios de los indepes que quieren desmembrar mi país pues soy muy tricornio. “Neorrancio” también seré porque prefiero el cante plebeyo de José Menese antes que el posmoderno Niño de Elche (aunque encuentro su voz muy bonita). También prefiero a De Prada, Delibes y Ana Iris Simón antes que a la mayoría de los ensayos que arrasan en las librerías cool de Malasaña y el Raval. “Nazbol” lo acepto también porque me cae bien Limónov, aunque prefiero nacional-popular, digamos Miguel Hernández, Pasolini y Camela. Mi insulto favorito sin duda es “pollavieja”, algo complicado de rebatir porque mi aparato genital va a cumplir pronto medio siglo. Creo que debemos desconfiar de los movimientos políticos que estigmatizan a los mayores, desde la Revolución Cultural de Mao hasta Mayo del 68 o el propio partido nazi. Con todos los problemas que hay en el mundo, preocuparse por la edad avanzada de nuestros penes me parece estar muy perdido (y es triste menospreciar cualquier fuente de alegría)."                 

(Entrevista a Víctor Lenore, El Viejo Topo, Nº 412 (Mayo)